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miércoles, 17 de junio de 2015

PRENSA. EXPLOTACIÓN INFANTIL. "Oprimidos por la casta"

   En "El País":
12 DE JUNIO: DÍA MUNDIAL CONTRA EL TRABAJO INFANTIL

Oprimidos por la casta

Los dalits de la India sufren desde la cuna las consecuencias de la segregación

De por vida se ven privados de sus derechos fundamentales

Un niño dalit recorre uno de los suburbios de Varanasi (India).
Un niño dalit recorre uno de los suburbios de Varanasi (India). / VANESSA ESCUER

Golu se levanta cada día sin despertador. No tiene, ni siquiera sabe lo que es. Pero lo que sí sabe es que, antes de salir el sol, debe abrir los ojos y salir a las calles para recoger basura. Se frota los ojos, agarra su saco, lo apoya en su hombro y empieza a caminar. Vive en Varanasi, la ciudad sagrada del hinduismo, en India. Le rodean templos, los primeros cánticos, bolsas de plástico, vacas, insectos y algunas cabras. Prefiere salir a esa hora, cuando las calles están repletas de objetos que puede reciclar y vender y la muchedumbre todavía le permite transitar con más espacio. Pero, sea a la hora que sea, cuando deambula en busca de desechos es como si no existiera, nadie le dirige la mirada. Se torna invisible y es considerado “impuro”por estar en contacto con la suciedad. Así lo afirman las personas indias de casta superior, traduciéndolo al despiadado vocablo “intocable” en referencia a que se evita el acto de tocarlos para no perder su grado de pureza.
Para los hindúes creyentes, la casta no es un hecho social o económico, sino el resultado de una reencarnación. Se nace dentro de una casta, superior o inferior (de mayor a menor pureza, según su tipo de trabajo), o bien como paria, o como un animal, según la conducta que se ha observado en la existencia anterior. Así pues, la casta es, junto con la familia, la principal referencia de las personas indias y atribuye una posición que les determina en todo durante el resto de su vida.
Los excluidos prefieren denominarse dalits (oprimidos, en hindi) para reflejar la discriminación y sometimiento del que son víctimas. A pesar de su lucha constante desde los años veinte, que llevó a la abolición de este sistema de clases en 1950, nunca se suprimió el estigma en la vida real y unas 200 millones de personas en todo el país son consideradas intocables.
La discriminación acarrea todo tipo de agresiones, siendo repudiados, insultados y expulsados de lugares públicos. Según Human Rights Watch, cada año son registrados en India más de 100.000 casos de violaciones, asesinatos y otras atrocidades contra los dalits, muchas de ellas cometidas por la propia policía y sustentadas por los latifundistas y las autoridades locales.
Unicef cifra en 15 millones los niños y niñas dalits que trabajan en condiciones de semiesclavitud por míseros salarios. Más de la mitad de ellos son intocables, lo que significa que no pueden terminar la educación primaria debido, en parte, a que son humillados por sus maestros y maestras.

Derecho a la identidad

Son las 10 de la mañana y Golu regresa con la bolsa llena y su estómago vacío en busca de algo de pan para desayunar. Comerá si hay suerte y hay algo para cocinar; si no, deberá esperar a la hora de almorzar para ingerir el único alimento del día. No le importa comer siempre lo mismo. Le encanta el arroz y agradece saborear hasta el último grano del plato, que siempre devora acompañado de una oración.
Le llaman Golu (regordete, en hindi), aunque se trata de un mote que le quedó cuando era pequeño. Durante los pocos meses en que tuvo oportunidad de ir a la escuela (ahora, a sus 12 años de edad, ya es considerado un adulto), le asignaron el nombre de Sameer, pero a él no le gusta y, fuera del aula, le cuesta responder a ese alias. En realidad, no tiene nombre. Tampoco posee registro de nacimiento, como la mayoría de niños y niñas dalit, por lo que muchas y muchos de ellos son secuestrados o vendidos a cambio de dinero. La trata de personas, la prostitución, la venta de órganos o los niños soldado son algunas de las consecuencias sufridas por algunos, a menudo escondidos bajo la falsa apariencia de trabajo doméstico infantil.
El tráfico de niños ha alcanzado dimensiones alarmantes y cada año mueve unos beneficios de más de 30.000 millones de dólares. En los últimos 30 años, más de 30 millones de mujeres, niñas y niños han sido víctimas de este grave problema en Asia, con el único propósito de explotación sexual, según Unicef. Todo menor que no haya sido inscrito en el Registro Civil es considerado un apátrida. No hay prueba alguna ni de su edad, ni de su origen, ni tan siquiera de su existencia. El niño pasa a ser un incorpóreo ante los ojos de la sociedad y una presa fácil para todo traficante.

Alfabetización y médicos en los slums

Antes de ir a buscar a su hermano menor, Sajid, a la escuela, Golu corretea por las laberínticas calles de la ciudad. Se divierte mirando por las ventanas de los restaurantes y decidiendo qué comida le gustaría probar. Sabe que no puede entrar, y por si le quedan dudas, los propietarios le dedican miradas y gestos de alerta mientras disimulan atendiendo a los turistas.
Corre descalzo y con una destreza infalible, esquivando todo tipo de obstáculos. Llega hasta el río Ganges, dónde se zambulle y se da un largo baño después de una mañana de trabajo. Aprovecha y bebe un trago. Los restos de las cremaciones humanas que tienen lugar en la orilla, los esqueletos de animales, las aguas residuales y los desperdicios de las fábricas han contribuido a un alarmante grado de contaminación del río. Toda la ciudad huele a humo, a extinción. Ya bañado, Golu se viste y corre hasta la sede de la ONG gallega Semilla para el Cambio, donde le espera su hermano después de su jornada escolar.
La escuela ha dado una oportunidad a los niños y niñas de los slums. Encontrar colegios que les acepten es todo un reto. La mayoría de directores cierran puertas sin pudor cuando saben que los nuevos alumnos viven en los suburbios.


La mitad de los niños intocables y el 64% de las niñas, no puede terminar la educación primaria debido en parte a que son humillados por sus maestros y maestras. / VANESSA ESCUER
Semilla para el Cambio vio en la educación la mejor apuesta para su desarrollo e integración personal y profesional. “El proyecto inicial era muy pequeño, empezamos ofreciendo educación a 18 niños y niñas. A día de hoy hay 156 escolarizados y otros 30 en clases preparatorias”, cuenta María Bodelón, directora y fundadora de la ONG.
En Varanasi, más de 460.000 personas malviven en los 227 slums existentes en la ciudad, según datos de la organización Urban Health Initiative. La precariedad de los asentamientos se evidencia con la escasez de electricidad, la falta de agua corriente y la carencia de servicios sanitarios. Por si fuera poco, cada choza, amasijo de plásticos y telas, de unos 10 metros cuadrados y donde se hacinan familias de hasta ocho o diez miembros, cuesta un alquiler. Cada mes, deben pagar unas 400 rupias (seis euros) al dueño del terreno, mientras la mayoría de ellos sobrevive con menos de un euro y medio al día.
Montañas de basura ocupan cada centímetro de suelo. Su lugar de trabajo es su hogar. Reciclan y duermen en el mismo espacio, entre plásticos, vidrios, cartones y otros desechos. En estas circunstancias, la salud se enfrenta a grandes adversidades. “Todavía tienen lugar muchas enfermedades que se pueden prevenir fácilmente, como la tuberculosis. La falta de educación y de recursos hace que sientan poca confianza para acudir al hospital: no pueden leer los carteles para saber a dónde dirigirse ni rellenar los formularios de los centros sanitarios, además no son tratados con respeto por los doctores.”, explica María, que lucha para cambiar esta realidad.

Querer ser niño

Sentado en los ghats, las escalinatas del río Ganges, Golu repasa el abecedario escrito en las libretas de su hermano Sajid y sus compañeros. Se lo sabe de memoria, puede decirlo más rápido que leerlo. Lo repite sin cesar, exigiendo a los pequeños que se esfuercen en memorizarlo. Pasa a los ejercicios de cálculo, los resuelve en un santiamén y le da una colleja a su hermano por no prestar suficiente atención. Satisfecho, pide una cometa a un muchacho que merodeaba alrededor y la hace volar bien arriba buscando un pedacito de cielo, de libertad. Salta y ríe como nunca. Ese momento del día, entre letras y juegos, es el único que tiene para ser niño. Para sentirse el niño que realmente es.

Una niña, entre montones de basura.
Una niña, entre montones de basura. / VANESSA ESCUER
Empieza a oscurecer y Golu debe volver a su casa. Su padre le estará esperando para pedirle el dinero que ha ganado trabajando a la mañana. Con miedo, acelera el paso para entregarle las 10 rupias (15 céntimos de euro) que logró vendiendo plásticos para reciclar después de cinco largas horas de faena. Después, preparará su gran cesta de mimbre con algunas velas, metidas en pequeños cuencos hechos con hojas de árbol y acompañadas con flores, que vende en los ghats por la noche. Se apura, pues no le gustaría recibir otra bronca de su padre, pues sabe que no queda en un simple enfado. Ya lleva un ojo morado, y aunque asegura que es debido a una torpe caída, cuesta creer la falta de equilibrio del muchacho antes que el puño borracho del cabeza de familia. No ha ido al hospital porque, aunque lo haga, posiblemente no le atenderán. En la farmacia le pincharon una vacuna antitetánica caducada por falta de refrigeración.
Golu consigue vender tres velas, ganando 30 rupias (45 céntimos de euro) y librándose de una paliza. Toma prestada una de las candelas, la enciende y deja que la brisa se la lleve río adentro. “Ya he pedido mi deseo”, me susurra en el oído. Dicen que una vez se arroja la vela al Ganges, el agua se lleva aquello que uno ha implorado.
Ya es de noche y la gran luna ilumina las aguas milenarias del río sagrado. Flota en ellas la luz que arrastra su anhelo: "Llegar a ser médico para ayudar a los demás".

jueves, 5 de febrero de 2015

PRENSA. "Los niños que no existen"

   En "El País":

Los niños que no existen

Un tercio de los menores del mundo no tiene registro de nacimiento, lo que les priva de numerosos derechos. Así lo intentan solucionar en República Dominicana

 San Juan de la Managuana (República Dominicana) 15 ENE 2015 


  • Daniela, de 20 años, con su hijo de cuatro. Ninguno está inscrito en el registro. / ORLANDO BARRIA

    A unos 20 pasos del paritorio del Hospital Regional Docente Doctor Alejandro Cabral, en San Juan de la Maguana —en el oeste de la República Dominicana—, hay una oficina censal donde teóricamente se deben inscribir todos los recién nacidos para adquirir su cédula de identidad. Es un trámite aparentemente sencillo que no dura más de cinco o diez minutos. Pero el 60% de los bebés abandonan este recinto sin ser registrados. Y una vez que salen por sus puertas, no siempre vuelven a entrar a completar la burocracia. Uno de cada cinco niños del país caribeño no existe. Su nombre no figura en ningún lado, el servicio de salud no los reconoce —aunque les atiende— y el Estado tampoco los puede reclamar a sus padres si no van a la escuela, porque en ningún lugar están inscritos; el colegio les admite, pero no pueden graduarse porque oficialmente nunca nacieron.
    Daniela lo hizo hace 20 años, aunque ningún papel lo recoja. No pudieron inscribirla porque su madre tampoco estaba documentada. Igual que su abuela, de orígenes haitianos. El hijo de Daniela, de cuatro años, lógicamente carece también de identificación, ya que su madre, su abuela y su bisabuela no tienen documento que atestigüe que existen. Son cuatro generaciones nacidas en la República Dominicana que no han podido disfrutar de muchos derechos que eran suyos.
    Este problema de falta de identificación infantil afecta a alrededor de 230 millones de niños en el mundo: uno de cada tres, según una investigación de Unicef realizada en más de 160 países. Los lugares más comunes son Asia y África Subsahariana, especialmente en entornos rurales. "El certificado de nacimiento es el primero de los derechos fundamentales porque abre la puerta al resto de los derechos", recuerda Seven Blight, consejero regional de Unicef. República Dominicana es la segunda por la cola en Lationamérica, con un 19% de niños sin registrar según la última encuesta de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, solo superada por Bolivia.
    El caso de Daniela, que vive en el batey —un asentamiento chabolista en torno a una plantación de caña de azúcar en la cual la mayoría de sus habitantes trabajan, o así lo hacían en el pasado— es una pescadilla que se viene mordiendo la cola desde hace décadas, desde que los padres de su abuela llegaran indocumentados a la República Dominicana de su vecino (más) pobre: Haití. Es un caso muy típico en el país caribeño, donde los haitianos son a menudo considerados como una clase inferior cuyos derechos no parecen muy importantes.

    Uno de cada cinco niños del país está sin inscribir. Problemas burocráticos relativamente sencillos de resolver o trabas migratorias son las principales causas
    Pero las razones de este 19% de niños indocumentados en el país son muchas veces más simples. Despiste, falta de información, problemas con las nominaciones que no se llegan a resolver —en el país los apodos son tan generalizados que hay quien los aporta para trámites oficiales—, parturientas que olvidan su cédula de identificación, no pueden inscribir al niño en el momento y después nunca lo hacen... “Si fuese un país donde el parto se realizase en casa, sería más normal la falta de registro, pero en la República Dominicana el 99% de los bebés nacen en las maternidades, aquí la inscripción no debería ser un problema”, asegura Eduardo Gallardo, especialista en Protección de la Niñez de Unicef en el país.
    El fondo de la infancia de Naciones Unidas lidera un proyecto piloto para aumentar los inscritos en el país. Están trabajando en cuatro hospitales piloto (entre los que se encuentra el de San Juan de la Maguana) para aumentar la inscripción al 70% de los nacidos que salen de sus puertas; hoy la media está en tan solo el 30%. La experiencia comenzó el pasado septiembre y pronto se conocerán los primeros resultados.
    En una reunión entre el personal de Unicef, los responsables del Censo —un poderoso organismo gubernamental del país— y los del hospital, abordan los problemas que pueden surgir y cómo resolverlos. Discuten durante más de una hora. “Vuestra misión es ir a la caza de niños que no se hayan registrado. Que no salgan de aquí sin documentación”, les espeta Gallardo. Los temas que tratan son variopintos. “Mucha gente no sabe leer [en el país la tasa de analfabetismo es del 9,1%], por mucho que tengamos la oficina, si no se les explica que está ahí y que tienen que acudir, no lo harán”, dice Julio del Cristo, oficial de la oficina del censo en la localidad. “Podemos ofrecerles materiales audiovisuales, ¿tienen televisores y vídeos?”, replica Gallardo. “Están rotos”, cierra Héctor Ortiz, director del hospital. “El personal sanitario debe hacer una labor divulgadora en estos casos”, continúa Gallardo. “El problema es que muchas veces tienen tanto trabajo con los partos que no se encargan de la burocracia”, apunta un ayudante de la dirección del hospital. El director concluye enérgico: “¡Estoy harto de excusas! Vamos a hacer una comunicación a todos los médicos. El que atienda un parto y no inscriba al bebé, no se va a casa”. Esto tiene unos matices: no siempre es posible hacerlo en el centro porque en ocasiones los padres carecen de toda la documentación necesaria. Pero si quienes cuentan con ella lo hicieran, las cifras de inscripción hospitalaria subirían de forma meteórica.


    Sala del censo del Hospital Regional Docente Doctor Alejandro Cabral, en San Juan de la Maguana. / ORLANDO BARRIA
    Los problemas para solucionar la inscripción parecen relativamente sencillos, una cuestión de voluntad y formación más que de medios. Pero, ¿qué sucede con las personas ya adultas que no cuentan con su cédula? Volvemos al batey de de Haití Mejía, en San Pedro de Macorís. Allí Daniela estudia, pero sabe que no le darán título escolar si no consigue una cédula antes. Es frecuente que los trámites para conseguirla a veces se alarguen, pero es posible si se accede a la documentación del hospital, donde deben quedar registrados todos los nacidos vivos, aunque esto no constituya una identificación oficial. De lo contrario, testimonios jurados de parteras, curas, maestros, vecinos y cargos de la municipalidad pueden servir para conseguir la identificación, que es más complicada cuanto más oscuro se el color de piel, según cuentan varias personas que están familiarizadas con el trámite —aunque no siempre es así, por lo general los dominicanos tienen la tez más clara que los haitianos—.
    La burocracia cuesta dinero. No es excesivamente cara: en función de los documentos que se aporte, puede salir por alrededor de 1.500 pesos (algo menos de 30 euros), pero para personas como Daniela, que no cuentan con agua corriente su casa de lata, es un esfuerzo importante. Sin embargo, ella sabe que tendrá que hacerlo. Sin papeles no podrá conseguir nunca un trabajo digno y su hijo se encontrará con el mismo problema que ella dentro de unos años: podrá terminar los estudios, pero nada lo atestiguará porque, oficialmente, seguirá sin existir.
    Fe de errores: en esta noticia aparecía un dato desactualizado de la tasa de analfabetismo del 12,8%, cuando en la actualidad es del 9,1%.