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sábado, 16 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. "La verdadera obra literaria no tiene prisa". Juan Goytisolo

   En "El País":

La verdadera obra literaria no tiene prisa

Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos del glorioso relato histórico español y su correlato catalán. En ‘Recuento’, Luis Goytisolo consigue una de las más ambiciosas muestras del arte novelístico


EVA VÁZQUEZ

La belleza de una novela es inseparable de su arquitectura. Penetrar en ésta es como adentrarse en un conjunto armónico, en una mansión amueblada en la que, como el París de Balzac o el Madrid de Galdós, hallamos bien dispuestos, a nuestro alcance, los distintos elementos que la componen: comedor, dormitorios, salones con sus arañas, cortinas, alfombras, sillones, sofás, retratos, que parecen aguardarnos para cobrar vida, sin olvidar, claro está, sus dependencias sustraídas de ordinario o la mirada del visitante, la cocina, despensa, lavabos, trastero, cuartos de la servidumbre, cocheras, caballerizas. Los personajes se mueven en el conjunto con familiaridad y asistimos de espectadores a sus amores y desamores, ambiciones, envidias, celos, contradicciones, mentiras, disputas, arranques de sinceridad.
Este cuadro novelesco, prolongado y reiterado hasta hoy para el lector interesado ante todo por el argumento con gancho y por la psicología de los personajes, sufrió un brusco cambio en la pasada centuria con la aparición de obras compuestas de cuantos materiales y géneros literarios tenían a mano —poesía, diarios, documentos, digresiones, ensayos...— en las que el autor muestra velazquianamente su presencia en el acto de creación, ya diseminando sus temas y multiplicando sus formas, ya poniendo el acento en la intensidad del lenguaje o en la cadencia y belleza de la palabra. Opciones diversas pero cuyo objetivo común radica en la creación de un todo coherente en sus contradicciones y simétrico en sus asimetrías, aglutinante en su dispersión. Obras en las que las innovaciones arquitectónicas y las mutantes estructuras urbanas fraguan una nueva construcción novelesca que transforma la compleja topografía del espacio en una no menos compleja estructura narrativa.
Recuento, primer volumen de 'Antagonía' de Luis Goytisolo, es el centro geométrico o eje en el que convergen las demás novelas de la tetralogía. El astro en cuya órbita giran los otros tres satélites. La mansión o casa pairal, volviendo al símil arquitectónico, en torno a la cual se alzan los demás edificios del conjunto. Pues mientras se lee como una novela autosuficiente (aunque luego comprobemos que se integra en un macrorrelato), las restantes obras de 'Antagonía' no pueden entenderse sino en conexión con ella. Dicho eje, astro o mansión central narra con muy diferentes estilos la vida de Raúl Ferrer Gaminde, cuya infancia, adolescencia y juventud transcurren en Cataluña (Barcelona, Cadaqués, la finca de Vallfosca) después de la Guerra Civil: la familia burguesa gradualmente venida a menos, el colegio, la mili, la universidad, sus amores, la adhesión al partido comunista clandestino, viajes a París, detención, cárcel, pérdida de la fe en el credo ideológico. En Los verdes de mayo hasta el mar, el protagonista, convertido ya en escritor, nos brinda el proceso de creación de la novela que estamos leyendo y la que leeremos en el cuarto volumen de la obra. La cólera de Aquiles concede la palabra a la examante de Raúl, Matilde Moret, voluntariamente aislada en Cadaqués, en donde vive sus tempestuosos amores lésbicos mientras recapitula su vida y lee una novela escrita en su juventud, El edicto de Milán, novela dentro de otra novela en el interior de la tetralogía. El último satélite en órbita es la obra ya compuesta de Raúl Ferrer Gaminde, una reflexión totalizadora en la que, como en Las Meninas, de Velázquez, se refleja e incluye el propio autor.

La visión panorámica de Barcelona se fragmenta como un prisma de infinidad de caras y lados
La visión panorámica de Barcelona en Recuento, ya sea desde Montjuïc, Tibidabo o el parque Güell, se descompone y fragmenta como un prisma de infinidad de caras y lados, en una abigarrada combinación de elementos orográficos y urbanos, históricos, políticos y sociales. En primer lugar del casco antiguo, la catedral, el Museo Histórico de la ciudad y los vestigios superpuestos de civilizaciones extintas, pero también de las cuadrículas del plan Cerdà de ese Eixample creado por una burguesía laboriosa y emprendedora, burguesía hostigada pronto por unas clases bajas levantiscas que del antiguo Barrio Chino y el puerto se extenderían por las barriadas míseras de la periferia hasta cercarla de monte a mar y de río a río. El lenguaje propio de las guías turísticas (por ejemplo, de la obra genial de Gaudí) se transforma así en un flujo narrativo de frases largas, envolventes, que engarzan un símil con otro: espirales cada vez más amplias, de ondas que se extienden con poderosa fuerza centrífuga, dibujando círculos evolutivos como los de una piedra arrojada a la lumbre quieta de un agua estancada. Si, como dice el autor, “la Barcelona modernista no acertó a encontrar su Marcel Proust”, la de la opresiva posguerra y del tardofranquismo lo halla a su modo en Recuento.
Nadie ha expuesto mejor los discursos contrapuestos, pero complementarios del glorioso relato histórico español, con la retórica evocadora de sus grandes gestas imperiales, cuando en nuestros dominios no se ponía el sol, y su correlato catalán, con el recordatorio de los sueños frustrados, secesiones aplastadas por la fuerza de las armas, odiosa dependencia identitaria respecto a una entidad estatal opresora o, en palabras del autor, “residuos del pretérito convertidos en pretexto de impotencia presente, en contemplaciones ensoñadoras de futuro”. Forcejeo que se prolonga al hilo del tiempo con nuevos argumentos y disfraces, arrogancia frente a victimismo, épica frente a lirismo herido, convertido éste en instrumento negociador cuando el Estado entra en crisis y se busca una solución pragmática al estéril enfrentamiento de esencias perennes y sentimientos nacionales ofendidos, a la confrontación entre las ilusiones dulcemente acariciadas y los límites avariciosos de la realidad.

Con ironía demoledora, trata del partido comunista antes de la fallida huelga nacional
La parodia narrativa de los distintos discursos políticos, nacionales, religiosos e ideológicos no tiene desperdicio. Junto a la del españolismo y catalanismo más rancios, el autor se entrega con ironía demoledora a la del partido comunista en vísperas de la fallida huelga nacional pacífica destinada a derribar el castillo de naipes en el que se asentaba la dictadura franquista: disquisiciones presuntamente científicas sobre las contradicciones del capitalismo, el distanciamiento paulatino de éste por la burguesía no monopolista, la toma de conciencia de las clases medias y el campesinado hasta el salto cualitativo final, la agrupación de todos los elementos dispares en un frente único encabezado por el Partido. Con singular destreza el novelista enlaza un discurso con otro —el del españolista al catalanista, el del “salto cualitativo” a la transustanciación de Cristo en la eucaristía— mediante un fundido encadenado que nos traslada del ámbito ideológico al religioso, pero con idéntica convicción doctrinal, propia de quien se cree en posesión de la verdad. Lo mismo la de la Biblia enseñada a niños y adolescentes que el manual de divulgación marxista, ese Politzer que circulaba de mano en mano en las aulas del Alma Mater.
La tetralogía que cierra magistralmente Teoría del conocimiento con la inserción de la novela escrita por el protagonista, incluye así lo creado y el proceso de creación del artista. Releída con calma al cabo de 30 años se nos revela como una de las más ambiciosas y logradas muestras del arte novelístico del siglo que dejamos atrás. Las prisas del consumidor de efímeros productos editoriales y la miopía de un buen sector de la crítica pasaron de largo por ella sin advertir su valía. Pero a diferencia de los éxitos de venta, la gran obra literaria no tiene prisas. Con premio o sin él, la historia se encarga de poner a cada autor en el lugar que le corresponde.
Juan Goytisolo es escritor.

viernes, 27 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre "Antagonía", de Luis Goytisolo. Por Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

   En "El País":

Un fuego de artificio

PIEDRA DE TOQUE. No hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir "Antagonía" estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo que rompiera moldes

 15 JUL 2012
En los años setenta, cuando yo vivía en Barcelona, Luis Goytisolo estaba empeñado en la heroica empresa de escribir Antagonía,la tetralogía novelesca a la que dedicó 20 años de su vida. Nos veíamos con frecuencia y hablábamos de muchas cosas pero, que yo recuerde, nunca me contó nada del libro en el que trabajaba en esos mismos años con tanto afán. Muchas veces me he preguntado por qué esa discreción y sólo ahora, que acabo de leer las 1112 páginas de la novela, en la reedición de Anagrama, entiendo por qué.
La razón es que no hay manera de resumir en pocas frases de qué trata este libro sin traicionarlo. Se ha dicho que relata el largo proceso en que su protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, descubre su vocación de escritor y escribe su primera novela (el cuarto volumen de la tetralogía), en un período de tiempo que comienza en las postrimerías de la Guerra Civil y termina con el final de la dictadura franquista. Esta síntesis, aunque no es falsa, tampoco es cierta, porque la novela es muchas otras cosas que no caben para nada en esa escueta fórmula.
En verdad, Antagonía no cuenta una historia acabada, con principio y con fin, sino fragmentos dispersos y arbitrarios de muchas historias que no se integran anecdóticamente, pero a las que da coherencia y unidad la voz que narra, una voz compleja y plural, de larguísimas frases laberínticas y sometida a constantes mudas en las que, con frecuencia y sin ninguna prevención al lector, se traslada del narrador omnisciente e impersonal a un personaje, y luego a otro, y a otro, y súbitamente regresa al narrador, exigiendo al lector una vigilancia tenaz para no extraviarse en ese territorio lleno de imprevistos y sorpresas por el que discurre la novela. A estas mudanzas entre el narrador omnisciente y narradores personajes se superponen otras, que mueven el relato del mundo exterior —descripciones de paisajes y escenarios urbanos, diálogos y análisis sobre las conductas, reflexiones sobre política, literatura, sexo, textos clásicos, etcétera— a un mundo subjetivo y secreto, el de las intuiciones, las emociones y los pensamientos y a veces, incluso, el de los sueños, mitos y meras fantasías de los protagonistas.
Para mí, las mejores páginas son aquellas que describen la atmósfera claustral de la dictadura
Libro ambicioso y complejo, difícil de leer por la protoplasmática conformación de la materia narrativa, es también un experimento que intenta renovar el contenido y la forma de la novela tradicional, siguiendo el ejemplo de aquellos paradigmas que revolucionaron el género de la novela o al menos lo intentaron —sobre todo Proust y Joyce, pero, también, James, Broch y Pavese—, sin renunciar a un cierto compromiso moral y cívico con una realidad histórica que, aunque muy diluida, está siempre presente, a veces en el proscenio y a veces como telón de fondo de la novela.
Para mí, las mejores páginas, las más logradas y conmovedoras del libro, son aquellas que describen la atmósfera claustral, castrada, asfixiante y enajenada de la dictadura, vivida desde la perspectiva de la clase media catalana, en la que crecen y van formándose Raúl Ferrer, sus amantes y sus amigos, sus actividades clandestinas en el Partido Comunista, su infecunda militancia, sus mítines universitarios, su paso por la cárcel, sus desencantos políticos, su lenta inmersión en el cinismo, el alcohol y el nihilismo, ese fracaso generacional que va volviéndolos a casi todos ellos mediocridades y caricaturas de lo que parecía que serían, de lo que hubieran querido ser. La manera como está representado este mundo en Antagonía es despiadada, y el desprecio del narrador incendia el lenguaje hasta impregnarlo por momentos de una ferocidad irresistible.
En cambio, en las largas y a menudo delicadas descripciones del paisaje catalán, tanto rural como urbano, se filtra, se diría que a pesar del anti sentimentalismo cínico del que hace gala el narrador, un sentimiento tierno, profundo, contagioso, que desagravia al lector del pesimismo tenaz que con frecuencia comunican otras páginas. Este contraste se hace particularmente visible en las escenas que transcurren en Cadaqués y otros lugares de la Costa Brava, en las que el lenguaje es tan preciso y precioso cuando se demora en describir los matices de la luz a la hora del crepúsculo, o las sombras de los árboles y arbustos en el bosque, o los movimientos del agua cuando sube y baja la marea, o el canto de los pájaros escondidos en lo alto del ramaje. Creo que no se ha dicho todavía de Antagonía la importancia que tiene en ella la política —no hay en España, me parece, una novela que haya descrito mejor el desguace cultural y moral que inflige a una sociedad una dictadura— y la bellísima recreación literaria de la tierra catalana, de su mundo natural, sus pueblos y aldeas, y de Barcelona con sus barrios, clases sociales, tradiciones, grandezas y miserias, que es también este libro, además de muchas otras cosas.
Por ejemplo, una serie de ensayos incrustados en el relato en los que, a veces el narrador, a veces un personaje, reflexiona sobre un abanico múltiple de temas, entre los que figuran, entre otros, Dante, la mitología griega, Moisés, Platón, el sexo, Sócrates, Goethe, el compromiso político, el matrimonio, el dogmatismo religioso e ideológico, el arte, la arquitectura, el urbanismo, y, principalmente, la técnica de la novela. A veces, estas páginas, donde la historia se inmoviliza o se eclipsa, tienen un interés intelectual, y a veces no y entonces resultan excesivas y sobrantes.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible
Pero no hay duda que el esfuerzo mayor de Luis Goytisolo al emprender la titánica tarea de escribir esta novela estuvo orientado a la creación de un lenguaje nuevo, de una manera de escribir que rompiera los moldes tradicionales del relato novelesco e inaugurara unos nuevos. Él mismo ha tenido la coquetería risueña de describir en la página 999 de Antagonía “la huella de Luis Goytisolo” en la novela: “esas largas series de períodos, por ejemplo, esas comparaciones que comienzan con un homérico así como, para acabar empalmando con un así, de modo semejante, no sin antes intercalar nuevas metáforas encabalgadas…”. Los críticos del libro hablan de la influencia proustiana en el estilo de la tetralogía, pero, a mi juicio, la semejanza con Proust tiene que ver sólo con la largura de la frase, su naturaleza serpentina, porque, a diferencia de lo que ocurre con el estilo en el autor de En busca del tiempo perdido, en el que las extendidas frases están siempre al servicio de la narración, en Luis Goytisolo esta última parece a veces nada más que un pretexto para la arborescencia lingüística, esa frondosa retórica que se proyecta con voracidad, apartándose de la delgada línea argumental, sobre todas las manifestaciones de la vida, infiltrándose en ésta como un parásito que crece y crece hasta sustituirla, hasta crear una vida propia que ya no refleja modelo alguno exterior a ella, sino a ella misma, una vida que es (nada más y nada menos) que puro lenguaje.
Tal vez la mejor descripción de la tetralogía aparezca en una de las reflexiones del narrador cuando éste (en la página 1040) imagina una obra literaria cuya estructura “semeja uno de esos castillos de fuegos artificiales en los que cada fase genera nuevas fases, cada vez más altas, cada vez más amplias. Pues bien: imaginemos una obra así, en la que, de cada una de sus partes surjan otra que a su vez generen otras y otras, en un despliegue más y más vasto”. Eso es, exactamente, Antagonía: un surtidor que se multiplica a sí mismo en tantos surtidores hasta dar la impresión de que en semejante arquitectura ha quedado atrapada la vida entera, en lo que tiene de infinito.
Cuando una obra es tan desmedidamente ambiciosa, se convierte en una tentativa imposible, es decir en una de esas novelas como el Finnegan’s Wake de Joyce, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Paradiso, de Lezama Lima o la mucho menos conocida Umbral, del chileno Juan Emar, que estaban fatalmente condenadas a no alcanzar la meta que se habían fijado, porque, simplemente, aquella era una meta inalcanzable. Sin embargo sería injusto hablar de fracasos literarios, porque estos libros, que tendrán siempre pocos lectores, siempre tendrán lectores, y sobrevivirán a todos los avatares, desde esos márgenes que admiraba tanto Rimbaud (el de “les horribles travailleurs”) desde los cuales irán siempre recordando a las nuevas generaciones de lectores y escritores que el secreto corazón que mantiene viva a la literatura es siempre ir más allá, establecer nuevas fronteras para la creación, renovar y revolucionar lo que ya existe, a imagen y semejanza de esa vida que la inspira y que es, también, a su manera, una tentativa imposible.
© Mario Vargas Llosa, 2012.
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