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viernes, 15 de abril de 2016

NOVELA GRÁFICA. Sobre "Aquí vivió", de Isaac Rosa y Cristina Bueno

   En "El País":

Sobre las ruinas de un desahucio

Isaac Rosa y Cristina Bueno muestran el problema de la vivienda en 'Aquí vivió', su nueva novela gráfica

Rut de las Heras Bretín   11 abril 2016



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Viñeta de 'Aquí vivió'.

Una casa tiene memoria, el que la habita la dota de ella. La casa donde se nace -o a la que se llega tras el tiempo de rigor en el hospital-; la búsqueda del hogar ideal, o el mejor dentro de las posibilidades de cada uno: los planos y el imaginar donde se colocarán los muebles, el visitar centenares y de repente la sonrisa que se dibuja al encontrar la que parece perfecta; la de los padres con esa habitación donde el tiempo se para entre la infancia y la adolescencia; el olor de la de los abuelos, con muebles de otras épocas...
Estos recuerdos, a veces arrancados de cuajo, están en Aquí vivió (Nube de tinta, 2016), la novela gráfica del escritor Isaac Rosa y de la ilustradora Cristina Bueno. "Este libro es una excusa para dar a conocer el problema de la vivienda que llevamos arrastrando años y que nos afecta a todos, para mantener vivo el tema de los desahucios -que son la manifestación más extrema del problema- y las plataformas que luchan contra ellos", manifiesta Rosa que ha querido que el hogar tome un papel protagonista en esta historia, pero no como valor material sino como contenedor de vidas y de recuerdos. "Habitamos muchas casas, algunas en las que ya ha vivido alguien antes y ha dejado allí su historia". El escritor pone sobre la mesa estos temas desde un punto de vista diferente -no solo desde el que lo sufre, sino desde los que de una manera de otra lo viven: los vecinos, la policía, el cerrajero, los que llegan después a ese piso...-.



Se buscó un dibujo luminoso. "Lo dramático y oscuro era lo previsible", apunta Rosa, que de esta forma plasma en el papel la idea positiva del trabajo y de lo conseguido por las plataformas de afectados por la hipoteca (PAH). El dibujo sencillo y amable ayuda a que la novela amplíe el rango de edad. Cumple uno de los objetivos, que el libro sirva para todos los públicos, empezando por los niños, acercarles este tema que ya ha dejado de estar tan presente en los telediarios pero que sigue ocurriendo cada día y del que tienen derecho a saber y a preguntar. Los colores de las ilustraciones, que solo son el azul verdoso, el blanco y el gris, ayudan a diferenciar las partes de ficción y las de realidad de la novela. Estas últimas cumplen una función informativa y didáctica, además de evocar situaciones vividas por cualquiera como ese consejo de "no alquiles, compra, con lo que te gastas en pagar el alquiler pagas una hipoteca", que muchos se han arrepentido de seguir.




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Viñeta de 'Aquí vivió'.


Los recursos utilizados por Bueno son numerosos, muchos de ellos sugeridos por Rosa, que ha indagado en este nuevo lenguaje para él. Utiliza los planos de las viviendas o de las ciudades. Un mapa de una ciudad en el que se marcaran cada uno de los desahucios llevados a cabo sería demoledor, sobre todo en barrios como el conocido como Villa Desahucio (Ciutat Meridiana en Barcelona) o Vallecas y Villaverde, en Madrid. Su afán según iba releyendo la historia era dejar menos texto, suprimir bocadillos y dar más espacio al dibujo, que a través de las imágenes se entendiera todo. Son sucesos muy visuales, sobran las palabras -la gente saliendo de sus casas arrastrando colchones y niños, la policía levantando a los que protestan en la puerta...-. Se lamenta de que la sociedad se haya inmunizado y ya no se escandalice por esas imágenes. En el libro se hace un símil escalofriante: si todos los desahucios que se han llevado a cabo hasta el momento se produjeran el mismo día en una ciudad lo que se vería sería una escena de guerra, una multitud de personas arrastrando sus pertenencias sin ningún lugar al que ir más allá del que le ofrezcan las plataformas ciudadanas. Demasiado parecido a otras fotografías que nos llegan desde el Este de Europa y ante las que también va creciendo la indiferencia.
 Al comenzar este proyecto, Rosa pensó que cuando la novela llegara a las librerías compartiría estanterías con otras tantas de la misma temática, que habrían salido multitud de películas. Los creadores tenían un desgraciado filón para contar centenares de historias en cualquier disciplina y, aunque poco a poco van saliendo, echa de menos más. Les anima a que vayan a cualquier asamblea provistos de libreta para tomar notas. "Los activistas no tienen tiempo de guardar esta memoria. Están en la lucha diaria. Somos nosotros los que tenemos que construirla". También les motiva Carlos Macías, portavoz de la PAH de Barcelona, con el mismo argumento: "La necesidad de que haya memoria colectiva". Ve bien reflejadas las plataformas en Aquí vivió.
A pesar de la percepción generalizada, Macías indica que desde 2007 el número de desahucios no ha dejado de crecer. En el lenguaje usado por Rosa y Bueno esto se traduciría a que las marcas que se hacen detrás de las puertas para ver lo que crecen los miembros de una familia siguen aumentando trimestre tras trimestre




Cristina Bueno e Isaac Rosa, autores de 'Aquí vivió'. Luis Sevillano

sábado, 23 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. CÓMIC. Sobre Guy Delisle

   En "El País":

Dibujante famoso, progenitor pésimo

Guy Delisle se ríe de su día a día con sus hijos en el cómic ‘Guía del mal padre 2’

Es una obra muy distinta de sus tebeos más famosos


Una de las viñetas de 'Guía del mal padre 2'. / GUY DELISLE
La niña al fondo. Y el niño cerca de la puerta. Pero un asunto tan baladí como la elección de qué hijo duerme en cada cama puede no ser tan fácil de solventar. “¿Por qué no puedo coger yo la del fondo?”, pregunta inocente el pequeño Louis. De todas las respuestas posibles, su padre escoge una que dura 17 viñetas e incluye la eventualidad de que un asesino entre por la noche, intente acuchillar a los pequeños, solo consiga lacerar algunas arterias del más cercano a la puerta y así permita a la familia, en medio de un baño de sangre, salvar al menos a la otra hija, Alice.
Si realmente el dibujante Guy Delisle (Quebéc, 1966) hubiese respondido de esta manera al pobre Louis, merecería una denuncia de Unicef. Sin embargo, lo único auténtico es una escapada familiar a una casa rural y una disputa infantil sobre camas. Lo demás, por suerte, es fruto de su imaginación. Y una de las historietas que puebla Guía del mal padre 2 (Astiberri), segundo volumen que el artista dedica a una delirante narración por sketch de sus vivencias con sus pequeños y sus pésimas habilidades como progenitor –exageradas aposta, tercia -.
“Hacía mucho que venía dándole vueltas. Ahora mi día a día son mis hijos. Los miraba y pensaba: ‘Quizás pueda contar una historia’. De todos modos me gustaba trabajar con los detalles de la vida cotidiana también en mis otros libros”, cuenta Delisle por teléfono desde Montpellier, donde reside. Aun así, los aficionados de sus obras anteriores se encontrarán con un mundo completamente distinto.
Se mantiene, de alguna manera, el estilo: Delisle se retrata a sí mismo en medio de acontecimientos entre marcianos y raros. Pero la descripción tragicómica del régimen norcoreano (Pyongyang) o de la compleja vida en Myanmar (Crónicas birmanas) deja paso a una veintena de episodios entre deberes, cumpleaños, videojuegos y demás actividades padre-hijos. Aunque Delisle no echa de menos los tiempos de la aventura: “Viajo mucho, por mis libros. La semana próxima voy a Polonia. Y, luego, a la India…”.


Una viñeta de 'Pyongyang', de Guy Delisle. / ASTIBERRI
Quizás algún crítico sí eche en falta las viejas historias del dibujante canadiense. Respecto a los aplausos habituales o a los premios (su Crónicas de Jerusalén fue el mejor cómic de la edición 2012 de la feria de Angoulême) esta vez se han levantado más voces en contra. Delisle, sin embargo, asegura que apenas lee las críticas ni tampoco le interesan especialmente.
Eso sí, el humor negro no ha abandonado al dibujante. Ni tampoco el recuerdo de aquellos viajes. En 2003, en el más famoso de ellos, se fue a vivir a Pyongyang, reclutado por una compañía de animación. Entre las condiciones, tuvo que firmar un acuerdo de confidencialidad –los queridos líderes no aman la comunicación- y nada más aterrizar le llevaron a homenajear a una estatua de Kim Il-sung –los queridos líderes sí aman ser queridos-.
Sin embargo, la empresa quebró, con ella el pacto, y Delisle retrató al régimen, su control y el mundo fuera del mundo de Corea del Norte en una novela gráfica. “No saben lo que está pasando más allá de sus fronteras, te sientes en una secta. Cuando la dictadura caiga nos sorprenderá la locura de ese país. Allí todo es posible”, cuenta ahora Delisle. Tanto que, presuntamente, el flamante dictador Kim Jong-un habría servido a su tío, aún vivo, como plato del día para unos perros hambrientos. Delisle no lo considera imposible, como sí fue encontrar a alguien que soltara incluso una sola palabra contra el régimen: “Para ellos sería muy peligroso hablar de eso con un extranjero. Son muy fieles a su líder, y en todo caso no tienen elección”.
Años después de la experiencia coreana, el dibujante siguió a su mujer, miembro de Médicos sin Fronteras, hasta Myanmar. De allí salióCrónicas birmanas, el segundo retrato autobiográfico de un intruso a paseo por una sociedad cerrada. La portada del libro le retrata, literalmente, empujando con aire inocente un carrito con su hijo ante unos militares. “En Rangún, donde nos hospedábamos, la gente tenía una vida decente. Lo duro es para los que habitan en otras zonas del país, dónde los turistas no están autorizados siquiera a viajar”, relata el autor.
Una nueva etapa de su periplo le llevó hasta Israel, otra vez siguiendo a su esposa. “En Jerusalén el conflicto está muy presente. Hay muchos soldados, con sus pistolas. No me sentía cómodo. Durante nuestra estancia hubo un ataque contra Gaza y mi mujer tuvo que trabajar el triple. La gente con la que hablaba le decía que temía ser bombardeada”. Como es su costumbre, luego Delisle cogió notas, memoria y paciencia y parió Crónicas de Jerusalén.
“Los dibujos que hago para mis cómics normalmente no los colgaría en una pared. No soy el tipo de artista del que puedes exponer las viñetas en un muro y que queden bien. Están hechas para un libro, para servir a la historia”, defiende. Ya sea para narrar un dictador, una guerra o un conflicto por una cama.

viernes, 20 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "Lloremos, pero de risa"

   En "Babelia":

Lloremos, pero de risa

En tiempos en que el ingenio desborda las redes sociales, los libros de humor se multiplican


ILUSTRACIÓN DE MIGUEL BRIEVA.
Esta página debería empezar con un chiste, pero empieza con una definición, dos definiciones. La primera: “Humor: facultad de parodiar las propias convicciones, o sea, de pensar”. La segunda: “Crisis: periodo trágicamente fértil”. Su autor es el hispanoargentino Andrés Neuman, que ha recogido en Barbarismos (Páginas de Espuma) casi mil palabras pasadas por el ingenio y ordenadas alfabéticamente, como si Gómez de la Serna hubiera completado el Diccionario de tópicos de Flaubert. Cuentan que Heinrich Heine, poeta alemán, hombre serio, dijo en su lecho de muerte: “Dios me perdonará, es su oficio”. Antes había dicho que “después del llanto más sublime acaba uno por sonarse”, y ése parece el estado de ánimo de una multitud de autores empeñados en que el rechinar de dientes de la crisis no sea incompatible con reír a mandíbula batiente. En tiempos en que un informativo satírico como El Intermedio (La Sexta) saca medio millón de espectadores al Telediario de la noche y en los que basta la metedura de pata de un político machista o la abdicación de un rey para que las redes sociales se llenen al minuto de comentarios jocosos y juegos de palabras, la literatura de humor ha ido ganando espacio, es decir, ampliando el cultivado durante años por escritores como Eduardo Mendoza, Juan José Millás, Antonio Orejudo o Juan Aparicio Belmonte. Mientras las recopilaciones de monólogos o de viñetas firmados por cómicos de la tele son ya casi un género literario y veteranos como Forges o El Roto siguen publicando libros regularmente, varias editoriales explotan la vena humorística. La Conjura de la Risa se llama, precisamente, la colección que acaba de lanzar Anagrama con obras de John Kennedy Toole, Tom Sharpe, Arto Paasilinna o Alan Bennet. Entretanto, Blackie Books, lleva tiempo recuperando la narrativa de Enrique Jardiel Poncela, cuya Poesía completa publicó meses atrás el sello Hiperión. Por otro lado, el compositor Benet Casablancas acaba de reeditar El humor en la música (Galaxia Gutenberg) y hasta el último premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, con autores como María Zambrano y Umberto Eco en el palmarés, ha ido a parar este año a un dibujante, Quino.
 ¿Son las crisis para el humor esos periodos “trágicamente fértiles” de la definición de Neuman? ¿Funciona mejor en tiempos revueltos? El historiador argentino José Emilio Burucúa, autor del ensayo La imagen y la risa, evoca el latino castigat ridendo mores (corrige las costumbres riendo) para concluir que “los revoltijos sociales multiplican la producción de obras satíricas”. Con todo, cuenta que en la Argentina actual no hay revistas de ese cariz como Le Canard Enchaîné en Francia o Mongolia y El Mundo Today en España: “Paradójicamente, sí las hubo en las peores épocas de la derecha peronista y de la dictadura militar. Fueron famosas Satiricón y, sobre todo, Humor que, con gran calidad, se atrevió a ironizar hasta sobre la tortura ya en 1979”. Y apunta el nombre de dos columnistas satíricos actuales: “Uno en La Nación de los sábados (Carlos Reymundo Roberts) y otro en la revista dominical Perfil (Alejandro Borenstein); sus burlas contra el Gobierno son francamente desopilantes”. La mexicana Bárbara Jacobs responde a la misma pregunta con otra pregunta: “¿Ha habido tiempos no revueltos política y socialmente?”. Narradora y ensayista, Jacobs escribió con su marido —el cáustico Augusto Monterroso, fallecido en 2003— una célebre Antología del cuento triste, pero se licenció en Psicología en 1979 con una tesis titulada La risa. Veinte años después convirtió esa tesis en el ensayo Nin reír. Ambos le sirvieron para concluir que “nunca ha faltado el autor satírico que, aun a riesgo de su vida, puntualizara con su navaja particular la revoltura política y social de su tiempo”.


Dibujo de Raúl Cimas para su libro 'Demasiada pasión por lo suyo' (Blackie Books).
De la sátira y sus riesgos algo sabe el chileno Patricio Fernández, que en 1998 fundó con un grupo de amigos el semanario The Clinic, hoy una referencia en América Latina. La revista, cuyas páginas han ocupado autores como Nicanor Parra, Pedro Lemebel o Rafael Gumucio, no nació como tal sino como un panfleto para “festejar” la detención de Pinochet en una clínica de Londres, de ahí su nombre. “Y más todavía”, añade Fernández, “para molestar a sus defensores y herederos”. Ni que decir tiene que se molestaron: “Recibimos amenazas de bomba e incluso a mí me golpeó por ahí un insigne pinochetista. El giro que hizo The Clinic fue responder a la barbarie dictatorial con sátiras y sarcasmos en lugar de con gritos de rabia”. ¿Cuándo se dieron cuenta de que habían dado en el clavo? “Cuando descubrí que los hijos de los pinochetistas también se reían con nuestras burlas en la cara misma de sus padres, y hasta algunos de esos padres cuando nadie más los veía”. Para Fernández, en tiempos agitados es cuando el humor muestra toda su fuerza corrosiva: “A fin de cuentas, es la voz de la duda. Su mensaje de fondo es que nada es enteramente lo que creemos y que siempre pervive un resto de absurdo capaz de recordarnos que jamás la tragedia es completa ni ninguna verdad enteramente sagrada. Es un bálsamo democrático capaz de disolver las jerarquías con una eficacia mayor que la de cualquier fusil revolucionario”.
De lleno en la crisis española, Jordi Costa, responsable de la antología Una risa nueva. Posthumor, parodias y otras mutaciones de la comedia (Nausícaä), abunda en la idea: “Tiempos duros invitan a carcajadas fuertes. Cuando la realidad se degrada, la risa se convierte en un arma”. Un arma que se dispara cada día con un estímulo diferente. “Por eso es difícil impedir que se hagan chistes sobre el tema del momento”, dice refiriéndose a la reciente retirada de una portada de la revista El Jueves dedicada a la abdicación del Rey: “No ha sido un veto del poder, sino autocensura empresarial antes de que pasara nada, pero en estos días es imposible no bromear sobre la Corona”.

“Ocho apellidos vascos’ es graciosa y desdramatiza, pero llega 20 años tarde”, sostiene la escritora
y académica Carme Riera
Una demostración de que el humor depende del tiempo —el tema del momento— y del espacio es la movilidad de los tabúes sobre los que actúa. Carme Riera, narradora en catalán, académica de la RAE y profesora de la Universidad de Barcelona, señala dos de esos tabúes: el nacionalismo y los calvos. ¿Los calvos? “Sí, los hombres calvos”, insiste. “Si haces un chiste delante de uno se molesta. Igual que si haces una caricatura de Cataluña o Andalucía delante de un catalán o un andaluz”. Sabe de qué habla. En 2009 publicó la novela Con ojos americanos (Bruguera), una ácida visión de la realidad catalana vista por un estudiante estadounidense de paso por la Ciudad Condal. Aquella incursión humorística de la escritora mallorquina puso, cuenta ella, “de muy mal humor” a los nacionalistas. “Hubo quien dijo que eran lectores míos, pero que dejaban de serlo. Así son los nacionalismos, el catalán, el español y todos”. Un filón, por cierto, que explotan tanto Javier Pérez Andújar en la novela (con vodevil) Catalanes todos (Tusquets) como Javier Traité en Historia torcida de España (Principal de los Libros).
Si la caricatura identitaria ha tenido expresiones televisivas como Polònia (Cataluña), Vaya semanita (País Vasco) u Oregón Televisión (Aragón) ha sido su traducción cinematográfica la que ha marcado un hito con Ocho apellidos vascos, la película de Emilio Martínez Lázaro, la más taquillera del cine español. Carme Riera, sin embargo, tiene sus reservas: “No pasará a la historia del cine. Es graciosa y desdramatiza, pero llega 20 años tarde”. Autora del ensayo El ‘Quijote’ desde el nacionalismo catalán, en torno al Tercer Centenario, Riera advierte del riesgo de ceñirse al “tema del momento”: la caducidad. “Hay que elevar la anécdota a categoría”. ¿Un ejemplo? “Obviamente, el Quijote. Lo curioso es que en su época se leyó como un libro de risa, pero su prestigio le viene de que los románticos los leyeron como una obra seria, triste”.

“Somos nuestro sentido del humor y no una esencia profunda. Todos llevamos un payaso dentro”, afirma el cineasta Álex de la Iglesia
Es imposible hablar del humor en español sin hablar de Cervantes y sin que surja una pregunta: ¿por qué en una tradición literaria dada a lo chusco el humor tiene poco pedigrí? Bárbara Jacobs es categórica: “La gente toma en serio lo que no entiende y a la ligera lo que le llega al alma. Es un mecanismo de defensa clásico”. Del mismo hilo —defensa y ataque— tira el director de cine Álex de la Iglesia, que acaba de publicar su segunda novela, Recuérdame que te odie(Planeta): “El humor es un disolvente, un arma. Si alguien no te toma en serio tienes que poner más ahínco en defender tus argumentos. En el cristianismo el dolor está muy valorado y el humor no se considera una categoría sino un estado de ánimo. Para mí, sin embargo, es un método de conocimiento. Somos nuestro sentido del humor y no una esencia profunda. Todos llevamos un payaso dentro”. Para el director de Las brujas de Zugarramurdi, el humor tiene además un efecto incontrolable: “El gag tiene una estructura matemática. Te ríes o no, sin tiempo de pensar si te gusta”. Uno de sus referentes, confiesa el cineasta, es Enrique Jardiel Poncela: “Me obsesiona. No se le ha tomado en serio porque parece que en sus obras no hay nada debajo; lo que no hay es moraleja”.
Según el crítico Jordi Costa, vivimos una recuperación de Jardiel asociada a un cambio de sensibilidad en los cómicos y en los lectores. No es casual que José María Merino feche su prólogo a los citados Barbarismos de Neuman el 18 de febrero, aniversario de la muerte del “Gran Maestre del Sarcasmo”. “Ahora se le ve como un adelantado a su tiempo, sofisticado y cosmopolita”, explica Costa. “Durante años, asociado al franquismo, lo minusvaloraron, pero si lo lees sin prejuicios descubres que las suyas son novelas posmodernas que armonizan experimentación y sentido del espectáculo”.


Autorretrato de Joaquín Reyes.
A algunas de esas formas de vanguardia espectacular las ha bautizado Jordi Costa como poshumor, un género que no busca tanto la risa como el desconcierto y entre cuyos representantes estarían los cómicos de la generación chanante (con Joaquín Reyes a la cabeza) y el ultrashowman Miguel Noguera, que alternan los libros con el escenario o la televisión y que, de ponerse solemnes —muchos pasaron por Bellas Artes—, terminarían en la Documenta de Kassel. Si las imitaciones de los primeros no buscan mimetizarse con el imitado, sino caricaturizar su discurso —que no su voz: todos hablan con acento manchego—, el segundo trabaja con chistes que no terminan de construirse. “Todo chiste”, explica Costa, “tiene planteamiento, nudo y desenlace. Los de Noguera —texto, imagen— presentan la idea chocante desnuda”. “No es un trabajo de ingenio, es un registro de visiones sobrevenidas que han tenido la suerte de caer en gracia a una parte del público”, escribe Noguera en el reciente Mejor que vivir (Blackie Books). Entre ese público están, por ejemplo, los príncipes de Asturias, que hace unos meses acudieron a uno de sus delirantes ultrashows. Antes los reyes iban a los toros.

En su prólogo a La risa os hará libres (Planeta), una especie de cara B gamberra de los ensayos de Montaigne firmada por Dani Mateo (El Intermedio / Yu: no te pierdas nada), Javier Cansado —que hace doblete como prologuista en Demasiada pasión por lo suyo (Blackie Books), del chanante Raúl Cimas— recuerda con justicia que si no hubiera sido por cómicos como él todavía estaríamos con los chistes de Lepe. Fogueado en el monólogo —género al que Edu Galán acaba de dedicar el ensayo Morir de pie (Rema y Vive)—, Dani Mateo se pregunta cómo será el humor que viene: “Faemino y Cansado, Wyoming o Pablo Carbonell salieron en un tiempo muy festivo, los ochenta. Nosotros, también, a finales de los noventa. Tal y como están las cosas, no sé si habrá recambio. Tengo mucha curiosidad: veo a chavales en Internet haciendo cosas que no acabo de entender, pero que tienen cientos de miles de visitas. Igual en lugar de cómicos salen artistas conceptuales tirándose sangre por la cabeza”. Recién terminada en la Feria del Libro su sesión de firmas (y de fotos con móvil), Mateo concluye: “El éxito de El Intermedio demuestra que incluso en las peores circunstancias la gente necesita reír”.
Y de paso señala que, también fuera de las redes sociales el espectador prefiere corrosión a guante blanco. “Es cierto, vamos muy sin filtro”, dice. ¿Dónde está pues —tema eterno— el límite del humor? “El límite del humor es cuando deja de hacer reír”, argumenta Mateo. “Yo lo plantearía al revés, ¿dónde está el límite de la seriedad? El humor o tiene una función terapéutica o no sirve. Soy fan de los humoristas que me incomodan. Si no molesta a nadie es insuficiente”. Jordi Costa recuerda que la comedia es muy difícil de reglamentar, pero que existen temas que piden cuarentena dependiendo del umbral de tolerancia de cada uno: “Después del 11-S aparecieron muchas imágenes trucadas con las Torres Gemelas, pero a Gilbert Gottfried, el primer cómico que se atrevió a hacer un chiste sobre el tema, lo vapulearon. ¿Bromear es un impulso inevitable? No son los mismos comentarios escalofriantes que se leyeron en Twitter cuando mataron a la presidenta del PP de León que cuando la abdicación del Rey, que casi pide a gritos que el chiste sea inmediato. Tal vez el límite sea el dolor ajeno. Es cosa de tu propia conciencia”.
Acostumbrado a lidiar con la conciencia cada vez que plantea una entrega de The Clinic, Patricio Fernández argumenta que los que quieren poner fronteras al humor son aquellos —“reyes y sacerdotes”— que “dependen de ser tomados en serio para volver efectiva su fuerza”. “Aquello que no es para la risa”, dice el periodista chileno, “es el dolor del prójimo, salvo, claro, que ese otro también se ría con nosotros”. Dicho esto, matiza: “Existe el humor escapista, el chiste fácil e incluso el chiste cruel y bárbaro. Todos hemos visto en películas a los nazis riéndose de una víctima. El que se ríe del débil es un cobarde. La sátira, más bien, apunta a desarmar al poderoso, a mostrar al rey desnudo. En todo caso, son territorios difícilmente pontificables, porque desde el momento en que uno se pone a dictar cátedras al respecto, se abre una fisura de duda y el humor vuelve a encontrar tierra fértil para cultivar sus plantas venenosas”.

domingo, 18 de mayo de 2014

PRENSA CULTURAL. CÓMIC. "Frans Masereel: sin palabras", reportaje

Frans Masereel

   En "El País":
Frans Masereel: sin palabras
   Un libro rescata la figura del autor que, a partir de postulados expresionistas e izquierdistas.
    Se convirtió en el precursor de las novelas gráficas sin texto.

Borja Hermoso Madrid 1 ABR 2012
 
   ¿Qué unió a gente tan variopinta como Thomas Mann, George Grosz, Stephen Zweig, Hermann Hesse, Art Spiegelman, Will Eisner o Romain Rolland? La pasión por la obra de Frans Masereel (Blankenberge, Bélgica, 1889 – Aviñón, Francia, 1972), uno de los más grandes creadores de su generación -la de la primera y segunda décadas del siglo XX- a quien sin embargo la Historia (oficial) del Arte decidió no reservarle una casilla de honor.
   Sí lo haría, curiosamente, la Historia del Cómic, cuyos autores, manuales, clasificaciones y recordatorios han coincidido de manera recurrente en concederle todos los honores. Entre ellos, el de considerarle el precursor de un subgénero fascinante, incrustado allá en el cruce de caminos entre la literatura, el cine y la ilustración: la llamada novela en imágenes, a su vez inspiradora de las hoy muy en boga novelas gráficas, aunque sin bocadillos de texto ni viñetas al uso.
   La reciente publicación de La ciudad (Nórdica Libros), joya de misterio, angustia y precisión y una de las obras cumbre en la producción gráfica de Masereel, recupera la figura de este electrón libre del mundo de la narración a través de la imagen. A sus 36 años, este pacifista convencido, enamorado perdidamente de la obra de Goya y nacido en el seno de una acomodada familia de Gante, ya había firmado varias obras maestras: Mon livre d’heures (1919), Un fait divers (1920) y Souvenirs de mon pays (1921), entre otros títulos, aunque nada de ello, ni siquiera la relación personal con artistas y escritores consagrados como Grosz o Mann, le habían catapultado a la fama. En todas esas obras, pero de manera destacada en la escalofriante La cité (La ciudad, 1925) Masereel bebe de las amargas fuentes temáticas del expresionismo: angustia, soledad, miseria, rebelión, violencia, sexo, muerte. También de sus fuentes estéticas. Tanto, que Masereel podría haber sido uno más en las paredes de los abundantes museos y exposiciones a la mayor gloria de dioses del expresionismo alemán como Kirchner, Meidner, Pechstein o Heckel. Quizá le faltó a Frans Masereel militar en las filas de movimientos serios como Die Brücke o Der Blaue Reiter en lugar de dedicarse a colaborar en periódicos de Ginebra y París y exhibir, a partir de los años treinta, una indisimulada fascinación por el comunismo de los sóviets.
   Pero el caso es que la dimensión de algunos de sus trabajos -y desde luego el escalofriante La ciudad- nada tiene que envidiar, bien al contrario, a los de alguien como Ernst Ludwig Kirchner, quien, como él, engrandeció técnicas como el grabado en madera o la xilografía, aprendidas en el París de principios de siglo.
   Un libro como La ciudad y, en general, la obra de Masereel, ha de ser enmarcada en el concepto de lo que el estadounidense Will Eisner, el creador de The Spirit, llamó en su día el arte secuencial (El cómic y el arte secuencial, libro de referencia para cualquiera que quiera entender por fin y para siempre la dimensión del cómic como medio de expresión).
   También ha de quedar constatada la clara influencia del cine mudo expresionista en la obra de Masereel: es imposible separar los grabados en madera ejecutados por Masereel para La ciudad con las imágenes de películas como El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene (1920) o el Nosferatu, de Murnau (1922). Por no hablar de la que sin duda observa unos paralelismos más evidentes ya no con el estilo sino con la temática de este libro: Metrópolis, dirigida por Fritz Lang. Pero aquí habría que hablar de influencias a la inversa: la legendaria sinfonía urbana de Lang fue rodada en 1927, es decir, dos años después de la publicación de La ciudad y cuando las pinturas y los grabados de Kirchner eran ya unos clásicos.
   El hecho de que, por regla general, los libros de imágenes de Masereel estuvieran vertebrados a razón de una obra por página, como si fueran fotogramas si se van pasando a toda velocidad, no hace más que reforzar esa relación de cercanía con el cine. No por casualidad, le preguntaron a Thomas Mann en 1919 cuál era la película que más le había impresionado hasta la fecha, y el autor de La montaña mágica contestó que Mon libre d’heures, de Frans Masereel… que no era ninguna película sino un libro, un libro que el propio Mann acabaría prologando.
   Dueño de un universo tan tenebroso como fiel a la realidad social y política del período de entreguerras, y tan horrible como fascinante, Frans Masereel brinda en este libro, La ciudad, el desolador retrato de lo mejor y de lo peor de que es capaz el ser humano. Es, en ese sentido, un autor de una modernidad que no se agota.
   No hay textos, para qué. Tan solo un dantesco blanco y negro para plasmar en toda su crudeza la violencia física y psicológica, la miseria frente a la opulencia, las putas bajo su yugo y las señoronas bajo sus sombreros, y el hollín tiñendo de negro las fábricas y las ventanas de las casas de los pobres.
   La ciudad según Masereel tiene ya 87 años, pero sigue vigente. Es lo que, entre otras cosas, define a las obras maestras: la perdurabilidad de su discurso.
 
PACO ROCA CONSTRUYE UN MICRORRELATO CON SEIS DE LAS ILUSTRACIONES DE LA CIUDAD:
 
1.                              Si hubiésemos preguntado a cualquiera de sus compañeros cómo era Niemand D., ninguno de ellos habría sido capaz de decir más de un par de vaguedades sobre él. Una persona puntual, hubiera dicho uno; un tipo educado, habría respondido otro. Poco más después de diez años de trabajar codo con codo junto a él.

1.                              Por ese motivo, sorprendió tanto cuando aquella mañana un misterioso avión arrojó un millar de octavillas amarillas en las que podía leerse “Niemand D. cometerá una locura”. “¿Quién es ese Niemand D. que está a punto de cometer una locura?”, se preguntaron todos en la Ciudad.

1.                              Sus compañeros lo miraron recelosos, el director de la empresa lo despidió sin atender a razones, los ciudadanos se apartaron de su lado y el conductor del tranvía se negó a abrirle las puertas ante la mirada temerosa del resto de pasajeros. Niemand D. se subió entonces a la colina y meditó apesadumbrado hasta caer la tarde.

1.                              Por más que lo intentaba no llegaba a entender qué locura podía estar a punto de cometer. Recordó entonces asustado un sueño pasado. Se veía a sí mismo con el rostro desencajado por la locura estrangulando a una joven corista. ¿Era un sueño premonitorio? ¿Acaso era él un asesino que aún no había cometido el crimen fatal?

1.                              Por primera vez Niemand D. vio las cosas claras. Por primera vez en su vida se sintió con las fuerzas necesarias para poder tomar las riendas de su destino. Llegó caminando a su edificio, después subió con decisión las escaleras y por fin cerró la puerta tras él al entrar en su apartamento.

A las 20:17 de aquel martes, Niemand D. tomó la primera decisión de su vida.