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domingo, 15 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre "La ablación", novela de Tahar Ben Jelloun


   En "El País":

¿Es preciso contarlo todo?

‘La ablación`, de Ben Jelloun, describe la peripecia de una “vida sin líbido”

Un buen número de varones, alcanzada cierta edad, descubrimos en nuestro interior la existencia de una escondida glándula llamada próstata, a la que de joven se desdeña, por creerla poco menos que ornamental al lado de otros órganos esenciales del cuerpo masculino. Yo mismo tuve noticia fehaciente de ella hará casi 25 años, en una muestra de precocidad que más me habría gustado experimentar en la sabiduría o el amor. Pero no quiero hablar aquí de la mía, con la que mantengo una relación de estrecha vigilancia, recelo no exento de aprensión y análisis pormenorizado de sus alteraciones, un poco a la manera en que los financieros siguen las subidas y bajadas del índice bursátil. Un aviso lingüístico de lo que es la madurez llega cuando los hombres y las mujeres se ven obligados, por razones de precaución sanitaria, a conocer y hasta a utilizar en la vida corriente siglas y términos antes remotos o desconocidos. Por ejemplo, en el apartado que me corresponde, PSA, LMR, flujometría,hiperplasia, fotovaporización.
                  Todos ellos y alguno más alarmante aparecen nombrados en L´ablation (La ablación), un libro de gran interés de Tahar Ben Jelloun aparecido este año en Francia, sin traducción todavía, que yo sepa, al español. El autor lo llama récit, y en un prólogo explica que un amigo suyo matemático de profesión le rogó que escribiera su propia peripecia prostática sin embellecerla ni omitir detalles, por crudos que fueran. Ese ruego le produjo al escritor marroquí de expresión francesa un dilema: “¿era preciso, como mi amigo me lo pedía, contarlo todo, describirlo todo, revelarlo todo? Después de una reflexión, decidí no dejar nada de lado, entrar en su cabeza y ponerme en su piel”, aunque unos párrafos más adelante reconoce haber traicionado la misión de un escritor objetivo, pues “imaginando ciertas escenas, reinventándolas o adaptándolas al ritmo del relato en algunos momentos, yo ya no sabía si traducía sus fantasmas o los míos”.

Personal o vicariamente, conocemos la angustia, la dubitación, los pasos difíciles en el camino médico
El resultado posee una ambigüedad narrativa que nunca le quita a sus páginas (se trata de un libro poco extenso) poder de sugerencia y dimensión verídica, por reelaborada que esté. Ben Jelloun no sufre él mismo el grave tumor que se le detecta a su amigo, pero al darle a éste la voz en primera persona el lector puede pensar que el matemático no existe realmente y sólo sea un alter ego ficticio del novelista que se presenta como mero testigo y relator. Tanto da. Personal o vicariamente, conocemos la angustia, la dubitación, los pasos difíciles en el camino médico, los diagnósticos contradictorios de los urólogos, la arriesgada épica de los valientes, como la de ese profesor del matemático enfermo, quien, al encontrarse por casualidad en un autobús parisino y saber de la inminente operación de prostatectomía a la que su antiguo discípulo va a someterse, le insiste con vehemencia en que no lo haga, siguiendo su ejemplo y recomendándole la “curieterapia”, un método iniciado hace más de un siglo a partir de una intuición de Pierre Curie y consistente en introducir en la próstata granos radioactivos que “se comen” literalmente las células cancerosas. La vida sexual puede seguir así su curso, aun con el peligro de una reproducción del mal, y la función eréctil se conserva: “Sé de qué hablo”, continúa diciéndole el profesor setentón al alumno 20 años más joven.
El novelista cuenta las confesiones de su amigo, el calvario de alguien para quien el narcisismo ante las mujeres a las que ama profusa y fogosamente es una prioridad ahora imposible de cumplir. Sus reacciones son también, como los dictámenes de los doctores, antitéticas: cuando se siente humillado al saber que la extirpación de esa glándula puede quitarle la capacidad erótica, considera el suicidio, pero otras veces, animado por la versión directa que le da un colega de investigación matemática sobre el caso François Mitterrand, elucubra con imitar al presidente socialista, el cual, al saber de su cáncer en octubre de 1981 lo ocultó sin someterse a cirugías radicales y conjurándolo en lo posible a base de hacer trabajar a la libido para que se olvidase de la dolencia. “Vivió 15 años con una próstata gruesa y enferma. Y nos folló a todos”.

No tiene un final feliz, pero tampoco acaba en muerte o desespero
El matemático de Tahar Ben Jelloun es un hombre sensual y también leído, y por ello L´ablation recoge una serie de referentes literarios que le sirven de espejo o acicate. En las tentaciones depresivas, detalla las providencias que tomaría de llegar a quitarse la vida, evocando a Jake Barnes, personaje central de la novela de Ernest Hemingway Fiesta (al que le pone el rostro de Tyrone Power, que interpretó en la película de Henry King al periodista incapacitado por una herida de guerra), y las figuras reales de dos suicidas atormentados por la impotencia, el propio Hemingway y Romain Gary. El narrador suma a sus nombres el de Cesare Pavese, cuya muerte, según los indicios más fiables, no parece haberse debido a una cuestión genital, y recurre a imágenes relacionadas con su propia situación, como las del filme de Bolognini El bello Antonio y la de la escena de la novela de despedida de Philip Roth Sale el fantasma en la que un rastro amarillento sigue al protagonista mientras nada en una piscina.
L´ablation no tiene un final feliz, pero tampoco acaba en muerte o desespero. Tras la drástica operación, el narrador continúa su “vida sin libido”, tratando de buscar acompañamiento para la pérdida. En las conmovedoras páginas finales quienes le acompañan son Borges y Buñuel. Al primero, anciano e invidente, se le acercó en el jardín de un gran hotel y le habló, recibiendo una característica contestación borgiana en forma de apólogo de Las mil y una noches. “Mi libido es una ceguera, una soledad”, dice el matemático. En cuanto a Buñuel, se congratula al comprobar que, trabajando con casi total sordera y por tanto como en una regresión al cine mudo, tal carencia no quita resonancia a las extraordinarias películas de su etapa final: “¿Qué pasaba por su cabeza cuando veía esas imágenes en que faltaba el sonido? ¿Qué recuerdo guardaba de la música del mundo?”.
“Ciego y sordo” como solitario del placer carnal, este hombre que le confía su intimidad a Ben Jelloun se declara dispuesto al goce fantasmal de los sentidos que le restan: “Viviré con el recuerdo de algunos perfumes y tal vez de algunos olores inconvenientes”.
Vicente Molina Foix es escritor.

viernes, 15 de abril de 2011

PRENSA. 15 abril 2011

   En "El País":

1. Homenaje. Columna de Juan José Millás.

2. La angustia económica nos atenaza. Reportaje de David Fernández. El pesimismo sobre el futuro se extiende, incluso entre quienes admiten que sus finanzas personales están bien - La distinta percepción de la economía familiar y general retrae el consumo.

3. Los maestros impuros. Artículo del escritor Vicente Molina Foix.

4. Siete claves para el despertar árabe. Artículo de Luza Gómez García, profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid. Los árabes arrancaron el siglo XXI con una segunda Intifada en Palestina y una gran movilización contra la invasión de Irak. No estaban dormidos, sino buscando cómo superar las tiranías poscoloniales.

5. El declive japonés. Por José Ignacio Torreblanca.

6. CINE. Crítica de cine. Inquietante aunque aligerado Chacal (Carlos, de Olivier Assayas. Por Carlos Boyero). Hombre y dibujo (Hop, de Tim Hill. Por Javier Ocaña). Un feliz anacronismo (Código fuente, de Duncan Jones. Por Jordi Costa). Peluquería del sentimiento (Una dulce mentira, de Pierre Salvadori. Por Jordi Costa). La adolescencia como lobo (Caperucita roja, de Catherine Hardwick. Por Javier Ocaña).

lunes, 26 de abril de 2010

PRENSA. "La señal de la cruz", de Vicente Molina Foix

Vicente Molina Foix
Ayer, en "El País":

La señal de la cruz


VICENTE MOLINA FOIX 25/04/2010

La sensación es rara. Me asomo a la ventana y veo enfrente la llegada en fila de los automóviles, la mayoría con un solícito chófer uniformado, que van depositando a damas y caballeros elegantes ante las puertas del Hotel Phoenicia, el de mayor solera de la ciudad. Sin embargo, si mi mirada, como la de una cámara, se desvía en una leve panorámica hacia la izquierda, alejándose de la línea costera, lo que los ojos ven es distinto: a pocos metros del esplendente edificio del Phoenicia se yergue un rascacielos sin luz ni lujo alguno ni habitantes en su interior, distinguidos sus 20 pisos por la evidente ruina de las instalaciones, los muros horadados, las barandillas partidas, el vuelo en este anochecer ventoso de unos jirones de toldo en las terrazas altas.
La escena tiene lugar en Beirut, y el vaciado esqueleto que todas las mañanas veo al abrir las cortinas de mi habitación es el del hotel Holiday Inn, que fue por poco tiempo uno de los cinco estrellas de la capital libanesa, hasta que la guerra civil, iniciada poco después de su inauguración, lo convirtió en lugar predilecto de los francotiradores, contra quienes recíprocamente disparaban su fuego las fuerzas rivales. La guerra terminó, después de 15 años, en 1990, pero la reconstrucción de la atractiva ciudad por la que hoy paseo no fue completa; incluso en los barrios céntricos -no afectados por los bombardeos de la operación Lluvia de Verano emprendida en diversos puntos del país por el ejército de Israel en julio del 2006- se siguen viendo fachadas con muescas de balas, interiores domésticos despanzurrados, esquinas rotas. El Holiday Inn, orgullosa su mole junto a la cornisa marítima, nunca se restauró; para qué molestarse, debieron de pensar los empresarios de la gran cadena hotelera, siendo posible que al cabo de un tiempo volvieran a tan estratégico lugar los hombres armados de una u otra facción, parapetados en las habitaciones sin huéspedes o haciendo otros blanco en sus cristales.
Beirut es seguramente la ciudad más viva y estimulante del Oriente Próximo. Tiene desde luego una topografía un tanto escabrosa, de laderas y calles empinadas y aceras poco transitables, en las que a menudo la silueta de un tanque y un pelotón militar con metralleta son las señales de tráfico más perentorias. Aun así, ahora es una ciudad pacífica, y sus habitantes lo manifiestan de un modo abigarrado y -al menos en apariencia- despreocupado. Claro que en estos 20 años últimos de paz civil, el país ha sufrido, aparte de los bombardeos de Israel contra las milicias de Hezbolá, el asesinato de varios de sus políticos más destacados, y entre ellos el primer ministro Rafik Hariri, muerto el 14 de febrero del 2005 por la explosión de un coche-bomba atribuido a los servicios de inteligencia sirios. De vez en cuando, me dicen los amigos de Beirut, disparos en la noche oídos no lejos de donde viven indican algo más que un rifirrafe vecinal. Los milicianos chiíes de Hezbolá, una fuerza potente en el país (y muy significada en todo el valle de la Bekaa), siguen en posesión de un amplio arsenal, que alguna vez sacan a la calle, sin por ello abandonar la coalición gubernamental de la que forman parte.
El alma de la ciudad, sin embargo, se muestra indolente, y en ella destaca la presencia de las mujeres, sin duda las de mayor grado de libertad, al menos gestual, de todo el mundo árabe, lleven o no velo; sorprende y gratifica la imagen de tantas de ellas, jóvenes y maduras, fumando en los numerosos cafés del centro, el llamado downtown, no sólo cigarrillos sino la tradicional pipa de agua o narguilé, que en Egipto o Marruecos, por ejemplo, parecen patrimonio exclusivo de los varones. Nada en su desenvoltura, en la animación de los restaurantes y las tiendas de gran empaque, en el populoso paseo junto al mar cuando la tarde es cálida, sugiere la martirizada condición del país, que, por si sus edificios achicharrados no fueran suficiente recordatorio, mantiene latente la amenaza de una nueva guerra de aniquilación interna, de otro conflicto sangriento con los imperiosos y justamente desconfiados vecinos hebreos del sur. Me resultaba inverosímil, en el contexto de ese plácido y jovial discurrir cotidiano, leer invariablemente en la prensa libanesa publicada en inglés y francés las noticias de un más que posible, tal vez inminente, retorno a la matanza y la destrucción.
Nos escandalizamos en España, y con razón, de las escaramuzas casi diarias en los juzgados, del goteo sistemático de la corrupción de los electos, de la grosera animosidad permanente en cuestiones no de partido sino de Estado. Ahora bien, para la gran mayoría de nosotros, la guerra civil y sus víctimas son las sumas de una grave cuenta moral que deberíamos saldar; una cuenta pendiente, en efecto, pero no la hipoteca de nuestro futuro. Vivimos amenazados por otros daños: el empobrecimiento de las clases más débiles, el difícil acomodo de los emigrantes, que nos sacaron baratamente las castañas cuando había un fuego en el que no queríamos quemarnos las manos, la banalidad de una clase política (de todos los colores ideológicos) cada día más literalmente desmoralizada y por ello aferrada a su mera permanencia en el hit parade. Pese a todo, hace ya al menos tres generaciones que no nos despertamos en mitad de la noche al oír un tableteo pensando que han paseado a alguien del barrio, e incluso la estampa de un iluminado siniestro entrando pistola en mano en el Parlamento ya ha adquirido, para los jóvenes que se encuentren con ella en algún documental o libro de texto, ribetes de fábula astracanada.
Viajé al interior del país, cerca de la frontera con Siria, conducido por un taxista amable y poco locuaz, un hombretón de mi edad dotado, como suelen estarlo los hombres del lugar, de un recio bigote, en su caso muy negro. A menos de un kilómetro del centro urbano, mi conductor se santiguó, un gesto que yo mismo hice mucho de niño y aquella mañana, instintivamente, me chocó en persona de tanta edad y fortaleza. Lo vi de reojo, sentado como iba, para disfrutar mejor del paisaje, en el asiento delantero, y de nuevo la cámara de mis ojos hizo una panorámica, esa vez hacia la derecha: había una iglesia católica en la carretera, y hubo (pues me entretuve en contarlas) nueve más en el camino de ida, y otras tantas en el de vuelta. Ante cada una de ellas se persignó el taxista, y llevado yo no sé si por la extrañeza inicial o por un fondo de ateísmo recalcitrante le conté medio jocosamente a un recién conocido -que antes de vivir en la zona vivió en Serbia- ese hacerse de cruces del chófer. No le hizo gracia la anécdota. Según él, esas manifestaciones externas de fe eran posibles no porque ahora hubiese una tregua (frágil, de creer los indicios), sino porque el chófer iba dentro de su propio coche y con un español. "¿Con un español?", le repliqué. "Claro. Él asumió que tú también eras cristiano, y encontrarías normal, aceptable, la señal de la cruz. Un signo que podría costarle la vida en otras circunstancias. ¿Nunca has estado en un país en guerra?".
Al poco de volver a España leí la impresionante entrevista que Juan Miguel Muñoz le hizo para Babelia a David Grossman, que también sabe de pérdidas, de desconfianzas vecinales, de cautelas. El novelista habla por supuesto (con mucha lucidez y gran valor, a mi juicio) desde el otro lado, pero sus palabras sirven para ambos cuando, a la pregunta del entrevistador sobre la actitud de Netanyahu, contesta que según él el primer ministro israelí sabe perfectamente que la ocupación de los territorios palestinos y la relativa calma actual son engañosas y no pueden durar: "Es una ilusión que estallará en un río de violencia muy pronto". Parece pues inevitable que las ilusiones de paz se rompan, tal vez una detrás de otra, en aquellas tierras aquejadas, en palabras del palestino Edward Said, de un exceso de rotundos credos religiosos. Mientras, nosotros, los europeos y los norteamericanos (¿amigos de unos y de otros?, ¿cómplices de los más poderosos?, ¿ciegos de lo que no queremos ver?), observamos cómo se resquebrajan, preocupados aunque no demasiado inquietos en nuestra equidistancia, en nuestra cómoda lejanía de lo real, sabiendo que cuando "el río de la violencia" se desborde nos quedarán los gestos simbólicos. Una manifestación, una carta de protesta, un envío solidario. Señales de humo para contrarrestar la hoguera que condena y mata a quienes tienen la desgracia de vivir un poco lejos de nuestra apaciguada conciencia.

Vicente Molina Foix es escritor.

miércoles, 15 de abril de 2009

VICENTE MOLINA FOIX. Entrevista digital y cuento.

La novela El abrecartas le valió al alicantino Vicente Molina Foix hacerse con el Premio Nacional de Narrativa 2007. Ahora, el escritor publica Con tal de no morir, un libro de relatos breves que vuelven sobre algunas de las preocupaciones latentes en aquella aclamada novela. Molina Foix ha charlado con los lectores de "El País" acerca de su nuevo libro y sus obras anteriores.

Aquí podemos leer uno de sus relatos: Cuento en Bagdad, en el que se establece una similitud una situación de violencia de género y la invasión de Irak por EE.UU.
(Foto de Vicente Molina Foix. Gorka Lejarcegui es su autor).