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viernes, 4 de octubre de 2013

PRENSA. "Rémoras en nuestra enseñanza". Ignacio Sotelo

Ignacio Sotelo

   En "El País":

Rémoras en nuestra enseñanza

Ya no sirve la pedagogía tradicional que solo pretende transmitir saberes que no se cuestionan

 3 OCT 2013

A cualquiera que haya juntado algunos miles de libros en casa, seguro que en algún momento, el electricista o el fontanero de turno habrá exclamado, entre admirado y receloso, ¡pero no los habrá leído usted todos! En efecto, una biblioteca es un proyecto de lectura; se adquieren los que uno quisiera leer, sin poder comprar, como se quejaba Schopenhauer, el tiempo para leerlos. Con los años se acumulan cientos de libros no leídos y, pese a ello, al no desfallecer por suerte la curiosidad, ni la perspectiva de gozo que proporciona la lectura, seguimos comprándolos; en el fondo tal vez porque no queremos reconocer que nuestros días están contados.
Con los años he ido perdiendo la noción de dónde está ubicado cada libro, o en qué ocasión lo adquirí. Hace unos días me he topado con uno del que nada sabía, ni siquiera que existía. El título es “Lecciones instructivas sobre la historia y la geografía, obra póstuma de don Tomás de Iriarte, con las reformas espresadas (sic) en el prólogo, continuadas hasta fin de 1855, y seguidas de unos rudimentos de cronología y de geografía por don Mariano de Huerta, doctor en Jurisprudencia y catedrático de aquella asignatura en la Universidad Central. Obra adoptada de texto en las Escuelas de Primera Enseñanza por la Dirección General de Instrucción Pública según decreto de 11 de agosto publicado en 11 de setiembre de 1856. Madrid y Santiago, Librerías de D. Ángel Calleja, editor, 1858”.
Me sorprendió que el autor de un texto para niños de primaria fuese Tomás de Iriarte (1750- 1791), el escritor ilustrado, amigo de Moratín y Cadalso, víctima de los sarcasmos del reaccionario Forner, justamente, el culto traductor del Arte poética de Horacio, que se preciaba de haber escrito fábulas originales, pero bien cabe que lo fuera de una obra escrita, quizá tan solo por un interés crematístico, y además póstuma que el autor no pudo corregir.
En el prólogo, ya escrito por Mariano de Huerta, se dice que el libro pretende proporcionar lo que “se está obligado a saber, como cristiano o como miembro de un cuerpo civil; sin que por esto se crea que la instrucción que aquí se le ofrece es radical y científica, sino la que basta para que en aquella dócil edad empiece a gustar de lo útil”. Como los destinatarios son los niños de primaria, “se excusa en ella el amontonamiento de reflexiones y sentencias que era fácil deducir de los mismos hechos; método que seguramente no desaprobará quien tenga presente que la edad de la memoria no es la edad del juicio... por esto me limito en la parte histórica a la relación de los hechos, desnuda de todo comentario, que no podrían digerir la capacidad de los que han de estudiar aquellos”.

En los años cincuenta de la pasada centuria, todavía había que aprender de memoria multitud de datos concretos
Un año antes de que Darwin publicase El origen de las especies, en España la historia era la sagrada, que comienza con la creación del mundo en el año 4004 antes de Jesucristo y que la Biblia narra en detalle. Los pobres niños tenían así que aprender de memoria la lista de los reyes de Judá y de Israel, o las fechas en que vivieron cada uno de los profetas desde Job hasta Eléazar. En mi niñez todavía empezábamos con la historia sagrada.
En las escuelas se transmiten conocimientos sobre los que no se duda, ni se discute, sino que se aprenden de memoria para retenerlos para siempre. Al configurar estos conocimientos seguros y definitivos un continente conocido, el fin de la educación es que vayamos rellenando “las lagunas” que tengamos.
Además de sólidos, estos conocimientos son los más útiles, ya que enseñan a ser buen cristiano, que entre otras virtudes incluye la obediencia a las autoridades, el respeto por el orden establecido, señalando el deber de cada cual de servir a la comunidad desde la posición que le corresponda por herencia y educación. Retener estos principios en la memoria es el método que mejor se acopla a los niños, que se supone que se encuentran en “la edad de la memoria”, sin juicio suficiente para razonar.
Un siglo más tarde, en los años cincuenta de la pasada centuria, todavía había que aprender de memoria multitud de datos concretos, como los temarios de las oposiciones ponen en evidencia. Recuerdo que en el examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros Agrónomos, en un ejercicio llamado de cultura general, se exigía conocer, entre otros muchos datos, los partidos judiciales de cada provincia, que en las academias preparatorias muchachos talludos aprendían, cantándolos, como los niños la tabla de multiplicar en las escuelas.
El libro de Iriarte ofrece de manera ejemplar la pedagogía que ha dominado la enseñanza primaria en España, configurando los carriles sobre los que luego transcurre la secundaria y la universitaria. En primer lugar, destaca el control eclesiástico de la enseñanza que, de manera directa o indirecta, sigue pesando sobre nuestro sistema educativo. El famoso decreto Orovio de febrero de 1875 suprimió la libertad de enseñanza que, según un decreto de octubre de 1868, daba al profesor la capacidad de definir contenidos y métodos, e impone de nuevo el control estatal de los textos y de los programas de cada asignatura, de modo que “no se enseñe nada contrario al dogma católico ni a la sana moral”, principio ordenancista que sigue vigente.

En los programas de cada asignatura no podía contarse entonces “nada contrario al dogma católico ni a la sana moral”
Desde la modernidad ilustrada, a la que debemos el espléndido florecer de las ciencias y el progreso de las naciones, al contrario, nada es seguro, todo es criticable, y por supuesto revisable. Se aprende, por tanto, no acumulando hechos —basta con saber cómo se buscan cuando se necesitan—, sino poniéndolos en duda, incitando a cuestionarlos. El alumno no es el sujeto pasivo que debe asimilar los conocimientos que transmite la autoridad del profesor, sino el protagonista activo que, ante una pregunta que suscita su curiosidad, busca por sí mismo una respuesta. La función del profesor no es hacer el trabajo por él, menos sugerirle la respuesta adecuada, sino acompañarle en este proceso, criticando sus resultados y animándolo a seguir adelante. Poco se aprende sin el afán previo de conocer algo que nos haya llamado la atención, ni sin el esfuerzo personal por encontrar la solución.
Aparte de dominar el inglés y una preparación suficiente en matemáticas —hoy las dos columnas básicas de la enseñanza, que cada una exige una didáctica propia— desde la instrucción primaria a la universitaria no hay más que enseñar a hablar, leer y escribir. Aprender a hablar en público, capaces de una exposición oral ordenada y concluyente; a leer libros por nuestra cuenta, sabiendo entresacar lo que importa para la cuestión que trabajemos. (Sin una pregunta previa, no cabe distinguir lo que nos interesa de lo que no, y la lectura resulta tan aburrida como poco provechosa). En fin, aprender a escribir, estructurando un tema para hacerlo asequible a la comprensión de nuestros posibles lectores. En suma, la educación que necesitamos se reduce a aprender inglés, matemáticas, y a hablar, leer y escribir, al nivel de cada tramo, en las lenguas propias y en las áreas de conocimiento a las que nos dediquemos.
Quiero creer que en algo se haya modificado la pedagogía tradicional que sufrimos la gente de mi generación, consistente en transmitir conocimientos seguros que había que reproducir al pie de la letra, y estemos avanzado en una educación, basada en cuestionar los conocimientos que nos ofrecen.
Ignacio Sotelo es catedrático de Sociología.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

PRENSA. "El surgir de un nuevo ciclo", por Ignacio Sotelo

Ignacio Sotelo

   En "El País":
El surgir de un nuevo ciclo

   El régimen que inauguró la Transición pierde capacidad operativa y legitimidad para resolver los problemas. Precisa una reforma radical, pero parece inverosímil que las fuerzas políticas dominantes la vayan a abordar.

IGNACIO SOTELO 08/11/2011

   Aumentan los indicios de que el régimen que inauguró la Transición pierde capacidad operativa, y con ello, legitimidad, para resolver los problemas que se han ido acumulando. Se precisa de una reforma radical -desde muy diferentes intereses y puntos de vista se ha hablado incluso de una Segunda Transición- que, sin embargo, parece altamente inverosímil que las fuerzas políticas establecidas lleven a cabo.
   La crisis mundial puede estar abriendo un nuevo ciclo en nuestra historia contemporánea. Recordemos que desde la invasión napoleónica hemos tenido cuatro. La Primera Restauración, de carácter absolutista, dura de 1814 a 1833 y, como en 1975, acaba con la muerte de la persona que encarna todo el poder del Estado. El segundo ciclo, este ya liberal, aunque muy debilitado por las guerras carlistas, persiste hasta septiembre de 1868 en que Isabel II tiene que salir de España. Sigue una etapa de tanteo e incertidumbre que no logra consolidarse en monarquía constitucional ni en república. Un tercer ciclo liberal, hasta ahora el más largo, se extiende desde la Segunda Restauración en 1875 a la dictadura de Primo de Rivera en 1923. Curiosamente, el Desastre de 1898 no puso en cuestión al régimen, por lo menos a corto plazo, aunque facilitó que emergiese la todavía no resuelta "cuestión catalana".
   Desde 1917 se multiplican las señales de que la Segunda Restauración perecería si no lograba reformarse. La I Guerra Mundial fue el factor determinante para que se planteara este dilema, tanto por el crecimiento económico que los dos primeros años de guerra trajeron consigo, como por la grave crisis social que desencadenó el final. El desmoronamiento de los imperios alemán, austriaco y, sobre todo, el triunfo de la Revolución Bolchevique en Rusia, influyeron de manera decisiva sobre el movimiento obrero europeo; también en España la crisis se sintió con fuerza, donde el régimen liberal alfonsino había impedido la integración social y política de las clases trabajadoras. Después de un largo interregno (1923-1936) en el que tampoco pudo consolidarse la monarquía parlamentaria ni la república, en 1936 empieza un cuarto ciclo autoritario que llega hasta 1975. Se destaca por la estabilidad, debida tanto a la brutal represión de los 20 años posteriores a la Guerra Civil, como al rápido crecimiento económico a partir de los sesenta que transformó España en una moderna sociedad industrial.
   Un hecho altamente significativo resalta en esta historia: en los regímenes que mostraron mayor estabilidad, el fernandino (1814-1833), el alfonsino (1875-1923) y el franquista (1936-1976), incluso en el mucho menos estable primer liberalismo (1833-1868), el poder estuvo al servicio de las clases superiores, aunque, obviamente, la evolución socioeconómica llevase consigo una distinta composición tanto de las clases dominantes (latifundistas, industriales, financieras) como de las trabajadoras (ocupadas en el campo, en la industria, en servicios) con un crecimiento lento, pero continuo de los sectores medios.
   No es exagerado decir que en España siempre ha gobernado la derecha, hasta el punto de que los partidos de esta tendencia piensan que casi es un derecho natural. Cuando no se respeta la "mayoría natural", de la que hablaba Fraga, más bien pronto que tarde, se desemboca en la catástrofe. Solo causas excepcionales, como la permanencia de algunos rescoldos del franquismo, llevaron a los socialistas al poder en 1982, o el brutal atentado del 11 de marzo permitió a Zapatero ganar las elecciones contra todo pronóstico y lógica. Sin ello no se entendería que la derecha hubiera quedado en minoría ante una izquierda que, al cuestionar el orden natural, no produciría más que incertidumbre e inestabilidad. Este último año el PP ha vuelto con especial vigor a este discurso: para salvar todas las dificultades, incluida la crisis, basta con que las aguas vuelvan a su cauce natural y gobierne la derecha.
   Se amontonan los indicios de que elementos básicos del régimen actual no casan, o simplemente no funcionan, y no cabe descartar que a medio plazo el ciclo llegue a su final. Las señales son tan conocidas, que basta con mencionarlas. La más palpable es el distanciamiento creciente de los ciudadanos, no de la política, sino de los políticos. Nos vamos acercando peligrosamente al sistema de partidos, caciquismo y corrupción, que ya hundió la Segunda Restauración. En la Transición hubo que improvisar a partir de la nada los partidos de la derecha gobernante, y casi de la nada a los de izquierda, con la sola excepción del Partido Comunista que contaba con una cierta presencia en Madrid y Barcelona, pero también casi inexistente en la España rural y provinciana. Para garantizar la mayoría absoluta al partido gubernamental recurrió a una ley electoral muy injusta con los partidos de ámbito nacional que quedasen en tercer y sucesivos lugares; de hecho se implantó un bipartidismo que en algunos aspectos recuerda al que operó en la Segunda Restauración. A ello se suma la financiación pública de partidos, sindicatos, patronales, y organizaciones sociales de todo tipo, de modo que la "sociedad civil" queda reducida, como decía Aranguren, a la "sociedad mercantil", es decir, a las empresas y sus fundaciones.
   Los nacionalismos periféricos empiezan a arreciar al comenzar el siglo XX. La Mancomunidad de Cataluña se establece en abril de 1914 y la dictadura de Primo de Rivera la suprime. Sobre un Estado unitario que mantiene la provincia y sus diputaciones intactas, la Constitución de 1978 levanta las autonomías, una forma muy especial de descentralización administrativa a las que se otorga poder ejecutivo y legislativo. Con la esperanza de acabar con ETA, se establece el concierto económico en el País Vasco y Navarra -luego dicen que no se paga a la violencia terrorista- sin caer en la cuenta de que comporta una dinámica confederal que a medio plazo amenaza con la desmembración del Estado. La crisis ha puesto de manifiesto los costos impagables de la organización territorial que nos hemos dado; incluso los defensores a ultranza de las bondades de nuestra Constitución terminarán por reconocerlo. Ahora bien, cualquier modificación drástica de las autonomías, y no digamos su supresión, traería consigo el final del régimen. Creo que nos encontramos en un momento comparable al que vivió a partir de 1917 la Segunda Restauración. Ante los enormes retos a los que nos enfrentamos -estos sí, bien visibles- es difícil predecir la fuerza que puedan desarrollar los sectores sociales más críticos. En todo caso, los defensores del régimen seguirán ensalzando una Transición que permitió pasar de la dictadura a la democracia "desde la legalidad a la legalidad", reclamando volver al "espíritu de consenso", que habría dado tan buenos frutos.
   Empero, no toman en consideración dos cuestiones claves. La primera, que el milagro español resultó de tener el reformismo franquista la sartén por el mango y no poder aspirar los vencidos, bajo la mirada vigilante de un Ejército franquista, más que a ser tolerados en un régimen de libertades, que desde la situación de que partimos no era moco de pavo. A ello se sumaba el temor de uno y otro bando de enfrentarse en una nueva guerra civil, tragedia que a toda costa había que impedir, este sí un consenso en el que todos participamos.
   Tampoco se toma en cuenta que aquellos barros trajeron estos lodos. La Transición se hizo desde el poder, con los mínimos cambios posibles -únicamente se suprimieron las estructuras directas del Movimiento, prensa, sindicatos verticales, cuyo personal se reintegró en el sector público- manteniendo intocadas todas las demás estructuras del Estado. Una buena parte de los problemas que hoy tenemos en la Universidad, en la judicatura, en las Administraciones centrales y autonómicas, provienen de que hayan permanecido con pocas modificaciones, que en muchos casos solo han servido para empeorarlas.
   Desde hace más de un decenio los hijos, y sobre todo los nietos, de la generación que hizo la Transición han hecho público su desacuerdo con el régimen. El distanciamiento, y ahora la protesta en la calle, han ido en rápido aumento. Si a ello añadimos el calado y la duración previsible de la crisis -se ha desplomado nuestro sistema productivo, cayendo en picado la productividad y el empleo, sin que se divise el que lo pueda sustituir ni el tiempo que requiere su instalación- no me parece un disparate prever a medio plazo el final del ciclo.

   Ignacio Sotelo es catedrático de Sociología.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

PRENSA. "Hambrunas", por Ignacio Sotelo

Ignacio Sotelo

   En "El País":
Hambrunas


IGNACIO SOTELO 06/09/2011

   Pese a enormes progresos, seguimos siendo impotentes ante las catástrofes naturales, terremotos, tsunamis, explosiones volcánicas, inundaciones. Es cierto que con construcciones que resisten los terremotos, o canalizaciones que protegen de las inundaciones, el desarrollo tecnológico aminora los efectos dañinos, de modo que no faltan los que albergan la ilusión prometeica de que llegaremos a dominar la naturaleza.
   La constancia de las hambrunas desde los comienzos de la agricultura, debidas en buena parte a catástrofes naturales -sequías, erosión del suelo, inundaciones y terremotos- ha llevado a integrarlas en este capítulo. Algo que, sin embargo, pone en cuestión el que en el último medio siglo el hambre generalizada, incluso como amenaza, haya desaparecido de los países más avanzados, al menos mientras no se derrumbe nuestra civilización.
   El hambre se ha vencido en China o Brasil, países en rápido desarrollo; en cambio, en África las hambrunas se repiten con la misma periodicidad. En 1967 afectó a Biafra, causando un millón y medio de víctimas, que a lo largo de los setenta y ochenta reinciden en el Sahel. Todavía en 2005 producen estragos en Níger, Malí, Mauritania y Burkina Faso. En el llamado Cuerno de África, concretamente en Etiopía, en 1984 mueren de hambre casi un millón de personas; en 1992, 300.000 somalíes. La hambruna que hoy afecta a Somalia y al norte de Kenia, anunciada con suficiente antelación, a nadie pudo pillar de sorpresa.
   ¿Cuál ha sido la reacción del mundo occidental? Consternación ante imágenes impactantes, sin que a muchos les entre en la cabeza que a comienzos del siglo XXI mueran de hambre millones de personas, en primer lugar niños y ancianos, pero aun así, solo se movilizan organizaciones no gubernamentales, una buena parte inspiradas por instituciones religiosas. Ahora bien, al depender casi todas económicamente de los Estados, apenas aumentan las módicas cantidades que éstos están dispuestos a donar.
   Hasta ahora la respuesta de Occidente ha sido apelar a la caridad, atribuyendo las hambrunas tanto a catástrofes naturales, sequías, inundaciones, que nada se podría hacer por evitarlas, como a los mismos pueblos que las sufren, que en guerras civiles permanentes gastan en armas los pocos recursos de que disponen. Aunque no se pregunten qué medidas habría que tomar para evitar que se repitan, intentar al menos salvar de una muerte inmediata al mayor número posible es mejor que mirar para otro lado, que es el comportamiento más extendido. Llegando incluso algunos a indignarse, se ha dado el caso de que en tiempo de penuria el Estado reparta unas migajas entre los hambrientos, o alcanzar el colmo del cinismo al afirmar, lo he oído en Alemania, que las fotografías que los medios difunden, más que de hambrientos, son de sidosos que reciben el castigo merecido.
   La cuestión clave es indagar a fondo las causas de las hambrunas. Cierto que las catástrofes naturales, como la sequía (desde 1980 se han contabilizado 42 grandes sequías en el Cuerno de África), desempeñan un papel a veces desencadenante, y que el cambio climático puede ser un factor con el que hay que contar, pero todo esto no basta para explicar que las hambrunas se sucedan en las mismas regiones.
   A nadie se le oculta que factores socioeconómicos y políticos juegan un papel esencial. Somalia no solo es un Estado fallido, es que no existe como tal, partido por lo menos en tres, con un Gobierno que no controla siquiera la capital. Preguntarse por las causas de este proceso de disolución nos llevaría muy lejos, pero sin duda, además de las responsabilidades propias, habría que señalar las externas, como la invasión de Etiopía, que inspira y apoya Estados Unidos a finales de 2005.
   Desde los años setenta la producción agrícola se ha multiplicado por tres, mientras que la población se ha duplicado y, desde luego, estamos en condiciones de que vaya aumentando según crezca la demanda, es decir, aquellos que puedan pagar los precios que establezca el mercado. Los alimentos han dejado de ser un bien imprescindible para vivir, para convertirse en una materia prima que se cotiza en un mercado global, de la que con la subida de sus precios se obtienen beneficios importantes en las bolsas de futuros de Londres, París o Francfort.