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viernes, 30 de enero de 2015

PRENSA. "Boko Haram y el gris terror. El color de las niñas perdidas"

   En "El País":

Boko Haram y el gris terror. El color de las niñas perdidas

Dos centenares de niñas fueron raptadas hace meses en Nigeria. De ellas nada se sabe. Sólo nos quedó una imagen, una sola, vestidas de color ceniza, el tono de su situación, de las aldeas quemadas, del horror que aún continúa...

La revista Granta en español, publicada por Galaxia Gutenberg, se ocupa de su dramática situación en esta crónica literaria aparecida en la última edición

     

Las niñas raptadas por Boko Haram en Nigeria. / MARÍA JOSÉ DURÁN

Ellos. Ellos firman sus obras criminales con una bandera blanquinegra que cuelgan en aquellos lugares que atacan; en los edificios, vehículos o cerca de las personas que convierten en ceniza y humo, ese gris bokoharam sello de la casa. El mismo tono de los vestidos -- musulmanes, dicen -- que han impuesto a sus víctimas más famosas, las 276 niñas secuestradas en Chibok (Borno State, Nigeria), el pasado abril, tal como se ve en una fotografía de impacto mundial. He ahí una masa de mujeres sin matiz, sólo rostros, alguna mano, ninguna forma de cuerpo perceptible. Sentadas. Calladas. Dominadas.
Tú. Tú te llamas Mary Ussman o Rebecca Luka... y andas como una niña africana pobre y precavida cualquiera, por los mismos senderos y aldeas. Te mueves entre el sofoco del aire saheliano, ese polvo rojo sangre de la tierra, el pespunteado boscoso de los árboles, la maraña de puestos de ultramarinos y los coches destartalados que se cruzan a tu paso. Sales cada mañana de tu casa, pensando en tus asuntos (pesares de adolescente, exámenes de hoy mismo...), vestida de uniforme escolar; ese verde o azul habitual de los colegios africanos, según el centro sea musulmán o cristiano. No hay distingos aquí y sí convivencia. La religión en muchos lugares de Nigeria no es tema, ni problema.


Las niñas secuestradas en un fotograma de un vídeo difundido por los captores.
Tú vives tu vida de niña.
Pero todo alrededor, en el Nordeste, el territorio en que habitas, sufre de estado de emergencia.
Las rehenes de Chibok no lo sabréis, seguramente. Pero vuestro destino se escribió un día de 2002 cuando se constituyó Boko Haram, otra secta más de hombres fanáticos, insurgentes como los de Al Shabab, Ansar Dine, ISIS..., con la idea de implantar la Ley y el Estado islámicos. Lo occidental, el objetivo.
Que no es la primera vez que ellos raptan y matan y explosionan ni será la última, lo saben bien ya desde hace mucho los casi 170 millones de habitantes de este país, el mayor productor de petróleo, la mayor economía del continente, uno de los más corruptos, y de los que más pobres acumula en su territorio: setenta por ciento de la población; seis millones de niñas que no pisan la escuela. Lo saben bien también los políticos locales, nacionales e internacionales que hacen caso omiso (o no) al terror según momento y conveniencia. Lo saben en la capital, Abuja, donde ellos han volado edificios un día de Año Nuevo; han prendido coches al paso de festejos, arrojado bombas en sedes de Policía y de Naciones Unidas… El mismo día de tu secuestro, queman un depósito de autobuses. Decenas de vehículos virados del rojo al negro hollín infierno.
Ellos son sanguinarios. Tanto que pocas semanas antes de ir a por ti, chica de Chibok, se cebaron en un colegio masculino de Yobe State, allí donde su líder, Abubakar Shekau, antaño estudiante de teología y ahora asesino en el nombre de Dios, vino al mundo un día de los años setenta. Él mismo, cabe pensar, podría haber sido víctima en manos de otro violento cualquiera. Pero este radical de radicales, ya se ve, eso no se lo plantea. Y tampoco tiene pudor en colocar bombas en mezquitas repletas de fieles (julio 2012, Maiduguri) con la idea de cargarse a los más moderados del Islam (y matar a uno de sus máximos líderes en Borno, El-Kanemi), a los que le contradicen y le piden que cese la violencia.


Musulmanas de Nigeria refugiadas en Baga Sola, Lago Chad, tras las incursiones de los terroristas en los alrededores. / SIA KAMBOU/ AFP
Cuatro semanas después del rapto aparece Shekau en un vídeo, impecablemente vestido en blanco y negro, agarrado a un arma, con gorro y barba bien cuidada. Buena vida lleva. Y habla enloquecido, en hausa, con una cólera que una religión como tal nunca debería permitirse. Lanza proclamas contra los males de Occidente. La mujer como diana siempre. Tú y otras, la mitad de las raptadas, aparecéis en imagen. “Irreconocibles”, dirán luego algunos padres, rotos en lágrimas, al New York Times. “Deberían estar casadas y no en la escuela”, vocifera el líder antes de amenazar con venderos como esclavas, cual botín de guerra.
A los chavales de Yobe los sacaron también a gritos del colegio; los pusieron en fila y acabaron a tiros con cincuenta y nueve de ellos. Luego dejaron que el fuego hiciera a gusto su trabajo en el edificio. Pirómanos, se diría, dejan todo siempre en llamas, hasta reducirlo a la nada; allí ardieron, incluso, cuerpos “aun sintiendo”, tal como dijeron los que estuvieron cerca y vieron y olieron y hablaron con los diarios locales, el Premium Times,el que más informa.
Todo reducido a la nada, menos el miedo, que adquirió ese día altura estratosférica.

La violencia como credo

JOSE NARANJO
El pasado 10 de enero una niña de diez años con explosivos atados a su cuerpo entraba en el mercado de la ciudad de Maiduguri, en el noreste de Nigeria, y desencadenaba una explosión que segó su vida y la de una veintena de personas. Días antes, varios brutales ataques protagonizados por hombres fuertemente armados arrasaron un pueblo llamado Baga, a orillas del Lago Chad, dejando un rastro de cientos de muertos. Y el día 12, una amplia ofensiva terrorista era rechazada en Kolofata, al norte de Camerún, con el resultado de 143 atacantes fallecidos. Detrás de todas estas acciones se esconde la misma sombra tenebrosa, la de Boko Haram, el grupo terrorista más letal de África que ha provocado al menos 11.000 muertos desde 2003, casi la mitad de ellos el pasado año, y que no sólo ha logrado sembrar el terror y el desconcierto en el noreste de la pujante Nigeria, donde ya controla una quincena de localidades en un autoproclamado califato, sino que amenaza con desestabilizar a toda la región. “Están cada vez más organizados y son más letales y ambiciosos, es muy posible que lo peor esté por venir”, asegura Carlos Echeverría, profesor de Relaciones Internacionales en la UNED y conocedor de la problemática nigeriana.
Tú. Tu nombre es Saratu Dauda o Hasana Adamu o Mairama Abubakar... y entras ese 14 de abril en la clase de tu escuela pública, la Chibok Goverment Girls Secondary School, una construcción de una sola planta, ocre y mal acabada como tantas en el África paupérrima. Te sientas en un banco de madera espartano, una pizarra apenas, el suelo de cemento gastado, cortinas de tela claveteadas en las jambas de las ventanas... “Pam, pam, pam, oigo disparos y me digo: 'estos han venido, han venido", contará luego en un vídeo de The Associated Press el padre de una de las víctimas.
Y sí sucede que sí, que ellos llegan, hombres armados en camiones, que te empujan y te arrastran y te llevan. Por ser mujer y ser alumna, cristiana o musulmana. Por querer ser educada. Porque su nombre mismo ya indica: Boko Haram, “la educación occidental es pecaminosa”. O mejor, en árabe, Jama'atu Ahlis Sunna Lidda'awati wal-Jihad, lo que significa Comité Popular para la Propagación de las Enseñanzas del Profeta y la Yihab. Ambiciosa tarea.
"Le pido a Dios que permita que mi hija regrese, ella es mi futuro”, sigue el progenitor de la hija robada. Un acto este, robar, que Mahoma prohíbe en todas sus letras.
Y qué conclusión tan sencilla para los tuyos, para quién lo ha perdido todo: pretender ser mujeres educadas os conduce, una a una, a ser secuestradas ayer, desaparecidas hoy (ese "no existir existiendo" que tanto y tan bien conocen los familiares de los seres perdidos). Seguramente violadas y vendidas estéis ya, a estas alturas, mucho más allá de la frontera con Camerún, Níger o Chad.
Desde éste, el más sonado, secuestro de Nigeria, los milicianos de Boko Haram han seguido raptando sin prisa pero sin pausa: ayer veinte jóvenes fulani a las que quieren cambiar por ganado; hoy, cien pescadores de Doron Baga, cerca del Lago Chad, a los que luego liberarán las tropas chadianas; mañana, cualquiera. Y regando de cadáveres las cunetas en nombre del yihadismo, ese radicalismo que se nutre aquí de Al Qaeda y el plus vitaminado de armas sobrantes en la guerra libia. Entre cuatro mil y doce mil víctimas mortales suman, según a quién se pregunte. Más de mil muertos llegaron a acumular en sólo dos meses; una marca que les da podio: ser el grupo terrorista más brutal desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.


Refugiados de la violencia de Boko Haram en Chad. / EMMANUEL BRAUN/REUTERS
Este gran apetito de destrucción se les abrió tras la desaparición en custodia policial del líder Mohamed Yusuf, en 2009. Los antepenúltimos acribillados fueron 300 civiles, en los mercados de Gamboru y Ngala. Las dos poblaciones convertidas, de nuevo, en escombrera gris bokoharam. Fusiles, granadas de mano, bazucas, machetes, armas de todo formato usan.
Al Qaeda del Magreb (AQIM) suministra material y cada vez organizan atentados más elaborados: rodean una localidad y la masacran. De la última, Bama, tuvieron que huir en un suspiro más de cinco mil personas. Maiduguri, la capital de Borno State, es su base logística. Dicen que ahora son muchos miles los que se unen. La pobreza es el caldo; el dinero fácil, la golosina y la vía. La motocicleta, una señal de que se acercan: su medio de transporte preferido. Las redes sociales, en su campo de mira.
Actúan cual guerrilla, tanto y tan rápido que los soldados y policías nada quieren o pueden hacer. Y a veces casi mejor para la población civil, acogotada entre dos aguas: las fuerzas de seguridad cargaron un día contra medio millar de hombres acusándoles de terrorismo sin mediar investigación alguna. Otro, fueron medio millar los detenidos, simples viajeros del Sur hacia el Norte, sospechosos de ser miembros.
Palos de ciego del ejército y el gobierno.
Las dos narrativas que, asegura el investigador Adeolu Ademoyo, destila el caso Boko Haram: un instrumento de la oposición o un instrumento del presidente Jonathan de cara a la reelección... Y el temor de una crisis nacional producto de tanta violencia.
Tú, Ruth Amos, no sabes nada de esto porque estás incomunicada y retenida. Ignoras que abundan las críticas contra la ineficacia del ejército, que ni cuenta ni interviene y se queja a su vez de falta de medios.
Tú no sabes que el presidente Obama le ha declarado la guerra total al yihadismo.
Que la Unión Africana ha propuesto crear un fondo especial mundial para luchar juntos contra este cáncer que a todos amenaza.


Rebecca Samuel (derecha), madre de Sarah, una de las 200 niñas secuestradas en Chibok, habla desesperada en un acto de la campaña #Bringbackourgirls celebrado el pasado 1 de enero en Abuja (Nigeria). / AFOLABI SOTUNDE/REUTERS
Que abundan las manifestaciones de protesta en las calles de tu país, antes y después de cumplirse los cien días de tu rapto, y frente a los consulados de todo el mundo y mucho más allá, online.
Que arden las redes sociales, desde Michelle Obama hasta el infinito, portando tu foto, y han volado los mensajes por tu liberación. Pidiendo acción y solución.
Que el desasosiego se aprecia en la cartelería: “Nigeria, el Estado fallido”, “Todas las niñas somos nosotros”, “No rescue, no vote”, “Boko Haram no es Islam”, “La próxima puede ser tu hija”, “Bring back our girls”... y corre al ritmo de los hashtags en Twitter.
La diferencia es que mientras la atención mundial se cansa pronto y languidece con el tiempo, ellos siempre perseveran.
Porque a Boko Haram nada de esto le importa. Tampoco que los líderes internacionales envíen expertos y soldados y armas, que haya ya drones sobrevolando el bosque de Sambisa cercano, que pongan precio jugoso a sus cabezas, que el rostro de Abubakar Shekau, el binladen negro lo llaman, cuelgue cual rapero popular en los carteles de las plazas...
Ellos. Ellos están en otra liga. Dominan el terreno de juego. Se permiten jugar al desconcierto; ahora han cambiado de estrategia. Ya no buscan sólo víctimas en esa esquina del África subsahariana, ahora quieren territorio. Para cerrar, así, un primer círculo de dominación y proclamar el califato; uno sin califa, pues Shekau no tiene linaje que le alcance para tanto.


Lago Chad. Unos 20.000 nigerianos han huido hacia Chad, Niger o Camerún en las últimas semanas ante los ataques continuados de Boko Haram a sus aldeas. / EMMANUEL BRAUN/REUTERS
Infiltrados en los pueblos y en los campos, llegan donde no llega el ejército. Se han hecho ya con trece ciudades en el Norte de Nigeria, en los estados de Adamawa, Borno y Yobe. Se permiten incursiones incluso más allá de la frontera, en Camerún, para hacerse con rehenes. Cuanto más occidentales, mejor.
Disfrutan en sus atentados. Los terroristas son actores, simulan ser predicadores y soldados. Sucedió en Gwoza. Convocaron a los hombres para hablar al centro de una plaza y abrieron fuego luego. Una sangría de al menos doscientas vidas. Sucedió en Damaturu (Yobe State); atacaron un establecimiento donde veían el campeonato mundial de fútbol. Muy occidental. Se transmitía el partido Brasil-México. Acabó entre hurras con una veintena de muertos. Ganador: otra vez ellos. Y el miedo.
Carreteras enteras, como la de Gwoza a Maiduguri, la capital de Borno, convertidas ya en "no-go road".
Limpieza del territorio lo llaman ellos.
El gris muerte que arrasa.
Tú. Tú te llamas Rose Daniel, diecisiete años. Y regresas al poco del secuestro ante los ojos de los tuyos, en esa foto de grupo en todo el mundo conocida. Regresas convertida en masa y mancha gris opresión. Tu madre, tu padre, tu hermano, tu vecino... buscan tu cara entre las chicas. Te encuentran. Y apenas te reconocen.
Quizá un día llegues a saberlo: un fotógrafo de Reuters llamado Joe Penney le ha dado la vuelta a esta doble humillación a la que os han sometido. Ha intentado rehacer vuestra dignidad doblemente arrebatada: el secuestro de vuestra persona y el de vuestra imagen, al borrar de ella todo rastro de tu personalidad, el calor de la edad, el color de las ropas africanas habituales y de tu pelo, la amplitud de tu sonrisa...
Penney, inmenso, te ha devuelto tu rostro verdadero retratando a tu madre, Rachel Daniel, de treinta y cinco años, junto a tu hermano Bukar, de siete, sujetando una de tus fotografías de ese pasado ya para siempre perdido.
Porque ya aunque regresaras hoy, nunca serás la misma.
Y esa es la pregunta más repetida. “¿Volverán las chicas?”. La plantean las familias y los ciudadanos a los policías, a los expertos, a los profesores, a los periodistas... El ex presidente del país, Olusegun Obasanjo, se atrevió a responderla. “Sí, volverán, pero sólo algunas... otras se han ido ya”, dijo, omitiendo el "para siempre".
Medio centenar de ellas (53) logró huir durante los primeros días. Otras cuatro lo han hecho en junio mismo. Una de estas, Sarah Lawan, de diecinueve años, contó a The Associated Press, ante las familias, cómo las transportaron en camiones y las amenazaron; cómo muchas podrían haber escapado saltando del vehículo como hizo ella. Pero no lo hicieron. La mayoría sufría parálisis. Por horror.
Y así, casi seis meses después de tu secuestro, las aldeas de Borno y Yobe y Adamawa permanecen destrozadas por fuera, desgarrados sus habitantes por dentro. Tan desesperados los vecinos, que para no atraer a los terroristas, cuando estos matan y dejan en las calles los cuerpos, han decidido mandar a las mujeres más mayores a recoger y enterrar sus restos.
Saben que sólo ellas se librarán de ser atacadas, violadas, raptadas, desaparecidas...
Madres, abuelas, tías... ancianas trabajando con sigilo.
Día tras día.
Un muerto tras otro muerto.

Este es uno de los textos incluidos en la revista Granta en Español, Rebaño + 1, editada por Galaxia Gutenberg, en la que escriben Herta Müller, Antonio Muñoz Molina, Taiye Selasi o Haruki Murakami, entre otros, reunidos bajo un concepto: cómo el individuo se diluye en la masa de datos y  la vida privada ha invadido la pública. Este número de revista se presenta en Madrid el viernes, 13 de febrero,  en la librería La Central.

domingo, 14 de diciembre de 2014

PRENSA. "La condena de nacer niña"

FOTORRELATO: Seis jóvenes comparten sus historias de discriminación y lucha. / Claudio Álvarez 
   En "El País":

La condena de nacer niña

Ser mujer en algunos países significa estar destinada a la discriminación y la violencia

Una de cada cuatro adolescentes en el mundo ha sufrido algún tipo de maltrato

Cada tres segundos una niña es obligada a casarse en el mundo antes de haber cumplido los 18, la de edad en que se las considera adultas (como a los chicos) según la Convención de los Derechos del Niño. Casi una de cada cuatro adolescentes de entre 15 y 19 años del planeta —70 millones— han sido víctimas de violencia física; cada diez minutos, muere una por este motivo. En los países en desarrollo, la principal causa de fallecimientos de chicas de jóvenes de ese grupo de edad es por complicaciones derivadas del embarazo y el parto: 50.000 pierden la vida cada año. Se estima, además, que 140 millones de pequeñas y mujeres han sufrido mutilación genital femenina. Un número que aumenta en dos millones cada año. Estos son solo un puñado de datos de los muchos recogidos en el informe Estado Mundial de las Niñas 2014 de Plan Internacional con datos de la ONU que describen la condena que supone para muchas personas del mundo haber nacido mujeres.
"Estas cifras indican que existe una mentalidad que tolera, perpetúa e incluso justifica la violencia. Y deben servir de alarma para todos en todas partes". Lo dice Geeta Rao Gupta, directora adjunta de Unicef con motivo de la celebración (11 de octubre) del Día Internacional de la Niña. Los datos del organismo sostienen esta afirmación: "En todo el mundo, cerca de la mitad de las niñas de 15 a 19 años cree que está justificado que un hombre golpee a su mujer o compañera bajo determinadas circunstancias, como por ejemplo si rechaza tener relaciones sexuales, si abandona la casa sin permiso, si discute, si descuida a los niños o si quema la cena".
La solución principal para evitar que niña sea sinónimo de víctima, coinciden las organizaciones especializadas en infancia y mujer, pasa por la educación, tanto en su entorno como, sobre todo, para ellas. La formación les dará el poder para decidir, decir no, conocer sus derechos y hacerlos valer. Aunque, en ocasiones, esto entraña un importante riesgo. La recién premiada con el Nobel de la Paz, Malala Yousafzai, fue dispara en la cabeza por los talibanes en 2012 por defender la escolarización de las mujeres,
Para Concha López, directora de Plan Internacional en España, el acceso a la educación "no es solo una cuestión de derechos", sino también económica. "Si ellas estudian, estarán más formadas y tendrán herramientas para acceder a un empleo digno; aumentarán el PIB de sus países", aseguró durante la presentación en España del informe.
Pese a los avances en el Objetivo del Milenio de lograr la enseñanza primaria universal, no se logrará en 2015 como se había fijado. En gran parte por la elevada tasa de abandono, sobre todo entre las niñas, como advierte el informe de seguimiento de 2014, principalmente porque se casan y son madres, pero también por la falta de recursos familiares. "En África subsahariana, solo el 23% de las pequeñas pobres de zonas rurales finalizaron la educación primaria", destaca el documento.

140 millones de pequeñas y mujeres han sufrido mutilación genital femenina
Ellas son víctimas de una espiral de discriminación tan difícil de romper como lo es intentar cambiar la mentalidad, las tradiciones o las costumbres. Ni siquiera la aprobación de leyes para la protección de las menores consigues, por sí solas, este objetivo. "Sucede con la mutilación genital en muchos países. Hay que trabajar comunidad por comunidad, con los líderes y los ancianos para erradicar esta práctica. Solo con legislación que la prohíba no vale, porque luego se hace a escondidas", explica Marta Arias, responsable de sensibilización de Unicef España. Con todo, el reto, opina, no es imposible. "Son procesos muy lentos. Se trata de crear entornos protectores y para ello hace falta que estén implicados los políticos, los sistemas judiciales, la policía, las comunidades", detalla.
Ramatou Kane, trabajadora de Plan Internacional en Níger conoce bien el círculo de pobreza, discriminación, violencia y falta de oportunidades. Males que se retroalimentan menoscabando los derechos de las menores, aunque estos estén protegidos por ley. "En el país tenemos el porcentaje más alto de matrimonios infantiles. El 75% de las chicas se casan antes de cumplir los 18. La primera razón es que dejan la escuela. Vuelven a casa de sus padres y como no saben qué hacer con ellas o cómo protegerlas de que se queden embarazas para deshonor de la familia, las casan. El segundo motivo es económico en tanto que enlazarlas con alguien bien posicionado supone una ayuda para la familia", explica la experta nigeriana durante una visita en España.
La realidad que expone Kane no es exclusiva de Níger. En todo el mundo, 700 millones de mujeres vivas se casaron antes de alcanzar la mayoría de edad. De ellas, 250 millones tenían menos de 15 cuando se enlazaron. La mayoría matrimonios forzados. Según denuncia la ONG Plan, 14 millones de menores son obligadas a casarse al año, 39.000 cada día. La tradición explica, en parte, esta práctica. En India, Bangladesh o Nepal, es común que los progenitores elijan un varón para que sus hijas se desposen durante la adolescencia.
Sherin Akther nació hace 16 años en Bangladesh. Cuando tenía 12 sus padres acordaron su matrimonio con un primo nueve años mayor que ella. "Mi historia es representativa de la de las demás niñas de mi país", dice. Ella, sin embargo, esquivó la estadística. "Les dije a mis padres que no me quería casar, que quería estudiar", recuerda. Su madre fue difícil de convencer. De hecho, la pequeña tuvo que acudir a Plan Internacional para que fueran ellos quienes persuadieran a su madre de romper el compromiso. Sherin sigue en la escuela y quiere llegar a la universidad para ser arquitecta como su tío. "Quiero ser como él", dice. Con todo, la joven no tiene inconveniente en casarse en el futuro con quien sus padres elijan. "Yo me podría equivocarme. Ellos harán una mejor elección que yo", razona. Pero eso será cuando finalice su formación y tenga un trabajo, zanja.

14 millones de menores son obligadas a casarse cada año
Una de las consecuencias de los casamientos tempranos son los embarazos adolescentes, que suponen un alto riesgo para la vida de las chicas. Aunque detrás de estos hay múltiples causas como las violaciones, la falta de formación en salud sexual y reproductiva así como la imposibilidad de acceder a métodos anticonceptivos. Unicef estima que 120 millones de jóvenes de menos de 20 años en el mundo han sido víctimas de abusos sexuales. El 50% de las agresiones, añade Plan, las sufren menores de 16.
Jenniffer Rossana Carranza ha vivido a sus 17 años una historia que engrosa varias de estas estadísticas. Sin titubear relata cómo ha sido víctima de la violencia doméstica de niña, sufrió un intento de violación de su padrastro y se marchó del hogar materno, se casó con 14 años con un chico de 18 que la pegaba hasta que su suegro, voluntario de Plan, medió y amenazó con denunciar a su propio hijo. Con 15 tuvo una hija. Desde entonces, ayudada por la ONG, su afán es estudiar. "Hago Derecho porque quiero ser abogada para defender a las mujeres, no a una, a todas", dice. En Ecuador, su país, un 30% de las adolescentes están o han estado embarazadas. "En dos décadas ha aumentado un 80% el porcentaje", denuncia María Antonia López, especialista de la organización en derechos de la mujer.
Entre las amenazas que enfrentan muchas niñas por ciertas tradiciones arraigadas en el lugar donde nacen o la situación de pobreza, la mutilación genital femenina es, sin duda, una de las prácticas considerada más agresiva contra la mujer. Plan denuncia que cada año aumenta en dos millones el número de mujeres a las que se les practica la extirpación del clítoris. La ONU estima que entre 130 y 140 millones en el mundo han pasado por la operación en los 29 países de África y Oriente Medio donde está arraigada. Halaa El Din Mohamed Abdel, egipcia de 14 años, se libró del bisturí gracias a su determinación para convencer a sus padres de que no le practicaran a ella y sus hermanas la ablación. Por su cuenta, se fue a pedir consejo a los trabajadores de Plan en su comunidad para que le dieran argumentos que persuadieran a sus progenitores. Lo consiguió.

Pude decir no a una tradición que menoscababa mis derechos", Halaa, 14 años. Egipto
"Pude decir no a una tradición que menoscababa mis derechos", dice orgullosa Halaa, quien ha estado en Madrid en compañía de otras seis chicas de otros países en el marco de la campaña Por ser Niña de Plan España, que reclama educación gratuita para todas las niñas del mundo, al menos durante nueve años (6 de primaria y 3 de secundaria). Como Halaa, son cada vez más las mujeres que rechazan esta práctica para ellas o sus hijas. En 2011, Unicef publicaba que más de 6.000 comunidades en África ya habían abandonado esta práctica. Pero no se puede bajar la guardia, alertan las organizaciones.
En la Cumbre de la Niña, celebrada el pasado julio en Londres bajo el auspicio de la ONU, se alertó de que, en caso de que se mantengan las tasas de disminución de matrimonios infantiles y mutilación genital femenina, "el mero crecimiento demográfico determinará que el número de mujeres casadas en la infancia (más de 700 millones) se mantendrá al mismo nivel hasta 2050, y que el número de niñas sometidas a la ablación aumentará en 63 millones en ese mismo lapso". Así, para proteger los derechos de las pequeñas no queda más remedio que pisar el acelerador.