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viernes, 8 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre el amor (y sus libros). Manuel Cruz

Manuel Cruz

   En "El País":

La vida imposible

El amor tiene dos enemigos: la banalización y la incomprensión de quienes lo consideran una rareza

 28 FEB 2013

La vida, en sentido fuerte, es aquello que transcurre entre dos franjas de experiencia. Una es la que caracteriza a la infancia e incluso, si se me apura, a la primera juventud, y vendría definida por el descubrimiento, por el encuentro con el mundo, sus habitantes y sus objetos. Es una etapa que, en caso de tener que quedar representada por algunas frases, sería por aquéllas con las que saludamos el regalo de la permanente novedad que la vida tiene a bien ofrecernos en esos años: “es la primera vez que…”, “nunca antes me había ocurrido esto”, “jamás había probado…”, “ignoraba que hubiera este tipo de personas”, “no pensé que existieran lugares así”, etcétera.
La otra franja, en la que uno se adentra, de manera inexorable, con la edad tiene el signo, en cierto modo opuesto, de la despedida. El abandono de la vida, aunque se produzca ineludiblemente en una fecha concreta, es en realidad el gradual irse despidiendo del mundo, sus habitantes y sus objetos. Tal vez nadie haya expresado esta melancólica percepción con la hiriente dulzura con la que supo hacerlo Jorge Luis Borges en su poema Límites al escribir versos como “hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar”, “hay un espejo que me ha visto por última vez” o, en fin, el memorable “entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos) / hay alguno que ya nunca abriré”.
Repárese en que el gran escritor argentino no mencionaba aquello que sin duda más hondo dolor produce cuando lo pensamos: la idea misma de ver por última vez a las personas a las que amamos. No pretendo insinuar descuido o ligereza por su parte (de hecho, en otro momento había proporcionado la clave de este asunto, al afirmar, con su proverbial manera de deslizar afirmaciones demoledoras con la más suave de las envolturas: “… no sé nada. Imagínese que ni siquiera sé la fecha de mi muerte”). Quizá la aparente omisión de lo amoroso en el poema borgeano perseguía resaltar, en su ausencia, precisamente la centralidad de la dimensión personal. Es cierto que la experiencia de la muerte nos viene anticipada a lo largo de la vida por diversos medios desde mucho antes de su efectiva arribada. El abandono por parte de quienes hasta ayer mismo declaraban amarnos locamente, las pérdidas de todo tipo, los variados rechazos de los que nunca dejamos de ser objeto o incluso el ir siendo lentamente relegados en el propio entorno al adentrarnos en la vejez (el inexorable dejar de contar que asciende como una poderosa marea de olvido que termina por engullirlo todo) nos proporcionan los elementos con los que construir una representación veraz de lo que significa ese gran caer en la nada que es la muerte.

Ha estallado la articulada unidad entre sexualidad, sentimiento y proyecto de vida que constituía la especificidad del amor
Ninguna objeción, por tanto, a quien observara a lo que se acaba de señalar que uno puede descubrir hasta el final de sus días, de la misma manera que nunca sabe cuándo disfrutará de un libro o de la compañía de una persona por última vez, o que uno abandona y es abandonado desde bien temprano, constituyendo dicha experiencia precisamente uno de los rasgos más definitorios del ser humano. En efecto, descubrimiento y despedida en cierto modo entretejen por entero nuestra existencia, pero no hasta el punto de que cuestionen el modelo que empezábamos planteando. Lo que de veras pone severamente en cuestión la imagen de las dos orillas de experiencia (y, en consecuencia, de la vida como la travesía del caudaloso cauce que separa la una de la otra) es la irrupción del amor. Cuando ello ocurre, ambas calidades de experiencia parecen anudarse de manera tan íntima y mágica que en ocasiones puede dar la impresión de que se hubieran fundido en una sola. Con lo que llegamos, por fin, al objeto de la presente nota.
Un hilo secreto vincula los ensayos aquí citados. O tal vez sería mejor decir que una misma perplejidad profunda parece haber impulsado a sus respectivos autores a escribirlos. Lo que parece unirlos (tanto a los autores como a los libros) es la cuestión acerca de cómo puede ser que esa situación que la mayor parte de seres humanos asocia a la intensidad que colma por completo el anhelo de felicidad que nos atraviesa resulte, al mismo tiempo, la experiencia que más hondamente nos puede hacer sufrir, la que puede originar en nosotros la más profunda pena, la que en ocasiones nos deja abatidos en una tristeza sin consuelo.
De los libros referenciados es el de Illouz el que de forma más explícita (a tal punto que incluso está presente en su mismo título) plantea la cuestión, y lo lleva a cabo, por supuesto, con la solvencia y la brillantez que caracterizan a su autora. Pero no otra cosa plantean en el fondo, cada uno de ellos desde su propia perspectiva, Alain de BottonLuc FerryAlain Finkielkraut y Stascha Rohmer en sus respectivos textos. Así, mientras para este último el amor es el fundamento de la posibilidad de la existencia individual e histórica (o, formulado con un poco más de énfasis, “el amor actúa como un cimiento de la existencia humana”), para el exministro de Educación Nacional de Francia este sentimiento se ha convertido en nuestro tiempo en la primera fuente del sentido de la vida, que requiere ser interpretado desde una nueva filosofía (lo que denomina “segundo humanismo”). Por su parte, la opción de Finkielkraut es la de adentrarse en los recovecos de lo amoroso (de la ilusión romántica al resentimiento del desamor) desde el ángulo de la literatura, en tanto que Alain de Botton prefiere, como forma de proyectar inteligibilidad sobre el fenómeno, aplicarse a una descripción casi fenomenológica de las reflexiones y pensamientos del enamorado.
No son fáciles para el amor los tiempos que nos está tocando vivir: de ahí que se escriba tanto sobre él últimamente. Y no son fáciles porque en esta ocasión, a diferencia de otras anteriores, los ataques que sufre la experiencia amorosa proceden de más de un frente. Por un lado, no cabe ocultar que el propio hilo conductor al que aludíamos poco más arriba, el desgarrado contraste al que tradicionalmente se asociaba dicha experiencia, ha empezado a ser un mero flatus vocis para muchos. La banalización, que corroe como una voraz termita el entero edificio de la visión del mundo en la que residíamos, parece estar devorando con particular ahínco todo lo relacionado con el amor. Con el agravante de que el derrumbe del edificio amenaza con dejar tan intactos como inservibles los diferentes elementos que lo componían. Ha estallado aquella articulada unidad, rica y compleja, entre sexualidad, sentimiento y proyecto de vida que constituía la especificidad del amor y que proporcionaba el combustible de ilusión a los enamorados, incapaces de soñar mayor felicidad que la de una existencia compartida.

Yerran por completo quienes se obstinan en interpretar el amor como excepción, anomalía o rareza
En el gran supermercado de la sociedad de consumo se publicita por doquier que el cliente (o sea, todos nosotros) puede encontrar a su disposición cualquiera de los tres elementos por separado y a mejor precio (¡cuando no en oferta!). Otro engañoso espejismo más de este mundo posmoderno de nuestros pecados. Porque de la misma forma que la mera yuxtaposición de piezas no da lugar a una maquinaria, así tampoco la satisfacción separada de impulsos y necesidades podrá nunca proporcionar una felicidad comparable a la que proporciona el dispositivo amoroso. Parafraseando la célebre afirmación del gran fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson, según la cual la fotografía “coloca el ojo, la cabeza y el corazón a un mismo nivel”, así también cabría sostener que el amor es la única instancia capaz de alinear los tres niveles o elementos señalados (amor, sentimiento y proyecto de vida), que nuestra sociedad actual parece empeñada en que materialicemos por separado.
El segundo frente desde el que se ve atacado el amor en nuestros días no pasa por devaluar —a base de banalizarlo— el íntimo conflicto que lo constituye, sino por tratarlo inadecuadamente. Es lo que ha venido ocurriendo en todas las ocasiones en las que la experiencia amorosa ha sido tomada poco menos que como el paradigma de lo impensable (fatalidad o destino en el peor supuesto y fortuna o prodigio en el mejor). Tal vez porque se interpretaba, de forma totalmente errónea, que pensar y racionalizar constituían una sola y misma realidad. No es así, y los libros señalados cumplen, con nota, la tarea de arrojar luz sobre el estupor de los enamorados, de aportar elementos para resistir a la tentación, a la que con tanta insistencia se nos invita en estos tiempos, de que abandonemos el único lugar en el que —de verdad, de verdad— merece la pena vivir.
Aquí es a donde, finalmente, quería venir a parar. El amor es la condensación de la vida, representa su esencia más perfecta. Como ella, está amasado de goce y de tormento, de asombro y de decepción, de ilusión y de miedo. Todo ello en proporciones excepcionales, casi inhumanas (con toda probabilidad sea ésa la razón por la que con tanta frecuencia se siente la tentación de hablar del amor como si se tratara de un auténtico milagro). Pero yerran por completo y, en consecuencia, apenas nada entienden acerca de él quienes se obstinan en interpretarlo como excepción, anomalía o rareza (o cualquiera de sus variantes más celebradas: “imbecilidad transitoria”, “locura transitoria”, etcétera). Lo que hace que la existencia se nos convierta en insoportable cuando lo perdemos o en un delirio increíble de felicidad cuando disfrutamos de él no es su naturaleza, sino su escala. Quítenselo de la cabeza: el amor no es lo otro de la vida. Es, simplemente, demasiada vida.
Amor, el porvenir de una ilusión. Stascha Rohmer. Traducción de Gabriel Menéndez Torrellas. Herder. Barcelona, 2012. 215 páginas. 19,80 euros.
Del amor. Alain de Botton. Traducción de Juan José del Solar. RBA. Barcelona, 2013. 254 páginas. 18 euros.
Por qué duele el amor. Eva Illouz. Traducción de María Victoria Rodil. Katz Editores/Clave Intelectual. Buenos Aires/Madrid, 2012. 364 páginas. 19 euros.
Sobre el amor. Luc Ferry. Traducción de Núria Petit Fontserè. Paidós. Barcelona, 2013. 218 páginas. 19,90 euros.
Y si el amor durara. Alain Finkielkraut. Traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez Paños. Alianza Editorial. Madrid, 2013. 132 páginas. 16 euros.
Manuel Cruz es autor de Amo, luego existo. Premio Espasa de Ensayo 2010 (2ª edición: 2012 en Austral). Este texto está dedicado a Antonio B.

jueves, 11 de octubre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Del amor", por Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":

 24 SEP 2012

¿Y qué decir del amor por un país extranjero? Parece una especie de nacionalismo al revés: lo Distinto encanta, lo Idéntico aburre, lo Otro exalta… Llevo años enamorándome de lo extraño, y este septiembre no ha sido la excepción: septiembre viajero en el que vi lugares foráneos, mientras releía a fondo El gran Gatsby (Anagrama), gran historia de amor.
"A mí me habían invitado de verdad", dice en ella Nick Carraway, el narrador. Y ahora juraría que, como si se tratara de un lugar foráneo, es la propia novela de Scott Fitzgerald la que me invita a hablar aquí del amor. En ella hay una frase bien extraña que recientemente comentó con agudeza Siri Hudvest en Una súplica para Eros (Circe): aparece en la escena en la que Carraway, a petición de Gatsby, ha invitado a Daisy a su casa para que así los antiguos amantes se reencuentren; cuando eso ocurre y Nick les quiere dejar solos, ellos se resisten a que se vaya. "Tal vez mi presencia les hacía sentirse más satisfactoriamente solos", escribe Nick.
¿Qué puede significar ese "satisfactoriamente"? Para Hudvest expresa la idea de que el amor, para existir, necesita ser visto. Posiblemente, una pareja la componen tres personas. Y quizás estar enamorado sea un estado tan inenarrable que solo un testigo pueda transformarlo en creíble, real.

Es sinónimo de incendio y noche rusa, pero también de absurdo y, por supuesto, de humor
El amor, está claro, es el único sentimiento que introduce la idea del otro, el único que nos permite escapar de la trampa de la identidad propia, de lo neuróticamente abocado a uno mismo. ¿Será verdad que uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única? Aquí no sabría qué decir. ¿Y es cierto que solo nos atraen las historias de amor infelices? A esto puedo responder que se trata de un tópico que desmontan novelas como Ada o el ardor, de Nabokov, donde sin cesar los enamorados son inteligentes y, encima, desenfrenadamente felices, y nosotros leemos la historia con notable entusiasmo. ¿O no?
¿Amor y belleza son conceptos idénticos? Quizás sí, pero tampoco está tan claro. Stendhal, por ejemplo, viaja por Italia y se enamora de ese país con tal fuerza que su coup de foudre adopta el rostro de una actriz que canta en Ivrea el Matrimonio secreto de Cimarosa; esta actriz tiene un diente delantero roto, pero la verdad es que eso importa poco para el coup de foudre. ¿O no nos acordamos ya de que Werther se enamora de Carlota, entrevista por una puerta mientras corta rodajas de pan para sus hermanitos, y esa primera visión, aunque trivial, le conduce a la más fuerte de las pasiones y al suicidio?
Me atasco de pronto —el amor es un gran atasco, decía Chesterton— y acabo volviendo a Daisy y Gatsby, a los que evoco sentados en los escalones de la casa de su amigo Carraway, vigilados estrecha y "satisfactoriamente" por este, que sigue las instrucciones de Daisy, que le ha pedido que esté bien atento, "por si hubiera un incendio o una inundación".
¿Una novela leída recientemente y que me haya emocionado? Sin duda, Hace cuarenta años, de Maria Van Rysselberghe (Errata Naturae). ¿De qué personaje de ficción estuve enamorado? De Aida (Claudia Cardinale) bajando las escaleras en La chica con la maleta de Valerio Zurlini. Y de Anna Karenina, por supuesto. Inolvidable Anna en el tembloroso tren, leyendo una novela inglesa con una pequeña linterna que sujeta en el brazo de su butaca. En un vagón cercano viaja Vronsky, pero ella no lo sabe todavía. Es una escena extraordinaria de la gran literatura: Anna, la novela y la linterna, el iluminado tren cruzando la noche rusa, la conmovedora vida en movimiento.
Amor es sinónimo de incendio y noche rusa, pero también de absurdo y, por supuesto, de humor. Juan Marsé recordaba el otro día una réplica en Pasión de los fuertes, de John Ford, con Henry Fonda en este diálogo:
—Y tú, Mac, ¿nunca has estado enamorado?
—No, yo he sido camarero toda mi vida.
www.enriquevilamatas.com

martes, 24 de mayo de 2011

PRENSA. 24 mayo 2011

   En "El País".

1. ERE. Columna de Rosa Montero.

2. Empobrecimiento. Por Enrique Vila-Matas.

3. La hora del arquitecto joven y la vivienda útil. Reportaje de Anatxu Zabalbeascoa. La crisis acaba con el culto a las construcciones de las grandes estrellas - Las nuevas generaciones copan hoy los premios internacionales - Frente al genio y la osadía, se demanda eficacia.

4. "No era la primera amenaza, pero Silvia no se esperaba esto". Por Carmen Morán. Un hombre mata al padre, al hermano y al novio de su expareja y hiere a esta y a su madre en presencia de sus hijos en una comarca minera asturiana.

5. Fecha límite: 2016. Artículo del escritor Rafael Argullol.

6. ¿Y quién administra la indignación? Artículo de la periodista y escritora Irene Lozano.

7. Un diccionario reúne términos amatorios de la literatura latina. por Lucía Vallellano.

   En "El Día de Córdoba":

8. CINE. La huida de la realidad. Crítica de la última película de Woody Allen, Midnight en París".

martes, 5 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Del amor como artefacto (¿averiado?), por Manuel Cruz. Con extensa bibliografía ensayística sobre el amor

Manuel Cruz

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Del amor como artefacto (¿averiado?)

MANUEL CRUZ 02/04/2011

   No solo la ficción se ocupa ampliamente de los sentimientos amorosos. En los últimos tiempos pensadores de diversas disciplinas ponen el sentido y la naturaleza de las relaciones de pareja sobre la mesa de operaciones. Cuando han caducado los modelos clásicos, ¿qué nos queda?

   Durante bastante tiempo, el recurso a lo amoroso funcionó como un artefacto ideológico perfectamente engrasado. Por un lado, estaba claro que el amor ofrece al individuo la posibilidad de una experiencia extraordinaria, de una intensidad inusitada. Merced a la pasión amorosa, los enamorados siempre han creído acceder a dimensiones desconocidas de sí mismos, conocer estratos de su ser que permanecían ocultos a su propia mirada, y de tales descubrimientos han extraído la fuerza para enfrentarse a la realidad con una energía y un valor impensables en circunstancias normales. Quien ama, diría un castizo, está dispuesto a ponerse el mundo por montera, a hacer saltar por los aires cualquier convención, norma o costumbre, por más arraigada en la tradición o en los usos establecidos que pudiera encontrarse.
   Pero, por otro, ese caudal en apariencia irrefrenable de vida acababa, invariablemente y casi sin excepciones, discurriendo por un cauce institucional inequívoco. En su exageración tópica, el "fueron felices y comieron perdices" señalaba, con escaso disimulo, el signo de la operación ideológica: hacer creer a los individuos que eran irrestrictamente libres (en algunos casos, incluso rabiosos impugnadores del orden existente) para mejor terminar sometiéndolos a los designios preestablecidos. No hay duda de la eficacia de la operación: con un candor digno de mejor causa, a lo largo de la historia los enamorados han insistido en la idea de que esa experiencia -casi tan vieja como la misma humanidad- con ellos adquiría una dimensión nueva, insólita, y que donde durante tanto tiempo hubo instrumentalización para el dominio y el control, ahora -siempre con ellos, tan candorosamente fundacionales, tan ingenuamente inaugurales- habría oportunidad para edificar, de nueva planta, una realidad radicalmente otra. Cumplían de este modo, sin saberlo, el diagnóstico que Spinoza dejó escrito en su Ética: "Los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan".
   La cosa funcionaba sin mayores problemas mientras una robusta estructura social e institucional proporcionaba una eficaz cobertura a la operación. Sin duda, había dentro del matrimonio mucha menos felicidad de la que se le había hecho creer a la gente pero, como contrapartida, fuera de él sólo quedaban soledad y tristeza (hacerse mayor sin haber conseguido tener una pareja era casi el paradigma del fracaso personal). De hecho, tan bien funcionaba el dispositivo que incluso se podían permitir retoques al mismo para ir adecuando su funcionamiento a las nuevas circunstancias. Se recordará que, frente a quienes, desde posiciones conservadoras miopes, consideraban el divorcio como el principio del fin de la institución matrimonial, Bertrand Russell ya observaba que nadie cree más en el matrimonio que el que se divorcia, precisamente porque lo que acredita con su actitud es que confía tanto en la institución que está dispuesto a contraer matrimonio de nuevo las veces que haga falta y piensa más bien que hasta el momento quien ha fallado ha sido él, equivocándose en la elección de pareja.
   Pero hete aquí que la posmodernidad -y la sociedad de consumo, de la que constituye su reverso en la esfera de lo imaginario- ha venido a hacer saltar por los aires este esquema. Las formas institucionales heredadas, incluso las ya flexibilizadas, pasaron a ser a partir de un determinado momento un obstáculo para el flujo de unas presuntas existencias líquidas que debían acomodarse sin resistencia a las permanentes mutaciones de lo real, adoptando sus cambiantes formas. Las relaciones amorosas viraron hacia una creciente volatilidad y, a título de significativo ejemplo, la expresión el amor de mi vida dejó paso -tal vez como anticipo de su definitiva desaparición- a la expresión el amor de este momento de mi vida, momento, por cierto, cada vez más fugaz.
   También algunos de los daños colaterales que semejante mudanza ha ido causando en los individuos podemos reconocerlos sin dificultad sobre la superficie de su lenguaje. Cualquiera puede constatar que continúan siendo de buen tono afirmaciones del tipo de "bueno, es que en el fondo yo soy un poco romántico" (donde "romántico" también se puede sustituir por "cursi", si se prefiere). Tales afirmaciones conservan un cierto aire de familia con aquellas otras del estilo de "yo es que para estas cosas -no hace falta especificar cuáles, que ya sé en lo que andan ustedes pensando- soy muy clásico". Todas ellas dan a entender, buscando la inequívoca complicidad del interlocutor, que, aunque con toda probabilidad el modelo anterior (romántico, cursi o clásico) haya entrado en irreversible crisis, no hemos sido capaces de dar con alternativa alguna suficientemente satisfactoria, y lamentamos más las dificultades para materializarlo que el modelo en sí mismo -en buena medida perdido a nuestro pesar-. Con otras palabras, da la sensación de que, en el fondo, lo que muchas personas todavía piensan podría formularse así: "No me puedo creer, por irreal, sueños como el de la media naranja, pero, si verdaderamente existiera, ¡por supuesto que lo continuaría prefiriendo por encima de cualquier otra alternativa!".
   Qué lejos queda el diagnóstico habermasiano de hace pocas décadas, según el cual las utopías habían emigrado del mundo del trabajo al mundo de la vida. Piadosos deseos, vemos ahora, que se han revelado completamente ilusorios. Lo que realmente se ha producido es, recurriendo al título de la famosa novela de Michel Houellebecq, una ampliación del campo de batalla. El capitalismo actual involucra la vida entera y su máxima de consumo lo es también para emociones y sentimientos, que han pasado a ser una mercancía más y, por tanto, susceptible de obsolescencia y caducidad (amén de banalidad), igual que las relaciones personales han devenido ocasión para la transacción y el dominio.
   No son, pues, los actuales los mejores tiempos para la experiencia amorosa, pero acaso sea ésta el último lugar que nos queda para cobijarnos, cuando la dureza del mundo exterior parece estar llegando a su paroxismo. O si prefieren otra formulación de la misma cruel paradoja: estamos a punto de quedarnos sin amor precisamente cuando más lo necesitábamos. Y nos lo van a arrebatar con el mismo argumento con el que nos lo arrebatan todo: en nombre de la libertad. Como ocurre en otras esferas de la existencia humana -especialmente en la económica, como la presente crisis está mostrando con lacerante evidencia-, cuando el orden capitalista nos promete libertad, adonde realmente nos está arrojando es al más absoluto desamparo.
   Sé que es hablar desde la última trinchera, pero desconfíen de todas esas propuestas que, revestidas con los ropajes de la autoayuda, se obstinan en introducir lenguajes y categorías de resonancias clínicas para tratar la experiencia amorosa. Apuntan con ello, inequívocamente, a la liquidación definitiva de lo que para el nuevo orden parece haberse convertido en un engorroso, por disfuncional, asunto (el amor, claro). Recelen de quienes, siempre por su bien, intentan convencerles de que deben combatir la dependencia afectiva, como si fuera pensable un amor que no la incluyera. El día en que consiguieran ustedes derrotarla por completo disfrutarían de una perfecta libertad sin riesgo, experimentarían la misma serena ataraxia que un anestesiado, habrían alcanzado el impecable equilibrio del que no conoce el dolor por la ausencia del ser amado ni la felicidad sin límite ante su mera presencia. Llegados a este punto, no se me ocurre mejor argumento que una pregunta: ¿les interesa semejante plan?

Los ensayos del amor

Algunos títulos recientes

Elogio del amor. Alain Badiou. La Esfera de los Libros. Madrid, 2010. 128 páginas. 16 euros.

Hacia el amor verdadero. Liberarse de la dependencia afectiva. Marie Lise Labonté. Luciérnaga. Barcelona, 2010. 285 páginas. 21 euros.

Great Philosophers Who Failed at Love. Andrew Shaffer. Harper Collins. Nueva York, 2011. 208 páginas.

La paradoja del amor. Pascal Bruckner. Tusquets. Barcelona, 2011. 264 páginas. 18 euros.

La révolution de l'amour. Luc Ferry. Plon. París, 2010. 476 páginas.

Sócrates. Sólo sé de amor. R. O. Moscone. Biblioteca Nueva. Madrid, 2010. 515 páginas. 25 euros.

Textos de y sobre clásicos (ordenados históricamente)

Banquete, en Diálogos III. Platón. Gredos. Madrid, 2003.

Fedro. Platón. En Ibidem.

Sociedad, amor y poesía en la Grecia antigua. Francisco Rodríguez Adrados. Alianza Editorial. Madrid, 1995.

El concepto de amor en San Agustín. Hannah Arendt. Encuentro. Madrid, 2009.

La vida del espíritu. Hannah Arendt. Paidós. Barcelona, 2002.

San Pablo. La fundación del universalismo. Alain Badiou. Anthropos. Rubí (Barcelona), 1999.

Ordo amoris. Remo Bodei. Ddooss. Valladolid, 1998.

Cartas de Abelardo y Eloísa. Alianza Editorial. Madrid, 1993.

El amor en la Edad Media y otros ensayos. Georges Duby. Alianza Editorial. Madrid, 1990.

Geometría de las pasiones. Remo Bodei. Muchnik. Barcelona, 1995.

La voluntad de poder como amor. Manuel Barrios. Arena Libros. Madrid, 2006.

Otros títulos de interés

Fragmentos de un discurso amoroso. Roland Barthes. Siglo XXI de España Editores. 10ª edición. Madrid, 1993.

El normal caos del amor: las nuevas formas de la relación amorosa. Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim. Paidós. Barcelona, 2001.

La reinvención de la familia. En busca de nuevas formas de convivencia. Elisabeth Beck-Gernsheim. Paidós. Barcelona, 2003.

La sabiduría del amor. Alain Finkielkraut. Gedisa. 3ª edición. Barcelona, 1999.

Las razones del amor. Harry Frankfurt. Paidós-Ibérica. Barcelona, 2004.

Necesidad, volición y amor. Harry Frankfurt. Katz Editores. Buenos Aires, 2007.

El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo. Eva Illouz. Katz Editores. Buenos Aires, 2009.

La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Eva Illouz. Katz Editores. Buenos Aires, 2010.

El amor como pasión. Niklas Luhmann. Península. Barcelona, 2008.

El fenómeno erótico. Jean-Luc Marion. Ediciones Literales. Buenos Aires, 2005.

El amor y Occidente. Denis de Rougemont. Kairós. Barcelona, 1978.

La naturaleza del amor. Irving Singer. Volumen 3. Siglo XXI. 3ª edición. México, 1999.

Tratado de la pasión. Eugenio Trías. Edición actualizada. Random House Mondadori. Barcelona, 2006.

   Manuel Cruz obtuvo el 'Premio Espasa de Ensayo' 2010 por su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor (Espasa. Madrid, 2010. 250 páginas. 19,90 euros).

lunes, 14 de febrero de 2011

PRENSA. 14 febrero 2011

   En "El País":

1. Palabras. Columna de Almudena Grandes.

2. La RAE acoge a la primera filóloga de su historia. Por Javier Rodríguez Marcos. Inés Fernández-Ordóñez analiza en su discurso la formación del español. La estirpe de don Ramón. Por Francisco Rico, miembro de la RAE.

3. Lo tienen todo, excepto a sus padres. Reportaje de Joaquina Prades. Crecer sin ver apenas a los progenitores multiplica los problemas de la adolescencia - Menores de familias acomodadas ingresan en internados y centros tutelados por la poca dedicación a los hijos. El amigo virtual. Análisis de Juan Manuel Romero,  fundador de la ONG 'Adicciones Digitales'.

4. Cosmos cerrado por amor. Artículo de Manuel Cruz, catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona y premio 'Espasa de Ensayo' 2010 por su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor.

5. La 'generación Y' hace la revolución. Artículo de Frank Emmert, que dirige un programa de colaboración entre la Universidad de Indiana y la Universidad del Cairo e imparte regularmente la enseñanza en Egipto. Entre sus alumnos se cuentan diversos jueces, fiscales, funcionarios públicos y abogados del sector privado de El Cairo y Alejandría. Traducción de Juan Ramón Azaola. El alzamiento juvenil en Egipto no ha sido por el pan y el trabajo. Gente educada y de clase media se ha jugado la vida por otra cosa: por la libertad de debate y disidencia, por la democracia, por la dignidad.

6. La historia se escribe en la plaza. Juan Goytisolo sobre los acontecimientos de Egipto.

   En "El Día de Córdoba":

7. A la revolución por la inocencia. Por Francisco Camero. CÓMIC. Emma Reverter y Máriam Ben-Arab publican 'Politik', un grito contra la mediocridad política · Las autoras creen que los políticos están muy alejados de los ciudadanos.

sábado, 19 de junio de 2010

PRENSA. "Dolor de corazón", de Elvira Lindo

Elvira Lindo
En Domingo, suplemento de "El País":

Dolor de corazón


Elvira Lindo 13/06/2010

No sé si querría ser más joven. Lo que sí que me gustaría es estancarme, hacer eterno este presente. De la juventud quisiera conservar la lozanía física, pero no envidio a quien era hace veinte años, aquella joven perdida en ansiedades estériles. No es infrecuente que en la mente juvenil aniden ideas falsas, una de las más comunes es la creencia de que no hay amor verdadero sin sufrimiento. Esa imagen caricaturesca del amor, tan ligada al cliché romántico, convierte a muchos jóvenes cándidos en víctimas propicias de los chulos o las listillas, de las mujeres manipuladoras o los hombres fanfarrones. El joven o la joven inocente buscan, como si fuera un alimento para el alma, a alguien que les machaque, porque entienden que el amor sólo habita en el terreno de la melancolía. Lo más natural es que las personas aprendamos y que con la experiencia de un capullo o de una arpía en nuestro expediente amoroso tengamos más que suficiente; puede incluso que echando la vista atrás concluyamos que haber sido el juguete de un amante caprichoso nos ha servido para desarrollar mecanismos de defensa que nos protegerán toda una vida. Pero ay de aquel que perpetúe el carácter sufridor hasta perder por completo su autoestima. No hablo de malos tratos físicos, por supuesto, sino de mera supeditación. Lo pensaba el otro día cuando caminando por el paseo del Prado pude escuchar cómo un hombre maduro de gesto malencarado le decía a su mujer antes de cruzar el semáforo: "¡Tira!". Tira, le decía sin apenas mirarla, indicándole con un gesto de la cabeza que pasara delante de él. Tira, a secas, sin acompañar la orden de un nombre propio o de otro añadido que le restara fiereza. Tira, como si en vez de pasear con una mujer estuviera pastoreando una cabra. Aún peor, porque a los animales esas órdenes tajantes les salvan en muchas ocasiones de morir bajo las ruedas de un coche. Quién no ha amado alguna vez a quien no le convenía. Quién no se ha empecinado en perseguir a alguien que no le correspondía. El cine, la ficción en general, ha sacralizado el amor fatal, siguiendo, como si se tratara de una plantilla, esa idea juvenil de que sólo merece la pena aquel que nos hace perder la cabeza. Hay una película en cartelera, Two lovers, que evita esa convención romántica. Un joven (el extraodinario Joaquin Phoenix) que padece una enfermedad mental vuelve a casa de sus padres después de un fracaso amoroso que le ha dejado al borde del colapso. Conoce a dos mujeres: una de ellas (Gwyneth Paltrow) representa a la mujer inalcanzable, que se aprovecha de su cariño sin amarle; la otra (Vinessa Shaw) es la mujer que ama sin trampas y que le ofrece una vida serena, dentro del orden familiar en el que se criaron y del barrio en el que crecieron, Brooklyn. Lo interesante es que el director no ha dotado de mayor atractivo a la joven de vida inestable ni ha restado misterio a la chica formal. Las dos mujeres poseen un aura de cine clásico y la película, de apariencia sencilla, te deja cavilando sobre los tortuosos caminos que conducen a la felicidad. De la felicidad se habla mucho. Y se lee. Hay gente que lee manuales sobre la felicidad en el autobús o en el metro de camino al trabajo. Me pregunto si todos esos lectores que hunden su mirada en un libro de autoayuda tienen algo en común: ¿son todos ellos infelices?, ¿comparten el mismo afán de aquel que lee un libro religioso?, ¿se aprende a ser feliz o el que nace con la sombra de la desgracia en su carácter está marcado para siempre? Varias universidades de Estados Unidos, Europa y Australia han realizado el más completo estudio sobre la felicidad hasta el momento. No se trata de elucubraciones sino de un abrumador estudio de campo que ha saltado fronteras tratando de encontrar elementos comunes en la sensación de felicidad o desgracia que acompaña a los seres humanos a lo largo de la vida. Que el dinero no da la felicidad es algo que se confirma, siempre y cuando, añade el estudio, se hayan cubierto las necesidades básicas. Piense usted por qué los malagueños se declaran, en general, más felices que los suizos. En mi opinión, razones no les faltan. Pero eso es otro asunto. Hay aspectos en el estudio menos transitados y, por tanto, más curiosos: el periodo de la vida donde se concentran los mayores estados de infelicidad está comprendido entre los 17 y los 50 años. La infancia es, si se da en buenas condiciones, esa época en la que se atesora una batería de felicidad para el futuro, y los años de juventud y madurez, o sea, de productividad, son aquellos en los que se acumula una mayor cantidad de angustia y ansiedad. A partir de los cincuenta, dice el estudio (no se trata de mi opinión), comienza una línea ascendente hacia la satisfacción, porque son más felices aquellos que viven en paz con sus limitaciones. La cultura de las últimas décadas, tan generadora de necesidades absurdas, ha trastornado (esto sí es opinión mía) la felicidad de la infancia, pero, en general, siguen siendo los viejos y los niños los más dotados para el disfrute. Es cierto que ser viejo duele en los huesos, pero al parecer provoca más dolor el deseo frustrado de tener una vida distinta de la que nos ha tocado en suerte.

domingo, 6 de junio de 2010

PRENSA (2). 6 mayo 2010

En suplementos de "El País":

1. Diario de un viaje al horror. El novelista y dramaturgo Henning Mankell era uno de los viajeros de la flotilla que intentó romper el bloqueo de Gaza y fue interceptada a tiros en aguas internacionales, el 31 de mayo, por la Marina israelí. Ha escrito un diario de ese viaje en el que narra cómo una expedición organizada sin voluntad de enfrentamiento derivó en un baño de sangre y en múltiples humillaciones.

2. Crítica a la élite de Davos. Lectura. Por Susan George.

3. Israel y los judíos. Artículo de Bernard-Henri Lévy. El "Estado de los judíos" se convierte en protagonista de la semana, tanto por el llamamiento de JCall, firmado por personalidades afines al movimiento sionista, como por el ataque a la flotilla de solidaridad con Gaza.

4. La inmensa minoría. Por Elvira Lindo.

5. Ese extraño planeta llamado Redacción. Reportaje de Iker Seisdedos. Su experiencia es corta. Apenas unos años como periodista. Pero la crítica se ha rendido ante el joven Tom Rachman, que clava en "Los imperfeccionistas" la vida en una redacción en estos difíciles tiempos de cambios.

6. "Con un parpadeo nos conectaremos a Internet". Entrevista a Michio Kaku. Por Luis M. Ariza. Viajar en el tiempo, ser invisibles, teletransportarse, cultivar órganos, conectar la mente a Internet. El futuro ya está aquí, de la mano de este famoso físico y divulgador científico.

7. ¿Por qué se termina el amor? Reportaje de Borja Vilaseca. ¿Por qué está con su pareja? ¿Qué le mantiene unido a ella? ¿Qué pasaría si la relación se acabara? ¿Cómo la responsabiliza de su felicidad? ¿Qué gana cuando le hace daño a su pareja? ¿Cómo le demuestra que la acepta como es? ¿Qué podría hacer para mejorar la relación?

8. Una fábrica de chocolate. Artículo-relato de Almudena Grandes.

sábado, 5 de junio de 2010

PRENSA. 5 junio 2010

En "El País":

1. Terrorista. Columna de Carlos Boyero sobre Henning Mankell.

2. "En los grandes autores rusos no hay espacio para bromas". Entrevista a Juan Eduardo Zúñiga, por Juan Cruz.

3. Así no se logra un Nobel. Reportaje de Alicia Rivera. España se define como la novena potencia científica, pero su avance cuantitativo no se ha traducido en influencia - La asignatura pendiente es impulsar la excelencia.

4. África, África, África. Columna de Vicente Verdú.

5. Te querré siempre. Artículo de Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona y director de la revista Barcelona METRÓPOLIS.

6. Una valla con 500.000 agujeros. Por Guillermo Altares (enviado especial). La policía de Arizona, los obstáculos físicos y la vigilancia electrónica no logran frenar el tráfico de personas.

martes, 12 de mayo de 2009

PRENSA. 12 mayo 2009

En "El País".

1. Amores locos. Rosa Montero escribe sobre el mal de amores.

2. El peso de la verdad. Fernando Savater, sobre Víctor Serge, un hombre de acción que escribió novelas en su búsqueda de la verdad.

3. El gran saqueo. El escritor Rafael Argullol opina sobre un informe de una diputada danesa, que puede leerse "como un pequeño tratado acerca de las peores conductas en materia política y moral".

4. Cómo impulsar reformas en plena crisis. La recesión dificulta, más que favorece, las reformas. Las clases populares y medias temen que los poderosos, a los que culpan de la situación, les amarguen aún más la vida. Se precisa, pues, un liderazgo persuasivo. Artículo de Antón Costas, catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona.

5. La píldora poscoital ya es libre. Y no es aborto. Reportaje. España venderá sin receta el fármaco tras demostrarse eficaz en otros países para evitar embarazos. La medida irrita a sectores conservadores.La OMS la considera un "fármaco esencial".

domingo, 18 de enero de 2009

DEJAR DE QUERER PARA EMPEZAR A AMAR

Todos los seres humanos desean ser queridos. Pero ¿cuántos aman realmente? El verdadero amor actúa como un alquimista: convierte la ambición en altruismo y transforma el sufrimiento en felicidad.

El amor es la ausencia de egoísmo (Erich Fromm)

El amor es lo único que crece cuando se reparte (Antoine de Saint-Exupéry)

Creo que la verdad desarmada y el amor incondicional tendrán la última palabra (Martin Luther King)
Lee el reportaje aquí

El amor es química... y algo de amistad

La antropóloga Helen Fisher, de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, se basa en sus experimentos de imagen cerebral (por resonancia magnética funcional) y en el resto de la evidencia disponible para defender una definición tripartita del amor. Primero el impulso sexual indiscriminado, una fuerza autónoma que desata la búsqueda de pareja en cualquier acepción del término; luego la atracción sexual selectiva; y por último el cariño, el lazo afectivo de larga duración que sostiene a las parejas más allá de la pasión.
Son tres procesos cerebrales distintos, pero interconectados. Y tienen una profunda raíz evolutiva común, porque su balance controla la biología reproductiva de las especies.


El fragmento anterior es parte del reportaje que Javier Sampedro firma hoy en "El País", y que podemos leer completo aquí