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jueves, 3 de octubre de 2013

PRENSA. Sobre el diario de Lena Mujina, que retrata el asedio nazi de Leningrado

Un tanque T-34 soviético en la avenida Nevsky de Leningrado durante el asedio de la ciudad durante la II Guerra Mundial. / EL PAÍS

   En "El País":

“El gato dio para comer diez días”

El diario de Lena Mujina, la Ana Frank de Leningrado, ofrece una mirada íntima al atroz asedio nazi

Conservado milagrosamente, el emotivo documento se publica ahora en España

 30 SEP 2013

Quiere la casualidad que la víspera de mi cita con los viejos horrores del asedio de Leningrado me tope en la calle con las explosiones de las bombas, y con el mismísimo Stalin. Es en una gran pantalla instalada al aire libre al final de la Mihajlovskja, una avenida que sale de Nevski Prospekt y en la que se proyecta un filme moderno sobre el terrible episodio de la II Guerra Mundial. Me siento en una silla plegable junto a un indigente con pantalones de camuflaje que aferra una botella de vodka y los dos pegamos un bote cuando las imágenes muestran cómo se derrumba una manzana de casas entera entre un atronador estruendo. Con todo, los bombardeos no fueron lo peor de aquellos 900 días que costaron a la actual San Petersburgo cerca de un millón de muertos, un número de vidas mayor que el que perdieron los británicos y los estadounidenses en toda la guerra. Lo peor fue el hambre, que en los momentos más duros del cerco por los nazis se cobraba hasta 10.000 muertes diarias. Al día siguiente de la proyección acudo al encuentro con el historiador Sergei Iarov, responsable del descubrimiento y edición del diario de Lena Mujina, un conmovedor testimonio del asedio que publica ahora en España Ediciones B.
Elena Vladímirovna Mujina, Lena, a la que se conoce como la Ana Frank de Leningrado, por las semejanzas con la historia de la joven judía holandesa, era una chica de 16 años que residía en la ciudad y nos dejó, en unas páginas que combinan la intimidad adolescente con el documento histórico, una descripción muy directa y turbadora de las vivencias de la población.
El diario, escrito a mano e ilustrado con algunos dibujos, arranca el 22 de mayo de 1941, con las anotaciones usuales de una jovencita cualquiera sobre estudios, amistades y primeros amores, como Vovka (“Ojalá me mirara una sola vez”). “Me vienen pensamientos tristes a la cabeza, tengo muchas ganas de romper a llorar”, escribe Lena, que anhela cambios en su vida. Estos van a llegar, pero no los esperados. El 22 de junio anota que las tropas alemanas han cruzado la frontera. Mujina da cuenta de las primeras disposiciones, la construcción de refugios, la instalación de antiaéreos. “La ciudad ha empezado a transformarse”.
He quedado con Iarov en el Museo de la defensa y el asedio de Leningrado, centro que recoge innumerables objetos relacionados con el episodio, desde un fusil de francotirador ruso y cascos alemanes agujerados, a la reconstrucción de un puesto de mando soviético y un refugio civil, pasando por una vitrina que muestra las patéticas raciones de pan de los peores días del cerco, cuando la gente se comía los cinturones y los guantes, y cosas peores: no pocos se volvieron caníbales. Iarov, que peina como Illya Kuryakin, señala que el museo está consagrado a mostrar más la dureza patriótica de Leningrado que no su dolor y su miseria. “La realidad fue diferente de lo que se expone aquí, por eso es tan interesante un testimonio directo como el de Lena Mujina. La gente, pese a la épica de la propaganda soviética, simplemente trató de sobrevivir, haciendo lo que fuera”.


Lena Mujina, en una fotografia que aparece en le portada del libro " El diario de Lena" / EL PAÍS
En su diario, Lena pasa de la excitación al hablar de las alarmas, los primeros combates aéreos sobre la ciudad, el tráfico de camiones militares y tanques por la Nevsky, a la preocupación ante la reducción de las cuotas de las cartillas de racionamiento. El cerco se estrecha. Mientras, sigue escribiendo de sus pequeños asuntos (“Zoia sale a pasear y se da besos”). El 29 de agosto muere su madre natural, enferma crónica desde hace años. Ella sigue llamando “mamá Lena” a su tía, que es con quien vive. Anota dónde caen bombas, y el número de víctimas. El 7 de septiembre oye en la radio a Dolores Ibárruri, nuestra Pasionaria. El 8 de octubre, ayudando en un hospital, ve por primera vez un muerto. “No me dan nada de miedo los muertos pero se me caen las lágrimas de pena”.
Llega el invierno. “Hay nieve por todas partes y hace un frío atroz”, “todos los días hay bombardeos horribles, todos los días hay fuego de artillería”. Comienza a escribir obsesivamente de comida. Una página entera sobre un bollo. El 21 de noviembre anota que cumple 17 años. “Tengo un hambre atroz, siento un vacío horrible en el estómago. Qué ganas tengo de comer pan, qué ganas”. Escribe que la gente, desnutrida, ya no tiene fuerzas para bajar a los refugios. Lee Grandes esperanzas (¡), de Dickens. Un sudario de muerte, nieve y oscuridad cubre la ciudad. “Escribo con el abrigo puesto, a la luz de un cabo de vela, mordisqueo las migas de pan para prolongar el placer”. El 18 de diciembre anota que han matado y se han comido al gato. “Nunca pensé que la carne de gato sería tan sabrosa, tan tierna”. Da gracias a la mascota, “que nos dio de comer durante diez días”.
Otro día, comparte una albóndiga de caballo, y gelatina hecha con cola de carpintero. En la calle, a -31 º, “en algunos trineos llevan dos y tres cadáveres, está muriendo mucha gente”. El 8 de noviembre muere de inanición su madre-tía. “Me he quedado sola”. Con el conserje, arrastran el cadáver hasta la calle Marata donde se depositan los muertos…
“Es un diario muy impresionante”, comenta Sergei Iarov. Detrás de su hallazgo hay toda una historia detectivesca. “Apareció entre la documentación que se conserva del asedio. No sabíamos quién era la autora. Tratamos de encontrar la vivienda que menciona pero ya no existe. Finalmente, hallamos el rastro de una pintora que Lena menciona y apareció una correspondencia entre las dos”. La gran pregunta era si Lena, cuyo diario acaba el 25 de mayo de 1942 explicando la receta de la sopa de ortigas y señalando que se encuentra muy débil, había sobrevivido al asedio, y a la guerra. “Descubrimos que sí, se marchó de San Petersburgo en junio de 1942, y durante cuatro décadas vivió en Moscú, donde falleció en 1991, sin hijos”. Iarov subraya que Lena fue muy afortunada por sobrevivir. Le pregunto al historiador qué hace tan especial el diario de Lena. “Su total sinceridad y claridad. No esconde sus sentimientos y emociones. Su sufrimiento, su hambre, incluso sus reacciones egoístas de supervivencia. La gente a menudo se avergüenza de eso. Y ofrece muchos detalles. Es el único diario de una adolescente que muestra el asedio día a día”.
De la comparación de Lena con Ana Frank admite que es oportuna. “Las dos se encuentran en sitios cerrados, en un edificio y en una gran ciudad cercada. Sufren miedo. Plasman sus sentimientos e intereses de chicas, el enamoramiento, el sexo. Las circunstancias concretas por supuesto son distintas. Y, claro, el final: Lena salió del cerco para vivir, Ana de su escondite para morir”.
Para el historiador, lo más emocionante del diario de Lena, y del de Ana, es que comprobar “que pese a lo terrible de la experiencia la humanidad sobrevive entre el dolor y las ruinas como una flor inmarchitable”. Iarov, que marca en un mapa lugares en que San Petersburgo aún muestra cicatrices de la guerra, dice que el asedio sigue muy presente en la memoria de la ciudad. “Lo recordamos más con dolor que con orgullo”. El canibalismo, un fenómeno que recientemente historiadores como Michael Jones han revisado al alza, no aparece en el diario, ni en el museo. “Es el secreto terrible de Leningrado, hubo mucha gente acusada y seguramente solo vemos la punta del iceberg”.
Los alemanes crearon ese infierno en la tierra a conciencia. “Leningrado nunca pudo ser un Stalingrado”, señala Iarov. “Los sitiadores tenían mucho miedo a que toda la ciudad pudiera convertirse en una trampa explosiva. Además, no querían tener que aprovisionar a tanta gente. De forma que el objetivo pasó a ser no conquistar la ciudad sino matar a sus habitantes de hambre”.

lunes, 13 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Noche oscura de Cheever", por Antonio Muñoz Molina

John Cheever. Fotografía de Stathis Orphanos ("The New York Times").

En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Noche oscura de Cheever
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 11/09/2010

Hay diarios que es preciso leer con cautela para no intoxicarse con su desolación. En la lectura de un diario hay siempre una parte adictiva, quizás por contagio del hábito que fue dando lugar a su misma escritura. Cada día o cada pocos días el autor ha abierto un paréntesis peculiar de soledad para contarse a sí mismo el cuento casi siempre monótono de su propia vida. Cada día ha abierto el cuaderno que se va llenando poco a poco o el archivo del ordenador que es como el cajón con llave donde se guardan las intimidades, y es posible que esa costumbre se haya rodeado de otras no menos ineludibles: quizás una cierta hora del día o de la noche, un lugar preciso, quizás algo de tabaco o de alcohol, o alguna otra sustancia que haya ido formando parte tan indisolublemente del acto de escribir como la tinta o como el sonido de las teclas. Leemos ensayos o ficciones para dejarnos llevar por el impulso de un propósito, por un sentido de dirección que raras veces se percibe en el desorden natural de la experiencia. Lo que nos atrae de los diarios es precisamente que se parecen a la indeterminación de la vida. Cada entrada es una hoja de calendario que tiene su lugar en el orden de los días pero que también se abre y se cierra sobre sí misma, tan completa y separada de las otras como el arco de las veinticuatro horas o el del tiempo transcurrido entre el despertar y el regreso al sueño.
Casi cualquier otro libro, salvo los de poemas o de aforismos o máximas, los leemos de principio a final: el volumen de un diario lo abrimos por cualquier página y cada lectura caprichosa adquiere para nosotros un orden distinto, aunque en algunos casos el final atrae con una fuerza maléfica porque también señala el final de una vida. Sándor Márai escribía a máquina su diario, pero la última anotación la hizo a mano, con letra diminuta, el 15 de enero de 1989: "Estoy esperando el llamamiento; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora". Su vida hasta el 21 de febrero, cuando se disparó un tiro en la cabeza, es una sucesión de hojas en blanco en un cuaderno interrumpido. Entre el final de la escritura del diario y el final de la vida se abre un limbo sin palabras en el que quien ha interrumpido el hábito de escribir sigue caminando entre los vivos como un huésped anticipado de la muerte. Imaginamos a Sándor Márai moviéndose muy despacio por el apartamento en el que desde hace mucho no entra nadie, un anciano torpe y casi ciego que busca a tientas el revólver con el que va a poner fin al duermevela triste de su vida.
"Basta de palabras. Un acto. No escribiré más": Cesare Pavese hizo su última anotación el 18 de agosto de 1950, pero no dejó su cuaderno en la mesita de noche en el hotel de Turín y se tomó a continuación las pastillas, como yo imaginaba. Vivió aún diez días, y uno se pregunta si en ese tiempo no tuvo la tentación de escribir de nuevo en su diario, aunque solo fuera por el impulso de un hábito demasiado antiguo como para desprenderse fácilmente de él.
No se sabe cuánto tiempo pasó entre el último apunte en el diario de John Cheever y su muerte, el 18 de junio de 1982. Blake Bailey, en su admirable biografía, calcula que debió de ser entre mediados y finales de mayo cuando el progreso del cáncer ya había acelerado su debilidad hasta el punto de no permitirle pulsar las teclas de la máquina. "Por primera vez en cuarenta años no he podido mantener con algo de cuidado este diario. Estoy enfermo. Este parece ser mi único mensaje". Cheever escribía a máquina su diario en hojas sueltas que luego encuadernaba y no ponía las fechas. La falta de marcas temporales hace que las anotaciones parezcan flotar con su recurrencia obsesiva en el teatro clandestino de la conciencia, en el que la voz del que escribe es un rumor sin descanso, sin apariencia de principio ni fin, como las divagaciones de un insomne que no distingue ninguna claridad en el dormitorio cerrado y no tiene idea de cuánto falta para el amanecer.
Después de la muerte de Cheever sus hijos encontraron veintinueve cuadernos que contenían entre tres y cuatro millones de palabras, según el cálculo de Robert Gottlieb, que editó una selección de cuatrocientas páginas, una vigésima parte del total. Emecé publicó en 1993 una traducción de Daniel Zadunaisky que no sé si se podrá encontrar todavía. La edición americana de bolsillo salió hace casi dos años, al mismo tiempo que la biografía de Bailey. Leer ahora esos diarios sin fechas y con muy pocos nombres propios al mismo tiempo que el relato asombrosamente detallado de la vida es una experiencia arrebatadora. La figura pública del escritor y su obra conocida y celebrada adquieren una profundidad nueva en la que descubrimos los manantiales secretos de su inspiración, el peso terrible de la vergüenza, el remordimiento y la culpa, la sensación permanente de extranjería y de impostura, el pozo negro del alcohol.
El diario de Cheever, como el de Pavese o el de Márai, es una noche oscura del alma en la que no conviene internarse durante demasiadas páginas seguidas. Yo casi siempre lo tengo a mano, pero pocas veces he leído más de unas pocas anotaciones seguidas. Muy pronto se vuelve irrespirable. Parece que me contagiara algo de la toxicidad de la nicotina y el alcohol con los que Cheever se estaba envenenando mientras escribía. Escribía tan borracho que apenas acertaba a golpear las teclas de manera que formaran palabras coherentes y también cuando había dejado de beber y contaba con perverso sarcasmo el aspecto de derrota de sus compañeros en las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Escribía ensañándose en su inseguridad sobre el valor de su literatura y en un sentimiento de inferioridad y de miedo al fracaso y a la humillación que no lo abandonó ni cuando tuvo un éxito indudable, en aquellos años finales en que su cara aparecía en las portadas de los semanarios influyentes y sus libros escalaban en las listas de ventas.
En su ánimo no cabían los estados intermedios: celebraba la maravilla de una mañana luminosa o de un paseo por un bosque de la mano de uno de sus hijos y a continuación se hundía en lo más lóbrego de la resaca o del resentimiento conyugal. En un parque de Boston llegó a implorarle un trago de su botella a un mendigo borracho. Se pasó una gran parte de la vida angustiado y avergonzado por sus impulsos homosexuales y en sus últimos años disfrutó con desenvoltura del amor con hombres jóvenes. Y casi cada día, durante cuarenta años, sobrio o borracho, desesperado o feliz, se sentó delante de la máquina para escribir en su diario. La última anotación termina con una despedida: "...me arranco la ropa, la dejo amontonada en el suelo, apago la luz, y caigo en la cama".

Diarios.
John Cheever.
Traducción de Daniel Zadunaisky.
Emecé. 504 páginas. 24,50 euros.

PRENSA. 13 septiembre 2010

En "El País":

1. CINE: En la muerte del director Claude Chabrol: Adiós al mordaz antiburgués. Perfil, por Antonio Jiménez Barca. Muere en París Claude Chabrol, fundador de la Nouvelle Vague - Su cine aunó ataques furibundos a la burguesía de provincias con su amor al policiaco y a la buena mesa. El soñador solitario, por Manuel Gutiérrez Aragón. Disidente entre los suyos, por Diego Galán. Agur, por Mikel Olaciregui.

2. El yo más desvergonzado. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla. Más de 40 creadores, editores e intelectuales debaten en las 'Conversaciones de Formentor' sobre las memorias y las biografías en la literatura.

3. De compras sin pisar el probador. Reportaje de Eugenia de la Torriente. La venta de ropa por Internet se ha convertido en un éxito - Las gangas vencieron la resistencia - Ya no importa el precio y el negocio incluye marcas de prestigio.

4. Primer ensayo mundial con células embrionarias en humanos. Por Malen Ruiz de Elvira. Las autoridades sanitarias de EE UU dan luz verde a siete hospitales para recuperar con esta técnica a paralíticos recientes.

5. El gran entuerto de la expulsión de los moriscos. Artículo de Francisco Márquez Villanueva,  catedrático emérito de Literatura de la Universidad de Harvard.

6. El crepúsculo de una casta. Artículo del escritor Félix de Azúa. El escritor de diarios más famoso de Reino Unido, James Lees-Milne, muestra en su obra la decadencia y desaparición de una clase social que había dominado el mundo y convertido las Islas en su finca de recreo.

lunes, 15 de junio de 2009

BIBLIOTECA. "Una mujer en Berlín". Anónima

Quien quiera enterarse de lo que en realidad ocurrió en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial tendrá que preguntárselo a las mujeres. Y es que, entre las ruinas, los hombres demostraron ser el "sexo más débil". Así lo ve la autora de este libro, que vivió el final de la guerra en Berlín. Sus observaciones, exentas de toda autocensura, aparecieron publicadas por primera vez por un editor norteamericano en 1954, gracias a los esfuerzos de Kurt W. Marek, crítico y periodista, a quien la autora confió el manuscrito.
La presente edición recoge, además del epílogo que Marek adjuntó a dicha primera edición en inglés, una introducción de Hans Magnus Enzensberger, donde relata las vicisitudes por las que han pasado estas memorias desde su creación, y la razón por la que la autora decidió no revelar su identidad.
(Texto de la contracubierta)

Lleva como subtítulo Anotaciones de diario escritas entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945.

Con traducción de Jorge Seca, está publicada por QUINTETO (bolsillo), tiene 325 páginas, y está en la BIBLIOTECA.