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jueves, 30 de junio de 2016

SOCIEDAD. "El futuro decimonónico". Jordi Soler

   En "El País":

El futuro decimonónico

La información tiene una rapidez de vértigo, pero seguimos tardando doce horas en ir de Madrid a México, no tenemos coches que vuelan, ni conversamos con androides, ni tenemos naves que nos lleven a otros planetas




EVA VÁZQUEZ

El futuro no es como nos lo habían contado. La literatura y el cine nos pintaron hace décadas un panorama del siglo XXI que no se parece al tiempo en que vivimos. En 1982 Ridley Scott propuso en su película Blade Runner, basada en una novela de Philip K. Dick, una ciudad de Los Ángeles que en el 2019, es decir dentro de tres años, tendría automóviles voladores y una población de androides que convivirían con los humanos.
Antes, en 1968, Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick habían calculado, en 2001 Space Odyssey, que al principio de este siglo los viajes por el espacio serían una cosa habitual. Pero la verdad es que lejos de haber vuelos interplanetarios en naves colectivas de grandes dimensiones, lo que tenemos en el siglo XXI es el mismo cansino avión del siglo XX, casi el mismo aparato en el que volaban los Beatles, y unos automóviles, tóxicos e imprácticos, que siguen polucionando la atmósfera, igual que lo han venido haciendo durante el último siglo. Aunque los aviones de hoy son menos elegantes y mucho más incómodos que los del siglo pasado, se trata esencialmente del mismo artefacto, y su impedimento evolutivo somos claramente nosotros, que vivimos pegados a un cuerpo tan primitivo, o tan sofisticado, como el de nuestros antepasados.



George Langelaan propuso, en 1957, que nuestro cuerpo que se resiste a volar podría ser teletransportado, podría encerrarse en una cabina en Berlín y aterrizar, diez segundos más tarde, en una cabina en Nueva York. Esto nos lo explicó al detalle en La mosca, su famoso cuento que Kurt Neumann (1958) y David Cronenberg (1986) llevaron al cine.
El futuro no se parece a lo que estos creadores, fundamentados en la velocidad con la que avanzaba entonces la tecnología, creían que sería. Ya estamos en pleno siglo XXI y ni siquiera tenemos esa cocina automatizada, que producía café, tostadas y un huevo frito con solo darle a un botón, que proponía Jacques Tati en su película Mon oncle (1958). Es más, si quitamos los teléfonos móviles, los cascos del mp3, los coches y alguna prenda de vestir estentórea, y hacemos una foto en una calle antigua de París o de Barcelona, no encontraremos diferencias sustanciales con una que se haya hecho en ese mismo sitio en el siglo XIX, por ejemplo.


El mundo en general no ha cambiado tanto, ha evolucionado por zonas específicas

El mundo en general no ha cambiado tanto, ha evolucionado por zonas específicas y con énfasis en la micro tecnología, avanzamos a gran velocidad hacia lo pequeño, recibimos y emitimos información con una rapidez que produce vértigo, pero seguimos tardando doce horas en transportarnos de Madrid a la Ciudad de México, no tenemos coches que vuelan, ni conversamos con androides, ni tenemos naves que nos lleven a otros planetas; en muchos aspectos nuestro siglo se parece más al pasado, que a ese deslumbrante siglo XXI que nos enseñaron Kubrick y Ridley Scott.
Resulta que a muchas parcelas de nuestra cotidianidad no ha llegado todavía el futuro, basta asomarse a los artículos de prensa y a los ensayos que se escribían a mediados del siglo XIX en Estados Unidos, para darnos cuenta de que las inquietudes, las pulsiones y las neurosis que bullían en los albores del mundo industrializado, del capitalismo rampante, de la modernidad compulsiva, siguen estando, ciento cincuenta años más tarde, perfectamente vigentes. Para darnos cuenta de que aquellos que vislumbraban este siglo desde el siglo anterior, tendrían que haber mirado hacia atrás y no hacia adelante para no errar tanto en su pronóstico.
Esa preocupación que nos produce hoy el deterioro del planeta, o la desconexión con la naturaleza y la pérdida de nuestra dimensión espiritual ya existía a mediados del siglo XIX en Estados Unidos; los creyentes gremiales se apuntaban a la iglesia calvinista o al grupo cuáquero de su comunidad, y los que no querían someterse a la espiritualidad oficial, husmeaban en las tradiciones orientales, en el taoísmo o el budismo, o en la cosmogonía milenaria de los indios que todavía habitaban aquellas tierras y que pronto serían acorralados por la expansión industrial y la modernidad. Aquella atmósfera espiritual, que era precisamente la reacción a ese mundo industrializado y lleno de humo que ya era muy patente, puede visitarse en la obra de Emerson, de Thoreau o en los poemas incombustibles de Walt Whitman, escritores que buceaban en las tradiciones orientales que proponen el regreso a la naturaleza, el abandono del yo a favor del todo cósmico, la concentración en el único tiempo que tenemos que es el presente, y una muy completa batería de preceptos que en nuestro siglo predican, exactamente por las mismas razones, los gurús del mindfulness y demás invenciones de la new age, que es tan vieja como Lao-Tse.


Esa preocupación que nos produce hoy el deterioro del planeta, ya existía a mediados del XIX

Estados Unidos, después de la Guerra Civil, trataba de reorganizarse como país, de armonizar las diversas nacionalidades que lo conformaban, incluidos los habitantes originales del territorio; era un proyecto económico y multicultural lanzado hacia el futuro que, paradójicamente, no toleraba a los inmigrantes pobres, esa intolerancia tan propia de nuestra especie que siglo y medio después sigue vigente. Walt Whitman nos cuenta, en uno de sus artículos que escribía en la prensa, de los dos mil europeos pobres que llegaron de golpe al puerto de Nueva York, y de cómo fueron confinados en el barrio más sucio e insalubre, mientras la prensa y la sociedad en general los culpaba de todos los robos y fechorías que perpetraban los nativos. Era la época, nos dice el poeta, en la que reinaba el “espíritu de destruir-y-volver a construirlo todo”; los especuladores inmobiliarios en Manhattan creaban burbuja tras burbuja, los edificios se incendiaban y una vez controlado el fuego ya había un especulador dispuesto a construir sobre las cenizas. El poeta nos cuenta de una mujer de avanzada edad que defendía, con una pistola en cada mano, la tumba de su marido sobre la que un especulador quería construir un edificio. Era la época del capitalismo salvaje, todo valía para hacerse rico y nadie parecía tener escrúpulos de ninguna clase, y esa furia afectaba incluso a los escritores, como Charles Dickens que, harto de los piratas que imprimían sus libros, escribía artículos exigiendo al gobierno la protección de sus derechos de autor, mientras la prensa y la opinión pública lo acusaban de ser un escritor majadero y antidemocrático por tratar de impedir que su obra se reimprimiera libremente, más o menos lo que opinaría hoy, del músico que se queja de que le roben sus canciones, el cibernauta que mira desde su cuerpo decimonónico, el futuro que corre en la pantalla de su teléfono.
Jordi Soler es escritor.

domingo, 29 de mayo de 2016

PSICOLOGÍA. "Soledad, una nueva epidemia". John T. Cacioppo/Stephanie Cacioppo

'Q Train' (1990), cuadro del artista Nigel Van Wieck.
'Q Train' (1990), cuadro del artista Nigel Van Wieck.

   En "El País":

Soledad, una nueva epidemia

Una de cada tres personas se siente sola en la sociedad de la hiperconexión y las redes sociales. ¿Qué está fallando?

'Reflejo en una ventana de Altamira' (Caracas), del fotógrafo Christopher Anderson.
'Reflejo en una ventana de Altamira' (Caracas), del fotógrafo Christopher Anderson. 
Cualquiera puede padecer soledad crónica: un chico de 12 años que se traslada a un colegio nuevo; un joven que después de crecer en un pueblo se siente perdido en la gran ciudad; una ejecutiva que está demasiado ocupada con su carrera para mantener buenas relaciones con sus familiares y amigos; un anciano que ha sobrevivido a su cónyuge y cuya mala salud le dificulta ir a visitar a nadie. La generalización del sentimiento de soledad es asombrosa. Varios estudios internacionales indican que más de una de cada tres personas en los países occidentales se siente sola habitualmente o con frecuencia. Un estudio de 10 años que iniciamos en 2002 en una gran área metropolitana indica que, en realidad, esa proporción se aproxima más a una de cada cuatro personas en algunas zonas, una cifra que sigue siendo muy alta.
La mayoría de estas personas quizá no son solitarias por naturaleza, pero se sienten socialmente aisladas aunque estén rodeadas de gente. El sentimiento de soledad, al principio, hace que una persona intente entablar relación con otras, pero con el tiempo la soledad puede fomentar el retraimiento, porque parece una alternativa mejor que el dolor del rechazo, la traición o la vergüenza. Cuando la soledad se vuelve crónica, las personas tienden a resignarse. Pueden tener familia, amigos o un gran círculo de seguidores en las redes sociales, pero no se sienten verdaderamente en sintonía con nadie.



Una persona que se siente sola suele estar más angustiada, deprimida y hostil, y tiene menos probabilidades de llevar a cabo actividades físicas. Como las personas solitarias tienden más a tener relaciones negativas con otros, el sentimiento puede ser contagioso. Las pruebas biológicas realizadas muestran que la soledad tiene varias consecuencias físicas: se elevan los niveles de cortisol —una hormona del estrés—, se incrementa la resistencia a la circulación de la sangre y disminuyen ciertos aspectos de la inmunidad. Y los efectos dañinos de la soledad no se acaban cuando se apaga la luz: la soledad es una enfermedad que no descansa, que aumenta la frecuencia de los microdespertares durante el sueño, por lo que la persona se levanta agotada.
El motivo es que, cuando el cerebro capta su entorno social como algo hostil y poco seguro, permanece constantemente en alerta. Y las respuestas del cerebro solitario pueden servir para la supervivencia inmediata. Pero en la sociedad contemporánea, a largo plazo, tiene costes para la salud. Cuando estamos acelerando constantemente nuestros motores, dejamos nuestro cuerpo exhausto, reducimos nuestra protección contra los virus y la inflamación, y aumentamos el riesgo y la gravedad de las infecciones víricas y de muchas otras enfermedades crónicas.


Cuando una persona está triste e irritable, quizá está pidiendo a gritos que alguien la ayude y conecte con ella

Un análisis reciente —de 70 estudios combinados con más de tres millones de participantes— demuestra que la soledad incrementa las probabilidades de mortalidad en un 26%, aproximadamente igual que la obesidad. El hecho de que más de una de cada cuatro personas en los países industrializados pueda estar viviendo en soledad, con consecuencias seguramente devastadoras para la salud, debería preocuparnos.
En nuestras investigaciones también hemos observado que cada medida positiva para mejorar la calidad de las relaciones sociales mejora la presión arterial, los niveles de las hormonas del estrés, las pautas de sueño, las funciones cognitivas y el bienestar general.
Con frecuencia las personas solitarias no son conscientes de muchas de las cosas que les suceden: no lo saben. Por ejemplo, se agudiza de forma implícita la hipervigilancia en busca de amenazas sociales y se reduce la capacidad de controlar los impulsos. Pero, igual que ocurre con el dolor físico que nos informa de una posible lesión en nuestro cuerpo, el sentimiento de soledad nos indica la necesidad de proteger o reparar nuestro cuerpo social.




Josef Koudelka (Magnum)


Los familiares y amigos suelen ser los primeros en detectar los síntomas de soledad crónica. Cuando una persona está triste e irritable, quizá está pidiendo en silencio que alguien la ayude y conecte con ella. La paciencia, la empatía, el apoyo de amigos y familiares, compartir buenos momentos con ellos, todo eso puede hacer que sea más fácil recuperar la confianza y los vínculos y, en definitiva, reducir la soledad crónica.
Por desgracia, para muchos hablar con franqueza sobre la soledad sigue siendo difícil, porque es una condición mal comprendida y estigmatizada. Sin embargo, dada su frecuencia y sus repercusiones en la salud, tendría que estar reconocida como un problema de salud pública. Debería recibir más atención en las escuelas, en los sistemas de salud, en las facultades de medicina y en las residencias de ancianos para garantizar que los profesores, los profesionales de la sanidad, los trabajadores en los centros de día y en los centros de tercera edad sepan identificarla y abordarla.
¿Las redes sociales pueden abrir nuevas vías para conectar con los demás? Depende de cómo se usen. Cuando la gente utiliza las redes para enriquecer las interacciones personales, pueden ayudar a disminuir la soledad. Pero cuando sirven de sustitutas de una auténtica relación humana, causan el resultado opuesto. Imaginen un coche. Si una persona conduce para compartir un rato agradable con sus amigos, seguramente se sentirá menos sola; si se pasea solo para saludar de lejos y ver cómo los demás se lo pasan bien, su soledad seguramente seguirá siendo igual o peor.
Por desgracia, muchas personas solas tienden a considerar las redes sociales como refugios relativamente seguros para relacionarse con los demás. Como en el ciberespacio resulta difícil juzgar si los otros son dignos de confianza, la relación es superficial. Además, una conexión a través de Internet no sustituye a una real. Cuando un niño se cae y se hace daño en la rodilla, una nota comprensiva o una llamada a través de Skype no sustituye al abrazo consolador de sus padres.


Hablar con franqueza sobre la soledad sigue siendo difícil, pero es un problema de salud pública

En la actualidad varios países, en particular Dinamarca y Reino Unido, han creado programas nacionales para concienciar al público sobre la soledad crónica, fomentar un mejor conocimiento de sus consecuencias catastróficas que tiene y mejorar las intervenciones, las políticas para bordar este problema y su financiación.
John T. Cacioppo, autor de Loneliness (WW Norton), es catedrático de psicología y dirige el centro de neurociencia cognitiva y social en la Universidad de Chicago. Stephanie Cacioppo es profesora de psiquiatría y neurociencia en el mismo centro.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

viernes, 1 de mayo de 2015

PRENSA. Disgustos de la vida sana

   En "El País":

El irritante sillín de la bici (y otros disgustos de la vida sana)

Correr puede dañar los pies y ponerse a dieta deprime. Estos son los efectos adversos de nueve hábitos saludables

 

    Cuidarse está de moda: prueba de ello es lo rápido que términos como running, lactosa y omega 3 se han implantado en nuestro vocabulario. Pero llevar una vida sana puede ocasionarnos algún que otro disgusto. En general, los hábitos saludables son fuente de alegría y vitalidad; los problemas empiezan cuando los llevamos más allá de los límites recomendados. Sus efectos secundarios van de las simples molestias y secuelas estéticas a otras amenazas para nuestro organismo. Enumeramos solo nueve. Y, pese a todo, un mensaje: la vida sana es una excelente decisión.

    1. El ciclismo y las hemorroides no se llevan bien

    Cada día con mayor presencia en nuestras calles, las dos ruedas son sinónimo de salud y compromiso con el medioambiente. Es un medio de transporte barato, con un punto cool… , pero tiene un problema: el sillín, cuyo diminutivo no hace justicia al daño que es capaz de infringir a nuestras partes más íntimas. Entre sus efectos más habituales entre varones están las “alteraciones prostáticas, precisamente por la presión que sufre la próstata entre el sillín y el propio peso del ciclista”, informa el doctor Pedro Manonelles Marqueta, presidente de la Federación Española de Medicina del Deporte y director de la Cátedra Internacional de Medicina del Deporte de la UCAM (Murcia). La bici tampoco le hace un favor a las hemorroides, y si bien no las provoca, sí intensifica el característico sufrimiento silencioso de quien las padece. El doctor nos lo explica con elegantes palabras científicas: “El apoyo del periné y de la zona anal sobre el sillín puede producir un roce que empeore las hemorroides”. Para prevenirlo, aconseja: “Situar adecuadamente el cuerpo en el sillín, que debe ser de buena calidad, y contar con un acolchado en la zona del culote. Y no montar en bici con hemorroides clínicamente manifiestas”, añade.

    El apoyo del periné y de la zona anal sobre el sillín puede producir un roce que empeore las hemorroides” (Pedro Manonelles, médico)

    2. El running puede destrozar los pies

    Iniciarse en la práctica del running implica elegir entre una buena salud cardiovascular y unos pies bonitos. “Las principales lesiones en el pie van desde las más banales y simples como son las ampollas y las hemorragias ungueales [de la uña] hasta las fracturas por estrés, pasando por tendinitis como la temida fascitis plantar [inflamación de los tendones de la planta del pie]”, advierte Ángel González de la Rubia, presidente de la Asociación Española de Podología Deportiva (AEPODE). Las causas del destrozo son una técnica de carrera inadecuada, la mala elección de las zapatillas o alguna deficiencia anatómica del pie. Los expertos aconsejan someterse un estudio para analizar la pisada o huella plantar y detectar posibles problemas antes de lanzarnos a correr. En caso de anomalía, “la solución”, apunta De la Rubia, “pasará por la recomendación de la zapatilla más acorde con el tipo de pie y pisada y, en su caso, por la adaptación de una plantillas personalizadas y específicas para la carrera”.

    3. Lavarse las manos con geles antibacteriales puede afectar al sistema inmunológico


    Los geles antibacteriales pueden usarse en hospitales, pero en el día a día no hacen falta productos tan potentes. A veces nos complicamos la vida”, añade el especialista, que recomienda lavarse las manos con agua y jabón
    ¿Es usted Don Limpio? Enhorabuena. Mantener una higiene personal estricta es digno de elogio, pero no es necesario que someta sus manos a los geles antibacteriales disponibles en todos los supermercados. El problema es que cumplen lo que prometen: se cargan las bacterias; incluso las buenas. “Estos productos eliminan la capa protectora de nuestra piel en el más amplio sentido de la palabra, tanto lo bueno como lo malo, y eso hace que tengamos una dermis más seca, con mayor riesgo de dermatitis atópica, y que nuestro sistema inmune se tenga que preparar ante productos que no teníamos por qué estar empleando”, alerta el doctor Ángel Gil de Miguel, catedrático de Medicina Preventiva en la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid). “Estos jabones pueden usarse en hospitales o en situaciones de riesgo reales, pero en el día a día no hacen falta productos tan potentes. A veces nos complicamos la vida”, añade el especialista, que recomienda para lavarse las manos “agua y jabón natural”. Cuidado con aplicarlos a los infantes: podemos exponerlos a alergias, como destacó un estudio de la Universidad de Michigan (EE. UU.). “A veces nos encontramos con niños que son alérgicos al látex, a la naranja, a la mandarina… Y muchas veces tiene que ver con esa piel que hemos desprotegido y hemos hecho extremadamente sensible”, concluye el doctor Gil.

    4. Una dieta hiperproteica eleva el riesgo de aparición de piedras en el riñón

    Las dietas altas en proteínas y bajas en carbohidratos son un método común entre quienes desean perder peso. Sin embargo, científicos del departamento de Fisiología de la Universidad de Granada llegaron a la conclusión de que incrementan las probabilidades de padecer piedras en el riñón y otras enfermedades. “Los riñones deben excretar el exceso de urea que se deriva de la alta dosis de proteína de la dieta y esto hace trabajar más al riñón”, dice la doctora Virginia Aparicio, investigadora del equipo. “Hemos observado un incremento del peso del mismo y el análisis morfológico ha mostrado una mayor área glomerular y mesangial (zonas de filtrado), lo que podría derivar en un perfil de riesgo de patología renal a largo plazo”. La necesidad de mantener este tipo de dietas en el tiempo para evitar el “efecto rebote” conlleva una sobrecarga en los riñones que “puede derivar en un riesgo renal”, según afirma. La proteína, por otra parte, promueve la liberación de calcio (base que compensa el pH) en orina, lo que aumenta el riesgo de cálculos o piedras en el riñón. Se puede equilibrar con un consumo elevado de frutas y verduras.

    5. El ejercicio intenso y su relación con la orina

    Si después de entrenar en el gimnasio su orina es más oscura, es que se está machacando en exceso. “La práctica de actividad deportiva de larga duración puede modificar el color de la orina”, afirma el doctor Pedro Manonelles. “El color más oscuro, en primer lugar, se debe a una concentración de la orina porque la persona, al sudar, se deshidrata, la orina se concentra y adquiere una tonalidad más oscura”. También puede deberse a que contenga sangre, lo que en términos médicos se conoce como hematuria. “A veces, se produce por microhemorragia en la vejiga, cuando las asas intestinales que apoyan en el techo del órgano y provocan un pequeño sangrado que se puede observar en orina. Otra causa de hematuria es que el músculo sufra una rabdomiolisis por el esfuerzo y esto, entre otras manifestaciones, produce un filtrado de sangre en la micción”, señala. Ante estas evidencias, baje el ritmo: podría terminar dañando el riñón. El doctor recomienda: “Un entrenamiento adecuado, una buena hidratación y controlar las distancias que se recorren evitando realizar carreras de muy larga duración de forma muy repetida y sin la recuperación suficiente”.

    6. Hincharse a beber agua depara náuseas y calambres


    La ingesta recomendada de agua depende mucho de la intensidad del ejercicio, de la temperatura, de la sudoración y del contenido de minerales que lleve la propia bebida”, precisa la doctora Diana Ansorena
    Los médicos no paran de animarnos a que bebamos mucha agua: que si dos litros al día, que si tres… El agua limpia, nos hidrata, es sensacional para la piel, pero en cantidades enormes puede disolver el sodio de la sangre (hiponatremia) y provocar náuseas y calambres musculares, si no cosas peores. Puede ocurrir entre deportistas, ávidos por evitar la deshidratación. ¿Cuál sería la ingesta media recomendada? “Depende mucho de la intensidad del ejercicio, de la temperatura, de la sudoración y del contenido de minerales que lleve la propia bebida”, precisa la doctora Diana Ansorena Artieda, profesora de Nutrición y Bromatología de la facultad de Farmacia de la Universidad de Navarra. El IOM (Instituto de Medicina de EE. UU.) establece como cantidad media para hombres adultos 3,7 litros al día, 2,7 litros para las mujeres (esto incluye el agua de los alimentos). El riesgo de hiponatremia puede reducirse asegurándonos de que la cantidad de agua ingerida no supera la que hemos perdido por sudoración, y tomando bebidas o alimentos altos en sodio.

    7. Ponerse a dieta deprime

    En 1979, un seguimiento realizado a personas con sobrepeso en Reino Unido arrojó que aquellas que lograron perder el 5% de su peso en cuatro años se encontraban mejor físicamente, pero más deprimidas que aquellas que no habían perdido un solo gramo. Un nuevo estudio, del año pasado, a cargo de la University College de Londres (Reino Unido), lo ratificó, postulando que las dietas “no aportan ningún beneficio psicológico inmediato y pueden incrementar el riesgo de depresión”. Esto, al parecer, abarca solo el proceso: cuando llegamos al objetivo de peso marcado y conseguimos mantenerlo, nuestro estado de ánimo mejora bastante.

    8. El vino, excelente antioxidante, mancha los dientes

    El vino contiene polifenoles, poderosos antioxidantes, como avalan expertos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale (New Haven, EE. UU.), y bebido con mesura —dos o tres copas al día— es bueno para el corazón. Pero al color de nuestros dientes no le sienta tan bien. “Puede oscurecerlos por los taninos (derivados de las uvas, las pepitas de las uvas e incluso de las barricas de madera) que contiene. Los taninos son sustancias cromógenas que se depositan en los dientes y cuyo consumo continuado aumenta el color oscuro de los dientes”, explica la doctora Pepa Calvo, Vocal de Odontología Estética del COEM (Colegio Oficial de Odontólogos y Estomatólogos de la 1ª Región). La Escuela de Odontología de la Universidad de Nueva York (EE. UU.) probó que esto no solo ocurría con el vino tinto sino también con el blanco. ¿Solución? “Un cepillado de dientes inmediato al consumo de vino disminuiría el depósito de dichos taninos sobre la superficie dentaria y, por tanto, evitaría en buena medida que los dientes se oscurecieran por este motivo”, aconseja Pepa Calvo.

    9. Las manos se entumecen al montar en bicicleta

    “La posición forzada y sostenida durante mucho tiempo de las manos al agarrar el manillar, provoca una compresión nerviosa del nervio cubital, a su paso por el carpo, que genera hormigueo o dolor”, apunta el doctor Manonelles: “Para evitar este problema hay que adoptar una postura corporal correcta en la bicicleta y una agarre adecuado del manillar. Aquí es muy útil el asesoramiento de un entrenador de ciclismo”. Si el hormigueo persiste, o pierde toda sensación, acuda a un especialista.

    miércoles, 18 de junio de 2014

    PRENSA. "Los españoles dejan de comer fuera y gastan más en medinas y enseñanza"

       En "El País":

    Los españoles dejan de comer fuera y gastan más en medicinas y enseñanza

    El gasto medio por hogar ha sido de 27.098 euros en 2013, un 3,7% menor que el año anterior

    Los hogares han recudido el gasto especialmente en hoteles, cafés y restaurantes, según el INE

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    Una cafetería en la zona de ocio del puerto de Alicante. / PEPE OLIVARES
    Los españoles han dejado de comer fuera. Al menos esa es una de las conclusiones que se deduce de la Encuesta de Presupuestos Familiares publicada este lunes por el Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre el gasto medio de los españoles en 2013. Los hogares han reducido el gasto especialmente en hoteles, cafés y restaurantes (-8,5%) por el menor gasto en comidas y bebidas fuera del hogar; en ocio, espectáculos y cultura (-8%), y en bebidas alcohólicas y tabaco (-7,8%), debido principalmente al menor gasto en tabaco, que disminuyó un 9,7% en 2013.
    El gasto medio por hogar en 2013 ha sido de 27.098 euros, un 3,7% menor que en 2012. El gasto individual también se ha visto reducido, en un 2,7% menos con respecto al año anterior, que ha sido de 10.695 euros. Los hogares han reducido el presupuesto de 2013 en algo más de 1.000 euros en comparación con 2012. En líneas generales, todas las categorías estudiadas han experimentado disminuciones, menos la enseñanza, que aumentó un 8,6%, es decir, un total de 29 euros más.
    Además de la educación, el gasto de medicamentos y productos farmacéuticos ha crecido un 9,2%, lo que supone que cada familia ha tenido que destinar 399,22 euros, 34 euros más que el año anterior. Remonta así el gasto en farmacia, que venía decreciendo desde el año 2007, cuando alcanzó los 409,9 euros por hogar. Los gastos relacionados con la vivienda, como los precios del agua, la tasa de basura o los gastos de la comunidad de vecinos, también han subido un 1,8% más, lo que ha supuesto 14 euros más por familia.
    Como ocurrió el año pasado, el tipo de hogar que menos ve alterado su nivel de consumo es aquel en el que el principal sustentado de un jubilado, con una reducción del gasto del 1%, frente al descenso del 6,1% cuando el cabeza de familia es un parado, un 4,0% cuando es un ocupado o un 2,1% cuando es un inactivo.
    En cuanto a las comunidades autónomas, el País Vasco, donde el gasto medio por persona alcanza los 13.573 euros, según el Instituto Vasco de Estadística, Eustat, ha sido, junto con la Comunidad de Madrid, la región con más gasto por persona. Por otro lado, Canarias y Extremadura, las que menos.