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martes, 3 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. "BABELIA". Entrevista a Fernando Savater, sobre su nueva novela, "Los invitados de la princesa"

El filósofo y novelista Fernando Savater, en su casa de Madrid. / BERNARDO PÉREZ ("El País")

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Fernando Savater: “Leer por placer está mal visto”
   La cocina moderna, Internet, el País Vasco, la universidad española, el mundillo literario... Nada escapa a la sátira de Fernando Savater en 'Los invitados de la princesa', la novela con la que ha obtenido el Premio Primavera.

Javier Rodríguez Marcos Madrid 31 MAR 2012
 
   Una bandera pirata en forma de felpudo da la bienvenida a la casa madrileña de Fernando Savater (San Sebastián, 1947). El interior es un pandemonio de libros, plantas, fotos, postales y muñequitos con más o menos superpoderes. La casa de un lector con mil intereses y gafas graduadas para corregir la miopía y la solemnidad. No es extraño, pues, que el humor tiña las páginas de Los invitados de la princesa (Espasa), último premio 'Primavera', que se publica la semana que viene. Días más tarde aparecerá Tirar de la cuerda (Cuadernos del Vigía), una colección de aforismos involuntarios del autor de Ética para Amador. Involuntarios porque han sido espigados por Andrés Neuman de entre los libros del filósofo: “Me encantan los aforismos, pero no sé escribirlos. El mérito está en la mirada de Andrés. Yo soy más argumentativo. Tal vez sea un defecto de profesor: creo que siempre hay algo que aclarar”. La chispa no falta en Los invitados de la princesa, que narra las peripecias de un grupo de escritores encerrados en una isla porque las cenizas de un volcán impiden usar el aeropuerto. “Me pasó a mí cerca de Milán con la nube del volcán islandés”, dice Savater, que puntea su novela con episodios relatados por los personajes aislados, a la manera de Boccaccio. Detectives, vampiros, cocineros, expertos en arte, aficionados a la hípica y profesores universitarios pueblan un libro protagonizado por un periodista vasco que huye de los clichés de su origen y de su oficio.
 
   PREGUNTA. ¿Cuánto hay en su novela de parodia y cuánto de homenaje?
   RESPUESTA. No, no, parodia no. Son relatos de género, de los géneros que me gustan. No quiero parodiarlos, sino contribuir a ellos. Odio los pastiches. Casi diría que ni el Quijote me gusta por eso. Eso sí, soy incapaz de escribir un artículo de 500 palabras sin humor, imagínate un libro de 300 páginas. Pero no porque diga las cosas sonriendo las digo menos en serio. Uno puede hacer un soneto humorístico sin parodiar los sonetos. Cada uno entra en un género con su personalidad.
 
   P. Tal vez no parodie los géneros, pero los temas… Por ejemplo, la cocina vasca.
   R. No sé si es parodia o mero reflejo de la realidad, porque todos los días los periódicos hablan en serio de esas cosas. Hay gente que dice que Ferran Adrià es un artista, como Leonardo da Vinci, y creo que lo dice en serio. Pero sí, hay cierta crítica a la inflación gastrológica y gastroidólatra.
 
   P. A Ferran Adrià, insinúa un personaje, solo le falta ser vasco.
   R. Desde Josechu el del tebeo, siempre hubo un prototipo de lo vasco: el que canta y come y da grandes palmadas en la espalda. Pero hay muchos que luchan contra esa idea, y mi protagonista es de ellos. La cocina siempre ha estado muy presente en el País Vasco, pero ahora se ha convertido, supongo que para ocultar otras cosas, en una especie de religión contra la que no se puede blasfemar.
 
   P. ¿Cree que hay una segunda intención?
   R. Es que la gastrolatría es el arte propio de esta época porque admite el esnobismo y el derroche y no exige reflexión. Se centra en el valor del dinero y en tener que reservar con tres meses cuando, como dice uno de los personajes de la novela, es un arte de usar y cagar.
 
   P. Internet también recibe. “Los mediocres y los indolentes siempre esperan su absolución por medio de la técnica: a veces la consiguen y lo llamamos progreso”, dice.
   R. Decir que gracias a Internet la erudición y las jerarquías intelectuales han desaparecido supone creer que alguien que dedica su vida a estudiar a Heródoto lo que quiere es tener en su cabeza todo lo que tiene la Wikipedia. La idea de la transformación que el saber produce en la persona y de que el saber no es una mera acumulación de noticias no se les pasa por la cabeza a los que piensan así. También la Enciclopedia Británica tenía más datos que cualquier ser humano y comprarla no nos hacía sabios. El acceso a Internet, tampoco.
 
   P. No obstante, los apocalípticos tampoco salen indemnes de la sátira.
   R. El tremendismo siempre es una peana, un sitio en el que subirse para que te vean. Cuando la gente está contenta con su estatura va a su aire, pero hay muchos que siempre están diciendo: “Mírame”. La peana siempre es dramática o lo contrario: hemos entrado en el reino de los cielos. Antes o después tienes que bajarte de ahí. En los extremos siempre falta humor.
 
   P. ¿Por qué el humor se considera un género secundario pese a que la tradición española está llena de obras humorísticas?
   R. Voltaire le dijo a Madame du Châtelet que aprendiera inglés para leer a Shakespeare, que no era un autor bueno pero tenía trozos aprovechables. Luego le dijo que se pusiera con el español para leer el Quijote y ella se negó diciendo que nunca aprendería una lengua cuya obra principal es una farsa. Siempre ha habido ese desprestigio intuitivo por el humor. Cuando te dicen de un autor que es lúcido y penetrante, siempre se piensa en un autor dramático e incluso melodramático. Si dices que uno de los grandes humoristas del siglo XX es Samuel Beckett, la gente se queda desconcertada porque quiere que Beckett sea una especie de Kafka de segunda edición, y eso que Kafka tiene su humor. En el fondo, lo trágico es el humor, quejarse de lo trágico es redundante.
 
   P. ¿El placer está mal visto?
   R. Leer por placer, sí. La gente se compra novelas como para terminar el bachillerato: este libro te explica China; el otro, la Segunda Guerra Mundial. Me gustaría que mis novelas las leyera gente con el bachillerato ya acabado. Que se informara en otra parte y a la novela fuera para disfrutar literariamente.
 
   P. Se supone que, con la edad, un filósofo es más sabio, pero ¿un narrador es mejor novelista?
   R. Al principio, cuando te dedicas a la filosofía, te tomas la ficción como un recreo, pero, aparte de artículos y conferencias, lo que yo tenía que decir en el campo del ensayo, de la educación y la divulgación —que no es nada del otro mundo— ya está dicho, mal o bien. Ahora me apetece dedicarme con más morosidad a la ficción.
 
   P. Lo habitual cuando a un filósofo le interesa tanto la literatura es que se dedique a la estética más que a la ética. No ha sido su caso.
   R. Porque me gusta la narración. Nunca me he tomado la literatura como materia para el experimento verbal. Lo que me gusta es la historia que se cuenta. Tengo un hermano pintor y siempre me ha reprochado mi escasa pasión por la estética. Me interesan las cosas relacionadas con la ética, el derecho y las obligaciones, el bien, el mal, lo justo y lo injusto.
 
   P. ¿Más que la literatura de ideas?
   R. Es que las ideas que me interesan son esas. Para quien no está acostumbrado a leer filosofía o para quien solo está interesado en la filosofía, las ideas disfrazadas de literatura son estupendas. Yo también disfruto con Thomas Mann, pero no solo busco eso, porque filosofía he leído siempre a diario. No necesito que un señor me la venda en forma de novela.
 
   Los invitados de la princesa. Fernando Savater. Espasa. Madrid, 2012. 330 páginas. 19,90 euros.

PRENSA CULTURAL. LITERATURA. AVANCE EDITORIAL. Primeras páginas de "Los invitados de la princesa", novela de Fernando Savater


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":

                                      LUNES

   El ala del avión se alzó suavemente, como el aspa de un molino gigantesco a la espera de un caballero iluso que derribar. Comenzaba el descenso. Xabi Mendia volvió a preguntarse por qué milagro él, que sufría vértigo hasta al subirse a un taburete, disfrutaba inmensamente con los paisajes empequeñecidos por el picado de la perspectiva aérea. También gozaba con una visión más próxima y a la altura de sus ojos, del enérgico trasero de la azafata que se bamboleaba sin perder el equilibrio mientras recorría el pasillo para asegurarse de que todo el mundo llevaba el cinturón abrochado y había plegado la mesita delantera. A Xabi le encantaban las mujeres uniformadas, disciplinadamente sensuales. Y casi todas las demás. La megafonía anunció que aterrizarían dentro de diez minutos.
   Allá en lo profundo, bajo la superficie verdosa del mar, aparecían manchas más oscuras de escollos y roquedales. Ya estaba muy próxima la costa escarpada de la isla, entrecortada por lo que parecían playas pedregosas y poco hospitalarias. Según había leído en la guía turística (que como era inglesa no ocultaba los detalles menos favorecedores) el aeropuerto de Santa Clara estaba situado sobre el mismo pretil del acantilado y tenía una pista demasiado breve, que solían barrer además vientos adversos. Era frecuente que los pilotos tuvieran que intentar el acercamiento varias veces, abortando el aterrizaje en el último momento. A Xabi Mendia eso no le preocupaba, pues del placer de volar le gustaban hasta los sobresaltos.
   Pero el avión encontró su camino tras apenas un par de bandazos y machacó sus ruedas contra la pista con firme determinación. Luego circuló con serenidad hacia el edificio central, alejándose del borde del precipicio y de la tentación del mar. Xabi Mendia respondió a la sonrisa profesional de la azafata que los despidió en la puerta del aparato, pensando que debería ser aceptable darles un par de besos —amistosos, claro— cuando el vuelo ha transcurrido felizmente. Al bajar por la escalerilla, la tibieza muy grata de la temperatura y un vago matiz aromático en el aire le recordaron que estaba en noviembre, pero en el hemisferio sur: primavera.
   Mientras esperaba junto a la cinta de equipajes, examinó a sus compañeros de viaje. Lo más probable es que alguno o varios de ellos viniesen también al congreso. ¿Quizá aquel tipo gordo, de rostro malhumorado por el cansancio, que examinaba la abertura semitapada por tiras de cuero por donde debían aparecer las maletas como si esperase la salida al ruedo de un toro bravo? Tenía un aspecto fastidiosamente cultural, a juicio de Xabi. En fin, el equipaje se hacía esperar. Por los altavoces anunciaron la cancelación de una serie de vuelos. «Esperar la male ta... la última zozobra», murmuró junto a él un anciano caballero. Mendia le miró de reojo y luego más francamente. No era muy alto, aunque lo parecía por su delgadez. Vestía con traje y chaleco, lo menos adecuado para un largo viaje, y conservaba una abundante cabellera blanca pese a su edad -más de ochenta, probablemente-, la cual había dejado una nevada de caspa en sus hombros. Xabi Mendia se emocionó.
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