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miércoles, 17 de junio de 2015

PRENSA. EXPLOTACIÓN INFANTIL. "Oprimidos por la casta"

   En "El País":
12 DE JUNIO: DÍA MUNDIAL CONTRA EL TRABAJO INFANTIL

Oprimidos por la casta

Los dalits de la India sufren desde la cuna las consecuencias de la segregación

De por vida se ven privados de sus derechos fundamentales

Un niño dalit recorre uno de los suburbios de Varanasi (India).
Un niño dalit recorre uno de los suburbios de Varanasi (India). / VANESSA ESCUER

Golu se levanta cada día sin despertador. No tiene, ni siquiera sabe lo que es. Pero lo que sí sabe es que, antes de salir el sol, debe abrir los ojos y salir a las calles para recoger basura. Se frota los ojos, agarra su saco, lo apoya en su hombro y empieza a caminar. Vive en Varanasi, la ciudad sagrada del hinduismo, en India. Le rodean templos, los primeros cánticos, bolsas de plástico, vacas, insectos y algunas cabras. Prefiere salir a esa hora, cuando las calles están repletas de objetos que puede reciclar y vender y la muchedumbre todavía le permite transitar con más espacio. Pero, sea a la hora que sea, cuando deambula en busca de desechos es como si no existiera, nadie le dirige la mirada. Se torna invisible y es considerado “impuro”por estar en contacto con la suciedad. Así lo afirman las personas indias de casta superior, traduciéndolo al despiadado vocablo “intocable” en referencia a que se evita el acto de tocarlos para no perder su grado de pureza.
Para los hindúes creyentes, la casta no es un hecho social o económico, sino el resultado de una reencarnación. Se nace dentro de una casta, superior o inferior (de mayor a menor pureza, según su tipo de trabajo), o bien como paria, o como un animal, según la conducta que se ha observado en la existencia anterior. Así pues, la casta es, junto con la familia, la principal referencia de las personas indias y atribuye una posición que les determina en todo durante el resto de su vida.
Los excluidos prefieren denominarse dalits (oprimidos, en hindi) para reflejar la discriminación y sometimiento del que son víctimas. A pesar de su lucha constante desde los años veinte, que llevó a la abolición de este sistema de clases en 1950, nunca se suprimió el estigma en la vida real y unas 200 millones de personas en todo el país son consideradas intocables.
La discriminación acarrea todo tipo de agresiones, siendo repudiados, insultados y expulsados de lugares públicos. Según Human Rights Watch, cada año son registrados en India más de 100.000 casos de violaciones, asesinatos y otras atrocidades contra los dalits, muchas de ellas cometidas por la propia policía y sustentadas por los latifundistas y las autoridades locales.
Unicef cifra en 15 millones los niños y niñas dalits que trabajan en condiciones de semiesclavitud por míseros salarios. Más de la mitad de ellos son intocables, lo que significa que no pueden terminar la educación primaria debido, en parte, a que son humillados por sus maestros y maestras.

Derecho a la identidad

Son las 10 de la mañana y Golu regresa con la bolsa llena y su estómago vacío en busca de algo de pan para desayunar. Comerá si hay suerte y hay algo para cocinar; si no, deberá esperar a la hora de almorzar para ingerir el único alimento del día. No le importa comer siempre lo mismo. Le encanta el arroz y agradece saborear hasta el último grano del plato, que siempre devora acompañado de una oración.
Le llaman Golu (regordete, en hindi), aunque se trata de un mote que le quedó cuando era pequeño. Durante los pocos meses en que tuvo oportunidad de ir a la escuela (ahora, a sus 12 años de edad, ya es considerado un adulto), le asignaron el nombre de Sameer, pero a él no le gusta y, fuera del aula, le cuesta responder a ese alias. En realidad, no tiene nombre. Tampoco posee registro de nacimiento, como la mayoría de niños y niñas dalit, por lo que muchas y muchos de ellos son secuestrados o vendidos a cambio de dinero. La trata de personas, la prostitución, la venta de órganos o los niños soldado son algunas de las consecuencias sufridas por algunos, a menudo escondidos bajo la falsa apariencia de trabajo doméstico infantil.
El tráfico de niños ha alcanzado dimensiones alarmantes y cada año mueve unos beneficios de más de 30.000 millones de dólares. En los últimos 30 años, más de 30 millones de mujeres, niñas y niños han sido víctimas de este grave problema en Asia, con el único propósito de explotación sexual, según Unicef. Todo menor que no haya sido inscrito en el Registro Civil es considerado un apátrida. No hay prueba alguna ni de su edad, ni de su origen, ni tan siquiera de su existencia. El niño pasa a ser un incorpóreo ante los ojos de la sociedad y una presa fácil para todo traficante.

Alfabetización y médicos en los slums

Antes de ir a buscar a su hermano menor, Sajid, a la escuela, Golu corretea por las laberínticas calles de la ciudad. Se divierte mirando por las ventanas de los restaurantes y decidiendo qué comida le gustaría probar. Sabe que no puede entrar, y por si le quedan dudas, los propietarios le dedican miradas y gestos de alerta mientras disimulan atendiendo a los turistas.
Corre descalzo y con una destreza infalible, esquivando todo tipo de obstáculos. Llega hasta el río Ganges, dónde se zambulle y se da un largo baño después de una mañana de trabajo. Aprovecha y bebe un trago. Los restos de las cremaciones humanas que tienen lugar en la orilla, los esqueletos de animales, las aguas residuales y los desperdicios de las fábricas han contribuido a un alarmante grado de contaminación del río. Toda la ciudad huele a humo, a extinción. Ya bañado, Golu se viste y corre hasta la sede de la ONG gallega Semilla para el Cambio, donde le espera su hermano después de su jornada escolar.
La escuela ha dado una oportunidad a los niños y niñas de los slums. Encontrar colegios que les acepten es todo un reto. La mayoría de directores cierran puertas sin pudor cuando saben que los nuevos alumnos viven en los suburbios.


La mitad de los niños intocables y el 64% de las niñas, no puede terminar la educación primaria debido en parte a que son humillados por sus maestros y maestras. / VANESSA ESCUER
Semilla para el Cambio vio en la educación la mejor apuesta para su desarrollo e integración personal y profesional. “El proyecto inicial era muy pequeño, empezamos ofreciendo educación a 18 niños y niñas. A día de hoy hay 156 escolarizados y otros 30 en clases preparatorias”, cuenta María Bodelón, directora y fundadora de la ONG.
En Varanasi, más de 460.000 personas malviven en los 227 slums existentes en la ciudad, según datos de la organización Urban Health Initiative. La precariedad de los asentamientos se evidencia con la escasez de electricidad, la falta de agua corriente y la carencia de servicios sanitarios. Por si fuera poco, cada choza, amasijo de plásticos y telas, de unos 10 metros cuadrados y donde se hacinan familias de hasta ocho o diez miembros, cuesta un alquiler. Cada mes, deben pagar unas 400 rupias (seis euros) al dueño del terreno, mientras la mayoría de ellos sobrevive con menos de un euro y medio al día.
Montañas de basura ocupan cada centímetro de suelo. Su lugar de trabajo es su hogar. Reciclan y duermen en el mismo espacio, entre plásticos, vidrios, cartones y otros desechos. En estas circunstancias, la salud se enfrenta a grandes adversidades. “Todavía tienen lugar muchas enfermedades que se pueden prevenir fácilmente, como la tuberculosis. La falta de educación y de recursos hace que sientan poca confianza para acudir al hospital: no pueden leer los carteles para saber a dónde dirigirse ni rellenar los formularios de los centros sanitarios, además no son tratados con respeto por los doctores.”, explica María, que lucha para cambiar esta realidad.

Querer ser niño

Sentado en los ghats, las escalinatas del río Ganges, Golu repasa el abecedario escrito en las libretas de su hermano Sajid y sus compañeros. Se lo sabe de memoria, puede decirlo más rápido que leerlo. Lo repite sin cesar, exigiendo a los pequeños que se esfuercen en memorizarlo. Pasa a los ejercicios de cálculo, los resuelve en un santiamén y le da una colleja a su hermano por no prestar suficiente atención. Satisfecho, pide una cometa a un muchacho que merodeaba alrededor y la hace volar bien arriba buscando un pedacito de cielo, de libertad. Salta y ríe como nunca. Ese momento del día, entre letras y juegos, es el único que tiene para ser niño. Para sentirse el niño que realmente es.

Una niña, entre montones de basura.
Una niña, entre montones de basura. / VANESSA ESCUER
Empieza a oscurecer y Golu debe volver a su casa. Su padre le estará esperando para pedirle el dinero que ha ganado trabajando a la mañana. Con miedo, acelera el paso para entregarle las 10 rupias (15 céntimos de euro) que logró vendiendo plásticos para reciclar después de cinco largas horas de faena. Después, preparará su gran cesta de mimbre con algunas velas, metidas en pequeños cuencos hechos con hojas de árbol y acompañadas con flores, que vende en los ghats por la noche. Se apura, pues no le gustaría recibir otra bronca de su padre, pues sabe que no queda en un simple enfado. Ya lleva un ojo morado, y aunque asegura que es debido a una torpe caída, cuesta creer la falta de equilibrio del muchacho antes que el puño borracho del cabeza de familia. No ha ido al hospital porque, aunque lo haga, posiblemente no le atenderán. En la farmacia le pincharon una vacuna antitetánica caducada por falta de refrigeración.
Golu consigue vender tres velas, ganando 30 rupias (45 céntimos de euro) y librándose de una paliza. Toma prestada una de las candelas, la enciende y deja que la brisa se la lleve río adentro. “Ya he pedido mi deseo”, me susurra en el oído. Dicen que una vez se arroja la vela al Ganges, el agua se lleva aquello que uno ha implorado.
Ya es de noche y la gran luna ilumina las aguas milenarias del río sagrado. Flota en ellas la luz que arrastra su anhelo: "Llegar a ser médico para ayudar a los demás".

martes, 17 de junio de 2014

PRENSA. "Infancia del revés"

   En "El País":
DÍA MUNDIAL CONTRA EL TRABAJO INFANTIL

Infancia del revés

Historia de Juan, un niño que se levanta cada día a las tres de la mañana para fabricar ladrillos


Juan voltea los ladrillos para que se sequen. / FERNANDO DEL BERRO
Imagínese usted el mundo al revés. Imagínese mañana mismo, a las ocho de la mañana. Cuando se dispone a llevar a su hijo o a su hija a la escuela, descubre que no carga sobre la espalda una mochila, sino un emplomado pico y una pala. No una pala de playa, sino de las de verdad, de las que doblan la espalda y cuartean los dedos. Y cuando va a ayudarle a cruzar la calle ve usted dibujadas en sus manos grietas de duras horas de trabajo bajo el sol. No puede creerlo cuando escucha “voy a trabajar”, con ese tono responsable que se le pone a los críos de 10 años acostumbrados a llevar a casa un sueldo todos los meses. “Esto es el mundo al revés”, piensa usted extrañado.
Al revés, según desde dónde se mire. Para Juan Huachaca, un niño peruano de 10 años que trabaja haciendo ladrillos en Huachipa, una localidad del extrarradio de Lima (Perú), este es el pan de cada día. Para él y para los 168 millones de niños y niñas que acuden cada mañana a su trabajo, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Nos dirigimos a la pampa donde Juan fabrica ladrillos. Es un lugar sediento que cuando no lo erizan los vientos se convierte en piel brillante como la plata. Cualquiera diría que Huachipa se extiende plana como una mano abierta si no fuera porque, de repente, una herida honda deja el terreno socavado, convertido en una inmensa vasija de ladrillos. “Aquí vivo, aquí trabajo”, señala Juan con voz cansina mientras amasa sin parar con sus pies desnudos una amalgama de arcilla y agua rascados al suelo. Vive con su familia en una casa de adobe y hojalata, ensuelada por esteras, con una sola cama a repartir, calentada por un pequeño hornillo de queroseno y ambientada con alegres melodías de radio que a ratos logran voltear esa tristeza sórdida con la que se viste la pobreza. Juan tiene 10 años, tez oscura y un pelo negro y lacio que se vuelca sobre las ventanas de sus ojos. Cada mañana labra la tierra junto a sus padres y hermanos en el interior de estas inmensas heridas del suelo.
En el mundo al revés de Huachipa no hay terrenos agrícolas, pero eso no impide que el 85% de los niños trabajen en la “labranza”, que es como aquí llaman a la fabricación artesanal de ladrillos. Antes, esta tierra estaba del derecho, pues los antepasados de Juan labraban de verdad sus cultivos. Sembraban maíz, patatas y algodón. Incluso por aquí pasaba el río Huaycoloro. Ahora, en este paisaje yermo donde apenas sobreviven algunos árboles que miran hacia arriba suplicándole a un cielo seco siempre huérfano de nubes y de pájaros, tan sólo brota el barro que dará forma a los miles de ladrillos que diariamente le comen la piel a la planicie.

El 85% de los niños de Huachipa, en Lima,  trabajan en la “labranza”, como llaman a la fabricación  de ladrillos
La familia de Juan sigue “labrando”, pero no para obtener plantas de maíz, sino ladrillos. Las empresas constructoras les pagan 32 soles (unos 10 euros o 13 dólares) por “cosechar” 1.000 piezas al día. De no alcanzar esa cantidad diaria no se cobra, por lo que es imprescindible que todas las manos de la familia colaboren, incluso los hermanos pequeños de tres y cinco años. Porque trabajar es lo normal en Perú para más de 1,8 millones de niños y niñas entre los 5 y los 17 años (el 23% de la población peruana menor de edad), la tasa más alta de empleo infantil de Latinoamérica, tras Brasil. Según la OIT, son varias las causas, pero todas ellas responden a la pobreza estructural derivada de la precariedad laboral y de las dificultades de muchas familias para obtener recursos económicos. Por eso los niños trabajan. Porque el sueldo de un hijo es hoy un litro más de leche, o un kilo de arroz para la semana, o poder pagar a final de mes unos cuantos litros de queroseno.
Juan comienza su jornada laboral a las cuatro de la mañana, pero se levanta a las tres, cuando la intemperie es aún un mar de legañas iluminado por la luna y el aire todavía corre frío como el acero. Es el momento de preparar junto a su padre el barro con la tierra robada a la explanada y el agua bebida de un pozo. Algo que tiene que hacerse de noche, para evitar que el ardor del día seque la mezcla. Después, Juan pasará las horas ceñido a su silencio, cargando con fuerza el barro, en un reiterado trabajo mecánico. Entre gemidos de esfuerzo introducirá la tierra mojada en la gavera, una especie de molde para cuatro ladrillos, que dará la forma a cada pieza. Cogerá una vara con esos dedos casi desmigajados por la humedad y rasurará el sobrante. Después, volcará los más de 15 kilos de molde al suelo y ahí los dejará para que el sol trabaje hasta secar la última gota de sudor a los miles de ladrillos tumbados en la pampa.
A este árido paralelismo de espejos que hacen tierra y cielo enfrentados, llegan cada día cientos de inmigrantes del interior del país, con sus trastos y omnipresente chiquillería. Vienen atraídos por la esperanza de mejorar su existencia, dejando atrás la cada vez mayor descomposición que sufre la agricultura tradicional en las zonas rurales. Porque muchos campesinos ya no puedan vender sus cosechas en los mercados locales debido, entre otras cosas, a la globalización de la economía. Desde la entrada en vigor del nuevo tratado de libre comercio entre EEUU y Perú en 2009, los baratísimos productos de las grandes compañías agrícolas norteamericanas no tienen competencia en el mercado peruano. La administración estadounidense subvenciona la producción agraria de sus agricultores de tal modo que, por ejemplo, al consumidor peruano le sale más económico el maíz Made in USA que el producido durante miles de años en tierras andinas.
Entre 2008 y 2012, los programas de la OIT lograron reducir en unos 47 millones el número de niños trabajadores, pasando de los 215 millones a los actuales 168. En Huachipa, la Asociación de Defensa de la Vida (ADEVI) ha logrado al menos convencer a algunas familias, de manera que cada año 100 niños y niñas de la zona dejen de trabajar durante un año y dediquen su tiempo a ir a la escuela regularmente. Algunas ONG admiten el trabajo infantil, siempre que no afecte al desarrollo de los menores y dejando claro las causas que les obligan a trabajar. Una de ellas es Manthoc, una organización peruana que representa a más de 2.500 niños y niñas trabajadores, que reniega del trabajo infantil sólo “cuando se hace en condiciones de explotación, con malos tratos, y vulnerando nuestra dignidad como seres humanos”. Para ellos no tiene sentido que se les prohíba trabajar, mientras por otro lado el propio sistema económico social les hunde en la pobreza.
Cuando dan las ocho de la mañana, Juan lleva ya varias horas trabajando en los hoyos del terreno. Es entonces hora de ir a la escuela. Aunque no acude con regularidad, pues el trabajo casi definitivamente lo ha regurgitado de ella. Cuando lo hace, sólo asiste hasta el mediodía pues, tras un insuficiente almuerzo, vuelve a la ladrillera de dos a cinco de la tarde. En total son siete horas de trabajo y cuatro horas de escuela, cuando va. “Mi padre me enseñó a cargar ladrillos cuando yo tenía seis años”, dice Juan recordando sus inicios en el oficio, y añade que “al principio solo trabajaba un poco, pero cuando me acostumbré cada vez cargaba más”. El primer día que fue a trabajar iba ilusionado, con esa sensación tan de niño de hacerse mayor de la noche a la mañana. Pero desde entonces su infancia ya no regresó.
El trabajo en las ladrilleras es, por su particularidad, un empleo en el que son apreciadas características infantiles como el poco peso y la agilidad. Cualidades que permiten manejarse con soltura en el momento de voltear los ladrillos y al ponerlos del revés para que sequen por la otra cara. Y es que contratar a un niño son todo ventajas para el empresario: siempre asume que cobrará menos que un adulto, no suele conocer sus derechos, es más dócil y rara vez se integrará en un sindicato. Los niños son barro fácilmente moldeable. Las ventajas para los niños saltan también a la vista: deformaciones óseas, trastornos músculo esqueléticos ocasionados por movimientos repetitivos, manos ampolladas, contusiones en los pies,...
Para estas familias, las dificultades económicas se convierten en un círculo vicioso reproducido con cada generación, pues el trabajo provoca que los menores acaben abandonando la escuela. De este modo, cuando son mayores sólo pueden acceder a trabajos precarios. Y entonces se repite la situación, porque sus hijos acabarán trabajando también desde pequeños. Un círculo de pobreza y de exclusión que puede marcar el desarrollo del país. Porque “todo niño que no consigue desarrollarse plenamente y alcanzar las capacidades necesarias, no será capaz de contribuir como adulto a la sociedad y esto lo notará también la economía”, sentencia Kevin Cassidy, responsable de relaciones externas de la OIT. El barro que aparece hoy dormido en la ladrillera, mañana habrá tomado forma y será un edificio de cualquiera de las avenidas de Lima. En cambio, en el mundo al revés de Huachipa, los niños no serán ladrillos con los que construir la sociedad futura.
Sólo la lluvia podría endulzar la sequedad del aire, pero no parece que eso vaya a ocurrir hoy, porque el cielo sigue sin fondo, como casi siempre en Lima. En un despiste de su padre le preguntamos a Juan qué le gustaría ser de mayor. “De grande quiero ser mecánico de camiones y no trabajar llenando (con barro los moldes para los ladrillos), porque me chanco (estropeo) las manos haciendo el barro y me deja cicatrices”, concluye.
Imagínese usted a Juan arropándose con la manta en el sofá de su salón. Del suyo, porque la casa de Juan no tiene ni salón ni sofá. Imagíneselo en los charcos de agua. Imagine a Juan en el barro. Pero esta vez no dándole forma al ladrillo, sino regresando a casa con él en las rodillas. Imagíneselo corriendo y bailándole al viento, disfrutando de principio a fin de esos días donde las tristezas no tienen lugar. Pero no. Parece más bien un niño dado la vuelta. A su edad tiene ya las manos salpicadas de años. Su infancia ha sido una piñata frágil, fácil de reventar. Juan es un adulto en un cuerpo de niño. Es un niño del revés.

martes, 4 de marzo de 2014

PRENSA. "El niño trabajador es el pobre del futuro"

   En "El País":

El niño trabajador es el pobre del futuro

Países latinoamericanos debaten abolir o regular el trabajo infantil

Muchos menores reclaman su derecho a tener ingresos para subsistir

La pobreza es causa del empleo temprano y también su consecuencia


Protesta por el trabajo infantil en Bolivia. / ANDREA MARTÍNEZ (AFKAPHOTOS)
Hace apenas dos meses los niños bolivianos sorprendieron al mundo pidiendo la paralización de una ley que les impediría seguir trabajando. Después de que sus manifestaciones fueran repelidas de forma violenta por las fuerzas de seguridad en las calles de La Paz, el presidente Evo Morales accedió a reunirse con ellos y apoyó la retirada del Código de la Niñez y Adolescencia, una norma elaborada con el fin de garantizar su derecho a estudiar, tener acceso a servicios de salud y educación, pero que en su texto inicial prohibía el trabajo a los menores de 14 años.
Desde entonces, el proyecto se debate en una comisión integrada por niños y políticos en la Asamblea Legislativa Plurinacional. La reacción adversa de organismos internacionales ha puesto en aprietos a los parlamentarios, que se enfrentan al reto de lograr conciliar el nuevo código boliviano con los tratados de la Organización Internacional del Trabajo —que prohíbe el empleo a los menores de 15— y el texto de la Convención de la ONU sobre Derechos de la Infancia: “El derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”.

Chavales bolivianos frenaron una ley que veta al menor de 14 años
El debate planteado en Bolivia, donde el Movimiento de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores (UNATsBO) tiene presencia desde 2000, se repite, aunque con matices y distinta intensidad, en toda América Latina. El empleo infantil en la región es una realidad. Alrededor de 12,5 millones de niños, el 8,8% de la población infantil, desempeña algún trabajo, según datos de la OIT. De estos, 9,6 millones realizan labores peligrosas, que son aquellas que se realizan en condiciones peligrosas o insalubres que pueden causar la muerte, una lesión o una enfermedad.
“El último informe global de octubre en la tercera conferencia mundial contra el trabajo infantil habla de 168 millones de niños trabajadores en todo el mundo, el 10,7%. En Asia hay 77,7 millones y la tasa es del 9,3%, en África subsahariana es un 21,4% y en Europa y los países de ingresos medianos altos o altos, la incidencia del trabajo infantil resulta menor. El factor número uno del trabajo infantil es el económico, pero también hay otras causas ligadas a la cultura, donde el empleo forma parte de la organización familiar, como ocurre en los países andinos”, expone Guillermo Dema, especialista para América Latina y el Caribe en Empleo Juvenil y Trabajo Infantil de la OIT.
“Las cifras de América Latina están por debajo de la tasa global. En los últimos años ha habido un descenso pronunciado en el número de niños trabajadores, pasando de 20 millones en 2000 a 12,5 en el último informe”. Pero los cambios van más allá: “También hemos avanzado en el compromiso y la voluntad política de los países”. En este sentido, en toda América Latina han ratificado los convenios de la OIT 182 —sobre las peores formas de trabajo infantil— y 138 —que establece la edad mínima de admisión al empleo (15 años con algunas excepciones). Todos los Estados menos uno, México, que todavía no ha suscrito el 138 porque para ello es necesario modificar la Constitución nacional, donde se recoge que “queda prohibida la utilización del trabajo de los menores de 14 años”. En la actualidad 3,6 millones de niños trabajan en el país.
Uriel Cabello, oficial de Save the Children en México, explica que el cambio constitucional genera una polémica: “Todos los niños de 14 quedarían desplazados, no serían reconocidos como trabajadores, lo que los condena a una situación de irregularidad porque no van a dejar de trabajar”. El centro histórico y los barrios nobles de la Ciudad de México se llenan por las tardes de pequeños vendedores ambulantes que recorren las terrazas de los bares en busca de compradores de caramelos, cacahuetes y lápices que cargan en una caja a menudo demasiado grande para ellos. Aldo Gallegos, coordinador del proyecto de Save the Children en el centro de la capital mexicana, explica que el comercio informal es una de las actividades principales que mantiene a las familias que llegan de Estados aledaños.
“En el programa atendemos a 1.800 niños. El 60% trabaja en el puesto familiar o están empleados por alguien más en las tiendas. Nuestra labor se centra en la prevención de la violencia en el interior de las familias: identificamos casos de riesgo, los canalizamos con un psicólogo y les damos seguimiento. También realizamos talleres con padres sobre los derechos de los niños”. El trabajo de Save the Children viene a cubrir el vacío de las instituciones públicas. “El DF no cuenta con personal ni infraestructura para ocuparse de la problemática. Pese a la imagen internacional que tiene la capital en cuanto a desarrollo, vemos que en el corazón de la ciudad, a espaldas del Palacio Nacional, hay situaciones de enorme atraso: en cuartos de 12 metros cuadrados viven hasta 15 personas hacinadas. En estos ambientes se dan actividades de narcomenudeo y prostitución”, explica el responsable.

El colectivo asciende a 12,5 millones en América Latina
Para el especialista regional de la OIT, Guillermo Dema, el debate generado en Bolivia desde diciembre pasado está siendo planteado por “un sector minoritario pero que tiene fuerza porque está organizado”. Desde su punto de vista, la polémica no es nueva. “Forma parte de la historia de la propia humanidad. Basta con mirar lo que pasaba en los países industrializados en el siglo XIX”. La postura de la Organización Internacional del Trabajo es firme al respecto: “La OIT regula el trabajo infantil estableciendo una edad mínima por debajo de la cual no se debe trabajar, con la intención también de proteger a los niños de entre 15 y 18 años. El intentar regular condiciones por debajo de esta edad en nada favorece a los niños, sino que genera un círculo de pobreza y explotación”.
El Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Niñas, Niños y Adolescentes Trabajadores (MOLACNATS) abarca a 8.000 niños organizados en nueve países de la región. Perú, Paraguay, Colombia y Bolivia fueron las naciones fundadoras, pero en los últimos 10 años se han incorporado Argentina, Chile, Guatemala, Nicaragua y Venezuela. Para el sindicato infantil, el criterio de la edad no debe ser el que regule el acceso al empleo. “La legislación o la prohibición en función de los años no resuelve el problema, sino que invisibiliza a una gran parte de la población que ya está trabajando”, explica Ángel González, colaborador del secretariado de MOLACNATS desde 2011.
La cúpula del movimiento, alojada hasta finales de 2014 en Venezuela, está compuesta por cuatro delegados adolescentes trabajadores y un joven, el secretario, que comenzó siendo menor pero ahora ya es adulto. “Ninguna política, inclusive las de erradicación, se puede llevar a cabo sin escuchar a los niños. El Movimiento no hace una defensa del trabajo, sino de los niños trabajadores”.
González considera que en toda Centroamérica hay una fuerte aplicación de las políticas de prohibición. En el caso concreto de Venezuela se registra una de las tasas de trabajo infantil más bajas de la región, aunque con un creciente número de adolescentes, entre 10 y 15 años, que ni estudia ni trabaja, según datos de Unicef. La noche que Hugo Chávez fue elegido por primera vez presidente, el 6 de diciembre de 1998, el comandante prometió quitarse el nombre si al año siguiente alguno de ellos seguía de mendigo. No hace falta decir que nunca cumplió su promesa, pero el Gobierno puso mucho empeño en reducir ese indicador lo más posible. Las instituciones venezolanas, sin embargo, no sobresalen por su transparencia y todas están subordinadas en los hechos al Ejecutivo. Por esas razones, en 2011 la Red por los Derechos Humanos de los Niños, Niñas y Adolescentes enumeró los asuntos pendientes a Naciones Unidas antes del Examen Periódico Universal (EPU) de aquel año: un estudio para evaluar avances y dificultades obtenidas en la garantía de derechos de los niños y adolescentes; y la creación de un sistema estadístico nacional para infantes y adolescentes que permita monitorear los avances obtenidos.
Las estadísticas de Venezuela van en la misma línea que las de Argentina. Un estudio de 2004 decía que el 6,6% de los menores de 16 años trabajaba. En 2012, tras varios años de crecimiento económico, bajó al 2,2%. El ministro de Trabajo de los casi 11 años de Gobiernos kirchneristas, Carlos Tomada, adjudica la caída a la reducción del paro, la fiscalización contra el trabajo informal y la asignación universal por hijo, por la que los padres desempleados o con empleo en la economía sumergida reciben 57 euros mensuales por cada menor de 18 años a cambio de enviarlos a la escuela y a los controles médicos básicos.

Un experto cree que legislar no resuelve el problema, lo invisibiliza
Las estrategias para luchar contra el trabajo infantil son variadas. En Colombia, el Gobierno implementa un plan para la prevención y erradicación de las peores formas de trabajo infantil como la prostitución, el tráfico de estupefacientes y reclutamiento forzado. Una de las acciones más recientes es el desarrollo de una aplicación para móviles en colaboración con la empresa privada. Esta herramienta, llamada Aquí estoy, permite que desde cualquier teléfono inteligente se pueda denunciar la presencia de un niño trabajador. Hasta la fecha, ha recibido más de 5.000 alertas. En el país, las últimas cifras oficiales dan cuenta de la existencia de 1,1 millones de niños trabajadores entre los 5 y los 17 años, una tasa del 9,8%. La mayoría desempeña sus labores en hoteles, comercios y restaurantes. Además hay 1,7 millones de menores que realizan oficios en el hogar durante más de 15 horas a la semana, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística. ¿Las razones? A la mayoría le gusta trabajar para tener su propio dinero y para aportar económicamente a su familia.
En Perú, el Instituto Nacional de Estadística e Informática dice que 1,8 millones de jóvenes de 6 a 17 años trabajan: el 23.4% de los niños. Hay una gran cantidad de menores que trabajan en minería ilegal en varios departamentos del país, y también en transporte de droga (les llaman cargachos, traqueteros o mochileros) pero no figuran en las cifras oficiales. Cada vez hay más menores de edad detenidos por traslado de droga. Para revertir la tendencia, en 2012 el Gobierno aprobó por decreto la Estrategia Nacional para la Prevención y Erradicación del Trabajo Infantil 2012-2021.
Eliminar el trabajo infantil es también prioridad para el presidente Rafael Correa. Ecuador presume de ser el primer país en Latinoamérica que consiguió erradicar el trabajo infantil en basureros, en 2011. Un año más tarde, el Ministerio de Relaciones Laborales y el sector privado, con el apoyo de Unicef, crearon una red que lleva como lema Un Ecuador libre de trabajo infantil.
Las cifras indican que en Ecuador 359.000 de ellos, el 8,56% de la población infantil, aún trabaja. La cifra se redujo considerablemente desde 2006, cuando el 17% de los niños estaban empleados en Ecuador.
Karin Van Wijk, coordinadora general de la organización Defensa de los Derechos de los Niños y Niñas Internacional en Costa Rica, explica que el número de niños trabajadores se redujo de 113.000 en 2001 a 47.500 en 2011. “Podemos decir que en 10 años hubo una gran mejoría, pero los expertos lo asumen con cautela, pues subrayan que hay una gran invisibilización”.

El comercio informal es una de las actividades que sostiene a las familias
En el caso de Chile, según el último informe de la OIT, existen 219.000 niños trabajadores, el 5,8% de la población. En Brasil, más de un millón de niños de 10 a 14 años realiza algún tipo de trabajo. Las acciones para erradicar el empleo infantil y dar alternativas apenas han tenido éxito: en los últimos diez años el Gobierno recortó en menos de un 10% la proporción de niños brasileños que trabajan, que pasó del 6,6% al 6,2% en el conjunto del país.
Para Guillermo Dema, de la Oficina regional de la OIT, los retos para revertir la situación son varios: luchar contra la inequidad social y la desigualdad, una mayor inversión en educación de calidad y el desarrollo de políticas sociales inclusivas. “No olvidemos que la pobreza es una de las causas del trabajo infantil, pero también una de sus consecuencias: perpetúa el círculo. Los niños trabajadores de hoy serán los pobres del futuro”.
Con información de Mabel Azcui, Alfredo Meza, Rocío Montes, Álvaro Murillo, Jacqueline Fowks, Elizabeth Reyes, Soraya Constante y Alejandro Rebossio

jueves, 21 de noviembre de 2013

PRENSA. "Cuando las niñas son invisibles". Concha López


   En "El País":

Cuando las niñas son invisibles

Cada día, 39.000 menores son obligadas a casarse y dejar la escuela

 20 NOV 2013

Hace unos meses conocí la historia de Shonita. A sus 13 años es madre de una niña. Con tan solo 10 años, fue obligada a casarse. Quería ser profesora, pero su matrimonio le obligó a dejar la escuela.
Como ella, cada año 14 millones de niñas abandonan la escuela al ser obligadas a casarse.
Una de cada cinco niñas en todo el mundo ven cómo la situación de pobreza en la que viven, la discriminación o la violencia, les arrebatan su derecho a la educación. En una fecha como esta, en la que reivindicamos la garantía de los derechos de la infancia, no podemos olvidarnos de las niñas.
Que los niños y las niñas son sujetos de derecho es algo que nadie pone en duda. Sin embargo, el desconocimiento que la propia infancia tiene sobre sus derechos y la vulnerabilidad propia de su edad, les convierte muchas veces en invisibles. Especialmente en el caso de las niñas, cuyo papel en muchas sociedades queda limitado al rol reproductivo y sexual que se convierte en el mayor obstáculo para salir de la pobreza y romper esos patrones tradicionales y nocivos que, lejos de promover su desarrollo, lo limitan.
Podría parecer que los adultos tenemos más que claro que la educación es el verdadero cimiento del edificio endeble o sólido que puede llegar a ser nuestra existencia. Sin embargo, si miramos el mapa educativo del mundo, veremos que la educación de las niñas es una carrera de obstáculos en muchos lugares. Tenemos muy cerca los casos de Malala, la niña paquistaní que desafió a los talibanes para defender su derecho a estudiar, y casi paga con su vida por ello, o de Leonarda, la joven kosovar de etnia gitana expulsada por el Gobierno galo que exige volver a Francia para poder seguir yendo al colegio. Ellas son solo un reflejo de lo que la educación representa en la vida de los más de 65 millones de niñas sin escolarizar en el mundo cuyos nombres no han traspasado las fronteras de los medios de comunicación.

Un año extra de educación en las niñas y adolescentes incrementará sus ingresos de adultas en un 10-20%
Disponer de agua, comida y un refugio son necesidades básicas que hay que contemplar en el día a día de los países más pobres o en los planes de emergencia que se ponen en práctica en los países que han sufrido desastres. No cabe duda. Lo acabamos de vivir en Filipinas. Tras el paso del tifón Haiyan, la prioridad en los primeros días era clara: garantizar a la población agua potable, alimento, medicinas y un refugio seguro. Sin embargo, es importante entender la educación como una necesidad básica para la infancia cuando se trata de desarrollo. Los datos de los que disponemos, y que recogemos en nuestro 7º Informe sobre el estado mundial de las niñas 2013, ponen de manifiesto que en los países menos favorecidos y en aquellos devastados por una catástrofe, las niñas y adolescentes son las primeras en abandonar por la fuerza la escuela y las últimas en regresar, si es que regresan.
Todavía muchos Gobiernos no son conscientes del empuje económico que pueden representar las mujeres en los países más desfavorecidos. Es sabido que un año extra de educación en las niñas y adolescentes incrementará sus ingresos en la edad adulta entre un 10%-20%, y que las mujeres reinvierten en sus comunidades y familias el 90% de lo que ganan. Es prioritario, por tanto, garantizar y salvaguardar la educación de las niñas como un derecho básico, allá donde por una razón u otra peligre. Por ello, aunque parezca un objetivo superado en las culturas más próximas, trabajamos para garantizar el acceso de todas las niñas del mundo a, al menos, nueve años de educación gratuita y de calidad, de los cuales seis sean de educación primaria y tres de secundaria, una de las señas definitorias de nuestra campaña Por ser niña. Y esto es importante, pues la educación secundaria es la llave que abrirá su futuro. Su formación garantizará la independencia económica ofreciéndoles además los conocimientos necesarios para valerse por sí mismas. Estarán preparadas para los aspectos básicos de supervivencia, pero también para reconocer una situación de riesgo potencial o defenderse de una agresión sexual o negarse a tener que casarse antes de tiempo, por ejemplo.
Uno de los principales obstáculos en el camino entre las niñas y la escuela es el matrimonio infantil forzoso al que se ven abocadas 39.000 niñas menores de edad cada día a pesar de estar prohibido por el derecho internacional y por las leyes de muchos países. Y, de continuar esta tendencia, más de 140 millones de niñas estarán casadas en el año 2020. Acabar con esta injusta y trágica situación es prioritario para nosotros. Desde Plan Internacional estamos haciendo un llamamiento a los Gobiernos de todo el mundo para que apoyen una petición a Naciones Unidas con el objetivo de que se promulgue una resolución en 2014 que lleve a erradicar el matrimonio infantil forzoso, llamamiento que ha sido oído y respaldado por unanimidad en España por el Congreso de los Diputados el pasado 10 de octubre.
Aprovecharemos pues la celebración del Día Universal de los Derechos del Niño para enfatizar los derechos de las niñas y las adolescentes en los países que sufren pobreza y desastres. Son ellas las que sufren vulneraciones únicamente por su género y su edad. Son quienes encuentran barreras a la educación como el matrimonio temprano forzoso, el trabajo infantil o los embarazos tempranos. Barreras que les impiden desarrollarse como seres humanos. Hasta el momento, tanto los Gobiernos como las agencias de ayuda humanitaria hemos fracasado en la manera de acercarnos a ellas. Hemos ofrecido respuestas uniformes cuando lo que precisan es un traje a medida. Un traje que tenga en cuenta tres derechos básicos y fundamentales: la protección, la educación y la participación en la toma de decisiones. Y lo que es un derecho de ellas es un deber de todos.
Concha López es la presidenta en España de Plan Internacional.