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domingo, 2 de marzo de 2014

RECOMENDACIÓN DE LECTURA. Novela: "El último cortejo", de Laurent Gaudé


   De la contracubierta:
   Poseedor de una de las prosas más originales de la narrativa francesa actual y de un talento refrendado con los galardones más importantes de su país —Premio Goncourt por El sol de los Scorta y Premio de los Libreros por El legado del rey Tsongor—, Laurent Gaudé recupera el aliento épico que marcó el éxito de esta última para narrar el destino de otro monarca que afronta su hora final: el gran conquistador macedonio Alejandro Magno. Tras someter a griegos, fenicios, egipcios y persas, y llegar con su ejército hasta la India, Alejandro regresa a Babilonia para preparar nuevas expediciones y conquistas. Sin embargo, durante una fiesta en palacio, este hombre elevado a la categoría de semidiós se derrumba súbitamente, presa de una terrible fiebre. Moribundo a los treinta y dos años, Alejandro hace balance de su vida, preguntándose si habrá alguien capaz de mantener unido su vasto imperio. Muy lejos de él, Dripetis, hija del derrotado rey Darío y viuda del mejor amigo de Alejandro, abandona el templo en el que había buscado refugio para proteger a su hijo y regresa a la corte, pues será ella quien deberá acompañar al famoso conquistador en su último viaje. Así, las voces de Alejandro y Dripetis evocan con vibrante intensidad el ocaso de un mundo pleno de gestas heroicas. 
   A un tiempo canto fúnebre y sugerente reflexión sobre el honor, la pasión y el poder, esta última novela de Laurent Gaudé es un relato fascinante que, a través de una figura de dimensiones legendarias, sumerge al lector en el corazón palpitante de la Historia.


   La crítica ha dicho:

«Una novela polifónica, concebida como una sucesión de escenas con los protagonistas de esta historia excepcional.» Livres Hebdo

«Laurent Gaudé brilla en esta especie de poema épico donde se unen lo grandioso y lo íntimo, la prosa y la poesía.» Le Figaro 

«Una escritura magnífica, al mismo tiempo lírica y sobria.» Panorama «Una novela a la altura de la mejor mitología, donde el amor y el honor demuestran ser más poderosos que la muerte.» Le Matin 

   Así comienza:
   Cuando lo sorprende el primer espasmo, nadie advierte nada y quienes lo rodean siguen riendo. Mueve los hombros de forma casi imperceptible, como para protegerse de un golpe invisible -un gesto ínfimo que se pierde en el barullo del banquete-, se dobla ligeramente por la cintura y con una mano se sujeta el vientre. El dolor es tan agudo que lo paraliza por unos segundos, pero, antes de que grite, antes de que tenga siquiera tiempo de asustarse, remite. Alrededor, la música suena cada vez más fuerte, una barahúnda de risas, flautas y tambores. Recobra el aliento. Ha sentido en sus entrañas esa cosa naciente, como un desplome del cuerpo, pero el dolor ha pasado tan deprisa que lo deja estupefacto. Levanta la cabeza, constata que en torno a él los invitados continúan riendo sin que nadie haya advertido nada y entonces pide que vuelvan a servirle.

   Acaba de levantarse y, frente a las altas montañas de Aria, el aire de la mañana se ha vaciado de los sonidos del mundo: vuelo de pájaros, soplo de viento, clamor lejano... Todo está frío e inmóvil. Se encuentra lejos de Babilonia, en la terraza de ese templo colgante que ha escogido como refugio. Uno tras otro, los sacerdotes se levantan también, como todas las mañanas, para ocuparse en silencio de sus quehaceres. De pronto, uno de ellos se detiene en lo alto de la muralla y apunta con un dedo la llanura. "¡Mirad!". Ella, igual que los demás, se acerca con presteza al parapeto, impaciente por ver lo que el sacerdote señala, pero en cuanto apoya la mano en el borde, siente que alrededor el aire se carga de amenazas.

   Coge de nuevo su copa y bebe a la manera macedonia, como lo hacía su padre, dando largos tragos, sin cortar el vino, hasta estar borracho y tambalearse. Cuando la deja en la mesa, intenta levantarse, pero no lo consigue y se desploma sobre la silla. El alcohol hace que la cabeza le dé vueltas. Nota que lo miran. Nadie ha advertido que lo ha traspasado el dolor, pero todo el mundo se percata de que está borracho. Los rostros que lo rodean cambian. Lo temen cuando está ebrio. Desde que en el banquete de Samarcanda mató con sus propias manos a Clito, su hermano de sangre, palidecen si ven que su conciencia se ahoga en vino. Nadie puede saber qué pasará cuando el alcohol vele sus ojos y trabe su lengua...


ÚLTIMO CORTEJO, EL
Autor:
Colección:
Título original:
Pour seul cortège


Traducción:
Teresa Clavel Lledó 
PVP: 15,00

lunes, 27 de agosto de 2012

PRENSA CULTURAL. "Cinco historias a descubrir"

   En "El País":
Cinco historias a descubrir

De William Goyen hasta los cuentos populares polacos y escoceses, seleccionamos cinco libros para empezar el verano

26 JUN 2012

Cuentos completos. William Goyen. Traducción de Esther Cross y Carlos Ribalta (Seix Barral).

Goyen, texano de nacimiento, crea universos polvorientos, aislados, micromundos literarios atravesados por el fracaso, la soledad, la alienación (individual y colectiva), el rencor, los sueños frustrados. Historias cuya banda sonora bien podría firmar el también texanoTownes Van ZandtWilliam Faulkner creó un mundo propio en torno al imaginario condado deYoknapatawpha. Goyen hace lo propio con los pueblos y villorrios deTexas, el legendario estado de la Estrella Solitaria. (por Manuel de la Fuente en ABC)


Sagapò (Te quiero), de Renzo Biasion. Traducción de J. Díaz de Atauri (Acantilado)
Soñando reconstruir el Imperio romano en el mediterráneo, Mussolini envió al ejército italiano, entre otros lugares, a Grecia. Pronto los soldados aprendieron que S’agapò (o, como ellos pronunciaban, Sagapò) en griego quería decir ‘Te quiero’, y obtuvieron más éxitos entre las griegas que en sus campañas militares. Un friso entretejido de relatos delicado y poético que nos habla del amor, con el trasfondo del mar griego—un amor a veces romántico y casi siempre trágico, entre los soldados invasores y las habitantes de las islas—y de la necesidad del calor de un cuerpo cuando duele la soledad. (Acantilado)


Cuentos populares polacos. Edición de Agnieszka Matyjaszczyk Grenda. Catedra.

El Romanticismo fue la época que supo redescubrir los valores estéticos de la tradición popular. El cuento es el género que mejor recoge la cultura popular de tradición oral, transmitida de generación en generación. En Polonia, los escritores románticos provocaron una verdadera revolución en el desarrollo del cuento, reelaborando leyendas y cuentos y acomodándolos en el marco de la literatura polaca. Polonia halló en el folclore una garantía de conservación y pervivencia de su identidad nacional, así como una referencia que legitimaba su historia y su derecho a mantener un Estado propio e independiente. En el siglo XIX los escritores e intelectuales polacos estudiaban las tradiciones y recogían cuentos populares para trasladarlos a los lectores en revistas culturales y etnográficas. Los escritores bien reelaboran motivos tradicionales o bien estos eran fruto de la originalidad literaria, aunque estuviera apoyada en elementos folclóricos. Esta edición recoge las versiones literarias elaboradas por autores de reconocido prestigio en la historia de la literatura polaca. (Cátedra)


La bruja del mar y otros cuentos de los hojalateros escoceses. Duncan Williamson. Traducción de Javier Cardeña Contretas (Calambur)
La cultura oral de los hojalateros escoceses llega, por primera vez, a los lectores en español por medio de los dieciséis relatos que componen este volumen. Solo a mediados del siglo xx, folcloristas y poetas de Escocia y de diferentes partes del mundo empezaron a mostrar un vivo interés por esta tradición oral, cuyos cuentos ofrecen una riquísima variedad de motivos y de personajes. Al desfile de princesas, sirenas y diablos se suma la presencia de otros seres sobrenaturales, propios del folklore escocés, como son los hombres-foca (silkies) y los broonies. Los relatos de corte picaresco, en los que el héroe se impone gracias a su ingenio, se alternan con cuentos de animales y con leyendas de silkies, caracterizados por un comprometido equilibrio ecológico entre el hombre y su entorno. Pero este universo mágico está íntimamente ligado al estilo de vida nómada de los hojalateros escoceses o tinkers, de manera que también encontraremos aquí una muestra de su cultura material y de su historia. (Calambur)

Al este de Occidente. Miroslav Pemkov. Traducción de Daniel Gascón. Seix Barral
Penkov nos trae a lo largo de estos relatos una buena muestra de la historia de Bulgaria y de Europa del Este, acompañado por un grupo de personajes que viven a caballo entre la nostalgia del pasado y el sueño de un futuro imposible. Sirva como ejemplo el relato donde una pareja se reúne una vez cada cinco años en el río que separa a su pueblo, o el de un nieto que intenta comprar por eBay el cadáver de Lenin para regalárselo a su abuelo comunista (este estoy deseando leerlo). Pero sobre todo lo que resaltan de Al este de Occidente es que, cuando parece que la tristeza o el dolor va a llegar a límites desaforados, Penkov se las arregla para hacernos patente su visión esperanzadora, y además riega estas páginas de un especial sentido del absurdo que le da el toque final para que no podamos escapar de sus historias. (por Fausto Beneroso, de Papel en blanco)

miércoles, 23 de mayo de 2012

NOVELA NEGRA. Recomendación de lectura: Petros Márkaris y su serie del comisario Kostas Jaritos

Petros Márkaris -a la derecha- en Córdoba

   El pasado lunes 21 de mayo, el escritor de novela negra Petros Márkaris estuvo en la "Fundación Gala", presentando su nueva novela del comisario Kostas Jaritos, Con el agua al cuello.

   Esta es su sinopsis:
   Un caluroso domingo del verano de 2010, el comisario Jaritos asiste a la boda de su hija Katerina, esta vez por la Iglesia y con fanfarria musical. Al día siguiente, poco después de llegar a Jefatura, le informan del asesinato de Nikitas Zisimópulos, antiguo director de banco, degollado con un arma cortante. El macabro homicidio coincide con una campaña que alguien, amparándose en el anonimato, ha emprendido contra los bancos, animando a los ciudadanos a que boicoteen a las entidades financieras y no paguen sus deudas e hipotecas. Lo cierto es que Grecia, al borde de la bancarrota, pasa por un momento muy crítico, y la población no duda en salir a la calle para quejarse de los recortes en sueldos y pensiones. Para colmo, Stazakos, el jefe de la Brigada Antiterrorista, sostiene que el asesinato de Zisimópulos podría ser obra de terroristas. Jaritos, en desacuerdo con esa hipótesis, tendrá que apañárselas con sus dos ayudantes para enfrentarse a un asesino cuyos crímenes apenas acaban de empezar.
MÁS INFORMACIÓN.



De lectura muy recomendable toda la serie.

domingo, 28 de noviembre de 2010

LECTURA. Recomendación de lectura: "Anatomía de un instante", de Javier Cercas

   Como se dice en la contracubierta, Este libro es un ensayo en forma de crónica o una crónica en forma de ensayo. Este libro no es una ficción. Este libro es la anatomía de un instante: el instante en que Adolfo Suárez permaneció sentado en la tarde del 23 de febrero de 1981, mientras las balas de los golpistas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso de los Diputados...

Ahora, unos fragmentos de las primeras páginas:
En cuanto al presidente Suárez, regresa con lentitud a su escaño, se sienta, se recuesta contra el respaldo y se queda ahí, ligeramente escorado a la derecha, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos.

CAPÍTULO 1

Ésa es la imagen; ése es el gesto: un gesto diáfano que contiene muchos gestos.

A finales de 1989, cuando la carrera política de Adolfo Suárez tocaba a su fin, Hans Magnus Enzensberger celebró en un ensayo el nacimiento de una nueva clase de héroes: los héroes de la retirada. Según Enzensberger, frente al héroe clásico, que es el héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo XX han alumbrado el héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje: el primero es un idealista de principios nítidos e inamovibles; el segundo, un dudoso profesional del apaño y la negociación; el primero alcanza su plenitud imponiendo sus posiciones; el segundo, abandonándolas, socavándose a sí mismo. Por eso el héroe de la retirada no es sólo un héroe político: también es un héroe moral. Tres ejemplos de esta figura novísima aducía Enzensberger: uno era Mijaíl Gorbachov, que por aquellas fechas trataba de desmontar la Unión Soviética; otro, Wojciech Jaruzelski, que en 1981 había impedido la invasión soviética de Polonia; otro, Adolfo Suárez, que había desmontado el franquismo. ¿Adolfo Suárez un héroe? ¿Y un héroe moral, y no sólo político? Tanto para la derecha como para la izquierda era un sapo difícil de tragar: la izquierda no olvidaba -no tenía por qué olvidar que, aunque a partir de determinado momento quiso ser un político progresista, y hasta cierto punto lo consiguió, Suárez fue durante muchos años un colaborador leal del franquismo y un prototipo perfecto del arribista que la corrupción institucionalizada del franquismo propició; la derecha no olvidaba -no debería olvidar- que Suárez nunca aceptó su adscripción a la derecha, que muchas políticas que aplicó o propugnó no eran de derechas y que ningún político español de la segunda mitad del siglo XX ha exasperado tanto a la derecha como él. ¿Era entonces Suárez un héroe del centro, esa quimera política que él mismo acuñó con el fin de cosechar votos a derecha e izquierda? Imposible, porque la quimera se desvaneció en cuanto Suárez abandonó la política, o incluso antes, igual que la magia se desvanece en cuanto el mago abandona el escenario. Ahora, veinte años después del dictamen de Enzensberger, cuando la enfermedad ha anulado a Suárez y su figura es elogiada por todos, quizá porque ya no puede molestar a nadie, hay entre la clase dirigente española un acuerdo en concederle un papel destacado en la fundación de la democracia; pero una cosa es haber participado en la fundación de la democracia y otra ser el héroe de la democracia. ¿Lo fue? ¿Tiene razón Enzensberger? Y, si olvidásemos por un momento que nadie es un héroe para sus contemporáneos y aceptásemos como hipótesis que Enzensberger tiene razón, ¿no adquiriría el gesto de Suárez en la tarde del 23 de febrero el valor de un gesto fundacional de la democracia? ¿No se convertiría entonces el gesto de Suárez en el emblema de Suárez como héroe de la retirada?

Lo primero que hay que decir de ese gesto es que no es un gesto gratuito; el gesto de Suárez es un gesto que significa, aunque no sepamos exactamente lo que significa, igual que significa y no es gratuito el gesto de todos los demás parlamentarios -todos salvo Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo-, que en vez de permanecer sentados durante el tiroteo obedecieron las órdenes de los golpistas y buscaron refugio bajo sus escaños: el de los demás parlamentarios es, para qué engañarse, un gesto poco airoso, sobre el que con razón ninguno de los interesados ha querido volver mucho, aunque uno de ellos -alguien tan frío y ponderado como Leopoldo Calvo Sotelo- no dudara en atribuir el descrédito del Parlamento a aquel desierto de escaños vacíos. El gesto más obvio que contiene el gesto de Suárez es un gesto de coraje; un coraje notable: quienes vivieron aquel instante en el Congreso recuerdan con unanimidad el estruendo apocalíptico de las ráfagas de subfusil en el espacio clausurado del hemiciclo, el pánico a una muerte inmediata, la certidumbre de que aquel Armagedón -como lo describe Alfonso Guerra, número dos socialista, que se hallaba sentado frente a Suárez- no podía saldarse sin una escabechina, que es la misma certidumbre que abrumó a los técnicos y directivos de televisión que vieron la escena en directo desde los estudios de Prado del Rey. Aquel día llenaban el hemiciclo alrededor de trescientos cincuenta parlamentarios, algunos de los cuales -Simón Sánchez Montero, por ejemplo, o Gregorio López Raimundo- habían demostrado su valor en la clandestinidad y en las cárceles del franquismo; no sé si hay mucho que reprocharles: se mire por donde se mire, permanecer sentado en medio de la refriega constituía una temeridad lindante con el deseo de martirio. En tiempo de guerra, en el calor irreflexivo del combate, no es una temeridad insólita; sí lo es en tiempo de paz y en el tedio solemne y consuetudinario de una sesión parlamentaria. Añadiré que, a juzgar por las imágenes, la de Suárez no es una temeridad dictada por el instinto sino por la razón: al sonar el primer disparo Suárez está de pie; al sonar el segundo intenta devolver a su escaño al general Gutiérrez Mellado; al sonar el tercero y desatarse el tiroteo se sienta, se arrellana en su escaño y se recuesta en el respaldo aguardando que termine el tiroteo, o que una bala lo mate. Es un gesto moroso, reflexivo; parece un gesto ensayado, y quizá en cierto modo lo fue: quienes frecuentaron a Suárez en aquella época aseguran que llevaba mucho tiempo tratando de prepararse para un final violento, como si una oscura premonición lo acosase (desde hacía varios meses cargaba con una pequeña pistola en el bolsillo; durante el otoño Y el invierno anteriores más de un visitante de la Moncloa le oyó decir: De aquí sólo van a sacarme ganándome en unas elecciones o con los pies por delante); puede ser, pero en cualquier caso no es fácil prepararse para una muerte así, y sobre todo no es fácil no flaquear cuando llega el momento.

Editado por DEBOLS!LLO, tiene 462 páginas.
Javier Cercas

viernes, 26 de noviembre de 2010

LECTURA. Recomendación de lectura: "El reino de este mundo", de Alejo Carpentier (Cuba, 1904-1980)

Alejo Carpentier

(Capítulo) V
DE PROFUNDIS

   El veneno se arrastraba por la Llanura del Norte, invadiendo los potreros y los establos. No se sabía cómo avanzaba entre las gramas y alfalfas, cómo se introducía en las pacas de forraje, cómo se subía a los pesebres. El hecho era que las vacas, los bueyes, los novillos, los caballos, las ovejas, reventaban por centenares, cubriendo la comarca entera de un inacabable hedor de carroña. En los crepúsculos se encendían grandes hogueras, que despedían un humo bajo y lardoso, antes de morir sobre montones de bucráneos negros, de costillares carbonizados, de pezuñas enrojecidas por la llama. Los más expertos herbolarios del Cabo buscaban en vano la hoja, la resina, la savia, posibles portadoras del azote. Las bestias seguían desplomándose, con los vientres hinchados, envueltas en un zumbido de moscas verdes. Los techos estaban cubiertos de grandes aves negras, de cabeza pelada, que esperaban su hora para dejarse caer y romper los cueros, demasiado tensos, de un picotazo que liberaba nuevas podredumbres.
   Pronto se supo, con espanto, que el veneno había entrado en las casas. Una tarde, al merendar una ensaimada, el dueño de la hacienda de Coq-Chante se había caído, súbitamente, sin previas dolencias, arrastrando consigo un reloj de pared al que estaba dando cuerda. Antes de que la noticia fuese llevada a las fincas vecinas, otros propietarios habían sido fulminados por el veneno que acechaba, como agazapado para saltar mejor, en los vasos de los veladores, en las cazuelas de sopa, en los frascos de medicinas, en el pan, en el vino, en la fruta y en la sal. A todas horas escuchábase el siniestro claveteo de los ataúdes. A la vuelta de cada camino aparecía un entierro. En las iglesias del Cabo no se cantaban sino Oficios de Difuntos, y las extremaunciones llegaban siempre demasiado tarde, escoltadas por campanas lejanas que tocaban a muertes nuevas. Los sacerdotes habían tenido que abreviar los latines, para poder cumplir con todas las familias enlutadas. En la Llanura sonaba, lúgubre, el mismo responso funerario, que era el gran himno del terror. Porque el terror enflaquecía las caras y apretaba las gargantas. A la sombra de las cruces de plata que iban y venían por los caminos, el veneno verde, el veneno amarillo, o el veneno que no teñía el agua, seguía reptando, bajando por las chimeneas de las cocinas, colándose por las rendijas de las puertas cerradas, como una incontenible enredadera que buscara las sombras para hacer de los cuerpos sombras. De misereres a de profundis proseguía, hora tras hora, la siniestra antífona de los sochantres.
   Exasperados por el miedo, borrachos de vino por no atreverse ya a probar el agua de los pozos, los colonos azotaban y torturaban a sus esclavos, en busca de una explicación. Pero el veneno seguía diezmando las familias, acabando con gentes y crías, sin que las rogativas, los consejos médicos, las promesas a los santos, ni los ensalmos ineficientes de un marinero bretón, nigromante y curandero, lograran detener la subterránea marcha de la muerte. Con prisa involuntaria por ocupar la última fosa que quedaba en el cementerio, Madame Lenormand de Mezy falleció el domingo de Pentecostés, poco después de probar una naranja particularmente hermosa que una rama, demasiado complaciente, había puesto al alcance de sus manos. Se había proclamado el estado de sitio en la Llanura. Todo el que anduviera por los campos, o en cercanía de las casas después de la puesta del sol, era derribado a tiros de mosquete sin previo aviso. La guarnición del Cabo había desfilado por los caminos, en risible advertencia de muerte mayor al enemigo inapresable. Pero el veneno seguía alcanzando el nivel de las bocas por las vías más inesperadas. Un día, los ocho miembros de la familia Du Periguy lo encontraron en una barrica de sidra que ellos mismos habían traído a brazos desde la bodega de un barco recién anclado. La carroña se había adueñado de toda la comarca.

Publicado por Booket. Págs. 35-37

martes, 20 de julio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Lecturas para verano (reportaje de Alberto Manguel, de 2004)

Alberto Manguel
En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Leyendo al sol


Alberto Manguel 10/07/2004

El verano es la estación ideal para reconciliarse con escritores y libros. Lecturas largas y cortas de todos los géneros, especialmente narrativa. Siempre hay un título para cada momento.

El verano es la estación más larga del año. Las otras tres transcurren en apresurados quehaceres para los que nunca alcanza el tiempo, y mis lecturas de otoño a primavera parecen ir restringiéndose de más en más, como imitando las horas invernales. En abril leo poesía y relatos; en octubre, resúmenes de historia y biografías breves; en diciembre, los aforismos presocráticos y las greguerías de Gómez de la Serna. En verano, en cambio, mis espacios de lectura son largos y más lentos.
Es que, en proporción inversa a mi energía física, con el calor, mi energía mental parece aumentar considerablemente. Soporífico pero lúcido, me transformo de lector activo en lector pasivo, me dejo llevar por el detenido encanto de aquellos libros que tienen algo de paquidérmico y haragán, soy capaz de prestar atención al reposado deshilvanar de una rocambolesca y espaciosa saga. En estos días letárgicos en los que todo movimiento es castigado con sudor y falta de aliento, adopto la actitud de la hermana de Sharazhad: me siento y dejo que cuenten cuentos, sin premura y con lujo de detalles. No es casual que la literatura naciese en Mesopotamia, el país del eterno verano.
El verano es la estación de los novelistas olvidados. Olvidados no porque no se los conozca, sino porque nadie los lee, fuera de las obligaciones escolares. Qué placer, por ejemplo, volver al siglo diecinueve e internarse despaciosamente en las ochocientas páginas de Middlemarch, de George Eliot. Qué experiencia enriquecedora, la de tomarse el tiempo de conocer a la talentosa, bien intencionada, trágica Dorothea Brooke y a los complejos ciudadanos de Middlemarch. Y qué recompensa (que sentimos merecida) la de llegar después de muchos días a las últimas palabras del libro: "El bien creciente del mundo depende en parte de hechos que no son históricos, y la razón por la cual las cosas no andan tan mal para ti y para mí se debe en buena medida a quienes han vivido fielmente una vida discreta, y descansan en tumbas que no visita nadie".
Qué delicia recorrer setecientas páginas de la mano de Pío Baroja a través de Las ciudades, su trilogía genial y tan poco leída. César o nada, El mundo es ansí y La sensualidad pervertida son novelas en las que el autor prima sobre los personajes y los personajes priman sobre la acción, de manera que el ritmo de la narración se profundiza y se amansa. Pío Baroja no puede ser leído a los apurones: es, por tanto, un ejemplar escritor de verano quien, en mi recuerdo, queda asociado al olor del pasto recién cortado y al zumbido de los mosquitos.
Qué revelación, descubrir al mundo uno de los más altos narradores checos de nuestro tiempo, Josef Skvorecky, y devorar las seiscientas páginas de su novela El ingeniero de almas, obra que su autor describió como "un entretenimiento sobre los viejos temas de la vida, las mujeres, el destino, los sueños, la clase obrera, los agentes secretos, el amor y la muerte", y que Milan Kundera (lector exigente) llamó "un jalón excepcional de nuestra historia".
Pero no sólo el grosor de un libro conviene a la modorra del verano. Para darle tiempo al cerebro, también los acertijos, los problemas de lógica, los misterios, son excelentes comodidades estivales. Los esnobs de la literatura desdeñan la novela policiaca; no recuerdan (o no quieren recordar) que novelas policiacas son también Crimen y castigo, de Dostoievski; Thérèse Raquin, de Zola; Extraña confesión, de Chéjov, por no mencionar a Hamlet y a Macbeth. Entre mis preferidas están Asesinato al sol, de Agatha Christie; Los anteojos negros, de John Dickson Carr, y Así fue asesinado Adonis, de Sarah Cadwell -todas las cuales transcurren en verano-. Pero la novela policiaca que suelo regalar a los amigos que se van de vacaciones es Rosaura a las diez, de Marco Denevi. Para decirlo con pocas palabras: Rosaura a las diez es una obra maestra. Una colorida pensión de familia, un melodrama magistralmente misterioso, una coincidencia que no puede explicarse como tal, una tragedia contada a cuatro voces, al estilo de Rashmon, todo eso contribuye (pero no explica) su encanto. Existe un club de amantes secretos de Denevi, como existió alguna vez uno de amantes secretos de Kafka o de Chesterton; quienes deseen formar parte deben apurarse a hacerlo, ya que es obvio que las grandes masas lectoras (si no son un invento de las editoriales) no tardarán en declarar que Denevi les pertenece. Por el momento, sus pocos devotos pueden ofrecerse el pecaminoso placer de disfrutar de lo que los franceses llaman "literatura confidencial".
Otro género que conviene al verano es el de los cuentos. En invierno también los leo, claro está, pero uno a la vez, con discreción. En verano, en cambio, en una larga y perezosa tarde puedo acabar con un libro de cuentos tras otro que luego, en mi imaginación o mi recuerdo, componen un extraño mosaico narrativo. Propongo al lector descubrir tres notables cuentistas argentinos de mi generación que desde (¡ay!) ya varias décadas no es la más joven: Juan José Hernández, El inocente; Liliana Heker, Los bordes de lo real; Edgardo Cozarinsky, La novia de Odessa; Isidoro Blaisten, La salvación.
Otro género adecuado al verano es el de las novelas históricas. "El pasado", dijo L. P. Hartley en El mensajero (otra novela espléndida que también transcurre durante los meses de calor), "es una tierra extranjera; allí las cosas ocurren de otro modo". Es por esa atracción por lo desconocido, quizá, que nos atraen ficciones situadas en la Palestina antigua, en el siglo dieciocho, en la corte de Prusia. Recomiendo las siguientes: Enrique López Sánchez, Sansón o El jardín del asfódelo, que narra, con ingenio y lucidez, la tragedia del héroe bíblico; Penelope Fitzgerald, La flor azul, una perfecta recreación poética de la vida de Novalis; Wolfgang Hildesheimer, Marbot, la invención de un personaje contemporáneo de Mozart para servir de testigo a toda una época.
Empecé sugiriendo novelas gordas. Acabaré con novelas de cintura más modesta. Si tuviera que preparar una de esas "maletas de lectura" que los exploradores ingleses del siglo diecinueve cargaban consigo en sus excursiones a las entrañas de África o al Polo Norte, estas seis novelas formarían parte del equipaje, por su originalidad, por su encanto, por su inteligencia, por su asombroso conocimiento del corazón humano: David Malouf, Una vida imaginaria, donde se narra el exilio de Ovidio en las selvas de Tumis y su encuentro con un niño salvaje; Moacyr Scliar, El centauro en el jardín, la crónica de la vida y los amores de un centauro judío nacido en el sur de Brasil; J. L. Carr, Un mes en el campo, la historia de un hombre traicionado que encuentra en una antigua pintura mural la secreta historia de otro, que es su reflejo; Sadedh Hedayat, La lechuza ciega, la extraordinaria novela de un Kafka iraniano sobre un hombre obsesionado que hace realidad sus propias pesadillas; Ronald Firbank, Las excentricidades del Cardinal Pirelli, una escandalosa y desopilante comedia gay de los años veinte; Vlady Kociancich, Últimos días de William Shakespeare, las divertidas aventuras de un crítico teatral envuelto en las maquinaciones de una revolución cultural latinoamericana.
Cuenta Jaime Gil de Biedma en uno de sus poemas cómo, una tarde, haciendo el amor en un pinar arenoso, descubrió que estaba siendo espiado por un muchachito atónito y cómo, al cabo de tantos años, aquel amante que el poeta alguna vez fue, seguiría siendo joven para siempre en el recuerdo de un desconocido. Así es con los libros. La juventud de Madame Bovary durante sus agostos en Tostes, el paseo estival al faro prometido al hijo de la señora Ramsay, los tórridos amores de Lady Chatterley en su jardín, la calurosa tarde en la que el señor Sorel tiró el libro de su hijo Julien al río, se fijan en nuestra memoria como si fueran momentos de nuestra propia vida, componiendo un solo intenso y maravilloso verano que no acaba nunca, y que vuelve a repetirse, año tras año, cada vez que, como el muchachito de Gil de Biedma, espiamos sus intimidades entre las páginas de un libro.

Un reencuentro con...

Middlemarch. George Eliot. Traducción de José Luis López Muñoz (Cátedra, Alba y Debolsillo).

El ingeniero de almas. Josef Skvorecky. Traducción de Isabel Núñez y José Aguirre (Circe).

Crimen y castigo. Fiódor Dostoievski. Traducción de Rafael Cansinos-Assens (Planeta).

Rosaura a las diez. Marco Denevi (Alianza).

El mensajero. L. P. Hartley. Traducción de José Luis López Muñoz (Pre-Textos).

Sansón o el jardín del asfódelo. Enrique López Sánchez (Brand).

La flor azul. Penélope Fitzgerald. Traducción de Fernando Borrajo (Mondadori).

Una vida imaginaria. David Malouf. Traducción de Jordi Fibla (El Aleph).

El centauro en el jardín. Moacyr Scliar. Traducción de Mirian López Moura (Swan).

Un mes en el campo. James Lloyd Carr. Traducción de José Manuel Benítez (Pre-Textos).

La lechuza ciega. Sadeq Hedayat. Traducción de Teresa Gallego e Isabel Reverte (Siruela).

Thérèse Raquin. Émile Zola. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia (Alba).

Hamlet. William Shakespeare. Traducción de Luis Astrana Marín (Espasa).

Las ciudades, título de la trilogía, de Pío Baroja, reunida en la editorial Alianza. Los títulos de cada uno de los volúmenes de la trilogía son: César o nada (Debate), El mundo es ansí (Espasa), La sensualidad pervertida (Círculo de Lectores).

El amante de Lady Chatterley. D. H. Lawrence. Traducción de Andrés Bosch (Planeta y Mondadori).

miércoles, 23 de diciembre de 2009

LECTURA, Recomendación de. "Tu rostro mañana", de Javier Marías



Publicada originalmente en tres entregas (Fiebre y lanza, 2002; Baile y sueño, 2004; Veneno y sombra y adiós, 2007), se ofrece ahora Tu rostro mañana, la obra cumbre de Javier Marías, como lo que en realidad es: una sola, grandiosa y monumental novela, que la crítica extranjera ya ha saludado como una de las cimas literarias de nuestro tiempo.
El narrador protagonista, Jacques o Jaime o Jacobo Deza, conoce los inesperados rostros de quienes lo rodean y también el suyo propio, y descubrirá que, bajo el mundo más o menos apaciguado en que vivimos los occidentales, siempre late una necesidad de traición y violencia que se nos inocula como un veneno.
Una historia que es mucho más que una historia apasionante, contada con la maestría de uno de los mejores novelistas contemporáneos, tal vez el más profundo y arriesgado.


· La crítica ha dicho


“Javier Marías es uno de los más grandes escritores vivos”. CLAUDIO MAGRIS


“De lejos es el mejor prosista español actual… Un escritorazo”. ROBERTO BOLAÑO


“Entre quienes deberían recibir el Nobel está Javier Marías”. ORHAN PAMUK


“Esta trilogía está llamada a ser una de las grandes novelas de nuestra época”. ANTHONY BEEVOR


“Uno de los mejores escritores europeos contemporáneos”. J. M. COETZEE


“Utiliza el lenguaje como un anatomista el escalpelo, para dejar al desnudo los más íntimos secretos del ser humano”. W G SEBALD


“Un escritor de genio”. CHARLES BAXTER
(Fuente: http://www.alfaguara.santillana.es/libro/tu-rostro-manana/1419/)

Aquí podemos leer sus primeras páginas.

miércoles, 15 de julio de 2009

PRENSA CULTURAL. LECTURAS. Libros recomendados para este verano

(Fotografía de Vicens Giménez)

En "elpais.com" aparece este reportaje: Lecturas de arena y sol. Diez escritores (Ignacio Martínez de Pisón, Carme Riera, Fernando Savater, Luisa Castro y Andrés Trapiello...) nos recomiendan sus obras favoritas.