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miércoles, 17 de junio de 2015

PRENSA. "Indefensos ante la manipulación". Rafael Argullol

   En "El País":

Indefensos ante la manipulación

‘El mundo de ayer’, de Stefan Zweig, es una lección magistral de cómo los totalitarismos del siglo pasado, al provocar la demolición del vínculo entre palabra y verdad, consiguieron de paso extirpar el espíritu a los hombres


EVA VÁZQUEZ


Hace años, estando en Río de Janeiro, me empeñé en visitar Petrópolis, una ciudad situada en la sierra de Orgaos, a 60 kilómetros de la capital carioca. Tenía curiosidad por ver la ciudad que albergó la corte estival de los emperadores de Brasil, dado que siempre resulta una sorpresa ser informado de que Brasil tuvo emperadores, aunque por escaso tiempo, en el siglo XIX. Petrópolis es agradable, con un clima seco que contrasta con el de Río. Su principal patrimonio es, precisamente, el Museo Imperial. Sin embargo, tiene otro pequeño museo cuyo contenido tiene una importancia simbólica mucho mayor que el que recuerda la pompa extravagante de los fugaces emperadores. Me refiero al dedicado a Stefan Zweig, en la casa donde el escritor austriaco y su mujer Lotte se suicidaron el 22 de febrero de 1942.
En este pequeño museo advertí, por primera vez, que no había una fotografía, sino dos, sobre aquella muerte. En la que yo conocía hasta entonces los cadáveres de Stefan y Lotte se mostraban, separados, sobre una cama, con una mesilla al lado con diversos objetos: un vaso, una botella de agua, una caja de cerillas, una lámpara. En la otra fotografía, desconocida para mí, el cadáver de Lotte aparecía inclinado sobre el de Stefan, juntas las manos de ambos. Me comunicaron amablemente que la variación de la escena era la consecuencia de que la policía, tras tomar una primera fotografía, habría separado pudorosamente los cadáveres, de modo que la siguiente fotografía fue la que se hizo pública para la prensa. Pensé que en la variación de las dos imágenes se alojaba todo un mundo, y que así lo hubiese considerado el propio Zweig.
Modestamente enmarcado colgaba en una pared de la casa el llamado testamento de Stefan Zweig, un breve texto que el novelista había escrito, al parecer, el día anterior al suicidio, dirigido al juez y a la policía. En realidad era un documento tan singular que sólo podía estar dirigido al conjunto de los hombres. En la primera mitad del texto, tras advertir que dejaba la vida por propia voluntad y en plena posesión de sus facultades mentales, Zweig agradecía a los brasileños la extraordinaria hospitalidad que le habían ofrecido, al tener que huir él de Europa, acosado por el nazismo. Finalizaba: “Europa, mi patria espiritual, se ha destruido a sí misma (…). Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra. Saludo a mis amigos. ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos”.

Su obra desapareció de las estanterías, como si los nazis hubieran conseguido exterminarla
En Petrópolis entendí el resurgimiento, en los últimos decenios, de Zweig como escritor. Al igual que sucede en otros casos, su recepción había experimentado un violento zigzag. Tremendamente popular en la Europa de entreguerras, había desaparecido de las estanterías después de la segunda contienda mundial, como si los estudiantes nazis que quemaban sus libros en las plazas de Alemania hubiesen conseguido exterminarlo para siempre. Con frecuencia veíamos Veinticuatro horas de la vida de una mujer y otras novelas de Zweig en las bibliotecas de nuestros abuelos, pero en la universidad ningún profesor recomendaba a un escritor que parecía definitivamente periclitado. Pero los últimos años del siglo XX, el siglo que lo había llevado a la cima y lo había destruido, albergaron el inesperado retorno de Zweig a las librerías de los países europeos. Cuando un retorno de este tipo se produce no hay duda de que la época, con sus interrogantes, lo exige, aunque sea de manera oblicua.
Recientemente he releído El mundo de ayer; Stefan Zweig subtituló Memorias de un europeo a un libro escrito en circunstancias adversas: sin apuntes, sin archivos, sin amigos con los que compartir los recuerdos del pasado y, por encima de todo, en una situación de permanente hostigamiento traumático que, como se deduce del testamento previo al suicidio, no se amortigua ni siquiera en el amable exilio de Brasil. Es más, El mundo de ayer sirve para encontrar explicación al suicidio, aparentemente chocante, de alguien que no está enfermo, no es un fracasado y no es sentimentalmente infeliz. Sirve para encontrar explicación a lo que quizá podría ser definido como un suicidio civilizatorio, si es que tenemos —no tenemos— necesidad de definir actos como este.
Más allá de sus múltiples aciertos literarios, El mundo de ayer es una lección magistral sobre la demolición de los vínculos entre palabra y verdad. Los totalitarismos, a través de los cuales la Europa exaltada por Zweig, junto a tantos otros escritores, se había “destruido a sí misma”, ponían al descubierto que aquella demolición dejaba indefenso por completo al individuo y, en consecuencia, listo para la manipulación y la sumisión. Extirpando la verdad a las palabras se extirpaba también el espíritu a los hombres. Es posible que, en la lejana Petrópolis, Zweig, antes de suicidarse, pensara que los efectos de lo que estaba sucediendo conmoverían irreparablemente el futuro.

Europa era una cultura; no, como alardean los portavoces del presente, una marca
Y, al menos en parte, tenía razón. Nosotros, por fortuna y por el momento, vivimos muy lejos de aquel paisaje apocalíptico que se tragó el mundo de Zweig. Sin embargo, en muchos sentidos somos herederos de aquella extinción. Nuestra época ya no ha recuperado, o no ha querido recuperar, la verdad interna de la palabra. Si somos sinceros, nuestra época ya no piensa en términos de palabra o de verdad. “Dar la palabra”, un ritual sacralizado hasta hace poco, ha dejado, en apariencia, de tener significado, y en nuestra vida pública la presencia de la verdad se ha convertido en fantasmagórica, aplastada por las obesas siluetas de la rentabilidad, la eficacia, el impacto o la utilidad. En lenguaje, o la falta de lenguaje, lo dice todo: compárese el tono con el que se proclama la actual construcción europea con el que refleja Zweig en El mundo de ayer cuando hace referencia al entusiasmo con que Rilke, Valéry y tantos otros se referían a la “unidad espiritual” de Europa. Europa era una cultura; no, como alardean los portavoces del presente, una marca.
Con todo, donde el lector actual puede encontrar la mayor vibración al recorrer las páginas de Zweig es al percibir ciertos paralelismos entre los riesgos del pasado y del presente. Huérfanos de la verdad de las palabras, o incapaces de encontrarla y compartirla, también nosotros nos encontramos indefensos ante la manipulación, por más que nuestra fe tecnológica nos mantenga ensimismados. Las épocas parecen muy distantes, es cierto. En la nuestra sólo ha irrumpido una multitud de pequeños brujos que juegan con la mentira y casi todos convivimos indiferentemente con ella. Pero la falta de amor a la verdad entraña el mayor peligro: es el terreno abonado para que los grandes brujos entren en escena.
Rafael Argullol es escritor.

domingo, 14 de junio de 2015

PRENSA. "El lugar de la utopía en el siglo XXI". Olivia Muñoz-Rojas

   En "El País":

El lugar de la utopía en el siglo XXI

El pensamiento utópico no está de moda; se identifica con falta de realismo. Pero resultaría muy útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal para contrastar los programas electorales con los objetivos que nos proponemos


EVA VÁZQUEZ

 Hace una década el sociólogo Zygmunt Bauman constataba con sorpresa que la palabra utopía en Google daba 4,4 millones de entradas. Hoy la misma búsqueda resulta en más de 63 millones, pero su impopularidad sigue siendo la misma. Utopía y utópico sirven ante todo para descalificar una propuesta por su impracticabilidad y a su defensor por su falta de realismo. Si nos preguntaran cómo imaginamos en concreto la sociedad en la que nos gustaría vivir es probable que no supiéramos responder. Estamos más acostumbrados a examinar críticamente la sociedad en la que vivimos y a exigir o plantear medidas inmediatas para resolver los problemas que detectamos en ella que a tratar de imaginar cómo sería nuestra sociedad ideal, nuestra utopía.
Tras el aparente fracaso de los grandes proyectos transformadores del siglo XIX y XX, hablar de utopía puede parecer fútil e ingenuo, incluso peligroso. La mayoría de los ciudadanos de hoy desean propuestas políticas realistas y realizables y cuando perciben que ni estas llegan a cumplirse, es comprensible que todo aquello que parezca difícil de materializar genere escepticismo y rechazo. El peso de nuestra historia reciente, el miedo a un futuro incierto y nuestra consiguiente dificultad para imaginar mundos mejores son palpables al observar la proliferación de distopías en la literatura y el cine contemporáneos. Libros y películas nos presentan sistemáticamente una sociedad futura en la que nuestros recursos naturales se han agotado, no podemos reproducirnos, triunfan toda suerte de dictaduras o la inteligencia artificial se ha impuesto sobre la humana, es decir, sociedades en las que no nos gustaría vivir. Sin embargo, ¿no resultaría útil tener una imagen de nuestra sociedad ideal a la hora de valorar, por ejemplo, los diferentes programas electorales que se nos ofrecen, una especie hoja de ruta con la que contrastarlos? Por ejemplo, ¿cómo imaginamos una sociedad ecológicamente sostenible? ¿O una ciudad inteligente? ¿O las familias del futuro?
La tradición utópica está íntimamente ligada a los orígenes del pensamiento de izquierdas. Varias generaciones de pensadores y escritores contribuyeron al utopismo con obras literarias y proyectos reales a pequeña escala: desde los míticos Saint-Simon y Fourier hasta Cabet y William Morris. Para las incipientes ciencias sociales, el concepto de utopía se convirtió en el equivalente del laboratorio para las ciencias naturales. El género literario utópico sirvió para ensayar nuevos principios sociales con gran lujo de detalles —desde la emancipación de la mujer (Charlotte P. Gilman) hasta una economía colectivizada (Edward Bellamy). Algunos de esos principios, como el sufragio femenino, la abolición del trabajo infantil o la educación universal, pertenecieron en su momento al género utópico. Hoy, sin embargo, son realidad en un buen número de países del mundo.

Hay que preguntarse si la izquierda actual sigue luchando contra la falta de imaginación
Lo que caracteriza a la tradición utópica es, precisamente, su realismo. Esto la diferencia tanto del pensamiento premoderno como del religioso. La tradición utópica atribuye al ser humano la capacidad de actuar sobre su entorno y cambiarlo. Desde sus orígenes, explica el sociólogo Krishan Kumar, el género utópico ha demostrado sobriedad, un deseo de no distanciarse de la realidad presente. Aunque busca pensar más allá de los límites convencionales del pensamiento social y político y dibujar la imagen de una sociedad buena, incluso perfecta, lo hace dentro del margen de lo posible, esto es, partiendo de las realidades psicológicas, sociales y tecnológicas existentes. Hasta que no existieron bocetos de máquinas para volar, por ejemplo, la literatura no imaginó la posibilidad de viajar a la luna.
Fueron Marx y Engels quienes calificaron de utópicos a Saint-Simon y otros socialistas decimonónicos por su falta de realismo al no identificar la lucha de clases como motor del cambio social y creer en la transformación de la sociedad por medios pacíficos. El enorme potencial explicativo del socialismo científico impulsado por Marx relegó rápidamente al socialismo utópico a un segundo plano. Han sido numerosos los pensadores que desde entonces, y aun reconociendo el valor explicativo (incluso predictivo) de la teoría marxista, acusan su falta de imaginación a la hora de concebir cómo sería esa sociedad ideal que seguiría a la abolición de las clases sociales y la desaparición del Estado.
Es legítimo preguntarse hasta qué punto la izquierda actual sigue batallando con esa ausencia de imaginación. Desde los medios y la academia se incide cada vez más en la necesidad para la izquierda de hacer gala de creatividad y audacia política para abordar los grandes retos contemporáneos, desde la crisis económica hasta la migración y el cambio climático. ¿Es posible para la izquierda imaginar una utopía, una sociedad ideal del siglo XXI, que sirva de referente e inspiración para políticos y ciudadanos, asumiendo que es inalcanzable? En otras palabras, ¿es posible conjugar un proyecto utópico con un programa político de aplicación más inmediata?

La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana
Si al pensamiento político le faltan herramientas para ello, la literatura, el cine y otras artes han demostrado ser poderosos medios para imaginar sociedades futuras o alternativas, hacerlas tangibles e inspirar con ello la conciencia y acción política. La última gran generación de obras utópicas pertenece a los años 1970, coincidiendo con la emergencia del ecologismo (véase, por ejemplo, Ecotopia de Ernest Callenbach). Desde entonces, el género literario utópico se ha visto desplazado más y más por obras distópicas, a veces en un movimiento dialéctico, como las novelas de Aldous Huxley (no es casual el hecho de que la distópica Un mundo feliz sea mucho más conocida que la utópica La isla).
En la charla que Bauman daba en 2005 con el título Living in utopia (Vivir en la utopía), y en la que se sorprendía del volumen de entradas asociadas a esta palabra en Google, planteaba que utopía se entiende hoy de un modo distinto a antaño. En lugar de meta ideal, compartida y, en principio, inalcanzable, la utopía hoy sería una huida hacia adelante sin meta definida; una huida en la que el individuo busca evadir la incertidumbre y alcanzar una felicidad más permanente con el solo hecho de comprarse ropa nueva o irse de vacaciones. ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor? Para Bauman y probablemente la mayor parte de los ciudadanos la respuesta es no. Significa, eso sí, que la utopía, como intento de imaginar una sociedad mejor o ideal, no está de moda. Salvo excepciones, el imaginario utópico vive sus horas bajas. Poner de moda la utopía es reconocer que sin la imaginación humana no se hubiera producido ninguno o muy pocos de los avances sociales, políticos y tecnológicos que hoy conocemos. La historia demuestra que los sueños de hoy pueden ser las realidades de mañana.
Olivia Muñoz-Rojas es doctora en Sociología por la London School of Economics e investigadora independiente. Su blog es www.oliviamunozrojasblog.com.

martes, 7 de abril de 2015

PRENSA. "La pátina frágil de la civilización". Albert Chillón

Albert Chillón

   En "El País":

La pátina frágil de la civilización

Pese a la experiencia del siglo XX, millones de europeos creen ilusamente que tienen garantizado el progreso



Hollywood nos ha enseñado a ver el final de la II Guerra Mundial como una vuelta a la sensatez y la calma tras el infierno que asoló Europa, al socaire del Plan Marshall y del espíritu de concordia que acabaría fraguando en el embrión de la futura Unión, hoy amenazada por fuera y por dentro. Los rostros cincelados de sus estrellas encarnan en el imaginario colectivo la versión optimista del “amigo americano”, ese heroico ensueño que habría venido al rescate de un continente reducido literalmente a escombros, aunque capaz de resucitar al poco, cual ave Fénix, tras recobrar la cordura como por ensalmo. La más devastadora contienda conocida habría alumbrado el mayor periodo de prosperidad europeo, final feliz que supuestamente confirmaría la tan unánime como infundada fe en la mejora inexorable del mundo, entrañada en el mito del progreso.
Muy distinto, no obstante, fue lo que en realidad ocurrió durante la década posterior a la liberación de Auschwitz, como revela la lectura de Continente salvaje (Galaxia Gutenberg, 2014), documentada investigación realizada por el joven historiador Keith Lowe cuya sobriedad, ponderación política y concernimiento moral recuerdan las cualidades que el añorado Tony Judt mostró en su clásico Postguerra. Y cuya escalofriante, sobrecogedora exposición de ese largo y desconocido purgatorio traen a la memoria las que Timothy Snyder ofreció hace pocos años en Tierras de sangre, a propósito del demente genocidio que a principios de los años treinta, en un amplio territorio comprendido entre Polonia, Bielorrusia y Ucrania, causó el choque entre los totalitarismos nazi y soviético.
Como el soberbio estudio de Snyder, el de Lowe suscita en el lector una mezcla de estupefacción y horror, porque además de la conocida destrucción de la industria, la agricultura, las ciudades y las vías de transporte, la II Guerra Mundial desencadenó una calamidad más terrible aún, y mucho más ignorada: la del frágil tejido moral sin el que la vida humana digna de tal nombre se degrada en inhumana existencia, cuando no en irreparable exterminio.
Al contrario de lo que las mayoritarias creencias suponen, el horror no acabó con el suicidio de Hitler en su búnker y con la liberación de los supervivientes de Treblinka y Mauthausen: al menos hasta mediados de los años cincuenta, millones de europeos sufrieron hambre y horrendas privaciones, desamparo o reclusión, persecuciones y exilios forzados, deportaciones étnicas masivas, esclavitud y torturas, sevicias y violaciones padecidas por millares de mujeres, amén de incontables ejecuciones sumarias impulsadas por la indiscriminada venganza, cuando no por la pura abyección. Denunciados hace pocos años por Paul Preston en El holocausto español, los horrores de nuestra posguerra se multiplicaron al este del Rin y el Danubio, debido a la caída en la barbarie que sucedió al apocalipsis.
Aunque demasiados artistas y pensadores tardaron en asumirlo, un puñado de ellos —Horkheimer, Adorno o Camus— repararon en seguida en que esa nueva y oficiosa guerra de los 30 años, los incluidos entre 1918 y el periodo que Lowe estudia, acarreó trascendentes efectos. En primer lugar, porque hizo trizas la utopía del progreso sin vuelta atrás acuñada por los filósofos de la Ilustración, convencidos de que la endiosada Razón sería por sí sola capaz de guiar a la entera humanidad, a través de una senda de creciente educación, igualdad y justicia, hacia un horizonte de perpetua paz y emancipación. Y después porque, al revelar que ese progreso es siempre susceptible de abrupta regresión, mostró cuán quebradiza y vulnerable es la civilización, ese delicado edificio político, ético, económico e institucional que el calvario de las dos guerras mundiales —y de sus terribles posguerras— redujo a cenizas.
El lector llega exhausto a la última página de Continente salvaje, no solo trastornado por el minucioso exposé, sino alarmado por la luz que sobre el tiempo presente arroja ese periodo mixtificado por la maniquea propaganda oficial, durante más de medio siglo obcecada en achacar la culpa de todos los males al nazismo alemán —de lejos el principal, aunque no el único de sus responsables—, y así eximir de ella a los incontables sujetos y colectivos que participaron en el incendio, así como a los Estados que atizaron sus llamas.
Desde entonces, por vez primera, millones de europeos han disfrutado una paz y prosperidad relativas que siguen dando ilusamente por descontadas, imbuidos de ese pensamiento mágico que supone garantizado el progreso, a pesar incluso de los pesares que la vigente crisis desata. ¿Es que los políticos, financieros, empresarios y ciudadanos corruptos que han arruinado la economía y minado la esfera pública ignoran los horrores pasados y los presentes peligros? ¿O acaso son perfectamente conscientes de él, y de que su proceder mina las vigas maestras del edificio y sus mismos cimientos? ¿A qué nuevo precipicio nos lleva su cinismo desfachatado, su estupidez y su indecencia?
Albert Chillón es profesor de la UAB y escritor.

martes, 17 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "El fascismo que sobrevivió a Hitler"

   En "El País":

El fascismo que sobrevivió a Hitler

El historiador Julián Casanova coordina a un grupo de expertos en un libro sobre las cuatro décadas de dictadura en España


El general Franco y Adolfo Hitler durante su entrevista en Hendaya, en 1940

Cuando acabó la Guerra Civil española, más de la mitad de los 28 estados europeos estaban dominados por dictaduras con poderes absolutos, que no dependían de mandatos constitucionales ni de elecciones democráticas. Excepto en el caso de la Unión Soviética de Stalin, todas esas dictaduras procedían del firmamento político de la ultraderecha y tenían como uno de sus principales objetivos la destrucción del comunismo.
El general Francisco Franco y su dictadura no eran, por lo tanto, una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero al margen de las categorías que se utilicen para definirlos, la mayoría de esos despotismos modernos eran hijos de la Primera Guerra Mundial, la auténtica línea divisoria de la historia europea del siglo XX, la ruptura traumática con las políticas del orden autocrático imperial hasta entonces dominantes.
Como España no participó en esa contienda, el ascenso al poder de Franco se pareció poco, de entrada, al de esos nobles, políticos y militares que, tras convertirse en héroes nacionales por su lucha contra el enemigo exterior, encabezaron el movimiento contrarrevolucionario, antiliberal y antisocialista en sus países desde los años veinte. Jósef Pilsudski en Polonia y Miklós Horthy en Hungría son los mejores ejemplos (…)


Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. 'Cuarenta años con Franco' se publica el 17 de febrero en Crítica. 416 páginas. 20,90 euros.
Esas dictaduras que surgieron en Europa en los años veinte recuperaron algunas de las estructuras tradicionales de la autoridad presentes en su historia antes de 1914, pero tuvieron que hacer frente también a la búsqueda de nuevas formas de organizar la sociedad, la industria y la política. En eso consistió el fascismo en Italia, el primero en germinar como producto de la Primera Guerra Mundial, y a esa solución se engancharon en los años treinta algunos partidos y fuerzas de la derecha española. Una solución al problema de cómo controlar el cambio social y frenar la revolución en el momento de la aparición de la política de masas.
El fascismo apareció más tarde en España que en la mayoría de los países europeos, sobre todo si la referencia es Italia y Alemania, y se mantuvo muy débil como movimiento político hasta la primavera de 1936. Durante los primeros años de la Segunda República, apenas pudo abrirse camino en un escenario ocupado por la extrema derecha monárquica y por la derechización del catolicismo político. El triunfo de Adolf Hitler en Alemania, sin embargo, atrajo el interés de muchos ultraderechistas que, sin saber todavía mucho de fascismo, vieron en el ejemplo de los nazis un buen modelo para acabar con la República. El que iba a ser el principal partido fascista, Falange Española, fue fundado en octubre de 1933, cuando el fascismo era ya un movimiento de masas consolidado en varios países europeos.
Poco tuvo que ver Franco, por lo tanto, si lo que seguimos considerando es la conquista del poder, con la forma en que lo consiguieron los dos líderes fascistas más importantes, Benito Mussolini y Hitler, a través de la movilización de las masas con partidos que ellos mismos habían creado. Mussolini subió al poder con una combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas, sin necesidad de tomarlo militarmente —pese al mito forjado después de la marcha sobre Roma por el fascismo victorioso— o ganar unas elecciones. Y el nombramiento de Hitler como canciller del Reich el 30 de enero de 1933, porque Paul von Hindenburg, presidente de la República, así lo decidió, fue el resultado del pacto entre el movimiento de masas nazi y los grupos políticos conservadores, con los militares y los intereses de los terratenientes a la cabeza, que querían la destrucción del sistema republicano de Weimar y de la democracia.
Unos años después, Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil (…) Mientras Franco consolidaba su dictadura tras el triunfo en esa guerra, los que los españoles llamamos posguerra, la Segunda Guerra Mundial ponía patas arriba el mapa de Europa que había salido de la de 1914-1918. Entre 1939 y 1941, siete dictaduras derechistas de Europa del este cayeron bajo el dominio directo de Alemania o Italia: Polonia, Albania, Yugoslavia, Grecia, Lituania, Letonia y Estonia. En el mismo período, siete democracias fueron desmanteladas: Checoslovaquia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia.
Casi todo el continente europeo quedó bajo el orden nazi, gobernado por dirigentes nombrados por Hitler o dictadores “títeres”, que solían ser líderes de los movimientos fascistas que no habían podido tomar el poder antes de 1939, pero que aprovechaban el nuevo escenario creado por la invasión militar alemana (…).
El destino de todos esos regímenes quedó vinculado al de la Alemania nazi. Y entre los últimos meses de 1944 y los primeros de 1945, todos esos países fueron invadidos por los ejércitos de la Unión Soviética o de los aliados occidentales. Las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Francisco Franco y Antonio Oliveira de Salazar fueron, por lo tanto, los únicos dictadores que, como no intervinieron oficialmente en la Segunda Guerra Mundial, pudieron seguir en el poder tras ella. Esa es una gran diferencia entre las dictaduras de Europa del este, destruidas por la guerra, y las de la Península Ibérica; y entre Franco y Salazar y todos esos dictadores, fascistas o no, que fueron ejecutados o acabaron en el exilio tras 1945.
Franco se libró, obviamente, de ese final, aunque la intervención italiana y alemana había sido decisiva para su triunfo en la guerra y conquista del poder y aunque el fervor del sector más fascista de su dictadura por la causa nazi se había manifestado, pese a la no beligerancia oficial española, en la creación en 1941 de la División Azul, por la que pasaron cerca de 47.000 hombres que lucharon contra el comunismo en el frente ruso.
Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió treinta años más. Vista desde esta perspectiva comparada, el rasgo distintivo de la historia de España en el siglo XX fue la larga duración de la dictadura de Franco después de la Segunda Guerra Mundial. No fue un paréntesis, sino el elemento central que dominó el escenario de forma absoluta durante esas tres décadas (…).
Más de una generación de españoles creció y vivió bajo el dominio de Franco, sin ninguna experiencia directa de derechos o procesos democráticos. Ese gobierno autoritario tan prolongado tuvo efectos profundos en las estructuras políticas, en la sociedad civil, en los valores individuales y en los comportamientos de los diferentes grupos sociales. En 1945, Europa occidental dejó atrás treinta años de guerras, revoluciones, fascismos y violencia. Pero España se perdió durante otras tres décadas ese tren de la ciudadanía, de los derechos civiles y sociales y del Estado de bienestar (…).
Han pasado cuatro décadas desde la muerte de Franco y esa dictadura forma parte de la historia, un tema de estudio consolidado en los proyectos de investigación universitarios, en congresos y publicaciones científicas y en los programas que se imparten en la mayoría de los centros escolares. Pero es también objeto de controversia política y de debate público. Con memorias divididas, esos trágicos sucesos del pasado han proyectado su larga sombra sobre el presente y, frente a ella, necesitamos miradas libres y rigurosas. 

jueves, 17 de abril de 2014

PRENSA. "El fracaso de mi generación". Norman Birnbaum

Norman Birnbaum

   En "El País":

El fracaso de mi generación

Los intelectuales estadounidenses y europeos nacidos entre 1925 y 1930 no han defendido con éxito los principios de la utopía occidental ni han convencido de que se necesita más democracia económica

 22 DIC 2012

Los intelectuales estadounidenses y europeos de mi generación, nacidos entre 1925 y 1930, tuvieron unas carreras espléndidas, resonancia internacional, cierta influencia en la política. Nuestros homólogos de los Estados socialistas también fueron unos privilegiados. Podían viajar y eludir la pesada prosa oficial de los partidos gobernantes. Nuestro lenguaje común era un marxismo de la superestructura, de ideologías, cultura y política. Prestábamos atención a la deformación del carácter por la industrialización de la sensibilidad, el dominio de la rutina. Nuestros contemporáneos del bloque soviético describían la tiranía profana de sus Estados policiales de manera indirecta, previendo que la explotación y la ineficacia serían sustituidas por el desarrollo de los talentos productivos de la ciudadanía socialista.
En Occidente no necesitábamos circunloquios. Eran pocos los que nos consideraban peligrosos. Algunos que querían expiar sus propios pasados nos pintaban como revolucionarios afligidos. Cuando, para nuestra sorpresa y la de nuestros antagonistas, los que defendían el statu quo occidental como utopía hecha realidad, estallaron las revueltas de los años sesenta, nuestros lectores y estudiantes se reían de nosotros y decían que éramos esclavos involuntarios del orden existente. Nos sorprendió mucho la negación de nuestra triste profecía, el hecho de que la obediencia comprada y la diversión hedonística (panem et circenses) habían vuelto muy improbables la discordancia moral y la disidencia política.
Aspirábamos a una ciudadanía capaz de gobernarse a sí misma, incluso en la economía. Una fuerza laboral cada vez más educada se reconocería en nuestros textos. Queríamos acelerar el ritmo de la historia prestando nuestro talento a los partidos socialdemócratas y cristianos. Al fin y al cabo, nos considerábamos los representantes de sus electorados en la educación, la administración, las profesiones liberales y la ciencia. Creíamos que, con su apoyo, acabaríamos desempeñando un papel en el gobierno de la sociedad. Contábamos con la atención de banqueros y empresarios, políticos y editores, incluso sindicalistas que en otros temas eran escépticos. En Estados Unidos (EE UU) nos enviaban a oficiales del Ejército a estudiar con nosotros (los conservadores llegaron a quejarse de que Harvard y Princeton habían ablandado a toda una generación de generales).

Creíamos que al final desempeñaríamos un papel en el gobierno de la sociedad
Estábamos equivocados. Los electores, en general, querían justicia, un mínimo de respeto y una parte respetable de la renta nacional. Pero su entusiasmo por el deporte y las vacaciones era mucho más acentuado que su interés por ayudar a tomar decisiones en la economía. En ocasiones se manifestaban o hacían huelgas, no por una nueva sociedad, sino para obtener más recompensas en esta. Nuestra crítica metahistórica de la existencia contemporánea no les conmovía. Las clases dirigentes que nos trataban con tanta benevolencia pensaban que estaban haciendo gala de la magnanimidad de los poderosos. No sentían que estuvieran compartiendo ese poder con nosotros.
Dos grandes acontecimientos demostraron que habíamos hecho mal al interpretar una mejoría temporal de nuestra suerte como una gran transformación histórica. El primero fue el renacimiento del capitalismo descontrolado. El segundo fue el fracaso de la Tercera Vía. A la disminución de la parte de la renta nacional que iba a parar a manos de los trabajadores y la deconstrucción del Estado de bienestar sucedió la crisis que se suponía que el nuevo capitalismo había hecho imposible. Los demócratas estadounidenses y un gran sector de la socialdemocracia europea se convirtieron a la idea de los beneficios como principal instrumento de crecimiento económico y de inmediato experimentaron la depresión y la destrucción social. El hecho de que los economistas que estaban en primera fila cuando surgió el desastre (Greenspan, los economistas de Chicago como Lucas, que negaban la posibilidad de que la intervención del Gobierno pudiera servir de algo) hayan pronunciado pocas o ninguna disculpa es comprensible. Lo que proponíamos era un mosaico de marxismo y socialdemocracia, keynesianismo y teoría de la elección pública. No tenemos explicaciones generales de por qué quedamos desbancados ni tampoco una alternativa.
En EE UU y Europa, los ciudadanos quieren empleo, ingresos y seguridad. Desde la guerra han votado siempre por los partidos que les daban esas cosas, y nunca pidieron democracia económica. La política actual es un remedo del consumismo. La participación electoral ha disminuido a medida que se ha intensificado la crisis. Los debates teóricos sobre intereses, representación e ideología se han convertido en algo remoto, como de especialistas en lenguas clásicas discutiendo sobre papiros. Nuestra hipótesis, que las ciudadanías occidentales eran irreversiblemente democráticas, estaba equivocada.
También nos equivocamos sobre la amenaza que suponían para las economías de Occidente los bajos salarios en Asia. El fracaso soviético nos hizo pensar que las economías dirigidas no podían funcionar. La alianza china de capitalismo y partido único nos sorprendió. Sabíamos que había otras culturas longevas y extraordinarias, pero ignoramos que había varios caminos hacia el desarrollo económico. La secularización de nuestras sociedades dejó hueco para las religiones privatizadas o sustitutas y a brotes reaccionarios de nacionalismo.

Los electores querían justicia, un mínimo de respeto y una parte de la renta nacional
El debate occidental sobre los países islámicos combina una gran ignorancia histórica con nuestros prejuicios. Los recuerdos esquemáticos de la Reforma y el Renacimiento, la revolución científica y las revoluciones democráticas no son útiles. El presidente de Egipto, un ingeniero educado en EE UU, volvió a su país con muy mala impresión de nuestra cultura. Gandhi, al preguntarle por la civilización de Occidente, respondió que sería una idea muy buena.
Estábamos convencidos de que era inevitable la desintegración del etnocentrismo y el absolutismo religioso, pero nuestro propio proyecto de modernización estaba incompleto. Creímos demasiado en la durabilidad de la síntesis de posguerra, que estaba en deuda con la repugnancia ante los horrores del fascismo, los costes de la guerra y las privaciones de la Gran Depresión. Después de 1989 llegaron los conflictos de los Balcanes, los sucesivos desastres en África (Ruanda, Nigeria, la dictadura militar en Argelia), las guerras de Irak. Los atentados llevados a cabo por los fanáticos musulmanes procedentes de Arabia Saudí (un Estado supuestamente amigo) obtuvieron lo que pretendían: EE UU está en guerra con el islam y ha arrastrado a ella a Europa. EE UU y Europa discuten sobre sus respectivos modelos sociales, pero ni nuestros ciudadanos ni el resto del mundo están satisfechos con ninguno de los dos.
Nos hemos convertido en técnicos de reparaciones que corren cuando se rompen los diques para tapar las fugas. No se ve por ningún lado que se produzca una alianza del conocimiento técnico y científico con las nuevas instituciones para resolver la crisis ambiental. Nos burlábamos de los Verdes cuando eran más jóvenes, y decíamos que eran aparecidos de la época franciscana; pero, en la historia de la Iglesia, San Francisco permaneció mientras el edificio de la Iglesia de venía abajo.
Quizás esperábamos demasiado de los seres humanos en un periodo en el que unos cambios desconcertantes estaban destruyendo certidumbres y aumentando los miedos. Dos mil quinientos años después de los griegos y el doble desde las escrituras que inspiraron el Antiguo y el Nuevo Testamento, Buda y los textos hindúes, pensamos que los hombres y las mujeres podían renunciar a mitos fatalistas y parecerse a los dioses. Acaba de pasar Yom Kippur, la fiesta judía de la expiación. No hace falta ser judío para saber que hay mucho que expiar, que la reconstrucción social quizá exija nuevos yos dentro de cada uno. Nos equivocamos al pensar que el espacio público que necesitábamos ya se había construido o se materializaría cuando lo necesitáramos. Para aunar el respeto a la dignidad humana y la sensibilidad ante la fragilidad humana es necesario tener una disciplina ascética y cierta forma de inspiración, como componentes morales del análisis histórico. Los intelectuales de mi generación no dimos suficiente importancia a ese aspecto; tal vez no fuimos peores que el resto de nuestros contemporáneos, pero tampoco mejores ni más profundos.
Norman Birnbaum es catedrático emérito de la Universidad de Georgetown.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

PRENSA. EDUCACIÓN. "Francia instruye a sus alumnos en los 15 'mandamientos' del laicismo

Peillon presenta la Carta del Laicismo en la apertura del curso. / BERTRAND GUAY (AFP) ("el país")

   En "El País":

Francia instruye a sus alumnos en los 15 “mandamientos” del laicismo

Una declaración de derechos y deberes cuelga en el tablón de los centros públicos

Los musulmanes critican la prohibición de símbolos religiosos

 Paris 9 SEP 2013

La Carta del Laicismo, una declaración de principios, derechos y deberes republicanos compuesta por 15 “mandamientos”, cuelga desde este lunes en lugar bien visible en las más de 55.000 escuelas públicas francesas, aunque unos 8.800 centros privados y concertados —en su mayoría católicos— han quedado eximidos de exhibirla. La declaración, que se expondrá desde infantil hasta bachillerato junto al lema de la República (Libertad, Igualdad, Fraternidad) y la Declaración de los Derechos Humanos y del Ciudadano, es una de las novedades que aporta la “refundación de la escuela republicana”, la ambiciosa reforma educativa impulsada por François Hollande y elaborada por el ministro de Educación, Vincent Peillon, que fue aprobada el pasado 8 de julio.

La comunidad islámica cree que la reforma la estigmatiza
El objetivo de la carta es reforzar la enseñanza del laicismo y la promoción de la igualdad entre alumnas y alumnos, aunque el Gobierno socialista ha decidido retrasar las clases de moral laica y ciudadana hasta 2015.
El texto, que subraya en su artículo 14 la prohibición de prendas o distintivos religiosos “de forma ostensible”, ha suscitado las críticas de algunos sectores de la comunidad islámica, que reúne a seis millones de personas en Francia, porque considera que hace demasiadas referencias al velo islámico, prohibido en Francia desde 2004.

La ‘rentr

“Demasiada gente tiene una representación errónea del laicismo”, ha replicado este lunes el ministro Vincent Peillon al presentar la carta ante la prensa; “para algunos alumnos, el laicismo es hoy antes que nada una prohibición, una amenaza, cuando es justo lo contrario. El laicismo es lo que permite a cada uno construir su propia libertad respetando la de los demás”.
La carta afirma en su artículo primero que Francia es una república “indivisible, democrática, social y laica”, que “asegura la igualdad ante la ley de todos sus ciudadanos”, y “respeta todas las creencias”. El artículo 2 explica que “la República laica organiza la separación entre religión y Estado” y recuerda: “No existe una religión de Estado”. El tercero establece que el laicismo “garantiza la libertad de conciencia”: “Cada uno es libre de creer o de no creer y puede expresar libremente sus convicciones”.
El sexto mandamiento recuerda que el laicismo en la escuela “ofrece a los alumnos las condiciones para forjar su personalidad, ejercer su libre albedrío y aprender ciudadanía”, y les “protege de todo proselitismo y toda presión que les impida hacer su libre elección”. El séptimo asegura a todos los estudiantes “el acceso a una cultura común y compartida”. La Carta del Laicismo garantiza además “la libertad de expresión de los alumnos” (artículo 8), el “rechazo de todas las violencias y las discriminaciones” y “la igualdad entre niñas y niños” (artículo 9), pero también obliga al personal escolar a “transmitir a los alumnos el sentido y los valores del laicismo” (artículo 10).
Los artículos 12, 13 y 14 recuerdan a los estudiantes los límites de su libertad: no pueden “contestar los contenidos de lo que se les enseña” ni “exhibir ostensiblemente símbolos o prendas religiosas”, ni faltar a las clases “alegando motivos religiosos o políticos”. El más polémico es el artículo 14, que afirma: “En los centros públicos, las reglas de vida en los diferentes espacios (…) respetan el laicismo. Está prohibido portar signos o prendas con las que los alumnos manifiesten ostensiblemente su pertenencia religiosa”.

Se permitirá el crucifijo o la kipá, pero las chicas no podrán llevar velo
El presidente del Consejo francés del Culto Musulmán, Dalil Boubakeur, ha dicho que ese artículo “se refiere al islam y lanza una mirada oblicua sobre la religión musulmana”, y expresó su temor a que los musulmanes de Francia se sientan “estigmatizados”. Al ser preguntado por la presunta islamofobia de ese texto, el ministro socialista descartó que se refiera a una religión concreta. “Se equivocarían profundamente”, ha afirmado Peillon. “El laicismo no se refiere a una religión en particular porque precisamente las pone a todas en situación de igualdad. En la escuela de la República no se recibe a pequeños musulmanes, pequeños judíos, pequeños protestantes o pequeños agnósticos, se recibe a alumnos de la República”.
Las primeras críticas de educadores y padres han incidido en que el texto no aborda las cuestiones prácticas relacionadas con el respeto del laicismo, como los menús de los comedores y las celebraciones religiosas.
El Defensor del Pueblo francés, Dominique Baudis, ha decidido este lunes que pedirá aclaraciones al Consejo de Estado sobre la aplicación de las normas laicista: “Es urgente precisar las reglas del juego”, ha precisado, “sobre todo en lo que se refiere a dos asuntos: los auxiliares voluntarios, los acompañantes ocasionales, como las madres, y los empleados del sector privado que trabajan en las guarderías subvencionadas por el Estado”.

Los deberes del alumno republicano

1. Francia es una República indivisible, laica, democrática y social que respeta todas las creencias.
2. La República laica organiza la separación entre religión y Estado. No hay religión de Estado.
3. El laicismo garantiza la libertad de conciencia. Cada cual es libre de creer o de no creer.
4. El laicismo permite el ejercicio de la ciudadanía, conciliando la libertad de cada uno con la igualdad y la fraternidad.
5. La República garantiza el respeto a sus principios en las escuelas.
6. El laicismo en la escuela ofrece a los alumnos las condiciones para forjar su personalidad les protege de todo proselitismo y toda presión que les impida hacer su libre elección.
7. Todos los estudiantes tienen garantizado el acceso a una cultura común y compartida.
8. La Carta del Laicismo asegura también la libertad de expresión de los alumnos.
9. Se garantiza el rechazo de las violencias y discriminaciones y la igualdad entre niñas y niños.
10. El personal escolar está obligado a transmitir a los alumnos el sentido y los valores del laicismo.
11. Los profesores tienen el deber de ser estrictamente neutrales.
12. Los alumnos no pueden invocar una convicción religiosa para discutir una cuestión del programa.
13. Nadie puede rechazar las reglas de la escuela de la República invocando su pertenencia religiosa.
14. Está prohibido portar signos o prendas con las que los alumnos manifiesten ostensiblemente su pertenencia religiosa.
15. Por sus reflexiones y actividades, los alumnos contribuyen a dar vida a la laicidad en el seno de su centro escolar.

La ‘rentrée’, en cifras

Los objetivos de la reforma educativa socialista, promulgada en Francia el 8 de julio, son permitir a los alumnos aprender más, para que todos puedan tener éxito, y formar a los ciudadanos del futuro. Francia tiene en este momento 12,2 millones de alumnos, 64.300 centros públicos y privados y 841.700 profesores. Para el nuevo curso, el Gobierno ha contratado a 8.200 nuevos profesores (3.350 en primaria, 4.200 en secundaria, el resto en formación profesional), y ha firmado 28.000 contratos subvencionados de auxiliares para tres tareas básicas: ayudar a los directores, reforzar los centros con dificultades y mejorar la atención a los alumnos discapacitados.
Con el fin de favorecer el regreso de las madres al mercado laboral, la escolarización se adelanta a los tres años y entra en vigor la semana de cuatro días y medio en primaria. La reforma eleva el número de días de colegio, que pasará de los actuales 144 por año (el más bajo de los 34 países de la OCDE) hasta los 180. La novedad afectará este año a uno de cada cuatro escolares de primaria, es decir, a 1,3 millones de alumnos.
El Informe Pisa de 2009, sitúa a Francia en el puesto número 21 del mundo por calidad educativa, aunque tiene uno de los sistemas más caros. El coste por alumno de primer grado es de 5.870 euros, frente a los 11.470 euros que se gasta en el Liceo general y tecnológico.

sábado, 26 de septiembre de 2009

PRENSA. 26 septiembre 2009


En "El País":

1. La discriminación es positiva si está bien motivada. Reportaje de Pere Ríos. Primar las subvenciones a cineastas mujeres puede amenazar el principio de igualdad. Todas las políticas para ayudar a minorías o colectivos desfavorecidos deben estar justificadas. En EE UU siempre se acompañan de estudios.

2. La lucha política de Irán no ha terminado. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos. Traducción de Mª Luisa Rodríguez Tapia.

3. El destino de los elefantes. Artículo de Manuel Alcántara Sáez, vicerrector de Relaciones Internacionales y Cooperación de la Universidad de Salamanca, sobre el destino de los políticos, una vez que dejan su actividad política.

4. Lo que trajo el ocaso de las ideologías. Por Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona. El problema sobreviene cuando la gente se emociona más ante los colores de su equipo de fútbol que ante el sufrimiento ajeno. Y es aquí donde, por desgracia, parece que ya estamos.

5. La crisis, y sigue... Por Samí Naïr. Traducción de M. Sampons.

6. De toda la vida. El poeta Luis García Montero escribe sobre esas canciones.