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lunes, 29 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Alice Munro, una vida inesperada". Soledad Puértolas

   En "Babelia":

Alice Munro, una vida inesperada

Los relatos de la Nobel de literatura de 2013 se caracteriza por las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición y reaparición de personas, espacios, tiempos


Alice Munro, premio Nobel de literatura en 2013, en la cocina de su casa en Clinton (Ontario, Canadá). / CONTACT
Me he permitido titular este breve comentario sobre Alice Munro con el título de una novela mía, publicada en 1997, precisamente la época de mi descubrimiento de la escritora canadiense. La frase -Una vida inesperada- refleja con fidelidad lo que representó Munro para mí. Esa era la sensación que transmitía mejor que nadie y que en aquel momento, cuando accedí a sus libros, era exactamente lo que necesitaba yo. Leer y expresar eso, las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición de personas, espacios, tiempos, su extraña reaparición. Lo inesperado. Lo lleno de vida. De desconcierto, de dolor, de pesadumbre, de súbitas alegrías, de fugaces éxitos. La magia, la gracia, la redención de la vida está en lo inesperado, en el constante fluir.
Los versos de Quevedo:
Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura”.
Lo fugitivo nos trae lo inesperado. Solo lo que huye, lo que se escapa, lo que se va, lo que crece, lo que cambia, permanece vivo. Lo firme muere, es tragado por las aguas.
Fue mi amiga la hispanista Francisca González Arias quien me mostró a Munro, quien me la descubrió. En una de sus visitas anuales a España, en 1994, me trajo un libro, como solía hacer. Te va a gustar mucho, dijo, tendiéndomelo, con una sonrisa de complicidad, perfectamente segura de sus palabras. Es de una escritora canadiense, añadió.
Open Secrets. Ese era el título. No se trataba de una novela sino deStories, lo cual, por cierto, podía facilitar mi lectura.
A ese regalo le siguieron otros: The love of a good woman, en 1998,Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage, en 2001, y The view from Castle Rock, en 2006. Pero, entre tanto, yo ya había podido acceder a Munro en mi propia lengua. En 1996, la editorial Debate publicó Secretos a voces, la traducción del primer libro de Alice Munro que tuve en mis manos. En 2001, RBA publicó Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. En 2002, en Siglo Veintiuno de España, apareció El amor de una mujer generosa. En 2005, en RBA, Escapada. En 2008, en RBA, La vista desde Castle Rock. En 2009, en RBA, El progreso del amor. A estos volúmenes, todos ellos de relatos, han seguido, ya lo saben ustedes, Demasiada felicidad y Mi vida querida. Y el Nobel.
La predicción que mi amiga FGA había hecho -Te va a gustar mucho-se quedó corta. Los libros de Alice Munro han sido para mí los mejores amigos que he tenido desde entonces. En inglés, solo había leído páginas sueltas, dos, quizá tres, relatos enteros, pero, curiosamente, eso me bastó. Los leía y releía, maravillada. Esa era la literatura que buscaba. La aparición, en castellano, de un nuevo libro de Munro era un acontecimiento para mí.

Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafo
Cuando, en cuatro casos, tenía las dos versiones, en inglés y en español, me desplazaba por la casa con ellas en las manos, porque muchas veces me apetecía comprobar qué había escrito exactamente la autora. Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafos. He leído y comentado con otros lectores muchos relatos de Munro. Son más enigmáticos de lo que puede parece a simple vista. De hecho, son muy enigmáticos. Tanto, que en ocasiones, rozan, incluso, el mismo misterio criminal. Hay relatos que, en un sentido amplio, podrían calificarse de policiacos.
Creo que todos los relatos de Munro son un poco policiacos. El lector lee y, de forma más o menos consciente, va recopilando datos en su mente. Pero siempre hay algo que no encaja, algo que nos desconcierta. Muchas veces, volvemos sobre nuestros pasos, releemos, algo se nos ha debido de escapar. De pronto, todo ha cambiado, ¿qué ha sucedido? Las señales estaban ahí, pero no nos habíamos dado cuenta. Todo está ahí.
A Munro hay que leerla muy despacio. Todo cuenta. Cada frase, cada personaje, por mínima que sea su intervención, todo parece estar medido y calculado. Esa es su maestría, porque nos transmite la sensación de que todo fluye de forma natural, casi espontánea. En eso consiste, efectivamente, la maestría: en la naturalidad del resultado, en el extraordinario fluir de las palabras, tan plenas de sentido y, a la vez, tan enigmáticas. Son historias intensas, pobladas de grandes emociones, salpicadas de casi insignificantes gestos. Pequeñas emociones, también.
El primer libro de Munro que leí con otras personas con el objeto de comentarlo y compartir nuestros puntos de vista fue Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. He vuelto a él hace unos días y me ha impresionado lo vivo que se mantenía en mi memoria. La razón, sin duda, es esa lectura compartida, esa discusión pública que siguió a la lectura privada de cada uno de los relatos contenidos en el libro. Creo que a Munro no solo hay que leerla despacio sino que hay que leerla en público. Con dos o tres personas basta. Dos o tres puntos de vistas distintos. Es entonces cuando los relatos de Munro penetran y fructifican.
Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Nos relata vidas -vidas inesperadas- y, casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida. Porque los relatos de nuestras vidas se rehacen continuamente. La literatura de Munro es una confirmación de esa sospecha, de esa intuición.
Una mujer enamorada, cuya obstinación hace cambiar el curso de la vida de los otros, que jamás hubieran apostado por su felicidad. Una mujer enferma, repentinamente envuelta en una evanescente historia de amor adolescente y descarado. Una joven que desea escapar del sórdido ambiente familiar y comete errores de bulto, pequeñas injusticias de las que más adelante se arrepentirá con un poco de nostalgia. Una viuda desconcertada ante las últimas palabras de su marido y ciertos recuerdos inquietantes. Unos jóvenes que protagonizaron un amor de infancia y que se reencuentran al cabo de los años, con sus vidas hechas y sus posos de dolor y algo de su antigua complicidad intacto. La amiga de una mujer casada que se instala a pasar una temporada en su casa, removiendo los frágiles cimientos de la relación matrimonial. Amigos que se mueren y se llevan con ellos para siempre parte de nuestras vidas. Una historia de amor que termina de forma más abrupta de lo que se hubiera querido y de lo que se desea recordar. Una amiga íntima, casi una hermana, que huye de la casa, y la chica que también se quisiera escapar, búsquedas y huidas diferentes con significativos momentos compartidos. Los amores de la senectud, con nuevos recuerdos y nuevas inocencias. La piedad. Lo inesperado, siempre. El fluir. Las leves sorpresas, los papeles nuevos.
Estos son los personajes que pueblan los relatos de Alice Munro. Sus esperanzas y sueños, sus inquietudes. Mirar hacia fuera, esperar algo todavía, descubrir a los otros.
Todo eso lo he aprendido leyendo a Munro. Leyéndola a solas y leyéndola, comentándola, con otras personas.
En un taller literario, escogí el relato Silencio, del volumen Escapada, para ser analizado y debatido. Pocas veces se ha tratado un asunto como el de la relación de las madres con las hijas, desde el punto de vista de la madre. Aunque es el hilo conductor del relato, la mano de Munro nos guía por un laberinto de relaciones sentimentales, que lo abarcan todo. Inevitable rememorar el título de otro de sus relatos magistrales: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Todas las categorías están representadas aquí. Más el amor filial. Más el duelo. Más la perplejidad de la ausencia y la reacción, siempre imprevista, ante el dolor. La contención, la negación, la suplantación del dolor por la risa, por el olvido fácil. Por capas y capas de silencio.
La infancia feliz de la hija, Penélope, con Juliet, la madre, la mujer que protagoniza el relato. La relación de la hija con el padre, tan prometedora, basada en cosas materiales que se compartían con naturalidad, los ratos de navegación en el barco del padre evocados, al cabo de los años, como una rareza, ¿por qué la vida no siguió por ahí?

Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida
La muerte del padre, acaecida en verano, mientras la hija está ausente, lo trunca todo. Es el primer giro inesperado. La vida, a partir de aquí, deja de tener pautas. Pero la relación entre la madre y la hija va superando los obstáculos. Nada hace prever que Penélope huya de la casa y se refugie en una extraña comunidad religiosa en busca de la espiritualidad que, según la interpetación de un odioso personaje, siempre le ha faltado a su vida. El gran fallo de Juliet, su culpa: la falta de espiritualidad.
El relato va transitando por la red de relaciones que se forma en torno a Juliet. Las amigas, las amantes o ex amantes de su marido, los vecinos, el hijo del anterior matrimonio del marido. Las amistades de Penélope.
Como sucede siempre en Munro, hay momentos clave, momentos reveladores. Y profundos extrañamientos. La escena de la incineración del cuerpo del marido en la playa es dantesca. Se guarda en la memoria de la viuda como algo incómodo, casi un secreto que cuesta desvelar. Pero cuando al fin la madre se abre a su hija, la hija dije: Te perdono.
 De manera que su desaparición no se debe, en principio, a la venganza. Todo hubiera podido encauzarse a partir del perdón. Pero existen los enigmas, la hija es una enigma para la madre. Existen las cosas para las que no encontramos razones. La vida no solo es inesperada, es enigmática.
Finalmente, al cabo de los años, tenemos noticias indirectas de la hija. Juliet, la madre, vive en otra ciudad, ya no trabaja como entrevistadora en un programa de televisión, vive modestamente, tiene unos pocos amigos, lee, sirve cafés, toma cafés. El encuentro casual con una antigua amiga de la hija es el cauce de la noticia largamente esperada. La existencia de Penélope. No era como había imaginado. Según los pocos datos que la amiga le da, rápidamente, en medio de la calle, Penélope es una mujer con aspecto de matrona, madre, efectivamente, de cinco hijos, vive en una pequeña ciudad, no le va mal. No parece que le vaya mal.
Desapareció. Aunque sabe que ella, la madre, vive en Vancouver. Lo sabe. Eso se desprende de las palabras apresuradas de la amiga.
Munro pone fin al relato con la descripción del estado de ánimo de Juliet. Sigue esperando, pero no hasta la extenuación. Sobrevive, pero con cierta esperanza. Ha entrado en otra fase de la vida. Existen los enigmas, existe lo que se nos escapa.
Juliet tiene amigos. No muchos…, pero amigos. Larry sigue vistándola y le hace bromas. Continúa con sus estudios. La palabra “estudios” no parece cuadrar bien con lo que hace… Sería mejor decir “investigación”.
Escasa de dinero, trabaja algunas horas a la semana en el café donde pasaba tanto tiempo en las mesas de la terraza. Cree que ese trabajo equilibra sus enredos con los griegos antiguos… Tanto que cree no lo dejaría aunque no lo necesitara.
Sigue esperando una palabra de Penélope, pero no hasta quedar extenuada. Espera como las personas que saben que es mejor la esperanza de bendiciones no merecidas, de remisiones espontáneas, cosas por el estilo”. 
(Párrafos finales de “Escapada”. Pág 137 del volumen Silencio.)
El hilo del relato ha dado muchas vueltas, ha ido hacia adelante y hacia atrás, se ha perdido en breves historias secundarias, se ha anudado con otros hilos. Recorre el tiempo. Vemos cómo cambia el curso de las historias particulares, como el dibujo de trazan las vidas se va complicando. Pero hay cierta nitidez en la maraña. Aunque haya cosas que siempre se nos escapan, cosas que nunca conoceremos, hay nitidez. Mientras la mirada busque nitidez, hay nitidez.
O, lo que es lo mismo, belleza. Estremecimiento. Emoción. De eso tratan los relatos de Munro. Una hija que se va de casa y que se pierde para siempre, aunque exista. La madre, que se acostumbra a la espera. Grandes distancias, desapariciones, huidas, búsquedas, fugaces y trascendentales encuentros, momentos decisivos, deseos cumplidos, sueños realizados, muertes, despedidas.
Sin embargo, cada libro de Munro sorprende, parece completamente novedoso. No, los temas no estaban agotados, ni mucho menos. Hay nuevos matices, historias pobladas de asombro, vueltas de tuerca que nunca hubiéramos previsto y ante las que nos rendimos. Sí, esto sucede, esto puede suceder.
 Su último libro, antes de que le concedieran el Nobel, Mi vida querida, fue objeto de un taller de lectura que dirigí el pasado verano en Menorca. En la solana de la casa de campo donde nos pasábamos las horas, los relatos fueron leídos despacio y minuciosamente analizados. ¡Qué de cosas se me revelaron en aquellas largas sesiones! Creía que casi me los sabía de memoria, pero, uno a uno, enriquecidos con los comentarios de los asistentes al taller, me fueron mostrando nuevos aspectos. Eran otros, con nuevos momentos decisivos, nuevas elipsis, nuevos misterios.
De todos ellos, mi memoria se queda con Corrie. En todos los libros de Munro siempre hay uno o dos relatos que la memoria escoge. Una historia que parece decirte algo a ti, que el lector reconoce como suya, aunque, aparentemente, el fragmento de vida atrapada allí no tenga nada que ver con nuestra vida.

La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados
Corrie avanza poco a poco, mezcla tiempos, pero cuidadosamente, no busca la confusión, sino los datos perdidos, los datos relevantes para la historia, lo que el lector tiene que saber para una interpretación más completa, más amplia, más justa. Vemos a Corrie con su padre y la leve cojera que marca su destino. Una chica que no se va a casar, que se ampara en la cojera para ser distinta, para ser ella. El enredo amoroso con el hombre casado, que quizá hubiéramos debido prever, nos coge por sorpresa.
¡Siempre la sorpresa en Munro! Pero aún nos aguardan otras, que tampoco imaginamos. Porque estamos dentro del relato y no vemos el futuro. Ni siquiera vemos bien el pasado, a pesar de los datos que rescata, para nosotros, la mano que nos guía. Es una mano que no hace el menor ruido, que no anuncia nada. Sigilosa y firme a la vez. Cautelosa y provocativa. Omite, pero no escamotea.
Llegamos al centro, al corazón del relato, el chantaje de la criada y el procedimiento que permite seguir adelante con la infidelidad matrimonial. Se paga el precio del chantaje poco a poco, una forma de pago que aceptamos como algo natural, sin la menor sospecha.
Pero estamos leyendo un relato policiaco, eso sí podríamos haberlo sospechado. Munro escribe novelas de misterio, eso lo sabemos. Lo que no sabemos es dónde está el misterio, qué dato se nos ha pasado por alto.
Llega la revelación final, esa terrible y lúcida intuición de la trampa, de la sucesión de engaños, una cadena que de pronto se revela frágil, a punto de romperse. Llega el momento de decidir qué hacer con eso, cómo convivir con el dato que lo transforma todo, con la nueva visión de las cosas.
Corrie se va a la cama con la carta todavía inacabada.
Y se despierta temprano, cuando el cielo clarea pero aún no ha salido el sol.
Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido.
Corrie tiene una certeza. Le ha venido a la mente mientras dormía.
No hay ninguna noticia que dar. Ninguna, porque nunca la hubo.
No hay noticias de Lillian porque Lillian no importa y nunca ha importado. No hay ningún buzón de correos, porque el dinero va directamente a una cuenta, o quizá simplemente se queda en una cartera. Gastos generales. O unos ahorros modestos. Un viaje a España. ¿Qué más da? Gente con familia, casa de verano, hijos a los que educar, facturas que pagar: no hay que devanarse los sesos para gastarse una suma como esa. Ni siquiera puede decirse que sea un dinero caído del cielo. No hay necesidad de explicar nada.
Corrie se levanta, se viste rápido y recorre todas las habitaciones de la casa, presentándoles a las paredes y a los muebles esta nueva idea. Hay una cavidad en todas partes, sobre todo en su pecho. Prepara café y no se lo toma. Acaba de nuevo en su cuarto, y descubre que para exponer la realidad en ese momento hay que rehacerlo todo. 
(“Corrie”. Pág. 184 del volumen Mi Vida Querida)
A partir de ahora, Corrie se separa del mundo, aunque se aferre a la vida. Se queda sola, aislada para siempre con una verdad no buscada, no deseada, no esperada. Es una forma de vivir. Esa era, a fin de cuentas, la vida que la esperaba. Miramos hacia atrás, y lo entendemos todo a la nueva luz. La cojera le proporcionó la primera coartada para la soledad, todo fue encajando ahí, como parte del cuadro que solo al final podemos contemplar. Se fue trazando poco a poco, día a día. La desconfianza hacia los otros y su necesidad de amar, de intervenir en el mundo. Así seguirá porque así fue siempre. Corrie, al desvelar el misterio, al encararse con el dato nuevo, se descubre a sí misma.
La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados. Nosotros envejecemos, morimos y resucitamos, buceamos dentro de la vida en busca de señales de los otros y de la identidad que a veces se nos pierde. Buceamos y salimos a la superficie, nuevos.
Munro nos ofrece tantas cosas que cualquier resumen resulta una simplificación. ¿Cómo ha llegado a ser tan sabia?, ¿nos habla de sí misma o de la gente que conoce?, ¿qué son sus relatos, fragmentos de su vida o de la vida de los otros?
Muchas de las veces que Munro utiliza la primera persona para narrar la historia se refiere, ella misma lo confiesa, a su propia vida. Son recuerdos revisitados -como diría Pessoa-, recuerdos que, en cierto modo, quedan finalmente zanjados, fijados. En Mi vida querida hay cuatro de estos relatos y la autora declara que esto es ya lo último que escribirá sobre su vida. Nos habla de sus padres, de su familia, de las casas en las que ha vivido. Da la impresión de que ha enfocado la luz de la linterna en la noche de su infancia, que ha vivido un viaje en el tiempo, ha contemplado e iluminado escenas confusas, turbias, dolorosas, y luego se ha dado la vuelta. Ha apagado la luz, ha cerrado la puerta.
Pero esas historias están ahí, en todas las otras. Esas historias han hecho de Munro lo que es, como la revelación del dato ignorado hace a Corrie una mujer distinta, esa mujer para la que se había estado preparando toda la vida.
En el relato Los muebles de la familia, del volumen titulado Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, hay también uno de esos relatos autobiográficos. El personaje principal, si prescindimos de la narradora, es Alfrida, prima del padre de la autora. Tras su muerte, el padre le dice a la hija que Alfrida estaba molesta con ella por un relato que había publicado hacía unos años. La narradora se queda muy asombrada y explica a su padre: “No era Alfrida en absoluto. Lo cambié todo, ni siquiera pensaba en ella. Era un personaje. Cualquiera podía darse cuenta”. (p.93)
Estas palabras nos dan la clave. ¡Claro que aquel personaje no era Alfrida, aunque esta Alfrira que, en este relato, acaba de morir, sí es Alfrira! Aquí, quizá, no hay nada cambiado.
Y, sin embargo, bien lo sabe Munro, todos son personajes. Alfrida es personaje, el padre es personaje, la narradora es personaje.
La literatura trata de personajes. Las personas reales dejan de ser reales. Entran en la literatura y se convierten, inevitablemente, en personajes.
Cuando Munro habla de sí misma -lo que ha anunciado que ya no volverá a hacer- hace, problablemente, más literatura que nunca. En todo caso, es, creo, lo hace con un grado distinto de consciencia. Coger la linterna y enfocarla hacia el pasado no es algo que se pueda hacer siempre. Hay que tener decisión, fuerzas, inspiración. Hay que estar dispuesta a sumergirse en el riesgo y en la oscuridad.
Pero ese pasado, esas escenas, esos fragmentos de la propia vida están en todas partes. “Lo cambié todo”, le dice la autora a su padre. Ese es el ejercicio constante, continuo, del escritor. Cambiarlo todo. Disolverse encada página, en cada párrafo, en cada personaje. Para llegar al fondo del personaje, para descubrir quién es.
Munro pertenece a esa clase de escritores. Los que se ocultan en su literatura en la misma medida en que se muestran. La literatura es su casa, su verdadera identidad.
La famosa frase de Flaubert, “Emma Bovary soy yo”, expresa la literatura de Munro. Pero, a la vez, hay mucha distancia entre Munro y sus personajes. Incluso un punto de frialdad. Porque Munro no solo es sus personajes. Munro les observa. En realidad, como podría observarse a sí misma, ya que ese es uno de los retos de la vida: conocerse. Una de las mayores dificultades, sin duda. Para conocerse, hay que salirse de uno mismo de vez en cuando, verse desde fuera. Convertirse en otros personajes, recibir sobre uno mismo la mirada de los otros, la versión de los otros, la construcción de los otros.
Leer a Munro es adentrarse en el mundo original y distinto que cada persona construye. Y descubrir que hay muchas cosas que se nos habían pasado por alto, que merece la pena seguir indagando, seguir viviendo. Nosotros estamos incluidos en el universo de los cambios. Lo inesperado nos aguarda siempre, porque, por muy atentos que estemos, no podemos adivinar qué sucederá en el siguiente momento, el tiempo aún está por hacer, por existir. Y toda vida, en suma, es inesperada.
Texto de la conferencia de Soledad Puértolas, escritora y miembro de la Real Academia, dictada en la Residencia de Estudiantes el 7 de mayo de 2014 con motivo del Encuentro en torno a Alice Munro.

lunes, 14 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Alice Munro, un Nobel para el gran cuento de la vida". Alberto Manguel

Alice Munro, en la cocina de su casa de Clinton, en Ontario, Canadá, en junio pasado. / IAN WILLMS (THE NEW YORK TIMES) ("El país")

   En "El País":
PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2013

Alice Munro, un Nobel para el gran cuento de la vida

La escritora canadiense de 82 años gana la mayor recompensa literaria poco después de anunciar su retirada

"Maestra del relato contemporáneo, su estilo es claro y de un realismo sicológico", ha dicho la Academia

 11 OCT 2013

Cuando Alice Munro publicó su primera colección de cuentos, Dance of the Happy Shades, en 1968, la literatura canadiense en lengua inglesa apenas existía. Algunos grandes clásicos —Robert Service, Stephen Leacock, Lucy Maude Montgomery, Mazo de la Roche— habían insinuado la posibilidad de una literatura propia de las ex-colonias de América del Norte, pero faltaba establecer una reconocible (y reconocida) identidad literaria.
Con perseverante determinación, algunos jóvenes escritores de lengua inglesa se lanzaron a la grandiosa empresa de fundar una literatura nacional. Los escritores de lengua francesa debieron sobrellevar obstáculos diferentes para llevar a cabo la misma empresa: el menoscabo de la dominante sociedad anglófona, el desprecio de la Vieille France hacia la Nouvelle. Los anglófonos, en cambio, tuvieron que tratar de hacerse visibles a la sombra de dos avasalladores gigantes: Inglaterra y Estados Unidos. Tan menoscabada era su identidad nacional que hasta mediados de los años ochenta todo escritor publicado en inglés debía firmar un contrato en el cual el Canadá aparecía como un territorio perteneciente a uno u otro imperio literario.
Gracias a los esfuerzos de una pequeña banda de amigos —Margaret Atwood, Graeme Gibson, Denis Lee, Alice Munro y algunos pocos más— empezaron a aparecer librerías especializadas en la producción del país, editoriales nacionales como MacLelland & Stewart y Coach House Press, y la Unión de Escritores Canadienses, fundada en 1973. Para ofrecer una suerte de manual de identidad intelectual a sus conciudadanos, Atwood, bajo la influencia del gran crítico canadiense Norhrop Frye, publicó en 1972 Survival, explicando no solo el mito central de su país —el de la víctima que intenta sobrevivir en medio de una naturaleza inhóspita— sino también una guía práctica de lugares donde adquirir libros, películas y discos del Canadá. El grupo consiguió imponer un sistema de becas provinciales y federales, y un apoyo gubernamental a la difusión de obras canadienses.
La contribución de Alice Munro a esta empresa intelectual fue menos política y más literaria. Nacida en 1931 en el sudoeste de la Provincia de Ontario, se casó muy joven con un librero de la Columbia Británica, cuyo apellido siguió usando después de su divorcio en 1976. Durante su estadía en la costa oeste, ocupándose con su marido de la librería y de sus tres hijas, Munro empezó a escribir cuentos y a enviarlos a la CBC, la emisora de radio nacional donde, gracias a los esfuerzos de los jóvenes fundadores, se leían (y pagaban) los textos de escritores nacionales. El más dinámico promotor de esa generación fue Robert Weaver, quien difundió, aconsejó y apoyó la obra de muchos autores hoy célebres, entre ellos Munro.
El genio literario de Munro fue reconocido desde su primer libro, que obtuvo el mayor galardón literario del país, el Premio del Gobernador General. A partir de esa publicación inicial, todos sus libros, sin excepción, fueron aclamados por la crítica, tanto en Canadá como en el resto del mundo anglófono, y la prestigiosa e influyente revista norteamericana The New Yorker comenzó a publicar sus cuentos con asombrosa regularidad. Cynthia Ozick la calificó de “nuestro Chéjov”: la comparación es exacta, no solo por la destreza con la que Munro construye sus narraciones, sino también por que raramente busca un terreno de exploración más allá de su rincón natal.
Hay cuentistas magistrales (Hemingway, Kipling, Cortázar) cuyo campo de acción es la tierra entera; otros, en cambio (Chéjov, Rulfo, Flannery O’Connor) no buscan viajar más allá de su horizonte físico. A estos últimos, el rincón familiar les basta para analizar, describir y ensalzar la condición humana entera. Para Munro, si bien escribió algunos cuentos que ocurren en otras partes de Canadá, y alguno que otro en Estados Unidos, el mundo se resume a la región sudoeste de la provincia de Ontario, tierra agrícola de sus ancestros inmigrantes británicos y europeos, de un protestantismo duro, condicionado por la versión eclesiástica local llamada United Church of Canada, donde indudables valores morales como la honestidad, la modestia y la perseverancia se mezclan con una suerte de desdén por el éxito público, eso que el novelista Robertson Davies (otro gran escritor de la misma región) llamó Southern Ontario oafishness y que podría traducirse por “torpeza intelectual” de los habitantes de la zona.
Los hombres, mujeres y niños (pero sobre todo mujeres) del mundo literario de Alice Munro se afanan en los pequeños trajines de la vida cotidiana. Nacen, viven y mueren dentro de marcos previstos desde siempre, y si en estos irrumpen (como siempre lo hacen) las sorpresas del azar y de lo casi imposible, nunca sienten que sus tragedias puedan tener ecos universales. Es el lector quien entiende que en la desdicha de una pareja común y corriente se han deslizado las pasiones de Macbeth y de su reina, o los amores imposibles de Lancelote y Ginebra; que en la historia de una mujer al borde de la locura resuena la tragedia de Medea; que la crónica de una traición adolescente relata la misma que pudo sufrir Andrómaca o Ifigenia. No es que tales mitos sean jamás explícitos en los cuentos de Munro, quien rechaza enérgicamente la noción de símbolo o alegoría en su obra, pero hay en sus narraciones una suerte de intuición de algo mucho más antiguo que el trozo de provincia que elije describir. La minuciosa construcción de ese mundo —la exactitud de un gesto de despedida, de una palabra apenas pronunciada, de la forma de una taza o del color de un muro— parecería reivindicar un realismo documentario, una arqueología del presente. Sin embargo, es lo contrario: esa precisión encubre una generalidad ancestral, una verdad válida para todos, un secreto a voces. El lector nunca siente que se trata de un virtuosismo mimético, de color local. Sin duda, los personajes de Munro viven en un lugar y un tiempo precisos, pero también en todos los lugares y todos los tiempos.
Cuando la conocí, me decepcionó. No quería hablar de literatura, ni mucho menos de su obra; apenas aventuraba un juicio sobre algún libro que había leído, pero raramente sobre un contemporáneo. En cambio, me di cuenta de que observaba cada detalle de la gente que nos rodeaba, los gestos que yo hacía, alguna particularidad del café en el que estábamos. En uno de sus mejores cuentos, Material, una escritora sentada junto al lecho de hospital en el que su madre está agonizando no puede impedirse pensar cómo utilizará esta escena en un cuento. Imagino que para Alice Munro, así es la vida: un ejercicio de observación de la resignación, la angustia, la felicidad, el dolor de los otros y de ella misma, para después ofrecer a sus lectores esas obras pequeñas maestras en las que todos nuestros mundos están reflejados.

Universo Munro

  • Dance of the Happy Shades (1968)
  • Las vidas de las mujeres (1971). Única novela.
  • Amistad de juventud. (1990)
  • Secretos a voces (1994)
  • Escapada (2004)
  • La vista desde Castle Rock (2008)
  • Demasiada felicidad (2009)
  • Mi vida querida (2013)

Univers

PRENSA CULTURAL. Sobre Alice Munro, Nobel de Literatura 2013. Antonio Muñoz Molina

Alice Munro, en la cocina de su casa de Clinton, en Ontario, Canadá, en junio pasado. / IAN WILLMS 
(THE NEW YORK TIMES) ("El país")
 
 11 OCT 2013

Debajo de la escritura lisa y serena de Alice Munro hay siempre algo compulsivo; un regreso permanente a ciertos escenarios y a ciertos temas; una exploración reiterada a lo largo de muchos años de experiencias fundamentales de su propia vida, que no parecen agotársele nunca; una curiosidad por asomarse a comportamientos desorbitados que irrumpen en la normalidad y a situaciones atroces. Se cita siempre el nombre de Chéjov al hablar de ella, pero ella misma, en alguna entrevista, reconociendo ese magisterio, ha aludido a modelos más próximos, las tres grandes escritoras sureñas del cuento y la novela corta, Flannery O'Connor, Eudora Welty y Carson McCullers. Las tres circunscriben sus ficciones a espacios geográficos muy limitados, muy cerrados, de intensa concentración humana; en las tres la religión rigurosa o fanatizada cobra una relevancia permanente; las tres escriben sobre lo inesperado, lo extraordinario, lo bizarro que puede surgir en medio de las vidas más sujetas a la rutina. Y en todas ellas hay una mezcla muy poco tranquilizadora entre la compasión hacia los pobres y los marginados y el humorismo macabro.
A Alice Munro otra de las aseveraciones habituales sobre su obra que se ve que la impacientan es que escribe sobre gente vulgar. “No son personas vulgares para mí. No pueden serlo cuando tienen deseos tan poderosos y hacen a veces cosas tan extraordinarias”. Lo primero que necesita un escritor en formación son modelos narrativos que le sugieran el modo de dar forma al mundo que tiene delante de los ojos, a aquello que más le importa y que sin embargo no sabe cómo contar. En Welty, en O'Connor, en McCullers, aunque escribieran de un territorio tan ajeno a su provincia canadiense de Ontario como el Sur de los Estados Unidos, aprendió a convertir en literatura los escenarios inmediatos de su propia vida y los episodios relevantes de su origen y de su aprendizaje del mundo. Probablemente el modelo de Faulkner, también un novelista de imaginación anclada en una sola geografía, habría sido demasiado opresivo para ella, demasiado enfático en su ambición ostensible de totalidad. Las historias de Munro se integran las unas en las otras tan orgánicamente como las de Faulkner, pero lo hacen de una manera más sutil, como apenas esbozada, preservando la condición fragmentaria y como tanteadora que es tan propia de ella, y que pareciendo una limitación —la dificultad de completar novelas— es una de sus fortalezas, uno de los rasgos específicos de su originalidad.
En la primera o en la segunda línea de cualquiera de sus historias ya nos hemos adentrado en el territorio Munro, que es topográfico pero también mental: una contemplación de las personas, los lugares y las cosas visceralmente atenta y a la vez algo desasida; un anhelo sordo que puede ser de deseo o de huida o de ambos impulsos a la vez y que cuando llega a cumplirse trae consigo un precio de insatisfacción y remordimiento, de cierta vergüenza de uno mismo. Uno empieza a leer y hacia el principio del segundo párrafo ya se siente encerrado en las mismas trampas que los personajes o arrastrado por el curso de unos hechos que nunca parecen los de una trama organizada de antemano sino los de una fatalidad inusitada.
De un libro a otro la escritura y los temas de Munro parecen mantenerse idénticos, y sin embargo están sometidos a variaciones continuas, aunque no llamativas, a exploraciones narrativas que juegan continuamente con los límites de la elipsis: de qué modo se puede comprimir la máxima duración temporal en menos líneas de relato; hasta dónde se puede llegar retrasando o escondiendo la información central de una historia; cuánto más puede decirse diciendo lo menos posible; desde qué nuevo ángulo o con qué matices se puede contar lo que se lleva contando compulsivamente toda la vida. Parece que Alice Munro mira su comarca natal, su Huron County, como miraba Cézanne cada día su montaña Saint-Victoire, o Giorgio Morandi sus agrupaciones de jarras, botellas, vasos, cuencos. “Para mí es el lugar más interesante del mundo”, dijo hace unos meses en una entrevista. “Imagino que es porque sé más sobre él. Me produce una fascinación ilimitada”. Su último libro, Dear Life, termina con un tríptico de estampas muy breves en las que regresa de nuevo a escenarios e imágenes de la infancia. Son páginas tan comprimidas, tan despojadas, que resultan a la vez transparentes y herméticas. Al llegar al punto final casi se toca el espacio en blanco, el silencio de la despedida.
Antonio Muñoz Molina

jueves, 30 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Alice Munro. Antonio Muñoz Molina

Muñoz Molina

   En "El País":

Nadie como ella

La rigidez moral de los 50 está presentes de un modo u otro en las historias del último libro de Alice Munro, 'Dear life'

 8 DIC 2012

Al final o cerca del final de casi cada cuento de Alice Munro hay que regresar al principio. Un quiebro ha sucedido y la historia ha cambiado de dirección tan bruscamente como si uno hubiera saltado unas páginas y se encontrara leyendo otro cuento; algo queda tan inexplicado que uno vuelve a las primeras páginas en busca de un nombre o de una información clave en la que no reparó; o simplemente uno vuelve al principio por el gusto de leer entera otra vez la historia, por el placer de observar con qué astucia y en cada momento pequeños indicios fueron señalando —para quien prestara la debida atención— que en realidad el cuento era otro cuento, que por debajo de lo dicho discurría un caudal subterráneo que es el rumor que le avisa a uno de que la literatura se escribe callando no menos que contando, y que más allá de lo que vemos y escuchamos y de lo que descubrimos en momentos singulares de lucidez o perspicacia hay cosas que no sabremos nunca, espacios en blanco a los que no llegan el conocimiento ni el recuerdo y que sería fútil rellenar con ficción.
Una mujer mayor que ha tenido algunos problemas de memoria sin importancia llega al barrio desconocido para ella en el que está la consulta del médico y descubre que ha olvidado en casa el papel donde apuntó el nombre. Un veterano vuelve de la guerra en el verano de 1945 y cuando después de un largo viaje a través de Canadá le falta menos de media hora para llegar a su pueblo salta del tren en marcha, aprovechando que ha reducido mucho la velocidad en una curva, y se acerca a una granja en la que vive una mujer sola. Un ama de casa joven que ha publicado por primera vez unos poemas en una revista es invitada a una fiesta de escritores en la que nadie le hace caso y se emborracha tanto que tiene que sentarse en el suelo, y un desconocido la ayuda a levantarse y la lleva a casa, y cuando ella va a salir del coche él le dice que ha tenido la tentación de besarla. Una maestra muy joven viaja en mitad del invierno hacia su primer trabajo en un sanatorio para niños tuberculosos que está cerca de un lago helado. Un arquitecto joven, casado, con hijos, se hace amante de la hija de un potentado local, y durante años él y ella han de pagar el dinero del chantaje que les hace una criada que descubrió el enredo por casualidad. Un niño ve que su hermana mayor está a punto de ahogarse en una laguna y corre a pedir ayuda y luego no recuerda por qué motivo se sentó en los escalones a la entrada de su casa en lugar de golpear la puerta. Una mujer casada con un hombre doce años mayor que ella recibe a una vendedora de cosméticos a domicilio, y cuando el marido, un profesor, un poeta célebre, vuelve a casa, él y la vendedora se quedan hechizados mirándose porque tuvieron una historia de amor muchos años atrás, cuando él era soldado y estaba a punto de partir para la guerra.
Los años de la II Guerra Mundial, los tiempos oscuros de la Gran Depresión, la rigidez moral de los cincuenta, el gran cambio que sobrevino muy poco después, están presentes de un modo u otro en las historias del último libro de Alice Munro, Dear life. El contraste del ayer lejano y el ahora ha sido siempre uno de sus motivos centrales, y con él la brusquedad de los cambios, en las costumbres y en las vidas, la libertad conquistada o encontrada, sobre todo para las mujeres, y junto a ella una desolación o una crudeza que habrían sido como el reverso inevitable de todo lo que se ganó: las calles vacías y las tiendas cerradas en el corazón de las pequeñas ciudades arruinadas por la omnipresencia del coche y de los centros comerciales; los viejos que ayer mismo eran fuertes y jóvenes extraviados en espacios impracticables que no comprenden; los nombres y las vidas de los muertos que se disuelven rápidamente en un olvido que será definitivo cuando desaparezcan también los últimos que los recordaban, o cuando el Alzheimer les vaya borrando la memoria.
En libros anteriores, incluido el penúltimo, Demasiada felicidad, Alice Munro se ha movido con solvencia entre un mundo y otro, entre el presente observado con un máximo de agudeza y los pasados sucesivos que se remontaban hasta su infancia e incluso más atrás, hasta la memoria de los emigrantes escoceses que viajaban a Canadá en el siglo XVIII dispuestos a sobrevivir en circunstancias durísimas, en un continente de llanuras sin límite y de inviernos polares. Nacida en 1931, ella tuvo tiempo de conocer la aspereza de aquellas vidas, antes de la prosperidad que trajo por primera vez la guerra, antes de la calefacción central, los electrodomésticos, las autopistas, la fiesta del consumo mezclada con la alegría de la emancipación sexual.

A los 81 años es lícito que en sus historias las inventadas y las otras prevalezca el pasado
Ahora, a los 81 años, es lícito que en sus historias, las inventadas y las otras, prevalezca el pasado. Eso no quiere decir que Alice Munro capitule a la nostalgia. Incluso su agudeza es ahora más afilada porque ha ido todavía más lejos en el despojamiento de su escritura, que ahora tiene brevedades lapidarias, frases comprimidas sin verbo y párrafos que consisten en una sola palabra y un punto y aparte. Una palabra del todo común o un nombre propio le bastan para titular la mayoría de los cuentos: Amundsen, Gravel, Haven, Pride, Corrie, Train, Dolly, Night, Voices. En cada uno de ellos están las fronteras visibles o secretas a las que se asoma cualquiera en su vida, las que se dejan atrás y las que nunca llegan a cruzarse, las que separan desde el nacimiento a los seres humanos, en pobres y en ricos, en hombres o mujeres, en atrevidos o cobardes; la frontera entre el que vive en la ciudad y quien ve sus luces desde lejos, entre el momento anterior a un encuentro definitivo y lo que viene después, entre los actos imaginados y los actos cumplidos, las palabras dichas y las que se quedan en el silencio.
En la última sección del libro, Alice Munro, que ha construido tantas ficciones con los materiales de su biografía, decide atenerse a unos cuantos recuerdos explícitos, cuatro estampas separadas entre sí que tienen algo de confesión y de despedida: “… las primeras y las últimas cosas —y también las más fieles— que tengo que decir sobre mi propia vida”.
No son grandes experiencias, o no aparentan serlo. Ni siquiera son historias con tramas definidas, con principio final. Casi nada sucede en ellas, salvo las sensaciones de la infancia, esa mezcla de percepción muy viva e información fragmentaria que llena de misterios unas veces confortadores y otras amenazantes la vida de un niño. Y la lectura que piden no es la de la prosa sino la de la poesía: un regreso al principio después del final, una revelación de algo que no se agota porque está en las palabras y un poco más allá de ellas.
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