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viernes, 20 de marzo de 2015

PRENSA. Entrevista al paleontólogo Juan Luis Arsuaga, sobre la vida en el siglo XXII

   En "El País Semanal":
ENTREVISTA

Juan Luis Arsuaga: “Es pronto para desaparecer como especie”

El divulgador científico, dotado de una extrema sencillez para abordar temas, protagoniza la segunda entrega de la serie 'Así pasen cien años', que lanza una mirada al futuro.

A este paleontólogo le gana el entusiasmo y demuestra el mismo interés por lo que ocurrió hace millones de años como por la actualidad y el futuro.


El paleontólogo Juan Luis Arsuaga, en su despacho. / GORKA LEJARCEGI

El afamado paleontólogo, codirector del yacimiento de Atapuerca, es el segundo protagonista de esta serie de conversaciones en torno al interés por saber qué habrá después de nosotros. Hemos elegido a un grupo de figuras ilustres de distintos campos, de la literatura a la ciencia, y les hemos pedido que imaginen el futuro, limitado al siglo XXII. ¿Qué esperanzas podemos tener de que nos traiga más felicidad y menos dolor? ¿Es posible pensar en un mundo más justo, más libre y más solidario?
El Big Bang, 13.800 millones de años; el comienzo de la vida, 4.000 millones; el Homo antecessor, 900.000 años; el nacimiento del Homo sapiens, entre 150.000 y 200.000 años. Preguntarle a usted por cómo será el género humano dentro de cien años le parecerá una broma…Hombre, es que un siglo no representa nada para la especie humana… Me atrevo a decir que será prácticamente igual que ahora… e incluso que hace 50.000 años.
¿Quiere usted decir que tenía razón Stephen Jay Gould cuando escribió que en los últimos 40.000 o 50.000 años no se ha producido ningún cambio biológico en los humanos, que todo lo que se ha construido ha sido con el mismo cuerpo y cerebro de siempre? Pues sí, porque se ha cambiado muy poco… Aunque, bueno, el cerebro ha disminuido un poco en todo ese tiempo, ya ven. Es que 50.000 años no son nada en tiempo geológico. Por supuesto que estoy hablando de las variaciones que han modificado nuestro esqueleto a lo largo de tantos siglos. La evolución ya ha ido haciendo su trabajo de selección…
¿Quiere eso decir que ya estamos totalmente hechos como especie, y que los individuos que forman parte de ella ya no experimentarán grandes modificaciones en el futuro? Las cosas que ahora hacemos, el automóvil, el ordenador, los móviles, ¿no generarán transformaciones significativas a los humanos? Pues no, no. En absoluto. Otra cosa son los enormes cambios que ha experimentado la conducta humana y todo lo que se ha modificado en aspectos vitales para la existencia, aunque no hayan alterado sustancialmente los rasgos generales de nuestro esqueleto. ¿Alguien podía imaginarse hace pocos años que las mujeres serían cirujanas, o jueces y procesar a los hombres? Nadie profetizó eso. Es un cambio tremendo, de una importancia enorme, pero invisible, como tantos y tantos cambios, para los huesos.


El paleontólogo Juan Luis Arsuaga. /GORKA LEJARCEGI
¿Tampoco los cambios en la familia tradicional? No tiene por qué. Que haya otro tipo de parejas es un enorme avance en la tolerancia social, por supuesto, pero estadísticamente es tan abrumadoramente mayoritaria la familia de un hombre y una mujer, con o sin hijos, que no debería significar ningún cambio que se pueda transmitir genéticamente.
Usted marca una diferencia muy interesante en su último libro, El sello indeleble, entre progreso y propósito… Una cosa es que haya progreso y otra que alguien esté detrás de él. Yo utilizo una frase, que no recuerdo haberla leído o escuchado a nadie, y es que la evolución no busca, pero encuentra. Hay gente a la que le cuesta entender que algo, por muy perfecto que sea, pueda surgir de lo que se llama azar. Que no es azar, claro, son leyes físicas. Hay quien dice que el Himalaya ha surgido por casualidad. Pues no. Es el resultado de muchas tensiones geológicas durante muchísimos siglos… No ha surgido de pronto un día el Himalaya, ¿no? Nadie pensó: voy a hacer una montaña muy alta y muy bonita. Es difícil de entender para algunas personas, pero intento explicar que la evolución encuentra soluciones. Evolucionar es solucionar problemas que uno se encuentra.
Así que si le pregunto adónde vamos… La contestación es a ninguna parte. Ya hemos llegado. Pero vamos a seguir llegando, tal y como decía antes, sin que nadie tenga planificado lo que viene a continuación.
¿La especie humana tiene fecha de caducidad, como otras muchas especies a lo largo de millones de siglos? No, porque no hay nada parecido. Tenemos fecha de caducidad probabilística, vamos a decirlo así. En la mayor parte de las especies, los individuos viven, según el tipo de especies, unos cuantos cientos de miles de años. Somos jóvenes todavía. En ese sentido no deberíamos preocuparnos. Tenemos 200.000 años. No está mal, pero deberíamos durar más.
¿Por qué esa diferencia con otras especies? Porque ahora ya no somos comparables a las demás. Lo fuimos, pero ya no. Tenemos una capacidad tecnológica que nos hace distintos, ya no nos regimos con las mismas leyes de las demás especies.
O sea, que estamos tranquilos para el siglo XXII. Hay problemas que tenemos que solucionar, pero, sí, es demasiado pronto para desaparecer… A no ser que un meteorito o similar nos borre del universo, claro…
¿Y el cambio climático? Ofrece usted en ese libro que he citado antes unas cifras terribles de deterioro del planeta en este siglo si no somos capaces de tomar medidas drásticas. Ascensos de temperatura, deshielos en los polos, desplazamientos de grandes masas de población, subidas de las aguas de los océanos y consiguientes inundaciones de ciudades costeras. ¿Qué pasará en cien años? ¿Qué alteraciones nos puede causar? En ese lapso de tiempo, creo que ninguna terrible, la verdad. En cuatro generaciones no seleccionas. Bueno… cosas así como la peste negra, la del siglo XIV que diezmó a Europa… El cambio climático lo que puede producir es que haya miles de millones de personas afectadas y muchos sufrimientos, dolor y desequilibrio.
¿Pero no podría ser que algunas de esas mutaciones acabaran transmitiéndose genéticamente? No parece fácil, pero desde luego no sería en un siglo… Ya le decía antes que cien años es muy poquita cosa. Quizá si habláramos de 10.000 años…

Es pronto para que desaparezcamos como especie”
Pero esa sería otra entrevista. Claro. Pero es que la gente no piensa en el daño real que causa la alteración climática, el deterioro del medio ambiente. Ya hay situaciones como la del Sahel, donde hay grandes masas de población que han tenido que huir a donde han podido, o lo que ha ocurrido ya con algunos primates, a punto de la desaparición. Pero aquí, en Occidente, nos da lo mismo. Nos trae sin cuidado, nos fumamos un puro cuando hay millones de personas que ya se están muriendo. Y hay que frenar. En algún momento tenemos que parar de destruir el planeta.
Hasta ahora hemos hablado de causas naturales, de la evolución extraordinariamente lenta que ha tenido la especie humana a lo largo de los siglos. Pero hoy vivimos una auténtica revolución desde el mismo momento en el que podemos jugar con las células. La biogenética… Efectivamente. Hoy podemos hacer de todo. Y, por supuesto, esta capacidad se multiplicará en los próximos años. Y lo que la evolución ha hecho en miles de siglos, nosotros tenemos ahora mismo la posibilidad de hacerlo en meses o semanas. El resultado final es el mismo, pero ahora es muy rápido. Conceptualmente, es lo mismo.
Pónganos un ejemplo. Tú puedes fabricar ovejas; o sea, unos animales herbívoros que produzcan lana para ti. ¿Qué es una oveja? Es un animal salvaje, y los muflones, que son el antepasado de la oveja, no tienen lana. Entonces nosotros hemos fabricado un animal cuadrúpedo que produce lana para los humanos. Nos ha llevado algunos miles de años y no se ha podido hacer de un día para otro. Pero ahora, con manipulación genética y con unos cuantos millones de euros podría hacerse casi lo mismo en muy poco tiempo…
Volvamos a los humanos. Pues podemos hacer casi todo. Se empieza a trabajar con la enfermedad. Primero, con la terapia génica, cada vez más individualizada, que es el camino a seguir. La terapia génica no es que invierta los genes, sino que permite desarrollar medicamentos que sean más eficaces o compatibles con tu genética. No te van a cambiar los genes.
¿Sería entonces solo una mera reparación? No únicamente. Porque también se puede hacer un trabajo de selección. No es que teóricamente ya exista esa posibilidad, es que ya se hace. Si tú tienes una predisposición para determinada enfermedad, por ejemplo, recurres a la fecundación in vitro e implantas aquellos embriones para que tus hijos no tengan esa mutación. Eso sería, en cierto modo, una intervención eugenésica, porque se ha elegido una opción para tener un individuo con unas características mejores o, más concretamente, sin unas características muy determinadas: estas no las quiero. Y esto es comprensible y es lógico que, si se puede hacer, se haga, claro. La gente no quiere tener hijos con una predisposición hereditaria a desarrollar un cáncer.

Juan Luis Arsuaga

(Madrid, 1954) es paleontólogo, doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid, catedrático de Paleontología y, desde julio de 2013, director científico del Museo de la Evolución Humana de Burgos. Sus trabajos en la sierra de Atapuerca (Burgos), junto con un cada vez más nutrido equipo científico, han resultado claves mundiales para el estudio de la evolución de la especie humana. Ha recibido premios como el Príncipe de Asturias, ha editado numerosos artículos científicos en las publicaciones más reconocidas del mundo y es autor de más de una decenas de obras, algunas de ellas escritas en colaboración con otros científicos. La última ha sido El sello indeleble (Debate, 2013), con Manuel Martín-Loeches.
Y más cuando conozcamos nuestras predisposiciones a unas u otras enfermedades, porque todos tendremos secuenciado nuestro genoma.Ya se puede ahora, pero todavía es caro. Sin duda que lo podremos tener en muy poco tiempo por un precio muy asequible. Y aún es más sencillo y más barato obtener datos sobre las probabilidades de padecer ciertas enfermedades genéticas… Pero el asunto no es solo que se pueda actuar sobre determinadas alteraciones genéticas indeseadas por todos. Es que se abre un mundo de infinitas posibilidades…
¿A qué se refiere exactamente?Pues a que incluso en las enfermedades hay cuestiones muy dificultosas de discernir… Con las enfermedades hereditarias parece que no hay ninguna duda, pero hay predisposiciones hereditarias más complejas, más sutiles… ¿Qué es la predisposición? Y sobre todo, ¿en cuántas podemos o debemos intervenir? ¿Cuál es el límite, si es que lo hay?
Ya, incluso la elección de sexo… Ah, claro. Conste que hablamos de posibilidades científicas, fuera de las limitaciones legales que haya en tal o cual país. Esa es otra discusión… Pero incluso dentro del niño o de la niña, también ahí habría matices. Por ejemplo, hay algunas legislaciones, según tengo entendido, en las que del primer hijo no puedes elegir el sexo, pero si has tenido tres y los tres son niñas, bueno, a lo mejor el cuarto podrás elegir que sea niño. En todo caso, es obvio que las leyes se pueden modificar en cualquier momento. Los encargados de legislar tendrán que ser capaces en las décadas que vienen de dar respuestas consecuentes a todos los retos que la ciencia les va a ir planteando. Y a una velocidad vertiginosa.
¿Pero también se podrán elegir hijos o hijas más fuertes y más altos? Sí, claro que se podrá hacer. Ojo, que no estoy diciendo que se hará.
¿Y no podemos estar haciendo un cambio genético con estas intervenciones? A lo mejor –o a lo peor– hacemos una humanidad en cien años distinta de la de ahora mismo.Podríamos, claro. Si podemos hacerlo con los animales, podemos con las personas. Es muy simple. Lo que pasa es que yo creo que no ocurrirá, y básicamente por una razón muy práctica, y es que la mayor parte de nosotros no tenemos un modelo. Es decir, yo tengo tres hijos; si a mí me hubieran dicho: “Usted, ¿cómo quiere que sean?”, pues no sé qué contestar, no sé cómo quiero que sean. No tengo una preferencia, me da lo mismo que sean morenos, altos, bajos, ojos azules, verdes, negros, me da lo mismo. Yo no tengo, y el común de los mortales tampoco, un modelo determinado. Generalmente, queremos que estén sanos y poco más. Incluso hay países en los que los preferidos serían de un color de piel distinto, de un pelo así o de otra manera…
¿Podremos hacer clones? Claro que se podrá. No es muy difícil. Pero ninguna sociedad democrática lo hará, en mi opinión. No vamos a hacer monstruos de ningún tipo porque los humanos, en general, no están en esas… Quizá casos aislados y a muy pequeña escala… Siempre habrá ricos extravagantes, como Michael Jackson con el color de su piel, pero hablamos de elementos aislados.
Pero los clones seguramente se podrán utilizar como banco de órganos o células… Cierto, eso es cierto. Ahí tenemos un aspecto del futuro muy interesante, porque hay cosas que vamos a ver, como la regeneración de órganos. La vamos a ver usted y yo. Incluso puede que nos salve la vida.
¿Se refiere a la producción de órganos? La producción en laboratorio de órganos a partir de células madre ya se ha hecho. Y que te puedan regenerar un riñón no está mal, ¿no? Mejor que un trasplante. Por ahí sí que podemos ir, porque eso no es una aberración. Está dentro del terreno de lo que a mi abuela, por ejemplo, le parecería bien. “Oiga, usted que tiene el hígado no sé qué, ¿qué le parecería si le cogemos una célula de aquí, de la lengua, y le reproducimos un órgano, y así la curamos?”. Pues diría: “Fenomenal”. No creo que le molestase.

Los legisladores tienen que dar respuestas a los retos de la ciencia”
Pero siempre que hablamos de este tipo de cosas, de biogenética sobre todo, lo hacemos en el contexto de que se trata de una elección tuya, una elección libre… Pero ¿y si otros deciden por ti? ¿Si alguien quiere hacer una raza superior? Claro, claro, mucho cuidado con eso, que es adonde yo iba en El sello indeleble. Fíjese que en el siglo XX hubo muchos científicos, no ya novelistas, que llegaron a imaginar unas sociedades que, gracias a la manipulación genética, podían llegar a ser mucho mejores. Como el gran biólogo Julien Huxley, por ejemplo, que fue el primer director de la Unesco y uno de los fundadores de la World Wildlife Fund para la conservación de la naturaleza. O el jesuita Teilhard de Chardin. Algunos de ellos apostaron por que había que lograr que el ser humano fuera una célula de un superorganismo, algo así como los integrantes del hormiguero o la colmena. Todos los individuos se diluían para que funcionara bien el superorganismo. Estos científicos venían de ver guerras tremendas y pensaban en un planeta donde no hubiera tanta maldad. Eran, por supuesto, gentes que pensaban en un futuro mejor para la humanidad. No eran unos lunáticos desalmados. Al contrario. Claro que están también los autores, como Aldous, el hermano de Julien, que abominaban de esos mundos felices…
¿Existe entonces ese peligro, el de una humanidad manipulada hasta la locura de las distopías más conocidas?Pues vamos a ver. Nada de esto ocurrirá en una sociedad democrática libre, nada de esto puede suceder. Todos estos horrores pueden llegar a producirse en las sociedades planificadas. Y no hablo solo de ideologías políticas aberrantes, sino que también sucede con las sociedades planificadas por científicos biempensantes: son un horror. Así que contra lo que nos tenemos que prevenir es contra cualquier tentación de una sociedad planificada o controlada.
¿Cree que la humanidad corre ese peligro? ¿Hay alguna posibilidad de que eso ocurra en el siglo XXII? Pasan cosas distintas de las que entonces se imaginaron. Lo que hoy tenemos aquí es la seguridad del consumo. Ahora está ocurriendo otro mundo feliz, pero de distinto signo. Es la sumisión entendida de otra manera, porque hay una libertad para muchas cosas que no tiene nada que ver con aquel modelo monstruoso, claro. Pero lo que está ocurriendo es que no somos capaces de salir de ese modelo de mundo feliz, donde la economía está basada en el consumo. Y el consumo es una falsa felicidad, la felicidad de alguien no debería ser comprarse zapatillas de moda todos los años, no era ese el concepto de felicidad al que aspiraban los griegos… Ahora tenemos ese espejismo de felicidad en Occidente que se extiende también por China y por India, y que nos va haciendo a todos iguales. Y esta sociedad del consumo tiene además otro grave problema, que es el gasto de energía. Yo consumo mucha más que mi padre; mi padre, mucha más que mi abuelo. Hay una necesidad creciente de energía, y esto tiene que tener algún final, un límite. Así vamos al desastre.
¿Le preocupa la superpoblación? La ONU calcula que hacia 2100 llegaremos a los 11.000 millones de habitantes, desde los 7.200 de hoy. En África, por ejemplo, pasaremos de 1.000 millones a 4.000. Pues es un problema, claro, pero casi tanto como el que tiene España, que es justo el contrario. Aquí vamos en descenso, y puede ocurrir que en el año 2100, si nadie lo remedia, haya más personas inactivas que activas. Tenemos una tasa de nacimientos muy inferior a la europea. Y además de un problema productivo, económico, de una enorme envergadura, está el drama humano de quién se encargará de cuidar a los millones de ancianos que entonces habrá, máxime cuando los hijos, en función de la deslocalización actual del mundo universitario e incluso de los trabajos, así como del bajo precio del transporte, pueden estar hasta en continentes distintos.
El INE calcula, solo hasta 2064, que la población descenderá hasta 40,9 millones, al tiempo que los mayores de 65 años pasarán del 18,2% de la población al 40%. En cuanto a los hijos, la tasa española es de un 1,3%, frente al 2,1% europeo. Las razones, entre otras, son socioeconómicas. Un estudio de la Fundación La Caixa de diciembre de 2013 señalaba que las mujeres españolas querrían tener más hijos, hasta superar la media ­europea, pero no los tienen porque no pueden mantenerlos.

Nos tenemos que prevenir contra una sociedad controlada”
Y eso sin contar con el alargamiento de la vida. Muchos científicos ofrecen la cifra de 120 años como una edad normal a la que se podrá llegar el siglo próximo. Es muy posible, sí, que entonces exista mucha gente que pase de los cien años en condiciones de vida muy aceptables… Habrá que solucionar muchos problemas médicos: del envejecimiento celular, por supuesto; de la degeneración neuronal, que es terrible; pero también del puro aparato locomotor, que sufre un desgaste mecánico tremendo con los años. Pero será más que posible, sí… Y desgraciadamente nadie está pensando de verdad en ese problema, proponiendo mejoras radicales en los sistemas económicos y sociales para hacer frente a todas estas cuestiones. Es imposible sostener una sociedad en la que los trabajadores se jubilen a los 65 y puedan cobrar pensiones hasta los 100 o los 120… Y aún más difícil si se incorporan a la vida laboral mucho más tarde de como lo hacían antes.
Eso sí le preocupa. Por supuesto. No hay, o yo no lo veo al menos, audacia real en el pensamiento político y económico actual para suscitar discusiones sobre cómo organizarnos en el siglo XXII a partir de este adormecimiento de la sociedad de consumo. Nadie ha inventado una alternativa a eso. En esta sociedad, las personas son herramientas, una maquinaria. Y en el otro lado están los fanáticos –sobre todo integristas religiosos– que ahora estamos viendo en algunas partes del mundo y que quieren volver a no sé qué siglo. Una locura.
¿Tan mal ha evolucionado la especie humana? ¿Somos ese desastre? No, no, en absoluto. Ya sé que hemos sufrido los horrores de la guerra, del crimen, del terrorismo… Pero yo con respecto a la especie humana soy optimista en términos generales, precisamente porque soy biólogo evolutivo. Es decir, para ser un mono no está mal. La gente dice: “Es un desastre la especie”. Y yo digo: “Pues para ser unos chimpancés, hacer sinfonías como las de Beethoven está francamente bien”. Escribimos libros. Cien años de soledad, por poner un ejemplo. Para ser un mono no está mal. Y hay altruismo y solidaridad, hacemos catedrales, tenemos sentimientos. De verdad, creo que hay base para el optimismo. La carrera de la especie humana, como decíamos al comienzo, no está escrita en ningún sitio de forma inexorable. El futuro lo construimos nosotros. Día a día.
Todavía hablamos de la inteligencia artificial. “Importantísima; los coches –o su equivalente– se conducirán solos, pero no habrá un robot humanoide al volante, eso es una tontería”. También de la carrera espacial –“ya hemos descubierto otros sistemas solares, pero ¿cómo llegamos allí? Y sobre todo, ¿cómo volvemos?”– o de los drones que se mandarán para hacer la guerra. Pero también de si seguirá existiendo el racismo, del campo despoblado y de las megalópolis que nos esperan.
Pero aun así cambiaremos muy poco como especie… Muy poco, sí. Y otra cosa le digo. Seguiremos enamorándonos como tontos. El amor, el romance, no es una construcción de la poesía provenzal. Qué va. Ya se enamoraban en la prehistoria y nos seguiremos colando como adolescentes. Por mucha inteligencia artificial, medicina celular regenerativa y carrera espacial que vayamos echándole al mundo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

PRENSA. Entrevista al escritor Javier Marías

   En "El País Semanal":

“Ahora se chapotea en la lengua”

El escritor Javier Marías inicia la serie de entrevistas 'Así pasen cien años', que lanza una mirada al futuro a través de personajes ilustres del mundo de la cultura y las ciencias.

El escritor se muestra pesimista con lo que nos depara el siglo XXII, salvo en lo que respecta a la técnica y a la tecnología.


El escritor Javier Marías. / GORKA LEJARCEGI

Usted dibujaba en una entrevista reciente un panorama actual poco halagüeño. “Vivimos”, decía, “en una época tonta, especialmente estúpida y con una enorme pereza mental en gran parte de la gente. Me parece grave porque no tiene casi vuelta de hoja”. Si ve así nuestro tiempo, ¿cómo vislumbra el rostro de la humanidad mañana, la del siglo XXII? Partiendo de la base de que es casi imposible hacer un ejercicio de imaginación, no digo ya de otra cosa, cien años son tantos… Es más, empezaría por decir que siempre son muchos. Basta pensar que ahora se ha estado celebrando, conmemorando mejor dicho, la Primera Guerra Mundial, la guerra de 1914. Y si uno piensa todo lo que ha habido en medio de estos cien años…
Pasan muchas cosas en un siglo, sí… Yo diría que hoy en día es aún más tiempo de lo que ha sido a lo largo de la historia. Desde hace unos cuantos años está pasando una cosa muy rara y para mí muy angustiosa. El tiempo, por decirlo de alguna manera, está alcanzando al tiempo. Esto lo he dicho, yo creo, en alguna ocasión… El presente ya es pasado; el presente ya es percibido como pasado. Lo que acontece inmediatamente pasa a engrosar las filas de lo ya pasado. Se pueden buscar ejemplos inocuos. Uno saca un libro, o alguien estrena una película, y en el momento en que ya sale, se puede leer “se estrena”. Ya deja de interesar, o de importar. Rápido: ¿qué viene ahora? Parece como si las cosas, por el mero hecho de hacerse presentes, pasaran inmediatamente hacia el pasado.
Ocurre con casi todo, ¿verdad? Pues sí. Hace poco decía en un artículo que Felipe VI empieza a parecernos rutinario. Pedro Sánchez, que hace pocos meses que lo han elegido, empieza a parecer ya, no sé, qué antiguo es este hombre. Todo va acelerado. También mi padre lo observó una vez, hace muchos años. Él decía, por ejemplo, que comparativamente la humanidad ha cambiado mucho menos entre el siglo V antes de Cristo y 1850, que entre 1850 y el presente. Y decía cosas muy sencillas y verdaderas. Es decir, durante todos esos siglos, la gente se desplazaba a pie, a caballo, con rueda; o por barco y similares. Para comunicarse, había que mandar una nota escrita, o una carta, y nada más. Es decir, no había telegramas, no había, por supuesto, teléfono, no había absolutamente nada. Fíjese ahora. Todo es inmediato. Y no le digo nada en el futuro.
Decía usted que actualmente vivimos en una sociedad tonta. Y lo peor, de cara al futuro, de ese siglo XXII por el que me pregunta, es que hay una serie de cosas que me parecen cada vez más irreversibles. Hay gente que piensa que la historia va por ciclos, que hay épocas más tontas y otras algo más inteligentes. Pues yo tengo la sensación de que llevamos ahora demasiados años en que más bien ha habido una especie de deterioro intelectivo, no digamos intelectual, que eso ya es otra cuestión, sino intelectivo general de la humanidad.
No así en las ciencias… Por supuesto. En las ciencias, y en los avances técnicos y tecnológicos. Es extraordinario. Incluso en medicina. El optimismo que se puede tener pensando de aquí a cien años va siempre por ese camino. El de la técnica, de la ciencia, de los avances tecnológicos, que probablemente seguirán siendo muy beneficiosos. Pero…

La gente tiende a ser más simple, más bruta, y con ufanía de serlo”
Pero será peor en otros aspectos. Soy muy pesimista respecto a la evolución de la mentalidad, llamémosla así, del género humano. Me da la impresión de que cada vez la gente tiende a ser más simple, más bruta… y con ufanía de ser bruta. En otras épocas no sabían mucho porque no habían tenido oportunidad. Pero digamos que no había una ufanía de eso, en absoluto. Al revés, había como una especie de añoranza de no haber accedido a una educación, y eso era siempre muy conmovedor. Había incluso una especie de pudor, de vergüenza. Pero esta actitud de complacencia en la ignorancia es la que me invita a pensar que la cosa es irreversible.
¿Y a qué se debe este embrutecimiento? No me extrañaría que una parte hubiera sido inducida por los responsables de la educación. Se ha convencido a la gente de que, al fin y al cabo, sobre todo desde que existe Internet, todo está ahí. Es decir, si uno necesita un dato determinado, pulsa unas teclas y lo encuentra inmediatamente. Es una información momentánea y utilitaria, simplemente utilitaria, y que por tanto no hace falta ni acumular, ni saber, ni estudiar, ni nada por el estilo. No le resto valor, pero otra cosa muy distinta es la posesión de la instalación en su conocimiento. Del mismo modo que otra de las cosas que me han preocupado mucho, y a la que veo también muy mal futuro, es el uso de la lengua.
Hábleme de la lengua que emplearemos en el siglo XXII. No sé, de aquí a cien años qué se va a hablar, porque cada vez hay más personas que no tienen dominio de la lengua. No es cuestión de cultura. Cada uno hablaba, digamos, a su nivel, con su vocabulario más o menos amplio, o más o menos limitado. Pero hablaban con aplomo, con seguridad y con una buena instalación en la lengua, cada uno en su nivel de léxico, o de capacidad para construir frases acabadas y más o menos inteligibles. La sensación que yo tengo es que ahora la gente chapotea en la lengua. Todo se confunde, todo se mezcla, da la impresión de que todo sirve; la gente, además, parece que anda muy mal de oído. El otro día oí a un corresponsal –¡por favor, a un corresponsal!– en una ciudad europea diciendo: “No sé quién fue pillado en un fragantis”. Todo esto me parece gravísimo, y temo que vaya a ir a más. Y ya se sabe que la manera de expresarse influye mucho en la manera de pensar.
Me gustaría que hiciéramos un repaso sobre algunas cuestiones de cara al siglo XXII. Por ejemplo, la desigualdad tan tremenda que domina la sociedad de hoy en día. ¿Podremos aguantar así hasta entonces? No, no, de ninguna manera. El capitalismo llamado salvaje es muy tonto, muy torpe. No se da cuenta de que esa especie de creencia que se ha instalado, quizá a partir de la caída del Muro, de que ya no existe la posibilidad de otro mundo, es artificial. Es decir, no hace falta que haya una superpotencia a la que se tema, o que pueda financiar a grupos en cada país. La gente tiene una capacidad de aguante determinada, y superarla puede provocar estallidos y hartazgos. Se van viendo ya avisos de eso. Esa desigualdad cada vez mayor es algo que literalmente clama al cielo, y no, no creo que sea sostenible. O los responsables de todo eso, políticos, financieros, banqueros y grandes empresarios, dicen: “Oye, vamos a reducir un poco esta locura porque se nos va de las manos”, o efectivamente se acabará yendo de las manos. ¿Puede haber una revolución como la de 1917? Parece raro, pero no es en absoluto descartable.


GORKA LEJARCEGI
¿Le preocupan asuntos como la superpoblación o el cambio climático? Debo reconocer que de una manera muy tangencial. Yo tengo una postura que se podría llamar egoísta, no sé. Es una cierta sensación de que lo que venga después de que yo no esté aquí me atañe poco. A mí personalmente. Es decir, quizá porque no tengo hijos, aunque tengo gente joven alrededor a la que quiero mucho, y evidentemente desearía que pudieran vivir en un mundo lo mejor posible. Ante estas cuestiones me cuesta tener una preocupación sentida, llamémoslo así. Evidentemente de vez en cuando dices: “Pero bueno, esta gente de ahora está loca”, porque se están destruyendo realmente demasiadas cosas y esto va a tener unas consecuencias espantosas. Pero enseguida me entra el egoísmo de pensar que no lo voy a ver, que a mí no me va a tocar.
¿Y la superpoblación? Lo que sí me subleva es que haya todavía, y no solo por la superpoblación, una Iglesia como la católica que esté condenando cosas como el condón. Eso tiene repercusiones, no solo para la superpoblación indeseada o indeseable en muchos sitios, sino también para la transmisión de enfermedades. Hay mucha gente a quien le influye, por ejemplo, en África.
Las religiones… Lo peor no es solo que siga esta Iglesia, lo peor es que han vuelto con fuerza algunas que parecían más en sordina. Parece mentira. Si uno piensa en los años setenta, no nos imaginábamos que hubiera esta eclosión. Y pensando en la sociedad de dentro de cien años, también me parece muy preocupante esta especie de regresión generalizada que se está produciendo, en el ámbito mundial, hacia un cierto primitivismo y un cierto grado de superstición. Cada vez es mayor, y eso realmente era bastante inesperado hace cuarenta años. Viene acompañado, además, por un fanatismo exacerbado. Me preocupa mucho un futuro cada vez más religionizado, por así decir.
¿Habrá entonces religiones cada vez más fanáticas y extendidas, o apuntan a su desaparición gracias a la ciencia, al conocimiento? Difícil saberlo, de aquí a cien años. Pero, dada esa regresión, no me extrañaría que el fanatismo, y la fe, que siempre es una forma de fanatismo, crecieran en todos los ámbitos. Hay un auge de la superstición, de la eliminación de los matices, y sobre todo de la complejidad. Se buscan cada vez más eslóganes, per se simplistas. Ideas básicas, posiciones extremas, causas con las que dar sentido a la existencia. Todo se profesa como religión: la defensa de los animales, la defensa de la bici, del ecologismo. La gente se irrita ante la mera disidencia, tiene afán por prohibir cuanto no le gusta. No me extrañaría, por tanto, que creciera la vehemencia y la irracionalidad de las religiones más extremas. Por cierto, hay un asunto que me inquieta aún más de cara al futuro. ¿Sabe cuál es?

La sensación que yo tengo es que ahora se chapotea en la lengua”
No sé, dígamelo. Las multinacionales y los ejércitos privados. El enorme poder de las multinacionales, que en muchas ocasiones está por encima del de los Estados. Hacen y deshacen sin control. Pagan impuestos o no, según les conviene. Nadie las controla. Estamos en sus manos. Pero todavía puede ser mucho peor, porque hay otro aspecto atroz, del que nadie parece ocuparse, y que puede hacer del siglo XXII una auténtica pesadilla: los ejércitos privados. Me parece enormemente preocupante y nadie habla de ello. Hablé de eso de otra manera en mi novela Tu rostro mañana, basada parcialmente en una realidad en la cual los servicios secretos ingleses, después de la caída del Muro, empezaron a ofrecer sus trabajos a grandes empresas, a multinacionales. Y claro, llega un momento en el cual los personajes de esa novela dicen: “Bueno, pero de verdad, ¿a quién estamos sirviendo?”. Y es que en el fondo, directa o indirectamente, pueden estar al servicio de un cartel, de alguien con el suficiente dinero para pagarlos. Y claro, si eso ya en los servicios secretos puede ser grave, imagínese que pueda haber ejércitos que estén a la orden de vaya usted a saber quién… Me parece enormemente preocupante, y no entiendo cómo se permite y cómo se silencian sus actividades. Desde que se habló de Blackwater (hoy se llama Academi) y sus desmanes en la invasión de Irak, ya no hemos vuelto a saber nada de estos ejércitos. Y seguro que no están parados. Eso sí me preocupa de aquí a cien y a doscientos años: que el mundo pudiera acabar controlado por mercenarios, así de simple. Le he sorprendido…
… Y asustado. Oiga, usted que es muy urbanita, ¿cómo ve las ciudades del siglo XXII? Lo más que alcanzo a imaginar, dada ya la tendencia actual de alcaldes y gobernantes en general, es la destrucción de cuanto es aún grato en las ciudades. Nos las están arrebatando a los habitantes para convertirlas en grandes escenarios y grandes negocios, en sitios en los que celebrar espectáculos, sean para turistas o para los ociosos, que son y serán cada vez más. Imagino que en el futuro habrá barrios acaudalados, y que cada vez estarán más blindados. La vida espontánea y natural, es decir, el transcurso, irá siempre a menos. Blade Runner ya está aquí en gran medida, y no es descabellado pensar que se instalará plenamente: una mezcla de lujo y depauperación, sin apenas solución de continuidad.
Usted siempre ha sido muy celoso de su privacidad. ¿Cree que las nuevas tecnologías, Internet por ejemplo, con todos los datos personales que circulan de un sitio a otro, junto con las cámaras de control o los drones de vigilancia, dejarán espacio para ella? La gente no tiene interés en defender su privacidad, ya ahora. Al contrario, la mayoría desea ser visto, espiado, controlado, por puro narcisismo y por puro exhibicionismo. Así que no preveo que la gente vaya a quererse defender de la pérdida de privacidad. Al contrario, cada vez va a permitir un mayor espionaje. Personalmente me parece catastrófico, pero me doy cuenta de que en esa percepción estoy casi solo. Todo podrá saberse de todo el mundo, en el momento en que decida saberse. La única manera de defenderse –y yo, desde luego, sí querría hacerlo– será no tener ordenador, ni móvil, ni nada mediante lo cual se puedan rastrear nuestras actividades y desplazamientos. Difícil manera de estar en el mundo, luego muy poca gente optará por ella. Los drones se utilizarán para todo lo habido y por haber. Soy de la creencia de que cuanto puede hacerse, se acaba haciendo, aunque no sea obligatorio ni recomendable. Si se fabricaron bombas nucleares, ¿qué impedirá que los humanos se clonen, o que los drones y otros artefactos espíen a las personas a través de techos y paredes, y llegue a saberse lo que cada uno hace en su casa? Un mundo sin secretos será un mundo horrible, además de pobre. Pero me temo que eso es lo que nos espera.

El mundo explotará si no se acaba con tanta desigualdad”
Y dígame, ¿se seguirán escribiendo novelas en el próximo siglo? Yo creo que sí, porque la novela es un género extraordinariamente fuerte, extraordinariamente resistente y extraordinariamente sensible. Es más, y decir esto no es ninguna originalidad, es un género incluso voraz. La novela ha incorporado todo tipo de cosas. Ha incorporado la poesía, ha incorporado el ensayo, ha incorporado la filosofía, ha incorporado el pensamiento. Es novela Alicia en el País de las Maravillas, es novela El Quijote y es novela el Ulises.
¿Será una actividad minoritaria, esta de escribir o incluso leer novelas? Dentro de cien años la novela será igual de minoritaria que ahora, o igual de minoritaria que hace un siglo. Siempre lo ha sido, incluso cuando un libro se vende y se lee muchísimo. Siempre es algo minoritario, y la gente no tiene mucha idea, por ejemplo, de lo que se vendía de autores que consideramos clásicos. Pero a Baroja o Valle-Inclán se les hacía una primera edición, a lo mejor de 2.000 ejemplares, y tardaba en agotarse varios meses o años. Evidentemente, en la misma época Blasco Ibáñez vendía mucho más, claro. Siempre habrá unos autores más populares que otros, es evidente… Quizá en el siglo próximo la novela será aún más minoritaria que ahora, no sé, pero seguirá. Y lo hará, además, porque es difícil de abolir, por así decir, el gusto y la necesidad no ya de contar historias –a veces hay novelas en las cuales ni siquiera hay historias–, sino de tener una representación más o menos armónica y ordenada de la persona o del hombre, en el sentido genérico, y del mundo.

Javier Marías

Madrid, 1951. Ha publicado recientemente su novela número catorce, Así empieza lo malo, y ya ha superado los 100.000 ejemplares de tirada, convirtiéndose en otro éxito más en esa larga lista que comenzó con la publicación de Los dominios del lobo. Tenía entonces 19 años. La obra de Marías se mueve entre cifras asombrosas: 8.000.000 de ejemplares vendidos, con traducciones a 43 idiomas y editada en 54 países. Los enamoramientos, su penúltima novela, aparecida en 2011, ya ha superado los 250.000 ejemplares de venta solo en España. Los premios de prestigio, nacionales e internacionales –se ha convertido en un lector de culto en el extranjero–, le han llegado por decenas. Y eso, como él mismo reconoce, con una escritura no precisamente vulgar ni populista. Arriba, en una fotografía de 1995.
¿Y poesía? La poesía quizá es más dudoso. Puede que solo sobreviva como letras de canciones. En la medida en que las letras de canciones pueden ser poesía a veces, ¿no? Porque la poesía sí está como cada vez más arrumbada. Es difícil pensar que vaya a haber un día un auge grande, y no digamos comparable al de otros tiempos, en los cuales la gente culta, e incluso no tan culta, a veces se sabía versos enteros. Era un género más popular.
Decía que la poesía continuará como letras de canciones. ¿Pero habrá canciones? Seguro. No me cabe duda de que seguirá habiendo música. Para mí la música es el arte más elevado, y probablemente el primero de todos. También el más necesario. Así que seguro que seguirá habiendo música. No sé cómo, pero la habrá.
Usted es un cinéfilo empedernido, ¿veremos cine en el siglo XXII? El cine en cierto sentido se podría decir que casi no existe. Ahora mismo debo confesar que estoy planteándome no ver nunca más en DVD los extras, o bonus, o como se llamen estas cosas añadidas a las películas. Una cosa que, por ejemplo, a mí me tiene muy deprimido es que ahora todo es digital. No ya las grandes escenas de masas o de una batalla, que veías por ejemplo en 300, pero era un truco, digamos, consensuado con el espectador. No, no, es que ahora a veces también se pone digitalmente la maleta que lleva alguien. Hay montones de actores que, cuando representan que están comiendo en una escena, en realidad se limitan a mover los labios. Y se nota muchísimo que no están comiendo nada. Y hay menos diálogos, solamente música estruendosa y ruidos. Aunque es obvio que existen excepciones, cada vez es un cine más pueril. Y de aquí a cien años, pues no sé, pero también veo esto difícilmente reversible.
¿Qué va a pasar con las salas de cine? Veo mal futuro para las salas, la verdad. Debo decir que yo también, gustándome tantísimo el género y habiéndome gustado tanto ir a los cines, hace bastantes años que no suelo ir a casi ninguna sala. Me he acostumbrado ya a ver las películas en DVD. Comprendo que es un error, y que no es lo mismo, pero yo me considero muy común, una persona en realidad muy común. Y pienso que si a mí mismo me da a veces pereza irme hasta el cine, y prefiero quedarme en casa… Si a mí, que ha habido épocas en mi vida que iba a tres salas diarias, me pasa eso, pienso que el futuro de las salas es escaso. Me atrevo a pensar que en cien años todo el cine lo veremos en casa…
Pero cambiará la manera de hacer películas. Sí, claro, ya está cambiando. Fíjese en la calidad de muchas series de televisión, desde Los Soprano a Boardwalk Empire. En ellas se mantienen el ritmo, la pausa de las grandes películas, incluso la de algunas muy populares como las que hacía Hitchcock, pero que ahora ya ha desaparecido de casi todo lo que se estrena en cines.
Algo habrá que hablar de los libros electrónicos. ¿Le gustan o le repelen? Pues ni lo uno ni lo otro. Yo no uso el ordenador, ya lo sabe usted. Con lo cual no utilizo otras cosas tampoco, claro. Pero ¿por qué voy a estar en contra?
¿Los conoce? ¿Los ha manejado? No, no los he manejado. Hombre, si la gente ­prefiere leer así, no veo por qué habría de odiar semejante cosa. Yo ya no me voy a pasar a eso, porque llevo toda mi vida acostumbrado al papel y es lo que me gusta, pero no tengo nada en contra. Mientras se siga leyendo, el soporte me da un poco lo mismo. El único peligro que tienen es el evidente auge de la piratería. Pero esa es otra historia. Tampoco vas a culpar al cuchillo de lo que alguien hace con el cuchillo. La historia de siempre.

Me inquieta el enorme poder de las multinaciones. Nadie las controla”
Perdón, olvido, venganza, odio, rencor, deseo… ¿Permanecerán en el siglo XXII? Sí… Sería ingenuo pensar que este tipo de elementos, de pasiones, de emociones, llámelo como quiera, puedan variar gran cosa. El mundo en realidad no ha cambiado tanto desde que tenemos memoria de él. Bueno, ha cambiado en muchas cosas, pero no en lo básico. Precisamente por eso creo que todavía se pueden leer la Ilíada o la Odisea, y entender perfectamente ese mundo. Claro que esos sentimientos se civilizan, como la venganza. Pero creo que persistirán dentro de cien años.
¿Qué quedará en el año 2150 de su obra? ¿Alguien leerá Corazón tan blanco? Francamente, no lo creo. Pero por una razón muy sencilla. No es ya por cuestión de modestia o inmodestia, sino porque la idea de la posteridad pertenece al pasado. Ya lo he dicho en alguna otra ocasión. Como hablábamos al principio, las cosas van tan rápido, las cosas son tan antiguas nada más existir, que cuando han pasado cinco años, diez años de algo, es pasado remoto. Pensar que algo de lo que se hace hoy en día pueda pervivir dentro de cien años me parece más quimérico que pensarlo hace un siglo.
Todavía hay tiempo para hablar de la vida en la Luna. O en Marte. Viajar a otros planetas, si fuera factible, me daría una pereza inmensa. Los años que a mí me queden preferiría pasarlos aquí, y a ser posible en un mundo reconocible. Siempre pienso que, para los muy ancianos, lo peor debe de ser ver desaparecido el mundo que conocen. No quisiera que a mí me pasase eso.