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viernes, 11 de marzo de 2016

FILOSOFÍA. Fragmento de "La aventura de pensar", de Fernando Savater



LA AVENTURA DE PENSAR

Fernando Savater

0

Fragmento

1

Platón, los diálogos que iniciaron todo
¿Qué es la filosofía? Alguien ha llegado a decir que todas las obras filosóficas que se han escrito son simplemente notas a pie de página de los diálogos de Platón. De modo que para hablar de filosofía, de manera inevitable, tenemos que empezar por Platón, autor de una serie de diálogos, protagonizados la mayoría por el protofilósofo Sócrates.
Sócrates fue maestro del propio Platón. Extraño y con sentido del humor, carecía de estudios. Algunos lo tenían por bufón, otros por un subversivo que deambulaba por Atenas, sin ninguna prosopopeya, sin darse importancia, sin considerarse un profesor. Su actividad se resumía en preguntar a los ciudadanos de la polis ateniense si sabían qué era la belleza, qué era la verdad, qué era la justicia. Cuando sus interlocutores le daban una respuesta convencional —en medio de risas, seguros de que se trataba de temas muy sencillos—, él les volvía a preguntar una y otra vez hasta dejar claro que no sabían cuál era la respuesta correcta. Esto no significaba que Sócrates ofreciera una contestación definitiva, pero demostraba que los demás tampoco sabían mucho sobre aquello que suponían tan claro, fácil y evidente. ¡Ah, el placer de preguntar, de preguntar no para saber, sino para saber qué se puede preguntar y preguntar!
Preguntar filosóficamente es poner en un compromiso al que cree saber o al que quiere que aceptemos que sabe; lo cual no implica, ni mucho menos, que nosotros, preguntones, sepamos más que él. Esta disposición a preguntar para liberarse del sistema de verdades establecidas pero sin la prisa de sustituirlas por otras es propia de Sócrates en los primeros diálogos platónicos. Luego se va haciendo cada vez más asertivo, más informativo. A veces uno pregunta para podar la frondosidad carcelaria de las creencias vigentes, su apariencia de infranqueable dictadura. Los dogmas no son concluyentes, sino ocluyentes: taponan el libre juego de nuestros sentidos y la libertad de nuestra razón. No hay dogma cuando alguien dice: «Ésta es mi roca de fondo y ya no me haré más preguntas». En ello consiste antes o después la cordura. Pero sí hay dogma cuando pretende públicamente imponer a otros que algo es la roca de fondo y que ya no está permitido hacer más preguntas. En tal situación se hace urgente el riesgo de la pregunta, porque la certeza incuestionable decretada por la autoridad, a la que no hemos llegado por nuestro propio esfuerzo como llega a la playa el nadador exhausto, es más asfixiante que la serie asfixiante de las dudas. En cuanto el gurú ahueca la voz para dar por sentado que el mundo cabalga sobre un gran elefante, que Dios hizo cielos y tierra en seis días o que es nuestro deber amar al prójimo, el niño impertinente, la señora puntillosa y el filósofo preguntan a coro «¿por qué?».
Cuando yo era pequeño, mi padre me regaló mi primera enciclopedia, la única inolvidable: se llamaba El Tesoro de la Juventud. Cada uno de sus volúmenes estaba formado por diferentes «libros»: el de las narraciones extraordinarias, el de los hechos heroicos, el de las grandes exploraciones, el de la naturaleza, el de la magia, el de la ciencia…Y cada una de esas secciones, estupendamente ilustradas, brindaba las más elocuentes lecciones, narraba cuentos o describía paisajes. Una de mis favoritas se titulaba «El libro de los ¿por qué?» y respondía a multitud de inquietudes variopintas: ¿por qué hierve el agua? ¿Por qué flotan los barcos? ¿Por qué los gatos ven en la oscuridad? ¿Por qué a lo lejos las montañas son azules? Apenas recuerdo las respuestas de ese fabuloso cuestionario, y las que me vienen a la cabeza quizá las he aprendido después en otros estudios menos gratos. Pero lo que no se me borra de la memoria es la satisfacción que me producían las preguntas en sí y su vértigo cadencioso.
El primer filósofo, la cicuta y los diálogos
Platón recoge esos diálogos protagonizados por la figura de Sócrates, si bien no sabemos hasta qué punto es fiel a la realidad. ¿Se trata de una figura literaria que crea el propio Platón, protagonista de una historia filosófica? De lo que no hay duda es de que el Sócrates que presenta Platón, sin aires de sabio y que se acerca a los demás ciudadanos de hombre a hombre, siempre con una interrogación en los labios, da comienzo a la filosofía.
Platón nació en Atenas en el año 427 a.C. en el seno de una familia aristocrática. Fue testigo de la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta en la que llegó a combatir,1 y también presenció la decadencia ateniense, sacudida por una tiranía oligárquica primero2 y por una democracia populista y demagógica después.3 Platón, como discípulo de Sócrates, había heredado de su maestro la búsqueda conceptual y la exigencia ética. Pero Sócrates fue víctima de acusaciones absurdas y finalmente resultó condenado a suicidarse mediante envenenamiento el año 399 a.C.
El proceso de Sócrates se desencadenó por razones políticas.Algunos de sus discípulos estuvieron vinculados a la tiranía oligárquica y las autoridades democráticas creyeron oportuno alejarlos de las polis. Se le acusó de pervertir a los jóvenes, de defender el ateísmo y, paradójicamente, de introducir nuevos dioses. Se pidió la pena de muerte porque, según el derecho ateniense, el acusado podía optar por un castigo alternativo como el exilio. Pero Sócrates expresó que o bien era culpable y merecía la muerte, o bien no lo era y entonces debían ser reconocidos sus servicios a la sociedad. Rechazó la posibilidad del exilio y hasta ironizó sobre la idoneidad de sus jueces. Fue condenado a beber una copa de cicuta, aceptó la sentencia con gran dignidad y murió sin sobresaltos.
Platón, escandalizado por el proceso a su maestro y preocupado por lo que consideraba una crisis moral y política ateniense, puso toda su energía en tratar de establecer entre sus conciudadanos un ideal de justicia y de respeto por la verdad. Para ello, fundó su célebre Academia, destinada a ofrecer educación filosófica a los futuros políticos y gobernantes, y escribió un gran número de bellísimos diálogos, donde abordaba diferentes problemas filosóficos.
Los diálogos de Platón se pueden dividir en tres grandes grupos. Están los diálogos tempranos que, en general, plantean un problema y terminan sin dar una respuesta concluyente. Son los más fieles al espíritu socrático: más que solucionar un problema determinado, aspiran a revelar lo problemático de algunas nociones que habitualmente se adoptan sin reflexión. Los diálogos medios o de madurez, entre los que se encuentran las obras más conocidas de Platón como El banquete, Fedón y La República, en donde expone básicamente la teoría de las ideas, aquellas que, según Platón, son objetivas, eternas y universales.Al formular su teoría de las ideas, Platón se preguntaba, por ejemplo, qué es la justicia, la bondad y la belleza.Y con este preguntar abre nada menos que el pensamiento metafísico occidental.
Platón dice que para afirmar que algo tiene una propiedad, esa propiedad debe existir. Pero si esa propiedad no está en ninguna parte ni es percibida por los sentidos, Platón dice que la vemos «con el ojo de la razón». Por ejemplo, ¿cómo podemos reconocer ciertos actos como justos y otros como injustos? Platón indica que hay una idea de justicia que no se agota en ningún acto particular, justo o injusto. Si no hubiera una idea de justicia, no podría llamarse «justo» a ningún acto. Del mismo modo, podemos encontrar bellas diferentes cosas, pero coincidimos en la idea de belleza, que afirmamos de unas y que negamos a otras. Platón expone que el filósofo es quien puede progresar desde las cosas bellas hasta la idea de belleza, es el que puede ascender de un cuerpo bello a todos los cuerpos bellos y de éstos a las bellas normas de conducta, y de ahí a los bellos conocimientos, y terminar en el conocimiento de la belleza absoluta, de la belleza en sí. Si la idea de belleza fuera sólo subjetiva, distinta en cada hombre, nadie sabría a qué se refiere otro al decir que algo es bello. Y la vida en común sería entonces imposible. Esa vida en común exige, según Platón, que podamos compartir algunas ideas que son la base de toda comunicación. En particular, la idea de justicia. Pueden variar nuestras valoraciones respecto de qué cosas son justas y cuáles no, pero no puede cambiar aquello por lo que persistimos en llamar
«justas» a algunas conductas.Así pues, hay una idea eterna, objetiva y universal de justicia, por la cual es posible alcanzar consensos éticos o políticos. Otro ejemplo: los triángulos concretos pueden ser imperfectos, y, dibujados en una hoja de papel, terminan por borrarse o desaparecer, pero la idea de triángulo, en cambio, es perfecta e inmutable. Gracias a la idea de triángulo podemos reconocer que ciertas figuras geométricas, a pesar de lo diferentes que puedan ser entre sí en tamaño y color, son, precisamente, triángulos. Lo mismo ocurre con otras ideas no geométricas.
Finalmente, en los diálogos tardíos o de vejez, Platón expresa una reformulación de su filosofía y advierte que las ideas no son estáticas y autosuficientes, sino que se interconectan y remiten unas a otras. En ese momento de su vida, se vio obligado a admitir que no podía pretender que los gobernantes fuesen lúcidos y desinteresados. En el último de sus diálogos, titulado Las leyes, abandonó la noción del rey-filósofo y confió a la organización legal lo que ya no podía esperar de la sabiduría de los individuos. Se trata de un diálogo extenso en el que ofrece un segundo modelo de Estado, pautado exclusivamente por leyes, a diferencia del modelo de los diálogos medios, donde importa sobre todo que los filósofos gobiernen. Pareciera que, esta vez, la ley no ocupa ya un lugar secundario. Podría decirse que en su último diálogo Platón deposita la esperanza de un orden político justo y armonioso precisamente en el adecuado ordenamiento jurídico. Platón comenzó ocupándose en sus primeros diálogos, muy a la manera de Sócrates, de problemas éticos concretos. Y terminó ascendiendo, en sus diálogos de vejez, a la cuestión de la estructura misma de toda realidad y a la posibilidad efectiva de una sociedad justa.
El ritmo en la polis
Platón no fue un filósofo alejado de la realidad, de la vida social, de la convivencia humana, sino más bien todo lo contrario. La filosofía nace con un propósito político desde sus inicios, y Platón fue un filósofo con conciencia y exigencia política. No buscaba una mera reflexión sobre el mundo, sino que esa reflexión sobre el mundo permitiera mejorar la convivencia y la organización de los seres humanos. A esa mejor organización, Platón la llamaba «justicia», y se traducía en la organización de la polis, de la República, de la situación de la comunidad humana. Es decir, cada cual en su sitio, que cada cual tenga lo que le corresponde y que cada cual desempeñe el papel que mejor le puede ir dentro de la colectividad. Platón reflexiona sobre estos temas en La República, uno de sus diálogos más famosos.Allí describe sus ideas acerca de una ciudad bien organizada. Para él, cada ser humano tiene su propio papel que cumplir. Lo importante, dice Platón, es que los que manden sean aquellos que están más cerca de la contemplación de las ideas y que los que defiendan esa comunidad sean aquellos que tienen un ánimo y un coraje más decidido. Mientras tanto, el resto de los ciudadanos pueden dedicarse al comercio, a la producción y a seguir las pautas y las directrices más o menos geniales de ese Areópago.4 Por supuesto, el régimen pensado por Platón es rígido. En un momento dado, dice incluso que hay que desterrar a los poetas porque mienten mucho y sólo hablan de pasiones y situaciones subjetivas. Por ellos, los seres humanos olvidan que la dimensión más importante de sus vidas es la colectiva, la que comparten con los demás, no la subjetiva.Algunos pensadores, como Karl Popper,5 han dicho que Platón es el padre de los estados totalitarios. Aunque sus planteamientos están muy lejos de los totalitarismos contemporáneos, hay que reconocer que su pensamiento tiene una vocación ordenancista, autoritaria y rígida.
¿Qué es igual y qué es diferente?
Una de las preocupaciones centrales de la filosofía ha sido buscar qué tienen en común las cosas tras su aparente diversidad. Se trata de un tema anterior incluso al propio Platón, que se remonta a los llamados presocráticos,6 ese pequeño grupo de filósofos que no se sabía realmente si lo eran, o si se trataba de poetas, pensadores o nigromantes y que desaparecen antes de que se conozca la filosofía propiamente como tal.
Nosotros vemos que hay una infinita diversidad de cosas distintas, algunas de las cuales las agrupamos en especies dentro de clases o colectivos. Hablamos de árboles, de hombres, de peces y de estrellas. Eso quiere decir que esas cosas tienen algo en común, son elementos de un mismo género y un mismo rango. Estos géneros y rangos son lo que Platón llama «ideas», y que para él son los arquetipos a partir de los cuales se diseña toda la diversidad de un grupo: todos los hombres, todos los peces, todos los árboles, todas las plantas. Se trata de algo aparente, que no se ve, de ahí que tengamos noción de la diversidad de las cosas diferentes, nunca de la idea, del concepto. Por eso Platón supuso que esas ideas, esas categorías arquetípicas, a partir de las cuales se organiza la realidad, pertenecían a otro orden, que es el que da sentido al nuestro, pero que está más allá del orden o mundo de lo que percibimos por los sentidos. Eso es lo que subyace en la fábula metafórica, tan significativa, del mito de la caverna.7 Lo que sale a buscar ese huido de entre los hombres es las ideas, para mirarlas frente a frente. El resto de sus congéneres, en el fondo de la caverna, están sometidos a ver puras sombras, o incluso, sombras de sombras. Sólo pueden romper esa cadena mediante el pensamiento. La forma que tiene un ser humano de liberarse es entregarse al pensamiento y salir a mirar las ideas. Esa experiencia de liberación es lo que Platón muestra en su Apología cuando Sócrates, a punto de ser condenado a muerte, dice: «Una vida sin examen no merece la pena ser vivida». Se refiere a una vida sin romper la rutina con las sombras y sin salir a buscar las ideas. Ése es el criterio filosófico a partir del cual nace el pensamiento occidental.
Platón estaba convencido de que la mejor preparación para la vida pública la daba el espíritu lúcido y desinteresado de la filosofía. Con ese propósito había fundado en Atenas, hacia el año 388 a.C., lo que se podría considerar la primera universidad de Europa. Por estar ubicada cerca del santuario consagrado al héroe Academo había recibido el nombre de «Academia». A ella concurrieron jóvenes de Atenas y de otras ciudades para aprender no sólo filosofía, sino también matemáticas, astronomía, ciencias físicas y naturales.
Nada de la filosofía anterior a Platón precedió su concepción. Los filósofos anteriores sólo habían tratado de explicar la naturaleza física. Pero ahora, a partir del pensamiento platónico, la ética, la política y la estética encontraban también su lugar en la reflexión filosófica al lado de la tradicional pregunta por la realidad física y los problemas del cambio y la permanencia, que habían ocupado ya a Heráclito8 y Parménides,9 entre otros.
Los enemigos de Platón
Los sofistas solían ser viajeros que deambulaban entre las ciudades que mejor podían acogerlos y remunerarlos. Por lo general, comparaban la diversidad de las leyes con la ecuanimidad de la naturaleza humana y aventuraban conclusiones de alarmante impiedad. Eran estudiosos de los mecanismos de la persuasión y el lenguaje, y muchas veces enseñaban a los ciudadanos de las comunidades igualitarias y discursivas a valerse por sí mismos en la esfera pública. Pero su memoria ha llegado hasta nosotros denostada, pues contaron con el antagonismo formidable de Platón. Como maestro de prodigiosa sutileza, detestaba el naturalismo sonriente de Demócrito,10 aunque éste no era un sofista, al que prácticamente nunca menciona. Además, condenó con excelsa habilidad intelectual el relativismo humanista de los sofistas. Como bien señala Jean-François Revel11 en su Historia de la filosofía occidental: «Mientras que en la tesis que opone la Naturaleza a la Ley, los sofistas habían visto sin duda la raíz de una fraternidad humana y de una racionalización de la política, Platón, para desacreditarles, finge ver por su parte una justificación de la fuerza pura. Parecía así defender la justicia, mientras que defendía de hecho la ciudad tradicional, antiigualitaria, intolerante, belicosa y xenófoba».
Platón debe a los sofistas mucho más de lo que habría estado dispuesto a reconocer. Los sofistas son representativos del clima cultural que se gestó en Atenas, después del encumbramiento y del ascenso político y económico que marcó también el comienzo de su decadencia.
Filosofía y religión
El ambiente de los diálogos platónicos, donde se mezclan la ligereza costumbrista con una tensión mental suprema, ha quedado ya para siempre en el imaginario como el clima natural de la filosofía. Pero, atención, quizá con iguales consecuencias negativas que positivas en el desarrollo posterior del pensamiento occidental. La figura de Platón me sirve para introducir dos cuestiones importantes, referentes a lo que yo tengo por filosofía: su relación con la religión y con el humor. La filosofía se opone desde sus orígenes a las creencias religiosas tradicionales y busca explicaciones alternativas, de corte naturalista, a las leyendas sobrenaturales que versan sobre el origen y fundamentos de la realidad. No sólo en el mundo físico, sino también en el social. La justificación del poder, de las leyes, de los tabúes y de las costumbres que brindan los filósofos no apela a dioses ni a genealogías heroicas, sino a fuerzas políticas en conflicto y, en todo caso, a la necesidad de utilizar el temor para disuadir a los díscolos de conductas perturbadoras. El carácter convencional, no sagrado, de las pautas que rigen las sociedades —y que, por lo tanto, pueden ser desafiadas por quienes no aceptan y denuncian ese convencionalismo— es uno de los aportes subversivos del pensamiento filosófico desde sus inicios. La existencia misma de los dioses era negada o considerada irrelevante para el transcurso de los acontecimientos humanos, tal como sostuvo Epicuro.12 Somos los humanos quienes creamos dioses a nuestra imagen y semejanza, y no al revés.
Incluso los filósofos que invocan a la divinidad o reconstruyen mitos para argumentar sus doctrinas como es el caso de Platón, lo hacen de manera claramente distinta a la tradición religiosa vigente: no son creyentes, sino teólogos. Sin embargo, creo que es no sólo posible sino también pertinente intentar señalar lo que distingue la función estrictamente filosófica de los usos teológicos de la filosofía. Esta diferencia queda subrayada por el claro antagonismo de grandes filósofos que fueron también teólogos, como Platón o Aristóteles, frente a filósofos ateológicos,13 como Demócrito o los sofistas. En primer lugar, los teólogos suelen demostrar una desconfianza teñida de desagrado y una condena hacia el mundo corporal que nuestros sentidos nos muestran: la auténtica realidad, la de primera clase, no está sometida a mutaciones, dolorosos afanes y perecimiento, como la que evidentemente nos rodea. La inteligencia humana no está emparentada con los mecanismos transitorios de la materialidad observable, sino que es, supuestamente, garantía de nuestra filiación respecto de un orden inmutable en el que estriba la razón última de la desventurada provincia que habitamos. Por ello, la contemplación de lo real parece ser más alta ocupación que cualquier intervención sobre la realidad contemplada: el elemento que contempla es, para los filósofos-teólogos, de rango superior a lo contemplado. En segundo lugar, como complemento y reforzamiento del punto anterior, los teólogos sostienen que existe un plan definido, un sentido, una finalidad última hacia la que se orientan los seres naturales y deben ser dirigidas las instituciones sociales. Los filósofos ateológicos, por el contrario, no creen en ningún plan final, sino en el azar y en el trenzado eventual de las necesidades. Existe cierto orden universal, pero a ellos les preocupa el funcionamiento y despliegue de ese orden, mientras que a los teólogos el para qué y a partir de quién.
Orden y justicia
En la obra de Platón se reúnen elementos del pasado, como la mentalidad religiosa o una recuperación sui generis de los mitos, con avances formidables en el desarrollo del análisis racional de las perplejidades intelectuales. Sus ideas políticas son aterradoras, es posible, pero las expresó de una manera tan fascinante que nuestra tradición intelectual nunca se ha atrevido a desdeñarlas. En sus diálogos se encuentran ecos de un claro rechazo de carácter aristocrático ante la extensión del poder político y de la igualdad legal a la totalidad de la población. 

lunes, 1 de febrero de 2016

ENSAYO. "Stevenson vivo, viajero y escritor". Fernando Savater

   En "Babelia":



Stevenson vivo, viajero y escritor

Tres espléndidos volúmenes recogen los ensayos personales, biográficos y literarios del autor escocés y una antología de sus crónicas de viajes




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El escritor escocés Robert Louis Stevenson.

Hoy, como de sobra sabemos, el género ensayístico abarca desde un esbozo recreativo en una revista literaria hasta un volumen imponente de cientos de páginas sobre un tema trabajado durante décadas. Tampoco es cosa de sublevarse, en imprecisiones más graves buceamos todos los días. Sin embargo, los verdaderos aficionados al ensayo —y que por tanto comemos de todo cuando toca, siempre con buen apetito, sea una imponente fabada o un liviano canapé de caviar— guardamos un especial aprecio a dos características que nunca deberían faltarle: la ligereza desenfadada de trazo (lo que Baldassare Castiglione llamó sprezzatura) y la sorpresa, lo imprevisto de la perspectiva o del giro que toma el asunto planteado inicialmente. Una de las dos nunca está ausente y en la mayoría de los casos se dan ambas en los sucintos ensayos o artículos que a lo largo de su vida “breve y valerosa” (Borges dixit) escribió Robert Louis Stevenson.
RLS es recordado ante todo como narrador de la que quizá sea la mejor novela juvenil de la era modernaLa isla del tesoro, y de uno de los más turbadores relatos de terror psicológico y fisiológico (pionero de la ciencia-ficción), algo posterior: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Así como otras narraciones largas o breves que alternan un aire vintage neorromántico con formas de contar que prefiguran los experimentos de vanguardia o renuevan la novela histórica y que fueron capaces de atrapar a lectores adolescentes, a nostálgicos de Walter Scott o el capitán Marryatt, junto a maestros del porvenir como Henry James y Marcel Schwob. Pero RLS no es en absoluto un candoroso impulsivo que se deja llevar por los ardores célticos de su corazón escocés, sino un artista que reflexiona con finura sobre el oficio de las letras, sobre las perplejidades tanto de la estética como de la ética, y que cuando recala en las playas de los mares del Sur no se entrega sin más a las exóticas bellezas de su paisaje, sino que también se rebela contra las injusticias de ese aparente paraíso. Cuando debe hablar de las lecturas que más han influido en él, tras la debida reverencia a Shakespeare y al querido D’Artagnan, ese compañero de alma que le regaló Alejandro Dumas, pone inmediatamente en lo más alto a Montaigne, un retratista de la vida “moderado y genial” cuyos lectores, si saben leerlo bien, “sentirán cómo tiemblan sus ortodoxias y se conmueven sus convicciones, y se darán cuenta de que esos movimientos no se han producido sin pretexto ni justificación”. También reconoce que la lectura de uno de los grandes ensayistas de la generación anterior a la suya, William Hazlitt, en particular su ensayo Sobre el espíritu de la obligación, “marcó un hito en su vida”. Estos predecesores dilectos se hacen notar cuando uno lee sus escritos de no ficción.






De la vasta colección de artículos y ensayos breves —RLS escribió mucho, pese al apretado plazo de su vida—, la editorial Páginas de Espuma, nombre muy adecuado al autor, selecciona casi un millar y medio de páginas, ordenados temáticamente en tres volúmenes. Bajo el título Vivir recoge ensayos personales y biográficos. Entre ellos, sus recuerdos familiares acerca de sus mayores que construyeron faros en las costas escocesas, de quienes se encontraba particularmente orgulloso. Y remembranzas de su infancia y juventud, tan determinantes luego en su obra, de sus nada vehementes estudios, de sus primeras impresiones sobre la mortalidad, relevantes en alguien de salud frágil desde su niñez, del islote adolescente que marcó su imaginación hasta llevarle luego a un tesoro y hasta de sus consideraciones reflexivas sobre la vejez ajena, ya que la propia le sería negada, feliz él.






Otro volumen, quizá el más interesante, se titula Escribir y reúne los ensayos dedicados a esa tarea y, no menos importante, a la lectura, pues ambas fueron la viga maestra de la vida de RLS. Aquí se revela como un crítico apasionado y perspicaz de otros, pero sobre todo de sí mismo. Las páginas que dedica a cómo creó La isla del tesoro y algunos más de sus libros son esclarecedoras de modo estimulante: hacen sentir la ilusión de la obra que se abre paso, cuando los obstáculos aún son acicates y no barreras. Sorprende su severidad —que no regatea méritos— con los autores que podríamos suponer que le encantaban, como Edgar Allan Poe (que obviamente tanto le influyó, aunque no lo admita así) o Julio Verne. Y no olvida, desde luego, una reflexión sobre La moralidad del ejercicio de las letras, un texto que merece más atención que muchas consideraciones célebres sobre el “compromiso” del escritor.






El tercer volumen, titulado Viajar,reúne una antología de textos viajeros. ¡Qué estupendo cronista de vagabundeos fue RLS! Sus relatos versan no sólo sobre los lugares a los que iba o desde los que partía —si bien se mira, todos los puntos cardinales son eso, sitios, en los cuales bajo unas u otras luces se vive y se malvive por igual—, sino ante todo acerca de lo que significa viajar, la emoción del desplazamiento y los mitos que obtenemos de ella. Mi preferido es el artículo que dedica a cómo disfrutar de los lugares menos agradables, una lección de resignación creadora… Esta edición de los escritos de no ficción de RLS está hecha con cuidado primoroso, tres tomos en pasta dura, bien ilustrados, ofrecidos en una caja de calidez irresistible. Pueden señalarse algunas leves inconsecuencias en la traducción y lunares menores en la versión de algunos títulos de obras de otros autores: los amantes de Julio Verne, que somos muy irritables, soportamos mal que al héroe abrumadoramente inglés que dio en 80 días la vuelta al mundo se le llame “Phíneas” (que suena a filósofo cínico) en lugar de “Phíleas”, o que se hable de “los supervivientes del canciller” en lugar del Chancellor, cuyo naufragio da pie a la novela. Pero todo eso cuenta poco ante la esplendidez del conjunto. Si el amigo o familiar al que quieren hacer un regalo es aficionado a la lectura, no hay mejor elección que esta edición de los ensayos de RLS. Y si no es aficionado a la lectura, no le regalen nada: que se fastidie.
Vivir. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2015. 400 páginas. 25 euros.
Viajar. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2014. 472 páginas. 25 euros.
Escribir. Robert Louis Stevenson. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Páginas de Espuma. Madrid, 2013. 448 páginas. 25 euros.

domingo, 31 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Incertidumbre". Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":

La física ha sido algo así como la diosa Kali del siglo XX, venerada y temida, capaz de todos los milagros y de todos los crímenes. Y la responsabilidad, la inconsciencia o los retortijones de conciencia de los sabios dedicados a cultivarla han brindado dramas argumentales a incontables obras literarias de las últimas décadas. Mi pobre erudición sería incapaz de enumerarlas, aunque fuese de modo incompleto. De mi adolescencia recuerdo dos piezas dramáticas que me impresionaron, una Los físicos de Friedrich Dürrenmatt, que transcurre en un manicomio dónde tres locos que creen ser Einstein, Newton y Moebius -y no lo son, pero tampoco están locos- se enfrentan y combaten por la posesión de un secreto aniquilador, socialmente más demente que cualquier demencia privada; otra, El caso Oppenheimer de Heinar Kipphardt, sobre los tormentos morales del inventor de la bomba atómica, que a mediados de los años sesenta representó el Piccolo Teatro de Milán bajo la dirección del gran Giorgio Strehler. Mucho más reciente pero girando también en torno a un tema apocalíptico semejante puedo mencionar la intrigante novela En busca de Klingsor, del mexicano Jorge Volpi. Y tantas más, entre las que no podemos descartar las tan populares historias del genéro de espionaje o ciencia-ficción centradas en la figura del "sabio enloquecido".
Hace pocos meses apareció en Francia una de las piezas más interesantes que he leído de este vasto y redundante mosaico literario: Le principe (El principio), de Jérôme Ferrari, editado por Actes Sud. De ese autor, uno de los novelistas actuales más destacables de su país, hay traducidas al español la novela con que ganó el premio Goncourt, El sermón sobre la caída de Roma (Random House) y una anterior, Donde dejé mi alma (Demipage), ambas absolutamente recomendables. En El principio, un joven aspirante a filósofo —y como tal atribulado y poco seguro de sí mismo— se obsesiona con la trayectoria vital de Werner Heisenberg, genial desde que en su juventud acuñó su celebérrimo "principio de incertidumbre" (¡que estupendo oxímoron!) que desconcertó a sus maestros, para después sentar las bases de la mecánica cuántica, lo que le valió el premio Nobel de Física a los treinta y un años. Su obra se gesta durante el ascenso del nazismo, en competencia o colaboración con la generación excepcional de los Einstein, Louis de Broglie, Max Planck, Niels Bohr, Schrödinger, Paul Dirac, Carl Friedrich von Weizsäcker, Otto Hahn, etc… Los jerarcas nazis les presionaron para conseguir la bomba atómica que les hubiera dado la victoria y que finalmente consiguió Oppenheimer en Estados Unidos. Algunos se escabulleron de patronos tan peligrosos pero otros, como Heisenberg, se dejaron querer, no por ideología nacionalsocialista sino para poder seguir investigando tranquilamente. Después de la guerra, recluidos por los vencedores, algunos sintieron culpabilidad por haber sido cómplices, pero otros no entendían que es lo que se les reprochaba a ellos, que sólo habían seguido con su trabajo: poner al descubierto la íntima belleza objetiva del universo.
El principio de incertidumbre de Heisenberg, en física cuántica, dice que no se puede conocer al mismo tiempo la posición y la velocidad de una partícula elemental. De modo semejante, el sabio no logra conocer la conjunción de su situación histórica y el vértigo acelerado de sus descubrimientos. Y quizá tampoco ninguno de nosotros sepa determinar juntamente dónde está y a dónde va en este mundo hermoso y atroz.

sábado, 23 de mayo de 2015

PRENSA. Entrevista a Fernando Savater

   En "El País":

Fernando Savater: “La aflicción es más fuerte que la razón”

El filósofo publica 'Voltaire contra los fanáticos', un alegato a favor de la tolerancia.

El libro está dedicado a su mujer, fallecida en marzo pasado.


El filósofo Fernando Savater, en su casa de Madrid. / KIKE PARA

“Fue valiente, sabia, libre, única”. Esto decía la esquela de Sara Torres, esposa de Fernando Savater, que murió el 18 de marzo pasado. Semanas antes su marido le había dedicado Voltaire contra los fanáticos (Ariel), una antología de textos del pensador francés. El libro acaba de aparecer y el filósofo, abatido, se ha instalado en San Sebastián, la ciudad en la que nació en 1947. Solo ha vuelto a Madrid fugazmente para participar en unmitin de UPyD, su partido. “En esta casa hay demasiados recuerdos, literalmente”, dice señalando los mil libros, fotos y figuritas que tapizan las paredes.
Pregunta. ¿La filosofía sirve para algo cuando muere alguien querido?
Respuesta. Desgraciadamente, no. Tienes más argumentos para razonar las cosas, pero la razón no detiene el dolor. La aflicción es más fuerte que la razón.
P. ¿Tampoco la literatura consuela?
R. A mí, no. Al contrario. Nosotros teníamos una relación basada en compartir los libros, las películas… Ahora todo me parece plano, sin eco.
P. En este libro se declara fanático de su mujer. El único fanatismo que se permite usted. ¿Por qué deberíamos leer a Voltaire?
R. La mayor parte de su obra es ilegible salvo para expertos en el siglo XVIII. Pero perduran sus opúsculos, los cuentecitos, el maravilloso Diccionario filosófico. Y luego está la correspondencia, que era fabulosa. Se encontraron 40.000 cartas en su casa de Ferney. Lo que hubiera hecho este hombre con un WhatsApp.
P. Desde los atentados de Charlie Hebdo es un best seller.

"Tengo una idea activa de la filosofía. Me interesa la razón práctica: no tanto cómo conocer más sino cómo vivir mejor"
R. Siempre que ha habido atentados basados en la intolerancia se recurre a él. Yo estaba en Inglaterra cuando la fetua contra Rushdie y vi un cartel que decía: “Avisad a Voltaire”.
P. ¿Qué le parece la polémica en el Pen Club sobre premiar o no a Charlie Hebdo?
R. Charlie Hebdo ha sido provocador para muchos. No todo el mundo va a matarlos, pero no quieren que se les dé una medalla. Eso revela que los fanáticos son el extremo de algo que tiene otros muchos grados. Todos los que ponen objeciones a que alguien pueda expresarse libremente porque la blasfemia está mal son un estadio primero de lo que los islamistas son el último.
P. ¿Blasfemar es un derecho?
R. Si me invitan a casa de unos señores religiosos no entró cagándome en Dios. Pero una cosa es la cortesía, cosa que suelo practicar, y otra que sea una obligación. Algunos dicen: “Es que hiere mis sentimientos”. Pues no lea Charlie Hebdo. La convivencia en la democracia consiste en saber distinguir lo que puede molestarnos y lo que podemos castigar.
P. En el libro define al intelectual como una mezcla de agitador político, profeta y director espiritual. Parece un autorretrato.
R. No, no, es un retrato de Voltaire, que fue el primer intelectual moderno. De Erasmo podrías decir que es un intelectual, pero le faltaba algo fundamental: los medios de comunicación. Es gracioso que se hable de intelectual mediático. Todos lo son.
P. También dice que Voltaire era más “un pedagogo y un divulgador” que un “especulador creativo”. ¿Se identifica usted?
R. Sí, no he sido un contemplativo. Seguramente por falta de talento para ello. Una cosa son los grandes filósofos y otra los que acercamos las ideas de los grandes a la gente corriente. Siempre he tenido una idea activa de la filosofía. Me interesa la razón práctica: no tanto cómo conocer más sino cómo vivir mejor.
P. ¿Siente que ha sacrificado su trabajo teórico por esa actividad práctica?

"Yo puedo ser político como tú puedes usar una sopera de Limoges como orinal: en los dos casos hay un desperdicio de material"
R. No. Es cierto que si no hubiera vivido en el País Vasco no habría dedicado tanto esfuerzo a algo tan estúpido como el nacionalismo, pero no voy a decir que no he escrito la Crítica de la razón pura porque he perdido el tiempo haciendo política. Con más tiempo tampoco la habría escrito. Crecí en una dictadura y desde joven estaba deseando ejercerme como ciudadano político.
P. ¿Hay algo de vanidad en esa exhibición pública?
R. Puede ser. Los alumnos que no se atreven a preguntar en clase son a veces lo que tienen cosas más interesantes que decir. Para decidirte necesitas cierta seguridad en ti mismo, y la vanidad puede ser parte de ella.
P. Milita en UPyD, ¿nunca le han ofrecido ser candidato?
R. Sí, incluso antes de la fundación de UPyD. Pero siempre he pensado que yo puedo ser político como tú puedes usar una sopera de Limoges como orinal: en los dos casos hay un desperdicio de material [ríe].
P. Eso sí que suena vanidoso.
R. Exactamente [ríe de nuevo]. Para ser político hay que tener capacidad gestora, no solo vocación de hacerse oír. Yo tengo lo segundo pero carezco de lo primero. Massimo Cacciari tenía las dos. En las cenas nos hablaba de abstracciones que tardábamos dos horas en entender y luego, como alcalde de Venecia, fue el más eficaz. Yo ni rellenar un formulario sé.
P. ¿Qué le parece que proliferen los intelectuales-candidatos?
R. Prefiero a alguien que sepa cómo funcionan los ayuntamientos.
P. Tal vez no se busca alguien que sepa sino alguien decente.

"Siempre me he considerado una persona sin importancia que se ha dedicado a las cosas importantes: a la reflexión sobre la libertad, a la lucha contra las imposiciones tiránicas y contra la brutalidad"
R. Parece que la política es el lugar de los vicios y la ética el lugar de las virtudes, pero no es así. La política también tiene sus valores. La honradez de un ministro no es solo un valor personal, es una virtud política.
P. Su gran éxito fue Ética para Amador, dedicado a su hijo. Su propia generación se rebeló contra la autoridad. ¿Puede haber educación sin autoridad?
R. La autoridad es necesaria; la tiranía, no. Hegel decía: “Ser libre no es nada; llegar a ser libre es lo importante”. Para llegar a ser libre hace falta la autoridad. Autoridad viene de augeo: ayudar a hacer crecer. Autoridad y auge vienen de lo mismo. Todos crecemos como la hiedra, apoyándonos en algo que nos ofrece resistencia. La tiranía quiere que seamos eternamente niños. La autoridad ofrece resistencia pero hace crecer. Si no has tenido resistencia no creces recto, sino reptando.
P. ¿Lo ha aplicado cómo padre?
R. Como profesor. Como padre es otra cosa. Cuando Amador vivía conmigo y le reñía me decía: “Y pensar que todos creen que eres un padre modélico”. Yo le decía: “Eh, aquí soy el padre, no el que escribe los libros”. De todos modos, Amador ha sido mejor de lo que yo le hubiera podido enseñar a ser. Lo habrá sacado de otro sitio.
P. Su hijo fue muy activo durante el 15-M. ¿Se entiende con él?
R. Como se entienden un padre y un hijo. No hacemos mastersdiscutiendo. Lo que me tranquiliza es que se ha dedicado a las cosas que importan. No es broker de bolsa, vamos. Aunque no tenga las mismas ideas que yo, tiene la idea que tengo yo sobre las cosas que importan.
P. ¿Y qué es lo que importa?
R. Yo siempre me he considerado una persona sin importancia que se ha dedicado a las cosas importantes: a la reflexión sobre la sociedad, sobre la libertad, a la lucha contra las imposiciones tiránicas y contra la brutalidad. En eso he pensado siempre.
P. ¿Ahora qué está pensando?
R. Ahora todo me cuesta un horror. Hasta levantarme y afeitarme por las mañanas. Estoy tratando de acabar un libro que habíamos empezado mi mujer y yo. Sobre las guaridas de los grandes escritores europeos. Ella hacía el diseño gráfico, con cómics y fotografías y yo, los textos. Lo firmamos los dos. Muchos libros míos deberían haber salido firmados también por ella, pero ella no quería. Por fin habrá uno. Se titula Aquí viven leones.

viernes, 1 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Comicadictos". Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":

Comicadictos

Quien es ajeno al cómic no comprenderá del todo lo que se hacía en ‘Charlie Hebdo’

El trágico episodio del atentado a Charlie Hebdo y los comentarios que ha suscitado me han convencido de que quien no tiene costumbre de leer cómics (perdonen la cursilería, yo diría “tebeos”, pero por lo visto el término ya no se lleva) poco puede entender del asunto. No me refiero propiamente a las cuestiones políticas, como la libertad de expresión, a la que después de haberle hecho dos o tres zalemas convencionales para quedar bien todos los clérigos y asimilados —empezando por el Zumo(sol) Pontífice— se han apresurado a marcar los límites. Sobre esta cuestión, basta con leer Nada es sagrado, todo se puede decir (Editorial Melusina), de Raoul Vaneigem, un compañero intelectual de la misma época en que descubrimos HaraKiri, Wolinski, etcétera y cuyo admirable resumen cabe en una línea: “No hay un uso bueno y malo de la libertad de expresión, sólo un uso insuficiente”. Punto final y pasemos a otra cosa.

Pero, dicho esto, es evidente que quien es ajeno al cómic, a sus usos felices y aún mejores abusos, no comprenderá del todo ni el porqué ni el estilo de lo que se hacía en la revista masacrada. Sumamente dúctil y flexible, adaptado a todos los humores —jocosos o sombríos—, a veces narrativo y otras impresionista, el cómic contribuye a diseñar el perfil ético y estético de quien se envicia con él. Dime qué cómic te gusta y te diré quién eres. Y también de qué tradición estética del llamado gran arte te sientes más próximo, porque los ilustradores de este género mantienen vínculos evidentes y a veces no meramente serviles con los grandes maestros de la pintura. ¿Quién que esté familiarizado, por ejemplo, con Otto Dix se sentirá sobresaltado por las más audaces caricaturas de los provocadores moralistas —los verdaderos moralistas siempre lo son; los demás son catequistas— de Charlie Hebdo? Sobre el tema de la pintura en el cómic acaban de publicar Luis Gasca y Asier Mensuro un libro muy interesante y bien ilustrado en la editorial Cátedra.
Como ejemplo de la amplitud de placeres que el cómic ofrece a sus adictos, permitan que me tome como ejemplo, ya que soy el hombre que tengo más a mano, como diría Unamuno. En este momento estoy degustando con la debida parsimonia (sólo leo de un tirón lo que no me gusta) dos obras contrapuestas del género. Por un lado, la más reciente entrega de la afortunadamente inacabable saga de Blake&Mortimer. Como los mejores de ustedes recordarán, Edgar P. Jacobs —el genial colaborador de Hergé al que tanto deben algunas imágenes de Tintín— sólo publicó doce álbumes de las aventuras protagonizadas por Francis Blake y Philip Mortimer. Pero muchos fans nos hemos quedado atrapados en ellas y seguimos pidiendo más y más entregas de las peripecias de este parangón de la línea clara en que se combinan lo policíaco, el espionaje y la ciencia-ficción. La actual está dibujada por André Julliard y escrita por Yves Sente: Le bâton de Plutarque, y es estupenda, claro. El otro cómic es totalmente distinto: Cowboy Henk (Autsaider Comics) de Kama y Seele, un infrahéroe con físico de súper, cuyas historietas incansablemente diversas mezclan el absurdo, lo insostenible y provocativo, la guarrada y la franca puerilidad. No son morales ni inmorales, ni docentes ni decentes, ni satíricas ni apologéticas, ni… Bueno, véanlas si se atreven.

sábado, 11 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Una de romanos". Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":
En el siglo XIX, un grupo de rebeldes que destruía la nueva maquinaria industrial en los talleres porque eliminaba puestos de trabajo, en lugar de seguir a un jefe carismático optó por inventarse uno que como no existía no podía decepcionarles: así inventaron a Ned Ludd y ellos fueron llamados luditas. Marx los refutó con cierto desprecio. Algunos estudiosos piensan que Espartaco, el esclavo que encabezó una rebelión contra el Imperio romano cuando Julio César era aún joven, también tuvo más de fábula que de realidad: sus seguidores le mitificaron como símbolo de su lucha y cronistas propensos a lo sensacional agrandaron su capacidad estratégica y sus triunfos militares contra las legiones imperiales. Lo cierto es que los esclavos querían escaparse y en el furor de su huida desesperada sorprendieron sangrientamente a algunas guarniciones adormiladas, hasta que el ejército regular puso las cosas en su sitio. No hubo milagro emancipador, sólo el sobresalto de una anécdota.

En ‘Yo soy Espartaco’, Kirk Douglas narra el fin de las listas negras al reconocer la labor del guionista Dalton Trumbo
Ignoro si esta versión reductora de lo sucedido es más exacta que la hagiografía, aunque instintivamente no me resulta simpática. En todo caso da igual, porque para nosotros Espartaco no está en los legajos de antiguos historiadores ni siquiera en la memoria exaltada de algunos grupos radicales, sino en la pantalla: es el enorme péplum dirigido por Stanley Kubrick, conmovedor y vibrante de aventuras, y es Kirk Douglas contra Lawrence Olivier, es la valiente ternura de Jean Simmons y sobre todo es un multitudinario grito de sublevación afirmativa contra el filo de la muerte: ¡yo soy Espartaco! Sin duda el cine habrá dado películas más artísticas o profundas, pero ninguna más difícil de olvidar. Me resisto a creer que cualquiera que haya disfrutado con ella esté dispuesto a cambiarla por los criterios desmitificadores de algunos eruditos…
De modo que disponer de un libro que narre su making off y las dificultades que debieron vencerse para realizarla, es un auténtico regalo para los aficionados. Por lo general este tipo de estudios retrospectivos —han pasado ya más de cincuenta años de su estreno— los suele escribir algún joven estudioso entusiasta, basándose en los archivos. Pero Yo soy Espartaco (ed. Capitán Swing) viene firmado por el propio Kirk Douglas, ya largamente nonagenario: ¡es como si el mismísimo Aquiles nos hubiera dejado su versión de la Ilíada! Y además narra eficazmente el subtexto libertario que acompaña a la crónica de los esclavos insurgentes, porque el reconocimiento explícito de Dalton Trumbo como guionista gracias a la firmeza de Kirk Douglas y pocos más marcó el final de las vergonzosas listas negras que habían marginado a tantas personas de talento por culpa del senador McCarthy y gentuza inquisitorial semejante. No es esta simplemente una obra edificante, moral y políticamente (aunque también, por qué no…), sino sumamente divertida: las semblanzas de los actores protagonistas, descritos con el candor a veces malicioso de la familiaridad, las angustias matrimoniales de Olivier, los pujos narcisistas de Peter Ustinov y Charles Laughton, la frialdad minuciosa de Kubrick, que acabó firmando esta película ardiente que no se le parece, y sobre todo el excelente retrato del propio Dalton Trumbo, obstinado pero tolerante, una víctima nada resignada de la estulticia persecutoria… convierten Yo soy Espartaco en una lectura cautivadora. Por cierto, allí nos enteramos de que la emblemática secuencia de los esclavos ya vencidos que se rebelan una vez más y se identifican clamorosamente con Espartaco para no delatarle fue propuesta por Kirk Douglas y desdeñada por Kubrick… Quien nunca se haya equivocado, que tire la primera piedra.