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viernes, 26 de febrero de 2016

NARRATIVA. Primeras páginas de la nueva novela de Mario Vargas Llosa

   En "El País Semanal":

El secreto de ‘Cinco esquinas’

Mario Vargas Llosa regresa a una Lima oprimida bajo el yugo dictatorial. Este es un adelanto de la nueva novela del Nobel de Literatura

Una imagen del barrio limeño de Cinco Esquinas.
Una imagen del barrio limeño de Cinco Esquinas. 



martes, 5 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre la nueva novela de Vargas Llosa. "Así nace el título de una obra"

   En "El País":

Así nace el título de una obra

'Cinco esquinas' se llamará la nueva novela del Nobel peruano Mario Vargas Llosa


Panorámica del punto que da nombre al barrio limeño, Cinco esquinas, en el cual se inspira Vargas Llosa para su nueva novela. / MORGANA VARGAS LLOSA

Durante un año, Mario Vargas Llosa trabajó en un archivo de word al que llamó nuevanovela.doc. Los títulos de la novela, dice, le sirven para organizar la historia. Son un norte. Pero esta vez no tenía título y nunca antes le había pasado. Ha escrito novelas que tuvieron hasta tres: La ciudad y los perros se llamó antes Los impostores y La morada del héroe. También ha escrito novelas que nacieron con el título puesto, como La Casa Verde. Y títulos que aparecieron con una imagen, como Conversación en La Catedral,que surgió en cuanto tuvo la idea del barcito que serviría de escenario a la conversación que vertebra la obra.
Vargas Llosa no tenía título y hace un par de semanas, sin saberlo, salió a la calle a buscarlo. Partió de su casa de Barranco, en Lima, con gafas de sol, un gorro que le tapaba media cara y una gabardina de aires detectivescos. La ruta que tomaría ese día la había fijado, también sin saberlo, en 1952.
Un recuerdo abrió la compuerta. Era la imagen de los únicos tres meses de bohemia que vivió en su vida. Tenía 16 años y trabajaba como periodista en La Crónica. Algunas noches salía del periódico con los amigos y se iban a la casa de un dibujante al que le gustaban los valses criollos. La casita humilde donde tocaban el cajón y escuchaban y cantaban temas de Felipe Pinglo quedaba en Cinco esquinas. Ese recuerdo, que lo pudo asaltar mientras caminaba, escribía o comía un yogur, lo acompañó durante el día y, luego, trasladado al papel se convirtió en el escenario donde pasan buena parte del día dos de los personajes centrales de la (nueva) novela.
La mañana en la que seguía sin encontrar el título fue a visitar este escenario y a contrastar su recuerdo con la realidad. Nadie lo reconoció, salvo la señora que cuidaba autos en un corralón. “Usted no debería estar aquí”, le dijo, “este barrio es muy violento y solo estamos seguros los que vivimos aquí y nos conocemos”.


Una escena del barrio Cinco esquinas, en Lima. / MORGANA VARGAS LLOSA
No le sorprendieron sus palabras. Encontró, efectivamente, mucha inseguridad en el barrio, además de una decadencia irremediable. Las tiendas y casas enrejadas, personas deambulando semidesnudas, perros sin dueño, pandilleros y anuncios de espiritistas pegados en las paredes. “Los mismos callejones y quintas parecen existir desde la época que yo era joven y se han ido deteriorando, llenando de basura y de una especie de subhumanidad, de gentes muy marginales que han abandonado las esperanzas”, recuerda en Madrid Vargas Llosa.
Pero lo que más le impresionó fue la Quinta Heeren, una residencia muy elegante de la Lima del siglo XIX. “Aquí estaban las embajadas de Japón, de Francia, de Estados Unidos. Todavía existen, pero están totalmente en ruinas y habitadas por gallinazos. Cuando haces un pequeño ruido salen por las puertas y las ventanas las nubes de gallinazos que viven aquí”.
Le pareció que este barrio empobrecido y ruinoso dentro de una Lima en pleno proceso de transformación encajaba perfectamente en la vida de los dos personajes. “Son periodistas que representan quizás la forma más degradada del periodismo, que es el periodismo de la chismografía y del amarillismo. Es una novela que tiene que ver mucho con esa subcultura contemporánea y que es tan universal porque la comparten el mundo desarrollado y el subdesarrollado. Prácticamente no hay cultura ni lengua que no tenga ese periodismo de la chismografía y el escándalo. Que esta especie de lumpen periodístico emerja de los muladares de las quintas miserables de Cinco esquinas tiene mucho sentido”.
Mientras caminaba por el barrio de Cinco esquinas no sabía todavía que estaba pisando, literalmente, el título de su novela. Tendría todavía que llegar a casa, visitar otras dos veces el barrio para seguir apoderándose de las imágenes que irán vistiendo su novela, y esperar. “Yo nunca tendría una argumentación para justificar el título de una novela y, sin embargo, la intuición me dice cuándo vale y cuándo no vale. También me pasa con los nombres de los personajes. Pero es una cosa intuitiva, no es una cosa racional. Puedo inventar razones que no me convencerían ni a mí mismo, pero sí sé cuándo el título o el apodo de un personaje lo hace visible, le da consistencia, veracidad y cuándo es una caricatura, una impostura o un disfraz”.
Una noche cenando con su esposa, Patricia, y su hija Morgana en un restaurante japonés en Lima, Vargas Llosa compartió con ellas sus impresiones de la visita a Cinco esquinas y tuvo por primera vez la intuición de un título. Pero no fue hasta llegar a Madrid que tuvo la certeza y salió de su escritorio exultante, como si acabara de ganar la lotería. La titularía Cinco esquinas.
¿Qué hizo que por fin encontrara un orden y un sentido al universo que construye día a día? ¿Fue el recuerdo de sus años de bohemia, una canción de Felipe Pinglo, la impresión que le causaron los gallinazos de la Quinta Heeren o la vida que poco a poco van cobrando los personajes? No podría ser algo racional, como él dice. Para saberlo, quizás, tendría que recurrir a uno de esos anuncios que vio en Cinco esquinas: “Espiritista piurano. Atiende preferentemente de noche”.

domingo, 5 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. EN LA MUERTE DE GARCÍA MÁRQUEZ. "Historia de un deicidio: el pasado esplendor". Mario Vargas Llosa

   En "El País":

Historia de un deicidio: el pasado esplendor

Este relato [Un día después del sábado] está situado en Macondo, en el período de la decadencia


El jurado del Premio Biblioteca Breve de 1970: desde la izquierda, Juan García Hortelano, Carlos Barral, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Mirete, Salvador Clotas y José María Castellet. / EFE
Este relato [Un día después del sábado] está situado en Macondo, en el período de la decadencia. La perspectiva es itinerante, se desplaza de un personaje a otro, pero la mayor parte de la historia está referida desde una atalaya que corresponde a la de seres inequívocamente instalados en el vértice de la sociedad: la viuda Rebeca y el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar Castañeda y Montero. Desde la perspectiva aristocrática, ya sabemos, la historia gravita con fuerza sobre el presente, y, en efecto, aquí, como en La hojarasca, hay muchos datos relativos al pasado de la sociedad ficticia. Algunos confirman datos anteriores, otros los amplían, otros los modifican. El antiguo esplendor está asociado, en la memoria del padre Antonio Isabel, al banano. Desde hace años sólo pasan por Macondo cuatro vagones desvencijados y descoloridos, de los que nadie desciende: “Antes era distinto, cuando podía estar una tarde entera viendo pasar un tren cargado de banano: ciento cuarenta vagones cargados de frutas, pasando sin parar, hasta cuando pasaba, ya entrada la noche, el último vagón con un hombre colgando una lámpara verde”. Ciento cuarenta vagones, la desmesura: lo que era una imagen retórica en los relatos anteriores, se convierte en característica de la realidad ficticia. Las dos épocas de Macondo, el apogeo y la de cadencia, están claramente diferenciadas aquí también, como en La hojarasca, en función de las plantaciones bananeras. Aparece un nuevo dato histórico: “Tal vez de ahí vino su costumbre de asistir todos los días a la estación, incluso después de que abalearon a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de bananos...”. Es la primera mención de la matanza de trabajadores que tendrá amplio desarrollo en Cien años de soledad.

Desde hace años sólo pasan por Macondo cuatro vagones desvencijados
En lo relativo a las guerras civiles, Un día después del sábado no es esclarecedor sino oscurecedor. En La hojarasca se insinuaba que la fundación de Macondo la habían llevado a cabo gentes que, como la familia del coronel, huían de las guerras, lo que permitía situar la fundación hacia fines del XIX. Sin embargo, aquí se indica que el padre Antonio Isabel “se enterró en el pueblo, desde mucho antes de la guerra del 85”, lo que retrocede la fundación de manera considerable y desbarata la cronología que parecía regir la historia ficticia. El muchacho de Manaure nació “una lluviosa madrugada de la última guerra civil” y durante la acción del relato tiene 22 años. Si esa última guerra civil es la del 85, el cuento ocurriría en 1907, más o menos, pero esta época no corresponde a la decadencia de Macondo, la que, según La hojarasca, comenzó hacia 1918. Estas contradicciones de la realidad ficticia (que para ella no lo son) muestran la libertad y la movilidad de que goza, su naturaleza diferente de la realidad real, que sólo puede cambiar hacia adelante, en tanto que aquélla se va modificando también hacia atrás.

La perspectiva es itinerante, se desplaza de un personaje a otro
El coronel Aureliano Buendía aparece nuevamente, como una reminiscencia, y su silueta resulta siempre enigmática. Algo más se sabe de él, sin embargo: es primo hermano de la viuda Rebeca y primo del que fue su marido, José Arcadio Buendía; la viuda lo considera, no sabemos por qué, un descastado. Parece estar ausente, como en La hojarasca. La viuda Rebeca, borrosa en sus apariciones anteriores, se enriquece biográficamente: vive en una casa con dos corredores y nueve alcobas, acompañada de su sirvienta y confidente Argenida; su bisabuelo paterno peleó durante la guerra de la Independencia en el bando de los realistas; una leyenda turbia la vincula a la muerte de su esposo, quien veinte años atrás, luego de un pistoletazo que nadie sabe quién disparó, “cayó de bruces entre un ruido de hebillas y espuelas sobre las polainas aún calientes que se acababa de quitar”. Este episodio reaparece, con contornos real imaginarios, en Cien años de soledad. La viuda vive enclaustrada, viste ridículamente, permanece en Macondo por un oscuro temor a la no vedad. El padre Antonio Isabel retorna en Los funerales de la Mamá Grande, en La mala hora y en Cien años de soledad. El alcalde asoma sólo un momento y no se dice que esté asociado a hechos de violencia y corrupción, aunque su físico inspira a la viuda Rebeca una impresión de solidez bestial. ¿Han desaparecido la violencia y la corrupción políticas en Macondo? Ha desaparecido el interés por ese plano de lo real objetivo. Ha cambiado la perspectiva y ya vimos que para la visión aristocrática la política es algo remoto y repulsivo, una experiencia prescindible. La viuda Rebeca y el padre Antonio Isabel son tan ciegos para la política como la clase popular: sólo cuando la perspectiva se sitúa en la clase media, la política ocupa lugar dominante en lo real objetivo. Aquí ha sido abolida y son el pasado, la religión y lo imaginario lo que prevalece en la realidad ficticia.

El coronel Aureliano Buendía aparece como una reminiscencia
Manaure, donde había ido a la escuela el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, adquiere una dimensión mayor. El forastero de la historia ha nacido allí, precisamente en la escuela, que su madre había atendido durante 18 años. Comparado a Macondo, es más pequeño, aislado y pobre. El muchacho lo recuerda como “un pueblo verde y plácido, con unas gallinas de largas patas cenicientas que atravesaban el salón de clases para echarse a poner debajo del tinajero”. Está lejos y en la altura, pues allí no se siembra banano sino café y carece de alumbrado eléctrico. Como el héroe de El coronel no tiene quien le escriba, la madre del forastero espera una jubilación.
El semblante urbano de Macondo se perfila más. Conocíamos su estación, sus almendros, sus alcaravanes, su calor: ahora conocemos su hotel. Se llama también Macondo, carece de clientes, su menú es un plato de sopa con un hueso pelado y picadillo de plátano verde, tiene un gramófono de cuerda, sus propietarios son una madre y su hija de caras idénticas. Habíamos visto a Macondo a la hora de la siesta; ahora lo vernos un domingo de mañana: “Calles sin hierba, casas con alambreras y un cielo profundo y maravilloso sobre un calor asfixiante”; la calle principal desemboca “en una pequeña plaza empedrada con un edificio de cal con una torre y un gallo de madera en la cúspide y un reloj parado en las cuatro y diez”.

Son el pasado y la religión lo que prevalece en
la realidad ficticia
En la realidad ficticia hasta ahora sólo se leían periódicos, volantes políticos clandestinos, el Almanaque Bristol, presumiblemente las revistas de cine con cuyas carátulas Ana había empapelado su cuarto. En Un día después del sábado un personaje ha tenido una formación clásica. El padre Antonio Isabel leyó en el seminario a los griegos, sobre todo a Sófocles, “en su idioma original”. Los clásicos se le confundían, los llamaba “los ancianitos de antes”. Aparente-mente, también estudió francés. Su monaguillo se llama (o él lo llama) Pitágoras.
Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura peruano, publicó en 1971Historia de un deicidio, un minucioso estudio literario que sería su tesis doctoral sobre la vida de Gabriel García Márquez desde los primeros relatos hasta Cien años de soledad. Este extracto, incluido en las Obras Completas de Vargas Llosa, editadas por Galaxia Gutenberg, pertenece a un certero análisis sobre el cuento Un día después del sábado

viernes, 23 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Mario Vargas Llosa

En "El País":
ENTREVISTA

“No me preocupa el ridículo, pero sí me seduce mucho el riesgo”

Mario Vargas Llosa asume de nuevo el reto actoral en un teatro. El escritor y premio Nobel protagoniza 'Los cuentos de la peste', un texto suyo basado en el 'Decamerón' de Boccaccio


Mario Vargas Llosa, en un ensayo de 'Los cuentos de la peste'. / JAVIER NAVAL (EL PAÍS)
Mario Vargas Llosa lo ha abandonado todo por el teatro. Ha interrumpido la novela que estaba escribiendo y su agenda se encuentra vacía de compromisos. No es la primera vez que se sube a un escenario teatral, pero ahora da el salto definitivo. Ya no es una lectura o narración dramatizada como en ocasiones anteriores. El escritor peruano estrena el próximo día 28 en el Teatro Español de Madrid Los cuentos de la peste, una obra que él mismo ha escrito basada en el Decamerón, de Giovanni Boccaccio, escrita a raíz de la invasión de la peste negra en Florencia, en marzo de 1348. Dirigida por Joan Ollé y junto a Aitana Sánchez-Gijón, Pedro Casablanc, Marta Poveda y Óscar de la Fuente, Vargas Llosa traslada a la escena unos cuentos que son todo un canto al hedonismo, a los placeres y a la grandeza de la fantasía y la imaginación. A sus 78 años, el premio Nobel de Literatura, que se confiesa aterrado, asume el riesgo que corre y lo hace con una felicidad y unas carcajadas que retumban en el salón de su casa en Madrid.
Los cuentos de la peste, editada por Alfaguara, entra dentro de la programación de toda la obra dramática del autor peruano que se está representando en el Teatro Español de Madrid.
Pregunta. El Decamerón ha figurado entre esos proyectos que le han acompañado desde siempre ¿Por qué se decidió a materializarlo en Los cuentos de la peste?
Respuesta. Me pasa siempre con las cosas que escribo. Muy rara vez me he puesto a escribir inmediatamente cuando tengo una idea de una historia, sea para una novela o para una obra de teatro. Generalmente dejo que pasen la prueba del tiempo. Muchas de esas ideas se desvanecen, se pierden, pero las que vuelven, las que recurren una y otra vez a lo largo de meses o años son las que al final se me van imponiendo y me inducen a escribir. No me acuerdo cuándo fue la primera vez que pensé yo en el Decamerón como una materia prima para una obra de teatro pero sí recuerdo que desde la primera vez que leí el libro la situación inicial de la historia me pareció muy teatral. Una peste que está devastando la ciudad y un grupo de jóvenes que, al no poder huir del lugar porque están cercados, deciden escapar a través de la fantasía y la imaginación y se van a un jardín a contarse cuentos. Me encantó la idea, me pareció muy simbólica de lo que es la literatura, el teatro, la novela. Es una manera de escapar a la realidad que es uno mismo, una manera de ser otro, de vivir otras experiencias, de tener unos destinos extraordinarios fuera de lo común. Pero eso es lo que hacemos normalmente cuando escribimos o leemos novelas. Esa fe en la fantasía y la imaginación.
P. Es un canto al hedonismo, a los placeres, al sexo, también al refugio de la fantasía donde uno se encuentra a salvo. ¿Hoy más que nunca hay necesidad de volar hacia lo imaginario o es algo intrínseco a todas las épocas?

Salir de sí mismo, ser otro, es quizá lo más representativo del ser humano
R. Quizás lo más representativo del ser humano es esa necesidad de salir de sí mismo y ser otro. Es decir, de tener no solo la vida real que le tocó sino otras vidas, encarnar otros destinos. Eso hizo que nacieran las primeras historias en las cavernas y eso ha sido la fuente de la ficción a lo largo de toda la historia que se ha manifestado a través de la literatura, de la novela, del cuento y el teatro y ahora otros géneros como la televisión o el cine. Para mí, la ficción es la sombra que ha acompañado todo el destino de la humanidad y creo que si hay un indicio de vitalidad en un individuo, en una sociedad, está en esa voluntad de soñar, de ilusionarse con algo distinto de lo que es y de lo que tiene. Lo maravilloso del teatro es que nos hace vivir eso en directo y no a través de un intermediario como es la lectura.
P. ¿Qué valor le da al teatro dentro de su creación literaria?
R. A mí me apasionó mucho el teatro y siempre digo que si hubiera habido en Lima —cuando yo comencé a escribir en los años cincuenta— un movimiento teatral quizás hubiera sido dramaturgo antes que narrador, pero la vida teatral entonces era muy pequeñita y uno corría el riesgo de no ver nunca una obra suya montada sobre un escenario. Así que creo que eso me fue empujando hacia la narrativa, pero lo primero que escribí en serio cuando era todavía un niño fue una obrita de teatro, La huida del inca. Fue después de ver una obra que me impresionó muchísimo —solo las grandes novelas me habían impresionado tanto—, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, con una compañía argentina que pasó por Lima. Me impresionó tremendamente cómo en un escenario se rompían las convenciones del tiempo y el espacio. Una obra que saltaba del pasado al futuro, del futuro al pasado y que daba una sensación de totalidad. Inmediatamente escribí esa obrita de teatro y además la dirigí yo mismo en el último año de colegio, en Piura. Hay un fenómeno curioso que yo no sabría explicar y es porqué ciertas historias vienen con su género a cuestas. Todas las obras de teatro que he escrito han venido así, con su género a cuestas, haciéndome sentir que eso solo podía ser una historia montada en un escenario y no escrita como un cuento o una novela. No sé por qué, quizás porque esas historias son más visuales o más compactas y caben en el tiempo de una obra de teatro, al contrario de las novelas que desbordan eso largamente o, tal vez, y es una reflexión que me hizo una vez Aitana Sánchez-Gijón, porque mi teatro tiene que ver con la relación entre ficción y realidad, entre la vida vivida y la vida imaginada.


Vargas Llosa y Aitana Sánchez-Gijón en la obra 'Los cuentos de la peste'. /JAVIER NAVAL (EL PAÍS)
P. Autor y actor. ¿Es una combinación complicada?
R. Para mí inesperada. Nunca lo pensé. Escribir teatro siempre lo tuve presente, pero el hecho de llegar a las tablas ha sido muy impremeditado. Después de La verdad de las mentiras, Odiseo y Penélope y Las mil noches y una noche, este que voy a dar es el salto definitivo. Ya no son solo dos personas, no solo es narración, es mucha actuación. Algo casi suicida.
P. ¿Cuando sube al escenario es fácil calmar al autor de las palabras que está representando?
R. Me olvido del autor. Me olvido salvo cuando Joan Ollé y Aitana quieren cortarme el texto. Entonces vuelvo a ser el autor y defiendo como una fiera mi texto, generalmente con éxito, aunque algunos cortes me han impuesto. Para un autor que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, es una experiencia maravillosa e impagable convertirse de pronto en un personaje de ficción, vivir la ficción como la que vive un actor. Subir a un escenario es tan fascinante como aterrador. Cuando uno actúa en una película, uno tiene siempre la posibilidad de enmendar, de corregir, de rehacer. En el teatro no, es como la vida, lo que ocurre, ocurre y no tiene más remedio. Si te equivocas te equivocas para siempre.

La ficción es la sombra que siempre acompañó el destino de la humanidad
P. ¿Tiene miedo?
R. Estoy aterrado, sobre todo cuando salgo de los ensayos porque cuando estás actuando la tensión te lo impide. Tengo la suerte de trabajar con Ollé y con Aitana que son amigos y que me ayudan mucho. También los otros actores que son muy comprensivos. Me siento bastante arropado, pero aun así el pánico está presente y lo estará cada día más hasta el momento del estreno.
P. A sus 78 años, supone un reto físico e intelectual. ¿Qué hay de necesidad personal?
R. Quizás la respuesta que tengo que dar es más general. Yo no quiero morirme en vida. Siempre me ha entristecido mucho ver a esos seres humanos que se mueren en vida, que pierden las ilusiones, que se resignan a una especie de espera. Los seres humanos a los que yo más he admirado son aquellos que resisten hasta el final y en los que la muerte es como un accidente que los sorprende en plena actividad. Me gustaría morir estando vivo. Muchas de las cosas que hago, que son a veces un poco temerarias como esta, surgen de esa necesidad de seguir viviendo hasta el final, explorándolo todo.
P. Parece que su familia está en contra de esta aventura. ¿Es lo más temerario que ha hecho?

Mi teatro tiene que ver con la relación entre la vida vivida y la vida imaginada
R. Sí. Sobre todo por el terror y el pánico que veo en mi mujer. Ha puesto 10.000 kilómetros de distancia nada menos porque no quiere estar cerca de lo que piensa será el ridículo supremo… [Ríe a carcajadas]. Piensa que voy a perder la dignidad y el honor convirtiéndome en un cómico a una edad en la que yo debería de estar ya reposando. No solo no va a estar en el estreno, sino que va a estar a 10.000 kilómetros porque piensa que la vergüenza que sentirá será menor así. Pero al menos uno de mis hijos me ha anunciado que va a asistir al estreno.
P. Es consciente de que los focos van a estar pendiente de un Premio Nobel en el escenario?
R. Sé que mucha gente va a ir a ver cómo meto la pata [vuelven de nuevo las carcajadas]. Estoy seguro de que irán a ver si me tropiezo, si me equivoco, si me caigo, pero todo eso me da más riesgo a la aventura. Una aventura sin riesgo no es una aventura.
P. ¿Tiene la sensación de que se juega mucho?
R. Lo peor que me juego es el ridículo, pero no es tan grave, no me preocupa. Pero sí me seduce mucho el riesgo que está implícito en eso. Es un desafío, una manera de seguir vivo.
P. Le queda quizás lo más importante: el encuentro con el público. ¿Espera que sea generoso o, al contrario, cree que le juzgarán con mayor dureza?
R. Creo que los críticos serán más severos. El público ha sido siempre muy cariñoso conmigo. No creo que haya una actitud predeterminada de hostilidad, pero tengo gran curiosidad por ver cómo reacciona el público y también la crítica. A ver qué pasa. Nunca llegas a saber si te ha ido bien o no, no hay manera de desdoblarse, uno no tiene la distancia suficiente, ni siquiera cuando termina una novela.