Mostrando entradas con la etiqueta Generación del 14. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Generación del 14. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre la Generación del 14. "El botín del siglo". Fernando García de Cortázar

   En la revista "Mercurio":

El botín del siglo

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR  |  MERCURIO 158 · TEMAS - FEB 2014

Los hombres del 98 habían descrito el escenario, pero los del 14 querían redactar el guión e interpretarlo, sustituyendo la letanía de la decadencia por una propuesta de acción
Ortega2
©ASTROMUJOFF
Despertaron a la inquietud razonadora cuando caían las últimas hojas de la gloria patria, mientras toda una España con sus gobernantes y gobernados estaba acabando de morir y una guerra eurocéntrica trataba de dilucidar la hegemonía internacional entre el imperio británico y sus aliados franceses contra la emergente Alemania, que aspiraba a desbancar a ambos. Son los Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Manuel Azaña, Salvador de Madariaga, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Eugenio D’Ors, Pérez de Ayala, Gómez de la Serna… que entraron en escena el mismo año de la Semana Trágica, pisando los talones a una generación que había derramado lágrimas por la decadencia y muerte de España y suspirado por su resurrección. Son los jóvenes a quienes, en 1912, se dirige Antonio Machado, roto su ensueño del 98, después de que Unamuno, Azorín, Valle-Inclán o Baroja se hubieran refugiado en el subjetivismo más rígido, dedicando sus energías a la obra propia:
Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu aventura
despierta y transparente a la divina lumbre,
como el diamante clara, como el diamante pura.
No es ningún azar que apenas dos años después de la publicación de este poema, la generación de la rabia y la idea, como la definiera el propio Machado, firmara un manifiesto convocando una Liga de Educación Política. Los hombres del 98 han descrito el escenario pero los del 14, con Ortega a la cabeza, quieren redactar el guión e interpretarlo. Nueva contra vieja política. Lo vital, sincero, fresco… frente a lo fenecido, falso, viejo… El pasado debía olvidarse para levantar un país en el que lo racional ocupase el lugar de lo tradicional. La “razón creadora de Azaña”, comparable a la “razón histórica” de Ortega, podría ser el gran instrumento de catarsis nacional. Para ello, el intelectual no debía ser un profeta como pensaba Unamuno; había de compartir las aspiraciones populares y ejercer una militancia política activa. Un país moderno y tolerante, libre de las corruptelas del poder, con una legislación social avanzada y una enseñanza de vanguardia constituyó el ideal de los nuevos arbitristas de la generación del 14.
Tras el Desastre del 98, el antagonismo de las dos Españas —la oficial y la real— había inspirado un hondo deseo de regeneración con diversas manifestaciones sociales y políticas. Las más destacadas serían las encabezadas por los gabinetes del conservador Antonio Maura y el liberal José Canalejas, embarcados en una imposible revolución desde arriba. Pero la defenestración de Maura, como consecuencia de su torpe represión de la Semana Trágica, y el asesinato de Canalejas llevaron al sistema de la Restauración a un verdadero callejón sin salida.
—¡Despertemos! —seguían gritando a coro los intelectuales en 1914—. ¡Aprendamos de Europa! ¡Miremos a Europa! Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba: la Primera Guerra Mundial. Las naciones avanzadas de Europa arrastraron al mundo a la mayor carnicería jamás vista hasta entonces. Alfonso XIII comprendió en seguida los inconvenientes de tomar partido en la batalla que sembraba de cadáveres los campos del viejo continente y declaró la más estricta neutralidad de España en la contienda.
Un país moderno y tolerante, libre de las corruptelas del poder, con una legislación social avanzada y una enseñanza de vanguardia constituyó el ideal de los nuevos arbitristas de la generación del 14Paz de armas, pero no de ideas, ya que la Gran Guerra alteró el país ideológicamente al dividir la opinión pública en aliadófilos y germanófilos. La Iglesia, el ejército, el partido conservador, la gran burguesía agraria, que veían en el II Reich la encarnación del orden y la paz, tomaron partido por las potencias centrales, en tanto el partido liberal, los republicanos y los socialistas defendieron la causa aliada porque Francia representaba la libertad y los derechos del hombre y, para los artistas, el tan anhelado prestigio creativo de París. Las potencias beligerantes serían las que con mayor intensidad activasen los mecanismos de la corrupción informativa para su labor de propaganda en el apasionado foro de la prensa española, a la que las noticias bélicas hicieron aumentar sus tiradas. El dinero llegó generoso a publicaciones de orientación política, que con grandes dificultades podían mantenerse, e incluso algunas antiguas cabeceras vieron la luz de nuevo para desaparecer al término del conflicto. La mayoría de los periódicos se inclinó por la neutralidad, secundando la declaración del gobierno, pero les resultó imposible ocultar sus preferencias por uno u otro de los contendientes. Pese a promover una plataforma de 160 periódicos defensores de la neutralidad, el ABC fue acusado de germanófilo por el entonces redactor de El Liberal, Luis Araquistáin.
La consecuencia más importante de la guerra mundial fue la brusca alteración de la economía, con alzas de precios, desorganización del mercado interior y enriquecimientos súbitos. De nuevo la suerte se fijó, sobre todo, en los industriales bilbaínos y catalanes, llamados ahora a satisfacer las necesidades de los países contendientes. Los precios de las mercancías se desbocan multiplicándose los beneficios; especialmente elocuentes serán los resultados de las navieras, cuyo número se amplía al compás de sus escandalosos dividendos, y los de la banca que empieza a diversificar sus ingresos al erigirse en promotora de nuevos negocios.
Madrid era entonces una ciudad cosmopolita, refugio de apátridas de media Europa y capital de espías, agentes furtivos, especuladores, arribistas y empresarios sin escrúpulos. En esa atmósfera de negocios y turbias inversiones, la burbuja de la prosperidad económica promovida por la neutralidad sirvió fundamentalmente para redondear las fortunas de la burguesía, que no dejó a los demás ni las migajas del gran botín del siglo, y para incrementar el coste de la vida y disparar la conflictividad social.
El ruido por la carestía de vida llegó también al ejército, donde las clases medias militares se amotinaron contra los salarios menguantes, la roña del armamento, la sangría de la guerra de Marruecos y el tráfico de influencias en el escalafón, al que no era ajeno el mismo rey. Retumban los cuarteles y el movimiento sindical se nutre del resquemor de la clase obrera agobiada por la inflación. Fue entonces cuando los socialistas y anarquistas creyeron que había llegado la hora de lanzar la huelga general con la que venían soñando desde hacía tiempo para forzar la caída de la monarquía. La acción revolucionaría estalló en agosto de 1917, liderada por el PSOE y UGT. Contra lo que habían esperado los organizadores, la burguesía republicana, atemorizada, no respondió, los campesinos estuvieron ausentes y el ejército decapitó la insurrección tras una semana de durísimos choques con los huelguistas en las calles de Barcelona, Madrid, Vizcaya o Asturias.
Entre 1918 y 1921, las revueltas de los labradores extremeños y andaluces resuenan en España, amplificadas por los ecos triunfantes de la revolución bolchevique y los gritos que exigen el reparto de tierras. Mientras tanto el crimen social arrojaba terribles balances en los barrios de Barcelona y el vals de los ministerios, con un nuevo gobierno cada cinco meses, hacía crecer la confusión y el descrédito de la política. Al final, los ideales y las esperanzas iniciales de la generación del 14 que Ramón Pérez de Ayala narró con amarga ironía en Troteras y danzaderas tropezarían en una España estrangulada por los extremismos, donde la cauta y asustada burguesía habría de desertar de su quehacer histórico para dejar campo libre a las soluciones autoritarias. Desde la plataforma del Ateneo de Madrid, auténtico corazón cultural del país, lo mejor de la generación del 14 otea el horizonte político de España en tanto se prepara a recibir en 1931 la esperanza republicana.

domingo, 2 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre la Generación del 14

   En la revista "Mercurio":

Novecientos: la salida de los intelectuales

JUSTO SERNA  |  MERCURIO 158 · TEMAS - FEBRERO 2014

En un contexto de crisis aguda, española e internacional, surge un grupo de personalidades que escriben artículos, intervienen en la prensa y hacen suya la construcción de la opinión pública
Pirineos
© ASTROMUJOFF
A comienzos del siglo XX, el Ochocientos aún no ha acabado. Parecen regir los mismos valores y parecen vivirse las mismas querencias y existencias. El largo siglo XIX se prolonga durante esos primeros años del Novecientos… Pero para los observadores más agudos el mundo va a la deriva. Las masas han irrumpido con fuerza. Se hacen presentes en el escenario social y político. Años atrás, aún en el Ochocientos, Francia ha padecido La Comuna (1871) y su fin-de-siècle, una melancolía cultural, una decadencia o, mejor, un decadentismo que se da en las artes, en el pensamiento, en la estética. Pero Francia también ha padecido la presencia creciente de unos obreros que cobran protagonismo. Gran Bretaña, en 1901, acaba de perder a la reina Victoria. Con su fallecimiento se cierra el máximo período de prosperidad material de un Imperio que ha hecho del dominio marítimo su poder, su hegemonía. También muchos sienten o perciben el fin de los viejos buenos tiempos. O no tanto: el Imperio que ha creado Gran Bretaña sigue afirmándose sobre grandes espacios coloniales. Por su parte, España se ha desgarrado con el Desastre, con su particular fin de siglo. Con la pérdida de los últimos enclaves coloniales, los naturales constatan lo que es su patria: un país de segundo orden, falto de recursos, con una demografía extrema de alta mortalidad y con una geografía abrupta que interrumpe o dificulta las comunicaciones.
En Europa, la salud y la salubridad son preocupación corriente en ciudades atestadas, con contagios frecuentes, con carencias que conviven al lado de la riqueza más ostentosa. En España y en otros países, el higienismo médico se desarrolla entre los galenos más esmerados y el higienismo social se impone entre numerosos observadores que examinan el estado de cosas. La cuestión social, el pauperismo, las clases peligrosas: todo ello alarma. Es preciso someter a control la ciudad del anonimato y de la uniformidad; es preciso mejorar los servicios de policía, de gendarmería. Hay delitos contra la propiedad y hay atentados horrorosos que la prensa sensacionalista difunde.
La del 14 es la primera generación intelectual que batalla con el artículo periodístico. O con el ensayo, fórmula literaria que va ser decisiva en esas décadasLa civilización europea, y española en particular, parece estar en crisis aguda. Por un lado, perviven los valores liberales, distinguidos y respetables de los viejos burgueses, de los grandes propietarios, de aquellos manufactureros e industriales que se convirtieron en magnates en un par de generaciones. Viven con el confort y el bienestar que traen los adelantos del siglo, pero viven también con prevención y con temor el progreso material de un mundo desbocado: los ferrocarriles, los buques a vapor, el maquinismo, el obrerismo, los ocios masivos y las culturas degradadas. Las primeras vanguardias artísticas aparecen atacando blasfemamente lo cursi, lo domado, las preferencias burguesas y el juicio conservador, otro estado de cosas asimismo anacrónico. Y los gustos populares, con lo chabacano, con lo sicalíptico, con lo obsceno, etcétera, siembran el pánico entre la gente distinguida, entre las élites refinadas y entre los voluntariosos reformadores de la cultura.
Por otro lado, una masa creciente de obreros se hace visible: antiguos menestrales, numerosos inmigrantes pueblan las ciudades, hacinados como clases menesterosas, como clases levantiscas, imbuidas en muchos casos de ideas, de ideologías revolucionarias que alientan la subversión. Urbes atestadas por factorías, por manufacturas, por talleres; poblaciones a las que asfixian chimeneas humeantes. El mundo ha dado literalmente un giro y Manchester es aún ese Infierno del siglo XIX al que los trabajadores parecen abocados. La violencia urbana, el delito contra la propiedad y contra las personas y el pistolerismo son datos cotidianos, las explosiones de cada día. Pero las tensiones no son solo sociales o culturales. Hay, además, una contienda latente, una guerra europea que no ha estallado y cuyo objetivo es el dominio territorial.
La intelectualidad española observa con prevención y con admiración la Europa que se enfrenta dialécticamente… y después bélicamente. A los del 98 les sorprende ya mayores, ya talludos, el cambio de siglo, el contexto internacional de una España de la que lamentan su retraso, la falta de avances, el arraigo del atavismo. Una nueva gente, una nueva intelectualidad aparece en 1914. Proclaman la modernidad urbana, la cultura o el progreso. Defienden ideas de renovación que en parte vienen de Joaquín Costa (y de su crítica de la oligarquía y el caciquismo), y en parte son su superación. Escriben artículos, intervienen en la prensa y hacen suya la construcción de la opinión pública. Están presentes, visibles, ocupando los medios cuando no creando diarios, prensa. Es la primera generación intelectual que batalla con el artículo periodístico. O con el ensayo, fórmula literaria que va ser decisiva en esas décadas. El artículo es la reacción, la puesta en escena, la brevedad de respuesta, la intervención inmediata. Domina la actualidad: todos los días pasan cosas que es preciso conocer y que los articulistas han de glosar. ¿Y el ensayo? Es el tanteo reflexivo, una derivación de las ciencias sociales, entonces incipientes, una cavilación sobre temas urgentes o remotos tratados con rigor, con el mayor rigor posible en asuntos para los que no se cuenta con toda la información.
¿Qué es un intelectual? ¿Acaso un experto, un académico, un universitario? ¿Alguien que profesa las letras y las artes? Hace falta una vocación añadida, la de intervenir en esa esfera pública como crítico, como educador de los lectores, como opositor de los desmanes, como alguien que reflexivamente examina y diagnostica los males de la patria. La generación de Ortega se afirma como una corriente de progreso, de racionalización de la vida, de intelectualismo, de elitismo, de clasicismo, de urbanismo, de europeísmo, de activismo. De intervención política.
La generación de 1914 también queda afectada por la contradicción social que domina la Europa de ese primer Novecientos y que Ortega ha sabido diagnosticar pronto: el elitismo frente a las multitudes. No es solo la guerra. Es asimismo la guerra social, la emergencia de las muchedumbres y el encauzamiento o dique con que las élites pretendan frenarlas, contenerlas. Unos profesarán el anarquismo, otros el reformismo, la intervención, y otros adoptarán posturas aristocratizantes. Forman lo que se ha llamado una nueva clase media profesional, gentes que no se diferencian gran cosa de quienes los leen, y gentes que habrán sido becados, que habrán viajado por Europa con destinos universitarios de gran prestigio. Tienen cultura cosmopolita, refinamientos continentales y tiene planes, proyectos para sacar a España de esa crisis que arrastra. Es preciso valorar el empuje de la juventud y destapar los ímpetus sofocados. Son palabras que resumen la retórica de esa generación que ve en el Novecientos la gran oportunidad de sobresalir y hacer salir. España será por fin un país moderno y europeo, con recursos humanos, con capital humano, con inteligencia universitaria. No hay que temer el porvenir.
Vista la historia del primer Novecientos desde hoy todo su proceso parece obvio y su curso, inevitable. Sin embargo, nada había garantizado de antemano y cualquier cosa alcanzada, cualquier bien por modesto que fuera o cualquier ventaja tenazmente conquistada podía extinguirse, malograrse, como esa esperanza de entonces con que España festejaba a sus nuevos intelectuales, una esperanza que luego acabaría en doble amargura. Qué impresión da acercarse a ese primer Novecientos, qué expectativas se perdieron, qué inconsciencia, qué azar.