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jueves, 5 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "El suizo que resucita las librerías"

El escritor suizo Joël Dicker. / VANESSA MONTERO. ("El país")

   En "El País Semanal":
EL FENÓMENO EDITORIAL DEL AÑO

El suizo que resucita las librerías

Con 28 años Joël Dicker ya ha dado su golpe de mano editorial. Es el nuevo fenómeno de ventas en Europa con su novela ‘La verdad sobre el caso Harry Quebert’. Defiende a los libreros frente a Amazon y muchos lo ven como el nuevo Stieg Larsson. Él no.

 4 DIC 2013

¿Por qué sigue uno leyendo? Si este libro es un raro artefacto que a priori no entraría entre las propias debilidades de un lector con algunos cientos de títulos a la espalda, ¿por qué cualquiera que haya entrado en esta historia se encuentra pasando impacientemente página tras página, mientras se agolpan entre ellas sospechosos de un crimen en cierto modo –y, entiéndanlo, estamos en el juego de la ficción– medio merecido, aunque la víctima sea una cargante adolescente, mezcla de la Lolita de Nabokov y la Laura Palmer de David Lynch, todas a una? ¿Cuáles son los mecanismos mediante los cuales este escritor tan joven, tan audaz, llamado Jöel Dicker, hijo de una librera ginebrina y un profesor de francés, abierto a la mentalidad global, ha dado una patada a las tradiciones que se le suponen y ha escrito una novela genuinamente americana, pero en francés, titulada La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara) y ha cantado ¡bingo! en el pachucho mercado editorial?
¿Hasta qué punto logra desconcertar, intrigar, atiborrarte de desternillantes y bien desmedidos clichés, jugar contigo –aunque lo niegue, quizá porque no le resulta elegante reconocerlo–, y te marea, te vuelve loco hasta que ya no sabes qué pensar, en quién pensar ni bien ni mal, de qué treta sospechar más, cuál de los móviles se acercan con mayor apego a la lógica que el propio libro, la propia historia, se empeña en borrar cuando saltas de una hoja a otra sin solución de continuidad?
Ni lo sabes, ni te lo explicas. Y, por supuesto, Dicker, amable, alto –que no altivo–, desprendiendo una tímida pero bien medida dosis de seductora coquetería alejada de los márgenes donde se mueven los enfants terribles –tiene 28 años–, pero acoplada perfectamente en su buena y exquisita educación suizo-francófona, no nos lo va a aclarar.
El hombre que ha logrado el fenómeno editorial del año, no solo en España y en el mundo hispanohablante, sino en Europa, donde ha sobrepasado la treintena de países, parece haber llevado una vida tranquila. Pero eso se está acabando. El frío atravesado por los tímidos rayos de sol aclimatados entre la nieve de los Alpes que envuelven la ciudad en la que ha crecido y vive Jöel Dicker no le impidió urdir una intriga ardiente, que crea compulsión en cientos de miles de lectores sin que aún haya aterrizado en Estados Unidos, capítulo que se cerrará este próximo verano.

¡Por dios! ¡No! no leo en dispositivos electrónicos ni en Teléfonos”
¿Y qué dirán por aquellos cientos de pueblos típicos, con su sheriff típico, sus manadas de adolescentes típicas suspirantes por un príncipe azul y que vienen a ser presas fáciles para los maniacos en esos lugares que se asemejan tanto a la Aurora imaginada por Dicker en New Hampshire para enmarcar su rocambolesca y adictiva historia?
Parece nervioso ante ese reto. Publicar en Estados Unidos supone algo serio para él. Quizá lo soñó algún día cuando demostró habilidades al editar su revista de animales en el colegio con solo 10 años. Pero, de hecho, esa proverbial tranquilidad de cafés, jardines, lagos y barrios pudientes que le acompaña en Ginebra va cediendo su paso al estrés y los viajes. Es el precio del éxito. No rápido, ni llegado a través de una carambola. Sino buscado con ahínco, después de haber redactado seis novelas –cuatro de las cuales no quiso ningún editor– y publicado solo dos. La anterior, titulada Les derniers jours de nos pères, que será publicada también por Alfaguara. “Estaba decidido a seguir, a ser escritor”, comenta Dicker, agazapado en un café desierto del centro de su ciudad, donde se ha convertido en una celebridad. “Los suizos se alegran del éxito de sus conciudadanos”.
Ahora puede presumir de haberlo logrado. Y no solo convertirse en un escritor a plena dedicación, sino en uno de éxito. Quizá fuera el gusto por el olor a páginas recién impresas que le contagió su madre librera en un establecimiento especializado en literatura infantil de la ciudad, puede que el empeño de su veterano editor francés, Bernard de Fallois, quien a sus 87 años se ha desgañitado para consagrar a Dicker en Francia y de ahí después en Italia, España… Algo que ha logrado con creces y –se impone insistir en este punto porque supone doble mérito– ¡con una novela 99,9% americana escrita en francés!
“No se trataba de algo intencionado. Para mí es una novela francesa porque está escrita en francés”, asegura el autor ante la confesión de que el lector que tiene enfrente tuvo que dirigirse a las primeras páginas para comprobar que el título original se leía en la lengua materna del autor. Pero raramente en una novela francesa alguien diría: “¡Palomitas!, sí, pídelas con mucha mantequilla”, ni se desarrollaría en la costa este, un lugar por otra parte nada ajeno a la educación sentimental de Dicker, puesto que por allí pasó varios veranos de su infancia, ni poblaría sus páginas con camareras celosas que sirven batidos y hamburguesas o garden parties...


El escritor Joël Dicker. / V. M.
¿Por qué sigue uno leyendo entonces? Si todo puede resultar inquietantemente previsible, ¿será porque de pronto da un triple salto mortal hacia el más difícil todavía que puede dejarte pasmado? ¿Tendrá que ver con que las historias prohibidas encierran a su vez un tenebroso juego de muñecas rusas en el que uno queda atrapado hasta que se le salta el sueño en pedazos por la ansiedad?
Dicker hace justicia a sus maestros en la ficción. “Entre Ken Follett y Dostoievski entran muchas cosas”. Pero no Stieg Larsson, a quien se le compara a menudo –hacía tiempo que el mercado buscaba uno que estuviera vivo y a ser posible tan joven como el suizo–, pero a quien Dicker no tiene el gusto de haber leído. ¿Clasificamos su novela? “Es complicado, muchos libreros no saben en qué estanterías colocarla. Algunos la meten en la sección de crimen y no se equivocan porque de hecho existe un crimen y al final se resuelve, pero si no hubiese metido eso, también funcionarían los mismos personajes, en el mismo lugar, con sus propias historias”.
Personajes que no rehúyen el cliché, como el propio Dicker aduce. “Esa palabra tiene sus connotaciones buenas y malas. Pero para una novela como la mía funciona. Si yo escribo dragón, todo el mundo sabe de lo que estoy hablando: de un monstruo que escupe fuego por la boca. Ahora, dentro de ese cliché, el lector puede pintarlo a su manera: unos lo verán rojo; otros, verde; es su responsabilidad y su manera de construir la historia conmigo”.
Pero el escritor va más allá en lo referente a esos términos. “Cuando dicen que esta es una novela muy americana, quizá se refieran, entre otras cosas, a que los autores de Estados Unidos utilizan, dentro de sus propias reglas, su país como un personaje más en sus novelas. Yo también he introducido eso”.
Y así, el espacio nos lleva de la gran ciudad, donde el protagonista Marcus Goldman sufre una enconada crisis creativa que a punto está de hacer saltar por los aires su credibilidad como escritor, a un tranquilo pueblecito donde vive retirado su mentor, el propio Harry Quebert, acusado de asesinar a un amor imposible y demasiado joven. Mientras, el tiempo se sobrepone en capas durante las tres épocas en que se sucede la historia: entre mediados de los setenta, finales de los noventa, en plena era Clinton, y la cercana actualidad, con un Obama pendiente de su reelección.

“Prefiero que mi parte la ganen los libreros a que se la lleve amazon”
Puede que Dicker concibiera la rocambolesca y entretenidísima trama de su obra sin ni siquiera tomarse en serio que lo fueran a publicar. De ahí el deslumbramiento de sus lectores –entre ellos, los estudiantes que le votaron para el Premio Goncourt joven y los de la Academia francesa, que también le galardonaron– y que acumulan acción o giros de los personajes más allá de toda presunción, de toda sospecha. ¿Lo hizo para reírse un poco de todo? “No era mi intención…”, asegura. “Aunque escribí esta novela a mitad de camino entre un lector y un autor. Cuando avanzaba, no sabía cómo se resolvería la trama, ni en qué medida crecerían o tendrían presencia personajes como la madre del autor, por ejemplo”.
Fue libérrimo al concebir una historia que apareció con 6.000 ejemplares de partida en Suiza y una vez publicada en Francia explotó, consagrada por críticos como el influyente Bernard Pivot, hasta convertirla en el botín más buscado por los editores internacionales en la Feria de Fráncfort de 2012.
Pero ese espíritu de libertad creativa no piensa perderlo. “Es con lo que más disfruto, y la presión del éxito no me la va a quitar. Ahora estoy escribiendo, y el placer de hacer aparecer o asesinar a un personaje esta misma noche porque me da la gana nadie me lo puede quitar”. ¿Quiere decir eso que su próxima novela también llevará ingredientes de thriller? “No lo sé todavía, no puedo asegurarlo”.
Aquellas cuatro novelas que tiene guardadas en un cajón, no le importa mucho que se publiquen o no. “Quizá cuando me muera. No es mi prioridad sacarlas a la luz. Prefiero escribir nuevas historias que dar salida a las viejas, y no es que fueran mejores o peores que Harry Quebert, simplemente no convencieron”. No fue el caso de su éxito. Llegó a manos de Bernard de Fallois por medio del editor Vladímir Dimitrijevic, que murió en un accidente de tráfico y no pudo disfrutar del éxito de su nueva promesa.
Fueron lectores exigentes ambos editores, pero en el caso del francés, todo un referente en el negocio a nivel europeo, en cuanto la copia cayó en sus manos supo que se convertiría en un éxito. “He aprendido muchas cosas con él, me adoptó…”. Y Fallois confía tanto en su lealtad que pese a que a Dicker le rondan las mejores firmas de la francofonía, sabe que no le abandonará. Cuando el autor le cuenta que le ha llamado uno u otro para invitarle a cenar, se limita a aconsejarle: “Vaya y diviértase…”.

Quizás publique las cuatro novelas que me rechazaron cuando me muera. Prefiero escribir nuevas historias"
No parece que el dinero sea una de las prioridades de este escritor naciente y creciente. Si no, que se lo digan a Amazon. El propio Dicker se negó a que su libro se vendiera en Francia mediante la tienda virtual. “Prefiero perder ese dinero a que los libreros se queden sin su parte. No me parece justo”. Como tampoco lee en dispositivos electrónicos ni en teléfonos. “¡Por Dios! ¡No!”, exclama medio escandalizado.
“Prefiero formatos grandes, tangibles, como este”, afirma mientras dedica el ejemplar a su visitante. “Ando ahora en que Goldman ha acudido a ver al rico del pueblo… llevo lo menos siete sospechosos, aunque estoy por pensar en quién queda menos salpicado por todo por el momento”, confieso. Él sonríe sin dar pistas. No ve uno el momento de acabar para montarse en el avión y ahí, encerrado, sin llamadas ni deberes, limitarse a seguir leyendo. También preguntándose qué fue lo que desde las primeras líneas de su libro le llevó a ser profético cuando un admirador de su alter ego narrador en crisis le suelta al protagonista: “Su libro me tiene atrapado, señor Goldman, es imposible dejarlo. ¿Qué edad tiene? ¡Solo 30 años y ya está forrado!”.

miércoles, 26 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Joël Dicker, sobre su novela "La verdad sobre el caso de Harry Quebert

El desconocido Joël Dicker se ha convertido en el autor revelación de la temporada. / CARMEN VALIÑO 
("El país")

   En "El País":

Los enigmas de la verdad

'La verdad sobre el caso Harry Quebert' es un 'thriller' a la americana de 700 páginas

El libro fue una sorpresa literaria y viene precedido de un gran éxito editorial en Francia

El suizo Jöel Dicker estuvo a punto de tirar la toalla, tras cinco novelas sin publicar

 22 JUN 2013

Las fans que le piropean en su cuenta de Twitter no habrían reconocido a Joël Dicker en el tipo altísimo, enfundado en vaqueros, suéter de lana, chaleco deportivo y bufanda al cuello, que avanza por el vestíbulo del hotel, en Londres. El detalle que despista son esas gafas graduadas de montura oscura con las que Dicker no aparece en ninguna de sus fotos promocionales. Pero aquí no hay peligro de despistar a ninguna admiradora, porque nadie conoce aún al autor revelación del momento. Al escritor que, a los 27 años, cosechó el año pasado un éxito abrumador en Francia, con una sola novela, La verdad sobre el caso Harry Quebert, varias veces premiada y aplaudida por la crítica y el público, que lleva vendidos más de 750.000 ejemplares.
Las cosas cambiarán pronto porque su libro, editado en español por Alfaguara, saldrá también en inglés, y en una treintena de idiomas en los próximos meses.
Dicker (Ginebra, 16 de junio 1985) tiene una voz apagada y modales educados. El segundo de cuatro hermanos (dos chicos y dos chicas), puede decirse que ha crecido en el ambiente ideal para un escritor de lengua francesa: su madre es librera, su padre, profesor de francés.
Aplaudido por la crítica literaria francesa, con pocas excepciones (el diario Le Monde); ganador del premio de novela de la Academia Francesa; del que otorga la prestigiosa revista Lire, y a un voto de llevarse el Goncourt, Dicker ha conquistado a los jóvenes, que eligieron su libro como el preferido entre los diez finalistas del Goncourt el año pasado. Desde entonces ha experimentado el asedio de los editores europeos, que han visto en su novela La verdad sobre el caso Harry Quebert una convincente sucesora de Millenium.
Pero Dicker no parece impresionado por la publicidad que le presenta como una mezcla de LarssonNabokov y Philip Roth. Obviamente, le halagan las dos últimas comparaciones, pero respecto a la tercera, corta tajante: “No he leído Millenium. Uno no tiene tiempo para todo”.

Mi generación tiene que estar permanentemente vigilante, porque somos demasiados. Quieres trabajar y no hay trabajo
Claro que es un detalle secundario. Lo importante es que su novela está disponible en español y que se negocia la posibilidad de llevarla al cine. Es evidente que el escritor suizo está a punto de atravesar un umbral soñado: el de la fama planetaria.
“Nunca imaginé un éxito así”, reconoce Dicker, un escritor precoz con seis novelas en su haber, aunque solo ha publicado las dos últimas. “Las enviaba a los editores y no les interesaban a ninguno. Ya me estaba planteando dedicarme a otra cosa, porque cuando la gente te dice “esto no va”, uno se plantea dejarlo. Así que decidí escribir mi último libro. Y cuando lo terminé, pensé, ¿quién va a leer esto tan largo?”.
Para entonces, sin embargo, su primer manuscrito no publicado había recibido el premio de los editores de Ginebra y despertado el interés de Vladimir Dimitrijevic, editor de L’Âge d’homme, que lo publicó (un lanzamiento póstumo para Dimitrijevic, que murió en un accidente de tráfico a finales de 2011) en colaboración con la francesa Editions de la Fallois en enero de 2012. Dimitrijevic leyó además el voluminoso texto con el que Dicker pensaba despedirse de la literatura. Y, entusiasmado, propuso al dueño de Éditions de la Fallois publicarlo conjuntamente en Suiza y Francia ese mismo año. El libro fue un éxito inmediato.
Estamos ante una novela americana de intriga que se desarrolla en Aurora, una pequeña (e inventada) localidad costera de Nueva Inglaterra, donde un escritor consagrado es acusado del asesinato de una joven del pueblo, ocurrido 30 años atrás. Su pupilo, Marcus Goldman, escritor de éxito fulminante con un solo libro, llegará en su ayuda para librarle de la silla eléctrica y averiguar muchas cosas en el proceso.
—¿Por qué Nueva Inglaterra?
—Es un sitio que conozco bien. Pasaba casi todos los veranos de mi infancia allí. Tengo familia en Washington y tienen una casa de vacaciones en la costa. He revivido esta experiencia en el libro.
Dicker se revela como un hábil constructor de tramas en estas casi 700 páginas, por las que desfilan una veintena de personajes. La novela, con su convincente reconstrucción de la vida provinciana en la Costa Este estadounidense, se lee con la avidez de llegar al final y encontrarse con la verdad prometida.
Aunque los grandes escritores rara vez se aventuran más allá de los territorios conocidos, Ginebra no se prestaba a ser el escenario de esta trama. “Además”, dice Dicker, “los jóvenes de mi generación hemos crecido en un mundo con menos fronteras. En Europa ya no se necesita el pasaporte para ir de un país a otro”. El mundo de hoy es un interminable territorio global donde todo se mezcla y se confunde. Él mismo es suizo, pero lleva sangre franco-rusa en las venas, y tiene parientes en Estados Unidos. Viajero constante, Dicker ve los aviones como tranquilos salones de lectura. Aunque amenazados, por lo que cuenta. “He leído, con terror, que Air France ha inaugurado su primer vuelo París-Nueva York con wifi. El wifi es lo que nos va a volver a todos locos. Ahora con el móvil puedes ver tus mensajes electrónicos, conectar con Internet, estar pendiente de mil cosas. Es una pena”.
—Pero usted pertenece a una generación electrónica. ¿O es distinto de la gente de su edad?
—No, no. Soy como los demás. Lo que me parece es que estamos rodeados de distracciones, por eso hay que autodisciplinarse. La gran diferencia con la generación de mis padres es precisamente esta obligación. Por ejemplo, en Ginebra, en los años sesenta, cuando mi padre era pequeño, se presionaba a la gente para que usara el coche al máximo, porque era bueno para la economía. Te aconsejaban incluso beber y conducir. “No te metas en carretera sin haber bebido un litro de vino”, decían los anuncios. Todo era posible. Hoy, de entrada, ya te dicen que prescindas del coche, que hay demasiados, que contaminan. Te aconsejan el tranvía. Y sobre todo, no bebas si conduces. Es bueno, es normal que se haga esa advertencia, no me refiero a este aspecto. Lo que quiero decir es que mi generación tiene que estar permanentemente vigilante, porque somos demasiados, demasiados coches, demasiado de todo. Quieres trabajar y no hay trabajo, quieres gastar y no hay dinero. No hay un solo espacio para los jóvenes en el que se nos diga: “Podéis hacer lo que queráis”. Por eso digo que el estado de ánimo de mi generación es más difícil, uno se dice, “todo se ha fastidiado”. A nuestros padres se les decía: “¡El mundo es vuestro!”. A nosotros se nos dice que el mundo está fastidiado y que hay que salvarlo. Somos una generación sin utopías.

Buscan libros camaleón. Tan pronto son Las  sombras de Grey como la novela negra. ¿Dónde queda la diversidad?
La crisis no ha hecho más que ahondar un poco más en esos problemas. Aunque él sea uno de los poquísimos jóvenes afortunados, triunfador total al que le esperan jugosos contratos millonarios. Un poco como a su personaje Marcus Goldman. Un tipo de 30 años, multimillonario y superfamoso gracias a un solo libro.
“Marcus y yo tenemos poco en común”, protesta Dicker. “Hombre, tenemos más o menos la misma edad, escribimos, etcétera. Cuando comencé a escribir la novela, yo tenía 25 años, acababa de terminar Derecho, y mi personaje principal, Marcus, tenía también 25 años, había estudiado lo mismo, escribía, y tampoco tenía éxito. Entonces me dije, ‘esto no funciona’. Me di cuenta de que tenía que ofrecerle otra cosa al lector, algo que estuviera más en el plano de los sueños, que fuera placentero. E imagine a Marcus cinco años mayor. Y le convertí en un escritor de éxito”.
La verdad sobre el caso Harry Quebert es un libro de escritores, en el que el maestro y el alumno hablan con frecuencia del oficio de escribir, de las cualidades humanas que requiere. Un escritor sería un ser infinitamente comprensivo, con las debilidades y sufrimientos humanos, como si los hubiera experimentado todos en carne propia. En realidad, sin embargo, el oficio de escritor es un trabajo solitario que requiere aislamiento. “Doblemente solitario”, admite Dicker. “Por un lado, lo es por el acto físico de escribir. Cuando escribo estoy solo en mi oficina. Hay otros trabajos que se hacen en soledad, pero además, la creación exige, por decirlo así, soledad mental. Y después hay que hacer otro trabajo de promoción. Estamos hablando de un libro que terminé hace dos años, del que se siente uno un poco distante porque ya estoy en otro tema, en otro proyecto, pero tengo que volver atrás para hablar de este libro”.
Escribir su novela de intriga le llevó dos años, cuenta. Dos años para encontrar una voz que fuera creíble a la hora de recrear el ambiente de un pueblecito costero americano en 2008, año de la elección del presidente Barack Obama. Todo un desafío. “Cada vez que se describe un país, una atmósfera, un idioma, en otra lengua es un desafío para el autor. Y cada vez que un autor escribe sobre otro país introduce siempre algún artificio. Por ejemplo, si la novela se desarrolla en Roma, y el escritor es francés, incluirá frases en italiano del tipo: ‘¡Buon giorno, Vicenzo! ¡Arrivederci…!’. Y cosas por el estilo. Y eso me parece una debilidad. Yo quería ser capaz de recrear una atmósfera de un país extranjero sin utilizar ese recurso, escribiendo en francés”. La única vía era encontrar un francés flexible, compatible con el americano. Con el de los diálogos trepidantes de las series de televisión.
Y luego, el reto de hacerlo creíble. El relato y los personajes. Qué opina del consejo del escritor John Gardner a su alumno Raymond Carter: “Recuerda que tú no eres tus personajes. Son ellos los que tienen que ser tú”.

A nuestros padres se les decía: ¡El mundo es vuestro! A nosotros, que el mundo está fastidiado y que hay que salvarlo
—Es muy cierto. Porque es necesario que los personajes vivan por sí mismos, que tengan una existencia propia. Que vivan a través del escritor, pero con vida propia. Si un personaje vive por sí mismo, eso quiere decir que podrá funcionar la acción a través de él. Si no, será muy difícil establecer la relación entre el lector y el personaje.
Se ha dicho que La verdad sobre el caso Harry Quebert está escrita un poco al estilo de Philip Roth. Lo cierto es que el libro está lleno de homenajes al gran escritor americano. El protagonista es judío y nació en Newark; uno de los personajes trabaja en una fábrica de guantes, como en Pastoral Americana, y el boxeo, tema querido de Roth, aparece también aquí.
“Hay homenajes a Roth, pero también a Nabokov, a Steinbeck, a Romain Gary, a Hemingway, a todos ellos”, responde Dicker, “porque es un libro sobre un alumno y un maestro. Y por eso era divertido meter homenajes a todos esos escritores”.
—¿Entonces no es cierto que Roth sea su favorito?
—No, es que a veces las respuestas se sacan de contexto. Lo que dije es que entre los escritores que me han marcado, Roth es el único todavía vivo. Pero, bueno, es cierto que es un escritor clave en la literatura moderna. Sí, posiblemente, es el mayor de los escritores vivos.
Después de todo, Dicker se declara admirador sin fisuras de la gran novela estadounidense. “Quizás es la literatura que conozco mejor. No digo que sea más importante que otra. Es una cuestión muy personal. A unos les puede interesar más la literatura sudamericana, a otros la china. A mí lo que me gusta de la literatura americana es que cuenta historias. Una historia, una aventura lineal y luego a través de ella una historia de Estados Unidos. Y eso es lo que me parece que la hace más interesante, más rica”.
Difícilmente esos autores hubieran podido escribir sus grandes obras con editores como el de Marcus Goldman, en La verdad sobre el caso Harry Quebert, Roy Barnaski, que solo quiere un bombazo a cualquier precio. “Barnaski representa a los empresarios actuales, obsesionados por las cuentas, los accionistas, las cifras de venta, los beneficios, hasta el punto de que a veces se olvidan de a qué se dedican realmente. No es solo culpa suya. Es una crítica humorística sobre hasta qué punto, a veces, se ven los libros como un producto más. Pienso en el marketing que se ha hecho, por ejemplo, en torno a lanzamientos como el de Dan Brown, con su traductor encerrado durante un mes en un búnker, y eso es una locura. Porque al fin y al cabo es un libro, y el libro tiene que ser juzgado por su contenido. No por esas piruetas de mercadotecnia.
—Pero los libros, hoy día, son también productos.
—En todo caso, muy especiales. Por muchos fuegos artificiales, conferencias y presentaciones que se hagan, cuando uno abre el libro, si no es bueno, no queda nada.
Dicker lamenta el empeño de las editoriales de buscar best sellersinternacionales, aunque a él le haya beneficiado claramente. “Se busca algo que se venda bien en todas partes, y así se mata cualquier atisbo de diversidad. Se dice, Harry Potter funciona, pues todos los libros van por ahí, con niños-magos. Se buscan libros camaleón, sin color. Tan pronto son las Cincuenta sombras de Grey como la novela negra. ¿Dónde queda la diversidad de la cultura?”.
Pero sí es cierto que esta obsesión por acumular lectores puede ser negativa, tampoco le gustan los puristas, los que miran con suspicacia cualquier cosa que triunfe. Un grupo nutrido en Francia que discute las cualidades literarias de Dicker. “Cuando un libro tiene mucho éxito es porque es accesible a mucha gente, y por lo tanto es popular, y algo popular está mal visto en Francia, porque lo bueno es lo que solo es accesible a la élite. No estoy de acuerdo con eso. Yo estoy encantado de que mi libro guste, de que se venda”. Y viéndole posar, dócilmente, y sin gafas, para la fotógrafa hay que suponer que también le encanta acumular admiradoras en Twitter.

PRENSA CULTURAL. Crítica de "La verdad sobre el caso de Harry Quebert", de Joël Dicker. Justo Navarro

Joël Dicker

   En "El País":

El hábito de mentir

La simplicidad o facilidad de 'La verdad sobre el caso Harry Quebert' es solo aparente

La novela de Dicker trata sobre la costumbre humana de simular, fingir y mentir

 22 JUN 2013

El 30 de agosto de 1975, en Aurora, mínima ciudad de New Hampshire a orillas del Atlántico, desapareció Nola Kellergan, de 15 años, y mataron de un tiro a la anciana que la vio por última vez. Al cabo de tres décadas, el 12 de junio de 2008, encuentran el cadáver de la niña en el jardín de un clásico de la literatura angloamericana contemporánea, Harry Quebert, de 67 años. La víctima había sido enterrada con el manuscrito de la obra esencial del genio, Los orígenes del mal, “uno de los libros más vendidos de los últimos cincuenta años en Estados Unidos”. El escritor, acusado de dos asesinatos, ve desde la cárcel cómo su novela se convierte de pronto en literatura diabólica, eliminada de las bibliotecas y de los planes de estudio, perverso mensaje de amor para una niña.
Markus Goldman, joven estrella del negocio editorial, autor de una sola novela superventas y antiguo alumno del presunto asesino, acudirá en ayuda de su maestro, decidido a investigar y demostrar su inocencia. El nuevo fenómeno literario sufre en ese momento una insuperable crisis creativa, desesperado e incapaz de escribir una letra, mientras su editor le pide la novela que tenía comprometida y lo amenaza con una demanda millonaria por incumplimiento de contrato. Instalado en la mansión de Quebert, estudiando unos crímenes que sucedieron hace más de treinta años, ávido de información sobre las vidas ajenas, Goldman graba conversaciones con los vecinos de Aurora y entrevistas con el sospechoso en el locutorio de la cárcel, y un día se descubre escribiendo su nuevo libro. Escribir una novela resulta equivalente a investigar un doble caso de asesinato, y devolverle el buen nombre al supuesto criminal será también restituirle a la literatura la gloria perdida.

En la obra de Dicker
se cruzan, como mínimo, cuatro novelas distintas y distintas verdades sucesivas
La verdad sobre el caso Harry Quebert es la segunda novela de Joël Dicker (1985), suizo francófono, poseído por los misterios de la literatura popular desde su debut, Los últimos días de nuestros padres, intrigas en torno a la resistencia francesa y los servicios secretos británicos durante la II Guerra Mundial. La historia de Harry Quebert me ha recordado dos novelas españolas innovadoras en su tiempo, Los dominios del lobo (1971), de Javier Marías, y La verdad sobre el caso Savolta (1975), de Eduardo Mendoza. Además de los clásicos enigmas policiacos, Joël Dicker domina la imaginería cinematográfica y televisiva de los últimos años, los clichés de las novelas juveniles para adultos, e incluso de los libros de autoayuda, porque entre las más de seiscientas páginas de La verdad sobre el caso Harry Quebert cabe también un breve manual de auxilio para escritores estériles. Pero lo más característico de esta novela es su aire de cuento de hadas, sus niños que se quejan perdidos en el bosque, lastimados por ogros, brujos y criaturas muertas. Dicker parece escribir después de ver alguna película del pionero del cine Louis Feuillade, Fantomas, por ejemplo, con su acumulación improbable y fabulosa de sorpresas. Hay algo fantástico en la precisión cinematográfica con que el narrador, el joven Markus Goldman, transcribe lo que ocurrió hace 33 años, día a día, con fecha, hora y momento exacto de cada acción y cada palabra.
El escritor Goldman disfruta de su investigación en la tranquila Aurora, sin dejarse asustar por amenazas anónimas ni pirómanos con instintos homicidas, mientras los vecinos le cuentan cómo celebraron en 1975 el día de la Independencia y el baile de verano entre excursiones a la playa y fiestas en el jardín, y cómo Nola Kellergan, la niña del clérigo, gritaba en su casa y el reverendo ponía jazz a todo volumen, siempre el mismo disco. Al drama se suma el humor, y a los consejos literarios del maestro paternal y posible asesino se añaden a través del teléfono las admoniciones prácticas de la desquiciada madre de Goldman. En La verdad sobre el caso Harry Quebert se cruzan, como mínimo, cuatro novelas distintas y distintas verdades sucesivas. “La responsabilidad del escritor es decir la verdad”, anota el narrador, pero tanto él como su modelo, Quebert, son dos farsantes confesos. La novela de Joël Dicker pertenece a ese tipo de literatura que genera literatura, es decir, que invita a continuar inventando novelas. Su simplicidad, sencillez o facilidad es solo aparente, y de eso trata el caso Quebert: de la costumbre humana de simular, fingir y mentir.
 La verdad sobre el caso Harry Quebert. Jöel Dicker. Traducción de Juan Carlos Durán Romero. Alfaguara. Madrid, 2013. 670 páginas. 22 euros (electrónico: 10,99)