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lunes, 7 de diciembre de 2015

Sobre la literatura y el mal

   En "Jotdown":

Que tire la primera piedra

Publicado por 
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Ramón María del Valle-Inclán. Fotografía: DP
En el principio todo era claridad en la literatura. Sentimientos puros, moralinas, moralejas y amor más allá de lo concebible. La justicia poética garantizaba que el justo sería salvado y el pecador condenado a muerte, al infierno y la mayoría de las veces a ambos. El Romanticismo trajo sus nubecillas oscuras, claro está, con esos chiquillos revoltosos que gritaban al borde de los acantilados y coqueteaban con quitarse la vida a sí mismos y devolvérsela a otros. Parecía más sensato dejarles que hicieran, porque es lo que tiene la juventud, que es muy escandalosa y le gusta provocar. Y mejor permitir que se desahogaran por escrito, no fueran a liarla como años antes había pasado en la Bastilla. Que Victor Hugo incitara a una nueva revolución en sus novelas o sus piezas teatrales era algo incluso tolerable. El sistema podía hacerse cargo de ello. Las formas no es que fueran las adecuadas, pero de algún modo aquellos ruidosos iconoclastas buscaban algo noble: una nueva jerarquía social que, aun basada en ideas escandalosas, pretendía instaurar una nueva definición de la justicia y el orden.
Todo era, por decirlo así, manejable. Tuvo que ser Baudelaire el que hiciera saltar todo por los aires al escribir que es el diablo quien empuña los hilos que nos mueven. Invocaciones a Satán, cuerpos humanos descomponiéndose en un camino, hombres que se sienten libres tras matar a su esposa o mujeres que maldicen a Dios mientras planean matar a su hijo recién nacido. Un estilo tan novedoso y catárticamente cruel no podía dejar indiferente a nadie: sus seguidores e imitadores surgieron como la espuma en poco tiempo y el mal y el pecado se adueñaron de lo que hasta entonces había sido, por lo general, un inventario controlado de costumbres, hazañas y miserias del ser humano.
Jamás el mundo cambió tanto y tan deprisa como en el periodo que transcurre entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Una globalización 1.0 a la que no todos supieron adaptarse. Al hablar de esta época suelen venirnos a la mente el colonialismo, el avión, el cine, el psicoanálisis… Y es también el momento en que el diablo entra por la puerta grande del arte para ser algo más que un villano de comparsa. La gran literatura comienza a llenarse de protagonistas oscuros y malvados, algo que hasta el momento se reservaba para los mal llamados géneros menores. Los escritores se entregan con ardor a su nuevo objetivo: indagar en las raíces del mal, retratar lo que de podrido tiene nuestra sociedad. Mirar a la cara al diablo para tenerlo como compañero de juegos. En algunos casos no era más que una provocación para epatar beatas y en otros un nuevo modo de reivindicar la bondad y la belleza del mundo dando un gran rodeo, como la vacuna recién descubierta que inocula la enfermedad para poder curarla.
En una categoría especial están los textos en que el pecado y el diablo son el arma con la que el escritor da un golpe sobre la mesa para mandar al cuerno a la sociedad que le ha tocado en suerte. Oscar Wilde lo hizo varias veces tanto con su Salomé, que es el más hermoso canto al exceso de los siete pecados capitales, como con El retrato de Dorian Gray, una reivindicación del horror como forma de escapar de un mundo insensible y enmohecido.
En España, quien mejor y con más elegancia supo llevar el pecado por pancarta fue don Ramón María del Valle-Inclán. Aunque Max Estrella considera a Goya el verdadero autor del esperpento, es en las llamadas obras míticas donde las pinturas negras del sordo de Fuendetodos toman vida en el escenario. Y qué vida, válgame Dios. La Galicia rural de la santa compaña, de los cruceiros y los trasnos, es el marco ideal para recrear las pasiones enajenadas de los héroes clásicos. Si el esperpento —y volvemos a las palabras de Max Estrella— es Aquiles reflejado en los espejos deformes del callejón del Gato, en la Galicia mítica Ulises es un forajido que gusta de matar a sus amantes y Andrómaca una alcohólica lasciva a quien el diablo le lame la entrepierna.
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Puesta en escena de Divinas palabras dirigida por José Tamayo (1961). Reportaje fotográfico de Gyenes. Fotografía: Centro de Documentación Teatral.
Son varias las obras que Valle sitúa en Galicia, siendo su trilogía de Comedias bárbaras el gran canto épico de la avaricia, la lujuria, la soberbia y sus cuatro hermanas en la España profunda. Y sin embargo, pocos textos de la literatura pecaminosa universal pueden presumir de la fuerza expresiva y demoledora que tiene Divinas palabras ya desde su mismo arranque: sentados a la puerta de una parroquia está una pareja, la mujer con su recién nacido en brazos y sangrando tras la bofetada que el hombre le ha dado porque ella se niega a abandonar al crío. Pedro Gailo, el sacristán, sale de la iglesia no para ayudarla sino para echarlos de allí, no sea que espanten a los fieles:
Pedro Gailo —¡A otro lugar era el iros con vuestros malos ejemplos, y no venir con ellos a delante de Dios!
Lucero —Dios no mira lo que hacemos. Tiene la cara vuelta.
Pedro Gailo —¡Descomulgado!
Lucero —¡A mucha honra! ¡Veinte años llevo sin entrar en la iglesia!
Pedro Gailo —¿Te titulas amigo del Diablo?
Lucero —Somos compadres.
Poco después de este diálogo, Lucero matará a la madre y al crío para librarse de ambos. Así, teniendo a uno de los personajes principales sintiéndose libre como el sol cuando amanece sobre las flores del mal, Valle podrá comenzar tranquilamente a plantear la trama principal. La semejanza con lo que hemos contado de Baudelaire en el segundo párrafo no es casual, pero se ve que a este don Ramón de las barbas de chivo tal sarta de pecados y delitos no le parece suficiente. No deja de ser fascinante que la exuberancia demoníaca del poeta francés sirva aquí tan solo de pequeño aperitivo para presentar a un personaje. Estamos en una pieza teatral, recuerden, y sobre el escenario se puede y se debe añadir más chicha que a un poema, por muy diabólico que este sea. Si Baudelaire forjó su obra sin más ayuda que la de su inspiración y un poco bastante de opio, hachís y alguna otra cosa, ¿qué podría conseguir un admirador suyo que además contaba con las pinturas negras de Goya, un entorno tan propicio para la brujería como la tierra de las meigas y un país convulso como lo fue la España de Maura y Alfonso XIII al poco de estallar la Revolución bolchevique? La respuesta, porque no es una pregunta retórica, es todo. Todo lo que se propusiera. Y por suerte, Valle-Inclán se propuso mucho literariamente hablando.
La historia gira en torno a Laureaniño el idiota, un enano hidrocéfalo cuya madre lo lleva en una carreta por ferias y mercados para sacar unas monedas a quien quiera ver al niño de cerca. Cuando ella muere, el niño será la herencia suculenta que se repartirán con avaricia desmedida los hermanos de la difunta. Uno de ellos, el ya mencionado sacristán Pedro Gailo, dejará que sea su esposa Mari-Gaila quien se encargue de continuar sacando tajada de la malformidad del crío en los días que les corresponden de custodia. Pero Lucero, ahora llamado Séptimo Miau tras volver a la soltería, no dejará que se le escapen ni las monedas de los viandantes ni las piernas de Mari-Gaila.
Por si todo esto fuera poco, y para evitar dudas sobre la condenación de las almas de estos personajes, la musa más expresionista de don Ramón se viste de gala para ayudarle a llenar el tablado de engendros demoníacos, lujurias incestuosas y exabruptos en bocas desencajadas. Aún faltan tres años para que Murnau estrene su Nosferatu, pero da un poco igual porque ya sabemos que en el mundo no hay vampiros. Otra cosa, claro, son las meigas de Galicia, que rondan a sus anchas en Viana del Prior y en las pedanías de alrededor, como aquella en la que morirá el pobre Laureaniño por culpa del alcohol que le ofrecen unos cuantos farandules de farra mientras la esposa del sacristán se entrega a Miau. Llegados a este punto, el público comienza a impacientarse esperando a que de un momento a otro llegue el juicio final que borre a tanta calaña de la tierra.
Pero aún estamos a mitad de obra. Aún tenemos que ver al sacristán borracho y muerto de celos que pasa de querer limpiar su honra presentándose ante la justicia con la cabeza rebanada de Mari-Gaila a intentar vengar su cornamenta encamándose con la hija de ambos. Nos queda ver la escena que haría sonreír al Goya que pintó los aquelarres más oscuros, cuando el mismo demonio ayuda a Mari-Gaila a regresar volando a casa con la pesada carreta y el cadáver de Laureaniño a cambio de un viaje entre sus piernas:
El macho cabrío revienta en una risada y desaparece del campanario cabalgando sobre el gallo de la veleta (…) Mari-Gaila se siente llevada en una ráfaga, casi no toca la tierra. El impulso acrece, va suspendida en el aire, se remonta y suspira con deleite carnal. Siente bajo las faldas las sacudidas de una grupa lanuda, tiende los brazos para no caer, y sus manos encuentran la retorcida cuerna del cabrío.
El cabrío —¡Jujurujú!
Mari-Gaila —¿Adónde me llevas, negro?
El cabrío —Vamos al baile (…).
Mari-Gaila —¡Ay, que desvanezco! ¡Temo caer!
El cabrío —Cíñeme las piernas.
Mari-Gaila —¡Qué peludo eres!
Mari-Gaila se desvanece, y desvanecida se siente llevada por las nubes. Cuando tras una larga cabalgada por arcos de luna abre los ojos, está al pie de su puerta. La luna grande, redonda y abobada, cae sobre el dornajo donde el enano hace siempre la misma mueca.
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Divinas palabras (1961). Reportaje fotográfico de Gyenes. Fotografía: Centro de Documentación Teatral.
Hace más de ciento veinte años que se estrenó la Salomé de Wilde mientras su autor estaba en la cárcel por delitos contra la moral pública. Casi cien desde que Valle publicó Divinas palabras, aunque tardó catorce años más en llevarse a escena. Desde entonces, decenas de miles de obras se han escrito en todo el mundo. Unas cuantas de ellas, y algunas muy recientes, pretendieron recuperar esa orgía inexplicable de pecado, destrucción y belleza. La realidad es que muchos de esos textos solo llegaron a ser un modo ridículo e impostado de corear caca y pis para que las señoras que pagaban de más para presumir de perlas falsas se hicieran las escandalizadas removiéndose en sus palcos reservados. No sería justo, sin embargo, decir que ningún dramaturgo ha estado a la altura lírica y diabólica de Wilde o de Valle: bastaría mencionar a Genet o a Koltès para desmontar esa falacia. Aun así, hablamos de obras que, un siglo después, siguen fascinando a un público entregado y quebrando la cabeza a escenógrafos y directores que no terminan de saber bien cómo transmitir esa fuerza teatral y poética al escenario sin que quede ni ridículo ni pasado de rosca. A ver quién es el listo que sabe encontrar el punto medio de la credibilidad en las mieles del exceso.
Al igual que en Baudelaire, el tránsito por el pecado de Valle es una búsqueda de lo eterno. Si el poeta maldito bendecía a Dios por dar el sufrimiento como divino remedio a nuestras impurezas, la obra de Valle termina con Mari-Gaila recibiendo el cálido cobijo de la voz divina tras ser apedreada por los vecinos del pueblo por adúltera. Será su propio marido quien pronuncie las consabidas divinas palabras en latín a las que se refiere el título: «Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mitta». Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y el pueblo, por supuesto, detiene la lapidación. Cómo no hacerlo, si cada uno de los personajes es una radiografía de esa España envidiosa, egoísta y soberbia que tanto conocemos y reconocemos.
Nosotros, público de hoy, seguimos siendo vecinos de Viana del Prior. Es por eso que también bajamos las manos. Nuestras conciencias se vuelven a conmover por aquella emoción litúrgica que no terminamos de comprender. Nuestras viejas almas infantiles respiran un aroma de vida eterna al ser testigos de que otra realidad es posible. Una realidad cruel y escatológica, impregnada del olor dulzón de los pecados más ocultos. Algo más resuena en el aire mientras el telón desciende lentamente. Es un susurro, un eco apenas perceptible pero creciente: el aliento trágico de los héroes míticos que están regresando al hogar de nuestras vidas. Los desterramos de ellas cuando nos metieron en la cabeza aquello del racionalismo y el orden social, y en este tiempo sin nosotros han conocido la imperfección, la gula, la soberbia y el incesto. Es en textos como estos donde aprendieron a sentirse cómodos, donde consiguieron instalar su nuevo reino. Un reino amargo, épico e infernal en el que refugiarnos, por fin, cada vez que necesitemos escapar de este valle de lágrimas y bostezos en que hemos convertido nuestros pasos.
Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al pecado #JD13
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Divinas palabras (1961). Reportaje fotográfico de Gyenes. Fotografía: Centro de Documentación Teatral.

viernes, 15 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Todas las máscaras de Valle-Inclán"

   En "El País":

Todas las máscaras de Valle-Inclán

Una desmitificadora biografía retrata al gran escritor como estratega de su propio triunfo y desmonta los tópicos de pobre, bohemio, izquierdista y genio sin vocación


El escritor gallego Ramón del Valle-Inclán, retratado por el fotógrafo Alfonso, en 1930.

Hay vidas cuyas leyendas empiezan mucho antes de nacer. La de Ramón del Valle-Inclán Peña se remonta a 150 años antes de que viniera al mundo, el 28 de octubre de 1866, en Villanueva de Arosa (Galicia), cuando se engendra la verdad que esconde su apellido, por una cuestión de herencia, que juega con la dualidad y la máscara y parece moldearlo a él. Y se confirma como una existencia de realidad y fábula a los 33 años cuando el dramaturgo, novelista, poeta y periodista inicia la falsificación de su vida para convertirla en una obra de arte, tras perder su brazo izquierdo de manera deshonrosa. Y el autor quedó en el centro de un episodio cómico que derivó en dramático y alcanzó el esperpento, como sería su existencia personal y literaria dentro del modernismo, y una de las más relevantes de España en el siglo XX.
Bruma es lo que esparce el escritor alrededor suyo, la que Manuel Alberca despeja para mostrar dónde termina el hombre y dónde empieza el personaje. Lo hace en La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán, XXVII Premio Comillas de biografía de la editorial Tusquets. Se ve a un escritor real y prestigioso que ambiciona triunfar y se convierte en su propio gran estratega hacia el éxito, a la vez que propicia sus tópicos, aquí desmontados, de pobre, bohemio, genio sin vocación, de izquierdas o antirreligioso. Una imagen “que lo convierten en una especie de santo laico, de quijote trasnochado o de cómico estrafalario, ridículo en suma y fuera de la realidad”, escribe el biógrafo, filólogo y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Málaga.
Casi diez años dedicó Manuel Alberca para fijar la vida del escritor y ofrecer nuevas interpretaciones de “una existencia minada de pistas falsas, que el propio Valle-Inclán hizo impenetrable, con el objetivo de levantar un relato veraz que sacara al escritor de ese limbo de irrealidad en que lo han confinado y distorsionado la leyenda”. El libro, de 764 páginas, muestra, según Alberca, a una persona “celosa de su privacidad y, en cambio, con una tendencia a la sobreexposición en público, a ser el centro de atención, como un actor al que le gusta simultanear varias máscaras”.

‘La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán’, de Manuel Alberca, ganó el Premio Comillas
Con ustedes, el escritor-actor Ramón del Valle-Inclán Peña que buscó ser artífice de su propia leyenda. Y los hechos ocurridos con su brazo izquierdo, aquel fatídico 24 de julio de 1899, lo empujan a ello. Lleva ya cuatro años en Madrid donde es conocido, admirado y temido por su participación en las tertulias de los cafés, y popular en la calle por su aspecto de llamativo dandi que poco a poco se hace mefistofélico. Aquella tarde, en el Café de la Montaña, hay una discusión entre dos miembros del grupo con un duelo pendiente. Valle-Inclán espeta al periodista Manuel Bueno algo y este reacciona ofendido amenazándolo con su bastón-bengala y contera de hierro, a lo que el escritor reacciona tirándole una jarra de agua. Se desata una pelea de bastonazos por un lado y de vasos y todo lo que hay en la mesa por el otro. El escritor queda herido en la cabeza y en el brazo izquierdo. El 10 de agosto se lo amputan por una fractura en radio y cúbito que da origen a una infección.
A partir de ahí toma su carrera literaria más en serio, afirma Alberca: “En este episodio construyó un yo hiperbólico y teatral. Puso por delante el personaje para que la persona no se resintiera. Su técnica de invención consistía en tomar un elemento biográfico real y distorsionarlo con datos ficticios”. Así sale un corro de historias que aúpan a Valle-Inclán, pero la realidad es que:


Valle-Inclán, a los 28 años. / DEL LIBRO LA ESPADA Y LA PALABRA
No es verdad que fuera pobre, aclara Alberca: “Venía de una familia acaudalada. Vivía de traducir, de artículos de prensa, de sus libros y la representación de sus obras. Y de algunos empleos públicos. Su periodo de más estrechez fue entre 1899 y 1902, hasta que entró al diario El Imparcial”.
No es verdad que fuera bohemio: “No pasó verdaderas penurias. Trabajó en la creación y difusión de sus obras, disponía de tiempo y dinero para divertirse y tenía una red de amigos y círculos burgueses. Tras su periodo crítico alcanzó una estabilidad”.
No es verdad que fuera un genio por azar: “Fue un estratega de su gloria. Por eso viajó a Madrid. Enviaba sus libros a los periodistas y críticos; entabló buenas relaciones sociales; se ganó un lugar en los cafés. Incluso escribió a autores como Clarín para que le corrigieran y orientaran”.
No es verdad que no necesitara ayuda: “Además de su red de amigos y críticos, obtuvo prebendas del poder. Una de ellas en 1916 como catedrático de Estética en la Escuela de Pintura, grabado y escultura, y en la República”.
No es verdad que fuera de izquierdas: “Su ideología era tradicionalista y su idiosincrasia es lo que hoy sería de derechas. Su militancia carlista no era solo estética y fue activo muchos años. Llegó a decir: ‘¿Para qué más libertad?’ o ‘¿La República? Que la defiendan quienes la necesiten”.

Fue celoso de su privacidad y, en cambio, con una tendencia a la sobreexposición en público, a ser el centro de atención, como un actor al que le gusta simultanear varias máscaras”
No es verdad que fuera filocomunista: “Admiraba a Mussolini. Y dijo: ‘El fascio no es una partida de la porra, como creen en España los radical-imbeciloides, ni un régimen de extrema-derecha. Es un afán imperial de universalidad en su más vertical y horizontal sentido ecuménico”.
No es verdad que fuera antirreligioso: “Durante la I Guerra estuvo del lado de los aliados al considerar que Francia preservaba el cristianismo, mientras Alemania amenazaba con el paganismo”.
No todo fue mitografía. Demostró su valentía en 1916 al visitar en Francia el frente aliado. Estuvo cerca del enemigo y sobrevoló la zona. Quedó muy impactado. Sobre esa experiencia nunca fabuló, ni se puso de protagonista.
Como tampoco lo hizo con su vida privada. En lo amoroso se le achacan algunas amantes, tiene una hija de madre desconocida y se casa con Josefina Blanco, en 1907, con quien tendrá cuatro hijos, y se divorciará en los años 30. Y es en esa vida familiar cuando da sus mejores frutos literarios

No pasó verdaderas penurias. Trabajó en la creación y difusión de sus obras, disponía de tiempo y dinero para divertirse y tenía una red de amigos y círculos burgueses
Ramón del Valle-Inclán llegó al final de sus días con un divorcio a cuestas, con la preocupación de la educación de tres de sus hijos de quienes tiene la custodia mientras atraviesa una mala racha económica. Murió el 5 de enero de 1936, en Santiago de Compostela, mientras buscaba una solución a su cáncer. Allá, donde habían alzado vuelo sus sueños de triunfo. Donde se activó el pasado de la naturaleza acomodaticia y dual de su apellido del que no pudo escapar.
Todo empezó 150 años antes de que él naciera. A comienzos del siglo XVIII, Pablo del Valle se casó con Antonia de Inclán. Un adinerado hermano de ella, Miguel de Inclán, no tuvo descendencia y heredó en su sobrino José Antonio, con una condición: poner el apellido Inclán por delante de tal manera que este no desapareciera. Así el heredero pasó a llamarse José Antonio Inclán del Valle o Valle-Inclán, dependiendo de las circunstancias. Cuando este se casó con Juana Malvido Rey sus hijos empezaron a jugar indistintamente con los apellidos: Inclán del Valle, Valle-Inclán o Valle-Inclán Malvido. Hasta que uno de ellos, Carlos Luis, optó por Del Valle-Inclán. Después su hijo Ramón siguió la tradición hasta llegar a su hijo, el escritor Ramón del Valle-Inclán Peña, autor de obras como Femeninas, Sonata de invierno, La lámpara maravillosa, Luces de bohemia, Tirano banderas, Divinas palabras…
El ánimo díscolo del apellido lo persiguió, y lo que muchos creían era una invención suya era lo más auténtico, la mejor mascarada heredada de sus antepasados.

martes, 2 de julio de 2013

PRENSA. 'Tirano Banderas' y los dictadores árabes". Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

   En "El País":

‘Tirano Banderas’ y los dictadores árabes

A diferencia del protagonista de la novela de Valle Inclán, Bachar el Asad no pereció en un día. Sigue aguantando en su fortaleza cada vez más asediado, pero su suerte, sea finalmente la que sea, está echada

 20 ENE 2013 

¿Se puede leer e interpretar la caída de los dictadores árabes a la luz deTirano Banderas y de su fértil descendencia —desde La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán a Yo el Supremo, El otoño del patriarca, La Fiesta del Chivo y un buen puñado más? La variedad de situaciones históricas que inspiran estas novelas se refleja en un abanico de planteamientos literarios. Pero mientras los déspotas del otro lado del Atlántico murieron en la cama y algunos de ellos aferrados aún al poder, los de la llamada primavera de 2011, uno huyó precipitadamente tras 20 días de refriega, otro ha dado con sus huesos en la cárcel, un tercero fue linchado y un cuarto se eclipsó tras un arduo y mortífero proceso negociador. Al quinto, todavía acuartelado en su puesto a costa de una guerra civil con decenas de millares de víctimas, me referiré después.
La muerte de Santos Banderas en la fortaleza colonial de Santa Fe, cuando cae acribillado por las balas de los rebeldes al mando de Filomeno Cuevas se asemeja más a la de Gadafi, tanto por un escenario que evoca la muralla de la Plaza Verde desde la que el difunto coronel libio arengaba a los suyos, como por su abrupto final. Valle-Inclán condensa en dos días el derrocamiento del dictador y no aborda el problema del qué o quién le sucederá. Las preguntas que hoy nos planteamos respecto a Túnez, Egipto, Libia y Yemen son las que formula Juan Rodríguez en su excelente introducción crítica a la novela de Valle-Inclán en el ejemplar que tengo a mano: “¿Qué ocurre a la muerte del tirano? ¿Quién gestiona el triunfo de la revolución?”.

La guerra corre el riesgo de extenderse por todo Oriente Próximo y podría llegar a incendiarlo
Cuando se iniciaron en Deraa las manifestaciones pacíficas de protesta a raíz del asesinato de un adolescente por el “crimen” de una pintada contra el régimen, el movimiento ciudadano respondía al mismo esquema que el de la primavera árabe. Bachar el Asad podía haber optado por la negociación con los opositores con miras a una transición democrática pactada —como la que representaba Roque Cepeda en la novela de Valle-Inclán— pero dejó pasar la oportunidad de un cómodo exilio y, siguiendo el ejemplo de la brutal represión de su padre 30 años antes, recurrió a la fuerza de las armas. Primero, con disparos de fusil a los manifestantes y, conforme aumentaba el número y resolución de estos, mediante el recurso a tanques, helicópteros, misiles Scud y bombardeos de su aviación. Armó asimismo a millares de correligionarios alauíes —los infamemente famosos chabihas dirigidos por sus primos— y provocó con ello una insurrección general que, aunque pobremente armada, se sostiene gracias a numerosas y crecientes deserciones de oficiales y soldados de la mayoría suní. En verano de 2011, el alzamiento en distintas ciudades y zonas del territorio sirio se había transformado ya en una implacable guerra civil. Los Filomeno Cuevas de Tirano Banderas se contaban ya por docenas. Los cabezas y cabecillas de la rebelión exigían el derrocamiento de la dinastía de los Asad que ahogaban en sangre las ansias de libertad.
Hasta otoño del mismo año el curso de los acontecimientos se asemejaba a los de Libia y Yemen, obviando el hecho que cada país del patchwork árabe tiene su propia historia, sus estructuras políticas y religiosas, su sociedad más o menos compacta o tribalizada. Recuerdo que a mi optimismo por aquellas fechas —mi convicción de que el régimen sirio tenía sus días contados—, un diplomático español, buen conocedor de la complejidad étnica y religiosa aglutinada por el partido Baaz hace 60 años, opuso con razón un precavido escepticismo. Adujo que la minoría alauí a la que pertenece el clan El Asad, minoría que acapara todo el poder militar y político, mantendría su cohesión y contaría con el apoyo discreto de la clase media urbana y de las otras minorías religiosas temerosas ambas de un postasadismo que sustituyera el Estado laico por una teocracia del orden de la saudí.

Los sirios no se definen ya por su pertenencia estatal sino por su adscripción religiosa
En mis ‘Jornadas damascenas’ publicado en las páginas de este periódico (11-07-2010) observé que si el nacionalismo panárabe del Baaz se había convertido en el feudo sectario de un clan, preservaba al menos la convivencia entre la mayoría suní y las comunidades chiíes, cristianas, kurda y drusa a diferencia de la sangrienta lucha de sectas que se cebaba y se ceba en la indefensa población civil de Irak. Hoy dicha coexistencia pacífica ha saltado hecha pedazos. El enfrentamiento entre las dos ramas principales del islam sigue la pauta de lo acaecido en los países vecinos. Mientras los rebeldes suníes cuentan con el apoyo de Turquía, Egipto y Arabia Saudí, El Asad se mantiene en el poder gracias a Irán con la complicidad apenas encubierta del Gobierno iraquí de Al Maliki y a los libaneses del Hezbolá. Peor aún, la guerra corre el riesgo de extenderse por todo Oriente Próximo e incendiarlo en el caso de un ataque preventivo de Israel a Irán. Todo el mundo puede salir perdiendo en esa internacionalización del conflicto: Turquía, por el apoyo de El Asad a los rebeldes del PKK; Líbano con una nueva guerra civil sectaria; Jordania con una desestabilización provocada por el aluvión de refugiados sirios; Israel por un endurecimiento de su entorno hostil (Turquía, Egipto) a causa de la despiadada colonización de los territorios palestinos (una estrategia suicida a medio o largo plazo).
Siria es hoy el campo de batalla en el que contienden voluntarios del Ejército del Mahdi de Muqtada al Sadr, pasderan iraníes y miembros de las milicias del Hezbolá con voluntarios islamistas próximos a los Hermanos Musulmanes y extremistas de Al Qaeda (lo que alimenta la propaganda de El Asad acerca de los supuestos “ataques terroristas” y de un “complot americano sionista”). Como en la exYugoslavia de hace 20 años, los sirios no se definen ya por su pertenencia estatal sino por su adscripción religiosa y, al igual que en Bosnia, la internacionalización del conflicto afecta a las grandes potencias y a sus protegidos: confrontación de Estados Unidos con Rusia, la gran proveedora de armas a El Asad; de Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo con el Irán de los ayatolás. Con el telón de fondo de las atrocidades cometidas a diario por el Ejército, la policía y los sicarios del dictador vemos reiterarse las contradicciones e hipocresías de la comunidad internacional. De un Washington que apoya a los rebeldes sirios no obstante su alianza con Teherán y que, como la impotente Unión Europea y la mísera Liga Árabe, se limita a condenar con gestos y palabras la suerte infligida a la población civil por la frialdad sanguinaria de El Asad. Y si ahondamos aún en ese confuso magma, ¿quién cree que Arabia Saudí y los emires del Golfo luchan por la democracia cuando encarnan el peor ejemplo de teocracias en el ámbito del islam?
Volvamos al comienzo: con tal de aferrarse al poder, El Asad ha prendido fuego en su propio país a costa de más de 60.000 víctimas. A diferencia de Santos Bandera no pereció en un día: hoy sigue en su fortaleza de Santa Fe paulatinamente asediado pero su suerte final —ya sea la poco gloriosa huida a Rusia, ya el linchamiento a lo Gadafi, ya la comparecencia a lo Milosevic ante la Corte Penal Internacional— está echada.
Juan Goytisolo es escritor.

sábado, 4 de diciembre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "Sonata de otoño", de Ramón María del Valle-Inclán

Valle-Inclán

Así comienza la Sonata de otoño:
"¡Mi amor adorado, estoy muriéndome y sólo deseo verte!". ¡Ay! Aquella carta de la pobre Concha se me extravió hace mucho tiempo. Era llena de afán y de tristeza, perfumada de violetas y de un antiguo amor. Sin concluir de leerla, la besé. Hacía cerca de dos años que no me escribía, y ahora me llamaba a su lado con súplicas dolorosas y ardientes. Los tres pliegos blasonados traían la huella de sus lágrimas, y la conservaron largo tiempo. La pobre Concha se moría retirada en el viejo Palacio de Brandeso, y me llamaba suspirando. Aquellas manos pálidas, olorosas, ideales, las manos que yo había amado tanto, volvían a escribirme como otras veces. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Yo siempre había esperado en la resurrección de nuestros amores. Era una esperanza indecisa y nostálgica que llenaba mi vida con un aroma de fe: era la quimera del porvenir, la dulce quimera dormida en el fondo de los lagos azules, donde se reflejan las estrellas del destino. ¡Triste destino el de los dos! El viejo rosal de nuestros amores volvía a florecer para deshojarse piadoso sobre una sepultura.
¡La pobre Concha se moría!
Yo recibí su carta en Viana del Prior, donde cazaba todos los otoños. El palacio de Brandeso está a pocas leguas de jornada. Antes de ponerme en camino, quise oír a María Isabel y a María Fernanda, las hermanas de Concha, y fui a verlas. Las dos son monjas en las Comendadoras. Salieron al locutorio, y a través de las rejas me alargaron sus manos nobles y abaciales, de esposas vírgenes. Las dos me dijeron, suspirando, que la pobre Concha se moría, y las dos, como en otro tiempo, me tutearon. ¡Habíamos jugado tantas veces en las grandes salas del viejo Palacio señorial!
Salí del locutorio con el alma llena de tristeza. Tocaba el esquilón de las monjas: penetré en la iglesia, y a la sombra de un pilar me arrodillé. La iglesia aún estaba oscura y desierta. Se oían las pisadas de dos señoras enlutadas y austeras que visitaban los altares: parecían dos hermanas llorando la misma pena e implorando una misma gracia. De tiempo en tiempo se decían alguna palabra en voz queda, y volvían a enmudecer suspirando. Así recorrieron los siete altares, la una al lado de la otra, rígidas y desconsoladas. La luz incierta y moribunda de alguna lámpara, tan pronto arrojaba sobre las dos señoras un lívido reflejo, como las envolvía en sombra. Yo las oía rezar medrosamente. En las manos pálidas de la que guiaba, distinguía el rosario: era de coral, y la cruz y las medallas de oro. Recordé que Concha rezaba con un rosario igual y que tenía escrúpulos de permitirme jugar con él. Era muy piadosa la pobre Concha, y sufría porque nuestros amores se le figuraban un pecado mortal. ¡Cuántas noches al entrar en su tocador, donde me daba cita, la hallé de rodillas! Sin hablar, levantaba los ojos hacia mí indicándome silencio. Yo me sentaba en un sillón y la veía rezar: las cuentas del rosario pasaban con lentitud devota entre sus dedos pálidos. Algunas veces, sin esperar a que concluyese, me acercaba y la sorprendía. Ella tornábase más blanca y se tapaba los ojos con las manos. ¡Yo amaba locamente aquella boca dolorosa, aquellos labios trémulos y contraídos, helados como los de una muerta! Concha desasíase nerviosamente, se levantaba y ponía el rosario en un joyero. Después, sus brazos rodeaban mi cuello, su cabeza desmayaba en mi hombro, y lloraba, lloraba de amor, y de miedo a las penas eternas.
Cuando volví a mi casa había cerrado la noche: pasé la velada solo y triste, sentado en un sillón cerca del fuego. Estaba adormecido y llamaron a la puerta con grandes aldabadas, que en el silencio de las altas horas parecieron sepulcrales y medrosas. Me incorporé sobresaltado, y abrí la ventana. Era el mayordomo que había traído la carta de Concha, y que venía a buscarme para ponernos en camino.
El mayordomo era un viejo aldeano que llevaba capa de juncos con capucha, y madreñas. Manteníase ante la puerta, jinete en una mula y con otra del diestro. Le interrogué en medio de la noche.
-¿Ocurre algo, Brión?
-Que empieza a rayar el día, señor Marqués.
Bajé presuroso, sin cerrar la ventana que una ráfaga batió. Nos pusimos en camino con toda premura. Cuando llamó el mayordomo aún brillaban algunas estrellas en el cielo. Cuando partimos oí cantar los gallos de la aldea. De todas suertes no llegaríamos hasta cerca del anochecer. Hay nueve leguas de jornada y malos caminos de herradura, trasponiendo monte. Adelantó su mula para enseñarme el camino, y al trote cruzamos la Quintana de san Clodio, acosados por el ladrido de los perros que vigilaban en las eras atados bajo los hórreos. Cuando salimos al campo empezaba la claridad del alba. Vi en lontananza unas lomas yermas y tristes, veladas por la niebla. Traspuestas aquéllas, vi otras, y después otras. El sudario ceniciento de la llovizna las envolvía: no acababan nunca. Todo el camino era así. A lo lejos, por La Puente del Prior, desfilaba una recua madrugadora, y el arriero, sentado a mujeriegas en el rocín que iba postrero, cantaba a usanza de Castilla. El sol empezaba a dorar las cumbres de los montes: rebaños de ovejas blancas y negras subían por la falda, y sobre verde fondo de pradera, allá en el dominio de un Pazo, larga bandada de palomas volaba sobre la torre señorial. Acosados por la lluvia, hicimos alto en los viejos molinos de Gundar, y como si aquello fuese nuestro feudo, llamamos autoritarios a la puerta. Salieron dos perros flacos, que ahuyentó el mayordomo, y después una mujer hilando. El viejo aldeano saludó cristianamente:
-¡Ave María Purísima!
La mujer contestó:
-¡Sin pecado concebida!
Era una pobre alma llena de caridad. Nos vio ateridos de frío, vio las mulas bajo el cobertizo, vio el cielo encapotado, con torva amenaza de agua, y franqueó la puerta, hospitalaria y humilde:
-Pasen y siéntense al fuego. ¡Mal tiempo tienen, si son caminantes! ¡Ay! Qué tiempo, toda la siembra anega. ¡Mal año nos aguarda!
Apenas entramos, el mayordomo volvió a salir por las alforjas. Yo me acerqué al hogar donde ardía un fuego miserable. La pobre mujer avivó el rescoldo y trajo un brazado de jara verde y mojada, que empezó a dar humo, chisporroteando. En el fondo del muro, una puerta vieja y mal cerrada, con las losas del umbral blancas de harina, golpeaba sin tregua: ¡tac! ¡tac! La voz de un viejo que entonaba un cantar, y la rueda del molino, resonaban detrás. Volvió el mayordomo con las alforjas colgadas de un hombro:
-Aquí viene el yantar. La señora se levantó para disponerlo todo por sus manos. Salvo su mejor parecer, podríamos aprovechar este huelgo. Si cierra a llover no tendremos escampo hasta la noche.
La molinera se acercó solícita y humilde:
-Pondré unas trébedes al fuego, si acaso les place calentar la vianda.
Puso las trébedes y el mayordomo comenzó a vaciar las alforjas: sacó una gran servilleta adamascada y la extendió sobre la piedra del hogar. Yo, en tanto, me salí a la puerta. Durante mucho tiempo estuve contemplando la cortina cenicienta de la lluvia que ondulaba en las ráfagas del aire. El mayordomo se acercó respetuoso y familiar a la vez:
-Cuando a vuecencia bien le parezca... ¡Dígole que tiene un rico yantar!
Entré de nuevo a la cocina y me senté cerca del fuego. No quise comer, y mandé al mayordomo que únicamente me sirviese un vaso de vino. El viejo aldeano obedeció en silencio. Buscó la bota en el fondo de las alforjas, y me sirvió aquel vino rojo y alegre que daban las viñas del Palacio, en uno de esos pequeños vasos de plata que nuestras abuelas mandaban labrar con soles del Perú, un vaso por cada sol. Apuré el vino, y como la cocina estaba llena de humo, salíme otra vez a la puerta. Desde allí mandé al mayordomo y a la cocinera que comiesen ellos. La cocinera solicitó mi venia para llamar al viejo que cantaba dentro. Le llamó a voces.
-¡Padre! ¡Mi padre!...
Apareció blanco de harina, la montera derribada sobre un lado y el cantar en los labios. Era un abuelo con ojos bailadores y la guedeja de plata, alegre y picaresco como un libro de antiguos decires. Arrimaron al hogar toscos escabeles ahumados, y entre un coro de bendiciones sentáronse a comer. Los dos perros flacos vagaban en torno. Fue un festín donde todo lo había previsto el amor de la pobre enferma. ¡Aquellas manos pálidas, que yo amaba tanto, servían la mesa de los humildes como las manos ungidas de las santas princesas! Al probar el vino, el viejo molinero se levantó salmodiando:
-¡A la salud del buen caballero que nos lo da!...
De hoy en muchos años torne a catarlo en su noble presencia.
Después bebieron la mujeruca y el mayordomo, todos con igual ceremonia. Mientras comían yo les oía hablar en voz baja. Preguntaba el molinero adónde nos encaminábamos y el mayordomo respondía que al Palacio de Brandeso. El molinero conocía aquel camino, pagaba un foro antiguo a la señora del Palacio, un foro de dos ovejas, siete ferrados de trigo y siete de centeno. El año anterior, como la sequía fuera tan grande, perdonárale todo el fruto: era una señora que se compadecía del pobre aldeano. Yo, desde la puerta, mirando caer la lluvia, les oía emocionado y complacido. Volvía la cabeza, y con los ojos buscábales en torno del hogar, en medio del humo. Entonces bajaban la voz y me parecía entender que hablaban de mí. El mayordomo se levantó:
-Si a vuecencia le parece, echaremos un pienso a las mulas y luego nos pondremos en camino.
Salió con el molinero, que quiso ayudarle. La mujeruca se puso a barrer la ceniza del hogar. En el fondo de la cocina los perros roían un hueso. La pobre mujer, mientras recogía el rescoldo, no dejaba de enviarme bendiciones con un musitar de rezo:
-¡El señor quiera concederle la mayor suerte y alud en el mundo, y que cuando llegue al Palacio tenga una grande alegría!... ¡Quiera Dios que se encuentre sana a la señora y con los colores de una rosa!...

viernes, 10 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Los mejores cuentos del siglo XX: "El Miedo", de Valle-Inclán (1866-1936)

Valle-Inclán
El miedo (1902)

FERNANDO ROYUELA 21/08/2010

Un cuento es en esencia tensión, intensidad, unidad de efecto y catarsis final. Un buen cuento es todo eso más la emoción que persiste tras su lectura. El miedo es uno de los cuentos que Valle-Inclán (España, 1866-1936) incluyó en Jardín Umbrío, historias de santos y de almas en pena. Son relatos gestados en las regiones sombrías de la imaginación del autor. Fue publicado en El Imparcial, en 1902, y da muestra del preciosismo decadente de las primeras obras de Valle. La evocación de un pasado lejano en el que el narrador nos cuenta un episodio de iniciación justifica el deslumbrante esteticismo de su atrezo. Criptas, serpientes, calaveras y un terror infantil contrapuesto al aplomo necesario para afrontar la vida adulta. Una catarsis estupenda y al final la cobardía como fuente suprema del valor.

CUENTO. "El Miedo" (1902), de Valle-Inclán (1866-1936)

Valle-Inclán

Aunque ya aparece en otra entrada de este blog, merece la pena releer este texto de Valle-Inclán:

El miedo

Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y, siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:
-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor...
La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.
Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos...
Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban, y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas. De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:
-¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:
-Ahora veremos qué ha sido ello... Cosa del otro mundo no lo es, seguramente... ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:
-¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?
Yo repuse con voz ahogada:
-¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro...!
El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:
-¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey...!
No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:
-¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas!
Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:
-Señor Granadero del Rey, no hay absolución... ¡Yo no absuelvo a los cobardes!
Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!

domingo, 16 de mayo de 2010

VALLE-INCLÁN. TEATRO. "Luces de bohemia"

Éste es el comienzo de
Luces de bohemia
Hora crepuscular. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol. Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinches de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad Madama Collet.



MAX: Vuelve a leerme la carta del Buey Apis.
MADAMA COLLET: Ten paciencia, Max.
MAX: Pudo esperar a que me enterrasen.
MADAMA COLLET: Le toca ir delante.
MAX: ¡Collet, mal vamos a vernos sin esas cuatro crónicas! ¿Dónde gano yo veinte duros, Collet?
MADAMA COLLET: Otra puerta se abrirá.
MAX: La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente.
MADAMA COLLET: A mí la muerte no me asusta. ¡Pero tenemos una hija, Max!
MAX: ¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de suicidio colectivo?
MADAMA COLLET: ¡Es muy joven!
MAX: También se matan los jóvenes, Collet.
MADAMA COLLET: No por cansancio de la vida. Los jóvenes se matan por romanticismo.
MAX: Entonces, se matan por amar demasiado la vida. Es una lástima la obcecación de Claudinita. Con cuatro perras de carbón, podíamos hacer el viaje eterno.
MADAMA COLLET: No desesperes. Otra puerta se abrirá.
MAX: ¿En qué redacción me admiten ciego?
MADAMA COLLET: Escribes una novela.
MAX: Y no hallo editor.
MADAMA COLLET: ¡Oh! No te pongas a gatas, Max. Todos reconocen tu talento.
MAX: ¡Estoy olvidado! Léeme la carta del Buey Apis.
MADAMA COLLET: No tomes ese caso por ejemplo.
MAX: Lee.
MADAMA COLLET: Es un infierno de letra.
MAX: Lee despacio.


Madama Collet, el gesto abatido y resignado, deletrea en voz baja la carta. Se oye fuera una escoba retozona. Suena la campanilla de la escalera.


MADAMA COLLET: Claudinita, deja quieta la escoba, y mira quién ha llamado.
LA VOZ DE CLAUDINITA: Siempre será Don Latino.
MADAMA COLLET: ¡Válgame Dios!
LA VOZ DE CLAUDINITA: ¿Le doy con la puerta en las narices?
MADAMA COLLET: A tu padre le distrae.
LA VOZ DE CLAUDINITA: ¡Ya se siente el olor del aguardiente!


MÁXIMO ESTRELLA se incorpora con un gesto animoso, esparcida sobre el pecho la hermosa barba con mechones de canas. Su cabeza rizada y ciega, de un gran carácter clásico-arcaico, recuerda los Hermes.


MAX: ¡Espera, Collet! ¡He recobrado la vista! ¡Veo! ¡Oh, cómo veo! ¡Magníficamente! ¡Está hermosa la Moncloa! ¡El único rincón francés en este páramo madrileño! ¡Hay que volver a París, Collet! ¡Hay que volver allá, Collet! ¡Hay que renovar aquellos tiempos!
MADAMA COLLET: Estás alucinando, Max.
MAX: ¡Veo, y veo magníficamente!
MADAMA COLLET: ¿Pero qué ves?
MAX: ¡El mundo!
MADAMA COLLET: ¿A mí me ves?
MAX: ¡Las cosas que toco, para qué necesito verlas!
MADAMA COLLET: Siéntate. Voy a cerrar la ventana. Procura adormecerte.
MAX: ¡No puedo!
MADAMA COLLET: ¡Pobre cabeza!
MAX: ¡Estoy muerto! Otra vez de noche. 


Se reclina en el respaldo del sillón. La mujer cierra la ventana, y la guardilla queda en una penumbra rayada de sol poniente. El ciego se adormece, y la mujer, sombra triste, se sienta en una silleta, haciendo pliegues a la carta del Buey Apis. Una mano cautelosa empuja la puerta, que se abre con largo chirrido. Entra un vejete asmático, quepis, anteojos, un perrillo y una cartera con revistas ilustradas. Es DON LATINO DE HISPALIS. Detrás, despeinada, en chancletas, la falda pingona, aparece una mozuela: CLAUDINITA.


DON LATINO: ¿Cómo están los ánimos del genio?
CLAUDINITA: Esperando los cuartos de unos libros que se ha llevado un vivales para vender.
DON LATINO: ¿Niña, no conoces otro vocabulario más escogido para referirte al compañero fraternal de tu padre, de ese hombre grande que me llama hermano? ¡Qué lenguaje, Claudinita!
MADAMA COLLET: ¿Trae usted el dinero, Don Latino?
DON LATINO: Madama Collet, la desconozco, porque siempre ha sido usted una inteligencia razonadora. Max había dispuesto noblemente de ese dinero.
MADAMA COLLET: ¿Es verdad, Max? ¿Es posible?
DON LATINO: ¡No le saque usted de los brazos de Morfeo!
CLAUDINITA: Papá, ¿tú qué dices?
MAX: ¡Idos todos al diablo!
MADAMA COLLET: ¡Oh, querido, con tus generosidades nos has dejado sin cena!
MAX: Latino, eres un cínico.
CLAUDINITA: Don Latino, si usted no apoquina, le araño.
DON LATINO: Córtate las uñas, Claudinita
CLAUDINITA: Le arranco los ojos.
DON LATINO: ¡Claudinita!
CLAUDINITA: ¡Golfo!
DON LATINO: Max, interpón tu autoridad.
MAX: ¿Qué sacaste por los libros, Latino?
DON LATINO: ¡Tres pesetas, Max! ¡Tres cochinas pesetas! ¡Una indignidad! ¡Un robo!
CLAUDINITA: ¡No haberlos dejado!
DON LATINO: Claudinita, en ese respecto te concedo toda la razón. Me han cogido de pipi. Pero aún se puede deshacer el trato.
MADAMA COLLET: ¡Oh, sería bien!
DON LATINO: Max, si te presentas ahora conmigo en la tienda de ese granuja y le armas un escándalo, le sacas hasta dos duros. Tú tienes otro empaque.
MAX: Habría que devolver el dinero recibido.
DON LATINO: Basta con hacer el ademán. Se juega de boquilla, maestro.
MAX: ¿Tú crees?...
DON LATINO: ¡Naturalmente!
MADAMA COLLET: Max, no debes salir.
MAX: El aire me refrescará. Aquí hace un calor de horno.
DON LATINO: Pues en la calle corre fresco.
MADAMA COLLET: ¡Vas a tomarte un disgusto sin conseguir nada, Max!
CLAUDINITA: ¡Papá, no salgas!
MADAMA COLLET: Max, yo buscaré alguna cosa que empeñar.
MAX: No quiero tolerar ese robo. ¿A quién le has llevado los libros, Latino?
DON LATINO: A Zaratustra.
MAX: ¡Claudina, mi palo y mi sombrero!
CLAUDINITA: ¿Se los doy, mamá?
MADAMA COLLET: ¡Dáselos!
DON LATINO: Madama Collet, verá usted qué faena.
CLAUDINITA: ¡Golfo!
DON LATINO: ¡Todo en tu boca es canción, Claudinita!


MÁXIMO ESTRELLA sale apoyado en el hombro de DON LATINO. MADAMA COLLET suspira apocada, y la hija, toda nervios, comienza a quitarse las horquillas del pelo. 


CLAUDINITA: ¿Sabes cómo acaba todo esto? ¡En la taberna de Pica Lagartos! 

VALLE-INCLÁN. TEATRO. "Divinas palabras"

Éste es el comienzo de las
Divinas palabras
San Clemente, anejo de Viana del Prior. Iglesia de aldea sobre la cruz de dos caminos, en medio de una quintana con sepulturas y cipreses. PEDRO GAILO, el sacristán, apaga los cirios bajo el pórtico románico. Es un viejo fúnebre, amarillo de cara y manos, barbas mal rapadas, sotana y roquete. Sacude los dedos, sopla sobre las yemas renegridas, las rasca en las columnas del pórtico. Y es siempre a conversar consigo mismo, huraño el gesto, las oraciones deshilvanadas.



PEDRO GAILO
...Aquéllos viniéronse a poner en el camino, mirando al altar. Éstos que andan por muchas tierras, torcida gente. La peor ley. Por donde van muestran sus malas artes. ¡Dónde aquéllos viniéronse a poner! ¡Todos de la uña! ¡Gente que no trabaja y corre caminos!...


PEDRO GAILO se pasa la mano por la frente, y los cuatro pelos quédanle de punta. Sus ojos con estrabismo miran hacia la carretera donde hacen huelgo dos farandules, pareja de hombre y mujer con un niño pequeño, flor de su mancebía. Ella, triste y esbelta, la falda corta, un toquillón azul, peines y rizos. El hombre, gorra de visera, la guitarra en la funda, y el perro sabio sujeto de un rojo cordón mugriento. Están sentados en la cuneta, de cara al pórtico de la iglesia. Habla el hombre, y la mujer escucha zarandeando al niño que llora. A esta mujer la conocen con diversos nombres, y, según cambian las tierras, es Julia, Rosina, Matilde, Pepa la Morena. El nombre del farandul es otro enigma, pero la mujer le dice LUCERO. Ella recibe de su coime el dictado de POCA PENA.


LUCERO
Tocante al crío, pasando de noche por alguna villa, convendría soltarlo.


POCA PENA
¡Casta de mal padre!


LUCERO
Pon que no lo sea.


POCA PENA
Tú mismo eres a titularte de cabra.


LUCERO
Pues titulándome padre del crío, considero que no debo legarle mi mala leche.


POCA PENA
¿Qué estás ideando? ¡No te pido correspondencias para mí, te pido que tengas entrañas de padre!


LUCERO
¡Porque las tengo!


POCA PENA
Si el hijo me desaparece, o se me muere por tus malas artes, te hundo esta navaja en el costado, ¡Lucero, no me dejes sin hijo!


LUCERO
Haremos otro.


POCA PENA
¡Ten caridad, Lucero!


LUCERO
Cambia la tocata.


POCA PENA
¡Escapado de un presidio!


LUCERO hace un gesto desdeñoso, y con la mano vuelta pega en la boca de la coima, que, gimoteando, se pasa por los labios una punta del pañuelo. Mirando la sangre en el hilado, la coima se ahínca a llorar, y el hombre tose con sorna, al compás que saca chispas del yesquero. PEDRO GAILO, el sacristán, levanta los brazos entre las columnas del pórtico.


PEDRO GAILO
¡A otro lugar era el iros con vuestros malos ejemplos, y no venir con ellos a delante de Dios!


LUCERO
Dios no mira lo que hacemos. Tiene la cara vuelta.


PEDRO GAILO
¡Descomulgado!


LUCERO
¡A mucha honra! ¡Veinte años llevo sin entrar en la iglesia!


PEDRO GAILO
¿Te titulas amigo del Diablo?


LUCERO
Somos compadres.


PEDRO GAILO
Ahora ríes enseñando los dientes, ya te llegará el rechinarlos.


LUCERO
No temo esa hora.


POCA PENA
Hasta las bestias del monte temen.


PEDRO GAILO
Para toda conducta hay premio o castigo, enseña la doctrina de Nuestra Santa Madre la Iglesia.


LUCERO
Cambie usted la tocata, amigo. Esa polca es muy antigua.


PEDRO GAILO
Dios Nuestro Señor no baja su dedo porque yo calle.


LUCERO
¡Bueno!


Una vieja, con mantilla de paño pardo sale al pórtico, después otra, más tarde otra. Salen deshiladas; portan agua bendita en el cuenco de las manos y la van regando sobre las sepulturas. La última tira de un dornajo con cuatro ruedas, camastro en donde bailotea adormecido un enano hidrocéfalo. JUANA LA REINA, sombra terrosa y descalza que mendiga por ferias y romerías con su engendro, interroga al sacristán, de quien es hermana.


LA REINA
¿Cómo no disteis la comunión en la misa?


PEDRO GAILO
No había partículas en el copón.


LA REINA
Hacía cuenta de recibir a Dios. La tierra me llama.


PEDRO GAILO
Sí que estás decaída.


LA REINA
Esta madre roe en mí.


PEDRO GAILO
¡Madre llamas a la tierra! ¡Madre es de todos los pecadores! Y el sobrino, ¿va despertándose? Él alumbra algún conocimiento, hermana mía.


LA REINA
¡Malpocado!


PEDRO GAILO pone su ojo bizco sobre el enano, que con expresión lela mueve la enorme cabezota. Y la madre le espanta las moscas que acuden a posarse sobre la boca belfa donde el bozo negrea. Tirando del dornajo cruza la quintana y sale a las sombras de la carretera. La perra del farandul, levantada en dos patas, ensaya un paso de danza ante aquella figura triste y color de tierra. Lentamente el animal se dobla, y agacha la cola aullando con el aullido que reservan los canes para el aire de muerto. LUCERO silba, y la perra, otra vez en dos patas, va para su amo que ríe guiñando un ojo.