Mostrando entradas con la etiqueta memorias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memorias. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista al escritor Karl Ove Knausgard

   En "Babelia":

Karl Ove Knausgård: “Yo soy simple, pero mi literatura no lo es”

El noruego reventó las costuras de la ficción con un proyecto de escritura autobiográfica a tumba abierta. Llega a España 'La isla de la infancia', tercera entrega de 'Mi lucha'


El escritor noruego Karl Ove Knaugåard, el pasado abril en Ystad. / CLAUIDO ÁLVAREZ

En las páginas de las seis novelas biográficas con las que el noruego Karl Ove Knausgård ha reventado las costuras de la ficción y se ha colocado en los primeros puestos del star system literario, el escritor reflexiona sobre su timidez y sus silencios. "Introvertido, introvertido, no quería ser un introvertido", se repite con obcecación el niño protagonista de La isla de la infancia (Anagrama), el tercer volumen de Mi lucha que aparece ahora en castellano.
Si en el primer tomo de esta serie, La muerte del padre, se detuvo en el decadente final de su progenitor y sentó las bases de su osado proyecto; y en el segundo, Un hombre enamorado, calcó las frustraciones que rodeaban su vida junto a su esposa y tres hijos pequeños y reflexionó sobre su pulsión por la escritura; ahora, en La isla de la infancia se sumerge de lleno en las sensaciones de su niñez en una isla noruega, como un Proust escandinavo versión siglo XXI. El niño Karl Ove piensa que él, más llorica que risueño, pasa mucho tiempo encerrado leyendo y decide que quiere ser extrovertido.

Intenté escribir de forma totalmente abierta: no estoy mostrando nada, simplemente esto es lo que es, un estado mental
Lecturas, reflexiones y llantos aparte, parece que aquel crío se salió con la suya y Knausgård se muestra francamente afable una soleada mañana de abril en la estación de Ystad, la más próxima a su casa. Se excusa porque debe comprar tabaco y sugiere caminar hacia un café, en el centro de este pueblo de veraneo en la costa sur de Suecia. Con más de un metro noventa de estatura, vestido con vaqueros y chaqueta estilo militar abotonada, su presencia impone. Su cabello rubio es ahora gris mate, pero la intensidad de su mirada no ha perdido un ápice de potencia, aunque esté relajado. Habla con una vehemencia pausada.
Knausgård atraviesa un buen momento, sigue con el plan de su pequeña editorial que puso en marcha hace cuatro años con su hermano, escribe para revistas y está inmerso en un nuevo proyecto con su editor noruego. Él le ayudó a perfilar Mi lucha cuando, tras entregarle un primer tomo, sugirió que lo dividieran en dos y que siguiera adelante con cuatro más en los que el escritor decidió revisitar su infancia, adolescencia y años de universidad, antes de retomar el presente. Cuenta que fue quien le hizo escritor y no dudó en tacharle las partes en que se justificaba por lo que escribía.
El debate ético y la virulenta polémica que desataron sus libros en Noruega cuando fueron publicados entre 2009 y 2011 han dejado paso, a medida que las traducciones van apareciendo, a una fascinación y obsesión casi sin precedentes. Entre las filas de sus devotos lectores y defensores se encuentran desde Zadie Smith hasta Jeffrey Eugenides; la crítica ha caído rendida; y su estatus ante la publicación en EE UU del cuarto libro es casi literalmente el de una estrella de rock: este mes tocará con su grupo de adolescencia en Nueva York, y también viajará con tres de sus cuatro hijos en la gira promocional del libro.
PREGUNTA. En La isla de la infancia se pregunta si no se debería tener distintos nombres propios para las distintas fases de la vida. ¿Cuál sería el suyo ahora? ¿Siente una distancia respecto de la persona que escribió Mi lucha?
RESPUESTA. Lo que ha pasado con mi nombre es muy extraño, se ha convertido casi en una marca. Está conectado a esta cara que aparece en la portada de los libros, y no es algo con lo que me pueda identificar. Pero si vas más allá, al texto, sí siento que estoy en esa voz. Es la misma que aparece en lo que escribo ahora, aunque intento deshacerme de ella. Mi yo interno no ha cambiado tanto desde la aparición del libro, pero la imagen externa…, no puedo ni mirarme al espejo porque veo esta máscara.
P. ¿Cómo intenta deshacerse de esa voz?
R. Estoy escribiendo un texto cada día sobre un objeto o una palabra. La idea es que dure un año y haya 365. En ellos trato sobre las cosas del mundo, la materialidad. Es una manera de olvidarme de mí mismo e intentar y encontrar otro lugar desde el que escribir.

Adoro la idea de que no tienes control sobre tu libro porque está escrito desde dentro. Hay esos puntos negros en los que no puedo verme
P. En el tercer libro parte de una aceptación del olvido. ¿Es una advertencia?
R. Mi punto de partida era: no recuerdo nada pero tengo estas fotos y eso es todo, veremos qué pasa. Los recuerdos, o ese mundo, llegan mientras escribo. El libro es una búsqueda de la infancia. Aunque había algunas historias que sabía que aparecerían porque, aunque eran bobas, me marcaron y las recordaba muy bien.
P. En el primer libro afirma que "la literatura es lo que las palabras despiertan en el lector". ¿Trataba esta vez de provocar una regresión a la infancia?
R. No lo pensé porque no tenía un lector en mente, pero esa ha sido mi experiencia con la gente que lo ha leído. Debe haber un mecanismo que se activa; y creo que tiene mucho que ver con el punto de vista del niño, muy diferente al de mi yo adulto. Cuando empecé a estudiar en serio literatura en la universidad había mucha teoría, estudio del lenguaje, de las palabras, símbolos y signos, y nada sobre la psicología o la parte más importante de los libros. Yo, como todos los de mi generación, me metí de lleno en esas teorías interesantes, absorbentes y brillantes, pero que no se correspondían con mi verdadera experiencia de lectura. ¿Sabes? Con estos libros fue como si volviese algo que había estado reprimido. Fue una manera de convertir la literatura en algo muy simple y accesible, porque se trata de la vida, no de las palabras o de lo que evocan. No es una norma general, pero es lo que significa para mí. El poso de los estudios fue muy importante para llegar a ese punto.
P. Cuando escribió el tercer libro ya había estallado la polémica sobre los dos anteriores.
R. Sí, tuve que aislarme, cerrar absolutamente todo lo que estaba fuera. Dejé de leer los periódicos, no miraba la televisión, ni escuchaba la radio. Les advertí a mis amigos que no debían mencionarme nada de lo que estaba pasando. Sabía que algo ocurría, pero si hubiera conocido los detalles me hubieran consumido. Me escondí totalmente y escribí. Y funcionó. Aun así, creo que es un libro mucho más amable que los dos primeros, por todo esto.
P. ¿Cómo pudo aislarse completamente si el material de su novela era su vida y ahí estaban su mujer y sus hijos?
R. No pude cerrarles las puertas, pero tenía que aislarme de lo que pasaba en Noruega. La vida familiar era lo más normal posible. La polémica nos afectó a todos, especialmente a mi mujer porque ella sí estaba al tanto de lo que ocurría. Era mucha presión. A mí también me sorprende que pudiera cerrar todo y escribir. Asusta un poco pensar que es posible, pero lo es.

La misión de la literatura no debería ser más ficción, sino la realidad, el sentimiento y el sentido de realidad
P. ¿Hasta qué punto sus hijos le ayudaron a acercarse a las sensaciones de su propia infancia?
R. Con los hijos sientes que hay una infinidad de días; es como un océano de tiempo en el que van creciendo. Para ellos es aún más inabarcable, y un día de verano puede ser como dos meses para mí, y luego, si ocurre algo dramático, esto cambia. A lo mejor eso fue lo que me ocurrió a mí: recuerdo esos momentos muy tensos, pero también había ese océano de horas fuera de aquello que no recuerdo. Esa fue la perspectiva que tomé de ellos y me dio una visión más realista de cómo me crié. Pero, cuando empecé el libro, decidí que no iba coger nada de fuera, escribiría solo lo que tenía en mi cabeza. Abordo la manera en que la memoria funciona —si puedes fiarte de ella o cómo puedes detectar si es falsa—, porque eso es todo lo que tienes.
Knausgård atiende una llamada y de paso se fuma un cigarrillo en el patio del local. Al regresar, pide otro café y habla de los errores que no quiso corregir en el libro para no traicionar su recuerdo. Había perdido totalmente el contacto con sus amigos de la infancia pero antes de que el libro saliera publicado logró contactar con ellos y enviarles el manuscrito. Seguían en el mismo sitio. Se mostraron entusiasmados: "Sentí que les estaba dando algo, nuestra niñez, mientras que el resto de la gente en los otros libros siente que les quité algo". También visitó la isla y se encontró con su vecino y mejor amigo de niño. Su padre había trabajado con el de Knausgård, y le habló de lo bueno que era como maestro y de los traumas que a su vez ese terrorífico padre arrastraba.
P. En La isla de la infancia la maestra le reprende por su indiscreción al contar intimidades familiares de un compañero. ¿Fue aquella una lección difícil de aprender?
R. Recuerdo claramente cómo de niño no respetaba los límites que deben ser respetados. No pensaba en otra gente, simplemente estaba en esa situación y quería brillar. Me he dado cuenta de que es lo mismo que he hecho ahora, es el mismo mecanismo, y por eso lo escribí. Creo que la profesora estaba en lo cierto. La diferencia es que esta vez sabía lo que hacía.


Karl Ove Knausgård. / CLAUDIO ÁLVAREZ.
P. No presumir es un valor que le inculcan desde niño, aunque desea destacar. ¿Mostrar la vulnerabilidad, la vergüenza y el miedo es una manera de compensar que escribe sobre sí mismo?
R. Mostrarse y esconderse es algo que va siempre en relación con los demás: te colocas en un sitio y luego lo evalúas a través de esos ojos. Lo que intenté fue librarme de eso y escribir de forma totalmente abierta: no estoy mostrando nada, simplemente esto es lo que es, un estado mental. Es la única manera en la que podía escribir, sin la presencia del otro, porque no podía contar muchas de las cosas que hay en el libro, la vulnerabilidad u otras cosas de las que es imposible hablar. Buscaba una libertad literaria donde fuera posible ser simplemente, y escribir sobre todo. Da igual si es bueno o malo, no hay cálculo. Aunque claro, obviamente, hay un elemento de construcción, un equilibrio.
P. El niño protagonista entra en una tubería y se bloquea. ¿Una sensación similar a la que tuvo cuando empezó a escribir y se metió en sí mismo?
R. Nunca lo había pensado, pero es probable que inconscientemente esté ahí por ese motivo. Lo escribí porque ocurrió. Adoro la idea de que no tienes control sobre tu libro porque está escrito desde dentro. Hay esos puntos negros en los que no puedo verme. Cuando escribes, a un nivel subconsciente aparecen una líneas, pero no soy consciente. Esa es la maravilla de la escritura, sientes casi como si se estuviera haciendo ella misma.
P. ¿Leyó realmente todos los libros al teléfono a su amigo Geir?
R. Sí, mientras escribía hablábamos sobre lo que de verdad ocurría en el texto. Fue una conversación constante, estaba dedicado a mi libro. Dejó de lado algunos aspectos de su vida para atenderme porque le llamaba varias veces al día. Y también hablaba con él de las reacciones de mi familia, cuando Linda, mi mujer, se puso furiosa por el libro.
P. En La isla de la infancia el protagonista aprende a distinguir entonces entre las reacciones de grupo y las individuales. ¿Le pasó lo mismo ante los violentos ataques a Mi lucha

Tengo esta sensación de que lo que nos rodea está ficcionalizado, las noticias, todo
R. Era imposible discutir con quienes estaban en conflicto con mi libro. No seguí las reacciones, pero sabía que había mucha indignación moral por el nivel de privacidad que expuse. No hice entrevistas, pero la ofensiva llegó a una cota imposible, había tanta crítica y la gente en los periódicos se volvió loca; las cosas que había omitido salieron a la luz. Al final fui a un programa de radio, hablé y llegó el silencio, porque me habían convertido en un monstruo y habían decidido que no tenía ninguna sensibilidad. Pero los rumores sobre el libro fueron muy distintos de las reacciones individuales, porque si lo habías leído sabías que no era un proyecto malvado que hice para ganar dinero. Al final la gente lo leyó y dejó de indignarse. Socialmente fue una transgresión, ahora, ese muro ha caído, se ha movido un poco. Pero esto es todo muy difícil porque es personal, y da igual lo que diga, me estoy defendiendo. 
P. Al entusiasmarse con la lectura el niño dice que aprende que hay que tener valor y nunca dejarse vencer, ni darse por vencido, aunque estés solo, y que al final hay recompensa. ¿Fue ese el motor en Mi lucha?
R. No había hecho esa conexión hasta ahora, pero lo que sentía de niño es que esa era la forma en que uno debía ser. Y nunca lo he logrado, porque siempre he sido un cobarde, he sentido que no defendía nada, que hacía concesiones frente a mis ideales. Mi libro trata mucho sobre ese sentimiento de fracaso, de no ser quien sabes que debes ser, porque siempre hay alguna interferencia. Las lecturas infantiles me marcaron y mi sentido de la moral viene de ahí. Otros niños no leyeron esos libros y sin embargo vivían más de acuerdo con esos ideales. Yo tenía esta aproximación teórica.
P. Había libros sobre los que volvía una y otra vez. ¿Ahora también tiene lecturas recurrentes?
R. Hay libros sobre los que vuelvo siempre porque son un pozo sin fondo, por ejemplo Ulises, de Joyce, o Proust. Madame Bovary es probablemente mi novela favorita.
P. Pero en sus libros hay apasionados discursos contra la novela clásica. Cansado de la ficción, se propone combatir la ficción con ficción.
R. Bovary debió de producir un gran shock cuando se publicó porque se siente tan real la descripción del mundo que ofrece, los detalles. La realidad que contiene está enfrentada a la visión romántica, a la ficción de Emma. Flaubert dio un giro nuevo hacia el realismo. Ahora hay que hacerlo de nuevo, hay que dar otra vuelta de tuerca para lograr alcanzar esa sensación del mundo real. Es el tema de mis libros también.

Estos libros simplemente quería que fueran en serio, que fueran algo verdadero, una cuestión de vida o muerte
P. Con su aproximación, ¿trata de derribar un muro a través del artificio?
R. Sí. Podría haber publicado un diario, pero está contado como una novela. Eso es muy importante. Tengo esta sensación de que lo que nos rodea está ficcionalizado, las noticias, todo. La misión de la literatura no debería ser más ficción, sino la realidad, el sentimiento y el sentido de realidad. Cuando terminé mi serie leí Hambre de realidad, de David Shields. Es muy bueno. Creo que hoy sentimos una falta de realidad. En el último libro de Mi lucha hablo de la masacre en la isla de Utøya que fue una ficionalización del mundo. El asesino no era consciente del mundo real. En el juicio contó paso a paso su ataque. Había unos jóvenes junto a una pared a los que iba disparar. "No se movían, ¿por qué no? En una película siempre se mueven y tratan de escapar", decía. La realidad se infiltró, pero siguió. No le importaban, y aún no le importan las vidas de esas personas, pensaba que eran avatares. No digo esto como una advertencia ante los videojuegos, eso es estúpido, millones de personas juegan y no matan a nadie. Pero pienso que está pasando algo, hay un cambio radical en el mundo.   
P. ¿Estamos atrapados en la ficción?
R. No soy pesimista. En algún lugar debe haber algo que no sea posible traducir, que es lo que es, sin concesiones posibles. Y el único sitio que se me ocurre es la literatura. Soy muy idealista en esto. Yo soy simple, pero mi literatura no lo es. Es también interesante el asunto de la estructura literaria, porque obviamente la necesitas para hacer un texto más atractivo, ¿pero cuál es el mínimo posible? Por eso estoy fascinado con Ulises, es una caja de herramientas. Leí un diario de un escritor sueco que escribe 50 páginas sobre jardinería y es hipnótico. Esto es una cualidad literaria que no tiene que ver con la narrativa o con contar una historia. Es simplemente el sentido de estar cerca de otra mente u otro ser, quizá cerca del mundo.
P. ¿Qué dejó fuera de su libro?
R. Deliberadamente lo único que no metí fueron descripciones sexuales, por motivos obvios. Cuando mandé el manuscrito, alguna gente me pidió que sacara alguna historia, así que están fuera cosas que obviamente hacían daño. Pero realmente seguí un camino y dejé a un lado todo lo que no estaba en esa ruta. Por ejemplo, el fútbol: casi no hablo de ello y es una parte grande de mi vida.
P. En sus libros escribe que no le gustan las entrevistas. ¿Ha cambiado esto?
R. Estoy más acostumbrado y no las leo nunca. Para mí esto es solo un encuentro y hablamos de mí, que es algo que no habría hecho fuera de este contexto. Si nos acabaran de presentar y no me preguntara nada, no habría podido pronunciar una palabra.
P. ¿La gente asume ahora que le conoce más de la cuenta?
R. Mi amigo Geir dice que soy mucho, mucho peor que en el libro y mucho, mucho mejor. Piensa que me importa menos la gente de lo que parece, soy más autista. Y mejor porque soy más amable. Creo que básicamente es cierto. Cuando empecé a escribir, sentía que era una persona buena y, de alguna manera, ahora ya no. He tenido que admitir muchas cosas de mí mismo.Tengo una visión más realista de todo, y he empezado a dudar más de la gente. Pero sigo siendo muy naif y creo que eso se transmite en los libros, ¿no?

Cuando empecé sentía que no tenía nada que perder. Luego, el mundo atacó y me refugié en
mi familia
P. En ellos hay humor pero no ironía, ¿a propósito?
R. Fue deliberado. En Noruega, mi generación se llama la de la ironía, y cuando eso llegó, en 1992, fue muy liberador. Pero estos libros simplemente quería que fueran en serio, que fueran algo verdadero, una cuestión de vida o muerte.
P. ¿Cuáles son los peligros de esta manera de escribir que propone en su serie?
R. Para mí es un método, una fórmula que ya está en su lecho de muerte. No puedo escribir otra novela con esa aproximación, porque entonces sería algo mecánico. Está muerto.
P. ¿Cuál fue el libro más complicado de escribir?
R. El segundo, porque cuando escribía trataba lo que tenía más cerca, y el sexto. En este último quería volver a llevar el proyecto adonde arrancó, sin concesiones. Fue muy difícil. No lo logré. Cuando empecé la serie, sentía que no tenía nada que perder, tenía esa frustración de estar en una familia y desear estar fuera. Luego, el mundo atacó y me refugié en mi familia, eso es lo que tengo y fue muy, muy importante. Al final no podía volverme contra eso. Tenía mucho que perder.
P. Ha definido Mi lucha como un suicidio literario. ¿Cómo se siente ahora?
R. El objetivo era partir de una tabula rasa cuando terminara y ahí estoy. Tengo que encontrar algo nuevo o dejar de escribir.
P. En el libro habla con Geir sobre si es espectador o protagonista de su vida. ¿Esta pregunta aún le persigue?
R. Tenía la sensación de que no vivía realmente más que en la literatura y que me escondía de la realidad, de lo que me dolía. Quería que este libro fuera lo que me llevara de la literatura hacia la vida. Era muy naif, pero me ayudó a encontrar los temas. Ahora he aceptado que soy así, vivo a través de la literatura, y así es como brego con todo. Tengo cuatro hijos, estoy rodeado de vida. Veremos cuando crezcan y sepan que nuestra historia está ahí fuera.
P. ¿Les ha leído algo del libro a sus hijos?
R. No, les he contado cosas, pero son un poco pequeños. La mayor tiene 11.
P. Si alguno quiere ser escritor, ¿se lo desaconsejaría?
R. Escriben mucho, porque les parece que eso es lo que la gente hace. Pero espero que no lo hagan en el futuro. Cuando tienes hijos quieres que sean felices, es lo único. No creo que los escritores lo sean.


Karl Ove Knausgård. / CLAUDIO ÁLVAREZ

miércoles, 1 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Reseña de "Una mujer con atributos", de Lillian Hellman. Marta Sanz

   En "Babelia":

La escritura dentro de la vida

'Una mujer con atributos' deslumbra por el retrato del dolor que generó el macarthismo


La escritora Lillian Hellman. / OSCAR WHITE (CORBIS)
Pertenezco a una generación que aún era demasiado joven para disfrutar de la edición de Pentimento de Argos Vergara en 1979. Me acuerdo de que a mi madre le entusiasmó el libro. También por aquellos años estrenaron Julia (1977), la película de Fred Zinnemann protagonizada por Vanessa Redgrave y Jane Fonda, que se basa en uno de los capítulos más sobrecogedores de Pentimento: Lillian Hellman (Nueva Orleans, 1905- Martha's Vineyard, 1984) descubre al lector que el Holocausto no fue sólo una masacre de judíos, sino también de socialistas, comunistas y católicos disidentes. Para empezar y para que nadie se confunda con la posible ambigüedad de las reseñas (o de los reseñistas), diré que tras leer Una mujer con atributos, estas memorias que incluyen Una mujer inacabada y Pentimento, ya avanzado el siglo XXI, siento algo próximo a la fascinación. No me importa que el adjetivo sea inmoderado, porque mi deslumbramiento se asienta en muchas razones: el retrato de una época, el autorretrato de una mujer, pero sobre todo la capacidad de la autora para hablar de lo más importante como si no estuviera haciéndolo. El macartismo, clave temática, se aborda casi como un tabú y, en esa aproximación tangencial y a la vez intensa, medimos todo el dolor que causó a quien escribe esa vorágine represiva de delaciones y brutalidad ideológica. El macartismo siempre está presente, pero de manera esquinada: quedan a la vista las cicatrices, las marcas, los queloides. Algo parecido sucede con la monumental presencia de Dashiell Hammett, que incluso está cuando no está, y cuya muerte permea cada página de estas memorias exhaustiva, inevitable, rencorosamente. Hammett es héroe y borracho; compañero de vida; un enfermo y el más fuerte de los hombres; preso político; uno de esos misántropos de cuyo amor nos enorgullecemos porque no aman con facilidad y nos hacen sentirnos elegidos. Hammett es enunciador de sentencias memorables y mantiene con Lilly ese tipo de diálogos violentos y seductores que caracterizan la novela negra. Vida, escritura, escritura dentro de la vida. Hammett es el ojo que importa, mientras se vive, en su observación, microscópica o a distancia, de las evoluciones de Lilly. Lector de las acciones —obras, deriva política, afectos— de Lillian Hellman, pero imposible lector de sus memorias: la culpa la tiene el desgarro del encarcelamiento y la muerte.

Hellman se perfila en
sus raíces familiares,
en sus amores sin romanticismo,
en su actividad teatral,
en lo que le pagan por sus trabajos y en sus convicciones políticas
En Una mujer inacabada y Pentimento, Hellman construye una identidad de refilón, bajo la veladura, escribiendo sobre los muertos, pero sin dejarse llevar por lamentaciones elegiacas. Tampoco se deja llevar por la nostalgia ni por los tópicos sobre la feminidad ni sobre ciertos comportamientos literarios. Su enfoque de la infancia y del mecanismo del recuerdo se define por lo antisentimental: "… las frases que empiezan con me acuerdo duran demasiado para mi gusto…". La prosa —en relieve— no recurre a la excusa psicoanalítica: "… las historias de niñez rara vez son creíbles". La mujer es la mujer que se hace en un lugar lejano al ensimismamiento pese al tono convencionalmente introspectivo de las memorias. Hellman se perfila en sus raíces familiares, en sus amores sin romanticismo, en su actividad teatral, en lo que le pagan por sus trabajos y en sus convicciones políticas: la experiencia de nuestra Guerra Civil, las visitas a la URSS, su visión de una reblandecida clase obrera estadounidense y la militancia como pose estética por parte de las clases privilegiadas frente al reaccionarismo y el miedo de los que deben liberarse (más que ser liberados) son preocupaciones de Una mujer con atributos: Hellman, cosmopolitizada señorita del Sur, expresa la tensión y la lucha raciales a través de su vínculo de dependencia y resentimiento —calor y distancia— con sus criadas negras, Sophronia y Hellen.
Hay más vuelo literario, un imaginario poético más potente —la tortuga que no acaba de morir, Bethe desnuda al lado de las cuerdas de tender— en Pentimento, casi una colección de relatos, que en Una mujer inacabada. Puede que Pentimento se escriba en un registro más íntimo y simbólico, mientras que Una mujer inacabada sea una pieza más informativa: por allí desfilan Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, Eisenstein, Norma Shearer, William Wyler o el genial Nathaniel West, una acumulación de nombres que hace vivir a los lectores un efecto Midnight in Paris, a lo Woody Allen: pese a las imposturas del mito y el valor publicitario de las iconografías, no cualquier tiempo pasado fue mejor… Una mujer inacabada es el marco que nos permite entender Pentimento. Una mujer inacabada habla de la corrupción de la utopía comunista y a la vez del anticomunismo que corrompió la idea de dignidad.
Ni la mirada ni las reflexiones de Hellman son vulgares. Tampoco su sentido del humor. Cuenta una anécdota de Jean Harlow; la mítica rubia le dice a su mayordomo: “Abra la ventana y deje entrar una menudencia de aire”. Sensacional. La frivolidad. El léxico como apariencia o simulacro. Un mundo y un lenguaje en los que, al fondo del lienzo descubrimos el perfil de una mujer que no escribe para pedir perdón —solo un poquito a su amiga Dorothy Parker—; de una hija única que se creía muy lista; de una dramaturga excelente… Hellman es un pentimento que paradójicamente no se arrepiente; sus textos, limpios, precisos y sutiles en su habilidad para pautar el tiempo de la narración, conforman la imprescindible veladura, la transparencia bajo la que se esconde el trazo original.
Una mujer con atributos. Lillian Hellman. Traducción de Mireia Bofill y Marta Pessarrodona. Lumen. Barcelona, 2014. 576 páginas. 24,90 euros (electrónico: 10,99 euros)

martes, 9 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Yo, ficción"

   En "Babelia":

Yo, ficción

La literatura se apunta a la 'extimidad' y da otra vuelta de tuerca a los límites de la novela. Knausgård, el abanderado, explica a Babelia las claves

La cola alrededor de la librería McNally en el Soho de Nueva York empezó a formarse en torno a las tres y media de la tarde. A las seis se extendía por varias manzanas y cuando se abrieron las puertas, aunque se habilitó una sala con pantallas en la planta superior del establecimiento, las dependencias quedaron totalmente desbordadas y muchos no pudieron entrar. El motivo de tanto alboroto y expectación era una conversación a tres bandas entre el crítico de la revista The New Yorker James Wood (finalmente un problema en la aduana del JFK impidió que llegara) y la escritora Zadie Smith. El tercer invitado era la estrella a quien todos esperaban, el escritor noruego de profundos ojos azules y melena desarreglada que ha despertado una fiebre entre el público y la comunidad literaria: Karl Ove Knausgård. El día anterior otros tantos centenares de lectores le aguardaban en una librería en Brooklyn, donde habló con la novelista Nicole Krauss sobre la tercera entrega de los seis libros que conforman la serie Mi lucha, y al día siguiente la New York Public Library colgó el cartel de no hay billetes para la charla organizada entre Knausgård y Jeffrey Eugenides, autor de Middlesex.
Cientos de artículos, reseñas, críticas y entrevistas han confirmado al otro lado del Atlántico su estatus de sensación literaria, un fenómeno que arrancó en Noruega con la publicación de las tres primeras entregas en 2009, las dos siguientes en 2010 y la última, de mil páginas, un año después. Allí vendió cerca de 458.000 ejemplares entre los cinco millones de habitantes y provocó un terremoto mediático y social. En Estados Unidos el impacto comercial que ha tenido, con 32.000 ejemplares vendidos, según los datos de julio de Nielsen Bookscan, no es por el momento tan espectacular, pero el debate que ha generado es similar. ¿Es legítimo contar tantas cosas, hasta seis libros, sin disfraz aparente alguno? Las noticias sobre la hostilidad que los libros provocaron en el entorno del escritor se sucedieron en Noruega (demanda de su tío; una exmujer enfurecida que le retó a participar en un programa de radio en el que daba su versión de los hechos, y un anuncio en un periódico firmado por su familia paterna que le acusaba de practicar “literatura de Judas”), mientras Karl Ove terminaba la última entrega a un frenético ritmo de casi veinte páginas al día, intentando aislarse al máximo del ruido que sus libros provocaban.
"El proyecto empezó con textos cortos que mi editor llamaba autoconfesiones maniacas; intentaba ser absolutamente sincero", explica en una entrevista vía correo electrónico. "Y es posible hacer esto cuando se trata de ti mismo, pero no cuando se trata de otros, lo que significa que la honestidad total nunca es posible, esto es, si tienes intención de publicarlo. He intentado escribir sobre el supuesto de que esto no vería la luz en un siglo, pero incluso entonces era imposible escribir lo que realmente pensaba de la gente. ¡Y realmente soy un hombre amable!". Desde que arrancó con el proyecto había ido leyendo por teléfono a su amigo, el escritor Geir Angell Oygarden, lo que escribía cada día. Antes de publicar envió una copia a 10 personas; una de ellas pidió ser excluida, y fue borrada. También le pidieron que dejara fuera el sórdido declive de su abuela, narrado en el primer volumen La muerte del padre, pero no lo hizo.


Karl Ove Knausgård (Noruega, 1968). /DAVID SANDISON
La ficcionalización de la propia biografía y la inspiración en situaciones o personajes reales cuenta con una larga historia. “Llevamos siglos separando ficción y realidad con un biombo imaginario”, explica Enrique Vila-Matas, escritor empeñado en borrar las fronteras entre ficción, ensayo y biografía. "El biombo —gran invento japonés— divide en dos espacios una habitación y nos ofrece la posibilidad de diferenciar las dos áreas. Pero la separación es artificial, puesto que oculta que, de hecho, hay un solo espacio. En la narrativa, hay también un solo espacio, pues nada hay tan equivocado como creer que se puede narrar lo que sucede en la vida cuando en realidad contarlo exige siempre inventar".
Si la inspiración, juego o uso de la realidad no es nuevo tampoco lo es el enfado de quienes se sienten retratados. La larga lista incluye desde Thomas Wolfe, que despreció las quejas de sus vecinos de Carolina del Norte, hasta Philip Roth, que se ha pasado la vida contestando que lo que hacía era ficción y no autobiografía, o Marcel Proust, ante cuyos libros no faltó quien señaló que había demasiada biografía. Para Andrés Trapiello el caso del novelista francés es paradigmático de cómo alguien hace con su vida una novela, construye una ficción. "Parte de un impulso biográfico, pero le otorga el estatuto de novela desde el primer momento, y así todo está velado", apunta. Más de veinte años lleva Trapiello con su "novela en marcha": sus diarios. Reunidos bajo el título El salón de los pasos perdidos lleva 18 tomos publicados y prepara la siguiente entrega,Mundo es, que saldrá la próxima primavera. Dice que arrancó porque quería escribir novela y no sabía cómo. Toma notas en primera persona y con nombres propios que publica entre cinco y ocho años después, con una "voluntad de ser novela", de tener sentido —"las vidas no lo tienen, pero las novelas sí, en ellas hay argumento e intencionalidad"—, y con los nombres sustituidos por una equis. Marcos Giralt Torrente también omitió los nombres propios en su Tiempo de vida: "Resulta engañoso usar los nombres reales, porque si son completos desconocidos no hace falta y si no lo son puede que lo que cuentes acabe por convertirse en una anécdota. Al escribir sobre tu vida el pacto con el lector es diferente, y renunciar a usar los nombres propios puede ser una forma de no ser desleal". El pudor o los reparos que se sienten a la hora de escribir sobre el entorno próximo son para este autor algo natural y hasta deseable, no tienen por qué paralizar. "Intentas no traicionar, asumiendo que existe la subjetividad. Cuentas, no de forma gratuita, sino porque la historia lo requiere, y no cambias los hechos a tu conveniencia para el argumento que has imaginado". En línea con esto, Trapiello advierte que la mezcla entre biografía y novela puede ser peligrosa, se juega con dos barajas y puede llevar a la trampa, a "usar la realidad de forma abusiva".

Empecé con textos cortos que mi editor llamaba autoconfesiones maniacas
Karl Ove Knausgård
Karl Ove apunta en sus libros a una peculiar tradición diarística y ensayística, la del noruego Olav Hauge, que dejó 4.000 páginas de su vida en un pueblo costero, y los 26 volúmenes autobiográficos del finlandés Kalle Päatalo. "Entonces, ¿qué conclusión sacas de ello? ¿Que por razones de decencia se debe dejar de lado una parte significativa de la vida de un gran escritor y de su diario? ¿Quitar lo desagradable?", le rebate en la novela su amigo Geir, en un diálogo sobre Hauge. El argentino Rodrigo Fresán tiene claro que ser escritor no te exculpa de todo. "El problema es usar la vida de otros y que el libro sea malo, es decir, si la maldad resulta mala", dice, antes de referirse a una cita de John Gardner —“es difícil ser un buen escritor y una persona culposa al mismo tiempo”—, y confesar que siempre le ha interesado lo que de autobiográfico tiene el oficio de escritor, un tema al que regresa en su última novela, La parte inventada. "Hay una necesidad casi compulsiva de leer cosas verdaderas, de verité y hay gente a la que le encanta contar su historia. A mí me gusta hacerlo de una forma fractal".
¿Es esa la diferencia entre memorias y novela? Knausgård dice que siempre pensó en su libro como una novela, y que nunca ha tenido un interés particular en sí mismo —"algo que quizá nadie creerá"—. Le ha interesado lo que pueden ser y lo que pueden hacer las novelas. "Representar mi vida, que supongo que es lo que hacen unas memorias, nunca fue mi intención. Escribir sobre la identidad sí lo era. Y tratar de describir la riqueza, incluso, de la situación más insignificante. Usé mi vida y experiencias como un tipo de materia prima, que es algo que cualquier novelista hace, y nunca pensé en publicarlo como ninguna otra cosa, porque es una novela que explora los límites entre vida y literatura, escribir y vivir".
Si Zadie Smith (en Twitter, meses antes del encuentro en Nueva York) comparó con el crack la adicción que provocaban en ella los libros del noruego, Eugenides ha dicho que esta serie “ha roto la barrera del sonido de la novela autobiográfica”. Jonathan Franzen se ha declarado un fan. Francine Prose habla de la aparición de un nuevo género. Y es que algunos de los más ardientes admiradores de Mi lucha son escritores, fascinados por este trabajo de 3.500 páginas en total, en el que Karl Ove se tira de cabeza a narrar su vida. En el segundo libro, Un hombre enamorado (Anagrama), publicado en España en primavera, escribe: "En el transcurso de los años había perdido cada vez más la fe en la literatura. Leía y sólo pensaba que había sido inventada por alguien. Tal vez porque estábamos completamente invadidos por ficción y cuentos. Tanto que había perdido el sentido. Por todas partes te encontrabas con ficción. Todos esos millones de libros de bolsillo, libros de tapa dura, películas en DVD y series de televisión, todo trataba de personas inventadas en un mundo inventado, pero realista".

Jeffrey Eugenides y Karl Ove Knaugård el pasado junio en la New York Public Library. 
Knausgård definió su libro como la historia de "una vida normal, de un hombre normal", en el coloquio de Brooklyn. Su narración como joven padre de tres niños está repleta de detalles cotidianos, pero rebosa también de reflexiones personales sobre la literatura; la tensión entre lo que uno es y lo que quiere ser; o las diferencias entre los ruidosos noruegos y los suecos contenidos con quienes convive. Hay conversaciones con amigos, cigarrillos, discusiones, cenas, sensaciones, y una cautivadora sinceridad.
La identificación de los lectores en uno u otro momento con las sensaciones que Knausgård describe (sean estas vergüenza adolescente, alienación ante el mundo o frustración con la pareja) son una de las claves para entender la fascinación que ha causado. "Lo de andar por la ciudad dedicando mis días al cuidado de mi hija no aportaba nada a mi vida, no la enriquecía, al contrario, en esa vida se perdía algo, una parte de mi yo, la que tenía que ver con mi masculinidad. Esto no me quedó claro gracias a los pensamientos, porque los pensamientos sabían que lo hacía por una buena razón, que Linda y yo fuéramos iguales en la relación con nuestros hijos, sino a los sentimientos que me llenaban de desesperación", escribe en la página 99 de Un hombre enamorado. Doscientas páginas más adelante resulta difícil no sucumbir a la tentación de buscar las caras de sus personajes en Google. Pero ¿se trata realmente de una novela? "En la tradición anglosajona sí", dice Lorin Stein director de The Paris Review. "Resulta difícil creer en la voz de un narrador ficticio y él ha solucionado este problema básico de la novela: construye un marco que le permite inventar. Es imposible que recuerde con tanta exactitud las escenas que reconstruye, ni los diálogos, que usa de una forma clásica, para hacer avanzar la novela". Si los libros de memorias ordenan la historia cronológicamente, Knausgård parece divagar hacia el ensayo, en línea con En busca del tiempo perdido de Proust que, según escribe, leyó con intensidad casi bebiéndoselos al llegar a Estocolmo.

Al escribir sobre tu vida el pacto con el lector es diferente, y renunciar a usar los nombres propios puede ser una forma de no ser desleal
Marcos Giralt Torrente
¿Escribir sobre cómo descubres que tu suegra es alcohólica, sobre una crisis depresiva de tu esposa o acerca de la degradación demente y etílica de tu abuela es ir demasiado lejos? La intensidad que Karl Ove genera, la "vívida intimidad es lo que convierte en controvertido", argumenta Hari Kunzru en TheGuardian. ¿Encaja esta obra con el fenómeno de la extimidad, la intimidad exterior, que los psicólogos estudian en relación con el auge de las redes sociales? "Lo cierto es que Knausgård no está interesado en construir una marca. Sus libros desprenden una falta de vanidad notable. El drama de la historia es el mismo acto de contarla", apunta Stein. Karl Ove muestra o intenta discernir cuál es su rostro y su vida, pero no hay nada aspiracional o fatuo en ello. No se engrandece, habla de su vergüenza. "Al escribir un blog o compartir momentos de tu vida en Facebook se trata de representarte, de conocer o cruzar expectativas siempre de una manera breve", reflexiona Knausgård. "Escribir una novela sobre ti es, o al menos podría ser, exactamente lo contrario. Esquivar las expectativas, la representación ante el otro, en otras palabras, liberarte del otro. Y la extensión denota que se ha convertido en algo en sí mismo, no simplemente en un comentario. Y significa que puedes explorar las relaciones y la forma en que se desenvuelven y cambian, y que puedes construir o explorar una identidad construyendo capa sobre capa, para llegar así a una complejidad, por medio, por ejemplo, del uso de diferentes formas del lenguaje (narrativo, descriptivo, reflexivo, dialogado, por mencionar unos cuantos)".

Cientos de artículos, reseñas, críticas y entrevistas han confirmado al otro lado del Atlántico el estatus de Knausgård como un fenómeno
En el arranque de La muerte del padre, una reflexión sobre las imágenes de muertos lleva al noruego a reconstruir con una fidelidad fotográfica la búsqueda de su padre una tarde de invierno de su infancia. La evocación es tan precisa que ahí prende la ficción. De acuerdo, Knausgård mueve su historia al plano ficticio y poético y, sin embargo, sus libros tocan un nervio muy contemporáneo, ese compartir lo privado. "Toda la literatura está conectada con el tiempo en el que fue escrita", responde Karl Ove. "En el caso de los buenos libros menos que en el de los malos, porque estos solo contienen el tiempo, reflejan únicamente el sentido común de ese momento, mientras que los buenos libros siempre son idiosincráticos o tienen rasgos idiosincráticos. Eso es una regla, y es absoluta".
Una sinceridad luterana parece recorrer los dos primeros libros de la serie (el tercero, La isla de la infancia, aparecerá en mayo de 2015 en España). Apenas hay descripciones físicas de los personajes, ni se especula sobre lo que ellos piensan. Quizá eso sería poco honesto. Pero Mi lucha vuelve a tensar las cuerdas entre realidad y ficción, da otra vuelta a la tuerca. La primera persona que empleó Dickens en David Copperfield, y que triunfó como voz narrativa desde mediados del siglo XX, planteó nuevas dudas: ¿cuánto de verdad se escondía tras la ficción? ¿Qué experiencias reales sirvieron de inspiración a los novelistas? Ahora la pregunta parece invertirse y lo que se trata de dilucidar es cuánta ficción esconde la verdad presentada. Así que si el nuevo periodismo en los sesenta se valió de las técnicas narrativas de la ficción para embellecerse, ahora puede que la ficción esté tomando la revancha y acercándose a la realidad para impregnarse de su caché, de ese estatus que engancha al público. Como si se dijera: este es mi nombre y el de mi familia y amigos, es verdad; a partir de aquí se abren las alas y la historia echa a volar. "Con estos libros la gente quiere saber qué hay de inventado", dice en su correo Knausgård. "Yo no marco la distinción entre ficción y no ficción, sino entre el mundo y la palabra. Ahí está la grieta y la transformación. Si describo un árbol, no es un árbol, es una descripción, y lo que está en ella es mucho más que un hecho objetivo. Están el momento y la cultura. Y luego tienes el tono, que es el ángulo personal, no en general, sino en ese preciso momento. Y luego el estilo, que es otro ángulo personal, pero más general. Una simple descripción contiene un mundo, y ¿qué es ese mundo sino ficticio? Ese lugar sólo existe en ese libro en concreto".

Ahora puede que la ficción esté acercándose a la realidad para impregnarse de su caché
La canadiense Sheila Heti empleó conversaciones grabadas con amigos y correos electrónicos para su novela ¿Cómo debería ser una persona? (Alpha Decay). Su experimento, declaró en varias entrevistas, la convenció de que la ficción era una buena manera de conservar amigos y relaciones. La creadora de la serie Girls, Lena Dunham, recién licenciada de Oberlin College, decidió rodar su primera película, Tiny Furniture, en casa de su madre con ella, su hermana y la propia Dunham interpretándose a sí mismas en un guion escrito para la ocasión. Una película, no un documental, una vida real, y una ficción construida a partir de eso, como en Momma’s Man de Azazel Jacobs (hijo del artista Ken Jacobs, quien se interpreta a sí mismo, como también lo hace su esposa). En Boyhood, la película que se estrena la próxima semana, el director Richard Linklater ha grabado durante 13 años a un niño y dos actores (Ethan Hawke y Patricia Arquette) que interpretan el guion: su envejecimiento real es parte de la historia.
La novelista Marta Sanz decidió, al cumplir los 40, echar la vista atrás y repasar lo que había vivido hasta ese momento. De ahí surgió Lección de anatomía (Anagrama), publicado en 2008 y reeditado este año con correcciones, dos nuevos capítulos y un prólogo de Rafael Chirbes. "No quería escribir unas memorias de escritor, sino indagar en los espacios comunes, en lo compartido", explica. "Los materiales del impudor, los selfies, traté de tomar eso, de manipular la experiencia autobiográfica no para contar mi verdad, sino para escribir una buena novela". Ni confesional, ni lineal, en Lección de anatomía el presente apenas es el punto de partida. "Escribir también es reconquistar un espacio. Vallar un jardín. Ponerle nombre", escribe. En sus recuerdos Sanz buscó la influencia que las mujeres habían tenido en su vida: su madre, sus amigas, sus tías. "La idea era ver cómo una mujer llega a ser quien es a través de la interrelación con otras", cuenta. En el prólogo, Chirbes la emparenta con la picaresca. Un libro de aprendizaje que Sanz escribió con "cierta prevención, que no miedo" y con el que dice que se sintió menos "mujer enmascarada".

Hay una ficcionalizaciónpermanente de la realidad, las noticias te las cuentan como un cuento, y quizá por eso se busca una autenticidad más primaria en la literatura
Marta Sanz
En un mundo en el que a partir de la realidad individual millones de usuarios construyen sus propias ficciones personales con fotos, breves comentarios, perfiles cibernéticos o vídeos, es más factible que el punto de partida para la ficción sea la realidad. En los cuatro años transcurridos desde la primera versión de Lección de anatomía ha estallado en las redes la exhibición pública de la propia vida. “Ten cuidado con lo que aparentas porque lo acabas siendo”. Sanz emplea esta cita de Kurt Vonnegut en su libro y vuelve a ella para explicar su propósito. "Hay una ficcionalización permanente de la realidad, las noticias te las cuentan como un cuento, y quizá por eso se busca una autenticidad más primaria en la literatura. Hay una reivindicación del concepto de verdad, una necesidad de lo biográfico".
Sostiene Trapiello que la historia de la literatura es la historia de la conquista del yo, y la modernidad, tras apagarse el romanticismo, trajo consigo la publicación de los diarios. Pero las fórmulas clásicas, los esqueletos de novela, no han quedado en absoluto invalidados para hablar de la propia vida. Sirvan como ejemplo las seis que ha escrito el británico Edward St. Aubyn para contar su brutal vida como niño abusado y joven heroinómano en El padre (Mondadori). La ficción exquisita era el marco perfecto para contar su historia. Y ahora, según ha declarado el propio Knausgård, él también ha regresado a la ficción. En su próximo proyecto no habrá nada sobre su vida.


foto

Un hombre enamorado (Anagrama, 2014)

En la segunda entrega de la serie de seis libros, Mi lucha, Karl Ove Knausgård se adentra en su presente, en su vida cotidiana como joven padre de tres niños. Reconstruye la historia de su relación con su mujer Linda, su enamoramiento y reencuentro, la ruptura con su primera esposa Tonje, su traslado a Suecia y su creciente frustración ante la imposibilidad de encontrar tiempo para escribir.
foto

Las novelas de Patrick Melrose. ‘El padre’ (Mondadori, 2014)

Reúne los tres primeros libros (Da igualMalas noticias y Alguna esperanza) de los seis del británico Edward St. Aubyn. En el formato clásico de novela halla el marco perfecto para hablar en ellas de la infancia marcada por un brutal ataque un día de verano en Francia; de un viaje a Nueva York ante la muerte del padre, en plena crisis yonqui; y del antes y el durante de una fiesta en la campiña.
foto

¿Cómo debería ser una persona? Una novela desde la vida (Alpha Decay, 2013)

La joven editora de la revista Believer se embarcó en un peculiar proyecto con esta novela, para la que empleó no sólo a personajes reales, como su amiga la pintora Margaux Williamson, sino también extractos de conversaciones grabadas y correos electrónicos. Su proyecto literario fue tildado de narcisista por unos y aplaudido por otros.
foto

La parte inventada (Literatura Random House, 2014)

Está protagonizado por un escritor y con este personaje su autor, el argentino Rodrigo Fresán, pretendía cerrar el ciclo que le ha acercado una y otra vez a hablar sobre su oficio y sus practicantes. Reflexión sobre relación e interacción entre realidad y ficción, sobre el abuso de las redes sociales, esta novela busca el ángulo indirecto para hablar de la necesidad de ficcionalizarse.