lunes, 31 de mayo de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Sobre Carmen Laforet, por Rosa Montero

Carmen Laforet (Barcelona, 1921-Madrid, 2004), a principios de los años cincuenta. En 1945, con 23 años, obtuvo el primer Premio Nadal por su novela Nada, que fue un éxito en la Feria de Libro de Madrid de entonces. ("El País")


En Babelia, suplemento cultural de "El País":

El miedo y la gloria


Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón, es un libro esencial para entender la atormentada realidad de la mítica y misteriosa autora de Nada. Es uno de los libros de la temporada que confirma la conquista imparable del género biográfico en España. Junto a él otros como el de Simone de Beauvoir protagonizan la 69ª Feria del Libro de Madrid.

ROSA MONTERO 29/05/2010

La monumental y fascinante biografía que los profesores Anna Caballé e Israel Rolón han escrito sobre Carmen Laforet (1921-2004) es un libro que merodea en torno a un abismo. La mítica autora ha sido hasta hace poco el mayor enigma de nuestras letras; con 23 años escribió una novela prodigiosa, Nada, que ganó el primer Premio Nadal en 1945 y provocó un impacto colosal. Pero después, tras publicar unos pocos libros (y ninguno tan bueno), abandonó la escritura y ella misma fue desapareciendo, convirtiéndose a través de las décadas en una figura fantasmal, un troquelado sombrío. Mucho más tarde se supo que estaba en una residencia, se rumoreó que tenía Alzheimer, llegó la noticia de su muerte. Y, en 2009, su hija Cristina Cerezales publicó un conmovedor libro sobre su madre, Música blanca (Destino), que aportaba algunos datos pero seguía manteniendo la nuez del misterio.
A esa densa oscuridad se han acercado ahora Caballé y Rolón con un trabajo de investigación descomunal, y el enigma se va resolviendo con pasos de fieltro, cautelosos, contagiados del tortuoso secretismo de Laforet. El intenso agujero negro que es la vida de la escritora parece absorber de algún modo a sus biógrafos, de modo que el libro está lleno de cosas importantísimas que se insinúan pero no se cuentan. Todas las familias acarrean a la espalda un saco de tabúes y silencios, pero se diría que los Cerezales Laforet están especialmente acostumbrados a las veladuras. ¿Por qué no se sabe si la madre de Carmen era una depresiva? ¿Y por qué no se pone nombre a la dolencia que la llevó a la muerte, dejando huérfana a la escritora con 13 años? ¿Es posible que Carmen Laforet sufriera anorexia? ¿Qué era esa supuesta enfermedad neurovegetativa que dicen que padecía la novelista desde los años sesenta? ¿La diagnosticó alguien? Los biógrafos van dejando miguitas que conducen a llamativos agujeros de palabras no dichas, y la materia entera del libro parece temblar y escurrirse entre las manos. Cosa que aumenta el atractivo del texto: es el mejor acercamiento posible a una vida tan resbaladiza. Mujer en fuga se lee como un sobrecogedor y palpitante thriller, y al final hay un asesinato: la muerte en vida de la escritora.
Para empezar por el principio, su infancia en Las Palmas fue terrible, con la madre enferma y después una madrastra malvadísima. La primera huida de Laforet es de ese infierno, a los dieciocho años, para irse a estudiar a Barcelona a casa de su abuela y de sus tíos. Esa casa, esa posguerra desolada, ese mundo claustrofóbico lleno de dolor y amargura es lo que cuenta en Nada. Los deseos frustrados conducen a la ferocidad y el infortunio, parece decir la novela; haber creído algún día en la posibilidad de ser feliz envenena tu vida cuando todo se ha perdido. Se trata de una historia autobiográfica, pero está escrita de manera tan magistral que alcanza la fuerza expresiva de un arquetipo.
La enormidad del éxito de Nada descolocó a Laforet. Aunque, al parecer, ya estaba descolocada desde antes: era una persona extrañamente despistada, demasiado susceptible, timidísima. Una chica rara con algo informe y vagaroso, como si no estuviera del todo hecha, como si a su esqueleto le faltaran unos cuantos huesos. Tras el premio desconcertó a todo el mundo con sus respuestas chocantes, con su actitud huidiza y antiintelectual. Para alguien tan inseguro como ella, el peso escrutador de la fama debió de suponer una inmensa tortura.
De modo que enseguida empezó a tener problemas para escribir y para ser, esto es, para adaptarse a la mirada de los otros. La primera década parece normal. Se casó con el periodista Manuel Cerezales; tuvo cinco hijos; hizo diversas colaboraciones en prensa; publicó un libro de relatos y otra novela. Pero si se aplica el microscopio se observa el borboteo de la angustia. No se llevaba bien con su marido, la escritura era un tormento y, en 1951, conoció a Lilí Álvarez, la famosa y atractiva tenista, y se prendó de ella. Porque a Laforet le gustaban las mujeres, pero eso era algo que no se podía permitir. No con su inseguridad y su perenne sentido de culpabilidad, no en el aplastante entorno del franquismo. De modo que Carmen sublimó el amor por Lilí y lo transmutó en un rapto místico perfectamente adaptado al nacionalcatolicismo imperante. Incluso escribió una novela muy religiosa, Una mujer nueva, que dejó patidifuso al personal. La etapa beata duró siete años, los mismos que su relación con Lilí. Después rompieron, y Laforet volvió a ser ella misma. Sólo que unos escalones más abajo. Resulta terrible pensar que algo tan intrascendente como la orientación sexual de una persona pueda llegar a destrozar la vida de alguien dentro de un ambiente represivo.
Una mujer en fuga es la historia de una larga caída. De la deconstrucción de una persona. Los síntomas se van agudizando poco a poco: ese desasosiego que hace que se mueva todo el rato, que se vaya mudando de un sitio a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro, en casas alquiladas, casas de amigos, hoteles; las profundas, repetitivas depresiones; la adicción desde 1960 al Minilip, un medicamento para adelgazar que se compraba sin receta pero que llevaba anfetaminas, y que Laforet consumió a diario durante años, tal vez durante décadas; la imposibilidad de cumplir con sus contratos editoriales porque no podía escribir; las progresivas mentiras que contaba a todo el mundo cuando hablaba de los libros que estaba a punto de terminar; el avance de esa enigmática enfermedad neurovegetativa... Al separarse de Cerezales en 1970, tras 24 años de matrimonio, Laforet quiso creer que él había sido el culpable de la oscuridad. Pero en realidad fue a partir de entonces cuando las tinieblas la engulleron. Terminó convertida en una especie de vagabunda que acarreaba sus papeles en bolsas de plástico, y su grafofobia se hizo tan aguda que llegó a no poder ni firmar un cheque. Con 65 años, cogió un cuaderno escolar de su nieta y empezó a hacer palotes, intentando volver a aprender a escribir. Pero el deterioro ya era irreversible. Cuando murió, octogenaria, llevaba varios años sin pronunciar una palabra.
La mayor tragedia de esta vida trágica es, sin lugar a dudas, la creciente incapacidad de la pobre Laforet para escribir y el sufrimiento que eso le provocaba. Y aquí está la única interpretación de la que disiento de esta maravillosa biografía. Cuando Nada se publicó, Laforet dijo a todo el mundo que había hecho la novela fácilmente en seis meses, cuando en realidad llevaba dos años de enorme trabajo. "No hay en toda la cultura española un autor menos interesado en su propia leyenda", dicen a raíz de esto Rolón y Caballé, que parecen creer en las insistentes proclamas de modestia de la autora. Pero yo pienso que sucede justo lo contrario; que Laforet, consciente de su enorme talento, poseía una ambición soberbia y colosal, y que lo malo fue que carecía de la suficiente fuerza psíquica con la que sostenerla. Si declaró que escribió Nada a toda prisa fue porque tenía miedo de defraudar sus propias y estratosféricas expectativas; así, si la criticaban, siempre podía decir: no me esforcé. Y eso indicaría un ardiente interés en construirse una leyenda... sólo que a su medida. Por eso era una mujer tan quisquillosa con todas las críticas, por eso mandaba cartas virulentas contra los periodistas que hablaban de ella, por eso era la típica entrevistada insufrible ("vanidosa y arrogante", la consideraron las espectadoras de un programa de televisión en el que salió). Esa ambición desaforada fue como un faro a la inversa, una luz cegadora que la condujo a las rocas del naufragio. Cuánto anhelo de gloria y cuánto miedo.

Carmen Laforet. Una mujer en fuga
Anna Caballé e Israel Rolón.
RBA.
Barcelona, 2010.
544 páginas. 32 euros.
carmenlaforet.com.

VÍDEO. "Babelia". Manuel Gutiérrez Aragón habla de su personaje favorito

Manuel Gutiérrez Aragón
En "elpais.com":

W. MANRIQUE / Á. DE LA RÚA / P. CASADO / L. ALMODÓVAR 31-05-2010

"Uno de los personaje más sugerentes de la literatura es el malo. Siempre fascinan, seguramente porque se atreven a hacer cosas que nosotros no hacemos. Kurtz es un malo muy potente, y Marlow, el narrador de 'El corazón de las tinieblas', de Conrad, tiene una fascinacion total por él". Es la reflexión del director de cine y escritor Manuel Gutiérrez Aragón para la serie '¿Qué personaje de la literatura te hubiera gustado ser?' dentro del especial de Babelia y su blog Papeles Perdidos, con motivo de la 69 Feria del LIbro de Madrid.

http://www.elpais.com/videos/cultura/Gutierrez/Aragon/fascinado/Kurtz/elpvidcul/20100531elpepucul_1/Ves/

PRENSA. VIÑETA. FORGES. Israel ataca una flotilla humanitaria de ayuda a Gaza y mata al menos a 10 activistas.

Así lo ve Forges en "elpais.com":

BIBLIOTECA. "Los misterios de Madrid", de Antonio Muñoz Molina

Un Madrid a principios de los noventa, convertido en un escenario a la vez muy preciso y fantasmagórico. Una peripecia detectivesca en la que Muñoz Molina otorga un papel preponderante a un registro irónico que convierte este relato de aventuras y desventuras en una versión actual del Cándido de Voltaire.
La misteriosa desaparición del Santo Cristo de la Greña lleva a Lorenzo Quesada a la capital española, en donde se suceden las historias más disparatadas, con los más variopintos personajes y situaciones de lo más descabellado.
(Texto de la contracubierta)

Editado por Seix Barral en su colección de bolsillo Booket, tiene 188 páginas, y está en la BIBLIOTECA.

Gracias a Valle Zurita y su familia por su donación.

POESÍA. "Autobiografía", de Luis Rosales (31 mayo 1910-1992)

Luis Rosales

AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

POESÍA. Sobre el Quijote. Gloria Fuertes (1917-1998)

Gloria Fuertes
Adivina, adivinanza:
va montado en un borrico
es bajo, gordo y con panza,
amigo de un caballero
de escudo y lanza,
sabe refranes, es listo.
Adivina, adivinanza...
¿Quién es?
                     (Sancho Panza)

RELATO POR ENTREGAS. Óscar Wilde: "El fantasma de Canterville" (2)

El fantasma de Canterville (2)
II
La tempestad se desencadenó durante toda la noche, pero no produjo nada extraordinario. Al día siguiente, por la mañana, cuando bajaron a almorzar, encontraron de nuevo la terrible mancha sobre el entarimado.
-No creo que tenga la culpa el "limpiador sin rival" -dijo Washington-, pues lo he ensayado sobre toda clase de manchas. Debe ser el fantasma.
En consecuencia, borró la mancha, después de frotar un poco. Al otro día, por la mañana, había reaparecido. Y, sin embargo, la biblioteca había permanecido cerrada la noche anterior, porque el señor Otis se había llevado la llave para arriba. Desde entonces, la familia empezó a interesarse por aquello. El señor Otis se hallaba a punto de creer que había estado demasiado dogmático negando la existencia de los fantasmas. La señora Otis expresó su intención de afiliarse a la Sociedad Psíquica, y Washington preparó una larga carta a los señores Myers y Podmone, basada en la persistencia de las manchas de sangre cuando provienen de un crimen. Aquella noche disipó todas las dudas sobre la existencia objetiva de los fantasmas.
La familia había aprovechado la frescura de la tarde para dar un paseo en coche. Regresaron a las nueve, tomando una ligera cena. La conversación no recayó ni un momento sobre los fantasmas, de manera que faltaban hasta las condiciones más elementales de "espera" y de "receptibilidad" que preceden tan a menudo a los fenómenos psíquicos. Los asuntos que discutieron, por lo que luego he sabido por la señora Otis, fueron simplemente los habituales en la conversación de los norteamericanos cultos que pertenecen a las clases elevadas, como, por ejemplo, la inmensa superioridad de miss Janny Davenport sobre Sarah Bernhardt, como actriz; la dificultad para encontrar maíz verde, galletas de trigo sarraceno, aun en las mejores casas inglesas; la importancia de Boston en el desenvolvimiento del alma universal; las ventajas del sistema que consiste en anotar los equipajes de los viajeros, y la dulzura del acento neoyorquino, comparado con el dejo de Londres. No se trató para nada de lo sobrenatural, no se hizo ni la menor alusión indirecta a Simón de Canterville. A las once, la familia se retiró. A las doce y media estaban apagadas todas las luces. Poco después, el señor Otis se despertó con un ruido singular en el corredor, fuera de su habitación. Parecía un ruido de hierros viejos, y se acercaba cada vez más. Se levantó en el acto, encendió la luz y miró la hora. Era la una en punto. El señor Otis estaba perfectamente tranquilo. Se tomó el pulso y no lo encontró nada alterado. El ruido extraño continuaba, al mismo tiempo que se oía claramente el sonar de unos pasos. El señor Otis se puso las zapatillas, tomó un frasquito alargado de su tocador y abrió la puerta. Y vio frente a él, en el pálido claro de luna, a un viejo de aspecto terrible. Sus ojos parecían carbones encendidos. Una larga cabellera gris caía en mechones revueltos sobre sus hombros. Sus ropas, de corte anticuado, estaban manchadas y en jirones. De sus muñecas y de sus tobillos colgaban unas pesadas cadenas y unos grilletes herrumbrosos.
-Mi distinguido señor -dijo el señor Otis-, permítame que le ruegue vivamente que engrase esas cadenas. Le he traído para ello una botella de "Engrasador Tammany-Sol-Levante". Dicen que una sola untura es eficacísima, y en la etiqueta hay varios certificados de nuestros agoreros nativos más ilustres, que dan fe de ello. Voy a dejársela aquí, al lado de las mecedoras, y tendré un verdadero placer en proporcionarle más, si así lo desea.
Dicho lo cual, el ministro de los Estados Unidos dejó el frasquito sobre una mesa de mármol, cerró la puerta y se volvió a meter en la cama.
El fantasma de Canterville permaneció algunos minutos inmóvil de indignación. Después tiró, lleno de rabia, el frasquito contra el suelo encerado y huyó por el corredor, lanzando gruñidos cavernosos y despidiendo una extraña luz verde. Sin embargo, cuando llegaba a la gran escalera de roble, se abrió de repente una puerta. Aparecieron dos siluetas infantiles, vestidas de blanco, y una voluminosa almohada le rozó la cabeza. Evidentemente, no había tiempo que perder; así es que, utilizando como medio de fuga la cuarta dimensión del espacio, se desvaneció a través del estuco, y la casa recobró su tranquilidad.
Llegado a un cuartito secreto del ala izquierda, se adosó a un rayo de luna para tomar aliento, y se puso a reflexionar para darse cuenta de su situación. Jamás en toda su brillante carrera, que duraba ya trescientos años seguidos, fue injuriado tan groseramente. Se acordó de la duquesa viuda, en quien provocó una crisis de terror, mientras se miraba al espejo, cubierta de brillantes y de encajes; de las cuatro doncellas a quienes había enloquecido, produciéndoles convulsiones histéricas, sólo con hacerles visajes entre las cortinas de una de las habitaciones destinadas a invitados; del rector de la parroquia, cuya vela apagó de un soplo cuando volvía el buen señor de la biblioteca a una hora avanzada, y que desde entonces se convirtió en mártir de toda clase de alteraciones nerviosas; de la vieja señora de Tremouillac, que, al despertarse a medianoche, lo vio sentado en un sillón, al lado de la lumbre, en forma de esqueleto, entretenido en leer el diario que redactaba ella de su vida, y que de resultas de la impresión tuvo que guardar cama durante seis meses, víctima de un ataque cerebral. Una vez curada se reconcilió con la iglesia y rompió toda clase de relaciones con el señalado escéptico monsieur de Voltaire. Recordó igualmente la noche terrible en que el bribón de lord Canterville fue hallado agonizante en su tocador, con una sota de espadas hundida en la garganta, viéndose obligado a confesar que por medio de aquella carta había timado la suma de diez mil libras a Carlos Fos, en casa de Grookford. Y juraba que aquella carta se la hizo tragar el fantasma. Todas sus grandes hazañas le volvían a la mente. Vio desfilar al mayordomo que se levantó la tapa de los sesos por haber visto una mano verde tamborilear sobre los cristales, y la bella lady Steefield, condenada a llevar alrededor del cuello un collar de terciopelo negro para tapar la señal de cinco dedos, impresos como un hierro candente sobre su blanca piel, y que terminó por ahogarse en el vivero que había al extremo de la Avenida Real. Y, lleno del entusiasmo ególatra del verdadero artista, pasó revista a sus creaciones más célebres. Se dedicó una amarga sonrisa al evocar su última aparición en el papel de "Rubén el Rojo", o "el rorro estrangulado", su "debut" en el "Gibeén, el Vampiro flaco del páramo de Bevley", y el furor que causó una tarde encantadora de junio sólo con jugar a los bolos con sus propios huesos sobre el campo de hierba de "lawn-tennis". ¿Y todo para qué? ¡Para que unos miserables norteamericanos le ofreciesen el engrasador marca "Sol-Levante" y le tirasen almohadas a la cabeza! Era realmente intolerable. Además, la historia nos enseña que jamás fue tratado ningún fantasma de aquella manera. Llegó a la conclusión de que era preciso tomarse la revancha, y permaneció hasta el amanecer en actitud de profunda meditación.

III
Cuando a la mañana siguiente el almuerzo reunió a la familia Otis, se discutió extensamente acerca del fantasma. El ministro de los Estados Unidos estaba, como era natural, un poco ofendido viendo que su ofrecimiento no había sido aceptado.
-No quisiera en modo alguno injuriar personalmente al fantasma -dijo-, y reconozco que, dada la larga duración de su estancia en la casa, no era nada cortés tirarle una almohada a la cabeza...
Siento tener que decir que esta observación tan justa provocó una explosión de risa en los gemelos.
-Pero, por otro lado -prosiguió el señor Otis-, si se empeña, sin más ni más, en no hacer uso del engrasador marca "Sol-Levante", nos veremos precisados a quitarle las cadenas. No habría manera de dormir con todo ese ruido a la puerta de las alcobas.
Pero, sin embargo, en el resto de la semana no fueron molestados. Lo único que les llamó la atención fue la reaparición continua de la mancha de sangre sobre el parqué de la biblioteca. Era realmente muy extraño, tanto más cuanto que el señor Otis cerraba la puerta con llave por la noche, igual que las ventanas. Los cambios de color que sufría la mancha, comparables a los de un camaleón, produjeron así mismo frecuentes comentarios en la familia. Una mañana era de un rojo oscuro, casi violáceo; otras veces era bermellón; luego, de un púrpura espléndido, y un día, cuando bajaron a rezar, según los ritos sencillos de la libre iglesia episcopal reformada de Norteamérica, la encontraron de un hermoso verde esmeralda. Como era natural, estos cambios caleidoscópicos divirtieron grandemente a la reunión y se hacían apuestas todas las noches con entera tranquilidad. La única persona que no tomó parte en la broma fue la joven Virginia. Por razones ignoradas, sentíase siempre impresionada ante la mancha de sangre, y estuvo a punto de llorar la mañana que apareció verde esmeralda.
El fantasma hizo su segunda aparición el domingo por la noche. Al poco tiempo de estar todos ellos acostados, les alarmó un enorme estrépito que se oyó en el salón. Bajaron apresuradamente, y se encontraron con que una armadura completa se había desprendido de su soporte y caído sobre las losas. Cerca de allí, sentado en un sillón de alto respaldo, el fantasma de Canterville se restregaba las rodillas, con una expresión de agudo dolor sobre su rostro. Los gemelos, que se habían provisto de sus hondas, le lanzaron inmediatamente dos balines, con esa seguridad de puntería que sólo se adquiere a fuerza de largos y pacientes ejercicios sobre el profesor de caligrafía. Mientras tanto, el ministro de los Estados Unidos mantenía al fantasma bajo la amenaza de su revólver, y, conforme a la etiqueta californiana, lo instaba a levantar los brazos. El fantasma se alzó bruscamente, lanzando un grito de furor salvaje, y se disipó en medio de ellos, como una niebla, apagando de paso la vela de Washington Otis y dejándolos a todos en la mayor oscuridad. Cuando llegó a lo alto de la escalera, una vez dueño de sí, se decidió a lanzar su célebre repique de carcajadas satánicas, que en más de una ocasión le habían sido muy útiles. Contaba la gente que aquello hizo encanecer en una sola noche el peluquín de lord Raker. Y que tres sucesivas amas de llaves renunciaron antes de terminar el primer mes en su cargo. Por consiguiente, lanzó su carcajada más horrible, despertando paulatinamente los ecos en las antiguas bóvedas; pero, apagados éstos, se abrió una puerta y apareció, vestida de azul claro, la señora Otis.
-Me temo -dijo la dama- que esté usted indispuesto, y aquí le traigo un frasco de la tintura del doctor Dobell. Si se trata de una indigestión, esto le sentará bien.
El fantasma la miró con ojos llameantes de furor y se creyó en el deber de metamorfosearse en un gran perro negro. Era un truco que le había dado una reputación merecidísima, y al cual atribuía la idiotez incurable del tío de lord Canterville, el honorable Tomás Horton. Pero un ruido de pasos que se acercaban le hizo vacilar en su cruel determinación, y se contentó con volverse un poco fosforescente. En seguida se desvaneció, después de lanzar un gemido sepulcral, porque los gemelos iban a darle alcance.
Una vez en su habitación se sintió destrozado, presa de la agitación más violenta. La ordinariez de los gemelos, el grosero materialismo de la señora Otis, todo aquello resultaba realmente vejatorio; pero lo que más lo humillaba era no tener ya fuerzas para llevar una armadura. Contaba con hacer impresión aun en esos norteamericanos modernos, con hacerles estremecer a la vista de un espectro acorazado, ya que no por motivos razonables, al menos por deferencia hacia su poeta nacional Longfellow, cuyas poesías, delicadas y atrayentes, le habían ayudado con frecuencia a matar el tiempo, mientras los Canterville estaban en Londres. Además, era su propia armadura. La llevó con éxito en el torneo de Kenilworth, siendo felicitado calurosamente por la Reina-Virgen en persona. Pero cuando quiso ponérsela quedó aplastado por completo por el peso de la enorme coraza y del yelmo de acero. Y se desplomó pesadamente sobre las losas de piedra, despellejándose las rodillas y contusionándose la muñeca derecha.
Durante varios días estuvo malísimo y no pudo salir de su morada más que lo necesario para mantener en buen estado la mancha de sangre. No obstante lo cual, a fuerza de cuidados acabó por restablecerse y decidió hacer una tercera tentativa para aterrorizar al ministro de los Estados Unidos y a su familia. Eligió para su reaparición en escena el viernes 17 de agosto, consagrando gran parte del día a pasar revista a sus trajes. Su elección recayó al fin en un sombrero de ala levantada por un lado y caída del otro, con una pluma roja; en un sudario deshilachado por las mangas y el cuello y, por último, en un puñal mohoso. Al atardecer estalló una gran tormenta. El viento era tan fuerte que sacudía y cerraba violentamente las puertas y ventanas de la vetusta casa. Realmente aquél era el tiempo que le convenía. He aquí lo que pensaba hacer: Iría sigilosamente a la habitación de Washington Otis, le musitaría unas frases ininteligibles, quedándose al pie de la cama, y le hundiría tres veces seguidas el puñal en la garganta, a los sones de una música apagada. Odiaba sobre todo a Washington, porque sabía perfectamente que era él quien acostumbraba quitar la famosa mancha de sangre de Canterville, empleando el "limpiador incomparable de Pinkerton". Después de reducir al temerario, al despreocupado joven, entraría en la habitación que ocupaba el ministro de los Estados Unidos y su mujer. Una vez allí, colocaría una mano viscosa sobre la frente de la señora Otis, y al mismo tiempo murmuraría, con voz sorda, al oído del ministro tembloroso, los secretos terribles del osario. En cuanto a la pequeña Virginia, aún no tenía decidido nada. No lo había insultado nunca. Era bonita y cariñosa. Unos cuantos gruñidos sordos, que saliesen del armario, le parecían más que suficientes, y si no bastaban para despertarla, llegaría hasta tirarle de la puntita de la nariz con sus dedos rígidos por la parálisis. A los gemelos estaba resuelto a darles una lección: lo primero que haría sería sentarse sobre sus pechos, con el objeto de producirles la sensación de pesadilla. Luego, aprovechando que sus camas estaban muy juntas, se alzaría en el espacio libre entre ellas, con el aspecto de un cadáver verde y frío como el hielo, hasta que se quedaran paralizados de terror. En seguida, tirando bruscamente su sudario, daría la vuelta al dormitorio en cuatro patas, como un esqueleto blanqueado por el tiempo, moviendo los ojos de sus órbitas, en su creación de "Daniel el Mudo, o el esqueleto del suicida", papel en el cual hizo un gran efecto en varias ocasiones. Creía estar tan bien en éste como en su otro papel de "Martín el Demente o el misterio enmascarado".
A las diez y media oyó subir a la familia a acostarse. Durante algunos instantes lo inquietaron las tumultuosas carcajadas de los gemelos, que se divertían evidentemente, con su loca alegría de colegiales, antes de meterse en la cama. Pero a las once y cuarto todo quedó nuevamente en silencio, y cuando sonaron las doce se puso en camino. La lechuza chocaba contra los cristales de la ventana. El cuervo crascitaba en el hueco de un tejo centenario y el viento gemía vagando alrededor de la casa, como un alma en pena; pero la familia Otis dormía, sin sospechar la suerte que le esperaba. Oía con toda claridad los ronquidos regulares del ministro de los Estados Unidos, que dominaban el ruido de la lluvia y de la tormenta. Se deslizó furtivamente a través del estuco. Una sonrisa perversa se dibujaba sobre su boca cruel y arrugada, y la luna escondió su rostro tras una nube cuando pasó delante de la gran ventana ojival, sobre la que estaban representadas, en azul y oro, sus propias armas y las de su esposa asesinada. Seguía andando siempre, deslizándose como una sombra funesta, que parecía hacer retroceder de espanto a las mismas tinieblas en su camino. En un momento dado le pareció oír que alguien lo llamaba: se detuvo, pero era tan sólo un perro, que ladraba en la Granja Roja. Prosiguió su marcha, refunfuñando extraños juramentos del siglo XVI, y blandiendo de cuando en cuando el puñal enmohecido en el aire de medianoche. Por fin llegó a la esquina del pasillo que conducía a la habitación de Washington. Allí hizo una breve parada. El viento agitaba en torno de su cabeza sus largos mechones grises y ceñía en pliegues grotescos y fantásticos el horror indecible del fúnebre sudario. Sonó entonces el cuarto en el reloj. Comprendió que había llegado el momento. Se dedicó una risotada y dio la vuelta a la esquina. Pero apenas lo hizo retrocedió, lanzando un gemido lastimero de terror y escondiendo su cara lívida entre sus largas manos huesosas. Frente a él había un horrible espectro, inmóvil como una estatua, monstruoso como la pesadilla de un loco. La cabeza del espectro era pelada y reluciente; su faz, redonda, carnosa y blanca; una risa horrorosa parecía retorcer sus rasgos en una mueca eterna; por los ojos brotaba a oleadas una luz escarlata, la boca tenía el aspecto de un ancho pozo de fuego, y una vestidura horrible, como la de él, como la del mismo Simón, envolvía con su nieve silenciosa aquella forma gigantesca. Sobre el pecho tenía colgado un cartel con una inscripción en caracteres extraños y antiguos. Quizá era un rótulo infamante, donde estaban escritos delitos espantosos, una terrible lista de crímenes. Tenía, por último, en su mano derecha una cimitarra de acero resplandeciente.
Como nunca antes había visto fantasmas, naturalmente sintió un pánico terrible, y, después de lanzar a toda prisa una segunda mirada sobre el monstruo atroz, regresó a su habitación, trompicando en el sudario que le envolvía. Cruzó la galería corriendo, y acabó por dejar caer el puñal enmohecido en las botas de montar del ministro, donde lo encontró el mayordomo al día siguiente. Una vez refugiado en su retiro, se desplomó sobre un reducido catre de tijera, tapándose la cabeza con las sábanas. Pero, al cabo de un momento, el valor indomable de los antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de hablar al otro fantasma en cuanto amaneciese. Por consiguiente, no bien el alba plateó las colinas, volvió al sitio en que había visto por primera vez al horroroso fantasma. Pensaba que, después de todo, dos fantasmas valían más que uno solo, y que con ayuda de su nuevo amigo podría contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando llegó al sitio se halló en presencia de un espectáculo terrible. Le sucedía algo indudablemente al espectro, porque la luz había desaparecido por completo de sus órbitas. La cimitarra centelleante se había caído de su mano y estaba recostado sobre la pared en una actitud forzada e incómoda. Simón se precipitó hacia delante y lo cogió en sus brazos; pero cuál no sería su terror viendo despegarse la cabeza y rodar por el suelo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que abrazaba una cortina blanca de lienzo grueso y que yacían a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder comprender aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el cartel, leyendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras terribles:

He aquí al fantasma Otis
El único espíritu auténtico y verdadero
Desconfíen de las imitaciones
Todos los demás son falsificaciones

Y la entera verdad se le apareció como un relámpago. ¡Había sido burlado, chasqueado, engañado! La expresión característica de los Canterville reapareció en sus ojos, apretó las mandíbulas desdentadas y, levantando por encima de su cabeza sus manos amarillas, juró, según el ritual pintoresco de la antigua escuela, "que cuando el gallo tocara por dos veces el cuerno de su alegre llamada se consumarían sangrientas hazañas, y el crimen, de callado paso, saldría de su retiro".
No había terminado de formular este juramento terrible, cuando de una alquería lejana, de tejado de ladrillo rojo, salió el canto de un gallo. Lanzó una larga risotada, lenta y amarga, y esperó. Esperó una hora, y después otra; pero por alguna razón misteriosa no volvió a cantar el gallo. Por fin, a eso de las siete y media, la llegada de las criadas lo obligó a abandonar su terrible guardia y regresó a su morada, con altivo paso, pensando en su juramento vano y en su vano proyecto fracasado. Una vez allí consultó varios libros de caballería, cuya lectura le interesaba extraordinariamente, y pudo comprobar que el gallo cantó siempre dos veces en cuantas ocasiones se recurrió a aquel juramento.
-¡Que el diablo se lleve a ese animal volátil! -murmuró-. ¡En otro tiempo hubiese caído sobre él con mi buena lanza, atravesándole el cuello y obligándolo a cantar otra vez para mí, aunque reventara!
Y dicho esto se retiró a su confortable caja de plomo, y allí permaneció hasta la noche.

PRENSA. 31 mayo 2010

En "El País":

1. Batman, ¡vuelve! Columna de Almudena Grandes.

2. Baratijas. Columna de David Trueba.

3. Cine sí, pero ¿cómo, cuándo, dónde? Reportaje de Borja Hermoso. La factura y la modalidad de exhibición de varias películas recientes reabre el debate sobre las posibles ventanas comerciales de los nuevos estrenos.

4. Chris Stewart ya no grita. Por Tereixa Constenla. El autor del éxito 'Entre limones' navega por el Egeo en su nueva aventura literaria - Ex batería de Genesis, asegura que por fin se siente escritor.

5. El (incierto) papel de la prensa. Reportaje de Rosario G. Gómez. La industria periodística busca nuevos modelos de negocio ante la pérdida de lectores e ingresos - Los dispositivos electrónicos marcan un nuevo desafío.

6. El diablo de la cultura. Artículo de César Antonio Molina, escritor y ex ministro de Cultura.

7. Abrir las fosas comunes de una vez. Artículo de Javier Ortiz, arqueólogo forense. Una modificación de la Ley de la Memoria Histórica ha puesto en manos de los Gobiernos la tarea de las exhumaciones. Se requiere coordinación y criterios científicos. Argentina ofrece un buen ejemplo.

8. Las poetas invisibles del 27. Por Fernando Valverde. La investigadora Pepa Merlo rescata del olvido a mujeres que fueron eclipsadas.

domingo, 30 de mayo de 2010

POESÍA. "Tarde oscura", de Luis Cernuda (1902-1963)

Luis Cernuda

De Como quien espera el alba (1941-1944):

Tarde oscura
Lo mismo que un sueño
Al cuerpo separa
Del alma, esta niebla
Tierra y luz aparta.

Todo es raro y vago:
Ni son en el viento,
Latido en el agua,
Color en el suelo.

De sí mismo extraño,
¿Sabes lo que espera
El pájaro quieto
Por la rama seca?

Lejos, tras un vidrio,
Una luz ya arde,
Poniendo la hora
Más incierta. Yace

La vida, y tú solo,
No muerto, no vivo,
En el pecho sientes
Débil su latido.

Por estos suburbios
Sórdidos, sin norte
Vas, como el destino
Inútil del hombre.

Y en el pensamiento
Luz o fe ahora
Buscas, mientras vence
Afuera la sombra.

RELATO POR ENTREGAS. Óscar Wilde: "El fantasma de Canterville" (1)

El fantasma de Canterville (1)
                                        I
Cuando el señor Hiram B. Otis, el ministro de Estados Unidos, compró Canterville-Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran necedad, porque la finca estaba embrujada.
Hasta el mismo lord Canterville, como hombre de la más escrupulosa honradez, se creyó en el deber de participárselo al señor Otis cuando llegaron a discutir las condiciones.
-Nosotros mismos -dijo lord Canterville- nos hemos resistido en absoluto a vivir en ese sitio desde la época en que mi tía abuela, la duquesa de Bolton, tuvo un desmayo, del que nunca se repuso por completo, motivado por el espanto que experimentó al sentir que dos manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros, mientras se vestía para cenar. Me creo en el deber de decirle, señor Otis, que el fantasma ha sido visto por varios miembros de mi familia, que viven actualmente, así como por el rector de la parroquia, el reverendo Augusto Dampier, agregado de la Universidad de Oxford. Después del trágico accidente ocurrido a la duquesa, ninguna de las doncellas quiso quedarse en casa, y lady Canterville no pudo ya conciliar el sueño, a causa de los ruidos misteriosos que llegaban del corredor y de la biblioteca.
-Señor -respondió el ministro-, adquiriré el inmueble y el fantasma, bajo inventario. Llego de un país moderno, en el que podemos tener todo cuanto el dinero es capaz de proporcionar, y esos mozos nuestros, jóvenes y avispados, que recorren de parte a parte el viejo continente, que se llevan los mejores actores de ustedes, y sus mejores prima donnas, estoy seguro de que si queda todavía un verdadero fantasma en Europa vendrán a buscarlo en seguida para colocarlo en uno de nuestros museos públicos o para pasearlo por los caminos como un fenómeno.
-El fantasma existe, me lo temo -dijo lord Canterville, sonriendo-, aunque quizá se resiste a las ofertas de los intrépidos empresarios de ustedes. Hace más de tres siglos que se le conoce. Data, con precisión, de mil quinientos setenta y cuatro, y no deja de mostrarse nunca cuando está a punto de ocurrir alguna defunción en la familia.
-¡Bah! Los médicos de cabecera hacen lo mismo, lord Canterville. Amigo mío, un fantasma no puede existir, y no creo que las leyes de la Naturaleza admitan excepciones en favor de la aristocracia inglesa.
-Realmente, son ustedes muy naturales en Estados Unidos -dijo lord Canterville, que no acababa de comprender la última observación del señor Otis-. Ahora bien: si le gusta a usted tener un fantasma en casa, mejor que mejor. Acuérdese únicamente de que yo lo previne.
Algunas semanas después se cerró el trato, y a fines de estación el ministro y su familia emprendieron el viaje a Canterville.
La señora Otis, que con el nombre de señorita Lucrecia R. Tappan, de la calle Oeste, 52, había sido una ilustre "beldad" de Nueva York, era todavía una mujer guapísima, de edad regular, con unos ojos hermosos y un perfil soberbio.
Muchas damas norteamericanas, cuando abandonan su país natal, adoptan aires de persona atacada de una enfermedad crónica, y se figuran que eso es uno de los sellos de distinción de Europa; pero la señora Otis no cayó nunca en ese error.
Tenía una naturaleza magnífica y una abundancia extraordinaria de vitalidad.
A decir verdad, era completamente inglesa bajo muchos aspectos, y hubiese podido citársele en buena lid para sostener la tesis de que lo tenemos todo en común con Estados Unidos hoy en día, excepto la lengua, como es de suponer.
Su hijo mayor, bautizado con el nombre de Washington por sus padres, en un momento de patriotismo que él no cesaba de lamentar, era un muchacho rubio, de bastante buena figura, que se había erigido en candidato a la diplomacia, dirigiendo un cotillón en el casino de Newport durante tres temporadas seguidas, y aun en Londres pasaba por ser bailarín excepcional.
Sus únicas debilidades eran las gardenias y la patria; aparte de esto, era perfectamente sensato.
La señorita Virginia E. Otis era una muchachita de quince años, esbelta y graciosa como un cervatillo, con un bonito aire de despreocupación en sus grandes ojos azules.
Era una amazona maravillosa, y sobre su caballito derrotó una vez en carreras al viejo lord Bilton, dando dos veces la vuelta al parque, ganándole por caballo y medio, precisamente frente a la estatua de Aquiles, lo cual provocó un entusiasmo tan delirante en el joven duque de Cheshire, que le propuso acto continuo el matrimonio, y sus tutores tuvieron que expedirlo aquella misma noche a Elton, bañado en lágrimas.
Después de Virginia venían dos gemelos, conocidos de ordinario con el nombre de Estrellas y Bandas, porque se les encontraba siempre ostentándolas.
Eran unos niños encantadores, y, con el ministro, los únicos verdaderos republicanos de la familia.
Como Canterville-Chase está a siete millas de Ascot, la estación más próxima, el señor Otis telegrafió que fueran a buscarlo en coche descubierto, y emprendieron la marcha en medio de la mayor alegría. Era una noche encantadora de julio, en que el aire estaba aromado de olor a pinos.
De cuando en cuando se oía una paloma arrullándose con su voz más dulce, o se entreveía, entre la maraña y el frufrú de los helechos, la pechuga de oro bruñido de algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso; unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco.
Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la casa ya habían caído algunas gotas.
En los escalones se hallaba para recibirlos una vieja, pulcramente vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos.
Era la señora Umney, el ama de llaves que la señora Otis, a vivos requerimientos de lady Canterville, accedió a conservar en su puesto.
Hizo una profunda reverencia a la familia cuando echaron pie a tierra, y dijo, con un singular acento de los buenos tiempos antiguos:
-Les doy la bienvenida a Canterville-Chase.
La siguieron, atravesando un hermoso vestíbulo de estilo Tudor, hasta la biblioteca, largo salón espacioso que terminaba en un ancho ventanal acristalado.
Estaba preparado el té.
Luego, una vez que se quitaron los trajes de viaje, se sentaron todos y se pusieron a curiosear en torno suyo, mientras la señora Umney iba de un lado para el otro.
De pronto, la mirada de la señora Otis cayó sobre una mancha de un rojo oscuro que había sobre el pavimento, precisamente al lado de la chimenea y, sin darse cuenta de sus palabras, dijo a la señora Umney:
-Veo que han vertido algo en ese sitio.
-Sí, señora -contestó la señora Umney en voz baja-. Ahí se ha vertido sangre.
-¡Es espantoso! -exclamó la señora Otis-. No quiero manchas de sangre en un salón. Es preciso quitar eso inmediatamente.
La vieja sonrió, y con la misma voz baja y misteriosa respondió:
-Es sangre de lady Leonor de Canterville, que fue muerta en ese mismo sitio por su propio marido, Simón de Canterville, en mil quinientos sesenta y cinco. Simón la sobrevivió nueve años, desapareciendo de repente en circunstancias misteriosísimas. Su cuerpo no se encontró nunca, pero su alma culpable sigue embrujando la casa. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por otras personas, pero quitarla, imposible.
-Todo eso son tonterías -exclamó Washington Otis-. El detergente y quitamanchas marca "Campeón Pinkerton" hará desaparecer eso en un abrir y cerrar de ojos.
Y antes de que el ama de llaves, aterrada, pudiera intervenir, ya se había arrodillado y frotaba vivamente el entarimado con una barrita de una sustancia parecida a un cosmético negro. A los pocos instantes la mancha había desaparecido sin dejar rastro.
-Ya sabía yo que el "Campeón Pinkerton" la borraría -exclamó en tono triunfal, paseando una mirada circular sobre su familia, llena de admiración.
Pero apenas había pronunciado esas palabras, cuando un relámpago formidable iluminó la estancia sombría, y el retumbar del trueno levantó a todos, menos a la señora Umney, que se desmayó.
-¡Qué clima más atroz! -dijo tranquilamente el ministro, encendiendo un largo cigarro-. Creo que el país de los abuelos está tan lleno de gente, que no hay buen tiempo bastante para todo el mundo. Siempre opiné que lo mejor que pueden hacer los ingleses es emigrar.
-Querido Hiram -replicó la señora Otis-, ¿qué podemos hacer con una mujer que se desmaya?
-Descontaremos eso de su salario en caja. Así no se volverá a desmayar.
En efecto, la señora Umney no tardó en volver en sí. Sin embargo, se veía que estaba conmovida hondamente, y con voz solemne advirtió a la señora Otis que debía esperarse algún disgusto en la casa.
-Señores, he visto con mis propios ojos algunas cosas... que pondrían los pelos de punta a cualquier cristiano. Y durante noches y noches no he podido pegar los ojos a causa de los hechos terribles que pasaban.
A pesar de lo cual, el señor Otis y su esposa aseguraron vivamente a la buena mujer que no tenían miedo ninguno de los fantasmas.
La vieja ama de llaves, después de haber impetrado la bendición de la Providencia sobre sus nuevos amos y de arreglárselas para que le aumentasen el salario, se retiró a su habitación renqueando.

POESÍA. Ángel García Galiano (Madrid, 1961)

Ángel García Galiano

BEN-GURION AIRPORT
Shalom y estrella de David,
oh pasajeros,
bienvenidos seáis a la gran fraternidad
del pueblo hermano que os abraza
y os ofrece beneplácitos
y vistas panorámicas
en color, relieve y hologramas
de la gran catequesis del rabino y del profeta
y de Mahoma y la vergüenza
de patrullas por las calles
y la guerra en las miradas.
Shalom y bienvenidos
al paraíso terrenal
antes de Adán
y la serpiente
y los misiles.

(De Tierra prometida)

ARTE SIGLO XX. Bruno Schulz (1892-1942). "Infant and Her Clowns, from the Book of Idolatry", cliche verre, 1933, private collection

LECTURA Y COMPRA. HÁBITOS. Primer cuatrimestre 2010. Informe

La Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) ha presentado el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros correspondiente al primer cuatrimestre de 2010, que incorpora, por primera vez en el estudio, un capítulo dedicado a la lectura digital y profesional.

Aquí se puede consultar el informe completo.

Algunos datos importantes:

-El 91,1% de la población española a partir de 14 años se declara lectora en cualquier tipo de material, formato y soporte; el 48,6% lee en formato digital.

-El 59% lee libros, pero sólo el 0,8% utiliza un e-Reader, y el 20,9% de los lectores lo hace por trabajo o estudios.

-Los hombres leen más que las mujeres, pero las mujeres leen en mayor medida que los hombres libros y revistas, mientras que los hombres leen más periódicos y cómics.

-El 28,1% de la población mayor de14 años acudió a las bibliotecas en el último año.

-Las librerías se mantienen como principal lugar de compra de libros.

-Stieg Larsson es el autor más leído y más comprado.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Literatura infantil y juvenil: "Diarios de Greg", de Jeff Kinney.

De derecha a izquierda Greg, sus dos amigos (Rowley y Fregley), sus hermanos (Rodrick y Manny) y sus padres. Ilustración de Jeff Kinney.- Jeff Kinney ("El País")


En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Memorias de un mocoso


Los preadolescentes alérgicos a las novelas se enganchan a la lectura con las divertidas viñetas de los Diarios de Greg, de Jeff Kinney.

ELISA SILIÓ 29/05/2010

El dibujante Jeff Kinney (Maryland, 1971) se ha propuesto que no le engulla su hijo gráfico, Greg, un mocoso que le ha hecho vender ya en EE UU veinte millones de ejemplares con sus supuestas memorias de preadolescente. Que no le devore la promoción de su cuarta entrega, Diario de Greg 4. Días de perros, de la que de golpe se han puesto a la venta tres millones de volúmenes en su país. Así que Kinney sigue madrugando y soportando a un jefe. "Mi vida no ha cambiado demasiado. Me he podido cambiar a una casa más grande, mis hijos tienen sus propias habitaciones, pero sigo viviendo en el mismo pequeño pueblo al sur de Massachusetts. Lo que estoy es mucho más atareado. A veces tengo cuatro trabajos entre manos al tiempo". Días de perros ya está en las librerías españolas, avalado por el éxito de los anteriores. Molino y Círculo de Lectores han vendido en español 400.000 ejemplares -parte para la comunidad hispana de EE UU- de los tres primeros y 40.000 de un volumen de manualidades. En este cuarto episodio llega el verano y la familia de Greg busca alternativas a su adicción a la consola y la televisión. Un club de lectura es la primera tentativa de su entusiasta madre. Greg maldice su suerte, a esa edad al menos tenía que haber participado en un reality show.
Kinney estuvo en 2009 en la lista de los hombres más influyentes del mundo de Time, pero ocupa el día en una oficina de Family Education Network, que crea páginas web infantiles. "Soy un apasionado de lo que hago. Creamos un mundo virtual para los niños y esperamos hacer grandes cosas con la plataforma que hemos montado", asegura por correo electrónico. En 2004, Kinney comenzó a colgar en una de estas páginas (www.funbrain.com) las viñetas de Greg (Wimpy Kid en su versión original) que trazaba desde 1998. Un bombazo. En nueve meses subió 1.300 páginas, base de estos diarios, que desde entonces han recibido setenta millones de visitas. La web sigue abierta, pero las ventas no se han visto afectadas.
Pero ¿quién es Greg? Un niño de secundaria, segundo de tres hermanos, astuto, vago, mal estudiante y deportista, imaginativo, pagado de sí mismo y ninguneado en el colegio pese a sus fallidos intentos de ser "guay" (el 52º de 53 en la escala de popularidad). Y todo, piensa Greg, por la pésima idea de juntar en un mismo centro a chicos como él "que no han pegado el estirón" y a "gorilas que se afeitan dos veces al día". Su madre, harta de su comportamiento y su pereza crónica, le conmina a que se exprese en un diario. "Cuando sea rico y famoso tendré que hacer cosas más importantes que pasarme el día contestando preguntas estúpidas. Así que este libro podría resultar útil", concluye Greg, en las nubes y casi siempre maquinando una trastada.
La suerte de Kinney cambió en 2006. Cuando abandonaba el salón del cómic de Nueva York Comic-Con se topó con el editor Charlie Kochman en el stand de Abrams y le enseñó algunas viñetas. Éste se entusiasmó. "Kochman echó un ojo en menos de un minuto y dijo: 'Esto es lo que buscaba. Es el libro que hubiese querido leer de niño". Aunque Kochman tenía otra política comercial en mente. "Decidió que Diario de Greg tendría más éxito como una serie de varios libros dirigida a los niños que un solo volumen para adultos, como era mi idea. Estoy seguro de que tenía razón. Hubiese fracasado si se hubiese intentado vender a los mayores". Claro que muchos padres compran los diarios a sus hijos y terminan partidos de risa con sus travesuras.
"A veces, Greg se cree que ha aprendido la lección o hecho lo correcto, cuando para el lector adulto no es así. Creo que mis lectores son lo suficientemente inteligentes para entender que el humor de los libros viene de las carencias de Greg como persona". Kinney fue también un niño revoltoso, pero describe a su "hijo" como "una exageración" de sus travesuras de infancia y madurez.
A Greg se le calculan unos 12 años, pero su edad y el lugar en el que vive son un misterio. Y seguirá siéndolo. "He querido que en mis libros no existiese ni tiempo ni lugar para que pueda divertirse cualquiera y en cualquier fecha", cuenta Kinney, licenciado en informática y justicia criminal por la Universidad de Maryland. Mientras que los chicos de las viñetas son claramente distinguibles, ellas son casi un calco. "Esto te da una idea de los pensamientos de Greg. Él no entiende a las chicas, así que para él todas son iguales", sostiene Kinney. En primaria todo era sencillo, pero ahora Greg se plantea "qué está pasando con las chicas", que se mueven por el físico y el dinero.
Atraer a la lectura a los nativos digitales, criados entre ordenadores, juegos y películas en 3D, no es tarea fácil. La vistosidad de las viñetas, sin embargo, cautiva a muchos que se aficionan tras divertirse con las peripecias de Greg. "Creo que los niños pretenden que su entretenimiento sea visual, así que los cómics ayudan. Pero hace pocos años vivimos el fenómeno Harry Potter y esos libros no tenían ilustraciones. Así que no pienso que las imágenes sean un requerimiento para que los niños se enganchen a leer. Aunque es muy emocionante pensar que algunos hayan seguido leyendo gracias a mis libros". No era su objetivo pero, se alegra, "es un resultado precioso".
En España los diarios también sirven de puente lector. "Enganchan a los chicos a los que ya aburren los cuentos llenos de ilustraciones y no se atreven con las novelas juveniles", piensa Mar Peris, la editora de Molino. El sello catalán se animó a comprar los derechos de la obra antes de que se publicase. "Todas las semanas recibimos soplos de varios fenómenos, pero esta vez nos dio la intuición de que iba a funcionar entre todas las edades. En la editorial nos hemos reído con los diarios y, desde el principio, el equipo se implicó de una manera especial en la promoción".
El próximo otoño, la Twentieth Century Fox estrenará en España Diario de Greg, dirigida por Thor Freudenthal, un éxito ya en Estados Unidos. "He estado muy implicado en la película, desde el principio al final, y también lo estoy con la secuela. Me quedé contento con la primera", se alegra Kinney.
"Lamentablemente, no tengo tiempo de leer muchos de los correos de fans que recibo en los que me sugieren aventuras. Estoy demasiado ocupado. Espero rectificar algún día", promete Kinney. Ahora trabaja en la quinta entrega, que Molino editará en 2011. Al final serán siete volúmenes y no cinco, como estaba previsto en un inicio. Pero ni uno más. "Sería horripilante un señor de sesenta años escribiendo con la perspectiva de un crío de doce años".

http://diariodegreg.com/

Diario de Greg 1. Un pringado total (2008)

Diario de Greg 2. La ley de Rodrick (2009). Diario de Greg 3. ¡Esto es el colmo! (2009). Móntatelo tú mismo (2009). Diario de Greg 4. Días de perros (2010). Jeff Kinney. Traducción de Esteban Morán. Molino y Círculo de Lectores. Los cuatro libros tienen 218 páginas cada uno y su precio es de 15 euros.

Un pringat total (2009). Diari del Greg. Fes el teu propi llibre (2009). Diari del Greg: el Rodrick mana (2009). Diari del Greg. Aixó és massa!: no fair ni brot però pringo com sempre (2010

Quina calda! Jeff Kinney. Traducción de David Nel.lo. Estrella Polar. Barcelona. 218, 200, 226 y 224 páginas. 15 euros.


Primeras páginas de Diario de Greg, 4.

POESÍA. Rubén Darío: "Pequeño poema infantil"

Rubén Darío

PEQUEÑO POEMA INFANTIL


                II
                                    Para Carmencita Calderón Gomar

Las hadas, las bellas hadas,
existen, mi dulce niña,
Juana de Arco las vio aladas,
en la campiña.

Las vio al dejar el mirab,
ha largo tiempo, Mahoma.
Más chica que una paloma,
Shakespeare vio a la Reina Mab.

Las hadas decían cosas
en la cuna
de las princesas antiguas:
que si iban a ser dichosas
o bellas como la luna;
o frases raras y ambiguas.

Con sus diademas y alas,
pequeñas como azucenas,
había hadas que eran buenas
y había hadas que eran malas.
Y había una jorobada,
la de profecía odiosa:
la llamada
Carabosa.

Si ésta llegaba a la cuna
de las suaves princesitas,
no se libraba ninguna
de sus palabras malditas.
Y esa hada era muy fea,
como son
feos toda mala idea
y todo mal corazón.

Cuando naciste, preciosa,
no tuviste hadas paganas,
ni la horrible Carabosa
ni sus graciosas hermanas.
Ni Mab, que en los sueños anda,
ni las que celebran fiesta
en la mágica floresta
de Brocelianda.

Y, ¿sabes tú, niña mía,
por qué ningún hada había?
Porque allí
estaba cerca de ti
quien tu nacer bendecía:
Reina más que todas ellas:
la Reina de las Estrellas,
la dulce Virgen María.
Que ella tu senda bendiga,
como tu Madre y tu amiga;
con sus divinos consuelos
no temas infernal guerra;
que perfume tus anhelos
su nombre que el mal destierra,
pues ella aroma los cielos
y la tierra.


De BALADAS Y CANCIONES

LECTURA. ILUSTRACIONES. Pablo Gallo


De la serie Lector animal:


(Fuente: http://elblogdepablogallo.blogspot.com/)

PRENSA (2). 30 mayo 2010

En suplementos de "El País":

1. Cuando el mundo es un prostíbulo. Reportaje de Lola Galán. Fruto de una investigación, un ex empleado de un banco denuncia el negocio planetario del tráfico sexual y la vida atroz del millón largo de mujeres esclavizadas para ejercer la prostitución.

2. El último fantasma de Marienbad. Artículo del filósofo Bernard-Henri Lévy. La memoria de Volker Schlöndorf y un concienzudo trabajo de restauración han recuperado el proceso de filmación de 'El año pasado en Marienbad', película de culto del director de cine francés Alain Resnais. Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

3. La felicidad del perdedor. Columna de Elvira Lindo.

4. Nada como un cúter. Por Maruja Torres.

5. La mirada de acero de la Legión Cóndor. Reportaje de Jacinto Antón. El álbum fotográfico inédito de un miembro anónimo de la célebre unidad muestra qué fría e inhumana era la visión de los voluntarios alemanes que participaron en la guerra civil española.

6. ¿Por qué somos tan ilógicos? Reportaje de psicología, por Jenny Moix. Nos creemos muy racionales, pero la mente nos tiende trampas a cada paso. Cuidado con hacer afirmaciones tajantes, porque a menudo sacamos deducciones extrañas.

7. Cerebros ... y cerebras. Reportaje de Luis M. Ariza. En los asuntos del cerebro (y del género) hay que huir de las simplificaciones. Lo dicen los expertos. Y las expertas. El terreno resulta especialmente pantanoso. Pero la psiquiatra estadounidense Louann Brizendine, famosa por su polémico libro ‘El cerebro femenino’, vuelve a provocar chispas con ‘El cerebro masculino’. ¿Realmente hay diferencias? Escuchamos su opinión y la de otros investigadores de ‘cabecera’. ¿Es verdad que ellos salieron a cazar porque tenían mejor orientación espacial y ellas se quedaron a cuidar la prole por su mayor capacidad previsora y emocional? ¿Influye que el de ellas pese cien gramos menos (de media)? ¿O lo que es determinante es la presión social? A fin de cuentas, es lo mismo que preguntarse si son diferentes mujeres y hombres.

8. Las cloacas del comercio sexual. Reportaje de Lydia Cacho. Cada año, 1,39 millones de personas, en su gran mayoría mujeres, son sometidas a la esclavitud sexual. La periodista y escritora mexicana Lydia Cacho ha dedicado cinco años a trazar el mapa de esta lacra contemporánea para su libro 'Esclavas del poder' (Debate). De los prostíbulos turcos a las ceremonias sexuales de los 'yakuzas' japoneses, pasando por los oscuros 'desfiles de modas' de Myanmar. En este personalísimo texto exclusivo para 'El País Semanal' relata algunas de las historias que vivió en su periplo.

9. La ciudad de las historias. Reportaje de Eduardo Lago. Manhattan, corazón de Nueva York, es capaz de reinventarse para no dejar de ser nunca un icono del ser humano: de su facultad para transformar el mundo, pero también de su soledad. Siempre a la vanguardia, pero con una extraña capacidad para mantener las esencias. El Museo Reina Sofía le dedica una de sus mejores exposiciones del año, con un inspirador viaje fotográfico en cuatro décadas.

10. Agapito. Por Rosa Montero.

11. La opinión del hijo del vecino. Por Javier Marías.

PRENSA (1). 30 mayo 2010

En "El País".

1. Botellón. Columna de Manuel Vicent sobre la política española.

2. Adiós al amigo americano. Por Bárbara Celis. Director, actor, fotógrafo y coleccionista de arte, Dennis Hopper falleció ayer a los 74 años - La película 'Easy rider' lo convirtió en un símbolo generacional. El dios fallido de la contracultura, por Diego A. Manrique.

3. El drama es doble: el paro y su factura. Reportaje de Manuel V. Gómez. Pagar el desempleo cuesta ya un 3,2% del PIB español - La baja productividad ligada a la temporalidad es nuestro cáncer.

4. ¿Recortes en desarrollo humano? Artículo de Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación ÉTNOR.

5. Pecados de mi padre. Artículo de Mario Vargas Llosa. Nicolás Entel ha realizado un magnífico documental que narra la historia de Sebastián Marroquín, el hijo del famoso narcotraficante colombiano Pablo Escobar, que murió acribillado en 1993.

CÓMIC ESPAÑOL. PULGARCITO. "La grandeza de España", por Íñigo



(Fuente: http://navarrobadia.blogspot.com/2009/09/hace-exactamente-50-anos-pulgarcito-n.html)

Aquí podemos encontrar información sobre su autor, Íñigo.

CÓMIC ESPAÑOL. "El último vampiro", de Jan



De principios de los años 70.




sábado, 29 de mayo de 2010

CÓMIC. INGLÉS. "Unusual Tales: The Joke"


"The Joke" is a 5-page story from Charlton's MYSTERIES OF UNEXPLORED WORLDS #10 [1958]. It combines the twin cold-war era fears of the dangers of radiation and infiltration by foreign spies.





(Fuente: http://ditko.blogspot.com/2010/05/unusual-tales-joke.html)

MÚSICA. Emma Shaplin

Emma Shapplin, soprano francesa.


Gracias a Virginia Molina.

PRENSA. "Las enseñanzas de Spiderman", de Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo
En "El País":

Las enseñanzas de Spiderman


GUSTAVO MARTÍN GARZO 29/05/2010

Todos somos responsables de que el mundo sea como es. La baronesa Blixen solía decir que escribía o pintaba porque debía a los demás una respuesta. Responder era formar parte de la gran cadena de las causas y de las criaturas. "Responderé de lo que diga o haga; responderé a la impresión que cause. Seré responsable". Para los que vivimos bajo la dictadura franquista, la llegada de la democracia no tenía que ver con el deseo de riqueza sino de libertad; queríamos una democracia para vivir en un mundo más noble y generoso.
La crisis económica actual hunde sus raíces en una crisis más honda de carácter moral. Hace pocas semanas, uno de los altos cargos de Google declaró sin ningún empacho que "de lo que se trata es que todos ganemos mucho dinero". Pero hay algo que evitó decir: que somos siete mil millones de habitantes en la Tierra y no es posible que todos seamos ricos, suponiendo que eso sea lo que queremos. Claudio Magris dice que nunca el mundo ha estado más necesitado de política que ahora, y la política debe reivindicar una cultura de la mesura y la solidaridad. El problema de la crisis que sufrimos no está solo en los banqueros, ni en los especuladores, sino en la sociedad en su conjunto. Los paraísos fiscales, los sueldos desmesurados, los contratos blindados, lejos de provocar rechazo suscitan más bien la envidia general, pues hemos interiorizado de tal forma los valores de los poderosos que no sabemos vivir sin mirar por sus ojos y sin anhelar sus lujos. Hemos sustituido el Dios severo de las antiguas religiones, por otro mucho más peligroso: el Dinero.
Hace unos meses circuló por Internet un mensaje en el que se comparaba al mundo con una aldea de 100 habitantes. Manteniendo las proporciones globales, las cifras que resumirían la vida en esa pequeña aldea serían estas: habría 57 asiáticos, 21 europeos, 14 personas del hemisferio oeste y ocho africanos; 52 serían mujeres y 48 hombres; 70 no serían blancos y 30 serían blancos; 70 no cristianos y 30 cristianos; 89 heterosexuales y 11 homosexuales. Seis personas poseerían el 59% de la riqueza de toda la aldea y, de los seis, cinco serían norteamericanos. De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones infrahumanas; 70 serían incapaces de leer; 50 sufrirían de malnutrición. Solo una tendría educación universitaria, y en esta aldea habría una sola persona con ordenador.
¿Pero las variaciones en la Bolsa, los oscuros negocios inmobiliarios, los movimientos de la especulación, los paraísos fiscales, qué relación tienen con la vida de los hombres y las mujeres de esa aldea de cien habitantes? Grandes masas de dinero cambian de unas manos a otras, dotadas de una vida tan indescifrable como caprichosa, mientras ese hombre individual y minúsculo repite las mismas acciones en su pequeña aldea: abrir su taller, ir a su oficina, llevar a los niños a la escuela, atender las demandas de sus pacientes. La economía de su país, o la del mundo entero, entra en fase de crecimiento o de recesión sin que en apariencia haya ninguna relación entre lo que ese hombre está haciendo y el que tales cambios se produzcan.
Por ejemplo, ¿cómo es posible que mientras un peón de albañil tenga que trabajar 10 horas al día para ganar un sueldo ridículo, a uno de esos especuladores bursátiles les baste con una llamada telefónica o el simple trasladar los papeles de una mesa a otra para amasar una fortuna que aunque viviera 100 años no podría gastar?
Todos recordamos la forma en que las televisiones del mundo dieron la noticia del atentado de las Torres Gemelas. Las imágenes que mostraban los edificios ardiendo, su derrumbe y su tragedia, se alternaban en las pantallas con compulsivas conexiones con las Bolsas para ver cómo se comportaba el Dinero. Pero ¿el Dinero qué es exactamente, quién decide cómo se comporta? Recuerda al antiguo Dios de las religiones monoteístas, y sus oficiantes se confunden con los viejos teólogos. Así, cuando unos días después del terrible atentado se produjo la reapertura de la Bolsa de Nueva York, a lo que asistimos fue a un acto de clara significación religiosa. El silencio, la música sacra, la sensación de estar en un lugar de fuerza inaudita, tan incomprensible como extraño y vengativo. La Bolsa era el templo y sus sacerdotes trataban de aplacar a su iracunda divinidad. Lo mejor de la cultura política de Occidente ha nacido de su empeño de regirse por la siempre prudente razón y ahora nos descubrimos volviendo al seno de un nuevo sistema religioso en que reina una divinidad no menos caprichosa e implacable que la antigua. La de ese Dinero al que solo unos pocos iniciados son capaces de comprender, y en el que parece estar contenido la posibilidad de nuestra salvación.
Hace unos años se estrenó en los cines una bonita versión de Spiderman, el héroe de la historieta de la Marvel. Un muchacho apocado recibe la picadura de una araña, y su cuerpo empieza a adquirir cualidades sorprendentes. Sus sentidos se agudizan, es capaz de ascender por paredes verticales y puede segregar hilos de sus manos. Mientras va descubriendo todo esto, se vuelve huraño y esquivo. Su tío se preocupa y habla con él. Todos los muchachos, le dice, antes o después tienen que transformarse en alguien, y hay que tener cuidado en quien lo hacen pues luego ya no podrán cambiar. Y añade: un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Suelo pensar en esta escena cuando veo por televisión las reuniones del G-20 y el G-8. Un niño muere cada cuatro segundos, una parte importante del mundo no tiene para comer, y epidemias espantosas como el sida asolan continentes enteros, mientras los dirigentes más poderosos del mundo se comportan como colegiales del más selecto de los clubs, y aquella imagen de Bush y Aznar con los pies sobre la mesa, tras una de esas reuniones, expresa fielmente lo que quiero decir.
No cabe ninguna duda, hay que hablar de una crisis moral, de un mundo sin honor. "El sentimiento de honor perdido, escribe Sánchez Ferlosio, no es un conflicto psicológico. El honor es una relación de lealtad con los demás". De forma que el deshonor no es tanto "haberse fallado a uno mismo", sino "haberles fallado a los otros".
Para evitarlo, también nosotros, los simples habitantes de esa aldea que es el mundo, debemos asumir nuestra parte de responsabilidad en lo que sucede. ¿O es demasiado tarde y en nuestra mirada, como en la de esos nuevos héroes de las tarjetas bancarias, ya no cabe otra cosa que la complacencia y la codicia?

Gustavo Martín Garzo es escritor.