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sábado, 2 de julio de 2011

PRENSA CULTURAL."Babelia". "Páginas inéditas salvadas del fuego". Texto de Ernesto Sabato

La fuente muda, de Ernesto Sabato, debe su título a un verso de Antonio Machado. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Páginas inéditas salvadas del fuego

J. C. 25/06/2011

   Ernesto Sabato regaló a Elvira González Fraga, su compañera, capítulos de la novela La fuente muda, algunas de cuyas páginas inéditas publica ahora 'Babelia'. En su búsqueda de la perfección, el escritor aparcó esta obra, que pretendía ser surrealista, y que redactó en los años cincuenta.

   Los sucesos que terminaron con la locura y muerte de Carlos (llamémoslo así) acontecieron en 1939, antes de comenzar la guerra. Y, sin embargo, todavía suelo oír opiniones horribles acerca de él, todavía debo pelearme por él. Hay gentes "realistas", esas que dicen atenerse a los hechos, para las cuales la verdad es sólo lo que puede decirse en palabras claras y de límites bien nítidos, como se ve un objeto geométrico a la plena luz del día; para esa clase de gentes, la verdad acerca de Carlos son terribles palabras como cobarde, traidor, criminal. Y, no obstante, un hombre puede huir y no ser un cobarde, puede abandonar un movimiento y no ser un traidor, puede matar y no ser un criminal.
   Hay una sola persona, quizá que podía haber dicho la verdad: Georgina. Es cierto que Georgina abandonó a Carlos a su propio derrumbe y este abandono puede parecer un hecho favorable a la teoría de sus enemigos. Pero yo tengo mis motivos para sostener que esa actitud de Georgina nada tiene que ver con los argumentos empleados por esas gentes siempre dispuestas a tirar la primera piedra. Por el contrario, esa actitud -que estoy lejos de justificar- precipitó al pobre Carlos en su desesperación y en su locura; y preparó el acto último y menos comprendido de su existencia: el asesinato de Yenia. El 27 de febrero de 1939, a las tres de la madrugada, en la pieza de la calle Gay-Lussac, Carlos mató a su amante: la apuñaló varias veces, luego la roció con nafta y la quemó.
   No hay duda de que fue Carlos el autor de esa muerte, aunque no haya documentos que lo prueben. Pero este acto no revela de ningún modo -en mi opinión- que Carlos fuera un criminal en el sentido corriente de la palabra. No sé si adelantar lo que a mi juicio revela porque espero, deseo fervientemente, que la lectura de estas páginas hablen por sí mismas. Pero me siento tentado de decir una sola cosa y es que la aniquilación de Yenia sólo revela que Carlos no fue un héroe; porque el heroísmo, como alguien que no recuerdo ha dicho, consiste en ver el mundo tal como es y sin embargo vivir y amarlo.
   ¡Cuántas veces he estado a punto de quemar estos papeles! Ahora, aquí, lejos de Buenos Aires, sentado sobre la hierba, a la orilla de un arroyo, todo aquello parece tan lejano e increíble que me hace dudar una vez más sobre la necesidad de relatar nada. Quizá contribuya a crearme este estado de ánimo la guerra: después de esa guerra bárbara y después que miles de seres indefensos se pudrieron o fueron quemados en campos de concentración, parece hasta vergonzoso ocuparse del destino de un solo hombre. Quizá sea también el campo: como a la luz del día, las ideas nocturnas parecen menos terribles, así el campo desagrava el espíritu del hombre que viene de la ciudad, oscura y desesperanzada. Quizá sea eso, en efecto: el estar tan lejos de las ciudades y de sus hombres, el recostarse en la hierba, el oír apenas el murmullo modesto del arroyito, el ver al Jeff que corre vanamente detrás de un martín-pescador, el ver las vacas que miran pensativamente a lo lejos.
   Quizá sea todo eso lo que ahora me ha tentado una vez más a quemar los papeles. Pero, también una vez más, he sentido la impresión de que cometería una traición. ¿Una traición a quién?, me pregunto yo mismo. ¿A Carlos? Pero ¿acaso él pensó jamás que yo publicaría su historia después de su muerte? ¿No habría motivos para suponer, más bien, que sonreiría despectivamente de mis escrúpulos reivindicatorios, de mi deseo de justificarlo? Ya lo veo encogiéndose de hombros, levantando sus cejas, arrugando su frente con arrugas horizontales y mirando a lo lejos, a ningún punto, tal como era tan común en él, y comentando amargamente:
   -¿Justificar qué? ¿Mi vida? Pero si mi vida no tiene justificación, si yo también soy una porquería, un fracasado. Además ¿por qué hay que justificar nada, mi vida o lo que sea? ¿Por qué ha de ser uno justo? ¿Y ante quién? ¿Ante los demás hombres? ¿Y ellos cómo se justifican? O quizá pensés que hay que justificarse ante Dios. Pero ¿acaso Dios es justo? Dejame de idioteces, por favor...
   Después chuparía su eterno cigarrillo, en esa forma ansiosa con que lo hacía, y seguiría mirando a lo lejos, sombrío, aislado, insalvable.
   Sin embargo, dejó esos papeles, esos trozos de novela, esos extraños cuentos, esas curiosas estadísticas. ¿Por qué no los destruyó si ya nada le importaba después de su muerte, si tanto le daba pasar a la posteridad (ante la pequeña posteridad que toda hombre tiene) como un canalla o como una pobre, indefensa criatura? Se puede argüir que si no los destruyó pudo ser, precisamente, porque nada le importaba de nada. Puede ser. Si le hubiera importado, en efecto, me los habría podido dejar a mí. Pero ni eso. Ahí quedaron, en su pieza de la calle Odesa, entre sus libros y sus bárbaros dibujos, donde la policía los requisó, con el resto de sus cosas.
   Nada le importaba, pues. Y, no obstante..., una vez más he querido quemar todos esos papeles y una vez más (la última) he tenido la impresión de que cometería una traición a Carlos.
   Su cuerpo murió en 1939; pero su alma, como pasa siempre, ha quedado en pedazos, dispersa aquí y allá, en el recuerdo mío, de Antonia, en el alma de Georgina y de sus enemigos, en su novela inconclusa, en sus cuentos, en sus extrañas estadísticas. Es curioso que el alma quede así destrozada y que cada amigo o enemigo se lleve un trozo, como el recuerdo de un país que se visitó, o como un despojo de guerra. Así andan los restos de Carlos, dispersos a los cuatro vientos, en recuerdos cada vez más imprecisos, en simpatías y en odios. Y me parece digno de ser meditado el hecho de que el odio de un enemigo contribuya así (y a veces con más fuerza) al mantenimiento de un alma.
   Sea como sea, esos restos se hacen cada día más evanescentes y así Carlos va muriendo con los años la muerte final y verdadera. Ya sólo quedan visibles algunos pedazos, que se aferran a la vida como esos islotes que el río va socavando poco a poco, hasta que por fin desaparecen por completo. El tiempo es, en efecto, un río que termina por arrastrar y deshacer todo ¡y tan pronto!
   Buena parte del alma de Carlos (quizá la más representativa) está en estos papeles y me parecería una traición destruirlos y dejar que sólo sobrevivan en estos próximos años los trozos más deleznables. Por eso he dicho que esta tentación de quemarlos, aquí, en la paz del campo, será la última. Publicaré los papeles de Carlos, aunque sean inconexos, aunque sean oscuros, aunque sean a veces ficticios. Al principio tuve el propósito de ordenarlos y hasta de rehacer la historia de mi amigo. Por aquel tiempo tenía yo aún la curiosa opinión de que una vida es algo que puede ser ordenado, aclarado y completado. Por aquel tiempo creía todavía en las reconstrucciones, a pesar de conocer el desaliento de Lord Raleigh.
   Ahora soy más viejo, es decir más realista o más escéptico: sé ahora que la inconexión y la falta de sentido también forman parte de la realidad; sé, asimismo, que pretender reconstruir una vida es como pretender reconstruir un sueño con sus misteriosos escombros, con los restos de frisos soñados y las vagas columnas. La razón trata, vanamente, de realizar una arquitectura, pero ¡qué frágiles, qué pobres, qué groseras son sus reconstrucciones!
   Ahora sé que querer reconstruir a Carlos sería algo así como querer ver plenamente ese templo fantasma.
   Y Dios me libre de hacer una novela, con la trágica vida de mi amigo, porque eso sería peor que una traición.
   Mi tarea, pues, es muy modesta y muy sencilla: es la tarea de un albacea.

viernes, 1 de julio de 2011

PRENSA CULTURAL."Babelia". "Compromiso y contradicción", reportaje sobre Ernesto Sabato

Un rincón de la biblioteca de Ernesto Sabato.- DANIEL MORDZINSKI. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Compromiso y contradicción

RAQUEL GARZÓN 25/06/2011

   En sus textos de ficción latía siempre la fuerza de lo más oscuro del alma. Y su actitud ante la vida fue la de quien observa la existencia con aprensión, también con asombro.

   Ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué", afirma Juan Pablo Castel, el protagonista de El túnel, a poco de comenzar la primera novela del argentino Ernesto Sabato, escrita en el año 1948, cuya "sequedad e intensidad" admiraron a Albert Camus. Una línea justa para pintar el clima de los días que siguen a la muerte del 'Premio Cervantes' 1984, ocurrida el 30 de abril, poco antes de cumplir un siglo y de recibir los homenajes planeados para esa ocasión. Hay quienes dicen, no sin ironía, que morirse antes del centenario es el modo que escogió Sabato -famoso por su fatalismo y capaz de alabar un cuento de Abelardo Castillo con el adjetivo "espantoso"- para garantizarse sufrir hasta el final.
   ¿Qué será recordado? ¿Sus ficciones de índole metafísica, donde fuerzas oscuras luchan constantemente marcando el destino de los hombres y en las que las mujeres son seres tan perturbadores como fascinantes y dignos de desconfianza? ¿Sus ensayos celebrados por la izquierda (si hasta el Che Guevara declaró el impacto que había tenido en él Uno y el universo)? ¿Sus encendidas polémicas (con Borges, entre otros, al que acusó de frívolo)? ¿Su almuerzo con Videla, meses después del golpe de 1976 (comida a la que Borges también asistió), o su compromiso ético en 1984 como presidente de la comisión que investigó los crímenes de lesa humanidad de la última dictadura argentina? ¿El celoso control de su imagen en la prensa que lo llevó en alguna época a admitir que sólo se publicaran "entrevistas" en las que él escribía las preguntas y las respuestas o la generosidad con la que, ya consagrado, respondía a todo novel escritor que le enviara algunas líneas?
   Ernesto Sabato fue todo eso. Y también, un autor masivo que en 1967 agotaba en la Argentina reediciones de su segunda novela Sobre héroes y tumbas (1961), a razón de diez mil ejemplares cada tres meses, merced al combo compuesto por compromiso existencialista a nivel ético y renovación del realismo en la novela (un lugar que pelearía con Julio Cortázar, tras la publicación de Rayuela en 1963). Y hoy, un escritor publicado en 35 idiomas, incorporado recientemente a la serie 'Penguin Classics', reservada a los libros sin tiempo.
   Ernesto Sabato (Rojas, 1911-Santos Lugares, 2011) se hizo conocido para la literatura cuando un jurado integrado, entre otros, por Adolfo Bioy Casares le dio por unanimidad el primer premio de prosa de la ciudad de Buenos Aires a Uno y el universo (1945), su primer libro, que agrupaba reflexiones ordenadas alfabéticamente. "Es el documento de un tránsito y, en consecuencia, participa de la impureza y de la contradicción, que son los atributos del movimiento", escribía en las páginas iniciales de ese texto dedicado a Matilde Kusminsky-Richter, la mujer que había "raptado" cuando ella tenía 17 años, figura central en el mito Sabato, esposa y conjuro contra las depresiones, catalizador de su obra.
   Toda la trayectoria de Sabato puede verse como un intento por conciliar "la escisión entre el pensamiento mágico y el pensamiento lógico, entre el arte y la ciencia". Doctor en Física, había dejado en 1943 su oficio para dedicarse a la literatura. Atrás quedaban su militancia en el Partido Comunista y una beca otorgada en 1937 por Bernardo Houssay para investigar en París, ciudad en la que tomaría contacto con el surrealismo. Después del éxito de El túnel (que fue reeditado, agotando 20.000 ejemplares en una semana en la Argentina), siguieron los ensayos de Hombres y engranajes (1951), Heterodoxia (1953), El escritor y sus fantasmas (1963), entre otros. En 1974 publicó su última novela, Abaddón, el exterminador, que dos años después recibiría en Francia el premio al mejor libro extranjero.
   El avance de una ceguera paulatina, declarada en 1979, lo reencontró con la pintura, pasión de adolescencia. Ese mismo año, Sabato se entrevistó con delegados de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y se convirtió en objetor abierto de la dictadura militar. En 1984, ya en democracia, presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) y escribió el prólogo del Nunca Más, informe emitido por ese organismo, donde se afirmaba que durante la década de 1970 la Argentina vivió convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda. Sostuvo allí que las fuerzas armadas ejercieron "un terrorismo infinitamente peor que el combatido", pero instaló la controvertida "Teoría de los dos demonios", con ecos que se han hecho sentir incluso en su entierro, al que fueron muy pocos escritores. Elvira González Fraga, su última compañera, afirmó en una entrevista reciente que asistir "era políticamente incorrecto".
   Sus últimos libros fueron en clave confesional: Antes del fin (1998), suerte de autobiografía, La resistencia (2000) y España en los diarios de mi vejez (2004). Una tarde en Santos Lugares, dictó para el último: "Estoy alejándome de la vida. De esta vida. La miro con emoción como si ya estuviera fuera de mí. O más bien, como sentado en esas mesas de café que están en las veredas desde donde uno puede ver pasar a la gente, y oírlos hablar".

   Libros y versiones
   -Sabato escribió las novelas El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abbadón, el exterminador; así como los ensayos y memorias El escritor y sus fantasmas, La resistencia, Antes del fin España en los diarios de mi vejez.
   El propio autor reunió en Lo mejor de Ernesto Sabato, en 1989, fragmentos escogidos de estos escritos que ahora se reedita junto a El informe Sabato, que abrió las conclusiones de los crímenes de las juntas militares argentinas. Todos están publicados por Seix Barral y tienen ediciones de bolsillo en Austral. Alberto Breccia ha publicado en Astiberri una versión en cómic de Informe sobre ciegos, texto contenido en Sobre héroes y tumbas. Este ha aparecido a su vez editado como libro independiente por Backlist.

lunes, 27 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL."Babelia". "El camino de la soledad", reportaje de Juan Cruz sobre Ernesto Sabato

Ernesto Sabato fue un ejemplo de moralidad y una personalidad retraída que huía de la fama.- DANIEL MORDZINSKI. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
El camino de la soledad

JUAN CRUZ 25/06/2011

   Ayer hubiera cumplido cien años. Ernesto Sabato murió el pasado 30 de abril dejando tras de sí unos pocos, pero fundamentales, textos para la literatura en español. También el ejemplo de una postura moral y una personalidad retraída, lejos de las luces de la fama.

   Niebla en Buenos Aires la semana en que Ernesto Sabato hubiera cumplido cien años.
   A él le gustaban los días soleados. Le dijo un día a Elvira González Fraga: "¡Cómo te puede gustar el otoño!".
   Y, sin embargo, parecía que Sabato, el autor apesadumbrado de Sobre héroes y tumbas, era, iba a ser, un hombre para el otoño, o para el más oscuro invierno. Para los días grises que hay ahora sobre Buenos Aires, donde murió poco antes de ser centenario, el último 30 de abril.
   Un hombre de otoño, o de invierno. En su autobiografía, Antes del fin, que apareció a finales de los años ochenta, Ernesto Sabato escribió: "De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: 'Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
   ¿Era, tan solo, ese ser de otoño? No, ni mucho menos. Elvira, que lo conoció en 1962 y que luego tomó contacto más continuado con él a partir de 1982, hasta que se convirtió en su compañera infatigable, tiene esa imagen del hombre apesadumbrado, pero también la evidencia de que Sabato apostaba por la vida, "disfrutaba de los gozos pequeños, aunque hubiera sombras grandes".
   Pero en los libros, en las apariciones públicas, en lo que la gente veía del Sabato público persiste esa imagen del hombre verdaderamente abrumado por el desastre del mundo, que él abordó en sus libros, en sus discursos y en sus cuadros. Dejó de escribir, y empezó a dictar, en torno a 2004, aunque dejó de publicar novelas a partir de Abaddón el exterminador, que apareció en 1974, y ya no pintó más desde 2008, dos años antes de su muerte.
   Hay un momento preciso en que dejó de sentirse capaz de competir, desde su edad, con los que eran más jóvenes. Fue en Lanzarote, adonde fue a visitar, con Elvira, a sus amigos José Saramago y Pilar del Río, en 2002, en uno de sus más largos viajes por España. Vio entonces a Saramago en plenitud, y él mismo se vio disminuido, acariciado ya por las temibles heridas de la edad. Desde ese momento ya Sabato dejó de ser para sí mismo el que había sido. Ya estaba junto a un muro sin puerta, verdaderamente.
   Aun así, siguió pidiendo colores, y Elvira se los siguió dando, para pintar, que fue la ocupación más duradera entre las que animaron su vida. "Él apretaba el tubo de pintura, y que saliera el color ya era para él una fiesta". Siguió buscando lectura, y ella le leyó, "sin que él me lo pidiera", libros suyos, El túnel, Sobre héroes y tumbas, pero también algunos textos de sus autores favoritos: Juan Rulfo, Flaubert, Kafka, Stendhal, Dostoievski... En un tiempo había descubierto la actuación como una de las bellas artes que le animaban, "y hacía un espléndido Pedro Páramo, bordaba esa obra de Rulfo, le gustaba decirla, era Pedro Páramo en persona, brutal, no te lo podés creer...". Y hacía también de borracho, "hacía de Quijote, y de Sancho... Le fascinaba el final del Quijote, cuando Sancho Panza le explica al caballero que todo aquello por lo que luchaba no era la utopía sino la realidad".
   Y cuando ella le leía sus textos ¿qué pasaba? "Ah, se quedaba mirando, pensativo, mirando hacia la nada. Era la actitud de un chico extasiado ante un pensamiento que no dominaba, o quizá tenía el semblante de un herido de guerra".
   Un hombre acosado que tenía miedo de su propia alegría. Su padre era descendiente de montañeses sicilianos, "acostumbrados", como explicaba el propio Sabato en sus memorias, "a las asperezas de la vida; en cambio mi madre, que pertenecía a una antigua familia albanesa debió soportar las carencias con dignidad". Por decirlo rápido, esa procedencia educó a Sabato en la aspereza y en el rigor. Cuenta Elvira que cuando su novela más celebrada, Sobre héroes y tumbas, apareció en la lengua de los ancestros de su madre, el entonces joven novelista fue con la edición reciente a la casa de los padres. La madre apartó el libro escrito en albanés y pasó a hablarle de los problemas de sus tíos. Y, antes, cuando regresaba del colegio con notas sobresalientes, aquel padre de ascendencia siciliana firmaba sin ver el resultado del esfuerzo de Ernesto.
   Matilde Kusminsky-Richter, la esposa de Sabato, madre de sus hijos Jorge (que fue ministro de Educación de Alfonsín, y murió en accidente en 1995) y Mario, cineasta, escribió una vez en una carta al escritor Carlos Catania, que la colocó en la introducción de su libro de conversaciones con Ernesto: "... Sabato es un hombre terriblemente conflictuado, inestable, depresivo, con una lúcida conciencia de su valer, influenciable ante lo negativo y tan ansioso de ternura y de cariño como podría serlo un niño abandonado. Esta necesidad casi patológica de ternura hace que comprenda y sienta de tal manera a los desvalidos y desamparados".
   En sus libros autobiográficos, incluido el último, España en los diarios de mi vejez, que apareció en 2004, el propio Sabato avala lo que Matilde escribe a continuación en esa carta a Catania: "Pero también -y debo subrayar que cada vez menos- es arbitrario y violento, y hasta agresivo, aunque creo que estos defectos son producto de su impaciencia (...). Para escribir, para liberarse de sus obsesiones y traumas necesita verse rodeado de un muro de cariño, de comprensión y de ternura (...) ha sido desde niño un alma meditativa, un artista".
   Tenía, en efecto, "un interior melancólico, pero al mismo tiempo rebelde y tumultuoso". Aflora esa intimidad en sus novelas, y en el espacio público; pero en la intimidad adoraba la música, la perfección de la belleza, el vino, las comidas contundentes a las que al final tuvo que renunciar para poder luchar por la vida, que se le prolongó casi hasta los cien años. Pero en ningún momento renunció a ese sentimiento de urgencia imperativa con la que se condujo ante el arte y ante la vida. "Todo debía ser urgente", cuenta Elvira, "hasta un vaso de vino. ¡Alcánzame un vaso de vino, es urgente!".
   Como un niño junto a un muro sin puerta. Escribió Sabato: "La educación que recibimos (él era el décimo de once hermanos) dejó huellas tristes y perdurables en mi espíritu (...) La severidad de mi padre, en ocasiones terrible, motivó, en buena medida, esa nota de fondo de mi espíritu, tan propenso a la tristeza y a la melancolía". Pero, como el padre, "debajo de la aspereza en el trato" Sabato mostraba "un corazón cándido y generoso".
   Que afloraba cuando no había escritores alrededor. Se distanció de Jorge Luis Borges por motivos políticos (y bien que lo sintió Sabato, dice en sus memorias), pero volvieron a verse, esporádicamente, con distancia, e incluso compartieron un libro de conversaciones; y fue amigo hasta la muerte de José Saramago, que viajó "como en peregrinación" a Santos Lugares, la casa de Ernesto, y este fue con Elvira a verles a Pilar y a José en Lanzarote... Pero sus afinidades literarias eran clásicas y del pasado, y la vida no lo llevó por saraos o ferias. Su sentimiento de urgencia no lo convertían en un asistente cómodo a los festejos.
   Pero sí se sentía cómodo en los pueblos o en su propia soledad, ante la pintura, con la música. Un día fue a Londres, una ciudad de Catamarca fundada en 1500. ¿Cómo puede llamarse Londres un sitio como este, que tiene su propia personalidad?, preguntó Sabato a un campesino que desconocía la existencia de Inglaterra. "¿Sabe usted, don Ernesto, de algún otro sitio donde haya londrinos?".
   La vida literaria fue su objetivo pero también su horror, la buscó y huyó de ella con las mismas pasiones, a veces autodestructivas. ¿Quemó libros? Por lo menos, los descartó, no los hizo publicar, los quemó, pues, en cierto modo. Dejó de escribir novelas cuando su obra Abaddón el exterminador fue recibida con desdén por la crítica. Y el retraimiento lo hizo un hombre feliz con poco, y por tanto huraño con muchos. Le fascinaban las multitudes que le aclamaban (en España, por ejemplo) cuando ya era un mito artístico y político, sobre todo a raíz de su trabajo civil al frente de la comisión que estudió el horror con que los militares argentinos sometieron a este pueblo a un cruento e inolvidable invierno. Pero nunca recuperó la ilusión por el proyecto literario.
   Elvira González Fraga dice que era un hombre de proyectos, los buscaba; estar con jóvenes, ayudarles a salir adelante desde la Fundación que ella dirige. Ese era un afán. ¿Los otros? Seguir viviendo. Nunca se dio por vencido, ni cuando empezó a padecer la afasia que le dejó sin habla dos años antes de morir. Sin habla pero con conciencia. Un día le pusieron las imágenes de Haití, aquel horror. Y él asistió desde su butaca inmóvil, con sus ojos asustados, como si tuviera urgencia por reclamar ayuda ante el desastre.
   ¿Era un hombre apesadumbrado? Sí, pero ese no era el único Sabato. "Él sentía que todo el mundo debía estar abrumado por lo que ocurría en la vida. Pero no estaba tan solo triste. Le gustaba la vida", dice Elvira, "y lo que más le gustaba era sentirse en su surco, feliz consigo mismo, y hablando con gente como aquella de Londres".
   Él terminó la parte más rabiosamente autobiográfica de Antes del fin con estas palabras: "Quienes han unido a su actitud combatiente una grave preocupación espiritual; y, en la búsqueda desesperada del sentido, han creado obras cuya desnudez y desgarro es lo que siempre imaginé como única expresión para la verdad".
   Fue su pasión, conseguir eso. Y aunque parecía un hombre llorando junto a un muro, la vida era su proyecto. Su amigo canario Óscar Domínguez le habló en el París surrealista del suicidio, cuando Sabato aun no había escrito Sobre héroes y tumbas. Y Ernesto le respondió a Óscar, que finalmente se suicidó: "No, Óscar, tengo otros proyectos".
   Ese Sabato de los otros proyectos era el que se encerraba en su casa a escribir, a pintar, a escuchar música y a esperar que se fuera el otoño, esa estación triste que se parece más al semblante de un niño junto a un muro sin puerta que al proyecto que animaba al hombre que aquel niño hubiera querido ser.
   Todos los libros citados de Sabato en este reportaje han sido publicados por Seix Barral.

   Capítulos e ideas
   Sabato quería que sus novelas tuvieran un aire sinfónico. Y cuando no lograba ese propósito las dejaba a un lado. ¿Las quemaba? Las descartaba al menos, dice Elvira González Fraga, su compañera de tantos años, a quien le regaló algunas partes de La fuente muda. "Él tenía mucho sentido musical y sus libros fueron sinfonías que él me explicaba muy detenidamente. Él introdujo 'Informe sobre ciegos' en Sobre héroes y tumbas porque precisaba ese ritmo para alcanzar lo que él creía que era el esplendor sinfónico". La fuente muda debe su título a un verso de Antonio Machado. "Y yo no la vi quemar; en realidad, yo no vi quemar ninguno de sus libros. Como todos los que escribió, esta novela le llevó a hacer un trabajo previo muy grande, pero si no alcanzaba esa perfección que buscaba las dejaba ahí, no las seguía".
   Escribió Sabato en Antes del fin: "Por mi propensión a las llamas, hubo veces en las que me arrepentí; obras que hoy recuerdo con nostalgia, como El hombre de los pájaros y la novela que escribí durante mi periodo surrealista, La fuente muda, título que tomé de un verso de Antonio Machado, y de la que sobreviven pocos capítulos y algunas ideas. Quienes conocen mis reticencias y contradicciones saben lo difícil que es soportarme en cualquier empresa. Así lo sufrieron todos los que, desde distintas partes del mundo, me han solicitado autorización para trabajar en mis novelas.

lunes, 16 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "parábola del desconsuelo", por Jordi Gracia. (Sobre Ernesto Sabato)

Ernesto Sabato

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Parábola del desconsuelo

JORDI GRACIA 07/05/2011

   Quizá menos que los oscuros cristales de las gafas, lo que da la personalidad secreta de Ernesto Sabato (nacido en Buenos Aires en 1911 y fallecido el pasado sábado a los 99 años, en Santos Lugares, Argentina) estuvo en sus raras fugas sarcásticas: de muy mayor ya, ponderó más de una vez el incremento del humor y de la risa a medida que se acercaba la muerte. Le encaja ese sarcasmo amargo mucho mejor que ninguna otra metáfora lúgubre.
   Pero quizá esconde todavía alguna verdad más: sus tres grandes novelas, El túnel, Sobre héroes y tumbas y en particular la formidable Abaddon, el exterminador, contienen esa dilatada mueca amarga de quien ya no espera nada porque la literatura ha revelado su impotencia última para comprender. El ansia de explicar la brutalidad y el sadismo, la fantasía insoportablemente cruel y el lado oscuro del placer y la sexualidad fueron ámbitos de su exploración literaria, precisamente para que la literatura las conjurase. Y no lo hizo: la literatura funcionó como una potente máquina higiénica y paliativa, pero sólo transitoria: "Mi inconsciencia se fue limpiando con las ficciones" para restituir el equilibrio, como pensaba que le sucedió a Antonin Artaud. Sin la escritura hubiese enloquecido, explicó más de una vez, y por eso creyó en el surrealismo en su juventud como auténtico terrorismo necesario antes de cualquier reconstrucción humana, y por eso entendió la novela de algunos grandes maestros como un apasionado combate contra las neurosis destructivas.
   Incluso les recomendó probarla, como hizo con Cioran: "Su dolor metafísico se habría aliviado si hubiese podido escribir ficciones". Era imposible pedirle al fascinado lector de Dostoievski que además leyese a Borges como un revolucionario precoz y no como un mero estilista, que es casi donde lo dejó en un libro plagado de apuntes vigentes, como es El escritor y sus fantasmas. Nada tiene de casual tampoco que los primeros libros de Sabato, aparte de El túnel, discurriesen por la observación filosófica, el aforismo seco, la nota de diario y la nota estrangulada de dolor, como en Uno y el universo, en Hombres y engranajes o en Heterodoxia (incluidas las notas para poner los pelos de punta sobre la mujer y su inferioridad esencial).
   Desertó de la literatura mientras escribía todavía literatura, despidiéndose en el Abaddon y desdoblándose como personaje y autor con su propio nombre. La esperanza explícita en el "sentido trascendente" y la "desesperada búsqueda de la verdad" (frustrada) lo condujeron al fatalismo irracionalista de lo esotérico y lo sobrenatural, como ha analizado recientemente Pablo Sánchez en su ensayo sobre Sabato, El método y la sospecha. Y de ahí a dejar de escribir, apenas quedaba ya nada: del desconsuelo de la racionalidad ilustrada al consuelo expectante de la divinidad. Y pese a eso en un libro ya epigonal, como Antes del fin, supimos algunas de las razones secretas de su tormento: el pánico fundado al padre, la combustión incendiaria de su imaginación, la necesidad íntima de pacificar el tráfico interior de fantasmas y demonios.
   Hasta los treinta años había luchado con la tentación de explicar racionalmente el mundo y sus "repugnantes relatividades"; desde entonces trató de conjurar lo irracional a través de la novela; tras esa precaria conquista insuficiente, prefirió el pensamiento mágico como curación metafísica y religiosa. Pero él no se quedó ciego y luchó por la justicia de tejas abajo al asumir entre 1983-1984 el compromiso histórico y político de encabezar el informe sobre la dictadura argentina Nunca más (el mismo año que obtiene el 'Premio Cervantes'). Y ahí sí está el origen de todo, aunque parezca el final: en la hegemonía del dolor y lo inhumano, y ahí está también la razón de una militancia comunista atípica en su juventud, pero tan lúcida y conmovida como para saber en 1947 que las cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci retrataban a "uno de los más puros héroes civiles" de Italia. Y ya no dejó de soñar con héroes que apagasen el infierno.

   Jordi Gracia (Barcelona, 1965) ha publicado recientemente, junto con Domingo Ródenas, Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010 (Crítica. Barcelona, 2011 XVI + 1.184 páginas. 39,50 euros), perteneciente a la Historia de la literatura española dirigida por José-Carlos Mainer.

viernes, 13 de mayo de 2011

PRENSA. "Ese triste privilegio argentino", por Juan Cruz. (Sobre Ernesto Sabato)

Ernesto Sabato
   En "El País":
Ese "triste privilegio argentino"

JUAN CRUZ 06/05/2011

   En la entrega de los legajos más tristes de Argentina, el informe sobre la mortífera acción de la dictadura, Ernesto Sabato le dice a Raúl Alfonsín que ese periodo sobre el que arrojó su mirada ya incierta y espantada había dado de sí ese término, "desaparecidos", que ahora circulaba por todo el mundo como un "triste privilegio argentino".
   Ese momento, en el que él describe con esa contradicción, "triste privilegio", marcaría para siempre la frente de Sabato, la de su pasado como escritor de ficciones y la de su futuro como hombre público. Pues ya dejaría de ser, precisamente a causa de esa imagen, el autor de Sobre héroes y tumbas para ser, casi siempre, el autor de ese prólogo espantado que luego los que rehacen la historia terminarían rehaciendo a su modo.
   Ernesto Sabato quiso esa imagen, y esa imagen ya iba a ser su imagen para siempre, en vida, en la débil trayectoria de sus últimos años, postrado en Santos Lugares, a la espera del final del túnel del que hizo metáfora y sugerencia. Pero él lo quiso, era su compromiso con la historia y con su país atravesado por el triste privilegio de la desdicha, ese perro que nos persigue. Su trabajo en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Conadep, no fue una labor tortuosa sino en lo que significaba; lo hizo como un patriota, dejó ahí su energía, a favor de su país, para reconstruir una historia triste (esa es la palabra) de la que había nacido el triste privilegio de ser el lugar común en el que se pone nombre a una figura que ya ronda la cabeza de la historia universal de la infamia: los desaparecidos.
   Esa imagen, pues, no interrumpió a Sabato, lo rehízo como hombre, le dio un lugar distinto en el mundo, lo desplazó hacia sí mismo porque le hundió en el alma una convicción de la que ya había de estar constituida su mente. Pasara lo que pasara ya iba a haber dos Sabato, el que firmó aquel prólogo y el que firmó sus libros, los que tenía hasta entonces, que son los más importantes que hizo nunca.
   Como escritor existencialista y pesimista que fue nunca hubiera sido capaz de imaginar alimentos tan horribles de la realidad o de la imaginación como los que vio en esos legajos que Videla y los suyos dejaron para que fueran triste privilegio de los argentinos (y no solo de los argentinos). Así que su obra, en su mente y en el conocimiento universal de su figura, pasaría a segundo plano, porque la realidad que él describió superaba cualquier otro adjetivo de la imaginación.
   Ese fue un drama para Sabato que él aceptó con gallardía, a pesar de que en algún momento le empezó a pesar demasiado. Horacio Salas ha escrito en Clarín que muchas veces Sabato dijo, en un viaje a Europa posterior a la presentación de aquel informe a la patria en la persona de Alfonsín, que hubiera preferido ser conocido por su obra. Pero así son las cosas, la historia las va empujando, y las obras son una pavesa de la que la gente se olvida. ¿Cuántos no olvidan La náusea de su admirado Sartre o El extranjero de su admirado Camus para acordarse solo de las posiciones civiles que mantuvieron ambos titanes de la imaginación existencialista?
   Un día, después de ese viaje europeo y por tanto de esa presentación histórica del estudio sobre la ignominia que no quedó impune, Sabato vino a Madrid, en ese momento proveniente de Alicante, donde recibió uno de esos múltiples homenajes que se acentuaron precisamente después de esa comparecencia ante Alfonsín. Le fui a recoger al aeropuerto y le llevé hasta la sede de la Embajada argentina, en la que entonces era viejo y destartalado hasta el inmenso alfombrón sobre el que descansaban nuestros pies. Estábamos sentados en aquella atmósfera otoñal, como la de la Argentina que habían dejado los militares, cuando Sabato se levantó súbitamente y me pidió que le acompañara hasta el jardincillo contiguo, "pues tengo que consultarle algo muy privado".
   Imaginé que entonces Sabato creería que aún habría micrófonos delatores dejados allí por antiguos moradores militaristas; pero no. En realidad quería preguntarme, y así lo hizo, "¿por qué me odia Rafael Conte?".
   Rafael Conte era el crítico literario de EL PAÍS, que esa mañana había escrito, me informaba el propio Sabato, "un artículo sobre escritores argentinos, y no me cita". ¿Por qué me odia Rafael Conte?, me preguntó.
   Como yo mismo había leído el artículo le pude responder en seguida: "Porque trata de escritores muertos, don Ernesto".
   Sabato se tranquilizó de inmediato. Pero la anécdota se me quedó. Y ahora ha resurgido en mi memoria como un dato periférico que tiene que ver con esa ansiedad con la que Sabato fue viendo que su obra se iba en el viaje literario del olvido para dar paso a otro personaje, que era el hombre que le había puesto nombres y adjetivos ("el triste privilegio argentino") al periodo más ominoso de la historia de su país. Él quería ser el Sabato de sus obras (no solo, quizá, pero sí sobre todo). Ahora que ha muerto y quedan sus obras, aunque quede sin duda la crónica de su espanto, vendría bien recordar que el viejo Sabato que reclamaba atención para sus libros tenía razones de peso para lamentar que se le leyera como si fuera tan solo un hombre con una dolorida, justa, inolvidable pancarta: nunca más aquel triste privilegio argentino.

domingo, 8 de mayo de 2011

PRENSA. Ernesto Sábato, en el recuerdo (7). "Sábato según Sábato"

Ernesto Sábato

   En "Público":
Sábato según Sábato

J.R. 1 mayo 2011

   A comienzos del nuevo siglo, Ernesto Sábato realizó una serie de viajes por España, que incluía visitas a Madrid, Sevilla, Santiago de Compostela o Alicante, y durante las cuales el escritor vertió sus reflexiones en una serie de apuntes la mayoría dictados a su compañera Elvira González Fraga. En 2004, la editorial Seix Barral los reunió y publicó bajo el título España en los diarios de mi vejez, "parece ser un escrito a mitad de camino entre la ficción y el ensayo". "Creo haber expresado algo de lo que siente un hombre al inminente borde de la muerte", dejó escrito en el prólogo.

La nostalgia
   "La nostalgia es una añoranza, una memoria de los sentimientos inarrancable, que existe en toda vida [...] Yo nunca pude calmar mi nostalgia, domesticarla, diciéndome que aquella armonía fue un tiempo en la infancia; ojalá hubiera sido, pero no. Fui un chico hipersensible, ya lo dije, proclive a los temores, a la incertidumbre. De modo que la nostalgia es para mí una añoranza jamás cumplida, el lugar al que nunca he podido llegar".

Los autores del 'boom'
   "Hubo gran literatura antes del boom. Digamos Borges, para poner un ejemplo notable e ilustre, era ya famoso cuando yo era un muchacho, en 1944 [...]. Hay muchos y grandes escritores que son anteriores a ese promocionado boom o son contemporáneos sin pertenecer al grupo, es el caso de Guimaráes Rosa en el Brasil, de Onetti en el Uruguay, de Carpentier en Cuba, de Rulfo en México. Y si se me permite, el caso mío, ya que El túnel apareció en 1948, y tuvo muchísimas traducciones".

En España
   "Ayer por la tarde, después de volver a corregir una de las conferencias, caminamos unas cuadras y ya con frío entramos a un bar del viejo Madrid. No más pasar la puerta me ensordece el alegre griterío, el humo y las risas que rebasan el local [...]. Lo primero que sorprende es ver en las mesas a familias enteras, algo impensable en Buenos Aires. Hay abuelos, hijos jóvenes, nietos, sin problemas generacionales ni historias. Todos hablan a la vez y a gritos. Los miro y más me doy cuenta de que están todos de fiesta, que la vida es para ellos una fiesta [...]. Y me río al pensarlo, tan distintos de mí, ¡tan distintos de mi educación severa! ¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a hablar y reír sin reparos delante de nuestro padre?".

En el Prado
   "El Goya oscuro, el feroz, el desgarrador Goya me sigue deslumbrando. Y también El Bosco. Cuánta incomprensión habrán sufrido estos creadores geniales en su época. Uno, por advertir los monstruos terribles que ocultaba en su vientre la diosa razón, con sus toros y aquelarres. El otro, con sus seres híbridos y deformes, anunciando las desgracias de un mundo que se mueve compulsivamente tras la riqueza y los bajos placeres. Reyes a caballo junto a fieras mitad humanas, junto a minúsculas escenas de matanzas y sacrificios. Aquellos símbolos habrán sido considerados esquivos y desafiantes en su tiempo. Hoy se nos aparecen con toda lucidez, como trágico acabamiento de un modo de vivir y concebir la existencia".

El don de escribir
   "La vida me ha ido quitando posibilidades que antes fueron mías, y parece como si a cambio me estuviera dejando el escribir como un último don. Cuando las pérdidas parecen cubrirme los ojos, escribir y pintar me renacen. Escribir como lo último que me va quedando. También los afectos. Siempre".

La industria editorial
   "La filosofía mercantilista que desde hace mucho tiempo viene rigiendo la cultura ha convertido a las grandes casas editoras en expendedoras de best sellers previsibles, prefabricados sobre un riguroso estudio de mercado. Para ello se cuenta con estrategias que van desde los más sutiles recursos publicitarios al arancelamiento de críticos especializados, encargados de convencer a los lectores de que el libro que ellos están deseando es aquel que hallarán en el sector de «Novedades», y que en rigor debería llamarse «Fugacidades», porque no suele ser otro el destino de esa clase de literatura. [...] Cada vez son menos quienes se arriesgan por la verdadera literatura [...]. Tengo un reconocimiento real por esas pequeñas editoriales, y una verdadera nostalgia por las modestas librerías que eran atendidas por hombres enamorados de su oficio".

Ética y utopía
   "Nuestra sociedad se ha visto hasta tal punto golpeada por la injusticia y el dolor; su espíritu ha sido corroído de tal manera por la impunidad que rodea los ámbitos del poder, que se vuelve casi imprescindible la transmisión de nuevos valores a las jóvenes generaciones. ¿Y cómo vamos a poder transmitir los grandes valores a nuestros hijos, si, en el grosero cambalache en que vivimos, ya no se distingue si alguien es reconocido por héroe o por criminal? Y no piensen que exagero. ¿Acaso no es un crimen que a millones de personas en la pobreza se les quite lo poco que les corresponde?"
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   "La convicción de que otro mundo es posible es condición para poder acercarse a los límites del sufrimiento humano. Que es posible que otro mundo pueda surgir entre los hombres, por utópico que nos parezca. Sin esta fe en otro mundo posible, humano, más justo, más fraternal, no podremos resistir. Sin esta convicción nos entregaríamos a salvaciones individuales, algo aberrante y además inútil [...]. Para poder luchar, aunque no veamos el horizonte, tenemos que creer en él".

La muerte
   "Estoy alejándome de la vida. De esta vida. La miro con emoción como si ya estuviera fuera de mí".

sábado, 7 de mayo de 2011

PRENSA. Ernesto Sábato, en el recuerdo (6). Comentarios de otros autores.

Ernesto Sábato

   En "Público":

1. JOSÉ SARAMAGO: "Entendió que la novela podía ser ese lugar donde todo confluye para que el mundo sea entendido".

2. CLAUDIO MAGRIS: "Sus obras son luz y tinieblas. Saber unir la aventura de la vida con el juicio, el compromiso, la moral".

3. FÉLIX GRANDE: "Sabato ayuda a que las palabras caminen arrodilladamente, para que les veamos la sangre de la especie".

4. PERE GIMFERRER: "'La poesía debe tener como objeto la verdad práctica'. Este es el legado supremo de un escritor como Sabato".

5. RAFAEL ARGULLOL: "No ha rehuido los desafíos éticos de nuestro tiempo, se ha comprometido, en el sentido más noble".

6. FANNY RUBIO: "Ha escrito una obra monumental tras un periplo por el mundo de la ciencia, la física y la matemática".

viernes, 6 de mayo de 2011

PRENSA. Ernesto Sábato, en el recuerdo (5). "El escritor y su conducta", por Félix Grande

Ernesto Sábato

   En "El País":
El escritor y su conducta

FÉLIX GRANDE 01/05/2011

   Ha vivido casi cien años. Su muerte no es una sorpresa. Pero sí una desgracia. No despedimos sólo al autor de algunas novelas memorables. Despedimos también a un creador de conciencia. En este instante es justo y quizá obligatorio que recordemos que todos los grandes escritores llamaron a la puerta de la conciencia de sus contemporáneos urgidos por la indignación y la piedad. Desde los griegos más remotos y permanentes hasta quien ahora mismo se conmueve en su muerte ante nuestra orfandad, todos esos maestros sin cuyos cuencos de conducta no seríamos ni siquiera aprendices en la asignatura de la expresión y de la dignidad, no trabajaron para ser inmortales, ni siquiera famosos, ni siquiera aplaudidos: vivieron y sufrieron para que sus contemporáneos les oyesen decir a gritos que la vida es sagrada, que la injustita es una errata abominable, que la mentira es una afrenta, y que usar las palabras para manipular a las conciencias es un delito que no tiene perdón.
   Ernesto Sabato comenzó siendo un gran discípulo de los creadores de la rectitud, la indignación y la misericordia y enseguida alcanzó a ser, con todos ellos, esa mirada de coraje y decencia que nos vigila, nos acompaña y nos muestra el camino del oficio de hablar. Hablar es un don, pero puede ser una estafa, escribir es un compromiso, y también puede ser un fraude. Sabato siempre supo que el don de las palabras hay que pagarlo con la pesadumbre de sabernos finitos, con la piedad que nos aguarda en los sufrimientos colectivos y con la cólera civil. Ser discípulos de Ernesto Sabato fue un privilegio, pero un privilegio angustioso: con la mano sobre sus libros ya no podíamos consentirnos mentir ni transigir, ni ser cobardes. Ser aprendices de su tumulto de conducta, ¿qué nos podía costar? Ese temor fue su lección más honda. Ahora, al ladito de su cadáver, nuestra memoria dibuja su retrato: recordemos quién era. Fue un hombre que no desconoció el infortunio de ser odiado y calumniado. No sólo a causa de la envidia que sus grandes novelas y sus meditaciones morales y tenaces provocaron en gentes abrazadas a su propia disminución, sino también y sobre todo porque la claridad de su coraje y el coraje de su transparencia moral era un espejo en el que todo escritor contemplaba su propio rostro... Me apena hablar de esto, y me da asco. Sólo unas palabras más para despedirlo en el día de su muerte: si alguna vez, en un instante oscuro y deshonesto, olvidamos que el escritor Ernesto Sabato no retrocedió nunca en su tarea de contribuir a la construcción de la libertad americana, ni siquiera cuando a causa de esa tarea era amenazado de muerte, si algún día ese olvido nos emborrona la memoria, que se nos seque la lengua, que las palabras huyan de nosotros, que todos los maestros de la conciencia de la historia de la literatura se nos vuelvan de espaldas y se alejen llorando de vergüenza.

   -"Cuando la angustia de los hombres de mi patria hace insoportables las horas, vuelvo a aquel gran país de mi juventud busco un hilo que pudiera hacer comprensible tanto dolor". España en los diarios de mi vejez.

PRENSA. 6 mayo 2011

   En "El País":

1. Pedro y Nopedro. Columna de Juan José Millás.

2. Los que miran. Por David Trueba.

3. El papel ha muerto... ¡viva el papel! Reportaje de Íker Seisdedos. El Prado saca a la luz en 'No solo Goya' sus últimas adquisiciones de obra gráfica - El catálogo de la muestra es el primero editado en formato electrónico.

4. "El hombre moderno pisa hoy el suelo de la incertidumbre". Entrevista al escritor José María Guelbenzu. Por Ana Marcos.

5. Las grandes ciudades se suben a la bicicleta. Reportaje de Cristina Vázquez. Más de 100 ciudades españolas tienen ya servicios públicos de préstamo - Falta conciliar su tránsito con el de los coches y con los peatones - Tráfico prevé declarar este transporte "preferente".

6. Lo que yo creo: una ética de izquierda. Artículo de Jean Daniel, director de "Le Nouvel Observateur". Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

7. Ese "triste privilegio argentino". Artículo de Juan Cruz sobre Ernesto Sabato.

8. No necesitamos todas las energías en el 'mix'. Artículo de Domingo Jiménez Beltrán y Sergio de Otto, patronos de la 'Fundación Renovables'. Las renovables son las únicas que pueden calificarse de sostenibles: no trasladan costes ni riesgos contaminantes al futuro, reducen la emisión de gases de efecto invernadero y mitigan el cambio climático.

9. Anestesia moral. Por José Ignacio Torreblanca. Sobre la muerte de Bin Laden. Europa, España, no están en "guerra contra el terror", sino en "lucha contra el terrorismo".

jueves, 5 de mayo de 2011

PRENSA. Ernesto Sábato, en el recuerdo (4). "Los claroscuros del túnel", por Jorge Fernández Díaz

Ernesto Sábato

   En "El País":
Los claroscuros del túnel

JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ 01/05/2011

   Un extraño ostracismo rodeó los años finales de Ernesto Sabato. Ese aislamiento silencioso que vivió en su mítica casa de Santos Lugares, donde hoy lo velan con escasas fanfarrias oficiales y débiles efusiones literarias, ese crepúsculo que puede parecer un autoexilio voluntario y a la vez obligado, se debe a varias razones, algunas de ellas todavía borrosas. La Historia no ha dictado aún su veredicto.
   Digamos, en principio, que por lo que dicen sus amigos un lento declinar de la memoria y de la mente, producto de su larga vejez, lo fue reduciendo a los confines de esa casa. No conozco los detalles, pero puedo imaginarme a un anciano vagando por el laberinto neblinoso del ocaso.
   Luego está la literatura. Recordemos que Sabato fue elogiado por Camus, que recibió el 'Premio Cervantes', y que en algún tiempo la crítica especializada de los principales diarios del mundo lo equiparaban a Borges y lo exaltaban sin desmayos. Lo curioso es que ese prestigio literario se fue desgajando a lo largo de las últimas décadas, y que pocos escritores de primera línea (Magris, Saramago) son capaces hoy no solo de declararse deudores de sus novelas sino de reivindicar lisa y llanamente su prosa. Sus colegas aseguran en voz baja, para ser piadosos con el venerable narrador, que los libros de Sabato no resisten una lectura actual, y que su fama fue una moda, y que fue conseguida a base de apariciones públicas y de cumplir el rol del "escritor comprometido con su tiempo".
   Este último aspecto fue particularmente repudiado, y no sólo por quienes sostienen que un escritor debe hablar solo a través de su obra como un juez sólo debe hablar a través de sus fallos y sentencias. También fue criticada de manera implícita su participación en la CONADEP por parte de sectores vinculados al gobierno argentino, que mandó escribir recientemente un nuevo prólogo del Nunca más. Sabato fue, como se sabe, una de las personas decisivas en la confección de ese documento extraordinario donde se narran los horrores de la última dictadura militar, y el redactor último del primer prólogo, donde no sólo se señalan los crímenes de lesa humanidad que habían cometido los militares: también se alude allí a los atentados y asesinatos perversos que llevaron a cabo las organizaciones armadas de izquierda durante la democracia. Este último renglón les parece ofensivo a muchos dirigentes kirchneristas puesto que esa inclusión en el Nunca más estaría equiparando a un demonio con otro, colocando en un mismo nivel dos formas de violencia política, y nada es más grave que utilizar al Estado para hacer terrorismo. El kirchnerismo ha conseguido la ferviente adhesión de las élites universitarias, de modo que imaginarán ustedes cómo también este asunto polémico impactó negativamente en la figura de Sabato, quien para ser justos jamás dijo que ERP y Montoneros eran tan culpables como los jerarcas de la dictadura.
   Creo que nada tuvo mayor influencia en el descrédito literario de Sabato que los jocosos y despectivos comentarios que le prodigaron Borges y Bioy Casares a lo largo de toda su vida. El monumental Borges de Bioy, donde se reproducen los crueles y deliciosos diarios íntimos del autor de La invención de Morel, hizo público lo privado y allí quedaron por escrito muchas diatribas contra Sabato. Abundan en ése y en otros libros de entrevistas y misceláneas decenas de anécdotas lapidarias sobre don Ernesto, que aparece en muchas ocasiones ridiculizado por su literatura y por su vanidad. Borges ha sido un enemigo íntimo y soterrado de Sabato, a pesar de que juntos dialogaron en un libro excelso que merecería una atenta relectura. Pero la prédica irónica de Borges percutió gravemente la estatura del autor de Uno y el universo. La opinión borgiana quedó así de alguna manera constituida como la versión oficial sobre la obra de Sabato.
   ¿Quién soy yo entonces para refutar a Borges? Nadie. La verdad es que no he abierto un libro de Sabato en 30 años. Recuerdo hoy, sin embargo, vivamente cómo me comía las uñas leyendo El túnel, sintiendo en mi adolescencia aquellos mismos celos enfermizos de su protagonista. Y luego un verano bochornoso en el que sentía frío al bajar con Fernando Vidal Olmos a las catacumbas de la ciudad para desentrañar la conspiración de los ciegos, en Sobre héroes y tumbas. Incluso recuerdo momentos felices en ese libro enorme e inclasificable que fue Abaddon el exterminador.
   No sé cuál será el veredicto final de la Historia. Sólo sé que ese pequeño gran hombre que acaba de morir es parte de la patria de quienes soñamos aquel sueño.
   Jorge Fernández Díaz es periodista y escritor argentino. Autor de Mamá y La logia de Cádiz.

   "Escribir me producía dolores de estómago".
   -Usted ha dicho (...) que escribir le resulta una condena. ¿Qué siente al comenzar una novela?
   -Que mi proyecto está condenado al fracaso, de que mi tentativa es ilusoria y demencial.
   -Para algunos escritores es un juego divertido.
   -No para mí. Me ha resultado terriblemente difícil terminar mis obras, un sufrimiento casi continuo, no solo en el sentido espiritual sino físico. Además de la inseguridad, el desaliento, la irritación por los pobres resultados que van saliendo, la indecisión, el convencimiento de que no es lo que uno quería, etcétera. Escribir me producía dolores de estómago y digestiones muy malas; se me helaban los pies y las manos; sufría de insomnio y estaba mal del hígado.
   -Pese al sufrimiento que le depara, ¿dónde está la raíz de ese impulso que lo lleva a escribir?
   -Quizás una de las raíces metafísicas del arte sea esa necesidad que tiene el hombre de rescatar un amor, una niñez, una ilusión del inexorable transcurso. Proust intenta en toda su obra eternizar el pasado, convirtiéndolo en presente definitivo; el melancólico pasado que alguna vez fue futuro, es decir, ilusión.
   -Escribir, ¿no sería siempre la reafirmación de una esperanza? Si no, ¿para qué hacerlo?
   -Creo que ya le cité a Nietzsche: un pesimista es un idealista resentido. Si modificamos levemente el aforismo, diciendo que es un idealista desilusionado, de ahí podríamos pasar a sostener que es un hombre que no termina nunca de desilusionarse. [...]
   Extracto de Ernesto Sabato. Entre la letra y la sangre. Conversaciones con Carlos Catania. Seix Barral, 1989.

   -"Me acabo de levantar, pronto serán las cinco de la madrugada; trato de no hacer ruido...". Antes del fin

miércoles, 4 de mayo de 2011

PRENSA. Ernesto Sábato, en el recuerdo (3). "El hombre que se reunía con los anónimos", por Juan Cruz

Ernesto Sábato

   En "El País":
El hombre que se reunía con los anónimos

JUAN CRUZ 01/05/2011

   Era un hombre triste; tanto que parecía que esa era su naturaleza. Y, sin embargo, siempre que lo recuerdo lo veo pidiéndole a Jorge Valdano, su paisano exfutbolista, que le diera un puñetazo en el estómago "para que compruebe lo fuerte que estoy". Era hace una década; entonces volvió a Madrid, con su compañera, Elvira Rodríguez Fraga, como si se viniera a despedir de España viajando por este país viejo.
   Pero a la vuelta ya se hizo tan mayor su tristeza que convirtió su cuerpo, su memoria y su deseo en pura melancolía. Hubo un filamento en él, siempre, de alegría recóndita, secreta, la que lo hacía amar la vida a regañadientes. Pues, a pesar de las apariencias, Sabato era también un cascarrabias que disfrutaba, un hombre capaz de alternar su preocupación por la ceguera (la suya, la que lo amenazaba) con las bromas y los chismes que le gustaba levantar sobre la clase literaria a la que pertenecía de lleno pero a regañadientes.
   Hace unos días Elvira González Fraga me llamó; ella lleva con la ilusión inmarchitable y con un sentido del humor que siempre contrastó con el pesimismo de su compañero, la Fundación 'Ernesto Sabato', incrustada en lo más bello de Buenos Aires. Ella era consciente de los peligros de la edad, pero creía que aún no era la hora.
   Se acabó. La muerte de Sabato es un trago amargo y simbólico de la Argentina y de la literatura. Él representa a Argentina, con todas las contradicciones que en él actuaron en la baja frecuencia y que también machacaron a Jorge Luis Borges, algunas veces su amigo, y casi siempre su oponente; sobre ellos, de maneras distintas, cayeron los denodados latigazos que ese país le ha dado a la razón para despojar a los hombres de la serenidad de la discusión o el desacuerdo. Esas contradicciones se han reflejado en estos dos titanes ahora ya desaparecidos. Las heridas están en los libros, en las entrevistas que se hicieron juntos y en los desplantes que se hicieron en público y en privado. Hay un libro en el que ambos se enzarzan a hablar de la literatura, de Dios y del diablo, y aunque no se quisieron nunca del todo, ahí se ve que en ambos hay una pregunta que acaso es el sustento de la inquietud común: ¿para qué tanto lío si hemos de morir y de esto no quedará ni siquiera un verso sencillo?
   Pero ahora que toca certificar el fin de Sabato conviene recordar más su literatura que esas escaramuzas que uno aceptó como riesgos del destino y que el otro, el que acaba de fallecer, convirtió en el trampolín de una decisión civil que lo marcó como un héroe de una Argentina nueva que no acaba de ser nunca una Argentina verdaderamente renovada. Y la literatura de Sabato se asienta en la oscuridad del presente y del porvenir del ser humano, en el miedo al vacío que retrata también en su pintura. El túnel y Sobre héroes y tumbas son como el trasunto de esa oquedad rabiosa de sus ojos.
   Él quería desaparecer y estar. Una vez, en 'Casa Lucio' de Madrid, donde había querido comer huevos estrellados, cantamos juntos una milonga argentina, de Reguera, creo: "Se me está haciendo la noche / en la mitad de la tarde / no quiero volverme sombra / quiero ser luz y quedarme". Sabato hizo suyos esos versos, pues él, que ya llevaba avanzados los 90, quería quedarse, seguir, estar, terminarse esos huevos estrellados, seguir viaje a Galicia, a Sevilla, volver a Argentina, vivir, aunque ya su estómago no estuviera tan firme como cuando le pidió a Valdano que le golpeara la barriga, "si viera lo fuerte que está".
   En sus diarios españoles (España en los diarios de mi vejez, Seix Barral), escribió esta entrada: "Cuando siento que me falta tanto de lo que gocé en otras épocas, me queda esto, agarrar un papel o sentarme a mi vieja máquina de escribir, vieja y compañera, y anotar esto, esto quizá sin importancia, pero que me hace sentir reunido con los anónimos y sin embargo, por algún misterio, cercanos lectores que estos papeles tendrán".
   Quería desaparecer, pero quería quedarse, tener lectores, recibir aplauso y reconocimiento; esa ansiedad estaba también en su mirada herida que ahora se acaba de apagar. Sabato, un titán disminuido siempre por la constancia rabiosa de sus melancolías.

Casi un siglo
   -Nace el 24 de junio de 1911 en Rojas (Argentina). "Fui el penúltimo hijo de una familia de 11 hijos varones", le dijo a Borges en un coloquio. Su padre era italiano y su madre, albanesa. "Pasé la niñez casi encerrado, y casi podría decir que los dos últimos hermanos vimos el mundo a través de una ventana". Ese encierro y su timidez, dijo también, le "empujaron a la lectura".
   -Se afilia en 1930 al Partido Comunista, que terminará abandonando al saber de los crímenes estalinistas.
   -Tras doctorarse en 1938 en física en la Universidad de La Plata, investiga sobre las radiaciones atómicas en el 'Laboratorio Curie' de París.
   -Abandona la ciencia en 1945. El afán de racionalidad extrema de esa disciplina se convierte en el gran objeto de sus críticas. Ese mismo año publica el ensayo Uno y el universo, centrado en la crítica de la deshumanización de la sociedad tecnológica.
   Su otro ensayo de referencia es El escritor y sus fantasmas, de 1963.
   -En 1948, la editorial Sur de Buenos Aires publica la primera de sus tres novelas, El túnel.
   El director español Antonio Drove adaptó la obra al cine en 1988 con Peter Weller y Jane Seymour en los papeles protagonistas.
   -En 1961 aparece su segunda novela, Sobre héroes y tumbas, que contiene el célebre Informe sobre ciegos.
   -En 1974 publica su tercera y última novela, Abaddón el exterminador.
   -A petición de Raúl Alfonsín, primer presidente democrático tras la dictadura militar (1976-1983), presidió entre 1983 y 1984 la 'Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas'. Sus conclusiones aparecieron en el libro Nunca más, también conocido como Informe Sábato.
   -Obtiene el 'Premio Cervantes' en 1984. Fue el segundo autor argentino en ganarlo después de Borges.
   -En 1998 publica sus memorias, Antes del fin. En 2004 vería la luz España en los diarios de mi vejez. En la editorial Seix Barral, como el resto de su obra.
   -Ayer falleció en la ciudad de Santos Lugares, donde se instaló en 1945. En los últimos años, un severo problema de vista le llevó a dedicarse a la pintura.

   -"En la tarde del 5 de enero, de pie en el umbral del café de Guido y Junín, Bruno vio venir a Sabato, y cuando ya se disponía a hablarle sintió que un hecho inexplicable se produciría". Abaddón el exterminador

PRENSA. 4 mayo 2011

   En "El País":

1. El plural. Columna de Elvira Lindo.

2. Viejos peligros. Por David Trueba.

3. Sabato o la memoria del 'Nunca más'. Por Julián Casanova.

4. El hombre que se negó a hablar. Reportaje de Elsa Fernández-Santos. 'Interrogatorios' reúne los valientes testimonios de Dashiell Hammett durante la caza de brujas - Otro libro recopila los casos de su personaje Sam Spade.

5. Mitos sin tumba. Por Manuel Rodríguez Rivero.

6. Pague como obra nueva una ópera con 300 años. Por Javier Martín. Los derechos de autor se cargan a obras clásicas por la adaptación de las partituras - Competencia pide una reforma legal - El marco español difiere del europeo. España no contempla la excepción pedagógica. Por Laia Reventós.

7. Más indios que chinos. Reportaje de Sandro Pozzi. India se convertirá en el país más poblado del mundo en 10 años - La cifra de habitantes se estancará en los países desarrollados este siglo, según la ONU.

8. Bin Laden y la última aventura de Superman. Artículo del escritor Ariel Dorfman.

9. Los dos rostros de Guantánamo. Artículo de Yoani Sánchez, periodista cubana y autora del blog 'Generación Y'; fue galardonada en 2008 con el 'Premio Ortega y Gasset de Periodismo'. © Yoani Sánchez / bgagency-Milán.

10. El decenio de las sombras. Artículo de Gabriela Cañas. La lucha antiterrorista desatada tras el 11-S y la crisis económica han marcado esta primera década del siglo XXI. El resultado es un desarme moral e ideológico a favor de valores no democráticos y poderes difusos.

11. El cierre de una década oscura. Por Gilles Kepel, politólogo y especialista en el islam, profesor en la facultad de Ciencias Políticas de París y miembro del 'Institut Universitaire de France'. © Gilles Kepel. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Sobre la muerte de Bin Laden.

12. Egipto, Hamás y Bin Laden. Por M. Á. Bastenier.

martes, 3 de mayo de 2011

PRENSA. Ernesto Sábato, en el recuerdo (2). "Desde la soledad y la utopía", por Juan Luis Cebrián

Ernesto Sábato
  
En "El País":
Desde la soledad y la utopía

JUAN LUIS CEBRIÁN 01/05/2011

   Sobre héroes y tumbas: "No dejes de escribir, no dejes de escribir nunca. Es lo único que merece la pena".
   Era la recomendación, no sé si el ruego, que siempre me hacía, y es también la deuda impagada que guardo con él. Nos veíamos a destiempo, en Buenos Aires, en Madrid, en Rosario, y nunca le faltó la palabra de aliento, la solidaridad del amigo. En los últimos años apenas allegaba fuerzas para andar, había perdido la vista casi por completo ("ya no puedo ni escribir ni pintar, solo dictarle a Elvira"), pero mantenía una colosal lucidez en medio del túnel de la vida, ese lugar oscuro y solitario sobre el que versa prácticamente toda su obra. De una timidez casi sin límites, su generosidad con los jóvenes, su preocupación por el otro, su humildad casi metafísica, no lograban ocultar una coquetería discreta y entrañable, orlada de pañuelos de colores. Hablaba pausado, socarrón a veces, y se lamentaba de los achaques que padecía mientras apoyaba su figura enteca en mi brazo de improvisado lazarillo.
   La leyenda y los malos lectores le han conferido muchas veces la condición de escritor del desamparo o la desesperanza. Pero para mí siempre ha sido el de la utopía. Sus desengaños políticos, su sartriana angustia existencial, no le apartaron nunca de la fe en el hombre. Era desde luego el escritor de la soledad, porque él bien sabía que "cualquier gran obra literaria nace de una soledad desgarradora y aguarda una soledad similar que la reciba". De su primera vocación de científico atómico le quedaron, quizás sin que lo percibiera del todo, la búsqueda del rigor en cuanto hizo y una pasión por la destrucción creativa.
   De modo que parecía esperar la muerte como un acto natural de la existencia, pero también como un regreso a nuestra propia historia personal. Hace casi dos décadas, en 1992, me escribió en su dedicatoria de un ejemplar de Sobre héroes y tumbas, publicado con motivo de su ochenta aniversario: "Para Juan Luis, esta edición totalmente corregida y cuasi póstuma...". Tuve ocasión más tarde de recordarle lo desatinado de aquella última observación. Muchos años más tarde, en el ocaso del siglo XX, publicó Antes del fin, un testamento vital más que unas memorias ("... escribo esto para los que, como yo, se acercan a la muerte, y se preguntan por qué y para qué hemos vivido y aguantado..."). Y no dejó de escribir después, pese a las dificultades de tener que hacerlo al dictado.
   Ante esa pregunta visceral y escéptica, con resonancias existencialistas, que le llevaba a interrogarse para qué estamos aquí, en donde quizá hayamos sido simplemente arrojados como Sartre y Camus se maliciaban, nosotros sabemos que Ernesto Sabato, desde su rabiosa soledad interior, vivió para ayudar a los demás. E hizo que el mundo fuera mejor gracias a su literatura.

ORACIÓN FINAL
   Queridos amigos:

               Hace pocas horas murió mi padre.
   Sé que todos ustedes comparten la tristeza que sentimos en la familia. Porque mi padre no nos pertenecía solo a nosotros.
   Con orgullo, con alegría, sabemos que lo compartimos con mucha gente, que lo quiso y lo necesitó tanto como nosotros.
   Desde las cinco de la tarde, lo vamos a despedir como él lo deseó. En el club de su barrio, Defensores de Santos Lugares.

   "Cuando me muera, quiero que me velen acá, para que la gente del barrio pueda acompañarme en este viaje final... Y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias, pero en el fondo un buen tipo... Es a todo lo que aspiro".
   Mario Sabato (hijo de Ernesto Sabato)

   -"Un sábado de mayo de 1953 un muchacho alto y encorvado se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos".

PRENSA. 3 mayo 2011

   En "El País":

1. Montañas. Columna de Rosa Montero.

2. Mitificación. Por David Trueba.

3. Acordarse de Sabato. Por Andrés Neuman.

4. "No pienso en el lector al escribir". Entrevista al poeta Juan Gelman. Por Pablo Ordaz.  'El emperrado corazón amora' es su vuelta a la poesía cuatro años después. El Cervantes reúne 140 nuevas piezas sobre "seguir en la brecha a los 80 años" y queda como la gran voz de las letras argentinas tras la muerte de Sabato.

5. Tres de corazones. Fernando Savater, sobre tres novelas.

6. La cultura no nos cura de la superstición. Reportaje de Patricia Gosálvez. Uno de cada cinco españoles cree en videntes o astrólogos sin importar el sexo, la religión o el nivel sociocultural - En un mundo tecnificado, la magia aún es negocio.

7. ¿Al Qaeda sin Bin Laden? Artículo de Fernando Reinares, investigador principal de terrorismo internacional en el 'Real Instituto Elcano' y catedrático de Ciencia Política en la Universidad 'Rey Juan Carlos'. Actualmente también public policy scholar en la división de estudios de seguridad internacional del Woodrow Wilson Center, en Washington.

8. La prensa como salvaguarda. Artículo de María Dolores Masana, presidenta de 'Reporteros sin Fronteras'.

9. Los árabes ya lo habían enterrado. Javier Valenzuela sobre la muerte de Bin Laden.

10. Vencedor de una guerra ajena. Lluís Bassets sobre Obama y la muerte de Bin Laden.