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miércoles, 6 de octubre de 2010

CUENTO. "Narración del estudiante", de Jean Lorrain (1855-1906)

Jean Lorrain

Narración del estudiante
En el hotel barato en que vivía entonces en el Faubourg-Saint-Honoré, había terminado por observar a una cliente de aspecto bastante sospechoso. Yo no era entonces más que un pobre estudiante de derecho, poco preocupado por la exterioridad de las cosas, y para que aquella mujer hubiera atraído mi atención hacía falta que destacara efectivamente en la gris uniformidad de los demás clientes del hotel.
Era una inquilina... ¿cómo diría?... intermitente y, aunque pagara su habitación por meses, no dormía en ella sino en raras ocasiones; en cambio, no pasaba semana sin que viniera a encerrar allí parejas de horas, a lo largo del día y nunca sola. Unas veces traía un hombre, otras una mujer, a veces muchas mujeres, amigas. En invierno hacían un gran fuego y le subían ponche; en verano, limonada y soda. En el hotel tenían con ella los mayores miramientos; al gerente y a su esposa se les llenaba la boca cuando hablaban de la señora de Prack; sin duda debía abonar generosamente sus facturas.
No era una prostituta como yo había creído en un primer momento. Al verla entrar siempre acompañada, en los primeros tiempos yo la había tomado por una vulgar buscona de la peor calaña, puesto que le hacía a todas y a todos. No era nada de eso y, después de reflexionar, pensé que debía tratarse de una afiliada a alguna sociedad secreta; alguna criatura acosada por la policía que se ocultaba en París valiéndose de domicilios y nombres diversos; mujer de algún anarquista, alma de algún complot, o quizá simplemente alguna ladrona que formaba parte de una banda, una de esas aventureras que operan en los grandes almacenes, informan a la baja turba de hampones de los buenos golpes por dar y practican, a la vez, la búsqueda del domicilio por desvalijar, el robo y la ocultación de lo robado. Y además otras consideraciones se me ocurrían: esta mujer no era probablemente, después de todo, nada más que una viciosa, alguna amante anónima de la depravación que venía a distraerse en clandestinas orgías del aburrimiento diario de un marido, de un matrimonio y de una casa burguesa.
Burguesa en todo caso no muy rica, pues la señora de Prack hacía relativamente pocos gastos en aquel pequeño hotel de empleados y estudiantes pobres: llegaba siempre en simón, se iba de igual forma, y los hombres que traía estaban en general mal vestidos y parecían pertenecer a una clase inferior: pequeños sombreros hongo, largos gabanes ajados, bufandas deterioradas, pero, en su mayoría, eran singularmente ágiles y desenvueltos, con aspecto de gimnastas y de acróbatas, tanto que, al final de cuentas me había quedado con la idea de que se trataba de una empresa de contratación para los music-halls y los circos de provincias, de la que la señora de Prack era la representante.
Las mujeres que traía eran más elegantes y, con sus cabellos teñidos con alheña, los ojos maquillados y la boca pintada de carmín, tenían entre ellas un aire de familia, actrices de pequeños teatros o camareras de restaurantes nocturnos; su forma de hablar en voz alta, las ropas chillonas, la gesticulación histérica, contrastaban con el tono y las maneras excesivamente sobrias de su amiga.
La señora de Prack tenía un aspecto perfecto. Siempre vestida de negro, envuelta en mullidas pieles en invierno, embutida en verano en tules y muselinas de seda que la adelgazaban, disimulaba bajo tupidos velos un rostro singularmente pálido, con los ojos como pintados de kohl entre los párpados fatigados, y que no carecería de encanto de no ser por la importancia que en él tenía la nariz algo larga. La boca demasiado grande también deslucía el rostro, pero se abría muy roja sobre pequeños dientes separados y brillantes; la boca, algo sombreada en la comisura de los labios, y esa amplia sonrisa marcada de imperceptible bigote no carecía de un cierto picante. Con su cara estrecha, su mentón puntiagudo y su perfil caballar, recordaba un poco a una larga langosta, y tenía los movimientos a la vez bruscos y lentos de ésta. La señora de Prack era muy morena y las largas pestañas arqueadas aterciopelaban con una languidez obscena la onda oscura de los ojos dolientes.
La señora de Prack debía tener un temperamento rudo (las apariencias así lo confirmaban, al menos) pues, si no era la ladrona ni el agente artístico que podría suponerse, seguía siendo un fino rastreador de lujuria, a juzgar por las presas que cazaba, de pluma y pelo, pues todo le resultaba aceptable.
Me ocurrió más de una vez coincidir con ella en la escalera del hotel; ella subía y yo bajaba o viceversa, y en cada ocasión por mi parte se había tratado de roces y de osadías de mano arrastrándose por el pasamanos tratando de tocar la suya, pues aquella enigmática sonrisa sombreada y aquellos ojos prometedores me lancinaban; pero en cada ocasión me había esforzado en vano. Yo no era su tipo, había que aceptarlo, y sus ojos de una insistencia tan extraña, nunca se habían fijado en los míos. Durante algún tiempo le guardé rencor; aquella larga mujer de ojos húmedos habría sido una amante exquisita y cómoda; habría sido la aventura y el misterio al alcance de la mano. Las personas del hotel eran de un mutismo absoluto respecto a su inquilina; imposible sacarles lo más mínimo. Como ya he dicho, la señora de Prack debía ser muy generosa. Despechado en mi vanidad, durante algún tiempo tuve la vileza de meditar una buena pasada que poder jugarle a mi vecina, pero luego dejé de pensar en ello.
El azar, ese gran maestro de los desenlaces, me ayudó a descifrar una parte del enigma. Era a finales del invierno; me encontraba una noche en los Franceses, modestamente instalado en las últimas filas de la platea. Representaban obras del repertorio y los socios habituales dormitaban; dormitaban incluso hasta el punto de que yo no escuchaba su monótona recitación, pendiente de la conversación de dos mujeres que cuchicheaban detrás de mí, dos mujeres invisibles detrás de la reja de un palco y éstos eran los fragmentos de conversación que escuché:
-¡No, no me atreveré jamás! -decía una voz-. Además, ¿cómo salir de mi casa vestida de dominó? Además está la servidumbre. Estoy segura de mi doncella, pero el lacayo y el portero son fieles al marqués. Me tiene vigilada, espiada, ya ves. A ti te lo permite todo.- Y ¡cómo se equivoca! -se desternillaba la otra mujer. El hecho es que su confianza le honra. No, Lucie, no hay que pensar en ello, y ¡Dios sabe cómo me habría gustado asistir a ese baile! ¡Oh!, vagabundear toda una noche bajo la máscara, acercarse, rozar con la seguridad de no ser reconocida, todas las lujurias, todos los vicios sospechados e insospechados.- ¡Oh!, no carece de sabor, y además no puedes ni imaginar las aventuras que una puede encontrar en esas noches.
Aquí una confidencia se ahogaba entre risas, y la voz de la que dudaba, proseguía más clara: "Pero tú ¿cómo haces con tu gente? ¿Tu señor no es celoso?".
- Pues, esas noches ceno en la ciudad o bien duermo en casa de mi madre; y además, verdaderamente, eres demasiado inocente, mi pequeña Suzanne. Yo, ya ves, realizo todas mis fantasías. La vida es corta y quiero vivirla. Además el truco del hotel en el que se paga una habitación al mes bajo un nombre falso no es difícil; yo que te hablo, lo hago...
El acto había concluido, los espectadores se levantaron haciendo ruido con sus zapatos y con los sillones de muelles que se levantan; aquella noche no oí nada más.
Diez días después, el encargado del hotel falleció. La gripe se lo llevó en menos de una semana, y en el pequeño salón del hotel convertido en capilla ardiente, junto al cadáver, la esposa, aterrorizada por la pérdida del marido y del socio, realizó el triste velatorio. Habían cerrado los postigos y en la pieza oscura la pobre mujer, acompañada de dos familiares, intentaba aislarse en medio de la confusión del personal de servicio y de una partida de viajeros, profesionalmente atenta, pese a su pena, a los incesantes rumores de la calle y del hotel. Habíamos entrado, otro cliente y yo, a presentarle nuestras condolencias a la viuda; ya se habían dicho las banalidades de rigor y, algo incómodos, permanecíamos callados, sin saber cómo marcharnos. De repente, se oyó la parada de un simón ante la puerta, ruido de pasos precipitados en la escalera y en medio de una maraña de astracán negro, la señora de Prack irrumpió en la habitación. La señora de Prack no venía sola; otra mujer joven, elegante y muy tapada, la acompañaba.
Las recién llegadas retrocedieron un momento; ignoraban el acontecimiento y se sorprendieron ante aquel aparato fúnebre; pero la señora de Prack se repuso rápidamente. Después de algunas palabras y un apretón de manos a la viuda: "¡Desolada, desconsolada, mi pobre querida señora! Hágame, no obstante, un favor. ¿Dónde guardó usted mis dominós, mis pelucas, todos mis pertrechos de disfraz?".
Y como la hostelera, confundida, hacía un gesto de estupor -"Es que la señora (e indicaba a la desconocida), es que la señora me acompañará mañana al baile, voy a prestarle uno de mis trajes y quisiéramos probárselo. ¿La molesto?"-, la viuda, con los ojos llenos de lágrimas de repente, señalaba con expresión desconsolada un armario, al otro lado del cadáver; el difunto estaba colocado justo delante del armario.
-Es muy fastidioso, efectivamente, pero ¿qué quiere? No es culpa mía; además, mi amiga tiene prisa.
La viuda, que se había incorporado un momento, se había dejado caer de nuevo sobre su silla; ahora sollozaba en silencio, con las manos apoyadas en las rodillas y todo su rostro suplicante, pero la de Prack permanecía allí, con su larga cara pálida, imperiosa y malvada. La hostelera hacía un esfuerzo y, cogiendo el manojo de llaves de su cintura, echaba una pierna por encima del cadáver y, con las piernas separadas, a caballo por encima del muerto, abría el armario y pasaba a su clienta impasible todo un montón de rasos, terciopelos y encajes. Una peluca, que colgaba fuera de un paquete, estuvo a punto de prenderse en la llama de un cirio; la angustia se adueñó de nosotros. "Gracias" -decía la señora de Prack aplastando de un manotazo las mucetas y los vestidos; luego, volviéndose hacia su acompañante-: "Vamos, Suzanne, ¿me acompañas?".

Traducción: Esperanza Cobos Castro

viernes, 17 de julio de 2009

LECTURA. "Historia de la criada Gudule", cuento de Jean Lorrain

HISTORIA DE LA CRIADA GUDULE

La señora de Lautréamont ocupaba la casa más bella de la ciudad; era el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos, construido en tiempos de Luis XV (¡casi nada!), y cuyas altas ventanas, decoradas de emblemas y conchas, eran la admiración de todo el que pasaba por la plaza mayor los días de mercado. Era un gran cuerpo de edificio, flanqueado por dos pabellones laterales unidos por una gran verja: el patio de honor, con el jardín más bello del mundo, se hallaba detrás del edificio principal. Descendía de terraza en terraza, hasta los bordes de las murallas; dominaba treinta leguas de campiña y, con la más bella disposición estilo XV, albergaba en sus bosquecillos estatuas licenciosas, todas más o menos atormentadas por las diablurías de las Risas y el Amor.
Por lo que respecta a los apartamentos, estaban revestidos de paneles esculpidos del más encantador efecto, adornados con espejos, y los parquets de toda la planta baja, curiosamente incrustados de maderas de las Islas, relucían como espejos. La señora de Lautréamont, que sólo ocupaba el edificio principal, había alquilado los pabellones de los laterales a sólidos inquilinos y obtenía de ellos buenas rentas; no había nadie que no deseara vivir en el edificio de Lautréamont, y era el sempiterno tema de las conversaciones de la ciudad.
¡La señora de Lautréamont! Había nacido con las manos llenas y siempre había tenido suerte: un marido constituido como un hércules, dispuesto a concederle todos los caprichos y que le permitía vestirse en París, en casa de un gran modisto; dos hijos que había colocado bien: la hija, casada con un procurador del rey; y el hijo, ya capitán de artillería o a punto de serlo; la casa más bella del departamento; una salud que la mantenía aún fresca y, desde luego, deseable a los cuarenta y cinco años; y, para atender esta mansión principesca y esta salud casi indecente, una criada de las que ya no hay, el fénix, la perla de las criadas, toda la abnegación, todas las atenciones, toda la lealtad, encarnadas en la criada Gudule.
Gracias a esta mujer maravillosa, la señora de Lautréamont tenía suficiente con tres domésticos, un jardinero, un lacayo y una cocinera para atender su inmensa mansión por la cantidad de sesenta mil libras. Era, sin duda, la casa más limpia de la ciudad: ni un grano de polvo sobre el mármol de las consolas, parquets peligrosos a fuerza de encerados, antiguos espejos ahora más claros que el agua de los manantiales, en todas partes, en todos los apartamentos, un orden, una simetría que hacía que el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos fuera citado como la primera casa de la provincia, con la frase ya consagrada para referirse a una vivienda muy cuidada: "Se diría que estamos en casa de los Lautréamont.»".
El alma de aquella sorprendente mansión era una criada solterona de mejillas aún frescas, de ojillos ingenuos y azulados y que, de la mañana a la noche, con el plumero o la escoba en la mano, seria, silenciosa, activa, no cesaba de frotar, cepillar, quitar el polvo, hacer brillar y relucir, enemiga declarada del más mínimo átomo de polvo. Los demás empleados la temían un poco: la de Gudule era una vigilancia terrible. Consagrada por completo a los intereses de sus patrones, no escapaba nada a sus pequeños ojos azules; siempre presente además en la casa, pues la solterona no salía nada más que para asistir a los oficios religiosos los días festivos y los domingos, bastante poco devota, por lo demás, y de ninguna forma asidua a la misa de las seis, pretexto diario para poder salir empleado por todas las viejas criadas.
En la ciudad no cesaban los elogios hacia aquel modelo de sirvientas y todos le envidiaban a la señora de Lautréamont su criada. Algunas almas poco delicadas no tuvieron escrúpulo incluso en intentar quitársela. Le habían ofrecido puentes de oro a Gudule, pues la vanidad había intervenido y en la sociedad incluso se habían hecho apuestas para ver quién lograba quitarle a la patrona a aquella pobre mujer; pero todo fue en vano. Gudule, de una fidelidad propia de otros tiempos, hizo oídos sordos a todas las proposiciones, y la felicidad insolente de la señora de Lautréamont se prolongó hasta el día en que la vieja criada, gastada, extenuada de trabajar, se apagó como una lámpara sin aceite, en su pequeña y fría buhardilla, justo por debajo del tejado, donde la señora de Lautréamont —hay que decirlo en su honor—, permaneció instalada durante tres días.
La criada Gudule tuvo la alegría de morir teniendo a su amada patrona a su cabecera. Los Lautréamont le hicieron un entierro adecuado. El señor de Lautréamont presidió el duelo; Gudule tuvo su concesión en el cementerio, flores frescas sobre su tumba al menos durante ocho días, y luego no hubo más remedio que reemplazarla.
Reemplazarla, no, porque eso era algo imposible, pero al menos introducir en la mansión a una mujer que ocupara su puesto. Amas de llaves se encuentran, y, después de algunos intentos desafortunados, la señora de Lautréamont creyó al fin poder felicitarse por haber encontrado una mujer de confianza y de gran honradez. La señorita Agathe reinó a partir de aquella fecha en la antigua Dirección General de Impuestos. Era una persona algo corpulenta, de busto prominente que, afanada, gesticulante, discurría por todos los rincones, con un manojo de llaves a la cintura, un delantal de muaré y aires de señorita Rodomont. Su trabajo no era precisamente silencioso, y de la mañana a la noche se pasaba gritándole a los demás empleados; y la vieja mansión, tan tranquila y muda en tiempos de Gudule, era ahora ensordecedora. Pero es que la señorita Agathe sabía hacerse respetar, eso era todo; daba informes diarios acerca del recibidor o la cocina, o discutía con la cocinera; y la señora de Lautréamont terminó por dejarse engañar por aquellas manifestaciones de ruidosa abnegación.
¡Ah!, ya no era el servicio de Gudule, aquel servicio invisible y silencioso que habríase dicho ejecutado por una sombra; aquellas atenciones delicadas y algo recelosas de una abnegación que se ocultaba; aquella constante vigilancia; aquellas minucias de solterona que adoraba la casa de sus patrones, especie de culto de devota por su parroquia, y todo aquel fervor doméstico que antaño difundía por la casa de los Lautréamont algo similar a un aroma de altar.
Ahora había motas de polvo sobre el mármol de las consolas; los antiguos espejos de los salones ya no eran como el agua transparente de los manantiales, ni los parquets eran ya como espejos; pero la costumbre tiene tal fuerza, y Gudule había creado tal leyenda, que aún se seguía citando la antigua Dirección General de Impuestos con las habituales reflexiones sobre la casa más cuidada del departamento.
Y ocurrió que a unos seis meses de aquello (era mediados de noviembre y Gudule había fallecido en marzo), una noche, la señora de Lautréamont despertó bruscamente al señor de Lautréamont y con una voz algo cambiada, sin encender siquiera la lámpara: "Héctor —le dijo— ¡qué extraño!, ¡escuche!, parece la forma de barrer de Gudule".
El señor de Lautréamont, de bastante mal humor, y como hombre medio dormido, refunfuñó diciendo que estaba loca; pero una gran emoción dominaba a la señora de Lautréamont y la sacudía con tal temblor, que aquel modelo de maridos terminó por despertarse y prestar atención a las divagaciones de su esposa. "Le aseguro que hay alguien ahí —decía—, en el rellano del primer piso, delante de la puerta de nuestro dormitorio. Oigo pasos, pero, ¿por qué ese ruido de escoba? Espere, ahora se aleja, barre al fondo del vestíbulo. Le aseguro que es su forma de barrer: la conozco bien". La señora de Lautréamont no se atrevía siquiera a pronunciar el nombre de la antigua criada, y el señor de Lautréamont, comprendiéndola, dijo: "¡De verdad que esa chica sigue dándole vueltas en la cabeza! Está soñando despierta, querida amiga, le aseguro que no hay nada; el aire está tan tranquilo que no se oye siquiera una hoja removerse. Es que no puede digerir la cena. ¿Quiere que le prepare una taza de te?".
Pero, movida como por un resorte, la señora de Lautréamont, temblando, se había levantado y, corriendo descalza por el dormitorio, iba a entreabrir la puerta. La volvió a cerrar con un grito horroroso. De un salto, el señor de Lautréamont se encontraba junto a ella, y sin comprender aquella especie de locura, la trasladaba casi inanimada a un sofá en el que se dejaba caer y permanecía durante unos minutos sin poder hablar; recuperaba por fin la voz y en el dormitorio ahora ya iluminado decía: "Es ella! La he visto como lo estoy viendo a usted; estaba ahí, barriendo y frotando el parquet del vestíbulo, con el vestido de estameña que le conocimos, con un gorro como cuando vivía, pero tan pálida, tan lívida! ¡Ah!, ¡qué cara de cementerio! Habrá que ofrecer misas por su alma, amigo mío!". El señor de Lautréamont calmaba a su mujer como podía, pero no permanecía menos inquieto y pensativo: se han visto cosas aún más misteriosas.
La noche siguiente, la alucinación de la señora de Lautréamont se repetía. Temblando, con los dientes apretados por el terror, oía esta vez a la criada fallecida encerar, frotar el rellano, moviendo rápidamente sus pies provistos de cepillos. ¿El miedo será contagioso? En el silencio de la gran mansión dormida, el señor de Lautréamont oía esta vez el ruido y, pese a que su mujer se asía fuertemente a su brazo por el pánico, iba intrépidamente a abrir la puerta y miraba.
Todo el vello se le erizó sobre la piel sudorosa: la silueta desbaratada de la criada difunta se agitaba como una marioneta fúnebre, en mitad del vestíbulo desierto; la ventana que iluminaba la escalera la bañaba con un resplandor de luna y, en el rayo luminoso y azul, la muerta pasaba y volvía a pasar, cepillando, frotando, presa de una febril agitación; habríase dicho que realizaba un trabajo impuesto a una condenada, y el señor de Lautréamont, cuando ella pasaba por delante de él, vio claramente gotas de sudor sobre su cráneo ya pulido. Volvía a cerrar la puerta bruscamente, aterrorizado y convencido.
Tiene razón —decía simplemente al volver junto a su esposa—: habrá que encargar algunas misas por esta mujer".
Se celebraron diez misas por la difunta, diez misas rezadas a las que asistieron el señor y la señora de Lautréamont con todos sus empleados, y Gudule no volvió a realizar el trabajo de la señorita Agathe durante las claras noches de noviembre.