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martes, 29 de septiembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "La maldad en los cuentos infantiles sirve de pedagogía"

   En "El País":

Grabado de Gustave Doré sobre el cuento de Caperucita.

Mientras los niños saben reconocer el bien y el mal, y diferenciarlo, a través de los cuentos, los adultos parecen haber entrado en una infantilización con libros muy populares que no interpelan al lector en sus matices, sino que juzgan lo ya juzgado y señalan lo ya conocido como algo negativo, sin aportar nada al debate intelectual o moral. En parte, se debe a la alteración genética del virus de lo políticamente correcto.
Esa es una de las conclusiones destacadas por escritores y expertos tan distintos como Victoria Cirlot, Justo Navarro, Félix de Azúa o Marta Fernández en las Conversaciones de Formentor, celebradas este año bajo el lema La novela más mala del mundo. Maldad, perfidia y espanto en la historia de la literatura. Veinticinco autores y críticos literarios debatieron sobre este asunto durante el fin de semana en el cónclave organizado por la Fundación Santillana. La cita mallorquina arrancó el viernes con la entrega del Premio Formentor a Ricardo Piglia. La distinción la recogió Carlota Pedersen, nieta del escritor, enfermo en Argentina, en un acto que supuso también un homenaje al autor.

Por violentos que sean

Los escritores reivindicaron el papel de los cuentos tradicionales infantiles, por muy violentos que resulten, donde se aprecia la lucha del bien y del mal de manera arquetípica, dice Navarro. Los niños “tienen que ponerle cara al mal y esos relatos cumplen una función legislativa: enseñan acciones que tienen castigo o recompensa. Tienen un valor pedagógico y de persuasión sobre los valores dignos de ser asumidos”. Lamenta Navarro el desdén que, a veces, se hace de dicha función. “Los cuentos infantiles son como la ley, aunque evolucionan y se adaptan”.
Ese dualismo entre el bien y el mal ayuda a comprender, desde pequeños, las dos caras de la vida, asegura Cirlot, experta en la cultura y literatura medievales y en el simbolismo. “Todo está en la estructura de la mente. Cada cultura da una explicación al mal y las maldades y la entienden a su manera. En el cerebro están los fenómenos arquetipales”, añade. “No hay que esconderle a los niños esas historias, cuyas atrocidades las pensamos así los adultos. Ellos tienen claro que están en el mundo de la fantasía. El símbolo acoge toda la maldad y toda la bondad. No es excluyente. El mito no es moral”.
Más allá de ese territorio va Félix de Azúa. El narrador y experto en arte opina que “a los niños hay que educarlos en la maldad y el mal”. En esa educación, aclara, hay que hacerles ver que ese comportamiento malvado es producto de la “estupidez, cobardía, falta de recursos y debilidad extrema en una persona”. Ello forma parte del proceso de aprendizaje, según Marta Fernández: “Hay que enseñar el mal, para ver dónde está y reconocerlo”.
A diferencia de los niños, los adultos han abandonado la educación moral, lamenta De Azúa. Es “una arrogancia moral, sobre todo de los políticos, pero debido en parte a que la gente se ha desentendido del tema y ha delegado esa función a ellos, que señalan y etiquetan lo que es bueno y es malo”.
Parte de ese enmascaramiento se aprecia en la literatura más popular, que juega con el cliché y no dialoga con el lector, advierte Justo Navarro. Para el poeta y narrador, muchos libros incluyen juicios ya dictados y evitan los del lector: “La literatura debe plantear, también, cuestiones morales, éticas; si los personajes lo han hecho bien o no, y donde el juez, de existir, debe ser el lector y no el escritor. Un buen libro hace preguntas”.
Cirlot tercia que “la ficción permite explorar la conducta humana. No se trata de plantar verdades inamovibles”. El ser humano se horroriza ante la maldad porque “en el fondo hay una duda sobre la creación. Todo sale de que la gente cree que el mundo es una prisión. Es la pulsión destructora la que crea la gran revuelta”. Frente a esa pulsión, recuerda que la filósofa Simone Weil decía: “No hay que destruir, sino descrear”.

martes, 20 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Blancanieves no era tan buena", reportaje

EL FLAUTISTA DE HAMELÍN, por Alejo Sauras. Fue la primera historia que dibujó Manuel de los Galanes -su modo de trabajo antes de realizar las fotografías- y por eso la que más cariño le inspira. El flautista, ese cuento en el que un hombre erradicó una plaga de ratas de un pueblo solo con tocar su flauta y que, al no ser recompensado, se vengó haciendo desaparecer a los niños con el mismo método, tiene un origen diferente: "Siempre me ha revuelto porque está inspirado en un ejército de 50.000 niños que marcharon a las Cruzadas y nunca volvieron". Solo un niño no le mira, el único que no ha caído en el hechizo.- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")

   En "El País Semanal":
Blancanieves no era tan buena

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS 04/12/2011

   Los cuentos infantiles han llegado hasta nuestros días dulcificados por Perrault, los hermanos Grimm o Disney. les damos la vuelta para sacar su crudeza a partir de una interpretación fotográfica muy personal.

   Había una vez un reino entre dos mares en el que siempre lucía el sol. Tenía un primer ministro al que sus amigos -incluidos los más belicosos- retrataban con cara de cervatillo y al que los ciudadanos querían mucho porque sacó al país de la guerra de Mesopotamia y sentó a su mesa a tantas princesas como príncipes, pero sobre todo porque, a pesar de haber nacido en una que llamaban Ciudad del León, él era tan sencillo como un zapatero. Cuestión de talante, decía él quitándose importancia. Cuando los sabios oyeron esa palabra recordaron que talante, como talento, viene del nombre que en griego tenía una moneda de oro.

La Cerillera, por Ruth Núñez y Marisa Paredes. Se trata de una historia escrita por Hans Christian Andersen en el siglo XIX. El fotógrafo explica sus intenciones: "La imagen trata de captar el instante en el que un espectro femenino se lleva a la cerillera nada más morir. El texto cuenta la vida de una chica que vende fósforos. La noche de Navidad cae una tormenta de nieve. Hace tanto frío que necesita prender sus cerillas. Lo hace y con cada una que consume sueña una vida distinta a la que le ha tocado vivir. Pero al final, tras consumir el último fósforo, muere". Ruth Núñez representa a la cerillera, y Marisa Paredes, a ese espectro.- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")


   Saber que todo podía ser cuestión de dinero no enturbió el ánimo de la ciudadanía, hasta el punto de que esa palabra, como muchas otras, pasó a pronunciarse como si fuera esdrújula. A pesar de que el cielo se había ido nublando en los imperios vecinos, en el reino del talante lucía un sol perpetuo. En parte porque era un sol pintado por Miró para atraer turistas y en parte porque el reino vivía dentro de una burbuja que no dejaba pasar las nubes a cambio, eso sí, de hacer que cada vez el aire estuviera más viciado. Fue entonces cuando se prohibió fumar dentro de los palacios.

Pinocho, por Juan Diego y Dafne Fernández. Pinocho, el personaje creado a finales del siglo XIX por el italiano Carlo Collodi, es otro de los históricamente más recientes dentro de la serie realizada por De los Galanes. La escena que él ha querido retratar es la siguiente: "Gepetto [Juan Diego] anhela ser padre. Por eso construye un precioso muñeco de madera, una réplica del niño que jamás tuvo. Tras un día de duro trabajo se queda dormido ante él, y esa noche se aparece un hada [Dafne Fernández] que, compadecida y enternecida por la bondad de un hombre sencillo, insufla vida en la madera e inicia la historia".- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")


   Todo era de cuento: los atletas ganaban campeonatos incluso en los antípodas, y las gentes cruzaban el mar para ver el milagro de aquel país en el que los prestamistas daban dinero al que se lo pedía y el primer ministro eliminaba impuestos e incluso repartía monedas cuando le sobraban. Tan seguras parecían las cosas materiales y presentes, que los guías del reino decidieron arreglar las pasadas y espirituales. Fue así como los consejeros del reino decidieron crear un ministerio al que le buscaron el nombre más bonito: igualdad. Duró lo que duraron los talentos de oro y terminó alojado en la casa de la sanidad, pero tuvo tiempo de hacer cosas sensatas y, también, cosas extravagantes.

La bella durmiente, por Miguel Ángel Silvestre, Patricia Montero y Alicia Lobo."El cuento originalmente ni siquiera se llama así, sino Sol y Luna, que son los nombres de los hijos de Aurora, la bella durmiente. La fotografía refleja el momento en que se inicia la relación con el príncipe. Tras una partida de caza, él entra en el castillo y la encuentra... Nueve meses después, ella tiene dos gemelos. Un día, Sol, el más pequeño, encuentra la astilla en el dedo de su madre mientras busca su pezón para mamar. Se lo quita y ella despierta. Las hadas son las que guardan a la princesa, a la que cuidan y protegen en su sueño", cuenta De los Galanes.- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")



   Entre las últimas estaba buscar una solución, política y correcta, para un viejo problema: la crueldad y el sexismo de los cuentos infantiles. Todo quedó en la búsqueda porque los duendes pincharon la burbuja y las palabras dejaron de ser esdrújulas y agudas -paridad, igualdad y volvieron a ser llanas -prima, riesgo, deuda, soberana. El cuento sigue porque los súbditos del reino pusieron a buscar oro a un registrador de la propiedad cuyo mayor mérito era la paciencia. Continuará, pues.

Caperucita roja, por Blanca Suárez. La elegida para encarnar a Caperucita Roja fue Blanca Suárez: "Caperucita es el personaje vox populi de mi serie. A Blanca le encantó. Ella es un diamante", explica el fotógrafo. "Como historia, es una de las más complicadas, porque se la fueron pasando como una pelota de pimpón entre Grimm y Perrault. No se atrevían a adaptarla porque es un cuento que bebía de la línea del matriarcado. Es una historia que preponderaba la libertad, la individualidad femenina y su poder. Al final, Perrault solucionó el tema quitando quince años a la protagonista".- MANUEL DE LOS GALANES.
("El País")


   Fábulas aparte, en la primavera del año pasado, pocos meses antes de convertirse en Secretaría de Estado, el Ministerio de Igualdad promovió una campaña para incentivar la lectura entre los niños de relatos que no estuvieran lastrados por los estereotipos, sexuales y violentos, de los cuentos clásicos de la tradición infantil: Barba Azul, La Cenicienta, La Bella Durmiente...
   No es una novedad. El maquillaje y la censura forman parte de la evolución editorial de la literatura para niños tanto como la brutalidad de muchas de las peripecias que la nutren. En 1697, un académico francés llamado Charles Perrault recogió en un volumen ocho cuentos -La Bella Durmiente, Caperucita Roja, El gato con botas, La Cenicienta y Pulgarcito, entre ellos- en los que es difícil desligar lo que se le debe a él de lo que él debe a la tradición. Un siglo más tarde, dos hermanos alemanes, los Grimm, publicaron una recopilación que incluía varios de los cuentos del francés en versiones levemente distintas o muy distintas. Si la Caperucita de Perrault termina con la niña dentro del estómago del lobo, la de los Grimm se prolonga hasta la heroica intervención del cazador.

El soldadito de plomo, por Paco León y Ana María Polvorosa.El final de la historia, para los que no la recuerden, es el siguiente: Un niño recibe, el día de su cumpleaños, una caja llena de soldaditos de plomo. Uno de ellos solo tiene una pierna, y el niño lo coloca en casa junto con una bailarina de papel de la cual se enamora. El cuento termina cuando el soldadito y la bailarina se consumen en una hoguera: "La escena que he fotografiado representa justo ese instante final, cuando se funden los dos para siempre, plomo y papel", explica De los Galanes.- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")


   Eso sí, en tiempos de guerra entre Alemania y Francia, esos relatos desaparecieron de las sucesivas ediciones. Lo mismo que hoy es difícil encontrar una recopilación de la pareja de escritores que incluya El judío entre los espinos, un texto que hasta el menos amante de la pedagogía moderna consideraría racista.
   Pero los maquilladores no se conforman con ver cómo Perrault salva a la última mujer de Barba Azul, se empeñan en resucitar a todas las esposas degolladas por él. No obstante, los malos no son los únicos en pasar por el quirófano de la cirugía estética. Los buenos también reciben su ración de edulcorante para hacer de las bellas candidatas a Miss Universo y de los jorobados seres que no producen miedo alguno. Ni que decir tiene que el gran cirujano de la narrativa tradicional no surgió de la literatura, sino del cine: Walt Disney, al que Rafael Sánchez Ferlosio -autor de una novela con niño como Industrias y andanzas de Alfanhuí no duda en calificar de "el gran corruptor de menores y la mayor catástrofe estética, moral y cultural del siglo XX".

Alicia en el país de las maravillas, por Blanca Portillo y María León. El cuento de Lewis Carroll Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas apenas ha sufrido mutaciones, según la investigación del fotógrafo. La escena que él ha querido retratar es la siguiente: "Representa el momento en el jardín de las rosas. La reina [Blanca Portillo], que había ordenado que fueran rojas, descubre a Alicia [María León] pintándolas de ese color porque por error se habían plantado las blancas". El conejo blanco representa al mismo animal del cuento que empuja a Alicia por su madriguera, llevándola hasta el país de las maravillas.- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")


   La comparación entre el Pinocho que Carlo Collodi publicó en 1882 y el que Disney estrenó en 1940 es más que gráfica: el cascarrabias Geppetto se convierte en un anciano tierno con pez y gato; el tiburón, en ballena y el grillo no desaparece para reaparecer más tarde, sino que se transforma en acompañante de la marioneta que nunca termina de llegar a la escuela. Por supuesto, en el cine nunca se vio lo que puede imaginarse en el libro: a Pinocho contemplando su propia muerte como muñeco.
   A veces, la cautela va más allá de lo obvio. Así, no faltan los editores que alertan a sus autores del peligro de que los protagonistas de sus libros corran sus aventuras solos, lejos de la mirada de sus padres. Se trata de poner una red pedagógica donde el relato necesita un salto narrativo. Triple y mortal a veces, pero imprescindible: al lado de un adulto no hay historia posible. Adiós a Pulgarcito, Hansel, Gretel, Caperucita y, de nuevo, Pinocho.
   "A menudo los que se asustan son más bien los padres. Y estos a su vez asustan al niño", apunta la experta en cuentos de hadas Clarissa Pinkola, autora de una amplísima antología de relatos de los hermanos Grimm y de un trabajo ya clásico del clásico: Mujeres que corren con los lobos. Allí se pregunta por qué los cuentos de todo el mundo recogen originalmente episodios que no ocultan su cara más brutal. Porque, responde, "no es probable que prestemos atención a la alarma si esta se expresa en términos más blandos". El mismo mecanismo, sugiere, que hoy se usa en las campañas contra el consumo de drogas o contra los accidentes de tráfico.

La bella y la bestia, por Carlos Bardem y Natasha Yarovenko. Cuenta el fotógrafo sobre el personaje encarnado por Bardem: "No quería una bestia arquetípica. En el siglo XVIII tenía rostro de jabalí. Y a partir del XIX era más lobuna. Pero yo quería algo más felino, inquietante y oscuro. No lo quería llenar de pelos ni de cuernos ni de nada de eso". La rosa del fondo tiene su significado: "Quería una abstracción. La medida del tiempo para la bestia está condensada en el tiempo de vida de la rosa hechizada con un maleficio. Mientras la rosa tenga pétalos, él tiene la oportunidad de ganarse el corazón de la bella".- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")


   Por supuesto, todo lo anterior no es cosa de niños. Todavía. No cabe relegar en exceso la chispa primera de relatos que terminan cargados de arquetipos y de interpretaciones morales: el hecho de contar, simplemente. Y su efecto primero: el entretenimiento. En un ensayo antológico titulado con una pregunta, ¿Qué quiere un niño?, el filósofo José Luis Pardo comparaba a los personajes de Pinocho y Buzz Lightyear (el astronauta de la película Toy Story) como ejemplos, respectivamente, de muñeco que quiere ser humano y humano que no sabe que es un muñeco. Pardo, además, reflexiona sobre el carácter amoral de los niños. "La célebre y celebrada inocencia de los niños", dice, "no mienta una incapacidad para hacer el mal, no es que los niños sean buenos; su inocencia está cargada de perversidad; no son ni buenos ni malos porque simplemente carecen de conciencia moral, son capaces de cometer las peores maldades sin sentir remordimiento alguno, les falta la conciencia de culpa".

Blancanieves, por Ariadna Gil y Ana Rujas. La historia de Blancanieves, del siglo XVI, fue dulcificada un siglo y medio después por los hermanos Grimm. "El personaje de Claudia [Ariadna Gil], la madrastra de Blancanieves [Ana Rujas], es el más importante porque en ella confluyen los arquetipos de la fuerza femenina. La historia se destila en una encarnizada lucha a muerte entre sus dos antagónicas protagonistas. En la original, el daño lo origina Blancanieves al provocar la muerte del hijo nonato de Claudia. Ahí la madrastra se vuelve loca y mala", explica De los Galanes.- MANUEL DE LOS GALANES. ("El País")


   No es lo único, por cierto, que les falta a los niños, esa peculiar especie de animal racional. También les falta, para su felicidad, conciencia de algo que a medida que crecen se convierte en toda una cadena: el hilo argumental. De ahí que puedan entrar y salir de una historia disfrutando de cada instante como si fuera único. De ahí que nunca terminen de escuchar un cuento de una vez por todas. O de ver una película, la forma moderna de los cuentos antiguos. De ahí que sean capaces de leer (o ver) lo mismo una y otra vez. La ventaja de ser inmortal es que el tiempo no existe. El problema es que creen que todos disfrutan de su misma condición. Walter Benjamin, que tanto escribió sobre la figura del narrador tradicional -narrar no es solo un arte, también es un mérito-, decía que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que los adultos sean más fuertes, sino su incapacidad para la magia. Tenía razón. Jesucristo no era una excepción: todos los niños creen que sus padres son Dios.

domingo, 21 de agosto de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "No toquéis a Blancanieves", por Antonio Rodríguez Almodóvar

Antonio Rodríguez Almodóvar

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
No toquéis a Blancanieves

ANTONIO RODRÍGUEZ ALMODÓVAR 09/07/2011

   A la hora de abordar cualquier asunto relacionado con los cuentos tradicionales conviene no olvidarse de lo principal: el sentido de estas narraciones es de naturaleza simbólica. Esto es, expresan una cosa, pero se refieren o aluden a otra. Por tanto, cualquier intento de racionalizarlas, o de acercarlas a intereses o ideologías de nuestro tiempo, está condenado al fracaso, si no al más espantoso ridículo. Es lo que ocurre cuando se quieren "adaptar" las Caperucita, Blancanieves, Cenicienta, etcétera, con el prisma de "lo políticamente correcto", de algún feminismo extraviado, de pedagogías hiperproteccionistas, y otras yerbas posmodernas.
   Así, por ejemplo, ver menosprecio hacia la figura de la madrastra, frente a la de la madre, como encarnaciones respectivas de la maldad frente a la bondad, es no querer mirar más allá de esos estereotipos, y, en suma, condenar a la desaparición a esos relatos milenarios. Pues nada se resuelve reemplazando a la madrastra de Cenicienta por su madre, si en todo caso la mujer del padre, sea quien sea, ha de seguir maltratando a la heroína. Y si ponemos a una señora bondadosa, desaparecerá el motor del conflicto, que es el maltrato.
   Tal vez por esa razón, en las versiones orales de estos viejísimos cuentos (hay cenicientas rudimentarias ya en el Antiguo Egipto), y desde luego en los pertenecientes a nuestra rica tradición hispánica, unas veces aparece la madrastra y otras es la propia madre la que se muere de envidia por la belleza de su hija, que es lo que desencadena una historia que sigue fascinando a los niños de todo el mundo, incluso ante las versiones almibaradas de la factoría Disney. Pues ni Disney, ni nadie, podrá evitar que la heroína emprenda y supere un durísimo camino de emancipación, huyendo de un espeso ambiente incestuoso. Por eso las versiones más auténticas de Blancanieves no hablan para nada de siete enanitos, sino de siete, o tres, hermanitos, los que previamente han sido expulsados del hogar por un padre que ansiaba tener una niña, que al fin llegó. En el caso de Cenicienta, la tan denostada madrastra lo que va a evitar es precisamente que el padre viudo se acerque demasiado a su hija, aunque no por eso dejará de obligarla a realizar las más penosas tareas.
   En Caperucita, el papel de la madre tampoco resulta muy edificante, pues prácticamente arroja a su niñita al mundo exterior, el bosque, y con un atuendo como para no ser detectada por los lobos de turno. Y si nos acercamos a La bella durmiente -en versión completa-, veremos con horror cómo una suegra edípica pretende devorar a sus propios nietos y luego a su nuera. Se podría concluir, de este rápido examen de cuentos muy extendidos, que tanto madre como madrastra, o como suegra, comparten un mismo rol: abandonar y/o castigar a la heroína, para así darle la oportunidad de que crezca y se libere.
   Todo eso, que reputados antropólogos, psicoanalistas y semiólogos han ido desvelando en los últimos tiempos, es lo que aconseja que estos cuentos no se alteren, pues alumbran en la mente infantil, y en el psiquismo colectivo, mucho más de lo que los adultos podemos entender a simple vista. Allí destruyen embrionarios complejos de Edipo, ayudan a combatir frustraciones narcisistas, rivalidades entre hermanos, a conocer, en fin, los límites de la existencia y del propio yo, más un descubrimiento intuitivo del sexo, como pieza turbadora en el corazón de la vida. Pero, sobre todo, iluminan la esperanza de hacerse independientes y libres, tras vencer tantas penalidades. Y al final del camino, el encuentro gozoso con otro ser distinto e inesperado: el príncipe, la princesa, que naturalmente no hay que interpretar en la literalidad miope de estos términos. De paso, observen cómo ese final incluye todo un matrimonio interclasista y por amor, que no es ninguna nonada, entre costumbres que todavía hoy sujetan a muchas niñas a repugnantes matrimonios concertados. Por ahí anda el meollo de estos relatos. Así que, por favor, no toquéis a Blancanieves, ni a la madrastra, y si me apuráis, ni siquiera a los enanitos de Disney, que bajo ese absurdo disfraz de mineros de un bosque (¡), con sus siete camitas, resultan tan divertidos y tan, ¿cómo diría?... encantadoramente libidinosos.

   Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1941) obtuvo el 'Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil', 2005, con El bosque de los sueños (Anaya). Su último libro es Si el corazón pensara (Alianza, 2009). http://www.aralmodovar.es/.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Malas de cuento", de Soledad Puértolas

Blancanieves y su madrastra (1935), de Rego Paula.- The Whitworth Art Gallery. The University of Manchester. www.bridgemanart.com ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Malas de cuento

SOLEDAD PUÉRTOLAS 09/07/2011

   La literatura infantil está poblada por más madrastras y brujas crueles que madres bondadosas. Arquetipos, simbología y mitos analizados a la luz de la psicología en un libro de Sibylle Birkhäuser-Oeri. Blancanieves, La cenicienta, La bella durmiente o Caperucita Roja son clásicos que permiten múltiples interpretaciones.

   De niña, fui lectora apasionada de los llamados cuentos de hadas, por los que desfilaban extraños seres no siempre benignos que daban a la vida una constante sensación de peligro e incertidumbre. En aquellos cuentos, los escenarios también resultaban intimidatorios. Grutas, bosques espesos, acantilados rocosos, mares agitados, estanques turbios sobre los que aleteaban sonidos de ultratumba y sombras amenazantes, servían de telón de fondo de intrincadas historias en busca de tesoros y reinos perdidos o desencantamientos, porque muchas veces, el protagonista había sido víctima de un maleficio y vivía bajo una falsa y horrible apariencia.
   Me gustaban más estos cuentos de los que no puedo recordar un solo argumento -imagino que eran todos muy parecidos- que los clásicos infantiles. Excepto dos: Blancanieves y La Cenicienta. Podría añadírseles El patito feo. Desde luego, Caperucita no me gustaba nada, aunque su historia estaba muy presente, quién sabe por qué, en nuestras pequeñas vidas. Blancanieves y La Cenicienta, que en realidad es una especie de patito feo, lograron una popularidad enorme gracias a Walt Disney. Eran historias que no podían dejar indiferente a una niña. Dos historias de madrastras, por cierto. Curioso, ¿no? La madrastra de Blancanieves, además, es bruja. El famoso espejito en el que se mira para asegurarse de que su belleza no tiene rival en su reino la pone en relación directa con las fuerzas del mal. La madrastra de la Cenicienta, sin embargo, es simplemente una mujer mala. Humilla constantemente a su hijastra y le encarga los más fatigosos trabajos de la casa, mientras no escatima dineros para vestir lujosamente a sus hijas con la idea de casarlas bien. Esta mala mujer carece de poderes sobrenaturales. Es Cenicienta quien, al final, accede a la magia.
   En todo caso, una, bruja, otra, simplemente malvada, son prototipos de la madrastra que odia a su hijastra. No deja de ser llamativa esta presencia tan poderosa de las madrastras en los cuentos infantiles. Si la niña o la joven tienen al enemigo dentro de su círculo familiar, ¿cómo no se va a presentir toda una sucesión de peligros? Pero de esto tratan los cuentos, de obstáculos y dificultades. Si Blancanieves y Cenicienta hubieran tenido madres en lugar de madrastras, sus historias no habrían tenido lugar. La madre es buena por naturaleza, generosa, protectora. Blancanieves y Cenicienta son dos jovencitas desvalidas a las que hay que salvar.
   ¿De qué manera está presente la figura de la madre en los cuentos infantiles? El de Caperucita comienza precisamente con un breve diálogo entre la niña y su madre. La madre encarga a la niña que lleve la merienda a su abuelita, pero le advierte de los peligros del bosque y le pide que no se entretenga. No volvemos a saber nada de la madre. El final es lo bastante radical como para que se nos ocurra pensar qué habrá sido de ella. El lobo entra en casa de la abuelita, se la come y se pone su ropa. Llega Caperucita con la merienda y, a instancias de la falsa abuelita, se mete en la cama con ella. Tras el famoso diálogo -"¡qué dientes más largos tienes!", etcétera-, el lobo se zampa a la pobre Caperucita.
   El tremendo episodio ha sido abundantemente comentado, dada la potencia de la imagen. El lobo, negro y peludo, vestido con camisón blanco y tocado con una cofia, supone un contraste casi insoportable con la dulce e inocente niña. Pero, una vez que nos hemos dado cuenta de que en este cuento hay una madre, volvamos a ella. Y, de pronto, nuestra cabeza se llena de preguntas. ¿A quién se le ocurre mandar a la niña sola a casa de la abuelita teniendo que pasar tan cerca del bosque, un lugar peligroso por definición? Esta madre, ¿no será en realidad una madrastra?, ¿por qué, si no, envía a la niña a un lugar y a una hora tan inconvenientes? Lleva la merienda, luego es por la tarde, que linda con la noche. Bosque y noche, dos peligros clarísimos. Lo del lobo ha sido algo imprevisto. O quizá no: quizá la madrastra conoce la existencia del lobo, que tiene su guarida en el bosque. Quizá confiaba en que la niña, que es curiosa, se internaría por el bosque, se perdería y se toparía al fin con el lobo, que la mataría.
   Como las madrastras malas quieren deshacerse de sus hijastras, tenemos muchas razones para suponer que la madre de Caperucita bien podría haber sido madrastra y no madre. Muerta Caperucita, la madrastra se queda con el padre de la niña para ella sola. La jugada le ha salido perfecta. Más aún, si, como sospechamos, la abuelita, a la que también se ha comido el lobo, es la madre del padre de Caperucita y, como es lógico, no se lleva nada bien con la nueva mujer de su hijo. Si todo esto es así, está claro que la madrastra ha matado dos pájaros de un tiro.
   Si optamos por atenernos a la figura de la madre, llegaríamos a una conclusión igualmente inquietante: la madre es una perfecta estúpida. No tiene ningún sentido que envíe a su hija en medio de la tarde y con el bosque a sus puertas a casa de la abuelita. Sus advertencias de peligro, como debería de saber, se convierten en incitación, en tentación. Una madre tonta acaba siendo una mala madre.
   Pero los cuentos infantiles no son realistas, sino simbólicos. Hay muchas más madrastras y brujas que madres bondadosas. La protección materna eliminaría la tensión. En compensación, existen las hadas. Estas bellas y etéreas mujeres, que también tienen complicadas historias a sus espaldas, se encargan de ayudar a los protagonistas de los cuentos cuando se hallan más desesperados. Por eso, sin duda, me gustaban tanto estos cuentos. Siempre podías contar con la intervención oportuna y mágica de las hadas.
   Al lado de esta clase de literatura, que bien podemos caracterizar de fantástica, estaba la realista, a la que también fui muy aficionada. Allí sí había madres -Celia y Antoñita tenían madres, aunque Celia la pierde-, pero estas madres eran parecidas a la nuestra y a las de otras niñas. Eran madres y eran adultas. Esto, al final, era lo más importante. Porque el mundo de los adultos quedaba tan lejos del mundo de la infancia que la comunicación entre ambos parecía imposible. Estas madres de los relatos realistas eran distantes y daban muchas órdenes incomprensibles. Básicamente, no entendían nada de lo que les pasaba a sus hijos. Era un reflejo de lo que sentíamos los niños y niñas de entonces.
   La literatura ha ofrecido siempre un lugar donde pasan cosas completamente distintas de las que se ven en el cotidiano acontecer, pero también da cabida a situaciones conocidas de la vida. Ambas opciones son necesarias y complementarias. La exageración y representación del mal y de las dificultades parece algo concomitante a nuestra condición. Sospechamos que esa forma de abordar la realidad nos proporciona nuevos y riquísimos puntos de vista. Bruno Bettelheim, en su apasionante libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, reivindica esta literatura y nos anima a preservarla. El detallado estudio de Sibylle Birkhäuser-Oeri rastrea los arquetipos maternos en los cuentos infantiles. Siguiendo la pauta de Jung, nos invita a explorar en los símbolos, en suma, a no tirar "la llave de oro que un hada buena nos puso en la cuna".
   La presencia del mal en el mundo, sostiene Jung, es un hecho evidente y, en consecuencia, no podemos descartar el proceso de aprendizaje que nos brindan los cuentos. Lo tremendo, lo terrible, lo incomprensible, es parte de la vida, y la imaginación es un instrumento poderoso para nuestra sobrevivencia.
   También para nuestra felicidad.

   Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Bruno Bettelheim. Traducción de Silvia Furió. Crítica. Barcelona, 2010. 352 páginas. 10,90 euros. Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) ha publicado recientemente el volumen 1 de Obras escogidas. El bandido doblemente armado y Una enfermedad moral (prólogo de Daniel Fernández. Anagrama. Barcelona, 2011. 156 páginas. 18,50 euros) y el libro de relatos Compañeras de viaje (Anagrama. Barcelona, 2010. 224 páginas. 18 euros. Electrónico: 14,30). http://www.soledadpuertolas.com/.
Soledad Puértolas