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jueves, 25 de junio de 2015

REVISTAS. "El poder: del estado de naturaleza a la división de poderes"

   En "filosofiahoy.es":

El poder: Del estado de naturaleza a la división de poderes

Un recorrido por los grandes nombres que en la historia de la filosofía han hecho del poder lo que es... o lo que fue.


Hobbes
Superar la naturaleza humana

En la teoría de Hobbes, se concibe al ser humano como un innato portador de necesidades y
deseos; el poder se materializa en el sujeto a través de los medios disponibles capaces de materializarlos.
Hobbes, en realidad, no sostuvo que su legendario “estado de naturaleza” existiera como estado histórico particular, sino que debe existir en cualquier lugar o tiempo en los que no funcione la sociedad civil. En este estado virtual de naturaleza, reina la guerra de “todos contra todos”, y en él no existe una noción institucionalizada del “bien y el mal”.
La competencia, la desconfianza y la gloria serían las tres principales causas de discordia entre los hombres abandonados a su naturaleza. Desde Hobbes, el concepto de poder superior radicaría en la posibilidad que tiene la sociedad civil para superar el estado de guerra de todos contra todos y entrar en algún tipo de organización moderna.
Bajo el punto de vista de Hobbes, el poder se organizaría para impedir que la naturaleza humana desborde los límites y reglas que la sociedad ha asumido. El estado en el papel de Leviatán que Hobbes le atribuye canaliza el lado violento de la sociedad para actuar en contra de la esencia de la naturaleza humana. En el estado de naturaleza no hay cabida para los conceptos de justicia o derecho, ya que no existe la sociedad civil capaz de fijar unos cánones. El altruismo básico no bastaría para garantizar la vida y los bienes de una sociedad civil; el Leviatán debe erigirse en el poder que defina el marco de justicia y legalidad y monopolice la violencia.

Montesquieu
Neutralizar el poder

Con anterioridad a Montesquieu (1689–1755), las relaciones entre individuo y estado habían sido consideradas a la luz del derecho natural. El estado era tenido por una creación arbitraria de la razón surgida de la necesidad de establecer un pacto que liquidara una primitiva situación de violencia y caos entre individuos. En El espíritu de las Leyes, Montesquieu elabora una física de las sociedades humanas. Creía que no hay casualidades o arbitrariedades sin fundamento, sino que las leyes proceden de la naturaleza de las cosas y de las relaciones sociales, que explican y son explicadas por las formas de gobierno y grados de liberta de cada país.
Cuando el ideal político que se persigue, como él lo concebía en los comienzos del XVIII, era la máxima libertad con la necesaria autoridad política, el análisis pragmático de la realidad le condujo a considerar imprescindible la separación de poderes –legislativo, ejecutivo, judicial– como una obvia herramienta de control que ninguna democracia posterior ha podido descalificar.

Nietzsche
El poder transformador

La manera más positiva de entender la “voluntad de poder” que proponía Nietzsche es asumiendo que solo un impulso mesiánico puede transformar la vida y el mundo. Solo aquella voluntad, sin origen conocido, que obliga al ser humano a reunir fuerzas y dirigirse hacia nuevos espacios es capaz de transformar la vida. De hecho, la vida progresa a golpes de poder de seres que asumen su predestinación para llevar a cabo esa tarea. Nietzsche, de forma no explícita, nos lleva a pensar que no todo poder tiene objetivos y resultados positivos para la vida, pero todos los saltos adelante que ha dado nuestra vida los ha dado el ejercicio de un poder asumido por hombres o mujeres con voluntad transformadora.
La filosofía de Nietzsche proclama la libertad y capacidad creativa del individuo. Ahí está el poder. La voluntad de poder transforma el mundo, cambia al que la ejerce y cambia a aquellos que viven y vivirán en esos mundos. Nietzsche identifica tres modalidades de poder; nos habla de la figura del camello que encarna la resistencia y la perseverancia; el poder del león, altivo, conquistador que fija límites a los demás; la tercera figura, encarnada en el niño, el poder de la curiosidad y la inocencia; el poder que construye castillos en la arena, y cuando las olas los derrumban, vuelve a construirlos, expresa el poder de la creación.

Foucault
El universo del poder

El filósofo francés hizo un profundo análisis del poder en el que su primera preocupación fue formular una noción de poder que no se limitara a lo estatal, sino que explicara la multiplicidad de poderes que conocemos en la escena social. Habla de una trama de poder microscópico, capilar, compuesto por el conjunto de pequeños poderes radicados en centros e instituciones igualmente pequeños.
Foucault ve múltiples relaciones de autoridad; son micropoderes que se apoyan mutuamente, se manifiestan de manera discreta y componen un equilibrio que sustenta a otras estructuras de la sociedad. De forma subyacente hay una relación de autoridad y dependencia entre marido y mujer o entre padres e hijos o, incluso, entre maestros y alumnos. Estas relaciones, sin embargo, son condicionantes para que exista el poder soberano, son el substrato del mismo.
El poder se construye y funciona a partir de otros poderes, de los efectos de estos, independientes del proceso económico. Las relaciones de poder están estrechamente ligadas a las relaciones familiares, sexuales, productivas; desarrollan un papel condicionante y al mismo tiempo condicionado.
“El poder no es un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre otros, de una clase sobre otras; el poder contemplado desde cerca no es algo dividido entre quienes lo poseen y los que no lo tienen y lo soportan. El poder tiene que ser analizado como algo que solo funciona en cadena. El poder funciona, se ejercita, a través de una organización reticular. Y en sus redes circulan los individuos que están siempre en situaciones de sufrir o ejercitar ese poder”.
Foucault percibía que el poder estatal era el más imponente, pero su meta fue revelar todos los restantes poderes que conviven con él.

Weber
Diferentes tipos de legitimidad

Weber distinguió tres modos en que los líderes políticos a lo largo de la historia han convencido a los ciudadanos de que acepten su autoridad como legítima:
■ Legitimidad tradicional: se fundamenta en la creencia de la santidad de las tradiciones inmemoriales, de las que son ejemplo las monarquías centenarias.
■ Legitimidad racional-legal: se basa en la creencia de la legalidad de las reglas y el derecho que emanan de los organismos sociales.
■ Legitimidad carismática: descansa en la devoción a un líder persuasivo por su heroicidad o ejemplaridad percibido como diferente del común de los mortales y dotado de cualidades sobrehumanas. Así se han creado las legitimidades de Mao, Napoleón, Lenin, Mussolini, Perón o Castro, pero también de Roosevelt, Churchill, De Gaulle o Mandela.
En definitiva, Weber señalaba que, si los ciudadanos creen que los regímenes son legítimos, lo son. Aún no se ha sofocado el incendio de críticas que le vinieron encima…

Platón
Ante una crisis de la democracia, ¿volvemos a Platón?

Algunos colectivos de nuestras sociedades se manifiestan desencantados con el procedimiento democrático; por déficit de representatividad y ausencia del debate necesario. A otros, la insatisfacción les llega por la ineficacia que creen ver en el sistema. 
En ese descontento vuelven a la actualidad las tres fallas que Platón encontraba en un sistema que pretendiera dar el poder al pueblo: desorden, demagogia y fragilidad.
La primera, el desorden: la atracción por la libertad y la igualdad conducen al caos. Que “cada uno pueda arreglar su vida como quiera, según su impulso”, hace insostenible la vida. Rechazar toda jerarquía en nombre de la igualdad permite, desde la base, que los hijos, los alumnos, no encuentren razón alguna para obedecer a padres y maestros.
Segunda falla, la demagogia. Abandonado el pueblo a su libertad, privado de ideales, cae ebrio por los efectos delirantes de esa libertad y de los demagogos que ofrecen a los ciudadanos los discursos que quieren oír: la ley de la mediocridad se impone.
Tercera falla: la debilidad se adueña del cuerpo político. La democracia, según Platón, es un régimen inerte incapaz de tomar decisiones difíciles ni imponer necesarios sacrificios a los ciudadanos; está condenado a mutar hacia su contrario: ofrecer el poder a un hombre providencial con instituciones que garanticen el designio de una clase de propietarios o de sabios.

domingo, 14 de junio de 2015

PRENSA. "El lugar de la utopía en el siglo XXI". Olivia Muñoz-Rojas

   En "El País":

El lugar de la utopía en el siglo XXI

El pensamiento utópico no está de moda; se identifica con falta de realismo. Pero resultaría muy útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal para contrastar los programas electorales con los objetivos que nos proponemos


EVA VÁZQUEZ

 Hace una década el sociólogo Zygmunt Bauman constataba con sorpresa que la palabra utopía en Google daba 4,4 millones de entradas. Hoy la misma búsqueda resulta en más de 63 millones, pero su impopularidad sigue siendo la misma. Utopía y utópico sirven ante todo para descalificar una propuesta por su impracticabilidad y a su defensor por su falta de realismo. Si nos preguntaran cómo imaginamos en concreto la sociedad en la que nos gustaría vivir es probable que no supiéramos responder. Estamos más acostumbrados a examinar críticamente la sociedad en la que vivimos y a exigir o plantear medidas inmediatas para resolver los problemas que detectamos en ella que a tratar de imaginar cómo sería nuestra sociedad ideal, nuestra utopía.
Tras el aparente fracaso de los grandes proyectos transformadores del siglo XIX y XX, hablar de utopía puede parecer fútil e ingenuo, incluso peligroso. La mayoría de los ciudadanos de hoy desean propuestas políticas realistas y realizables y cuando perciben que ni estas llegan a cumplirse, es comprensible que todo aquello que parezca difícil de materializar genere escepticismo y rechazo. El peso de nuestra historia reciente, el miedo a un futuro incierto y nuestra consiguiente dificultad para imaginar mundos mejores son palpables al observar la proliferación de distopías en la literatura y el cine contemporáneos. Libros y películas nos presentan sistemáticamente una sociedad futura en la que nuestros recursos naturales se han agotado, no podemos reproducirnos, triunfan toda suerte de dictaduras o la inteligencia artificial se ha impuesto sobre la humana, es decir, sociedades en las que no nos gustaría vivir. Sin embargo, ¿no resultaría útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal a la hora de valorar, por ejemplo, los diferentes programas electorales que se nos ofrecen, una especie hoja de ruta con la que contrastarlos? Por ejemplo, ¿cómo imaginamos una sociedad ecológicamente sostenible? ¿O una ciudad inteligente? ¿O las familias del futuro?
La tradición utópica está íntimamente ligada a los orígenes del pensamiento de izquierdas. Varias generaciones de pensadores y escritores contribuyeron al utopismo con obras literarias y proyectos reales a pequeña escala: desde los míticos Saint-Simon y Fourier hasta Cabet y William Morris. Para las incipientes ciencias sociales, el concepto de utopía se convirtió en el equivalente del laboratorio para las ciencias naturales. El género literario utópico sirvió para ensayar nuevos principios sociales con gran lujo de detalles —desde la emancipación de la mujer (Charlotte P. Gilman) hasta una economía colectivizada (Edward Bellamy). Algunos de esos principios, como el sufragio femenino, la abolición del trabajo infantil o la educación universal, pertenecieron en su momento al género utópico. Hoy, sin embargo, son realidad en un buen número de países del mundo.

Hay que preguntarse si la izquierda actual sigue luchando contra la falta de imaginación
Lo que caracteriza a la tradición utópica es, precisamente, su realismo. Esto la diferencia tanto del pensamiento premoderno como del religioso. La tradición utópica atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Desde sus orígenes, explica el sociólogo Krishan Kumar, el género utópico ha demostrado sobriedad, un deseo de no distanciarse de la realidad presente. Aunque busca pensar más allá de los límites convencionales del pensamiento social y político y dibujar la imagen de una sociedad buena, incluso perfecta, lo hace dentro del margen de lo posible, esto es, partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes. Hasta que no existieron bocetos de máquinas para volar, por ejemplo, la literatura no imaginó la posibilidad de viajar a la luna.
Fueron Marx y Engels quienes calificaron de utópicos a Saint-Simon y otros socialistas decimonónicos por su falta de realismo al no identificar la lucha de clases como motor del cambio social y creer en la transformación de la sociedad por medios pacíficos. El enorme potencial explicativo del socialismo científico impulsado por Marx relegó rápidamente al socialismo utópico a un segundo plano. Han sido numerosos los pensadores que desde entonces, y aun reconociendo el valor explicativo (incluso predictivo) de la teoría marxista, acusan su falta de imaginación a la hora de concebir cómo sería esa sociedad ideal que seguiría a la abolición de las clases sociales y la desaparición del Estado.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto la izquierda actual sigue batallando con esa ausencia de imaginación. Desde los medios y la academia se incide cada vez más en la necesidad para la izquierda de hacer gala de creatividad y audacia política para abordar los grandes retos contemporáneos, desde la crisis económica hasta la migración y el cambio climático. ¿Es posible para la izquierda imaginar una utopía, una sociedad ideal del siglo XXI, que sirva de referente e inspiración para políticos y ciudadanos, asumiendo que es inalcanzable? En otras palabras, ¿es posible conjugar un proyecto utópico con un programa político de aplicación más inmediata?

La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana
Si al pensamiento político le faltan herramientas para ello, la literatura, el cine y otras artes han demostrado ser poderosos medios para imaginar sociedades futuras o alternativas, hacerlas tangibles e inspirar con ello la conciencia y acción política. La última gran generación de obras utópicas pertenece a los años 1970, coincidiendo con la emergencia del ecologismo (véase, por ejemplo, Ecotopia de Ernest Callenbach). Desde entonces, el género literario utópico se ha visto desplazado más y más por obras distópicas, a veces en un movimiento dialéctico, como las novelas de Aldous Huxley (no es casual el hecho de que la distópica Un mundo feliz sea mucho más conocida que la utópica La isla).
En la charla que Bauman daba en 2005 con el título Living in utopia (Vivir en la utopía), y en la que se sorprendía del volumen de entradas asociadas a esta palabra en Google, planteaba que utopía se entiende hoy de un modo distinto a antaño. En lugar de meta ideal, compartida y, en principio, inalcanzable, la utopía hoy sería una huida hacia adelante sin meta definida; una huida en la que el individuo busca evadir la incertidumbre y alcanzar una felicidad más permanente con el solo hecho de comprarse ropa nueva o irse de vacaciones. ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor? Para Bauman y probablemente la mayor parte de los ciudadanos la respuesta es no. Significa, eso sí, que la utopía, como intento de imaginar una sociedad mejor o ideal, no está de moda. Salvo excepciones, el imaginario utópico vive sus horas bajas. Poner de moda la utopía es reconocer que sin la imaginación humana no se hubiera producido ninguno o muy pocos de los avances sociales, políticos y tecnológicos que hoy conocemos. La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana.
Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. Su blog es www.oliviamunozrojasblog.com.

sábado, 16 de mayo de 2015

PRENSA. "La llaman una decisión justa y democrática, y no lo es: la represión en España". Vicenç Navarro

Vicenç Navarro

   En "blogs.publico.es":

La llaman una decisión justa y democrática, y no lo es: la represión en España

26mar 2015

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra
El Estado español ha heredado muchos de los aparatos y aspectos represivos del Estado dictatorial, resultado del desequilibrio de fuerzas existentes durante el periodo de Transición (con gran dominio de las fuerzas conservadoras sobre el aparato del Estado y sobre los medios de información), pasando de una de las dictaduras más sangrientas que haya conocido Europa (según el mayor experto en el tema de la represión fascista en Europa, el Profesor Malekafis de la Universidad de Columbia, por cada asesinato político que cometió la dictadura liderada por Mussolini en Italia, la dictadura liderada por el General Franco cometió más de 10.000, siendo todavía hoy España, después de Camboya, el país que tiene mayor porcentaje de población desaparecida por razones políticas) a una democracia muy incompleta. Todavía hoy España es uno de los países de la Unión Europea con mayor número de policías por 10.000 habitantes, y con menor número de adultos por cada 10.000 habitantes que trabajen en los servicios públicos del Estado del Bienestar como sanidad, educación, servicios sociales y otros.
Uno de los aparatos del Estado que ha cambiado menos ha sido precisamente el estamento judicial, que continúa profundamente conservador, característica aún más acentuada en los altos niveles de la judicatura. Tal cuerpo funcionarial se ve a sí mismo como el máximo defensor, ya no de la justicia, sino del Estado, hoy controlado por los dos partidos mayoritarios del país y que son determinantes de su permanencia y de sus funciones.
¿Quién no respeta la democracia?
La democracia española, conocida internacionalmente por su escasa calidad, es enormemente incompleta (ver mi libro Bienestar insuficiente, democracia incompleta. De lo que no se habla en nuestro país, Anagrama, 2002). Y tal aparato judicial, en sus elevadas instancias, es el máximo defensor de sus carencias. Un ejemplo, entre miles, es la sentencia del Tribunal Supremo condenando a algunos de los participantes de la manifestación en la que dificultaron el acceso de los diputados al Parlament de Catalunya, el día que se tenía que aprobar uno de los presupuestos más austeros y con más recortes que el gobierno catalán (también conservador) haya aprobado desde que existe democracia. Aquel día, el movimiento 15-M (uno de los movimientos más saludables que hayan existido en España en los últimos años) había convocado una protesta frente al Parlament, donde se iba a aprobar la citada ley. Predeciblemente, la mayoría de los actos programados no habían sido autorizados ni permitidos (en contra de lo que indica la Constitución Española) por la policía autonómica, los Mossos d’Esquadra -dependientes de la Generalitat de Catalunya- que los reprimió. El objetivo de la manifestación era no solo protestar por la aprobación de tales presupuestos, sino también denunciar el carácter antidemocrático de tal aprobación, ya que el Parlament no tenía ningún mandato popular que la justificara,  pues en ninguna de las ofertas electorales de los partidos gobernantes estaba la de hacer tales recortes.
Era un acto democrático, de desobediencia civil y mayoritariamente pacífico, protegido, de nuevo, por la tan manoseada Constitución Española. Igual de predecible fue la respuesta de la mayoría de los medios de información que, traduciendo y reflejando su escasa cultura democrática, presentaron tales manifestaciones como antidemocráticas y contrarias al poder popular representado por el Parlament, ignorando que la desobediencia civil era y es un componente fundamental del proceso democrático. EEUU no tendría un presidente de raza negra si no hubiera habido desobediencia civil en aquel país.
La desobediencia civil es parte del proceso democrático
En realidad, en las mismas fechas en que ocurrían los hechos en Barcelona, hubo una manifestación muy parecida en el Estado de Wisconsin, en EEUU, cuando su Parlamento iba a aprobar los presupuestos de ese Estado, gobernado por el Tea Party (la ultraderecha que controla el Partido Republicano en aquel país). Los presupuestos eran también de los más austeros que hubiera aprobado tal Parlamento, sin que dichas medidas hubiesen constado en la oferta electoral del Partido Republicano. Las medidas movilizaron a sectores de la población, liderados por los sindicatos, que organizaron la manifestación frente al Parlamento. En aquel acto, los manifestantes que rodearon el Parlamento también dificultaron el acceso de los parlamentarios (con la complicidad por cierto, del Partido Demócrata, que estaba en la oposición al gobierno). Pero en este caso ninguna persona fue llevada a los tribunales ni tampoco hubo ningún asistente herido o apaleado por la policía.
No así en Barcelona, donde la policía sí cargó contra unos manifestantes que eran pacíficos en su gran mayoría (ver mi artículo “En defensa del 15M en Barcelona”,Público, 10.04.2014). Y, es más,  varias personas fueron llevadas a los tribunales. La Audiencia Nacional, sin embargo, los absolvió, argumentando correctamente que tales actos encajaban dentro del proceso democrático, y que las formas de presentar su disconformidad estaban en parte justificadas por la falta de oportunidad de expresar su desacuerdo en los mayores medios de información, a los cuales no tienen acceso tales movimientos críticos. Tal dictamen habría supuesto una brecha de esperanza, abriendo la posibilidad de reforma del cuerpo judicial. Pero tal esperanza era en vano. La fiscalía no abandonó su objetivo, que no era el de hacer justicia, sino el de hacer un escarmiento, un objetivo compartido por el Tribunal Supremo, que dictó que los imputados deberían estar encarcelados nada menos que tres años, decisión injusta y a todas luces desproporcionada. Incluso, en el caso de que tales personas ajusticiadas hubieran actuado incívicamente, molestando físicamente a los parlamentarios (lo cual es criticable y punible), la pena de tan largo encarcelamiento es un indicador de la mentalidad represiva de un aparato del Estado, que considera que su función es proteger por todos los medios al Estado, sea o no la medida injusta, como lo había sido en este caso.
Por otra parte, los manifestantes del 15-M no carecían de razón, y fueron sus personajes más ­­­­­­­­­­­­visibles los que recibieron una sanción. Pero la pregunta que no se ha hecho y debería hacerse es, ¿quién sanciona a los representantes de la ciudadanía cuando en el curso de su trabajo toman decisiones por las cuales no tienen mandato, perjudicando y dañando el bienestar de millones de personas que no tienen medios para defenderse? Limitar la sanción a que dejen de ser elegidos la próxima vez que se llame a las urnas es tergiversar el principio democrático, que exige que sea la población la que decida sobre aquellas decisiones públicas que afectan sus vidas y su bienestar. La desobediencia de los parlamentarios frente al mandato popular y electoral recibido debería penarse, pues,  consecuencia de su acción antidemocrática, miles de personas salen perjudicadas. Precisamente para prevenir este daño, los manifestantes del 15-M se movilizaron para impedir que se hiciera aquel acto antidemocrático que iba a tener lugar en el Parlament. Eran aquellos manifestantes los que estaban intentando evitar que se corrompiera el principio democrático que requiere que los representantes representen a sus representados, en vez de a intereses que no son afines a la voluntad popular. El hecho de que algunos –una enorme minoría- forzaran algunos actos incívicos entre los asistentes, no borra la actitud de nobleza democrática de tal  movilización
.

miércoles, 6 de mayo de 2015

POESÍA. "Democracia". Luis García Montero (Granada, 1958)

Luis García Montero

DEMOCRACIA

Venga a mí tu palabra
en los labios abiertos que me buscan
para morder la rosa de los amaneceres.

Venga a mí,
en los ojos del joven que levanta la mano
y pide la palabra,
y confía sin más en las palabras.

Por los años prohibidos,
por las mentiras tristes que manchaban el aire
como pájaros sucios,
por los que se levantan con frío en las rodillas
y por el exiliado que regresa,
por su recuerdo herido al bajar del avión,
venga a mí tu palabra.

A mí,
que quise hacerme hoy
en primera persona del futuro perfecto
con un libro de amor en el bolsillo.

Por los libros de Freud y de Marx,
por las guitarras de los cantautores,
por los que salen a la calle
y no se sienten vigilados,
por el calor del cuerpo que aprendí a respetar
mientras lo desarmaba con mi cuerpo,
por los ojos brillantes
de los antiguos humillados,
por las banderas libres en las plazas
igual que peces de colores,
por un país altivo,
mayor de edad, pero con veinte años,
por los viajes a Londres y a París,
por los poemas de Cernuda,
venga a mí tu palabra.

Tu palabra más limpia, más alegre,
porque es el tiempo alegre de las palabras limpias.
Los buitres han perdido su carroña de miedo.
Parece que no tienen donde ir
y vuelan a esconderse,
a esconderse,
muy lejos de nosotros,
en la tumba más fría del pasado.

sábado, 11 de abril de 2015

PRENSA. "La pasión por la democracia". Ramin Jahanbegloo

   En "El País":

La pasión por la democracia

Desde la caída del Muro de Berlín se observa una apatía cada vez mayor en los sistemas democráticos. Necesitamos no sólo ausencia de violencia y garantías institucionales, sino también responsabilidad moral

El siglo XXI constituye una encrucijada. El final de la confrontación entre el Este y el Oeste dejó abierta la posibilidad de un “nuevo orden internacional”, basado en la expansión de la democracia por el mundo y en un espíritu de paz. Sin embargo, ahora el entusiasmo que acompañó la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría parece muy lejano.
Las crisis y las crueldades registradas en Bosnia, Ruanda, Darfur, Afganistán e Irak han llevado a muchos a concluir que el nuevo orden mundial es más bien un nuevo desorden mundial. Para muchos estaba claro que la Guerra Fría era la confrontación entre el autoritarismo soviético y la democracia. Pero al caer el Muro de Berlín, la democracia alcanzó un nivel de legitimidad política y moral con la que ninguna forma de gobierno existente podía competir. Todas las formas de disidencia que la democracia liberal albergaba o aquellas que se le oponían se convirtieron en objeto de censura y sospecha. Sin embargo, en un breve apunte de optimismo, podemos decir que las revueltas ocurridas en Hong Kong demuestran que los ciudadanos tienen la democracia en gran estima, a pesar de que es un escenario cambiante que debe enfrentarse a desafíos imprevistos, tanto desde dentro como desde fuera de la sociedad. Spinoza escribió que ninguna actividad humana, aún contando con el concurso de la razón, podía prosperar sin pasión.
¿Pero cómo podemos reavivar ahora, en unos ciudadanos malcriados por el bienestar o resentidos por su exclusión del mismo, la pasión por la democracia? Desde 1989 y la caída del Muro de Berlín la democracia liberal se ha impuesto a los demás sistemas de gobierno convencionales, pero, en todo el mundo, su ascendiente político no siempre ha ido acompañado del que conlleva la pasión democrática. El individuo demócrata ya no es un animal caracterizado por la pasión política. Parece que en los sistemas democráticos actuales ya no hay lugar para el debate político.

Una comunidad inspirada sólo por valores de consumo acabará regida por la mediocridad
Entre las nuevas generaciones, sin recuerdo ya de la Guerra Fría, la democracia despierta una apatía cada vez mayor. Por otra parte, la máxima de John Dewey, según la cual la política es la sombra que arrojan las grandes empresas sobre nuestra sociedad, continúa cerniéndose sobre nuestras democracias liberales, erosionándolas. Ante esos problemas y los múltiples indicios de que no todo parece estar bien en la democracia, nos preguntamos: ¿qué queda de la democracia como discurso y como institución? Con todo, la experiencia nos demuestra que es muy difícil encasillarla en un único significado, ya que significa cosas diversas para distintas personas en diferentes contextos. Esto es lo que explica que no se consiga “extender”, por no hablar de “exportar”, la democracia de una cultura o sociedad a otra. La razón es sencilla: el fomento de la democracia no puede funcionar en ausencia de una cultura democrática y organizar elecciones es sólo el punto de partida de la vida democrática de un país.
De hecho, la auténtica prueba de la democracia no radica precisamente en dar poder a una mayoría victoriosa, otorgando la mayor libertad al mayor número posible de personas, sino que en realidad se basa en una nueva actitud, una nueva forma de abordar el problema del poder y la violencia. En consecuencia, si aceptamos ese principio, el sistema democrático no se basaría en el poder que se ejerce sobre la sociedad, sino en el poder que hay dentro de ella. Dicho de otro modo, si la democracia equivale al autogobierno y al autocontrol de la propia sociedad, el reforzamiento de la sociedad civil y la capacidad colectiva para regirse democráticamente serán elementos fundamentales del sistema democrático. Dondequiera que hay una práctica democrática, las normas del juego político las define la ausencia de violencia y un conjunto de garantías institucionales opuestas a la avasalladora lógica del Estado.
No obstante, cuanto más pensamos en el asunto, más insatisfactoria e incompleta nos parece esa definición. Si la democracia no fuera más que un conjunto de garantías institucionales, ¿cómo podrían los ciudadanos pensar en la política hoy en día y luchar por la aparición de nuevas perspectivas de vida democrática? Antes de responder a esta pregunta creo que podemos apuntar al problema de la corrupción en las democracias y calificarlo de mal democrático. Ese mal constituye un problema porque surge en el seno de las democracias y atañe a algo concreto: la legitimidad de la violencia. Al reconocer que esta resulta problemática para la democracia se recalca la condición del homo democraticus y la posibilidad de que las democracias degeneren en violencia. En consecuencia, para ir más allá de la violencia democrática habrá que reconocer primero el carácter paradójico de la propia democracia, que es el proceso por el cual se domeña la violencia, pero los Estados y las sociedades democráticos también la generan.

La clave no está en el poder que se ejerce sobre la sociedad, sino el que hay dentro de ella
Cuantos más instrumentos violentos desarrolle una comunidad democrática, menos podrá resistirse al mal democrático. Quizá sea esta la razón de que, para la democracia, la no violencia sea una salvaguarda más valiosa que el libre mercado. Por mucho que acumulemos riqueza para cubrir las necesidades vitales y vivir cómodamente en una sociedad democrática, todos sabemos que necesitamos algo más que posesiones materiales para dar sentido a nuestra existencia cotidiana. Si nos preguntamos: “¿Por qué todos actuamos como si la democracia importara y compensara nuestros esfuerzos?”, la respuesta podría ser que la vida no sólo consiste en satisfacer deseos. Hay un horizonte de responsabilidad ética sin el cual la democracia carece de sentido. Václav Havel nos recuerda que la “democracia es un sistema basado en la confianza en el sentido de la responsabilidad del ser humano, que debería despertar y cultivar”.
Este sentido de la responsabilidad común es la clave de nuestra identidad como seres demócratas, porque, en nombre de la dignidad y la vulnerabilidad que los seres humanos compartimos, se alza como reacción ante lo intolerable. Es un esfuerzo moral que nos revela la complejidad, la espontaneidad y la heterogeneidad de la democracia. En la actualidad, sobre el telón de fondo del horror y de los intolerables actos de crueldad que no han dejado de producirse con el nuevo milenio, debatimos cómo valorar correctamente y apreciar en su justa medida a los ciudadanos demócratas. Quizá esta sea la razón de que nunca podamos estar del todo satisfechos con la democracia en tanto valor filosófico y realidad política: estarlo sería olvidar su propia esencia como esfuerzo cotidiano de responsabilidad cívica, pero también como lucha constante contra lo intolerable. Por eso, cualquier democracia que se convierta en un sistema de valores de consumo, sin crear un sentido de la responsabilidad que vaya más allá de los meros ideales políticos, terminará convirtiéndose en una comunidad regida por la mediocridad.
Por sí sola, la democracia nunca será suficiente; no puede instaurarse celebrando elecciones y aprobando una Constitución. Se necesita algo más: un énfasis en la democracia en tanto que práctica de pensamiento y de juicio moral. Dicho de otro modo, nunca podremos construir ni mantener instituciones democráticas si estas no comportan el objetivo de ofrecernos la experiencia socrática de la política en tanto que autoexploración e intercambio dialógico. Después de todo, la democracia la hacen los seres humanos y su suerte va ligada a la condición humana. Como tal, la línea que divide la acción democrática y el mal político atraviesa la elección moral de cualquier ciudadano demócrata.
Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

domingo, 29 de marzo de 2015

PRENSA. Entrevista al filósofo y escritor Tzvetan Todorov

   En "El País":

Tzvetan Todorov : “La resistencia es fundamental en democracia”

El filósofo y escritor sitúa el punto de inflexión en Europa en la caída del Muro de Berlín


El filósofo e historiador Tzvetan Todorov, en Madrid. / KIKE PARA
Todorov se atrevió en 2003 a hacer inventario de valores, una lista de buenos deseos que Europa ha intentado exportar al mundo con igual brío que los coches, las hortalizas o la tecnología de alta velocidad. Y no es que inventara nada, todo ello estaba más o menos escrito en nuestras cartas de derechos, en nuestras constituciones: la libertad individual, la racionalidad, el laicismo. La justicia. Parecía obvio. Hoy, sin embargo, Tzvetan Todorov (Sofía, 1939) ve alejarse los valores como ese punto en el horizonte que parecía asequible y que tras alguna curva inesperada se vuelve de nuevo lejano.
“Cuando decimos valor, no quiere decir que todos lo respeten, es más un ideal que una realidad, un horizonte al que nos dirigimos”, asegura Todorov en Madrid. “Pero en este momento, esos valores están amenazados”.
El filósofo búlgaro nacionalizado francés, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008 y una de las voces más influyentes del continente, sitúa el punto de inflexión, esa curva en la que todo se desvaneció, no en la crisis que estalla en 2008, sino en la caída del muro de Berlín y en la ruptura a partir de ahí del equilibrio entre las dos fuerzas que deben convivir en una democracia: el individuo y la coda.
Pregunta. ¿Sigue vigente su inventario de valores? ¿La libertad del individuo, por ejemplo?

“La economía es independiente e insumisa de todo poder político”
Respuesta. Nuestra democracia liberal ha dejado que la economía no dependa de ningún poder, que se dirija solo por las leyes de mercado, sin restricción a la acción de los individuos y por ello la comunidad sufre. La economía se ha hecho independiente e insumisa a todo poder político, y la libertad que adquieren los más poderosos se ha convertido en falta de libertad para los menos poderosos. El bien común ya no está defendido, ni protegido, ni exigido al nivel mínimo indispensable para la comunidad. Y el zorro libre en el gallinero quita libertad a las gallinas.
P. El individuo hoy por tanto es más débil. ¿Qué libertad le queda entonces?
R. Paradójicamente es más débil, sí, porque los más poderosos tienen más, pero son un puñado, mientras la población se empobrece y la desigualdad se ha disparado. Y los individuos pobres no son libres. Cuando no puedes encontrar medios para tratar tu enfermedad, cuando no puedes vivir en la casa que tenías porque ya no la puedes pagar, ya no eres libre. La libertad no la puedes ejercer si no tienes poder y entonces se convierte solo en una palabra escrita en un papel.
P. Y, sin embargo, la igualdad es un valor fundacional de nuestras democracias. ¿Necesitamos un nuevo contrato social?
R. Si no se puede cumplir, un contrato social no es gran cosa. La idea de igualdad sigue presente en la base de nuestras legislaciones, pero no siempre es respetada. Tu voto vale igual que el mío y la nivelación no ha sido el objetivo de la democracia, pero sí ofrecer el mismo punto de partida a todos como iguales ante la ley, el dinero no compra la ley. Y esto no se respeta. Mire lo que acaban de aprobar los legisladores de Estados Unidos: han multiplicado por diez el dinero que pueden gastar en campaña. Quienes no tengan dinero no gozarán de la libertad suplementaria de gastar de los que lo tienen. Ese peligro de excesiva libertad de unos pocos es el que impide la igualdad de todos.
P. Cuando los derechos se convierten entonces en una realidad formal. ¿Qué nos queda?

“El bien común ya no está defendido al nivel mínimo para la comunidad”
R. Nos queda protestar, acudir a la justicia. No hay que cambiar los principios, porque ya están inscritos, pero hemos visto que hay muchos medios para esquivarlos y es necesario que el poder político no capitule ante la potencia de esos individuos que se saltan el contrato social a su favor. La idea de resistencia me parece fundamental en la vida democrática. Hay que ser vigilante, la prensa tiene que jugar un papel cada vez más importante denunciando las transgresiones de los partidos, hace falta que la gente pueda intervenir, pero sé que eso requiere ser suficientemente vigilante, valiente y activo.
P. Habla de la gente. ¿El poder no debe cambiar? ¿Qué podemos esperar de unos poderes muy locales frente a una realidad globalizada?
R. Hay que reforzar las instancias europeas porque la economía está globalizada. Un país como España o Francia no pueden hacer fuerza, apenas podrán tocar la superficie. Pero la Unión Europea es el mayor mercado del mundo, con 500 millones de ciudadanos activos y también consumidores y con gran tradición de ese equilibrio entre la defensa del bien común y la libertad individual. Si hacemos vivir esa tradición europea, si permitimos órganos más eficaces y activos de la Unión, podremos afrontar la evasión fiscal, los paraísos fiscales y también decisiones clave como el suministro de energía.
P. ¿Confía en su liderazgo? ¿En unos dirigentes capaces por ejemplo de ofrecer la impunidad fiscal para atraerlos a su territorio, como Juncker en Luxemburgo?
R. Si no confiamos en ellos deben ser responsabilizados. Igual que el Parlamento les ha elegido, debe poder destituirlo.
P. Usted definió en 2008 a los países occidentales como "países del miedo" frente a los países del apetito, del resentimiento o de la indecisión. ¿No somos víctimas de ello?
R. Los estragos del miedo han sido inmensos, lo acabamos de ver en el informe del Senado de Estados Unidos sobre las torturas de la CIA o en el caso Snowden, que muestra cómo Estados Unidos pincha el teléfono de Angela Merkel como si ella pudiera formar parte de las amenazas. La idea de que podemos legalizar la tortura es un shock para quien cree en el valor de la democracia y los europeos lo han aceptado de forma sumisa. Las revelaciones de Snowden son muy inquietantes por el principio que se encuentra detrás, el principio de un Estado casi totalitario que colecta toda la información posible sobre sus ciudadanos y por el que países totalitarios como la URSS o Alemania del Este se servían del KGB o la Stasi. Ese sistema de informes anónimos que utilizaban hoy es arcaico porque gracias a la tecnología es más fácil colectarlo, pero todo ello nos deja en una quimera las libertades individuales.
P. ¿Qué Europa quedará tras la crisis?
R. No sé si la crisis va a terminar, sabemos que las economías no obedecen a movimientos racionales, hay movimientos de pasión o locura que desafían todos los pronósticos, tal vez desaparecerá en 2015 o tal vez nunca, tal vez nos quedemos ahí durante una década.
Todorov ha dedicado una vida a analizar todo esto en ensayos aún vigentes como El nuevo desorden mundial (2003), El miedo a los bárbaros (2008) o Los enemigos íntimos de la democracia (2012) pero ahora se centra en otra forma de acercarse al pensamiento. La pintura de la ilustración (Galaxia Gutenberg) bucea en el arte en busca de ideas. Tal vez ahí encuentre las soluciones que el presente, por el momento, no le ofrece.

domingo, 1 de febrero de 2015

PRENSA. "La dignidad de todas las personas". Tomás S. Vives Antón

   En "El País":

La dignidad de todas las personas

El hecho de que incluso la mayoría de la sociedad demande la llamada “prisión permanente revisable” no justifica su aprobación. Tal y como está proyectada, desvela la baja calidad real de la democracia española




  • NICOLÁS AZNÁREZ

    Desde la promulgación del Código Penal de 1995, que algunos llamaron el Código Penal de la democracia, se le han incorporado una serie de reformas variopintas con un denominador común: la constante elevación, directa o indirecta, de las penas privativas de libertad. La culminación de ese proceso es la llamada “prisión permanente revisable”, que el dictamen de la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados describe y justifica en los siguientes términos:
    “La necesidad de fortalecer la confianza en la Administración de Justicia hace preciso poner a su disposición un sistema legal que garantice resoluciones judiciales previsibles, que, además, sean percibidas como justas. Con esta finalidad, siguiendo el modelo de otros países de nuestro entorno europeo, se introduce la prisión permanente revisable para aquellos delitos de extrema gravedad en los que los ciudadanos demandaban una pena proporcional al hecho cometido. En este mismo sentido se revisan los delitos de homicidio, asesinato y detención ilegal y secuestro con desaparición, y se amplían los marcos penales dentro de los cuales los tribunales podrán fijar la pena más ajustada del caso concreto”.
    Como pone de manifiesto ese párrafo, la justificación básica de la introducción de la nueva pena se halla en la demanda social, es decir, en lo que se llama voluntad democrática del pueblo; pero, que una parte importante, probablemente mayoritaria, de la sociedad, demande el endurecimiento de las penas no constituye una justificación democrática. Ese modo de justificar olvida que la democracia no se reduce a la voluntad y los deseos de la mayoría sino que tiene otras exigencias definitorias: es un sistema político de ciudadanos que se reconocen como iguales en dignidad y derechos y que pretenden gobernarse por mayorías que tomen decisiones racionalmente fundadas y respetuosas con la dignidad de todos. Ser antiterrorista o juzgar negativamente los delitos violentos no significa ser demócrata. Eso lo hace espontáneamente casi todo el mundo, es fácil. Sin embargo, ser demócrata es difícil porque comporta un plus:reconocer como personas incluso a los que, a nuestro juicio, hayan causado los más graves daños sociales (y es claro que no cabe exigir ese reconocimiento a las víctimas de delitos de sangre; pero sí a los que dirigen la política criminal). Poner a las víctimas como eje de la política criminal es un error ético, pues o es exigirles una imparcialidad y objetividad imposible para ellas o es plegarse a una idea de la justicia distinta de la que debería imperar en una sociedad racional.
    Esa irracionalidad se pone de manifiesto en la regulación española de las penas privativas de libertad. Hasta ahora, teníamos las tasas de delincuencia más bajas de Europa, con uno de los sistemas penales más duros. Pese a que, en esa situación, la delincuencia no parece crecer, las penas privativas de libertad, sí. Y ese incremento no se justifica en absoluto en aras de una mayor eficacia: si uno examina los sistemas penales de Occidente, comprobará que aquellos que tienen las penas más duras no son, ni con mucho, los que combaten con mayor eficacia la delincuencia. El endurecimiento de las penas más allá de ciertos límites parece, incluso, contraproducente. Si tomáramos como modelo Estados Unidos (que parece ser el que efectivamente tomamos), probablemente tendríamos alrededor de un millón de presos y una delincuencia bastante mayor y peor que la nuestra. ¿Es eso lo que queremos?

    Ni siquiera se ajusta a los requerimientos formales del Tribunal Europeo de Derechos Humanos
    La pena privativa de libertad, que por sí misma es un mal, sólo puede justificarse porque produzca un bien mayor que el mal que causa, pues causar daño al delincuente, sin obtener de ese daño una utilidad manifiesta, no satisface ni la justicia ni el deseo de hacerla: o responde a un deseo de venganza o a un sentido equivocado de lo que la justicia exige. Si el mal causado al delincuente no hace más que sumarse al que el delito produjo no tiene justificación posible.
    Los nuevos “demócratas” olvidan ese pequeño detalle y parten de una concepción “talionar” de la justicia, que se pone de manifiesto en la inversión del sentido del principio de proporcionalidad constitucional: ese principio supone un límite del poder penal del Estado y, de ningún modo, un fundamento que legitime el incremento de las sanciones penales. La ley del talión es irracional, tanto si la igualdad entre el delito y la pena se entiende materialmente (ojo por ojo, diente por diente), pues en ese caso sería inviable si el delincuente fuera ciego o desdentado, como si se la concibe de modo valorativo. Pues el castigo no trata de añadir al mal del delito el de la pena, sino de tutelar los bienes y derechos de los individuos y de la sociedad. Es esa función de tutela, y no la igualdad con el mal del delito, lo que puede justificar la pena; y, en sistema democrático, cualquiera que sea la voluntad de sus miembros, esa tutela ha de llevarse a cabo respetando las exigencias que dimanan de la adopción de un sistema democrático, cuyo fundamento, como acaba de decirse, radica en la igual dignidad de todos. Por eso, una pena que lesione esa dignidad, incluso en el peor de los delincuentes, no puede considerarse un bien en una democracia.
    Cuando se afirma por la Comisión de Justicia que seguimos el modelo imperante en el entorno europeo se oculta que esa semejanza es meramente nominal. Para demostrarlo, basta considerar el caso de Alemania. Introducida allí la cadena perpetua (lebenslange Freiheitsstrafe), se planteó una cuestión de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional alemán que, tras llevar a cabo una profunda reflexión acerca de la misma, concluyó que la cadena perpetua en sí misma podía ser conforme a la Constitución siempre que dejase al penado una posibilidad real de libertad y reinserción. Tras un período de tiempo en que esa posibilidad la garantizaba el Gobierno, a través de la posibilidad de indultar, por ley del 8 de diciembre de 1981 se introdujo en el Código Penal un artículo 57a que establece la revisión periódica por parte de los tribunales, a partir de los 15 años de cumplimiento. Estos habrán de suspender la cadena perpetua siempre que se den determinados requisitos. El resultado de ese sistema es que el tiempo medio de cumplimiento en los delitos más graves es de 20 años, es decir, la mitad de los 40 que establecen hoy nuestras leyes.

    ¿No será que seguir los dictados de ciudadanos encolerizados resulta más rentable electoralmente?
    A partir de esos datos es precisa una reflexión sobre la necesidad de la prisión permanente revisable pues, tal y como está proyectada, desvela la baja calidad real que cabe atribuir hoy a la democracia española. Ni siquiera se ajusta a los requerimientos formales establecidos por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en la sentencia del 9 de julio de 2013, sino que, sólo aparentemente, cumple la exigencia material de proporcionar al penado una expectativa real de libertad y reinserción. Pues no podemos olvidar nuestra historia: en un país donde la liberación de ciertos penados no se ha producido ni siquiera cuando las penas temporalmente limitadas llegan a su fin (y basta recordar el caso Parot, al que cabría añadir otros), ¿cómo cabe esperar que los delincuentes a los que en el futuro se imponga dicha pena vayan a tener una oportunidad efectiva de recuperar la libertad? Y, si existe un peligro grave de que no la tengan, ¿cómo nos atrevemos a proponer su introducción? ¿Acaso es porque seguir los dictados irreflexivos de ciudadanos encolerizados resulta electoralmente más rentable que defender los derechos básicos, que constituyen los cimientos de la democracia? ¿Nos importan realmente los derechos constitucionales? ¿O invocamos la Constitución realmente sólo cuando nos afecta, mientras que, si pensamos que no nos incumbe, directamente la empleamos a modo de latiguillo retórico en el que no se pone ni fe ni entusiasmo?
    Parece que, al menos, la mayoría de los políticos y juristas y la totalidad de los jueces debieran defender la dignidad y los derechos fundamentales de todas las personas con una decisión y un valor que hasta ahora no han demostrado. Y sería hora de que lo hiciesen para que este país gozase de una democracia de calidad y dejase, de una vez por todas, de ser el burgo sórdido del que hablaba don Antonio Machado.
    Tomás S. Vives Antón es catedrático emérito de Derecho Penal de la Universidad de Valencia.

    miércoles, 21 de enero de 2015

    PRENSA. Entrevista al filósofo Yves Michaud: "Los valores de las culturas islámicas son incompatibles con los nuestros"

       En "El País":
    ENTREVISTA | YVES MICHAUD

    “Los valores de las culturas islámicas son incompatibles con los nuestros”

    El filósofo francés reflexiona sobre el auge del fundamentalismo en medio de la conmoción causada en París por el atentado contra Charlie Hebdo



    El filósofo francés Yves Michaud, en su casa de París. / ERIC HADJ
    Yves Michaud es un filósofo que ha estudiado muy de cerca la violencia. De hecho, el primer ensayo que publicó, en 1978, se titulaba Violencia y política. Además, viaja con frecuencia a países árabes, ha organizado múltiples conferencias sobre el islam y ha vivido muy de cerca la situación de los jóvenes inmigrantes de origen musulmán en clases que ha impartido en instituciones educativas de los arrabales de París. De modo que buena parte de esta entrevista extraña, concertada al hilo de la publicación en España de su libro El nuevo lujo. Experiencias, arrogancia, autenticidad (Taurus), pero celebrada el pasado martes en un París conmocionado por el atentado contra Charlie Hebdo, acabe derivando en un análisis del auge del fundamentalismo.
    “Hay modelos de sociedades muy conflictivos e incompatibles”, dice acomodado en una butaca del salón de su apartamento en París, un espacio amplio, diáfano y luminoso con vistas a los tejados de la ciudad. “Ya hubo un primer caso de culturas políticas y económicas totalmente antagónicas, el marxismo y el capitalismo, que polarizaron la vida política de 1920 a 1985. Hoy tenemos el desafío de las culturas islámicas: son valores incompatibles con los nuestros”.
    Especialista en Hume y en la filosofía política inglesa, así como en el mundo del arte contemporáneo, Michaud, nacido en Lyon en 1944, es un ensayista prolífico que ha escrito sobre la violencia, el mérito o Chirac, y que ha dirigido la Escuela Nacional de Bellas Artes y la llamada Universidad de Todos los Saberes, plataforma de difusión del conocimiento mediante conferencias. Exprofesor en Berkeley, Edimburgo y París, en 2007 apoyó a Ségolène Royal, aunque en estos días, dice, el político que más le interesa es el exministro de la UMP (la formación política de Sarkozy) Bruno Lemaire.
    Pregunta. ¿Qué análisis hace usted de lo que se ha vivido en estos días en París con el atentado contra Charlie Hebdo?
    Respuesta. No me ha sorprendido. He organizado muchas conferencias en colegios en los últimos años y he asistido al auge no solo del fundamentalismo, sino de la fractura social entre franceses de origen inmigrante y franceses de origen no inmigrante. En las nuevas generaciones se aprecia que no participan de nuestros valores. Cuando son religiosos, rechazan la libertad de expresión categóricamente. Hace 10 años di una clase de filosofía en la cátedra de Niza y critiqué los argumentos de Santo Tomás de Aquino. En el descanso, un joven musulmán, muy amablemente, me dijo que no comprendía que criticara a Santo Tomás: si es santo, no se le critica. Este año he ido dos veces a Argelia y allí las nuevas generaciones basculan en el fundamentalismo.
    P. ¿Y qué buscan esos jóvenes en el fundamentalismo?
    R. Reglas. Buscan reglas.
    P. ¿Y por qué buscan esas reglas?
    R. Porque la libertad da miedo. Es el tema del último libro de Houellebecq, de hecho. Un taxista me dijo el otro día que procuraba no escuchar música porque la consideraba como una droga que hace olvidar las plegarias y los principios. Me decía que lo bueno que tiene la “verdadera” religión es que hay reglas para todo: para comportarse en familia, con los amigos, con los enemigos; hay plegarias antes de comer, antes de entrar al baño; es una vida enmarcada, uno está a gusto así. Era un hombre inteligente, pero no había posibilidad de argumentar, yo era un infiel. Hace un mes, en Argel, vi que hay una generación de gente de más de 50 años, cultivada, con mujeres que llevan el pelo suelto; y las nuevas generaciones son islamistas; no necesariamente de manera agresiva. Por eso soy pesimista, como en la novela de Houellebecq.

    La sociedad ha sustituido el pensamiento y la reflexión por el sentir, por la inmersión en las experiencias y, especialmente, el placer"

    P. Pesimista, ¿en qué sentido?
    R. Muy pesimista porque, incluso cuando son moderados, no encuentran representación política. Creo que veremos la constitución de un partido político musulmán en Francia, igual que hubo demócrata-cristianos.
    P. En otro orden de cosas, en su nuevo libro sostiene usted que la obsesión por el lujo obedece a un malestar con respecto a la propia identidad, a una fragilidad del individuo contemporáneo.
    R. La identidad contemporánea es frágil, carece de certezas, pero, sobre todo, es flotante. La sociedad ha sustituido el pensamiento y la reflexión por el sentir, por la inmersión en las experiencias y, especialmente, el placer. La consecuencia es que el individuo retrocede y ya no sabe muy bien quién es porque se disuelve en las experiencias y en el placer; y de pronto tiene necesidad de recuperar su identidad, de decirse: yo soy único, diferente de los demás. Entonces aparece el lujo como ostentación y diferenciación social: “Tengo marcas que tú no tienes, tengo experiencias que tú no te puedes pagar”.
    P. ¿El hecho de que más gente tenga acceso a más lujos implica una sociedad más satisfecha?
    R. Yo no soy un prescriptor, sino alguien que describe. Pero tendría tendencia a pensar que sí. Si hago una aproximación histórica, el hombre ha tenido hasta periodos recientes una vida de perro. Estamos en sociedades donde uno no se muere de hambre, donde vivimos mucho tiempo.
    P. ¿Coincide, por tanto, con el análisis de Steven Pinker, psicólogo de Harvard, que sostiene que vivimos en el mejor momento de la historia y en la era más pacífica de la existencia de nuestra especie?

    Antes, el populismo se asociaba  a la manipulación de las masas. Hoy día creo que no significa demagogia obligatoriamente”
    R. Si tenemos en cuenta la violencia, el hambre y la fatalidad frente a la enfermedad y la muerte, sí. Pero no se puede comparar el pasado con el presente. Y lo cierto es que tenemos todo para ser felices, pero falta, tal vez, sabiduría, lucidez, moderación.
    P. Usted pasa temporadas en España, tiene una casa en Ibiza. ¿Qué mirada tiene sobre la actualidad política española? Florece la corrupción, se aprecia una cierta desafección hacia parte de la clase política...
    R. En Europa del Sur tenemos una clase política que ha abusado. En Francia, España, Portugal, Italia, Grecia, en los recién llegados a Europa... Hay desafección de los ciudadanos porque muchos están más informados y son más inteligentes, perciben las incapacidades de la clase política. Sobre todo gracias a Internet y a las redes sociales. Yo participo mucho en las redes sociales y estoy asombrado con la inteligencia colectiva que emerge. La desafección con respecto a las clases políticas se ha reforzado de manera lúcida. Es lo que explica la alta abstención, el voto a partidos extremistas o a nuevos partidos. Hay un cierto número de intelectuales en Francia que empiezan a decir que hay que tener una nueva mirada hacia el fenómeno del populismo. El populismo no significa obligatoriamente demagogia.
    P. ¿Puede explicarlo?
    R. Antes se asociaba el populismo a demagogia e ignorancia, a manipulación de masas mediante la demagogia. Creo que hoy día el populismo es en gran parte un “nosotros tenemos algo que decir, tenemos nuestra opinión y nuestras posibilidades”. Detrás del populismo hay una cierta intención de reconsiderar las opiniones de la calle. La oferta política debe ser totalmente redefinida. Y Podemos ilustra la llegada de una nueva oferta política. En Francia, tarde o temprano va a ser necesaria una renovación. Puede que cambien los partidos o que lleguen nuevas personas: hay un personaje inteligente que parece percibir bastantes cosas, Bruno Lemaire. A Sarkozy y a Hollande ya nadie los quiere: pertenecen a una generación de oportunistas.
    Yves Michaud acaba de publicar El nuevo lujo. Experiencias, arrogancia, autenticidad (Taurus). 198 páginas. Precio: 18 euros.