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sábado, 31 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre el lenguaje sexista. Álex Grijelmo

Álex Grijelmo

   En "El País":

Jugamos tranquilas, ¿eh?

Algunos varones empiezan a incluirse en los términos femeninos sin forzar el idioma

 19 OCT 2012

Cierto político proclamó una vez en un acto electoral, hace unos 15 años: “Compañeros y compañeras, lo que defendemos nosotros y nosotras...”.
Y claro, ese “nosotras” sonó raro. Porque “nosotras”, con arreglo a la gramática, es un pronombre inclusivo del sujeto que habla; de modo que quien lo pronuncia se sitúa dentro del grupo que menciona. Así que un hombre no puede decir “nosotras”, en puridad; sino sólo “nosotros”. Quizás aquel político debió elegir para tal frase “nosotros y vosotras”, y nadie le habría tomado el pelo.
Sin embargo, algo está sucediendo en nuestra lengua, porque algunos varones empiezan a incluirse en los términos femeninos con toda naturalidad. Es decir, sin forzar el idioma y probablemente sin darse cuenta.
El 5 de agosto, a las 20.22 horas, dijo el periodista Francisco José Delgado, en la Cadena SER, al transmitir un partido de waterpolo femenino en los Juegos Olímpicos:
- ¡Si ganamos, estamos clasificadas!
Podría parecer anecdótico, fruto de la buena voluntad de un periodista educado en la tolerancia y en el espíritu de igualdad; o tal vez consecuencia de su deseo de implicarse en la victoria de la selección nacional. Pero no se quedó eso en un ejemplo aislado, porque el entrenador del equipo femenino de balonmano aconsejó pocos minutos después a sus jugadoras durante un tiempo muerto, en el minuto 28 de partido y cuando vencían 24-20 a Noruega:
- ¡Jugamos tranquilas, ¿eh?!
Y a partir de ese momento, todos empezamos a jugar tranquilas.
Todavía más. A las 23.25 del mismo día, Manu Carreño, director delCarrusel Olímpico, aventuraba en la misma emisora:

Me parece un avance formidable
- Si estamos entre las siete primeras vamos a ser oro.
(Se refería a las posibilidades de la regatista española Marina Alabau enwindsurf, que iba camino de la medalla).
Disfrutábamos así de tres ejemplos significativos en solamente una hora de radio y televisión (confieso que veo la televisión mientras oigo la radio y ojeo el As). Eran tres casos reales de varones que utilizaban genéricos femeninos incluyéndose ellos en el grupo.
Y aún se añadiría un cuarto ejemplo, el día siguiente, 6 de agosto, a las 20.44 horas: el periodista de la SER José Antonio Ponseti anunciaba, un tanto decepcionado, pues tenía mejores expectativas para las nadadoras de la sincronizada:
- Somos terceras después de las rusas.
Uno se imagina de inmediato a Ponseti siendo tercera después de las rusas, y enseguida se apunta al grupo en solidaridad con él. Yo también era tercera, y me parecía una injusticia que a las nadadoras españolas de sincronizada nos hubieran dado una puntuación tan inferior a nuestros méritos.
¿Un quinto ejemplo? Lo hay, y muchos más que ya dejé de anotar. Jesús Gallego, a las 0.13 del viernes 10, hablando de la derrota en la final de waterpolo: “Hemos pecado un poco de inexpertas”.
Y sí, creo que los españoles fuimos un poco inexpertas en ese partido.
Bienvenida sea esta evolución (por supuesto muy incipiente), que acierta a coincidir en este caso con el criterio de quienes sostienen que la lengua se adapta a la realidad como el agua a la vasija; y que si cambiamos la realidad y fomentamos la presencia de la mujer en todos los órdenes de la vida donde antes estaba discriminada, cambiaremos con el mismo esfuerzo el lenguaje; frente a quienes defienden, con idéntica buena voluntad, que primero hay que cambiar el lenguaje porque así se cambiará más fácilmente la realidad.
Sea como fuere, viene a cuento aquí esa diferencia entre género y sexo tan explicada antes por los gramáticos y tan despreciada ahora por ese lenguaje oficial que habla de la violencia machista como “violencia de género” (la violencia siempre fue “de género femenino” —decimos “mucha violencia” o “violencia innecesaria”, pero no “mucho violencia” ni “violencia innecesario”—; violencia de género femenino aunque la perpetren generalmente hombres y la combatamos todos): el género era un fenómeno gramatical, y existían tres géneros: masculino, femenino y neutro (el, la, lo; él, ella, ello; este, esta, esto); y el sexo, un fenómeno biológico (una silla tiene género, pero no sexo); y sólo hay dos: mujer y hombre. (Para mejor información y mayor precisión, véase el Diccionario Panhispánico de Dudas, entrada “género”). No estoy seguro de que esa antigua diferencia entre género y sexo vaya a sobrevivir, pero permítanme usarla al menos en el siguiente párrafo.
Lo cierto es que en estos tiempos, y por fortuna, ya hay hombres que, cuando se hallan ante una idea que refleja la presencia predominante de mujeres, empiezan a incluirse voluntaria y espontáneamente en el género femenino... sin por ello haber cambiado de sexo. Me parece un avance formidable. Sobre todo porque las españolas hicimos unos sensacionales Juegos Olímpicos.

martes, 13 de mayo de 2014

PRENSA. Lengua y sexismo. Entrevista a la profesora universitaria María Márquez

   En "público.es":

"El uso abusivo del género masculino en el lenguaje ha provocado la invisibilización de la mujer"

María Márquez, profesora de la Universidad de Sevilla, publica un libro en el que denuncia el sexismo lingüístico y carga contra el inmovilismo de intelectuales y académicos.

DANIEL FERNÁNDEZ Madrid 05/05/2014 07:00 Actualizado: 05/05/2014 07:37

La profesora María Márquez. D. F.

La profesora María Márquez. D. F.

María Márquez es profesora en las Facultades de Filología y Comunicación de la Universidad de Sevilla y, desde hace unos meses, autora del libro Género gramatical y discurso sexista, publicado por la Editorial Síntesis dentro de la colección Perspectivas Feministas. En él, Márquez aborda el sexismo lingüístico, es decir, los usos que en nuestra lengua pueden contribuir a la discriminación e invisibilización de las mujeres en la sociedad. Observa que, en el debate social sobre el tema, las diferentes posiciones se han polarizado generando cada una su propio fundamentalismo. La autora llama la atención sobre la resistencia de ciertas instituciones, como la RAE, y de algunos hablantes a asimilar palabras nuevas surgidas para designar realidades emergentes. Según ella, tales neologismos no tienen que ver con lo políticamente correcto, pues la tendencia a dotar de femeninos específicos a los sustantivos con referencia personal es algo espontáneo desde los orígenes del castellano.
En una presentación reciente de su libro, la autora aseguró que las Guías para un Uso no Sexista coinciden en lo esencial con los principios sólidamente establecidos en nuestro sistema gramatical, sin que pueda entenderse, por tanto, el temor irracional de algunos investigadores, escritores y académicos ante la creación de nuevos términos o la instauración de ciertos usos comunicativos destinados al ámbito de la administración. La parodia, la ridiculización, e incluso la violencia verbal de la que han sido objeto estas guías no pueden explicarse como una defensa de nuestro sistema gramatical, sino como la muestra de una posición ideológica inmovilista.
¿Es machista el idioma o lo es el uso que se hace de él?
Se han vertido ríos de tinta tratando de dilucidar si es sexista nuestra lengua o lo es el uso que de ella hacen los hablantes. En nuestra opinión, la cuestión deja de tener sentido desde el momento en que consideramos que la distinción entre lengua y habla es puramente metodológica, no refleja ninguna dicotomía que exista materialmente en la lengua. No hay más lengua que el hablar, por tanto, parece más preciso hablar de sexismo discursivo. Y consideramos que sí ha existido y existe: la lengua refleja esquemas conceptuales y realidades sociales que, al mismo tiempo, contribuye a perpetuar.
¿Por qué sostiene que el género femenino es más complejo que el masculino?
Desde el punto de vista puramente lingüístico, el género masculino es el elemento no marcado de la oposición de género: el más general e inclusivo, y el más frecuente, frente al femenino, que es el miembro marcado, el más complejo y exclusivo, y el menos frecuente. La mente humana funciona a través de esquemas binarios, otra cosa es por qué es el masculino el término no marcado. En el origen de este hecho, ya plenamente gramaticalizado, pueden estar circunstancias históricas y sociales, pero esta es una hipótesis científicamente indemostrable. Lo que sí es verdad es que se ha utilizado el masculino genérico de forma abusiva, es decir, para hacer una referencia sólo a varones, hecho que llevó a la identificación de lo general varonil con lo universal humano, provocando la invisibilización de la mujer.
"La lengua pueda modificarse voluntariamente, ni a golpe de decreto" 
¿En qué medida el lenguaje puede invisibilizar a la mujer?
En la medida en que no permita una representación simbólica adecuada de ella. Como acabamos de decir, el uso del masculino genérico en contextos específicos naturalizó la ausencia de la mujer de la vida pública, ocultando su presencia. Cuando tras la Revolución Francesa se aprobaron los Derechos del Hombre y del Ciudadano, ni el término "hombre" ni el masculino actuaban como auténticos genéricos, pues no hace falta recordar que las mujeres no teníamos derecho al voto; la referencia, por tanto, era específica. La utilización de masculinos "genéricos" en contextos específicos, los duales aparentes, la diferencia en las formas de tratamiento, los vacíos léxicos, etc. son usos lingüísticos discriminadores.
Afirma que existen resistencias a feminizar el lenguaje, incluso entre algunos profesores de universidad, ¿a qué cree que se deben?
Yo no creo que se deba "feminizar" el lenguaje; tampoco creo que la lengua pueda modificarse voluntariamente, ni a golpe de decreto, ni tampoco a través de lecciones o prescripciones académicas, por muy magistrales que sean. Creo que la lengua es de los hablantes y cambia por nuestras necesidades expresivas. Lo que sí es conveniente es que la lengua nos sirva para hacer una operación referencial clara y precisa, que no sea ambigua; lograr un discurso en el que todos estemos simbólicamente representados. Las resistencias que se observan muchas veces proceden de las propias mujeres que comparten los valores o la ideología dominante, que dota al masculino de connotaciones de poder y de prestigio, y al femenino, de connotaciones peyorativas. Eso explicaría que las propias mujeres prefieran, en ocasiones, el uso de expresiones como "la médico", en lugar de "la médica". Es un caso de estigmatización y de encubrimiento de lo femenino. No hay que olvidar que el machismo es una ideología que transmitimos todas las personas, no sólo los varones.
Usted menciona en su libro a ciertos escritores, académicos o lingüistas que ridiculizan los intentos de modificar los usos comunicativos para conseguir la visibilización de la mujer, ¿por qué piensa que se equivocan?
No soy quién para decir si se equivocan o no, simplemente denuncio una actitud que no me parece académicamente adecuada, porque no hacen una argumentación seria, se valen de falacias tales como deformar la posición del contrario planteándola en términos absolutos, falseándola y ridiculizándola. Es cierto que se han cometido errores, vacilaciones, confusiones, pero esto es natural en una época de grandes cambios. Sin embargo, sus parodias no tienen nada que ver con las propuestas de las Guías de Uso no Sexista. Por ejemplo, nadie pretende cambiar el género de los sustantivos de referencia no personal, como día, mano, etc., pues sólo en el caso de los sustantivos que tienen referencia animada, especialmente personal, el género, además de una marca formal de concordancia, tiene un contenido de "sexo", entendido este como realidad conceptual, no biológica. Tampoco es necesario cambiar el género de todos los adjetivos que acompañan a los sustantivos, pues solo en estos últimos recae todo el peso referencial.
"Los femeninos suenan mal porque no los usamos, simplemente" 
¿Cree que no se ha comprendido bien el concepto de visibilización?
Desde luego que no, se lo ha reducido a "mostrar a través de los medios de comunicación", cuando en realidad es algo mucho más complejo. El concepto de visibilización ha de entenderse desde sus antónimos "encubrimiento" o "invisibilización", que hacen referencia a una operación discursiva a través de la cual se oculta cierta realidad mediante un uso lingüístico manipulador en favor de ciertos intereses. Sólo a partir de ese encubrimiento previo tiene sentido la reivindicación de visibilización, operación discursiva que presupone una revisión de esquemas conceptuales previos, de una visión automatizada de la realidad. Los descubrimientos de la ciencia, o las transformaciones sociales, por ejemplo, pueden dar lugar a realidades emergentes que requieren nuevas formas de nombrar. El sustantivo feminicidio es un ejemplo de ello.
Es sorprendente constatar que algunas mujeres se resisten a incorporar femeninos, ¿le encuentra explicación a este fenómeno?
Las mujeres podemos compartir y difundir los esquemas mentales y los valores sociales dominantes. En este sentido, algunas mujeres pueden considerar más adecuada la expresión "soy juez" o "soy catedrático", frente a "soy jueza" o "soy catedrática", por ejemplo, porque comparten la valoración sociolingüística peyorativa del femenino, que se observa en casos como sargenta, jefa, parienta, gobernanta, etc., y la valoración positiva que conlleva el masculino. Tras una lucha larga por la igualdad, el masculino parece una garantía de simetría, una anulación de la diferencia. Pero, en realidad, el uso del masculino por parte de las mujeres, en esos casos indicados, acusa un sentimiento de inferioridad que contradice nuestras legítimas reivindicaciones de igualdad. Y no parece que sea un argumento lícito rechazar los femeninos porque suenan mal. Como señalaba el profesor M. Seco, suenan mal porque no los usamos, simplemente. A todos nos suenan naturales femeninos como señora, española, infanta o parturienta, que no existían en los orígenes de nuestro idioma.
¿Puede detenerse por presión política el cambio lingüístico?
El poder político, institucional, académico puede condicionar la evolución de la lengua. La presión culta consiguió que se mantuvieran como masculinos los sustantivos de origen culto como profeta, planeta, fantasma, que durante siglos vacilaron en cuanto al género. También durante mucho tiempo se ha utilizado la fórmula de tratamiento "señorita", que hace referencia al estado civil de la mujer, señalando como esencial un rasgo accidental para su identidad. Sin embargo, en mi opinión no se podrá evitar el cambio del mismo modo que no se puede forzar el curso de las aguas de un río, ni tampoco detenerlo.

miércoles, 11 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. "Sexismo lingüístico: de la punta del iceberg al glaciar", por Amparo Moreno Sardá

Ilustración de Eulogia Merle ("El País")

   En "El País":
Sexismo lingüístico: de la punta del iceberg al glaciar
   El lenguaje no solo está marcado por el género, sino, en general, por el arquetipo viril. Revisarlo requiere una revolución científica; ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal.

Amparo Moreno Sardá 6 ABR 2012
 
   La publicación del informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, en el que Ignacio Bosque evalúa guías de lenguaje no sexista, ha abierto un debate que se ha quedado en la punta del iceberg. Propongo prolongarlo para abordar lo que oculta en aguas más profundas y qué pasa con unos glaciares que siempre dijimos que acumulan hielos perennes y hoy se quiebran a un ritmo acelerado. Porque las palabras son instrumentos para el pensamiento y el conocimiento y el masculino constituye la pieza clave de las humanidades, las ciencias sociales, la política, el periodismo...
   Bosque y otros proponen continuar utilizando el masculino porque muchas mujeres no nos sentimos excluidas. Cierto. Desde que en 1910 las mujeres pudimos acceder a la Universidad hemos asumido las palabras con las que se elabora el pensamiento y el conocimiento desarrollado en torno al concepto “hombre”. Sin embargo, tras profesar, muchas y algunos hemos detectado que el masculino supuestamente genérico no permite designar a los dos sexos porque está marcado y conduce a considerar a las mujeres una “anomalía”, de acuerdo con la explicación de Kuhn sobre las revoluciones científicas. La mayoría propone hacer visibles a las mujeres mediante un lenguaje no sexista y hacen aportaciones a las distintas disciplinas “con perspectiva de género”.
   Por mi parte, la lectura atenta de numerosos textos me condujo a constatar que el masculino, tal como lo utilizamos en los debates públicos académicos, políticos, periodísticos, no abarca a las mujeres y tampoco a todos los hombres porque sólo considera humano el arquetipo viril.
   Por eso las mujeres nos podemos sentir incluidas en los masculinos, porque estamos donde queremos estar. Pero algunas los evitamos, conscientes de que afectan al objetivo de la cámara que utilizamos, reducen el enfoque sobre los seres humanos, dejan fuera parte de las relaciones sociales, borran matices, crean la ilusión óptica de que vemos lo universal y nos llevan a confundir lo particular con lo general. Y buscamos otras imágenes y palabras adecuadas a unas sociedades plurales y complejas que queremos cambiar para hacerlas justas y equitativas.
   El primer indicio de que los masculinos restringen y tergiversan nuestro conocimiento lo encontré cuando regresé a la Universidad como profesora. Siendo estudiante, el enunciado “el hombre es el protagonista de la historia” me había permitido pasar de la versión tradicional de fechas, héroes y batallas, a otra que me ayudó a comprender el funcionamiento de la sociedad. Quise aplicar esta enseñanza a explicar la historia de los medios de comunicación y la cultura de masas. Y un día una alumna me recriminó que mi asignatura era “tan machista como todas las de esta casa”. Tenía razón. No mencionaba a las mujeres porque lo ignoraba todo. Para subsanar mi ignorancia leí y releí atentamente y advertí que la mayoría de textos académicos casi no hablan de las mujeres, que si lo hacen suelen utilizar expresiones negativas o ironías para aligerar párrafos densos… Y deduje que el hombre al que consideraba protagonista de la historia no incluía a las mujeres; los nombres propios ratificaban que solo abarcaba parte de los hombres; y las actuaciones que se les atribuían delataban que tampoco incluían a los seres humanos de sociedades a las que se menosprecia como primitivas, subdesarrolladas… Así, al preguntarme de quién hablamos cuando hablamos del hombre tuve que responder que este concepto está marcado por prejuicios androcéntricos, sexistas, adultos, clasistas y etnocéntricos, y no solo por el género, término que empezó a utilizarse para emular la cultura anglosajona.
   “Para hacer grandes cosas hay que ser tan superior como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos y el amo a los esclavos”. Aristóteles definió así los rasgos del arquetipo viril, sabiendo que solo podía afirmar que ese hombre es superior diciendo que otras mujeres y hombres son inferiores. Y con esta pieza elaboró una explicación para influir en la organización de la polis y lo consiguió. Hasta nuestros días. Aunque los estudiosos y estudiosas actuales ofrecen una versión opaca de sus palabras al utilizar el masculino como si no estuviera marcado y al generalizar como humano lo que el filósofo solo atribuyó a algunos hombres. Además, eliminan aspectos de su análisis que son fundamentales para comprender tanto lo que dijo como el presente.
   Proyectan hacia el pasado una visión centrada en lo público que menosprecia lo privado como si fuera insignificante o anómalo. Por eso no logramos entender qué hacemos y podemos hacer cada persona con nuestra economía doméstica en relación con los negocios del consumo transnacional, con una especulación financiera que se ha alimentado de hipotecas basura y ante los paraísos que promete la publicidad y los infiernos de la marginación que dramatizan las televisiones.
   No confiesan, como sí hizo Aristóteles, que consideramos “la guerra… un medio natural de adquirir bienes que comprende la caza de los animales bravíos y la de aquellos que nacidos para ser mandados se niegan a someterse”; que la guerra alimenta la apropiación privada y pública de bienes a expensas de desposeer a la mayoría de los recursos necesarios para su supervivencia; que dominar a otros pueblos no es algo espontáneo; que los varones lo han practicado tras ser cruelmente instruidos; que obliga a distribuir tareas entre mujeres y hombres adultos (“el hombre conquista y la mujer conserva”); y algunas atribuyen a los hombres toda la violencia y niegan cualquier complicidad de las mujeres, imprescindible para que las jóvenes generaciones perpetúen y amplíen el sistema. Por eso, ante una crisis que ya no permite ensalzar a los héroes ni proclamarnos superiores, porque África ya no empieza en los Pirineos, sólo sabemos alimentar el miedo… o entonar lamentos victimitas en beneficio de redentores profesionales.
   Ciertamente, el concepto “hombre” que acuñó Aristóteles fue asumido en las universidades cristiano-escolásticas por los varones adultos europeos vinculados a la jerarquía eclesiástica que además debían ser célibes. A partir del siglo XII expulsaron a las mujeres, los judíos y los musulmanes de las universidades, como ha explicado Julia Varela. A medida que la cristiandad europea impuso su dominio sobre otros pueblos, transformó las relaciones sociales internas. Algunos hombres y mujeres antes excluidos nos hemos incorporado a los escenarios del poder y hemos tenido que asumirlos; y aunque la lengua se adapta a los cambios sociales, hoy sigue “firmemente asentado en el sistema gramatical del español”, como una “prisión de larga duración”, en palabras de Fernand Braudel.
   Todo esto recomienda no usar el masculino como hasta ahora y tampoco sustituirlo por femeninos o doblar palabras. Y obliga a ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal: a promover una revolución científica que permita hacer diagnósticos rigurosos de los problemas de nuestras sociedades para encontrar remedios eficaces. Ardua tarea en unos ambientes académicos que multiplican las evaluaciones, obligan a hacer y decir dentro de cánones estrictos y penalizan cualquier aventura.
   Afortunadamente, como detectó Fernández Hermana en los noventa, más allá de estos monasterios hay vida. Otros científicos han generado instrumentos que facilitan elaborar explicaciones plurales, desde diferentes posiciones, en red, de forma cooperativa. Pero para no limitarnos a copiar y pegar hemos de pasar de la punta del iceberg al glaciar de la cultura occidental y preguntarnos con Donna Haraway: “¿Con la sangre de quién se crearon mis ojos?”.
 
   Amparo Moreno Sardá es catedrática emérita de Historia de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre el tema que plantea en este artículo ha publicado (1986), El arquetipo viril protagonista de la historia; (1988), La otra ‘Política’ de Aristóteles; (1991), Pensar la historia a ras de piel; (2007), De qué hablamos cuando hablamos del hombre. Treinta años de crítica y alternativas al pensamiento androcéntrico.

jueves, 22 de marzo de 2012

PRENSA. LENGUAJE Y SEXISMO. "Cuando Dolores era 'nuestro secretario general'", por Santos Juliá

Santos Juliá

   En "El País":
Cuando Dolores era “nuestro secretario general”
   Es imposible que la estructura de una sociedad experimente un cambio tan radical sin que la lengua sufra trastornos que no podíamos ni imaginar.

Santos Juliá 11 MAR 2012

   Era la camarada Dolores Ibárruri, pero cuando recibió el saludo del comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética con motivo del 60º aniversario de su nacimiento, la versión española de la felicitación la identificaba como “ardiente y probado luchador por la causa de la clase obrera, por la causa de la democracia y por la causa del socialismo”. Y sus camaradas españoles, todos hombres, en un acto de homenaje por el mismo motivo, celebraron “la vida revolucionaria de nuestro secretario general, vida íntegramente dedicada a hacer triunfar los grandes ideales de la emancipación de la clase obrera y de todo el pueblo trabajador”.
   Desde los años cuarenta, cuando desplazó a Jesús Hernández en la batalla por la Secretaría General, hasta 1960, cuando fue sustituida por Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri siempre se presentó como “el secretario general del Partido Comunista de España”, y sus camaradas se dirigían a ella llamándola “nuestro secretario general”. Todavía en un libro a ella dedicado y editado en marzo de 2004 -¡en marzo de 2004!- Carrillo titulaba uno de sus capítulos: “Dolores, secretario general del Partido Comunista”, y es curioso, y significativo, que ningún corrector de estilo ni a nadie en la editorial le haya llamado la atención por semejante uso del término.
   ¿Sería tal vez porque ser secretaria, por muy general que fuese, no era lo mismo que ser secretario, sobre todo si era general? ¿O sería quizá porque secretario general es, o era hasta hace bien poco tiempo, lo que llaman los gramáticos un masculino genérico no marcado, de esos que incluyen a todos los individuos de la especie sin diferencia de sexo o de género? Pues vaya usted a saber, pero lo cierto es que hasta ayer mismo, el nombre del secretario general del PCE entre 1945 y 1960 era Dolores Ibárruri, conocida también como Pasionaria.
   ¿Se imagina alguien que otra Dolores, de Cospedal en la ocasión, pudiera ser identificada por sus compañeros y compañeras de partido como secretario general? No, claro, nadie se lo puede imaginar. Y eso es así porque ha cambiado el significado de este grupo sintáctico, que hoy solo puede referirse a hombres; pero es así, sobre todo, porque ha cambiado el lugar de las mujeres en la sociedad. Que ese cambio de significación haya arrastrado el desdoblamiento del genérico no tiene nada de extraño: los que hoy protestan cada vez que se desdobla el masculino genérico olvidan que de toda la vida es, o ha sido, muestra de cortesía dirigirse al público congregado para escuchar una conferencia con el clásico buenas tardes, señoras y señores.
   Ocurre que las señoras han abandonado el patio de butacas para subir al escenario convertidas en mujeres, y si las señoras escuchaban las mujeres hablan. Desde que Ibárruri fue secretario general hasta que De Cospedal es secretaria general, hemos vivido la más profunda revolución experimentada por la sociedad española desde la guerra contra los franceses. Revolución de la mujer que ha cambiado por completo su posición en la sociedad, con la elevación del nivel de escolarización, incorporación masiva al mercado de trabajo, caída de la tasa de natalidad, liberalización de la moral sexual, descenso de número de matrimonios, retraso de la edad al primer hijo. Todo ello, acompañado del cambio de valores tradicionales vinculados a la institución matrimonial -estabilidad, diferencia de roles, autoridad del padre- por nuevos valores de autonomía e independencia personal.
   Es imposible que la estructura de una sociedad experimente un cambio tan radical sin que la lengua sufra trastornos que quienes considerábamos normal llamar secretario general a una mujer no pudimos ni imaginar. Los académicos y las académicas asistentes a una reunión firmaron el otro día un informe-manifiesto, muy bien construido y argumentado, que intenta poner un dique a la avalancha de desdoblamientos del genérico masculino que se nos echa encima y que alcanza en ese texto bolivariano la dimensión de una catástrofe. Estupendo, es su función y suena muy razonable, pero todo en ese papel evoca una batalla, si no perdida, en retirada. Por una razón muy simple, y es que en la realidad de la vida el desdoblamiento ya se ha producido.
   Que nuestra vieja y querida lengua española sea capaz de dar cuenta de esa realidad es todo lo que nos queda por saber. La gramática no es la vida, ha sentenciado Amelia Valcárcel en frase feliz. Cierto, pero no hay vida humana sin gramática. Y cuando la vida cambia, la gramática, o se alimenta de la nueva vida o muere de inanición.

jueves, 15 de marzo de 2012

PRENSA. LENGUA Y SEXISMO. "El género no marcado", por Pedro Álvarez de Miranda

Juegos de luces y sombras en la biblioteca de la Real Academia Española. / SAMUEL SÁNCHEZ. "El País".

   En "El País":
El género no marcado
   Es ingenuo pretender cambiar el lenguaje para ver si cambia la sociedad.
   Las convenciones lingüísticas más profundas no se pueden modificar.
 Abro un programa de tratamiento de textos y, sin más, me pongo a escribir estas líneas. Inmediatamente, el sistema tiene que decidir en qué tipo de letra irán mis primeras palabras, y como yo no le he dado orden en contrario las pone en redonda. Es que sin seleccionar algún tipo concreto de letra no puede trabajar, y alguien lo ha programado para que en esos casos el elegido sea el llamado “normal” (o letra “redonda”). Decimos entonces, como se sabe, que dicho tipo interviene o se activa por defecto.
   Pues bien, el concepto de por defecto en informática es muy similar al concepto de no marcado en lingüística. La letra redonda es, frente a la cursiva o la negrita, la letra que actúa por defecto. También podemos decir de ella que es, frente a aquellas dos, la letra no marcada.
   Cuando yo construyo una frase en que un adjetivo debe concordar con dos sustantivos, uno masculino y otro femenino, necesito que ese adjetivo (si tiene variación de género; muchos no la tienen) vaya en uno de los dos géneros. Uno cualquiera, en principio... Lo que no puede es no ir en ninguno, porque el “sistema”, para funcionar, necesita que uno se imponga por defecto. Tampoco puede ir en los dos, porque su presencia simultánea es incompatible en una sola forma, del mismo modo que una misma palabra no puede estar escrita al mismo tiempo en redonda y en cursiva (sí, por cierto, en redonda y en negrita). Sí puede, pero no debe, duplicarse el adjetivo, porque ello atenta contra un principio fundamental en las lenguas que es el de la economía, al que también podríamos llamar “del mínimo esfuerzo”. Así, no nos queda más remedio, en nuestra lengua, que decir los árboles y las plantas estaban secos, con el adjetivo en masculino. ¿Por qué? Porque el masculino es el género por defecto, es, frente al femenino, el género no marcado.
   Del mismo modo, si una persona tiene tres hijos y dos hijas, dirá, interrogado acerca de su prole, que tiene cinco hijos. No dirá que tiene cinco hijos o hijas, ni cinco hijos e hijas, ni cinco hijos / hijas (léase “cinco hijos barra hijas”). Podrá escribir que tiene cinco hij@s, pero esto no lo podrá decir, leer, así que de nada le vale. Yo, a diferencia de mi colega Ignacio Bosque, no he tenido paciencia para echarme al coleto todas esas guías que sobre el lenguaje no sexista han proliferado. Supongo que alguna de ellas recomendará a nuestro perplejo pater familias que diga algo así como esto: Mi descendencia la forman cinco unidades. Pobrecillo.
   Desdramaticemos las cosas. No es el masculino el único elemento no marcado del sistema gramatical. Igual que en español hay dos géneros (en otras lenguas hay más, o hay solo uno), hay también dos números, singular y plural (en otras hay más, o solo uno), y el singular es el número no marcado frente al plural. Así, del mismo modo que el masculino puede asumir la representación del femenino, el singular puede asumir la del plural. El enemigo significa, en realidad, ‘los enemigos’. Sumando ambas posibilidades de representación puedo decir que el perro es el mejor amigo del hombre para significar, en realidad, esto: ‘los perros y las perras son los mejores amigos y las mejores amigas de los hombres y las mujeres’. ¿Se entiende ahora un poquito mejor en qué consiste el mentado principio de economía?
   Hay tres tiempos verbales, y uno de ellos, el presente, es el tiempo no marcado frente al pasado y el futuro. Prueba de ello es la capacidad que tiene para suplantarlos: Colón descubre América en 1492 significa en realidad ‘Colón descubrió América en 1492’, y mañana no hay clase significa ‘mañana no habrá clase’.
   A pesar de lo cual, que yo sepa, no ha surgido por ahora ninguna Plataforma Ciudadana en Defensa de la Intolerable Discriminación del Plural, ni tengo noticia hasta el momento de la existencia de una Asociación Pro Visibilidad del Futuro, frente al Abusivo Presentismo Lingüístico.
   ¿Y por qué es el masculino, en vez del femenino, el género no marcado? Buena pregunta, para cuya compleja respuesta habríamos de remontarnos, en el plano lingüístico, hasta el indoeuropeo, y en el plano antropológico hasta muy arduas consideraciones, en las que no pienso engolfarme, acerca del predominio de los modelos patriarcales o masculinistas. Efectivamente, es más que posible que la condición de género no marcado que tiene el masculino sea trasunto de la prevalencia ancestral de patrones masculinistas. Llámeselos, si se quiere, machistas, y háblese cuanto se quiera de sexismo lingüístico. Séase consciente, sin embargo, de que intentar revertirlo o anularlo es darse de cabezadas contra una pared, porque la cosa, en verdad, no tiene remedio. Rosa Montero lo ha escrito admirablemente: “Es verdad que el lenguaje es sexista, porque la sociedad también lo es”. Lo que resulta ingenuo, además de inútil, es pretender cambiar el lenguaje para ver si así cambia la sociedad. Lo que habrá que cambiar, naturalmente, es la sociedad. Al cambiarla, determinados aspectos del lenguaje también cambiarán (en ese orden); pero, desengañémonos, otros que afectan a la constitución interna del sistema, a su núcleo duro, no cambiarán, porque no pueden hacerlo sin que el sistema deje de funcionar.
   Antes de seguir adelante conviene hacer una observación acerca del género neutro, pues en las discusiones sobre estos asuntos hay quien esgrime a menudo esa palabra, sin saber muy bien lo que dice, como posible vía de solución. Olvidémonos por completo del neutro. En español (a diferencia de lo que ocurría en latín) no hay más que dos géneros, masculino y femenino. Del neutro latino solo han sobrevivido en nuestra lengua unos pocos fósiles pronominales y el artículo lo. Así que una más que hipotética solución salomónica en que un ideal género neutro salvador viniera a solucionar el problema asumiendo el papel de género no marcado es una “solución” (¿?) absolutamente inviable.
   En realidad, es que no hay modo de modificar determinadas convenciones lingüísticas, las más profundas. Imaginemos uno. ¿Podríamos reunirnos en asamblea los quinientos millones (o más) de hispanohablantes para decidir que ya estaba bien, que después de diez siglos en que el masculino ha sido el género no marcado, ahora le tocaba al femenino? Alguien persuasivo (ya está ahí otra vez el dichoso masculino) tomaría la palabra para decir: “Señores y señoras...” (en estos vocativos iniciales la duplicación sí es bien lógica y está asentada desde antiguo; el principio de economía apenas se resiente). Luego seguiría: “Estamos aquí reunidos (otra vez el masculino) para...”. Etcétera. Se sometería a votación la siguiente propuesta: “A partir de mañana mismo, el femenino pasa a ser el género no marcado. Ya iba siendo hora. Se dirá en adelante los árboles y las plantas estaban secas; tengo cinco hijas: Pedro, Juan, Manuel, María e Isabel; estamos aquí reunidas...”. La votación sería más bien complicada. ¿A mano alzada? ¿Por aclamación? ¿Se convocaría un referéndum? ¿Podría nuestro persuasivo orador controlar el previsible guirigay de la masa? ¿Qué hacer con los disidentes? Transcurridos diez siglos, ante la aparición de nuevas guías idiomáticas diametralmente opuestas a las de hoy, y de Plataformas por la Visibilidad del Masculino en el Estado Español, se suscitaría la necesidad de que una nueva asamblea (¿de cuántos millones de almas?) diera nuevamente la vuelta a la tortilla, pues ya le tocaba otra vez al masculino. Y así sucesivamente. No hace falta decir que estoy utilizando el recurso dialéctico de la reducción al absurdo. Con su poquito de guasa.
   Una última consideración, también desdramatizadora y relativizadora. En español, los nombres que designan seres animados, y por tanto dotados de sexo, pueden ser de tres tipos. Unos tienen marcas de género (niño / niña, monje / monja, profesor / profesora...). Otros no las tienen, pero sí tienen dos géneros, evidenciados por la doble concordancia que establecen con el artículo o con otras palabras (el artista / la artista, el modelo / la modelo, el cantante / la cantante, el portavoz / la portavoz...). Otros, ciertamente, vacilan. Pero hay un tercer grupo que me interesa especialmente: es el de los nombres llamados epicenos; los epicenos tienen un solo género gramatical, pero sirven para referirse tanto a seres de sexo masculino como a seres de sexo femenino. Ahí se ve muy bien que no se deben identificar género y sexo. Pues bien, hay muchos nombres epicenos que son femeninos, lo que supone una muy modesta compensación al avasallador poder del masculino como género no marcado. En una persona, una criatura, una víctima, una figura, una eminencia... el femenino asume la representación tanto del masculino como del femenino. A ningún hombre se le ocurrirá sentirse discriminado por ello. Faltaría más.
   Hay otro ejemplo muy bonito, y de más calado. En italiano -una lengua hermana de la española, y hablada por un pueblo a menudo tildado de masculinista o de machista- un pronombre femenino, Lei (literalmente ‘ella’), se utiliza con el mismo valor que nuestro usted, es decir, asume, en el tratamiento de respeto, la representación tanto de un hombre como de una mujer. Bien pensado, otro tanto le ocurría al antecesor de nuestro usted, la forma vuestra merced, con esa visible marca femenina en el posesivo, en consonancia con el género femenino de merced.
   Ya sé que estos ejemplos de ligera prevalencia del femenino implican muy parva compensación. Espero, al menos, que sirvan, como lo pretende la totalidad de este artículo, para relativizar las cosas, desdramatizando a todo trance una terca realidad contra la que es estéril estrellarse: la condición inamovible del masculino como género no marcado.
   Pedro Álvarez de Miranda es catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia Española.

martes, 13 de marzo de 2012

PRENSA. "¡Era tan normal!", por Juan José Millás

Juan José Millás
   En "El País":
¡Era tan normal!

Juan José Millás 9 MAR 2012

   Los sabios proclaman con énfasis que la lengua es un ser vivo y luego le niegan el principal atributo de los seres vivos: el sexo. Nos quejamos de que la gente confunda el sexo con el género, pero ni los gramáticos ni los biólogos se dignan explicar las razones de dicha confusión. Prefieren despacharla como un problema de ignorancia colectiva en el que no vale la pena detenerse. Está además ese raro empeño de los gramáticos en demostrar que el pensamiento dominante de la tribu no deja rastros en sus usos lingüísticos, lo que choca con la experiencia de todos los días. Miren, el discurso de una persona triste suele también ser triste. Pero bueno, podría ser, podría ocurrir, vale, que en un país donde no hay apenas directoras de periódicos, ni presidentas de bancos, ni académicas de número, en un país donde las mujeres cobran por el mismo trabajo menos que los hombres, o donde las tareas del hogar, según las encuestas, continúan fatalmente repartidas, podría suceder, decíamos, que la corriente de pensamiento que ha conducido a tal situación no se reflejara para nada en el vehículo de las ideas, que son las palabras. En tal caso, deberíamos deducir que la lengua, además de un ser vivo sin sexo, sería una psicópata, al modo de los asesinos en serie capaces de disimular su condición hasta el punto de pasar por gente encantadora. ¡Era tan normal!, exclaman los vecinos cuando la policía detiene al muchacho que llevaba meses cocinando las vísceras de su novia, previamente descuartizada y congelada.
   A ver si un día de estos nos levantamos y tenemos que decir lo mismo de nuestra lengua: ¡era tan normal! Entre tanto, sería estimulante que los peritos, en vez de calificar de idiotas a quienes de un tiempo a esta parte sienten cierta incomodidad al hablar o ser hablados, se preguntaran por las razones de tal desasosiego.

viernes, 9 de marzo de 2012

PRENSA. Sobre lenguaje sexista. "Pero, ¿dónde estaba la RAE?", por Inés Alberdi

Inés Alberdi

   En "El País":
Pero, ¿dónde estaba la RAE?

INÉS ALBERDI 6 MAR 2012
 
 ¿Cómo puede sorprenderse el profesor Bosque de que para preparar una Guía de uso no sexista del lenguaje no se consulte con la Academia de la Lengua? Que yo sepa, la Academia de la Lengua tiene un récord muy pobre en esta cuestión. Lo que sorprende es que no haya sido esta institución la que se haya ocupado de darnos sugerencias para hacer un uso del lenguaje que no oculte a las mujeres.
   ¿Por qué la RAE no ha dicho nada hasta ahora de cómo el lenguaje español hace invisibles a las mujeres? ¿Dónde están sus análisis y sus recomendaciones para dar un uso más de acuerdo con la igualdad de género? La Academia es, como dice el profesor Bosque, la institución que debe vigilar por el buen uso de la lengua, pero esto no le ha parecido un problema o no le ha interesado.
   Bienvenida sea la Academia de la Lengua a este debate en el que tendría que haber estado hace años. No necesariamente para decirnos lo que hay que hacer sino para sumar su conocimiento y su experiencia al de tantas otras personas e instituciones que conocen aspectos que también habrá que tener en cuenta.
   No entiendo que el informe de la RAE se refiera constantemente al criterio de autoridad de las escritoras, olvidando que si hablamos de si la lengua hace invisibles a las mujeres este es un problema que puede ser denunciado tanto por hombres como por mujeres. Olvida que defender los derechos de las mujeres no es una cuestión femenina sino de todos.
   En sus argumentos contra las guías se refiere casi exclusivamente a una de las cuestiones que estas señalan, la necesidad de hacer manifiesta la presencia femenina en cualquier colectivo al que nos estemos refiriendo, niñas y niños, padres y madres, cuestión que la lengua española oscurece a través del uso del genérico masculino. Como decía con gracia la madre de una niña del colegio de mi hija, ya hace años, las reuniones de padres eran reuniones de madres. Este es quizás el aspecto más difícil de revisar si queremos que el español no olvide a las mujeres, pero hay muchos otros. La propuesta que hacen algunas guías, de reiterar constantemente el masculino y el femenino de todo, no le gusta y lo ridiculiza. A mí tampoco, pero no me burlo porque el tema me parece muy serio. Creo que hay formas posibles de evitar esa reiteración. Por ejemplo, hablar del género humano en vez del hombre cuando se habla de la evolución. No se trata tanto de señalar con el dedo a los que abusen del genérico masculino, como tratar de enseñar a todos a hablar con mayor rigor y respeto a la igualdad de género.
   La lengua es hija de la historia y por ello no debe sorprendernos que la española sea tan sexista. Casi todas las lenguas lo son e incluso el inglés, que tiene mayor flexibilidad para adaptarse a los tiempos actuales, permite usos que reflejan la superioridad de lo masculino en nuestra cultura. Un artículo publicado el mes pasado en el semanario The Economist sobre la genética del cerebro se titulaba What’s a man? (¿Qué es un hombre?) para reflexionar sobre que hace humanos a los humanos. Pues bien, yo no diría que este semanario es sexista por usar esta forma de hablar tan arraigada, pero sí les diría, como digo a mis estudiantes, que procuren reflexionar sobre cómo escriben y traten de no olvidar a las mujeres al hacerlo.
   Yo no me considero sexista por decir los estudiantes pero si creo que debo esforzarme lo más posible por usar un castellano correcto y hacer un uso del mismo más integrador de lo femenino.
 
   Inés Alberdi es catedrática de Sociología de la Universidad Complutense. Fue directora del Fondo de Naciones Unidas para la Mujer.

PRENSA. Sobre lenguaje sexista. "No veo qué ganamos las mujeres", por Milagros del Corral

Milagros del Corral

   En "El País":
No veo qué ganamos las mujeres

MILAGROS DEL CORRAL 6 MAR 2012

   Ha tardado mucho pero, al fin, la Real Academia de la Lengua ha emitido su opinión a propósito del supuesto carácter sexista del español a través del informe rigurosamente fundamentado de Ignacio Bosque, cuya versión íntegra publicó EL PAÍS el domingo. No puedo sino estar de acuerdo con la crítica responsable de la RAE. Y ello a pesar de que soy mujer y una profesional que, desde muy joven, ha trabajado en entornos mayoritariamente masculinos. Soy también consciente de que la mujer todavía está lejos de alcanzar la equiparación social y profesional que le corresponde y, en consecuencia, soy una firme partidaria de la defensa de mis derechos, que son los derechos de media humanidad. Digo, pues, no a la discriminación de la mujer en cualquiera de las muchas modalidades en que ésta aún se produce. Y mi no es un no rotundo.
   Sin embargo, esta reciente costumbre de pervertir nuestra maravillosa lengua castellana me parece un puro sinsentido. Nunca me he sentido excluida de forma gramatical alguna, singular o plural, ni creo que los hombres se sientan discriminados al ser aludidos, en singular y en plural, como artistas, periodistas, trapecistas, etcétera. Sin duda aquí se ha producido un error, aunque haya sido con la mejor intención. Aquí se ha confundido sexo con género, biología con gramática, gimnasia con magnesia.
   Cada generación, en un esfuerzo involuntario de autoafirmación, aporta modismos nuevos e incorpora préstamos lingüísticos, con o sin razón de ser. Muchos no pasan de ser una simple moda que se desvanece en unos pocos años. Ahorro a mis lectores la enumeración nostálgica de ejemplos pasados porque sería demasiado larga. Solo a modo de ejemplo les recordaré que, en su día, lo “sexy” era “sicalíptico”, y los mayores unos “carrozas”; vocablos que, caídos en desuso, nos parecen tanto o más anticuados que los del Siglo de Oro. A decir verdad, pocos son los que alcanzan larga vida.
   Pero lo de ahora es distinto porque el activismo feminista, de la mano de una serie de instituciones que quieren ser políticamente correctas, quieren hacernos creer con sus guías de uso de lenguaje no sexista que la visibilidad de las mujeres pasa por desnaturalizar nuestro idioma con fórmulas rebuscadas, cuando no claramente atentatorias contra la morfología gramatical o sintáctica, sin miedo alguno a recargar el discurso hasta límites estéticamente insoportables: niños y niñas, andaluces y andaluzas, jueces y juezas, miembros y miembras… sublime. Eso cuando no nos atropellan con amig@s, utilización supuestamente genial del símbolo de una medida de líquidos y, más recientemente, del dominio de las direcciones de correo electrónico. No veo qué ganamos las mujeres viéndonos equiparadas a líquidos medibles o a dominios, por muy de correo electrónico que sean. Mmm… “medibles” y “dominios” a mí no me cuadran con los fines perseguidos.
   Amén del innecesario estropicio lingüístico, no creo que recomendaciones de esta naturaleza sirvan de nada a nuestra mayor visibilidad. Ni mucho menos que lleguen muy lejos. De momento, solo las aplican de forma acrítica algunos políticos de posmodernidad mal entendida. Y, desde luego, no han logrado calar en el habla popular. Tan solo lo han hecho en la Constitución venezolana, que no es precisamente un referente ilustrado. Y no han calado porque el pueblo es sabio e inconscientemente siente que las expresiones recomendadas rayan en lo ridículo y no convienen a la economía de la comunicación, pecado grave en la era de Twitter y el microrrelato. Quiero creer que se trata de una moda pasajera, una más, esta vez presumida “de izquierdas postmodernas” que jamás he seguido ni seguiré. “Cosas veredes, Sancho”…

   Milagros del Corral es exdirectora de la Biblioteca Nacional.

jueves, 8 de marzo de 2012

PRENSA. "Todas", por Rosa Montero

Rosa Montero

   En "El País":
Todas

Rosa Montero 6 MAR 2012

   Impresionante polvareda la que ha levantado el informe de la Real Academia sobre el Sexismo Lingüístico, como evidenciaba ayer el estupendo reportaje de Winston Manrique. El texto de Ignacio Bosque que ha originado la zapatiesta es magnífico y no tiene nada que ver con las rancias gracietas de esos articulistas que se creen ocurrentísimos al escribir “miembros y miembras”. La lengua es como la piel de la sociedad; se adapta a los repliegues del cuerpo colectivo y sigue fielmente sus cambios. Es un tejido vivo que no puede modificarse por decreto: los ortopédicos tropezones de los “compañeros y compañeras” no son más que feísimas verrugas que, de seguir creciendo desordenadamente, terminarán por convertir nuestro cuerpo social en un deformado hombre (mujer) elefante. Es verdad que el lenguaje es sexista, porque la sociedad también lo es. Cuentan las profesoras de párvulos que a los muy pequeños hay que decirles “todos” y “todas”, porque, si no, las niñas no se sienten aludidas. O sea: no es algo natural, sino un orden impuesto y masculino. Pero eso no se arregla con voluntaristas verrugas verbales, sino modificando la realidad. Porque el lenguaje se va adaptando a esos cambios: hace seis años, al comienzo de las bodas homosexuales, nos chocaba que un hombre llamara a otro “mi marido”, pero hoy ya no. Porque refleja una realidad. Yo ya no uso “el hombre” como genérico, porque me chirría. Utilizo “el ser humano” o “los humanos” y las frases quedan, creo, más naturales, porque la sociedad ya ha dejado eso atrás. A veces, estando muchas mujeres con un solo hombre, se nos ha escapado sin querer un “todas” y nos hemos reído. Quién sabe, quizá en el futuro la concordancia se hará con el género que más abunde en cada momento. Pero, de ser así, saldrá naturalmente; y me temo que antes tendríamos que haber cambiado mucho.

PRENSA. "Quiero", por Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":
Quiero

Elvira Lindo 7 MAR 2012

   Con 31 años de experiencia laboral a mis espaldas creo que voy aprendiendo a sintetizar lo que quiero. Quiero, por ejemplo, que los directivos de los medios de comunicación sean escrupulosos en el tratamiento que se les da a las mujeres, no sólo desde la información o el editorial sino también desde las columnas. La chulería y el desprecio hacia la condición femenina aún tiene un sorprendente hueco celebradísimo en el columnismo español. Me gustaría que los sueldos de las mujeres igualaran a los de los hombres, que se considerara la promoción de las mujeres a puestos directivos si éstas cuentan con los mismos méritos que los hombres. Quiero que se respete la maternidad en los centros laborales porque es algo que, entre otras cosas, nos beneficia a todos. Quiero que en el trabajo se nos trate con igual consideración que a los hombres. Es posible que los varones no sean conscientes de ello pero es habitual percibir un trato condescendiente o paternalista que se nos concede, para colmo, como un regalo.
   Quiero que el sentido común que desprende el documento escrito por el filólogo Ignacio Bosque y suscrito por varios académicos sobre el lenguaje no sexista contagie de sentido común otras decisiones de la Real Academia, que entre elegir a un nuevo ilustre mediocre o a una nueva ilustre mediocre se suelen decantar con demasiada frecuencia por la primera opción. Es decir, que traten de predicar con los hechos; al fin y al cabo, es lo que están defendiendo en su escrito.
   No quiero que sindicatos, centros laborales dependientes de un ministerio o comunidades autónomas, etcétera, presionen a trabajadores o aspirantes a utilizar el lenguaje de determinada manera. Son tan fundamentales los aspectos que las mujeres deseamos mejorar que, francamente, estar incluida en un plural masculino que se entiende como genérico me importa bien poco.

martes, 6 de marzo de 2012

PRENSA. "¿La lengua tiene género? ¿Y sexo?"

Ilustración de Fernando Vicente. ("El País")

   En "El País":
¿La lengua tiene género? ¿Y sexo?
   Una decena de personalidades de la cultura, la política y la educación entra en el debate sobre el sexismo del idioma español planteado por Ignacio Bosque.
   Winston Manrique Sabogal 5 MAR 2012

   ¡Ya era hora! ¡Bienvenido el debate! Esta es la sensación general al informe 'Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer', presentado ayer por el académico Ignacio Bosque y respaldado por un pleno de la Real Academia de la Lengua. Y tras el aplauso casi todos hacen observaciones al análisis que estudia nueve guías de lenguaje no sexista editadas por universidades, comunidades autónomas, sindicatos, Ayuntamientos y otras instituciones. Si bien es cierto que Bosque deja claro que no hay discusión alguna sobre la necesidad e importancia de reconocer a la mujer su lugar en igualdad de condiciones que el hombre, explica, desde su especialidad de la gramática, los desencuentros y desaciertos entre esa intención y el resultado lingüístico, que en ocasiones caen en lo absurdo o ridículo. Recuerda que parte de ello se puede deber a la confusión entre género y sexo y reclama una mayor atención en la enseñanza de escuelas y colegios, a la vez que aboga por soluciones dentro de la sensatez del uso de la lengua.
   Una situación debida, en parte, a dos ondas expansivas claves de los últimos años: la imperiosa necesidad de reconocer los derechos e igualdades a las minorías o grupos marginados y la imposición del llamado lenguaje políticamente correcto, trenzados en el caso de combatir contra la discriminación de la mujer. Sobre este punto, Bosque dice: “Puede existir, en efecto, alguna relación entre el lenguaje que se propugna en estas guías y la tendencia general a usar términos políticamente correctos. Aun así, creo que la relación es solo indirecta, ya que el conjunto de medidas que propugnan las guías de lenguaje no sexista no afecta solo al léxico, sino también a la sintaxis y a la morfología. Tienen, pues, mayor incidencia sobre la estuctura del idioma”.
   Ante la pregunta sobre qué mensaje podría dar a los profesores, sobre todo de primaria y secundaria, y la población en general, el académico empieza con un ejemplo: “No estoy seguro de en qué medida han calado las propuestas de estas guías entre los profesores de Enseñanza Media, pero algunos amigos me decían hace poco que sus hijas no sabían si debían considerarse excluidas o no cuando en la escuela se hablaba de niños o de alumnos”. Bosque insiste en que el artículo no es más que una llamada a la sensatez. Asegura que en el texto se critica la suposición gratuita de que una serie de pautas del lenguaje común, usadas por todos los hispanohablantes, son sexistas. Pero añade: “No hay ninguna razón para suponer que lo sean, ni para tachar de sexista a la mayor parte de la población hispanohablante por el simple hecho de usarlas”.
   Son varias las personas que han dado su opinión sobre el análisis y el tema en general.

ADELAIDA DE LA CALLE
Rectora de la Universidad de Málaga y presidenta de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas.
   “Es un auténtico trabajo de investigación con todo el sentido. La sociedad española ha funcionado normalmente con un lenguaje muy sexista y hay que cambiarlo, igual que hemos cambiado montones de actuaciones. La mujer debe contar en todo, y eso incluye el lenguaje. Es cierto que la lengua es algo vivo y se va adaptando a las circunstancias en cada momento y características, y que, hasta hace relativamente poco, la mujer no formaba parte de muchos aspectos y era difícil que contase en una estructura lingüística diferente a la que se había ido generando a lo largo del tiempo. Ahora somos conscientes y lo estamos intentando. Hay que poner a la mujer en valor y hacer el esfuerzo de cambiar el lenguaje, aunque no se puede lograr de la noche a la mañana. Debemos trabajar desde los primeros niveles de la enseñanza. También tengo claro que el genérico se debe seguir utilizando porque no se hace con tono discriminatorio”.

AMELIA VALCÁRCEL
Catedrática de Filosofía Moral y Política (UNED)
   “La gramática no es la vida”.

CARMEN BRAVO
Secretaria Confederal de la Mujer de CC OO.
   “Al académico, catedrático y ponente de la Nueva gramática, ante el conocimiento de las numerosas publicaciones para la utilización de un lenguaje no sexista, debiera inquietarle esta realidad e instar a la Academia a promover la utilización de un lenguaje no sexista; no para dar mayor visibilidad a la mujer a través del lenguaje, sino para no ocultar el género social: mujeres y hombres.
   Si el uso genérico del masculino para designar a los dos sexos está muy asentado como él dice, lo está, entre otras razones, por el sesgo androcéntrico de las instituciones y de quienes son responsables de la vigilancia del buen uso de la lengua. Por eso, desde Comisiones Obreras promovemos un uso de la lengua más inclusivo desde el punto de vista del género y más igualitario desde la práctica democrática del lenguaje y demandamos que la RAE también lo haga.
   En CC OO las guías sobre la utilización de un lenguaje no sexista son elaboradas por personas expertas y formadas académicamente (no precisamente por este autor), con excelentes currículos en lengua española, por lo que nuestra apuesta por un lenguaje inclusivo de género no carece de fundamentos lingüísticos, ni de objetivos sociales como son: democratizar el lenguaje y dar visibilidad social a los géneros femenino y masculino y lograr una sociedad más igualitaria y transparente desde el punto de vista del género lingüístico”.

INMACULADA MONTALBÁN
Presidenta de la Comision de Igualdad del CGPJ
   “La profesora sustituta llegó a la clase de música de primaria y animosa exclamó: ‘Ahora vamos a cantar todos los niños’. La hija de mi amiga quedó callada como el resto de sus compañeras. No se dieron por aludidas. Su maestra de todos los días hablaba de niños y niñas.
   Es un ejemplo de la importancia del lenguaje en la formación de las personas y en sus actitudes. La utilización de un lenguaje no sexista es algo más que un asunto de corrección política, porque influye poderosamente en el comportamiento y en las percepciones.
   Nombrar algo o a alguien es darle presencia, visualizarlo. Mediante el lenguaje se nos llama y se nos ignora y todo ello condicionará la imagen de la realidad que nos construyamos y cómo la transmitiremos. Para existir todo debe tener un nombre. La utilización sexista del lenguaje implica la invisibilidad de las mujeres, tanto de su presencia como de sus logros. Así lo entiende la Ley de Igualdad, cuando fija como criterio general de actuación de los poderes públicos la implantación de un lenguaje no sexista en el ámbito administrativo. Una prescripción respetada por el Consejo General del Poder Judicial que, a propuesta de su Comisión de Igualdad, aprobó unas Normas mínimas para evitar la discriminación de la mujer en su lenguaje administrativo”.

LAURA FREIXAS
Autora de Literatura y mujeres.
   “1) Me parece excelente que haya debate -nada menos que en la portada de EL PAÍS- porque para solucionar un problema cualquiera (en este caso la invisibilidad lingüística de las mujeres) el primer paso imprescindible es reconocerlo como problema. Es una buena noticia que el debate sobre el sexismo de la lengua se haya colocado en la agenda, como pasó hace unos años con la violencia de género, y, hace un siglo largo, con el sufragio femenino. Vamos bien. Además, me alegro de que por fin se plantee un debate, con argumentos, en lugar de las caricaturas, exabruptos y ocurrencias a los que algunos articulistas (lo pongo en masculino porque son todos varones) nos tienen acostumbrados/as. ¡Ya era hora!
   2) Desde sus orígenes en el siglo XVIII, el feminismo creyó que la igualdad entre los sexos se conseguiría mediante la igualdad política, jurídica y educativa. Cuando por fin las hemos conseguido, resulta que aún estamos muy lejos de la igualdad real. ¿Por qué? ¿Qué ha fallado, qué falta? Yo creo que la respuesta está en la cultura. Y la cultura es la ilustración figurativa de lo que el lenguaje expresa a un nivel más abstracto: la jerarquía entre los sexos y el monopolio de la condición humana por parte del varón. El lenguaje tiene parte de culpa de que todo lo femenino sea visto como parcial, marginal, particular... mientras que lo humano se confunde con lo masculino. Para decirlo gráficamente: prefiero decir ser humano en vez de hombre porque puedo decir: ‘Como ser humano moderno, yo...’ y no: ‘Yo, Laura Freixas, en tanto que hombre moderno...’. O porque si digo ‘El hombre medieval moría con frecuencia en el campo de batalla’, nadie se pregunta de qué morían las mujeres. Se supone que hombre abarca a ambos sexos pero, ¿acaso podemos decir: ‘El hombre medieval a menudo moría de parto’?”.

JAVIER GOMA
Filósofo y director de la Fundación Juan March.
   “Las reglas que regulan el lenguaje son una creación popular, emanaciones del pueblo y de su espíritu como diría Montesquieu, y, por tanto, no hay nada más soberano y democrático que lo que emana del pueblo, y el lenguaje es soberano. Por otra parte, no es nunca neutro en el sentido de que cuando uno utiliza una palabra no solo se refiere a lo que ese término designa, sino a un universo de connotaciones, de tal manera que cuando sea correcto gramatical o sintácticamente también ellas están cargadas de ideología. Son dos observaciones paralelas y no debemos admitirlas por ser solo una cuestión filológica porque lo ideológico le subyace con una visión del mundo. Y si la sociedad entiende que esa visión del mundo que subyace a la filología es incorrecta o degradante o injusta creo que se pueden adoptar algunas medidas para corregirlas. El lenguaje es en sí mismo una costumbre y las correcciones deberían convertirse en costumbre y no en una imposición de nadie”.

PURIFICACIÓN CAUSAPIÉ
Secretaría de Igualdad del PSOE.
   “Valoramos positivamente que el informe reconozca la desigualdad y la discriminación de la mujer existente en nuestra sociedad; si bien considera que el lenguaje debe hacer visibles a las mujeres, contribuyendo de esta forma a erradicar esa desigualdad. El idioma es algo vivo y cambia para adaptarse a la sociedad y en este sentido el lenguaje debe servir para expresar también la igualdad entre hombres y mujeres. Debemos encontrar un consenso, por supuesto también con los lingüistas y con la Real Academia, para alcanzar este objetivo”.

ENRIQUE VILA-MATAS
Escritor
   “Me es imposible verlo de un lado distinto al de la Real Academia. El lenguaje está hecho esencialmente para entenderse. Por tanto, todo lo que se aparte de esto es un despropósito. Y despropósito es creer que siempre hay discriminación en las expresiones nominales construidas en masculino con la intención de abarcar los dos sexos. Y aún mayor despropósito es que, siguiendo las recomendaciones de una guía no sexista, creamos que hay que decir ‘personas sin trabajo’ en lugar de algo que todos comprendemos muy bien: ‘Parados’. A este paso, acabaremos -para variar- no entendiéndonos nada entre nosotros, hablando de Españadanía para no tener que decir Españo o España (demasiado masculino o femenino respectivamente)”.

FRANCISCO FERNÁNDEZ BELTRÁN
Presidente de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas.
   “El informe de la Academia es un estudio equilibrado y una advertencia necesaria sobre ciertos abusos. Resulta evidente que todos los ejemplos expuestos merecen una reflexión desde el punto de vista lingüístico. No hay que olvidar que determinadas prácticas y recomendaciones de las citadas guías se plantean para hacer una llamada de atención sobre una situación de infravaloración de las mujeres, que en determinados ámbitos no han alcanzado la plena igualdad, pero ello no debe poner en riesgo la utilidad del idioma como herramienta de comunicación y relación”.

OUKA LEELE
Fotógrafa y artista.
   "Creo firmemente en el poder de la palabra. La influencia de la estructura del lenguaje en la cultura es enorme. El uso de las palabras ha de ser consciente y si en cuanto a la visibilidad de la mujer ha de hacerse una revisión del lenguaje, estoy completamente de acuerdo con ello. Es importante que nos demos cuenta de lo que decimos y de lo que nuestras palabras pueden influir sobre todo cuando se trata de la formación de las niñas y los niños que ya en el aprendizaje de su lengua materna reciben todo el peso de su cultura casi sin darse cuenta. E interiorizan una supremacía o minusvalía de su género en el simple hecho de aprender a hablar.
   Por otro lado hay palabras como poeta que son muy bonitas y que no necesitan de la palabra poetisa o poeto para definir su género cuando se puede entender por el artículo: la poeta o el poeta. Como no me gustaría periodistisa para el femenino de periodista o periodisto para el masculino. Hay también que cuidar la belleza de una lengua cuando se plantean cambios para la mejoría, la igualdad y la dignidad de todas las personas que practican esa lengua".