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viernes, 4 de diciembre de 2015

Entrevista al escritor Manuel Rivas, a propósito de su nueva novela, "El último día de Terranova"

   En "Babelia":

Manuel Rivas: “España es una democracia amputada”

'El último día de Terranova', del autor gallego, narra la posguerra y la Transición en España a través de la vida en una librería condenada al cierre


Manuel Rivas en A Coruña. / ÓSCAR CORRAL

"Allí es donde quemaron libros en el 36”, dice Manuel Rivas señalando al otro lado de la dársena de A Coruña. En su novela Los libros arden mal hay una foto de ese momento: un grupo de fascistas celebra brazo en alto la hoguera encendida junto al Club Náutico. Muchos coruñeses conocieron aquel episodio por esa novela. “En el escudo de Coruña, sobre la Torre de Hércules, había tradicionalmente un libro”, explica el escritor, nacido en el barrio de Monte Alto en 1957. “Lo quitaron después de la Guerra Civil. La democracia volvió, pero el libro no”. Si aquella novela de 2006 hablaba de la quema de bibliotecas, El último día de Terranova (Xerais en gallego, Alfaguara en castellano) narra ahora la amenaza de desahucio que pende sobre una librería.
PREGUNTA. ¿Quedaban libros por destruir o historias por contar?
RESPUESTA. Yo escribo en círculos concéntricos. Los libros no son cuadrículas ni propiedades separadas. En mi caso, la célula madre es la poesía. En los ochenta escribí un poema sobre la memoria ­—‘Pan negro’— y ahí está la semilla. Después vinieron La lengua de las mariposas, El lápiz del carpintero, Los libros arden mal y ahora este, que parte de la posguerra y llega hasta hoy. Siempre tengo la sensación de que cuando acabo un libro no se acaba la historia. Como en ese cuadro de Millet en el que las espigadoras recogen lo que quedaba debajo de la tierra después de la cosecha, cuando terminas una novela quedan granos que luego rebrotan. Son nuevos círculos con la misma simiente, no una prolongación. Salvo en la línea del horizonte, la recta es un atraso. Hay que romperla.
P. ¿Los círculos de la literatura pueden llenar los vacíos que deja la historia?
R. En parte sí. Hay incluso un camino paralelo entre la literatura y la arqueología. Vas encontrando signos y huellas que conectas hasta construir un relato. Hay un punto que los arqueólogos llaman línea de lo inaccesible. La historia no se detiene, pero los últimos restos suelen ser ceniza, producto de una destrucción o de un fuego. La excavación se detiene, pero la imaginación puede traspasar esa línea, ir más allá de la búsqueda histórica sin perder el principio de realidad. Ese traspasar lo inaccesible es lo propio de la literatura.
P. ¿Llegará un día en que las librerías serán historia y habrá que imaginarlas?
R. De las últimas historias que leí y que me conmocionaron porque coincidió con la muerte de Mankell, hay una en sus memorias del cáncerArenas movedizas, que cuenta algo muy inquietante para la especie humana. Hasta el siglo XX, los restos históricos eran monumentos más o menos ruinosos, pero lo que va a dejar nuestra generación no va a tener fin: los vertidos radiactivos. Dentro de 100.000 años, los arqueólogos pueden encontrarse con una pesadilla. Pero en el mismo libro se recoge otra historia. Un hallazgo imprevisto durante unas obras en Suecia: una osamenta que tenía al lado una figura de madera. Llegaron a la conclusión de que era un títere. Claro que el ser humano va a conservar el títere. Estoy convencido…. Bueno, “estoy convencido” [ríe] es una forma de empezar. Claro que va a haber un lugar como lo que hoy llamamos librerías. ¿Cómo serán? Eso para el próximo libro. Mira, es buena idea. Hay gente que nunca ha entrado en una librería.

Parte del viaje literario consiste en luchar contra tus convenciones, contra tu propia estupidez
P. ¿Recuerda la primera vez que entró en una?
R. Sí, se llamaba La Poesía. Luego nos acercamos por allí. Está cerrada, pero conserva algo. Cada vez que paso por ahí pienso: “¿Por qué no me hago librero?, ¿por qué no abro La Poesía?”. Tengo una especie de culpa. En casa no había libros y le compramos uno a mi madre. Siempre se le regalaba algo para la casa —una fregona, una cafetera— y mi hermana María, que era la vanguardia, dijo que le compráramos uno porque en la niñez mi madre había leído mucho. Por casualidad. Murió mi abuela y mi abuelo se quedó con 10 hijos. Era campesino, vivía al lado de la casa rectoral y una sobrina del cura medio adoptó a mi madre, que subía al desván y se pasaba el día leyendo vidas de santos, que es lo que había, pero también estaban los poemas de Rosalía. El primer libro de mi vida fue oír a mi madre recitar a Rosalía. Ella era la boca de la literatura. Total, que nos fuimos a La Poesía y vimos un libro que coincidía bien con el presupuesto. Era un tocho; mucho mejor, un regalo más grande. Se titulaba Cinco mil años de historia. Mi madre lo abrió y, bueno, asomó de una lágrima. Nunca tuve miedo de entrar en las librerías. Si vamos es porque hay gente con la que nos gusta estar, no solo por los libros, aunque los libros también son gente.
P. ¿Por qué ir a una librería si puedes comprar por Internet?
R. Si desaparece el factor humano en los intercambios —y una librería es un lugar donde alguien que te da el libro con la mano—, también va a desaparecer lo humano en el libro. Tal vez es demasiado determinista, pero hay parte de razón. La ciudad existe porque existen librerías, el taller de bicicletas, las tabernas… En Coruña abrieron un centro comercial. La gente se sentaba allí porque llueve. Pensaron: “Si se sientan, no compran”. Quitaron los bancos y la gente se sentaba en las fuentes, así que pusieron unos hierros. En los libros te puedes sentar siempre. La literatura es resistencia, una intervención contra la realidad. Una vez existió esa idea de las vanguardias de que podías cambiar el mundo pintando, cantando, bailando. Lo inútil podía influir en lo útil, cambiar la vida. Ahora se perdió eso. Hubo una renuncia. Asumimos el discurso de lo útil. “Vuestra utilidad es el entretenimiento”, nos dicen. “Dedicaos a eso”. Pero uno sabe que hay libros que le han cambiado la forma de mirar, y eso también es cambiar la realidad, ¿no? Aunque sea por un instante, en un tris. Un tris vale mucho.
P. El librero de su novela se identificaba de joven con David Bowie. ¿Algún músico le influyó tanto como Rosalía de Castro?
R. El salto de las falsas fronteras entre alta y baja cultura lo vivimos a través de la música. La poesía estaba pasada de moda, pero seguía en las letras de las canciones. Estuve muy colgado con Dylan, con la Velvet, con Joy Division, con Patti Smith. Creo que no metí a Patti Smith en el libro porque me quise quedar con ella.


Manuel Rivas en A Coruña. / ÓSCAR CORRAL
P. ¿Cabe la poesía en una novela?
R. Toda escritura es poética porque el lenguaje se pone o no se pone en vilo. Hay palabras que alcanzan esta condición. La lengua se pone en otro tiempo, que no es pasado ni futuro, sino otro tiempo. Esta novela tiene una hermana transgénero que es este libro [saca de la cartera A boca da terra, un poemario publicado en verano por Xerais]. Son hermanos siameses.
P. En sus libros de cuentos incluía poemas.
R. Empecé por ahí. Recuerdo estar escribiendo lo que a mí me parecían poemas en clase de matemáticas, con un profe muy serio. Pasó a mi lado y vio que en medio de las cifras había unos bichos. Me agarró la libreta. Pensaba que me iba a echar una bronca. Cuando me la devolvió dijo: “¿Por qué siempre escriben ustedes cosas tan tristes?”. Pensé: “Así que soy de una especie de club de los tristes”. Aquello me vino bien porque se dio en mí una reacción que es la marca moderna de la literatura: la ironía. Reaccionar contra el estigma de triste me activó el lado irónico. Otro detector de la literatura es que es una creación que no quiere dominar. La diferencia con otros discursos ­—la filosofía, la historia— es que no te quiere dominar. Cuando te quiere dominar notas que pasa algo raro, que está intoxicada.
P. ¿Mantiene activa la ironía para no convertirse en escritor nacional de Galicia?
R. Total. Caes en la caricatura si te consideras el símbolo de algo. Lo más triste que le puede pasar a un escritor es que lo conviertan en un monumento, decía Cortázar. Parte del viaje literario consiste en luchar contra tus convenciones, contra tu propia estupidez. Eso no quita que la literatura tenga una dimensión de activismo, pero no puede caer en la condición de instrumental. Acabaríamos matándola. Eso sí, todo lo que escribes te va a comprometer.
P. Sus protagonistas son muchas veces víctimas de la historia. ¿No se corre el riesgo de embellecer la derrota?
R. Por supuesto, por eso es importante enseñar lo que cada uno tiene de contradictorio. De cada personaje sabes a través de otro. Me lo dijeron de El lápiz del carpintero: los buenos son muy buenos, y los malos, muy malos. No lo creo. Precisamente para evitarlo le di la voz del narrador al verdugo. Pero es un riesgo. Por eso no me gustan los cuadrados. Estamos habitados por varios seres. En esta novela, a uno que es muy estudioso su hijo lo ve como un cobarde. Somos tambaleantes, frágiles. Escribir es estar en una posición de fragilidad.

Nuestra serie negra, esa que dicen que no hemos tenido, está en los libros de la Guerra Civil. La diferencia es que aquí la mafia ocupaba el Estado.
P. Parte de la novela transcurre durante los funerales de Franco y es crítica con lo que vino después.
R. España es una democracia amputada. Ya no tiene sentido discutir quién debía haber ido a la cárcel, pero la gente debe saber que un torturador como Billy el Niño sigue campando y que nunca hubo una comisión de la verdad. Hemos visto en televisión campos de concentración nazis, pero no franquistas, que hubo. Puedes acceder a documentos de EE UU, pero a los de aquí no. A lo que no podemos renunciar es a la verdad. Nunca es tarde. Nuestra serie negra, esa que dicen que no hemos tenido, está en los libros de la Guerra Civil. La diferencia es que aquí la mafia, la organización criminal, ocupaba el Estado.
P. Cuando termina la dictadura en España empieza en Argentina, también muy presente en este libro.
R. La Operación Cóndor se preparó en el funeral de Franco. Además, para mí fue muy importante escribir la historia de la aniquilación de la familia Oesterheld [“El desaparecido HGO”, recogido en A cuerpo abierto]. Les mataron las cuatro hijas sucesivamente. Tenían 24, 23, 19 y 18 años, alguna embarazada. A Héctor Germán Oesterheld todos lo adoraban, y no solo como guionista de los cómics de El Eternauta. Lo desaparecieron. Quedan dos nietos y la abuela, Elsa, que se preguntaba por qué seguía viva. La novela está dedicada a ella.
***
La Poesía sigue cerrada en la calle San Andrés. Rivas repara en que además han borrado el rótulo de la librería: “Mala señal”.

viernes, 17 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Grass/Galeano: la memoria musa". Manuel Rivas

Günter Grass

Eduardo Galeano

   En "El País":

La musa de sus obras era la conciencia. Una memoria en vilo que sentía y pensaba a la vez. Sentipensante. Günter Grass y Eduardo Galeano tenían muchas cosas en común. Por ejemplo, la mirada. La elocuencia de la mirada. “La mirada fértil, la mano sincera”, era el mejor elogio en los talleres de pintura flamenca. Una mirada que escuchaba y escribía. Capaz, a la vez, de avanzar hacia adentro y abrir el paso en la noche de otros. La consigna bien podría ser una pasión compartida: “¡Francisco de Goya!”. Y todavía, con más precisión, el título de la estampa 26 de Los desastres de la guerra, allí donde la mano sincera del pintor anotó a modo de grafiti. “No se puede mirar”. ¿Qué es lo que no se puede mirar? Una cueva con hombres, mujeres y un niño en brazos. A la derecha, asomando por la boca, las armas sin rostro. Esa cueva es una cámara estenopeica de la historia que registra todas las masacres. El Antes/Después del Horror. Goya anticipa la producción industrial de la muerte. La mirada de Grass y Galeano responde a aquella llamada insurgente que contiene el grafiti: Ver lo que no se puede mirar, escribir lo que no se puede decir. En la cueva yacen huesos, palabras y metáforas. Las miradas de Grass y Galeano desentierran las palabras, las curan, germinan en la mano sincera. Para contar lo indecible no sirve el lenguaje que solo quiere dominar. La consigna podía ser también Camus, Albert Camus, por ejemplo en la naturaleza de la relación carnal con el lenguaje: “No es el compromiso el que me lleva a las palabras, sino las palabras al compromiso”. La manera de escribir de Eduardo Galeano, cuando anotaba un murmullo de vida, una esquirla de historia, recordaba la forma de tocar del jazzista Django, que pulsaba las cuerdas con los dos dedos sanos de su mano quemada. El erotismo, la sutileza, que brotaba en el dolor. Günter Grass desvelaba las zonas de sombra, su andar caligráfico era situacionista: abría claros en el deslugar de lo siniestro, y a la vez dibujaba escondrijos para setas y erizos, escondites silábicos para los seres que hilan lo visible y lo invisible. Ese tejer era la forma de contar de ambos. Por eso en sus libros, como Espejos en Galeano, o Mi siglo en Grass, vemos información esencial sobre la condición humana y la descripción lúcida de la maquinaria pesada y depredadora de la historia del poder, pero también la capacidad de resistencia y artesanía de la belleza de las voces subalternas. A mediados del XIX, en los “años milagrosos”, fundacionales, de la literatura norteamericana, un crítico estableció una curiosa clasificación entre escritores “piel roja” y escritores “rostro pálido”. Un rasgo de los “piel roja”, como Walt Whitman, es que iban más allá de la frontera mental y estética establecida. Se nos han muerto, sin miedo, dos hijos de la frontera, dos bravos “piel roja”.

viernes, 18 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "La resistencia erótica del libro", por Manuel Rivas

Manuel Rivas

   En "El País":

La resistencia erótica del libro

Preguntarse por el futuro del libro es también, y sobre todo, preguntarse qué pasará con el ecosistema del libro: con las librerías y las bibliotecas, sobre todo las públicas. Sin librerías y bibliotecas, no existe la ciudad

 10 JUN 2012 

El libro siempre ha sido algo eléctrico. Y el acto de leer, electrizante. ¡Por fin a solas, con el libro deseado! Abrirlo y que te abra. ¿No oyen la crepitación? ¿No siente el estremecimiento, la quemadura incluso? Con razón, Clarice Lispector tituló a ese encuentro “la felicidad clandestina”.
Ese roce erótico es lo que percibimos en la iconografía de la lectura. Suelen ser cuadros que hoy vemos con una inquieta melancolía. Como el de la lectora que retrata Edward Hopper, con una maleta al lado, en una especie de habitación nómada. La mirada se nos vuelve táctil. La mujer tiene una cita. Un amor en verdad libre. ¡Un libro, claro!
Hay un momento extraordinario en Las uvas de la ira, de John Steinbeck, en el capítulo XIV, en el que se describe una metamorfosis de los pronombres personales cuando se ventila la vida, cuando se ponen en vilo: “La noche cae. El pequeño está resfriado. Toma, coge esta manta. Es de lana. Era la manta de mi madre, cógela para el bebé. Esto es lo que hay que bombardear. Éste es el principio: del yo al nosotros”.
¿Por qué hay que bombardearlo? ¿Qué tiene de peligroso? Ha nacido una cuarta persona, un pasaje entre lo singular y lo plural. En la oscuridad, se entrelazan soledades. Quien murmura, insurgente, es el cuarto pronombre.
Leer es escribir, y escribir es leer. Es un viaje radicalmente individual, hacia dentro, en lucha laboriosa contra la propia estupidez, como lo describió Rodolfo Walsh, otro “piel roja” de las letras. Un viaje hacia el otro lado del espejo, hacia el reverso enigmático. Allí donde Gregor Samsa se descubre diferente. La habitación de La metamorfosis es la cámara oscura de la humanidad. Como ojo de cerradura, como obturador, la luz entra y sale por la boca de la literatura. Lo que mueve esa boca, lo que empuja esa puerta hacia fuera, es la pulsión del deseo. La energía alternativa de re-existir. La obra de Kafka lleva al límite la dramática simultaneidad del andar literario: se abre un paso para llegar a lo inaccesible, pero en la frontera reina Terminus, ese intratable dios que exige su tributo de sangre.
El libro tiene forma de arca y maneras de barca. La construcción de Noé sería un mamotreto o rollo bajo el brazo. La memoria, que rema de espaldas, como un proceso de rescate, un desplazamiento que “sueña hacia adelante”. Y ese es el viaje de la Odisea: la memoria como invención y descubrimiento. Para saciar el hambre, en la Odisea, los compañeros de Ulises no respetan el juramento y matan las vacas del Sol (el tiempo, la memoria). Pero los pellejos, la carnaza, los restos, siguen mugiendo. Todos los libros donde murmura la boca de la literatura tienen algo de neogriegos. Vladimir y Estragón, en Esperando a Godot, se preguntan para qué hablan las “voces muertas”:

Lo que ocurrirá, lo que debe ocurrir, es una re-existencia del libro, con nuevas calidades estéticas
Estragón: Hablan de su vida.
Vladimir: Haber vivido no es bastante para ellas.
Estragón: No es bastante.
No, no es bastante. Es una necesidad. Oír los murmullos de las voces muertas. Oír las “voces bajas” de los vivos. En Pedro Páramo, Juan Rulfo identifica el lugar: “Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida”. Ese es el espacio donde se abre la boca de la literatura. Un local universal. Un hogar nómada, donde no existe centro ni periferia. Una aldea en forma de redoma de cristal donde se posa y apoya la esfera terrestre.
Rebelarse contra la injusticia, eso que hace hablar a la asna de Balaam, es lo más humano. Y otro rasgo que de verdad define al ser humano es la condición de “contador de historias”. Paul Celan decía que lo que más asemejaba a un texto poético era el acto de dar la mano. El regalo humano con plenitud, la sensación de que realmente estás recibiendo algo diferente, una parte del otro, algo que llevaba en su cámara oscura, es cuando recibes una historia desde “lo desconocido”. Una especie de confidencia cósmica. Un primer cuento o ese primer poema que es una canción de cuna. No hay ningún regalo, ningún cacharro,comparable para la criatura humana.
En el Talmud se dice que Dios inventó al ser humano para oírle contar cuentos. La verdad es que la divinidad única, si lo comparamos con la promiscuidad del Olimpo, debe tener sus inconvenientes. El gran momento narrativo de Dios es el Génesis. Con ese maravilloso encadenamiento de flash-back: “Pasó una tarde, pasó una mañana...”. Luego, como es sabido, se aburrió. Y ya Voltaire advertía que el único género imperdonable es el del aburrimiento.
Pero la literatura no solo es necesaria para entretener a Dios y de paso a los humanos. Si hay algo en común en todos los cuentos tradicionales, esos cuentos que llamamos infantiles y que en realidad son del género de narrativa criminal, es que tratan del miedo. Más en concreto, del peor de los miedos. El miedo al abandono. Para esclarecer el fondo muchas cosas que pasan hoy, la reforma (liquidación) laboral, por ejemplo, sería más recomendable leer Los músicos de Bremen que los informes económicos con que nos abruman los burócratas.
La atmósfera apocalíptica afecta muy directamente al libro y al periódico de papel, las dos criaturas predilectas de la era Gutenberg. La imprenta significó la gran revolución histórica en la democratización de la cultura. Por eso fue también tan perseguida. Para el apocalíptico consecuente, el fin de esa era coincide con el declive de una civilización. Vivimos una especie de melancolía ilustrada, tan desposeída de humor como de esperanza. Yo soy un pesimista esperanzado. Conviene ser algo optimista incluso en la rendición, porque así, desde la derrota de la cultura, podemos provocar un efecto boomerang imprevisible, como nos sugiere Stanislaw Lec en uno de sus pensamientos despeinados:“Cuando al rendirse al enemigo levantaron los brazos, resultaron tan amenazadores que el enemigo huyó por piernas”.
Lo importante es no dejar de ejercer el derecho a soñar. Preguntarnos qué hace y dónde está el “contador de historias”. Qué teme. Cuanto más nos despojemos del derecho a soñar, y de “soñar hacia adelante”, más sombra seremos. Un rebaño de sombras.
Existe también un optimismo estúpido, como una especie de superstición de la tecnología. Que toda innovación técnica, por una especie de automatismo, va a suponer un desarrollo cultural. Volvamos a despeinarnos con Lec: si un caníbal utiliza tenedor y cuchillo para comer, ¿eso es progreso? No sólo creo que son compatibles, el libro electrónico y el de papel. Lo que ocurrirá, lo que debe ocurrir, es una re-existencia del libro, con nuevas calidades estéticas. Crear el códice accesible, el códice de bolsillo. Al fin, el libro de papel es mucho más eléctrico que el electrónico.

No hay ninguna entidad que en proporción tenga tantos asociados como las bibliotecas públicas
Preguntarse por el futuro del libro es también, y sobre todo, preguntarse qué pasará con el ecosistema del libro. Con las librerías y las bibliotecas. En especial con las redes de bibliotecas públicas. Sin librerías y bibliotecas, no existe la ciudad. En psicogeografía, hay el lugar y el no lugar. El lugar es una unidad de emoción y memoria. Podríamos ser más precisos y hablar del tercer lugar. El lugar donde a la memoria y la emoción se suma el encuentro. Hoy es difícil señalar un lugar donde se dé mayor diversidad, mayor mezcla entre gente de diferentes generaciones, clases sociales, géneros, orígenes, ideologías, creencias o estéticas que en una biblioteca pública. Se habla mucho de los bajos índices de lectura en España, pero se habla poco de la gran revolución vivida en muchas ciudades, grandes y pequeñas, al crear, y con bajo coste, redes de bibliotecas públicas. No hay ninguna entidad, ni siquiera deportiva, que en proporción tenga tantos asociados como las bibliotecas públicas.
Algunas instituciones, por desgracia, ya han recortado los gastos en el suministro de libros a las bibliotecas. Esto sí que es fundir los plomos de la “civilización”.
Cuando el urbanismo humanista, avanzado, imaginó la ciudad como una ciudad-jardín, tenía la forma de círculos concéntricos, en los que cada círculo era un anillo verde. En el centro estaban los servicios públicos. Y desde luego, como una célula madre, la biblioteca. En la ciudad pluricéntrica, la biblioteca (concebida ya como un taller plural de artes) debería ocupar los lugares de referencia, la primera marca en las coordenadas humanas de la ciudad. El lugar sentipensante, de resistencia y re-existencia.
En ese sentido ecológico, el lugar de lo necesario coincide con el deseo. Un espacio donde una ley no establecida dice: no dominar. El lugar erótico, donde puedan encontrarse Anna Karenina y uno que dice ser Ulises, mientras Falstaff murmura: “Nadie sabe lo que puede pasar si viene junio un poco caliente”.

miércoles, 19 de marzo de 2014

PRENSA. "Lo urgente es curar". Manuel Rivas

   En "El País":

Lo urgente es curar

Quien mejor conoce la enfermedad, la suya y la de los demás, es la mujer. Eso se ve muy bien en el hospital de Bathalapalli. Las salas de espera están llenas de mujeres y cada una es una trabajadora social. Octava historia del libro 'Vicente Ferrer. Rumbo a las estrellas, con dificultades'. Por MANUEL RIVAS


Una niña recién nacida en el Centro de Planificación Familiar de Anantapur. / ÁNGEL LÓPEZ SOTO
Hubo una temporada de dificultades con las obras. En­tre otras cosas, hacía mucho calor. Y en Anantapur, cuando se dice que hace mucho calor es que arden las piedras. Hay días en que ni las sombras tocan el suelo. Por eso y por otras cosas, las obras no marchaban bien. Ferrer se presentó allí, reunió a los albañiles y les dijo:
—Vosotros sois dioses. Yo no puedo hacerlo. Ni esto, ni este otro. Pero vosotros, sí. Vosotros sois los que vais a levantar el hospital. Antes no existía y aho­ra puede haberlo. ¿Veis que digo la verdad? ¡Vosotros sois dioses!
Les convenció porque tenía razón. El hospital de Bathalapalli fue levantado y existe. Es la honra de Anan­tapur. En su escala, un hospital modélico en la India. Para la medicina social, una referencia en todo el mundo.
Antes de llegar, una leyenda en una piedra: la po­breza y el sufrimiento no están aquí para ser entendi­dos sino para ser resueltos. Me gusta esta decisión con que hablan las piedras en Bathalapalli. Albert Camus lo decía así: "Lo urgente es curar".
Me habían dicho: Vicente representaba el hemisfe­rio soñador, y Anna el de la razón práctica. Era la com­plementariedad, el pacto. Dos hemisferios tan bien co­nectados que producían un efecto multiplicador.
El sueño se hacía expansivo. Crecía en el territorio. Como el hospital de Bathalapalli. Pero estoy con Anna Ferrer, ella me guía, y se difumina la línea divisoria de los dos hemisferios. Anna dice mucho con pocas pala­bras. Pero su tono nunca es neutro. Al contrario. Son palabras en vilo. Nada de lo que dice se cae al suelo. Está sostenido por una pasión creativa. Anna es a la vez Vicente y Anna.
Somos lo que soñamos. Somos lo que hacemos. La raíz es la misma.
Los orfanatos, por ejemplo, no son mundos aparte. Están en el mismo espacio y vinculados tanto al ala hospitalaria como a los departamentos educativos.
¿Orfanatos? ¿Qué clase de orfanatos?
Los que acogen a los niños afectados de sida. Con VIH positivo.
El sueño venía impuesto por la pesadilla. En aquel momento, cuando se tomó la decisión, sabían que na­die estaba dispuesto a hacerlo. Muchos centros no aceptan a un niño. El virus actúa también como un estigma social.
Los dos orfanatos, las ciento cincuenta plazas para niños afectados, están repletos. Saludan. Juegan. El eco de sus juegos nos recibe en el escenario de la enfer­medad.
"Cuando llegan, llegan muy tristes, con el peso del estigma —dice Gerardo Uría, jefe del Departamento de Enfermedades Infecciosas de Bathalapalli—. La so­ciedad puede aceptar la corrupción, que alguien se haga rico irregularmente, pero no acepta esta enfer­medad. Es como una mancha para toda la familia. Como una maldición".
Los atendidos por estos orfanatos modélicos son niños y niñas a partes iguales. Llegan tristes, como ex­plicaba Uría, la vida era un callejón sin salida. Ni el hueco de una gatera había. Al poco tiempo se sienten mejor. Hay excepciones, pocas, pequeños tan lastima­dos por la vida que les cuesta mucho salir de su propia concha. "Aquí no hay estigma y la gran mayoría me­jora casi de inmediato. La infancia tiene esa capaci­dad. En pocos días aumentan cinco kilos de peso".
En el hospital de Bathalapalli se han atendido dieci­nueve mil pacientes de VIH. Por la dedicación y la calidad, un centro de referencia en la India y a escala mundial. El equipo que dirige Gerardo Uría, asturia­no, de treinta y ocho años, y que trabaja con la Funda­ción en Anantapur desde 2009, está formado por siete médicos, cuarenta enfermeras y treinta celadores. Muchos de los casos de sida se agravan porque están aso­ciados a tuberculosis, lo que hace que la enfermedad sea mucho más resistente a cualquier tratamiento y la mortalidad sea muy alta. En el recorrido con Uría, vi­sitamos esa área de alto riesgo: estaban siendo trata­dos ochenta y dos casos de VIH/tuberculosis. Uno de los logros del departamento es la detección de la tu­berculosis por medios avanzados, para lo que ha sido fundamental la colaboración de microbiólogos espa­ñoles.
Hay centros en los que los enfermos de sida son expulsados o ni siquiera se les acepta. Y todavía es muy difícil conseguir médicos locales que se impliquen en la lucha contra el VIH. La India es el tercer país en el mundo en el número de víctimas de esta epidemia. En el campo de la prevención, la acción gubernamen­tal ha mejorado bastante, según el doctor Uría, sobre todo en el reparto de condones entre sexworkers ("tra­bajadores del sexo"). En la India, el principal factor de riesgo lo representa el hombre casado y con familia que tiene contacto con la prostitución. Ese hombre contagiará a su familia. La enfermedad se descubrirá tarde. Y además, la culpabilizada será la mujer. En muchos casos, expulsada de casa, con sus hijos, sobre todo si son niñas. Ese suele ser el proceso.
Además de la atención sanitaria, las mujeres van a necesitar apoyo para sobrevivir y mantener a su prole.
A ellas van destinadas de forma preferente, por parte del Rural Development Trust Vicente Ferrer, las ayudas para dotarse de un medio de vida, desde una máquina de coser a la adquisición de vacas, búfalas o cabras.
La gente pobre y las castas más desfavorecidas son las más afectadas. Suelen acudir más tarde al trata­miento, si es que acuden. El estigma marca más. Y el costumbrismo religioso concibe la enfermedad como una tara irreversible del destino. El doctor Uría me habla de un caso reciente: el ingreso de una niña de catorce años, con un peso de doce kilos, que fue en­contrada en la estación de tren de Anantapur. La ha­bían dejado allí sus hermanos al descubrirse que tenía VIH positivo. Su estado se agravó por la fuerte depre­sión de saberse abandonada. Días más tarde me co­municaron que había muerto.
Junto con el VIH (y la tuberculosis), el suicidio fe­menino es una de las causas de mayor mortalidad en la India. Ketty Arce, treinta y un años, de Ecuador, médica en Urgencias de Bathalapalli, me cuenta que uno de los métodos más utilizados para quitarse la vida por parte de las mujeres jóvenes es la ingestión de henna. La sustancia elegida tiene, en este caso, todo el poder de una metáfora. La henna se utiliza para embe­llecerse y como tinte natural. Si se ingiere, es más peli­grosa que los insecticidas, también utilizados con fre­cuencia en los suicidios. La henna, y hay variantes con componentes muy tóxicos, causa edema de glotis y el fallecimiento suele ser muy rápido, en menos de una hora. Es lo que más temen en Urgencias: apenas hay tiempo para intervenir. El envenenamiento por la in­gestión de insecticida tiene un efecto más lento y con signos visibles.
¿Por qué este índice de suicidios, hasta ser la segun­da causa de mortalidad? "Además de las causas cono­cidas, como los matrimonios forzados —explica Ketty Arce—, en general la sociedad es muy exigente con la mujer en todos los órdenes. Por ejemplo, hay muchas chicas jóvenes que no soportan la suspensión de un examen. Para ellas los estudios son muy importantes, porque son un medio para aumentar su valor. Cuando una mujer tiene estudios, su precio es más alto, se le respeta más. Por una parte, los estudios mejoran tu condición, pero también hay una autoexigencia, una presión".
La palabra revolución, de tan manoseada, puede llegar a tener un significado banal. Pero recupera su sentido profundo al hablar del cambio que se está pro­duciendo en Anantapur en relación con la situación de la mujer. "Woman is the Nigger of the World", dice la canción compuesta por John Lennon y Yoko Ono. Anna Ferrer me había estado hablando del carácter nuclear de la mujer en esa revolución positiva. Como "campo de acción", la más necesitada entre los necesitados. Pero también como protagonista de esa trans­formación positiva. Vicente Ferrer era muy consciente de que el futuro pasaba por esa mirada ecofeminista. Él mismo lo explicaba de la forma más sencilla. Con el agua. Hasta la respuesta de las preguntas —¿quién es el primero que lo detecta? y ¿quién es el primero que lo sufre?— es la mujer. Suele ser ella quien la busca y quien la transporta.
Con quien habla el agua, con quien tiene confianza, es con la mujer.
También la enfermedad. Quien mejor la conoce, la suya y la de los demás, es la mujer. Eso se ve muy bien en Bathalapalli. Si la mujer no está enferma, está pen­diente, o está en camino, o atiende aquí y allá. Los patios hospitalarios, las salas de espera, están llenos de mujeres. Cada una equivale a una trabajadora social.
"La alimentación sigue siendo un problema —me había explicado Anna Ferrer—. No hablamos de ham­brunas. Pero en el hospital detectamos que una mayo­ría de mujeres padece anemia, un sesenta y dos por ciento. La dieta básica para ellas suele ser arroz con salsa picante. Padecen una gran falta de vitaminas, de minerales. ¿Por qué esa diferencia? Lo corriente es que las mujeres sirven, por este orden, primero al marido, luego a los hijos, luego a las hijas y, finalmente, ella. Muchas veces comen las sobras. Detectamos muchas niñas anémicas a los nueve o diez años".
Con ser grave, no es lo más terrible que le pasa a una mujer. La peor enfermedad que sufre la mujer es la violencia machista. Tiene diversas formas. Y no es raro que cause la muerte. Lo que ocurre con la mujer es la gran cura por hacer en la India emergente. Cada vez existe más conciencia, más inquietud, pero toda­vía es una reacción débil frente a ese destrozo de vidas que se asume como un coste cotidiano. Pero es algo tremendo. En víctimas equivale a una guerra. Y detrás de la apariencia, la vida para la mayoría de las mujeres es una esclavitud. Las obligan a casarse con alguien que muchas veces ni siquiera conocen. Tienen que pa­gar dote. Muchos maridos, ¡y suegros!, siguen pidien­do dinero toda la vida. Hay miles de violaciones que ni siquiera se denuncian porque es una deshonra para la familia. Si un hombre tiene muchas deudas, no es raro que se marche y deje la carga de las deudas a la mujer. Y se venden niñas. Hay huérfanas a las que venden por dos mil rupias. A veces, ni siquiera pagan nada por ellas.
El cambio de este estado de cosas depende del go­bierno, sí, de la administración, de la justicia. Aunque en la India hay buenas leyes, algunas muy avanzadas, el problema es que no se cumplen. Para que se pro­duzca ese cambio, tiene que haber una conciencia en las propias mujeres. No va a acabar esta esclavitud y esta violencia por arte de magia. Y cuando toman conciencia, las indias tienen mucho carácter. Hacen un trabajo extraordinario. Ellas son la fuerza de la Fundación, que ha tomado iniciativas que son una no­vedad total, como crear casas de acogida, centros de asesoramiento, pero también talleres de trabajo y un sistema de pequeños préstamos para que puedan re­hacer sus vidas. Las casas, la propiedad, están a nom­bre de las mujeres. Para que no puedan expulsarlas. Y también las cuentas en los bancos. Porque sin recursos propios, sin independencia, nunca se liberarán de esa esclavitud.
De esto se habla en Bathalapalli, donde lo urgente es curar.
"Una buena sanidad pública —dice Gerardo Uría, antes de volver a esa tarea urgente— es la mejor ma­nera de romper el círculo de la pobreza. Y al contra­rio. Una mala sanidad agrava el círculo de la pobreza. Lo más sucio es que se convierta en un negocio, que arruina a unos y hace ricos a otros. De eso tomé con­ciencia al venir aquí. Curar la enfermedad y curar la sociedad".

lunes, 21 de enero de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Manuel Rivas, autor de "Las voces bajas"

Manuel Rivas

   En "El Día de Córdoba":

"En la fibra de la buena literatura siempre hay un relato oral"

El autor Manuel Rivas desanda su vida y sus recuerdos en 'Las voces bajas', una obra con estructura de novela en la que defiende los sermones humildes frente al discurso del poder
CHARO RAMOS | ACTUALIZADO 20.01.2013Las páginas de Las voces bajas (Alfaguara), el libro más intimista de Manuel Rivas, desbordan de amor por su familia y por la literatura. El autor de El lápiz del carpintero Los libros arden mal novela sus memorias en esta obra que oscila entre la imaginación y la verdad para reivindicar la magia de la gente corriente. Siguiendo la estela de esa hermana anarquista que siempre le abría camino, María, a quien brinda un delicado homenaje, el periodista, poeta y novelista gallego recorre su infancia, adolescencia y primera juventud en un insólito ejercicio de libertad creativa, particularmente atento a los relatos orales. 

-Ha construido este libro como una autobiografía. ¿Lo es? 

-Si es una biografía es la de los otros; hablo de mí pero a través de ellos, que me llevan de la mano en este libro. Unos en un momento, otros en otro. Lo más correcto sería decir que lo escribió una especie de tercera persona porque aquí está el viaje hacia el niño que comienza a andar y descubre el mundo, pero también la mirada de quien hoy soy, del candidato a viejo que se mete en esa cámara oscura. Ambas miradas se cruzan en otro tiempo y en otro espacio que no es el pasado, sino el presente recordado. En latín hay una palabra, inventio, que se aplica mucho a las apariciones de santos y tiene el doble sentido de invención y de descubrimiento. Eso es lo que creo que le da a este libro una condición de novela. 

-¿A qué alude con la denominación de las "voces bajas"? 

-Para empezar son las voces de los niños. Por eso el relato comienza con mi primer recuerdo de la infancia: la visión de esos dos gigantes cabezudos que representaban a los Reyes Católicos, y mi madre conjurando nuestro miedo infantil mediante el humor y la ironía, llamándonos "¡tontos!". Creo que toda la obra está hecha con esa trama: un hilo de dolor y otro de humor.Las voces bajas son, por lo demás, las voces de la intrahistoria, el sermón de los humildes. Frente a ellas la Historia es una suerte de monolito cuya forma de lenguaje es la estatuaria y el discurso. Quien tiene el diccionario tiene el poder, decía Stalin. Quien manda es el dueño de las palabras. Lo apasionante es la estrategia de las voces bajas para sortear esa sustracción del lenguaje que lleva a cabo la Historia oficial. 

-Aquí asimila las voces bajas a las voces de la literatura. 

-Sí, porque la estrategia de las voces bajas es siempre literaria: usar el humor, la ironía, lo carnavalesco, la blasfemia e incluso el romanticismo, tan presente en el cancionero popular, para sortear esa maquinaria, ese lenguaje intimidatorio. Nosotros nos criamos en la posguerra en un lenguaje oficial donde era todo apodíctico, incondicionalmente cierto y no esperaba ninguna respuesta. En cambio, el lenguaje de las voces bajas está hecho de preguntas, dudas y susurros, de balbuceos y de silencios. Es muy propio de las culturas populares el hacer hablar a los muertos porque es una forma de rescate pero también de apoyo. 

-En su parvulario, donde durante todo un año tuvo como asiento una maleta, todos los niños soñaban con ser emigrantes. Un guiño tristemente actual en este país que vuelve otra vez los ojos a las oportunidades extranjeras. 

-Un día la memoria fermenta y el libro se echa a andar. Pero siempre hay un impulso, y eso lo piensas después: esta obra que trata de la memoria es efectivamente demasiado actual. Hablo de la emigración, del desahucio o de la relación que mantenemos con las cosas. Lo mejor de la memoria es lo que reciclas y este libro es un trabajo de reciclaje, de espigar, como en el cuadro de Millet o en la película de Agnès Varda. En este tiempo volvemos a espigar no sólo por necesidad material sino también por una necesidad mental. Ha habido una marea de mierda muy grande. Lo que se llamó despilfarro y burbuja inmobiliaria de alguna forma se ha producido también en el campo del lenguaje y del pensamiento. 

-En ese afán de escudriñar sus pensamientos y su propia obra también se ha reencontrado con autores que juzga esenciales. Al menos, varios de ellos son homenajeados en este libro. 

-Al principio en esta obra incluía muchas citas literarias y me obligué a rebuscar más. Y unas espigas llevaban a otras como marcas que para mí se confunden. Si hablo de Samuel Beckett en Las voces bajas es porque para mí todos los viejos que veía en las tabernas me parecían Beckett. Y si menciono a Juan Rulfo lo hago porque cuando leí por primera vez sus cuentos reconocí ahí todas las conversaciones que escuchaba en mi infancia. 

-Muchos de las historias que intercambian los personajes de este libro las hemos visto cobrar forma en algunas de sus novelas y libros de cuentos. ¿Qué papel otorga a la literatura oral? 

-Para mí en la fibra de la buena literatura siempre hay un relato oral. Es falsa la convención de que la literatura oral no responde a una estética o elaboración sino que se la asocia con la espontaneidad, la pobreza formal o temática. Un buen relato oral requiere una construcción, una tradición y una ruptura de la tradición también. 

-También repasa aquí sus inicios en el periodismo y el ejemplo que le ofreció su hermana María desde la resistencia contra la dictadura. ¿Qué queda de aquellos ideales de juventud? 

-No idealizo mi período antifranquista. Además, un recurso de las voces bajas es, de alguna forma, zafarse de la Historia, intentar salirse de ella y dejar a los poderosos con la maquinaria pesada. Nosotros nos quedamos con nuestros zapatos, nuestras espigas y nuestros cuentos, parecen decir. A principios de los años 80 había mucha incertidumbre en España. Cuando parecía que salíamos de la pesadilla se produjo el golpe de estado del 23-F. Pero los depósitos estaban llenos de esperanza, pese a todos los obstáculos y trampas que sabías que había. A mí lo que me inquieta más ahora de la crisis que afrontamos es que se ha producido un vaciado de la esperanza, una sustracción. Lo de las preferentes es fastidiadísimo, que te recorten la educación y la sanidad también, pero lo peor de todo es que te sustraigan la esperanza y el sentido de las palabras, que te dejen sin palabras.

lunes, 29 de octubre de 2012

PRENSA. "Esto y aquello". Manuel Rivas

Manuel Rivas

   En "El País":

 27 OCT 2012

En una carta de felicitación de cumpleaños, el escritor Saul Bellow le decía a un viejo amigo: “No te preocupes por esto y aquello, esto y aquello no importan demasiado en la suma final”. En su día lo leí como una ironía reparadora, pero ahora vuelve a la cabeza como un sarcasmo. Entre nosotros, en confianza, esto y aquello empiezan a sumar demasiado. La cifra de parados, que avanza implacable hacia un invierno de seis millones de personas, tiene ya esa dimensión de lo indescifrable. Allí donde se pierde la cuenta. En lo desalmado. En ese territorio del desahucio, de la desposesión, estamos ya en la cuenta de las bajas mortales, con gente rota que acaba de romperse del todo por despidos injustos y por el mecanismo de las ejecuciones hipotecarias. En el último año, se han incrementado en un 25% los lanzamientos,las expulsiones de gentes de sus viviendas o locales de trabajo. Legal, sí, pero criminal.
El reciente informe de una comisión de jueces es demoledor. Atribuye esta situación a la “ligereza y mala praxis” bancaria. Pero mientras el dinero público, sustraído a los ciudadanos, se destina a sanear las cuentas de los causantes del estropicio, nadie detiene la apisonadora. Las viviendas que pierden las familias en apuros pasan de nuevo a manos de los expoliadores y a precio de saldo. No es mafia, pero se parece un huevo. Lástima que esta casta, la que se enriquece con la ruina, no se muera de risa. No hay lucha de clases. Lo que hay es un Estado de abuso: sangría a los asalariados, estupor de clase media, estampida emigrante de jóvenes. Y privilegios para los privilegiados.
En el drama del desahucio, ¿por qué no se aprueba ya una moratoria que evite que la gente quede a la intemperie mientras no se revisa una ley anacrónica e injusta?
Esto y aquello y lo otro están sumando de más.

martes, 16 de octubre de 2012

PRENSA. Sobre el hundimiento del 'Prestige". Por Manuel Rivas



Hundimiento del 'Prestige' tras partirse en dos el 19 de noviembre de 2002, a 250 kilómetros de la costa gallega / XURXO LOBATO. ("El país")

   En "El País":

El barco del 'rumbo suicida'

En noviembre de 2002, el 'Prestige' colisionó contra la costa gallega

Llevaba 77.000 toneladas de fuel pesado en sus tanques

Aquella terrible 'marea negra' despertó una movilización ciudadana que permanece viva

Diez años después de la catástrofe comienza el juicio contra los acusados

 12 OCT 2012

Hace 100 años se hundió el Titanic. Hace 10, el Prestige. Son ya dos símbolos en el calendario apocalíptico del mar. Los dos se hundieron, entre otras cosas, por el pecado capital de la codicia. El Titanic era apolíneo, futurista. Iba lleno de viajeros triunfadores, o con juego de naipes para serlo algún día. Su puerto de destino era el skyline de la gloria. El Prestige era un barco corroído, de la época de los grandes cacharros petroleros, con bandera de conveniencia y un destino encubierto. Carne de desguace, lucía en proa su nombre como un sarcasmo de la globalización. Su carga, miles de toneladas del combustible habitual en las “calderas del infierno”, hacía de él un potencial leviatán. Un monstruo marino.
Y lo fue.

El buque llevaba dentro la escoria del crudo, con un 2,58% de azufre
Hay constancia de algún marino que al ver la catadura herrumbrosa delPrestige dijo: “Prefiero no hacerlo”.
El veterano Apostolos Mangouras, natural de Ítaca, dijo que sí. También Ulises, paisano de Mangouras, se atrevió a navegar al Hades, al inframundo. La nave, de casco sencillo, con 26 años de vida, había sido sometida a implantes de chapa unos meses antes en un astillero chino, en Wan Souk. Con tripulación en su mayoría filipina, de 27 personas, con muy bajos salarios, el Prestige partió el 5 de noviembre de 2002 del puerto de Riga con 77.000 toneladas de fuel pesado en sus tanques. El último poso, la escoria del crudo, con un 2,58% de azufre. El buque llevaba bandera de las Bahamas, es decir, de conveniencia, vulgo pirata. Era teórica propiedad de una empresa teórica, Mare Shipping Inc, fachada de armadores griegos, los coulouthros, bastante ilocalizables en caso de necesidad. La encargada del flete era Crown Resources, con sede en el cantón suizo de Zug, una empresa mutante del consorcio Alfa Group, propiedad del oligarca ruso Mijaíl Fridman. Como escribió Rodrigo Fernández, pocos días después del accidente, en una crónica impagable desde Moscú: “Crown es una empresa sin reputación, y por tanto no está preocupada por su prestigio”.
La mercancía que llevaba era inservible para quemar en Europa. Así que zarpó de Riga, con escala prevista en Gibraltar, a la espera de órdenes para dirigirse a un destino final, probablemente Singapur. Ocho días después, a las 14.15 del 13 de noviembre, en Salvamento Fisterra, captaron un balbuciente mayday, llamada de auxilio. Procedía de un buque llamado Prestige. Tenía una herida en estribor y había temporal, con viento Oeste.
“¿Sabes? El mar es un milagro”. Lo dice con la convicción del pintor Lugrís, que pedía a los penitentes en las procesiones: “¡Deberíais arrodillaros ante el mar!”. Él está jubilado, Juan Manuel, ya no puede ni quiere pescar, pero le gusta de vez cuando ir con el espejo, esa especie de humilde cámara estenoscópica del mar, para ver lo invisible. Sí, el mar es el milagro, dice Juan Manuel Gómez Leis, de 63 años. A los 15 años salió de Lira y embarcó como pescador en el puerto vasco de Ondarroa. Después estuvo años en Groenlandia y en Terranova en la pesca del bacalao. Ahí sintió el “dolor del mar”: la sobrepesca brutal, sin reparar en tamaños. Luego recorrió el mundo en petroleros noruegos. Le impactó Nigeria, aquella gente pobrísima, disputándose a nado las sirgas de amarre de los barcos. Le gustó San Francisco. Pudo quedar en Estados Unidos, como muchos marineros de Muros o Carnota. Pero él tenía, desde los 15 años, camino de Ondarroa, un sueño en la cabeza. Su propio barco. De bajura. Ir con su propio espejo para ver lo invisible. Y cumplió el sueño. Y todo es más verosímil porque el mar comparece en el ventanal de la cofradía de Lira, en la ensenada de Carnota, donde hablamos. Ahora miramos en silencio esa película hechizante. Deberíamos tener el oído de los cetáceos o del delfín Gaspar, que bromea con los pescadores y hasta con la Guardia Civil del Mar. Este lugar fue uno de los más afectados por la marea negra delPrestige. Ahora es la primera reserva de pesca artesanal, Os Miñarzos, con un área de 1.200 hectáreas que incluye dos espacios de reserva integral, intocables, para la cría. La crearon ellos, los pescadores. Y Juan Manuel, entonces patrón mayor de la cofradía, fue el alma materde la más importante experiencia alternativa para una pesca sostenible en Galicia.


Voluntarios luchando contra la 'marea negra' del 'Prestige', en 2002 / CARLOS SPOTTORNO
“El fuel, entre aguas, avanza sigilosamente”, dijo entonces un técnico francés con perturbadora precisión técnica y poética. El 1 de diciembre de 2002 convocaron a los patrones mayores de urgencia en Caión (A Coruña) para una reunión oficial con el entonces ministro Mariano Rajoy, encomendado por Aznar para embridar la protesta en Galicia. No hubo reunión. Una simple rueda de prensa. “Fuimos víctimas de una estratagema para alejarnos de Santiago”. Ese día, con el lema Nunca máis, una marea cívica llegó a Compostela, en la mayor manifestación de la historia de Galicia. Bajo la lluvia, miles y miles de paraguas adquirían un simbolismo insurgente. En 25 años se habían registrado 10 siniestros contaminantes. El Prestige parecía convocar a todos los espectros. También el Gobierno se movía entre aguas. Negaba una y otra vez la evidencia. No había peligro de marea negra. No hubo turno de preguntas.
Juan Manuel algo sabía de barcos, temporales y vertidos. “Habían tomado la peor decisión. En el primer momento, el temporal no era tan grande. El barco no se habría roto si lo hubieran metido en un puerto de abrigo. Pero se empeñaron en turrar hacia fuera, cuando arreciaba el temporal. A partir de ahí, todo fue un absurdo, aquella deriva, arrastrando el barco como un monstruo que vomita. Pero luego estaba aquel estilo. La sensación de que el pueblo molestaba. Callado, mucho mejor. Yo sentía un malestar. Si eres marinero y estás orgulloso de serlo, lo que le pasa al mar te pasa a ti”.

Los marineros han creado una reserva artesanal para promover la pesca sostenible en galicia
Aquella tarde, cuando volvieron a Lira, rumiando las verdades que no pudieron soltar, el chapapote salió de entre las aguas. Ese recuerdo lo pone todavía en vilo. Habla para sí y para el mar. El monólogo del patrón Leis. Golpeaba ahí, detrás del muelle. Había un ambiente de duelo. Una cosa así es como la peste. Cambia todo. Al mar y a las personas. Se pega a las palabras como a las olas. El fuel se había apoderado del mar. Eso era lo que más miedo metía. Que algo dañino fuera más poderoso que el mar. Que se pegase a él, como lo falso se pega a lo honrado. El mar hechiza. Te calma. Puede estar inquieto, bravo, pero te invita a luchar. Ver el mar derrotado, enfermo, eso sí que deprime. Lo que nos salvó fue hacerle frente. Y el apoyo de los de fuera. Te llamaban de todas partes. Aquí fueron recibidos como una bendición. Un año después, todavía venían voluntarios a limpiar las piedras como si fueran criaturas. Todo eso es impagable. Si el Estado tuviera que pagar ese trabajo, no habría de dónde. Lo que no hicieron bien, cuando vinieron los de la empresa pública, fue utilizar maquinaria pesada para limpiar. Esas rocas no tienen ahora ni verdillo. Están peladas. Eso sí, confío en el mar. El mar se protege a sí mismo. En la lucha contra la marea negra empezó a germinar la idea de la reserva. Costó mucho trabajo. Muchas asambleas. Vencer reticencias, desconfianzas, dentro y fuera. La idea fue saliendo adelante. Para mí, eso sí que fue vencer, de verdad, al Prestige y a todo lo que significaba. En Cedeira crearon otra reserva. Ojalá cundiese el ejemplo. ¡Aún estamos a tiempo! Yo siempre dije: ‘No hay que ser impaciente. Hay que darle tiempo al mar’. Pero ahora hay problemas. No puedes mantener una reserva sin vigilancia. Y la Administración se había comprometido a eso, era su ayuda. Ahora vienen los recortes. Nos dejan otra vez solos.
Juan Manuel mira hacia el mar de Lira. Le ayuda a hablar. Le ha estado susurrando. Ve lo que yo no puedo ver. Los prados de algas. Las rocas. Los cardumes. La reserva. Se cruza la sombra de una nube. Repica con los dedos. Parece que va decir algo así: ‘Vienen malos tiempos, otra peste’. Pero se levanta. Esta gente de Lira tiene ojos de espejo, de mirar lo invisible. Tiende la mano. Es como un noray. Dice: ‘El mar sí que es un milagro”.
En un trabajo universitario sobre el Prestige encuentro esta frase de Paul Virilio: “Un accidente es un milagro, pero al revés”. Tiene el efecto de una bengala de doble sentido.
El accidente del Prestige fue mucho más que un accidente. El vertido de 77.000 toneladas de piche, galipote o chapapote, último poso del hidrocarburo, afectó en masa el litoral de Galicia, pero también el norte de España y el occidente francés. Unos tres mil kilómetros de costa. Figurará como una de las mayores catástrofes ambientales en los mares del planeta, junto con el Torrey Canyon (Cornualles, 1967), el Amoco Cádiz (Bretaña, 1978), el Exxon Valdez (Alaska, 1989) o la producida por la plataforma petrolífera Deepwater Horizon de BP (Golfo de México, 2010). Y sobre todo, como un modelo de lo que no hay que hacer en caso de emergencia. Con ocasión de otro rocambolesco episodio, de menor impacto, en el canal de la Mancha, un práctico británico declaró a la BBC: “Nuestro mayor problema es echar de las rutas de navegación a los idiotas”. Nadie se dará por aludido en el caso Prestige. La idiotez estaba en los despachos. Fue allí donde, desde el primer momento, se adoptó una decisión descabellada. Alejar el buque siniestrado para hacer desaparecer el problema por una suerte de nepotismo mágico. En expresión del auto de la Audiencia coruñesa, tomar “rumbo suicida”. Este auto, que imputó al director general de Marina Mercante, en el Gobierno Aznar, expone que “no es imaginable un desastre (excluidas vidas humanas) de superior dimensión”. Y concluye: “Peor, imposible”.

El gobierno se movía entre aguas. Negaba una y otra vez la evidencia. hablaba de “hilillos de plastilina”
Los políticos en la cima del poder, cuando los corona el ego, suelen sobreestimarse como prestidigitadores. Debe de ser relativamente fácil hacer desaparecer la expresión “marea negra” de los telediarios e imponer los eufemismos “irisaciones” o “manchas dispersas”, e incluso entrar en la historia mundial del surrealismo informativo con “los hilillos de plastilina que se solidifican al alcanzar la verticalidad”. No debe de ser difícil ordenar al fiscal general que investigue, a la manera de la cazas de brujas de McCarthy, a los portavoces de la protesta cívica. Parece contraindicado en un jefe de Gobierno, pero ocurre cada vez con más frecuencia, el tratar de forma hostil a la gente que no es dócil al imperio de su voz: “Esos perros que ladran su rencor por las esquinas”. Es posible prohibir manifestaciones democráticas como las convocadas en Madrid y el Obradoiro, pero los jueces revocaron las órdenes del Ministerio del Interior. Todo esto es posible. Pero lo que no es factible por ahora es hacer que se esfume un gran tanque con 77.000 toneladas de “combustible del infierno”.
Aznar vivía su apogeo político, su momento de gracia. En su Corte de los Milagros. ¿Por qué ese empecinamiento en el error de convertir un accidente en un milagro al revés? Desde el primer momento se tomó la decisión de “rumbo hundimiento” (o “rumbo suicida”, según el auto de la Audiencia). ¿Por quién? ¿Por qué? Las conversaciones mantenidas desde Fomento con otros organismos ponen los pelos de punta. Por ejemplo, el día 14, a las 18.53, cuando ya se ha producido la “subasta” de remolque y el Gobierno se desentiende del operativo en manos de la compañía holandesa Smit.
Subdelegado del Gobierno (A Coruña): “¿El barco va muy lejos?”.
Fomento: “Huy, ya está, Madre de Dios, estará a treinta y tantas millas”.
Subdelegado del Gobierno: “¿Treinta y tantas?”.
Fomento: “No, como siga así, este llega a Groenlandia”.
Subdelegado del Gobierno: “Bueno, pues que llegue allá”.
Fomento: “Sí, joder”.

“Si eres marinero y estás orgulloso de serlo, lo que le pasa al mar te pasa a ti”
Subdelegado: “Vale, muy bien”.
El 16 de noviembre, la primera granmarea negra ya alcanza la Costa da Morte. Los sucesivos cambios de rumbo la extenderán por toda Galicia. La segunda zona más afectada serán las Rías Baixas, incluido el parque atlántico de las islas Cíes. Los marineros le hacen frente con sus propios medios. Para el seguimiento de vertidos, la información más fiable procede de Francia y Portugal. El Gobierno sigue negando la existencia de marea negra. El barco rompe y se hunde en la mañana del día 19. Fuentes gubernamentales dan por “solucionado” el caso: el fuel se “solidificará” en las aguas frías y profundas de la fosa atlántica. En realidad, el Prestige seguirá regurgitando y será necesaria una costosísima operación para sellarlo y extraer el fuel, que culminará a finales de 2004. Para esa fecha, en tierra, se habrán recogido 62.000 toneladas de residuos. En aquel tiempo funcionaba como doctrina oficial la justificación que se dio a un episodio oscuro de expulsión de inmigrantes: “Teníamos un problema y lo hemos solucionado”.
El milagro también fue mucho más que un milagro. Eliseo Reclús, el geógrafo librepensador, pionero del ecologismo, definió al ser humano como “la naturaleza tomando conciencia de sí misma”. Y eso fue lo sobrenatural. Nunca antes, sobre el terreno, se había producido un movimiento de solidaridad de semejantes dimensiones por un desastre ecológico marítimo. A la movilización sin precedentes de las gentes del mar en Galicia se unieron decenas de miles de voluntarios, la mayoría procedentes de otras partes de España, pero también de otros muchos países.
Leonor Lago, que ahora tiene 55 años, bajaba hacia la orilla del mar con otras mariscadoras cuando se cruzó con dos chicas de acento “de afuera”. Lo que más le llamó la atención eran los regueros de lágrimas, los surcos en los rostros tiznados. “Lloraban sin consuelo, como dos Magdalenas”. Ella también había llorado cuando un amanecer de noviembre de aquel 2002 se asomó a la ventana y vio la gran playa de Carnota convertida en un infierno. Lloró sola, en silencio, porque desde niña, desde que recogía algas, le dijeron que tenía que ser una “mujer de hierro”. Por alguna razón le impresionó más ese lloro forastero. Alguien preguntó: “¿Y estas, por qué lloran tanto?”. “¡Por nosotros!”, respondió Leonor.
Cinco “mujeres de hierro” conversan ahora en Caldebarcos. Son mariscadoras desde hace 25 años, cuando se integraron en la cofradía. “Nacer, nacimos furtivas”, dicen con ironía. María Teresa Lado, Carmen Formoso, Elena García, Filomena Casais y Leonor Lago son “mujeres de hierro” porque nunca han tenido un catarro. Su trabajo es anfibio y más intenso en invierno, trabajando en las rocas marinas o con el agua al cuello. Lo que más les rinde es la mexilla, la cría del mejillón, para la producción de las grandes bateas. Aunque hace un año que no cobran, “la crisis y todo eso”, siguen a ello. ¿Por qué? “Para pagar el seguro, hijo. Trabajamos para aguantar el seguro”.
–¿Está todo limpio?

Desde que trabajó en la limpieza de la ‘marea negra’, María Teresa, de 60 años, padece asma
–Por dentro, no. En las calas, debajo de los coídos (cantos rodados). Y en las dunas, si catas. Todavía hay capas de esa mierda. A veces, el mar la pone al descubierto.
El chapapote sí afectó a las “mujeres de hierro”. Desde que trabajó en la limpieza de la marea negra, María Teresa Lado, de 60 años, viuda, con tres hijos, padece asma. Y Elena García, de 50 años, casada, con un hijo, una extraña alergia en la piel. “Vinieron varias veces. Hicieron un montón de estudios. De nuestra salud. Del estado del mar”. ¿Y qué? “No volvieron. Nunca nadie nos dio ningún resultado”. Lo que nunca olvidarán ellas es a la gente blanca. “A aquellas chicas que lloraban por nosotros”. Ahora mismo, si hubiera una catástrofe semejante, ellas también se irían voluntarias. Dice Filomena Casais: “Yo ya he donado todo. Este mundo quiere otro”.
Una de aquellas chicas que lloraba “por nosotros” bien podría ser Soledad Méndez. Extremeña, nacida en Cáceres, tenía 28 años cuando vio las imágenes apocalípticas de aquella peste en las playas de Galicia. Sintió una punzada que venía de la infancia. Su abuela materna era gallega, vivía con ellos. Soledad tenía un trabajo, pero recorrió 800 kilómetros rumbo a Galicia. Limpió en Ferrol, en Corrubedo, en Muxía. Al final, en el puente de la Constitución, en diciembre de 2002, llegó, y en medio de un temporal, a Fisterra. Durante meses trabajó en la playa Langosteira. “Dejabas todo limpio, y al volver, por la mañana, habían llegado nuevas balsas, otra vez aquella peste viscosa”. Trabajó también en calas de más difícil acceso. En Fisterra encontró una nueva familia,procedente de Japón, Italia, Brasil, isla de Man… Y de Galicia, claro. “Seguimos en contacto. A veces, los que podemos, nos reunimos para ir a limpiar de desperdicios alguna parte de la costa”. Se ríe: “Mi hija me dice: Relájate, mamá. ¡Vamos a nadar!”. Su hija no tiene miedo al mar. Se siente parte de él. Ella le dice: “¡Cuidado, que el mar no te va a preguntar!”. Nació en diciembre de 2003. Se llama Alegría Fisterra. “Conocí a su padre aquí, también voluntario. Quedé embarazada el Día de la Mujer, en marzo de 2003. Yo no pensaba tener hijos. No me gustaba el mundo en su conjunto. Pero ver a tanta gente solidaria, entregada, desinteresada, me cambió la mente. Yo limpiaba el mar y el mar me limpiaba a mí”. Así que cuando mira el mar con Alegría puede decirle: “Perdona que te trajera al mundo, pero fue por esto”.
Ahora, Soledad trabaja en el mar de Fisterra. Es marinera de puente y guía en una embarcación que hace rutas por la costa. Le gustaría trabajar en un barco de pesca artesanal. “Pero todavía hay tabúes”. Sueña con su propio barco. Un barco de mujeres pescadoras.
El auto de la Audiencia de A Coruña, un documento que honra a la justicia después de un proceso de instrucción empantanado durante años en el pequeño juzgado de Corcubión, habla también de una “socialización del daño” a causa de la mala gestión de la crisis. El psiquiatra Cipriano Jiménez Casas creó el término Prestigestrés para definir el impacto psicológico de la catástrofe. La desinformación y las maneras antipáticas del poder podrían agravar ese estrés postraumático. En un país, además, donde llovía sobre mojado. Que sufría una especie de deuda histórica catastrófica. Por el intenso tráfico marítimo, el llamado corredor atlántico, con grandes buques, muchos de ellos con hidrocarburos y otras mercancías peligrosas, Galicia está en primera línea de riesgo. Desde 1968, se cuentan al menos diez siniestros marítimos con demoledores efectos contaminantes. Cada generación tuvo su monstruo marino. Los más graves: petrolero Bonifaz(Fisterra, 1968, con nueve tripulantes muertos), Polycommander (Vigo, 1970, 70.000 toneladas de crudo), Erkowit (A Coruña, 1970, diez toneladas de insecticida que destruyen la vida en la ría), Urquiola (A Coruña, 1976, 110.000 toneladas de petróleo), Cason (Fisterra, 1987, con toneladas de mercancías peligrosas, y en el que fallecieron 23 tripulantes), Aegean Sea (A Coruña, 1992, 72.000 toneladas de petróleo). No se puede decir que la población permaneciese siempre pasiva. En 1981, y a partir de la odisea de un pequeño pesquero, elXurelo, que llegó al lugar del crimen cuando se producían los vertidos en la fosa atlántica, una gran protesta que se extendió a Europa consiguió el cierre de los cementerios nucleares en el mar. En el caso del Aegean Sea, las mariscadoras coruñesas se manifestaron por vez primera con el lema de Nunca máis. ¿Qué significó el Prestige? La pretensión de hacerlo desaparecer no solo lo hizo omnipresente e infinitamente más peligroso, sino que convocó a todos los espectros de los siniestros del pasado. En La gastritis de Platón, y a propósito del compromiso cultural, el escritor Antonio Tabucchi concordaba con Umberto Eco en la conveniencia de llamar a los bomberos en caso de incendio. Pero, a continuación, planteaba una pregunta muy interesante: ¿qué pasa si no acuden los bomberos?
Luis Dopico, nacido en 1948, pescador de bajura desde chaval, siempre en el entorno de la torre de Hércules y la bahía coruñesa, fue, acaso, el primero en plantarse ante la Delegación del Gobierno con el blasón delNunca máis. Había sufrido los desastres causados por el Erkowit,Urquiola y Aegean Sea (Mar Egeo). Cuando el caso Prestige era presidente de la agrupación de bajura de la cofradía de A Coruña. Ya que no acudían los bomberos, ante la inacción gubernamental, encabezó en su zona la flota de pescadores que salió a hacerle frente al chapapote. “Un día, cuando volvíamos con los residuos, nos dijeron que nos arreglásemos para depositarlos en un lugar fuera de la vista, alejado del puerto. Nos amenazaron con no surtirnos de gasoil”. Cinco meses después, a Luis Dopico le diagnosticaron un cáncer y fue operado en abril de 2003. Cuando se pudo poner en pie volvió a primera línea. De él partió la idea de hacer la marcha de las maletas. Una marcha de decenas de miles de personas, cada una con su maleta, que recrearon la iconografía de la emigración como denuncia. “El gallego no protesta, emigra”, dijo Castelao. Pues allí estaba el gallego protestando.
–He estado mucho tiempo solo en el mar. De repente, estábamos unidos. No me dejé abatir por el cáncer.
Dopico sostiene que, con excepciones, la costa está limpia de chapapote, pero que ha disminuido la pesca en las bocanas y en las rías. Y es que hay un Prestige interior, pendiente de afrontar: el saneamiento integral de las rías gallegas. Hay rías que han quedado estériles por no limpiarse. Y la protección de la pesca artesanal, frente al trato preferente que los políticos prestan a las pesquerías industriales.
El trabajo de bomberos en la costa, las movilizaciones en la calle, gestos valientes, como la huelga de hambre del patrón de O Grove, Francisco Iglesias, todo eso sirvió para curar el Prestigestrés. Pero esa protesta ambientalista sin precedentes también consiguió cambios notorios en el campo de la seguridad marítima en Europa, como los paquetes de medidas Erika I y Erika II en el Parlamento comunitario. Se creó la Agencia Europea de Seguridad Marítima, con sede en Lisboa desde 2009. Tampoco en España se puede hablar de una inutilidad de las protestas. El vergonzoso cambalache que se vivió en el mar para remolcar el Prestige fue propio de una trama de serie negra. El Estado se desposeyó de sus propios medios. Cuando se necesitó, no había un solo buque anticontaminación con pabellón español. La Sociedad de Salvamento y Seguridad Marítima cuenta hoy con cuatro buques polivalentes de salvamento y lucha contra la contaminación, con dos remolcadores de gran potencia: el Don Inda, con base en Galicia, y elClara Campoamor. Se ha regulado de forma más estricta el tráfico marítimo, con un corredor diferenciado para mercancías peligrosas y un mayor alcance de los Centros de Coordinación y Salvamento. También ha dado lugar a un cambio de mentalidad en el mundo pesquero de bajura y a iniciativas permanentes cívicas para la limpieza de los fondos marinos, como Asoar-Armega, la Asociación de Armadores de Artes Menores de Galicia, con 250 embarcaciones que han limpiado ya quince puertos. Y allí está, siempre animoso, en su embarcación Primero Villar,Xosé Iglesias, de 38 años. Cuando ocurrió lo del Prestige estaba de patrón en el temible Rockall irlandés, pero esa tragedia lo acercó más a su mar natal.

Hay un ‘prestige’ interior, pendiente de afrontar: el saneamiento integral de las rías gallegas
Sí, el mar de Galicia es un milagro. Lo da to­­do, sin una palada de estiércol, sin fertilizante. Hay un relato de Castelao que trata de un marinero, O Rifante, que enferma y encarga al hijo mayor que vaya de patrón. El joven vuelve apesadumbrado. Se acerca al lecho del enfermo y le cuenta que ha perdido el aparejo, enganchado en las piedras del fondo marino. Y O Rifante le dijo con tranquilidad: “No tengas miedo, Ramón. El mar lo llevó y el mar dará para otro”.
En la versión popular del Génesis, el Creador, para descansar en domingo, apoyó la mano derecha en esta parte de la esfera. Las rías atlánticas, los mejores huertos del mar, son las marcas de los dedos divinos. Creencia por creencia, la de esta mano genesiaca es más verosímil que la de la presunta eficacia de la “mano invisible” del mercado. En lugar de crear un “orden espontáneo”, como le atribuyen los fanáticos de la religión neoliberal, esa mano tiene momentos enloquecidos, y en la que todos los factores parecen concertarse para el envés del milagro. El accidente. La catástrofe.
Roberto Traba, de 51 años, tabernero y poeta, que regenta A Galería, un lugar mítico que convoca a voluntarios y peregrinos, lo cuenta a su manera: “Estamos desprotegidos. No hay confianza en la gente que manda. Antes del Prestige, yo viví la catástrofe del Cason, en 1988. Harina no debía de llevar, porque hubo explosiones y todo. Fisterra y los pueblos de la comarca fueron desalojados. Yo volví unos días después. Venía en autobús, al atardecer. Los viajeros miramos hacia el faro y vimos un resplandor rojizo que nos sobrecogió. Hasta que bajé del autobús, volví a mirar y no era otra catástrofe. Era una puesta de sol maravillosa. Y es que estamos acojonados”.
El juicio era una oportunidad para desentrañar la maraña que da lugar a monstruos globales que pueden destruir un espacio de vida. Una característica de las catástrofes en la llamada sociedad de riesgo es lo inatribuible. En este caso, la responsabilidad, en palabras de Pablo Ángel Meira, “aparece difuminada en una intrincada trama empresarial e institucional absolutamente opaca”.
Sí, podía haber sido un milagro. Pero la instrucción del proceso judicial, que duró 10 años, se parece más a un accidente. Semejante asunto global se tramitó en un pequeño juzgado, el de Corcubión. Pasó por varias manos fugaces. Incluso, los imputados podrían acogerse a una “dilación indebida”. Si no se fue al limbo, si no se hundió como el barco, fue en gran medida por la tenacidad de un abogado. Pedro Trepat, nacido en 1950, tenía 10 años menos que hoy cuando asumió la acusación en nombre de Nunca Máis. Se mantuvo en la brecha todo ese largo tiempo de forma desinteresada, “por dignidad”. En medio de la maraña había un hilo del que tirar: el papel de la sociedad clasificadora ABS, que certificó la idoneidad para navegar del Prestige. Trepat enunció como un error garrafal, otro “rumbo suicida”, la vía seguida por la abogacía del Estado, que recomendó presentar la querella en Estados Unidos. Único resultado: el Estado español no obtuvo nada, pero tiene que abonar 30 millones de euros a un carísimo bufete de abogados. También la clasificadora se libró. Y el día 13 de noviembre, 10 años después del mayday del Prestige, no habría nadie imputado, salvo el viejo capitán de Ítaca y dos subordinados, si Trepat no hubiese recurrido la decisión de una jueza de Corcubión que eximía de responsabilidad a todo alto cargo de la Administración. La Audiencia coruñesa imputó finalmente al responsable de asuntos marítimos del Gobierno de Aznar.
Dice este auto: “La suerte siempre sintió debilidad por la eficiencia, y esta brilla por su ausencia en la gobernanza de la crisis”. Diez años después, algo de milagro tiene.