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martes, 21 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "El amor y las espinas". Alejandro Luque

   En la revista "Mercurio":


El amor y las espinas

ALEJANDRO LUQUE  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

Verga, Pirandello, Quasimodo, Lampedusa, De Roberto, Consolo, Bufalino, Sciascia, Camilleri… La literatura italiana contemporánea tiene en Sicilia un venero inagotable
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
Dos premios Nobel y al menos media docena más de grandes nombres, además de una larga tradición de relatos de viaje, otorgan a Sicilia el indiscutible marchamo de isla literaria, suelo fértil en mitos e historias que, como la propia tierra, pueden dar frutos terribles o sublimes. “A todo le salen espinas en Sicilia, hasta a las alcaparras”, observaba el gran historiador del Arte Cesare Brandi en su Sicilia mía, “y todo y siempre te ofrece el amor”.
Ese es el contraste que hace irresistible la vieja Trinacria para lectores y escritores. Y tal vez sea esa la causa de que la literatura siciliana sea a menudo leída contraponiendo nombres, como si uno no pudiera (¡y no quisiera!) quedarse con todo: Lampedusa contra De Roberto, Verga contra Pirandello, Consolo contra Bufalino, Sciascia contra Camilleri… Ejercicio acaso inútil, como el de enfrentar ciudades, pues Sicilia no se entiende sin esa portentosa diversidad. El único modo de conocerla de veras es moverse, saltar sobre el mapa como de autor en autor, de libro en libro, e ir definiendo poco a poco nuestras devociones.
El viaje y el paseo son los grandes subgéneros de la literatura sobre la isla, siempre con Goethe como gran maestre. Muchos acuden atraídos por las huellas de la Magna Grecia, pero más allá del helenismo mítico se revelan mil Sicilias, árabe, normanda, aragonesa, catalana… Es Mediterráneo puro, y sin embargo vive de espaldas al mar —otra de sus paradojas—, porque del mar vinieron tantas y tantas desgracias seculares. “Es como esconder la cabeza bajo tierra”, explicaba Leonardo Sciascia. “No ver el mar para que el mar no nos vea. Pero el mar nos ve”.
Sus escritores y una larga tradición de relatos de viaje otorgan a la antigua Trinacria el indiscutible marchamo de isla literaria, suelo fértil en mitos e historias que, como la propia tierra, pueden dar frutos terribles o sublimesUna isla, en fin, que juega a no ser tal, que solo acepta serlo cuando así lo afirman los atlas, que, según Gesualdo Bufalino, “son libros de honor”. Desde el estrecho de Mesina y Taormina, con su impagable teatro griego, y más allá de Siracusa, con esa iglesia cristiana sostenida aún por las columnas de un templo griego; por esa carretera que a Pasolini le olía a azahar y limoneros, regaliz y papiros, ingresaremos en la Sicilia barroca. Ahí aparece de improviso Scicli, y muy cerca Modica, donde aún se yergue la casa natal de Salvatore Quasimodo, el poeta hermético bendecido por la Academia Sueca, rara avis en una isla de narradores.
Y al lado Ragusa, otra de las ciudades que recuerdan que el barroco, como en Andalucía, es algo así como un mecanismo defensivo lleno de horror vacui. “Ese estilo fantasioso y abigarrado, retorcido y abundoso”, subraya Vincenzo Consolo en su Sicilia paseada, recién traducida, “es, en la Sicilia de los continuos terremotos naturales, de los infinitos vuelcos históricos, del riesgo cotidiano de la pérdida de la identidad, como una exigencia del alma contra el extravío de la soledad, de lo indistinto, del desierto, contra el vértigo de la nada”.
Un poco más adelante está Comiso, la ciudad donde Bufalino pasó media vida urdiendo pacientemente su obra, sin pensar en el éxito tardío que le aguardaba. Escribió, entre otras cosas, un diccionario de personajes literarios y aforismos, además de novelas como su aclamada Perorata del apestado. Sostenía que la isla padecía un “exceso de identidad”, y que la insularidad no era solo un fenómeno geográfico, sino que también se extendía “a la provincia, a la familia, a la habitación, al propio corazón. De ahí nuestro orgullo, la desconfianza, el pudor; y la sensación de ser distintos”. Distintos fueron, entre sí y respecto a los demás autores de su tiempo, Consolo, Bufalino y Sciascia, pero tenían otra paradoja en común: tres hombres nacidos en pueblos diminutos y subdesarrollados, pero con unas ambiciones literarias de altísimas miras.
Vázquez Montalbán exaltó a Sciascia como el último escritor político de Europa, pero su obra posee un alcance mucho mayor. Como sus compañeros, extrajo lecciones de la Historia para comprender mejor el presente, y se vistió de ilustrado a la francesa frente a la barbarie mafiosa que pronto asolaría su tierra. Autor de novelas memorables como Todo modo o El archivo de Egipto, pero también de relatos sobresalientes que son una radiografía de su pueblo —acaban de editarse en España los dispersos, bajo el título Una comedia siciliana—, Sciascia es un escéptico inimitable, que no ha dejado epígonos pero sí dos nietos escritores, Vito y Fabrizio Catalano, que en absoluto deshonran el nombre de su abuelo.
Para muchos, hoy Sciascia ha quedado reducido a su faceta negrocriminal, como lo fue la isla entera durante años: al menos, desde que Mario Puzo hizo decir en El padrino, sobre uno de sus turbios personajes, que tenía el mapa de Sicilia tatuado en la cara. Quien más ha rentabilizado ese filón ha sido otro agrigentino, Andrea Camilleri, amortizando su experiencia televisiva para combinar en su serie de Montalbano tramas policiacas atractivas con gastronomía, humor y reclamos turísticos. Hoy su nombre ha devenido en marca industrial, con varios nuevos títulos al año, y el sur de la isla está lleno de lugares de obligada peregrinación para los seguidores del famoso comisario.
Muchos acuden atraídos por las huellas de la Magna Grecia, pero más allá del helenismo mítico se revelan mil Sicilias, árabe, normanda, aragonesa, catalana… Es Mediterráneo puro, y sin embargo vive de espaldas al marEl viaje continúa. Puede llevarnos al Valle de los Templos y las ruinas de Selinunte o tomar el rumbo de la Sicilia interior, verde y rocosa, que nos remite a los personajes de Giovanni Verga, el mismo que sirvió a Pietro Mascagni el argumento de su famosa ópera Cavalleria rusticana. Pero también es la Sicilia de su discípula Maria Messina, quien nos revela la otra óptica, la de esa mujer isleña sometida a un patriarcado ancestral, que “carece incluso de la fuerza de gemir”.
En tierra de donjuanes irredentos, del Giovanni Percolla de Brancati, vieron la luz algunas mujeres formidables, aunque muchas se marcharon: la enigmática Patrizia Runfola a Praga, tras las huellas de su maestro Ripellino; Natalia Ginzburg, hoy felizmente en boga, dejó muy pronto su Palermo natal para afincarse en Turín; y Simonetta Agnello Hornby recaló en Londres. En cambio, Alessandra Lavagnino, napolitana de cuna, vive en Palermo, y junto a varias novelas curiosas, ha escrito manuales apasionantes sobre su especialidad: el mosquito y las epidemias que trajo a la isla.
Dejamos atrás las minas de azufre, antaño trabajadas por niños, que afligieron a Maupassant; también Marsala, donde desembarcó Garibaldi con sus Miles, y la villa atunera de Trapani, para llegar a la capital, Palermo. Allí se conserva aún el palacio de via Butera donde vivió Giuseppe Tomasi de Lampedusa, autor de El gatopardo —con su tan traída y llevada cita— y también de una obra maestra del cuento corto, Lighea, una fábula con sirena inexplicablemente descatalogada en nuestro país. Palermo es quizá la síntesis perfecta de las contradicciones sicilianas, el mar y los montes, los ruidosos mercados y el silencio de las capillas, la música y la tragedia. El olivo y el acebuche entrelazados, debajo de los cuales se escondió Odiseo, el viajero por excelencia.
No, el viaje no termina nunca, pero este itinerario concluye en Catania, la ciudad del Etna. El volcán que enamoró a Brydone es el símbolo eterno de aquella paradoja que mencionábamos antes: el vómito de fuego y ceniza es a la vez el secreto de la fertilidad de aquella tierra. Allí encontramos al siciliano vivo más famoso, un hombre a la vez de raíz profunda y ancho horizonte, un poeta con música, Franco Battiato, y a uno de sus letristas, a la sazón filósofo, Manlio Sgalambro. Una de las canciones firmadas por ambos dice así: “Te invito al viaje, / en aquel país al que te asemejas tanto…”

lunes, 20 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "El plagio de las olas". Alejandro V. García

  En la revista "Mercurio":

El plagio de las olas

ALEJANDRO V. GARCÍA  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

© Óscar Astromujoff
ÓSCAR ASTROMUJOFF
La versión solvente del fragmento de Heráclito sostiene que nadie se baña dos veces en el mismo río; la glosa irreverente lo expresa de otra manera: nadie se ríe dos veces en el mismo baño. Ningún poeta escribe dos veces el mismo verso aunque el mar (el Mediterráneo andaluz, desde Pulpí a Tarifa) sea idéntico.
El Mediterráneo aforístico de Rafael Pérez Estrada es el mar claro de los Sagaces frente al boscoso de los Sargazos. “Toma el agua la imagen y la devora en su fondo”; “la lluvia sobre el mar es asonante” o, el más haraclíteo de todos, “el espejo es una instantánea del río”. Solo a veces el mar de Pérez Estrada imagina una forma de estabilidad: “A la decisión en el mar se le llama ancla”. La orilla solo transmite una falsa impresión de redundancia: “Las olas son aliadas del plagio”.
Manuel Alcántara, aliado él mismo de Pérez Estrada, prefiere bañarse en la ignorancia, que nunca es la misma: “No sabe el mar que es domingo. / Se revelan, inmortales, / las olas a cuerpo limpio. / Cada vez que muere alguna / la misma ocupa su sitio”. El Mediterráneo es para Alcántara el papel pautado donde escribe o presiente la supresión tranquila de la vida. Y si el mar abjura o se retracta, cabe siempre buscar sus restos en el fondo: “Por la mar chica del puerto / andan buscando los buzos / la llave de mi recuerdo”.
El mar, las llaves y las cerraduras submarinas. Es decir, el mar secreto de los buzos. José Carlos Rosales lleva batiendo los fondos mediterráneos desde que en 1988 publicara El buzo incorregible. “Yo diría que el mar es la historia o el pasado, lo que se olvida o se entierra o se menosprecia, lo que está sumergido; lo desconocido o lo que no se quiere conocer; lo triturado y destruido, como la arena; de ahí su oscuridad, de ahí su deseo de hacerse notar, su movimiento y su ruido, su fuerza ciega o su amenaza siempre latente…”
El Mediterráneo es para Alcántara el papel pautado donde escribe o presiente la supresión tranquila de la vida. Y si el mar abjura o se retracta, cabe siempre buscar sus restos en el fondo: “Por la mar chica del puerto / andan buscando los buzos / la llave de mi recuerdo”El mismo mar siempre distinto. El Mediterráneo de Ángeles Mora es un estado de ánimo: “Para descansar, amar, soñar, leer o escribir siempre he preferido el mar. El mar no sólo se vive, sino que se escucha. Y cada año se comprende más el verso de Valèry: La mer, la mer, toujours recommencée”. Aunque el mar de Ángeles tiene un habitante secreto, Corto Maltés: “Querido amigo Corto: / Usurpo el brillo de tus ojos / tu corazón de niebla para explorar la isla. / Haremos un concurso de destreza / en los acantilados y tú te dejarás ganar / —eso dirás al menos— / sólo para besarme”.
María Victoria Atencia, arrullada en el mar de Málaga, afina su búsqueda: “Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas: / comienzan vuestro frío donde acaban mis sábanas”.
Teresa Gómez ha encontrado en esas aguas un tratado de filosofía que, como el Libro de arena, es infinito: “En la poesía en general, y muy en particular en la poesía andaluza, el mar no es solo un recurso estilístico. Cuestiones metafísicas, existenciales, sociales, románticas, han navegado con maestría surcando las metáforas del mar y sumergiéndose en sus profundidades”.
La morfología de la costa también elige los sentimientos. La playa, un invento burgués del siglo XVIII, aloja los recuerdos remotos y felices: “Es otro el mar que vimos / desde aquella glorieta, / desde aquella constancia con que partir el año / a finales de junio / y huir de la ciudad con su reloj / y el tiempo”, escribe Luis García Montero.
Pero a veces no hay arena donde extender la memoria sino roquedal, rompeolas escueto, pequeños finisterres donde dispersar el cansancio o la derrota. Como el Troppo mare de Javier Egea, en la Isleta del Moro: “Es así que el amor, el viejo amor, / el pobre amor tan viejo, tan torpe, tan cansado, / mira hacia el mar, entorna los postigos / y se tiende y reposa”.

domingo, 19 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "Más allá de Tahar Ben Jelloun"

   En la revista "Mercurio":


Más allá de Tahar Ben Jelloun

JUAN JOSÉ TÉLLEZ  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

Pese a los esfuerzos de quienes a uno y otro lado del Estrecho se afanan por tender puentes, la literatura de Marruecos sigue siendo poco conocida entre nosotros
© Óscar Astromujoff
© OSCAR ASTROMUJOFF
Quizá sea Tahar Ben Jelloun el escritor marroquí que mayor trascendencia guarda hoy día entre los lectores europeos, especialmente en Francia, donde suele residir entre escapadas a la legendaria Librairie des Colonnes de su Tánger juvenil y a su Fez natal; pero también goza de una afición española a la que rindió tributo la utilización de un verso de Vicente Aleixandre en la traducción de su novela Cette aveuglante absence de lumière (Sufrían por la luz), un escalofriante testimonio sobre el presidio más sórdido de Hassan II, publicado en 2001. Consagrado a partir de la novela La noche sagrada, con la que obtuvo el Premio Goncourt en 1987, es sumamente crítico con la realidad marroquí. Su obra, por su armazón intelectual, parece el anverso de la de Mohamed Chukri, fallecido en 2003 con 68 años, pero convertido en un símbolo de resiliencia a partir de su emblemática novela Le pan nu —traducida felizmente al fin como El pan a secas—, escrita con las tripas, como confesaba. Ácido, naturalista, escalofriante y legendario, su perfil no sólo ha inspirado novelas como Tangerina, de Javier Valenzuela, sino que ha acompañado algunos documentales —Mala calle, de Juan José Ponce o la reciente Chukri, un hombre sincero, de Driss Deiback.
La conexión entre ambos mundos la asumió Juan Goytisolo que, desde su autoexilio en Marrakech, ha hilado el mundo marroquí con una España que olvida su ligazón sentimental con el antiguo protectoradoChukri tuvo un peso específico singular en las letras marroquíes del último tercio del siglo XX, pero su pronto impacto internacional obedeció tanto a la calidad de su obra como a la presencia tangerina de Paul Bowles, quien junto a William Burroughs y Tennessee Williams abrigaron la difusión de M’Hashish, la primera obra de Mohamed Mrabet, un narrador oral del Rif cuyas restantes obras gozaron de menos alcance.
El siglo XXI ha despoblado la literatura marroquí de nombres tan necesarios como los de Fatema Mernisi, Driss Chraibi, Abedelkebir Khatib o Abdellah Djibilou, uno de los necesarios puentes librescos entre ambas orillas, como lo fueran en sentido inverso, Jacinto López Gorgé o Trina Mercader, difusores de la poética de Abdellatif Jatib, Mohamed Lensamani o Larbi El-Harti. Todavía alienta allí la palabra viva del periodista Ali Lmrabet, de
Ahmed Arou, de Malika Ufqir, de Abdellatif Laabi —que atesora largos años de cárcel—, de Leila Abouzeid y Abdelfattar Kilito, por no hablar de Nadia Yassin.
Esa conexión entre ambos mundos la asumió Juan Goytisolo que, desde su autoexilio en Marrakech, ha hilado el mundo marroquí con una España que olvida su ligazón sentimental con el antiguo protectorado; espacio en donde se multiplican los esfuerzos de traductores y escritores como Khaled Raisuni, editores de clásicos españoles para hispanistas marroquíes como los autores Juan José Sánchez Sandoval y Abderrahman El Fathi, o, desde Algeciras, el empeño de la poeta Paloma Fernández Gomá y su revista Tres orillas o los firmantes del Manifiesto Humanista. Uno de los divulgadores de la literatura marroquí en lengua española o catalana es el argentino Christián H. Ricci, autor, entre otros estudios, de ¡Hay moros en la costa! (y escriben libros en español); bajo cuyo paraguas incluye a Najat el Hachmi, Larbi El-Harti, Mohamed Ararou, Laila Karrouch o Sanae Chairi. A dicha relación, habría que sumar firmas como las del veterano Mohamed Chakor, Aziz Tazi, Mohamed Lahchiri, Mohamed Sibari, Larbi Messari, Mohamed Mgara, Driss Buissef y Mohamed Rekab Buissef, entre otros. A esta orilla, como ocurre con el viejo Teatro Cervantes de Tánger, se les suele ignorar. No creo que Francia los tratase así si escribieran en francés.

martes, 14 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "El Egeo polifónico". Aurora Luque

   En la revista "Mercurio":



El Egeo polifónico

AURORA LUQUE  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

El mar de los griegos nunca pudo reducirse a una sola voz, contado y cantado durante generaciones en una lengua que sigue siendo la misma de los antiguos aedos
© Óscar Astromujoff
ÓSCAR ASTROMUJOFF
En los años treinta, el diario local de la isla de Andros se llamaba La voz del Egeo, como recuerda Ioanna Karystiani en su novela Pequeña Inglaterra (nombre por el que también se conocía a dicha cíclada). Pero el Egeo es polifónico: nunca pudo reducirse a una voz. Muchas han sido sus bocas y muchos sus portavoces. Pocos mares tan conversadores, tan desbordantes de historias, relatos y mitos como este. Antes y ahora. Aunque el Egeo ha hablado y habla en griego casi siempre. Toda la literatura griega está penetrada por el mar de Grecia, poblado de criaturas poéticas. Como escribí en Aquel vivir del mar (2015) a propósito de la poesía de la antigüedad, “la imaginación helénica del mar es copiosa y tonificante. Nos surte de una memoria entrecruzada de barcos, de hombres y de dioses; de delfines miríficos, de vientos húmedos, de mástiles que no olvidan su destino amparador de árbol en el mar, de cadáveres semidevorados de marineros, de conchas ofrecidas como exvotos, de redes exhaustas, de puertos saludados”.
La primera aparición del mar en la literatura griega ocurre en el verso 34 del canto primero de la Ilíada: el sacerdote Crises, humillado por Agamenón, que se niega a devolverle a su hija Criseida, se aleja de los campamentos aqueos caminando por la orilla: “Y se marchó en silencio por la arena del mar lleno de rumores”. A partir de este hexámetro melancólico, el mar no cesará de salpicar de salitre y espuma toda la invención y producción literaria de los griegos. Hostiles a los dogmas, los poetas formularon varios génesis, incluso del mar: Hesíodo dijo que Gea, la Tierra, “sin ayuda de cópula gozosa”, engendró al Mar. Distinta es la explicación de la cosmogonía que Apolonio de Rodas pondrá en boca de Orfeo: el mar formaba una masa indiferenciada con la tierra y el cielo, y la discordia desunió los elementos. El mar inspiraba temor. Por eso Hesíodo presumía de haber embarcado una sola vez, cuando asistió a un concurso poético. Y Teognis aborrecía las incomodidades y peligros de la navegación:“Feliz aquel que, estando enamorado, del mar no sabe nada / ni le importa la noche que cae en alta mar”. El mar separa a Safo de la amada que marchó de Lesbos a las costas de enfrente, hoy turcas. Los refugiados ya cruzaban despavoridos los mares hace milenios: Esquilo, en Las suplicantes, evoca a las Danaides, que huían de sus violentos maridos egipcios y pedían asilo en una predemocrática Hélade. Y Eurípides denuncia el tráfico de las troyanas humilladas que embarcan como esclavas en las naves de los vencedores. En sus comedias, Aristófanes pinta con gracia el bullicio del Pireo y a los hambrientos ciudadanos del Ática, que sueñan con una chisporroteante fritura de pescado.
En la época helenística se calman y ensanchan las rutas marinas; se inicia incluso una especie de prototurismo: Meleagro de Gádara (en Siria) evoca viajes fructíferos para las aventuras amorosas en apetecibles ciudades costeras. Y Arquéstrato de Gela fue una especie de posargonauta sibarita que compuso en el siglo III a. C. un libro original titulado Hedypatheia oVoluptuosidad, un tratado de “gastrología” que daba cuenta de las mejores especialidades gastronómicas del Mediterráneo. Sorprende ver la similitud de las técnicas culinarias de ayer y de hoy.
¿El relevo de la antigua tripulación? El espacio sólo permite a citar casi al azar a unos pocos autores de los siglos XX y XXI: Cavadías, Elitis, Tsircas, Karystiani.
Pocos mares tan conversadores, tan desbordantes de historias, relatos y mitos. La imaginación helénica del mar es copiosa y tonificante. Nos surte de una memoria entrecruzada de barcos, de hombres y de diosesLa poesía de Odiseas Elitis (Premio Nobel en 1979) se edifica en torno a una especie de mística marina: el Egeo “era el ombligo de aquello que llamamos el espíritu helénico. Existen lugares que son bellos, simplemente. Existen otros que adquieren un significado especial, porque en su suelo se ha desarrollado una determinada civilización. El Egeo reúne esas dos características. Es único porque creo que no existe en ningún otro sitio esta continua interrelación del mar y de la tierra y esta pureza. Por consiguiente, es lo que da, por un lado, ese carácter único a nuestra fisonomía y sustenta, por el otro, una inmensa civilización”. La poesía de Elitis es de una enorme potencia visual. Supo capturar la intensidad de la luz del Egeo, de sus rocas, conchas, gaviotas y olas, con una nitidez y plasticidad insuperables desde el primer poema de su primer libro, Orientaciones (1996): “El amor / El archipiélago / Y la proa de sus espumas / Y las gaviotas de sus sueños / En la vela más alta el marinero hace ondear / Una canción”.
El reverso del idealismo elitiano lo cifra Nicos Cavadías, que, nacido en Manchuria en 1910 de padres griegos, se dedicó a profesiones relacionadas con el mar, desde trabajador del puerto a radiotelegrafista. Sus libros de poemas Marabú (1933), Bruma (1947) y Navegación de través(1975) son muy apreciados (y cantados) por los griegos. Escribió una novela, La guardia (1994) que, como cabía temerse de un poeta viajero metido a narrador, es más bien un diario de a bordo que desemboca en libro de memorias, construido a partir de las vívidas conversaciones de los marineros durante las guardias en el buque Pytheas. Su literatura es la de alguien que ha observado continuamente el mundo y las peripecias de los hombres y las suyas propias desde un mar riguroso. Los barcos son casi humanos: “Hay barcos con nombre masculino y son femeninos. Y a la inversa. […] ¿Quién ha oído quejido más humano que el de la chimenea al copular con la bruma?” Cavadías consigue hacer brotar de sus páginas un fluido de sensaciones intensas: los limones podridos en el Mar Rojo, la humedad que apaga los cigarrillos o el frescor de las uvas sobre hielo en un bidet. En todas sus páginas el griego Cavadías dejó (como el viejo Hiponacte) su contrabando de palabras, las toscas, duras y todavía exóticas palabras de todos los puertos.
A su vez, el reverso del mundo activo y masculino de Cavadías lo podría cifrar Mikrá Anglía(Pequeña Inglaterra, Ioanna Karystiani, 2002), una novela coral de mujeres de marinos en la isla de Andros. El mar omnipresente es amado y aborrecido hasta los límites. Las viudas de los náufragos odiaban el azul y una de ellas arranca los bordados del ajuar para bordar escenas de naufragios. Unos niños ingleses se acercan al mar para chupar la espuma que está dulce porque acaba de hundirse un barco cargado de azúcar y la protagonista, Orsa, llevará siempre consigo tres cucharas devueltas por el mar.
Hay una mirada anglosajona que ha relatado el Mediterráneo novelándolo sobre arquetipos tardorrománticos lastrados de colonialismo inocultable. El fascinante Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sería un ejemplo de ese relato escorado; aquella fascinación primera deviene incluso en irritación si le contraponemos la trilogía Ciudades a la deriva (2011), un descarnado panorama trazado por Stratís Tsircas, griego nacido en El Cairo, en los años turbulentos de la II Guerra Mundial cuando Atenas era ocupada por los nazis y en Alejandría y El Cairo pululaban espías, aventureros, refugiados, soldados, en un mundo en disolución más complejo y real que el durreliano. La trilogía “proclama el papel de la literatura en la construcción de la memoria histórica”.
Sí: el Mediterráneo (y su Egeo), contado y cantado en las literaturas de todas las Grecias sucesivas, es historia, memoria, palestra, puente, camino, espejo, espejismo, foso, fosa, inundación castálida, madriguera de piratas, residencia de dioses, texto de los filósofos, despensa, interlocutor, cómplice, amigo, enemigo, amado. Un destino. Seguimos caminando en silencio por la orilla llena de rumores.

lunes, 13 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "El mar de Barcola". Mercedes Monmany

   En la revista "Mercurio":


El mar de Barcola

MERCEDES MONMANY  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

El Adriático que desde el golfo de Trieste se extiende hacia Eslovenia y Croacia, es el espacio fundacional de la vida de Claudio Magris, el libro de sus recuerdos de infancia
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
En un bellísimo retrato dedicado al gran escritor del mar que fue Conrad, incluido en el volumen Alfabetos, Claudio Magris volvía a capturar de forma maravillosa a esos héroes perseguidos, una y otra vez, por la mala fortuna. Héroes que tan bien ha sabido narrar este autor, en su pequeña o gran épica, de un vértigo a otro, de un precipicio a otro, en cada una de sus obras, desde Conjeturas sobre un sable, Otro mar, La exposición y A ciegas hasta su magnífica y monumental novela, No ha lugar a proceder, recientemente aparecida. Personajes derrotados “por la vida, por sus fantasmas o por sus propios principios, por las ambigüedades de la historia y del espíritu”, como se decía en el citado ensayo, titulado “Conrad: nacer es caer al mar”.
Una oscura condena desde el nacimiento y desde ese misterioso tiempo anterior en el que se navega en el mar turbulento y remoto de la vida que vendrá. Algo, forjado por recuerdos, por visiones, que de Almayer a Nostromo, de Lord Jim al Kurtz de El corazón de las tinieblas —dice Magris— se convertirá en una especialidad conradiana, de “ese Kafka sacado al aire libre”, como él lo llama, que recorre todas sus obras. Que las recorre pero que Conrad había almacenado, mental y fantásticamente, desde que era un niño y aún se llamaba Teodor Józef Konrad Korzeniowski en la bella Cracovia de la dura opresión zarista. Allí fue donde contempló un día a su padre, un gran patriota polaco que siempre luchó por la libertad de su pueblo, atrapado en una especie de “fantasía simbólica”: quemando todos sus escritos. Una determinación para el calvario y la pérdida que hacía aparecer a su padre, en sus recuerdos, como alguien “vencido”, mientras —informa Magris— los testimonios de lo que dejó escrito y su concurridísimo funeral en absoluto daban la idea de “la despedida de un vencido por la vida”. Más tarde, cuando ya había salido de Polonia y surcado los mares del mundo, cuando ya había dado a la posteridad novelas inmortales en una lengua adquirida, el inglés, en la que reinaría como un maestro entre los maestros, nunca dejaría de evocar aquella escena, nos dice Magris. De un modo u otro, aquel triste y desolado retrato infantil de su progenitor que tanto le impresiónó, aquel retrato lo reelaboró a su manera, en los principales sentimientos y angustias de su obra: “la derrota heroica, el coraje impávido al afrontarla y una oscura vocación por la rendición”.
A ese apacible paisaje idílico y familiar, con sus característicos topolini o plataformas de baño a la vez que lugares de encuentro para los que pasan el día en el mar, la madre de Magris lo llevaba cada día, de mayo a octubreEl mar, un mar Adriático que desde el golfo de Trieste, e Italia, se extiende hacia Eslovenia y Croacia, es fundamentalmente el mar de la vida de Magris, el libro de sus recuerdos de infancia. Esa foto fija y obcecada, como era fija y obcecada la imagen sombría de Conrad, antes de lanzarse a navegar por el mundo. En el caso de Claudio Magris, el mar de la costa adriática es el paisaje de la existencia compartida con sus seres queridos, de sus libros, de sus estudios, de su zambullirse en cualquier época del año, como él mismo ha contado muchas veces. Es su identidad forjada y recorrida en su obra por el agua, ya sea en la forma de viaje danubiano, o ya sea simbolizando el sentido del abandono, de la aventura, del amor y “de la unidad de la vida, más allá de heridas y de naufragios”, que encarna su querido e insustituible microcosmos mediterráneo y adriático.
Allí en el mar de Barcola, en las cercanías de Trieste, en ese apacible paisaje idílico y familiar donde, durante todo el año, la senda y el bosque de pinos son lugares clásicos para los paseos de los triestinos, llenos de bañistas en cuanto empieza a apretar el calor, con sus característicos topolini o plataformas de baño a la vez que lugares de encuentro para los que pasan el día en el mar, la madre de Claudio Magris lo llevaba cada día, de mayo a octubre. Un mar agradablemente doméstico y controlado, aunque a la vez símbolo magnífico todo él, de lo más majestuoso que encarna a lo largo de la historia el Mediterráneo: una mezcla incesante, apasionante e inagotable, con todas las fusiones y amalgamas posibles e imaginables, de civilizaciones y culturas. Una mezcla que también, siempre, anuncia otras cosas. Desde su “modesto” rincón, desde ese bello golfo y puerto de Trieste, se anuncian otros mares más grandes, océanos, viajes, rutas peligrosas, odiseas a veces hostiles, a veces plagadas de desafíos, de hallazgos y trofeos jamás soñados. También del “buen combate”, como dirá Magris hablando de Conrad. Así llamaba San Pablo al “deber de dar sentido a la existencia aceptando ese desafío”, en el extremo del cual está, permanentemente, la otra cara de la verdad, una verdad no menos humana, como recuerda Magris: “La deserción, la rendición y la huida”.
Salir de casa, abandonar el conocido y sereno golfo de Trieste, la seguridad y protección del que fue el puerto más importante del Imperio Austrohúngaro, la “puerta de entrada” de lo mejor de la cultura no solo germánica y centroeuropea; poner tierra y mar por medio de aquella “sugestiva amalgama germano-judía-eslava, producto de aquel mundo de frontera que era, antes y después de la disolución de Austria, el mundo danubiano” —como lo definía Claudio Magris en el libro escrito junto a Angelo Ara, Trieste, una identidad de frontera—, entregarse a la inmensidad de un océano abierto, “monótono e indefinido”, es lo que hará el jovencísimo héroe de Otro mar, Enrico Mreule, sin ni siquiera esperar a ver coronados sus estudios de filología clásica realizados en Innsbruck y Graz.
El puerto más importante del Imperio Austrohúngaro fue la “puerta de entrada” de lo mejor de la cultura no sólo centroeuropea, “producto de aquel mundo de frontera que era, antes y después de la disolución de Austria, el mundo danubiano”Su fuga, ese rotundo portazo a aquella magnífica “puerta de entrada”, lo llevará lejos: a Argentina. Lo llevará a intentar transformarse en otro, a “borrar sus propias huellas, despistar a quién sabe quién” y aparecer de repente, convertido en gaucho, en la inmensidad ahistórica de la Patagonia. Su fuga es la fuga de la cultura mediterránea, europea, familiar, a la vez que asfixiante y proclive a la inquietud, a la nostalgia y añoranza permanente de la otra cara de algo inexpresable. Por ejemplo, de esa “renuncia completa, que no participa de ningún valor”. Algo que compartía plena e intensamente con sus amigos dejados atrás. Que compartía casi en ese “exceso” que puede llegar también a veces a encarnar el mar: “El mar —se dirá en Otro mar— es un exceso porque devuelve la gran promesa de felicidad y la gran búsqueda del significado”.
Entre lecturas —leídas en el original— de Platón, de Homero, de los presocráticos, el Evangelio, Schopenhauer, los Upanishad, Leopardi, Ibsen, Tolstói y los discursos de Buda, ese pulmón de acero de la cultura europea y universal el joven Enrico lo comparte con un grupo de amigos filósofos y filólogos clásicos —entre ellos el genial filósofo, suicida en 1910, con tan solo 23 años, Carlo Michelstaedter— en una buhardilla bohemia de Gorizia, justo en la frontera de Eslovenia, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Una identidad, una metáfora permanente de tantas cosas más, la frontera, que les da forma a todos ellos, en ese concreto lugar del mundo y microcosmos al que pertenecen. Tan frontera sería Gorizia, cuna de aquella breve y fulminante “generación perdida” austrohúngara, que en 1948 se optó por la solución salomónica de construir dos gorizias separadas por un puesto fronterizo, para que todo el mundo se quedara contento. Una Nova Gorica en el lado esloveno, y la Gorizia italiana de siempre, en el lado italiano.

viernes, 10 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "La ruta de las gambas". José Carlos Llop

   En la revista "Mercurio":


La ruta de las gambas

JOSÉ CARLOS LLOP  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

Dentro de la milenaria tradición mediterránea, Cataluña, País Valenciano y las Baleares forman un triángulo, unido por el mar y una misma lengua, que es otro mar
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
Vivo en una isla del Mediterráneo. Aquí nací, de aquí me fui y aquí regresé al cabo de unos años. Pocos. Cuando me despierto, el mar es mi norte, mi sur, mi este y mi oeste. Los días de niebla se oyen con claridad las sirenas de los barcos. El puerto está cerca de casa. El mundo está al otro lado, lejos: no se llega a pie, ni en automóvil, ni en tren. Debe cruzarse el mar, con todos los riesgos que implica: los mismos que nos contó Homero. Nada cambia y todo permanece en el Mediterráneo, que es el verdadero mundo —lo explicaré más adelante— y no ese otro que está al otro lado del mar.
Acabo de citar a Homero. Cuando escribo o leo en mi estudio, el mar Mediterráneo me rodea y no porque lo vea, sino porque está ahí. Está en los clásicos y en algunos de mis preferidos del siglo XX. Miro a mi alrededor y siempre está el mar, o más adentro, el reflejo de su luz y el clima y la botánica que el mar favorece. Lo está en los poetas que amo, en los novelistas que me acompañan, en el pensamiento donde me reflejo. El Mediterráneo, siempre detrás de una manera de hablar y de escribir y de interpretar la vida y el mundo. De una manera de ser, noble e innoble, como somos los humanos.
En la isla donde vivo no hay animales venenosos y tampoco los hay peligrosos para el hombre. Lo escribió Plinio y sólo Hobbes le contradeciría, pero ahí entra no la fauna sino la razón, que a veces —lo escribió Goya— produce monstruos. Ya dije: noble e innoble. En este mar nació el mundo. En este mar se hizo el mundo durante siglos y en este mar continúa mirándose Occidente. Desde la fascinación y desde el temor. En sus costas y en sus naves —aquí nació el arte de la navegación, se destiló el comercio y se perfeccionó la guerra—, atravesándolo y delimitándolo —poseyéndolo— a través de sus bahías, cabos y radas. Ahora vuelve a hablarse del Mediterráneo como un mar de sangre o muerte, por los ahogados que huyen de la guerra de Siria y el hambre africana. Siempre lo fue, pero siempre ha disimulado, como si no lo fuera.
Si seguimos la ruta desde Mallorca al oeste o al norte —que tantas veces ha trazado con acuarela el pintor Miquel Barceló— encontramos a Llull, Turmeda, Ausiàs March, el ‘Tirant lo Blanc’, J. V. Foix, Josep Pla o Llorenç VillalongaEs Joseph Conrad —marino antes que escritor— quien mejor definió este rasgo: “de Salamina a Actium, pasando por Lepanto y el Nilo y acabando con la matanza naval de Navarino, por no mencionar otros encuentros armados de menor interés, toda la sangre heroicamente derramada en el Mediterráneo, no ha dejado la mancha de un solo reguero púrpura sobre el azul profundo de sus aguas”. Las aguas turquesa de la costa insular, la alfombra palaciega de sus fondos, los amaneceres cobrizos derivando hacia el oro, nos hablan de otras cosas relacionadas con la sabiduría de vivir.
Cuando se ha cruzado el Mediterráneo de oeste a este, de levante a poniente, no se tiene conciencia de salir de casa, pero cambia la luz y la luz es también tiempo. El oro se convierte en plata y se viaja hacia la antigüedad. Y antigüedad siempre quiere decir origen: fenicios, griegos y judíos. Eso se percibe, sobre todo, en el mar, donde un carguero es anacrónico y siempre se espera que aparezca una trirreme. Y se percibe en la tierra, que es suelo bíblico, pero también el territorio de la Ilíada. En cuanto a la modernidad —que empieza con el cristianismo— el perfume del mar llega hasta las páginas del Nuevo Testamento y al morir Jesucristo, los apóstoles se lanzan, como Odiseo, al Mediterráneo y expanden su doctrina a través del mar. San Pablo instaura el método y en él, la belleza de los nombres como una herencia: Antioquía, Esmirna, Corinto, Tesalónica, Éfeso, Siracusa… Y antes y ya para siempre, Roma, que se apropia el mar al nombrarlo —Mare Nostrum— y edifica sus templos y ciudades de Occidente a Oriente y crea el Derecho por el que todavía nos regimos. Roma: nuestro paganismo y nuestra civilización. Y en ella, el mar como el espejo de la gran madre, la loba. Con o sin Tito Livio, pero no sin Horacio, Propercio, Catulo, Virgilio o Marcial… No sin tantos de donde venimos y que también son el mar. De ellos y de Cavafis y Seferis y la mirada inglesa —los Durrell y Douglas y Auden y James incluso, desde su invernadero…
Pero volvamos a casa, aunque no nos hayamos movido de ella, porque ya hemos dicho que el Mediterráneo entero es la casa. Aunque nuestra expedición almogávar no haya hablado de conquistas, sino de esencias. De fatalismo y religión, de dioses y filosofía, de comercio y guerra. Tocaría, pues, hablar de contrabando o de tráfico de esclavos: musulmanes entre los cristianos y cristianos entre los musulmanes. Todo eso es Mediterráneo puro, también. Durante siglos lo ha sido. Como lo es el arte y no hay Giotto sin él.
Goethe viajó al Sur, como aconsejaría Eliot en sus versos y una marca de cerveza ha descubierto, desde hace unos años, que lo mediterráneo es sinónimo de alegría de vivir. Sin duda existe un triángulo maravilloso, herencia de los mosaicos romanos, que es el triángulo de las mejores gambas: las de Palamós, las de Denia y las de Sóller, que son las mismas gambas. Cataluña, País Valenciano y las Baleares, concretamente Mallorca, la isla donde nací y vivo. La misma donde nació Ramon Llull, que fue gran pensamiento europeo, y donde nació Anselm Turmeda, que apostató y se pasó al Magreb, donde está enterrado como un morabito santo. Oriente y Occidente de nuevo, como los campanarios de Palma sobre la muralla frente al mar, que parecen minaretes entre palmeras y muros de piedra arenisca que al contacto con la luz dora la ciudad, de igual modo que dora el desierto.
Aquí en el Mediterráneo se creó el mundo. Nació y se expandieron el pensamiento y el arte, se desarrollaron las religiones monoteístas y se contagió la escritura —todas las escrituras— como forma de memoria y testimonioSi seguimos la ruta de las gambas —que tantas veces ha trazado con acuarela el pintor Miquel Barceló— y no perdemos de vista ni a Llull, ni a Turmeda, nos encontramos con la modernidad renacentista en la poesía de Ausiàs March y con la mejor novela de caballerías, que es Tirant lo Blanc hacia el oeste —sigo tomando Mallorca como centro, pues está en medio del mar— y al norte con el esplendor de la poesía contemporánea en J. V. Foix, Carles Riba o Gabriel Ferrater y el ensayismo a lo Montaigne de Josep Pla. En cuanto a nosotros los mallorquines, Llorenç Villalonga en prosa y Bartomeu Rosselló-Pòrcel en poesía; Llull y Turmeda ya estaban y Costa y Llobera romanizó el mallorquín o catalán de Mallorca. Unidos todos por el mar y una misma lengua, que es otro mar y nombra las cosas de ese mar y de la tierra de forma distinta, y al nombrarlas nos hace y nos recuerda de dónde venimos y lo que somos. Lo que es, también, el Mediterráneo.
¿Su hermenéutica? Está formada por muchas voces, por muchos ecos, por distintas civilizaciones y lo que no se admite es la interpretación externa. Al de fuera —el continental— solo se le deja el paisaje; cuando quiere entrar en lo humano, se equivoca. Al de fuera se le niega la etnología si no es desde el amor (y David Abulafia es sefardí). Entonces nos enseña; al revés, cae en un error tras otro, mientras contemplamos impávidos el desaguisado. Cuentan que la paella —ese barroco mediterráneo— la inventaron los musulmanes al buscar un sustitutivo a la sémola del cuscús y vestirlo de mar y no de tierra. Ya saben: de la mar el mero y de la tierra el cordero. También ahí hay un mosaico romano; un mosaico que se come por los ojos —la ruta de las gambas— antes de comerlo y se disfruta de ambas maneras. Como el aceite, que también es oro y la uva y su mosto luego.
Aquí en el Mediterráneo —hay que repetirlo— se creó el mundo. Nació y se expandieron el pensamiento y el arte, se desarrollaron las religiones monoteístas y se contagió la escritura —todas las escrituras— como forma de memoria y testimonio. El Mediterráneo es la memoria primigenia y su literatura la voz del hombre, pero también la voz de Dios.