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lunes, 1 de junio de 2015

PRENSA. "Los 'daños colaterales' del último conflicto birmano"

   En "El País":

Los ‘daños colaterales’ del último conflicto birmano

Más de 100.000 desplazados internos están condenados a la miseria en Birmania

Diversos conflictos hacen que falten medicamentos, comida, y acceso a la educación

Un niño enfermo espera atención a en el hospital de Laiza, que ha cerrado su planta de pediatría por falta de recursos.
Un niño enfermo espera atención a en el hospital de Laiza, que ha cerrado su planta de pediatría por falta de recursos. / ZIGOR ALDAMA

Lahtaw Zansan solo tiene el graduado escolar, pero en sus manos está la educación de más de 200 niños. Son los que acuden al improvisado colegio del campo de desplazados internos de Jeyang, un complejo de chabolas de madera que cubre a duras penas las necesidades educativas de los 8.500 habitantes de estas instalaciones situadas a unos 20 kilómetros de Laiza, la ciudad del norte de Myanmar —antes conocida como Birmania— que sirve de bastión al Ejército Independentista Kachin (KIA en sus siglas en inglés), uno de los dos grupos armados que continúan enfrentándose al ejército regular del país en conflictos cuya violencia ha escalado este año. El Gobierno asegura que han muerto 126 soldados en la cercana región de Kokang desde el inicio de los enfrentamientos el pasado 9 de febrero, pero se ignora cuántos civiles han perdido la vida.
"Apenas tenemos material escolar y la cualificación de los profesores es escasa. Pero aquí no llega casi nada de ayuda internacional, y los militares impiden la llegada de los convoyes de la ONU", se lamenta Zansan, que abandonó su hogar en junio de 2013 con otros cinco miembros de su familia. "Teníamos miedo de que nos mataran porque el Ejército entraba en las aldeas disparando y destrozando las casas. Muchas mujeres también fueron violadas, así que decidimos escapar", recuerda su madre, Tangban Hkawng. Después de haber buscado cobijo en otras localidades cercanas a la frontera con China, siguieron al resto de los que huían de los combates. "Ahora no creo que podamos regresar en mucho tiempo", sentencia.
A pesar de las numerosas conversaciones de paz que han protagonizado en los últimos años los dirigentes birmanos y los líderes del KIA, la situación ha empeorado desde finales del año pasado, cuando una pieza de artillería mató a 23 cadetes kachin. Desde entonces los ataques son constantes, se han extendido al cercano territorio que ocupa la etnia kokang, y ahora amenazan con convertirse en un conflicto internacional después de que el pasado 13 de marzo una bomba lanzada por un caza birmano matase a cuatro agricultores en suelo chino. Es, sin duda, una losa excesivamente pesada para el ya de por sí difícil desarrollo de una región que, sin embargo, es rica en oro, jade, y madera. Así, a pesar de que el Banco Asiático para el Desarrollo estima que la economía de Myanmar crecerá un asombroso 7,8% durante el año fiscal de 2014 —que concluye el 31 de marzo—, en la treintena de campos de desplazados del Estado Kachin ya se hacinan más de 80.000 personas en condiciones completamente insalubres. "Nuestro objetivo ya solo es sobrevivir", asegura una de ellas, Tubu Gam.
"Los desplazados llevan más de tres años en construcciones completamente inadecuadas, y hacen falta ropa, mosquiteras, alimentos, y medicinas", enumera Labai Dan Pisa, director del organismo que administra los campos, que depende del gobierno guerrillero, la Organización Independentista Kachin (KIO). "Nosotros no podemos proporcionar trabajo y escasean los recursos. Así, están aumentando de forma alarmante los casos de desnutrición y tememos que una generación de niños pierda su capacidad para labrarse un futuro por la falta de formación", explica. Aunque no lo mencione, los más jóvenes también son vulnerables a otra gran lacra: la trata de personas. Gracias a la cercanía de China, las mafias tienen mucho más fácil comerciar con mujeres y niñas para la prostitución o para venderlas en matrimonio en el gigante asiático.
Responsables de Naciones Unidas que hablan bajo condición de anonimato reconocen que las autoridades birmanas ponen todo tipo de impedimentos a la distribución de ayuda humanitaria esencial como medida de presión para forzar al KIA a firmar un alto el fuego similar al que ya está en vigor con otros 14 grupos armados. "A veces los convoyes pueden pasar y entonces algo que debería ser habitual se convierte en noticia", comenta en Yangon un trabajador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). "Nuestro acceso está muy restringido y eso dificulta que podamos evaluar la situación correctamente y acudir para impedir que se deteriore todavía más".

Nu Kai posa en su vivienda con sus hermanos. La metralla le dañó la espina dorsal y ahora tanto ella como su hermana mayor han tenido que dejar de acudir a la escuela para cuidar de ella y ahorrar con el objetivo de pagar las operaciones que requiere.
Nu Kai posa en su vivienda con sus hermanos. La metralla le dañó la espina dorsal y ahora tanto ella como su hermana mayor han tenido que dejar de acudir a la escuela para cuidar de ella y ahorrar con el objetivo de pagar las operaciones que requiere. / ZIGOR ALDAMA
Mientras tanto, ajeno a los tejemanejes políticos, Zansan tiene que sacar adelante a su familia con los escasos 20 euros que gana al mes como profesor. "A veces los chinos nos dan algo de arroz y de aceite, tenemos suerte de no haber enfermado, y no aquí no hay que pagar por la vivienda", afirma. "Pero es muy pequeña, está llena de goteras, y sí que hay que abonar la electricidad y cualquier otro tipo de comida, que es muy cara". Por eso, en un riachuelo cercano uno de sus hijos se afana en la pesca con redes artesanales. Cualquier criatura viviente es bienvenida. "En ocasiones, si pasamos mucha hambre, tenemos que robar alguna gallina fuera del campo", admite entre risas nerviosas uno de sus amigos que, a sus 12 años y como muchos otros, está pensando en alistarse en el KIA para escapar de Jeyang.
Al fin y al cabo, la desesperación que se vive en los campos de desplazados es el mejor caldo de cultivo para los guerrilleros, cuya exigencia actual es la creación de un Estado federal en el que se les otorgue una amplia autonomía. Es una de las muchas promesas que no se han cumplido en Myanmar, un país que ahora está inmerso en una transición democrática que debería culminar a finales de año con las primeras elecciones libres desde 1990, año en el que los militares se negaron a reconocer la victoria en las urnas de Aung San Suu Kyi, hija del fundador del país y líder de la Liga Nacional por la Democracia.
"Nosotros somos cristianos —el 90% de los birmanos son budistas—, tenemos una cultura diferente, y exigimos que se respete", comenta Myitung Seng Pan, que ha celebrado su mayoría de edad vistiendo el traje verde claro que los nuevos reclutas lucen en el mayor centro de adiestramiento del KIA, situado a pocos kilómetros de Laiza. Junto a ella, decenas de jóvenes y adolescentes, algunos de solo 15 años, empuñan fusiles de madera esculpidos a golpe de machete y sudan bajo el intenso calor tropical mientras los instructores gritan órdenes y les hacen correr de un lado a otro. "Cuando se recrudeció la guerra —en 2011 se rompió el acuerdo de no agresión que llevaba en vigor 17 años— tuve que dejar el colegio y escapar a uno de los campos con mi madre, porque las tropas del Gobierno avanzaban rápidamente matando a la gente. Cuando vi la situación en la que estaba mi pueblo decidí alistarme para tratar de aliviar su sufrimiento y evitar que mis dos hermanos pequeños tengan que sufrir lo mismo que nosotros", apostilla Seng Pan. A su alrededor, el resto de reclutas que escuchan la conversación asienten en silencio.
Saben que pueden morir en cualquier momento, y una visita al principal hospital de Laiza hace pensar que eso es mejor que caer malherido. Porque este centro sanitario amenaza ruina. "La zona de pediatría está cerrada por falta de enfermeras, y hemos tenido que poner a los pacientes de tuberculosis y de VIH con el resto porque carecemos de una zona de aislamiento. De hecho, ni siquiera podemos aislar la máquina de rayos X, así que el personal está recibiendo dosis extremadamente altas de radiación. Por si fuese poco, en la estación de lluvias la malaria nos desborda. Hemos retrocedido una década en la calidad de asistencia sanitaria que estamos ofreciendo a la población", explica el asistente del director, Nangzing Bawk.
Los cuidados que ofrecen en el hospital son gratuitos, pero Bawk niega con la cabeza cuando se le pregunta si pueden pagar las medicinas. "Hay pacientes que mueren porque no pueden hacer frente a su costo". Buen ejemplo de ello es un hombre tumbado en una camilla: tiene el hígado tan hinchado que parece que su abdomen vaya a explotar en cualquier momento. Hace un par de días el médico lo drenó, pero los medicamentos que requiere son demasiado costosos y su situación empeora. "Cada bote de estos que le damos por vía intravenosa cuesta unos 400 yuanes (60 euros) al otro lado de la frontera, más de lo que gana él en un año", comenta Bawk con un gesto de impotencia. "Los casos graves, si quieren sobrevivir, deben ser trasladados a China y costearse el tratamiento allí".

Myiuntung Seng Pan reza poco antes de comer un plato de arroz con verduras en las instalaciones de entrenamiento del KIA.
Myiuntung Seng Pan reza poco antes de comer un plato de arroz con verduras en las instalaciones de entrenamiento del KIA. / ZIGOR ALDAMA
No muy lejos del hospital, en una pequeña casa de la ciudad, Nu Kai es un buen ejemplo de cómo el conflicto en Kachin está destrozando para siempre la vida de civiles inocentes. Sobre todo de los más pequeños. Ella tiene 12 años, y a finales de 2012 fue víctima de un ataque con artillería del Ejército. "Era pronto por la mañana, había mucho ruido de armas, así que salimos corriendo de casa en busca de refugio", recuerda su hermana. "Justo entonces comenzó un bombardeo. Cuando terminó, descubrimos que Nu estaba en el suelo, y que la metralla le había alcanzado". Concretamente le afectó a la espina dorsal, razón por la que ha perdido la movilidad en las piernas y sufre graves dolores por la noche. Ahora requiere de atención constante y ha dejado de acudir a la escuela. Aunque el KIA donó el equivalente a 1.200 euros para tratarla en un hospital chino, su condición no mejora. "Tenemos que ahorrar todo lo que podamos para pagar el resto de las operaciones que los médicos chinos le han recomendado".
Desafortunadamente, no parece que vayan a alcanzar su objetivo, así que Nu Kai quedará como uno de los muchos daños colaterales que está dejando la última guerra de Myanmar justo cuando más esperanza tiene la población birmana en un cambio político y en un rápido desarrollo económico que saque al país de la pobreza. "Las minorías étnicas no compartimos el optimismo porque nos sentimos fuera del proceso de democratización", dispara Dan Pisa. "Se nos ha excluido tradicionalmente del desarrollo del país, una de las razones por las que existen veinte grupos étnicos armados, y tememos que nada vaya a cambiar aunque la Liga Nacional por la Democracia sustituya a los militares disfrazados de civiles. El conflicto solo acabará cuando todos tengamos las mismas oportunidades".

lunes, 18 de mayo de 2015

PRENSA. "Quién hace tu ropa: mujer joven, asiática, con un salario de 40 euros por 12 horas de jornada"

   En "eldiario.es":

Quién hace tu ropa: mujer joven, asiática, con un salario de 40 euros por 12 horas de jornada

Las organizaciones denuncian que las grandes compañías de la moda siguen vulnerando los derechos laborales más elementales
Las empresas externalizan la producción "allí donde los salarios son más reducidos y las condiciones de sindicación, más precarias"
La tragedia del Rana Plaza no acaba con los problemas del textil en Bangladesh
Trabajadoras y supervivientes del Rana Plaza piden justicia. EFE
Detrás de los vaqueros que se compran en las tiendas del primer mundo se esconde una realidad muy poco amable. "Salarios míseros que no cubren las necesidades básicas, jornadas extensas, condiciones laborales inhumanas y peligrosas, trabajo infantil o ausencia de sindicatos legalmente constituidos son algunas de las violaciones de derechos fundamentales que se producen en el sector textil". La Coordinadora Estatal de Comercio Justo ha publicado un informe sobre la situación del sector textil en el mundo, un sector que esconde "situaciones de esclavitud moderna": las organizaciones denuncian que las grandes compañías de la moda siguen vulnerando los derechos laborales más elementales.
¿Quién hace nuestra ropa? El perfil es el de una mujer asiática con jornadas que pueden llegar a las catorce horas diarias y salarios que pueden ser estar entre 50 y 100 dólares mensuales.
Por qué Asia. Ninguna de las cincuenta compañías líderes del sector textil en el mundo garantizan salarios dignos, a pesar de que así lo recojan sus memorias de Responsabilidad Social Corporativa, asegura el informe. "En el sector textil, la explotación laboral es la norma más que la excepción. Las empresas externalizan la producción "allí donde los salarios son más reducidos y las condiciones de sindicación, más precarias". Las compañías se fijan, sobre todo, en el sudeste asiático y la India: el 60% de la producción de prendas de vestir se concentra en Asia.
Salarios bajos. En un sector que mueve 34.000 millones de euros al día solo en Europa, el salario medio de las personas que trabajan en el textil en el mundo es de seis euros diarios. Ese salario es mucho menor en países como Bangladesh y Vietnam, que cuentan con los sueldos más bajos del mundo, de unos cincuenta dólares mensuales (poco más de 40 euros).
A pesar de que el derrumbe del Rana Plaza en Bangladesh impulsó una oleada de protestas y de presión internacional y algunos países aumentaron los salarios, las subidas fueron insuficientes. En Camboya, por ejemplo, el salario mínimo se incrementó hasta 128 euros mensuales, aún lejos del nivel que la Alianza por un Salario Digno en Asia recomienda: esta red de sindicatos y organizaciones calcula que serían necesarios 283 dólares mensuales para cubrir las necesidades básicas.
Un sector feminizado. El 80% de las personas que trabajan en la elaboración de ropa son mujeres y la mayoría, jóvenes. Aún así, los salarios de las mujeres son más bajos que los de los hombres del sector, según la Campaña Ropa Limpia. El sueldo de las trabajadoras es entre un 10% y un 50% inferior que el de sus compañeros hombres que realizan trabajos iguales o del mismo valor. "Como se ven obligadas a trabajar más para llegar a fin de mes, es común que sufran agotamiento y lesiones causadas por el estrés y la sobrecarga de trabajo", dice el documento.
¿Por qué esta feminización? Las empresas ven ventajas en contratar mujeres. Consideran que sus manos son más ágiles para la costura, el corte y la confección. "A menudo cuentan con menos organización sindical y es más fácil contratarlas por un breve espacio de tiempo y un salario muy bajo, pues se asume que el ingreso familiar principal es el del varón", señala el informe. Sin embargo, muchos estudios demuestran que, a nivel mundial, cada vez son más las mujeres que tienen la responsabilidad de sostener a las familias.
Jornadas de doce horas. Las jornadas laborales de estas trabajadoras son de entre doce y catorce horas, aunque pueden llegar a extenderse hasta las 16 horas. Los centros de trabajo rara vez reúnen las mínimas condiciones de seguridad y salud laboral. Las organizaciones denuncian un hostigamiento sistemático a los sindicatos para impedir la movilización laboral y la exigencia de mejores condiciones.
En Bangladesh, registrar un sindicato era harto difícil. Después de la tragedia del Rana Plaza, el Gobierno cambió la legislación para facilitar su legalización, pero la represión persiste.

jueves, 14 de mayo de 2015

PRENSA. "Disyuntivas morales". Bahiyyih Nakhjavani

   En "El País":

Disyuntivas morales

Cuando las mujeres cuestionan la autoridad de los líderes religiosos para inmiscuirse en su vida personal o en su derecho a trabajar, se produce una redefinición de la fe que va más allá de una liberación externa


EDUARDO ESTRADA

El pasado 19 de marzo, cuando los titulares de prensa se hicieron eco de la muerte de una joven afgana, el mundo se dividió entre los escandalizados por las connotaciones heréticas de su supuesto delito y los horrorizados por la brutalidad del castigo que había recibido. Pero varias semanas después cambió la situación: la fisura se situaba entre los que se escandalizaban al enterarse de que las acusaciones de blasfemia eran falsas y los horrorizados al saber que, para empezar, se pudiera linchar a alguien por ese motivo.
¿Qué es peor, blasfemar contra el Corán o patear, golpear, quemar y asesinar a alguien dando por hecha esa blasfemia? ¿Dónde está verdaderamente el delito, en vender supersticiones en nombre de la religión o en vulnerar las convenciones culturales discutiendo con un clérigo por embaucar a los crédulos? ¿Acaso la fe musulmana descansa principalmente en los textos fundamentales del profeta o en los comentarios de los hombres que los interpretan? ¿Tiene una mujer derecho a señalar la diferencia entre unos y otros? Desde el trágico final de Farkhunda la opinión pública ha oscilado de un lado a otro, poniendo de manifiesto que, en el mundo islámico, se ahonda cada vez más la brecha entre las mujeres y la jerarquía religiosa.
No es la primera vez que una mujer ha sido acusada de blasfemia por la ortodoxia, ni será la última. Y, a lo largo de la historia, tampoco ha sido la religión islámica la única en la que las mujeres se han llevado la peor parte de las violentas represalias del clero masculino. Consciente o inconscientemente, lo que líderes religiosos de toda laya han hecho realmente durante los últimos seis mil años al sancionar el sometimiento de la mujer es, más que difundir las enseñanzas espirituales del hinduismo, el judaísmo, el budismo, el cristianismo y el islam, fomentar arraigadas costumbres patriarcales. Pero la discusión registrada en Kabul el pasado marzo supone un auténtico movimiento sísmico en la ancestral historia de la desigualdad de género. Está directamente relacionada con la crisis de la modernidad que, iniciada a mediados del siglo XIX en Oriente Medio, ahora se está extendiendo por todos los países del mundo.

¿Qué es peor, blasfemar contra el Corán o quemar y asesinar a alguien dando por hecha esa blasfemia?
Lo que casi nadie sabe es que el crimen que tuvo lugar en Kabul, a plena luz del día y bajo la mirada de las cámaras de vídeo, estuvo precedido, hace más de ciento sesenta años, por otro registrado en medio de un sofocante secreto en Teherán. Una tórrida noche de agosto de 1852, una joven de talento, erudita y conocida por sus polémicas ideas, fue estrangulada en los alrededores de la capital persa y enterrada bajo un cúmulo de piedras. Creía que había que distinguir entre las verdades espirituales y las tradiciones supersticiosas. Su delito fue utilizar esas ideas para criticar al orden religioso de su tiempo. Se llamaba Tahirih Qurratu'l-Ayn.
En las escuelas teológicas de Kerbala y Nayaf, Tahirih era muy admirada por su elocuencia y conocimientos jurídicos, pero también había levantado ampollas dentro de la comunidad eclesiástica. En contra de las normas, había adoptado el papel de profesora, no de acólita, vulnerando además las costumbres al indicar a los alumnos que recalcaran su independencia espiritual luciendo indumentaria colorista durante el mes de Muharram. Lo peor de todo es que dio la vuelta al rol femenino al divorciarse de su marido y presentarse en público sin velo. Ante el horror y la indignación de la ortodoxia chií y suní, insistió en que había llegado el momento de anular la sharía.
Está claro que los más amenazados por esas ideas eran los clérigos. Al igual que el ulema de Kabul cuya reacción ante Farkhunda incitó a una frenética turba juvenil a cometer un horrendo crimen, el orden religioso de Irán se vio zarandeado por los argumentos de Tahirih, sintiendo que esa mujer cuestionaba peligrosamente su posición. Mientras ella fuera fuerte, ellos se sentirían débiles; mientras su popularidad aumentara entre las mujeres, ellos verían minada su influencia. Así que la vilipendiaron y difamaron, haciendo todo lo posible por cercenar su influencia y silenciarla. A la vista de ello, poco puede sorprender que acabara siendo estrangulada por difundir las heréticas enseñanzas del Bab.
Las fisuras que surgen entre las creencias personales y la tradición cultural siempre han sido un semillero de disyuntivas morales. Tahirih y Farkhunda podrían haber acatado las costumbres seculares y cerrar la boca; podrían haber aceptado el antiguo modelo femenino, evitando la confrontación con las autoridades religiosas. Pero insistieron en distinguir entre superstición e investigación racional, entre la letra y el espíritu del Corán. Y su coraje planteó cuestiones esenciales sobre la autoridad sacerdotal. Al principio, cuando se acusó a Farkhunda de quemar un Corán, se dijo que el hombre con el que había estado discutiendo era un “ulema”. Después, cuando quedó claro que de lo que había discutido con él era de la venta de talismanes y tawiz a los incautos, se le describió simplemente como un “ayudante” de la mezquita. Al final, cuando se determinó que la muchacha asesinada no había cometido ni apostasía ni blasfemia, los reporteros le convirtieron en un “buhonero”.
Y la mengua de categoría externa que fue experimentando este hombre anónimo no fue nada en comparación con su humillación interior. Fuera quien fuera, una muchacha le había superado con su argumentación; esa interlocutora conocía mejor que él el Corán y cuando la multitud se fue congregando a su alrededor atraída por la discusión, ese hombre debió de enfrentarse a un terrible dilema. Podía perder su reputación, su forma de ganarse el sustento y probablemente la vida, o darle la vuelta a la situación y acusar a esa mocosa que le superaba en conocimientos sagrados de cometer la blasfemia en la que él estaba incurriendo. Optó por lo segundo.

Cada vez es más amplia la brecha entre el mundo femenino y la jerarquía islámica
Independientemente de que vivamos en Kabul o en Nueva York, la relevancia de la disyuntiva moral salta a la vista, porque atraviesa el cuerpo de la mujer actual, dejando patente la violación de sus derechos. Cuando las mujeres comienzan a distinguir entre las costumbres sociales y las realidades espirituales, algo revolucionario está ocurriendo. Cuando cuestionan la autoridad de los líderes religiosos para inmiscuirse en su vida personal, en sus relaciones íntimas, en su derecho a trabajar, a viajar, en los derechos legales sobre sus hijos, está teniendo lugar una redefinición de la fe que va más allá de cualquier manifestación externa de liberación.
Es la misma revolución que tuvo lugar en Turquía este mismo año, cuando, contraviniendo de manera flagrante las costumbres, las mujeres de la provincia meridional de Mersin, con el rostro embadurnado de pintura roja, se negaron a que los hombres tocaran el ataúd de Özgecan Aslan, la estudiante de psicología de veinte años que, después de ser violada por un grupo de hombres en un autobús, fue asesinada a puñaladas y quemada. Esta revolución la plasmaron de nuevo las afganas que, cubriéndose con la máscara ensangrentada que representaba el rostro de Farkhunda, rompieron con la tradición al rechazar la presidencia del ulema en Kabul e insistir en ser las únicas portadoras del féretro durante el entierro de la asesinada. Esas mujeres seguían el ejemplo de Tahirih. Su capacidad para distinguir entre las creencias y las convenciones culturales, entre la fe y la costumbre, es un símbolo de nuestro tiempo. Ellas se encuentran en la encrucijada de un cambio con inmensas repercusiones para todos.
Bahiyyih Nakhjavani es escritora. Autora de los libros La fábula de la alforja robada y La mujer que leía demasiado.
Traducción de Jesús Cuéllar Menezo

jueves, 30 de abril de 2015

PRENSA. Sobre el terremoto de Nepal. "Escombros de cine en Bhaktapur". Bernardo Bertolucci

   En "El País":

Escombros de cine en Bhaktapur

El director de cine italiano, que acudió a Nepal en varias ocasiones, espera que "la respuesta del mundo ante la tragedia sea potente"

Terremoto en Nepal
Una mujer, frente a las ruinas de su casa a las afueras de Katmandú, este lunes. / N. SHRESTHA (EFE)


Entre las imágenes de los escombros retransmitidas por la televisión intenté, en vano, reconocer los lugares de mi memoria; entrever la gran estupa que se erige no muy lejos de Bhaktapur. Y tuve ganas de llorar. Katmandú, Patan y Bhaktapur son los lugares simbólicos de la cultura de Nepal, país al que estoy profundamente vinculado. Y es grande el dolor que siento por las miles de víctimas.
Descubrí esos lugares en 1973, cuando por primera vez puse rumbo a Oriente con mi mujer, Clare. La idea fue suya: ella era una viajera, yo no. Fue un viaje en el que nos conocimos y nos reconocimos. Un viaje de iniciación que derrumbó todos mis estereotipos sobre esos países. Un descubrimiento total. Fuimos a Tailandia, luego a Bali, y después a Benarés, y a Katmandú, donde vivimos durante un mes. Recuerdo el estupor y el asombro ante los edificios de Patan, donde luego filmaría Pequeño Buda. Aquello era el triunfo del horror vacui, del miedo al vacío: todo estaba decorado, cada centímetro. Arquitecturas y esculturas admirables donde el arte budista se funde con el hinduista, y encontramos a Buda junto a Visnú, Kali y Ganesh.
Me acuerdo de la primera vez que llegué a ese valle aislado, casi inaccesible. Nos quedamos sin aliento ante la belleza de Bhaktapur y Patan, a la que llamábamos Patan City. Emocionados ante esos tejados sobre los que crecía la hierba, algo extraordinariamente poético que me recordaba a un pueblecito de los Apeninos de Parma. El encuentro humano fue emocionante. Ese pueblo tenía una enorme cultura de la acogida. Esa gente parecía sacada de los sueños de Pier Paolo Pasolini, cuando hablaba de la inocencia arcaica en los países más pobres y espirituales. Frente a un río a las afueras de Katmandú presencié por primera vez una cremación. Había algo limpio, puro, en aquella carne que se convertía en fuego y humo.
En 1973, Katmandú, Bhaktapur y Patan eran destinos hippies, meta de un turismo pobre y respetuoso con aquellos lugares. Cuando regresé 20 años después para estudiar la zona y, más tarde, grabar Pequeño Buda, a principios de 1990, había un aeropuerto capaz de recibir los enormes vuelos chárter llenos de ese turismo que lo arruina todo. Nosotros también llegamos como una especie de ejército de ocupación: montones de camiones y grupos electrógenos que sin duda contribuirían a aumentar la contaminación. La pequeña posada donde nos hospedamos en 1973, que se llamaba Yak & Yeti, se había convertido 20 años después en un lujoso hotel de cinco plantas que sirvió de cuartel general durante el rodaje. Tiemblo con solo pensar que haya podido derrumbarse. Allí hacíamos las proyecciones con los materiales que nos enviaba la Technicolor desde Roma; eran tiempos de un cine que ya no existe.
En Bhaktapur grabamos todas las escenas ambientadas en el palacio de Siddharta antes de convertirse en Buda. A aquella estructura añadimos una parte que hicimos nosotros y que los nepalíes quisieron conservar. Ahora, los escombros de una ciudad tan antigua se han mezclado con los escombros del cine que nosotros llevamos allí. Cerca de Bhaktapur hay una enorme y preciosa estupa, con los ojos de Buda, donde el niño americano pregunta qué significa la palabra “impermanencia”.
Los budistas tibetanos crean maravillosos mandalas de arena repletos de color, que luego serán destruidos por una ráfaga de viento. Eso es la impermanencia. ¿Somos capaces de imaginar la tragedia que supondría para nosotros la pérdida en unos segundos de alguna de nuestras extraordinarias ciudades toscanas? Es difícil.
Ante la tragedia de Nepal ya se ha producido una respuesta del mundo. Espero que sea potente, que haya una gran solidaridad hacia esos pueblos remotos. Son lugares y personas muy lejanos, montañeses testigos de algo que hay que salvar a toda costa.
© La Repubblica. Texto recopilado por Arianna Finos.
Traducción de News Clips.

sábado, 21 de marzo de 2015

PRENSA. "La revolución de las compresas"

   En "El País":

La revolución de las compresas

Un ex soldador inventa una máquina para fabricar este producto de higiene femenina a bajo coste en India

En ese país, estigmatizadas cuando tienen la regla, solo un 12% de las mujeres las utiliza dado su elevado precio

 Coimbatore (India) 23 DIC 2014 

ANA GABRIELA ROJAS
“Los días de la menstruación eran muy difíciles antes de usar compresas”, cuenta Revathi, una joven de Velur, un pequeño pueblo en Tamil Nadu, en el sur de la India. Cuando empezó a menstruar tuvo mucho miedo porque no sabía de lo que se trataba, recuerda. “Nadie me había dicho nada. A mí me daba vergüenza preguntar y a mi madre le daba reparos explicarme de qué se trataba. Cuando tuve mi primer periodo sólo me dijo que cortara un poco de tela de un sari viejo y que me lo pusiera por unos días y que ya se me pasaría. Pero cada mes era difícil. No quería moverme mucho o salir de casa por miedo a manchar la ropa”, explica.
La menstruación es un tabú en India y es muy difícil que se hable abiertamente de ella, incluso en las casas o en las escuelas. Las tradiciones dictan que las mujeres no deben entrar en los templos o ir a lugares públicos cuando tienen la regla. Por eso muchas prefieren quedarse en casa, interrumpiendo así sus actividades diarias. El 28% de las adolescentes faltaban a clase al menos un día por este motivo em 2010, según un estudio que el Gobierno encargó ese año a la consultora Nielsen.
En India, sólo un 12% de las mujeres usa compresas. La mitad de las mujeres no las utiliza porque son muy caras y un tercio por desconocimiento, según una investigación para la que se entrevistó a un millar de ellas en nueve Estados del país. La gran mayoría usa trozos de tela o paños, como hacía Revathi. Esto provoca que exista una elevada tasa de infecciones urinarias y vaginales. El jefe de comunicación para el desarrollo de Unicef, Mario Mosquera, explica que la utilización de tejidos no es perjudicial. “El problema es que la menstruación es un proceso biológico estigmatizado y eso lleva a que el lavado y secado de las telas se haga de una forma clandestina. En definitiva, provoca prácticas poco higiénicas. Muchas incluso no los limpian antes de usarlos o cuando lo hacen, no los secan al sol”, detalla.
Para Revathi, las cosas cambiaron hace cuatro años, cuando empezó a trabajar en una fábrica de compresas de bajo coste que se estableció en su pueblo, en una zona rural. “Cuando un grupo de mujeres comenzamos a fabricarlas y bajaron los precios, la gente empezó poco a poco a hablar de sus ventajas. Y también a comprarlas”, recuerda. Parte de su trabajo es venderlas casa por casa y charlar con adolescentes y adultas sobre temas de higiene femenina. Revathi asegura que de esta manera es más fácil para las mujeres adquirirlas porque en las tiendas es muy probable que el tendero sea un hombre, lo que pone a las chicas en una situación muy difícil.

La menstruación es un tabú en India y es muy difícil que se hable abiertamente de ella
La dueña de esa fábrica, Sumathi Kartikeya, asegura que producen hasta mil compresas al día, con un coste de producción de un euro por cada 40 piezas. El precio final de venta de cada paquete de ocho piezas es de 40 céntimos de euro. Un precio asequible, afirma la responsable de la factoría, hasta para las personas con menos recursos. “Las compresas baratas han cambiado la vida de las mujeres que no salían de sus casas por temor a ensuciarse. En las escuelas o en la calle es difícil encontrar baños y es difícil revisar o cambiar los paños. Con las compresas pueden estar varias horas fuera y seguir adelante con sus vidas”, asegura Sumathi, quien además da trabajo a siete mujeres.
La aventura de Sumathi es posible gracias a una máquina, también de bajo coste, con la que se producen las compresas. El artilugio fue inventado por un hombre, Arunachalam Muruganantham, un exsoldador que vive en Coimbatore, una de las principales ciudades del sur de India. Inquieto e ingenioso, cuenta que su curiosidad por la menstruación empezó poco después de casarse. “Shanti, mi esposa, se ponía muy nerviosa algunos días. Iba y venía escondiendo unos trapos. Cuando, por fin, me confesó por qué era y supe de las compresas, me sorprendió que algo tan necesario para las mujeres fuera tan caro. En las zonas rurales de India, las marcas internacionales no son accesibles, las familias tendrían que prescindir de cosas indispensables para comprar un pedazo de algodón a precios desorbitados”.
Así, durante años investigó los componentes de las toallas sanitarias y descubrió que era celulosa, un material muy absorbente. En ese proceso, su mujer llegó a abandonarle durante un tiempo porque pensaba que era muy raro que investigase sobre este tema y en su comunidad veían extraño que un varón se preocupase por la menstruación. Pero pasó el tiempo y finalmente Muruganantham ideó una máquina muy sencilla y fácil de manejar para fabricarlas. Ya ha vendido un millar de unidades de su artilugio en India, a veces a cambio de animales u otros bienes, y ha empezado a comercializarlo en 18 países en desarrollo en Asia y África. Asegura que con sus máquinas, en India se han creado más de 15.000 empleos femeninos y que ha mejorado la vida de miles de ellas.
El inventor cree que para que India —o cualquier país en desarrollo— siga creciendo, se deben dar oportunidades iguales a las mujeres, para que se integren al mercado laboral. “La clave de la equidad comienza por la higiene menstrual. Las chicas deben sentirse seguras cuando van a la escuela, para que no la dejen y puedan seguir con su desarrollo. En todo el mundo, ellas son luchadoras y quieren superarse. El problema es que no tienen las mismas oportunidades”, sentencia.

El 28% de las adolescentes faltan a la escuela cuando tienen la regla
La visión machista de la regla y que no haya baños en los colegios son factores que influyen en el elevado absentismo escolar femenino, opina Mosquera, de Unicef. Cualquier trabajo para mejorar la higiene femenina es, asegura, un punto de partida para abordar otros temas relacionados con la discriminación de las mujeres, como el matrimonio temprano. Su organización, entre otras cuestiones, trata de acabar con el estigma de la menstruación y organiza grupos de discusión entre chicas para que hablen de este y otros temas importantes para su desarrollo. "El reto de mejorar la higiene menstrual es inmenso por las dimensiones del país, pero posible pues hay un gran interés por parte del Gobierno. Este es un punto importante en su agenda de salud así como para la sociedad civil y las agencias internacionales para el desarrollo”. De hecho, un programa del gobierno subvenciona compresas para chicas en la escuela en 200 distritos.
A la fábrica de Muruganantham ha llegado, desde una aldea lejana, Rekha. Dice que leyó un reportaje sobre el invento del exsoldador en el periódico y que está interesada en comprar una de las máquinas. Afirma que le gustaría dar empleo a otras mujeres y que las chicas de su aldea estén más cómodas durante la regla para que no falten a la escuela. Ella también quiere ser parte de la revolución de las compresas.

lunes, 2 de marzo de 2015

PRENSA. "Las secuelas de la esclavitud"

   En "El País":

Las secuelas de la esclavitud

La Organización Internacional de las Migraciones, la London School of Tropical Medicine y la ONG española Anesvad han presentado hoy en Tailandia las conclusiones del primer estudio sobre las consecuencias de la trata en la salud de las víctimas

En el sudeste asiático, casi la mitad sufren violencia física, sexual y trastornos psicológicos. Y a ellos, hombres, mujeres y menores, les han preguntado.

 Bangkok 27 FEB 2015  


Una niña hace ejercicios de contorsionismo junto a un club de 'striptease' en Pattaya, Tailandia. / PABLO LINDE


Pesca y prostitución. Son las dos grandes industrias del tráfico de seres humanos en el sudeste asiático, que a su vez es el punto caliente de la esclavitud en el planeta. La Organización Mundial del Trabajo estima que 18 millones de personas en todo el mundo son sometidas a trabajos forzados, de las cuales algo más de la mitad se encuentra en la región Asia-Pacífico. Por primera vez, un estudio se encarga de analizar en profundidad la salud física y mental de estas víctimas. Sus hallazgos, si no sorprendentes, sí son preocupantes: aproximadamente la mitad de los encuestados fueron sometidos a violencia física y/o sexual y cuatro de cada 10 sufría trastornos de ansiedad y depresión.
El documento, bajo el título La salud de las personas traficadas: hallazgos de una encuesta entre hombres, mujeres y niños en servicios postráfico del Mekong (una subregión que comprende a Camboya, Laos, Myanmar, Tailandia, Vietnam y la provincia china de Yunnan) ha sido elaborado por la ONG española Anesvad, la Organización Internacional de las Migraciones (IOM) y la London School of Hygiene and Tropical Medicine. En su presentación, este viernes 27 de febrero en Bangkok (Tailandia), las tres organizaciones han querido llamar la atención de la comunidad internacional sobre la urgencia de poner en marcha sistemas de salud —especialmente mental­— para estos trabajadores.
El estudio está elaborado a través de más de un millar de encuestas a personas que, tras ser liberadas, fueron enviadas a servicios postrata de Camboya, Tailandia y Vietnam. En estas entrevistas fue frecuente escuchar que habían sido pateadas, mordidas, arrastradas, encadenadas, quemadas, vigiladas por un perro agresivo, encerradas en una habitación, amenazadas con un arma, cortadas con un cuchillo, disparadas o agredidas sexualmente. Entre quienes declaraban estos malos tratos era frecuente encontrar síntomas de ansiedad y trastornos postraumáticos y uno de cada 20 participantes había intentado suicidarse en las cuatro semanas previas a la entrevista. "De los supervivientes a la trata, muchos, si no la mayoría, necesitan asistencia médica para su salud física y mental", concluye el estudio. "En los centros en los que se atiende a estas víctimas [puestos en marcha por ONG o los gobiernos locales] el personal no está preparado para atender los casos más graves de desórdenes mentales y no saben cómo actuar ante personas que se han intentado quitar la vida", lamenta Nicola Polock, una de las responsables del estudio.
Cada víctima acarrea una historia distinta tras de sí, pero el esquema que se repite una y otra vez es similar: pobreza, desesperación, migración irregular. Según explica Polock, la salida de sus países por las vías reglamentarias son complicadas y costosas, así que muchos de ellos se ponen en contacto con intermediarios informales que les ofrecen atractivos puestos de trabajo, principalmente en Tailandia y China, los dos mayores receptores, con un 40% y un 30% de los encuestados, respectivamente.

“De los supervivientes a la trata, muchos, si no la mayoría, necesitan asistencia médica para su salud física y mental”, concluye el estudio
Una vez allí, las cosas no son como parecían. Casi la mitad ni siquiera sabía lo que era el "tráfico de personas" antes de ser víctimas de él. "En el caso de las mujeres es frecuente que se conviertan en prostitutas o en esposas por obligación, que no es otra cosa que una esclava doméstica que tiene que cubrir las labores del hogar y los requerimientos sexuales de su marido, a menudo con violencia de por medio. En el de los hombres, el sector más habitual es la pesca; los meten en barcos de donde resulta muy difícil salir y en los que sufren las condiciones más duras de todas las personas con las que hemos hablado", relata Polock. Tailandia, uno de los mayores exportadores de pescado del mundo, ya ha sido amonestada por ONG y organismos internacionales debido a sus casi inexistentes avances en materia de trata y ocupa el puesto más bajo en la escala de Departamento de Tráfico de Personas de Estados Unidos, a la altura de países como Irán o Corea del Norte.
Estas condiciones del sector pesquero incluyen jornadas de trabajo de hasta 19 horas, en un 70% de los casos no remuneradas en absoluto, según el estudio. En este sentido, no es el peor: más del 96% de quienes trabajaban forzados en el sector de la agricultura y como esposas no cobraba nada, así como más del 80% de los empleados domésticos y en fábricas.

Un paseo de seis minutos por Pattaya, uno de los focos del turismo sexual del mundo. La prostitución es la principal industria en la que trabajan las mujeres víctimas de trata en Tailandia. / Pablo Linde
Es una situación de esclavitud en toda regla que, en algunas de las situaciones analizadas, se extendía más allá de los 12 años, aunque la media es de algo más de seis meses. Pero las secuelas permanecen tras del periodo de trata. Los casos de enfermedades mentales tras la liberación son frecuentes; los más habituales y graves están relacionados con aquellas personas que han sufrido restricción sus movimientos o confinamientos. Sus probabilidades de presentar ansiedad, depresión o síndrome postraumático es del doble que quienes no han visto tan limitada su libertad.

Datos del estudio

Entrevistas a víctimas de trata en Camboya, Tailandia y Vietnam.
Fuente: La salud de las personas traficadas: hallazgos de una encuesta entre hombres, mujeres y niños en servicios postráfico del Mekong. Anesvad y London School of Economics.
Estas enfermedades son también más probables cuanto más penosas son las condiciones laborales de los trabajadores esclavizados. El estudio muestra que buena parte de estos empleados son forzados a trabajar los siete días de la semana (69,5%), durante más de 10 horas diarias (más de un 70%) y con un alto riesgo de sufrir accidentes graves (casi uno de cada cinco había tenido alguno durante el tiempo en el que fueron forzados). Todas estas circunstancias potencian los desórdenes mentales, igual que lo hacen otras menos frecuentes pero también recurrentes, como dormir en el suelo (un tercio de los entrevistados), no tener disponible agua potable para beber o insuficiente comida (alrededor de una cuarta parte), o padecer sobreexposición al sol o la lluvia (un tercio de los participantes en el estudio).
El informe asegura que la literatura sobre el tema hasta la fecha se limitaba a estudios realizados exclusivamente con mujeres víctimas del tráfico sexual y que prácticamente no había investigaciones realizadas con hombres y niños fuera de esta industria. Los encuestados para este análisis eran forzados a trabajar en 15 sectores diferentes como los mencionados anteriormente, la industria del entretenimiento, la mendicidad, la construcción y la hostelería, entre otros. "Un hallazgo importante es que no existe un solo perfil de persona traficada. Los supervivientes de diferentes edades, sexos nacionalidades y experiencias de explotación que usan los servicios postrata muestran que no solo estamos hablando de mujeres traficadas para trabajos sexuales forzados", reza el estudio.
Las personas liberadas no recurren a estos servicios por su propia iniciativa —solo lo hicieron cuatro de más de 1.100 entrevistados—, sino que fueron las autoridades o las ONG quienes les enviaron a ellos para asesorarles y darles una atención. La mitad de ellos se culpa a sí mismos como responsables de la situación, mientras que un tercio señala a los intermediarios que les proporcionaron los trabajos, los cuales se quedan con comisiones por los trabajadores que aportan. En más de un 70% son las fuerzas de seguridad quienes los sacan de esa situación. Solo un 29% consiguió escapar, aunque la mayoría ni siquiera lo intenta por miedo a las consecuencias.
Pero tras la libertad no se solucionan sus problemas: pobreza y desesperación. Brett Dickson, responsable del programa de asistencia a migrantes de la IOM, explica que el gran reto que los países involucrados tienen ante sí es proveer a sus ciudadanos de las condiciones necesarias para que no se vean obligados a emigrar en una situación tan vulnerable. "Si consiguen escapar, normalmente pasan un tiempo escondidos, después regresan a sus países y se encuentran con que vuelven a no tener nada, así que es importante fomentar los programas de capacitación y emprendimiento para ellos, porque de lo contrario pueden caer de nuevo en el tráfico de personas”, explica.
A su vuelta, además, es muy probable que hayan visto mermadas sus capacidades físicas y mentales por las duras condiciones que sufren durante la trata. Para evitar este extremo, las tres organizaciones autoras del estudio recomiendan a los estados involucrados, los organismos internacionales y los donantes que pongan en marcha medidas de prevención. Estas son algunas: habilitar servicios de salud para personas víctimas de trata, hacer pedagogía con las víctimas sobre la necesidad de que pasen por ellos, formar a su personal para que les pueda prestar la asistencia adecuada, sensibilizar a las inspecciones de trabajo y a la policía, dotar a los centros postrata de servicios de traducción adecuados. Mientras no se pueda resolver que en pleno siglo XXI siga existiendo la esclavitud, al menos estas iniciativas harían más fácil la vida de las personas que la han padecido.