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martes, 31 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Hay 'Drácula' más allá de las cruces"

   En "El País":

Hay ‘Drácula’ más allá de las cruces

Fernando Vicente ilustra una edición del clásico que evita algunas imágenes icónicas


FERNANDO VICENTE
El ilustrador Fernando Vicente reconoce que "no había leído" el clásico que publicó Bram Stoker en 1897. Sus referencias del conde Drácula eran sobre todo cinematográficas. Este madrileño de 51 años participó en 2012 en una exposición, en A Coruña y Madrid, sobre el centenario de la muerte de Stoker con una ilustración del escritor irlandés y otra de uno de los Dráculas más célebres del cine, Bela Lugosi. Ahí fue cuando la editorial Reino de Cordelia le propuso ilustrar esta novela, y entonces se puso a leerla. "Un año, aunque no de continuo", dice Vicente que necesitó para completar los dibujos de esta bella edición que acaba de ver la luz con la traducción de 1993 de Juan Antonio Molina Foix y un prólogo del filólogo y poeta Luis Alberto de Cuenca.
Este nuevo Drácula contiene unas 40 imágenes grandes, varias de ellas a doble página, y otras 30 pequeñas, incluidas las siluetas que encabezan cada capítulo. En la cubierta del libro hay dos bocas a punto de besarse con un colmillo blanco asomando en una de ellas. Y de ese roce nace de fondo "un río rojo, de sangre", describe el autor de la que define como "una portada mínima". Para estar preparado cuando le llegase la inspiración, Vicente fue tomando notas a medida que leía las aventuras del bebedor de sangre y sus enemigos. Así le fueron viniendo a la cabeza las imágenes que ha distribuido en las 544 páginas del libro. No tenía muchos precedentes en el mundo de la ilustración que le sirvieran de referencia, principalmente una versión en cómic realizada al óleo por Fernando Fernández. Como escribe De Cuenca en el prólogo: "El mundo de la ilustración no ha mostrado tanto interés por este personaje como el cine".
Vicente, también pintor y colaborador en EL PAÍS desde hace 15 años con sus dibujos, intentó huir para este trabajo de las conocidas imágenes cinematográficas del mito que están en el imaginario popular: los vampiros elegantes y repeinados como el mencionado Lugosi o el británico Christopher Lee, el repulsivo Nosferatu, de Murnau; o la versión que dirigió Francis Ford Coppola en 1992 protagonizada por Gary Oldman. "A medida que avanzaba en mi trabajo, en la editorial me decían, '¿pero no vas a dibujar más cruces y ajos?' Pues, no. Y tampoco hay estacas. Además, he preferido no enseñar demasiado el rostro del personaje", subraya, por lo que al vampiro se le ve casi siempre de perfil o entre tinieblas. "Es para mantener cierta curiosidad en el lector".
Lo que sí ha intentado transmitir sin ambages "es la desazón y el ambiente malsano del texto original, de una novela que sigue teniendo vigencia, he querido contar el auténtico Drácula". Para ello ha empleado mucho el color negro, "más del que suelo usar, para reflejar así la noche y las sombras, y el rojo, que remite a la sangre, además del blanco y el gris". Todo con el estilo pulcro y elegante que le caracteriza.

“He preferido no enseñar demasiado el rostro del personaje”
El ilustrador explica que en los pasajes del libro que relatan sueños y pesadillas ha "dejado volar más la imaginación". Mientras que quizás lo más complicado "de esta tarea tan costosa de acometer" ha sido ilustrar la persecución final al príncipe de las tinieblas, resuelta con una doble página en la que un lobo a la carrera alberga en su interior un coche de caballos y una locomotora.
Donde también ha querido dejar su impronta Fernando Vicente ha sido a la hora de dibujar a las mujeres protagonistas de esta historia, Mina Murray y Lucy Westenra, mostradas con cuerpos marfileños y entre transparencias, apetitosas para el monstruo que las quiere poseer. "Y cuanto más cerca están de enamorarse, de caer en los brazos de Drácula, más sensuales las he dibujado".

sábado, 24 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. "Drácula vuelve a ser malo"


Ilustración: Fernando Vicente

   En "El Mundo":

LITERATURA Edición ilustrada

Drácula vuelve a ser malo

  • Olvídense aquel conde enamoradizo y un poco provinciano que inventó Coppola. Vuelvan a la versión de Bram Stoker, ahora reeditada por Reino de Cordelia con las ilustraciones de Fernando Vicente. 'No hay en el mundo un Drácula ilustrado tan ambicioso'




"Drácula no lleva gafitas redondas ni va al cinematógrafo, como en la versión de Coppola. Drácula es el mal absoluto. Es malo como un demonio, carece de aristas positivas. Quiere una hembra por egoísmo, no por amor".
Jesús Ejido, editor de Reino de Cordelia, se acuerda de aquel 'Drácula' de cuando estábamos en primero de BUP, con Gary Oldman y, ay, Winona Ryder en el reparto, aquella película que a algunos les gustó mucho y a otros no les gustó nada y que quién sabe cómo habrá envejecido. Este invierno habrá otro 'Drácula' en la cartelera, lo dirige Gary Shore, y ya se verá si sale bien o medio bien o si, la verdad, se lo habrían podido ahorrar, pero Egido cree que la apuesta buena es volver al original, a la novela de Bram Stoker. Reino de Cordelia acaba de publicar una nueva edición de las aventuras del señor Drácula con ilustraciones de Fernando Vicente y prólogo de Luis Alberto de Cuenca, y a partir de la traducción al español de Juan Antonio Molina Foix de 1993, que, según cuenta Egido, es la favorita de los vampiros. "A nosotros nos interesa el Drácula malo, la maldad absoluta. A nosotros y a todos los personajes del libro. ¡Menuda tragedia la de Mina Harker, que después de haberse acostado con un monstruo debe conformarse con hacerlo con su marido!".
¿Alguien vio, el año pasado, aquella película tan bonita, 'Tú y yo', de Bertolucci? El personaje de Tea Falco se drogaba muchísimo ["No, non è una figata...perchè sei indifferente, e l'indifferenza non è una bella cosa, e poi diventi fredda, cattiva... Mala!"], de modo que a todos nos parecía un poco vampiresa, pero lo que nos interesa es que su hermano, Lorenzo, se escondía en un sótano para tirarse una semana leyendo 'Drácula'. ¿Con qué tecla dio Bram Stoker? Porque vampiros ya los había. "Creo que [el acierto fue] la capacidad para unir lo atávico, el mito, con la modernidad de un Londres donde ya se escribía a máquina, se hacían transfusiones de sangre, se viajaba por el mundo en barco de vapor y se estaba estrenando la iluminación eléctrica", explica Egido.
Y continúa. "Entre otras muchas cosas, [en 'Drácula' está] el sentido del humor. El humor aporta distancia a la literatura y le permite resistir mejor el paso del tiempo, convierte en inmortales y modernas las grandes obras clásicas, como se ha comprobado con Cervantes, Shakespeare, Plauto... Stoker fue muy amigo de Mark Twain y el Drácula está plagado de guiños humorísticos, como esa obsesión de Renfiled por tener un gatito. ¿Para comérselo? O ese esfuerzo de la protectora de animales por adoptar al perro que salta del 'Demeter', el barco donde ha viajado Drácula, cuando todos sabemos que ese chucho es un lobo maligno, un diablo a cuatro patas. Stoker sabe meter en el mundo moderno una leyenda milenaria y la cuenta con humor y todos los elementos a su alcance para aportar credibilidad".
Egido promete que el aliciente de 'su' 'Drácula' no se acaba en el valor del texto de Stoker. Que las ilustraciones de Fernando de Vicente son un asunto importante, nada rutinario. Que el reto ha sido crear una imagen nueva para el vampiro tan potente como la de las películas clásicas, el 'Nosferatu de Murnau, o el señor elegante de Bela Lugosi y de Christopher Lee. " Es cierto que el cine le ha puesto muchas veces cara al vampiro, pero, por otro lado, hay muy pocas versiones ilustradas de Drácula. Por tanto, eludiendo el aspecto excesivamente teatral de Lugosi y Lee, Fernando ha podido ofrecer una versión personal sin contar con excesivas influencias gráficas. El vampiro que más se parece a la novela sería Nosferatu, pero peca de expresionista. No creo que haya en el mundo un Drácula ilustrado tan ambicioso como el de Fernando Vicente, algo que nunca me cansaré de agradecerle".

martes, 31 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "El príncipe de las tinieblas", por Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

El príncipe de las tinieblas

"Drácula", la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. Pero es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro

 15 SEP 2012

Se ha cumplido este año, en el mes de abril, el centenario de la muerte del escritor irlandés Bram Stoker, autor de Drácula(1897), de la que Oscar Wilde dijo que era la novela más bella escrita jamás. Es extraño un calificativo así referido a un libro que habla de la desgracia de existir, de un mundo presidido por la abyección y el mal. La novela comienza con el diario de Jonathan Harker, un agente inmobiliario que viaja a la remota región de los Cárpatos para formalizar la venta de una casa en Londres, y que no tarda en descubrir que es prisionero del extraño y monstruoso ser que le acoge en su castillo.
En uno de los pasajes de este diario, Jonathan Harker nos narra su encuentro con tres lujuriosas mujeres que irrumpen en su habitación aprovechando la ausencia del conde, su amo y señor. Son tres vampiras y, aunque Harker se da cuenta enseguida de que algo maléfico las impulsa, no puede evitar caer bajo su hechizo. “Mi corazón, escribe, se inflamó con un deseo malvado y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos”. Representan, como la Lilith bíblica, el lado oscuro y perverso del ser femenino, la amenaza de una sexualidad libre, sin las ataduras de la religión o las convenciones sociales. Primo Levi, en su relato Lilith, describe así a la primera compañera de Adán: “A ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver adónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya sea en sueños, o por vicio o adulterio”. Ese semen desperdiciado, el que tiene que ver con los sueños y los deseos inconfesables, es el símbolo de esa sexualidad oscura y siempre ávida de nuevas víctimas que representa el vampiro.
Drácula, escrita en plena época victoriana, habla con un atrevimiento insólito en su época del deseo sexual. Ese deseo no sólo aparece en los merodeos nocturnos del conde sino en el consentimiento de sus víctimas. Una de las leyes que rigen el mundo de los vampiros es que estos sólo pueden entrar en una casa si alguien los llama desde su interior, lo que explica la frase con que el conde recibe a Jonathan Harker, al comienzo de la novela, en la puerta de su castillo: “Entre libremente”. Es decir, porque así lo desea. Es Jonathan Harker el que desea besar los labios rojos de la vampira, y serán, más tarde, Lucy y Mina, la prometida de Jonathan, las que llamen al conde para ofrecerse a él. Las escenas de esa entrega son de una intensidad sexual que todavía hoy, en que la sexualidad ha dejado de ser un tabú, nos hacen estremecernos, y no es difícil imaginar lo que supuso en su tiempo leer unos pasajes como estos.
Drácula, la novela de Bram Stoker, nos enseña que no somos dueños de nuestros deseos, por eso nos perturban. No es cierto que nuestro cuerpo nos pertenezca, siempre pertenece a otro: a aquel o aquella que lo hace despertar. Mina y Lucy rechazan todo lo que el conde representa —la oscuridad, el daño, el dominio—, y sin embargo una y otra vez le llaman a su lado pues inconscientemente ansían ese semen que se pierde en las noches, que no llega a la matriz de la esposa, y que representa la sexualidad libre que no dejan de anhelar. Pero mientras que Lucy termina devorada por esa sexualidad y por transformarse ella misma en una vampira; Mina logra sustraerse a su influjo gracias a la fuerza del amor. La historia de estas dos muchachas es sin duda el corazón de este libro extraordinario.

La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas
Pero Drácula es también, entre muchas otras cosas, una novela sobre la escritura de un libro. Un libro que lector ve crecer ante sus ojos, como esa obra que separa la razón de la locura, el mundo de los hombres del de la animalidad y el mal. Todos los que se acercan a Drácula comparten misteriosamente esta necesidad de escribir, de contar lo que les sucede cuando se acercan a él, y así, tras el diario de la visita al castillo del conde de Jonathan Harker, nos encontraremos con el diario de Mina y con las cartas que ésta intercambia con su amiga Lucy. A estos documentos no tardan en sumarse las notas de los doctores Seward y del doctor Van Helsing. Todos ellos padecen, como Hamlet, la misma compulsión a anotar lo que ven, sin perder ni un solo momento, como si supieran que lo que está en peligro no es sólo sus propias vidas sino la posibilidad misma de lo humano.
Drácula representa lo que Nietzsche llamó la “gran razón del cuerpo”, que es justo lo que niegan los sensatos diarios que leemos, como si eso tan humano de lo que no dejan de hablar, con su sometimiento a todos los convencionalismo de la época, terminara por resultar insignificante. Sólo el conde Drácula habla de lo que somos, sólo en él se esconde nuestra verdad.
Las victorias de Drácula, como las del demonio cristiano, proceden de una comprensión profunda de la naturaleza de sus víctimas. El hecho de que Lucy se transforme en vampira, y que la misma Mina esté a punto de hacerlo, significa que esas damas sangrientas que tanto temen viven agazapadas en su interior. Drácula no hace sino liberarlas, pues nadie puede transformarse en algo que no es. La amenaza del vampiro está inscrita en la misma naturaleza de sus víctimas. Habla en suma de todo lo que estas son y se niegan a reconocer.
Todo esto aparece expresado con perturbadora y bella crueldad en la escena de la vampirización de Mina. Drácula se acerca a la joven y, tomándola en sus brazos, le dice que a partir de ahora será de su raza, será carne de su carne, sangre de su sangre, su compañera y su ayudante. Luego posa una mano sobre su hombro para sujetarla y, tras desnudar su cuello con la otra, se inclina sobre ella para beber su sangre. Y, al día siguiente, Mina anota en su diario, recordando la escena: “Yo estaba desconcertada y, por extraño que parezca, no deseaba entorpecerle”. A pesar de todo el horror que le produce el conde, lo que Mina nos dice es que deseaba entregarse a él.

El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura
Pero no sólo es Mina la que cae bajo el influjo de Drácula, sino que también este se siente turbado, al menos unos instantes, por la irrupción de un sentimiento nuevo, incompatible con su naturaleza demoníaca: la intuición del amor humano. Así es, en efecto, como el doctor Seward describe el comportamiento de Drácula en la misma escena: “A pesar de las circunstancias, me resultó curioso observar que, en tanto que el rostro (del conde), blanco de color, se agitaba convulso sobre la cabeza inclinada de la mujer, las manos acariciaban tierna y amorosamente su cabello revuelto”.
Drácula representa el mundo del deseo sin límites, sin moral, sin posibilidad de aplazamiento o renuncia; Mina, el mundo paciente e inquieto del amor humano, tan cercano a esa escritura que trata de liberarse de la tiranía de las convenciones sociales y atender las razones del cuerpo. Y lo perturbador de esta novela es que nos dice que esos mundos no pueden dejar de estar juntos. El deseo le pide al amor que prolongue sus goces, y el amor le pide al deseo que no lo deje sin locura. Ambos buscan lo que no puede ser: las nupcias entre la vida y la muerte.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

jueves, 17 de mayo de 2012

PRENSA CULTURAL. "Drácula vive", por José Abad


   En "El Día de Córdoba":
Drácula vive
   El centenario de la muerte de Bram Stoker devuelve a la actualidad a uno de los personajes más terroríficos de la literatura.

José Abad 13.05.2012

   En vista de la excelente salud del Príncipe de las Tinieblas, la panacea universal -aquel remedio con el que los alquimistas de antaño pretendían combatir todos los males de la Tierra- bien pudiera consistir en una rigurosa dieta de sangre, nocturnidad y alevosía, según los usos habituales del vampiro. Drácula mantiene su feudo en los Cárpatos va ya para seis siglos y, desde hace más de 100 años, es dueño y señor en infinidad de ficciones y artificios, desde la novela hasta el videojuego, pasando por el teatro, el cine y el cómic -recuérdese la magnífica adaptación gráfica del barcelonés Fernando Fernández-. Al conde transilvano se le han brindado una ópera y un ballet, además de seriales de toda índole, serios y bufos -en 1938, un jovencísimo Orson Welles le puso voz en un serial radiofónico-, y su sombra abraza versos innumerables de un sinfín de poetas: su ominosa presencia recorre, por ejemplo, Raro de luna (1990) de Javier Egea. Drácula no conoce crisis, ni económicas ni de ninguna clase.
   Si el secreto de la longevidad está cifrado en la sangre, el de la inspiración quizás tenga que ver con cierta misteriosa receta de cangrejos aliñados no recogida por ningún libro de gastronomía; en la dosis adecuada (o sea, en abundancia), este plato solivianta a las Musas y estas provocan en el durmiente pesadillas que son como resúmenes de obras maestras pendientes de escritura. Bram Stoker, de cuya muerte acaba de cumplirse un siglo, declaró que la novela fue consecuencia de la indigestión provocada por un generoso plato de los susodichos cangrejos y un sueño de sábanas revueltas durante el cual lo asaltó la visión de un vampiro surgiendo de la gusanera. También Mary W. Shelley, la madre de Frankenstein, había confesado que sus criaturas nacieron de una pesadilla. ¿Casualidad? Quizás deba ser así y no de otro modo. ¿Es por esto que, en la novela, Drácula advierte a Jonathan Harker que quienes duermen imprudentemente se exponen al cortejo de íncubos y súcubos?
   Aunque Drácula no se publicara hasta el 20 de mayo de 1897, Stoker estaba enfangado en la tarea de su redacción ya en 1890. Curiosamente, la novela nació como libreto teatral: el autor, que debía conocer las óptimas recaudaciones de la adaptación del relato El vampiro de Polidori, habría pergeñado una variación del tema pensando también en las tablas antes de darle su forma definitiva. Las equivalencias no terminan aquí: si Polidori imaginó su vampiro con los rasgos de Lord Byron, a cuyo servicio se hallaba, Stoker dio al suyo los trazos y trazas de Henry Irving, un actor al que sirvió como secretario y administrador durante 20 años largos (mientras estuvo a su lado, el novelista se sintió vampirizado por Irving y, en un acto de justicia poética, fue éste el primero en encarnar a Drácula en los escenarios). En los primeros esbozos de la historia, el personaje respondía al redundante apelativo de Conde Wampyr y la historia se desarrollaba en Estiria (Austria); luego, Stoker se llevó la acción a Transilvania y adquirió mayor relieve el folklore rumano. Stoker barajó primeramente los tratamientos de Ordog (Satán en lengua rumana) y Pokol (Infierno). Al fijarse en la figura histórica de Vlad Tepes (1431-1476), el escritor halló lo que andaba buscando.
   Vlad III, príncipe de Valaquia -un paladín de la cristiandad en la lucha contra el turco, famoso por la extrema crueldad con que se desembarazaba de sus contrarios-, recibió el apodo de Tepes (empalador) en honor a cierta debilidad: le gustaba ensartar a sus prisioneros en postes afilados y dejarlos agonizar durante horas, a veces días. Sus coetáneos lo llamaron Drácula o Draculea con un punto de ambigüedad. Puesto que su progenitor era conocido como Dracul (del latín draco) por pertenecer a la Orden del Dragón, cabría traducir "Drácula" por "Hijo del Dragón" -o sea, hijo de su padre-, pero también como "demonio". Nada se dejó al azar. Por este lado, el árbol genealógico del conde echaba raíces en la estirpe del mismísimo Atila. Por otro, al darle un título nobiliario, Stoker lo emparentaba con los aristócratas decadentes de la escuela sadiana. De tales palos difícilmente saldría una astilla diferente. El apellido es un hallazgo portentoso: Drá-cu-la. Al pronunciarlo, la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde de los dientes, ¡cómo no!, para apoyarse, en el tercero, en el borde del paladar... Stoker remató la faena rediseñando una figura legendaria que, bajo diversos ropajes, ha dejado huella en las culturas más alejadas del planeta.
   Aunque quizás no sea la obra maestra que sostienen muchos, hablamos de una novela extraordinaria. Lo mejor es su potente atmósfera gótica y un inquietante protagonista en off, que ha sobrevivido a los mil estacazos que depara la existencia. Drácula es un depredador, una bestia irresistible, sin los afeites románticos con que ciertas adaptaciones cinematográficas han pretendido adecentarlo. A Drácula se le sospechan prácticas que incluyen la necrofilia, la necrofagia, el sadomasoquismo, la promiscuidad y, tal vez, el incesto: las vampiras con que comparte las largas noches de los Cárpatos, ¿son sus novias como pretenden ciertas lecturas, sus hermanas, sus hijas? Además de malvado e inmoral, Drácula es poliédrico. Según la exégesis religiosa, el transilvano sería una personificación del mismísimo Anticristo; el profesor Juan Carlos Rodríguez apuntaba que cabría entender el personaje como "una inversión de la Trinidad propiamente dicha: el Padre (el Diablo), el Hijo (Drácula) y el Espíritu Santo (el Murciélago)".
   Las lecturas políticas, en cambio, lo señalan en tanto representante de la vieja oligarquía feudal que se resiste a desaparecer del mapa; según Román Gubern, el conde podría ser considerado "un representante de la nobleza latifundista y agraria que explota y chupa la sangre a los pobres campesinos". Para el psicoanálisis el vampiro sería proyección retorcida de ciertos deseos ocultos, un doble nuestro, otro más; según Gérard Lenne, Drácula es un aggiornamento en clave gótica del mito de Don Juan, un tenorio demonizado por la rígida moral victoriana que descubría en él un "monstruo sexual" capaz de cuestionar las convicciones de cualquier hombre de pro y arruinar la castidad de sus más tiernas doncellas. Para las feministas, Drácula es, por descontado, un claro exponente del machismo más grosero...
   Drácula es una sombra que encierra dentro de sí infinitas sombras.

miércoles, 25 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. "Drácula llora a Bram Stoker, reportaje

Vlad Tepes o 'El empalador', el personaje histórico que inspiró a Bram Stoker para crear a Drácula. ("El País")

   En "El País":
Drácula llora a Bram Stoker
   Hoy se cumplen 100 años de la muerte del escritor irlandés, creador del mito del vampiro.

Gregorio Belinchón 20 ABR 2012

   "Strigoi, strigoi, strigoi...", susurraba hace hoy 100 años Bram Stoker. Podía ser fruto del delirio o tal vez sea una leyenda enriquecida por el paso del tiempo, pero el autor de Drácula falleció señalando —según atestiguaron sus amigos presentes— algo en un rincón de la habitación de la pensión londinense en la que pasó sus últimos días. Strigoi, en rumano, significa espíritu maligno. Una expresión final demasiado perfecta para ser pronunciada por el creador del mito moderno del vampirismo (algo parecido se cuenta de Bela Lugosi, el primer gran Drácula del cine, del que se decía paseaba por la residencia de ancianos buscando cuellos que chupar).
   El irlandés Bram Stoker (1847-1912) no será recordado como un gran escritor. Rodrigo Fresán, autor de prólogo a la edición de 2005 de Mondadori de la novela, comenta: "Stoker es muy mal escritor, un ejemplo clásico de creador flojo —no hay más que leerle en su inglés original— que de repente crea una obra genial". Enrique Vila-Matas apunta en esa dirección: "Seiscientas páginas y el conde solo sale en unas quince. Al estilo de El corazón en las tinieblas, de Joseph Conrad, se crea un espectáculo alrededor de un personaje que aparece muy poco. Es más interesante y fascinante el ambiente que lo que ocurre. La narración conduce al personaje. En cambio, creó el vampiro moderno. Solo por eso merece nuestro respeto". Gonzalo Suárez, escritor y cineasta que en diversas ocasiones ha indagado en el ser y el otro, en la criatura y su creador (Mi nombre es sombra, Remando al viento), reconoce que Stoker le aburre. "Empecé a leerlo y lo dejé. Obviamente forma parte de la literatura victoriana, que sí me atrae. Pero el libro no desarrolla un carácter ontológico, juega más con el sadismo y la sangre. Todos tenemos un monstruo en nuestro interior, pero creo que justo en mí no hay de esa especie", reconoce entre risas.
   Entonces, ¿qué hizo bien Stoker? El escritor irlandés, criado entre libros y profesores privados por culpa de una enfermedad infantil, publicó muchos más cuentos, y ninguno tuvo la repercusión popular y artística de Drácula. "Claro", descifra Fresán, "porque existen novelas influyentes, que por su calidad crea escuela de escritores y de obras, y novelas radioactivas, que enferman a otros, que infectan y producen mejores herederos. El éxito de Drácula radica en un personaje fascinante". Su misma construcción, a base de trozos de diarios y cartas entre los personajes, ralentiza la trama: "Es la novela en la que más se escribe y se lee. Pero, ¿cuándo van a por el monstruo?", dice Fresán.
   Bram Stoker publicó Drácula en 1897, y creó el personaje bebiendo de varias fuentes: primero, del personaje real de Vlad Draculea, Vlad el Hijo del Demonio / Dragon, también conocido como Vlad Tepes el empalador; del actor Henry Irving, una estrella de la época, para el que Stoker trabajó durante 29 años como representante y secretario, y cuya enfermiza relación inspiró de lejos la película La sombra del actor; y de sus charlas con un extraño orientalista húngaro llamado Arminius Vámbéry con el que se entrevistó en diversas ocasiones (Vámbery también era muy imaginativo en sus leyendas sobre la Europa oriental, y su labia y su imaginación las engordaban a gusto del oyente que tenía en cada momento). Óscar Wilde dijo que Drácula era la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos. Arthur Conan Doyle tampoco escatimó elogios. "Es que es muy de la época victoriana", según Fresán, "es el triunfo del gótico, de un terror que crea personajes como Frankenstein, el doctor Jekyll y Mister Hyde...". ¿También puede ser la venganza de un hombre que se siente vampirizado por otro? "Como libro, efectivamente, es muy transparente, ya que son los años del advenimiento del psicoanálisis". El subconsciente de los autores sale a borbotones. "Fíjate en este Drácula, en Peter Pan, en Sherlock Holmes...". Gonzalo Suárez recalca en ese grandioso momento literario británico: "Me atrae mucho ese género. Dio unas obras de ficción fascinantes, a diferencia de la española, más realista".
   La triste vida de Stoker, que arrastra a su familia detrás de Irving, que no recibe ningún dinero cuando fallece el actor, y que muere pobre víctima de la sífilis que había contraído yendo de prostitutas con Irving en París, se ha prolongado en el tiempo. Vila-Matas estuvo en Dublín alojado a pocos metros de la casa donde durante décadas vivió Stoker: "La primera vez vi una placa, que recordaba su estancia. El mismo Oscar Wilde, primer novio de Florence, posterior esposa de Stoker, vivía a pocas manzanas. Años después volví y en lugar de la casa había una clínica de cirugía estética. De la placa, ni rastro". "A mí me entristece la deriva actual del personaje", comenta Fresán. "Eso de que vayan al colegio los vampiritos de Crepúsculo...". Algo que nunca hubiera ocurrido en la novela original. Como dice el viejo conde: "Yo pertenezco a un familia muy antigua y me moriría muy pronto si me viese obligado a residir en una mansión moderna. No busco ni la alegría ni el júbilo, y menos aún la felicidad que obtienen los jóvenes por un bello día de sol y el murmullo del agua".

   Morded y multiplicaos (Un mito impulsor de la literatura)
   Drácula — “novela radioactiva que enferma al resto”, según definición de Rodrigo Fresán— ha tenido todo tipo de continuaciones literarias, desviaciones a la ligera del mito original del vampiro que reguló Bram Stoker, y versiones cinematográficas y teatrales. Lógico, a pesar de su esquema basado en páginas de diarios y cartas entre los personajes, Stoker tenía como intención inicial escribir una obra de teatro. Más aún, poco después de publicar en 1897 la novela, su autor realizó una lectura dramatizada de Drácula. El manuscrito original, escrito a máquina y con innumerables correciones, desapareció durante décadas. En los ochenta sus 541 páginas fueron encontradas al noroeste de Pennsylvania, y en la portada, escrita a mano, aparecía su título original, Los no-muertos. Debajo, el nombre del autor, Bram Stoker. Está claro que el escritor decidió rebautizarla en el último segundo.
   Hoy, entre Stephanie Meyer, Guillermo del Toro, Charlaine Harris o Anne Rice, hasta los descendientes de Stoker han sacado partido del conde. Su sobrino bisnieto Dacre Stoker, apoyado por un experto en el tema, Ian Holt, publicó en 2009 una continuación, Drácula, el no muerto, que, aunque arrancaba con gracia, se perdía en una trama alocada y con guiños a otros clásicos como Jack el Destripador. Las cenizas de Stoker, que reposan en una urna junto a las de su único hijo, Irving Noel, en Londres, deben de revolverse de vez en cuando.

jueves, 19 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre el "Drácula" de Bram Stoker


   En "El País":
Otro victoriano eminente

Manuel Rodríguez Rivero 18 ABR 2012
 
   A su manera, Bram Stoker (1847-1912) fue una víctima del Titanic. Abandonó este mundo el sábado 20 de abril de 1912, pasado mañana hará cien años, pero la noticia de su fallecimiento pasó casi inadvertida en aquella tremenda semana en que los telégrafos y la prensa de todo el mundo se hallaban demasiado ocupados por la avalancha de noticias, comentarios e historias de interés humano suscitadas por el hundimiento del transatlántico, ocurrido en la madrugada del lunes anterior.
   Ahora podría suceder algo parecido. El actual revival mediático del trágico naufragio deja escaso margen para conmemorar el centenario de la muerte de quien dio forma a uno de los más conspicuos y resistentes iconos de la cultura popular. Drácula es, a su modo superficial y limitado, un descendiente espurio de aquella estirpe mitológica del individualismo moderno en la que brillan con luz propia Don Quijote, Robinsón Crusoe, Don Juan y Fausto. De la vitalidad de ese mito que, como todos los que perduran, siempre habla de algo que tiene que ver con las fantasías, ansiedades y terrores de cada generación, da fe su enorme desarrollo posterior, tanto en la literatura como en el cine.
   Drácula (1897) no surge de la nada. Stoker reelabora tradiciones y leyendas del folclore europeo enriquecidas y desarrolladas en el primer romanticismo y en la edad de oro de la literatura gótica, y que ya habían inspirado a autores como Hoffmann, Byron, Poe, Baudelaire, Polidori, Le Fanu, Gautier, Dumas, Gógol, Turgueniev y otros muchos. Todo mito muta, y el acierto de Stoker consistió en redefinir al vampiro para su propio tiempo, logrando condensar en él simbólicamente el zeitgeist de aquel fin de siècle en el que parecían tambalearse todos los valores de la amplia clase media que había forjado la prosperidad del reinado de Victoria, cuando Londres, en palabras de Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas, 1902), se convirtió en “la ciudad mayor y más grande de la Tierra”.
   Para plasmar su personal interpretación del mito, Stoker recurre a una fórmula que marca distancias con la narración tradicional, desplegando el relato a través de elementos narrativos tan dispares como notas taquigráficas, cartas, diarios, recortes de periódico, telegramas, informes médicos, bitácoras, apuntes. La fragmentación moderna al servicio de una historia en que las creencias tradicionales (la religión y la superstición) se hermanan con la ciencia para conjurar el mal absoluto. Junto con el hisopo, el agua bendita, la cruz, la estaca y los ajos, a Drácula se le derrota con ayuda de telégrafos, teléfonos, máquinas de escribir, fonógrafos, cámaras Kodak. Y todo ello en una ciudad a la que se puede llegar en ferrocarril y cuyas calles ya conocen la luz eléctrica.
   En las páginas de Drácula pueden rastrearse los temores a esa modernidad percibida como peligrosa: el despertar de la “nueva mujer” (amenaza a la sociedad patriarcal); la avalancha de emigrantes (terror a la “mezcla” y a la “degeneración”); la irrupción violenta de lo reprimido, incluida la sexualidad (algo que ya se reflejaba en El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, 1886); la inseguridad de las grandes ciudades, en cuyos slums se hacinan los (amenazantes) proletarios.
   Drácula es una novela en la que siempre se descubre algo nuevo, quizás porque su angustiosa historia logra conectar de forma desplazada con las ansiedades de cada época y de cada lector. De ahí su éxito y su poder de sugestión. Que esa novela fuera imaginada y escrita por un dublinés protestante que podría pasar por arquetipo de la hipócrita respetabilidad victoriana (incluso murió a consecuencia de una sífilis contraída en los burdeles) no es sino otro de sus misterios. Espero que en el día en que se conmemora el centenario de su muerte, cuyo eco fue ahogado en el fragor del naufragio del Titanic, alguien se acuerde de dejar un ramo de rosas rojas ante la urna del cementerio londinense de 'Golder’s Green' donde reposan sus cenizas.