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sábado, 13 de julio de 2013

Marco Denevi. Microrrelato: "El emperador de China"

Marco Denevi


EL EMPERADOR DE CHINA 
Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo - Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador.
El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

domingo, 11 de abril de 2010

CUENTO. "El hado de papel", de Marco Denevi (1922-1998)

EL HADO DE PAPEL

¡Terrible zozobra la del señor Kafka! Los trámites son tan largos y complicados, intervienen tantos amanuenses, él debe deambular por tantas oficinas, le exigen tantos requisitos, certificaciones y avales, tuvo que llenar de puño y letra tantas solicitudes que ha tenido miedo de que se interponga un olvido, un error, una distracción, algún descuido, algún extravío, incluso alguna mala voluntad o animosidad o envidia por parte de tantas personas de las que depende su suerte. De modo que renuncia. Pero el trámite de la renuncia es tan complicado como el anterior y el señor Kafka, o K. como lo llaman para abreviar, debe recomenzarlo todo de nuevo y ahora está temiendo que se interponga un olvido, un error, una distracción, algún descuido, algún extravío, etc. etc.
(De Falsificaciones)

viernes, 9 de abril de 2010

CUENTO. "Historia fantástica", de Marco Denevi (1922-1998)


HISTORIA FANTÁSTICA
Cuenta fray Jerónimo de Zúñiga, capellán de la prisión del Buen Socorro, en Toledo, que el 7 de junio de 1691 un marinero natural de las Indias Occidentales, de nombre Pablillo Tonctón o Tunctón, de raza negra, condenado al auto de fe por brujo y otros crímenes contra Dios, se evadió de la cárcel y de ser quemado vivo pidiendo a sus guardianes, tres días antes de marchar a la hoguera, una botella y los elementos necesarios para construir un barco en miniatura encerrado dentro del frasco. Los guardianes, aunque el tiempo de vida que le quedaba al reo era tan breve, accedieron a sus deseos. Al cabo de los tres días el diminuto navío estaba terminado en el interior del vidrio. La mañana señalada para la ejecución del auto de fe, cuando los del Santo Oficio entraron en la celda de Pablillo Tonctón, la encontraron vacía lo mismo que la botella. Otros condenados que aguardaban su turno de morir afirmaron que la noche anterior habían oído un ruido como de velas, chapoteo de remos y voces de mando.
(De Falsificaciones)

domingo, 4 de abril de 2010

CUENTO. "Peligro de las excepciones", de Marco Denevi (Argentina. 1922-1998)

Marco Denevi

PELIGRO DE LAS EXCEPCIONES
Sentado en el umbral de mi casa, vi pasar a Lázaro, todavía con el sudario puesto en medio de una multitud que lo aclamaba. Después que la muchedumbre se alejó, vi pasar a un joven en ligero estado de putrefacción. Después, a una mujer embalsamada. Tras la mujer pasó un esqueleto pelado aunque con anillos en las falanges. Al ver que se aproximaba un hombre sin cabeza le pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza, me contestó muy atento: "Cuando suspendieron momentáneamente la ley para que Lázaro saliera, nosotros aprovechamos la suspensión y salimos también. Somos muchos. Mire". Miré y vi que por el camino avanzaba la columna de los resucitados. La atmósfera se había vuelto irrespirable.

domingo, 11 de octubre de 2009

LECTURA. "El laberinto de Creta", cuento de Marco Denevi



EL LABERINTO DE CRETA

La casa donde nació Teresilda Palomeque tenía cuarenta habitaciones, diez patios y ocho jardines.
Sin prisa y sin pausa se le fueron muriendo los padres, los hermanos todos solteros pero con una picadura en los huesos, las hermanas todas casadas aunque de salud muy frágil.
Teresilda, la menor, no se casó y sin embargo persistió en vivir sola y unánime en la insondable mansión.
Deambulaba por los aposentos, se paseaba por balcones y belvederes, subía y bajaba escaleras, trepaba a los áticos y a las terrazas, descendía a los sótanos, recorría los pasillos, las logias y los diez patios, serpenteaba entre los muebles y mariposeaba en los jardines.
En la vecindad corría el rumor de que Teresilda se había dividido en quince o veinte Teresildas todas iguales, porque costaba creer que una sola abriese tantas puertas y se asomase a tantas ventanas, por no mencionar el hecho increíble de que no tuviera el menor vestigio de fatiga ni alguna sirvienta que la ayudase en los quehaceres.
Una vez al mes los sobrinos la visitaban para aliviarle hoy un marfil y mañana una tetera de plata y le decían:
—Por Dios, tía Teresilda. Es absurdo que te empeñes en vivir sola en este tremendo caserón. El día menos pensado amanecerás muerta de esa misma fatiga que estás acumulando sin darte cuenta pero que en cualquier momento se te caerá encima como una montaña.
Y agregaban con alguna brutalidad, fruto de la preocupación:
—Si es que antes no entran ladrones y te estrangulan o te clavan un puñal en el pecho.
Al fin Teresilda se convenció de que se sentía cansada, aparte de amenazada por la delincuencia. En seguida los sobrinos iniciaron los trámites.
Una mañana Teresilda supo que la llevaban a una escribanía y que le hacían firmar unos papeles. Y esa misma tarde se enteró de que se había mudado a un departamento de la calle Vidt llevándose algunos muebles porque para qué más, Teresilda, por Dios, gemían los sobrinos, quienes en seguida la dejaron sola para distribuirse el resto del mobiliario.
Teresilda estaba habituada a la soledad, así que se sintió a gusto. Pero también estaba acostumbrada a las felices correrías por las habitaciones, y quiso reanudarlas.
Dio un paso y tropezó con una pared. Dio otro paso en dirección contraria y chocó contra otra pared. Volvió a cambiar el rumbo y se llevó por delante una cómoda. Giró y la detuvo una mesa. Volvió a girar y embistió un aparador.
Vio una puerta, la abrió y no era una puerta para salir sino para entrar. Retrocedió, se golpeó con una ventana, quiso abrirla y asomarse, se asomó y del lado de afuera estaba el lado de adentro. Miró y miró y donde miraba los ojos se le hacían pedazos.
Entendió que estaba atrapada en un laberinto, en los vericuetos de una arquitectura caótica, en un dédalo tan enredado que no habría forma de salir, y ella moriría de hambre y de sed o devorada por algún minotauro.
Para qué gritar: nadie la oiría desde la remota calle Vidt.
Un mes después los sobrinos la buscaron por todo el único cuarto del departamento, la buscaron en la cocina americana y en el baño empotrado, la buscaron hasta en el pozo de aire y dentro de los muebles. Pero no la encontraron.
Es un misterio cómo habrá podido Teresilda abandonar el laberinto y fugarse nadie sabe a dónde.

miércoles, 24 de junio de 2009

LECTURA. Marco Denevi: minicuentos (2)

En Falsificaciones, del argentino Marco Denevi, aparecen muchos minicuentos, cuyo enlace gira en torno a esa "falsificación" de las leyendas, de la literatura, de la realidad; o sea, a contemplar desde otro punto de vista.

Aquí podemos leer otros tres:

ÉTICA DE LA CELESTINA

-MELIBEA: No debo, señora.
-CELESTINA: Di “no quiero”. Eso es respetable y yo me marcho. Pero no digas “no debo” porque entonces me encarnizo.



¡Terrible zozobra la del señor Kafka! Los trámites son tan largos y complicados, intervienen tantos amanuenses, él debe deambular por tantas oficinas, le exigen tantos requisitos, certificaciones y avales, tuvo que llenar de puño y letra tantas solicitudes que ha tenido miedo de que se interponga un olvido, un error, una distracción, algún descuido, algún extravío, incluso alguna mala voluntad o animosidad o envidia por parte de tantas personas de las que depende su suerte. De modo que renuncia. Pero el trámite de la renuncia es tan complicado como el anterior y el señor Kafka, o K. como lo llaman para abreviar, debe recomenzarlo todo de nuevo y ahora está temiendo que se interponga un olvido, un error, una distracción, algún descuido, algún extravío, etc. etc.


EPÍLOGO DE LAS ILÍADAS

Desde el alcázar del palacio lo vio llegar a Itaca de regreso de la guerra de Troya. Habían pasado treinta años desde su partida. Estaba irreconocible, pero ella lo reconoció.
-Tú -le dice a una muchacha-, siéntate en mi silla e hila en mi rueca. Y ustedes -añade dirigiéndose a los jóvenes-, finjan ser los pretendientes. Y cuando él cruce el lapídeo umbral y blandiendo sus armas quiera castigarlos, simulen caer al suelo entre gritos de dolor o escapen como del propio Ayax.
Y la provecta Penélope de cabellos blancos, oculta detrás de una columna, sonreía con desdentada sonrisa y se restregaba las manos sarmentosas.

jueves, 4 de junio de 2009

LECTURA. Marco Denevi: minicuentos

En Falsificaciones, del argentino Marco Denevi, aparecen muchos minicuentos, cuyo enlace gira en torno a esa "falsificación" de las leyendas, de la literatura, de la realidad; o sea, a contemplar desde otro punto de vista.

Aquí podemos leer tres:



Sentado en el umbral de mi casa, vi pasar a Lázaro, todavía con el sudario puesto en medio de una multitud que lo aclamaba. Después que la muchedumbre se alejó, vi pasar a un joven en ligero estado de putrefacción. Después, a una mujer embalsamada. Tras la mujer pasó un esqueleto pelado aunque con anillos en las falanges. Al ver que se aproximaba un hombre sin cabeza le pregunté qué significaba todo aquel desfile. Si bien el hombre no tenía cabeza me contestó muy atento: “Cuando suspendieron momentáneamente la ley para que Lázaro saliera, nosotros aprovechamos la suspensión y salimos también. Somos muchos. Mire”. Miré y vi que por el camino avanzaba la columna de los resucitados. La atmósfera se había vuelto irrespirable.




Se celebraba la última cena.
-¡Todos te aman, oh Maestro! -dijo uno de los discípulos.
-Todos no -respondió gravemente el Maestro-. Conozco a alguien que me tiene envidia y que en la primera oportunidad que se le presente me venderá por treinta dineros.
-Ya sé quién es -exclamó el discípulo-. También a mí me habló mal de ti.
-Y a mí -añadió otro discípulo.
-Y a mí, y a mí dijeron todos los demás. Todos, menos uno que permanecía silencioso.
-Pero es el único -prosiguió el que había hablado primero-. Y para probártelo diremos a coro su nombre sin habernos puesto previamente, de acuerdo.
Los discípulos, todos, menos aquel que se mantenía mudo, se miraron, contaron hasta tres y gritaron el nombre del traidor.
Las murallas de la ciudad vacilaron con el estrépito, porque los discípulos eran muchos y cada uno había gritado un nombre distinto.
Entonces el que no había hablado salió a la calle, y, libre de remordimientos, consumó su traición.




Hasta el fin de sus días Perseo vivió en la creencia de que era un héroe porque había matado a la Gorgona, a aquella mujer terrible cuya mirada, si se cruzaba con la de un mortal, convertía a éste en una estatua de piedra. Pobre tonto. Lo que ocurrió fue que Medusa, en cuanto lo vio de lejos, se enamoró de él. Nunca le había sucedido antes. Todos los que, atraídos por su belleza, se habían acercado y la habían mirado en los ojos, quedaron petrificados. Pero ahora Medusa, enamorada a su vez, decidió salvar a Perseo de la petrificación. Lo quería vivo, ardiente y frágil, aún al precio de no poder mirarlo. Bajó, pues, los párpados. Funesto error el de esta Gorgona de ojos cerrados: Perseo se aproximará y le cortará la cabeza.