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domingo, 17 de abril de 2016

SOCIEDAD. "Mensaje al siglo XXI". Isaish Berlin

   En "letraslibres":
El 25 de noviembre de 1994 Isaiah Berlin aceptó un doctorado honorario por parte de la Universidad de Toronto. Para la ceremonia escribió este “breve credo” que resume su pensamiento, al tiempo que nos advierte sobre los peligros de abrazar los ideales simples
Diciembre 2014 
"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos.” Con estas palabras Charles Dickens inició su famosa novela Historia de dos ciudades. Sin embargo, no puede decirse lo mismo de nuestro siglo terrible. Durante miles de años los hombres se han destruido unos a otros, pero las acciones de Atila el Huno, de Gengis Kan o de Napoleón (introductor del exterminio masivo en la guerra), e incluso las matanzas de armenios, palidecen hasta la insignificancia ante la Revolución rusa y su secuela: la opresión, la tortura y el asesinato que pueden depositarse a los pies de Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, y el sistemático falseamiento de información que durante años nos impidió conocer esos horrores sin paralelo. No se trató de desastres naturales sino de crímenes humanos que, sin importar las suposiciones de quienes creen en el determinismo histórico, pudieron haberse evitado.
Hablo con particular emoción porque soy un hombre muy viejo que ha vivido a lo largo de casi todo el siglo XX. La mía ha sido una existencia pacífica y segura. Esto casi me avergüenza ante lo ocurrido a tantos otros seres humanos. No soy historiador, de modo que no puedo hablar con autoridad acerca de las causas de esos horrores. Pero quizá puedo intentarlo.
Desde mi punto de vista las causas no fueron las habituales emociones negativas –temor, avaricia, odio tribal, celos, amor al poder–, como las llamó Spinoza, aunque, desde luego, todas ellas jugaron un papel siniestro. En nuestro tiempo, fueron producto de las ideas o, mejor dicho, de una idea en particular. Resulta paradójico que Karl Marx –quien restó importancia a las ideas en oposición a las fuerzas sociales y económicas impersonales– haya transformado el siglo XX con sus escritos, llevándolo hacia donde deseaba pero también, y como reacción, en sentido opuesto. En una de sus famosas obras el poeta alemán Heinrich Heine pidió que no menospreciáramos al callado filósofo sentado en su estudio. Afirmó que, si Kant no hubiera destruido la teología, quizá Robespierre no habría decapitado al rey de Francia.
Heine predijo que, algún día, los discípulos armados de los filósofos alemanes –Fichte, Schelling y los demás padres del nacionalismo alemán– destruirían los grandes monumentos de Europa Occidental en una oleada de fanático exterminio que haría de la Revolución francesa un juego de niños. Esto puede parecer algo injusto para los metafísicos alemanes pero la idea medular de Heine me parece válida: en una forma desvalorizada, envilecida, deteriorada, la ideología nazi tuvo raíces en el pensamiento que se oponía a la Ilustración alemana. Hay hombres capaces de matar y mutilar con una conciencia tranquila, bajo la influencia de las palabras y los escritos de quienes tienen la certeza de saber cómo lograr la perfección.
Permítanme explicarme. Si uno está verdaderamente convencido de que existe una solución para todos los problemas humanos, de que uno es capaz de concebir una sociedad ideal a la cual el hombre puede acceder si tan solo hace lo necesario para alcanzarla, entonces mis seguidores y yo debemos de creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de semejante paraíso. Una vez que se expongan las verdades esenciales, solo los estúpidos y los malevolentes ofrecerán resistencia. Quienes se oponen deben ser persuadidos; si no es posible, es necesario aprobar leyes para contenerlos. Si eso tampoco funciona, se ejerce la coacción, tendrá que emplearse la violencia de forma inevitable. De ser necesario, el terror, la carnicería. Lenin creía esto después de leer El capital. Una y otra vez profesó que si era posible crear una sociedad justa, pacífica, feliz, libre y virtuosa a través de los métodos que él defendía, el fin justificaba los medios a emplearse; literalmente, cualquier medio.
La convicción fundamental que subyace a esto es que las preguntas centrales de la vida humana, individual o social, tienen una respuesta verdadera que puede descubrirse; que esta puede y debe implementarse y que quienes la han encontrado son líderes cuya palabra es ley. La idea de que a todas las preguntas genuinas corresponde solo una respuesta verdadera es una noción filosófica muy antigua. Sin importar cuánto pudieran diferir acerca de cuál era la respuesta o de cómo descubrirla (sangrientas guerras se libraron por ello), los grandes filósofos atenienses, judíos y cristianos, los pensadores del Renacimiento y de la Francia de Luis XVI, los radicales franceses reformistas del siglo XVIII, los revolucionarios del XIX estaban convencidos de que la conocían y de que los únicos obstáculos para llevarla a cabo eran el vicio y la estupidez humanos.
Esta es la idea que mencioné. Quiero decirles que es falsa. No solo porque las soluciones que ofrecen las distintas escuelas de pensamiento social difieren, y ninguna de ellas puede demostrarse a través de métodos racionales, sino por una razón más profunda. Los valores fundamentales por los que se ha regido la mayoría de los hombres –en muchas tierras magníficas y en muchos tiempos magníficos–, casi aunque no del todo universales, no son siempre armónicos entre sí. Algunos lo son, otros no. El hombre siempre ha añorado libertad, seguridad, igualdad, felicidad, justicia, conocimiento, etcétera. Pero la libertad absoluta no es compatible con la igualdad absoluta: si el hombre fuera libre en su totalidad, los lobos estarían en libertad de comerse a las ovejas. La igualdad perfecta significa que las libertades humanas deben ser restringidas para que a los más diestros y a los más dotados no se les permita avanzar más allá de quienes inevitablemente perderían si hubiese competencia. La seguridad, y en efecto las libertades, no pueden preservarse si se permite trastocarlas. En realidad, no todos los seres humanos buscan paz o seguridad. De no ser así no existirían quienes buscan gloria en la batalla o peligro en el deporte.
La justicia siempre ha sido un ideal de la humanidad, pero no es del todo compatible con la misericordia. La imaginación creativa y la espontaneidad –espléndidas en sí mismas– no pueden reconciliarse del todo con la necesidad de planear y organizar, con el cálculo cuidadoso y responsable. El conocimiento, la búsqueda de la verdad –la más noble de todas las ambiciones– no puede mediar del todo con la felicidad ni con la libertad que el hombre desea, pues incluso si supiera que tengo una enfermedad incurable eso no me hará más feliz ni más libre. Siempre hay que elegir: entre la paz y la agitación, entre el conocimiento y la dichosa ignorancia. Y así sucesivamente.
Entonces, ¿qué debe hacerse para contener a los paladines, a veces en extremo fanáticos, de uno u otro de estos valores, cada uno de los cuales tiende a pisotear al resto, tal y como los grandes tiranos del siglo XX pisotearon la vida, la libertad y los derechos humanos de millones de personas por tener la mirada fija en algún dorado futuro esencial?
Me temo que no puedo ofrecer una respuesta dramática: solo que, si hemos de perseguir los valores humanos esenciales que nos rigen, es necesario establecer compromisos, compensaciones, medidas para evitar que ocurra lo peor. Te doy tanta libertad a cambio de tanta equidad; tanta expresión individual a cambio de tanta seguridad; tanta justicia a cambio de tanta conmiseración. Lo que quiero decir es que algunos valores chocan entre sí. Los fines que perseguimos los seres humanos están generados por nuestra naturaleza común, pero su exploración tiene que controlarse hasta cierto grado: la libertad y la búsqueda de la felicidad, repito, pueden no ser del todo compatibles una con otra, así como tampoco lo son la libertad, la igualdad y la fraternidad.
De modo que debemos pesar y medir, pactar, conceder y prevenir la destrucción de una forma de vida por quienes se oponen a ella. Sé muy bien que esta no es una bandera bajo la cual los jóvenes entusiastas e idealistas deseen marchar: parece demasiado dócil, demasiado razonable, demasiado burguesa, no compromete emociones generosas. Pero deben creerme, no se puede tener todo lo que se desea, no solo en la práctica, sino también en teoría. Negarlo, buscar un solo ideal que se extralimita porque es el único y verdadero para la humanidad, siempre conduce a la violencia, y luego a la destrucción y al derramamiento de sangre: el omelette no aparece aunque ya se han quebrado los huevos necesarios para prepararlo. Lo único que queda es un número infinito de huevos, de vidas humanas, listas para romperse. Y al final, el idealista apasionado olvida el omelette y solo sigue destruyendo huevos.
Me alegra que hacia el fin de mi larga vida comience a esbozarse cierta comprensión de esto. La racionalidad, la tolerancia –ya de por sí excepcionales en la historia de la humanidad– no se desprecian. A pesar de todo, la democracia liberal se extiende –no obstante el mayor azote moderno de nacionalismo fanático y fundamentalista–. Las grandes tiranías están en ruinas, o lo estarán. No está lejano el día, aun para China. Me alegra que ustedes, los lectores a quienes me dirijo, verán el siglo XXI. Creo que solo puede ser un tiempo mejor para la humanidad que mi terrible siglo XX. Quiero felicitarlos por su buena suerte. Lamento que no llegaré a ver ese brillante futuro que, estoy convencido, vendrá. No obstante la pesadumbre de mis palabras, me da gusto terminar con una nota de optimismo. Hay muy buenos motivos para pensar que está justificada. 

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Traducción de Laura Emilia Pacheco.
Publicado con el permiso del Curtis Brown Group Ltd.
© The Isaiah Berlin Literary Trust 2014.
Aparecido originalmente en The New York Review of Books.

martes, 11 de diciembre de 2012

PRENSA. "Rostros de los vuelos de la muerte" (represión durante la dictadura argentina). Reportaje

Diego Pellegrinetti instala una silueta creada por los artistas plásticos León Ferrari y Felipe Noé, en las puertas de la Escuela de Mecánica de la Armada ( ESMA) en 2005. / EFE ("El país")

   En "El País":

Rostros de los vuelos de la muerte

Acusados y víctimas del tercer juicio de la ESMA, uno de los campos de concentración de la dictadura argentina

 Buenos Aires 9 DIC 2012

El tercer juicio sobre los crímenes cometidos en la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los dos principales centros clandestinos de detención de la última dictadura cívico-militar de Argentina (1976-1983), ha comenzado hace dos semanas, pero aún no se ha acabado la lectura de las acusaciones contra los 68 imputados. Es el mayor proceso judicial que se ha hecho contra el régimen, en el que se juzgarán delitos de lesa humanidad contra 789 personas, la mayoría de ellas víctimas de los llamados vuelos de la muerte. Durará dos años y declararán casi 900 testigos.
Quien caía secuestrado por la dictadura podía tener tres destinos:que lo liberaran después de unos días o unos años, que lo fusilaran o que muriera en plena tortura o como punto final de esta. Los cuerpos eran enterrados como NN, o entregados a sus familiares como guerrilleros muertos en combate o arrojados al Río de la Plata, al Atlántico o al delta del río Paraná. Cuando un detenido salía de la ESMA con rumbo al vuelo final, se decía que era traslado, pero sus compañeros de cautiverio no sabían qué le iba a suceder. “El traslado era un enigma, había un silencio sepulcral”, cuenta Ana María Careaga, superviviente de otro centro clandestino de detención, El Atlético, e hija de una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo que estuvo en la ESMA y murió en uno de los vuelos de la muerte. Los marinos llevaban en camiones a los detenidos hasta el cercano aeropuerto de Buenos Aires para vuelos domésticos, el Jorge Newbery, u otras bases aéreas y desde allí partían vuelos pilotados por integrantes de la Armada o de la Prefectura Naval (policía de mares y ríos). Las víctimas eran drogadas con pentotal, un barbitúrico que las sedaba por completo pero por poco tiempo. Alguien los empujaba del avión desnudos, atados de manos y pies, encapuchados y golpeados.
Solo algunos cuerpos fueron encontrados e identificados, como el de la madre de Ana Careaga, Esther Ballestrino, y el de otras cuatro mujeres que con ella integraban el grupo de los 12, que se reunían en la iglesia porteña de Santa Cruz para organizar la búsqueda de desaparecidos y que fueron secuestrados después de que el marino Alfredo Astiz, El Ángel Rubio, se infiltrara entre ellos. Entre esos restos identificados en 2005 figuran los de otras dos fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, Azucena Villaflor y María Ponce, y el de una de las dos monjas francesas de aquel grupo, Leonnie Duquet. “Las monjitas voladoras”, bromeaban los marinos en la ESMA, orgullosos de haber inventado un nuevo método de exterminio.
En el segundo proceso de la ESMA se juzgó el secuestro y la tortura de los 12 fallecidos de la Santa Cruz, pero en este tercer proceso se juzgarán los vuelos en los que murieron. El hallazgo de aquellos cuerpos sirvió como prueba contundente de lo sucedido. A partir de ellos se descubrió que las víctimas morían al impactar en el agua. Se supone que la mayoría de los desaparecidos de la ESMA sufrieron el mismo destino, con algunas excepciones, como la del eximio periodista Rodolfo Walsh, militante de la guerrilla peronista Montoneros abatido a tiros en la calle. El cuerpo de Walsh fue mostrado a los prisioneros de la ESMA. Algunos de los responsables de su asesinato fueron condenados en el segundo juicio sobre este centro, pero otros acusados serán juzgados en el tercer proceso.


El ex marino Alfredo Astiz, en 2010. /AFP
En el primer juicio de la ESMA solo había un acusado, que se suicidó en 2007. En el segundo, en cambio, fueron sentenciados 16 exmilitares y expolicías por 85 casos de terrorismo de Estado. En este tercer proceso se juzgarán todos los demás delitos cometidos en esa escuela del horror que aún no han sido condenados, como secuestros, torturas, homicidios, robos de hijos de desaparecidas y trabajo esclavo (algunos prisioneros eran obligados a cumplir tareas para el régimen, como en el gabinete de prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores). Solo quedarán pendientes para otros juicios los robos de bienes de los secuestrados.
La mayoría de los condenados en el segundo juicio han vuelto al banquillo en el tercero. Están Jorge Acosta, alias El Tigre; Astiz; Juan Antonio Azic, que se adueñó de la hija de desaparecidos y actual diputada opositora Victoria Donda; Adolfo Donda, tío de esta dirigente política, y Ricardo Cavallo, que estuvo detenido en España entre 2001 y 2008 por orden del entonces juez Baltasar Garzón. Entre los nuevos imputados aparecen el exsecretario de Hacienda de la dictadura Juan Alemann, acusado de presenciar tormentos contra un guerrillero que había atentado contra él; los presuntos pilotos de la muerte Enrique de Saint Georges, Mario Arru, Emir Hess, que confesó a un exempleado suyo que las víctimas “caían como hormiguitas”, y Julio Poch, que también admitió su autoría a compañeros de trabajo en una compañía aérea holandesa. También hay otros ya condenados en el juicio que este año se hizo por el plan sistemático de robo de niños, como el médico militar Jorge Magnacco.
Por la ESMA pasaron 5.000 secuestrados. Entre las desapariciones que se analizarán en este tercer juicio figuran las del hermano y la madre del actual diputado kirchnerista Dante Gullo —el primero militante peronista y la segunda, una italiana que perdió la vida buscando a presos políticos—, así como sus dos hijos; la joven militante peronista Alicia Alfonsín, que dió a luz en la ESMA al bebé robado Juan Cabandié, que recuperó su identidad en 2004 y es diputado del Parlamento de Buenos Aires por el kirchnerismo; Norma Arrostito, fundadora de Montoneros; el padre del actual embajador argentino en España, Carlos Bettini, que era fiscal y buscaba a un hijo desaparecido; el hermano de la exdiputada Liliana Chiernajowsky, que también fue detenida por el régimen; la adolescente Dagmar Hagelin, argentina de origen sueco cuyo caso llevó a que casi rompieran relaciones Buenos Aires y Estocolmo en 1977.
También se juzgará la desaparición de Elena Holmberg, una diplomática que había sido enviada a la Embajada argentina en París para contrarrestar la información en contra de la dictadura y cuya familia sospecha que se enteró de la corrupción del entonces jefe de la Armada, Emilio Massera —por eso debió de regresar a Buenos Aires—, y su cuerpo fue hallado en el delta del Paraná. Otras desapariciones son la de hija de uno de los principales dirigentes del organismo de derechos humanos, el fallecido Emilio Mignone, que era un catequista de un barrio pobre; los dos hermanos de la actual diputada opositora Norma Morandini, ambos militantes peronistas; María Hilda Pérez, montonera que dio a luz en cautiverio a Victoria Donda; los montoneros Orlando Ruiz y Silvia Dameri y sus tres hijos robados, una de las cuales también acabó apropiada por Azic; y la hija del periodista, poeta y montonero desaparecido Paco Urondo, que también era una militante de esa guerrilla.
Se juzgarán también casos de supervivientes de la ESMA, como Myriam Lewin, periodista de investigación del Grupo Clarín; el secretario de Culto, Guillermo Oliveri; Carlos Lordkipanidse, militante del peronismo revolucionario que en un interrogatorio bajo tortura vio cómo Azic sometía a su bebé a la picana eléctrica; y los sacerdotes jesuitas Francisco Jalics y Orlando Yorio, este último ya fallecido, que en su momento acusaron al actual arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, de haberles tachado de guerrilleros ante las autoridades militares.

martes, 23 de octubre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Comprender el mal". Tzvetan Todorov

Tzevetan Todorov

   En "El País":

Comprender el mal

No se puede prescindir de la empatía para entender las razones oscuras de nuestros actos

 21 OCT 2012 

Gitta Sereny, fallecida en junio de 2012 a los 91 años, fue una de las más importantes periodistas del siglo XX, autora de varios libros extraordinarios que tratan de desentrañar una pregunta fundamental y obsesiva: ¿de dónde nacen el odio, la violencia, el crimen? Si suponemos, como ella, que esos comportamientos son la encarnación del mal y que, por otra parte, no existen dos subespecies humanas, la de los monstruos y la de los normales, ¿cómo explicar que se cometan esos actos destructivos? Sereny pensaba que era posible comprender incluso los crímenes más atroces reconstruyendo la vida de su autor, sus relaciones y contactos con otras personas a su alrededor, las circunstancias en las que se había encontrado: su identidad no era más que su historia. Y quien desee impedir que se repitan los crímenes debe intentar comprenderlos.
Sereny nace en Viena en 1921, en una familia de artistas; estudia en Inglaterra y en 1938 se instala en París, con el sueño de ser actriz. Al estallar la guerra, empieza a trabajar para una organización caritativa que se ocupa de los niños abandonados y de los fugitivos. En 1941 tiene que huir, consigue atravesar la frontera española y se embarca rumbo a Estados Unidos. Cuando vuelve a Europa, a comienzos de 1945, empieza a trabajar para la UNRRA, la Administración de Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación, el organismo de la ONU encargado de ayudar a los refugiados de guerra y las personas desplazadas. Los dos años siguientes van a decidir su vocación.

Se calcula que los nazis llegaron a robar 200.000 niños en Polonia
La envían a la Alemania ocupada por los ejércitos occidentales, con la misión de ocuparse de los niños arrancados de sus lugares de origen. Entonces descubre un crimen insospechado. Al día siguiente de la ocupación de Polonia, las autoridades alemanas habían empezado a fijarse en los niños de aspecto “ario” (rubios y con ojos azules), a secuestrarlos y llevárselos a Alemania, donde los más próximos al modelo racial eran adoptados por familias y los otros estaban destinados a convertirse en trabajadores esclavos. Se calcula que los “niños robados” de Polonia fueron 200.000, a los que hay que añadir otros capturados en Ucrania y otros lugares. El crimen exigía una reparación, ¿pero cuál? Los niños habían sufrido un primer choque cuando, con tres, cuatro o cinco años, les habían separado de sus padres, su lengua y su país; al acabar la guerra, cuando tienen 8, 9 o 10 años, vuelven a arrancarlos de sus familias adoptivas, en las que habían estado rodeados de amor, para devolverlos a un país que no conocen, con adultos de los que no se acuerdan y donde se habla una lengua que no entienden. La situación se complica aún más por motivos políticos: en la situación de guerra fría que ha sucedido a la guerra real, ¿no sería mejor para los niños enviarlos al paraíso occidental que al infierno comunista? ¿No les convendría más una tercera familia, transatlántica? No es de extrañar que algunos de esos niños después desarrollen comportamientos asociales y tendencias violentas.
Después de dos años, Sereny deja la UNRRA; a partir de entonces, consagrará su vida a intentar comprender dos fenómenos colosales: la violencia que desembocó en los crímenes nazis y la violencia cometida contra los niños y, a veces, también por ellos. Empieza a trabajar como periodista, se instala en Londres y escribe su primer trabajo de investigación sobre Mary Bell, una niña de 11 años que en 1968, con ayuda de una cómplice, mata a dos niños de tres y cuatro años. El crimen conmociona a Inglaterra: ¿cómo es posible cometer un acto tan odioso? Sereny pone en práctica su método: interroga a todas las personas involucradas y reúne una información exhaustiva (The Case of Mary Bell, 1972). Veinticinco años más tarde, cuando Mary ya haya salido de la cárcel y esté viviendo bajo una identidad nueva, volverá a entrevistar a la joven convertida en adulta para ahondar en el examen de unos actos y unas circunstancias aparentemente vulgares que transformaron a una niña en asesina. De ahí sale lo que hoy es una obra de referencia sobre la criminalidad infantil (Cries Unheard, 1998).

¿A qué conclusión debemos llegar sobre la naturaleza de la humanidad?
Esa misma necesidad de descubrir las fuentes del mal empuja a Sereny en otra dirección. En 1970 entra en contacto con Franz Stangl, el antiguo responsable de Treblinka, el mayor campo alemán de exterminio. Stangl está condenado a cadena perpetua, pero acepta responder a las preguntas de la periodista. Cuando llevan poco más de 70 horas de entrevistas, Stangl fallece; Sereny prosigue su investigación preguntando a sus familiares, allegados y víctimas supervivientes. El resultado es un libro excepcional (Desde aquella oscuridad: conversaciones con el verdugo Franz Stangl, comandante de Treblinka, 2009), que permite abordar este enigma: ¿cómo es posible que una persona normal pueda cometer un crimen semejante? Y, si no le excluimos del género humano, como hacía él con sus víctimas, ¿a qué conclusión debemos llegar sobre la naturaleza de la humanidad?
Años después, Sereny reanuda su búsqueda con un libro sobre Albert Speer (Albert Speer, su batalla con la verdad, 2006), el arquitecto y ministro favorito de Hitler, un hombre de mente brillante, situado al otro extremo de la cadena de exterminio, al que somete a un interrogatorio preciso con el que establece su complicidad. Una tercera obra, El trauma alemán (2004), reúne el resto de sus investigaciones sobre los crímenes nazis y añade un comentario autobiográfico.
Algunos se han preguntado si Sereny no se acercó demasiado a los sujetos que aparecen en sus libros, Mary Bell, Stangl, Speer, si no los “humanizaba” demasiado. Desde luego, no los excluía del círculo de la humanidad y, al escucharles y transcribir sus palabras, construyó un marco común que les englobaba a ellos y a nosotros. Quienes adoptan la fórmula del miembro de las SS con el que se cruza Primo Levi en Auschwitz, “Aquí no hay un porqué”, corren el riesgo de no saber apreciar sus libros. Para juzgar y condenar a los individuos, la empatía no es indispensable y puede ser incluso molesta. Pero no podemos prescindir de ella si el objetivo de nuestra investigación es comprender las razones oscuras de nuestros actos, por odiosos que sean.
Tzvetan Todorov es semiólogo, filósofo e historiador de origen búlgaro y nacionalidad francesa.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia