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jueves, 30 de junio de 2016

SOCIEDAD. "El futuro decimonónico". Jordi Soler

   En "El País":

El futuro decimonónico

La información tiene una rapidez de vértigo, pero seguimos tardando doce horas en ir de Madrid a México, no tenemos coches que vuelan, ni conversamos con androides, ni tenemos naves que nos lleven a otros planetas




EVA VÁZQUEZ

El futuro no es como nos lo habían contado. La literatura y el cine nos pintaron hace décadas un panorama del siglo XXI que no se parece al tiempo en que vivimos. En 1982 Ridley Scott propuso en su película Blade Runner, basada en una novela de Philip K. Dick, una ciudad de Los Ángeles que en el 2019, es decir dentro de tres años, tendría automóviles voladores y una población de androides que convivirían con los humanos.
Antes, en 1968, Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick habían calculado, en 2001 Space Odyssey, que al principio de este siglo los viajes por el espacio serían una cosa habitual. Pero la verdad es que lejos de haber vuelos interplanetarios en naves colectivas de grandes dimensiones, lo que tenemos en el siglo XXI es el mismo cansino avión del siglo XX, casi el mismo aparato en el que volaban los Beatles, y unos automóviles, tóxicos e imprácticos, que siguen polucionando la atmósfera, igual que lo han venido haciendo durante el último siglo. Aunque los aviones de hoy son menos elegantes y mucho más incómodos que los del siglo pasado, se trata esencialmente del mismo artefacto, y su impedimento evolutivo somos claramente nosotros, que vivimos pegados a un cuerpo tan primitivo, o tan sofisticado, como el de nuestros antepasados.



George Langelaan propuso, en 1957, que nuestro cuerpo que se resiste a volar podría ser teletransportado, podría encerrarse en una cabina en Berlín y aterrizar, diez segundos más tarde, en una cabina en Nueva York. Esto nos lo explicó al detalle en La mosca, su famoso cuento que Kurt Neumann (1958) y David Cronenberg (1986) llevaron al cine.
El futuro no se parece a lo que estos creadores, fundamentados en la velocidad con la que avanzaba entonces la tecnología, creían que sería. Ya estamos en pleno siglo XXI y ni siquiera tenemos esa cocina automatizada, que producía café, tostadas y un huevo frito con solo darle a un botón, que proponía Jacques Tati en su película Mon oncle (1958). Es más, si quitamos los teléfonos móviles, los cascos del mp3, los coches y alguna prenda de vestir estentórea, y hacemos una foto en una calle antigua de París o de Barcelona, no encontraremos diferencias sustanciales con una que se haya hecho en ese mismo sitio en el siglo XIX, por ejemplo.


El mundo en general no ha cambiado tanto, ha evolucionado por zonas específicas

El mundo en general no ha cambiado tanto, ha evolucionado por zonas específicas y con énfasis en la micro tecnología, avanzamos a gran velocidad hacia lo pequeño, recibimos y emitimos información con una rapidez que produce vértigo, pero seguimos tardando doce horas en transportarnos de Madrid a la Ciudad de México, no tenemos coches que vuelan, ni conversamos con androides, ni tenemos naves que nos lleven a otros planetas; en muchos aspectos nuestro siglo se parece más al pasado, que a ese deslumbrante siglo XXI que nos enseñaron Kubrick y Ridley Scott.
Resulta que a muchas parcelas de nuestra cotidianidad no ha llegado todavía el futuro, basta asomarse a los artículos de prensa y a los ensayos que se escribían a mediados del siglo XIX en Estados Unidos, para darnos cuenta de que las inquietudes, las pulsiones y las neurosis que bullían en los albores del mundo industrializado, del capitalismo rampante, de la modernidad compulsiva, siguen estando, ciento cincuenta años más tarde, perfectamente vigentes. Para darnos cuenta de que aquellos que vislumbraban este siglo desde el siglo anterior, tendrían que haber mirado hacia atrás y no hacia adelante para no errar tanto en su pronóstico.
Esa preocupación que nos produce hoy el deterioro del planeta, o la desconexión con la naturaleza y la pérdida de nuestra dimensión espiritual ya existía a mediados del siglo XIX en Estados Unidos; los creyentes gremiales se apuntaban a la iglesia calvinista o al grupo cuáquero de su comunidad, y los que no querían someterse a la espiritualidad oficial, husmeaban en las tradiciones orientales, en el taoísmo o el budismo, o en la cosmogonía milenaria de los indios que todavía habitaban aquellas tierras y que pronto serían acorralados por la expansión industrial y la modernidad. Aquella atmósfera espiritual, que era precisamente la reacción a ese mundo industrializado y lleno de humo que ya era muy patente, puede visitarse en la obra de Emerson, de Thoreau o en los poemas incombustibles de Walt Whitman, escritores que buceaban en las tradiciones orientales que proponen el regreso a la naturaleza, el abandono del yo a favor del todo cósmico, la concentración en el único tiempo que tenemos que es el presente, y una muy completa batería de preceptos que en nuestro siglo predican, exactamente por las mismas razones, los gurús del mindfulness y demás invenciones de la new age, que es tan vieja como Lao-Tse.


Esa preocupación que nos produce hoy el deterioro del planeta, ya existía a mediados del XIX

Estados Unidos, después de la Guerra Civil, trataba de reorganizarse como país, de armonizar las diversas nacionalidades que lo conformaban, incluidos los habitantes originales del territorio; era un proyecto económico y multicultural lanzado hacia el futuro que, paradójicamente, no toleraba a los inmigrantes pobres, esa intolerancia tan propia de nuestra especie que siglo y medio después sigue vigente. Walt Whitman nos cuenta, en uno de sus artículos que escribía en la prensa, de los dos mil europeos pobres que llegaron de golpe al puerto de Nueva York, y de cómo fueron confinados en el barrio más sucio e insalubre, mientras la prensa y la sociedad en general los culpaba de todos los robos y fechorías que perpetraban los nativos. Era la época, nos dice el poeta, en la que reinaba el “espíritu de destruir-y-volver a construirlo todo”; los especuladores inmobiliarios en Manhattan creaban burbuja tras burbuja, los edificios se incendiaban y una vez controlado el fuego ya había un especulador dispuesto a construir sobre las cenizas. El poeta nos cuenta de una mujer de avanzada edad que defendía, con una pistola en cada mano, la tumba de su marido sobre la que un especulador quería construir un edificio. Era la época del capitalismo salvaje, todo valía para hacerse rico y nadie parecía tener escrúpulos de ninguna clase, y esa furia afectaba incluso a los escritores, como Charles Dickens que, harto de los piratas que imprimían sus libros, escribía artículos exigiendo al gobierno la protección de sus derechos de autor, mientras la prensa y la opinión pública lo acusaban de ser un escritor majadero y antidemocrático por tratar de impedir que su obra se reimprimiera libremente, más o menos lo que opinaría hoy, del músico que se queja de que le roben sus canciones, el cibernauta que mira desde su cuerpo decimonónico, el futuro que corre en la pantalla de su teléfono.
Jordi Soler es escritor.

lunes, 25 de mayo de 2015

PRENSA. "La vida sin pausa". Jonathan Crary

   En "El País":

La vida sin pausa

Se nos exige estar conectados 24 horas al día. Y las consecuencias se dejan sentir en multitud de órdenes de la existencia


Edificio iluminado de noche en Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ

La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos que son inseparables de las configuraciones del sueño y la vigilia, la iluminación y la oscuridad, la justicia y el terror. Genera indefensión y vulnerabilidad. La fórmula 24/7 [24 horas al día, siete días a la semana] sirve para evocar una constelación de poderosos procesos de nuestro mundo contemporáneo caracterizados por la actividad, la acumulación, la producción, las compras, la comunicación, el juego, o cualquier otra cosa, incesantes. Ya sea en el trabajo o en el tiempo libre, existe una imposibilidad cada vez mayor de hacer una pausa, de estar desconectado. 24/7 significa la imposición generalizada a la vida humana de una duración sin interrupciones, de un tiempo homogéneo que ya no transcurre.Trasciende al tiempo del reloj y se define por un principio de funcionamiento y operación continuos.

La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos 
24/7 significa que no hay intervalos de calma, silencio, o descanso y retiro. Igualmente importante es que se trata de una condición de exposición y visibilidad permanentes, un mundo iluminado ininterrumpidamente en el cual nada de lo íntimo puede permanecer oculto o en el ámbito privado. Es sinónimo de la implacable traducción a valor monetario de cualquier intervalo de tiempo posible o de cualquier relación social concebible, de hacer todos los elementos de nuestras vidas convertibles a los valores del mercado. La mayoría de los motores básicos de la vida humana —el hambre, la sed, el deseo sexual, y, desde hace poco, la necesidad de amistad— han sido transformados artificialmente en formas mercantilizadas o financializadas. Sin embargo, la gran excepción es el sueño. El sueño, en cambio, representa esa parte de las necesidades humanas y de los intervalos de tiempo que no pueden ser colonizados o conectados a una enorme máquina de obtener rentabilidad. Lo extraordinario del sueño en esta era es que de él no se puede extraer absolutamente ningún valor monetario.
En su profunda inutilidad, su absoluta pasividad y su inmensa pérdida de tiempo de producción y consumo, el sueño entrará siempre en colisión con las exigencias de un universo 24/7. La gran parte de nuestras vidas que pasamos dormidos, liberados de tener que satisfacer mecánicamente la proliferación de falsas necesidades, es uno de los grandes desafíos humanos a la voracidad del capitalismo contemporáneo. El sueño es una interrupción intransigente del robo de nuestro tiempo por parte del capitalismo. Nuestro actual sistema económico mundial de mercados 24/7 y de producción y consumo incesantes es fundamentalmente incompatible con la pausa de inactividad del sueño humano. Para mí, es una fuente de optimismo que haya un intervalo en el tiempo humano que sea imposible de conquistar en la práctica por la lógica del mercado y de otras fuerzas de control. El sueño puede sufrir perjuicios o mermas a causa de esa vida sin pausa inducida por las nuevas tecnologías y la globalización, pero nunca podrá ser totalmente colonizado o racionalizado. Ahora nuestra meta debería consistir en concentrarnos en otros espacios y actividades que necesiten ser defendidos de su traducción en valor financiero, ya sea en el lugar de trabajo, en el medio ambiente, en la educación, en la agricultura o en muchas otras áreas en crisis.
El sistema 24/7 ha suplantado la mayor parte de las notas distintivas rítmicas y periódicas de la vida humana que florecieron durante miles de años. Connota un esquema arbitrario y rígido de la semana, privado de la variopinta indeterminación de la experiencia vital. Como señalaba al principio, muchas instituciones del mundo desarrollado llevan décadas funcionando 24 horas al día siete días a la semana, sobre todo desde la implantación de las comunicaciones por satélite. Pero no ha sido hasta hace poco, en los últimos 10 o 15 años, cuando la elaboración de la propia identidad personal y social está siendo reorganizada para adaptarla al funcionamiento ininterrumpido de los mercados, las redes de información y otros sistemas.

El tiempo para el descanso es demasiado caro para ser posible en la actual economía global
Un entorno 24/7 tiene la apariencia de un mundo social, pero en realidad es un modelo no social de conducta maquinal y una suspensión del acto de vivir que encubre el coste humano exigido para sostener su efectividad. Se debe distinguir de lo que Georg Lukács y otros definieron a principios del siglo XX como el tiempo vacío y homogéneo de la modernidad, el tiempo métrico o de calendario de los países, de las finanzas o de la industria, del cual estaban excluidas las esperanzas o los proyectos de los individuos o de la clase trabajadora. La novedad es el abandono generalizado de todo fingimiento de que el tiempo va unido a cualquier proyecto a largo plazo, incluso a fantasías de “progreso” o desarrollo. Un mundo sin sombras, iluminado 24 horas al día siete días a la semana, es el sueño capitalista final de la poshistoria, en la que la alteridad que constituye el motor del cambio histórico ha sido suprimida.
24/7 es un tiempo de indiferencia, frente a la cual quedan al desnudo la fragilidad y la precariedad de la vida humana, y en el que el sueño no es necesario ni inevitable. Con respecto al trabajo, hace verosímil, incluso normal, la idea de trabajar sin pausa, sin límite. 24/7 está alineado con lo inanimado, lo inerte o lo exento de envejecer. Como una exhortación publicitaria, proclama la disponibilidad absoluta, y por lo tanto, las necesidades ininterrumpidas y la incitación a ellas, pero también su insatisfacción perpetua. La ausencia de restricciones al consumo no es simplemente temporal. Hace tiempo que dejamos atrás la época en la que se acumulaban principalmente cosas. En la actualidad nuestros cuerpos y nuestras identidades asimilan una sobrecarga en continua expansión de servicios, imágenes, procedimientos o substancias químicas hasta un límite maligno o, a menudo, fatal. La supervivencia a largo plazo del individuo es cada vez más prescindible a tenor del abandono del Estado de bienestar, así como de cualquier forma de capitalismo mitigada o controlada. Se rechaza la necesidad de cualquier intermedio de pausa o quietud. El tiempo para el descanso, la salud o el bienestar es sencillamente demasiado caro para ser posible dentro de la actual economía global.
De forma similar, el sistema 24/7 es inseparable de la catástrofe medioambiental por su declaración de gasto permanente, de derroche infinito con la consiguiente alteración terminal de los ciclos de día y noche y de las estaciones de los cuales depende la integridad ecológica. Un rasgo destacado del mundo actual es la irrelevancia de cualquier noción de preservación o conservación. Tomemos el ejemplo de la incalculablemente valiosa selva del Yasuní, en Ecuador, hogar de poblaciones indígenas, pero también con un subsuelo rico en petróleo. Cuando el Gobierno planteó que no se llevarían a cabo perforaciones si se lograba reunir un fondo mundial de tan solo 3.000 millones de dólares (2.644 millones de euros) para compensar el sacrificio de los ingresos del petróleo, las instituciones más ricas del planeta apenas fueron capaces de prometer unos pocos millones.
La lección es que si en algún sitio hay recursos de cualquier clase de los que apropiarse o que explotar, tarde o temprano serán apropiados o explotados. Actualmente, en todo el planeta está teniendo lugar una frenética orgía ininterrumpida de saqueo y acumulación, ya sea la fracturación hidráulica, la minería del carbón, la perforación submarina, la agroindustria, el refinado tóxico de minerales o la contaminación de los océanos y los ríos. La lógica de esta expropiación de recursos exige que prosiga sin cesar, de la mañana a la noche, 24 horas al día siete días a la semana, sin dar tiempo a la regeneración de los sistemas vivientes y de los entornos. Tendemos a pensar que hemos entrado en una nueva era de mundos desmaterializados y virtuales de redes digitales, robótica y nanotecnología, pero la fuerza motriz que hay detrás del capitalismo del siglo XXI sigue siendo el expolio de las materias primas de la Tierra. E, inevitablemente, los inmensos proyectos de extracción de recursos que saquean el suelo y el agua son posibles con la intervención de la violencia militar y las formas represivas de poder político. Como ya sabemos, aunque prefiramos no pensar en ello, los dispositivos digitales que nos requieren 24 horas al día siete días a la semana y que definen quiénes somos, no podrían existir sin la expropiación destructiva y letal de la riqueza mineral del Sur global.
Pero también insisto en que las temporalidades sin pausa son corrosivas para el tejido de la vida social y la sociedad civil. Al fomentar una cultura vacía de autopromoción y autoabsorción, las tecnologías 24/7 perpetúan la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a demanda, de adquirir y tener manteniéndose aislado de la presencia física de otros y de cualquier sentido de la responsabilidad que esta pueda conllevar. El sistema 24/7 también mina la paciencia y la deferencia individuales que son cruciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia de escuchar a los otros y de esperar a que llegue el turno para hablar. El problema de esperar, de intervenir por turnos, está ligado a una incompatibilidad más amplia del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social en la que intervengan el compartir, la reciprocidad o la cooperación. Para los partidos y los grupos de izquierdas, el concepto de “política por Internet” es un oxímoron desastroso. Puede que las plataformas de las redes sociales tengan el potencial algorítmico de movilizar a gran cantidad de personas en torno a un solo tema o a un acontecimiento único, pero son intrínsecamente incapaces de alimentar una comprensión vivida de la interdependencia humana o de las prácticas fortalecedoras de apoyo mutuo basadas en la comunidad.
Como nos dicen muchos famosos teóricos de la política, cualquier clase de resistencia eficaz supone inventar al mismo tiempo nuevas maneras de vivir. Y aquí viene la parte difícil: antes de que cualquier nueva forma de vida social pueda surgir siquiera de forma provisional, tiene que haber un replanteamiento radical de cuáles son nuestras necesidades, un redescubrimiento de cuáles son nuestros deseos. Esto significa dejar por completo de comprar lo que se nos dice que necesitamos, y repudiar del todo el papel de consumidores. Significa rechazar activamente la letalidad de la cultura del dinero y todas las imágenes y fantasías tóxicas de riqueza material que nos rodean. Para aquellos de nosotros que tengamos hijos, significa abandonar las expectativas imposibles y desesperadas de éxito profesional y económico que les imponemos, y proporcionarles en cambio visiones de un futuro habitable compartido colectivamente. Pero estas son tan solo las primeras de las tareas preliminares, una preparación rudimentaria para las luchas políticas reales que están teniendo lugar actualmente y para aquellas que no tardarán en extenderse por doquier, en medio de la intensificación de la catástrofe ecológica, la polarización económica y la guerra imperial.
Jonathan Crary es profesor de Historia de Arte Moderno en la Universidad de Columbia de Nueva York. 24/7, su último libro está editado por Ariel.
Traducción de News Clips.

miércoles, 28 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista al historiador Erich H. Cline: "Toda sociedad termina hundiéndose"

   En "elconfidencial.com":


La cosa ya andaba muy mal hace más de tres mil años, cuando las civilizaciones mediterráneas de la Edad del Bronce se derrumbaron, una tras otra “y cambiaron para siempre el futuro del mundo occidental”. El historiador Eric H. Cline, director del Capitol Archeological Institute, en la Universidad George Washington, explica que la zona acogió un mundo internacional de complejas conexiones y vínculos políticos y comerciales similares a los de nuestros días. Minoicos, micénicos, hititas, asirios, babilonios, mitanios, cananeos, chipriotas y egipcios, todos se relacionaron y todos desaparecieron en el primer bache de las civilizaciones, que el experto data en 1177 antes de Cristo. “Era un sistema mundial globalizado y cosmopolita que sólo raramente se ha podido ver antes de nuestro presente”, asegura.
El cambio climático pudo jugar un papel importante en el ascenso y la caída de las sociedades del pasado
El antropólogo y arqueólogo norteamericano analiza las posibles causas del hundimiento de estas civilizaciones, cuando los imperios y reinos del segundo milenio desaparecieron. “Quizás ese carácter internacional contribuyó al desastre apocalíptico que puso fin a la Edad del Bronce”. Seguro que les suena: pueblos tan interrelacionados y dependientes entre ellos, que un rumor en una parte del mundo desata una tormenta económica en la otra.  
“Las civilizaciones del Mediterráneo y la del Próximo Oriente estaban tan conectadas, que al derrumbarse una impactó sobre las demás. De modo que fueron cayendo una tras otra, como en un dominó. Del mismo modo, hoy nuestra civilización globalizada está también tan entrelazada, que un terremoto en Japón puede afectar al mercado de valores de Nueva York”, explica a este periódico Cline.
¿El cambio climático?
Aquella pérdida colosal la revivió el mundo con la caída del Imperio Romano, más de quince siglos después. El 1177 a.C. es el 476 d.C., dos fechas para finales de grandes eras. Como ya habrán entendido, ese hundimiento es similar al que vivimos en nuestros días, según el experto. “En la historia sólo ha habido unos ejemplos de sistemas mundiales tan globalizados”. Sin embargo, y a pesar de haber concretado tanto, reconoce que las causas del desplome no están claras, aunque da una batería de posibilidades.
“En ambos casos, el cambio climático, la sequía y el hambre en el mundo, así como los terremotos y los tsunamis. Las guerras, problemas de seguridad en el ámbito internacional, los embargos económicos y comerciales, los secuestros y rescates, los homicidios y magnicidios, las intrigas internacionales y la desinformación militar deliberada”, son sólo algunas de las hipótesis que plantea en el libro que publica Crítica, 1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó.
Debemos ser conscientes de que ninguna sociedad es invulnerable y que todas, a lo largo de la Historia, terminan hundiéndose
Insiste, sobre todas ellas, en subrayar el cambio climático como uno de los principales impulsores de la descomposición de la sociedad. Cuenta que, con frecuencia, se ha sugerido que algo similar pasó con los mayas y que algún tipo de sequía golpeó a finales del tercer milenio antes de Cristo a Oriente. “Por lo tanto, el cambio climático parece haber jugado un papel importante en el ascenso y la caída de las sociedades y civilizaciones del pasado, sin importar si es causado por la naturaleza o el hombre”, aclara.
Lecciones históricas
Fue en el octavo año de reinado del faraón egipcio Ramsés III (1177 a.C.) es el momento del colapso. Cuenta Cline que en ese momento los Pueblos del Mar barrieron la región y sembraron el caos por segunda vez. Hubo guerras en tierra y mar en el delta del Nilo; Egipto luchó por su propia supervivencia, pero algunas de las civilizaciones más importantes ya habían desaparecido. ¿Puede la Historia enseñarnos cómo escapar de esta situación? “Creo que la Historia nos depara algunas lecciones”, responde.
La Historia tiene mucho que enseñarnos si estamos dispuestos a escuchar y aprender
Para empezar, “debemos ser conscientes de que ninguna sociedad es invulnerable y que todas, a lo largo de la Historia de la Humanidad, terminan hundiéndose”. A pesar de la advertencia, es más optimista al asegurar que hemos avanzado lo suficiente como para entender lo que está pasando y tomar medidas para arreglar las cosas, “en lugar de limitarnos a aceptar las cosas, pasivamente, según suceden”. El optimismo ciega.
Pero sólo hay oídos sordos para el relato del pasado, porque entre el mundo actual y la Edad de Bronce hay tantas similitudes que Cline se pregunta si las fuerzas terroristas de ISIS/ISIL –que en la actualidad se apoderan de gran parte de la región de Irak y Siria- son el equivalente moderno de los Pueblos del Mar. “El colapso del segundo milenio antes de Cristo debería ser una advertencia para nosotros. Si sucedió una vez, sin duda, puede suceder de nuevo. Incluso a pesar de ser mucho más avanzados tecnológicamente de lo que eran entonces. La Historia tiene mucho que enseñarnos si estamos dispuestos a escuchar y aprender”. 

jueves, 5 de junio de 2014

PRENSA. "Apocalipsis lingüístico: los idiomas que pasarán a mejor vida (y los que sobrevivirán)"

   En "elconfidencial.com":


AA
Como de costumbre, los deseos de la clase política y lo que realmente acontece siguen caminos muy diferentes. En este caso, son las expectativas lingüísticas de la Unión Europea las que difícilmente se cumplirán. Como explica en su página web, el deseo de la organización supranacional es de que “cada ciudadano europeo maneje dos lenguas adicionales” además de la materna. Una bienintencionada pero poco realista apuesta por el trilingüismo que tan sólo unos pocos ciudadanos han alcanzado.
La tendencia, como advierte Rihards Kalniņš, jefe de comunicaciones de Tilde, compañía letona de tecnología del lenguaje en un artículo publicado enThe Guardian, parece apuntar en una dirección completamente opuesta. Frente a la reivindicación de las lenguas minoritarias y locales que sugieren las intenciones comunitarias, la realidad es que existe un puñado de lenguas que se emplea cada vez más en detrimento de otras muchas, que parecen condenadas a la extinción.
Es lo que ocurre, señala el autor en el artículo, con las lenguas locales de muchos países bálticos. Aunque, en teoría, Letonia es el segundo país más políglota de la Unión gracias a la capacidad bilingüe del 95% de la población y la trilingüe del 54%, unos porcentajes semejantes a los presentados por Lituania y Estonia, “si preguntas a la mayor parte de profesionales qué idioma utilizan, obtendrás una respuesta muy diferente”.
El inglés se está convirtiendo cada vez más en la lengua de la sala de juntas“Los bálticos multilingües te dirán que están empezando a utilizar una proporción cada vez mayor de palabras en inglés cuando explican los aspectos técnicos de su trabajo, mezclando la terminología inglesa con su lengua local”, explicaba Kalniņš, que recordaba, una vez más, que la globalización ha provocado que unos pocos idiomas se conviertan en la lengua franca de los negocios. “El inglés se está convirtiendo cada vez más en la lengua de la sala de juntas y de la presentación de productos, inclinando la balanza lingüística”.
Buenos tiempos para el español, el árabe, el ruso y el chino
Lo que Kalniņš manifiesta no es tan diferente de lo que planteó un informe publicado por la Universidad de Manchester en el verano de 2012. Según la investigación, en la que participaron más de 200 expertos, un gran número de lenguas europeas estaba a punto de enfrentarse a la “desaparición digital”. Con dicho nombre definían a la extinción de lenguas por la simple utilización de la tecnología, tanto como una forma de comunicación como a la hora del diseño del software.
Alrededor de 6.000 lenguas están perdiendo a sus hablantesPor otra parte, sigue existiendo un puñado de lenguas que dominan el mundo y, especialmente, la red. No sólo el inglés, sino también el español, el árabe, el chino y el ruso, que entre todas ellas suponen entre el 30 y el 50% de los contenidos de la red y que, por lo tanto, obligan a su conocimiento a los habitantes de otros países donde no se hablen dichas lenguas.
Un informe de la UNESCO abogaba por la pluralidad lingüística recordando que el 97% de la población mundial habla el 4% de lenguas, mientras que el 96% son empleadas únicamente por el 3% del planeta. El volumen advertía que alrededor de 6.000 lenguas están perdiendo a sus usuarios, por lo que corren el riesgo, agravado por la red, de que el 90% de ellas sean reemplazadas por las lenguas dominantes. El sueño del esperanto parece haberse cumplido sin tener que crear una lengua artificial. Simple darwinismo lingüístico.
Las lenguas europeas se hunden
El informe realizado por la Universidad de Manchester ponía de manifiesto que las lenguas que corrían un mayor peligro de desaparición eran el islandés y el maltés, pero también el lituano y el letón, aquellas que precisamente se emplean en países con un mayor nivel de multilingüismo. En un nivel más bajo se encontraban el búlgaro, el griego, el húngaro y el polaco, que compartían con el vasco y el catalán la calificación de lenguas con “apoyo fragmentario”, lo cual las situa en posición de riesgo.
La brecha entre lenguas ‘grandes’ y ‘pequeñas’ se hace cada vez más grandeEn el otro lado de la balanza se encontraba, evidentemente, el inglés, pero también el alemán, el francés, el español y el italiano, que eran clasificadas como lenguas con “apoyo moderado”. Sin embargo, la investigación concluía que hasta 21 lenguas se encontraban en riesgo de desaparición si no se tomaban medidas rápidamente.
“La brecha entre lenguas ‘grandes’ y ‘pequeñas’ se hace cada vez más grande”, aseguraba el informe. “Tenemos que asegurarnos de que equipamos a todas las lenguas pequeñas y con menos recursos con la tecnología necesaria, de otra manera estarán condenadas a la extinción digital”. El problema, argumentaba la UNESCO, es que la desaparición de las barreras físicas y legales ha obligado a hacer desaparecer otro tipo de barrera, la lingüística, lo que ha favorecido a unas lenguas frente a otras.
Sin embargo, sugiere la argumentación de Kalniņš, puede tratarse de un problema de adaptación. Las lenguas se desarrollan en un sentido u otro en función de aquello que deban conceptualizar, y ahí está para ilustrarlo el célebre ejemplo de las decenas de palabras que poseen los esquimales para referirse a la nieve. La falta de recursos de algunas lenguas (como es el caso del letón) para referirse a términos tecnológicos o de negocios puede marcar su suerte.
La solución pasa, precisamente, por intentar que esas lenguas al borde de la desaparición puedan incorporar aquellas palabras que las permitirían competir con el inglés o el español y, de esa manera, constituirse como una alternativa en el mundo de los negocios. Como aseguraba en el estudio la directora de NaCTeM (Centro para la Explotación de Datos de la Universidad de Manchester) Sophia Ananiadau, “es vital que el lenguaje tecnológico sofisticado esté disponible para un número más amplio de lenguas”.