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domingo, 1 de febrero de 2015

PRENSA. "Los que miran a la muerte de cara". Rafael Argullol

   En "El País":

Los que miran a la muerte de cara

La ciudad de Kobane, en el norte de Siria, protagoniza una resistencia agónica frente al Estado Islámico. Los kurdos son la única esperanza de Occidente para detener el avance del radicalismo en la región.

Estos días en que Kobane está de actualidad, sencillamente porque la están destruyendo, he recordado cómo en una ocasión, hace algunos años, la ciudad de Kobane entró en cierto modo en mi vida. Fue durante un viaje a las ruinas bizantinas abandonadas del norte de Siria. Fuimos acompañados por un taxista de Alepo. Él nos guió entre los restos de aquellas urbes, cuyo abandono, por parte de sus habitantes, sigue siendo un misterio. El momento culminante de la visita nos condujo a las espléndidas piedras blancas que contemplaron, siglos atrás, la ascética terquedad de Simón el Estilita. No era difícil imaginarse al viejo Simón encaramado a su columna despreciando los bienes mundanos bajo el cielo azul turquesa del atardecer.
Como el territorio recorrido era amplio y el viaje duraba varias horas hubo ocasión de escuchar las explicaciones del taxista. Trabajaba en Alepo pero era de Kobane, una pequeña ciudad perteneciente al propio distrito de Alepo. Así se incorporó, por así decirlo, Kobane a mi vida. El taxista amaba su ciudad natal y siempre que podía viajaba hasta ella para permanecer unos días con su familia. Nos explicó que en un inicio era sólo un poblado y que debía su nombre a la compañía alemana que construía la línea de ferrocarril que tenía que llegar a Bagdad. Pese a ese inicio modesto Kobane tenía un próspero bazar, una docena de mezquitas y tres iglesias armenias. Por lo que contó, los armenios se habían instalado allí escapando del genocidio causado por los turcos. Sin embargo, el taxista era kurdo, como la inmensa mayoría de la población de Kobane.
Esto, naturalmente, acentuó mi interés por aquel personaje de poblado mostacho y maneras delicadas. En alguna que otra ocasión he relatado mi simpatía por los kurdos, pese a haber conocido a pocos de ellos y no haber estado nunca en el Kurdistán propiamente dicho. De hecho, como acostumbra a ocurrir con este tipo de simpatías, su neblinoso origen está anclado en impresiones ocurridas en la infancia o en la adolescencia, a menudo vinculadas a libros o películas. En mi caso esta impresión se desencadenó al asociar un titular de periódico con la secuencia de una película. En ambos casos se trataba del desigual enfrentamiento entre Ejércitos. El titular se refería a una carga de la caballería dirigida por Mustafá Barzani, legendario líder kurdo, contra los tanques turcos, y la secuencia de la película Lawrence de Arabia mostraba al rey Faisal —el actor Alec Guinness— encabezando a un grupo de jinetes a caballo que trataban de combatir desesperadamente contra los aviones enviados por el Imperio Otomano. En mi memoria ambas acciones quedaron asociadas. Con posterioridad, de modo casual, leí la necrológica de Barzani en un diario de Estados Unidos, país en el que acababa de morir, y se incrementó mi curiosidad por el personaje. El fiero caudillo, que en una fotografía aparecía armado hasta los dientes, se había confesado amante de los poetas románticos ingleses, a los que había estudiado en la Universidad de Moscú, en su época de estudiante exiliado, con una preferencia especial por John Keats, de quien, a juzgar por lo que refería la necrológica, recitaba de memoria varios poemas, singularmente Oda a un ruiseñor.
El taxista de Kobane conocía a la perfección los prodigios militares de Mustafá Barzani, al que equiparaba con el gran Saladino, también kurdo al parecer. Sin embargo, reservaba su mayor admiración para los combatientes guerrilleros y por él supe el significado de la expresión peshmerga con la que se los denominaba en la prensa: los que miran a la muerte de cara. Aquella tarde, entre las ruinas de las ciudades bizantinas y bajo la advocación de Simón el Estilita, recibí un curso acelerado de historia kurda.

Los peshmergas’ se enfrentan con armas anticuadas a los modernos arsenales yihadistas
Cuando uno se adentra en ese escenario, al fondo siempre reaparece el arbitrario trazado de fronteras establecido en la Primera Guerra Mundial tras el desmoronamiento del Imperio Otomano. Este estigma de nacimiento, impuesto por las potencias coloniales, ha marcado el destino de Irak, Siria, Jordania, Líbano o Palestina. También, naturalmente, el de los kurdos, la principal etnia sin Estado propio de la zona, con alrededor de 40 millones de personas. Los acuerdos más o menos secretos de 1916 entre los diplomáticos Mark Sykes y François Georges-Picot, en representación de Gran Bretaña y Francia respectivamente, ilustran ahora a la perfección, casi cien años después, la magnitud del desastre que se avecinaba. Algo de esto quizá pudo intuir el coronel Lawrence cuando se opuso a esos tratados por creerlos perjudiciales para la causa árabe. Lo cierto es que después del acuerdo Sykes-Picot Lawrence de Arabia abandonó Oriente Próximo para sumirse en su ostracismo final.
Como ha venido sucediendo desde hace décadas cíclicamente los kurdos han vuelto a asomarse en las páginas de los periódicos y en las pantallas de los informativos. La razón es que los peshmerga son los encargados de detener a las fanáticas milicias del Estado Islámico. Las noticias que nos llegan al respecto, alrededor de la batalla de Kobane, son descorazonadoras aunque, al mismo tiempo, sugieren una repetición del dramático hado que rodea la historia kurda. Los peshmerga, con su valor habitual, se enfrentan con armas anticuadas a los arsenales de los milicianos yihadistas, saturados de armamento moderno, como si se volviera a los tiempos de Mustafá Barzani y sus heroicas cargas de caballería. La composición de lugar es tragicómica: los norteamericanos, escarmentados de sus guerras en tierra, lanzan armas y provisiones desde el aire con el propósito de abastecer a los kurdos aunque abasteciendo, en realidad, al bando contrario; mientras tanto, los dirigentes europeos hacen grandes declaraciones de intenciones que caen en el vacío; de otro lado Turquía, miembro de la OTAN, que simpatiza mucho más con la causa yihadista que con la kurda, procura acorralar a los peshmergapara que éstos queden encajonados entre el acoso de las milicias yihadistas y los tanques que ha alineado a lo largo de la frontera propia. En medio del cerco es improbable que Kobane resista. Su exterminio está casi asegurado.

Combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro
La pregunta, una vez más, es: ¿cómo ha podido producirse este decorado? Europeos y norteamericanos, por lo general amnésicos con respecto a los kurdos, ahora parecen fiarlo todo a la valentía de los peshmerga frente a un enemigo abruptamente surgido de la tiniebla como el Estado Islámico. Pero es esa irrupción espectral la que es sospechosa, además de sorprendente. ¿Cómo puede aceptarse que en la época de la información total, cuando nuestras tecnologías nos abruman con datos a cada instante, pudiese pasar inadvertida la rápida maduración del huevo de la serpiente?
He seguido con mucha atención a lo largo de estos últimos tres años las noticias acerca de la contienda de Siria, país que siempre despertó mi fascinación y al que he viajado varias veces. Pese a ese detenimiento no tuve conocimiento del profundo enraizamiento yihadista hasta las fechas recientes en que el califato se ha dado a conocer sangrientamente en aquel país y en Irak. Durante mucho tiempo nuestros medios de comunicación únicamente informaban, de forma genérica, de los “rebeldes sirios”. De pronto, una buena parte de estos “rebeldes”, no sólo en Siria sino también en Irak, resultaron crueles yihadistas que decapitaban a los ciudadanos de los países que habían contribuido a armarlos. La ceremonia de la confusión aumenta cuando Occidente anuncia una cruzada contra el califato terrorista con una movilización fantasmal de fuerzas. Entre tanto error y tanto simulacro lo único que parece real, al seguir las noticias del conflicto, es la determinación de los peshmerga, realzados una vez más para ser relegados, probablemente, con posterioridad.
Al contemplar estos días las imágenes de la devastación de Kobane me he acordado con frecuencia del taxista sirio. Si vive debe hacer mucho tiempo que no puede acompañar a forasteros hasta las hermosas ciudades bizantinas abandonadas. Dada la situación en Alepo es posible que no haya visitado desde hace tiempo su ciudad natal. O quizá esté en ella, combatiendo como tantos voluntarios. En cualquier caso, si vive, puede estar orgulloso del comportamiento de sus hermanos. Ellos combaten en una lucha en la que, tal vez, esté comprometido nuestro entero futuro. Si la modesta Kobane cae, y es devuelta al anonimato de los espacios aniquilado, se confirmará el triunfo de la hipocresía y tendremos un nuevo motivo para la vergüenza.
Rafael Argullol es escritor.

viernes, 3 de octubre de 2014

PRENSA. "Kurdistán, el otro Irak"

   En "El País Semanal":

Kurdistán, el otro Irak

No hay una frontera formal, pero un abismo separa a la comunidad kurda del resto de Irak

Hace apenas dos décadas sufría la ira genocida de Sadam Husein

Hoy, gracias a la autonomía política y al petróleo, la región está en plena expansión económica

Una prosperidad amenazada por la violencia extremista del Estado Islámico


Jóvenes comprando en Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí. / ALFREDO CÁLIZ
Familias y parejas pasean despreocupadas por los pasillos refrigerados del centro comercial, o charlan animadamente en las cafeterías que salpican cada una de sus tres plantas. En las salas de cine proyectan Los Mercenarios 3 y Guardianes de la Galaxia. En el supermercado, de una cadena francesa, venden el mismo chocolate que en París o en Madrid. Y el elenco de tiendas de ropa incluye Mango y Springfield, entre otras marcas internacionales. Sólo el cacheo a la entrada del Family, como se llama el último mall inaugurado en Erbil, la capital kurda, da una pista de que nos encontramos en Irak. Al menos formalmente.
Ni por la carretera que llega de Bagdad ni por la que conecta con Mosul se cruza frontera alguna. Sin embargo, ya antes de que las huestes del autodenominado Estado Islámico cortaran esos accesos existía una intangible línea divisoria que marcaba la diferencia entre la región autónoma de Kurdistán y el resto de Irak. No hay una barrera física. Las elevadas montañas de la cordillera de los Zagros aún están más al norte, señalando las lindes con Irán y Turquía. Aquí el paisaje sigue siendo árido, y los puestos de control de los peshmergas (las milicias kurdas reconvertidas en una especie de Guardia Nacional) no piden el pasaporte sino la ikama, el permiso de residencia.
A partir de ese momento, desaparece la bandera roja, blanca y negra de Irak para dejar paso a la roja, blanca y verde con un sol en medio. La colorida (alaya rengin), como los kurdos llaman a su enseña, se hace omnipresente en lo alto de las cimas que se divisan en el horizonte, además de en todos los edificios oficiales de las localidades que se atraviesan. Es, junto a los bombachos del traje nacional masculino, el símbolo más visible de su hecho diferencial.
“No somos árabes”, es lo primero que aclara cualquier kurdo al visitante extranjero. Con una lengua y una cultura propias, ese pueblo se vio privado de un Estado independiente cuando tras la I Guerra Mundial se distribuyeron los despojos del Imperio otomano. Desde entonces los kurdos quedaron repartidos entre Turquía, Irak, Irán y Siria. Pero ha sido en la antigua Mesopotamia donde la historia reciente les ha abocado a un autogobierno que hace evidente el abismo con la parte árabe. En buena medida, el Kurdistán iraquí se ha convertido en un escaparate de lo que podría haber sido todo el país sin el sectarismo que lo infecta desde que Estados Unidos derribara a Sadam Husein en 2003.


Parque central de Suleimaniya. / ALFREDO CÁLIZ
La diferencia se percibe desde que se aterriza en Erbil, Hawler en kurdo. Su flamante aeropuerto, con un centenar de vuelos semanales, da una imagen organizada y eficaz, sin la sensación de estar bajo el permanente estado de excepción que se percibe en Bagdad. A la salida se puede coger sin peligro un taxi hasta el hotel. La oferta de estos no deja de crecer. Varias cadenas internacionales han apostado por abrir establecimientos, algo demasiado arriesgado en aquella ciudad que sufre atentados y asesinatos sectarios casi a diario. Al mismo ritmo han llegado inversores, hombres de negocios y, sobre todo, ejecutivos de compañías de petróleo.
El año 2003 es una fecha clave para la región autónoma. La Operación Libertad para Irak, que muchos iraquíes árabes (y no sólo suníes) vieron como una ocupación, fue para los kurdos una liberación. Hasta entonces este pueblo orgulloso de sus tradiciones se había sentido bajo el yugo de Bagdad. A pesar de que la antigua Constitución reconocía su identidad diferenciada, en la práctica bajo los Gobiernos panarabistas del Baaz, y sobre todo bajo Sadam, se reforzó el proceso de arabización lanzado a principios de los años sesenta del siglo pasado y que incluyó importantes desplazamientos de colonos árabes. Pero lo más grave fue el intento de aniquilarlos físicamente.
Para entender el Kurdistán iraquí hay que visitar la localidad de Halabja. Allí se levanta un triste (y feucho) monumento en memoria de las víctimas de los ataques químicos con los que Sadam castigó los anhelos de independencia kurda a finales de la guerra con Irán (1980-1988). Según la fiscalía iraquí, la ominosa Operación Anfal mató a 182.000 personas, destruyó 4.500 aldeas y desplazó a un tercio de los 3,5 millones de habitantes que entonces tenía la región. Hoy la población se ha duplicado, pero aquella atrocidad sigue grabada en la memoria colectiva alentando una desconfianza instintiva hacia los árabes.

“No, no tengo amigos árabes. No son de fiar y además no tenemos nada en común”, confiesa Hogar, un estudiante universitario
“No, no tengo amigos árabes. No son de fiar y además no tenemos nada en común”, confesó Hogar M., un universitario a quien le extrañaba que se le hiciera la pregunta. El recelo es general y ahora, tras la ofensiva del Estado Islámico, se ha agravado con la obsesión de que existen células durmientes entre los cientos de miles de desplazados que han sido acogidos en territorio kurdo. Los árabes, por su parte, se quejan de la existencia de filtros que limitan a quiénes pueden entrar en la región autónoma, de restricciones una vez allí para trabajar o desplazarse y de discriminación.
Un par de años después de la Operación Anfal, la ocupación de Kuwait por el dictador dio pie a un nuevo levantamiento kurdo y Estados Unidos instauró una zona de protección aérea que hizo realidad la autonomía que de boquilla le concedía la vieja Constitución iraquí. Fue también el inicio de un proceso de autogestión al margen del Gobierno central que obligó a los políticos kurdos a replantearse sus enemistades internas y a ocuparse de la gobernanza de un territorio de 40.600 kilómetros cuadrados (similar a Extremadura), pero cuyas reclamaciones históricas casi duplican esa extensión. Tras la guerra civil de mediados de los noventa, los dos principales grupos políticos, la Unión Patriótica y el Partido Democrático, hicieron las paces con la mediación de Washington, a quien luego ayudaron para derribar a Sadam, y sentaron las bases para la cuasi independencia de que disfrutan.
Hoy el Kurdistán iraquí es un Estado en formación. Tiene todos los elementos de una nación, como elecciones, Parlamento o Gobierno, pero no política exterior, presupuesto y Ejército propios (aunque la seguridad interna esté en manos de los peshmergas y el Ejército iraquí sólo pueda entrar en territorio kurdo con permiso de sus autoridades). A pesar del sueño de emancipación política que todo kurdo alberga en su corazón, la prioridad de sus dirigentes ha sido hasta ahora el desarrollo que haga sostenible ese objetivo.
“El deseo de independencia ha estado ahí desde 1991-1992 cuando elegimos el primer Gobierno [regional] y los líderes lo han contenido por realismo”, explicaba hace poco a esta corresponsal Dlawer Ala’Aldeen, presidente del Middle East Research Institute (MERI), un centro de estudios que aspira a ser independiente en un entorno donde el propio Ala’Aldeen reconoce que todo el mundo está afiliado.
La región, a menudo descrita como “el otro Irak” por su estabilidad, seguridad y prosperidad, ha experimentado un verdadero boom económico. Con unas reservas estimadas de 45.000 millones de barriles de petróleo y cantidades desconocidas de gas natural, ha atraído 20.000 millones de dólares desde que la Ley de Inversiones abriera la puerta a las compañías internacionales de petróleo en 2006. Según datos del Gobierno autónomo, unas dos mil empresas han invertido directamente o abierto oficinas de representación en la región. La mitad de ellas son turcas y tres centenares iraníes, lo que indica que ambos vecinos han actuado con rapidez para aprovechar las oportunidades que abrió el final de la dictadura.


Escena de un café en Erbil. / ALFREDO CÁLIZ
La economía del Kurdistán iraquí se encuentra entre las de mayor crecimiento de Oriente Próximo. Tras varios años con tasas de dos dígitos, desde 2012 se ha estabilizado en torno al 7%-8%. Su renta per capita, cifrada en 11.400 dólares anuales, es casi el doble que la media nacional. Pero es sobre todo la seguridad lo que marca la diferencia con el resto de Irak, sumido en el sectarismo, y hace posible ese desarrollo.
A los pies de la Ciudadela de Erbil, declarada patrimonio de la humanidad el pasado junio, se han instalado una veintena de consulados y representaciones extranjeras, un claro reconocimiento de su creciente peso. Ese recinto, que se precia de ser el asentamiento habitado de forma ininterrumpida más antiguo del mundo, es objeto de un ambicioso plan de rehabilitación que aspira a transformar el corazón de la ciudad, dando cabida a un barrio orientado a la promoción del patrimonio histórico, las artes y la cultura.
Urbanizaciones con nombres como English Village, Empire o Downtown, destinadas a las élites y a los extranjeros, apuntan a que Erbil se mira en el espejo de Dubái y otras ciudades del golfo Pérsico. Como en ellas, han surgido modernas torres de oficinas, centros comerciales, concesionarios de coches de alta gama y tiendas de marcas de lujo. Su estabilidad atrae a acomodados sirios, libaneses o egipcios que huyen de la violencia y la incertidumbre política de sus países. Pero no sólo se construye en la capital. Hasta en el pueblo más remoto se están levantando barriadas enteras para reemplazar a las modestas viviendas existentes, que en muchos casos carecen de electricidad, agua corriente o servicio de alcantarillado. También nuevas carreteras, campus universitarios y, por supuesto, infraestructuras para la industria de los hidrocarburos.
Este rápido crecimiento tiene no obstante claroscuros. Además de las recurrentes denuncias de clientelismo y corrupción, inevitablemente asociadas con una sociedad que todavía mantiene una estructura de clanes, hay importantes debilidades estructurales.

El deseo de independiencia ha estado ahí desde los años 1991-1992, cuando elegimos el primer Gobierno regional”
“Se trata de una economía rentista, que no produce nada más que petróleo y basada en las transacciones en efectivo”, señala el economista Roger Guiu, de MERI. A falta de un sistema bancario, los petrodólares obtenidos se van sobre todo al sector inmobiliario, lo que hace temer que ese auge del ladrillo termine convirtiéndose en un lastre. De hecho, ya empiezan a verse edificios que se han quedado a medio construir, bien porque el propietario carece de fondos para terminar el proyecto o porque aún no ha decidido su destino.
Otro problema es la ausencia de incentivos para invertir en el sector productivo. Todo se importa, desde los materiales de construcción hasta los alimentos. La agricultura, que en tiempos fue la principal fuente de sustento de la región, casi ha desaparecido. Las rentas del petróleo hacen innecesaria la diversificación.
Además, las tensiones con el Gobierno central, en especial sobre la explotación directa del petróleo, han frenado a muchas empresas que temen verse atrapadas en un embrollo legal o castigadas con el veto de Bagdad para participar en sus licitaciones. De momento, la interrupción de las transferencias de su parte del presupuesto ha ocasionado un parón tanto de proyectos como de consumo. Desde enero se producen retrasos en el pago a los funcionarios públicos (el 60% de la población activa), quienes se han visto obligados a tirar de ahorros o a restringir sus gastos a lo imprescindible.
La prevención se ha transformado en miedo este verano, a raíz del ataque del Estado Islámico a las posiciones de los pesh­mergas. Aunque Erbil se va recuperando poco a poco de la sacudida, el susto ha puesto de relieve la vulnerabilidad de los logros alcanzados. Las compañías aéreas suspendieron sus vuelos, las empresas petroleras enviaron fuera a sus trabajadores extranjeros y, de repente, el futuro quedó pendiente de un hilo.


Padre e hijo, en el santuario de Lalesh, el principal templo de peregrinación y culto de la religió yazidí, en el Kurdistán iraquí. / ALFREDO CÁLIZ
“El Estado Islámico ha mostrado el fracaso del sistema iraquí, lo que constituye una oportunidad para los kurdos”, interpreta el anteriormente citado Ala’Aldeen. Los peshmergas aprovecharon la huida del Ejército iraquí ante el avance de los yihadistas para adelantar sus posiciones hasta lo que consideran sus fronteras históricas. No obstante, el politólogo admite que lo ocurrido plantea retos. Por un lado, ese grupo “también se ha vuelto contra los kurdos y sacado partido de [sus] debilidades, como la falta de preparación de [sus] fuerzas frente al terrorismo”. Por otro, “la Administración kurda no es sólida; carece de un presupuesto [propio] y la población no está lo suficientemente cohesionada”.
“Aún estamos en proceso de construcción del Estado, necesitamos más apoyo internacional”, señala convencido de que Kurdistán puede convertirse en esa isla de estabilidad que los kurdos desean, si son capaces de superar sus “tendencias a la división”. “Resulta difícil, pero hay voluntad y determinación de hacerlo”, asegura. En su opinión, los políticos ya no tienen alternativa porque están sujetos a la presión de una prensa libre que no permite que se guarden esqueletos en el armario; los votantes pueden castigarles; existe una oposición crecientemente vocal; los inversores internacionales no están dispuestos a arriesgar si no hay seguridad y Estado de derecho; y finalmente ha llegado el Estado Islámico y ha mostrado la necesidad de estar unidos. “Si esas presiones desaparecen, no somos distintos del resto de Irak”, advierte sin embargo Ala’Aldeen. “Tenemos la misma diversidad étnica y confesional, una mentalidad política similar y, si no cambiamos, podemos deteriorarnos exactamente a la misma velocidad”, concluye.
A 200 kilómetros de la capital y recientemente unida por una autovía, Suleimaniya ha apostado por convertirse en el centro cultural de la región. La ciudad, que alberga dos universidades, está llena de cafés, galerías de arte y museos. Como en el caso del monumento de Halabja, uno de ellos está dedicado a preservar la memoria de la historia reciente. Se trata de la Cárcel Roja (Amna Suraka, en kurdo), una prisión de la época de Sadam donde estuvieron detenidos y fueron torturados muchos presos políticos kurdos hasta que los peshmergas la tomaron en 1991. Allí se recuerda, con crudeza, cómo funcionaban las técnicas de la dictadura, otra buena razón para llevar el desarrollo más allá de los centros comerciales y profundizar en la democratización de Kurdistán.