viernes, 31 de agosto de 2012

POESÍA. "El tiempo de los juegos y los pactos", de Olga Bernard (Zaragoza, 1969)

Olga Bernard


EL TIEMPO DE LOS JUEGOS Y LOS PACTOS

Tazas de porcelana,
comediantes ausentes,
trocitos de amapolas entre los cuentos viejos
y largas trenzas negras
rozando sin saberlo una cintura nueva.

Soy una japonesa,
soy una senda blanca,
un jinete y un mapa, un cofre del tesoro.
Ven a ser abanico,
caballo, huella nueva.  Abre mi corazón.

Y guárdame el secreto.

PRENSA. Viñeta de Forges

   En "El País" (30 agosto 2012):

PRENSA. "Maestras republicanas: la doble depuración"

De "El País"
   En "blogs.elpais":

Maestras republicanas: la doble depuración

Carmen Morán. 28 mayo 2012

   De todos es sabido que la República lo fue muy principalmente de los maestros. Pero en el tiempo actual se hace imprescindible poner en la memoria histórica el foco de las diferencias de sexo. Y aquí las hubo, tanto en el papel que desempeñaron las mujeres como enseñantes como en la universal depuración que sufrió el colectivo finalizada la Guerra Civil. De aquella tarea y de su posterior castigo, de la pena en la cárcel y en el exilio tratan algunos de los ensayos recogidos en un libro titulado Las maestras de la República, editado por Catarata. El volumen es fruto de un trabajo encargado por la Fundación Pablo Iglesias y la Federación de Enseñanza de UGT que culminó con la entrega de un premio-homenaje a todas aquellas maestras  entregado el 8 de marzo, Día de la Mujer. 
   El gran legado de la República al feminismo fue la igualdad legal proclamada, al menos, en el papel, dice en este libro María del Carmen Agulló Díaz. Muchos muros fueron cayendo, no sin ruido, primero y muy simbólico el que dividía a los niños de las niñas en las escuelas. También los docentes, ellos y ellas, pudieron compartir entonces el desempeño escolar como iguales. No era poca cosa para las mujeres, un sexo acostumbrado a ejercer su pequeño reinado de puertas adentro, en la casa, en el hogar, tenía ahora un completo reconocimiento en el trabajo profesional. Y eso ya constituyó una enseñanza en sí mismo. Que alumnos y alumnas tuvieran delante cada día a una mujer dueña de su vida, liberada, moderna e independiente, ejerciendo su labor remunerada y tratándose con sus colegas masculinos de tú a tú lanzaba y propagaba a la sociedad un nuevo modelo de relaciones: el de la igualdad.
   Eran, además, muchas de ellas mujeres ideologizadas, sindicalizadas, territorios que siempre fueron varonías. De modo que, cuando las sublevadas botas militares aplastaron todo aquello, las maestras fueron un grupo “valorado cualitativamente con mayor escrúpulo”, dice Sara Ramos Zamora, y se ejerció sobre ellas una represión con un carácter “más preventivo y ejemplarizante”. Se puso una doble lupa a su trayectoria, la que las juzgaba como enseñantes y como mujeres. Si bien el castigo fue mayor para los hombres –paternalismo, quizá- las libertades que estas mujeres habían conquistado se miraron con indisimulado asco. Las Comisiones Depuradoras franquistas, por las que tuvo que pasar todo el colectivo docente, “veían más grave que las maestras tuvieran ideas de izquierdas que las tuvieran los maestros”. Porque feo y escandaloso, venían a decir, es que un maestro con sus ideas “convierta la escuela en un semillero de comunistas; pero en una maestra sube de punto lo pernicioso de tales escándalos”, señalaba un miembro de aquellas comisiones. Y las maestras acusadas de pertenecer a la federación de Enseñanza de UGT, la FETE, se calificaron directamente como “un caso perdido”. “Llega a ser repulsiva la conducta de esa maestra, de veintisiete años de edad, en plena juventud ya pervertida”, decían en la Comisión de Toledo sobre alguna pobre muchacha. El régimen veía en ellas la incalculable traición de haber abandonado “su condición femenina y haberse distanciado de su papel de esposas y madre”, recuerda Agulló Díaz.
   Gran pecado que encima remataban al impartir una educación laica, igualitaria, alejada de los valores cristianos que habían de formar a la mujer para ser ama de casa, amantísima madre y esposa, buena cocinera y todas esas cosas de sobra cacareadas. Por eso, entre las acusaciones destinadas a las maestras figuraban en mayor medida que los cargos hacia los hombres, aquellas de “haber contraído matrimonio civil”, “profesar el amor libre” o “alentar a su esposo a bajas pasiones por acabar con viejos prejuicios”. Hombre, por Dios, hacer esas cosas.
   El franquismo volverá a imponer a las maestras la tarea de prolongar en la escuela los valores de la familia –la familia del régimen, claro-. O sea, religión, maternidad, cocina (las tres K del nazismo), por simplificar. Mientras, en la cárcel, las republicanas seguían desempeñando su magisterio completo,  y en el exilio, capítulos ambos que pueden leer en el libro que motiva este texto.
Si el papel de la mujer se ha silenciado tanto tiempo, subsumido en genéricos masculinos, parecido le ocurre muchas veces al mundo rural, que no tiene su capítulo propio cuando sus diferencias son muchas. En este libro Carmen María Sánchez Morillas le abre su espacio a las maestras rurales, “anónimas unas veces, otras conocidas, que esperaban a sus niñas al borde del camino […] anhelando que no faltase, esta vez, ninguna, y que acudieran algunas nuevas. […] No temían a los hombres, más bien eran ellos los que les guardaban cierto recelo, recelo por ser mujeres, recelo por tener estudios y, en definitiva, por saber y por conocer”.
   Aquellas maestras, que “transformaron el mundo con un arma poderosa: un sencillo lápiz”, también hicieron familia, quizá no del gusto del régimen, sino la que constituía su grupo escolar y el afán diario de desasnar las rústicas mentes infantiles. Antes de que llegaran las misiones pedagógicas, con más medios y mayor acompañamiento, las maestras combatían como podían la mucha miseria del mundo rural. Andrea, nonagenaria hoy, siempre recordó cómo una maestra en El Torno (Cáceres), su maestra, le regaló un par de zapatillas para que no acudiera descalza a la escuela. Fue, seguramente, el primer calzado que tuvo. Esta anéctota es de la abuela de quien escribe. Lean el libro. Hay muchas más.

PRENSA CULTURAL. "Literatura por cable", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez
   En "El País":

Literatura por cable

 6 JUN 2012 

Pongamos que los protagonistas de este episodio se llaman Delaney, McFly y Patterson. Delaney y Patterson trabajan en el mismo despacho, que está a punto de cerrar un importantísimo acuerdo con la todopoderosa empresa de McFly. Pero McFly exige, para sellar el trato, que Patterson lleve a cabo un acto tremendamente humillante. Delaney y sus socios debaten, a espaldas de Patterson, la posibilidad de dicho acto. Delaney, asqueado, abandona la reunión. Los restantes socios hablan con Patterson y le hacen creer que todos, incluido Delaney, verían con muy buenos ojos que accediera a lo que pide McFly. Delaney tarda en enterarse de la maniobra, y cuando lo hace monta en cólera: visita a Patterson en su domicilio, por la noche, y le dice que no tiene ninguna obligación de sacrificarse de ese modo, y que la empresa podrá subsistir sin el acuerdo. Patterson le escucha en silencio, con los ojos humedecidos.
A la mañana siguiente tiene lugar la firma del contrato, y en secuencias alternas asistimos al humillante encuentro entre Patterson y McFly. Acostumbrados a los montajes paralelos en tiempos simultáneos (el bautizo y la vendetta que cerraban la primera entrega de El Padrino, por ejemplo) nos cuesta un poco advertir que el acuerdo y el encuentro no suceden al mismo tiempo, pero basta con fijarse en que McFly está presente en la reunión, de modo que no puede estar a la vez humillando a Patterson. Sin embargo, esa alternancia de tiempos corre el riesgo de desorientar un poco al espectador y provocar que cambie de cadena. Pero lo más singular (por desacostumbrado) viene a continuación. Patterson llega a su casa y se dirige a su habitación. Llaman a la puerta. Es Delaney, que se presenta con frases conocidas: el diálogo entre ambos se repite de nuevo. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué estamos viendo otra vez la misma secuencia? Porque hay un tercer salto de tiempo: volvemos a la noche anterior, pero ahora tenemos nuevos datos, y con la repetición vamos a encajar todas las piezas. Ahora los guionistas nos hacen comprender plenamente las verdaderas causas del silencio de Patterson y de sus ojos humedecidos: Delaney llegó tarde, cuando el acto humillante ya había tenido lugar.
Los guionistas no complicaron el relato por gusto o para hacerse los listos. Era un reto. Sabían lo que podían perder y lo que podían ganar: perder audiencia, ganar complejidad y potencia emocional. Era un acto de gozosa libertad creativa. Los guionistas estaban diciéndonos: “Somos profesionales, y muy buenos. No pretendemos hacer experimentalismos. Solo queremos contar las cosas a nuestra manera. Tened confianza”.
Viendo ese episodio sentí orgullo. Exhalaba riesgo. Exhalaba libertad. Y un poderío antiguo: el mismo que debió sentir Flaubert al armar el episodio de los comicios agrícolas en Madame Bovary o Vargas Llosa cuando estructuraba Conversación en la Catedral, para citar tan solo dos clásicos. Lo diré de otra manera: estamos más o menos acostumbrados a ver procedimientos similares en las grandes series actuales pero ¿cuántas veces hemos sentido últimamente esa maravillosa sensación (de orgullo, de riesgo, de libertad) leyendo una novela contemporánea? Pocas. Muy pocas veces. Es más que posible que un novelista de hoy eche el freno a la hora de narrar de esa manera (sí, como los clásicos). Van a decirle que “con la que está cayendo” el público quiere historias “sencillitas”, y que los experimentos, con gaseosa. O le acusarán de lo peor, lo más terrible, lo más vergonzoso: su libro es “demasiado literario”. Después de ver el episodio soñé que a alguien se le ocurría montar un equivalente editorial de HBO, con lectores pagando una cuota a cambio de que no les considerasen niños de teta. Al despertar, una de mis voces interiores se partió de risa, pero la otra me susurró: “Todo se andará”.

jueves, 30 de agosto de 2012

POESÍA. "Lejos del cielo", de Olga Bernard (Zaragoza, 1969)

Olga Bernard


LEJOS DEL CIELO
Mi niño levantó la vista al cielo
y yo seguí esos ojos hacia el aire.
No encontré nada nuevo, y el reía.
Perdido el cielo de los ojos limpios,
queda ganárselo vendiendo el alma.
He visto compradores que acarician
con sucias manos su silencio suave,
lejos del lago de los ojos, lejos
de la primera vez de la mirada.

PRENSA CULTURAL. Sobre Lawrence Durrell y su "Trilogía mediterránea"

Lawrence Durrell en su casa de la Provenza, en 1961 / ELLIOTT ERWITT / MAGNUN PHOTOS ("El país")

   En "El País":

El espíritu de las islas

Se cumplen cien años del nacimiento del autor de El cuarteto de Alejandría. Una nueva edición recoge en un volumen sus libros sobre Corfú, Rodas y Chipre

 25 AGO 2012 
El cuarteto de Alejandría y El quinteto de Aviñón no estarían completos sin la trilogía de las islas. Efectivamente, el mapa de la creación de Lawrence Durrell (1912-1990) se extiende más allá de los límites de sus dos mayores obras de ficción y tiene en el conjunto que componen sus tres grandes libros literarios sobre islas —consagrados respectivamente a Corfú, Rodas y Chipre— un maravilloso archipiélago, al que ahora se puede arribar en un solo viaje al haberlos reunido en un único volumen la editorial Edhasa bajo el título de Trilogía mediterránea (2012). Una estupenda opción de lectura para los felices mortales que aún estén de vacaciones y una cita de indudable melancolía para los que ya hayan (hayamos) regresado de alguna isla similar. Es cierto que en puridad deberíamos añadir al lote insular de Larry Carrusel siciliano (Noguer, 1990) y Las islas griegas (Folio, 2004), aunque el primero escapa al ámbito griego y el segundo, publicado originalmente en 1978, es una obra mucho más tardía que las otras tres y utiliza parte del material de las anteriores.
La celda de Próspero (Corfú), Reflexiones sobre una Venus marina (Rodas) y Limones amargos (Chipre) son mucho más que libros de viajes, aunque compartan algunos elementos de ese género literario. El escritor y amigo de Durrell, Richard Aldington, al que, por cierto, debemos la primera (1955) biografía desmitificadora de otro Lawrence, el de Arabia, decía muy acertadamente que había que considerar más bien esas tres obras insulares como “foreign-residence books”, libros de extranjero residente. Durrell, hombre que pasó su vida abroad —en outremer, que diría él—, hizo mucho más que viajar allí: pasó una larga temporada en cada una de las islas, periodos muy importantes de su vida personal —con diferentes mujeres, amistades y circunstancias— y creativa, y adquirió viviendas en todas ellas, como la vieja y encantadora casa de pescadores (Casa Blanca) en Kalamai, al norte de Corfú; la pequeña Villa Cleóbulo, junto a un cementerio turco en Rodas, oculta por adelfas y rododendros, o la gran casa hecha una ruina, pero de tan indescriptibles vistas en el pueblo de Bellpais, bajo el castillo de Buffavento, en Chipre, y cuya rocambolesca compra es motivo de algunas páginas divertidísimas antes de que el libro derive hacia la tragedia.
La trilogía reivindica una cierta “islomanía”, como la define encantadoramente uno de los personajes de Reflexiones sobre una Venus marina, una “dolencia del espíritu” que afecta a las personas para las que las islas resultan irresistibles. “El simple conocimiento de que se encuentran en una isla, un pequeño mundo rodeado por el mar, las llena de una indescriptible embriaguez”. Los islómanos natos serían (seríamos) descendientes directos de los atlantes, “y durante toda su vida isleña su subconsciente tiende hacia la perdida Atlántida”…
En conjunto, estos libros de islas, llenos de caiques, pescadores de esponjas, baños en aguas frescas y transparentes de un mar “que enreda y desenreda sus mallas de plata”, veladas con gentes inolvidables fumando cigarrillos Papastratos, y una vida en general frugal, pero bien regada de vinos, licores y amistades, componen una mezcla bastante completa de los intereses de Durrell. Hay historia, atravesada de mito, leyenda y folclore (destruye nidos de golondrinas y te saldrán pecas, advierten en Rodas); hay formidables descripciones de paisajes, llenas de un lirismo arrebatador que entra a menudo en el campo de la poesía (y algunos de los poemas de Durrell brotan directamente de ahí); hay una riquísima galería de personajes y sucesos, en cuyo dibujo puede verse cómo el autor tiende a ficcionalizarlos (incluso a sí mismo), como si fueran embriones de sujetos y episodios de sus novelas; hay política (la ocupación aliada en Rodas al final de la II Guerra Mundial, el conflicto de la enosis, la aspirada unión con Grecia de la comunidad grecochipriota, en Chipre, que nos muestran a Durrell en su avatar de funcionario del Foreign Office), y hay aventura (de la que le gustaba a Larry, de película de espías), incluso pistola en mano…
El autor de El cuarteto de Alejandría
La deriva continúa hacia lo narrativo, la metaliteratura, la atracción por los elementos oscuros, heterodoxos, sexuales y morbosos; la experimentación con el lenguaje, incluidas metáforas audaces hasta la torsión, y la fijación con la amistad y la recurrente pérdida de los amigos, la despedida, la desbandada y el recuerdo (“qué lejano viaje podemos desear a los amigos / para mimar su ausencia con nuestro recuerdo”, decía en unos versos), son otros aspectos comunes a este apasionante abanico durrelliano.
Por encima de todo está la obsesión característica de Durrell por definir el sprit of the place, el alma del lugar, algo que siempre consigue tan magistralmente, sea en Alejandría o la Provenza. Y está Grecia, por supuesto, el gran amor del escritor (que en cambio —nadie es perfecto— difícilmente soportaba Egipto).
La celda de Próspero, que arranca con una frase memorable —“En algún sitio entre Calabria y Corfú comienza realmente el azul” (con perdón de Formentera)—, describe la estancia de Durrell y su mujer entonces, Nancy Myers, en la isla jónica, a la que la familia Durrell, la madre viuda, Louisa, y sus cuatro hijos (Larry, obsesionado con la literatura, Leslie, obsesionado con las armas, Margo, obsesionada con los chicos y Gerald, obsesionado con los bichos, como sintetiza simpáticamente el biógrafo de Lawrence Durrell, Gordon Bowker —Trough the dark labyrinth, Pimlico, 1996—), habían llegado en 1935 desde una Inglaterra que les parecía gris y opresiva. Lo era especialmente en comparación con la India que había sido su hogar (el padre era ingeniero de los ferrocarriles del Raj) y donde Larry había nacido (Jalunda —actual Jalandhar—, 1912). El libro, en el que encontramos a Larry y “N.” en su propia casa, apartados de la encantadora, pero ruidosa familia y de la afición de Gerald a la fauna más indeseable, es delicioso aunque inevitablemente elegiaco, pues está escrito desde una “abrumadora distancia”: desde Alejandría, donde Durrell se instaló tras huir por los pelos de Grecia a raíz de la invasión alemana en 1941 y cuando pensaba que jamás regresaría a la brillante y diminuta motita de aquella Arcadia jónica. La añoranza es contagiosa y más cuando Durrell recuerda los baños desnudo en el mar del verano o el hallazgo en la playa de una tortuga muerta de pesados párpados amarillos. De la vecina Léucade, otra de las jónicas, yo conservo la imagen muy durrelliana de una mantarraya gigante extendida sobre la parte trasera de la baqueteada camioneta del capitán Spyros (un saludo desde aquí, ¡yasas kapitanos!), rezumando mar y misterio a partes iguales.
Los enamorados de las islas, irredentos islómanos, serían para el escritor los nostálgicos descendientes de los atlantes
Hay muchas otras cosas maravillosas en el libro: la pesca de una anguila fiera como Satanás y de pulpos con tridente, las historias de náyades y del dios Pan, o la de san Espiridón, a cuya momia le puedes besar las zapatillas; la búsqueda del lugar de encuentro entre Ulises y Nausica, las conversaciones con el conde D. (al tío del cual, acreditado vampiro —vrikolakas—, hubo que exhumarlo y clavarle una estaca para acallar habladurías). El conde sostiene que Shakespeare pensaba en Corfú al describir la isla de La tempestad. En los silencios de las veladas se oyen las naranjas que caen de los árboles en el huerto, y a los búhos. Aprenderemos que es peligroso echar la siesta bajo un ciprés o que la cama es lo único que no te pueden embargar por deudas en Corfú. Entre los personajes, Mateo, el dinamitero de peces que, como un Stauffenberg de la pesca, ha perdido un ojo y media mano; Zarian, el poeta armenio, y Theodore Stephanides, el médico erudito que introdujo a Larry en la poesía de Palamas y Kavafis y al que Durrell consideraba uno de sus “tíos” espirituales.
Encontramos en este y los otros dos libros un interés por la anécdota histórica culta y las etimologías similar al de los hermosos libros griegos de Patrick Leigh Fermor, buen amigo de Durrell. Paddy, al que Larry conoció durante la guerra en El Cairo, aparece, retratado con cariño y admiración (Durrell al cabo no fue soldado, ni héroe), en diferentes episodios en Rodas y Chipre, acompañado por su camarada de armas Xan Fielding y por la que el escritor denomina La Diosa del Trigo (Joan Eyres-Monsell, la futura esposa de Paddy). Juntos, Larry, Paddy y Xan, exploran los conductos subterráneos de agua infestados de murciélagos de la antigua Cameirus, en Rodas, aventura origen del poema de DurrellThe lost cities.
Hay momentos de una poesía sublime, y de indecible tristeza en Corfú; otros jocosos. Como cuando al mostrársele a un viejo campesino el cuarto de baño del conde —con sus elementos tan insólitos en la isla, carente de retretes—, el hombre se persigna y dice: “Ruego a Dios, mi Señor, que nunca lo necesite”. O cuando un pastor, al interrogársele por la costumbre local de tener una oveja favorita, a la que se engalana, responde: “Desde cualquier punto de vista son superiores a nuestras esposas. Pero sobre todo no hablan”.


La famosa Casa Blanca de Lawrence Durrell en Kalamai, al norte de Corfú
Rodas es una isla que conozco bien y por eso he de confesar una debilidad especial por Reflexiones sobre una Venus marina, aunque, claro, la Rodas de la inmediata posguerra, sin gatos, con prisioneros alemanes, alambradas, el aeródromo con sus aviones chamuscados y aún con playas minadas está muy lejos de mi experiencia turística. Por supuesto no debe haber nada mejor, históricamente hablando, que ver Rodas después de un asedio. Durrell llega desde Egipto (“hervidero de sabandijas”) como oficial de información de las fuerzas de ocupación británicas tras cuatro años de exilio de su querida Grecia. Inmediatamente entra en un éxtasis Egeo con el reencuentro y se pone bajo la advocación de la Venus de Rodas, la bellísima estatua de la diosa pescada en el mar y genius loci de la isla (que tiene su alter ego en Afrodita, la pobre puta que vende sus favores en los muelles). Pronto se le une su nuevo amor, E. (Eve Cohen, la inspiración para el personaje de Justine). De nuevo el azul, los amigos que vienen y van, el aire con aroma a mandarinas. A Durrell, anonadado de dicha, le cautivan las famosas puestas de sol rodias que provocan la ignición de las murallas y los minaretes entre hibiscos y adelfas, y no deja de escribir sobre el legendario Coloso —“tardes enteras zambulléndonos en el puerto en busca de fragmentos”— . En Rodas los niños pasean con una cigarra atada como un juguete ruidoso. El periódico que lanza Durrell tiene sumo éxito por la falta de papel para envolver los pescados. “Eso sitúa al periodismo en su perspectiva correcta”, anota.
Me ha sorprendido encontrar un párrafo que sugiere el inicio de Justine: “Otra vez el siroco: un gigantesco oleaje coronado de espuma blanca que corre hacia Anatolia y estalla en pedazos contra los promontorios hundidos en humo”. Y en Limones amargos, unas consideraciones sobre los templarios y Bafomet que apuntan al Quinteto.
A Chipre llega Durrell en 1953 tras cinco años de destierro griego, esta vez en Serbia. Las primeras noticias sobre la isla son desalentadoras. Árida y la gente bebe demasiado. “¿Y las mujeres?”, pregunta Larry. “Muy feas. Feas de veras”. No es extraño que sus primeros pensamientos vayan hacia Bragadino, el defensor de Famagusta, desollado por los turcos y cuya piel rellena de paja fue paseada por el Mediterráneo en el palo de una galeaza. No obstante Durrell acaba disfrutando en Chipre, donde se reencuentra con las encantadoras moeurs mediterráneas. Para evitar una pelea con un macizo chipriota —pese a que Larry era buen boxeador—, se inventa que su hermano ha muerto combatiendo junto a los griegos contra los pánzer nazis en las Termópilas (1941). Luego, al llegar de visita Gerald, se produce la natural sorpresa. El libro deriva hacia lo político y el thriller al irse agriando la situación en la isla por la aparición del terrorismo del EOKA. Durrell se encuentra en la difícil coyuntura de ser funcionario británico entre sus amigos griegos encabronados. El escritor acaba pareciendo un personaje de Graham Greene: le llaman vecino, pero lleva pistola. Cuando se marcha por piernas, le prometen que le cuidarán la casa y le despiden con el proverbio chipriota: “El vino del año próximo es el más dulce”.
Trilogía mediterránea. Lawrence Durrell. Traducción de Floreal Mazía. Edhasa. Barcelona, 2012. 768 páginas. 28,50 euros.

PRENSA CULTURAL. "La dimensión coral de la guerra civil". VV.AA.




   En "El País":

La dimensión coral de la guerra civil

La obra de Jorge M. Reverte aúna el rigor metodológico y un profundo conocimiento de la bibliografía existente con una prosa ágil y amena

 /  /  /  / /  /  9 JUN 2012 

En el año 2001, Jorge M. Reverte publicó con Socorro Thomas Hijos de la guerra. Testimonios y recuerdos (Temas de Hoy). Era un libro peculiar, que recopilaba testimonios de hombres y mujeres nacidos en la década de los años 20, que habían vivido la guerra civil en su infancia y adolescencia, y en su juventud, la durísima posguerra. Se trataba de unos testigos muy especiales, que de manera brutal transmitían los códigos morales, la postura ante el dolor ajeno, la asunción de la idea de la muerte... La metodología para elegirlos no pretendía ser científica. Los autores buscaron contrastes y visiones diferentes. Pero la razón esencial de la selección fue que los recuerdos contaran peripecias referidas a los aspectos míticos de la guerra. Ambos consideraban que el relato de las crueldades sufridas por aquellos niños contribuiría a combatir cualquier “hermosa visión de la guerra romántica” y la tendencia a “minusvalorar el carácter salvaje de la represión en el bando franquista”.
En el caso de Reverte también había algo personal en un empeño al que ha dedicado desde entonces muchos años. Porque si él no fue un niño de la guerra, sí fue el hijo de un soldado que combatió en ella y la guerra –a veces en forma de silencio- estuvo omnipresente en su infancia. Quizá de aquellos silencios proviniera la curiosidad –madre de la ciencia-, y de ahí su empeño por saber más. El afán por salvaguardar testimonios de primera mano le impulsó a instar a su padre, Jesús Martínez Tessier, para que escribiera los recuerdos de su etapa como soldado. El resultado fue Soldado de poca fortuna (Aguilar, 2001; reedición en RBA, 2012), un hermoso libro de memorias editado por los hermanos Jorge y Javier Reverte.
Hijos de la guerra y Soldado de poca fortuna fueron el preludio de cuatro libros que hoy son fundamentales para conocer la guerra civil: La batalla del EbroLa batalla de Madrid y La caída de Cataluña (Crítica, 2003, 2004 y 2006), trilogía complementada con El arte de matar (RBA, 2009), un excelente ensayo sobre las estrategias militares de la contienda. Hay en ellos cierta continuidad con su trabajo anterior, porque están labrados en torno a los diarios, cuadernos de notas, memorias y testimonios orales sobre la guerra, realizados por ciudadanos del común, recopilados a lo largo de los años. La guerra adquiere así una dimensión coral que hace de estos libros piezas singulares, lo que ha contribuido a convertirlos en éxitos editoriales. Pero, además, Reverte empleó las herramientas habituales en el trabajo del historiador: el rigor metodológico, un profundo conocimiento de la bibliografía existente, el manejo preciso de las fuentes documentales directas, la lectura crítica de las distintas interpretaciones sobre la guerra… Sin renunciar por ello a una prosa ágil y amena, al buen hacer acumulado durante años de experiencia como escritor, una virtud de la que muchos de nosotros podríamos aprender. Periodista de formación, novelista de vocación, Jorge M. Reverte también es hoy uno de los historiadores que más saben sobre la guerra civil. Y no se limita a la guerra su obra histórica. En los últimos años ha publicado dos minuciosos estudios: uno sobre la huelga minera de Asturias de 1962 (La furia y el silencio, Espasa, 2008) y otro sobre la división azul (RBA, 2011), en los que también da cabida a numerosas voces de ciudadanos envueltos en la vorágine de la historia.
Cualquier comunidad de historiadores debería celebrar la incorporación al debate historiográfico de un activo como Jorge M. Reverte. Y probablemente son mayoría los colegas que así piensan. Pero la libertad, basada en la investigación y la reflexión, con la que Reverte ha cuestionado algunas interpretaciones historiográficas sobre la guerra civil también ha levantado ampollas en algunos. En los últimos meses su trabajo ha sido cuestionado, no solo con argumentaciones críticas —algo razonable y deseable— sino también con descalificaciones que trascienden al debate historiográfico hasta llegar a cuestionar su “crédito personal”, a tildarle de frívolo o a resaltar su condición de intruso en una comunidad de profesionales de carrera.

En los últimos meses su trabajo ha sido cuestionado, no solo con argumentaciones críticas sino también con descalificaciones que trascienden al debate historiográfico
Entre las censuras recientes hay una llamativa: cómo alguien de izquierdas, como Reverte, puede airear y criticar la represión ejercida en la España republicana durante la guerra civil. Lamentablemente, esta es una opinión extendida hoy en determinados ambientes historiográficos: que ser de izquierdas exige la defensa de una visión monolítica del pasado que encubra o disculpe cualquier violación de derechos humanos que la izquierda haya cometido a lo largo del tiempo, so pena de convertirse en un traidor a la causa. Por la misma lógica, quien disienta —aun cuando sea sobre un trabajo basado en la investigación y la reflexión— de una versión idealizada del papel de las izquierdas en el pasado, ha de ser, como poco, un revisionista, o incluso un franquista emboscado. Ambos planteamientos, al condenar la libertad de investigación y el pensamiento crítico atentan contra el trabajo del historiador, al que Jorge M. Reverte se ha dedicado con pasión y solvencia durante los últimos años.
José Álvarez Junco, Mercedes Cabrera, Santos Juliá, Pablo Martín Aceña, Miguel Martorell, Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey Reguillo son historiadores.

PRENSA CULTURAL. "Leer y releer 'La muerte de Virgilio'", por Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

   En "El País":

Leer y releer ‘La muerte de Virgilio’

La obra de Hermann Broch cautiva a la vez el oído literario y el oído musical

 18 JUN 2012

A Carlos Fuentes, in memoriam
Nuestra percepción literaria y humana de las grandes creaciones novelescas cambia con la edad. Cada relectura, conforme ascendemos al cenit de la vida y luego descendemos de él, descubre lo que no supimos ver en nuestra lectura anterior, y si el lapso transcurrido es de medio siglo, la diferencia entre lo leído y releído es proporcionalmente mayor. Lo que la obra dijo al joven que fui no interesa al viejo y curtido lector. Nuestro yo se ha transmutado y por eso leemos un libro nuevo. Así ha ocurrido con la novela de Hermann Broch, La muerte de Virgilio, a la que me asomé apenas cumplida la treintena, cuando la devoré en su reciente traducción francesa, en el mismo ejemplar marchito que ahora releo editado por Gallimard.
Mis recuerdos de la primera y segunda parte de la novela se habían borrado. Me deslicé sobre ellas para centrar mi interés en la tercera; la que describe la larga conversación didascálica de Virgilio con sus antiguos colegas y amigos y, sobre todo, con su protector César Augusto, a su llegada al puerto de Brindisi con el séquito de éste, lejos de su amada Atenas. Las reflexiones sobre el arte de escribir; las comparaciones contrastadas acerca del valor de la poesía, ciencia y filosofía; las referencias a Teócrito y Lucrecio, Catulo y Horacio, así como a sus maestros griegos (Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides y al “divino Platón”) y la evocación de Las Bucólicas, Las Geórgicas y de La Eneida que Virgilio dejó sin terminar y cuyo manuscrito —con la conciencia amarga de haber puesto la pluma ad majorem gloriam de César y no de la masa sufriente del pueblo— quiere destruir, me apasionaron. Hoy, por el contrario, me han parecido convencionales e incluso inverosímiles en boca de un moribundo -si cabe verosimilitud alguna en la a veces impetuosa, a veces mansa fluidez verbal de la obra- tras la portentosa audición de la agonía del poeta en las dos primeras partes.
El murmullo de la voz interior de Virgilio a la entrada de la flota romana en el puerto; mientras es llevado en andas por entre la exaltada multitud que aclama a César; durante el penoso trayecto por barrios miserables guiado por la antorcha del niño que encarna sus sueños, de ese muchacho casi transparente que surge y se desvanece, se funde con la imagen de un gigantesco esclavo y le conduce finalmente al pabellón de descanso con la preciosa caja de cuero que encierra el manuscrito de La Eneida, es el lento rumor de una marea que asciende y asedia su conciencia: la voz imperiosa (¿o diabólica?) que le ordena destruir el poema.
Su duda corrosiva en el valor cognoscitivo de la poesía —en esa invisibilidad melódica de la que brota la poesía—, pone en entredicho La Eneida. Los héroes de ésta son simples creaciones verbales, palabras perecederas como su propio autor, en busca de una inmortalidad inasible y ajena: la del universo nocturno que contempla “bajo la música de las estrellas”. El afán de abismarse en el vacío que le precedió y el que volverá sin remedio le exige la previa aniquilación de la obra, la renuncia al señuelo de lo imperecedero.
La destrucción como secuencia ineludible de la creación —mueren los hombres y mueren los dioses—, la contradicción ínsita al arte, condenado a crear lo perdurable con cosas perecederas, palabras, sonidos, colores, piedras, pues “la belleza no incide en la existencia del tiempo, solo la abole de forma simbólica”, le conduce al axioma de su condición precaria, de la desaparición inexorable de la forma material creada.

¿Cómo podía asimilarla el joven lector vanidoso que fui?
La voz interior que le acompaña, y acompaña al lector, suave como una marea, en su traslado en andas a la escucha de la oscuridad, a la escucha de la muerte ya cercana, es el compendio de su propia vida y del azar que la remata; “el poeta no puede nada, no puede evitar mal alguno. Se le aplaude si embellece el mundo, no si tal cual lo retrata”. Su manuscrito no evoca la inhumanidad de la esclavitud, la inutilidad de las guerras, la ferocidad de la masa circense sedienta de sangre. La mentira procura la gloria, el conocimiento no, le susurra al oído la voz en reiteradas variaciones sinfónicas. Tú has vivido en el círculo de quienes detentan el poder aunque nada en común tengas con ellos. No has logrado aunar, como Platón, poesía y conocimiento. Te has dejado mecer por la alabanza hipócrita de los que te rodean. ¡Libérate al fin de la mentira, destruye La Eneida!
La evocación fragmentada y acrónica del pasado, desde los recuerdos infantiles en el campo hasta el simulacro de la gloria y admiración mundanas, alterna con fogonazos de belleza deslumbrante: la imagen casi desvanecida, pero antaño real y bien real, de la mujer que amó sin compartir con ella el lecho, y hoy —en el presente narrativo novelesco— una mera silueta, apenas una sombra: “admirado, incluso en el recuerdo, de que tal belleza hubiera existido y de que posada en el rostro humano como un vapor ligero, nacida de la inmortalidad, del hálito de la inmortalidad, la luz emanase de él sin cesar, resplandor y extinción distantes y familiares, sonrisa nocturna próxima y lejana, marchitable como la alheña blanca, delicado tejido que vela su ausencia real”.
Vuelvo a mi incomprensión de “El agua” y “El fuego”, primera y segunda parte de la novela de Hermann Broch. ¿Cómo podía asimilarlas el joven lector vanidoso que fui, atraído como una falena por el brillo de la vida literaria y no asomado aún ni de lejos al acantilado de la vejez? La muerte de Virgilio cautiva a la vez el oído literario y el oído musical. Su relectura es la audición de una sinfonía cargada de símbolos, perturbadora pero serena. No la de Los adioses de Haydn, sino la de la Novena de Beethoven o del Requiem alemán de Brahms que solía poner de sobrecena, acompañado, hasta hace dieciséis años y que, desde entonces, me es imposible escuchar. Música, poesía y novela se superponen en ella sin confundirse, como una promesa liberadora que borra pasado y presente, suspendida en el hilo que nos lleva a la aurora de los tiempos y a su implosión final.
Juan Goytisolo es escritor

miércoles, 29 de agosto de 2012

POESÍA. "Espíritus del vino", de Olga Bernard (Zaragoza, 1969)

Olga Bernard


ESPÍRITUS DEL VINO
Melancolía alcohólica de nueva madrugada,
acerada en su fragua de licores.
Un espíritu lento siento alzarse
mientras el mundo gira más que nunca
y olvida las renuncias, suspendiéndolas
de la frágil cordura evaporada.
La larga caravana del arrepentimiento
se ha detenido ahora bajo el cielo.
Reina la luna en el desierto grave:
la noche se ha encantado,
marca su territorio con estrellas,
hogueras vivas, altas y felices.
Por el caliente aliento del verano,
la irrealidad afina sus contornos.

Una parte de mí salió volando,
-rápida como un pájaro-
sedienta como siempre pero alegre,
con su porción de eternidad en las alas.
En los ojos la luz del vino oscuro,
la turbia niebla sobre la conciencia;
decir entonces sí, te amo entonces,
puedo besar los labios que no importan.
En la noche encantada, los arqueros
tienen también el brillo inmaculado,
incauto y misterioso de las presas.

Abre la puerta azul del cuarto negro,
ven conmigo al deseo y después deja
que a todos nos absuelva su inocencia.

PRENSA. "Esguinces verbales", por Juan José Millás

CLESS ("El País")

   En "El País":

Esguinces verbales

Hay matrimonios cuyos cónyuges aparecen unidos por coordinación o subordinación, los hay meramente yuxtapuestos en el peor sentido

 22 AGO 2012 

La conjunción gramatical es una de las piezas más pequeñas del motor de la frase. Se utiliza para unir oraciones o palabras y establecer entre ellas relaciones jerárquicas que reflejan los escalafones de la vida. Quiere decirse que las conjunciones sirven para saber quién manda. Cuando escribo en el BOE “te quito la paga extraordinaria porque eres un funcionario de mierda”, resulta que el “porque”, una modestísima conjunción, articula dos oraciones (“te quito la paga extraordinaria” y “eres un funcionario de mierda”) al modo en que la rodilla y el codo articulan, respectivamente, las dos partes de que se componen la pierna y el brazo. Las articulaciones son tan importantes para mantener el statu quo que, a la hora de amputar, no es lo mismo que te corten por debajo o por encima de la rodilla, por debajo o por encima del brazo. Si el cirujano logra salvar la articulación, la prótesis que sustituya al miembro perdido resultará más eficaz.
Gracias entonces a ese humilde “porque”, una palabra de dos sílabas que además carece de otro significado que el meramente gramatical, estas dos oraciones pueden andar juntas por la vida. Y cuando nosotros las vemos saliendo de la boca de un ministro o escritas en un papel con membrete, adivinamos enseguida cuál es la principal y cuál es la subordinada porque reflejan una jerarquía copiada del orden de la existencia. En otras palabras, yo sé quién es el funcionario de mierda al que reducen el sueldo y quién el ministro que ordena reducirlo. ¿Sirve o no sirve la conjunción para saber quién manda?
Hay conjunciones que sirven también para subir el IVA, como cuando Rajoy, por ejemplo, dice: “Ese asunto no está ahora mismo encima de la mesa, pero…”. Da igual lo que venga detrás del “pero”…, que es la conjunción, porque el significado es que subirá el IVA. A veces, aunque el “pero" no está explícito, funciona con idéntica eficacia. Si Rajoy afirma que no está en condiciones de asegurar que pedirá el recate, lo que quiere decir es que lo pedirá. El “pero” que vendría a continuación, y que ha escamoteado al público, es, aunque invisible, de tal tamaño que no queda otra. Los huesecillos del tobillo tampoco se ven y nadie duda de su eficacia. Una amiga se hizo un esguince nada más comenzar las vacaciones, o como se llame lo de este año, y está la pobre en un ay. Las conjunciones son muy dadas a los esguinces, sobre todo cuando salen de la boca de Rajoy y Montoro, aunque también de la de Ana Mato o de la de Soria, o de la de Morenés. Por no hablar del ministro de Cultura, que pronuncia todo el rato frases descoyuntadas (o con los huesecillos del talón hechos polvo), a las que su subsecretario, el pobre Lassalle, no hace más que poner férulas a fin de enderezarlas para que las dos partes de la oración, aunque rígidas, se mantengan más o menos en pie.
Hay tantas formas de articulación gramatical como de articulación existencial. La yuxtaposición, que es una de ellas, consiste en unir oraciones sin recurrir a ningún tipo de conjunción. Oraciones sin rótula, podríamos decir, o sin astrágalo, o sin lo que haya en el codo, que no me viene ahora. En lugar del nexo convencional, la yuxtaposición utiliza pausas o comas, como cuando decimos “llegué, vi, vencí”.
Yuxtaponer significa colocar una cosa junto a otra. En un libro de cuentos, por ejemplo, los relatos aparecen uno al lado del otro sin otro vínculo que la página que los separa para dar paso al siguiente. En la mayoría de las oraciones yuxtapuestas, sin embargo, a menos que estén tan descoyuntadas como aparentan, hay un vínculo invisible que indica algún tipo de relación entre ellas. Así, en “llegué, vi, vencí" se establece una sucesión temporal, lo mismo que en “murió mamá, la enterramos, nos entregamos al dolor”. También los buenos libros de relatos están recorridos por un hilo conductor, que, visible o no, somete a cierta unidad la diversidad que los caracteriza.
En la vida, la yuxtaposición suele obedecer también a algún criterio unitario. Los frascos de especias, en el supermercado, aparecen unos al lado de los otros y ordenados por orden alfabético. Especias y alfabeto, tales son sus puntos de articulación. Un Corte Inglés en el que los calcetines aparecieran mezclados con los hígados de pollo sería un Corte Ingles desquiciado. No existe de momento esa clase de Carrefour, pero del mismo modo que hay matrimonios cuyos cónyuges aparecen unidos por coordinación o subordinación, los hay meramente yuxtapuestos en el peor sentido de la palabra. Están juntos, sí, pero como podrían estar juntos un alicate y un rodaballo. No hay vínculo secreto que los articule, para alcanzar ese grado de unidad mínimo que les permita disfrutar, no sé, de ir del brazo al cine.
Viene todo esto a cuento de nuestros ministros. Los miembros de un Gobierno deberían estar unidos fundamentalmente por relaciones de coordinación. Coordinar, según el diccionario, significa, de un lado, disponer las cosas metódicamente y, de otro, concertar medios, esfuerzos, etc. para una acción común. Cuando decimos “Ministerio de Economía y Hacienda”, por ejemplo, estamos simbolizando con esa “y” copulativa los intereses que unen ambos departamentos. Ahora no lo decimos porque los ministerios de Economía y Hacienda aparecen yuxtapuestos. Están colocados el uno al lado del otro, sí, pero con la misma eficacia que en un supermercado loco venderían las máquinas de cortar césped en la misma sección que el menaje de cama. De hecho, Montoro y Guindos son lo más parecido a uno de esos matrimonios ya citados cuyos cónyuges están juntos por una equivocación del reponedor de mercancías.
Economía y Hacienda metaforizan la relación gramatical existente entre el resto de los departamentos. Uno sigue con paciencia infinita las declaraciones de unos y de otros en busca de una sintaxis conocida y no halla más que un conjunto de personas yuxtapuestas sin otra intención que la de hacer bulto y aguantar en el puesto, que debe de ser una bicoca. Imaginamos las reuniones del Consejo de Ministros como una suerte de cajón de sastre donde Industria y Cultura y Fomento e Interior, por citar solo unos pocos departamentos, conviven en una suerte de sálvese quien pueda al modo en que una nevera rota y una mesilla de noche desencolada conviven en un guardamuebles, sin otro criterio que el de ocupar el menor espacio posible. Los ministros del Gobierno ocupan poco espacio, pero ni siquiera esas apreturas a las que les obliga el pánico sirven para coordinar o subordinar, solo para yuxtaponer, aunque no, por desgracia, en el sentido gramatical del término. Una relación imposible.

PRENSA CULTURAL. "No crecer nunca", por Manuel Rodríguez Rivero

Manuel Rodríguez Rivero

   En "El País":

No crecer nunca

"Como ocurre con casi todos los mitos, “nuestro” Peter Pan es sobre todo un molde en el que han fraguado interpretaciones"

 19 JUN 2012

Desde Huckleberry Finn a El guardián entre el centeno o Harry Potter,una parte nada desdeñable de la historia de la novela ha explorado de diversos modos el viejo motivo de la suspensión del tiempo en el instante luminoso y dorado que asociamos a la adolescencia, aquel en que solo existe el presente y el porvenir se nos aparece aún más extraño e incomprensible que el pasado. No crecer, esquivar para siempre el deterioro de las facultades físicas y mentales (y de las cualidades morales) que relacionamos con la edad provecta, rechazar todo compromiso para permanecer eternamente receptivos, vivir con total libertad un aquí y ahora exento de las responsabilidades y quebrantos de la madurez. Si toda vida, como apuntaba Scott Fitzgerald, no es más que un largo proceso de demolición, en la adolescencia esa perspectiva queda aún muy lejos, de ahí que la imaginación adulta haya intentado una y otra vez congelar en innumerables poemas y narraciones aquel tiempo perdido e idealizado.
El tiempo detenido en un presente eternamente feliz es el tema que subyace a la historia de Peter Pan, posiblemente el más popular de todos los relatos acerca de la eterna juventud. James Matthew Barrie (1880-1937), de cuya muerte se conmemoraba ayer el 75º aniversario, comenzó a escribir la historia de su protagonista cuando ya era una celebridad literaria y, sobre todo, un dramaturgo de éxito. La primera aparición del personaje tuvo lugar en un relato fantástico publicado en 1902, pero la historia le sedujo lo suficiente como para que continuara dándole forma y explorando sus posibilidades dramáticas. Finalmente, en 1904 estrenó Peter Pan con una puesta en escena de lujo que requería más de cincuenta personajes y cinco cambios de escenario: el éxito fue tan apabullante que durante las siguientes tres décadas el espectáculo se convirtió en una pantomima familiar imprescindible en la cartelera navideña londinense.
Barrie asumió el triunfo y siguió perfilando a su criatura en dos sucesivas entregas novelescas. La última, Peter Pan y Wendy (1911), fue la que fijó definitivamente el arquetipo que, con diversos añadidos posteriores, ha entrado a formar parte de nuestro imaginario. Como el modelo de puer aeternus que describirían más tarde Kérenyi y Jung en la Introducción a la esencia de la mitología (Siruela), su héroe estaba dotado de ciertos superpoderes (volaba) y se caracterizaba por su obsesiva codicia de independencia y su rebeldía ante toda restricción o límite (el del tiempo, por ejemplo). Como ocurre con casi todos los mitos, “nuestro” Peter Pan es sobre todo un molde en el que han fraguado interpretaciones, glosas y añadidos posteriores, empezando por los derivados de la muy popular (y mucho más conservadora) película animada de la factoría Disney (1953).
A la postre, Peter Pan fagocitó a su autor de modo casi absoluto. Prolífico dramaturgo, narrador, crítico y ensayista, la posteridad lo recuerda, casi exclusivamente, por haber dado forma a una historia para niños que ilustra con trasfondo eduardiano el antiguo mito de la búsqueda de la infancia y/o juventud eterna. Pero, en todo caso, su biografía es por sí misma una fascinante novela en la que ocupan lugares destacados su infancia desprovista de cariño, sus complejos físicos (era tan bajito que algunos biógrafos se refieren a su “enanismo psicógeno”) y su insatisfactoria relación con las mujeres, aspectos todos ellos en los que han buceado los intérpretes freudianos de su obra. En esa biografía y, sobre todo, en la gestación de la aventura de Peter Pan, Campanilla, Wendy y los Niños Perdidos tienen mucho que ver sus extrañas relaciones con la familia Llewelyn Davies, cuyos hijos fueron la auténtica inspiración y estímulo para el desarrollo del relato. Una historia literariamente fascinante que utilizó Rodrigo Fresán como una de las líneas argumentales de su novela Jardines de Kensington (2003, Mondadori), y que también inspira el guion de la película de Marc Foster Descubriendo Nunca Jamás (2004).

PRENSA CULTURAL. "Arqueología del ahora mismo", por Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

   En "El País":

 16 JUN 2012

Que todo suceda tan rápido será un signo de estos tiempos angustiados. Afilada por la expectación de lo inminente y lo casi siempre temible la conciencia no tiene más remedio que mantenerse más alerta que nunca. El sábado por la noche, en una cena familiar en la que se discuten las últimas noticias alarmantes, escucho por primera vez el nombre de un helenista español que vive en Atenas y que escribe desde allí un blog sobre Grecia. El domingo, en la feria del Retiro, un librero me pregunta si conozco a Pedro Olalla y cuando le digo que no me regala Historia menor de Grecia, diciéndome que no puedo dejar de leerlo: entonces caigo en la cuenta de que su autor es el mismo del que oí hablar por primera vez la noche del sábado. Como el libro es de Acantilado incita en seguida a que las manos lo abran y entra por los ojos. En el taxi de vuelta a casa ya lo voy hojeando mientras la radio salta del fútbol a las noticias sobre el rescate financiero de España. Esa noche me quedo leyendo hasta que se me cierran los ojos. Solo he interrumpido la lectura para buscar por Internet el rastro de Pedro Olalla, que resulta ser un hombre joven y enjuto que habla y escribe con la misma solvencia sobre la Grecia clásica y la Grecia de ahora, sobre el fundamento griego de casi todas las cosas mejores que tenemos y sabemos y sobre el desastre de una Europa subordinada a los grandes poderes económicos, deshabitada de ciudadanía, estragada por clases políticas incapaces y corruptas.
Soy más proclive a pensar en la tradición de los griegos porque hace solo unos días he estado en el lugar donde la descubrí. He visitado el instituto donde hace cuarenta años oí hablar por primera vez de Homero, de Sócrates, de Pericles, de la idea de la democracia y del pensamiento racional, del individuo como ciudadano, del héroe trágico que ejerce su libertad y ha de hacer frente a las consecuencias de sus actos. Ante un grupo de adolescentes bastante burdos y con frecuencia desganados, un profesor entonces mucho más joven de lo que nos parecía a nosotros explicaba los enigmas de la lengua griega y hablaba apasionadamente de dioses y héroes, de la guerra de Troya y la ceguera de Edipo y la condena injusta de Sócrates. Aquel profesor, don Francisco Navarro, habría merecido que le hiciéramos más caso. Y aunque uno andaba trastornado por sus efervescencias hormonales y por su hosca y confusa rebeldía algunas cosas se le quedaron para siempre de aquellas clases de Griego: el gran arquetipo narrativo del viaje de Ulises, por ejemplo; la idea de la resistencia frente a la tiranía, representada heroicamente por las ciudades griegas que se unen contra la invasión de los persas; la noción del individuo que somete a duda los dogmas acatados por todos y que en nombre de su soberanía personal está dispuesto a morir. Si teníamos la capacidad de imaginar un sistema político en el que se pudiera respirar más anchurosamente que en aquel país eclesiástico y cuartelario en el que habíamos nacido era gracias a que unos griegos de veintitantos siglos atrás habían inventado la palabra y la idea de la democracia.
Mucho más habría podido aprender si hubiera prestado atención, pero una palabra que le escuché por primera vez a mi profesor de Griego la he tenido siempre presente: hubris. La hubris era la desmesura en la ambición o el exceso de confianza en las propias fuerzas que ciega a los soberbios y los empuja al desastre. En todo empeño humano hay un límite, una medida que la embriaguez del poderío o del éxito anima a traspasar. El soberbio es el único responsable de su propia perdición, pero las consecuencias de su insensatez arrastran también a los inocentes y a los débiles. No es un mal dictamen para comprender estos tiempos.
El aula de instituto en la que yo aprendía estas cosas a los quince y dieciséis años podría formar parte de la trama del libro de Pedro Olalla. Por su título y su portada parece que trata en exclusiva de la Grecia clásica, pero va mucho más allá, y llega mucho más cerca de nosotros. Cada breve capítulo es como una polaroid en la que la imaginación literaria se combina con el conocimiento histórico más serio para ofrecer un episodio de los orígenes o de la larga cadena de transmisiones y resonancias de la actitud humanista hacia el mundo, que es el legado específico de los griegos. En las costas de Jonia, en torno al año 750 antes de Cristo, un poeta decide que además de los hechos de guerra y las proezas de los héroes contará sus debilidades humanas, su capacidad de ternura o de sufrimiento; en Atenas, el año 431, todavía en los principios de la guerra del Peloponeso, Pericles pronuncia un discurso fúnebre en el que celebra la libertad personal y el respeto a las leyes de todos como rasgos de la ciudadanía; en Alejandría, dos siglos después, un poeta llamado Dioscórides copia sobre un papiro unos versos celebrando la belleza y la sensualidad de su amante Doris; el año 10 de nuestra era Pítilo, ciudadano de Antigonia, dedica en un templo la inscripción en piedra en la que conmemora la liberación de sus esclavos. Todo sucedió hace mucho tiempo y ayer mismo: Eratóstenes calcula con precisión asombrosa el diámetro de la Tierra; se funda la biblioteca de Alejandría y al cabo de unos siglos ya está incendiada y no quedan ni ruinas de ella; la filósofa Hipatia es martirizada por una chusma de cristianos fanáticos; Petrarca recibe unos códices recién llegados de Bizancio que contienen la Ilíada y la Odisea y apenas puede descifrar unas palabras, porque no sabe griego; solo en su torre, en 1571, Montaigne decide que irá tomando apuntes de sus lecturas de los maestros griegos y latinos, y nutriéndose de ellos funda la conciencia moderna. En 1955, en la isla de Ischia, un arqueólogo descifra en los fragmentos recién excavados de una copa de barro la que bien podría ser la inscripción más antigua en griego…
Pedro Olalla dice que aspira a ser rigurosamente histórico en cuanto al contenido y rigurosamente literario en cuanto a la forma. En ese propósito se parece al inmenso Gibbon, que en los miles de páginas de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano junta la potencia narrativa de varias docenas de novelas. Y también me recuerda las melancólicas evocaciones de la historia antigua de Cavafis, y esas viñetas históricas insuperables en las que Borges mezcla la erudición de Gibbon con las visiones fantásticas de Marcel Schwob. La trama abarca milenios y sus ramificaciones son casi ilimitadas, pero la médula de lo que Pedro Olalla quiere contar es el devenir de la noción ilustrada del individuo autónomo y la sociedad libre gobernada por la ley. En cada ser humano y en cada momento de la historia se está debatiendo siempre la primacía de la racionalidad o de la barbarie oscurantista, la de la libertad o la sumisión. El ahora mismo es un capítulo en esa Historia menor que Pedro Olalla podría seguir escribiendo.
Historia menor de Grecia. Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos. Pedro Olalla. Prólogo de Nikos Moschonas. Acantilado. Barcelona, 2012. 384 páginas. 24 euros. pedroolalla.com.