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domingo, 7 de julio de 2013

PRENSA. Sobre el golpe de Estado en Egipto. "Los errores de los Hermanos". Eva Sáenz-Díez Jaccarini

Foto en internet

   En "El País":

Los errores de los Hermanos

Autoritarismo, sectarismo, descuido de las redes de asistencia social y crecimiento del paro han desgastado a los Hermanos Musulmanes

 6 JUL 2013 

Pan, libertad y justicia social. Estas eran las reivindicaciones populares de la Revolución en Egipto de enero-febrero 2011. Siguieron 18 largos y difíciles meses de gobierno militar. Este periodo transitorio culminó en elecciones presidenciales. Por primera vez en la historia egipcia, tomaba las riendas del poder un miembro de la Hermandad de los Hermanos Musulmanes (HM). Pasaron, por así decir, de la cárcel al palacio presidencial. Perseguidos por los sucesivos gobiernos desde su creación en 1928, el éxito electoral de junio de 2012 fue para ellos la culminación de más de 80 años de lucha y de perseverancia. Pero poco les duró este éxito tan esperado y deseado.
Los Hermanos Musulmanes en el poder (2012-2013). En junio del 2012, el candidato HM, Mohamed Morsi, toma las riendas del país. Además del camino político transcurrido a lo largo de estas décadas, los HM han sabido cubrir el vacío dejado por el régimen de Mubarak y desarrollaron una labor social impresionante en todo el país; eso sí, llevando a cabo también una tarea de adoctrinamiento. Debido a su trayectoria histórica y política, se trataba, y de hecho sigue siendo, el grupo político mejor organizado y preparado. Gozaban por lo tanto del apoyo, o por lo menos de la simpatía, de buena parte de la sociedad. Pero poco a poco, este a priori positivo —y digo a priori porque nunca habían tenido la oportunidad de ejercer el poder— fue degradándose hasta alcanzar la situación a la que hemos asistido en estos últimos días.
Pero ¿cómo consiguieron gastar y erosionar este capital en un tiempo récord? Las principales razones de orden político son un comportamiento altamente autocrático, que ya no era aceptable en la sociedad egipcia post-2011. El establecimiento de un sistema sectario, basado esencialmente en la exclusión de los oponentes, aludiendo razones teológico-religiosas colaboró al descontento. Es decir que los miembros de la oposición, activistas o manifestantes enfrentados a su política, eran “acusados” de ser infieles y ateos. Además, esta retórica incrementó las ya existentes tensiones inter-confesionales, sobre todo dirigidas en contra de los coptos, pero que culminaron hace poco en el linchamiento público de cuatro chiíes.
La ausencia de estrategia, bien por falta de visión política, por incompetencia o por voluntad de inmovilismo, tuvieron igualmente un efecto pésimo sobre la sociedad egipcia. A nivel social, hemos de destacar el abandono por parte de la Hermandad de la red de ayudas sociales cuidadosamente tejida a lo largo de varias décadas. Parece que el acceso al poder les impedía seguir llevando a cabo su labor social y caritativa. Este desinterés creciente les restó una vez más credibilidad.
En cuanto a la situación económica, tampoco estuvieron a la altura. La tasa de desempleo siguió disparándose, las reservas de divisas cayeron a niveles alarmantes. La crisis energética (cortes de luz y graves problemas de abastecimiento en carburantes) aumentó el descontento. Sin hablar de la galopante inflación que no pudieron frenar.
Tamarrud. El movimiento de Rebelión, Tamarrud en árabe, tenía como principal objetivo, pedir la renuncia del presidente Morsi. Y según las cifras facilitadas por el movimiento, consiguieron recaudar 22 millones de firmas. Habían convocado manifestaciones multitudinarias para el domingo 30 de junio, primer aniversario de la llegada al poder de Mohamed Morsi, y varios millones de manifestantes acudieron a la cita. Tres días más tarde, ¡era informado el presidente Morsi de su destitución!
¿Golpe de estado militar o sublevamiento popular? Desde entonces, un debate prevalece en Egipto, y fuera de Egipto. ¿Se trata de un golpe de estado militar o de un sublevamiento popular y democrático logrado gracias a la ayuda del Ejército?
Sería interesante detenerse un instante sobre el significado, la percepción, el sentido del término democracia/democrático.
Lo que está claro es que democracia/democrático implica la voluntad del pueblo. Y se podría decir sin lugar a duda que los diversos procesos electorales que tuvieron lugar en Egipto desde 2011 no corresponden totalmente al término “democrático”.
Hemos asistido a campañas de referendos o elecciones parlamentarias y legislativas en las cuales habían sido presentados argumentos de peso, de peso pesado para un país como Egipto: aquél que no rellene la casilla indicada, será considerado como hereje o infiel. Campañas electorales durante las cuales son distribuidos productos de gran consumo —sacos de arroz, de harina o de azúcar— en contrapartida de tomar la buena decisión a la hora de votar, ¿releva de un proceso democrático? Igualmente, el hecho de intimidar, véase impedir el acceso a los colegios electorales a cierta parte de la población —los coptos en zonas del Alto Egipto concretamente—, ¿podría definirse como siendo democrático?
Supuestamente no, y muchos egipcios lo saben. De alguna manera, lo que ha pasado estos últimos días, revela una voluntad de decir Kefaya!, ¡Basta ya!, a este supuesto parecer democrático. La democracia no pasa únicamente por las urnas. La democracia supone un gobierno incluyente, un presidente que sirva los intereses del pueblo y no de la Hermandad a la que pertenece. Implica un presidente que respete un estado de derecho y que no se comporte con la sociedad, como con sus siervos.
La situación actual y las perspectivas. Poco se puede decir todavía sobre lo que espera el país. Abdel Fatah el Sisi, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, y actual hombre fuerte del país, es más bien desconocido. En un clima altamente inestable, donde una dinámica revolucionaria prevalece, ¿qué opciones tendrá este nuevo gobierno de transición? ¿De qué margen de maniobra dispondrá el presidente interino de Egipto, Adli Mansur frente al Ejército? Poco se sabe de esta figura. Presidente del Consejo Constitucional desde el día 1 de junio, Mansur parece ser una persona pausada y de consenso. Desde luego la tarea que tiene que llevar a cabo no será de las más envidiables tanto a nivel económico-social, como para llegar a un consenso político. Y eso sí. Si Egipto quiere encaminarse realmente hacia una democracia, el pueblo tendrá que estar atento y no permitir nuevas derivas autocráticas y excluyentes. ¡Todo un reto que será ciertamente difícil de conseguir
Eva Sáenz-Díez Jaccarini es Doctora e investigadora sobre el Mundo árabe y musulmán en la Universidad Autónoma de Madrid y en la Universidad de París 8. Es autora del libro "D'une revolution à l'autre. Politiques d'enseignement et changements sociaux" (Publisud, París, 2013).

PRENSA. Sobre el golpe de Estado en Egipto. "Más democracia". Francisco G. Basterra

Foto en internet

   En "El País":

Más democracia

Lo ocurrido estos dramáticos días en Egipto es la continuación del dominio ininterrumpido ejercido por los militares. La vuelta a la clandestinidad de los islamistas sería un desastre, no solo para Egipto

 5 JUL 2013

El Ejército egipcio no es el salvador de la patria ni la conciencia de la nación, como ha afirmado el nuevo presidente títere de la mayor nación árabe, sino el autor de un golpe de Estado de libro que ha puesto fin a un Gobierno elegido democráticamente por primera vez en la milenaria historia del país del Nilo. Lo ocurrido estos dramáticos días en Egipto es la continuación del dominio ininterrumpido ejercido por los militares desde que el coronel Nasser y sus jóvenes oficiales derrocaron a la monarquía en 1952. Desde entonces gobiernan el país lucrándose con su corrupto manejo de sectores importantes de la economía. No está de más viendo las ambiguas e hipócritas reacciones de bastantes países democráticos, equidistantes entre los golpistas y Morsi, recordar lo elemental. Obama, satisfecho sin poder decirlo, se ha mostrado “profundamente preocupado” por la acción militar pero no lo suficiente para condenar el golpe. Es impensable que el general Al Sissi se lanzara a darlo sin el placet de Washington, que suministra a los militares egipcios 1.000 millones de euros anuales de ayuda. La democracia implica sobre todo el respeto a la voluntad expresada mayoritariamente en las urnas, son exclusivamente los ciudadanos quienes deciden su futuro y no los militares, subordinados al poder civil. En España necesitamos un 23-F para resolverlo. Los pretorianos egipcios se han creído los intérpretes del pueblo y han decidido que Morsi no cumplía lo que la calle esperaba. ¿Cuántos gobiernos democráticos aguantarían esta prueba del algodón de promesas incumplidas? Una ola de indignación en España saca del poder a Rajoy con su mayoría absoluta, por el incumplimiento de su programa electoral, el control del poder judicial, la insufrible tasa de paro, y los recortes en sanidad y educación. Y este tsunami populista es ejecutado por el Ejército.
La ignominia democrática perpetrada en Egipto: abolición de la Constitución, arresto del presidente legítimo, y de decenas de dirigentes políticos islamistas, el cierre de tres canales de televisión partidarios de Morsi, ha contado con un gran apoyo popular siendo celebrada con fuegos artificiales en la plaza Tahir. Ocurrió lo mismo en Chile en 1973 donde Allende pagó con su vida el golpe de Pinochet. Morsi a última hora también prometió pagar con su sangre la defensa de la legitimidad. No fue necesario. Los mismos policías que torturaron y asesinaron a los jóvenes que hace dos años se levantaron contra el dictador Mubarak, otro militar, y el mismo Ejército que intentó hasta el final defender al antiguo rais, para finalmente abandonarlo y convertirse en Junta Militar conservando su gran poder en el nuevo régimen, son lo que ahora han permitido la quema de la sede de los Hermanos Musulmanes en el Cairo sin intervenir, y las violaciones en la plaza Tahrir para demostrar el caos que justificaba su intervención. El Ejército fue una mala comadrona de la democracia en 2011 y volverá a serlo ahora. Las masas hoy ebrias de contento se desencantarán, lo mismo que lo lamentarán los políticos laicos que no fueron capaces de ganar las elecciones y ahora vergonzantemente se han prestado a la mascarada anticonstitucional, posando junto al golpista general Al Sissi, para salvar presuntamente al país de una guerra civil.
En la primavera democrática de El Cairo, la calle pedía pan, trabajo y dignidad. Morsi no ha dado al pueblo ni pan ni trabajo. La situación económica es caótica, uno de cada dos egipcios están bajo el nivel de la pobreza, establecido en 1,54 euros al día; el turismo, la principal fuente de ingresos, se ha desplomado; la criminalidad se dispara; sube el precio de la gasolina a pesar de estar subvencionada; los cortes de electricidad son frecuentes; se retrae la inversión exterior, compensada en parte por generosos fondos saudíes y de Catar, los hermanos suníes. La nueva democracia no ha dado de comer. Morsi ha incumplido sus promesas de reconciliación polarizando al país. Se arrogó poderes extraordinarios y fabricó una constitución excluyente a medida del islamismo.
¿Quién debe adaptarse, la sociedad moderna al Corán o al revés? Morsi no quiso o no pudo poner en su sitio al Estado profundo, los servicios de inteligencia y seguridad, el poder judicial contaminado por los nostálgicos de Mubarak, que vieron siempre a los hermanos musulmanes como unos intrusos ilegítimos. Pero su incompetencia no justifica la sustitución de las urnas por las bocachas de los fusiles. La vuelta a la clandestinidad de los islamistas sería un desastre no solo para Egipto. Conviene recordar: en 1991 se produjo por primera vez el triunfo democrático de una opción política islámica, la del FIS en Argelia, las elecciones fueron anuladas y una guerra civil de diez años se saldó con 200.000 muertos. ¿Son compatibles el islamismo y la democracia? ¿Qué hacer cuando solo la democracia no basta? Más democracia.

lunes, 17 de junio de 2013

PRENSA. "Irán, desgarrado por poderes intransigentes". Antoni Segura


   En "El País":

Irán, desgarrado por poderes intransigentes

La verdadera lucha no se libra en las calles, sino en el corazón del núcleo religioso-militar que se consolidó tras la revolución de 1979. Entre unos y otros pueden ahogar las aspiraciones de una población en gran parte joven

 11 JUN 2013

La primavera árabe empezó en Irán, un país musulmán pero no árabe. Fue en junio de 2009, tras la discutida reelección de Mahmud Ahmadineyad, cuando la oposición reformista utilizó las redes sociales para convocar manifestaciones denunciando el fraude electoral. Pero los manifestantes fueron reprimidos por los matones del régimen (basiyís) y por los Guardianes de la Revolución (pasdarán), un cuerpo paramilitar creado por el ayatolá Jomeini tras la revolución de 1979 y cuyo Consejo tiene la facultad de decidir los candidatos que finalmente pueden presentarse a las elecciones presidenciales.
De los 686 aspirantes inscritos solo ocho han pasado el filtro, aunque la última palabra la tiene el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei. Dos de los excluidos, el expresidente del Parlamento (1980-1989) y de la República (1989-1997) Ali Akbar Hachemi Rafsanyaní, uno de los hombres más ricos del país y determinante en la consolidación del régimen a principios de los ochenta —pero que abrió las puertas al reformismo y apoyó a Mir Hosein Musavi (primer ministro entre 1981 y 1989) en las elecciones de 2009—, y Esfandiar Rahim Mashaei, el protegido de Ahmadineyad, indican que el núcleo duro del régimen ha cerrado filas en torno a Jamenei, cuyo poder absoluto había sido contestado en los últimos años por el actual presidente. Al final han quedado solo cinco candidatos de demostrada fidelidad al líder supremo, los denominados principalistas, y tres candidatos con pocas opciones y entre los que destaca Hasan Rohani, que habían ocupado cargos durante la presidencia del reformista Mohamed Jatamí (1997-2005) y gozan de su confianza. De los ocho, Said Yalilí, actual jefe de las negociaciones del programa nuclear iraní con los organismos internacionales, es quien cuenta con el apoyo más claro de Jamenei, hasta el punto de que el resto de candidatos principalistas posiblemente se retirarán. Rafsanyaní y Mashaei han anunciado que recurrirán su exclusión ante el líder supremo.
En Occidente, la historia política de Irán de las dos últimas décadas se ha interpretado como la de un creciente enfrentamiento entre conservadores y reformistas. Sin embargo, los reformistas (Rafsanyaní, Musavi) ocupaban puestos claves en la década de los ochenta coincidiendo con la guerra contra Irak, la represión de la oposición, la consolidación del régimen de teocracia colectiva liderado por Jomeini y la creación de la Guardia Revolucionaria (pasdaran). La desaparición de Jomeini en 1989 abrió una lucha por el poder entre los que más propiamente cabría denominar ultraconservadores y los pragmáticos. La verdadera lucha por el poder en Irán no se libra en las calles, sino en el corazón mismo del poder religioso-militar que se consolidó tras la revolución de 1979.

La reelección de Ahmadineyad en 2009 necesitó de todos los mecanismos del Estado
En 1989, ese bloque de poder se fracturó. Los dirigentes más pragmáticos, después identificados con el reformismo, creían que, tras una guerra que había arruinado al país, había que poner fin al aislamiento internacional ofreciendo una cara más amable y aperturista del régimen —función que asumieron Rafsanyaní y Jatamí entre 1989 y 2005— para no renunciar a lo esencial: preeminencia del poder religioso, control político y discriminación de género. Por el contrario, los dirigentes más inmovilistas pensaban que cualquier apertura acarrearía el final del régimen y, tras la experiencia reformista de Jatamí, cerraron filas apostando por un candidato ultraconservador, antioccidental y populista para cerrar el paso al retorno de Rafsanyaní. Y Ahmadineyad supo movilizar la frustración de los sectores más pobres de la población y las redes clientelares del grupo conservador Abadgaran, que tenía la mayoría en el Parlamento, para convertirse en el primer presidente que no era un ayatolá. Contó también con la inestimable ayuda (se supone que involuntaria) de los neocons que incluyeron a Irán en el “Eje del Mal” y que con las ocupaciones de Afganistán e Irak contribuyeron a aislar todavía más a Teherán.
En este nuevo escenario, los reformistas se convirtieron en sospechosos de favorecer los intereses de Occidente y de traicionar la revolución, el icono del martirio para millones de excombatientes pobres de la guerra contra Irak. Pero en 2009, la apelación a los mártires de la guerra, a la vieja retórica del discurso islamista radical, pero conservador, y a una revolución que 20 años después se mostraba incapaz de mejorar la economía del país y el nivel de vida, ya no servía. Hizo falta, pues, utilizar todos los mecanismos del Estado para garantizar la reelección de Ahmadineyad, que fue contestada con denuncias de fraude por los reformistas, cuyos principales candidatos (Musavi y Mehdí Karrubí) permanecen en arresto domiciliario desde 2011.
Tras el segundo mandato de Ahmadineyad, la situación ha empeorado. Su obstinación en continuar con el programa nuclear iraní —supuestamente con finalidades civiles, para lo que cuenta con un apoyo no incondicional de Rusia y China— y, sobre todo, los efectos económicos derivados de las sanciones impuestas por Estados Unidos y la UE a las exportaciones de petróleo y a los seguros de los fletes, ya no permiten garantizar la paz social mediante una combinación de subsidios y puritanismo (Gilles Kepel). Las exportaciones de petróleo han caído de los 2,5 millones de barriles diarios en 2011 a los 1,5 millones de mediados de 2012, lo que supone una pérdida de casi 3.000 millones de dólares mensuales. La UE, que representaba el 20% del mercado de petróleo iraní, ha sustituido esas importaciones por las de otros países; también India y China, de donde proceden la mayoría de productos manufacturados que consume Irán, han reducido sus importaciones de crudo. Paralelamente, el precio del petróleo descendió en la primavera de 2012 y, tras una leve recuperación, se presenta a la baja desde febrero de 2013 (en abril, el barril de Brent se cotizaba por debajo de los 80 euros). En consecuencia, la inflación y el paro han crecido en los últimos años, al mismo tiempo que disminuía la productividad agrícola y el crédito, según reconocía incluso el principalista mejor situado, Yalilí.
Además Teherán también se enfrenta a un contexto regional cada vez más desfavorable. Sus dos principales aliados, el régimen de Bachar el Asad y Hezbolá, se juegan el futuro en Siria, conflicto que también está repercutiendo en las relaciones de Teherán con Ankara; mientras que Benjamin Netanyahu amenaza con una intervención militar —impensable sin Estados Unidos— para acabar con el programa nuclear iraní.
En definitiva, las elecciones se celebrarán en un marco de creciente malestar social: el pasado 5 de junio, en el funeral del ayatolá Jalaledin Taheri, se oyeron proclamas a favor de Musavi y Karrubí, y en contra del régimen. En contrapartida, el cada vez más reducido bloque de poder ha endurecido la represión y la censura, ha prohibido las antenas parabólicas y ha obstaculizado el acceso a Internet. La exclusión de Rafsanyaní ha indignado a la oposición e incluso una hija de Jomeini, Zahra Mostafavi, simpatizante de los reformistas, refiriéndose a Jamenei y Rafsanyaní, ha denunciado que, en lugar de trabajar juntos como deseaba su padre, “la gradual separación entre ustedes dos será el mayor golpe a la revolución”.

Ahora la situación es peor por la obstinación en el programa nuclear y las sanciones económicas
No hay duda de que las elecciones del 14 de junio son trascendentales para un bloque de poder cada vez más reducido e intransigente y para el futuro del país. Como tampoco hay duda de que en ese río revuelto donde colisionan el régimen y la oposición intentan pescar actores externos que, desde Riad a Washington, pasando por Tel Aviv y otras capitales árabes y occidentales, desearían reducir el poder regional y la influencia de Irán en Oriente Medio y Asia Central. Sería trágico que entre unos y otros ahogaran las legítimas aspiraciones de una población, mayoritariamente joven (edad media de 26,3 años; un 60% de la población tiene menos de 30 años), para la que la revolución de 1979 queda ya muy lejos y el régimen ha dejado de colmar sus expectativas de futuro.
Antoni Segura es catedrático de Historia Contemporánea y director del Centre d’Estudis Històrics Internacionals (CEHI) de la Universidad de Barcelona. Autor de Estados Unidos, el islam y el nuevo orden mundial. De la crisis de los rehenes a la primavera árabe (Alianza, 2013).

lunes, 7 de noviembre de 2011

PRENSA. "Islam y democracia", por Antonio Elorza

Antonio Elorza

   En "El País":
Islam y democracia

ANTONIO ELORZA 01/11/2011

   El humorista del diario tunecino nos presenta a dos personajes que conversan. Uno de ellos expresa su miedo ante la llegada al poder de los islamistas, y cuenta al otro que se ha abastecido, por si acaso, de agua y de leche. "Te equivocas", le contesta su interlocutor. "Harías mejor en almacenar vino y cerveza". Una de las imágenes habituales del islamismo le identifica con la prohibición de las bebidas alcohólicas, y de hecho, siendo Túnez país musulmán, el Gobierno ponía las cosas difíciles a los bebedores de las clases populares, reservando la venta a tenduchos semiescondidos de propiedad estatal y solo en las principales localidades. Para los consumidores de alto nivel adquisitivo y turistas. El segundo indicador de intransigencia correspondería a la islamización del vestido femenino.
   De momento, las únicas señales emitidas por Rachid Ghannushi, líder de Ennahda, el Partido del Renacimiento, vencedor en las elecciones, conciernen a lo segundo y en nada anuncian la aplicación de la vulgata islamista. El modelo sería el AKP turco de Erdogan. Solo puede preocupar su crítica al hecho de que en Túnez coexistan el francés y el árabe, que a su juicio debiera ser la lengua propia del país. Por lo demás, una vez suprimidas las restricciones del régimen de Ben Ali sobre el hiyab, Ghannushi ha anunciado un futuro de coexistencia, al regresar tras un largo exilio: "Las mujeres y los hombres son libres de elegir su estilo de vida; soy contrario tanto a imponer el velo, como a prohibirlo en nombre de la modernidad". Su preocupación se vuelve hacia los problemas concretos que afectan a la mujer tunecina: el salario inferior al de los hombres, la ausencia de guarderías y algo de lo cual los espectadores españoles pueden percibir la importancia en el filme egipcio El Cairo 678: el acoso sexual. Como en el curso de la campaña electoral, la moderación ha presidido todas y cada una de las declaraciones del veterano político, aun cuando tendría razones para quejarse por un sistema electoral que castigó a Ennahda como partido ganador, impidiendo su clara mayoría absoluta en la Asamblea Constituyente.
   Bajo la bandera del islam, la democracia parece haber llegado a Túnez, no sin seguir un recorrido sinuoso, ya que el factor religioso no contó en la insurrección contra Ben Ali y los grupos progresistas han tenido pésimos resultados. Incluso entró en escena un factor inesperado, con el millonario residente en Londres que obtuvo casi el 10% de los votos haciendo campaña solo desde su televisión. Pero el sustrato islámico estaba lo suficientemente arraigado en la sociedad tunecina como para imponerse, más aún si su portavoz político desarrollaba una campaña abierta a la tolerancia y al pluralismo de cara al futuro.
   En el caso de que tales previsiones optimistas se confirmen,se abre una nueva era en las relaciones entre la religión musulmana y la democracia, que ya había tenido antecedentes teóricos en autores tunecinos como Mohamed Charfi. Recordemos su libro Islam y libertad. Frente a la restauración del orden tradicional bajo el cumplimiento estricto de la sharía que parece inevitable en Libia, el nuevo régimen tunecino puede ofrecer un ejemplo de mayores consecuencias que el de Turquía, ya que en este caso existía el antecedente de Kemal Ataturk, con todo su legado de defensa del laicismo y, además, por encima de las creencias comunes, no se trata de un país árabe como Túnez. Lo que sí conviene es tener en cuenta que si el islamismo turco, de posiciones radicales a mediados de los años noventa, parece haberse ajustado al patrón de la democracia, el tunecino puede seguir el mismo camino, guiado aquí por el conocimiento del grado de evolución de la sociedad que tendrá Ennahda a su cargo.
   Como consecuencia, resulta cuestionable llamar "islamista" a un Gobierno que renuncie a implantar la sharía, adopte una Constitución democrática y promueva el pluralismo político. Es útil llamar a las cosas por su nombre. El islamismo tiene una seña de identidad clara que es la adopción de la sharía, del conjunto de normas basadas en el Corán y en las sentencias del profeta, con el objeto de mantener o forjar un orden social regido en su totalidad por el principio de "ordenar el bien y prohibir el mal" cuyo contenido marcan los textos sagrados. Fue el programa tradicional de los Hermanos Musulmanes de Egipto, de los cuales procede Ennahda, y lo es hoy de los principales movimientos islamistas en el mundo. No lo es, según sus palabras, de Ennahda. Partido islámico o simplemente musulmán sería una calificación más ajustada.
   Es la ocasión también para distinguir entre islam e islamismo, en el sentido de la tradición doctrinal, tantas veces olvidada, del islam progresivo. Desde que en 1925 Ali Abderraziq, teólogo de la Universidad de Al-Azhar, afirmara la posibilidad (y la necesidad) para los musulmanes de elaborar una doctrina moderna del Estado, al poner en cuestión el califato como institución divina, una corriente minoritaria de pensamiento, pero de argumentación sólida, ha sentado los fundamentos de una convergencia entre islam y democracia. En su base está la idea de que la enseñanza del profeta no determina forma alguna de Gobierno en particular. La construcción teológica contenida en la primera parte del Corán, las aleyas de La Meca, es de naturaleza fundamentalmente religiosa, contempla la yihad como esfuerzo hacia Dios y no contiene un mensaje político vinculante; incluso en la fase medinense del profeta armado, en el llamado "versículo de los emires", la autoridad es vista desde el ángulo de la obediencia debida a quien la ejerce legítimamente. Insistiendo en el mismo punto, el profesor marroquí Mohamed al-Jabri, en La razón política en el islam, recordaba que la doctrina islámica no era asociable con ninguna forma política concreta y que, en todo caso, aquí en directo enfrentamiento con los islamistas, la referencia a la consulta (shura) del profeta con sus compañeros sería un antecedente de las formas democráticas de organización del poder. Aun desde juicios históricos discutibles, más allá va aún Fátima Mernissi, al asociar la democracia y el concepto islámico de razón con las mujeres creyentes, asumiendo el papel de vanguardia de esa lucha para poner fin a un orden social fundado sobre "la ocultación de lo femenino".
   Como ocurriera con la formación del cristianismo democrático en el siglo XIX, al buscar refugio en los Evangelios frente a la Iglesia oficial, el islam democrático se remonta a "la inspiración de los orígenes", perdida luego con las elaboraciones de los "piadosos antepasados", referencia esencial del islamismo, con el propósito de combatir la idea de que la doctrina islámica es una ortodoxia irreformable. Citemos Islam y modernidad, del también tunecino Abdelmajid Charfi. El dato de la crítica de Ghannushi al salafismo y al radical Sayyid Qutb, fundador del yihadismo moderno, mostraría su alineamiento con dicho enfoque.
   En fin, la lectura democrática del islam no solo responde en los últimos tiempos a una evolución en el terreno de las ideas, sino también a la constatación del carácter opresivo del islamismo realmente existente. Es así como el pensamiento musulmán progresista surgió con fuerza en Irán al percibir destacados participantes en la "revolución de los ayatolás" el precio de la ausencia de democracia. Frente al islam de la identidad, Abdelkarim Soroush propugnará un islam de la razón, cuya acción crítica debe permitir la distinción entre los aspectos nucleares y los accesorios de la religión. Lo esencial es sembrar "la cultura de la democracia", explicó el ayatolá Montazeri, sucesor designado de Jomeini que este apartó a última hora. La fallida revolución verde resulta de estos antecedentes. Esperemos que la experiencia de la vida en democracia y una prolongada oposición a la dictadura desde el exilio hayan movido las posiciones políticas de Ennahda en la misma dirección.

   Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.