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domingo, 23 de noviembre de 2014

PRENSA. "Las 'devadasi': niñas de propiedad pública". Teresa Santoro

   En "El País":

Las ‘devadasi’: niñas de propiedad pública

Una tradición ancestral india obliga a que niñas de las castas más bajas sean destinadas a satisfacer las necesidades sexuales de los hombres del pueblo

Aunque la práctica está prohibida por ley, sigue vigente y está contribuyendo a la expansión del VIH


Ayshwarya y su madre fueron devadasis. / MANOS UNIDAS
Había oído hablar de las mujeres devadasi a alguna de mis compañeras de Manos Unidas. Se mencionaban de pasada en alguno de los proyectos que apoyamos, pero no llegaba a entender bien en qué consistía el sistema de las devadasi, una tradición ancestral por la que mujeres y niñas de la casta más baja son ofrecidas a la diosa Yallamma para ayudar a los sacerdotes con las ofrendas a los dioses. Una vez alcanzada la pubertad, están obligadas a satisfacer sexualmente a los hombres del pueblo; nunca pueden negarse a ello y tampoco les está permitido casarse. Pasan a ser un bien público.
Mi contacto con la realidad de las devadasi fue en el año 2006, en uno de mis primeros viajes a India. Íbamos a identificar un proyecto para el que pedían un centro de formación para trabajadoras de la salud,y en el mismo recinto había una escuela de educación primaria que solicitaba una ampliación para poder acoger a más niños. Está en Jewargi, al sur de la ciudad de Gulbarga, en la zona norte del Estado de Karnataka, en la parte central del subcontinente indio.
Uno de los profesores nos iba explicando los problemas que tenían: la falta de espacio o las dificultades para mantener su asistencia al colegio y para integrarlas en la sociedad. Se pretende que en la escuela se formen y se preparen para que se nieguen a afrontar el futuro al que se ven abocadas. Estábamos en la parte baja del centro; era un pasillo abierto por uno de los laterales, pintado de un verde fuerte, y a los lados había unas niñitas de unos siete a 10 años aproximadamente —es muy difícil calcular la edad en India por la malnutrición que sufren—. Iban pintadas, llenas de collares, pulseras… Como cualquier trabajadora del sexo que podamos encontrar en una de nuestras ciudades. El responsable del centro iba contándonos alguno de los casos de las niñas que allí había y nos explicó por qué había madres en el exterior: estaban vigilando a sus hijas para que nadie abusara de ellas sin que la familia obtuviese previamente un beneficio.


Madre e hija, ambas devadasis. /MANOS UNIDAS
A través de uno de los trabajadores sociales les hacíamos preguntas, como por ejemplo si estaban contentas de estar en la escuela y si ya sabían leer, qué les gustaría ser el día de mañana, etc. Ellas contestaban muy serias, excepto cuando les mencionábamos el tema del matrimonio. En general, las niñas nos decían que toda su ilusión era poder casarse y tener hijos. Mientras, las madres que seguían fuera, a una cierta distancia, tenían las caras más tristes que nunca he visto en India….¡Qué pena ver que a esas niñas no las iban dejar casarse nunca! Se nos hacía un nudo en la garganta por la emoción mientras las pequeñas sonreían abiertamente pensando que el día de mañana llegarían a tener una vida más digna.
Los padres deciden desde la infancia entregar a su hija —generalmente cuando tienen entre cuatro y ocho años— a la diosa Yellamma y la condenan de por vida a ejercer la prostitución. Así, su futuro y el de sus hijos está marcado para siempre. Antes de la época colonial llegaban a tener un estatus social alto y estaban bien consideradas. Según la tradición, las devadasi no se pueden casar. Pertenecen a familias de las castas más bajas, sin recursos económicos. Cuando alcanzan la pubertad, cualquier hombre las puede usar sexualmente.
El sistema de las devadasi está prohibido por una Ley del año 1982, que fue reformada en 1984 y 1988, pero sigue vigente en la práctica y está contribuyendo a la expansión del VIH. Por el norte de Karnataka pasa la carretera nacional más importante del Estado que une Bombay y Bangalore. Los camioneros paran, son contagiados por las devadasis, la mayoría con VIH, y continúan extendiendo la enfermedad en sus pueblos.
¿Cómo es posible que este sistema subsista?, nos preguntábamos. Es una manifestación más de la discriminación de género que existe en India. Las familias se libran de una boca a la que alimentar y, como no se casan, se libran también de la dote, dowry, que tendrían que entregar a la familia del futuro marido. El que nazca una niña en la India es una desgracia porque supone que, para poder darle la dote, tienen que pedir un préstamo y los prestamistas les cobran unos intereses que endeudan a la familia de por vida.
Al estar prohibido el sistema devadasi, ya no están en un templo, sino en lugares discretos y, la mayoría de las veces, en casa de sus padres.


Uno de los cursos de formación para niñas devadasis. / MANOS UNIDAS
En otro viaje fuimos a un dispensario para ver un ecógrafo que habíamos ayudado a financiar. Allí había un letrero enorme que informaba de que por ley tienen prohibido decir el sexo del futuro bebé, para evitar abortos selectivos de niñas.
Manos Unidas, siguiendo el principio de la subsidiariedad que está en su línea de actuación y a instancia de las trabajadoras sociales de Sindargi, está apoyando en la actualidad otro proyecto que pretende empoderar a las niñas devadasi con cursos que las capaciten para poder obtener ingresos propios y abandonar este sistema.
Estoy deseando visitar in situ este nuevo proyecto y conocer directamente de boca de las interesadas cómo ha cambiado su vida con la capacitación que hemos colaborado a mejorar.
Teresa Santoro es voluntaria y miembro del Departamento de Proyectos de Manos Unidas en Costa Oeste de India.

Prostitución en nombre de la tradición


Rakshita, una niña devadasi. / MANOS UNIDAS
Aunque pueda parecer mentira, en el Estado indio de Karnataka pervive en pleno siglo XXI una tradición ancestral cuyo origen es difícil de establecer. Las supersticiones, alimentadas por la pobreza y la ignorancia, llevan a muchas familias a ofrecer a algunas de sus niñas a los templos para librarse de los males que les afectan. 
Estas, una vez alcanzada la pubertad, se convierten en propiedad pública y son destinadas a satisfacer sexualmente a los hombres de su aldea. Una mujer devadasi nunca puede negarse ni casarse. Si lo hace, la diosa llevará la desgracia a sus parientes cercanos. 
Por su falta de instrucción, estas mujeres desconocen que la ley las apoya para negarse a esta práctica. Aunque en 1982 el Gobierno de Karnataka abolió esta práctica, no ofreció programas de reinserción para las víctimas, por lo que han buscado su sustento vendiendo sus cuerpos, ya que a las devadasi sólo les está permitido mendigar cuando alcanzan cierta edad y se ven repudiadas. Llaman a las puertas pidiendo limosna, llevando sobre sus cabezas el ídolo de la diosa a la que fueron dedicadas. Muchas de ellas, terminan en burdeles de Mumbai, Bangalore y Chennai, víctimas del tráfico sexual y de enfermedades como el sida.
El proyecto que apoya Manos Unidas se está desarrollando en la localidad de Sindargi, que dista 60 kilómetros de Bijapur, capital del distrito del mismo nombre. Allí, los Jesuitas, que llevan desde el año 2005 trabajando para que las devadasi sean conscientes de que la prostitución no es su único destino, y menos aún el de sus hijos. Las mujeres reciben asistencia y formación para abandonar de un negocio basado en la preeminencia natural de las castas superiores sobre los dalits o intocables.
Manos Unidas colaborará en la puesta en marcha de actividades como la formación de grupos de autoayuda, cursillos de concienciación sobre salud y discriminación por razón de sexo y de casta, clases de informática, de inglés y de otras materias de las que ya se han beneficiado unas 450 mujeres y sus hijos.

jueves, 6 de febrero de 2014

PRENSA. "Las mujeres indias cargan con la 'culpa' de ser violadas"

   En "blogs.elpais":

Las mujeres indias cargan con la 'culpa' de ser violadas

Por:  04 de febrero de 2014
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Mujeres en el distrito de Birbhum, donde ocurrió la última violación en grupo (REUTERS/STRINGER)
En India, todavía, una mujer violada puede ser señalada como la culpable de haber sido agredida. En un país sacudido por brutales violaciones en grupo, se ha desatado otro escándalo porque una política del partido en el gobierno, Asha Mirje, sugirió que son las mujeres las que invitan a los hombres a atacarlas. Se refirió a la violación en grupo y muerte de una estudiante en Delhi en diciembre de 2012, la que desató una ola de protestas y un fuerte debate en el país. También la de una fotógrafa de Bombay que fue violada por otro grupo mientras estaba trabajando.
¿Realmente tenía que ir a ver una película a las 11 de la noche con su amigo? ¿Por qué la superviviente de la violación en Bombay estaba en un lugar solitario a las seis de la tarde?, se preguntó en una reunión de mujeres de su partido político. “Las violaciones también ocurren por la ropa de la mujer, por su comportamiento y por estar en lugares inapropiados”, argumentó. El Partido del Congreso trató de desmarcarse diciendo que tomará medidas y asegurando que la seguridad de las mujeres no solo les corresponde a ellas.
La declaración se produce en un país sacudido por el penúltimo caso: la violación fue el castigo que impuso un consejo tribal de patriarcas de una aldea de Birbhum, en Bengala Occidental, el este de India, a una mujer de 20 años. Su “crimen” fue enamorarse de un hombre que no era de su comunidad ni religión. La pareja fue atada al tronco de un árbol. El consejo de patriarcas impuso una multa de 25.000 rupias (unos 300 euros) a cada uno. La familia del hombre pagó, pero la familia de ella no pudo. Por ello, el jefe del consejo dijo a los aldeanos que eran libres de “disfrutar a la chica y divertirse”. Varios hombres la atacaron sexualmente enfrente de una decena de espectadores. Fue tan brutal el ataque que ella perdió la cuenta. Los informes médicos dicen que fueron entre cinco y 15 hombres.

La familia de la víctima fue obligada a guardar silencio y no fue hasta dos días después que pudieron denunciar el crimen. La policía detuvo a 13 personas. Pero un reportaje del canal de televisión NDTV asegura que la gente de la aldea niega completamente los hechos. En ese mismo distrito, hace cuatro años una mujer fue obligada a desnudarse y caminar así por la aldea también por tener una relación que no era consentida por la comunidad.
El Estado de Bengala Occidental, cuya capital es Calcuta, es uno de los peores en India para ser mujer: allí ocurren el 12% de delitos contra las mujeres de todo el país, de acuerdo a la Agencia Nacional de Registro de Crímenes. Según los activistas, las castas bajas y las tribus son más vulnerables a violaciones y más probable que el crimen quede impune. Pero las cosas están cambiando.
“Antes estos casos quedaban en el silencio, pero ahora poco a poco van saliendo a la luz, conforme la sociedad va tomando consciencia sobre los derechos de la mujer”, asegura la directora del Centro de Investigaciones Sociales, Ranjana Kumari. Explica que este tipo de consejos de patriarcas son cada vez más raros, pero siguen existiendo: se trata de un grupo de hombres que se autonombran para decidir sobre algunos casos. “Son totalmente ilegales: fueron prohibidos por el Tribunal Supremo. Pero en nombre de la tradición se han dedicado a maltratar a las mujeres porque sus decisiones son casi siempre contra sus derechos”, dice.
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La puerta cerrada de la casa en que vivía la víctima de una violación decidida por un consejo tribal en Birdhum (DIBYANGSHU SARKAR, AFP)
Las áreas rurales tienen menos control policial y por lo tanto el control social es mayor. Las tradiciones patriarcales y conservadoras llevan a los hombres a usar la violación como un arma para dar miedo a las mujeres. La reconocida abogada y activista Madhu Mehra asegura que mientras en la sociedad india no quede claro que las mujeres son libres, que tienen derecho a decidir con quien casarse, que tienen libertad sexual, se seguirán escuchando esas contradictorias ideas de que las mujeres tienen la culpa de ser violadas.
Recapitulando lo que ha pasado en el último año tras la violación de Delhi, Vrinda Grover, una reconocida abogada por los derechos de la mujer, dice que “está claro que la violencia y la impunidad continúan. La impunidad varía mucho según la clase y la casta y la religión a la que las mujeres pertenecen”. Sin embargo, como muchas otras activistas, coincide que el gran paso ha sido empezar a hablar de la violencia de género, tanto hombres como mujeres. El silencio y la negación se han roto. Se ha quitado un poco el estigma y a las mujeres comienzan a denunciar.

jueves, 17 de octubre de 2013

PRENSA. "De la impunidad a la horca". (Sobre las violaciones en India)

La madre de uno de los cuatro hombres condenados por violar hasta matar a una mujer en un autobús llora tras conocer la sentencia. / MANSI THAPLIYAL  (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

De la impunidad a la horca

Desde la violación de Amanat, la actitud de la sociedad india contra las agresiones a mujeres ha cambiado radicalmente

 Nueva Delhi 13 OCT 2013

Antes de la violación de una estudiante de fisioterapia de 23 años en un autobús en marcha en Nueva Delhi por seis hombres, el 16 de diciembre pasado, las agresiones sexuales en India, frecuentes y generalizadas, no eran excesivamente visibles. La víctima, conocida como Amanat (la ley india prohíbe dar a conocer el nombre de las violadas), murió después de 13 días de lucha para superar las graves lesiones internas ocasionadas con una barra de metal. Pero esta vez fue diferente. La enorme ola de indignación que provocó llevó nueve meses después a que se condenara a morir en la horca a los cuatro violadores, en medio de la satisfacción generalizada. Porque, si bien muchos se oponen a la pena capital, lo conseguido es un insólito triunfo: la relativa rapidez y la severidad del veredicto no tienen precedentes en India, donde los violadores salen absueltos, negocian condenas muy leves o incluso se casan con las mujeres a las que han atacado.
El comité asesor, que presidió el expresidente del Tribunal Supremo de India Jagdish Sharan Verma, propuso poco después de la violación una reforma de las leyes sobre delitos sexuales. Se crearon seis tribunales exprés para reducir el plazo de los juicios por violación a ocho o nueve meses. El fondo Nirbhaya recibió 10.000 millones de rupias (aproximadamente 120 millones de euros) para aumentar la seguridad de las mujeres. Las manifestaciones y las marchas a la luz de las velas llenaron las calles de India durante días y a veces acabaron en enfrentamientos con la policía. “Hubo una movilización de masas, gente de clase media, amas de casa, padres —no solo intelectuales y activistas—, todos se manifestaron, independientemente de la ideología, contra un Gobierno complaciente”, dice Shaheen Ahmed, estudiante de artes visuales en la Universidad Jawaharlal Nehru, que participó en ellas. Las estadísticas, los sondeos y la experiencia personal —la Oficina Nacional de Registro de Crímenes indica que las violaciones se han multiplicado por 10 en las últimas cuatro décadas, hasta sumar 24.923 casos registrados en 2012— muestran desde hace tiempo que la violencia contra las mujeres es un problema serio y en aumento, pero fue esa violación concreta la que movilizó al mundo.
La dramaturga feminista Eve Ensler analizó de forma contundente la repercusión, que en parte presenció en persona: “Nunca he visto nada semejante… La violencia sexual irrumpió en las conciencias y llegó a las primeras páginas, nueve artículos en cada periódico a diario, y el centro de todas las conversaciones”, decía en febrero. “India está mostrando el camino al mundo… A partir de ahora será imposible negar la violencia contra las mujeres”. El hecho de que hay otros casos —en particular, los de mujeres rurales o menos privilegiadas— que quedan ignorados es una queja válida en un país tan poblado. Pero Nirbhaya se ha convertido en un símbolo y, tal vez, el principio de algo. ¿Hasta dónde llega la transformación?

La relativa rapidez y la severidad del veredicto no tienen precedentes en un país donde los violadores recibían condenas leves
“No va a cambiar nada de un plumazo. Pero es innegable que está pasando algo distinto a lo que sucedía hasta ahora, aunque solo sea que ahora hay conversaciones diferentes. Los medios de comunicación y los activistas están intentando que el público no se olvide de la violencia contra las mujeres, hay mucho interés en las escuelas y discusiones sobre la violencia sexual en las familias”, asegura Urvashi Butalia, famosa feminista, escritora y editora de Zubaan Books. “Aunque, curiosamente, ninguno de los partidos políticos que se presentaban a las elecciones en Delhi ha hablado del tema. Cuando se debatió en el Parlamento, los políticos hicieron chistes misóginos”.
La apatía política, paralela a la obsesión nacional por los temas de actualidad, no es nada nuevo. Pero una nación que era insensible por necesidad ha empezado, al menos en apariencia, a participar, a exigir que se actúe y expresar un sentimiento como no se veía probablemente desde 2011 (cuando se rebeló contra algo tan endémico como la corrupción), y tal vez continúe hasta las decisivas elecciones del próximo año. La violación en grupo de una reportera gráfica en Bombay, el 22 de agosto, reavivó la indignación nacional y generó más protestas y un pliego de cargos inmediato, mientras aparecían anteriores víctimas de los violadores en una ciudad considerada la más segura del país.


La policía escolta a Akshay Thakur, sentenciado a muerte por la violación de la joven Amanat, a escuchar su condena el mes pasado. / AFP
Quizá haya que esperar aún para que se introduzca la educación sobre la igualdad de sexos —una demanda de los activistas— en las escuelas, los hogares y los sistemas de valores. Mientras tanto, se están poniendo de relieve áreas nuevas o ignoradas, aunque a veces se haga con torpeza: la violación masculina, por ejemplo, que es un fenómeno sobre el que se mantiene un terco silencio, o las falsas acusaciones de violación. Se está haciendo hincapié en la vulnerabilidad de los niños y en la importancia de la ayuda legal. En abril se creó el Consejo para una Justicia Segura, una organización de asistencia legal autofinanciada que ofrece asesoramiento gratuito a supervivientes de la violencia sexual, en especial menores (incluso de un año).
Nuevas iniciativas, como Safecity, han surgido para ayudar a identificar las zonas poco seguras y denunciar delitos de forma anónima. Las acciones individuales, a través de grupos como Gulabi Gang, en los pueblos, empiezan a tener más eco. Proliferan y florecen los foros sobre la política de género. Hay numerosas campañas de concienciación, cuyo propósito es ayudar a las mujeres a reclamar su espacio o mostrar al hombre indio la ironía de los malos tratos presentando a las mujeres como diosas a la vez glamurosas y llenas de golpes. En definitiva, los indios están abordando el problema como una crisis. ¿Pero cómo de mala es la situación? “¿Es posible que, paradójicamente, India [igual que Estados Unidos y Canadá] haya tenido un aumento en las denuncias de delitos contra las mujeres, no porque la situación haya empeorado, sino porque está empezando a mejorar?”, preguntan los economistas Vivek Dehejia y Rupa Subramanya.
Muchos están de acuerdo. El Comisionado Especial de Policía Taj Hassan dice que las denuncias se han multiplicado “por 400”. “El apoyo público que se vio después del 16 de diciembre ha animado a la gente”, coincide Kalpana Vishwanath, de Jagori, el principal centro de recursos para la mujer de Delhi. “Veo que ahora no se preocupan tanto por que otros se enteren”.
Sin embargo, documentar los delitos es complicado. “Hay una serie de problemas básicos de clasificación, como el registro de los dobles delitos [los asesinatos con violación no se clasifican como violaciones] que complican la tarea de establecer cifras”, explica la periodista Rukmini Shrinivasan, que se dedica a recoger datos en el periódico indio The Hindu. No se pueden saber las innumerables violaciones no denunciadas y hay que contar con la falta de registros informatizados, pero están claras varias cosas: “El acoso sexual es una epidemia, pero la violación por parte de desconocidos, no. Hay que dejar de mirar ahí y fijarse en padres, tíos, padrastros; las víctimas suelen conocer a sus violadores”.
Los medios de comunicación, que hasta ahora no se interesaban por las cuestiones de género más que de forma esporádica, han servido también para documentar este giro. “He notado el aumento del número de mujeres que hacen periodismo sobre el terreno, o que son expertas en los aspectos económicos, legales y sociales de la desigualdad de género; la avalancha de noticias sobre violaciones ha abierto un espacio importante. Pero esa cobertura informativa, muchas veces, ha sido desalentadora y sensacionalista”, dice la destacada periodista Nilanjana Roy, autora de un libro de próxima publicación sobre la situación de las mujeres en India. “Las noticias fomentan la idea de las mujeres como víctimas impotentes, se utilizan como excusa para recortar las libertades de las mujeres, a las que se culpa de sus propias violaciones, y hay una escandalosa falta de respeto a la intimidad. India no tiene un problema especial con las violaciones, no más que la mayoría de los demás países; lo que tiene es una inmensa crisis de desigualdad de género, de la que se habla poco, y un problema igualmente terrible, que es la aceptación de la violencia —violencia entre castas, violencia doméstica, violencia contra los sectores económicos más pobres, agresiones con ácido, torturas y muertes por la dote—, con efectos nocivos también para los hombres”.
Este tipo de información se retroalimenta, con consecuencias ambiguas. “Muchos responsables de periódicos me han pedido que escriba sobre la violencia contra las mujeres, y en muchos casos me he negado, porque tenía la sensación de que querían artículos deprimentes y parciales sobre lo aterrorizadas que están todas las mujeres indias”, dice la periodista Kavitha Rao. “Me enfurecen algunas de las informaciones en el extranjero. Un periodista, después de entrevistar en Delhi a una sola niña manipurí que había tenido experiencias terribles, dio a entender que todas las mujeres indias estaban refugiadas en casa, sin atreverse a salir. Meternos a todas en una caja con la etiqueta reprimidas, oprimidas, deprimidas es injusto y engañoso”.

Los problemas de India, además de las violaciones, son la gran desigualdad de género y la aceptación de la violencia
A medida que las mujeres encuentran trabajo y disponen de sus propios ingresos, India está viviendo parte de las revoluciones que vivió Occidente en los años setenta. “Hay más frustración. La gente quiere las cosas deprisa, hay centros comerciales, vacaciones, tantas cosas a las que aspirar, que los cónyuges se consideran fracasados si no pueden proporcionarlas”, dice Deepali Gulati, una madre divorciada cuyo exmarido la golpeaba durante los años de un matrimonio por amor entre dos personas en situaciones distintas: ella procedía de mejor familia y él ganaba menos dinero. El último novio que ha tenido también era violento (aunque de forma indirecta), y ella se enteró de que su madre le había pegado regularmente hasta los 22 años.
Aunque la modernización está engendrando nuevos tipos de igualdad, las jerarquías feudales intrínsecas y las desigualdades económicas siguen presentes. Por ejemplo, en la India urbana hay un enfrentamiento entre hombres menos privilegiados, a veces reprimidos, que sirven y atienden, y mujeres liberadas (sexualmente), pero que no son tan libres. Esos hombres, en una población desequilibrada por el infanticidio femenino —se habla de una proporción de 914 mujeres o menos por cada 1.000 hombres— y que se debate con el conservadurismo, tienen quizá pocos desahogos para su sexualidad. “Existe un inmenso mundo oculto de varones jóvenes que no tienen nada, como en Brasil y Sudáfrica, y eso produce un aumento de la delincuencia en general”, dice Vishwanath. “Dos de los violadores de Delhi estaban casados; este no es solo un problema de hombres que no tienen mujeres a su alcance, aunque somos una sociedad que padece la segregación sexual”.
Sigue siendo una realidad que, aunque las mujeres indias sean capaces de gobernar sus vidas tanto o más que en Occidente, según sus circunstancias personales, hay ciertas libertades básicas que son imposibles para cualquiera de ellas, como el libre acceso a los espacios públicos y la libertad de movimientos por la noche. Suzette Jordan pagó un alto precio por ello. Era una madre soltera que salió a tomar una copa el pasado mes de febrero en Calcuta y que acabó siendo víctima de los cinco hombres que la violaron y de varios personajes públicos que no la creyeron. “El fiscal está encargándose de mi caso, y muchos me están ayudando, pero me siento constantemente intimidada”, cuenta Jordan siete meses después. En junio reveló su nombre, como otras mujeres que en los últimos tiempos han decidido dar a conocer los suyos. “No consigo que me den trabajo ni un apartamento. La gente piensa que arrastro demasiados problemas”.
Jordan recuerda el horror de la denuncia. Los agentes de policía no son famosos por su delicadeza, y rechazó la brutal “prueba de los dos dedos” para someterse a un examen más delicado en mayo. “Fue casi como repetir la violación”. La nueva legislación castiga con prisión al policía que no informe de un caso de violencia contra las mujeres, y la presencia policial es más tangible en Delhi. El jefe policial especial Hassan dice que han aumentado el número de vehículos de 500 a 800, pero la gente sigue siendo escéptica.

La sensibilización ante el problema apenas cala en una policía sin mujeres. “No podemos cambiar nada”, dice un agente
Suman Nalwa, de 43 años, es la nueva comisionada adjunta de la Unidad de Víctimas Especiales para Mujeres y Niños en Nanakpura, al sur de Delhi. Ha trabajado en el programa Parivartan, puesto en marcha en 2005 para sensibilizar a las comunidades de Delhi y a la policía sobre la violencia sexual y para incorporar a más mujeres a la policía (en la actualidad son alrededor del 6%), un programa que según The Economic Times fue “discretamente enterrado” en 2010. La visité la semana pasada. Le mencioné que había llamado al teléfono de ayuda de la policía tres veces, en 2010, 2011 y 2013, y que habían tardado más de una hora en responder. “El tiempo medio de respuesta es de cinco a siete minutos”, dijo Nalwa. Lo repitió cuando le dije que esa no era la experiencia de ninguna de mis conocidas. Más tarde, una fuente de rango inferior mencionó que algunas sugerencias que se habían hecho a los jefes, como la petición de más unidades móviles para el teléfono de ayuda, una unidad más por distrito, 20 o 30 vehículos más, habían sido ignoradas. “No podemos cambiar nada, no somos más que una pequeña parte del sistema del sarkari (gobierno)”, me dijo el agente. Él tenía ambiciones, estaba estudiando y quería que sus hijos prosperen. Le comprendí.
Rajni George es periodista india y editora literaria de la revista Punctum.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

viernes, 19 de abril de 2013

PRENSA. "Infancias robadas". Reportaje

Una pareja india va a pasar su primera noche juntos, pero ninguno de los dos está feliz. /ZIGOR ALDAMA 
("El País")

   En "El País":

Infancias robadas

Esta es la historia de niñas a las que arrebataron su infancia para convertirlas en esposas.

Una práctica ilegal que se lleva a cabo en lugares como el subcontinente indio.

Allí se concentran la mayoría de los matrimonios infantiles del mundo.

 24 MAR 2013 

Sansita Devi corre a por el pequeño espejo de mano. Tras un frugal desayuno llega el momento del día que más disfruta. Se sienta en un taburete, frente a la vivienda de adobe que ocupa su familia, y espera a que llegue su madre. La mujer, con una sonrisa condescendiente, se acuclilla y prepara el polvo rojo del tika que le pondrá en la frente. Es solo un punto entre ceja y ceja y una línea vertical al comienzo de la raya del pelo, pero Devi se siente mucho más guapa. “Y más mayor”. Lo que desconoce esta niña nepalesa de siete años es que el ritual matinal que tanto adora es, en realidad, la certificación de que está casada.
Claro que no puede recordar la ceremonia que sus padres organizaron cuando tenía solo tres años. “Sé que no es correcto casar a los hijos tan pequeños, pero no tenemos alternativa. Cuanto más mayores son ellas, más dote tenemos que pagar, así que lo mejor es hacerlo cuanto antes”, explica el padre, Ram Iqbal Malik, un joven de 25 años perteneciente a la casta intocable dom. Él tampoco recuerda cuándo lo casaron, pero es evidente que sus progenitores no perdieron el tiempo: su hija mayor, Anita, tiene ya 10 años.
Malik concertó los matrimonios de Sansita y de Anita el mismo día. “Había ido a la boda de unos vecinos y, después de haber bebido bastante, empecé a hablar con un hombre que tenía dos hijos varones. La diferencia de edad con mis chicas no es muy importante, y me pareció que la familia tiene una buena calidad de vida, así que decidimos casar a las dos parejas en la misma ceremonia para ahorrar”.
Eso sí, antes de sellar las uniones, Malik puso como condición que las niñas permanezcan en el hogar paterno hasta que alcancen la adolescencia. “Porque recuerdo lo difícil que fue para mi mujer dar a luz la primera vez –tenía 12 años– y porque una ONG local nos informó de los peligros que corrían las niñas si se marchaban ya a casa de sus maridos”. Los resume Bimal Kumar Phnuyal, director de Action Aid Nepal, ONG hermanada con la española Ayuda en Acción: “En primer lugar, abandonan su educación para dedicarse, generalmente, a las labores de la casa o del campo; en el hogar de la familia política están expuestas a todo tipo de violencia doméstica, incluido el abuso sexual; su vida, incluso, corre peligro por la elevada tasa de embarazos prematuros que se dan en estos casos”.

La marca del ‘tika’ en la frente certifica que Sansita está casada. Hoy tiene siete años. Contrajo matrimonio a los tres
Según la legislación que regula el matrimonio en Nepal, aprobada en 1971, la unión de menores de 18 años es ilegal. Y cualquier funcionario del Registro Civil que inscriba a una pareja sin seguir esta normativa puede ser encarcelado durante un máximo de seis meses y condenado a pagar una multa de hasta 5.000 rupias (unos 45 euros). Pero basta con un vistazo al embarrado poblado de la familia de Malik, situado en el distrito oriental de Bara, para confirmar que la ley es aquí papel mojado. Casi todos los niños menores de 12 años han dejado atrás la soltería.
“La mayoría de las familias evitan registrar los matrimonios en un primer momento, son tratos y ceremonias que no tienen carácter legal. Como se llevan a cabo en lugares privados, con la connivencia de una sociedad que no ve nada malo en esta tradición, es muy difícil combatirlos”, reconoce Sailendra Gachhedar, subinspector de policía del vecino distrito de Lahan. “Cuando van al registro para conseguir el certificado ya no hay nada que hacer, porque generalmente la mujer ya ha dado a luz”. Y la ley estipula que un matrimonio infantil solo se puede declarar nulo si la pareja no tiene hijos.
Según las últimas estadísticas oficiales, correspondientes a 2010, el 26,1% de las nepalesas de entre 15 y 19 años están casadas. En las zonas rurales, ese porcentaje aumenta 10 puntos, y la edad media a la que contraen matrimonio se queda en 16,2 años. Unicef cifra en un 30% el porcentaje de mujeres casadas antes de los 19 que, para cuando alcanzan esa edad, ya tiene tres o cuatro hijos. Sin embargo, entre 1990 y 2000 solo se presentaron 59 denuncias contra casamientos de menores. “Ha habido, incluso, casos en los que nuestros agentes han recibido palizas al intentar evitar una ceremonia, así que ahora nos limitamos a tratar de convencer a los padres para que no dejen marchar a sus hijas hasta que hayan cumplido una edad razonable”.
Los de Rina Kumari Sada creen que 13 años es suficiente. Por eso, hoy van a casarla con un chico de 16 al que ella no ha visto nunca. Su rostro evidencia que le es ajena la alegre efervescencia que se ha apoderado del pueblo, atareado en pintar corazones en las paredes de su casa, instalar en la plaza un potente equipo de sonido para el baile y cocinar para los dos centenares de invitados bajo un improvisado cobertizo de plástico. Sin duda, no es un día feliz para ella. Mantiene la vista clavada en el suelo mientras una anciana le tatúa con henna las manos. Y cuando habla lo hace con un hilillo de voz quebrada. “Estoy triste. Y tengo miedo”. Su madre intenta consolarla, pero Kumari es incapaz de contener unas silenciosas lágrimas. “Tienes que ser fuerte, todas hemos pasado por este mal trago”, dice a su hija.
“Hemos tenido que casarla porque ya se está haciendo mayor. Tengo miedo de que se enamore de alguien que le quite la virginidad. Casarla después sería mucho más difícil y costoso”. Por lo visto, Kumari ha mantenido un contacto “excesivo” con un chico de casta más alta, y la madre teme que la use con fines sexuales y que luego la abandone. “Ha pasado muchas veces, y sería una condena para ella”. Los padres acordaron casarla para protegerla. “No tenemos mucho dinero, así que hemos dado unos muebles y corremos con el gasto de la boda”: 125.000 rupias (1.100 euros) que han pedido prestadas a un interés del 60%.


Dos adolescentes practican el arte del maquillaje tradicional de boda en una escuela de estética de Rajastán. / ZIGOR ALDAMA
“No quiero abandonar a mi familia”, se resiste, en vano, Kumari. Sin duda, ese es el momento más aterrador para las niñas. Lo sabe bien Sureina Malik, que está sufriendo esa pesadilla a pocos kilómetros de distancia. Hace un año que la casaron con Rishi Kapur y, ahora, con 16, le ha llegado el momento de mudarse a la casa de su familia política. Curiosamente, ella es un año mayor que él. “Es un fenómeno en auge entre algunos grupos sociales de clase media que no tienen problema con la dote, porque muchas familias buscan una chica que pueda hacer labores en casa o trabajar el campo, y para eso es mejor una adolescente que una niña”, comenta Karen Andersen, responsable del área de protección de la infancia de Unicef en Nepal.
No obstante, a Sureina Malik lo que menos le preocupa ahora es tener que cocinar y limpiar. Lo que teme, tanto que es incapaz de articular palabra e, incluso, le tiemblan las manos y los labios, es que caiga el sol y tenga que encerrarse con Kapur en el dormitorio que los padres de él ya han preparado para una noche de bodas en condiciones. Los amigos del adolescente hacen bromas obscenas e imitan los movimientos del coito para animarle, pero Kapur tampoco está satisfecho con el vuelco que va a dar su vida. “He tenido que abandonar los estudios y ahora me tocará trabajar. No quería casarme y no quiero tener hijos, pero es lo que tengo que hacer”, se lamenta cuando sus padres no están presentes.
“Entiendo que este es un momento duro, pero no se puede ir contra la tradición”, justifica Mahindra, el padre de Kapur. “Tengo tres hijos y dos hijas, y todos están casados ya. Kapur tendría que sentirse afortunado porque le hemos permitido estudiar hasta secundaria, mientras que a sus hermanas las enviamos a la casa de sus maridos cuando tenían 8 y 10 años”. De momento, el padre no quiere que Malik y Kapur tengan descendencia, así que esta tarde hablará con su hijo para darle una clase acelerada de sexo y una caja de preservativos. Ella lo desconoce todo sobre el coito.
Sin duda, a pesar de que la mayoría de los padres comparte la creencia de que “el amor surge con el tiempo”, muchos de estos matrimonios fracasan. Algunos, incluso, acaban en tragedia. Es el caso de Umita Devi, una joven nepalesa de casta alta a la que sus padres casaron con 14 años, y que murió en enero de 2012 apaleada por sus suegros cerca de la ciudad de Janakpur. “El marido era cinco años mayor que ella y se fue a Chitwan –al norte del país– a trabajar”, recuerda el hermano de Umita, Dilip Kumar Patel. “Cuando regresó lo hizo de la mano de una chica baharí de la que se había enamorado y con la que se quería casar. Dijo que se suicidaría si se lo impedían”.
Pero la familia de Devi trató de evitar esa unión y buscó el asesoramiento de asociaciones de mujeres. “Parecía que el chico había entrado en razón y que estaba dispuesto a dejar a la baharí. Hasta que un día nos llamaron diciendo que Devi había sufrido heridas graves”. Patel fue con sus padres a recoger a su hermana con la intención de trasladarla a un hospital, pero cuando llegaron ya estaba muerta. “La golpearon con una vara tantas veces que le habían desgarrado la piel, y tenía la cara ensangrentada porque le habían arrancado la joyería que dimos como dote”. Según la autopsia, un golpe le rompió el cuello y la mató. La madre cree que se la quitaron de encima para evitar que el hijo cumpliese su amenaza de quitarse la vida. “Nunca debimos casarla”, se arrepiente ahora.
Estos casos son tan habituales, que un 4% de las mujeres nepalesas se resigna a aceptar la poligamia para no ser repudiadas. Para tratar de evitar ese extremo, los padres de los niños a los que van a casar suelen acudir a santones que deciden si una pareja es compatible o no. Por una jugosa suma de dinero, estos hombres practican llamativos rituales en los que mezclan superstición y religión. “Tenemos en cuenta el zodiaco y la astrología, seguimos unas escrituras antiguas y, luego, nos fijamos en rasgos externos, como el color de la piel y la edad”, dice Ram Padart Dube, un matchmaker indio muy cotizado en el este de Nepal.
En realidad, lo que tratan de hacer los santones que guardan algo de honestidad, reconoce Dube, es introducir un atisbo de sentido común en las uniones. “Las castas más bajas se empeñan en casar a sus hijas cada vez más jóvenes para ahorrar en la dote, pero solemos pedirles que esperen por lo menos a los 12 años y que no se deshagan de ellas hasta los 15 o 16, cuando ya están sexualmente más desarrolladas. Entre las castas medias y altas, sin embargo, nos llegan muchos casos extremos en los que la diferencia de edad entre los novios es excesiva. Intentamos que no se produzcan esas uniones, pero hay familias que están tan desesperadas por casar a sus hijos que ni siquiera escuchan nuestra opinión”.

Cuanto mayores son ellas, más dote tenemos que pagar, así que es mejor hacerlo cuanto antes”
La de Savitri Devi fue una de ellas. Esta joven de India, un país que concentra el 40% de todos los matrimonios infantiles que se dan en el mundo, sobraba en una familia de campesinos que no puede alimentar a siete bocas. Los padres decidieron quitársela de encima cuando tenía 13 años y hacer negocio: al contrario de lo habitual en el subcontinente indio, querían que fuese el hombre quien pagase dote por ella.
Sanjay Prasad Kalwar, un hombre de 30 años, aceptó después de verla en casa de sus padres. “Mi anterior mujer me aban­­donó, pero no nos hemos divorciado oficialmente porque ni siquiera sé dónde está. Sabía que me costaría encontrar a quien aceptase la situación y no tuviese reparo a convivir con mi hijo”, explica él. “Cuando vino a casa no tenía ni idea de quién era, ni de qué pretendía”, recuerda ella. “Solo me dijeron que vistiera poca ropa y que lo saludara”. Un mes después tuvo que ir a vivir con él.
Ahora, tres años después, Devi está convencida de que sus padres “hicieron lo que debían”. Y se muestra razonablemente satisfecha. Incluso juega con Kalwar y le coge de la mano para posar en las fotografías de este reportaje. “Me respeta y no me fuerza a hacer nada que no quiera”. Sin embargo, él reconoce que quiere tener dos o tres hijos, y que los quiere pronto. Ella baja la cabeza y sonríe avergonzada. “Haremos lo que él diga”.
“Aunque los matrimonios infantiles afectan tanto a niñas como a niños, independientemente de su casta, es evidente que ellas sufren mucho más. Son una propiedad como otra cualquiera, mientras que a ellos se los considera los salvadores de la familia”, afirma Doreen Reddy, directora del Programa de Mujeres de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), que trabaja por la igualdad de género en la localidad india de Anantapur. Esta concepción está tan arraigada en la sociedad, que, hasta abril del año pasado, nadie había conseguido anular un matrimonio en India por haberse celebrado antes de la edad legal.
Laxmi Sargara, de 18 años, ha abierto la veda, pero no parece que vaya a formarse cola en los juzgados. “La situación está mejorando, sobre todo en las ciudades, y la edad media a la que se contrae matrimonio en India crece. Pero todavía estamos al principio de un camino muy largo”, afirma Reddy. De hecho, en ocho Estados del país de Gandhi siguen casando a más de la mitad de las mujeres antes de alcanzar la mayoría de edad. “Ellas están destinadas a abandonar sus familias para vivir con las de sus maridos, razón por la que ni siquiera se les da bien de comer. Su educación tampoco es una prioridad, porque una mujer bien formada tiene que pagar más dote para casarse con un hombre de su nivel, y, además, los padres temen que se rebelen contra las tradiciones si van a la escuela”, apunta la especialista de la FVF.
Por si fuera poco, la violación, la brutal tortura y el asesinato de Jyoti Singh el pasado mes de diciembre en Delhi no solo ha provocado la ira de un país harto de la violencia contra las mujeres, sino que también ha causado un inesperado efecto secundario: el aumento de los matrimonios de niñas pequeñas. “Los padres tienen miedo de que las violen, y creen, erróneamente, que casándolas las protegen”, aclara Shuba Chacko, directora de la ONG local Aneka.

Sanjay tiene 30 años; su esposa, savitri, 16. Él quiere dos o tres hijos pronto. “haremos lo que él diga”, afirma ella
Algunos políticos indios mantienen la misma opinión. Incluso, hay parlamentarios que han expresado su intención de rebajar hasta los 16 años la edad mínima para contraer matrimonio. “Sería una regresión muy importante y una muestra más del patriarcalismo de esta sociedad”, prosigue Shuba Chacko. “En realidad, lo que temen los hombres es que las niñas pierdan la virginidad, cuyo valor exacerba nuestra sociedad, y que luego no puedan casarse. Y lo único que consiguen es perpetuar un código social que convierte a la mujer en una esclava e impide un desarrollo más rápido y equitativo del país”.
Jyothi Ani no quiere ser esclava de nadie. A sus 14 años ansía continuar con sus estudios, y se ha opuesto con fuerza al matrimonio que sus padres habían concertado con un familiar lejano 24 años mayor que ella. “Mi tío enviudó y quería una mujer para cuidar de sus dos hijos. Ofreció dinero para casarse conmigo, y me prometieron a él”. En mayo del año pasado, una trabajadora de la FVF se enteró del caso e intercedió por Ani. Le explicó a la madre los problemas que podrían derivar de la unión en el futuro. Ante la resistencia de los padres, amenazó con acciones legales. Finalmente, los padres accedieron.
Pero la respuesta de quien iba a ser su marido fue tan violenta que tuvieron que internar a Ani en un colegio lejos de él. “Mis padres han aceptado que no me case hasta los 18 y que continúe estudiando. Cuando llegue el momento dejaré que ellos elijan por mí –el 80% de los matrimonios en India son concertados–, pero espero que mi marido tenga estudios y un buen trabajo”. A unos pasos, su padre asiente en silencio.
Dos mil kilómetros hacia el noreste, en la vecina Bangladesh, Sheuly Akter es la viva imagen de lo que ha evitado Jyothi. La casaron a los 13 años con un primo que trabaja en una mina de oro. Desde el principio le ha obligado a mantener relaciones sexuales dolorosas, y tanto él como los suegros la maltratan. “Me dicen que no sirvo para nada, que preferirían haber casado a su hijo con una perra”. No puede ir a clase. Tiene que cuidar de la casa. “Envidio a los niños que van con uniforme por la calle”, reconoce cuando nadie la vigila. “Muchas veces solo pienso en suicidarme”, reconoce la adolescente mientras prepara leña para encender el fuego. No hay estadísticas al respecto, pero muchas lo hacen.

lunes, 28 de enero de 2013

PRENSA. "Las familias prescinden de ellas". Reportaje

Una niña en las calles de Bombay. / DANISH SIDDIQUI (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

Las familias prescinden de ellas

La pobreza aumenta cinco veces más la mortalidad infantil femenina que la masculina

Las decisiones de los padres sobre alimentación y salud lo explican

 /  Nueva Delhi / Madrid 26 ENE 2013

Sarlesh, una india de 35 años, salió un día corriendo de su casa por un fuerte dolor de pelvis. Después de caminar varios kilómetros llegó a la clínica más cercana para someterse a una interrupción del embarazo. Cansada, débil y cubierta en lágrimas le dijo al médico que no tenía la fuerza de concebir otro hijo, a menos que fuera un hombre. Era su décimo embarazo. Tenía ya ocho hijas y un varón. La mujer contó con resignación que lo mejor para su familia era tener un niño. “Sería tan feliz si pudiera tener una pareja de niños, algo diferente a tanta mujer”, relató.
En India hay miles de mujeres que eligen no tener una niña. Una preferencia que va más allá del parto. Una vez nacidas, se ven privadas de cuidados, alimentos o asistencia sanitaria que sus familias destinan a sus hermanos. Todo juega en su contra. Muchas no llegan a su quinto cumpleaños. Un informe de la ONG Plan Internacional en 59 países ha alertado esta semana de que la probreza aumenta cinco veces más la mortalidad infantil femenina (0-12 meses) que la de los niños: por cada punto del PIB que cae en un país mueren 7,4 niñas por cada 1.000 nacimientos, frente a 1,5 varones. El informe asegura, además, que las decisiones de la familia son un factor decisivo en ello.
En India, solo hay datos de la mortalidad de niñas hasta los cinco años. Y la diferencia también es mayor: es tres puntos más alta que la de niños en ese país, según cifras oficiales. Además, mientras que por cada 1.000 nacimientos de varones mueren 46, por cada 1.000 nacimientos de mujeres mueren 49. En algunos Estados más desarrollados, como Kerala, esta diferencia es casi imperceptible, pero en Estados como Uttar Pradesh, uno de los más pobres, la diferencia sube a cinco puntos (por cada 1.000 nacimientos, mueren 58 niños y 63 niñas).

En India, las hijas no deseadas se ven privadas de cuidados sanitarios
Sarlesh se casó a los 18 años y enseguida tuvo su primera hija. Anil, su marido, y su familia, siempre la presionaron para seguir teniendo hijos hasta que tuviera un varón. La joven dio a luz a todos sus bebés en casa porque no podía desplazarse a un centro de salud. “Los hospitales del Gobierno están muy lejos de mi ciudad”, le comentó a su médico.
Cuanta más pobreza, mayor privilegio de los varones dentro de los hogares. “Cuando en una familia los recursos son limitados, se prefiere proteger al hijo: es normal que en las casas coman primero el papá y los hijos y después la madre y las hijas”, dice Vishwanathan, directora de campañas de la rama india de Plan Internacional. “En una sociedad tradicionalmente agrícola, la tierra y los bienes se heredan al hijo varón. Las mujeres dejan la casa de sus padres cuando se casan y se van con la familia del esposo. También se cree que las hijas no ayudarán a mantener a sus padres cuando crezcan”, explica.
La preferencia de las familias por los niños comienza mucho antes de que estos nazcan. Así, la práctica del aborto selectivo es una tendencia al alza: por cada 1.000 niños nacen solo 914 niñas, según el último censo de 2011. En la mayoría de los casos, los padres sienten que deben de tener hijos, lo que no quiere decir que no amen a sus hijas o que quieran hacerles daño de manera intencionada, sino simplemente de un mayor deseo de tener un varón, impregnado de razones culturales y sociales.
Pero en esos contextos, en ocasiones, después de dar a luz a una niña, la madre deja de amamantarla precisamente por esa ansia de concebir un varón cuanto antes, aseguran los expertos. Esta preferencia alimentaria podría ser la causa de la desaparición de unas 15.000 niñas en la India, según un estudio de dos investigadores de las Universidades de Princeton y de Harvard (EE UU).

“Es normal que coman primero el padre y los hermanos varones”, explica un experto
La malnutrición es especialmente preocupante teniendo en cuenta que causa más de un tercio de las muertes infantiles y que las niñas tienen un 25% más de probabilidades de sufrir malnutrición que los niños, según la ONU.
“Los peligros se encuentran sobre todo en los primeros 28 días después de nacer”, dice Sara Collantes, de Unicef. En su opinión, la leche materna previene infecciones, y mejora las defensas de los pequeños en una etapa en la que son los más vulnerables a enfermedades e infecciones”.
“India tiene una de las mayores diferencias de vacunación según el sexo”, explica Nicola Jones, investigadora del Overseas Development Institute (Reino Unido). “Las niñas son vacunadas un 13% menos porque la gente tiene que elegir entre vacunar a sus hijos o hijas y es más probable que lo haga con los varones", dice. “Aunque la vacunación es gratis, a una familia le cuesta el transporte al hospital y tienen que tomar tiempo de su trabajo”, comenta.
Además, una vez que se enferman, los cuidados no parecen mejorar. “Ellas tienen menos probabilidades de que sean llevadas al hospital o que reciban atención médica cuando la enfermedad está más desarrollada”, explica Alex George, encargado de los derechos de los niños en la ONG Action Aid en India. Un limitado acceso a los sistemas de salud y a la educación, así como las condiciones insalubres en las que se desarrollan muchos partos también influyen en una mayor mortalidad para ellas. “Es necesario también que las mujeres tengan más educación para saber cuidar a sus hijos y que no discriminen a sus hijas”, dice George.
“En muchos países en desarrollo no hay acceso a la planificación familiar y esto repercute en las decisiones que se toman en relación con las niñas”, dice Sergio Aguado, de la ONG Save the Children. Pese al crecimiento económico del país asiático, la situación no mejora para las mujeres y las niñas. “La diferencia en la mortalidad entre niños y niñas solo es parte de un sistema que permite prescindir de un género porque la realidad social lo permite”, concluye Aguado.