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miércoles, 13 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Discurso de John Irving en el homenaje a Günter Grass

   En "El País":

El rey de los comerciantes de juguetes

El escritor John Irving leyó este discurso en el homenaje que se celebró a Günter Grass


El escritor John Irving leyendo en el teatro de Lübeck el discurso de homenaje a Günter Grass, fallecido el pasado 13 de abril. / EFE



Alrededor de 900 personas han participado en el homenaje a Günter Grass en Lübeck (Alemania). El novelista estadounidense John Irving leyó un discurso teñido de referencias al Nobel y a su literatura. El acto en el teatro de la ciudad se abrió con el grupo de música medieval Capella de la Torre, elegido por Ute, la viuda de Grass, atendiendo al gusto del escritor fallecido el pasado 13 de abril. Emotiva fue la lectura de un poema por la hija de Grass, Helene.

Ich spreche zu Ihnen als Günters Freund und als Schriftsteller.
Leider, ich müss auf Englisch sprechen. Ich kann nicht gut Deutsch sprechen—nicht gut genug, um zu sagen was ich möchte sagen.
Es tut mir Leid.

Günter Grass escribió El tambor de hojalata cuando solo tenía treinta años, un logro muy notable, que no se repetirá pronto (y tal vez nunca). Ya no quedan escritores así, es decir, nadie podría escribir discursos electorales para Willy Brandt y también una novela situada en 1647 al final de la guerra de los Treinta Años, además de una novela que incluye llevar a juicio a un pez acusado de machismojunto con la historia de los orígenes prusos de la patata. Y no olvidemos que, en Anestesia local, Günter también imaginó a un estudiante que intentó tocar la conciencia de los berlineses prendiendo fuego a su querido perro.
No muy distinto de este estudiante quemaperros, hubo un radical de carne y hueso llamado Rudi Dutschke. En Headbirths, Günter lo definió como “un revolucionario sacado de un libro alemán de ilustraciones”. Günter también dijo esto acerca de Rudi Dutschke: “Se dejaba llevar por sus deseos… Sus ideales se le escapaban al galope… Al degenerar, sus visiones se convertían en libros de bolsillo”. Esto entristecía a Günter.
Sí, Günter era algo crítico con mi generación. Escribió: “Pocas veces se ha agotado tan deprisa una generación. O entran en crisis o dejan de correr riesgos”. Bueno, de acuerdo: ciertamente somos una generación a la que le falta capacidad de aguante.
Por favor discúlpenme por recordarles que Günter también podía ser algo crítico con ustedes: “En nuestro país todo está enfocado hacia el crecimiento”, escribió. “Nunca estamos satisfechos. Para nosotros, lo suficiente nunca es suficiente. Siempre queremos más… Somos productivos hasta en sueños”.
Yo no escapé de sus críticas. Sí, Günter podía ser crítico conmigo. Una noche en Nueva York (fue después de cenar, cuando nos estábamos dando las buenas noches) me pareció que estaba un poco preocupado. No era una expresión que me resultase poco familiar, pero me sorprendió; me dijo que estaba preocupado por mí. Me dijo: “No me da la sensación de que estés ya tan enfadado como solías estar”.
Esto fue en los ochenta. Naturalmente, desde ese momento he procurado estar enfadado. Ich versuche!
Ya no quedan escritores; ninguno como él.
En 1920, Joseph Conrad escribió una nueva introducción para El agente secreto. Conrad escribió: “Siempre he tenido tendencia a justificar mi acción. No a defenderla. A justificarla. No a insistir en que tenía razón, sino simplemente a explicar que no había intención perversa, ni desprecio secreto por las sensibilidades naturales de la humanidad que yacían en el fondo de mis impulsos”. Puedo imaginar a Günter diciendo esto.
Cuando escribió Pelando la cebolla no estaba insistiendo en que tenía razón; se estaba explicando. Y esta no era solo su historia: ¡él era escritor! ¿De verdad esperaban los periodistas que Günter les contara a ellos su historia, años atrás, para que ellos la pudieran escribir? Para cualquiera que haya leído a Günter Grass, siempre estuvo escribiendo Pelando la cebolla. Como él mismo escribió: “ Lo que había aceptado con el estúpido orgullo de la juventud quise ocultarlo después de la guerra por una recurrente sensación de vergüenza”. Para sus lectores esa “recurrente sensación de vergüenza” está ahí desde el principio. Está en El tambor de hojalata, está en El gato y el ratón; la vergüenza precede en muchos años a Pelando la cebolla.
Por supuesto que se granjeó enemigos. “Todos tenemos heridas”, escribió Thomas Mann. “Los elogios son un bálsamo que alivia, si bien no necesariamente las cura. Sin embargo… nuestra receptividad al elogio no guarda relación con nuestra vulnerabilidad al desdén mezquino o al abuso malicioso. Por estúpido que sea este abuso, por mucho que nazcan claramente de rencores privados, como expresión de hostilidad nos ocupan mucho más profunda y duraderamente que su contrario. Lo que es muy tonto, puesto que los enemigos son… el concomitante necesario de cualquier vida robusta, la prueba misma de su fortaleza”.
En Pelando la cebolla, Günter se definió a sí mismo como “el niño de la guerra con muchas quemaduras, que por lo tanto sintoniza inexorablemente con las contradicciones”.
En la última carta que me escribió, que yo no tuve la suficiente rapidez para responder, Günter se hacía eco de su autobiografía en el último párrafo: “El mundo está fuera de quicio otra vez, lo que a mí, el niño quemado por la guerra, me trae recuerdos oscuros”.
Le di a uno de mis personajes principales, Owen Meany, las iniciales de Oskar Matzerath. Y más de veinte años antes, cuando era estudiante en Viena (esto fue en 1962 y 63) ya había leído en inglés El tambor de hojalata, pero llevaba conmigo una edición de bolsillo en alemán. Tener un ejemplar de Die Blechtrommel era una forma de conocer chicas. Desafortunadamente, mi casera me vio llevando el libro por ahí; yo no estaba intentando conocer a mi casera, y me lanzó una mirada crítica. “¿Qué? ¿No le gustó?” Le pregunté, sosteniendo el libro en alto.
Para mí es difícil explicar lo que me contestó, es decir, a la maneraaustriacaAuf Wienerisch. Ich were versuchen. Mi casera dijo “Ja, ja –das ist mir Würst, aber Günter Grass ist ein bisschen unhöflich”.Tranquilos: no suena mejor en ningún otro idioma. “Sí, sí –a mí eso me importa una salchicha, pero Günter Grass es un poco maleducado”.
Nur ein bisschen?
Günter se definía a sí mismo como “infantil como la mayoría de los escritores”. Genau.
Una noche en casa de Günter y de Ute en Behlendorf, cantó una canción infantil tradicional inglesa, en inglés, a mi hijo menor, Everett, que solo tenía cuatro años. Ich kann nicht singen, aber ich werde versuchen –nur ein biscchen.
“Un hombre fue a segar,
fue a segar un prado.
Un hombre y su perro
Fueron a segar un prado.
Dos hombres fueron a segar,
Fueron a segar un prado”.
Und so geht es immer weiter –bis zehn Hunden.
Un frío día de invierno en Viena, cuando nadie hubiera tenido la inclinación de desvestirse, aparecí en una academia de las artes cerca del Ringstrasse y me ofrecí en venta como modelo para las clases de pintura al natural. “tengo experiencia, en América”, dije, pero quería ser modelo porque Oskar Matzerath es modelo. Claro que también era otra manera de conocer chicas.
¿Se acuerdan del comerciante de juguetes judío de El tambor de hojalata? Se llama Sigismund Markus, y los nazis le obligan a quitarse la vida. Cuando muere el comerciante de juguetes, el pequeño Oskar sabe que le está llegando el día en que verá su último tambor de hojalata. Oskar hace duelo –no solo por él mismo sino por el pobre Markus, y por una Alemania por siempre culpable por sus judíos.
He aquí lo que dice Oskar: “Había una vez un comerciante de juguetes, se llamaba Markus, y se llevó consigo fuera de este mundo todos los juguetes del mundo”.
Yo sé cómo se siente Oskar. Günter Grass era el rey de los comerciantes de juguetes. Ahora nos ha dejado, y se ha llevado consigo todos los juguetes del mundo.
Vielen Dank.

Traducción realizada por Eva Cruz

jueves, 30 de abril de 2015

PRENSA. "Lieber Günter". Grita Loebsack

   En "El País":

‘Lieber Günter’

La intérprete de conferencias internacionales Grita Loebsack recuerda el paso de Günter Grass por las Waffen SS, donde entró a los 16 años, al final de la Segunda Guerra Mundial

Günter Grass
Günter Grass, en su casa el pasado 21 de marzo / JULIAN ROJAS

Ya no puedes oírme o tal vez sí, pero más allá de tu muerte aún se oyen voces de reproche, dentro y fuera de Alemania, porque tú, al que solían llamar la conciencia moral de Alemania, te habías callado durante años un hecho que suena a muerte, a tormento, a criminalidad: tu pertenencia a las Waffen SS. ¿Por qué?
A los 15 años, siendo un buen chico de las Juventudes Hitlerianas, quisiste ir a la guerra y te ofreciste voluntario para el servicio de las armas. Como hijo de la ciudad de Dánzig, a orillas del mar Báltico, pediste servir en los submarinos, pero te dijeron que ya no admitían a nadie en la Marina y que a lo mejor te podrían acoger en una unidad de carros de combate, y que de todas formas tendrías que esperar a cumplir los 17 años. En septiembre del 44, pocos meses antes de cumplirlos, te llamaron a filas y te comunicaron que ibas a pertenecer a la unidad de los carros de combate de las Waffen SS.
Cuando llegaste a Berlín, la ciudad estaba en llamas. Desde allí te mandaron a Dresde para “formarte”. Pero, mientras tanto, en el Oeste, las fuerzas aliadas avanzaban hacia la frontera, y en el Este los rusos habían cruzado ya la frontera y avanzaban hacia Berlín. Todos sabían que la guerra estaba perdida y en los frentes y en las ciudades alemanas reinaba el caos.
Helmut Frielinghaus, hasta su muerte lector y amigo tuyo, y sólo un poco más joven que tú, nos mandó, en 2006, a todos los traductores de Pelando la cebolla (también a mí porque colaboraba en la versión española de mi marido Miguel Sáenz) una carta como “testigo de aquellos tiempos” en la que nos explicó cuál había sido la situación: “Quien fue llamado a filas en aquella época (otoño de 1944) ya no podía elegir el arma (Waffengattung) ni la unidad. Los muy jóvenes como yo o los ancianos fueron enviados al Volkssturm (asalto popular), y formados en el manejo del lanzagranadas. Los incluían en algún comando y los mandaban al frente. La retirada de las tropas alemanas estacionadas en el Este había empezado hacía meses, pero ni siquiera se trataba de una retirada organizada. Los soldados, sobre todo los de escasa formación y sin experiencia, se utilizaban como carne de cañón. La gran suerte de Günter, y lo que le salvó la vida, fue que muy poco después de mandarle al frente le hirieron. Y la otra suerte: que después le hicieran prisionero de guerra los americanos”.
Pero más impresionante es la segunda parte de su carta, en la que Frielinghaus dice: “Después del fin de la guerra lo primero (algo que podía durar años) fue sobrevivir de un día para otro (buscar comida, techo, material de calefacción), muchos vivían entre ruinas... Todo esto hoy es difícil de imaginar. Pero muchísimo más terrible fue lo que iba sabiéndose sobre los campos de exterminio, los innumerables crimenes, los crímenes de guerra y mucho más, al encarar los 12 años de la época nazi. Lo menciono [dice Frielinghaus] porque todo alemán pensante acarreaba este peso, se sentía dominado y marcado por él, y a menudo lo ha hecho aún hasta hoy, como yo por ejemplo. Desde nuestra perspectiva, todo, de la mera pertenencia al partido nazi NSDAP hasta la participación en los innumerables crímenes, tenía más peso que una pertenencia obligada por el mando a una unidad de las Waffen SS. Y lo digo [sigue] porque me imagino que Günter probablemente durante decenios ni siquiera tuvo la idea de que hubiera sido correcto y mejor contar este hecho”.
Lieber Günter, creo que así puede haber sido y creo también lo que un día me contestaste —lo que decías a mucha gente, pero que nadie más que los que escriben pueden creer— cuando te pregunté pero por qué, por qué no lo contaste antes; dijiste: “Yo tenía que encontrar una forma literaria para expresarlo. Cuando la tuve, salió por sí solo”.

Un día, me contaste que para expresarlo buscaste una forma literaria
No sé si nunca alguna vez te lo conté: yo tenía un hermano que se alistó voluntario y que murió dos meses antes de terminar la guerra, como carne de cañón, a los 18 años. Nunca me he preguntado si también fue de las Waffen SS...
Sé cuánto has sufrido por aquella polémica y sé cuánto has expiado. Como todos los traductores con los que has trabajado en las famosas reuniones que organizabas para cada libro, te recordaré siempre así, por tu mejor lado: como un ser generoso, noble, sencillo, comprensivo, con muchísimo sentido del humor y con una sensibilidad exquisita.

miércoles, 22 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Recuerdos de Günter, el niño que no quiso crecer". Juan Cruz

   En "El País":

Recuerdos de Günter, el niño que no quiso crecer

Fue un hombre que sufrió el siglo XX; no hubo un instante en que ese tiempo no le hubiera causado las heridas de su literatura


Günter Grass toca el tambor en su 80 cumpleaños en su ciudad natal de Gdansk. / FRANCE PRESS

El mediodía en que el Nobel Günter Grass se preparaba, en diciembre de 1999, para recibir las honras del premio mayor de la literatura mundial pasó algo por su cabeza que lo llevó de nuevo a la infancia, el territorio más duro y feliz de su vida.
No era en ese momento el abuelo de familia numerosa (ahora ya era varias veces bisabuelo) sino el muchacho que nunca pudo llevar a su madre a los países fantásticos que le inventaba en sus cuentos, en la niñez.
La madre no lo estaba esperando, claro, aquel mediodía: lo estaba esperando el niño que fue, el muchacho que nunca quiso crecer.
Travieso e ingenuo, risueño, descolocado en un mundo al que quiso abatir, como el personaje de su mayor novela, El tambor de hojalata, gritando palabras como quien quiere romper los cristales de todos los palacios, Grass bajó de su habitación lujosa vestido ya para la ceremonia que tendría lugar cinco horas más tarde.
Cuando lo vi allí, vestido de pingüino, con su pipa rocosa entre las manos, le pregunté qué hacía con esas solemnidades, “ese traje es para más tarde”.
Entonces él hizo con la nariz y con la cara, una cara hecha a golpe de los martillos del tiempo, desconfiado como un campesino, temeroso como un adolescente ante los peligros subrepticios de la vida, un gesto que era habitual en los momentos de cierta travesura: arrugó la nariz y esbozó una sonrisa chiquita que ya habría ensayado como una pillería.
--Es que quiero que me vean mis nietos primero.
Ahora que estuve con él en Lübeck, cerca de Hamburgo, donde murió el lunes de una pulmonía, me acordé de esa risa de Günter en Estocolmo, porque la esbozó también para hablar de sus numerosos biznietos, de sus hijos, y de su madre.
De su madre hablaba Grass continuamente; en Pelando la cebolla,su libro más polémico, cuenta escenas escalofriantes en las que su madre es víctima de las barbaries de la guerra; su madre fue, me dijo tres semanas antes de morir, la persona que le había abierto al arte, y a las distintas panorámicas que ofrecen la poesía y la pintura para explicar el alma humana.
A su madre le explicaba él mismo, siendo un niño, historias de enorme fantasía, y le hacía promesas (me dijo entonces) que nunca pudo cumplir después de la guerra. Fue muy emocionante escuchar a este hombre, curtido en batallas en las que no quiso estar, como Óscar, que no quiso crecer, hablando con esa ternura culpable de su relación con la madre.
Después de la guerra, en la que él estuvo como soldado juvenil de Hitler (leo por ahí que tenía 17 años: él insiste, me insistió entonces, que era un adolescente de 16), y fue además preso por las tropas que acabaron con la dictadura nazi, él se volvió a encontrar con su madre, que era aún joven; y la vio envejecida y triste, apabullada por el fantasma que ensombreció Alemania.
Ese fue un momento muy intenso de la mirada de Grass, que fumaba y respiraba como si estuviera compartiendo camarote en un barco viejo con dos Günter a la vez, el hombre aquejado de la afección respiratoria que finalmente acabó con su vida y el hombre juvenil que creyó que se iba a detener en la infancia contándole cuentos a su madre.
La vida fue muy en serio, decía, para aquella generación de alemanes, niños tristes de la guerra que se hicieron adolescentes combatiendo por un ideal que nació muerto. Él explicó varias veces, desde el final de la guerra, que estuvo allí: no fue un secreto para los que leyeron algunos de sus libros primerizos, tampoco fue un secreto para los que, en los años 50, lo escucharon confesarlo a través de las ondas de Radio Berlín.
Él explicó más tarde (me lo explicó en Faro, en Portugal, donde tenía una casa, lo explicó en muchos sitios) que en efecto había confesado con anterioridad, y no se explicaba muy bien por qué se había armado tanto jaleo cuando, con ocasión de la publicación de Pelando la cebolla (2006), ya lo dijo con todas las señales de la autoinculpación.
Él decía que seguramente tras la guerra la gente no prestaba atención a esas autoinculpaciones, pues todo el mundo, adolescentes y maduros, tuvo algo que ver con aquellas atrocidades; en 2006 él era un hombre muy señalado por la fama, y por tanto era un blanco móvil muy apetitoso para el fusilamiento moral al amanecer. Ese fusilamiento ha seguido hasta hoy que ha muerto, y se prolongará, supongo, porque frente a la explicación la venganza sigue teniendo sus argumentos melifluos.
Aquel episodio lo entristeció gravemente; se refugió, si puede decirse así, en aquella casa de Faro, y poco a poco fue rehaciéndose, frente a los que lo acusaron de no estarse quieto, de ser, como fue, la conciencia de Alemania, el hombre que había advertido de las (malas) consecuencias que tenía una errónea unificación alemana y de las consecuencias nefastas del desmoronamiento de la URSS antes de pensar qué hacer con ese bloque que iba a dejar al mundo en las manos sudorosas del capitalismo.
Una vez repuesto de aquella tremenda vaharada de odio que desató su confesión, Grass siguió pintando y escribiendo, bajo la sombra (literalmente) de los cuadros negros de Goya; en ese estudio, donde lo vi por última vez, hablando de poesía y de la vida, desarrollaba su tarea de diarista impertérrito y de fabulista que ahora no tenía a la madre, sino a los biznietos, como testigos de su pasión por contar.
En ese espacio lo escuché reír por última vez, y se lo dije. “Me gusta verte reír”. La risa de Grass era la risa de un asmático entonces, y sólo los asmáticos saben cuánto gratifica a los pulmones tener energía para una risa. En ese momento, como si me viniera otra vez la imagen de Estocolmo, Grass vestido de etiqueta a la hora en que tenía que estar en pantuflas, le pregunté si él no sentía que él mismo había sido el trasunto de Oscar, el niño que no quiso crecer y que domina, como una metáfora del siglo sombrío, en El tambor de hojalata. Él me respondió, riendo otra vez, y apartando la pipa de la que se despegó sólo de vez en cuando:
--¡No he conseguido parar mi crecimiento!
Era una risa sorda, como melancólica, pero cómplice, la risa de un niño que ha envejecido como si el tiempo fuera la sombra armada de un asesino.
Le seguí preguntando.
--¿Te habría gustado ser Óscar?
Me miró como si él mismo se hubiera hecho la pregunta. Y así siguió el diálogo:
--No, en el fondo no, no me hubiera gustado ser Óscar.
--Estás contento de ser Günter Grass.
--No soy idéntico a Óscar; lo que ocurre es que la figura de Matzerath sale y tiene su raíz en la picaresca, representa una especie de espejo capaz de provocar un incendio, una especie de lupa capaz de reflejar el infantilismo del siglo XX, del que no se quiere participar ni defenderse.
--Me has dicho que escribes con placer, con alegría. ¿Siempre fue así? ¿Incluso con los libros más dolorosos?
--No diría con placer, pero sí con alegría y con la sensación de felicidad cuando después de un largo trabajo un párrafo sale bien… De lo que disfruto es de la maravillosa soledad del autor, capaz de crear con medios muy sencillos, tinta y papel, un mundo y un contramundo, que inventa personajes que se independizan de uno y que muchas veces contradicen al propio autor, de modo que tienes la impresión de que el autor es sólo el instrumento de los personajes. Esto me produce momentos de auténtica felicidad y alegría.
Luego hizo una pausa y exclamó:
--¡No soy de los que se quejan continuamente de la carga de su profesión, de escribir! ¡No!
Entonces fue cuando rió; tenía 87 años, se iba a ir de viaje con Ute, su mujer; hablaba bajo la luz tranquila de su casa, del restaurante viejo al que nos llevó; esa risa que exclamó como si se burlara del mundo entero y también de los solemnes me llevó a aquel momento de Estocolmo.
Fue un hombre que sufrió el siglo XX, fue su testigo, su cómplice y su víctima; no hubo un instante en que ese tiempo que había sobre su espalda de leñador cansado no le hubiera causado las heridas que cultivaron la piel de su literatura.
Esa risa, otra vez, como la de aquel mediodía en Estocolmo, era su manera de expresar que Óscar vivía en él y que la risa era su venganza. Quería seguir rompiendo cristales, pero se le acabó la respiración, su relación ya difícil con el aire.
Una vez lo vi bajar de un autobús, en Lanzarote, porque había visto un paisaje increíble y quiso plasmarlo en un cuaderno de pintura. Afanosamente, alejado del mundo, en medio de aquella sinfonía extraña de volcanes; como un niño enfurruñado tratando de parar la realidad como otras veces, hasta el fin, quiso parar el tiempo.
Quise mucho a este hombre, por eso lo buscaba siempre que imaginaba que pudiera estar triste o luchando. Acaso cuando más lo entendí fue cuando lo vi triste en Faro y riendo en Estocolmo.

viernes, 17 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Grass/Galeano: la memoria musa". Manuel Rivas

Günter Grass

Eduardo Galeano

   En "El País":

La musa de sus obras era la conciencia. Una memoria en vilo que sentía y pensaba a la vez. Sentipensante. Günter Grass y Eduardo Galeano tenían muchas cosas en común. Por ejemplo, la mirada. La elocuencia de la mirada. “La mirada fértil, la mano sincera”, era el mejor elogio en los talleres de pintura flamenca. Una mirada que escuchaba y escribía. Capaz, a la vez, de avanzar hacia adentro y abrir el paso en la noche de otros. La consigna bien podría ser una pasión compartida: “¡Francisco de Goya!”. Y todavía, con más precisión, el título de la estampa 26 de Los desastres de la guerra, allí donde la mano sincera del pintor anotó a modo de grafiti. “No se puede mirar”. ¿Qué es lo que no se puede mirar? Una cueva con hombres, mujeres y un niño en brazos. A la derecha, asomando por la boca, las armas sin rostro. Esa cueva es una cámara estenopeica de la historia que registra todas las masacres. El Antes/Después del Horror. Goya anticipa la producción industrial de la muerte. La mirada de Grass y Galeano responde a aquella llamada insurgente que contiene el grafiti: Ver lo que no se puede mirar, escribir lo que no se puede decir. En la cueva yacen huesos, palabras y metáforas. Las miradas de Grass y Galeano desentierran las palabras, las curan, germinan en la mano sincera. Para contar lo indecible no sirve el lenguaje que solo quiere dominar. La consigna podía ser también Camus, Albert Camus, por ejemplo en la naturaleza de la relación carnal con el lenguaje: “No es el compromiso el que me lleva a las palabras, sino las palabras al compromiso”. La manera de escribir de Eduardo Galeano, cuando anotaba un murmullo de vida, una esquirla de historia, recordaba la forma de tocar del jazzista Django, que pulsaba las cuerdas con los dos dedos sanos de su mano quemada. El erotismo, la sutileza, que brotaba en el dolor. Günter Grass desvelaba las zonas de sombra, su andar caligráfico era situacionista: abría claros en el deslugar de lo siniestro, y a la vez dibujaba escondrijos para setas y erizos, escondites silábicos para los seres que hilan lo visible y lo invisible. Ese tejer era la forma de contar de ambos. Por eso en sus libros, como Espejos en Galeano, o Mi siglo en Grass, vemos información esencial sobre la condición humana y la descripción lúcida de la maquinaria pesada y depredadora de la historia del poder, pero también la capacidad de resistencia y artesanía de la belleza de las voces subalternas. A mediados del XIX, en los “años milagrosos”, fundacionales, de la literatura norteamericana, un crítico estableció una curiosa clasificación entre escritores “piel roja” y escritores “rostro pálido”. Un rasgo de los “piel roja”, como Walt Whitman, es que iban más allá de la frontera mental y estética establecida. Se nos han muerto, sin miedo, dos hijos de la frontera, dos bravos “piel roja”.

PRENSA. En la muerte de Günter Grass. "La conciencia del Tercer Reich en 'El tambor de hojalata'". Miguel Sáenz


   En "El País":

La muerte de Günter Grass me coge desprevenido, incapaz de reaccionar. Solo lentamente me voy dando cuenta de lo que él significaba para mí. Por eso, cuando me piden anécdotas o recuerdos no sé qué decir.
Hace algún tiempo escribí una especie de guía para leer a Günter Grass. Creo que sigue siendo válida y que es lo mejor que podría escribir ahora. Quizá falte en ella solo el aspecto humano: Grass tenía una personalidad tan extraordinaria que se hacía querer y admirar por todos. Y yo no era una excepción.
El siguiente es un fragmento del pasaje dedicado a El tambor de hojalata, y que incluí en aquella guía, hace algún tiempo:
Evidentemente, El tambor de hojalata, una de las novelas más importantes, no de la literatura alemana sino de la literatura universal.
Grass la escribió en un piso pequeño y malsano de París, donde vivía con su mujer y sus dos hijos gemelos. Allí fue donde imaginó a Oskar Matzerath, el niño que en un momento dado decide dejar de crecer, un enano, un loco sexualmente obseso, un criminal... en cualquier caso una especie de conciencia del Tercer Reich que, con sus redobles, destruye todo orden marcial. Grass, reconocidamente, se inspira en la novela picaresca española y, más de cerca, en el Simplicius Simplicissimus alemán, inspirado a su vez en ella.
El libro, aparecido en Alemania en 1959, fue publicado en español en México en 1963 por la benemérita editorial Joaquín Mortiz. En España, por blasfemo y pornográfico, estuvo prohibido hasta que en 1978, coincidiendo con un sonado viaje de Günter Grass a Madrid, lo editó Alfaguara, en la traducción de Carlos Gerhard (hermano, por cierto, de un gran músico, Robert, más conocido en el extranjero que en España).
Medio siglo después, en 2009, también Alfaguara publica otra traducción (a cargo de quien firma estas líneas). El nuevo texto, sin querer suplantar al anterior, corrige errores, reelabora pasajes y goza de la ventaja de haber contado con el apoyo y consejo del propio Grass, que llevó a sus traductores a Danzig en 2005 para mostrarles sobre el terreno los lugares de la acción y aclararles cualquier duda. Ambas traducciones existen también en libro de bolsillo. En realidad, El tambor de hojalata es un libro de aventuras maravillosamente escrito y, en algunos pasajes, roza anticipadamente lo que hoy se calificaría de realismo mágico.
La llamada “trilogía de Danzig” se compone del Tambor y de otras dos novelas: El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963), ambas traducidas asimismo al español por Carlos Gerhard. La primera es una especie de novela breve que en un momento dado se separó deEl tambor de hojalata, madurando por su cuenta. Su protagonista, Joachim Malke, es un muchacho alemán como tantos otros, a punto de ser llamado a filas, cuya característica más acusada es poseer una enorme nuez o bocado de Adán que lo acompleja. Cree solucionarlo si consigue la preciada Cruz de Hierro que, colgada de su cuello, ocultará su defecto. Grass recupera en su novela personajes y ambientes de El tambor y utiliza en él sus recuerdos de auxiliar de la Luftwaffe. Para su crítico más feroz, Reich-Ranicki, El gato y el ratón figura entre lo mejor que Grass ha escrito nunca.
En cuanto a Años de perro, no es un libro fácil pero señala el punto más alto de lo que pudiera llamarse el Grass “experimental”. Reeditada en Alemania el pasado año con fantásticos grabados de su autor, este no vacila en considerarla su mejor novela. El libro toma como pretexto la anécdota de un perro pastor que regala a Adolf Hitler la ciudad de Danzig y, mediante tres personajes narradores, va dibujando el retrato de toda una época. Salman Rushdie dice que, como escritor, aprendió en esa novela algo importante: “Cuando lo hayas logrado una vez, empieza otra vez desde cero y hazlo mejor”.
* Miguel Sáenz es el traductor de Günter Grass al español.

jueves, 16 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. En la muerte de Günter Grass. "Un bailarín literario entre el horror". Salman Rushdie

   En "El País":

Un bailarín literario entre el horror

El autor de ‘Hijos de la medianoche’ pone en valor la calidad literaria y el compromiso moral del Nobel de Literatura fallecido


Salman Rushdie y Günter Grass, en una fiesta de cumpleaños del escritor alemán en el teatro Thalia de Hamburgo, en 1997. / KAY NIETFELD (AFP)

En 1982, estando en Hamburgo con motivo de la publicación de la traducción alemana de Hijos de la Medianoche, mis editores me preguntaron si me gustaría conocer a Günter Grass. Bueno, evidentemente quería conocerle, de forma que me llevaron en coche al pueblo de Wewelsfleth, a las afueras de Hamburgo, donde vivía Grass por aquel entonces. Tenía dos casas en el pueblo. Escribía y vivía en una de ellas y usaba la otra como estudio de arte. Después de cierta esgrima inicial —se esperaba de mí, por ser el escritor más joven, que le hiciera una serie de genuflexiones, y el caso es que yo estaba feliz de hacerlas— él decidió de repente que yo era aceptable, me condujo a un aparador en el que guardaba su colección de vasos antiguos, y me pidió que escogiera uno. Luego sacó una botella de schnapps y para cuando llegamos al fondo de la botella nos habíamos hecho amigos. En algún momento posterior fuimos tambaleándonos hacia el estudio de arte, donde me sentí hechizado por los objetos que allí vi, todos ellos reconocibles por las novelas: anguilas de bronce, lenguados de terracota, grabados a punta seca de un niño aporreando un tambor de hojalata. Le envidiaba por su don para el arte casi más de lo que le admiraba por su genio literario. ¡Qué maravilla, al final de un día dedicado a la escritura, bajar la calle andando y convertirte en otro tipo de artista! También diseñaba las portadas de sus propios libros: perros, ratas, sapos, que se trasladaban desde su pluma hasta sus cubiertas.
A partir de aquel encuentro todo periodista alemán con quien me encontraba me preguntaba por él, y cuando les respondía que creía que era uno de los dos o tres grandes escritores vivos del mundo algunos de estos periodistas mostraban un gesto de decepción y decían: “Bueno, vale, El tambor de hojalata sí, pero ¿no hace de eso mucho tiempo?”. A lo que yo intentaba contestar que, aunque Grass nunca hubiera escrito esa novela, sus otros libros habrían sido suficiente como para ganarse los elogios que yo le dedicaba, y el hecho de que además hubiese escrito El tambor de hojalata lo situaba entre los inmortales. Aquellos periodistas escépticos parecían decepcionados. Hubieran preferido que dijera algo más malévolo, pero no tenía nada malévolo que decir.
Le amaba por su escritura, por supuesto —por su amor por los cuentos de Grimm que él recreó con ropajes modernos, por el elemento de comedia negra que introducía en su examen de la historia, por el tono juguetón de su seriedad, por el coraje inolvidable con el que miró a los ojos al gran mal de su época, y convirtió lo indecible en arte con mayúsculas. (Más adelante, cuando la gente le atacó con maledicencias, nazi, antisemita, yo pensé: que sean los libros los que hablen por él, pues son las mayores obras maestras antinazis jamás escritas, y contienen pasajes sobre la ceguera elegida por los alemanes frente al Holocausto que ningún antisemita sería capaz de escribir jamás).
Por su setenta cumpleaños muchos escritores (Nadine Gordimer, John Irving y la plana mayor de la literatura alemana al completo) se reunieron para cantar sus alabanzas en el teatro Thalia de Hamburgo, pero lo que mejor recuerdo es que cuando acabaron las loas, empezó la música, el escenario del teatro se convirtió en una pista de baile y Grass se reveló como un maestro de lo que yo llamo baile agarrado. Sabía bailar el vals, la polka, el foxtrot, el tango y la gavota, y parecía que todas las chicas más guapas de Alemania estuvieran haciendo cola para bailar con él. Mientras daba vueltas y giraba y se agachaba jubilosamente, comprendí que él era esto precisamente: el gran bailarín de la literatura alemana, bailando a través de los horrores de la historia hacia la belleza de la literatura, sobreviviendo al mal gracias a su gracia personal, y también a un sentido de lo ridículo propio de un cómico.
A esos periodistas que querían que yo hablara mal de él en 1982 les dije: “Tal vez tenga que morir para que ustedes comprendan al gran hombre que han perdido”. Ese momento ahora ha llegado. Espero que lo hagan.

miércoles, 15 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. En la muerte de Günter Grass. "La voz de su compromiso". José María Guelbenzu

   En "El País":
Günter Grass
Günter Grass, fotografiado el 20 de marzo de 2011 en Hamburgo. / ANGELIKA WARMUTH (EFE)

Fue Jaime Salinas quien presentó en sociedad a Günter Grass en la casi mítica Alfaguara de tapas azules. Fue una de las bazas fuertes con las que consolidó aquella Alfaguara y desde entonces Grass visitó más de una vez nuestro país con ocasión de las sucesivas presentaciones de sus obras. Alfaguara tenía por norma seguir una política de autor que se declaraba ya en sus portadas, donde el nombre del autor iba en un tipo de letra mucho mayor que el título de la obra. La edición de Grass en España trajo consigo una triple alianza entre autor, editor y traductor, ya que Miguel Sáenz lo fue desde entonces y hasta el final, incluyendo las reuniones que Grass organizaba periódicamente con sus traductores a varios idiomas cada vez que publicaba un nuevo libro en Alemania. Grass vino, como dije, en más de una ocasión, se organizaron almuerzos con críticos, prensa y escritores y estuvo siempre atendiendo a todo el mundo con la amabilidad y el ánimo de quien tiene mucho que decir y está dispuesto a decirlo.
Günter Grass era lo que antes se llamaba un escritor comprometido, es decir, un hombre con una visión del mundo que plasmaba en sus escritos. Pero Grass no era un apologeta ni un escritor didáctico. Su idea del mundo provenía del desastre que había sido para Europa la Segunda Guerra Mundial, que a él le afectaba doblemente: de una parte, el derrumbamiento de una Europa que no lograba rehacerse del fin del Antiguo Régimen tras la guerra del 14-18 y que por segunda vez protagonizaba una catástrofe de proporciones aún mayores con la del 40-45; y de otra, el sentimiento nacional de culpa por el comportamiento inhumano de la Alemania nazi en esa catástrofe. Cuando Grass comienza a publicar, su país está dividido, atado y amordazado en plena Guerra Fría por la famosa teoría del doble gatillo: era un pueblo que no podía actuar sin permiso ante una hipotética invasión del otro lado del telón de acero. Esta era también la segunda humillación alemana a manos de los aliados. Un mundo duro, terrible, una vida de supervivientes en un país devastado por los bombardeos de los finalmente vencedores. “Años de perro”.
Quizá fuera esta situación de una sociedad en conflicto la que actuó como caldo de cultivo para la mejor literatura europea de la segunda mitad del siglo pasado: la alemana. Y de entre toda esa nómina de autores excelentes, destacó pronto la poderosa escritura y el vigoroso análisis de la realidad de Günter Grass. Destacó porque, amén de poseer una voz propia y perfectamente distinguible, jamás antepuso la ideología a la literatura. Grass era un hombre valiente, contradictorio y dispuesto a no callar allí donde se creyera necesario alzar la voz; eso le ganó muchas enemistades y desprecios. Él no rehuía la polémica, en muchas ocasiones parecía buscarla. Como buen escritor germano, no dejaba punto por escudriñar en sus largas novelas. Sus enemigos le acusaban, entre otras cosas, de ser un hombre al servicio de una idea antes que al servicio de la literatura. Ni lo uno ni lo otro, Grass no seguía consignas, seguía solo la voz de su conciencia y tenía los ojos bien abiertos. No es verdad que la literatura, como dicen tantos puristas, tenga que carecer de pensamiento porque éste sea privativo del ensayo; la literatura sí debe tener pensamiento, pero no se le debe notar. Esa clave ensalza al verdadero escritor comprometido, no al justiciero de turno.
Las últimas veces que lo habían fotografiado, alternaba la chaqueta de campo de bolsillos holgados con un jersey de punto grueso abierto por delante y la sempiterna gorra que ocultaba sólo en parte su pelo lacio. Con la pipa en la mano parecía un abuelo afable, pero recto e insobornable. Solía pintar y dibujar y yo poseo un libro a acuarelas suyas, llenas de vida y color, que dedicó a mi hijo. Pintaba y escribía y, cuando la indignación por los hechos sucios del mundo se lo permitía, seguro que era feliz. Pocas veces se dará la conjunción de un hombre tan entregado a su obra y, a la vez, entregado a la vida como en su caso.
Siempre tuvo un toque fantástico para fijar la descripción de la realidad: Oskar, el niño del tambor que se negó a crecer; el rodaballo malencarado y estrábico que, dando la vuelta a la fábula de los Grimm, se compromete a guiar al pescador que lo ha atrapado por el mundo misterioso de las mujeres a través de nueve capítulos como los nueve meses de un embarazo; La Ratesa nos habla de un mundo al borde del holocausto nuclear donde los roles de ratas y hombres se difuminan dentro de una sátira que no anda lejos de Swift. Pero también estaba dotado de un sereno sentido del humor que soltaba con cuentagotas aquí y allá o que destiló con toda malevolencia y gracia en Encuentro en Telgte, relato de un encuentro entre escritores.

PRENSA. Entrevista a Günter Grass

   En "El País":

Günter Grass: “El dolor es la principal causa que me hace trabajar y crear”

Transcripción de la entrevista inédita que EL PAÍS le hizo al autor de 'El tambor de hojalata' en su casa de Lübeck el 21 de marzo



Günter Grass, testigo incómodo del siglo XX, el autor de El tambor de hojalata, ha muerto en un hospital de Lübeck, donde residía. Nació en Danzig, que ahora es Polonia, hace 87 años; obtuvo el premio Nobel de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras en 1999, por el conjunto de una obra en la que ofreció su incómoda memoria de un siglo de guerras en una de las cuales, la segunda guerra mundial, participó como soldado de las SS. Este episodio, desatado cuando publicó sus memorias (Pelando la cebolla, 2007),ensombreció su vida de entonces; a pesar de que en obras suyas anteriores había contado esa pertenencia a las fuerzas armadas de Hitler cuando era un joven de dieciséis, fue esta última revelación la que agitaron en Alemania y en el mundo. Se despertó de ese estado de zozobra y siguió escribiendo y pintando. Ahora estaba a punto de publicar un libro de poemas, dibujos y narraciones.
Lo vimos por última vez en su casa de Lübeck, junto a su esposa, Ute, el 21 de marzo último, una tarde en la que él se mostraba alegre y dicharachero; no quería hablar de política, pero en seguida se puso a hablar de política, bajo los cuadros negros de Goya que ordenaban su cabeza cuando se ponía a cumplir con su vieja vocación de artista de todos los géneros que se cumplen en soledad. Grass ya necesitaba ayudarse de un respirador, pero fumaba en pipa, como en sus autorretratos; se mostraba jovial y alegre, preocupado por el estado del mundo, por la vuelta de la maldad a situaciones que recordaban lo peor de la Edad Media, y convencido de que sólo la unión de Europa, el conocimiento comprometido de la realidad de otros iba a levantar el ánimo de una humanidad cuyo siglo XX, que él retrató con melancolía en Mi siglo (1999), había sido alimento cruel o gozoso de su alma que a veces era, también, la de un niño que vivió pendiente de su madre y que, al final de su vida, contaba ese desprendimiento con ternura y sentimiento de soledad. En la conversación que tuvimos hace menos de un mes, y que aquí se publica íntegra, nos ayudó Grita Löbsack, intérprete y amiga suya, esposa de Miguel Sáenz, el académico y traductor de la mayor parte de sus obras.
Cuando acabó la conversación, Grass nos devolvió con él a su casa solitaria, donde su mujer, Ute, que en los últimos meses estuvo más delicada de salud que él, nos había preparado algunos dulces cuya receta les había dejado el primer marido de Ute Grass, que acababa de estar con ellos. A él le hizo mucha ilusión que nosotros le lleváramos jamón serrano, cuyas piezas grandes a él le recordaban las mandolinas italianas (de hecho, cuando estaban enteros, él simulaba tocarlos como si fueran instrumentos musicales), y rio como si fuera a vivir siempre. Hizo planes hipotéticos, como por ejemplo volver al Círculo de Bellas Artes de Madrid, a exponer sus cuadros, pero una pulmonía que lo llevó al hospital acabó con una vida pletórica de hechos y de libros, y también llena de la incertidumbre general que hizo tan triste el siglo XX. Antes de que esta conversación que se transcribe a continuación tuviera efecto, cerca de los cuadros negros de Goya, el escritor más político del siglo XX alemán nos dijo: “Pero, ¿vamos a seguir hablando de política?” Él mismo había iniciado una conversación sobre la actualidad política cuando aún estábamos en el saloncito de su casa; pero le hicimos caso: “No, si nosotros habíamos venido a hablar de poesía”. Y no pasaron dos minutos hasta que Grass regresó, cómo no, al territorio en el que desarrolló su vida: la mezcla abrumadora de la política y la poesía.
PREGUNTA. Como ser humano, ¿qué le da la escritura diaria de poesía?
RESPUESTA. Mi primer libro salió en los años cincuenta y fue un libro de poesía con dibujos. Solo más tarde empecé a escribir la novela El tambor de hojalata. En aquella época estaba en Berlín estudiando escultura. Escribía una novela y cuando la acababa tenía que cambiar de medio. En ese momento era la poesía, porque me daba cuenta de que al identificarme con tantas figuras de las novelas me alejaba de mí mismo. Y quería volver a mí mismo, y medirme también conmigo mismo en cierto sentido.
P. Y dibujaba.
R. Cuando dibujaba mucho tiempo tenía que volver a las palabras, a la poesía. Intentaba volver a reencontrarme, y a encontrar también el lugar en el que estaba porque toda mi actividad anterior me alejaba de mí mismo.
P. ¿Qué encuentra cuando vuelve a sí mismo?
R. En los años 50 y 60 tuve que llevar gafas y escribí un poema en el que aludía al asunto En ese poema digo que todo es más preciso pero está en oblicuo, que las impurezas se ven con más exactitud. Y a lo largo de los años también me doy cuenta del proceso de envejecimiento, de que hay cierta fatiga de los materiales del cuerpo y de que hay que acudir a un taller de reparación. También adquiero la conciencia de que todo es finito.
P. ¿Siempre tuvo esa impresión, también en su juventud?
R. Para mí estuvo clarísimo muy pronto, porque filosóficamente no estaba bajo la influencia de Heidegger sino de Camus. Es decir, que vivimos ahora y tenemos la posibilidad de hacer algo ahora con nuestra vida. Es El mito de Sísifo, que conocí después de la guerra. Con el transcurso de los años me di cuenta de que tenemos la posibilidad de la autodestrucción, algo que antes no existía: se decía que la Naturaleza era la que la producía las hambrunas, las sequías, algo cuya responsabilidad estaba en otra parte. Por primera vez somos responsables, tenemos la posibilidad y la capacidad de autodestruirnos y no se hace nada para eliminar del mundo ese peligro. Al lado de la miseria social que hay por todas partes ahora tenemos el problema del cambio climático, cuyas consecuencias ni siquiera tenemos en cuenta. Hay una reunión tras otra y la problemática sigue igual: no se hace nada.
P. Y los problemas aumentan.
R. Debemos añadir a eso el problema de la superpoblación. Todo junto me hace darme cuenta de que las cosas son finitas, de que no tenemos un tiempo indefinido. Si tenemos en cuenta el tiempo de existencia de nuestro planeta, sólo nos queda reconocer que somos unos invitados que pasamos un tiempo corto y muy determinado en este mundo y que lo único que dejamos atrás es la basura atómica. Si algún día alguien quiere saber qué es lo que hemos hecho lo que nos caracterizará será la basura atómica... En los años 70 y 80 escribí dos novelas épicas, El rodaballo y La ratesa; la capacidad del hombre para autodestruirse de la que hablo está reflejada en esas novelas.
P. No hay un solo libro de prosa entre los suyos que no vaya hacia el centro de su propia vida, desde El tambor de hojalata hasta Pelando la cebolla o A paso de cangrejo…La ficción le sirve para contar su realidad por dentro…
R. Sí, y por eso quiero decir que este nuevo libro que va a salir en otoño es de textos breves en los que quiero mostrar la relación intensa entre la prosa y la lírica. Los germanistas normalmente separan entre géneros. Yo los quiero ver juntos porque creo que tienen relación: los límites entre la prosa y la lírica para mí no están definidos, están diluidos.
P. ¿Esa combinación le permite decir mejor lo que le pasa?
R. De mi madre he heredado dos talentos: para mí nunca fue un problema seguir una cosa y abandonar la otra. Entendí que tengo dos talentos, y que con mucho trabajo tengo que desarrollarlos e intentar expresarme a mí mismo partiendo de los dos. Elegir entre una cosa u otra no ha sido una alternativa sino un enriquecimiento. Por ejemplo, si escribía durante mucho tiempo tenía la sensación de que la escultura me hacía mucho bien porque sentía que expresaba algo de todos los lados a la vez, algo que estaba dentro del espacio. Muchos poemas empiezan con un dibujo; cuando tengo la idea de una metáfora la plasmo sobre el papel y luego intento pasarla a dibujo para ver si se sostiene o no. En Hallazgos para no lectores pintaba unas acuarelas y cuando aún no estaban secas ya empezaba a escribir poesías de cuatro o cinco líneas. Este es un buen ejemplo de cómo las disciplinas (la pintura, la escritura) se mezclan y se enriquecen mutuamente.
P. Humanamente, ¿qué significa el trabajo para usted?
R. Usted ha leído mis libros y sabe, como cuento en Pelando la cebolla, que a los 16 años pude sobrevivir por mera casualidad; en el plazo de tres o cuatro semanas, en la guerra, tuve cinco o seis posibilidades de sucumbir como muchísimos de mi edad. Estoy consciente de ello hasta hoy. El hecho de que trabaje lo máximo posible me sirve para probarme a mí mismo que he sobrevivido, que existo y que sigo viviendo, que estoy vivo.
P. Antes nombró a Camus. La obra de Camus es una explicación o expiación del dolor, una busca de la supervivencia a través de la literatura. ¿A Camus lo aprecia por esa misma actitud?
R. El ensayo sobre el mito de Sísifo describe el trabajo, lo horrible que es subir la piedra sabiendo que no sirve para nada porque la piedra va a volver a caer; sin embargo, Sísifo no tiene otra posibilidad más que subirla porque si no se quedaría sin función. Camus termina este ensayo diciendo que se puede considerar que Sísifo era un hombre feliz… Esto para mí era muy importante, una nueva interpretación del mito realmente muy excitante: toda la causa en el fondo es el dolor. Cada persona tiene su propia situación y yo me di cuenta de que no sólo podía expresarme artísticamente sino que tenía que tratar unos determinados temas, el de mi juventud, el de la capitulación absoluta de Alemania, con la destrucción total de todas las casas pero también con el desmoronamiento de las personas…
P. Una historia de dolor…
R. Durante toda mi vida, y hasta hoy, esto sigue igual. Y lo increíble es que Alemania es una historia sin terminar, porque el Holocausto y el genocidio, estos horribles crímenes, constituyen una historia que no acaba nunca. Ahora lo vemos en Grecia: nos enfrentamos otra vez con el problema de los horrores causados por los soldados alemanes durante la ocupación… Esa historia nos sigue y nos sigue… Así que vuelvo otra vez al tema del dolor de Camus: el dolor es la principal causa que me hace trabajar y crear.
P. Camus tiene esta frase: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento…” ¿Su infancia también ha sido capital para desarrollar su posterior obra literaria?
R. En Pelando la cebolla hay un obituario sobre mi madre. Murió de cáncer a los 75 años. Volví a ver a mis padres y a mi hermana dos años después de terminar la guerra. A mi madre la habían expulsado de Danzig; cuando la vi era una mujer rota y vieja… Cuando niño le contaba muchas historias que salían de mi imaginación, y la imaginación de los niños es muy fértil. Ella decía: “Mentiras de niños”. Pero en el fondo le gustaban las mentiras. Siempre le decía que cuando fuera mayor y tuviera dinero la iba a llevar a países maravillosos y todas esas cosas…, pero como murió tan pronto nunca pude demostrarle que quería hacerlo de verdad. Nunca pude hacer nada por ella… Ella sufrió cuando le dije que quería ser artista; mi padre estaba completamente en contra y ella siempre me apoyaba, pero sí sufrió por ello. Yo todavía sufro porque no pude demostrarle nada de lo que le prometí. Tengo un marcado complejo materno: nunca he ido al psiquiatra y es la fuente de toda mi creatividad.
P. Dijo antes que en Pelando la cebolla narra la historia de un joven (usted) que pudo haber muerto o desaparecido. No ocurrió, está usted aquí. De algún modo, ¿aquella guerra no lo hirió para siempre, a usted y a su generación?
R. Seguramente sí, hemos sido marcados por la II Guerra Mundial. Y lo más terrible son los efectos a largo plazo, que siguen y siguen. Por lo mismo mi generación está más atenta a los problemas del presente mientras que alrededor parece ahora que nos estemos metiendo en una III Guerra Mundial sin que podamos decir cuándo empezó. La II Guerra Mundial comenzó con la entrada de Alemania en Polonia, pero en el fondo ya había empezado antes con la Guerra Civil Española. Para Alemania, Italia, la URSS y demás la Guerra Civil española fue una ocasión para probar el armamento en un caso concreto. Al terminar, en el 39, empezó la II Guerra Mundial. En el 36 Japón empezó a meterse en Manchuria, y de allí a China, con aquella horrible matanza; o sea que también había otro foco de guerra en Asia… Ahora tenemos por un lado a Ucrania, cuya situación no mejora nada; en Israel y en Palestina es cada vez peor; el desastre que los americanos nos dejaron en Irak, las atrocidades del Ejército islámico y el problema de Siria, donde la gente se sigue matando pero casi ha desaparecido de los informativos… Hay guerra por todas partes; corremos el peligro de volver a cometer los mismos errores que antes; así que sin darnos cuenta nos podemos meter en una guerra mundial como si anduviéramos sonámbulos…
P. Escribió Mi siglo, sobre el siglo XX y las maldades del mismo. Este siglo XXI ha prolongado la maldad y el lugar común es el fanatismo. ¿Es esa la maldad humana del siglo XXI?
R. Lo pongo en duda. Nunca digo que esto es bueno y aquello es malo, sería simplificar demasiado las cosas. Bush fue un problema… Bush hablaba de la maldad y eso no ayudaba a encontrar una solución: llevaba al maniqueísmo, al blanco y el negro… Lo que hay que hacer es recordar los principios de esta historia. Por ejemplo, ¿qué pasó después de la I Guerra Mundial? Cae el Imperio Otomano, se reparten los Balcanes y el petróleo se convierte en un elemento muy importante. Irak no existía antes, fue una invención de los poderes coloniales victoriosos de esa guerra mundial… Palestina era un protectorado inglés, del mismo modo que Siria lo era francés… Y el Holocausto generó el problema de Palestina. En el fondo todo eran anexiones de tierra y hasta hoy la causa del problema ha sido la actitud de los victoriosos de la I Guerra Mundial.
P. ¿Tenemos esperanza de que el hombre sea mejor en el siglo XXI? ¿Regresa al pasado y usted al predecir la III Guerra Mundial ve el futuro lo ve con pesimismo?
R. No es pesimismo. Me baso en la experiencia y en los fallos que hemos cometido, algo que se puede comprobar históricamente, así que tengo dudas de que el hombre vaya a mejorar. Otra cosa es si el hombre es capaz de aprender de los errores del pasado. Por ejemplo, miremos el conflicto con Rusia. Desde el desmoronamiento de la URSS, que ha sido un desastre, llegaron Yeltsin y Putin; ¡y luego vinieron Putin y Putin! Lo que intenta Putin es volver a reconstruir ese país que es Rusia… Putin ve en el 88 y 90, cuando todo se desmorona, que, a pesar de todas las promesas occidentales, la OTAN se acerca cada vez más. Y hay traumas rusos, desde Napoleón, desde la II Guerra Mundial, con 27 millones de muertos cuando llegaron los alemanes…, y ahora les vuelve el miedo a estar circundados por el enemigo. No digo que se justifique lo que han hecho en Crimea, es injustificable, pero hay que entenderlo y es lo que hemos de hacer, entender a Rusia.
P. Y no la entendemos.
R. Hemos perdido la capacidad de entender los errores que hemos cometido nosotros después de 1989. Después del desmoronamiento de la URSS se disolvió el Pacto de Varsovia, pero la OTAN ha seguido tan pancha. No ha habido serias tentativas de crear una nueva alianza de seguridad incluyendo a Rusia, y eso son fallos tremendos. Se promete a Ucrania que formará parte de la Unión Europea y luego de la OTAN, y es lógico que un país como Rusia reaccione nervioso. Todas esas reacciones de Putin tienen sus causas, y a pesar de que en Europa estamos acostumbrados a colaborar en lo económico y financiero no hemos conseguido crear una política exterior común; todavía dependemos demasiado de los deseos de los americanos y Estados Unidos está muy lejos de nosotros y de lo que tendremos que hacer. Si los republicanos llegan al poder tendremos un nuevo rearme y de repente habrá una potencia militar enfrente de Rusia.
P. Ha creado muchas metáforas. La que más ha calado es la Óscar Matzenrath. Daría la impresión de que ese personaje que no quería crecer ni mezclarse con el mundo adulto hoy tampoco querría crecer…
R. La diferencia entre el siglo XX y el XXI es que el XX estaba caracterizado por las ideologías, y no sólo por el fascismo italiano, el nacionalsocialismo alemán o el comunismo, sino también por el american way of life y por el capitalismo dominante. Lo único que ha quedado de todas estas ideologías es el capitalismo y el capitalismo es capaz de cambiar. Pero el capitalismo está autodestruyéndose; todas esas cantidades irracionales de dinero que pasan por el mundo entero ya no tienen nada que ver con la economía real. Esta irracionalidad no estaba tan marcada en el siglo XX… Óscar sería hoy una persona distinta, tendría que luchar contra resistencias distintas, y asimismo se movería en ambientes completamente diferentes. En el siglo XX provenía de un ambiente proletario y pequeñoburgués y tenía que reaccionar. Ahora sería un computer freak, un hacker o algo así, y tendría que vencer otras resistencias.
P. ¿Usted fue Óscar Matzenrath?
R. ¡No he conseguido parar mi crecimiento!
P. ¿Le habría gustado?
R. No, en el fondo no… No soy idéntico a Óscar, lo que ocurre es que la figura de Matzenrath tiene su raíz en la picaresca, representa una especie de espejo que tiene una lupa capaz de provocar un incendio, capaz por otra parte de expresar el infantilismo del siglo XX, del que no quería participar ni defenderme.
P. Trabaja bajo figuras de Goya. ¿Qué le da Goya?
R. Trabajo, en efecto, bajo una serie de grabados de Goya. Cada vez que celebro un cumpleaños importante, de los que contienen 0 o 5, mi mujer me regala alguno que todavía se vende en el mercado… Para mí es como la medida del artista, el criterio de verdad. ¡Es de una imaginación impresionante, cómo ilustra la demencia de este mundo! Tengo varios grabados de Los caprichos en los que nos muestra que está contra la Inquisición, con la demencia de la Iglesia católica por un lado y con la vida tal como es por otro… Goya es el gran ejemplo para mí, lo que me da la medida de si algo es bueno o es malo.