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jueves, 12 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista con Clara Sánchez, ganadora del premio Planeta

La escritora Clara Sánchez. / ÁLVARO GARCÍA. ("El país")

   En "El País":

“Los poderes actuales nos insensibilizan por el miedo, que es un arma muy barata”

Clara Sánchez, Premio Planeta 2013, reivindica en ‘El cielo ha vuelto’ la intuición como conocimiento y la magia como liberación

 Madrid 2 DIC 2013

Melanie Daniels (Tippi Hedren) fuma absorta en sus pensamientos, ajena a lo que sucede a sus espaldas; una bandada de cuervos se va instalando en el parque infantil, acompañada del canto de los niños de la escuela al fondo como siniestra banda sonora. Daniels gira la cabeza en un golpe de intuición hacia el lado equivocado, pero ya existe una doble mirada: la del espectador, que es consciente de la creciente amenaza, y la de la propia protagonista de Los pájaros (Alfred Hitchcock 1963), que aún no sabe. Este juego de planos de información que va creando el suspense fascina a la escritora Clara Sánchez (Guadalajara 1955), que admira al director británico por su manejo “de la intriga cotidiana”, y recuerda esta secuencia para explicar la tensión que forma parte de El cielo ha vuelto, la novela con la que ha ganado el Premio Planeta 2013 y que gira en torno al descubrimiento de la verdad que nos hace personas. Y a las apariencias.
Patricia es una modelo de éxito que recibe un extraño mensaje de una desconocida que responde al nombre de Viviana y que se sienta a su lado en un vuelo de regreso de la India zarandeado por fuertes turbulencias. Hay alguien que desea su muerte. Pero… ¿Cómo es posible esto cuando la realidad parece hecha a su medida? Una serie de incidentes le indicarán a partir de ese momento que hay muchos resquicios es los que no había reparado. La mente de alguien se vuelca poderosa en los infortunios que le acaecen.

Este país ha salido de una guerra, y aún mantiene ese germen, ese embrutecimiento que da la penuria…
Sánchez ha concebido su historia como una novela policiaca en la que no existen un cadáver ni asesinos, en la que los indicios vienen en la forma de elementos tan intangibles como la sospecha y la duda. Si al principio los personajes “son como de una pieza”, después la indagación interior de la protagonista, que rememora miradas o palabras como si fueran pistas de un crimen de las personas más allegadas, los va situando en una dimensión diferente. En ese camino, Sánchez reconoce la influencia de escritores como Patricia Highsmith, Raymond Chandler o Dashiell Hammet, pero con una narración desprovista de sangre, en que la protagonista se erige “en detective de sí misma”. La búsqueda de la verdad y el poder de la mente son marca de las letras de esta escritora que aspira, después de haberse hecho con el Premio Alfaguara de 2000 con Últimas noticias del paraíso y en Nadal de 2010 con Lo que esconde tu nombre, a ser “cada vez más fresca y natural” en su literatura.
La fuente de inspiración para El cielo ha vuelto es conocida, como lo es el hecho de que la escritora hila retazos de la existencia para su literatura. Así, Sánchez reconoce que la protagonista tiene mucho de sí misma, o que la situación que se describe, —una cadena inexplicable de desgracias— fue algo que sucedió en su propia vida. “La sensación de que los demás saben mucho más de mí que yo misma”. La escritora se fijó en los ojos llenos de miedo de una modelo de una revista de moda en una visita a la peluquería. Entonces se percató de la mirada superficial que dirigía a estas personas y, con ello, de cómo nos quedamos a las puertas de la realidad en un mundo como el actual sobrepasado por las imágenes.
“Vemos tragedias constantemente, pero nos perturban cinco minutos como mucho, porque no retenemos. Las condiciones en las que vivimos nos lo impiden…”, explica Sánchez del salto que realizó de la fotografía a su novela. “Uno de los grandes logros de los poderes que nos dominan es el miedo que nos meten en el cuerpo, el límite que nos ponen a empatizar con el prójimo. El miedo es un arma muy barata…”. Un hecho universal que tiene su versión española a la vez. “Este país ha salido de una guerra, y aún mantiene ese germen, ese embrutecimiento que da la penuria…”.

Es más polémico que recibas el Planeta que alguien esté trincando de las arcas públicas auténticos dinerales
Parte de nuestra brutalidad radica en el hecho de que hemos desterrado la magia de nuestro día a día, por la obsesión, indica la Premio Planeta, “de que todo debe tener un fin práctico”. “Nos olvidamos de que somos algo más que comer, o dormir, o... Hasta en el amor está ese lado, si no terminas en la cama con alguien es un fracaso…”. Clara Sánchez reivindica la importancia de la intuición como forma de conocimiento en su novela y en la vida, y como elemento de su escritura. La magia está presente en El cielo ha vuelto de la mano de Viviana, un personaje que se sirve de peculiares herramientas para ayudar a Patricia, pero, sobre todo, viene representada en lo que tiene de imaginación. “Un resorte liberador al que nos tenemos que aferrar porque nos sentimos más solos que la una”. A diferencia de la religión y, a pesar de que la autora dice que frecuenta las iglesias porque disfruta de su ambiente de recogimiento, a Sánchez le encanta “ese lado pagano de la magia, que da armas para que uno mismo arregle las cosas con sus propias manos, sin esperar que nadie lo haga desde los cielos”.
¿Y haberse convertido en Premio Planeta? “Me ha llegado en el momento adecuado”, afirma reconociendo que se trata de la distinción de las letras españolas “más polémica y comercial” aunque en su caso se ha recibido “con naturalidad”. “Puedo encajarlo, este premio me favorece para hacer en literatura lo que me marque mi intuición”. Sánchez afirma que jamás la ha empleado como medio para otro fin, pero que tampoco cree a quien asegura “que escribe para sí mismo, sin la preocupación de gustar”. “El rechazo es de una crueldad alucinante y es otro arma de poder…”. Aun así, “en España es más polémico que recibas un premio como este a que alguien esté trincando de las arcas públicas auténticos dinerales. Esto sale del bolsillo de una editorial a la que el autor aporta con sus ventas…”, apunta esta autora que se declara “vocacional”, que ha trabajado para poder escribir, que “jamás” ha recibido una ayuda pública y que se enorgullece de su proyección internacional.

Nos olvidamos de que somos algo más que comer, o dormir, o... Hasta en el amor está ese lado, si no terminas en la cama con alguien es un fracaso…
El cielo ha vuelto se pregunta precisamente por el material del que está hecho la felicidad y, a pesar del espacio que reclama para la imaginación, es la capacidad de huir del autoengaño una de las claves que el libro plantea. “Como en las instrucciones que dan las azafatas antes de que comience un vuelo, hay que ponerse uno mismo la mascarilla antes de ayudar a los demás”. Clara Sánchez encarna este movimiento en una joven de la que no quiso reflejar su mundo, en teoría glamuroso, sino la forma en que ella lo vivía, “con las mismas frustraciones e inseguridades que todo el mundo”. “No pensemos que los demás harán por nosotros lo que no hacemos nosotros mismos”. Esto también, señala, sirve para la situación de España. “Hemos tenido una excesiva confianza en los políticos, en los poderes económicos…”.

martes, 8 de febrero de 2011

BIBLIOTECA. NARRATIVA. "Lo que esconde tu nombre", de Clara Sánchez

Clara Sánchez

   Sandra ha decidido retirarse a un pueblo de la costa levantina: tiene treinta años, ha dejado el trabajo y, embarazada de un hombre del que no está enamorada, pasa los días en una suave inapetencia,intentando aplazar la decisión de qué hacer con su vida.
   En la playa conoce a los Christensen, un matrimonio de octogenarios noruegos instalados desde hace años en el pueblo que la ayudan tras sufrir un mareo  y la tratan como los abuelos que no ha tenido. (...)
   (...) Julián, un anciano que acaba de llegar de Argentina (...) le cuenta que él es un superviviente del campo de Matthausen. (...) Y que los Christensen no son lo que aparentan ser.
   Lo que esconde tu nombre es un subyugante relato de terror sin efectos sobrenaturales, y es también, y ante todo, una absorbente novela sobre la memoria y la redención de la culpa.
Texto de la contracubierta.

   Esta novela fue galardonada con el 'Premio Nadal 2010". Editada por Destino, tiene  425 páginas y está en la BIBLIOTECA.
   Para saber y leer más de la autora, ve a la etiqueta, en la parte izquierda de este blog, Sánchez Clara.

domingo, 22 de agosto de 2010

PRENSA (2). 22 agosto 2010

En suplementos de "El País".

1. Sobrevivir a la enfermedad. Reportaje de Javier Ayuso, perteneciente a la serie "Agujeros negros del planeta". La corrupción endémica, la malaria y la desnutrición son las grandes plagas de la República Centroafricana, agravadas por la crisis económica.

2. No es lo mismo claro que simple. Artículo de Javier Cercas.

3. El último verano de Paula Ris. Relato de Domingo Villar. Leo Caldas, de 14 años, pierde a una amiga, asesinada. Cuando presencia la detención de un sospechoso, encuentra su vocación. Cuarta entrega de la serie en la que cinco escritores recuperan a famosos personajes de sus obras y los convierten en protagonistas inéditos para ‘El País Semanal’.

4. Un Lope apasionado y pendenciero. Reportaje de Sergio C. Fanjul. Le llamaron El Fénix de los Ingenios. Pero antes de pasar a la historia, Lope de Vega fue un joven apasionado, ambicioso y algo asilvestrado. Es la cara que recupera ahora una película con un reparto excepcional. Estuvimos en el rodaje en Marruecos.

5. No tengamos miedo a la libertad. Reportaje de psicología, por Miriam Subirana. Hay gente que para no arriesgarse al fracaso, al rechazo, a la soledad, intenta acoplarse al grupo, agradar y quedar siempre bien. No es así como nos sentiremos fuertes y tranquilos.

6. Elvira Lindo. Viviendo en serio. Entrevista. Por Amelia Castilla. Como pequeña de la familia, le asignaron el papel de alegría de la casa. Y con esa ‘carga’ ha vivido. Era la autora de ‘Manolito Gafotas’ y de columnas graciosas. Ahora decide liberarse de tanto humor con su nueva novela, ‘ Lo que me queda por vivir’ (Seix Barral), sobre una joven madre y su hijo en la España de los ochenta.

7. Poderes mágicos en la República Dominicana. Por Clara Sánchez. Toda la exuberancia del Caribe cabe en la República Dominicana. Ámbar azul, incursiones en el Polo Magnético, tardes de béisbol... Una tierra compartida con Haití, el desdichado vecino. Cuarta parada de esta serie que invita a viajar cada domingo de agosto, de la mano de diferentes escritores, a esos mundos en miniatura que son las islas.

8. Todos muertos de miedo. Artículo de Rosa Montero.

domingo, 13 de junio de 2010

VÍDEO. "Babelia".Clara Sánchez habla de su personaje literario favorito

Clara Sánchez
En "elpais.com".

W. MANRIQUE /L. ALMODÓVAR /A. DE LA RÚA 12-06-2010

"Me habría encantado ser Daisy, el objeto de deseo de Gatsby, de la novela de Scott Fitzgerald. Por ella. Gatsby es capaz de montar unas fiestas increíbles y muchas más cosas. Yo habría dejado a Buchanan y me habría ido con él", reconoce Clara Sánchez en este vídeo de la serie ¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado ser? Una galería de testimonios que ha creado Babelia y su blog Papeles Perdidos dentro de la programación especial y propia con motivo de la cobertura de la 69ª Feria del Libro de Madrid (del 28 de mayo al 13 de junio).


VÍDEO

viernes, 11 de junio de 2010

PRENSA. LITERATURA. Clara Sánchez (Guadalajara, 1955)

Clara Sánchez
En "El País":
Desde el mirador de mi madre
Clara Sánchez
EL PAÍS - 25-08-2006

En el verano de 1993, con un calor insoportable, mi madre sufrió un infarto cerebral que nos cambió la vida, o por lo menos nos hizo dar un paso más en ella. Nos obligó a tratar de ver las cosas de otra manera. Yo, por ejemplo, empecé a valorar comportamientos que hasta entonces había medio despreciado, como la frivolidad. Caí en la cuenta de lo necesario que es un poco de frivolidad para sobrevivir y no dejarse arrastrar por los acontecimientos hasta lo más profundo. Pero también comenzó a fastidiarme la gente que no puede escuchar ni una frase que no se refiera al lado bueno de la existencia, que arrugan el entrecejo en cuanto oyen la palabra enfermedad, hospital, vejez, como si las contrariedades y el sufrimiento o la pena hubiese que tenerlos guardados bajo llave. La enfermedad, más que el sexo, ha sido durante mucho tiempo tabú, de conversación en voz baja, asunto de mujeres achacosas o de médicos, hasta que las series de televisión la han puesto de moda para en el fondo hablar de amoríos.
Es un peñazo no poder ser débil nunca y hacer como si nada pasara. Lo malo que a uno le ocurre, también le ocurre, forma parte de su biografía. No soy de los que piensan que sólo se aprende a través del dolor, se aprende más de la alegría, de la risa y del estar bien. Es esta enseñanza la que nos empuja, hasta en los peores momentos, a buscar un espacio en nuestra mente en que continúa haciendo sol. Pero en el caso de mi familia, este hecho fue el que más nos conmocionó, quizá por su brusquedad y las secuelas que dejó.
Por supuesto, a la primera que le cambió la vida fue a mi madre. Entonces tenía 62 años y ya no ha vuelto a ser la misma. La visión de esas dos imágenes, la de antes (fuerte y entera) y la de después ha sido demoledora durante bastante tiempo. Hasta que el día a día y los años han ido apaciguando la sensación de agresión y agravio ¿de quién? ¿De la vida? ¿A quién se le pide cuentas? Nos hemos ido acomodando a las circunstancias e incluso sacando lo mejor de ellas, no hay otro remedio, o aceptas las reglas del juego o te quedas fuera. Y fuera está lo desconocido, el abismo. Al principio no le apetecía salir de casa y enfrentarse al mundo, sin poder hablar. Lo bueno era que la comprensión y la memoria estaban intactas, así que nos fuimos agarrando a lo bueno. Mi madre aceptó las reglas del juego y mostró una fortaleza y una capacidad de lucha, que no nos dejaban desfallecer. Se sometía a sesiones durísimas de rehabilitación y comenzó humildemente a intentar aprender a escribir de nuevo. Estaba agradecida a todo el mundo. Fue como si en su mente se hubiese borrado cualquier recelo hacia el prójimo, cualquier tipo de prevención. Nunca la he visto llorar por lo que le pasó, pero se le saltaban las lágrimas cuando se mencionaba a los neurólogos que la trataban o a los fisioterapeutas, sobre todo una, que un día le dijo muy seriamente: "No voy a consentir que no salgas andando de aquí", y así lo hizo, lo consiguió. Hay gente pululando anónimamente por ahí que hace cosas muy importantes por los demás. Así que gracias, Conchita, eres la mejor.
Mi madre tuvo que pasar casi tres meses en el hospital, lo que supuso para todos nosotros un cursillo intensivo sobre la vida oculta o que se prefiere ignorar. Ahora me fijaba más en la gente que andaba con dificultad por la calle o que tenía algún tipo de carencia, me sentía en su mismo mundo. Creo que sabía que todo eso podría pasarme a mí, así de sencillo. Y entonces fui consciente de lo cruel que es esta sociedad con quienes no están en plena forma. Digamos que la enfermedad de mi madre nos puso unas gafas de aumento para ver mejor lo que hay alrededor, eso sí, a un gran precio. Tras ella, el mayor sin duda lo ha pagado mi padre, que se ha hecho cargo de esta complicada situación para que a todos nos alterase lo menos posible. No es un hombre pacífico ni resignado, sino más bien rebelde e incisivo, y quizá por eso nunca se ha dejado abatir. Siempre busca recursos para estar activo y en conflicto, y no ha permitido jamás que mi madre dejase de discutir con él y decirle cuatro verdades, aunque fuese a su manera.
Lo cierto es que tengo unos padres atípicos y bastante graciosos, muy discutones. Les da la vida montar el pollo durante los telediarios por algo que haya dicho fulano o mengano. Siempre ha habido tensiones políticas entre ellos. Mi padre lee EL PAÍS y Expansión y oye la SER e Intereconomía. Lleva un control férreo de los movimientos de la Bolsa. Cuando baja, está de un humor de perros. Yo, que no tengo inversiones, sé cómo va por el tono de su voz. Le gusta mucho la ropa y los complementos. Y no soporta que le llamen anciano. Lo de abuelo está absolutamente restringido a los nietos. Prefiere la definición de viejo. Dice que se dio cuenta de que era considerado viejo cuando los coches se atrevían a pasar el suyo nada más verle por detrás la nuca blanca. Y no sé cómo se las arregla para hacer un seguimiento tan exhaustivo del mundo literario. Aunque no quiera enterarme, me tiene al tanto de los logros, premios y colaboraciones de todos los colegas, para a continuación añadir, tienes que espabilar. Por eso a mis padres no les importa que escriba sobre ellos, con tal de proporcionarme material y ayudarme a salir adelante.
No era fácil durante y tras lo que se podría llamar el largo verano del 93 centrarme en otra cosa. Trataba de distraerme para no hablar ni pensar en ello. Hasta que decidí que no debía olvidar, sino todo lo contrario, aprovecharlo en mi propia experiencia, no desecharlo puesto que tanto esfuerzo nos suponía a todos. Así que tiempo más tarde, cuando ya tenía la cabeza algo más fría, empecé a escribir y salió una novela, Desde el mirador (Alfaguara, 1996), que empieza así:
"La tarde va quedando atrás. Un cable negro cruza el cielo azul. La ventanilla de un vagón de tren limita y recorta el campo. Sobre el cable, y por un instante, unos grandes pájaros en fila también quedan atrás. La sierra, a lo lejos, y más cerca los árboles y las fábricas se perfilan en el aire como montañas, árboles y fábricas presentes y reales.
He viajado a través de este paisaje durante dos meses y desde entonces el sol se ha ido debilitando poco a poco y también la angustia inicial que me hizo dudar de que la vida fuera buena, a pesar de que es lo único que hay. Ahora me queda cierta flaqueza por aquella duda, cierta zozobra constante y la certeza de que cuando se conoce algo ya no se puede desconocer, no tan sólo olvidar, sino que es imposible volver al origen en que no se sabía aquello.
He recorrido los 60 kilómetros que unen el Hospital General con Madrid, cada dos días más o menos, hasta esta misma tarde en que le han dado el alta a mi madre. La última imagen que he retenido de ella ha sido su blusa de seda azul alejándose en el coche, regresando al mundo, mezclándose con el aire que rodea el hospital y con el que se extiende donde se le pierde de vista y mucho más allá aún. Ya es libre, menos que un pájaro porque no puede volar y menos que un pez porque no puede respirar bajo el agua, pero más que un pájaro y un pez porque piensa. Ella me ha hecho creer que nadie puede ser libre nada más que a su manera.
Recuerdo sin desesperación y con pesar, como si me hubiera distraído y no hubiese hecho algo que debía, el día de finales de junio, cuando sonó el teléfono en mi casa, en las afueras de Madrid. Una voz desde un hospital me comunicó que mi madre había sufrido un derrame cerebral. Luego se confirmó que había sido infarto. Me cuesta mucho pronunciar infarto cerebral y mucho más escribirlo, es como tratar de escribir en el papel con un hierro al rojo vivo".

viernes, 8 de enero de 2010

PRENSA. 8 enero 2010


En "El País":

1. "El ser humano tiene una inclinación natural al abismo". Entrevista a Clara Sánchez, Premio Nadal de novela 2010. Por Carles Geli.

2. Perder la calle, ganar el discurso. Reportaje de Antía Castedo y Bernat García.  El movimiento antiglobalización pierde visibilidad pero sus mensajes entran en la agenda política. Diez años después de Seattle, las contradicciones internas persisten.

3. ¿Inteligencia? Artículo de Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

4. Incertidumbres de la 'web' 2.0. Artículo de José María Álvarez Monzoncillo, catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos.

5. Oriente y Occidente como espacios mentales. Artículo del escritor Juan Goytisolo. Los reformistas existen en las muy variadas tierras del Islam. Son a la vez demócratas y musulmanes, niegan con su ejemplo el choque de civilizaciones y reivindican los derechos humanos y la igualdad de la mujer.

6. Patologías. Columna de Juan José Millás.


7. CRÍTICAS DE CINE: Un tipo serio, de los hermanos Coen (por Carlos Boyero). Teniente corrupto, de Werner Herzog (por Jordi Costa). El cónsul de Sodoma, de Sigfrid Monleón (por Javier Ocaña). Capitalismo: una historia de amor, de Michael Moore (por Javier Ocaña).

jueves, 7 de enero de 2010

LITERATURA. CLARA SÁNCHEZ. Premio Nadal de Novela 2010

Clara Sánchez

La Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba, desde el 2000 hasta el 2003, organizó unas Jornadas sobre escritores/as contemporáneos de Narrativa. Entre ellos, en marzo del 2001, estuvo en la Posada del Potro (donde se celebraban por aquel entonces actividades culturales) la actual ganadora del Premio Nadal de Novela 2010, Clara Sánchez. El que suscribe fue el encargado de realizar las presentaciones de aquellos autores y autoras.
Ésta fue la presentación dedicada a la escritora nacida en Guadalajara en 1955:

LA NARRATIVA DE CLARA SÁNCHEZ
¿Cómo encontramos la realidad ante nosotros? ¿De qué formas somos capaces de sobrevivir ante ella? ¿Qué circunstancias son las que pueden abrir sus resquicios a nuestro entendimiento? ¿Cuál es la reacción que nos provoca? Preguntas como éstas anidan desde siempre en la red del arte, en la red de la literatura. Y su respuesta es múltiple, pero también una: depende de la mirada que observa, de su forma de otear, de cómo rastrea, de cómo encuentra. Es decir, depende de las miradas. Y del momento en que nacen las miradas.
Y esas miradas, narrativamente hablando, pueden enfocarse hacia dentro o hacia fuera; pasan por la superficie o intentan penetrar en las profundidades; se anclan en la mera apariencia o se sumergen más allá de las sombras, para encontrar la claridad. O, a través de lo meramente sensible, excavan las cuevas secretas de cada uno de nosotros. Es lo que hay a nuestro alrededor lo que nos hace reaccionar de una determinada manera; y este paisaje, nuestro paisaje, son los demás –su forma de vida-- y lo que les sucede a los demás, lo que dicen, hacen y piensan los otros; lo que sufren, lo que sienten, que influye en mí, que vivo mi tiempo, que existo en mi edad. No es lo mismo examinar nuestro pasado desde la madurez y reflexionar sobre él que imbuirse del presente para construir nuestro futuro. Estas dos miradas, con el tiempo como eje, son las que se dan en las últimas novelas de Clara Sánchez: en “Desde el mirador” y “El misterio de todos los días”, por un lado, y en “Últimas noticias del paraíso”, por el otro.
Ellas parten de la impresión de que ya está todo casi hecho o de que aún queda todo por construir. Pero también de la certeza de que cualquier acontecimiento más o menos importante implica conocer, recuperar esa parte interior, esa idea de cómo funcionan nuestros engranajes vitales. Creo que, en gran parte, la mirada narrativa de Clara Sánchez se halla explicada en las siguientes palabras de algunos de sus personajes: “Es como si nuestra mente fuese poética, pero no nuestra forma de supervivencia. Sólo el amor nos eleva, nos salva a pesar de su gran imperfección”; y “Al fin y al cabo qué es la vida sino una reflexión y un elemento poético”. La poesía como reflexión, que eleva más allá de lo tristemente cotidiano nuestra vida, que profundiza en ella. Pero es una narración-reflexión que en estas novelas –agrupadas como antes hemos hecho-- aparece apuntalada desde dos tonos fundamentales: el serio, en primer lugar, y el irónico, después. El serio, que implica pérdida (“¿Por qué deseamos de forma superior a su cumplimiento? Este desajuste me ha producido siempre el miedo al vacío, a la nada que hay entre lo que es y lo que podría haber sido”) y el irónico, el que nos cuenta una mentira como una verdad, toda vez que, en su abrirse hacia el futuro, un personaje –una persona— soslaya los obstáculos, y sus deseos, sus sueños, se cumplen casi sin dificultades.
El primer caso nos sitúa frente a dos mujeres ya maduras: en Desde el mirador, una comienza a reflexionar a partir de la enfermedad grave de la madre; entiende esa/la enfermedad como la que “enseña nuestra vulnerabilidad, la exhibe. Publica lo que de verdad somos, unos animales más”. La otra --en El misterio de todos los días-- hace de un alumno suyo el centro de su vida; para ella, todo empieza a girar alrededor de él, entra en otro mundo, en el mundo del muchacho; se le alternan y simultanean dos vidas: la exterior y la interior, la de su mente, y esta última, sentida como verdadera, se realiza con el muchacho, a quien desea. Así, vemos cómo el tiempo es el que marca nuestras relaciones con los demás, porque en la enfermedad está la vejez, y en el amor hacia un muchacho mucho más joven que la narradora, la imposibilidad del acercamiento deseado, el puro deseo de ser, que siempre se queda a medias, en una determinada confusión del pensamiento, porque lo que verdaderamente se quiere no se alcanza: el tiempo concretado en los sueños y en las personas, en sus cuerpos y/o en sus almas no se puede atrapar. El misterio de todos los días es el misterio de la percepción del tiempo en las personas, el misterio de las preguntas cuyas respuestas nos han robado los años. Unos posibles encuentros que el tiempo ha desbaratado en nuestra mente. Al fin y al cabo, una imposibilidad de ser realmente lo que queremos, que es ser.
Nos hallamos, pues, ante una narrativa de interiores propiciados por el exterior, ante una manera interiorizada de vivir, de percibir a los demás, y de percibirse uno mismo, de mantenerse en una
(i)realidad que es nuestra propia y muchas veces frustrante experiencia: “El tiempo siempre se ríe de uno, y uno insiste en que ha vivido intensamente para burlarlo”; “A cierta altura de la vida las cosas que te han ocurrido ya no necesitas inventarlas”. Es decir, quizás todo consista, visto así, en salir de la debilidad, en sobrevivirla; una flaqueza que aparece en el cuerpo, en la vida, en el amor, en la enfermedad, en la memoria, en el tiempo, en los deseos y las frustraciones: en todo lo que se ha convertido, sin que nos demos cuenta, en equivocación, o en itinerario que implica salida en cierto modo falsa, por imposible.
Últimas noticias del paraíso, la reciente novela de Clara Sánchez, sin perder de vista ese camino cabalgado entre lo exterior y la introspección de las otras novelas, en cierto sentido le da la vuelta a ese planteamiento; para empezar, hallamos aquí un cambio en la voz narradora: ya no es una mujer: ahora es un muchacho, Fran, un joven que va creciendo y aprendiendo, y que va analizando la realidad que le ha tocado vivir, en una urbanización a las afueras de Madrid, que es como una ciudad en pequeño (sus pistas de tenis, su piscina, jardines, viviendas unifamiliares, guarderías, colegios, centros comerciales, etc.). Estamos ante un proceso de aprendizaje para la vida, en el que la observación de personas y situaciones se convierte en conocimiento: Fran lo tiene bastante claro: todo lo que observa no va con él, mantiene un desapego, un distanciamiento hacia esa cotidianidad que se le revela como vacía, porque en sí lleva una idea de futuro que quiere ir más allá de esa forma de vida moderna, marcada por la rutina, por los pequeños y grandes engaños, por la superficialidad, por el fracaso de la simplísima, aburrida, existencia. Por eso, su sueño, su deseo, alienta hacia otro norte, hacia una realización cuya imposibilidad es evidente: muchos personajes le dicen que es un romántico, y puede serlo, en el sentido de querer apartarse de lo banal; por eso se pregunta: “¿Por qué lo que realmente gusta no es duradero? ¿Por qué tiende a permanecer lo indiferente, lo que no se desea con el auténtico deseo?”. Y lo indiferente es lo cercano, lo de todo el mundo, aquello de lo que él quiere apartarse, porque un romántico es, según definición de un vecino suyo, “alguien que piensa que los tesoros hay que ir a buscarlos a lugares remotos y que tienen que brillar”.
¿Es posible conciliar esos deseos ideales con la existencia cotidiana? Realmente no. Por eso, Fran se ciñe a su particular actitud: no se mueve, no intenta siquiera salir de ahí: es un indolente, un solitario, un conformista, una especie de gandul que va “aceptando” la práctica de la vida conforme le viene, y mantiene la esperanza de que todo cambiará: “Conseguir lo que se quiere debe de ser muy difícil y al mismo tiempo debe de ser muy fácil si pones todos tus pensamientos a empujar lo que quieres. Así que pienso constantemente en lo que quiero, y aunque no haga nada práctico para lograrlo sé que ya se está poniendo en marcha. (...) ...el mundo está tan lleno de cosas que ¿por qué algunas no van a ser para mí?”. Y lo que quiere es ser adulto, tener dinero, una casa propia, no ir de pedigüeño por la vida, hacer una película aunque no tenga ni idea de cine. En definitiva, el triunfo, pero que se lo den hecho. Y ese triunfo lo va logrando, como por arte de esa magia que él se imagina, en el amor, o, mejor, antes, en el sexo, aunque las relaciones que mantiene con las mujeres le vienen dadas, son ellas quienes las inician o es la casualidad la que propicia estos encuentros. Y esas mujeres le van enseñando que (idea romántica) el amor es el que puede salvar esa existencia. Pero el amor, el auténtico amor, no sólo el sexo; el amor que está en el pensamiento, hecho de cuerpo y alma, de erotismo necesario y falta de rutina, no sólo el abrazo que no permanece en la mente, que es como si no existiera. Fran quiere conseguir el paraíso, o sea, lo contrario de esa su realidad vivida: la urbanización, su madre, el padre que se ha ido, el dentista, el profesor del gimnasio, el videoclub, el autobús... Y el paraíso le es dado: la hermana de su amigo Edu se casa con un mexicano; su amigo se mete en negocios turbios y desaparece, pero le da la llave de un apartamento que tiene en Madrid; allí coincide con su novia, una oriental, Yu, que también acude para ver si Edu aparece; se acuesta con ella; se enamora de ella... Encuentra el paraíso. Pero esta mujer pertenece a otro hombre: está casada con alguien que vive en Taiwan, que la reclama. Ese paraíso se pierde. Llega en su ayuda la fortuna: se hace rico de la noche a la mañana. Ya tiene todo lo que quería: la posibilidad de ir en busca de su amor, que es la salvación, la suya. La venganza se ha consumado.
Esa respuesta a la banalidad de la vida que Fran buscaba le ha sido concedida, es decir, su idea, su pensamiento, ha sido capaz de transformar su realidad. Ahí se quedan todos, con sus fracasos, porque eso que él ha deseado con claridad, la claridad del amor, se ha hecho carne: “No me importan Serafín [el vecino], ni Ulises, ni mi madre, ni mis hijos futuros, ni toda esa gente que me inspira compasión, porque no forman parte del agua que he de beber, ni de la comida que he de comer, ni de los sueños que he de tener. Por el contrario, Yu me colma la boca, los ojos, todo el cuerpo”. Y el dinero le facilita su búsqueda, le abre el futuro. Perfecto.
Pero, ¿cómo ha conseguido todo esto? Por un cúmulo de casualidades exóticas: mafias, negocios sucios, desapariciones, llaves en sobres, vecinos acorralados por misteriosos perseguidores, sótanos laberínticos, muertes, una mujer oriental. Inverosimilitud, final feliz, ironía, el deseo que ha destruido la montaña de la realidad, cine. El paraíso de sus sueños al alcance de la mano.
Desde el drama cotidiano, Clara Sánchez nos introduce en el terreno de la comedia, pero sin perder nunca la compostura en el enfoque narrativo, porque imprime a la novela ese aliento sostenido que produce no una salida de tono, sino la adecuada permanencia del registro utilizado.
La necesaria distancia entre la laguna asfixiante de la urbanización y el cielo amoroso de China en Yu se ha vuelto visible. Y esa distancia se hace palabra en la narración, que nos va acumulando todos estos sucesos de forma que no apreciamos hasta el final su inverosimilitud, su pizca de ironía. Perfecta mezcla de cotidianidad y aventura vital que ha conseguido Clara Sánchez, sin apartarse de una forma de contar próxima al realismo, donde los sueños del interior han transmutado el exterior. El triunfo sobre el tiempo, el triunfo del cuerpo, el triunfo sobre la grosera realidad, el triunfo sobre la llamada ciudad más cotilla del mundo. Un camino original para desvelar esa realidad que nos acosa. Un camino que narrativamente va más allá de lo puramente anecdótico, porque su soporte es una precisa disección de ese mundo moderno que nos atrapa y que nos desindividualiza. Entonces lo vemos claro: esta “Últimas noticias” realiza el camino inverso de las anteriores novelas: ya no es la existencia quien conduce al existente, sin que éste pueda hacer nada por evitarlo; es el existente, es Fran, el que crea su existencia, el que modela su tiempo, el que le da una patada en el culo a la miserable urbanización y a sus habitantes.
En estas novelas de Clara Sánchez, se contempla la vida y al ser humano desde distintas perspectivas, y en ellas el lenguaje y la composición, así como la voz que mira y actúa, son ingredientes fundamentales para hablar de la realidad y los deseos, de los sueños que nos asaltan en esta existencia tan concreta que vivimos y sufrimos. Ese misterio cotidiano, de todos los días, nos sale al paso en estas historias, y su pulso se hace pulso nuestro, tanto en sus fatigas como en sus iluminaciones. Parafraseando a la autora, la novela es lo que la novela hace. Y estas novelas hacen mucho: hacen lectores y hacen vida.
                                                                                 Bernardo Ríos

PRENSA. LITERATURA. CLARA SÁNCHEZ, Premio Nadal 2010


Clara Sánchez en la entrega del Premio Nadal 2010

La escritora Clara Sánchez es la reciente ganadora del Premio Nadal. Reproducimos a continuación dos artículos que, en "El País", hablan de la autora y de su obra:

Un 'thriller' psicológico gana el Nadal
Clara Sánchez narra una historia de nazis en 'Lo que esconde tu nombre'.
CARLES GELI

La temática nazi nunca pasa de moda y da buen abrigo, como pocos argumentos, al thriller y al juego psicológico. Y en este último ámbito la escritora Clara Sánchez se mueve desde hace casi 20 años muy bien. La incorporación de esos dos géneros a la historia de un superviviente del campo de Mathausen y de una joven desorientada que se cruzan con un viejo matrimonio de nazis en Lo que esconde tu nombre es lo que permitió ayer a la autora castellana alzarse en Barcelona con el 66 Premio Nadal de novela y los 18.000 euros que lo acompañan.
Sólo ese dinero hizo compañía a Sánchez en el estrado cuando recogió el Nadal porque, quizá consecuencia de la crisis económica, en la noche de regreso del galardón más antiguo en activo de las letras españolas al que fuera histórico Ritz (hoy Palace) no se declaró por vez primera finalista, con el consecuente ahorro para la editorial convocante, Destino, de los 6.000 euros.
Un substrato de base real (la presencia de antiguos miembros nazis refugiados en el anonimato de la costa mediterránea española) dan pátina de verosimilitud a Lo que esconde tu nombre, como es habitual en la producción de Sánchez (Guadalajara, 1955): unos anclajes en el realismo para autorizar el buceo, la introspección en la vida de las personas.
En la obra, tres personajes permiten ese juego psicológico a la autora. Por un lado está Julián, octogenario superviviente de Mathausen, que retoma la labor de un amigo suyo que dedicó toda su vida a perseguir a los nazis que los torturaron. Siguiendo esas pistas está un anciano matrimonio alemán afincado desde hace años en un apartamento de la costa alicantina. Con esa en apariencia venerable pareja trabará cierta relación una joven embarazada que ha decidido quedarse unos días en el chalet de su hermana para reflexionar qué hacer con su vida. Julián la pondrá sobre aviso y le confesará que una red de nazis le presionan para que olvide el tema.
El cruce de vidas que mueve la novela es un clásico en la producción narrativa de Sánchez, que gusta de dar gran calado intimista a sus obras, algo que ya se entreveía en Piedras preciosas, el libro con el que debutó en las letras en 1989 esta filóloga, antigua profesora universitaria y actual colaboradora de EL PAÍS . No es distinta la noche (1990), El palacio varado (1993), Desde el mirador (1996) y El misterio de todos los días (1999) precedieron a Últimas noticias del paraíso (2000), con la que consiguió el premio Alfaguara de novela y un reconocimiento definitivo de crítica y público.
El asentamiento en su faceta de escritora le permitió dedicarse casi exclusivamente a esa labor y a su otra gran afición, el cine, que la llevó a ser una asidua al programa de TVE Qué grande es el cine.
Hasta la novela de ayer, Un millón de luces (2004) y Presentimiento (2008) completaban la producción de Sánchez y asentaban su juego constante entre los real, lo psicológico y lo onírico, así como un ritmo narrativo que, sin perder agilidad, no excluye el pausado estilo narrativo que requieren muchas veces la reflexión introspectiva.


Sencillo, directo y profundo

JOSÉ MARÍA GUELBENZU

La sensación que transmite el trato con Clara Sánchez es la de que sus novelas se parecen mucho a ella. No me refiero, naturalmente, a que sean más o menos autobiográficas sino a que existe una relación directa entre su modo de ser y su estilo literario. Todas sus novelas están cargadas de cotidianeidad y quien se acerca a ellas siente en apenas unas cuantas líneas que le están hablando de problemas que le pertenecen, que le resultan cercanos: es un gancho que funciona muy bien porque establece muy pronto la relación con el lector. La novela que me puso sobre la pista de una escritora con personalidad propia fue El palacio varado; cuenta cómo una mujer que mira a su hija de pronto se encuentra recordándose a sí misma a esa edad y comienza a narrar su propia vida en primera persona; el juego que se establece a partir de ahí (habla desde su presente joven, pero quien recuerda es la mujer madura) llenaba de matices una historia en la que empezaban a manifestarse las prioridades literarias de la autora; en primer lugar, la vulnerabilidad de la gente, encarnada en sus personajes, gente de tipo medio que por alguna razón cobra conciencia de que se encuentra en ese mundo que responde a la famosa frase de Marx: "todo lo sólido se desvanece en el aire". Junto a la vulnerabilidad, se encuentran la inseguridad y la incertidumbre. En realidad, éstos son los sentimientos por los que transcurre la obra de esta escritora a la que yo no dudaría en calificar de sentimental en el sentido más noble de la palabra. Es también una escritora que bordea constantemente el costumbrismo, por los mundos en los que transcurren sus historias y porque la cotidianeidad de nuestro tiempo es siempre el escenario. En algunos casos ese costumbrismo se acentúa, por ejemplo en Últimas noticias del Paraíso, la historia de formación de Fran y su relación con su amigo Eduardo, y lo mismo puede decirse de Un millón de luces mientras que en otras, como Presentimientos, que sigue siendo intimista, sentimental, cotidiana, se carga más el acento en la situación entre sueño y realidad por la que deambula Julia de resultas de un accidente. Pero aquí está justo el encanto especial de su escritura, porque siempre logra velar sus relatos con un punto de misterio, el punto de misterio que perturba esa cotidianeidad y hace que su estilo, siempre sencillo y directo, coja una altura característica que la define y la identifica, marca de la casa. Porque el estilo de Clara es, en efecto sencillo y directo, pues la profundidad está buscada en los comportamientos. Ella misma se preguntaba, ante la escritura de Presentimientos: "¿Qué ocurriría si de pronto me quedase sin nada de lo que me rodea?". Ahí están la vulnerabilidad, la inseguridad y la incertidumbre. Y también la respuesta: sobrevivir. Ella, como escritora, ha sabido sobrevivir y acaba de alcanzar uno de los pocos premios con verdadero pedigree de este país: el premio Nadal.

lunes, 3 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA: "Medea", por Clara Sánchez



(En el centro, Medea, de Eugène Delacroix. A la derecha, la escritora Clara Sánchez)

Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos.

Comenzamos con el personaje de MEDEA, en el artículo de Clara Sánchez titulado Unidos por el Vellocino de oro:


En un cuadro de Eugène Delacroix, Medea aparece matando a sus dos hijos con un puñal. Podría tratarse de una de las desgraciadas noticias que alguna vez asaltan los telediarios, una mujer mata a sus hijos para escarmentar al marido, y que nos produce mayor escozor y rechazo que otras de la misma dimensión. Nos parece lo último en el escalafón criminal. Así que, partiendo de aquí, el resto de muertes cometidas por esta grande de la tragedia griega ya no nos sobresaltará. En la pintura lleva corona, lo que indica un rango noble, pero va desnuda de cintura para arriba, lo que le da un cierto aire salvaje. Y es que Medea a los ojos de los atenienses es una bárbara, una extranjera, hija del rey Eetes del remoto país de Cólquide, que el mito sitúa “al este del Sol y al oeste de la Luna”. El padre de los niños es el griego Jasón, que con los argonautas llega a Cólquide en busca del Vellocino de Oro tras pasar por mil aventuras que bien que mal ha ido superando.Cuando este muchacho espléndido y valiente, un héroe, que ese día “estaba aún más bello que de costumbre”, se presenta ante Eetes solicitándole el Vellocino, Medea lo ve y se enamora locamente de él. La duda es si Jasón se enamora con la misma intensidad de ella o si se deja querer y ayudar, si se trata de una parada más en su camino hacia el objetivo final: conseguir el dichoso Vellocino, para conseguir un reino. Y, por el contrario, lo que debe de ocurrirle a Medea con Jasón es más o menos lo que nos sucede a todos cuando nos incorporamos a la vida de otra persona, que tenemos la engañosa sensación de que su historia acaba de comenzar con nosotros. Grave error porque, si toda historia y toda vida proceden de otra, la de Jasón se remonta a la intrincada de su padre, Esón, cuyo reino de Yolco le arrebató su hermanastro Pelias. Esón, temiendo que matasen a su hijo, se lo confió al centauro Quirón, que como es de suponer no lo iba a educar en un salón, sino en plena naturaleza, donde Jasón aprendió a luchar, a sobrevivir y a ser fuerte. Hasta que al cumplir veinte años decidió ir a reclamar a su tío Pelias el trono que por derecho propio le correspondía. Por venir del medio en el que vivía, Jasón se presentó en Yolco vestido con una piel de pantera y una lanza en cada mano, lo que debía de darle un aspecto imponente. Ah, y una sola sandalia, lo que le daba un aspecto inquietante, pues a su tío le habían vaticinado que tuviese mucho cuidado con los que llevaban una sola sandalia, un detalle bastante intrigante por el que pasaremos de largo para no perdernos por los vericuetos de la mitología. Pero Pelias, para recuperar el trono y sobre todo para deshacerse de su inoportuno sobrino, le impuso como condición encontrar y llevarle el Vellocino de Oro, uno de esos extraños objetos de deseo que ha hecho a los hombres de cualquier época salir de su casa y conocer mundo. Éste en concreto estaba bien protegido por un dragón en un bosque sagrado de Cólquide. Allí, el padre de Medea lo había colgado de una estaca en ofrenda a la diosa Ares. De modo que Jasón se puso de inmediato manos a la obra para reunir a los mejores hombres de Grecia y emprender el viaje de los héroes.
La idea de convertir en oro la lana de un carnero es deslumbrante. Si además a esta rareza se la rodea de peligros se volverá irresistible. La explicación de su origen es igualmente maravillosa y procede de un drama familiar. Dos niños, Hele y Frixo, estaban a punto de ser sacrificados por la insidia de su madrastra cuando un carnero alado de oro los recogió y se los llevó volando. Durante el viaje, la niña, Hele, se mareó y cayó en el mar, en el lugar llamado desde entonces Helesponto, mientras que Frixo llegó hasta Cólquide, donde el rey Eetes lo acogió. En gratitud a Zeus sacrificaron el carnero prodigioso y el rey colocó su tentador vellón en el bosque. Sólo los dioses sabían que tiempo más tarde precisamente un hijo de Frixo, Argo, construiría la embarcación en que Jasón y los argonautas conseguirían llegar a Cólquide y al Vellocino.
Y aquí están. Nada más les queda apoderarse del Vellocino para terminar con esta historia. Pero entonces, de entre las sombras de esa tierra lejana y desconocida, surge una mujer en la flor de la vida, Medea, que experimenta una atracción fatal por Jasón, una atracción que la lanza a hacer cosas terribles. Con él “tocaré las estrellas”, exclama este síndrome viviente del amor excesivo. Pero, ¿quién es Medea, aparte de saber que tiene los escrúpulos de una psicópata a la hora de vengarse o de quitarse de en medio a quien le estorba?; también sabemos que es hechicera, y así la representó el arte griego en muchas ocasiones colocándole como atributo una caja con filtros mágicos. Por supuesto, Medea utiliza los poderes sobrenaturales para sus fines, tanto buenos como malos. Es más, no parece pensar en términos de bien o mal, sino de resolver la situación del momento, del instante que pasa y no volverá, de resolverlo de la forma más favorable a sus exigencias, y para ello usa todos los recursos a su alcance.
Demasiado amor que, por lo pronto, no le viene nada mal a Jasón para lograr su meta. Digamos que la relación se aborda desde dos puntos de vista distintos. Para él, Medea es un eslabón más en su aventura, mientras que la de ella comienza con Jasón. De hecho, Medea entra con fuerza en la mitología a partir de él. De no haber sido por su amor loco, ni Eurípides ni siglos más tarde Séneca hubiesen escrito una tragedia sobre ella, ni varias más griegas y latinas, tampoco lo habría hecho Ovidio en sus Metamorfosis, ni seguiría habiendo versiones contemporáneas, ni su figura continuaría interesando tanto. Es como si hubiera permanecido en la oscuridad hasta que Jasón la enciende por dentro y empieza a brillar en medio de la noche. Y se siente encantada (“no es la ignorancia lo que me aleja de la verdad, sino el amor”) de poder echarle una mano, aunque sea en contra de su propio padre, que impone a Jasón algunas pruebas como condición para entregarle el Vellocino.
Las pruebas que han de superar los héroes clásicos están tan salpicadas de color y exotismo que merece la pena hablar un poco de ellas. Su dificultad y encanto son comprensibles incluso para hombres que han visto estallar la bomba atómica y que han llegado a Marte. Una consiste en ponerles el yugo a dos impresionantes toros de pezuñas de bronce, que despiden fuego por la nariz para arar con ellos un campo y sembrarlo con los dientes de un dragón. Lo que Jasón no sabe es que esos dientes crecerán como hombres armados que tratarán de matarle. Menos mal que ahí está Medea para allanarle el camino proporcionándole un ungüento que lo hará invulnerable al fuego de los toros y aconsejándole que arroje una piedra en el centro de esos guerreros surgidos por generación espontánea para que se peleen unos contra otros. Luego está el dragón inmortal que custodia el bosque y que Medea adormece mediante un encantamiento. Situación que nos hace imaginarnos a Jasón mano sobre mano mientras ella pronuncia el hechizo. Qué mujer esta Medea, cómo se trabaja el amor de Jasón, no se queda a verlas venir, sino que actúa, se la juega. Más aún, desde que Medea ha entrado en acción, aquel héroe, jefe nada menos que de los argonautas, nos está pareciendo un consentido. Si no fuera por los crímenes que se le atribuyen, Medea nos caería bien. Es el reverso de los cuentos de hadas en que el príncipe salva a la princesa. Aquí es ella la que le salva a él, y es ella la que vence al dragón. El auténtico vellocino de oro para Medea es Jasón, y su reino es Jasón y está dispuesta incluso a huir con él en la nave Argos, perseguidos por su propio padre. Lástima que, simplemente para retrasar a sus perseguidores, sea capaz de matar a su hermano Apsirto y arrojar sus miembros al mar, obligándoles así a detenerse para recogerlos.
Según se toma las cosas Medea, esta travesía de unos cuatro meses plagada de peligros debe de ser una maravilla. Está con su amor, ¿qué más quiere? De los muchos obstáculos que en ese tiempo tienen que vencer podemos escoger a Talos por ser un hallazgo casi de ciencia-ficción. Frente al dragón convencional, éste es un monstruo mecánico, construido de metal por el dios herrero Hefesto, que recuerda bastante a un robot. Se encargaba de disuadir a los navíos extranjeros que se acercaban a Creta arrojándoles enormes rocas y no había forma de acabar con él, salvo por un punto, una vena del tobillo protegida por una gruesa capa de piel. ¿Adivinan quién logra que él mismo se mate golpeándose el pie contra las rocas? La abnegada Medea, que no vive para otra cosa que para quitarle obstáculos de en medio a su amado.
Y por fin llegan con el Vellocino a Yolco, adonde seguramente Pelias no esperaba que Jasón regresara jamás. Pero así son estos héroes. Salen de casa, realizan su hazaña y vuelven, aunque en este caso con compañía y puede que brevemente. Aquí nos damos cuenta de que el amor de Medea por Jasón ha derivado en fanatismo, de otra forma no se entiende que maquine una manera tan retorcida de cargarse a Pelias y vengar así a su marido. Medea finge odiar a Jasón para meterse en casa de las hijas de Pelias donde hace la demostración de rejuvenecer a un carnero muy viejo. Ovidio, con su maravillosa forma de describir las situaciones, relata con todo detalle cómo le atraviesa la garganta y luego hierve los miembros del animal en unos poderosos jugos hasta que del interior del caldero se oye un tierno balido y un corderillo sale trotando. Lo que sigue es fácil suponerlo. Medea convence a las incautas para que hagan lo mismo con su padre. Sólo que en esta ocasión del caldero no sale nadie. Lo peor de todo es que parece que Medea le haya tomado gusto a eso de matar, y lo que nos extraña es que Jasón no esté preocupado; claro que en otras versiones ni Jasón es tan buen chico, ni ella tan mala. Después de esto, el hijo de Pelias destierra a Medea y a Jasón, que se refugian en Corinto. Parece que allí viven tranquilos unos años y tienen dos hijos, hasta que el rey Creonte, que no tiene descendencia masculina, pone sus ojos en Jasón como marido de su hija Creúsa y sucesor suyo. El bueno de Jasón acepta y se casa en secreto.
En este punto arranca la tragedia de Eurípides. Medea está muy enfadada, colérica. Y no es para menos, ha perdido su patria y ese amor por el que lo abandonó todo. Además ha de marcharse con sus dos hijos por esas tierras de Dios, puesto que Creonte no se fía de lo que pueda hacer una mujer despechada con poderes mágicos y la destierra. No es de extrañar que con razón Medea exclame: “Ay, ay, para los mortales qué horrible es el amor”. Dicho fríamente, Jasón ha encontrado un partido mejor y le da la patada a Medea y de paso a sus hijos. Además, se ha vuelto un cínico, lo que la altera mucho más. Para nosotros, espectadores del siglo XXI, no puede parecernos normal que al resto de personajes de la obra les parezca normal lo que Jasón ha hecho, pero es que en aquella época era normal hacerlo. Hablamos del siglo V antes de Cristo, el gran siglo de Pericles, en que Atenas se puso a la cabeza de las artes. Sin embargo, se podría decir que las mujeres sólo salían del gineceo, donde prácticamente vivían recluidas, para entrar en las leyendas y tragedias como personajes de ficción desgarrados por la fatalidad. Las de carne y hueso, salvo casos contados, eran invisibles de puertas para afuera de la casa y su función principal era la reproducción. A esto debe de referirse Jasón cuando en la tragedia de Eurípides le dice a Medea: “Los mortales deberían engendrar sus hijos por cualquier otra vía sin necesidad de las mujeres”. En lugar de mujeres reales, hasta nosotros han llegado Clitemnestra, Electra, Mirra, Pasifae, Fedra o Medea envueltas en un huracán de parentescos divinos, pasiones, profecías, incestos y crímenes. En ese extraño mundo de seres divinos, semidivinos y humanos, en que nada más parecen rescatarnos de nuestras miserias los prodigios que somos capaces de imaginar, Medea ha tenido una larga vida. Su figura sigue atrayendo por sentirse fuera de juego como mujer y como extranjera oprimida, como alguien que llevada al límite puede hacer cualquier cosa. Puede que nada más sea una loca a través de la cual cuestionar a la sociedad.
Las mujeres no llegaron a pertenecer a la polis en sentido pleno, porque eran consideradas criaturas que se regían por el instinto y no por la razón, criaturas que nunca alcanzaban la mayoría de edad y que debían tener un dueño, un varón que las tutelase. En este contexto social, el marido era libre de repudiar a su esposa sin tener que justificar absolutamente nada y cuando le viniera en gana, incluso podía casarla con otro. Pero Medea es una extranjera y no está acostumbrada a estas leyes tan civilizadas. La situación le parece humillante, injusta, y se rebela. Jasón le viene a decir que es tonta por no avenirse a las decisiones de los poderosos. No sabemos cómo a Jasón no se le ocurrió pensar que del mismo modo que le había vengado a él matando a Pelias podía ingeniárselas para vengarse a sí misma. Y, en efecto, lo hace. Su próximo acto está dirigido a eliminar a Creonte y a su hija con un odio más maduro y profundo, que la vuelve más creativa que nunca en el arte de matar, más refinada. Resuelve enviar a sus hijos a su enemiga Creúsa, so pretexto de que les permita quedarse en Corinto con ella y su padre, con un bello regalo, un velo muy fino de vivos colores y una corona de oro. Lo que nadie sabe es que velo y corona están impregnados en veneno. Como es previsible, Creúsa corre a un espejo para ponérselos y admirarse, y es entonces cuando Eurípides dibuja una espléndida escena de auténtico terror, con efectos especiales incluidos, en donde la corona y el velo actúan como si tuviesen vida propia. Ella perece envuelta en llamas, y al acudir su padre a socorrerla el velo lo atrapa y se agarra a su cuerpo.
Medea, no contenta con esta exhibición mortífera de sus poderes y su odio, maquina el único crimen que continuamos sin perdonarle, el que nos salta a la cara como un bofetón, el más incomprensible, el que la sitúa en el lado de la enajenación mental. Es el asesinato de sus dos hijos para mortificar a Jasón. Sin embargo, el que en una madre era un acto contra natura, en un padre era un derecho, puesto que su autoridad sobre los hijos y la esposa era total, como si no fuese igual de criminal que otro héroe mítico, Agamenón, sacrificase a su hija Ifigenia.
A pesar de que Medea no existiera realmente, sí que era real la imaginación de aquellos poetas que la hicieron inmortal a imagen y semejanza de su visión del mundo y de la mujer.

jueves, 16 de julio de 2009

PRENSA. LECTURA. "Socorro", relato de Clara Sánchez

En "El País" aparece ¡Socorro!, relato de Clara Sánchez que reproducimos a continuación:

Sentado en una de esas sillas altas para socorristas en la playa, sostenía unos prismáticos. Llevaba el pelo corto negro y de punta, una camiseta blanca ajustada que le marcaba los pectorales, bermudas rojas, las piernas afeitadas. Aunque aparentaba muchos menos, Quique tenía ya 35 años y una vida detrás no todo lo maravillosa que hubiese querido. Fue barriendo con los prismáticos la orilla y luego más adentro hasta que se detuvo en una pareja que jugaba a hacerse aguadillas. A esas horas de la mañana, la playa ya era un hormiguero. Y él pensaba que aquella gente dependía de él, desde los niños a los ancianos. Pensaba esto sin apartar los ojos de la pareja. Los enfocó mejor. Él conocía a aquel tío. La mujer, una chica de veintitantos, le empujó la cabeza con la mano y lo hundió. Estuvo abajo unos segundos y, cuando salió y estiró el cuello sobre el agua, lo pudo ver bien: el pelo negro ensortijado, que solía peinarse estirado para atrás, la barba reluciente, la nariz grande como si tuviera que respirar por tres o cuatro, y ojos pequeños y vivos de sabérselas todas. Se llamaba Germán. Y Germán era el culpable de que ahora estuviese subido en esta silla tan alta y lo pudiera observar como si fuera Dios.
La chica saludaba con un brazo. No, la chica parecía que pedía ayuda. ¿Le estaría ocurriendo algo a Germán, al mismo que se las había hecho pasar canutas a Quique cuando empezó a no pasarle clientes y a arrinconarle en el trabajo?
Ahora, la chica en el mar no sabía cómo ayudarle a respirar. Lo puso boca arriba e intentaba empujarle hasta la orilla. El problema era que se habían alejado demasiado y que Germán era muy grande y ancho y poco manejable.
Germán se lo puso tan difícil que Quique tuvo que hacer terapia para recuperar la autoestima, dejar la empresa en la que llevaba desde que terminó la carrera y cambiar de vida. Se convirtió en un deportista y decidió que se dedicaría a algo que tuviera que ver con salvar a los demás.
Evidentemente, Germán se estaba ahogando y la chica gritaba. Un bañista se dio cuenta y empezó a nadar hacia ellos. Nadie tenía la culpa de que Germán no se hubiese cuidado más. Mucha comilona y mucha mala baba. Las aguadillas habían podido con él. Alguien le avisó desde abajo de que ocurría algo grave. Quique descendió lentamente los peldaños y se dirigió al grupo de gente que rodeaba a Germán, tumbado en la arena. Esperaba no tener que hacerle el boca a boca. Pidió ayuda por el móvil y se abrió paso hacia él. Le tomó el pulso. No había nada que hacer.
¿No va a reanimarle?, gritó la chica llorando. Es inútil, contestó Quique. ¿Inútil?, dijo un bañista, este hombre estaba ahogándose y usted no hizo nada. Ya me encargaré yo de que le quiten el carnet de socorrista.
Está bien, pensó Quique mirando fijamente los ojos sin vida de Germán, puede que consigas amargarme la vida una vez más, pero será la última.

lunes, 29 de junio de 2009

PRENSA. 29 junio 2009

En "El País".

1. Fin de la permisividad. Reportaje. La crisis económica pone al descubierto los excesos de empleados y directivos. Las investigaciones de estafas que antes pasaban inadvertidas se han disparado. La recesión entierra el modelo del 'todo vale' y obliga a establecer más controles.

2. "Alégrame el día, Madoff". La izquierda en el poder no se anima a acabar con quienes han sido los auténticos responsables de la actual crisis. Banqueros avarientos y políticos truhanes aguardan su resurrección. Artículo de José María Izquierdo.

3. La pública no cubrirá la demanda del nuevo 'master' para profesores. 50.040 titulados realizaron este año el CAP, al que sustituye este curso. En las universidades privadas costará hasta nueve veces más caro.

4. La abuela de los títeres. Reportaje. El grupo La Tía Norica restaura sus piezas y prepara estrenos.

5. Dos corazones. Columna de la narradora Clara Sánchez.