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miércoles, 27 de mayo de 2015

PRENSA. "El negocio de alimentar a la Humanidad"

   En "El País":

El negocio de alimentar a la Humanidad

Los límites de las tierras de cultivo y el agua disponible obliga a los gobiernos y al sector alimentario a tecnificarse para afrontar la cada vez mayor demanda mundial de comida


Miembros de una delegación de EE UU visitan una refinería de azúcar en Candelaria (Cuba), el pasado 3 de marzo. / ALEXANDRE MENEGHINI (REUTERS)

El pasado día 1, en un terreno de dos millones de metros cuadrados a las afueras de Milán, se abría al público la Exposición Universal de 2015, con el lema “Alimentar al planeta, energía para la vida”. En los pabellones, una amplia representación de empresas, organizaciones internacionales y 110 países exhibirán durante seis meses el progreso de la industria de la alimentación.
Mientras, fuera, las protestas callejeras señalaban las contradicciones del evento. La delegación que más se ha gastado en su pabellón de la Expo de Milán (72 millones de euros) es Emiratos Árabes, un país en el que la agricultura representa un 0,8% del PIB y que importa la mayoría de los alimentos que consume. Pero la principal ironía de una celebración global de la buena alimentación es que, a pesar de que los seres humanos consumen, en promedio, 2.868 calorías diarias, alrededor de 800 millones de personas sufren malnutrición crónica. Y aunque es una cifra que se ha reducido en los últimos 20 años (según la agencia alimentaria de Naciones Unidas, la FAO, el porcentaje de personas pasando hambre ha caído del 18,7% al 11,3%), el tamaño del problema sigue siendo enorme.

La alimentación en el planeta se sostiene sobre unos 570 millones de granjas
La alimentación en el mundo se sostiene sobre las 570 millones de granjas que, según la FAO, hay en el planeta. La inmensa mayoría (alrededor de un 80%) son pequeñas explotaciones familiares, por lo que el verdadero poder reside en sus mayores compradores: la industria agroalimentaria. Es un sector grande (según un informe de Bank of America Merrill Lynch, la industria vale 2,3 billones de euros, una cifra equivalente al PIB de Brasil y a un 3% de la economía global), poderoso y longevo: las tres mayores empresas del sector por ingresos (Nestlé, Archer-Daniels y Bunge) son centenarias. En gran medida, la seguridad alimentaria del planeta en el futuro dependerá de lo que hagan hoy estas grandes multinacionales.
Tradicionalmente, el sector agroalimentario ha sido un negocio familiar, pero la solidez de la industria ha atraído a inversores de todo el mundo. Dos de los más famosos, la estadounidense Berkshire Hathaway (con Warren Buffett a la cabeza), y la brasileña 3G Capital, se han coordinado en los últimos años en megaoperaciones de concentración. En 2013, se unieron para comprar Heinz, famosa por sus salsas y enlatados, en una adquisición de 28.000 millones de dólares (22.000 millones de euros). En marzo de este año, se volvieron a juntar para hacerse con Kraft Foods, otra fusión milmillonaria.


No es el único caso. En 2013 el mercado global de carnes vivió dos macrofusiones: la compra de Hillshire por Tyson Foods en 2013 (una operación de 8.550 millones de dólares) y la de la británica Smithfields por la china Shuanghui, por más de 7.000 millones, una operación que incluyó en parte a la española Campofrío.
Este proceso de concentración preocupa a las organizaciones no gubernamentales especializadas en alimentación. “El sector está en muy pocas manos, desde los insumos hasta la distribución, pasando por las grandes comercializadoras de grano”, explica Lourdes Benavides, responsable de seguridad alimentaria de Oxfam Intermón. “Eso les da un gran poder a lo largo de la cadena, tanto de fijación de precios como de control de reservas, eso sin hablar de su influencia a la hora de tomar decisiones políticas”.
Los grandes inversores buscan en el agroalimentario un sector sin sobresaltos, pero el futuro de la industria tiene enormes y costosos desafíos por delante. Según la FAO, dar de comer a los 9.600 millones de seres humanos que habitarán el planeta en 2050 necesita inversiones por valor de 83.000 millones de dólares al año. Y, en su mayor parte, tendrán que venir de la caja de las empresas. “Ya no concebimos alcanzar ninguna meta sin el sector privado”, comenta Marcela Villarreal, directora de Asociaciones de la FAO. “Es el que más ha cambiado su rol. En el pasado lo considerábamos un financiador. Hoy es un actor más. Estamos haciendo un llamamiento para que no solo se comporte de forma responsable, sino que contribuya de manera medible a las metas con instrumentos y guías”.
¿Y cuáles son los retos? Para empezar, tierra y agua. Solo un 11% de la superficie terrestre del mundo es cultivable, pero eso es más que suficiente para alimentar a toda la Humanidad. De hecho, un estudio patrocinado por la Fundación Rockefeller da por superado el peak farmland: el punto en el que más tierra ha sido necesaria para dar de comer al mundo. La desaceleración del crecimiento de la población y la mejora de la productividad harán reducirse esta cifra. Pero el problema es que este último dato solo es cierto si los hábitos de consumo se mantienen como ahora. Y no es así. Según la FAO, hasta 2050 la tierra cultivable deberá crecer un 70% para abastecer a todo el mundo. En 1961, había 2,5 hectáreas de tierra cultivable por habitante y en 2050 habrá menos de 0,8. Al mismo tiempo, se necesita un incremento de 64.000 millones de metros cúbicos de agua dulce cada año para adecuar la producción agroalimentaria a la demanda.
Un futuro ya de por sí complicado que se agrava cuando se incluye el cambio climático en la ecuación. El efecto es especialmente notable en las regiones tropicales y ecuatoriales. En Asia, donde la implantación de regadíos permitió un gran aumento de la productividad, la mayor inestabilidad del clima puede echar a perder los logros ganados. En algunos países africanos, la rentabilidad agrícola puede reducirse en un 50%.
Los problemas derivados del cambio climático se extienden pronto a toda la economía. “En 2010 y 2011, los años previos a la Primavera Árabe, hubo una sequía grave en todo el norte de África: Túnez, Libia, Egipto”, recuerda Kanayo F. Nwanze, presidente de IFAD, el brazo financiador de la FAO. “El precio del pan subió, la gente tuvo que emigrar a ciudades ya saturadas… El cambio climático trae crisis, trae inestabilidad”.
¿Cuáles son las posibilidades de negocio en éste nuevo mundo? El interés de varias instituciones o incluso Gobiernos, como el de Corea del Sur, por hacerse con tierras de cultivo en varios países africanos ha despertado muchísima polémica, aunque la realidad esté siendo algo distinta: “Llevamos varios años haciendo un seguimiento y es difícil cuantificar cuánto existe en realidad, si se aumenta o se estabiliza”, comenta Benavides. “Pero sigue ahí y se sigue regulando bastante mal. Muchas tierras ni siquiera se ponen a cultivar, por lo que los agricultores locales no tienen acceso”.

El cambio climático añade dificultad a un sector, sobre todo en el trópico
El negocio y el futuro de la producción alimentaria, según los analistas, está en las soluciones tecnológicas. “En inglés lo llamamos more crop per drop: más cosechas por cada gota de agua”, considera Sarbjit Nahal, estratega de Bank of America Merrill Lynch. “Hay oportunidades de negocio en el tratamiento, gestión, infraestructura y suministros de agua, así como en semillas y productos agrícolas tolerantes a la sequía, agricultura de precisión”.
Grandes empresas del sector ya están trabajando en ello. “Los productos para la protección de las plantas están yendo más allá de los fitosanitarios”, comenta Carlos Vicente, director de Sostenibilidad de Monsanto para Europa. “Hay productos desarrollados a partir de mecanismos que ya se encuentran en la naturaleza, como productos microbianos que ayudan a controlar plagas y potenciar el rendimiento, o el ARN de interferencia, que son instrucciones que hacen que plagas, malas hierbas o incluso parásitos de insectos beneficiosos, como las abejas, no hagan el daño que pueden hacer”.
Las posibilidades tecnológicas ya existen. “El regadío por aspersión utiliza mucha menos agua que la inundación”, explica el tecnólogo Ramez Naan en una entrevista al proyecto Future Foods 2050, organizado por el Instituto de Tecnología de los Alimentos (ITF). “Aunque sea un simple cambio como regar por la noche, cuando hay menos posibilidades de pérdidas por evaporación”. “En muchos casos, el que decide qué se riega y a qué hora es el agricultor, que la mayor parte de las veces es el propietario de la finca”, explica Juan Carlos Jiménez, socio fundador de IG4 Agronomía, una empresa de Huelva dedicada a aplicar las nuevas tecnologías al regadío. Y su criterio es por aproximación y observación: ahora 20 minutos, ahora tantas horas. “Lo que nosotros hacemos ir a la raíz, donde se ve qué le pasa a cada planta. Medir la humedad, la temperatura, ver que se usa la cantidad adecuada de agua y fertilizante”.
También el sector de la maquinaria agrícola está haciendo avances. “Todas las empresas están trabajando para que haya equipos más inteligentes, tractores que puedan medir qué le pasa a la planta por la que pasan”, explica Ulrich Adam, presidente de la patronal europea CEMA. “Incluso en países desarrollados, donde la productividad no puede crecer mucho más, se están consiguiendo mejoras en los rendimientos de entre un 3% y un 4%, y, lo que es realmente bonito, con mucho menos agua y fertilizantes”. Según Bank of America Merrill Lynch, el mercado de equipamientos agrícolas pasará de 130.000 millones de dólares en 2013 a más de 208.000 millones en 2018, un aumento del 60% en cinco años. Solo el mercado de drones (aviones no tripulados) de uso agrícola está estimado en 2.000 millones de dólares.

Para el grueso de los analistas, los mayores rendimientos pasan por un uso más intensivo de la tecnología. El reto está en llevarla a los mercados emergentes y a los pequeños agricultores. “Mucha de la agricultura en África se hace a base de azadón”, comenta Villarreal. “No solo es muy poco productivo, es dañino: eso deja a los granjeros con la espalda doblada en dos”. Desde las organizaciones internacionales se apuesta por la creación de cooperativas y asociaciones de pequeños granjeros para obtener las economías de escala necesarias para la mecanización. “Hay que organizar a los agricultores”, defiende Nwanze. “Hay iniciativas muy buenas que se están llevando a cabo en África”, explica Villarreal. “Juntar 20, 30, 40 agricultores para que puedan comprar un tractor. Y es un buen negocio para todos: para quien compra el tractor y para quien lo vende”. “Las nuevas tecnologías son caras porque requieren de una inversión de capital”, reconoce Ulrich Adam, “pero lo que pasó con la telefonía móvil, que ha entrado muy fuerte en el campo y ahora tiene una presencia enorme, puede pasar con otras tecnologías. La revolución digital puede hacer que la agricultura no sea tan intensiva en capital como lo es ahora”.
La tecnología también será indispensable cuando la industria agroalimentaria deba enfrentarse al cambio en el paradigma energético. El drástico aumento de la producción de hidrocarburos gracias a la fracturación hidráulica puede haber reducido las presiones económicas sobre los granjeros, pero el empuje de los objetivos de reducir emisiones de dióxido de carbono y el abaratamiento de las energías alternativas supondrían un cambio dramático en el sector.
La expansión del mercado de biocombustibles ha sido responsabilizada de la creciente demanda de tierras a nivel global, pero es poco si lo comparamos con el imparable aumento del consumo de carne. El 60% del incremento de producción de alimentos que se produzca hasta 2025 estará destinado a piensos. En la mayoría de países emergentes, el consumo de carne es un símbolo de modernidad y estatus: la señal de que se ha llegado a la clase media. “Pero si toda la Humanidad comiera carne como en Occidente, no habría planeta suficiente”, considera Villarreal.
Pero, posiblemente, el desafío tecnológico más serio es transporte y almacenaje de los alimentos. Un estudio patrocinado por la FAO estima que, en Norteamérica y Oceanía, hasta un 60% de las raíces y tubérculos se pierde en el camino que va desde el campo al consumidor. En el norte y centro de África, hasta un 55% de la fruta. “Uno viaja por Colombia y encuentra mangos preciosos tirados en el suelo”, comenta Villarreal. Desarrollar redes de transporte y cadenas de frío requieren grandes inversiones. No es la única solución posible. “Las producciones son más eficientes y menos costosas cuanto más cerca están de las zonas de consumo”, reflexiona Carlos Vicente. “Puede que la solución sea que los agricultores puedan abastecer a las poblaciones en sus zonas de origen”, añade.

La agricultura de precisión se abre camino como una alternativa muy viable 
Tecnologías como la de granjas urbanas podrían impulsar este movimiento, pero, para Ulrich Adam es más una cuestión de hábitos de consumo. “En el mundo desarrollado, la mayor parte de las pérdidas se produce en nuestros frigoríficos”, considera, “y por la distribución. Sobre todo mucha fruta y verdura se tira porque no tiene los criterios de calidad que exigen los consumidores. La tecnología puede ayudar a producir fruta más bonita, pero también quizás sea una cuestión de educar al consumidor para que no quiera comida perfecta en todo momento”.
La calidad de los alimentos también preocupa a los consumidores, tanto en los países tradicionalmente industrializados como en los emergentes. En 2008, una epidemia de dolencias renales empezó a afectar a miles de bebés en China. Pronto se encontró que la responsabilidad era de un lote de leche infantil adulterada con melamina, un pegamento industrial. Fue la primera de varias sonadas crisis alimentarias en el país asiático. Otras crisis, como la de las vacas locas en Europa y Norteamérica, han puesto presión sobre la industria y le han obligado a redoblar sus esfuerzos por garantizar la seguridad de los productos que vende.
Por otro lado, los consumidores buscan cada vez más variedad, cada vez más salud y cada vez más autenticidad en los productos que consumen. Y el sector responde. “Hoy en día, dos de cada tres compañías de la industria alimentaria están dedicadas de forma permanente a alguna clase de innovación”, explican desde el grupo de presión en Bruselas de la patronal europea del sector, FoodDrinkEurope. “El 50% de los productos que vemos en los supermercados hoy no estarán en los lineales dentro de cinco años”. “Los mercados son muy sensibles ante los temas medioambientales”, comenta Jiménez. “Cada vez se busca más la huella del agua, si se ha hecho un uso respetuoso del agua en la producción”.
El cambio en las preferencias de los consumidores también ha fomentado el crecimiento de pequeñas compañías fuera de los grandes grupos empresariales, especializadas en productos muy específicos creados con unos estándares muy difíciles de alcanzar por la producción en masa. “Nunca se han creado más empresas emergentes en la industria alimentaria como ahora”, comenta Michael Boland, profesor de la Universidad de Minnesota y experto en la evolución del sector agroalimentario. “Hay muchas rupturas con el pasado ahora mismo”.
“La inversión del sector empresarial al desarrollo agrícola es de hasta el 75% del total”, explica Nahal. ¿Vale la pena desde un punto de vista económico? “La inversión en I+D agrícola continua siendo una de las inversiones más productivas ahora mismo”, considera. “Ofrece tasas de retorno de entre el 30 y el 75%”. Un estudio de más de 200 proyectos de regadíos del Banco Mundial entre 1960 y 1995 habla de una tasa de retorno del 15%.
Para los países hay un incentivo adicional: eliminar el hambre no es solo un imperativo moral, sino que tiene sentido desde un punto de vista económico. Bank of America Merrill Lynch calcula que el hambre tiene un efecto en la economía global de dos billones de euros, casi el equivalente al peso del sector alimentario entero. Demasiada riqueza como para dejar que se pierda.

martes, 27 de enero de 2015

PRENSA. PREPUBLICACIÓN. "Los que alimentan el hambre". Martín Caparrós

   En "El País":
PREPUBLICACIÓN

Los que alimentan el hambre

Martín Caparrós edita en España su último y demoledor libro -titulado 'El Hambre'-, en el que desentraña por qué 805 millones de personas no tienen qué comer.

La especulación es una de las causas, como desvela este extracto de unos de los capítulos


Un granjero sembrando arroz en Ngoc Nu village, al sur Hanoi (Vietnam). / KHAM (REUTERS)

La transformación de la comida en un medio de especulación financiera ya lleva más de veinte años. Pero nadie pareció notarlo demasiado hasta 2008. Ese año, la gran banca sufrió lo que muchos llamaron "la tormenta perfecta": una crisis que afectó al mismo tiempo a las acciones, las hipotecas, el comercio internacional. Todo se caía: el dinero estaba a la intemperie, no encontraba refugio. Tras unos días de desconcierto muchos de esos capitales se guarecieron en la cueva que les pareció más amigable: la Bolsa de Chicago y sus materias primas. En 2003, las inversiones en commodities [materias primas] alimentarias importaban unos 13.000 millones de dólares; en 2008 llegaron a 317.000 millones. Y los precios, por supuesto, se dispararon.
Analistas nada sospechosos de izquierdismo calculaban que esa cantidad de dinero era quince veces mayor que el tamaño del mercado agrícola mundial: especulación pura y dura. El Gobierno norteamericano desviaba cientos de miles de millones de dólares hacia los bancos "para salvar el sistema financiero" y buena parte de ese dinero no encontraba mejor inversión que la comida de los otros.
Ahora en la Bolsa de Chicago se negocia cada año una cantidad de trigo igual a cincuenta veces la producción mundial de trigo. Digo: aquí, cada grano de maíz que hay en el mundo se compra y se vende —ni se compra ni se vende, se simula cincuenta veces—. Dicho de otro modo: la especulación con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que la producción de trigo.
El gran invento de estos mercados es que el que quiere vender algo no precisa tenerlo: se venden promesas, compromisos, vaguedades escritas en la pantalla de una computadora. Y los que saben hacerlo ganan, en ese ejercicio de ficción, fortunas.

Por qué hice este libro

MARTÍN CAPARRÓS

Martín Caparrós. / SAÚL RUIZ
Lo hice porque, en algún momento, creí que no podía no hacerlo. Pero escribir El Hambre fue, probablemente, el trabajo más difícil que encaré en mi vida. De la Bolsa de Chicago a las fábricas de Bangladesh, de los hospitales de Níger a los basurales de Buenos Aires, de la guerra civil de Sur Sudán a las explotaciones chinas en Madagascar, del moritorio de la Madre Teresa de Calcuta a los morideros suburbanos de Mumbai, me pasé años recorriendo la geografía del hambre para contar y analizar la mayor vergüenza de nuestra civilización: que cientos de millones de personas no coman lo suficiente en un planeta que produce alimento de sobra para todos.
Y los que no saben contratan programadores de computación. Más de la mitad del dinero de las Bolsas del mundo rico está en manos del HFT (High Frecuency Trading), la forma más extrema de especulación algorítmica o automatizada. Son muchos nombres para algo muy complicado y muy simple: supercomputadoras que realizan millones de operaciones que duran segundos o milisegundos; compran, venden, compran, venden, compran, venden sin parar aprovechando diferencias de cotización ínfimas que, en semejantes cantidades, se transforman en montañas de dinero. Son máquinas que operan mucho más rápido que cualquier persona, autónomas de cualquier persona. Me impresiona que los dueños de la plata pongan tanta plata en las manos —llamémosles manos— de unas máquinas que podrían despistarse y cuyo despiste podría costarles auténticas fortunas: que tengan tal confianza en la técnica o, quizá, tal avidez.
Los HFT son la especulación más pura: máquinas que sólo sirven para ganar plata con más plata. Son operaciones que nadie hace sobre contratos que no están hechos para ser cumplidos acerca de mercaderías que nunca nadie verá. La ficción más rentable.
La máquina giraba a mil por hora. Aquel día, 6 de abril de 2008, una tonelada de trigo había llegado a costar 440 dólares. Era increíble; sólo cinco años antes costaba tres veces menos: alrededor de 125. Los cereales, que se habían mantenido en valores nominales constantes —que habían, por lo tanto, bajado sus precios— durante más de dos décadas, empezaron a trepar durante el año 2006, pero en los primeros meses de 2007 su ascenso se había vuelto incontenible: en mayo, el trigo pasó los 200 dólares por tonelada, en agosto los 300, los 400 en enero; lo mismo sucedía con los demás granos.

El gran invento de estos mercados es que el que quiere vender algo no precisa tenerlo: se venden promesas, compromisos, vaguedades escritas en la pantalla
Y, como dicen los negociantes, el mercado alimentario tiene una "baja elasticidad". Es su forma de decir que, pase lo que pase con la oferta, la demanda no puede cambiar tanto: que, si los precios suben mucho, se puede postergar la compra de un coche o de una zapatilla, pero muy poca gente acepta de buena gana postergar la compra de su almuerzo.
El aumento no tenía, por supuesto, una causa exclusiva. Una de ellas fue el aumento extraordinario del precio del petróleo, que en esos días de abril bordeaba los 130 dólares por barril, el doble que 12 meses antes. El petróleo es tan importante para la producción agropecuaria que un ensayista político inglés, John N. Gray, dijo hace poco que "la agricultura intensiva es extraer comida del petróleo". Se refería, entre otras cosas, a ese cálculo tan cacareado que dice que producir una caloría de comida cuesta siete calorías de combustibles fósiles.


Parqué de la Bolsa de Chicago donde se ubica el mercado de futuros, en diciembre de 2013. / FOTO: TIM BOYLE (BLOOMBERG)
El precio del petróleo influye en el precio de los alimentos de varias maneras. Los alimentos incluyen en su costo una parte significativa de combustible: en su producción —por las máquinas rurales y porque la mayoría de los abonos y pesticidas contienen alguna forma de petróleo—, en su transporte, en su almacenamiento, en su distribución. Pero, además, el aumento del precio del petróleo le dio más entidad todavía a los famosos agrocombustibles.
Empezaron llamándolos biocombustibles; últimamente, grupos críticos insisten en que el prefijo "bio" les presta una pátina de honorabilidad ecológica que no merecen —y postulan que los llamemos agrocombustibles—. Parece que lo agro no está tan cotizado como lo bio en la conciencia cool. Pero hay gente que paga mucha plata para conseguirles buena prensa: en el año 2000 el mundo produjo 17.000 millones de litros de etanol; en 2013, cinco veces más: 85.000 millones. Y nueve de cada diez litros se consumieron en Estados Unidos y Brasil. (...)
Y es otra forma de usar los alimentos para no alimentar.
Y un negocio de primera para muchos.

La especulación con el trigo mueve cincuenta veces más dinero que la producción de trigo
El agrocombustible es la penúltima respuesta a la superproducción de granos que complica desde hace décadas a la agricultura norteamericana. En el último medio siglo las técnicas agrarias mejoraron como nunca, los subsidios a los granjeros aumentaron muchísimo, y sus explotaciones consiguieron rendimientos inéditos: no sabían qué hacer con tanto maíz, con tanto trigo. En la segunda mitad del siglo XX Estados Unidos se enfrentó a un problema con pocos antecedentes en la historia de la humanidad: la superproducción de alimentos. Parece un chiste que ése fuera el problema del mayor productor de comida de un mundo donde falta comida.
Entre otros efectos, la superproducción mantuvo muy bajos los precios de la comida durante un largo periodo. Uno de los primeros usos de ese excedente fue político: la exportación, bajo capa de ayuda, de grandes cantidades de grano. Ya hablaremos del programa Food for Peace. (...)
Después vendrían otros usos: jarabes de maíz —gran endulzador de la industria alimentaria—, detergentes, textiles y, últimamente, el agrocombustible.
El etanol norteamericano está hecho de maíz. Estados Unidos produce el 35 por ciento del maíz del mundo, más de 350 millones de toneladas al año. Una ley federal, la Renewable Fuel Standard, dice que el 40 por ciento de ese grano debe ser usado para llenar los tanques de los coches. Es casi un sexto del consumo mundial de uno de los alimentos más consumidos del mundo. Con los 170 kilos de maíz que se necesitan para llenar un tanque de etanol-85, un chico zambio o mexicano o bengalí puede sobrevivir un año entero. Un tanque, un chico, un año. Y se llenan, cada año, casi 900 millones de tanques.

El agrocombustible que usan los coches estadounidenses alcanzaría para que todos los hambrientos del mundo recibieran medio kilo de maíz por día
El agrocombustible que usan los coches estadounidenses alcanzaría para que todos los hambrientos del mundo recibieran medio kilo de maíz por día.
El Gobierno americano no sólo obliga a usar el maíz para empujar coches; también entrega a quienes lo hacen miles de millones de dólares en subsidios. (...) El aumento de la demanda de maíz producida por el etanol es responsable de un porcentaje importante —que nadie puede definir con precisión— del aumento del precio de los alimentos.
Un ejemplo: muchos granjeros del Medio Oeste americano dejaron de cultivar el maíz blanco que vendían, entre otros, a México – para pasarse al amarillo que se usa para hacer etanol. Entonces los precios de la harina se duplicaron o incluso triplicaron en México y miles de personas salieron a la calle. Lo llamaron la revuelta de las tortillas.
En Guatemala no salieron. En Guatemala la mitad de los chicos están malnutridos. Hace veinte años Guatemala producía casi todo el maíz que consumía. Pero en los noventas empezaron a llegar los excedentes americanos, baratísimos por los subsidios que recibían en su país, y los campesinos locales no pudieron competir con esos precios. En una década la producción local había disminuido una tercera parte.

En Guatemala la mitad de los chicos están malnutridos. Hace veinte años Guatemala producía casi todo el maíz que consumía
En esos días, muchos campesinos tuvieron que vender sus tierras a empresas que ahora plantan palmeras para hacer aceite y etanol, caña para azúcar y etanol. Y los que pudieron seguir cultivando las suyas encontraron más y más dificultades: amenazas armadas para que las vendan, propietarios que prefieren dejar de alquilarles las suyas para trabajar con las grandes compañías, grandes plantaciones que se llevan el agua o la envenenan con sus químicos.
El problema se agudizó en los años siguientes: los americanos empezaron a usar su maíz para hacer etanol y los precios subieron, y subieron más con los grandes aumentos que precedieron a la crisis de 2008. Ahora, en las tortillerías guatemaltecas, un quetzal – unos 15 centavos de dólar– compra cuatro tortillas; hace cinco años compraba ocho. Y los huevos triplicaron su precio porque los pollos también comen maíz.
Son ejemplos.
Pero no creo que nadie lo haga para perjudicar a nadie. Quiero decir: no es que las autoridades y los lobbies y los productores agrícolas americanos quieran hambrear a los chicos guatemaltecos. Sólo quieren mejorar sus ventas y sus precios, depender menos del petróleo, cuidar el medio ambiente – y eso produce ciertos efectos secundarios: sucede, qué se le va a hacer.
Shit happens
El Hambre, de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), se publica en España el 28 de enero. Editorial Planeta, 624 páginas. 24,90 euros, versión impresa; 14,99 euros, versión electrónica.

viernes, 29 de noviembre de 2013

PRENSA. "El sustento de medio mundo"

Tablas de arroz en Villafranco (Sevilla). / GARCÍA CORDERO. ("El país")

   En "El País":

El sustento de medio mundo

La domesticación del arroz fue una tecnología clave agrícola

Diez milenios después sigue siendo el alimento básico principal

 Madrid 22 NOV 2013

El progreso humano no ha procedido a un ritmo lento y constante desde que la especie evolucionó en África hace tal vez 100.000 años, o quizá incluso el doble de esa cifra, según los más antiguos hallazgos paleontológicos. Hace solo unos 60.000 años que las primeras evidencias de la creatividad humana moderna, incluidas las primeras muestras de arte simbólico, aparecieron en el sur del continente africano, y ese tipo de culturas tardaron casi otros 20.000 años en llegar a Europa. Pero seguramente la gran innovación cultural que empezó a generar el mundo tal y como lo conocemos fue la invención de la agricultura hace solo unos 10.000 años. Y la domesticación del arroz fue una de las tecnologías clave, hasta el punto de que hoy mismo, 10 milenios después, sigue siendo el alimento básico de medio planeta. Con la posible excepción de la invención del alfabeto, pocos avances habrá habido más cruciales en la historia de la especie.
La invención de la agricultura se atribuye tradicionalmente a los pueblos de Oriente Próximo y a la domesticación del trigo, las higueras y otros vegetales hasta entonces solo silvestres, pero avances similares ocurrieron de forma independiente en las actuales Suramérica y China, aunque no con el trigo, sino con las plantas silvestres disponibles en cada una de esas zonas. El arroz es la marca de fábrica de la revolución neolítica en Asia oriental. Las evidencias arqueológicas más antiguas de su cultivo datan de hace 7.000 o 9.000 años y están situadas en la mitad oriental de la actual China; con fechas algo posteriores aparecen también en India y el sureste asiático.

Arroz, a

Y allí sigue el arroz, dando de comer a la gente de esos países que suponen más o menos la mitad de la población mundial actual. Olvidamos a menudo hasta qué punto depende nuestra civilización actual, con sus fisiones atómicas, sus proyectos genoma y sus autopistas de fibra óptica, de invenciones simples y brillantes que ocurrieron hace 10.000 años. Pero que, por otra parte, no han dejado de experimentar crisis, mejoras y variaciones, y que se enfrentan hoy mismo a importantes retos –como el cambio climático y la pérdida de diversidad—, y también a oportunidades inéditas, como las poderosas técnicas de la biología actual.
Oryza sativa, la especie domesticada que incluye a la mayor parte de las variedades de arroz de uso agrícola, se cultiva en tierras anegadas periódicamente como los deltas de los ríos y los litorales planos. Por citar un par de ejemplos más cercanos que los asiáticos, el delta del Ebro y las marismas del Guadalquivir en los aledaños de Doñana son lugares tradicionales de cultivo de arroz en España. El hecho de que este tipo de hábitats sean muy comunes en el este y el sureste asiáticos explica en parte el inmenso desarrollo que ha alcanzado esta gramínea en esa parte del mundo. La disponibilidad original de las variedades silvestres de arroz en esas zonas explica el resto: cada cultura neolítica tiró de las plantas que se daban naturalmente en su región, como parece lógico.
El grano de arroz se cosecha cubierto por una capa de fibra y una cáscara. Cuando se procesa de manera suave, retirando sólo la cáscara, resulta un arroz integral, de color marrón, que tal vez no goce de las preferencias de cocineros y comensales, pero que sí aprobaría cualquier nutrólogo: tiene un 8% de proteínas –una cifra inferior al 12% de otros cereales, pero útil en combinación con otros alimentos— y unas proporciones dignas de niacina, riboflavina, hierro y calcio. El procesado más común, sin embargo, que retira la fibra además de la cáscara, produce un arroz con menos cualidades nutricionales.
Mientras en los países desarrollados discuten los gourmets, no obstante, las propiedades nutritivas del arroz son una cuestión para cientos de millones de personas que dependen de este grano como fuente casi única de alimento diario. Un problema bien conocido de estas poblaciones es el beriberi, una enfermedad debida a la carencia de tiamina (o vitamina B1). Y cuando no abunda la carne para combinar con el arroz, también es una fuente de preocupación la escasez de proteínas en la dieta de estas personas. La biología actual puede ayudar en este capítulo esencial.
Y ya lo hizo en parte en los años sesenta, cuando las innovaciones en selección agrícola convencional que Norman Borlaug llevó a cabo en institutos científicos públicos de México (la ‘revolución verde’) produjo, entre otros, el llamado con cierta exageración arroz milagroso, una variedad dotada de una productividad mayor de lo habitual hasta entonces y una gran resistencia a enfermedades comunes de esta planta.
Pero persisten muchos otros problemas, como la pobreza del suelo en gran parte de los cultivos asiáticos y las carencias nutricionales mencionadas antes. China ya ha apostado en firme por una tecnología que en Europa parece producir escalofríos a una población mal informada: los transgénicos. Ajeno al conflicto entre Greenpeace y Monsanto, el gigante asiático ha optado por desarrollar sus propios arroces transgénicos en sus centros públicos de investigación, en una acción llamada a reorientar el debate –distorsionado y enloquecido en Europa— sobre las posibilidades que abre la biotecnología para la agricultura y para la propia preservación del entorno.
Si los humanos seguimos aquí dentro de mil años, el arroz seguirá con nosotros.

Arroz, asiático y emergente

Las últimas cifras oficiales cifran en 56,4 kilos de arroz por persona el consumo mundial de arroz en 2011 y la estimación de los años posteriores señala una tendencia al alza, del 2,6% para el bienio 2013-14, según la FAO, que valora como factor de crecimiento del consumo mundial la aplicación de la ley de seguridad alimentaria nacional de India. Se trata del alimento básico para más de la mitad de la población mundial y su importancia es vital para la seguridad alimentaria y el cada vez mayor número de países que disponen de rentas bajas y presentan déficit alimentario. En concreto, es la fuente alimentaria de África con un crecimiento más rápido.
La FAO estima que pese a estas perspectivas de crecimiento del consumo, seguirá produciéndose una acumulación de existencias de arroz. La relación entre las existencias de arroz y su utilización se prevé del 36,6% en 2014.
China e India son los mayores productores mundiales de arroz y Asia concentra los mayores niveles de consumo mundial. Tailandia, Vietnam e India son los mayores exportadores de arroz del mundo.
La producción mundial de arroz (en equivalente de arroz elaborado) fue de 486,1 millones de toneladas en 2011-12, última campaña con datos cerrados por FAO, que pronostica para 2013-14 una producción de 494,1 millones de toneladas.

jueves, 10 de octubre de 2013

PRENSA. "África, granero del mundo"

África genera al año 700 millones de toneladas de productos agrícolas. / M. GHANY (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

África, granero del mundo

Siete de los 15 países en los que más está creciendo la producción agrícola son africanos

Los expertos ven un gran potencial, pero también importantes riesgos

 7 OCT 2013

El Banco Mundial y las Naciones Unidas están convencidos de que África puede convertirse en el gran granero que alimente al resto del planeta. Sin embargo, hay voces que alertan de que ello podría tener implicaciones negativas para la seguridad alimentaria de la propia población africana. La pregunta que suena cada vez más en determinados círculos políticos y económicos es: ¿debe vender cantidades masivas de alimentos una región donde el hambre y la escasez siguen presentes?
El continente africano, y en particular el África subsahariana, es una zona de amplios contrastes. Mientras la sequía extrema y el hambre golpean a países como Namibia, un reciente trabajo de la Fundación Mo Ibrahim, que promueve el buen gobierno en la región, destaca que de los 15 países del planeta donde más ha crecido la producción agrícola entre 2000 y 2008, siete son africanos: Angola (13,6%), Guinea (9,9%), Eritrea (9,3%), Mozambique (7,8%), Nigeria (7%), Etiopía (6,8%) y Burkina Faso (6,2%). ¿Cómo interpretar situaciones tan dispares? En 2050, la población africana se duplicará y ya serán 2.000 millones de personas que atender. ¿Tendrá África capacidad para alimentar a los 54 países que la dibujan y al mismo tiempo a un planeta que le exige cada vez más alimentos?
“¡Desde luego que África podría ser el granero del mundo!”, exclama Mercy Wambui, experta de Uneca (Comisión Económica para África de Naciones Unidas). “Pero antes tienen que producirse una serie de cambios internos. Comenzando por una gestión más eficaz de los recursos”. Sin embargo, el terreno es sólido. “África posee el 60% de las tierras [la mayor extensión del mundo] potencialmente cultivables del planeta”, incide Aaron Flohrs, socio especialista en esta región de la consultora McKinsey. De hecho, según el Anuario Estadístico de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), un 79% de los campos que podrían cultivarse en el continente están sin trabajar. Y la gestora de fondos de inversión Fidelity asegura que solo se explota el 10% de los 400 millones de hectáreas de tierra cultivable situadas entre Senegal y Sudáfrica. Suficiente, apunta Fidelity, no solo para alimentarse ellos mismos sino para satisfacer la creciente demanda mundial.
“El potencial es enorme, pero hace falta impulsarlo con políticas de desarrollo sostenible”, reflexiona Mercy Wambui. Dicen los expertos que para lograrlo hay que romper el ciclo de la agricultura de subsistencia (el 85% de las explotaciones africanas ocupan menos de dos hectáreas), invertir en infraestructuras que apoyen el crecimiento del sector (carreteras, puentes, embalses) y alcanzar economías de escala. Pero estas son ideas que parecen sacadas de un manual de economía, la vida en África impone sus propias enseñanzas.
África genera al año 700 millones de toneladas de productos agrícolas, que le reportan 313.000 millones de dólares (230 millones de euros), según el Banco Mundial. O sea, la agricultura explica el 15% de su riqueza. Sin embargo, la exportación de alimentos básicos cayó del 3,8% en 2003 al 3,5% en 2012. Así lo revela la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, en sus siglas inglesas).

África alberga más de la mitad de la tierra cultivable del planeta
Sudáfrica, uno de los países africanos con mayor desarrollo agrario, es un importador neto de comida. ¿Cómo es posible? Thabo Ncalo y Humphrey Gathungu, responsables de la gestora de fondos Stanlib Africa Equity Fund Managers, aportan varias pistas. “Muchas explotaciones aún dependen de la lluvia y carecen de sistemas de irrigación propios. Además, la producción aumentaría drásticamente si utilizaran fertilizantes y mejores técnicas de labranza”, aseguran. Pero no todo es una cuestión de rendimiento sino también de ahorro. Las pérdidas que se producen al finalizar la cosecha se han convertido en un mal endémico. Solo en el cereal oscilan entre el 15% y el 20% de todo lo recogido. Es una merma que cuenta. “Una reducción del 1% en ese tipo de pérdidas puede transformarse en una ganancia al año de hasta 40 millones de dólares (30 millones de euros)”, calculan los analistas Ncalo y Gathungu.
La FAO lleva tiempo avisando de que en el mundo se desperdician 1.300 millones de toneladas de alimentos al año. Un tercio del total. Es más, la organización advierte de que en 2050 el planeta necesitará 71 millones de hectáreas de cultivos adicionales para alimentarse. África y su granero tendrán entonces que entrar en escena urgidos por la necesidad. ¿Podrán responder al desafío?
El sector agrícola africano crece a una tasa limitada de entre el 2% y el 5% anual. Parte desde niveles bajos y todavía tiene un fuerte potencial de mejora. Y tierra donde hacerlo no le falta. “Mozambique, Nigeria y Zambia comparten las mayores extensiones de campos infrautilizados del continente”, desgranan en Fidelity.
Las posibilidades se extienden a los territorios del sur, centro y este. Naciones como la República Democrática del Congo cuentan con un vasto granero (el 52% de todas las tierras del país son cultivables) sin utilizar debido a las guerras civiles y los conflictos sociales. Y esto nos lleva a otra consideración. Las estrategias agrícolas, para que tengan éxito, deben estar respaldadas por buenas políticas de gobernanza, y aquí el continente falla. También flaquea en la gestión del agua, que según los expertos del banco Citigroup “es el verdadero desafío en el África subsahariana”, donde solo un 4% de los cultivos están irrigados. Un reto que, por ejemplo, exige realizar inversiones en infraestructuras para extender el regadío.
Es una lectura del problema que encaja con la que el Banco Mundial plasmaba en el trabajo Growing Africa: Unlocking the Potential of Agribusiness, publicado en marzo pasado. Esta institución piensa que África podría crear un mercado de alimentos en 2030 de un billón de dólares (736.500 millones de euros) si abriera sus puertas a la entrada masiva de capitales, empresas y tecnología extranjera. Pero esta propuesta encuentra la oposición de varias organizaciones no gubernamentales, ya que esa idea, aseguran, transita justo en la dirección contraria. “¿A quién beneficia este mercado si está controlado por especuladores financieros de Londres, Nueva York o Pekín?”, se pregunta Henk Hobblink, coordinador de la organización Grain. “Utilizar prioritariamente las tierras agrícolas para exportar mientras haya personas que pasan hambre en el continente es un crimen. Y echar a los campesinos de sus campos para dárselos a inversores foráneos para que produzcan más es, además, un error”.
Esta última frase de Henk Hobblink traslada el texto al fenómeno del acaparamiento de grandes extensiones de tierras (y agua) en África. La ONG Grain denuncia que unos 60 millones de hectáreas del continente (algo más del tamaño de España) han sido puestas en manos de extranjeros para su explotación, dejando fuera a las poblaciones rurales que tradicionalmente las habían trabajado como medio de subsistencia. Es muy recomendable para entender la magnitud del problema echar un vistazo al detalle de las mismas en landmatrix.org, el único portal del mundo que compila las transacciones. Hay 819 recogidas en todo el planeta. Nada menos que 383 corresponden a África. Un 46% del total. España solo aparece en una operación, de 15.000 hectáreas, en el territorio de Mozambique.
“El acaparamiento de tierras y las inversiones extranjeras para convertir África en el granero del mundo no son nada nuevo. Es un disfraz de neocolonizadores de corbata a caballo del libremercado: cultiven azúcar, cacao, café, caucho —decían entonces— y saldrán de la miseria. Cultiven soja, palma africana o cualquier cosa que necesite la agroindustria o nuestros automóviles —dicen ahora— y verán cómo les llueve el progreso. Mentiras criminales”, afirma, rotundo, Gustavo Duch, coordinador de la publicación Soberanía alimentaria.

Las ONG alertan del peligro de dañar la seguridad alimentaria de estos países
Sin duda África necesita inversión en sus campos, pero con un modelo que incluya a sus agricultores, no que los excluya. Los consultores de Mckensey calculan que en el África subsahariana son necesarios 38.000 millones de euros al año para que el sistema agrícola funcione mejor. A pesar de todo, hay optimismo. “Ha llegado la hora de que la agricultura africana sea un catalizador del fin de la pobreza”, observa Makhtar Diop, vicepresidente del Banco Mundial para la región africana.
Esta institución cree que África podría ser uno de los principales exportadores del mundo de azúcar, maíz, soja, arroz y biodiésel y tener el mismo éxito que en su día tuvo América Latina o el sudeste asiático. También da su lista para el África subsahariana: aceites vegetales, grano para el ganado, horticultura, aves de corral y arroz. ¿Pero tiene capacidad de exportar quien aún no es capaz de alimentar a toda su población? La región es uno de los mayores consumidores e importadores del planeta de un grano tan básico como es el arroz. La mitad de lo que consume viene de fuera y los africanos pagan un precio muy alto por ello, unos 3.500 millones de dólares al año (2.578 millones de euros). África ha hecho un esfuerzo produciendo un 5% más (26,6 millones de toneladas en 2012) frente a 2011. Sin embargo, no es suficiente. También habrá 25 millones de hectáreas adicionales de maíz en 2013. Pero tampoco parece bastante. En Zambia este cereal proporciona ya la mitad de las calorías de la dieta de sus habitantes. Consumen 133 kilos de cereales cada año. Su dependencia es enorme. ¿Qué hacer? ¿Recurrir a cultivos genéticamente modificados y su propuesta de agricultura intensiva?
Carlos Vicente Alberto es responsable de Sostenibilidad en Europa y Oriente Próximo de Monsanto, el principal fabricante de semillas genéticamente alteradas del planeta y, también, una de las empresas con peor imagen del mundo. Él lo tiene claro: “Los cultivos modificados genéticamente pueden contribuir a incorporar tecnologías agrícolas más eficientes en el uso de los recursos (suelo, agua, energía). Es decir, más productivas y sostenibles”. Una visión rechazada de plano por los grupos ecologistas. Pero no solo por ellos. Antonio Hernández, socio de Internacionalización de KPMG, descarta algunas de esas ideas. “La agricultura intensiva a gran escala tiende a ser intensiva también en capital y no crea puestos de trabajo. A la vez desplaza a las personas. ¿Consecuencia? Pierden su empleo en la agricultura de subsistencia”, avisa. Sin que necesariamente obtengan un puesto de trabajo alternativo en la explotación agrícola intensiva.
Pocos dudan, como sostiene Mercy Wambui, de que “África necesita un milagro para impulsar su productividad agraria y equipararla al incremento de la población, pero hasta ahora no hay consenso en que el uso de las semillas biológicas sea la solución”.
Los cultivos modificados genéticamente ponen sobre la mesa la fragilidad de la agricultura en la región. Pese a todo, muchos economistas ven en el continente, y por ende en su potencial agrario, el último gran mercado del planeta. Además, cuenta con “la clase de consumidores que crece más rápido en todo el mundo”, sostiene Michael Lalor, director del Centro de Negocios de África en Johannesburgo de la auditora Ernst & Young. La aseveración lleva a una de las cuestiones más debatidas de África. ¿Está surgiendo una clase media real, en parte como respuesta a ese boom del consumo?
En abril del año 2011, el Banco Africano de Desarrollo publicó un controvertido trabajo (La Mitad de la pirámide: Dinámica de la clase media en África) donde definía a esa clase media africana como aquellos que tenían un consumo per cápita diario de entre dos y 20 dólares (1,5-14 euros). Con estos parámetros, les salían 313 millones de africanos. Claro que tuvo que admitir que el 60% de su recién descubierta clase gastaba entre dos y cuatro dólares al día (1,5-3 euros). Una “clase flotante”, dijo entonces, que se desplaza por encima del límite de la pobreza (menos de dos dólares diarios).
Por su parte, el Banco Mundial, al igual que algunas de las grandes consultoras del mundo, como Deloitte o McKinsey, admiten la existencia de esta clase media estimándola entre 200 y 300 millones de personas. Otros organismos, como la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, el club de los países más ricos del mundo), rebajan el entusiasmo a los 32 millones de personas. Aunque hay miradas más escépticas. El economista jefe para África del banco Citigroup, David Cowan, asegura que “no existe una clase media africana como tal. Hay una élite emergente y un grupo muy fuerte de consumidores, que está creciendo sin pausa”.
Sea cual sea la estimación más correcta, lo que parece innegable es que la emergencia de esta clase media tiene una repercusión directa sobre la agricultura. “Con mayores ingresos”, observa Sebastian Kahlfeld, gestor del fondo de inversión DWS Invest Africa, perteneciente a la entidad financiera Deutsche Bank, “la demanda de alimentos de más calidad crecerá de forma proporcional. De hecho, un mayor consumo de proteínas, primero con carne blanca y después roja, necesita más producción de piensos para la cría del ganado. Esto aumenta la presión dirigida a mejorar las condiciones de cultivo y de la agricultura en general”. ¿Será suficiente para llenar el granero de África y del mundo? En pocos años lo sabremos.

Millones de hectáreas sin cultivar


Campo de cereal en Kenia.
  • El continente africano alberga el 60% de la tierra cultivable de todo el planeta.
  • El 85% de las explotaciones de África ocupan menos de dos hectáreas.
  • El 79% de los campos que podrían cultivarse en África están sin trabajar.
  • Solo se explota el 10% de los 400 millones de hectáreas de tierra productiva entre Senegal y Sudáfrica.
  • El sector agrícola crece a una tasa de entre el 2% y el 5% anual.
  • Unos 60 millones de hectáreas cultivables del continente están en manos de extranjeros.
  • Solo un 4% de los campos de cultivo están irrigados, lo que reduce el rendimiento. La producción también mejoraría con fertilizantes y mejores técnicas de labranza.