Mostrando entradas con la etiqueta fundamentalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fundamentalismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de diciembre de 2015

HISTORIA. Entrevista al historiador británico Anthony Pagden

 
Anthony Pagden

En "Babelia" (15-I-2011):

Una guerra sin fin

El historiador Anthony Pagden da las claves de 2.500 años de encuentros y desencuentros entre Oriente y Occidente

Cuando se cumplen diez años del 11-S, el historiador británico Anthony Pagden ilumina los orígenes y las claves de la confrontación entre Oriente y Occidente. Habla de su libro, Mundos en guerra, traza un mapa de la situación actual y asegura que parte de la clave para alcanzar la reconciliación y el entendimiento está en la secularización.
Todo empezó con un rapto, el de Helena, esposa del rey espartano Menelao, por parte de un lechuguino troyano, Paris. La famosa guerra de Troya que libraron "los aqueos, griegos del noreste del Peloponeso, y los troyanos, un pueblo casi mítico de Asia menor", es para Anthony Pagden, autor de Mundos en guerra (RBA), el inicio de la "enemistad perpetua" -como la llamó Herodoto- entre Oriente y Occidente. Con un buen ritmo narrativo, mezclando mitología, hechos y anécdotas, Pagden navega por los océanos del tiempo desde las Guerras Médicas, la invasión de Alejandro, la conquista de Roma y la entrada del sultán Mehmet II a Constantinopla hasta la expedición de Napoleón a Egipto -un intento de imponer la civilización occidental sin conquista y el origen de muchos conflictos posteriores-, la colonización europea, la caída del imperio otomano, las dos guerras mundiales, y el nacimiento del radicalismo musulmán. Nada menos que 2.500 años de historia que llegan justo a tiempo para echar luz sobre un episodio tan trágico como fue el 11-S en el décimo aniversario.

"La idea del Occidente de democracia liberal, tolerancia, igualdad y libertad está en declive"
El profesor británico de historia y ciencias políticas de la Universidad de California (UCLA) mejora el estilo de su trabajo Peoples and Empires (Modern Library Chronicles, 2001), que en menos de 200 páginas recorre y analiza el auge, caída y herencia de los imperios europeos. Mundos en guerra2.500 años de conflictos entre Oriente y Occidente es dos veces más extenso, pero se disfruta dos veces más. El ensayo-novela de Pagden es sumamente útil como texto de divulgación general y no pretende competir con obras reconocidas como la Historia de los árabes (1991) del británico de origen libanés Albert Hourani. El libro juega en otra liga, la que intenta acercar la historia universal a la mayor cantidad de lectores posible. Pagden, que se confiesa partidario del Estado secular, busca con la misma franqueza analizar y explicar la batalla entre los valores de la Ilustración y la religión.
Una advertencia: para el autor, los países de Occidente y los de Oriente Próximo, como los griegos y los persas en la antigüedad, están avocados a una difícil coexistencia dado que el concepto de ciudadanía en ambos mundos es diametralmente opuesto. Esta entrevista, hecha a medias por correo electrónico y por teléfono entre Madrid y Los Ángeles, se produjo entre los días del brutal atentado contra una iglesia copta en Egipto y el asesinato del gobernador paquistaní de Punyab por su oposición a la ley de blasfemia impulsada por el islamismo radical.
PREGUNTA. Dice en el prefacio que la idea le surgió después de que su esposa observara una foto de unos musulmanes iraníes rezando, que imagino reflejaba su sumisión a Dios. ¿Es esta clase de foto la que mejor representa el significado del islam?
RESPUESTA. Me temo que sí. La imagen era precisamente de sumisión. El argumento fundamental de mi libro no es, como algunos dan por sentado, un ataque al islam como tal, ni siquiera un ataque a la religión, aunque me disgustan profundamente las religiones monoteístas de cualquier tipo, ya sea musulmana, cristiana o judaica. El argumento era que lo que ha distinguido a "Occidente" de "Oriente" desde la Antigüedad hasta el primer tramo del siglo XX, es, en términos generales, una división entre esas sociedades donde la religión desempeña un papel reducido o nulo en la vida civil, donde la ley se concibe fundamentalmente como un objeto humano y, por tanto, está expuesta al cambio y la interpretación, y aquellas -el islam en particular- en las que no existe distinción alguna entre sociedad civil y religión y la ley se basa en los dictados de un dios. Puesto que el dios de todos los grandes monoteísmos solo ha hablado una vez a cada grupo -a Moisés, a Cristo o a Mahoma- y eso sucedió hace mucho tiempo, sus leyes son, en el mejor de los casos, extrañas y desfasadas. Lo que esa fotografía parece captar es esa obediencia que se espera que todos los musulmanes verdaderos muestren ante las palabras del dios como la base de toda vida humana, civil y religiosa. Por supuesto, es una visión monolítica de las realidades de la vida que se da en muchos estados musulmanes actuales, como digo en el último capítulo del libro, pero eso no era lo que me interesaba al principio. Lo que me interesaba era precisamente cómo había evolucionado una imagen particular de Oriente en la mente occidental desde la Antigüedad.
P. ¿Cree que la idea del islam como un movimiento libertario más que como una religión podría seducir a los musulmanes más moderados para que se unan a la lucha contra Occidente?
R. Sí. Los indicios apuntan claramente a que muchos se han visto arrastrados al islam radical, al igual que los jóvenes furiosos y marginados de Europa se vieron atraídos en los años sesenta y setenta por el marxismo, no tanto por su contenido, sobre el que sabían muy poco, al igual que la mayoría de los yihadistas musulmanes parecen conocer muy poco sobre el islam, sino porque ofrecía un medio sencillo y violento para atacar a quienes consideraban por varias razones responsables de sus penurias. Gilles Keppel, el erudito islámico de origen francés, afirma con rotundidad que Al Qaeda se parece más a las Brigadas Rojas italianas o la Baader-Meinhof alemana que a una cruzada religiosa. Y, por supuesto, como ocurría con las Brigadas Rojas y la Baader Meinhof, los yihadistas islámicos son una minoría pequeña aunque muy peligrosa cuyas creencias no reflejan las de la mayoría de los musulmanes, ya sean moderados o de otra índole.
P. ¿Debería Occidente dejar de intentar imponer la democracia liberal en Oriente?
R. En este momento, Occidente (es decir, Estados Unidos y unos pocos aliados reacios) solo intenta, al menos mediante una acción directa, imponer la "democracia liberal" en dos regiones de Oriente Próximo: Afganistán e Irak. En ninguno de esos tienen una mínima posibilidad de éxito. Los afganos derrotaron a británicos y soviéticos y sin duda derrotarán a los estadounidenses. Para mí, existe un fallo fundamental en el razonamiento que subyace tras gran parte de la política exterior estadounidense (y, por desgracia, incluso en la de su presidente Barack Obama): que mientras un país sea estable e interese a Estados Unidos, su forma de gobierno no constituye un problema. Aunque sea inestable, mientras se encuentre lejos de la costa estadounidense y no suponga una amenaza para sus intereses, puede ser acosado diplomáticamente, pero por lo demás se le deja en paz. No se ha producido una intervención estadounidense en Zimbabue y es poco probable que la haya en Costa de Marfil. Sin embargo, una vez que la inestabilidad de un Estado amenaza a Estados Unidos o sus aliados, la manera de lidiar con ello es "un cambio de régimen", instaurando la democracia por la fuerza, y una vez que se ha logrado (y esto generalmente significa, como ha ocurrido en Afganistán e Irak, unas elecciones amañadas) retirarse lo antes posible, dejando a menudo a varias empresas turbias como Halliburton para que cosechen los considerables beneficios que genera la "reconstrucción". En Afganistán esto está conduciendo a otro Vietnam; en Irak, probablemente se convierta en una guerra civil a gran escala, cuyos vencedores serán los chiíes, que luego formarán una teocracia como la de Irán. La suposición es que la democracia liberal es la forma predilecta de gobierno de todos los pueblos; que es, en la práctica, algo innato y que "imponerlo" solo significa eliminar los impedimentos que se han situado en su camino.
Asimismo, lo que nunca ha llegado a entender Estados Unidos es que, en muchos lugares, unos comicios pueden provocar la elección de un gobierno que sea cualquier cosa menos liberal o demócrata. Países como Egipto y Argelia no celebran elecciones porque, como ha demostrado sobradamente el ejemplo argelino, los ganadores con toda probabilidad no serían demócratas laicos y moderados occidentales, sino algún grupo musulmán extremista. Pero el motivo principal de enojo para los musulmanes y, por tanto, el máximo atractivo del islam radical, es el Estado de Israel. Hablando claro, los musulmanes odian a Estados Unidos porque Estados Unidos -y, por extensión, todo el mundo occidental no musulmán- está considerado, equivocadamente, un amigo incondicional de Israel. Hasta que se ofrezca alguna solución a ese conflicto, los radicales musulmanes seguirán atacando lo que ellos perciben como Occidente. Creo que, por ejemplo, a quienes colocaron las bombas en Madrid y Londres no les importa en absoluto el destino de los palestinos. Pero la lucha entre Palestina e Israel es un pretexto para dar rienda suelta a sus frustraciones contenidas por sentirse pobres y marginados en una cultura que les es ajena.
P. ¿Dónde están los límites de Oriente y Occidente? ¿Por dónde discurrirán las fronteras en el futuro? ¿Cómo podemos vivir juntos en un mundo globalizado y, al mismo tiempo, trazar una línea de respeto entre los Estados laicos y los religiosos?
R. En el libro intento explicar que la demarcación entre Oriente y Occidente, si bien siempre ha tenido una forma geográfica (no muy precisa) es, a efectos prácticos, fruto de la imaginación occidental. Así que mi respuesta es que no existe frontera. La verdadera lucha es la que se libra entre la forma de pensar de los grupos religiosos del tipo que sean -en este momento, los musulmanes son los más alarmantes y peligrosos, pero puede que existan otros en el futuro- y el pensamiento del Occidente liberal laico. Es muy posible trazar lo que usted denomina una "línea respetuosa" entre Estados laicos y religiosos. Estados Unidos está encantado de hacer negocios con Arabia Saudí, el país árabe más agresivamente fundamentalista. De hecho, George Bush, que también es un fundamentalista, sin duda tenía más en común con los saudíes que, por ejemplo, con Zapatero, el presidente español.
La hostilidad de Estados Unidos hacia Irán, como ha reiterado Obama, y como Bush hizo antes que él, no tiene nada que ver con la división entre laicismo y religión, sino que obedece a la agresión abierta de Irán contra Israel y su aparente determinación de desarrollar armas nucleares. Ahora el problema es dónde y cómo trazar la línea en Londres, Madrid o París. Porque, aunque los Estados laicos y religiosos sean capaces de mantener unas relaciones respetuosas entre sí, los individuos dentro de ese mismo Estado no pueden. No pueden porque muchos musulmanes de Europa han insistido en que deberían tener derecho a hacerlo; afirman ser ciudadanos de España, pero también insisten, por ejemplo, en que tienen el derecho divino de decidir con quién debe casarse su hija, negarle una educación o, en los casos más extremos, matarla si al desafiarlos ha "deshonrado" supuestamente a su familia. En Occidente, la religión es una cuestión privada y no pública. Y el problema con el islam, a diferencia, por ejemplo, del hinduismo, el budismo o incluso el judaísmo, es que no reconoce que el Estado puramente laico tenga derecho a existir, y mucho menos dictar cómo deben vivir su vida los musulmanes.
P. ¿La preponderancia de Occidente o la idea de que Occidente se impondrá como civilización universal está en declive?
R. Sí y no. Pero en realidad depende del significado que otorgue al término Occidente. Si equivale a un mundo basado en el Estado de derecho laico, en un Gobierno participativo en términos generales (aunque no una democracia liberal como nosotros la entendemos), en la creencia en el progreso tecnológico y la búsqueda de riqueza, todo apunta a que lo que ha dado en llamarse "Euroasia" sigue dominando y seguirá dominando el mundo durante un tiempo. Si, por el contrario, "civilización occidental" equivale a algo parecido a una democracia liberal que no es simplemente una sociedad laica gobernada por la ley, sino gobernada en gran medida por la mayoría de sus ciudadanos y regida por los intereses de estos; que sostiene que el Estado tiene la obligación de mantener a sus miembros más pobres; que ningún ciudadano debe morir porque no pueda permitirse una atención sanitaria adecuada; que debe existir igualdad entre sexos y las diversas razas de las que está compuesta la sociedad; que la religión, aunque nunca debe ser impuesta, ha de ser tolerada en todo momento, al igual que las preferencias sexuales, la libertad de expresión, etcétera, etcétera; si se refiere a eso, entonces, por desgracia, la idea de que esa civilización se impondrá fuera de Occidente fue abandonada hace mucho, pero cada vez se ve sometida a más ataques dentro del propio Occidente.
P. Tras leer su libro, resulta difícil no recordar la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Huntington. ¿Cree sinceramente que se impondrá el radicalismo porque la idea de moderación solo impera en el bando occidental?
R. No. Lo que yo he dicho es que para los musulmanes radicales, la moderación y la tolerancia -eso no conlleva la suposición de que cualquier forma de pensamiento o creencia sea acertada en ningún sentido, sino la voluntad de aceptar y vivir con quienes sabemos que están equivocados o engañados- son una virtud laica de Occidente, como también lo es para los fundamentalistas y literalistas de cualquier clase. Pero esto no significa que todos los musulmanes comulguen con esa idea. Y aunque lo hicieran, no están necesariamente obligados a hacer algo al respecto. Un radical que no ejerce su radicalismo no constituye una amenaza para nadie. Así que una alianza de civilizaciones es perfectamente posible.
P. El fundamentalismo musulmán ha crecido en Oriente Próximo, pero el radicalismo cristiano también es un fenómeno creciente en Estados Unidos. ¿Cree que el auge del radicalismo cristiano, vinculado al ala más dura del Partido Republicano y con capacidad para influir en la política estadounidense, es una amenaza tan a tener en cuenta como el integrismo?
R. No. Más de la mitad de la población de Estados Unidos cree en algún tipo de dios y un número importante incluso afirma creer en ángeles y demonios. El país está inundado de sensibleras historias sobre el más allá, la intervención divina y cosas por el estilo. La mayoría de las personas que se tragan esas historias son pobres e ignorantes, pero un número alarmante no lo es. Los fundamentalistas cristianos ejercen una influencia política considerable sobre la derecha porque pueden proporcionar votos. Pero en su mayoría están obsesionados con cuestiones sexuales -sobre todo los derechos de los homosexuales y el aborto- y nunca han ejercido mucha influencia en alguna política real que no esté asociada con estos asuntos. La única excepción notable era la cuestión de la investigación con células madre. Pero la prohibición no sobrevivió a la desaparición de la administración de Bush.
Aun así, el auge de la sinrazón, con independencia de la forma que adopte, desde luego es preocupante. Si en los 60, cuando yo era estudiante, alguien me hubiera dicho que apenas 40 años después la religión sería crucial de la política internacional y nacional lo habría tomado por loco. Así pues, ¿quién sabe qué horrores nos depara el futuro? El candidato más probable del Partido Republicano para las presidenciales de 2012 es un hombre que, si es fiel a las doctrinas fundamentales de su iglesia, no solo cree que existe un dios, sino que ese dios es un hombre que en su día vivió en otro planeta, que puedes bautizar a toda la humanidad, a todos los seres que han vivido alguna vez, con carácter retroactivo, que las ideas vienen dictadas por los sentimientos, que nadie debería leer nada que no haya sido autorizado por su iglesia, y así sucesivamente. [Pagden se refiere al mormón Mitt Romney].
P. ¿Por qué decidió excluir del libro a China, Japón y en buena parte a India?
R. Mi historia se centra en el conflicto entre Occidente y Oriente, y cómo en términos generales se ha concebido desde la Antigüedad. China no ha participado en este. Hasta el siglo XVIII, lo que ahora se conoce como Extremo Oriente apenas existía en la imaginación europea. Es cierto que, para Montesquieu, China era el principal ejemplo de "despotismo oriental". Otros, como por ejemplo el filósofo alemán Leibniz, aunque creía que China estaba atrasada en el plano científico, la ensalzaban como un modelo de rectitud moral, superior a cualquier cosa que se encontrara en la Europa cristiana. Occidente no se enfrentó a China o ningún otro país de Extremo Oriente hasta las Guerras del Opio del siglo XIX, y estas fueron comerciales y no ideológicas. El caso de India es bastante más complejo. Sin embargo, aunque los británicos y franceses libraron guerras prolongadas en India y por supuesto Gran Bretaña llegó a dominar todo el continente, tampoco fueron guerras motivadas o mantenidas por un sentimiento profundo de antagonismo cultural. De hecho, como intento explicar en el libro, existió un poderoso movimiento de erudición -que ha continuado hasta nuestros días- que veía a India como el hogar de todos los pueblos indoeuropeos y, por tanto, como el origen de toda la civilización occidental, y consideraba la aldea india el único ejemplo superviviente de la polis griega original.

jueves, 7 de mayo de 2015

PRENSA. "Estado islámico, crónica del horror"

   En "El País Semanal":

Estado Islámico, crónica del horror

El Estado Islámico controla un territorio más grande que Reino Unido al que desde 2014 llegan miles de yihadistas de todo el mundo para enrolarse en sus filas

Poco a poco expanden su control con el genocidio como bandera, pero sus integrantes no son una mera colección de psicópatas

Constituyen un grupo religioso con creencias arraigadas. Esta es una investigación sobre su estrategia y los errores de Occidente a la hora de combatirlos.


Un miliciano kurdo dispara contra posiciones del Estado Islámico en Tell Tamer (Siria), el pasado febrero. / RODI SAID (REUTERS)

¿Qué es el Estado Islámico? ¿Cuáles son sus orígenes? ¿Y sus intenciones? La simplicidad de estas preguntas es engañosa. Pocos líderes occidentales parecen conocer las repuestas. “Ni siquiera entendemos el concepto”, reconocía el general Michael K. Nagata, jefe de operaciones especiales de Estados Unidos en Oriente Próximo, en unos comentarios confidenciales publicados por The New York Times en diciembre. En el último año, Barack Obama ha dicho del Estado Islámico que “no es islámico” y, en otras ocasiones, que es una filial de Al Qaeda, unas declaraciones que reflejan la confusión existente y que, tal vez, han llevado a cometer importantes errores estratégicos.
El Estado Islámico (EI) tomó la ciudad de Mosul (Irak) en junio de 2014 y ya controla un territorio más grande que Reino Unido. Abubaker al Bagdadi es su líder desde 2010, pero su imagen más reciente, hasta el pasado verano, era una fotografía borrosa de la época que estuvo preso en Camp Bucca, durante la ocupación norteamericana de Irak. Cuando el 5 de julio de 2014 subió al púlpito de la Gran Mezquita de Al Nuri, en Mosul, para autoproclamarse el primer califa en varias generaciones, pasó de la imagen borrosa a la alta resolución, y de guerrillero en busca y captura a jefe supremo de todos los musulmanes. Desde entonces no ha cesado el flujo de yihadistas de todo el mundo hacia el territorio controlado por el Estado Islámico.
Nuestra ignorancia sobre este movimiento es, en parte, comprensible: es un reino ermitaño y pocos de los que han ido hasta allí han vuelto. Al Bagdadi solo ha hablado ante las cámaras en una ocasión. Pero sus palabras, como todos los demás vídeos y encíclicas de propaganda del Estado Islámico, están en la Red, y los seguidores del califato han hecho enormes esfuerzos para que su proyecto se conozca: rechazan la paz por principio; tienen hambre de genocidio; su visión religiosa es totalmente incompatible con cierto tipo de cambios, que incluso podrían garantizar su supervivencia, y se considera a sí mismo un heraldo –y jugador fundamental– del inminente fin del mundo.
El Estado Islámico, también denominado Estado Islámico de Irak y al Sham (Daesh en árabe, ISIS en inglés), se guía por una corriente del islam con una peculiar concepción del camino hacia el Día del Juicio Final. Esta creencia condiciona su estrategia y puede ayudar a Occidente a conocer a su enemigo y predecir su comportamiento. Su ascenso al poder, más que parecerse al triunfo en Egipto de los Hermanos Musulmanes –a quienes el Estado Islámico considera apóstatas–, se asemeja a la materialización de una realidad alternativa y distópica, como si David Koresh o Jim Jones [líderes de dos de las sectas suicidas más conocidas del mundo] hubieran sobrevivido para dominar no a unos pocos cientos de adeptos, sino a ocho millones de personas.
Hemos malinterpretado la naturaleza del Estado Islámico en dos aspectos. En primer lugar, tendemos a pensar que el yihadismo es monolítico y aplicamos la lógica de Al Qaeda a una organización que la ha eclipsado de manera decisiva. Los partidarios del Estado Islámico entrevistados para este artículo todavía se refieren a Osama bin Laden como sheik Osama, “el jeque Osama”, un título honorífico. Pero el yihadismo ha evolucionado desde los tiempos del apogeo de Al Qaeda, entre 1998 y 2003, y muchos combatientes desprecian a sus líderes actuales y sus prioridades.
Bin Laden consideraba su actividad terrorista como el preludio de un califato que no esperaba ver en vida. Su organización era flexible y funcionaba como una red de células autónomas dispersas geográficamente. El Estado Islámico, por el contrario, necesita controlar un territorio para tener legitimidad, y una estructura vertical para gobernarlo.


Captura de un vídeo promocional con integrantes del Estado Islámico.
También nos ha llevado a error una campaña bien intencionada, pero deshonesta, para negar la naturaleza religiosa medieval del Estado Islámico. Peter Bergen, que publicó la primera entrevista con Bin Laden en 1997, tituló su libro Guerra Santa, S. A., en parte porque consideraba al líder yihadista como un producto del mundo laico y moderno. Bin Laden convirtió el terrorismo en una empresa y creó franquicias. Exigía concesiones políticas concretas, como la retirada de las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí. Su infantería se movía a sus anchas por el mundo moderno: en su último día de vida, Mohamed Atta hizo compras en Walmart y comió en Pizza Hut.
Es tentador encajar al Estado Islámico en esta percepción y considerar a los yihadistas como personajes laicos y modernos, con preocupaciones políticas modernas y con un disfraz religioso. Pero lo cierto es que muchas de las cosas que hace la organización parecen absurdas salvo si se analizan desde la óptica de un compromiso sincero y meditado para hacer retroceder a la civilización actual al siglo VII y culminar con la llegada del Apocalipsis.
Los portavoces más elocuentes de esta postura son los responsables y seguidores del Estado Islámico. Cuando se habla con ellos, se burlan de la modernidad e insisten en que no quieren –no pueden– apartarse de los preceptos del profeta Mahoma y sus colaboradores. Suelen utilizar códigos y alusiones que suenan extraños o anticuados a los no musulmanes y que remiten a tradiciones y textos concretos del primer islam.
La realidad es que el Estado Islámico es islámico. Muy islámico. Es innegable que ha atraído a psicópatas y aventureros, reclutados sobre todo entre las poblaciones desafectas de Oriente Próximo y Europa. Pero la religión que predican sus seguidores más fervientes deriva de unas interpretaciones coherentes e incluso eruditas del islam. Prácticamente todas las decisiones importantes y las leyes promulgadas por el Estado Islámico se atienen de forma puntillosa a lo que en sus comunicados, pronunciamientos, carteles, membretes y monedas se denomina “la metodología profética”, es decir, la profecía y el ejemplo de Mahoma. Puede que los musulmanes rechacen el Estado Islámico; la mayoría lo hace. Pero el empeño en decir que no es un grupo religioso y milenarista, con una teología que debemos comprender para poder combatirla, ha llevado ya a Estados Unidos a infravalorarlo y respaldar planes insensatos para intentar acabar con su poder. Es necesario conocer la genealogía intelectual del Estado Islámico para que nuestra reacción no le fortalezca, sino que le empuje a inmolarse en su propio celo.
I. Devoción
El Estado Islámico hizo público en noviembre un vídeo que establecía sus orígenes en Bin Laden. Mencionaba como predecesor inmediato a Abu Musab al Zarqawi, el brutal jefe de Al Qaeda en Irak desde 2003 hasta su muerte en 2006, seguido de dos dirigentes antes de Al Bagdadi, el califa. Llamaba la atención la omisión de Aiman al Zawahiri, el cirujano egipcio que dirige hoy Al Qaeda. Al Zawahiri no ha jurado lealtad a Al Bagdadi y despierta un odio creciente entre los demás yihadistas. La división entre Al Qaeda y el Estado Islámico viene de muy atrás y ayuda a explicar, al menos en parte, la desmesura sanguinaria de este último grupo. Del lado de Al Zawahiri está un clérigo jordano, Abu Mohamed al Maqdisi, que se declara con cierta razón arquitecto intelectual de Al Qaeda y es el menos conocido de los jefes yihadistas. Al Maqdisi coincide con el Estado Islámico en la mayoría de los aspectos doctrinales. Ambos se identifican con el ala yihadista de una rama del sunismo llamada salafismo, de al salaf al salih, que en árabe quiere decir “devotos antepasados”. Esos antepasados son el Profeta y sus primeros seguidores, a los que los salafistas veneran e imitan porque los consideran modelos de comportamiento en la guerra, el vestir y la familia.
Al Maqdisi formó a Al Zarqawi, que fue a la guerra en Irak teniendo presentes los consejos del anciano. Sin embargo, con el tiempo, Al Zarqawi superó a su mentor en fanatismo y acabó recibiendo una reprimenda de él. Los motivos fueron la afición de Al Zarqawi a los espectáculos sanguinarios y, desde el punto de vista de la doctrina, su odio a otros musulmanes, hasta el punto de excomulgarlos y matarlos. Al Maqdisi escribió a su antiguo pupilo para decirle que debía tener cautela con el exceso de excomuniones (takfir) y que no debía “declarar que las personas son apóstatas porque han pecado”. La distinción entre apóstata y pecador puede parecer sutil, pero es un punto especialmente controvertido entre Al Qaeda y el Estado Islámico. Negar la santidad del Corán o las profecías de Mahoma es apostasía. Pero Al Zarqawi y el Estado engendrado por él opinan que hay muchos otros actos que pueden hacer que se expulse a un musulmán del islam.
Entre ellos, vender alcohol o drogas, llevar vestimenta occidental, afeitarse la barba, votar en unas elecciones –incluso por un candidato musulmán– y evitar calificar a otros de apóstatas. Ser chií, como lo son la mayoría de los árabes de Irak, también es un motivo, porque el Estado Islámico considera que el chiísmo es una innovación, e innovar aspectos del Corán es negar su perfección original. Eso significa condenar a muerte a alrededor de 200 millones de chiíes [rama del islam que supone entre el 10% y el 15% de los musulmanes de todo el mundo; el resto son prácticamente todos suníes]. Y también a los jefes de Estado de todos los países musulmanes, porque han situado las leyes hechas por el ser humano por encima de la sharía (ley islámica) al presentarse a unas elecciones o al hacer cumplir leyes no escritas por Dios.


Miembros del Cuerpo de Operaciones Especiales de Irak. Occidente se enfrenta al Estado Islámico a través de los kurdos e iraquíes en el campo de batalla y mediante ataques aéreos. / ALAA AL MARJANI (REUTERS)
Al seguir esta doctrina takfiri, el Estado Islámico asume el compromiso de purificar el mundo mediante el asesinato de un inmenso número de personas. La falta de informaciones objetivas impide conocer la verdadera dimensión de las matanzas que se están llevando a cabo en su territorio. Pero los comentarios en las redes sociales indican que las ejecuciones individuales son más o menos continuas, y cada pocas semanas las hay masivas. Las víctimas suelen ser sobre todo musulmanes “apóstatas”. Al parecer, los cristianos que no se resisten al nuevo Gobierno quedan exonerados de la ejecución automática. Al Bagdadi les permite vivir siempre que paguen un impuesto especial, llamado jizya, y reconozcan su sometimiento.
Hace siglos que terminaron las guerras de religión en Europa y que la gente dejó de morir en masa por arcanas disputas teológicas. Quizás eso explica la incredulidad de los occidentales ante las informaciones sobre las bases teológicas y las prácticas del Estado Islámico. Muchos se niegan a creer que esta organización sea tan devota como dice ser, o tan retrógrada o apocalíptica como sugieren sus acciones y declaraciones.
Su escepticismo es comprensible. Hasta hace no mucho, los occidentales que acusaban a los musulmanes de seguir ciegamente preceptos antiguos se granjeaban las críticas de algunos intelectuales –en particular, del difunto Edward Said– que señalaban que llamar “antiguos” a los musulmanes era, simplemente, otra forma de denigrarlos. En lugar de eso, nos decían estos académicos, debíamos fijarnos en el contexto en el que surgían esas ideas: países mal gobernados, costumbres sociales cambiantes, la humillación de vivir en unas tierras que solo se valoraban por el petróleo…
Sin estos factores es imposible tener una visión completa del ascenso del Estado Islámico. Pero centrarse solo en ellos y excluir la ideología es un reflejo de otro tipo de sesgo propio de Occidente: considerar que si la religión no tiene importancia en Washington o Berlín, debe de ser igualmente irrelevante en Raqqa o Mosul. Pues bien, cuando un hombre enmascarado grita “Allahu Akbar” [Alá es el más grande] mientras decapita con un cuchillo a un apóstata, a veces lo hace por motivos religiosos.
Muchas organizaciones musulmanas afirman que las prácticas del Estado Islámico son antiislámicas. Es tranquilizador saber que la mayoría de los musulmanes no tiene el más mínimo interés en sustituir las películas de Hollywood por vídeos de ejecuciones públicas para pasar un rato entretenido después de la cena. Ahora bien, los musulmanes que llaman antiislámico al Estado Islámico, explica el profesor de Princeton Bernard Haykel, el mayor experto en la teología de esa organización, “están avergonzados y son políticamente correctos, y tienen una visión edulcorada de su propia religión” que olvida “las exigencias históricas y legales de su fe”. Según Haykel, las filas del Estado Islámico están impregnadas de fuerza religiosa. Las citas del Corán son constantes. “Hasta los soldados rasos las sueltan sin parar”, asegura. “Posan delante de las cámaras y repiten las doctrinas como fórmulas”. En su opinión, las afirmaciones de que el Estado Islámico ha tergiversado los textos del islam son absurdas. “La gente quiere absolver al islam”, dice. “Es ese mantra de que el islam es una religión de paz. ¡Como si existiera una cosa llamada islam! El islam es lo que hacen los musulmanes, cómo interpretan los textos”. Todos los suníes comparten esos textos, no solo el Estado Islámico. “Y estos individuos tienen tanta legitimidad como cualquier otro” para desentrañarlos.
Todos los musulmanes reconocen que las primeras conquistas de Mahoma no fueron un asunto aseado. Las leyes de la guerra transmitidas tanto al Corán como a otras narraciones sobre el Profeta eran la respuesta a una época turbulenta y violenta. En opinión de Haykel, los combatientes del Estado Islámico han retrocedido al primer islam y reproducen al pie de la letra sus normas bélicas. Entre ellas se incluyen varias prácticas que los musulmanes contemporáneos prefieren no reconocer como parte de sus textos sagrados. “No son unos [yihadistas] enloquecidos que manipulan la tradición medieval para justificar la esclavitud, la crucifixión y las decapitaciones”, dice Haykel. Son soldados que “se sitúan en el corazón de la tradición medieval y la aplican sin fisuras en el presente”.
Los líderes del Estado Islámico creen que emular a Mahoma es su deber y han revivido tradiciones que llevaban cientos de años olvidadas. “Lo asombroso no es solo que las apliquen de forma tan literal, sino la seriedad con la que leen los textos”, explica Haykel. “Muestran una minuciosidad y una obsesión poco habituales entre los musulmanes”.
Al Qaeda nunca habló de recuperar la esclavitud. ¿Por qué lo iba a hacer? Quizá no planteó la cuestión por razones estratégicas, para evitar perder apoyo entre la opinión pública. Cuando el Estado Islámico empezó a esclavizar a gente, se escandalizaron incluso algunos de sus seguidores. Aun así, el califato sigue utilizando la esclavitud y la crucifixión sin inmutarse. “Conquistaremos vuestra Roma, romperemos vuestras cruces y esclavizaremos a vuestras mujeres”, prometió Abu Mohamed al Adnani, su portavoz principal, en uno de sus mensajes de amor a Occidente.
II. Territorio
Se cree que al califato han llegado decenas de miles de musulmanes. Los reclutas proceden de Francia, Reino Unido, Bélgica, Alemania, Holanda, Australia, Indonesia y Estados Unidos, entre otros países. Muchos van a luchar; muchos tienen la intención de morir. Internet se ha convertido en un instrumento esencial para difundir su propaganda y asegurarse de que los neófitos saben qué deben creer, según explica Peter R. Neumann, catedrático del King’s College de Londres. Además, el reclutamiento en la Red ha ampliado las estadísticas demográficas de la comunidad yihadista, al permitir que mujeres musulmanas conservadoras, aisladas físicamente en sus hogares, entren en contacto con los captadores, se radicalicen y se organicen para llegar a Siria. Con su capacidad de atraer tanto a hombres como a mujeres, el Estado Islámico confía en construir una sociedad completa.
En Australia vive una de las “nuevas autoridades espirituales” más importantes que guían a los extranjeros que se incorporan al Estado Islámico. Se trata de Musa Cerantonio, un hombre de 30 años que durante tres años fue telepredicador en Iqraa TV, en El Cairo, pero se marchó cuando la cadena se opuso a sus constantes llamamientos a establecer un califato. Hoy predica en Facebook y Twitter. Las autoridades le han retirado el pasaporte y no puede moverse de Melbourne. Cerantonio procede de una familia mitad italiana, mitad irlandesa, y es un hombre amigable y educado. Dice que palidece al ver los vídeos de decapitaciones. Odia la violencia, pese a que los partidarios del Estado Islámico tienen la obligación de apoyarla.
El califato, según Cerantonio, no es una mera entidad política, sino también un vehícu­lo de salvación. La propaganda del Estado Islámico informa periódicamente de las promesas de baya’a (lealtad) que llegan de grupos yihadistas de todo el mundo musulmán. El musulmán que reconoce a un solo dios omnipotente y reza, pero muere sin haber jurado lealtad a un califa legítimo ni haber cumplido las obligaciones de dicho juramento, no ha vivido una vida plenamente islámica. ¿No es ese el caso de la mayoría de los musulmanes de la historia? Cerantonio asiente: “Yo digo incluso que el islam ha sido reestablecido” con Al Bagdadi.

Dejar que el EI se desangre parece ser la menos mala de las opciones militares
Cerantonio, como muchos seguidores del Estado Islámico, no reconoce la legitimidad del anterior califato: el Imperio Otomano, que alcanzó su apogeo en el siglo XVI y luego experimentó un largo declive, hasta que el fundador de la República de Turquía, Mustafá Kemal Atatürk, lo remató en 1924. Lo rechazan por dos motivos: no hacía respetar plenamente la ley islámica y sus califas no eran descendientes de la tribu del Profeta, los quraish. Para ser califa, según los requisitos del código suní, hay que ser hombre, adulto, musulmán, de linaje quraish; dar muestras de honradez moral e integridad física y mental, y poseer autoridad (amr). Este último criterio es el más difícil de cumplir: requiere que el califa disponga de un territorio en el que imponer la ley islámica.
En teoría, todos los musulmanes tienen la obligación de emigrar al califato. Después del sermón de Al Bagdadi en julio, empezó a llegar a Siria una avalancha diaria de yihadistas. Estaban más motivados que nunca. Como Anjem Choudary, Abu Baraa y Abdul Muhid. Viven en Londres y están deseando emigrar al Estado Islámico. Pero las autoridades han confiscado sus pasaportes.
III. El Apocalipsis
El Estado Islámico se distingue del resto de los grupos yihadistas porque se considera un personaje central del guion de Dios. Tiene sus preocupaciones mundanas (incluidos la recogida de basuras y el suministro de agua potable en las zonas que controla), pero su razón de ser es, por encima de todo, el Fin de los Tiempos. Bin Laden no solía mencionar el Apocalipsis y, cuando lo hacía, parecía contar con que ese glorioso momento de ajuste de cuentas divino llegaría mucho después de su muerte. En cambio, los fundadores del Estado Islámico ven signos claros del fin del mundo desde los últimos años de la ocupación estadounidense de Irak.
Rodeada de cultivos, la ciudad siria de Dabiq, cerca de Alepo, es clave. Según el Profeta, allí es donde se librará la gran batalla entre los ejércitos de Roma y las fuerzas del islam. Dabiq será el Waterloo de Roma. Tras apoderarse de la ciudad, el Estado Islámico aguarda la llegada del ejército enemigo, cuya derrota iniciará la cuenta atrás hacia el Apocalipsis. En los vídeos del Estado Islámico, los medios occidentales suelen pasar por alto las referencias a Dabiq, mientras que dedican toda su atención a las horripilantes escenas de decapitaciones.
La narración del Profeta que predice la batalla de Dabiq identifica al enemigo con Roma. Quién es Roma es materia de debate. Cerantonio dice que Roma representa el Imperio Romano de Oriente, que tenía su capital en lo que hoy es Estambul. Otras voces del Estado Islámico sugieren que Roma puede ser cualquier ejército infiel, y Estados Unidos sirve perfectamente.
IV. La lucha
La pureza ideológica del Estado Islámico tiene una virtud: nos permite predecir algunas de sus acciones. Bin Laden era poco predecible. En cambio, el Estado Islámico presume abiertamente de sus planes; no de todos, pero sí los suficientes como para deducir cómo quiere gobernar y expandirse.
En Londres, Choudary y sus alumnos explican con detalle cómo debe ser la política exterior del califato. Ha emprendido ya la llamada yihad ofensiva, la expansión por la fuerza a países gobernados por no musulmanes. “Hasta ahora nos limitábamos a defendernos”, según Choudary; sin un califato, la yihad ofensiva es un concepto imposible de aplicar. En cambio, librar una guerra para expandir el territorio es un deber esencial del califa.
La ley islámica solo autoriza tratados de paz provisionales, que no estén en vigor más de 10 años, según Abu Baraa, el colega de Choudary. Del mismo modo, las fronteras son anatema, tal como declaró el Profeta y repiten los vídeos del Estado Islámico. El califa debe hacer la yihad al menos una vez al año.
El sistema internacional moderno, nacido en 1648 del Tratado de Paz de Westfalia, se basa en que cada Estado reconozca las fronteras, aun a regañadientes. Para el Estado Islámico, ese reconocimiento es un suicidio ideológico. Otros grupos islamistas, como los Hermanos Musulmanes y Hamás, han sucumbido a los halagos de la democracia y la posibilidad de una invitación a formar parte de la comunidad de naciones, incluso con un sitio en la ONU. La negociación y las concesiones también les han sido útiles en ocasiones a los talibanes.
Las ambiciones del Estado Islámico y sus planes estratégicos eran evidentes en sus declaraciones y en las redes sociales ya en 2011, cuando no era más que uno de tantos grupos terroristas en Siria e Irak y todavía no había cometido atrocidades en masa. Si hubiéramos identificado desde el principio sus intenciones, y comprendido que el vacío de poder en Siria e Irak les daría un amplio margen de actuación, habríamos podido, por lo menos, presionar a Irak para que llegara a acuerdos con la minoría suní y reforzara su frontera con Siria. Eso al menos habría evitado el efecto multiplicador y propagandístico de la declaración del califato. Sin embargo, hace poco más de un año, Obama declaró a The New Yorker que, en su opinión, el EI era el socio débil de Al Qaeda. “Si un equipo filial se pone la camiseta de los Lakers, eso no les convierte en Kobe Bryant”, dijo. El no haber detectado la división entre el Estado Islámico y Al Qaeda ni sus divergencias ha llevado a decisiones peligrosas. Por ejemplo, los intentos por parte de Washington de que Al Maqdisi, líder de Al Qaeda, intercediera ante Turki al Binali, antiguo discípulo suyo y hoy ideólogo del Estado Islámico, para salvar la vida de Peter Kassig. El cooperante fue decapitado en noviembre. Su muerte fue una tragedia, pero más trágico habría sido el éxito del plan. Una reconciliación entre Al Maqdisi y Al Binali habría empezado a acercar a las dos principales organizaciones yihadistas del mundo.
Occidente se enfrenta ahora al Estado Islámico a través de los kurdos y los iraquíes en el campo de batalla y mediante ataques aéreos. Estas estrategias no han desplazado al EI de todas sus posesiones territoriales, aunque sí han impedido el ataque a Bagdad y Erbil y las matanzas de chiíes y kurdos en las dos ciudades. Algunos observadores han pedido una intervención directa, con el despliegue de decenas de miles de soldados estadounidenses. No conviene desechar estos llamamientos demasiado deprisa: se trata de una organización declaradamente genocida que comete atrocidades diarias en el territorio bajo su control.


Imagen de un vídeo difundido en abril en el que un afiliado al Estado Islámico empuña un martillo durante la demolición de la ciudad asiria de Nimrod (30 kilómetros al sureste de Mosul) perpetrada el pasado marzo.
Una forma de deshacer el embrujo que el Estado Islámico ejerce sobre sus seguidores sería dominarlo militarmente y ocupar los territorios de Siria e Irak que hoy se encuentran bajo su poder. Al Qaeda es imposible de erradicar porque puede sobrevivir como las cucarachas, bajo tierra. El Estado Islámico, no. Si pierde el territorio, dejará de ser un califato. Los califatos no pueden existir como movimientos clandestinos, porque la autoridad territorial es un requisito indispensable: si se les arrebata, los juramentos de lealtad dejarán de ser vinculantes. Los antiguos fieles podrían seguir atacando a Occidente y decapitando a los enemigos por su cuenta, desde luego. Pero el valor propagandístico del califato desaparecería, y con él, el supuesto deber religioso de viajar allí para ponerse a su servicio.
Sin embargo, los peligros que supone una escalada del conflicto son inmensos. El mayor partidario de una invasión estadounidense es el propio Estado Islámico. Es evidente que los vídeos en los que un verdugo encapuchado se dirige a Obama por su nombre pretenden arrastrar a Estados Unidos a la lucha. Una invasión sería una gran victoria propagandística para los yihadistas de todo el mundo y ayudaría a reclutar más gente. Además, Washington se resiste porque es consciente de los malos resultados que ha cosechado en campañas anteriores. Al fin y al cabo, el ascenso del Estado Islámico se produjo porque la ocupación norteamericana creó un espacio para Al Zarqawi y sus seguidores. ¿Quién sabe qué consecuencias tendría otro fracaso?
Dado todo lo que se sabe del Estado Islámico, seguir desangrándolo poco a poco, con ataques aéreos y guerras con terceros, parece la menos mala de las opciones militares. Ni los kurdos ni los chiíes van a poder controlar todo el territorio suní en Siria e Irak; allí les odian, y en cualquier caso no tienen ganas de una aventura de ese tipo. Pero lo que sí pueden hacer es impedir que el Estado Islámico cumpla su deber de expandirse. Sin conseguir ese objetivo, el califato no será el Estado conquistador del profeta Mahoma, sino otro Gobierno más de Oriente Próximo incapaz de llevar la prosperidad a su pueblo.
El coste humano de la existencia del Estado Islámico es terrible. Pero la amenaza que representa para Estados Unidos es menor que Al Qaeda. El núcleo de este último grupo está obsesionado con el “enemigo lejano” (Occidente). Pero en general lo que interesa a los yihadistas es su entorno. El Estado Islámico ve enemigos en todas partes y, aunque sus dirigentes aborrecen a Estados Unidos, la aplicación de la sharía en el califato y la expansión a las regiones vecinas son sus prioridades.
Los combatientes extranjeros (con sus esposas e hijos) viajan al califato con billetes de ida: quieren vivir bajo la auténtica sharía, y muchos desean ser mártires. Algunos lobos solitarios que apoyan el Estado Islámico han atacado objetivos occidentales, y habrá más atentados. Pero los terroristas, en su mayoría, son aficionados frustrados, que no han podido viajar al califato porque les han confiscado el pasaporte. Aunque el Estado Islámico celebre estos atentados, todavía no ha planeado ni financiado ninguno. (El ataque contra Charlie Hebdo, en enero en París, fue fundamentalmente una operación de Al Qaeda).
Contenido de forma adecuada, lo más probable es que el Estado Islámico se busque su propia ruina. Ningún país es aliado suyo. El territorio que controla, aunque vasto, está deshabitado en su mayor parte y es muy pobre. A medida que deje de expandirse o incluso se reduzca, su afirmación de que es el instrumento de la voluntad divina y el agente del Apocalipsis perderá fuerza y llegarán menos creyentes. Y cuando se filtren cada vez más informaciones sobre la mísera situación interna, otros movimientos islamistas radicales sufrirán el descrédito: nadie se ha esforzado tanto en implantar estrictamente la sharía por medios violentos. Y este es el resultado. No obstante, es poco probable que la muerte del Estado Islámico sea rápida.
V. Disuasión
Sería fácil, incluso exculpatorio, decir que el problema del Estado Islámico es “un problema con el islam”. Sin embargo, limitarse a acusar al califato de antiislámico puede ser contraproducente, sobre todo si quienes reciben el mensaje han leído los textos sagrados y han visto que muchas de las prácticas del califato quedan refrendadas en ellos.
Los musulmanes pueden alegar que ni la esclavitud ni la crucifixión son hoy legítimas. Muchos lo dicen. Pero no pueden condenar la esclavitud ni la crucifixión sin contradecir al Corán y el ejemplo del Profeta.
La ideología del Estado Islámico ejerce una poderosa influencia sobre cierto sector de la población. Musa Cerantonio y los salafistas de Londres son inasequibles al desaliento: ninguna pregunta les hace titubear. Hasta es posible pasarlo bien con ellos, y eso es lo que da más miedo. Al reseñar Mein Kampf en marzo de 1940, George Orwell confesó que no había podido “nunca sentir antipatía por Hitler”; algo en él que despertaba la compasión por el perdedor, incluso aunque sus objetivos fueran cobardes u odiosos. “Si estuviera matando un ratón, sabría hacer creer que era un dragón”.
Con los partidarios del Estado Islámico sucede algo parecido. Creen que están involucrados en unas luchas que rebasan con mucho sus propias vidas, y que el mero hecho de participar en ese drama, y en el bando de los justos, es un privilegio y un placer.
Que el Estado Islámico considere como dogma el cumplimiento de profecías define el ánimo de nuestro rival. No hay que menospreciar su atractivo intelectual y religioso. Se puede recurrir a herramientas ideológicas para hacer ver a los conversos potenciales que el mensaje del grupo es falso. Y las herramientas militares pueden limitar sus horrores. Poco más puede hacerse ante una organización tan inmune a la persuasión como esta. Y la guerra posiblemente será larga, aunque no dure hasta el fin de los tiempos.
© 2015 ‘The Atlantic’. Publicado en ‘The Atlantic’. Distributed by Tribune Content Agency, LLC. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

sábado, 11 de abril de 2015

PRENSA. "El genocidio está en marcha". Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "El País":

El genocidio está en marcha

Por:  26 de febrero de 2015
Dos espesas cortinas de palabrería y de imágenes manipuladas ocultan o al menos difuminan el genocidio que están sufriendo las minorías étnicas y religiosas y muy específicamente los cristianos de Oriente en manos del Estado Islámico.
La primera es la cortina de los malos usos del lenguaje, cuestión en la que es grande la responsabilidad de quienes tienen voz pública, dirigentes políticos y religiosos, periodistas e intelectuales: cuando cualquier enemigo intolerante y brutal es un nazi y un fascista y cualquier actuación violenta de una dictadura o de un grupo armado es un genocidio, entonces el nazismo, el fascismo y el genocidio se convierten en términos totalmente irrelevantes.
La segunda la forman los señuelos que ocultan y desvían la atención bajo la forma de una violencia audiovisual extrema la violencia mucho más brutal y masiva del exterminio de grupos humanos enteros por el mero hecho de ser lo que colectivamente son. Esa es la función, específicamente terrorista, de los vídeos con las ejecuciones por decapitación o por el fuego de los prisioneros del califato terrorista o Estado Islámico, sean trabajadores cristianos coptos en Libia, rehenes occidentales y japoneses en Siria o prisioneros kurdos en Irak.

El hecho es que el mundo entero permanece hipnotizado por el horror de estas ejecuciones o se estremece ante la eventualidad de que los lobos solitarios regresen a los suburbios europeos, pero apenas nadie señala ni denuncia el genocidio que está en marcha, dirigido a 'limpiar' la tierras del califato de cualquier minoría religiosa que no se identifique con el islam sunnita en su versión salafista --la misma, por cierto, que impera en la mayor parte de la península arábiga, donde la práctica de otras religiones está estrictamente prohibida.
La grave y exacta denominación como genocidio aparece ya en el informe de Naciones Unidas publicado esta semana sobre el conflicto de Irak. El repertorio de las atrocidades nos remite a lo sucedido en Camboya entre 1975 y 1979, Ruanda en 1994, y la exYugoslavia en la década de los 90, como antecedentes más cercanos de matanzas dirigidas a destruir a enteros grupos étnicos, ideológicos o religiosos.
Una antigua y gran ciudad como Mosul, capital de muchas de estas minorías, se halla desde junio pasado en manos del califato genocida, con 14 tribunales especiales que se dedican a dictar las ejecuciones públicas diarias. Era la segunda ciudad de Irak, con 1'8 millones que son ahora apenas un millón de asustados habitantes, inermes ante el dominio terrorista. La comunidad cristiana ha huido entera o ha perecido. Gran parte de su patrimonio, entre el que se encuentran numerosos edificios religiosos, ya no existe o está en peligro. La biblioteca municipal con una valiosa colección de 8.000 libros raros y manuscritos, ha sido dinamitada.
Esta vez valen las palabras más graves. Es fascismo, es genocidio, y hay que preguntarse a qué se debe tanta indiferencia.

martes, 10 de marzo de 2015

PRENSA. "El Estado Islámico y la tentación del cero". Santiago Alba Rico

   En "cuartopoder.es":

El Estado Islámico y la tentación del cero

| Publicado: 
Santiago Alba Rico *
Santiago-Alba-RicoTras la destrucción por parte del Estado Islámico de las esculturas asirias y acadias del Museo de la Civilización de Mosul, algunos han sugerido en tono acusatorio, como si se tratase de una perversión de las proporciones, que la opinión pública se siente más impresionada por la demolición de una estatua que por la destrucción de miles de vidas. Creo, al contrario, que se trata de un atinado homenaje al sentido de las proporciones. Por supuesto que es más grave destruir una vida que una estatua y la humanidad no debería dudar en destruir las estatuas que hiciera falta para salvar una sola vida; pero es mucho más impresionante y, si se quiere, más “bárbaro” destruir un toro de piedra de 2.700 años de antigüedad que una existencia humana. La vida individual es muy breve y la única manera de no empezar en cada instante desde cero es pasarse de una generación a otra un montoncito de piedras, como los cubos de agua, de mano en mano, para apagar un incendio. El que mata a un hombre -o a mil- es un asesino; el que destruye la memoria de la humanidad es pura Naturaleza: opera como esos cataclismos que, según Platón, destruían cada 10.000 años la civilización obligando a un puñado de “hombres toscos y ásperos” a comenzar de nuevo. Bárbaro no es el que trata a los otros como a animales sino el que se trata a sí mismo como a un animal sin historia ni legado, disuelto en un único gesto o una sola palabra. Sólo una cosa impresiona más que un genocidio y es el apocalipsis. La destrucción del museo de Mosul impresiona mucho porque se trata de un apocalipsis a pequeña escala; la maqueta o el bonsai -digamos- del apocalipsis.
Los yihadistas son muy conscientes de este “impacto”, que han utilizado a su favor en un orgulloso vídeo publicitario. En la primera parte, un hombre barbado presenta, en un acartonado árabe clásico, la acción posterior. Habla de esos pueblos atrasados que adoraban la lluvia o el fuego y de esos “ídolos” que representan dioses combatidos por el Profeta. Pero importa mucho menos la justificación que el hecho de tener una para “pasar al acto”; un “acto” que podemos calificar sin vacilación de “revolucionario” en el sentido de que toda “revolución” implica más una ortopraxia que una ortodoxia; es decir, un conjunto de acciones destinadas a interrumpir el curso de la historia. A finales de los 90 hablaba yo provocativamente de un “islam jacobino” para referirme a esta tentación de apoyarse en una Ley para poner a cero el reloj de la Historia. Esa fue la tentación jacobina que tanto escarnecieron, con odio burlón, los reaccionarios europeos, cuyos intereses de clase estaban asociados al espesor social de las costumbres milenarias: a eso que los muy “revolucionarios” yihadistas llaman precisamente yahiliya para referirse a la “ignorancia” supersticiosa anterior a la revelación de Mahoma. No se trata, obviamente, de comparar a Robespierre y a Abu Bakr Al-Bagdadi -como les gustaría a nuestros tertulianos de hoy- sino de evocar un elemento que nada tiene que ver ni con la razón ni con la religión, pero que sus respectivos excesos goyescos comparten: lo que “impresiona” a todos, para bien o para mal, es la osadísima acción mediante la cual se destruyen 3000 años de memoria humana y se pone la historia en la hora justa para “un nuevo comienzo”.
Como sabemos, a muchos les impresiona de manera favorable, hasta el punto de que estos vídeos, como los de ejecuciones, tienen un irresistible efecto propagandístico. De hecho, en las calles y carreteras de los territorios ocupados por el EI en Iraq y Siria se han colocado pantallas gigantes donde se reproducen las escenas sangrientas de los degüellos, replicadas también en los medios y las redes. Incurriríamos en un grave error si nos ocupásemos sólo de los análisis geoestratégicos para desdeñar la potencia política de esta dimensión antropológica. El conocido arabista Olivier Roy ha insistido a menudo en que el éxito del yihadismo tiene que ver con el hecho de que es “la única causa rebelde en el mercado” y tanto el número de conversos que acuden voluntariamente a Siria e Iraq como la “coquetería” con que cuidan su atuendo y se fotografían, kalatchnikov en mano, le dan sin duda la razón. Algunos datos abundan en esta dirección. El 55% de los jóvenes británicos no musulmanes, por ejemplo, declaran sentirse atraídos por el Estado Islámico; y, según un reciente estudio, tras el atentado contra el Charlie-Hebdo han aumentado en Francia el número de conversiones y las ventas de ejemplares del Corán. Es esta ortopraxia -un conjunto de acciones asociadas en este caso a la restauración violenta del “cero”- y no una ortodoxia religiosa, o una doctrina teológica, la que atrae a cientos de jóvenes árabes, pero también franceses, australianos y españoles, a las filas del yihadismo.
Tienen razón Alain Gresh o Gilbert Achcar cuando denuncian el uso del término islamo-fascismo, acuñado por las clases dirigentes europeas y sus vanguardias intelectuales para justificar y alimentar la islamofobia. Pero en este sentido el daeshismo (de Daesh, como se conoce al EI en árabe) tiene menos que ver con el jacobinismo que con el fascismo. La exhibición bravucona, espectacular, de la violencia tiene una vertiente disuasoria y otra vinculante. Por un lado se advierte a los laxos y por otro se los compromete; como sabemos una idea sólo es convincente cuando “pasa al acto”, y esto sirve para las maras, las mafias y los ejércitos. Pero la exhibición de la violencia por los medios tecnológicos más refinados y con las escenografías más operísticas tiene también un efecto directamente -narcóticamente- persuasivo. Destruir 3000 años de historia o degollar a prisioneros es una declaración de indiferencia subversiva por la “moral burguesa”: “hemos cruzado el umbral”, proclaman, “estamos por encima del bien y del mal y despreciamos todas las convenciones sociales”, mensaje “revolucionario” que, desde hace siglos, seduce en momentos de crisis a miles de jóvenes.
Que el EI pretenda tener alguna relación con el islam no tiene nada de extraño; en esa zona del mundo lo raro -y sospechoso- sería que actuase en nombre del budismo. Pero el daechismo tiene relación, en realidad, con un mundo harto de hipocresía, de dobles raseros y de miseria vital; tiene que ver con un mundo cansado de la civilización. Ahora bien, este “cansancio de la civilización”, cuyos efectos políticos son aún imprevisibles, tiene a su vez causas políticas. Es, por evocar a Gramsci, el resultado de una revolución fallida. Muchos de los jóvenes que hoy gravitan hacia el EI creían realmente en la dignidad, la justicia social y la democracia en 2011 y se jugaron la vida por esos principios. Las tres o cuatro contrarrevoluciones convergentes en la zona que hoy devuelven a un primer plano a las fuerzas zombis del imperialismo y la dictadura han prolongado y pervertido la politización incipiente de la mal llamada “primavera árabe” en la más “revolucionaria” de las contrarrevoluciones: la de una ortopraxia violenta hasta tal punto “soberana” (tan “ideológica” y “autorreferencial” como Israel) que ni quiere ni tiene que negociar nada con nadie. Por eso, todos los bombardeos son inútiles y, aún más, contraproducentes; sólo servirán para reforzar la ilusión “revolucionaria” y la “tentación de cero”.
Por lo demás, este “cansancio de la civilización”, en el marco de una verdadera crisis civilizacional, no es ajeno a Europa, como lo demuestra el propio EI, pero también la islamofobia. O hacemos políticamente creíble la vieja civilización de las piedras y la ética común o nuestras vidas se van a poblar de bonsais del apocalipsis. Para lograrlo habrá que cambiar, al mismo tiempo, de modales, de economía y de política exterior.
(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.