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jueves, 6 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Miguel Sánchez-Ostiz, sobre su última obra, el ensayo "La sombra del escarmiento (1936-2014)"

   En "cuartopoder.es":
ENTREVISTA SOBRE SU ÚLTIMA OBRA, EL ENSAYO 'LA SOMBRA DEL ESCARMIENTO (1936-2014)'

Sánchez-Ostiz: “El partido que detenta el poder actúa en heredero del franquismo”

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: 
Miguel_Sanchez_Ostiz.
Imagen del perfil del blog de Miguel Sánchez-Ostiz.
Hace unos meses Miguel Sánchez-Ostiz escribió una crónica novelada, bastante terrible, sobre los años de la guerra en Pamplona y la represión subsiguiente. El libro se titulaba El Escarmiento, dimos cuenta de ella en su momento en cuartopoder.es, y con ese nombre su autor quiso sortear una metáfora de la represión franquista en España. Ahora publica un ensayo, La sombra del Escarmiento (1936-2014), lo ha impreso Pamiela, su fiel editorial, que se quiere continuación de aquel otro libro y donde Sánchez-Ostiz quiere mostrar, cree que demostrar es palabra que excusa más que otra cosa lo que es sencillamente evidente, que ese modo de concebir el mundo, el franquismo, sus peculiaridades, siguen presentes y vivas en la España de hoy y de tal manera que hasta explica la corrupción a espuertas que sufrimos como mera continuación del imaginario de botín de guerra de los vencedores de la guerra y que sigue vigente en nuestros días.
En la entrevista que mantuvimos con Miguel Sánchez-Ostiz nos habló del origen del libro: “Fueron dos conferencias que di en un curso de verano de la Universidad del País Vasco, en el mes de julio pasado, que tenía por título 'A los 75 años del fin de la Guerra Civil: historia, literatura y memoria', dirigido por el profesor Josu Chueca. Una de ellas era sobre la gestación de mi novela 'El Escarmiento' y otra sobre el botín de guerra. Las dos conferencias trataban de las consecuencias del golpe militar de 1936, de la guerra civil y de la represión franquista; de cómo las vivimos“.
En este ensayo Miguel Sánchez-Ostiz cita como libros de referencia En la orilla, de Rafael Chirbes, y Escrito en España, de Dionisio Ridruejo porque ambos, por otro lado no se parecen en nada, vinculan el presente , lo que significa, con el inmediato pasado y así, para Chirbes, la corrupción que describe tiene que ver con el pasado franquista que ha dejado unas costumbres inalterables, unas costumbres de corrupción de las instituciones que se creen dueñas de todo lo público. En Ridruejo, que vio en el franquismo una corrupción generalizada de los valores, es decir, la traición hasta de sus propias creencias como esencia, la relación es aún mayor pues apela en exclusiva a la conciencia moral.
Para Miguel la razón es sencilla: “Porque el libro de Ridruejo, de 1962, dedica unas páginas, a mi modo de ver tan intensas como certeras, a denunciar el imperio de la corrupción, la venalidad y la prevaricación institucionales que caracterizaban el régimen surgido del golpe militar. El caso de Rafael Chirbes porque decir que la novela trata ‘de la crisis’ es reducir mucho su contenido. Chirbes parte del por qué remoto de una mentalidad proclive al saqueo, al aprovechamiento inmediato, a la deslealtad en lo público y en lo privado, al sálvese quien pueda, y encuentra la explicación en lo mismo que denunciaba Ridruejo“.
Lejos de buscar polémica, la corrupción no es un problema exclusivamente nuestro y sus causas, aunque las maneras sean específicas de cada país, trascienden nuestras fronteras. Así, la importancia concedida al capital financiero favorece una concepción corrupta del mundo que se produce menos en el capital trabajo o productivo, sin ir más lejos. En cualquier caso, para Sánchez-Ostiz, Pamplona es paradigma del resto de los pueblos españoles respecto a la represión franquista: “en realidad no creo que fuera diferente a todos los lugares donde no hubo frente de guerra, lo único especial es que fue allí donde el general Mola urdió el ‘escarmiento’, desde donde dictó sus instrucciones reservadas, inspiradas en la represión extrema“. Como acabó diciendo José María Iribarren, su secretario particular: “Aquel hombre no pensaba más que en matar”, y en este libro lo que en realidad se dirime, más que cualquier otro asunto, es la falta absoluta de imaginario democrático en el pueblo español, que Miguel Sánchez-Ostiz piensa que se debe a “ese mirar para otro lado” a que la población estaba obligada con las brutales represalias de los vencedores, ya que no hubo familia española que no hubiera sufrido esa represión en alguno de sus miembros.
obra_Sanchez_Ostiz
Cubierta de la obra de Sánchez Ostiz.
Esa costumbre de mirar a un lado lo que hay que mirar de frente, es determinante para el autor, pero esa actitud, lejos de ser inocua, conduce a casos sangrantes como los de la Ley de Memoria Histórica y el manto de silencio, vergüenza e indiferencia con que la mayoría de la población española ha reaccionado ante este tipo de violaciones de estos derechos de exhumación: “Hay una evidente represión policial y judicial que recuerda los años del franquismo, sus leyes y tribunales de excepción. Y eso se sostienen en una mentalidad que tiene más que ver con el pasado que con un presente que se pretende de un régimen democrático que presenta, a mí modo de ver, algo más que deficiencias“.
El partido que detenta el poder (gobernar es otra cosa) –añade–, ha dado muestras más que suficientes de que actúa en heredero del franquismo y el régimen. Diga lo que diga el diccionario de Anés, fue una dictadura basada en un golpe militar y sostenida en un aparato legal inspirado en el fraude de ley y en mucho más que el mero autoritarismo… Ah, sí, mejor no olvidarlo, y en un beneplácito social no del todo generalizado, pero casi”. Ocurre lo mismo, es probable, por ese miedo a ser republicano en una población que, curiosamente, no gusta de la Monarquía, esto no lo dice Sánchez-Ostiz, es cosa mía, pero ilustra sobremanera aquello que podemos vislumbrar siguiendo esta estela señalada.
Este tipo de correlatos es lo que hace precioso este libro, de un estilo intenso, apasionado, como es costumbre en Sánchez-Ostiz, un estilo que se acoge al panfleto de eminente excelencia literaria, como los que escribió Louis Ferdinand Céline o El manifiesto comunista, sin ir más lejos; Indignaos no pasa la prueba como panfleto literario de primer orden. Es decir, cumple a la perfección con la rápida reacción del lector, que es lo que busca el panfleto, y para ello la recurrencia a una retórica de primera fila es esencial. No hay más que leer las páginas consiguientes al concepto de botín de guerra, respecto a lo cual Miguel Sánchez-Ostiz nos recalca: “Vuelvo a Ridruejo donde decía que aquella gente, por el hecho de ganar una guerra, se sentía con un derecho a recibir un premio económico, a beneficiarse de las instituciones que había contribuido a poner en pie. Ahora pasa lo mismo, está demasiado generalizado que cuando se tiene poder político o se medra a su sombra apoyando los abusos gubernamentales se tiene derecho a hacer de lo público un pingüe negocio privado. Está demasiado generalizado para sostener que se trata de casos aislados o meras excepciones. Y eso no está llevando aparejado un verdadero rigor judicial
Ese cumplir a rajatabla con el mejor panfleto lo hizo en El asco indecible y lo ha hecho en este libro… inmejorablemente.

PRENSA CULTURAL. Reseña de "El escarmiento", novela de Miguel Sánchez-Ostiz. Juan Ángel Juristo

   En "cuartopoder.es":

Cómo contar el horror

| Publicado: 

 

Juan Ángel Juristo

El_Escarmiento
Cubierta del libro.
¿Cómo representar el horror?  Esta pregunta me ha surgido a raíz de la lectura de El Escarmiento, la última novela de Miguel Sánchez Ostiz, que ha publicado Pamiela, y al modo casi de documental con el que ha tratado la represión del General Mola en Pamplona los primeros días de la guerra civil. Sánchez Ostiz es un autor del que siempre admiré su marcada excelencia narrativa y ensayística, y del que considero que dos novelas suyas, Las pirañas y La flecha del miedo, se encuentran entre las mejores publicadas en nuestra narrativa desde los años ochenta.  El autor fue siempre proclive a mirar de frente ciertas situaciones y no refugiarse en excusas más o menos bien formuladas. De hecho, todo el ciclo narrativo que se abre con Las pirañas, en 1992, y que continúa, mediante la invención de Umbría como paisaje emblemático –Un infierno en el jardín, de 1995, La caja china, de 1996, No existe tal lugar, de 1997, y la culminación en una explosión de voces narrativas con La flecha del miedo, publicada en el año 2000–, es una invectiva contra la asfixia de la vida provinciana. Miguel Sánchez Ostiz siempre llevó a cabo una literatura de denuncia, no una literatura política, no una literatura ética. Sus deudas están en el ensoñado y patológico mundo de William Faulkner, en cierta manera, y desde luego en el modo de enfocar el mundo como farsa de Louis Ferdinand Céline, aunque la invectiva, que se le da tan bien, procede de un paisano suyo, Pío Baroja, autor que Miguel Sánchez Ostiz ha estudiado con ánimo prolijo e intuición certera. De hecho bien podría afirmarse que en ciertos aspectos la invectiva en la literatura desde don Pío no ha tenido alumno tan aventajado.
En estas novelas la eficacia de la invectiva se logra gracias al uso de la hipérbole –a la admiración por lo grotesco; Solana está detrás de todo esto– al modo de un sfumato, y de la farsa, y, sobre todo, por una fuerza idiomática nada común entre sus contemporáneos. Ello ha dado como resultado una retórica que  acompaña a ese ciclo narrativo, una retórica de una sola voz, salvo en La flecha del miedo, donde ésta, la que corresponde a Juan Fernández Lurgabe, ventrílocuo, se divide en las de la multiplicidad  de sus muñecos, la Wendy, el Doctor Mabuse y Robin Hood. Gracias a este recurso, la denuncia de la corrupción moral, del delito impune, de la desvergüenza, del envilecimiento a que están sujetas sobre todo las rampantes clases medias, se desplaza hacia un prisma de voces narrativas varias que enriquecen lo descrito al no poseer sólo una sola voz denunciadora, que hubiese convertido la historia en un sermón a lo Savonarola donde no se hubiese librado ningún estamento, constructores, abogados, policías, nacionalistas… y donde de hecho no se libra ninguno, salvo que gracias a esa multiplicidad se logra un grado de verosimilitud literaria mucho mayor.
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Miguel Sánchez Ostiz. / Ediciones Paideia
Esta multiplicidad de voces, que es parte fundamental de la eficacia de La flecha del miedo, está presente en El Escarmiento de forma esencial, pero construida de una forma harto curiosa. En su blog, el autor explica que este libro fue una idea que le rondaba desde 2005 y que lo concibió como un artefacto narrativo, como un libro híbrido: “Al principio trabajé sobre el supuesto de los diarios robados del general Mola, los diarios que fueron sustraídos de su mesa de despacho, después de que violentara la cerradura el mismo día de su muerte. Se acusa de este acto poco noble al coronel Solchaga, un tipo violento y oscuro que mientras Mola vivió, lo hizo a su sombra. El general dejó a su espalda documentación sobre cómo organizó aquella carnicería, desde Pamplona: está el archivo de Maíz, su secretario, custodiado en el Archivo Real y General de Navarra, de acceso restringido, y hubo otros que fueron destruidos: el de Garcilaso, las memorias de José María Irribarren…”
Luego, la visita que hizo al Fuerte de San Cristóbal en 2011, junto a algunas víctimas de la guerra, le hizo caer en la cuenta de que Pamplona fue el epicentro de la represión que luego se extendió por toda España y que ese hecho marcó a toda su generación. De esa impronta y, a la vez, el dar cuenta de la documentación hallada, surge la originalidad de este libro que supone una nueva forma de abordar los temas recurrentes en su obra anterior pero desde una nueva óptica. El Escarmiento sería, pues, la primera parte de un ciclo de dos en el que la segunda, que ya tiene título, El botín, se centra en lo que supuso el repartirse las riquezas de los afines a la República en la inmediata posguerra y la aparición de nuevas fortunas en la Pamplona de esos años. La guerra como negocio.
Hay muchas maneras de leer este libro, pero creo que el enfoque pertinente bascularía entre el informe documental, terrible, y dotado de una eficacia narrativa muy alta para describir ese horror, y, por otro, una incidencia en los temas de la asfixia de la vida provinciana, tema recurrente en su obra, pero que aquí se perfila como una indagación en el origen de esa asfixia y que el autor antecede en la brutal y amarga represión que el general Mola ejerció en la ciudad, una represión que debía causar terror entre la población como objetivo a lograr. De ese horror el libro no nos ahorra detalle, y Miguel Sánchez Ostiz ha empleado una técnica periodística que resulta de una gran eficacia, pero junto a ese enorme caudal de información, en muchos casos desconocido por la mayoría de la población, el autor se demora en un rosario de anécdotas que me resultan familiares porque pertenecen a cierta obsesiones suyas, como el casi fusilamiento de Pío Baroja, evidentemente magnificado, o la enorme cantidad de traidores, véase Agustín de Foxá, que pululaban por Biarritz contemplando la guerra desde la barrera y conspirando contra el Gobierno legal.
Un libro importante que pasará desapercibido porque es incómodo por varios motivos: apela a la memoria histórica más abrumadora, la colectiva, y no deja cicatrizar falsamente las heridas. Como toda la literatura de Miguel Sánchez Ostiz, es un grito y un grito que siempre tiene como protagonista a Pamplona. No siempre la ciudad ha sabido merecerle.