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viernes, 19 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "La bondad de los desconocidos". Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

La bondad de los desconocidos

Los escritores no pueden vivir sin esos seres, los lectores, que alguna vez llaman a su puerta. Pero el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a escritores y lectores como si fueran alumnos a los que llevar por el buen camino


EVA VÁZQUEZ

Jamás contestes a una mala crítica, tal es el consejo que Truman Capote da a los escritores. Y es un buen consejo, ya que lo mejor que puede hacer el escritor ante una crítica adversa es guardar silencio y aparentar que no le importa demasiado. Pero claro que le importa, y mucho. Una mala crítica puede dejarle varias noches sin dormir, quitarle el apetito, llevarle a evitar en los días siguientes a familiares y conocidos ante el temor de que puedan haber comprado el periódico o la revista donde su libro es vapuleado y la hayan podido leer. ¿Son conscientes los críticos de la magnitud de su poder, del disgusto que pueden dar a ese pobre escritor que ha tenido la comprensible pretensión, si tenemos en cuenta el esfuerzo que supone terminar un libro, de ser leído amorosamente por alguien? El crítico puede objetar que ese es su oficio y que si le pagan —bastante poco, para complicar más las cosas— es para que opine sobre las virtudes o los defectos de los libros que se publican y separar así el grano de la paja, que por cierto, y según él, es lo que abunda más. Aún más, podría añadir ese crítico insobornable al atribulado escritor, ¿por qué supone usted que los demás deben leer sus libros? Nadie le ha pedido que los escriba, y si a pesar de todo se empeña en seguir haciéndolo no puede extrañarle que tengamos el derecho a protestar cuando nos hace perder nuestro tiempo y nuestro dinero.
Todos estamos expuestos a la mirada crítica de los otros, y pretender no ser valorados por nuestros actos es un acto de supremo infantilismo. Andersen tuvo un extraordinario éxito en su vida de escritor y era recibido en todas las cortes europeas para que leyera públicamente sus cuentos. Pero se cuenta que soñaba con tener éxito como dramaturgo y que pataleaba como un niño cuando sus obras fracasaban en la escena, lo que pasaba una y otra vez. ¿Era Andersen tan infantil e inmaduro que solo vivía para lograr la adoración sin límites de los demás? Puede que lo fuera, pero no creo que la razón por la que los escritores escriban sus libros sea para exhibir el tamaño de sus egos. Lo hacen porque les gusta escribir, porque anhelan contar algo que no saben bien qué es, porque persiguen sueños que raras veces se realizan. O porque tal vez buscan en los libros una felicidad que la vida real no les da. Puede que Andersen tuviera un ego monumental, pero en ningún caso eso explica la maravilla de sus cuentos.
Y si es raro que alguien dedique su tiempo a inventar historias más o menos disparatadas, ¿no es más raro aún dedicarlo a meterse con los que las escriben, y aspirar a ser algo así como un guía espiritual, ese faro que orienta a los siempre influenciables lectores en el proceloso mar de la mala literatura? Aún más, ¿no abundan entre los críticos también los grandes egos, los pedagogos airados, los exquisitos que confunden la literatura con el rincón del gourmet, los integristas que hacen del libro una religión sacrosanta cuyos sumos sacerdotes son ellos, o esos otros eternamente malhumorados que creen que las novelas o los libros de poesía se escriben con la única intención de perturbar su digestión? Pero ¿es comprensible que alguien dedique años, meses enteros a escribir pacientemente un libro con el único propósito de incomodar a un crítico en la hora de su siesta? No, claro, esto no tiene ningún sentido. Además, ¿no son todos los libros, incluso los más grandes, en cierta forma un fracaso? “La palabra humana —escribe Flaubert— es como caldera rota en la que tocamos música para que bailen los osos, cuando querríamos conmover a las estrellas”.

¿Es comprensible que alguien escriba un libro con el único propósito de incomodar a un crítico?
W. H. Auden solía decir que criticar un libro malo no solo era una pérdida de tiempo sino también un peligro para el carácter. “Si un libro me parece realmente malo, entonces el único interés que puedo tener para escribir sobre él es la exhibición de mi inteligencia, mi ingenio y mi malicia. Es imposible que alguien reseñe un mal libro sin pavonearse”. Auden también decía que no necesitaba el consejo de nadie acerca de lo que le debía gustar o no, ya que solo suya era la responsabilidad de sus lecturas. Sin embargo, el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a los escritores y a los lectores como si fueran alumnos a los que tienen que llevar como sea por el buen camino. Tal vez por eso es un espacio abierto a la perversidad. Y no me refiero solo a la perversidad de los juicios que con tanta ligereza se emiten sino a la de los lectores que acuden presurosos a los suplementos y revistas culturales para ver cómo despellejan en ellos la novela del escritor que conocen. Aún más, escribe Juan Goytisolo: “¿Cómo pueden los críticos escribir en un par de días sobre novelas que, si valen, no tienen tiempo de analizarlas con seriedad, y si no valen, no merecen tal empeño?”.
George Steiner dice que la literatura es un vendaval que se cuela por la ventana y nos desordena la casa. Es decir, nos enfrenta no tanto a lo que conocemos como a lo que no sabemos explicar. Un buen libro siempre nos deja perplejos, sin saber qué decir. ¿No es sospechoso que los críticos opinen con tanta facilidad, y con tan poco tiempo de reflexión, acerca de los libros que leen? Son expertos lectores, se puede objetar, con frecuencia profesores universitarios que han dedicado años al estudio de la literatura. Pero ¿haber hecho de la literatura un objeto de estudio garantiza ser un buen lector? Vuelvo a citar a Flaubert: “Los que se llaman ilustrados a sí mismos acaban siendo cada vez más ineptos en materia de arte. Se les escapa incluso qué cosa sea el arte. Para ellos son más importantes las glosas que el texto. Les interesan más las muletas que las piernas”.

Abundan en ese ámbito grandes egos, sumos sacerdotes y personas siempre malhumoradas
No, no creo que el escritor sea básicamente un insufrible ególatra. Está solo, se pasa horas y horas encerrado en su cuarto persiguiendo quimeras que raras veces alcanza. Recuerda a esas mujeres neurasténicas que pueblan la obra de Tennessee Williams, con sus torpes ensueños, su temor al fracaso, pero también, a menudo, con su maravilloso candor. Esas mujeres cansadas y un poco lunáticas, que aunque han asistido una y otra vez al fracaso de sus sueños no pueden renunciar a ellos. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”, dice la inolvidable protagonista de Un tranvía llamado deseo. Sí, los escritores, especialmente cuando no son jóvenes ni famosos, se parecen a esas pobres mujeres. Permanecen desvelados por las noches soñando con locas historias que logren conmover a las estrellas, y todo lo que consiguen es hacer bailar a los osos. Pero ¿pueden vivir sin esos bailes? No, no pueden, por eso solo les queda confiar en la bondad de esos desconocidos que son los lectores que alguna vez llaman a su puerta.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

lunes, 27 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Los 23 libros destacados por 'Babelia' en lo que va de 2015"

   En "El País":

Los 23 libros destacados por Babelia en lo que va de 2015

Las críticas de los títulos más valorados por los críticos, los que más han abierto debate y los fenómenos editoriales más importantes del primer tercio del año


Pie de Foto: Casetas preparadas para el Día del Libro en Valencia. / MANUEL BRUQUE (EFE)

Con motivo del Día del Libro, el 23 de abril, Babelia reúne las críticas de los 23 títulos más destacados del primer tercio de 2015. La lista, que incluye títulos en español y traducidos, se ha elaborado con loslibros de la semana de cada número de Babelia, los que mayores debates han provocado y los fenómenos literarios más importantes desde el pasado 1 de enero, ordenados desde el más reciente (en publicación en el suplemento) hasta el primero del año.

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'Cicatriz', de Sara Mesa

La nueva novela de Sara Mesa ancla su perturbadora historia en dos personajes tan impares como complementarios, y evoca la asfixia dostoievskiana. Por ANA RODRÍGUEZ FISCHER
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'Desfile de ciervos', de Manuel Vicent

En sus artículos, el autor se cuenta a sí mismo asomado a la vida española. Hay en él un crepúsculo mediterráneo, sin quejido ni ajuste de cuentas, cargado de elegancia coqueta. por DAVID TRUEBA
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'Número Cero', de Umberto Eco

En 'Número Cero', Umberto Eco escribe una parodia feroz sobre el periodismo y la política. Por JESÚS CEBERIO
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'La oculta', de Héctor Abad

Tradición y violencia, ética y dinero son algunos de los ingredientes de 'La oculta', novela del colombiano Héctor Abad Faciolince, un juego de voces en torno a una finca familiar. Por MARTA SANZ
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'Virginia Woolf. La vida por escrito', de Irene Chikiar Bauer

La monumental biografía de la autora muestra un lado comunicativo que sorprende. Bauer nos descubre el lado xenófobo y clasista entre una profusión de detalles y documentos. Por MARTA SANZ
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'La habitación de Nona', de Cristina Fernández Cubas

Han pasado casi diez años desde su anterior libro de cuentos, pero los lectores de Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945) enseguida comprobarán que la autora sigue fiel a su mundo narrativo. Por CARLOS PARDO
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'Mi cuerpo también', de Raquel Taranilla

Desde los primeros síntomas y los dolores sin nombre hasta el diagnóstico final, Raquel Taranilla relata su historia personal evocando a poetas, filósofos e historiadores. Por NORA CATELLI
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'Filosofía accidental', de José María Ridao

Con madurez y plenitud, Ridao defiende una filosofía accidental que explica la crítica cultural ante el relato oficial. Por JORDI GRACIA
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'Isis. El retorno de la yihad', de Patrick Cockburn, y 'El fénix islamista', de Loretta Napoleoni

Aunque violento, el Estado Islámico no es estrictamente un grupo terrorista, sino todo un proyecto político. Patrick Cockburn y Loretta Napoleoni tratan de explicar su auge. Por LLUIS BASSETS
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'Hombres Buenos', de Arturo Pérez Reverte

Pérez-Reverte es un hábil constructor de personajes, que se erigen ante nuestros ojos, convincentes, por lo que hacen y por los diálogos en que participan. Por DARÍO VILLANUEVA

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'Hombres sin mujeres' de Haruki Murakami

El japonés vuelve con su mundo de personajes aislados sin oportunidad de encajar. La búsqueda de identidad atraviesa unos relatos que nos recuerdan que es un gran escritor. Por CARLOS ZANÓN
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'La historia de la escritura', de Ewan Clayton

La fascinante y bien documentada ruta que propone el calígrafo y exmonje británico Ewan Clayton repasa la evolución del alfabeto latino, desde el pincel hasta los píxeles. por JOSÉ ANTONIO MILLÁN
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'Una herencia incómoda', de Nicholas Wade

Wade traza un argumento agudo y polémico que introduce la evolución en la historia. Hay que leerlo sin dogmas. por JAVIER SAMPEDRO
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'Las buenas intenciones', de Amity Gaige

Inspirada en un caso real, 'Las buenas intenciones', de Amity Gaige, novela la historia de un trastornado brillante y enamorado, que recuerda el secuestro de su hija. Por FERNANDO CASTANEDO
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'El mundo deslumbrante', de Siri Hustvedt

Siri Hustvedt demuestra en su última novela, todo un homenaje a Ibsen, que es más noruega que norteamericana. Por ÁNGELA MOLINA
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'La ley de la ferocidad', de Pablo Ramos

Con 'La ley de la ferocidad', el argentino Pablo Ramos rescata a su personaje Gabriel Reyes, enfrentado ahora a la muerte de su padre y a la exploración de sus zonas más abyectas. Por FRANCISCO SOLANO
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'Distintas formas de mirar el agua', de Julio Llamazares

Llamazares logra una convincente caracterización de cada personaje y una trama fascinante. Por JOSÉ-CARLOS MAINER
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'Cabaret Biarritz', de José C. Vales

Los premios ya no son ninguna garantía, pero este año el Nadal ha descubierto a José C. Vales. Su 'Cabaret Biarritz' mezcla magistralmente investigación criminal y parodia social. Por FRANCISCO SOLANO
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'Donde no estás', de Gustavo Martín Garzo

Martín Garzo apunta en su nueva novela 'Donde no estás' a los muertos que no sabemos enterrar. Dibuja el milagro como natural, con una prosa fragante. Por CARLOS ZANÓN
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'También esto pasará', de Milena Busquets

Milena Busquets gestiona en 'También esto pasará' lo profundo del dolor, la ausencia, la muerte y las complicadas relaciones con su madre con elegante ligereza y oficio. Por CARLOS ZANÓN

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'El monstruo de Hawkline', de Richard Brautigan

El novelista estadounidense decidió parodiar en los setenta los géneros populares que más le gustaban. 'El monstruo de Hawkline' se acerca al 'western'. Su estilo genera adicción. Por CARLOS ZANÓN
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'Para Isabel. Una mandala', de Antonio Tabucchi

'Para Isabel' fue escrita dos años después de 'Sostiene Pereira' y permaneció inexplicablemente inédita hasta hoy. Por JAVIER APARICIO MAYDEU
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'La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo', de Jeremy Treglown

El británico Jeremy Treglown indaga en las huellas que han dejado la guerra y la dictadura en la cultura española actual. Por ENRIQUE MORADIELLOS

viernes, 12 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista al crítico Harold Bloom

   En "El País":

“No creo que haya nada radicalmente nuevo en la literatura actual”

A sus casi 85 años, Harold Bloom sigue siendo un coloso entre los críticos


El crítico literario Harold Bloom en su casa de New Haven. /PASCAL PERICH
A sus casi 85 años, Harold Bloom sigue siendo un coloso entre los críticos, aún pleno de la floreciente excentricidad y del genio legendario que lo ha erigido en uno de los pocos eruditos célebres de nuestro tiempo. A pesar de su mala salud de hierro, acaba de entregar a sus editores un libro sobre lo sublime en Estados Unidos que se publicará en primavera: The Daemon Knows: Literacy, Greatness and the American Sublime (El daimon sabe: alfabetización, grandeza y sublimidad en Estados Unidos) que coincidirá en España con la edición de Poetas y poesías (Páginas de Espuma). Está enfrascado también en otro ensayo sobre Shakespeare, tema de uno de sus libros más renovadores, Shakespeare, la invención de lo humano.
Bloom, “secularista con inclinaciones gnósticas”, persiste en el asedio permanente al modo en que la influencia se ejerce en la literatura de imaginación, y la idea de que bulle entre el conflicto y la tensión. Mucho más que dispuesto a comentar el estado de la crítica literaria actual que su propia obra, recibió a EL PAÍS en su hogar en New Haven, Connecticut.

No creo que en la literatura actual haya nada radicalmente nuevo
La presencia de Bloom ha sacudido profundamente las torres de la academia, a pesar de haber cumplido ya su sexagésimo año en la Universidad de Yale, en su “departamento de una sola persona”. “Dejé el departamento de Literatura Inglesa y me convertí en profesor Sterling del departamento Bloom en 1976”, recuerda. Desde esa atalaya ha levantado una fortaleza en torno a El canon occidental, una de sus obras más influyentes, contra los usurpadores de la primacía estética: críticos marxistas, feministas, historicistas de nuevo cuño, todo aquel que lea un poema como documento social o mezcle política o ideología con la literatura. Denomina “escuela del resentimiento” a esta lectura tendenciosa, y a sus practicantes, pues sostiene que la lectura “cuidadosa y escrupulosa, desinteresada” es un arte que agoniza.

Bibliografía seleccionada

Cómo leer y por qué (Anagrama, 2000).
El futuro de la imaginación (Anagrama, 2002).
El canon occidental: la escuela y los libros de todas las épocas (Anagrama, 2005).
Jesús y Yahvé (Taurus, 2006).
Cuentos y cuentistas. El canon del cuento(Páginas de Espuma, 2009).
Ensayistas y profetas. El canon del ensayo(Páginas de Espuma, 2009).
Anatomía de una influencia (Taurus, 2011).
Jeanne, su esposa, estaba el día del encuentro en la cocina y Bloom se sentó ante una gran mesa de madera, un tanto quebradizo, con una taza infantil de agua y el andador a su vera.
A la pregunta sobre la erosión de la lengua en la era de Internet, que redefine a los reseñistas y redactores de bitácoras autodenominados críticos, responde: “La mayoría de los que se llaman a sí mismos poetas sólo son versificadores. Y la mayoría de los que se llaman a sí mismos críticos no lo son de ningún modo, se trata de periodistas, o de ideólogos o propagandistas”. Bloom cita el doctor Johnson: “Sigue siendo el mayor crítico literario de Occidente y mi héroe: la función de la verdadera crítica es enaltecer la mera opinión en conocimiento. No me interesa la gente que ostenta una opinión sin conocimiento”.
¿Y qué hace a un verdadero crítico? “Un profundo conocimiento de la filología, del griego y del latín, del provenzal y del hebreo, además de las lenguas romances, y la historia del idioma inglés. La gente ignora estas cosas, y no parecen preocuparles. Le digo a mis alumnos que se aíslen cuando un poema o un pasaje de prosa los encuentre o los enaltezca hasta el conocimiento, y lean en voz alta, canten hasta que lo posean, lo hagan suyo de memoria. Ese es el verdadero conocimiento en el campo de la literatura. La memoria es en verdad la madre de las musas. Nunca he escrito un poema porque no puedo olvidar que yo mismo soy una encarnación de la memoria”.

Soy un profesor, y estoy muy agotado, pero no voy a retirarme”
Las personas parecen estar buscando heraldos de lo nuevo, comisarios del conocimiento verdadero, pero el comercio parece preferir otra cosa, ¿estamos viviendo el ocaso de las humanidades, de los periódicos y las revistas serias? “Todos los días recibo correos electrónicos de personas de todo el mundo y su lamento es el mismo: ‘leemos basura”. ¿Así que un crítico verdadero es una suerte de profeta y acaso asistamos a una inminente edad en que los profetas vuelvan? “Los buenos lectores saben por instinto quién es y quién no es un crítico. Hay millones de personas que me llaman maestro, lo cual es una lección de humildad, pero comprendo lo que quieren decir. Para mí la enseñanza, la lectura y la escritura son tres nombres de una sola actividad. Soy un profesor, y estoy muy agotado, pero no voy a retirarme. Bloom se levanta una vez más y se excusa, arrastrando los pies por el pasillo en su andador hasta el cuarto de baño: "Estoy sometido a diálisis", dice casi en tono de disculpa. Pregunto sobre el pensamiento mágico en la literatura: “Es una modalidad distinta de la poesía, pero es poesía. Lo más polémico que he dicho o escrito ofende a los ortodoxos de la fe, ya sean cristianos, musulmanes o judíos, y es que Yahveh, Jesús y Alá, son personajes literarios. Y por ello la noción de matar a la gente en nombre de un personaje literario es una obscenidad. Pero lo hacemos, eso es lo que está pasando en la actualidad sin cesar en Siria e Irak, en Palestina”.

En primavera se publicará en España su libro 'Poesía y poetas'
Sobre el estado de la literatura dice: “No me parece que en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas, haya nada radicalmente nuevo. No hay grandes poetas como Paul Valéry, Georg Trakl, Giuseppe Ungaretti y mi predilecto entre los españoles, Luis Cernuda, o novelistas como Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka y Beckett, el último de la gran estirpe. Borges era fascinante, pero no un creador”. ¿Y qué piensa de la obra de Bolaño, con el que mantuvo correspondencia? “Hay algo ahí, ya veremos. Tuvimos nuestras diferencias, aunque dijo que ejercí influencia sobre él. Algunos de los poetas sudamericanos son muy vigorosos, ése que es incluso mayor que yo, Nicanor Parra. Y Vallejo es un poeta notable. Y, por supuesto, Octavio Paz, un escritor muy vigoroso tanto en prosa como en verso, y un amigo muy querido”.

PRENSA CULTURAL. LITERATURA. "Autores únicos que iluminan el siglo". Alberto Manguel

El crítico Harold Bloom

   En "El País":

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No me parece que en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas, haya nada radicalmente nuevo”. Las palabras de Bloom tampoco son nuevas. Ya el autor del Eclesiastes declaraba: “¿Hay algo de que se pueda decir: Mira, ¿esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron”. Sólo la idea de novedad es novedosa, un concepto inventado por los modernistas para justificar sus experimentos artísticos. Cervantes deliberadamente imitó la novela pastoral y de caballerías, y Shakespeare tomó varios de sus argumentos de autores italianos.
Si bien el tema y las maneras de narrarlo son parte de una costumbre ancestral, hay en ciertos autores (CervantesShakespeare) un tono, un cambio de punta de vista, una revisión de las ideas consabidas que los convierten en algo único, notable. Esas voces singulares, que repiten de un modo inesperado historias ya contadas, aparecen en todas las épocas y en todas las culturas, y en todas se alzan voces como la Bloom y la del autor del Eclesiastes para decir que ahora no hay nada nuevo bajo el sol.
Los catálogos nunca convencen, y sin embargo en casos como éste pueden ofrecer a quienes creen compartir la opinión de Bloom materia para contradecirla. Es cierto que la voz de Cees Nooteboom tiene ecos de Ibn Battuta y Diderot; que en W. G. Sebald hay vestigios de Sir Thomas Browne y de Heine prosista; que Enrique Vila-Matas es heredero de Laurence Sterne; que Ismail Kadaré continúa la tradición de Herodoto y de Homero; que Jean Echenoz ha aprendido la lección de los novelistas franceses del XVIII; que Tom Stoppard debe mucho al teatro de Wilde y de Pirandello; que Tomas Tranströmer ha leído al Virgilio de las églogas y a Wordsworth; que Cynthia Ozick ha estudiado la obra de Henry James; que Pascal Quignard tiene una deuda con Montaigne. Todo esto es cierto, pero cierto es también que estos autores son únicos, y sus obras iluminan nuestro siglo como Cervantes y Shakespeare iluminaron el suyo.
Dante condena al infierno a aquellos que fueron tristes “en el dulce aire que del sol se alegra”, es decir, aquellos que no saben reconocer en el propio mundo la felicidad de lo creado bajo el sol del día presente. Como en todas las épocas, nuestros anaqueles están repletos de inmundicias, y seres que se llaman a si mismos escritores producen objetos que se parecen a libros para el consumo dirigido. (Pensemos en los autores condenados por el cura y el barbero en la biblioteca de Alonso Quijano). Pero también hay creadores auténticos, inspirados autores que, no sabemos ni porqué ni cómo, nos dan viejas palabras en permutaciones nuevas para nombrar aquí y ahora nuestras ancestrales angustias, temores y esperanzas.

PRENSA CULTURAL. "El abismo entre novedad literaria y calidad"

   En "El País":

El abismo entre novedad literaria y calidad

¿Es cierto, como afirmó Harold Bloom en una entrevista con este diario, que no existe nada radicalmente nuevo en la literatura universal? Escritores, críticos, libreros y editores hablan

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El crítico y ensayista Harold Bloom. / SCIAMMARELLA
El bosque no deja ver los árboles (al menos, los valiosos). La reinterpretación del refrán resume la respuesta de una veintena de escritores, editores, críticos y libreros, de España y América Latina, sobre la penúltima opinión de Harold Bloom, el gran crítico literario de referencia de las últimas décadas: “No me parece que en la literatura contemporánea haya nada radicalmente nuevo”. Lo hizo en una entrevista con este diario, publicada ayer y celebrada en su casa de New Haven (Estados Unidos).
Un total de 23 actores del mundo del libro se lanzan a afrontar el diálogo provocado por la rotunda declaración de Harold Bloom. Y los hay, unos pocos, que están de acuerdo con la opinión del crítico estadounidense. La palabra clave de la frase es “radicalmente”. Hay autores y libros interesantes en este periodo entre siglos pero consideran que ninguno marcará un punto de inflexión en la historia de la literatura.
A aquellos que no comparten la opinión de Bloom, que son la mayoría, se les ha sugerido que señalen algunas de las rutas notables de la creación literaria actual.
Cuestión de adverbios
Lo esencial del juicio de Harold Bloom es el adverbio “radicalmente”, aclara Valerie Miles, autora de la entrevista, escritora y editora de la revista Granta para España y América Latina, siempre atenta a los nuevos autores. “Él considera que no hay nada que esté cambiando los paradigmas. Aún estamos en los meandros de las corrientes de la posmodernidad literaria, un período de experimentación con nuevas formas, pero que aún no ha cuajado en algo ‘radicalmente nuevo”.

Martín Kohan: “Existe mucha basura: no veo cómo refutar ese parecer”
En eso coincide con el narrador argentino Martín Kohan: “Lo radicalmente nuevo acontece muy cada tanto. Si ocurriera cada 10 o 20 años, por ejemplo, ya no podría hablarse de radicalidad, sino de esa otra modulación de lo nuevo, la de lo nuevo dentro de lo existente (y no en ruptura con lo existente). Las verdaderas rupturas (la de Proust, la de Joyce, la de Beckett: Bloom señala muy bien) no pueden ser sino excepcionales”. “En un plano diferente, existen muchos otros escritores muy valiosos y Bloom no deja de considerarlos. También existe mucha basura, por cierto: no veo cómo refutar ese parecer”.
Totalmente de acuerdo con la irritación del autor del Canon occidental se muestra Jacobo Siruela, editor de Atalanta: “Vivimos en la época del manierismo”. Pero dicho esto, también se pregunta por qué se tiene que pensar siempre en la renovación: “Lo que tiene que haber es una literatura de mucha calidad. Ya no existen las vanguardias. En lugar de la eterna renovación de las formas lo que debe renovarse es la entraña misma de la literatura.
En el encuentro entre pasado y presente está parte de la explicación que da Antonio Ramírez, de la librería La Central, de Barcelona y Madrid. Tal vez, opina, como lectores tenemos "la sensación de que la literatura de la primera mitad del siglo XX posee una densidad, una complejidad y una fuerza que no ha tenido continuidad. A su lado, la literatura escrita en las décadas más recientes parece una progresión “languideciente". Cree que esa sensación viene de dos lados: "Por un lado, como si, por lo menos, las convenciones literarias que provienen del Siglo XIX estuvieran agotándose del todo. De allí que la literatura contemporánea sólo alcance intensidad cuando es muy consciente de la fragilidad del suelo sobre el que se apoya, cuando sabe que ha alcanzado el límite, se pregunta por su propia condición e intenta hacer explícitas las reglas de su juego. Por otro (no lo dice Bloom que yo sepa), pero, creo para muchos lectores la literatura contemporánea más intensa que hemos leído durante las últimas décadas no es propiamente contemporánea y tampoco es del todo, o no sólo, literatura; procede de un tiempo atrás aunque ha sido escrita y/o publicada durante las últimas cuatro décadas. Me refiero a la llamada literatura 'concentracionaria', los testimonios de la experiencia inenarrable de los campos de exterminio en el siglo XX: Levi, Kertesz, Amery, Shalamov, Semprún, tantos otros".
Falta perspectiva

Pozuelo Yvancos: “ En arte, nunca se producen alumbramientos prometeicos del tipo de los que Bloom es profeta”
Tiempo. Esa es la palabra clave en la que se detiene José María Pozuelo Yvancos, escritor y crítico del suplemento Abc Cultural. “El pensamiento agonístico de Bloom no es nuevo en él y es una constante en la historia de las artes. Cada época siente que su apuesta es secundaria. Pero no tiene por qué ser mirado de esa forma en épocas futuras”, recuerda el crítico. Y acto seguido dice: “Es posible que estemos viviendo algo que dentro de 50 o 100 años se vea como un cambio cuya radicalidad nosotros no hayamos advertido. El Quijote fue percibido como cambio radical en la Inglaterra del siglo XVIII, 150 años después. En arte, nunca se producen alumbramientos prometeicos del tipo de los que Bloom es profeta”.
Con matices entra en el debate Santos Sanz Villanueva, crítico de El Cultural, de El Mundo: “Habría que establecer dónde se fija la frontera de lo contemporáneo. Si se refiere a lo penúltimo y actual, no le falta razón. Llevan las letras y el arte occidentales mucho tiempo con un carácter epigonal. Pero es una manera estrecha de verlo”.
J. Ernesto Ayala-Dip, crítico de Babelia, de EL PAÍS, solo formula lo siguiente: “Si Bloom no define qué significa ‘radicalmente nuevo’ en literatura, tendré que pensar que su diagnóstico es una frivolidad. A no ser que él crea que con Proust y Kafka se acabó la literatura. Y esta sí es una teoría muy atractiva, pero que hay que demostrar”.
Rotunda como el crítico estadounidense, pero en la otra esquina, se sitúa Elvira Navarro, escritora y editora de Caballo de Troya, sello centrado en apuestas y nuevos nombres: “Este tipo de debates me parecen estériles, pues dependen del marco conceptual en el que los situemos. ¿De qué depende lo nuevo? De lo viejo, porque lo contiene. ¿Es entonces viejo o nuevo? Lo crucial es la necesidad de volver a decir lo que cada época pide”.
Gustavo Guerrero, consejero para lengua española de la editorial francesa Gallimard, aclara que “es una época en la que la aceleración del tiempo histórico hace que se produzcan novedades cada vez más rápido y que cada vez más rápido se vuelvan también obsoletas”.
En una línea parecida se expresa Elena Ramírez, editora de Seix Barral y directora de Ficción Internacional del Grupo Planeta. Cree que “decir que en esta época no hay nada nuevo es una afirmación tan grande que no puede ser cierta. Hoy hay mucho más ruido, se publica mucho más, y por más medios... y desde luego, tal vez menos exigencia y menos silencio, y a veces menos grandeza”. Y también se pregunta “si no hace falta una distancia mayor para saber qué será lo realmente poderoso y perdurable de la época presente”.

Javier Cercas: “Si lo radicalmente nuevo existiera, sería malo”
La ironía es, aquí, la aliada de Javier Cercas: “Por supuesto que no hay nada radicalmente nuevo en la literatura actual; ni en la actual ni en ninguna: ni Dante ni Cervantes ni Shakespeare ni Kafka son radicalmente nuevos; si lo fueran, no serían tan buenos. La literatura se alimenta de todo lo que encuentra, pero sobre todo de la propia literatura. En cierto sentido, es como la materia: ni se crea ni se destruye; sólo se transforma. Por eso decía Picasso —y yo no me canso de repetirlo— que la originalidad no consiste en no parecerse a nadie, sino en parecerse a todo el mundo. Lo radicalmente nuevo no existe, y si existiera sería malo. Y Bloom lo sabe. O lo sabía”.
Andrés Trapiello cuenta que no hace otra cosa cada día que buscar nombres nuevos: “Conocidos y desconocidos. Si hubiera dependido de Bloom, Emily Dickinson nunca se hubiera editado, no le quepa la menor duda. Porque se diría que sabe de todo (mercado, cotizaciones universitarias, escalafones, modas, fluctuaciones), menos de literatura”.
Desacralizar y bajar de los altares la literatura es lo que pide la escritora Marta Sanz. La autora madrileña dice que no cree “en los textos sagrados, que es lo que busca Bloom, y me parece que el mayor favor que podemos hacerle a la literatura es bajarla de los altares, desacralizarla, que sospecho que es exactamente lo contrario que dejarla en manos de los mercaderes”. Reconoce que aún no se ha tenido tiempo suficiente ni perspectiva para juzgar pero también cree que “una cosa es hacer sonar las trompetas del apocalipsis y otra desarrollar el sentido crítico respecto a las manifestaciones del campo cultural”.
Porque no hay que olvidar que “lo radicalmente nuevo nunca es nuevo del todo”, afirma Julián Rodríguez, escritor y editor de Periférica. Para él, “lo radicalmente nuevo es inventar un español literario del siglo XXI a partir de la lectura de los clásicos medievales:Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio (Yuri Herrera). Lo radicalmente nuevo es pensar el arte como (casi) una disciplina literaria más (como, de modo muy distinto, hacen Boris Groys, Jean Clair, Pascal Quignard)”.
Panorama novedoso
“Lo original sigue existiendo”, asegura el escritor Enrique Vila-Matas. Y sus palabras conectan con las anteriores de Sanz y Rodríguez: “Ser ‘radicalmente nuevo’ no significa ser original. Ser ‘radicalmente nuevo’ ha acabado siempre mal y está, además, tan visto como el tebeo, o como la novela ‘basada en hechos reales’. En cambio, mal que les pese a algunos, lo original, sigue existiendo. He escrito recientemente que una obra nueva sólo tiene sentido si forma parte de una tradición, pero sólo tiene valor en esa tradición si —como ocurre con Diderot respecto a Sterne, con Joyce respecto a Homero, con Valeria Luiselli (Los ingrávidos) respecto a Beckett— ofrece una variación profunda que nos devuelve transformada y nueva a la obra maestra elegida”.
J. A. Masolivar Ródenas, escritor y crítico del suplemento Culturas, de La Vanguardia, es de la opinión de que “para ser buen escritor no hace falta ser un renovador radical. Lo que importa es la dinámica cultural. Y yo con escritores como Javier Marías, Enrique Vila-Matas y otros estoy más que contento. Y con los escritores de la generación de Robert Coover en Estados Unidos, o con la floreciente narrativa francesa. Bloom es un gran sabio pero, como el españolito de Machado, ‘desprecia cuanto ignora”.

Juan Gabriel Vásquez: “Sebald me parece totalmente original”
Al narrador colombiano Juan Gabriel Vásquez nunca le ha interesado demasiado la novedad radical, y más bien su búsqueda le ha parecido “a veces insustancial y a veces patética”. ¿Qué le interesa?: “Me interesan esas novelas o novelistas que, apoyándose en la tradición, logran llevar su instrumento a lugares donde nunca había estado. Uno de ellos es W. G. Sebald, por ejemplo: según mis parámetros, Sebald es absolutamente novedoso”.
¿Dónde se encuentra hoy la ambición de la que nos habla Bloom, esa preparación sin par en idiomas, en humanidades, en conocimiento general…? Es lo que se pregunta Claudio López de Lamadrid,director editorial de Grupo Penguin Random House. Y contesta: “Mi profesión me lleva a leer año tras año libros de todo tipo, y si pensara como Bloom que todo lo que se escribe hoy en día es una porquería, pues no tendría más remedio que cambiar de profesión. Como supongo que también tendría que cambiar de profesión si todo aquello que cayera en mis manos fuera de una calidad soberana, puesto que en ese caso no harían falta los editores. Bloom rescata a autores incuestionables, y dudo que estemos en disposición actualmente de saber si Philip Roth o VS Naipaul, Patrick Modiano o Gunter Grass, contarán con lectores avezados como él dentro de, pongamos, cien años. Lo que sí es seguro es proyectos tan ambiciosos como el del escritor António Lobo Antunes”. Y cita en la poesía a Charles Wright y Anne Carson, y entre los latinoamericanos a Rodrigo Fresán o Martín Caparros o David Meza".
El autor peruano Carlos Yushimito comparte cita entre los originales genuinos a “César Aira o Mario Bellatin, que han vuelto a las vanguardias históricas para poner en tensión la relación de la escritura y la circulación del texto en el mercado editorial. A nivel más global es imposible no hablar de Mircea Cartarescu, que ha renovado maravillosamente la ficción onírica o de Mark Danielewski que es, tal vez, quien mejor ha sabido reimaginar la escritura popular contemporánea a partir de lo audiovisual y la experimentación lúdica”.
Más nombres que enriquecen el territorio literario actual los menciona el vasco Kirmen Uribe: “Don DeLillo, Emmanuel Carrere, J. M. Coetzee o la poesía del recientemente fallecido Mark Strand”. Desde la revista cultural Arcadia, de Colombia, su director Juan David Correa, suma más nombres: “De Karl Ove Knausgård a Claudio Magris, pasando por Modiano, y sin temor a equivocarme: Yuri Herrera”.
Una nueva expresión
El territorio literario se amplía, según el crítico Domingo Ródenas por la "la aleación entre la autobiografía, la investigación histórica y la novela que están engendrando un producto literario mestizo con una capacidad de cuestionamiento de nuestra realidad superior al de la ficción convencional". Y aunque no se atreve a decir que es algo "radicalmente nuevo el grado de implicación de los autores en su texto sí lo es".
Para el mexicano Sergio González Rodríguez, “Bloom tiende a observar el fenómeno literario como un eco de un acontecimiento fundacional, algo impar, perfecto y modélico. La literatura actual ha mutado de tal forma que diverge de tal acontecimiento, y esta mutación implica un cambio dual en el modo de leer y de escribir, cuya complejidad apunta lo mismo al cuestionamiento de un canon centrípeto, que a su diversidad en fuga”. Un cambio que se traduce en una época que, concluye González, “reconfigura lo que entendemos y leemos como literatura. Y los nuevos valores y prestigios al respecto suelen ser invisibles si se mantiene un punto de vista inadecuado de cara al presente. Al emplear sólo la perspectiva del canon, todo se leerá como basura o eco degradado del origen. Sin embargo, contra tales amenazas persiste hoy la capacidad de distinguir y apreciar lo nuevo de calidad que, si bien surge de la tradición, comienza a construir una nueva expresión literaria”.
Con información de Verónica Calderón.