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viernes, 22 de enero de 2016

CONFLICTOS INTERNACIONALES. "Detener a tiempo las guerras". Martín Ortega Carcelén

Martín Ortega Carcelén

   En "El País":

Detener a tiempo las guerras

En la era global no se puede permitir que un conflicto se deteriore como ha sucedido en Siria

 O bien Europa exporta estabilidad o termina importando inestabilidad. Olvidamos este principio, dormitamos en los laureles, cuando alguna crisis en el vecindario envía una marea de refugiados que nos despierta del plácido sueño. Además, olvidamos que exportar estabilidad es más barato y rentable en el largo plazo. La inestabilidad conduce a situaciones que se escapan de las manos. Todavía no sabemos qué consecuencias tendrá la llegada de refugiados a Europa o cuál será el coste de la lucha contra el terrorismo instigado por el ISIS. A pesar de esto, seguimos dejando que las situaciones internacionales empeoren, para curar a la desesperada cuando ya nada se puede prevenir.
Aceptando que los primeros perjudicados por la guerra civil son los mismos sirios y en segundo lugar los países adyacentes, Europa está sintiendo los efectos de aquella guerra. Su influencia negativa nos llega aquí atenuada, pero su impacto sobre la región es peor. Está por ver si las tensiones actuales provocan otros conflictos, o si la rehabilitación de Siria, una tarea que llevará mucho tiempo, dinero y esfuerzos, debe hacerse al precio de su integridad territorial. Rediseñar fronteras es una perspectiva que deberíamos rechazar en todo caso porque supone abrir cajas de Pandora difíciles de cerrar.
No debemos autoinculparnos por la guerra civil en Siria. Ahora bien, es importante reconocer algunos errores del pasado y aprender las lecciones para el futuro. Con perspectiva histórica, la guerra comenzada en 2011 es impropia del siglo XXI, y los europeos pecamos durante años de pasividad irresponsable. No iniciamos la guerra ni la atizamos, pero asistimos impasibles a su degradación hasta límites inhumanos y peligrosos, sabiendo que estaba demasiado cerca y afectaba a millones de ciudadanos inocentes. Todas las proclamaciones europeas en favor de la paz internacional y de los derechos humanos se vieron puestas en tela de juicio mientras andábamos demasiado preocupados con asuntos internos.
En el tablero sirio, Turquía jugó sus piezas, Arabia Saudí las suyas, Rusia defendió sus intereses y a Bachar el Asad, e Irán apoyó también al régimen a través de Hezbolah. Por supuesto, algunas facciones iraquíes no iban a quedarse fuera y se lanzaron igualmente a la melée. Estados Unidos observó desde cierta distancia el desbarajuste y solo reaccionó en serio cuando el Gobierno sirio usó armas químicas, lo que condujo a la resolución 2118 del Consejo de Seguridad de 2013. Una gota de agua en el infierno. Los europeos no quisimos enterarnos de lo que estaba pasando, como si la guerra estuviera ocurriendo en un planeta distinto. Solo demasiado tarde estamos apoyando los esfuerzos de la comunidad internacional representados en la conferencia de Viena y la planeada en Ginebra.
Si alguien piensa que un contendiente ha ganado la partida en Siria, se equivoca. Hoy las victorias militares son pírricas; los ciudadanos sirios son la medida del combate y estos han perdido miserablemente. El país está roto, con al menos cuatro fuerzas que controlan militarmente el territorio. Ahora nos hemos centrado en la lucha contra la facción más salvaje. El problema de suprimir a los yihadistas del ISIS es que están a caballo entre Siria e Irak. Su poder actual entronca con el desmantelamiento del ejército iraquí en 2003, una decisión desafortunada como ha reconocido Tony Blair. Acabar con el impacto del ISIS requiere nuevos acuerdos regionales que incluyan la estabilización de Irak y de Siria. Más que conferencias puntuales necesitamos un pacto regional de gran alcance sostenido por los actores globales.
Si alguna lección hay que sacar del contagio sirio, es que las guerras deben detenerse a tiempo. En la etapa global es intolerable que permitamos un conflicto deteriorarse de ese modo. Y para ello es preciso una acción exterior, tanto europea como estatal, más atenta a la realidad y más decidida a implicarse cuando sea necesario. Los europeos quizá no tenemos todos los medios, pero debemos jugar un papel de conciencia global y movilizar a otros actores. Esto se aplica no solo a las instituciones europeas sino también al Gobierno nacional. En la reciente campaña electoral, las cuestiones internacionales han brillado por su ausencia, como si España fuera una fortaleza rodeada de murallas. No hay castillo, no hay murallas. Estamos sometidos a los vientos, al calor y al frío que vienen del exterior.
Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid.
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    viernes, 15 de enero de 2016

    CRISIS HUMANITARIA. "La próxima crisis de refugiados". Santiago Roncagliolo

       En "El País":

    La próxima crisis de refugiados

    Más de cinco millones de palestinos viven en campos de Siria; si un nuevo estallido de violencia les obliga a huir la cifra de quienes se dirigen a Europa se duplicará. Es urgente encontrar una solución política al conflicto palestino

     31 diciembre 2015
    La próxima crisis de refugiados                                                                      RAQUEL MARÍN
    "Yo nací aquí. Y he pasado toda mi vida aquí. Pero soy de otro lugar”.
     A sus 49 años, Hatim Mihjiz jamás ha salido de la franja de Gaza. Aun así, cuando le preguntan de dónde es, sigue respondiendo que del pueblo de Al Jiyya, cerca de Ashkelon.
    En realidad, el que vivía ahí era su padre, Ibrahim, hasta la guerra árabe-israelí de 1948, cuando Israel ocupó la zona y echó a los palestinos. Ibrahim fue enviado al sur, al campo de refugiados de Beach, en la costa de Gaza, donde acabó sus días, y donde sus descendientes siguen esperando el momento de volver.
    Para gran parte de la opinión pública europea, los refugiados son un fenómeno surgido este año, cuando la violencia empujó a centenares de miles de sirios hacia el Mediterráneo y hacia los titulares. En cambio, para Hatim, “refugiado” es casi una nacionalidad. Nació en esa condición. Quizá muera en ella.
    Su barrio, Beach, no se parece a los campos que uno ve por televisión. En seis décadas y media, ha dejado de ser un campamento para convertirse en un conjunto habitacional de cemento y asfalto. De no ser por las pintadas en árabe de las paredes, se confundiría con cualquier chabola de Lima o Bogotá. Los refugiados tienen descendencia —hoy son más de un 1.300.000, dos tercios de la población de la franja—, y el espacio no crece por arte de magia. Gaza ostenta una de las mayores densidades humanas del mundo.
    Cuando Hatim se casó, dividió con un tabique el piso familiar y se instaló ahí con su esposa. Trabajaba en una fábrica textil. Tenía expectativas. Pero el huracán de la historia se llevó su futuro. Cuando llegó su segunda hija, Ola, estalló la segunda Intifada. Mientras nacía el tercero, Waseem, Israel levantó muros alrededor de Gaza, y ya nadie pudo entrar ni salir sin permiso. Las dificultades para comprar y vender obligaron a cerrar la fábrica, dejando a Hatim sin trabajo. Tras el nacimiento de su quinto hijo, Lama, el grupo radical Hamas tomó el poder de la franja por la fuerza y el cerco israelí se endureció.
    Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.

    Como Hatim, más de cinco millones de refugiados palestinos viven en campos de Siria, Líbano, Jordania y la propia Palestina bajo gestión de la United Nations Relief and Works Agency (UNRWA). Estos parias no son aceptados como ciudadanos ni por Israel ni por los países árabes. Para ellos, UNRWA es lo más parecido a un Estado. La agencia ofrece educación, salud, alimentos, algunas infraestructuras y servicios sociales, como centros para mujeres y préstamos para microempresas. Además, es la principal fuente de empleo: 29.000 de sus 30.000 empleados son refugiados.Hoy, Hatim, su esposa y sus siete hijos se amontonan en dos habitaciones. En la franja, el desempleo alcanza al 42% de la población, la mayor tasa del planeta. Entre la contaminación y el hacinamiento, Naciones Unidas calcula que Gaza será inhabitable en cinco años.
    El problema es que, tras 65 años —los últimos 15 de encierro a cal y canto—, la paciencia se agota y la presión aumenta. Aparte de Gaza, los asentamientos de Israel asfixian a los beduinos palestinos de Cisjordania: sus familias no pueden acceder al agua. Sus casas son sistemáticamente demolidas. Sus rebaños son confiscados cuando traspasan los límites —cada día más estrechos— de sus pueblos.
    En este espeso pantano, la violencia cría sus larvas: periódicamente, adolescentes de los campos cisjordanos se rebelan y arrojan piedras o palos al otro lado del muro. Algunos acuchillan. En respuesta, los militares israelíes disparan. En dos años, el porcentaje de refugiados heridos de bala aumentó un 139%. En 2014 murieron así 53 palestinos, 21 de ellos refugiados. Y solo en octubre de este año, 71 palestinos y 8 israelíes han perdido la vida en ataques armados.
    Hasta hoy, lo único que ha evitado una revuelta violenta o un éxodo de la población palestina es UNRWA. Con un presupuesto de unos 2.500 millones de dólares anuales, equivalente al de un país pobre, la agencia se las ingenia para crear oportunidades, proteger los derechos básicos de la población y mantener la paz social. Sin embargo, la guerra en Siria está reventando las costuras del statu quo. La violencia desestabiliza los campos sirios y encarece el mantenimiento de todos los demás. Este año, UNRWA necesitó un fondo de emergencia de 420 millones de dólares extra. Para el año que viene, faltan por cubrir 81 millones de dólares.
    El último verano, los refugiados se asomaron al abismo: un déficit de 101 millones de dólares estuvo a punto de impedir que se abran los colegios en los campos de UNRWA. Aparte de cancelar el porvenir de millones de personas, el cierre habría dejado en la calle a cientos de miles de jóvenes sin nada que hacer excepto, por ejemplo, descargar su frustración contra los militares israelíes. O tratar de saltar los muros.
    La situación se salvó in extremis con una inyección de fondos a cargo de la Unión Europea, Estados Unidos, algunos Estados europeos a título individual y varios países árabes. Gracias a ellos, el déficit quedó cubierto justo a tiempo. Los colegios abrieron. La bomba del tiempo detuvo el temporizador. Pero una nueva crisis es cuestión de tiempo. Los costos y la presión no paran de crecer.
    ¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
    No. Desde este año es también, crucialmente, un problema europeo. ¿Es eso un problema entre israelíes y palestinos? ¿Es una cuestión que debe resolver Oriente Próximo?
    La gran emergencia de refugiados hacia Europa estuvo cerca del millón de personas. Pero en los campos de UNRWA se acumulan cinco millones más. Si un estallido de violencia los obliga a huir, con que solo el 20% busque un futuro en la UE, la cifra de refugiados en el Mediterráneo se duplicará. La agencia calcula que 52.000 pobladores de los campos sirios pueden haber emigrado ya hacia Occidente. Y habrá que sumar a ellos los desplazamientos de población que produzcan los bombardeos contra el Estado Islámico.
    Convertirse en refugiado es como saltar de un rascacielos en llamas: solo se hace si resulta peor quedarse. En Oriente Próximo, no es posible contener la huida de las zonas arrasadas por la guerra. Pero la comunidad internacional sí puede presionar a las partes para encontrar por fin una solución política al conflicto palestino. Un acuerdo de paz es la única forma de evitar un nuevo foco de violencia y éxodo en la región. Y permitiría reasignar enormes recursos a las nuevas emergencias.
    La familia de Hatim lleva 65 años esperando esa solución. Hoy, Europa también la necesita.
    Santiago Roncagliolo es escritor.

    sábado, 23 de mayo de 2015

    PRENSA. Sobre Palmira, "La romántica ciudad de las columnas rosadas al alba". Jacinto Antón

       En "El País":

    La romántica ciudad de las columnas rosadas al alba

    Parece mentira que Palmira, que se mecía en una paz que parecía ya eterna, sea atacada

    Palmira
    La antigua ciudad de Palmira, en Siria. / YOUSSEF BADAWI (EFE)


    “El anochecer comenzó y ya casi no pude distinguir más que los pálidos fantasmas de los muros y columnas. Lo solitario de la situación, la serenidad del crepúsculo y la grandeza de la escena inundaron mi mente de pensamientos espirituales. La visión de una ilustre ciudad desierta, el recuerdo de tiempos pasados, la comparación con el presente, todo se combinaba para elevar mi corazón con sublimes meditaciones”. Este es el efecto que le causó Palmira, la antigua Tadmor, la novia del desierto, envuelta en el velo de su misterio, a uno de sus más ilustres visitantes y el que nos ha dejado un testimonio de mayor grandeza emotiva, Constantin François de Chasseboeuf de La Giraudais, más conocido por su seudónimo de Volney y hecho conde por Napoleón. Su libro Las ruinas de Palmira o meditaciones sobre las revoluciones de los imperios ofrece una reflexión sobre la decadencia de los poderes del mundo que cobra hoy una nueva, terrible actualidad, tras la irrupción del Estado Islámico en la vieja y sufrida ciudad caravanera nacida en un oasis alrededor de la fuente Efqa y demediada entre dos poderosos imperios, entre Roma y Partia, entre Occidente y Oriente.
    Parece mentira que la otrora opulenta metrópoli —engordada en una gran ruta comercial entre el Golfo Pérsico y el Mediterráneo—, que desde hacía siglos, tras sufrir guerras, asedios y mil dramáticas vicisitudes, se mecía en una bien ganada paz que parecía ya eterna, vuelva a ser atacada como en su día lo fue por las legiones de Aureliano que aplastaron el sueño de Zenobia, esa reina que se decía descendiente de Cleopatra y desafió al imperio de Roma. Cuentan en Palmira que la soberana se bañaba en la fuente sulfurosa para mantenerse joven como una Erzsbét Báthory de las arenas.
    Apenas hace seis años nos sentábamos Teresa, Xavier, Justo y yo como personajes sobrevenidos de Larry Durrell en un escalón del Tetrapylon al final de la impresionante avenida de columnas, respirando el excitante aire de la mañana y mudos de asombro ante el espectacular despliegue de belleza del área central de la ciudad, su lugar emblemático y más monumental. La tranquilidad, el silencio, la atmósfera de siglos acumulados entre la arena invitaba incluso entre gente mucho menos dada a la meditación que el viejo Volney a tener pensamientos grandes y nobles.
    Nos alojábamos en el pequeño hotel Zenobia Cham, un establecimiento privilegiado en medio de las ruinas con capacidad para solo 20 viajeros que regentaba en los años treinta la célebre aventurera de origen vasco Marga d’Andurain, de la que se decía que había sido espía de Lawrence de Arabia y cabalgaba desnuda entre las piedras (a ella le dedicó un libro la escritora Cristina Morató, con la que viajábamos). ¿Qué será estos días de ese maravilloso hotelito en el que se alojaron en su día Agatha Christie —ahí se dice que acabó Asesinato en Mesopotamia—, Jean Giradoux, Alfonso XIII o la dolida viajera Annemarie Schwarzenbach? ¿Y qué habrá sido de los simpáticos habitantes del pueblo junto al yacimiento que nos invitaban a limonada y reían a carcajadas cuando nos probábamos los supuestos cascos romanos que vendían en las baqueteadas tiendas de souvenirs? El servicio de antigüedades sirio nos montó entonces una increíble velada dentro del recinto del templo de Baal Schamin, un conjunto tan impresionante como Karnak, y allí nos obsequiaron con té, dulces y cantos beduinos, de esos beduinos que hacían acrobacias en sus camellos ante nuestro autocar y que se denominaban orgullosamente Beni Zäinab, “los hijos de Zenobia”.
    Uno de los momentos más maravillosos de mi vida fue el amanecer en aquellos inolvidables días de junio mirando por la ventana de mi habitación en la planta baja, la única del hotel, y contemplando embelesado como con la luz, en el aire diáfano del desierto, las columnas alineadas que parecían extenderse hasta el infinito adquirían su célebre tonalidad rosada. Parecía realmente, como han descrito tantos visitantes, la piel de una mujer, acaso la de la reina Zenobia, cuya belleza fue alabada en la antigüedad junto a su inteligencia (era una hábil política, muy culta y hablaba arameo, griego y egipcio) y su coraje: gran jinete marchaba al frente del ejército palmiriano, rico en arqueros y camelleros, y cuando Aureliano se enteró de que el Senado se mostraba irónico porque él organizara un triunfo para celebrar su victoria sobre la reina respondió: “Ah, si solo supieran con qué clase de mujer he estado luchando”.
    La visión de las ruinas de Palmira, la de las diez mil columnas, la del delirio de las caravanas, es una de las mayores experiencias estéticas que se pueda disfrutar. Cuesta escribir “que se podía disfrutar”. Recorrer los 1.200 metros de la avenida principal flanqueda de sus hermosísimas columnas (en realidad antiguos pórticos), la Gran Columnata, como la bautizaron los arqueólogos, provoca un inevitable síndrome de Stendhal. La avenida, que corre de este a oeste y se acabó en tiempo de los Severos, era la principal arteria de la ciudad en época romana. Arranca de Arco Monumental y a sus lados se acumulan majestuosas ruinas de edificios: el santuario de Nebo, los baños de Diocleciano, el teatro, el Nymphaeum, la casa del Peristilo. Pasado el Tetrapylon entramos en la calle transversal, que nos conduce al Agora y a lo lejos al viejo campamento romano, avanzada contra los recalcitrantes persas. Palmira tuvo su época de oro en el siglo II, en época de Adriano, que la declaró “ciudad libre” —era tributaria de Roma desde Tiberio— y le permitió controlar ella misma sus finanzas.
    Bajo el cielo eternamente azul, de un azul profundo, luminoso, las ruinas producen un efecto indescriptible de serenidad. Más allá de su belleza, el lugar es por supuesto un verdadero parque arqueológico de más de diez kilómetros cuadrados con numerosísimos puntos de interés. Al este Palmira está dominada por un promontorio rocoso sobre el que se encuentra el impresionante castillo árabe de Fakhr ed-Din, con la parte más antigua datada en el siglo XII. También fuera de la ciudad y sus muros están las necrópolis. En una de las colinas arenosas que rodean la ciudad pueden visitarse las impresionantes tumbas en torre que brotan de la tierra como colmillos oscuros, y junto a las que te podías retratar con un dromedario blanco. En el otro extremo, cerca del palmeral, descendimos a varias tumbas subterráneas en forma de T, con sarcófagos, relieves y policromías, como la de la familia Artaban —del siglo II, con 56 nichos—, o la llamada de los Tres Hermanos; algunas en curso de excavación por una misión japonesa. Se calcula que solo se ha excavado el 60% de Palmira.
    El pequeño museo en la zona arqueológica estaba lleno de objetos sensacionales: esculturas —tan realistas—, relieves de camellos ricamente enjaezados, pinturas. Recuerdo un león del templo de la diosa Al Lat (excavado por los polacos del 74 al 81), una estatua del viejo Yarhibol (“el ídolo de la fuente”), sarcófagos atravesados por la extraña escritura palmiriana, tiaras con coronas de laurel (el tocado típico de la ciudad), un mosaico con el rey Odonato matando leopardos, altares en los que se quemaba el incienso a espuertas. Pero lo que conservo sobre todo en la memoria es la visión de una momia —cubierta por un manto bordado de seda de China— que se exponía y que me pareció allí en medio de aquel lugar portentoso un símbolo de la inmutable perennidad de la vieja Palmira. Estaba equivocado.

    miércoles, 18 de marzo de 2015

    PRENSA. LA IMAGEN. "¿Adónde fue la gente?". Juan José Millás

       En "El País Semanal":

    ¿Adónde fue la gente?

    Así es como queda una ciudad después de un bombardeo: como un osario removido por un terremoto


    BULENT KILIC (AFP)

    Miren, así es como queda una ciudad después de un bombardeo: como un osario removido por un terremoto. Cuesta pensar que detrás de los muros que se mantienen todavía en pie hubo un día sofás, mesas de comedor, utensilios de cocina, televisores, sillas, radios, quizá libros y cuadernos escolares con sumas, restas, octaedros y triángulos isósceles o de cualquier otra naturaleza. Se pregunta uno si en lo que queda de los pasillos y las habitaciones se distinguen aún los olores de la existencia familiar, si permanecen en el aire los efluvios de la sopa de verduras, del pollo asado, de los jabones o detergentes que se utilizaban cuando en aquellos huecos se agitaba la vida.
    También si ha sobrevivido a los ataques algo de la vieja sintaxis, si se puede todavía caminar por el interior de esos agujeros reconociendo los dormitorios o el cuarto baño, si entre los cascotes palpitan fotografías de los álbumes familiares, instantáneas de las bodas, de las celebraciones, de los rostros de los recién nacidos… El miliciano kurdo del primer plano de la imagen, que observa desde una azotea el panorama, ¿se preguntará si habrá hallado refugio en algún sitio la población civil que en otro tiempo llevaba allá abajo una vida normal, si hay vidas normales? ¿Abandonaron la ciudad siria de Kobane, que así se llamaba, con sus colchones y sus sartenes a cuestas? ¿Qué fue de sus ancianos, de sus bebés, de sus embarazadas, de sus jóvenes? Al miliciano le devuelven la mirada cientos o miles de boquetes oscuros que recuerdan las cuencas de los ojos vaciadas cruelmente a cuchara.

    jueves, 5 de marzo de 2015

    PRENSA. "La triple condena de los gais sirios"

       En "El País":

    La triple condena de los gais sirios

    Los homosexuales abandonan Siria para evitar los asesinatos de los yihadistas, que se suman a la represión del régimen y al rechazo de sus familias y tribus


    Captura de un vídeo del EI en el que dos yihadistas arrojan al vacío a un supuesto homosexual en Nínive.

    El pasado noviembre, dos veinteañeros sirios eran apedreados hasta la muerte. La ejecución ocurría en Deir Zor, en el noreste de Siria y feudo del Estado Islámico (EI). Su crimen: ser homosexuales. Se trataba de la primera ejecución pública de gais a manos del grupo yihadista. Un hombre leía la brutal condena amparado por la rigurosa ley religiosa que sirve de Constitución en el califato. A 140 kilómetros de allí, Ibrahim ya hace más de un año que huyó de Raqqa, su ciudad natal y capital del EI. Médico de 33 años, su homosexualidad le ha valido una persecución continua. Encarcelado bajo la ley siria, condenado a muerte por la de los yihadistas y desterrado por su propia tribu, Ibrahim ha logrado sobrevivir a una triple condena.
    Tras cuatro años de guerra y más de 200.000 muertos, las ejecuciones de homosexuales aumentan en el reino del EI que se extiende entre Siria e Irak. Las imágenes de dos jóvenes empujados desde la azotea de un edificio en Irak dieron la vuelta al mundo. Con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, eran lanzados al vacío al tiempo que el verdugo voceaba: “¡Musulmanes, sed testigos de la aplicación de la ley!”.

    Beirut, refugio para el asilo político

    Varios jóvenes homosexuales sirios intercambian sus relatos en las oficinas de la ONG Proud Lebanon, a las afueras de Beirut. Consigo arrastran un doble trauma acumulado en su huida de la guerra y en su lucha por sobrevivir a su sexualidad. Perseguidos tanto en zona leal como rebelde, a la comunidad homosexual siria tan sólo le queda el exilio para sobrevivir. En 2013, el libanés Bertho Makso y cofundador de la ONG, comenzó acogiendo a refugiados sirios gays.
    “Proporcionamos servicios médicos, psicológicos, cursos de formación y un plato caliente. Para muchos será el único que ingieran en el día”, explica Cosette Maalouf, trabajadora de la ONG. El centro acoge a 320 homosexuales, más del 60% sirios. “La mayoría ven Beirut como un lugar de paso para ir a Europa”, explica Makso, quien asegura que el pasado año, 70 de ellos obtuvieron asilo político.
    A diferencia del resto de refugiados sirios, están solos. Han roto con su familia y huido de régimen y rebeldes. “Se trata de una comunidad muy vulnerable dentro de los refugiados sirios, pero no hay estudios u organismos que realmente monitoreen estos casos. No son solo perseguidos por el Estado Islámico, [EI] sino por rebeldes, las leyes sirias y la propia moral social. Los ataques del EI son más visibles por su policía moral” apunta Nadim Khoury, director de Human Rights Watch en Beirut.
    Entre los 320 beneficiarios, tan sólo se cuentan cuatro mujeres. “En nuestra sociedad no se considera que la mujer tenga una sexualidad, y durante la guerra estamos recluidas en el hogar. De ahí que a las lesbianas nos sea más fácil pasar desapercibidas. No sé de ninguna ejecución de una mujer homosexual”, cuenta desde Alepo al teléfono Bahiya, de 28 años.
    En 2010, y antes de que estallaran las primeras revueltas sirias, Ibrahim fue arrestado en virtud del artículo 520 del Código Penal sirio en vigor desde el protectorado francés. Aquellos que realicen “actos sexuales innaturales” serán condenados a hasta tres años de cárcel, reza el artículo. Bajo tortura, uno de sus amigos detenidos le delató. La familia de Ibrahim, que pertenece a una conocida tribu, decidió tapar el escándalo recurriendo a contactos en el régimen y previo pago de 18.000 euros. Ibrahim salió de la cárcel, pero la libertad le duró poco: “Cuando pensé que todo había pasado, empezó lo peor. La revolución comenzó, el caos se apoderó de Raqqa, el Ejército Libre Sirio mutó en Al Nusra [filial de Al Qaeda en Siria] y en el EI”.
    Tres de sus amigos homosexuales fueron ejecutados por los yihadistas. Uno murió de un infarto mientras era torturado. Los otros dos, de un tiro en la nuca. “En Raqqa, la comunidad gay era activa. Pero sólo a los que reciben en el acto sexual se les considera gais. Muchos de aquellos que tenían mujeres y se acostaban con hombres fueron a parar a las filas de Al Nusra y del EI. Para expiar sus culpas entregaron a todos los gais que conocían de su fase prerrevolucionaria. Mis tres amigos pagaron con su vida y de sus teléfonos sacaron los números de decenas de otros como yo”, relata con amarga sonrisa.
    Al poco, Ibrahim fue secuestrado y torturado por los yihadistas. Su tribu intervino por última vez pagando 10.000 euros por su vida. “Tenía familiares cercanos al EI y Al Nusra que pedían mi cabeza. Mi tío logró negociar mi libertad pero me dieron dos horas para abandonar Raqqa. Yo había deshonrado a mi familia y a mi tribu”.

    Ibrahim pagó 18.000 euros por salir de la cárcel y 10.000 por escapar del califato
    Su primera parada fue Damasco, zona leal al régimen y donde aún perduran varios hamam (baños) convertidos en lugares de encuentro para homosexuales. “Es ilegal pero si los dueños untan a la policía, estos hacen la vista gorda”, espeta al teléfono desde Madrid Jorge, joven de 35 años de padre sirio y madre española. En marzo de 2012, Jorge quedó con su novio en un hotel. “La policía nos pilló en la cama. Nos arrastraron desnudos por los pasillos y por la calle. Nos llamaban enfermos mentales al tiempo que nos pateaban”, rememora este antiguo profesor de Filología Hispánica. Logró pagar los 3.000 euros de fianza para salir del calabozo. “Al poco me convocaron para alistarme en el Ejército. Al ser hijo único estoy exento del servicio militar por lo que supe que era una trampa para encarcelarme por ser gay. Hice las maletas y hui a España”, concluye Jorge a quien le salvó su pasaporte español.
    Ibrahim también escapó. Ahora, como refugiado sirio en Líbano, aun guarda esperanzas de una nueva vida: “Hemos estado años bajo la represión del régimen y a la comunidad internacional no le ha importando. Llevo siete meses en espera de asilo político en Europa. Intento mantener la cordura, porque sé que merezco un nuevo comienzo. Pero hasta ahora no me han dado la oportunidad”.

    domingo, 1 de febrero de 2015

    PRENSA. "Los que miran a la muerte de cara". Rafael Argullol

       En "El País":

    Los que miran a la muerte de cara

    La ciudad de Kobane, en el norte de Siria, protagoniza una resistencia agónica frente al Estado Islámico. Los kurdos son la única esperanza de Occidente para detener el avance del radicalismo en la región.

    Estos días en que Kobane está de actualidad, sencillamente porque la están destruyendo, he recordado cómo en una ocasión, hace algunos años, la ciudad de Kobane entró en cierto modo en mi vida. Fue durante un viaje a las ruinas bizantinas abandonadas del norte de Siria. Fuimos acompañados por un taxista de Alepo. Él nos guió entre los restos de aquellas urbes, cuyo abandono, por parte de sus habitantes, sigue siendo un misterio. El momento culminante de la visita nos condujo a las espléndidas piedras blancas que contemplaron, siglos atrás, la ascética terquedad de Simón el Estilita. No era difícil imaginarse al viejo Simón encaramado a su columna despreciando los bienes mundanos bajo el cielo azul turquesa del atardecer.
    Como el territorio recorrido era amplio y el viaje duraba varias horas hubo ocasión de escuchar las explicaciones del taxista. Trabajaba en Alepo pero era de Kobane, una pequeña ciudad perteneciente al propio distrito de Alepo. Así se incorporó, por así decirlo, Kobane a mi vida. El taxista amaba su ciudad natal y siempre que podía viajaba hasta ella para permanecer unos días con su familia. Nos explicó que en un inicio era sólo un poblado y que debía su nombre a la compañía alemana que construía la línea de ferrocarril que tenía que llegar a Bagdad. Pese a ese inicio modesto Kobane tenía un próspero bazar, una docena de mezquitas y tres iglesias armenias. Por lo que contó, los armenios se habían instalado allí escapando del genocidio causado por los turcos. Sin embargo, el taxista era kurdo, como la inmensa mayoría de la población de Kobane.
    Esto, naturalmente, acentuó mi interés por aquel personaje de poblado mostacho y maneras delicadas. En alguna que otra ocasión he relatado mi simpatía por los kurdos, pese a haber conocido a pocos de ellos y no haber estado nunca en el Kurdistán propiamente dicho. De hecho, como acostumbra a ocurrir con este tipo de simpatías, su neblinoso origen está anclado en impresiones ocurridas en la infancia o en la adolescencia, a menudo vinculadas a libros o películas. En mi caso esta impresión se desencadenó al asociar un titular de periódico con la secuencia de una película. En ambos casos se trataba del desigual enfrentamiento entre Ejércitos. El titular se refería a una carga de la caballería dirigida por Mustafá Barzani, legendario líder kurdo, contra los tanques turcos, y la secuencia de la película Lawrence de Arabia mostraba al rey Faisal —el actor Alec Guinness— encabezando a un grupo de jinetes a caballo que trataban de combatir desesperadamente contra los aviones enviados por el Imperio Otomano. En mi memoria ambas acciones quedaron asociadas. Con posterioridad, de modo casual, leí la necrológica de Barzani en un diario de Estados Unidos, país en el que acababa de morir, y se incrementó mi curiosidad por el personaje. El fiero caudillo, que en una fotografía aparecía armado hasta los dientes, se había confesado amante de los poetas románticos ingleses, a los que había estudiado en la Universidad de Moscú, en su época de estudiante exiliado, con una preferencia especial por John Keats, de quien, a juzgar por lo que refería la necrológica, recitaba de memoria varios poemas, singularmente Oda a un ruiseñor.
    El taxista de Kobane conocía a la perfección los prodigios militares de Mustafá Barzani, al que equiparaba con el gran Saladino, también kurdo al parecer. Sin embargo, reservaba su mayor admiración para los combatientes guerrilleros y por él supe el significado de la expresión peshmerga con la que se los denominaba en la prensa: los que miran a la muerte de cara. Aquella tarde, entre las ruinas de las ciudades bizantinas y bajo la advocación de Simón el Estilita, recibí un curso acelerado de historia kurda.

    Los peshmergas’ se enfrentan con armas anticuadas a los modernos arsenales yihadistas
    Cuando uno se adentra en ese escenario, al fondo siempre reaparece el arbitrario trazado de fronteras establecido en la Primera Guerra Mundial tras el desmoronamiento del Imperio Otomano. Este estigma de nacimiento, impuesto por las potencias coloniales, ha marcado el destino de Irak, Siria, Jordania, Líbano o Palestina. También, naturalmente, el de los kurdos, la principal etnia sin Estado propio de la zona, con alrededor de 40 millones de personas. Los acuerdos más o menos secretos de 1916 entre los diplomáticos Mark Sykes y François Georges-Picot, en representación de Gran Bretaña y Francia respectivamente, ilustran ahora a la perfección, casi cien años después, la magnitud del desastre que se avecinaba. Algo de esto quizá pudo intuir el coronel Lawrence cuando se opuso a esos tratados por creerlos perjudiciales para la causa árabe. Lo cierto es que después del acuerdo Sykes-Picot Lawrence de Arabia abandonó Oriente Próximo para sumirse en su ostracismo final.
    Como ha venido sucediendo desde hace décadas cíclicamente los kurdos han vuelto a asomarse en las páginas de los periódicos y en las pantallas de los informativos. La razón es que los peshmerga son los encargados de detener a las fanáticas milicias del Estado Islámico. Las noticias que nos llegan al respecto, alrededor de la batalla de Kobane, son descorazonadoras aunque, al mismo tiempo, sugieren una repetición del dramático hado que rodea la historia kurda. Los peshmerga, con su valor habitual, se enfrentan con armas anticuadas a los arsenales de los milicianos yihadistas, saturados de armamento moderno, como si se volviera a los tiempos de Mustafá Barzani y sus heroicas cargas de caballería. La composición de lugar es tragicómica: los norteamericanos, escarmentados de sus guerras en tierra, lanzan armas y provisiones desde el aire con el propósito de abastecer a los kurdos aunque abasteciendo, en realidad, al bando contrario; mientras tanto, los dirigentes europeos hacen grandes declaraciones de intenciones que caen en el vacío; de otro lado Turquía, miembro de la OTAN, que simpatiza mucho más con la causa yihadista que con la kurda, procura acorralar a los peshmergapara que éstos queden encajonados entre el acoso de las milicias yihadistas y los tanques que ha alineado a lo largo de la frontera propia. En medio del cerco es improbable que Kobane resista. Su exterminio está casi asegurado.

    Combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro
    La pregunta, una vez más, es: ¿cómo ha podido producirse este decorado? Europeos y norteamericanos, por lo general amnésicos con respecto a los kurdos, ahora parecen fiarlo todo a la valentía de los peshmerga frente a un enemigo abruptamente surgido de la tiniebla como el Estado Islámico. Pero es esa irrupción espectral la que es sospechosa, además de sorprendente. ¿Cómo puede aceptarse que en la época de la información total, cuando nuestras tecnologías nos abruman con datos a cada instante, pudiese pasar inadvertida la rápida maduración del huevo de la serpiente?
    He seguido con mucha atención a lo largo de estos últimos tres años las noticias acerca de la contienda de Siria, país que siempre despertó mi fascinación y al que he viajado varias veces. Pese a ese detenimiento no tuve conocimiento del profundo enraizamiento yihadista hasta las fechas recientes en que el califato se ha dado a conocer sangrientamente en aquel país y en Irak. Durante mucho tiempo nuestros medios de comunicación únicamente informaban, de forma genérica, de los “rebeldes sirios”. De pronto, una buena parte de estos “rebeldes”, no sólo en Siria sino también en Irak, resultaron crueles yihadistas que decapitaban a los ciudadanos de los países que habían contribuido a armarlos. La ceremonia de la confusión aumenta cuando Occidente anuncia una cruzada contra el califato terrorista con una movilización fantasmal de fuerzas. Entre tanto error y tanto simulacro lo único que parece real, al seguir las noticias del conflicto, es la determinación de los peshmerga, realzados una vez más para ser relegados, probablemente, con posterioridad.
    Al contemplar estos días las imágenes de la devastación de Kobane me he acordado con frecuencia del taxista sirio. Si vive debe hacer mucho tiempo que no puede acompañar a forasteros hasta las hermosas ciudades bizantinas abandonadas. Dada la situación en Alepo es posible que no haya visitado desde hace tiempo su ciudad natal. O quizá esté en ella, combatiendo como tantos voluntarios. En cualquier caso, si vive, puede estar orgulloso del comportamiento de sus hermanos. Ellos combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro. Si la modesta Kobane cae, y es devuelta al anonimato de los espacios aniquilado, se confirmará el triunfo de la hipocresía y tendremos un nuevo motivo para la vergüenza.
    Rafael Argullol es escritor.

    viernes, 28 de noviembre de 2014

    PRENSA. "Los niños perdidos de Alepo"

       En "El País":

    Los niños perdidos de Alepo

    En la ciudad siria destrozada por la guerra, los más pequeños sufren las consecuencias más graves del conflicto

    Sin escuelas ni medios, algunos han canjeado su infancia por un rifle de combate

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    Una. Dos. Tres… Las manos se van alzando tímidamente. Los niños se miran unos a otros un tanto desconcertados. "Profesora, cuándo se refiere a familiares muertos ¿es por culpa de la guerra?", pregunta un niño de mejillas sonrosadas sentado en las últimas sillas del aula. La maestra afirma con la cabeza. Las manos del 90% de los niños, ahora sí, están alzadas al aire. Madres. Hermanos. Padres. Abuelos. Primos. Tíos. Quien más y quien menos ha perdido, al menos, a un pariente cercano desde que comenzó la guerra civil en Siria.
    Noor se sienta en la primera fila. "Es una alumna aplicada", puntualiza Um Modar la directora de este colegio clandestino situado en el este de la ciudad de Alepo. La niña, de tan sólo nueve años, colorea el cuerpo de Bob Esponja. La pequeña, concentrada para no salirse, se mordisquea la lengua. "Iba con mi abuelo a comprar pan y cayó desplomado a mi lado", recuerda Noor. La bala de un francotirador le arrebató la vida delante de ella. Hace una pequeña mueca y continúa coloreando su dibujo.
    "Yo jamás podré perdonar a Al Assad. Lo mataría con mis propias manos si pudiera. No habrá paz ni para él ni para los que le apoyan", afirma con vehemencia . Es una niña risueña y de las mejores de la clase. Sólo tiene 10 años, pero sería capaz de arrebatar la vida al presidente de Siria si le tuviera delante. "Una bomba mató a mi madre y a mi hermana pequeña [seis años] mientras estaban en el salón de mi casa", cuenta la niña cuyos ojos almendrados comienzan a llenarse de lágrimas. La profesora se acerca hasta su mesa para abrazarla y besarla.

    Yo jamás podré perdonar a Al Assad. Lo mataría con mis propias manos
    Fátima, 10 años
    Unos pupitres por delante de Fátima se encuentra el pequeño Faisan, ocho años. El niño colorea y colorea con rabia un dibujo donde se ve a su padre, soldado del Ejército Libre Sirio (ELS) combatiendo contra un tanque. "Estoy muy orgulloso de él", comenta mientras no levanta la vista del folio en blanco que, poco a poco, se va llenando de colores. "Cuando sea mayor seré un soldado como él", afirma. "Su padre murió en combate hace poco más de un año", apunta Um Modar. Desde entonces el pequeño Faisan no suele ser muy hablador y tiene un ligero tic nervioso en el labio inferior. Se ha vuelto un tanto huraño y sólo piensa en hacerse mayor para vengar a su padre muerto. "Le echo mucho de menos", sentencia antes de volver a sumergirse en su dibujo.
    "La inmensa mayoría de los niños tienen graves problemas psicológicos. Cuando escuchan el sonido de un avión o un helicóptero se quedan en completo silencio esperando a que pase o a que tire el barril de TNT. Algunos lloran compulsivamente. Otros se orinan encima…", afirma Um Modar.
    "Por la noche sueño que los muertos se levantan y me persiguen", comenta Faisan. "¡Yo sueño lo mismo!". "¡Y yo!". "¡Y yo!". Las voces de otros compañeros de clase se unen a la suya. Según un informe de Unicef, el conflicto está causando graves perjuicios a unos seis millones de niños. Los que se encuentran en una situación más preocupante es el millón de menores que están atrapados con sus familias en las zonas asediadas o donde no llega ayuda humanitaria. Unicef calcula que unos dos millones de niños sirios necesitan asistencia psicológica y tratamiento.
    Um Modar, de 32 años, fundó esta pequeña escuela clandestina hace seis meses. Para ello ocupó una casa baja en un barrio del este de Alepo. Aquí acuden 240 niños de todas las edades. "Cuando el régimen comenzó a bombardear escuelas decidimos buscar un sitio seguro y que pasara desapercibido para la aviación. Vivimos escondidos como ratas", señala la maestra.
    El pasado 30 de abril un avión del régimen de Assad lanzó varios barriles de TNT contra un colegio del barrio de Al Ansari. En aquel ataque murieron 18 personas, en su mayoría niños que estaban en clase en el momento del ataque. "Tenemos un parque a menos de una manzana. Una vez llevamos allí a los niños a que jugaran con los columpios, pero cayó una bomba contra un edificio cercano… Y desde entonces los pequeños no salen de las aulas", recuerda.

    Del colegio a la mendicidad

    Docenas de niños deambulan por las calles del barrio de Sukari portando en las manos sencillos cubitos de plástico o bandejas de latón. Algunos ríen, otros caminan cabizbajos en silencio meciendo los cubos hacia delante y hacía atrás. "Vamos a buscar comida", afirma Mohammad, de cinco años. "Vengo todos los días para que podamos comer", dice el pequeño que acompaña a su hermana mayor, Aisha, de 10 años. "Con esto comemos ocho personas. No es suficiente y pasamos hambre. Algunos días la comida no alcanza para todos los vecinos y nos quedamos sin comer", puntualiza la muchacha.
    Un grupo de niños esperan pacientes apoyados en una tapia de un edificio. Uno a uno los chavales van entrando en el interior de la casa donde una anciana les sirve la comida. Hoy hay macarrones con tomate. Cinco enormes barreños llenos de pasta están colocados cerca de la mujer que, con un cazo, va sirviendo. Mustapha, de seis años, mira con los ojos abiertos de par en par. Los macarrones humean y el niño no puede resistir la tentación de llevarse uno a la boca.

    Unicef calcula que unos dos millones de niños sirios necesitan asistencia psicológica y tratamiento
    Um Mahmood, de 60 años, colabora con una pequeña ONG que reparte 400 kilos de comida entre los más necesitados. Ella, cada día, se sienta en su endeble asiento de plástico y espera a que los niños vengan a buscar la comida. "Lo más duro es escucharles pedir comida. Se me rompe el alma", afirma la mujer con voz quebrada. "Ningún niño debería pasar por una situación como esta. Esta no es vida para ellos", afirma mientras las lágrimas brotan de sus ojos y resbalan por sus mejillas.
    "¡Empuja, empuja!", le dice un muchacho a otro tratando de que el carrito, cargado con cuatro bidones azules, suba una empinada cuesta en el barrio de Bustan Al-Qaser. Un tercer chiquillo se une a los dos hermanos y al final, entre los tres, logran que las ruedas no se queden atoradas en el sin fin de agujeros provocados por los impactos de mortero que hay sobre la calzada. El agua se balancea por la abertura y se derrama sobre la calle polvorienta.
    El agua se ha convertido en un bien de lujo. Docenas de vecinos hacen cola delante de una estrecha manguera para que un niño les llene cubos, botellas, bidones y hasta aperos de cocina. "Nosotros vivimos en la otra punta de la ciudad y nos hemos recorrido varios barrios de Alepo buscando agua", comenta Mustafa.
    "Venimos en busca de agua porque en casa hace más de un mes que no sale ni gota. La usamos para bañarnos y para que mi madre cocine", comenta Hamudi, de 10 años, cuya mayor diversión es ir en busca de agua por los barrios de alrededor. Sin escuela, él y sus amigos, se han convertido en una especie de exploradores en busca del Santo Grial. "Hasta hace unas semanas usábamos un grifo de una mezquita de Ard Alhamra, pero un avión la destruyó y nos quedamos sin agua. Pero cada día buscamos y buscamos", comenta el pequeño mientras se pierde en el interior de su casa chillando a su madre que le ayude con las botellas que lleva en brazos.

    Niños Soldado

    Grises y negros tiñen el cielo y las paredes de grandes edificios cincelados de agujeros por la metralla. Salahadine es un enorme queso gruyer con forma de barrio. El silencio es cercenado por el sonido del agua manando de las cañerías agujereadas por la metralla de los obuses. Donde antes había edificios de viviendas ahora solo quedan enormes esqueletos de hormigón. Una estufa vomita bocanadas de fuego anaranjado. Colocan las manos lo más cerca posible para calentarse las manos. El frio cala los huesos. Uno de los cuatro imberbes muchachos que están encargados de una de las esquinas de Salahadine coloca sobre la estufa una tetera.
    "¿Sabes lo que es lo único que echo de menos del colegio? Jugar al fútbol con mis amigos en los recreos. Yo jugaba de delantero centro y la verdad es que era bastante bueno metiendo goles… Mi sueño era jugar junto a Messi e Iniesta", comenta Samir Qutaini antes de guardar un triste silencio.
    El muchacho, de 17 años, se mira las manos sobre las que empuña un destartalado AK-47. Sus sueños son ahora bastante lejanos… Una fuerte explosión le acerca de nuevo a la realidad. Coloca las manos delante de una estufa sobre la que borbotea la tetera. Ha pasado mucho tiempo desde que dejó su ciudad para combatir en las ruinas de este barrio fantasma. Ha sustituido los mandos de las videoconsolas por armas automáticas y su familia son ahora este grupo de chavales.
    "Nunca me gustó estudiar, no se me daba muy bien… así que dejé el colegio y me puse a trabajar en la tienda junto a mi padre. Creo que ese día decepcioné a mis padres porque esperaban algo más de mí", recuerda con pena este muchacho que se dedicaba a vender teléfonos móviles hasta que la guerra llegó a su pueblo.
    A su lado se encuentra Abdel Khader Zeidan, de 15 años, el más joven. "Tengo cuatro hermanos más pequeños. Los echo de menos… Soy el mayor y siempre estaban jugando conmigo. Hace meses que no los veo. Siempre que hablo con mi madre pregunto por mis hermanos; pero no quiero hablar con ellos. Se van a poner a llorar, seguro", comenta haciéndose el duro. "Bueno… y tu seguro que también lloras", bromea Samir dándole un empujón a su amigo. "Es muy posible, sí…", afirma este joven soldado, oriundo de la ciudad de Idlib.
    "Mi padre es soldado del ELS en la provincia de Idlib y fue él el que me animó a alistarme", comenta Mohammad Orobi, de 16 años. Cuenta que ha matado a cinco soldados del régimen. "Yo lo que echo de menos es poder dormir caliente por las noches", afirma. No quiere hablar de su familia. “Prefiero no pensar en ellos, eso me ayuda a tener la cabeza en la guerra”, sentencia.
    "La guerra no está tan mal… Muere gente y eso, pero al final es muy parecido a un videojuego", apunta Samir, fan del Call of Duty. "Soy realmente bueno, sobre todo en modo sniper (Francotirador)", señala mientras muestra un rifle con mira telescópica que tiene en la parte de atrás de esta antigua tienda de alimentación que ahora es su cuartel general. "Pero aquí no hay una segunda oportunidad ni vidas infinitas", comenta Mahmut, el más sensato de los cuatro y el que tiene una actitud más adulta.
    Mahmut prefiere no hablar excesivamente de la guerra ni de los soldados que ha matado en combate. "No sé si he matado o no… Tampoco me interesa. Yo sé que disparo y me disparan. Alá guía las balas", sentencia agachando la cabeza, avergonzado. Este sargento se unió al ELS después de recibir una brutal paliza por parte de los shabihas (matones del régimen de Al Assad) cuando le pararon en un control. "Me pidieron mi identificación y cómo soy de un pueblo bajo control de ELS me pegaron hasta dejarme sin sentido para después robarme todo lo que tenía en los bolsillos", comenta.

    Vidas cercenadas

    Un tímido hilo de sangre serpentea entre el barro para acabar mezclándose con el agua turbia del riachuelo. Un soldado del Ejército Libre Sirio (ELS) mira el cuerpo. Se arrodilla y con un gesto casi paternal le cierra los ojos con la palma de la mano. Se toma un segundo. Respira profundamente mientras le vuelve a mirar. Memoriza sus rasgos infantiles. Una pequeña mancha rojiza y negra se distingue en su frente. El lugar por donde una bala le arrebató su vida.

    La ONU cifró en agosto en 8.803
    el número de niños muertos
    durante el conflicto
    Saca una endeble navaja de su guerrera. La misma que usa para cortar el pan, ahora sirve para cortan las cuerdas que atan las manos de este niño de doce años a la espalda. Le coloca las manos sobre el pecho y mira a sus compañeros que levantan el cuerpo del muchacho para colocarlo en una camilla. Los voluntarios se marchan con el cuerpo inerte del muchacho mientras otro grupo de hombres acude junto al rebelde que guarda su navaja en la guerrera. Al lado, donde yacía el niño, esperan otros cinco cuerpos más. Todos ejecutados con un tiro en la cabeza.
    La guerra siria se ha cobrado más de 250.000 víctimas. En agosto, un informe de la ONU cifró en 8.803 el número de niños muertos durante el conflicto, de los cuales 2.165 tenían menos de diez años. Es un recuento que no para de crecer y que siempre se queda corto, ya que, como admiten los autores del estudio, hay casos que no han podido ser documentados. La tragedia siria continúa sin que nadie se atreva a poner freno a la pérdida de vidas inocentes.