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miércoles, 15 de junio de 2016

CULTURA. "Afrancesados". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Afrancesados

La cultura se ha vuelto anglosajona. Pero a uno le gusta ser afrancesado, por ejemplo, en la defensa de la igualdad civil o el laicismo

Jane Birkin y Serge Gainsbourg.

Jane Birkin y Serge Gainsbourg.

La palabra “afrancesado” no tiene equivalente en francés. El afrancesamiento ha sido una afición o una aspiración española de siglos, cultural y también política, no siempre conectada con alguna realidad francesa, sino más bien con un sueño, un ideal que era el negativo exacto de muchas de las cosas que lamentábamos aquí. El afrancesamiento nació en el siglo XVIII como una querencia por la Ilustración, y duró quizás hasta los años setenta del siglo pasado, ya irreconocible, convertido en moda de radicalismo prochino o de impenetrable jerga filosófica. Me acuerdo de un conocido de entonces abriendo su maleta después de un verano en París, como si abriera el cofre de un tesoro: folletos maoístas, especulaciones de grandes cerebros sobre la Gran Revolución Cultural Proletaria, etcétera; también una revista de resplandecientes mujeres desnudas que se llamaba Lui. Para entonces, la transparencia magnífica y la agudeza irreverente de la lengua francesa que vivificó a nuestros ilustrados se habían desfigurado en palabrería abstrusa que no significaba nada y que era recibida como los dictámenes de un oráculo más sagrado aún por ser inaccesible. Los pisos alquilados de estudiantes de izquierdas con aspiraciones intelectuales olían a aceite de girasol y a humo de tabaco negro, y contaban con estanterías hechas de tablas y ladrillos en los que no faltaban nunca las traducciones del francés publicadas por Siglo XXI: Althusser, Nicos Poulantzas, Deleuze.

Quizá mi generación fue la primera que se desentendió en mucho tiempo de la hegemonía cultural francesa

Me compré un libro de Deleuze porque trataba de Proust y no entendí ni una sola palabra. Compré otro de pavoroso espesor de Poulantzas y se lo cambié rápidamente y con algo de remordimiento a un amigo por un volumen de cuentos de Kafka. De aquellas abstracciones filosóficas que adornaban una apología permanente del totalitarismo a mí no me salvó una lucidez que no tenía. Lo que me salvó fue la pereza, la pura desgana de esforzarme en descifrar conceptos oscuros que se correspondían tan poco con cualquier hecho de la realidad como las especulaciones teológicas del siglo IV sobre la naturaleza humana o divina de Cristo o el enigma del Espíritu Santo.
Quizá mi generación fue la primera que se desentendió en mucho tiempo de la hegemonía cultural francesa. Por culpa de Julio Cortázar, o gracias a él, habíamos imaginado París como un escenario de bohemia intelectual y existencial más que de compromiso político. Había que ir por París con un cigarro en la boca y con las solapas del chaquetón subidas buscando a la célebre Maga —el nombre ya se las traía—, y que discutir sobre jazz con pedantería y erudición sentados en el suelo, junto al tocadiscos. Botellas vacías de vino con velas encendidas eran elementos de decoración opcionales.

Más tentadoras que la Maga de Cortázar me resultaban las mujeres espigadas y flexibles de las películas de la nouvelle vague

Más tentadoras que la Maga me resultaban las mujeres espigadas y flexibles de las películas de la nouvelle vague que irrumpían de vez en cuando, sin aviso ni justificación, en los cines rancios de Úbeda. No creo que nadie haya retratado nunca el amor masculino por las mujeres con más delicadeza que François Truffaut. Las inquietudes eróticas formaban parte de un vago impulso de emancipación política, de rechazo instintivo de la beatería eclesiástica y franquista. Echábamos una moneda en la máquina de discos del bar y escuchábamos a Serge Gainsbourg y a Jane Birkin susurrando Je t’aime, moi non plus. A pesar de nuestro francés obligatorio, no entendíamos prácticamente nada. Para mayor sobresalto erótico, yo había leído y releía una novela de Jesús Torbado que se titulaba Las corrupciones. Trataba de un seminarista de provincias que abandona los hábitos para lanzarse a una vida de aventuras en autoestop por las carreteras y las capitales de Europa. En los muelles del Sena bebe vino tinto y escucha música de guitarras entre cuadrillas de hippies y se acuesta con todo tipo de liberadas extranjeras.
Pero nuestra cultura estaba dejando de ser francesa. En los institutos se enseñaba casi exclusivamente francés, pero el inglés era la lengua de las canciones que nos exaltaban. El francés era disciplinario y escolar como el latín. La música de la libertad estaba cantada en inglés. Escuchábamos las canciones queriendo seguir las letras impresas en las fundas de los elepés. Con la ayuda de un diccionario, las intentábamos rudimentariamente traducir palabra por palabra. No nos hacía falta entender casi nada para celebrar como himnos las canciones que llegaban no desde el otro lado de los Pirineos, sino desde mucho más lejos, desde más allá del Atlántico, desde las costas mitológicas de California. La novela de Torbado nos animaba a escapar hacia el norte, pero cuando un amigo descubrió En el camino, nos hicimos devotos de Jack Kerouac y aprendices de beatniks por las carreteras comarcales de la provincia de Jaén. Berkeley y San Francisco eran nombres más prometedores que París. Pero seguía siendo Radio París la emisora que sintonizábamos cada noche para saber noticias no censuradas sobre España.

Después de dar muchas vueltas, me sigue gustando quedarme de vez en cuando a vivir en la lengua francesa.

La cultura, en las últimas décadas, se ha vuelto anglosajona, o directamente americana, aquí como en todas partes, en lo mejor y en lo peor, en lo singular y valioso y en la generalización de la basura. Pero en algunas cosas de primera importancia a uno le gusta seguir siendo afrancesado. En la defensa de la igualdad civil y el laicismo, por ejemplo; en los ideales prácticos de la instrucción pública y la separación de la Iglesia y el Estado, que en España siguen siendo en gran parte quimeras; en el ejercicio insobornable de la razón ilustrada y la irreverencia crítica, que nació con Montaigne y sigue más vivo y relevante que nunca en cualquier página de Diderot.
Acostumbrado a la claridad y a la concisión del inglés, la prosa intelectual francesa de los últimos tiempos me fatiga muy pronto, aunque no tanto como ese derivado extremo de su opacidad que es la prosa académica americana, tan desdichadamente imitada en español. Pero algunos de mis maestros capitales, de mis escritores más queridos, siguen siendo franceses, ahora más incluso que cuando los descubrí, porque ahora, más que lecturas ocasionales, son hábitos de mi vida, compañías constantes, siempre al alcance de la mano. Nunca me canso de volver a Montaigne o a los diarios y relatos de viajes de Stendhal. A pesar de su naturalidad, la lengua de Montaigne es arcaica, pero la de Stendhal tiene la inmediatez fresca del habla, de la charla vivaz de un amigo. Cuando era muy joven me gustaba aprenderme de memoria estrofas de Baudelaire, pero adonde vuelvo con mayor constancia es a sus ensayos y apuntes en prosa, sus páginas insuperables de crítica de arte, sus divagaciones sobre música, la maestría fragmentaria de El spleen de ParísLos paraísos artificialesMi corazón al desnudo. El rigor extremo que dieron al verso Baudelaire y Mallarmé se lo dio Flaubert a la prosa narrativa; pero tanto como las exactitudes y la contención de Madame Bovary me gustan los desbordamientos verbales a los que se entregaba en sus cartas. En Proust uno se sumerge con plena felicidad durante largas temporadas. Marguerite Duras te mantiene en vilo durante las dos o tres horas de una tarde sin sosiego. Después de dar muchas vueltas, me sigue gustando quedarme de vez en cuando a vivir en la lengua francesa.

jueves, 5 de mayo de 2016

HISTORIA. LITERATURA. "Las voces de Hannah Arendt". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Las voces de Hannah Arendt

Su lucidez ante el totalitarismo no la ayudó a comprender el proceso mental ni la vileza de los que lo ejercieron

Las voces de Hannah Arendt
Hannah Arendt no olvidó nunca los años de su vida en los que no tuvo un país, en los que anduvo de un lado a otro con documentos provisionales o inseguros y estuvo a cada momento a merced de un policía que se los reclamara o de un guardia fronterizo que se negara a sellarlos. Tenía 27 años cuando salió huyendo de Alemania en 1933 y se refugió temporalmente en París. Como contó amargamente nuestro Manuel Chaves Nogales, los expatriados y los fugitivos de los regímenes dictatoriales de Europa llegaban a Francia atraídos por los ideales universales de libertad y ciudadanía de la Tercera República, pero en vez de un refugio encontraron una trampa, porque en la Francia de mediados de los años treinta se espesaba una atmósfera de xenofobia en la que las víctimas de las dictaduras y las persecuciones eran vistas como enemigos emboscados, apátridas peligrosos que traían consigo su miseria y ofendían la buena conciencia de las gentes de orden con sus avisos de desastres.
Hannah Arendt, como Chaves Nogales o Walter Benjamin o tantos otros, pasó años sobreviviendo malamente en París, despojada de su nacionalidad alemana por el Gobierno hitleriano e incapacitada para adquirir cualquier otra. En su propio país era una extranjera indeseable porque era judía: pero en Francia era sospechosa por ser alemana. Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940 y se lanzaron a la cacería de todos los disidentes que habían escapado del fascismo en los años anteriores, encontraron que la República francesa les había hecho ya una parte del trabajo. A Hannah Arendt, que había sido una apátrida desde 1933, los franceses la encerraron en un campo de concentración en 1939 por ser alemana y por lo tanto enemiga. Si no hubiera escapado a tiempo los alemanes la habrían mantenido presa y probablemente ejecutado por ser judía.
En sus fotos de juventud Arendt tiene en la mirada una expresión de inteligencia y apasionamiento. En medio de la intemperie hostil del exilio conoció al amor de su vida, un compatriota antifascista alemán que no era judío, Heinrich Blücher. En 1941, cuando toda Europa se derrumbaba en la negrura, lograron escapar a Estados Unidos. Yo he visitado el pequeño cementerio en un bosque cerca del río Hudson, en la parte alta del Estado de Nueva York, en el que están juntas sus dos lápidas, planas sobre la tierra, entre la hierba y las hojas.
Arendt murió en 1975. En Estados Unidos logró por fin una ciudadanía segura, y en Nueva York la posición académica e intelectual que merecía, pero la experiencia de sus años sin país y por lo tanto sin derechos la marcó para siempre, y se convirtió en el eje vital de sus convicciones políticas y sus tempestuosas posiciones públicas. Las calamidades del totalitarismo y de la II Guerra Mundial, estaba convencida, habían tenido su origen no tanto en las matanzas industrializadas de la I como en las muchedumbres de desplazados, refugiados y apátridas desatadas por ella. Nada crea tan rápido tantos extranjeros como un proceso de construcción nacional. Gracias a la devastación de la guerra y al invento de los Estados nacionales que ocuparon el espacio de los imperios vencidos, millones de personas tuvieron que abandonar a toda prisa sus lugares de origen, y se encontraron despojados de identidad civil. Y también hubo millones que no tuvieron que desplazarse para convertirse en extranjeros: bastó que algún comité patriótico cambiara las fronteras en un mapa, o que se decidiera que la identidad tenía que ver ahora con el origen o el idioma, o que un judío no podía ser ciudadano del país en el que su familia llevaba viviendo durante generaciones.

Arendt murió en 1975. En Estados Unidos logró por fin una ciudadanía segura, y en Nueva York la posición académica e intelectual que merecía

Hannah Arendt vio todo eso. En sus cartas y en sus ensayos la reflexiones políticas sobre la condición del refugiado tienen una urgencia de relatos autobiográficos. En un documental que acaba de estrenarse en un pequeño cine de Nueva York, Vita Activa. The Spirit of Hannah Arendt, su directora, Ada Ushpiz, logra unir el rigor histórico y biográfico con la plena expresividad del lenguaje del cine. Pocas cosas me parecen hoy en día tan atractivas estética e intelectualmente como un documental muy bien hecho.
En la película se oye la voz ronca y fumadora de Hannah Arendt en sus últimos años, pero otra voz de mujer lee las cartas de su juventud y de su destierro, y mientras la escuchamos estamos viendo la hermosa caligrafía casi taquigráfica de Arendt, las palabras que escribiría tan rápido en un papel que se ha vuelto amarillo, y también imágenes intercaladas de aquellos años, como un contrapunto a veces de barbarie y a veces de trivialidad. En una película casera, unos oficiales alemanes hacen una burla de los rezos judíos, cubriéndose las cabezas con cortinas o cojines, muriéndose de risa. En otra, dos militares en camiseta bailan a las puertas de un barracón. Un operario instala una chimenea en un edificio de un campo: a continuación se pone otra chimenea como un gorro, y marca el paso alegremente.


Arendt, en el juicio a Adolff Eichmann en 1960.


Hannah Arendt fue tan valerosa y tan desafiante cuando acertaba como cuando se equivocaba. Y como les pasa a veces a las personas muy adiestradas en el pensamiento abstracto y en los debates de ideas, no parece que tuviera mucha perspicacia para juzgar a los seres humanos reales. Su lucidez ante el totalitarismo no la ayudó a comprender los procesos mentales ni la vileza íntima de gente que lo había apoyado y ejercido. Nunca llegó a aceptar que su venerado maestro y amante de la primera juventud, Martin Heiddeger, no fuera otra cosa que un nazi, un cínico miserable que después de la guerra se disfrazó de viejo ermitaño filosófico para eludir su colaboracionismo con los matarifes.
Y, extrañamente, no supo o no quiso ver detrás de la máscara de mediocridad y mansedumbre que adoptó Adolf Eichmann cuando estaba siendo juzgado en Jerusalén. Acertó parcialmente, a mi juicio, en un concepto, el de la banalidad del mal, que ya está asociado para siempre a ella: los mayores horrores, los más terribles sufrimientos pueden ser causados por personas superficiales y mediocres, en nombre de razones estúpidas, de ideas de quinta fila, o ni siquiera eso, por obediencia, por inercia, por moda, por el qué dirán. Adolf Eichmann no era muy inteligente, pero tampoco era ese burócrata más bien aséptico que organizó la logística formidable de la Solución Final porque se lo encargaron, igual que habría organizado una red de distribución de alimentos, o los suministros de gasolina de los que se ocupaba, sin ningún brillo profesional, antes de ingresar en el Partido nazi. Como sabía mucha gente ya entonces, y como han aclarado investigaciones posteriores en Argentina, Eichmann era un nazi convencido, un verdugo plenamente consciente de la magnitud sanguinaria de su tarea.

En su propio país era una extranjera indeseable porque era judía: pero en Francia era sospechosa por ser alemana

Pero hay una parte del legado de Hannah Arendt que se vuelve más relevante cada día. Su voz suena contemporánea cuando identifica el totalitarismo con la negación sistemática a aceptar la realidad, y elegir la fantasía ideológica o la pura ficción por encima de la racionalidad y el empirismo. Y quien ve ahora cómo Europa rechaza a los fugitivos de la guerra y el fanatismo se acuerda de aquellos ríos de refugiados entre los cuales caminó en su juventud Hannah Arendt.