miércoles, 30 de septiembre de 2009

POESÍA. José Antonio Muñoz Rojas, en el recuerdo.


En "El País", Andrés Trapiello traza el perfil del poeta José Antonio Muñoz Rojas:

HOMBRE DE CAMPO

Había logrado ser el hombre menos afectado de España. Sobre todo cuando hablaba de sus propios libros, estorbando de paso que otros lo hicieran, si era para elogiarlos. Era ponderado y longánimo al mismo tiempo, sin mentir ni mentirse. Fue siempre así con todos, amigos y enemigos. Sólo le oyó uno hablar mal, eso tan frecuente en nuestro estrecho mundo literario, frecuente e inocuo por lo general, en una sola ocasión, de una persona. Pero lo hizo de tal modo, con tan cervantina suavidad, que hasta yo mismo no logro recordar ahora su nombre. Ni siquiera lo hizo de los que mataron a su hermano, que se llevó por delante la Revolución en la Málaga del 36, sedienta de sangre.
Era uno de esos españoles que trabajaron por una tercera España, la improbable. Sabiendo la devoción que uno sentía por Juan Ramón Jiménez, solía recordarme: "Yo soy machadiano", como quien siendo seguidor de un torero lamentara no poder serlo al mismo tiempo de otro, al que admira por igual. Entregó su ilusión por entero y desde muy joven a la poesía, una llama que a veces amenazaba apagársele entre el hueco de sus manos. La primera vez que nos vimos, hace exactamente treinta años, le hizo a aquel muchacho deslumbrado por la pureza de esa llama y de su vida, de su gusto, de la nobleza de su porte, de su historia, de la panorámica sobre el Botánico que se admiraba desde el salón de su casa madrileña o de su legendaria y romana heredad antequerana, una confesión imponente, categórica: "No se puede ser rico y escritor al mismo tiempo". Y en sus ojos pequeños, de lebrato, brilló un sobrentendido. Había en aquellas palabras, a las que se refirió otras veces, un fondo jansenista, que le dejaba su poso melancólico, porque lo cierto es que su vocación de poeta y escritor fue, como mínimo, simultánea a la fatalidad de haber nacido en el seno de una familia patricia. Se ve que, como todos los seres humanos, pobres o ricos, viejos o jóvenes, sanos o enfermos, tenía la fantasía de ser otro, pero tuvo la suerte de tener el sentido común de no querer ser más que él mismo.
Lo consiguió con creces en la generosidad. La suya no conoció límites. Se pasó la vida, su centenaria vida, favoreciendo a aquellos escritores y poetas a los que admiró, y que habían de serlo a pesar de ser pobres. Y lo hizo, claro, sin que su mano izquierda llegara a saber lo que hacía la derecha. Su amigo íntimo y editor Manuel Borrás, depositario de tantas confidencias suyas, así podría confirmarlo.
Como Machado, pasó mucho tiempo solo paseando por el campo, y como él hubiera podido decir que quien habla solo espera hablar a Dios un día. No es fácil saber lo que esta palabra, Dios, encierra, ni su alcance. Para nosotros hoy no es más que la sombra de un vacío, el que nos ha dejado.




Y podemos leer ahora uno de sus poemas:



Tu oficio, poeta...


Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiere mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
«a mí me pasó algo semejante».
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego,
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

PRENSA. 30 septiembre 2009


En "El País":

1. Un puente entre las dos Españas. Muere al filo de los 100 años Muñoz Rojas, último gran poeta de la generación del 36. Por Javier Rodríguez Marcos. El escritor Andrés Trapiello nos traza su perfil, en Hombre de campo.

2. Muérdago y negocio. Columna de Manuel Rodríguez Rivero.

3. Alumbrar lo valioso. Breve de Muñoz Molina sobre la importancia del periodismo cultural. Con motivo de la concesión del Premio Nacional de Periodismo Cultural a Jacinto Antón, al que Catalina Serra entrevista en "Es obligatorio apasionarse".

4. Clase de Religión, o de nada. Reportaje de Joaquina Prades. El Concordato y la LOE impiden dotar de contenido a la asignatura alternativa para no dar ventaja a los laicos. Los pedagogos denuncian este limbo educativo.

5. Irán nuclear y Palestina. Artículo de M.Á. Bastenier.

martes, 29 de septiembre de 2009

LECTURA. "La leyenda de Carlomagno", minicuento de Italo Calvino


LA LEYENDA DE CARLOMAGNO

El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El Emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.

PRENSA. 29 septiembre 2009


En "El País":

1. "Occidente no respeta la dignidad de las personas". Juan Cruz entrevista al escritor Amin Maalouf, que acaba de presentar su ensayo El desajuste del mundo.

2. Nadie quiere dirigir el instituto. Reportaje de J.A. Aunión. La falta de candidatos para gobernar centros públicos es un problema desde hace décadas. A los profesores no les compensa asumir la responsabilidad; ni ganan más ni tienen autonomía.

3. Que la Tierra no se caliente cuatro grados. Reportaje de Walter Oppenheimer. El Hadley Center predice falta de agua potable, sequías e inundaciones si no se reducen pronto las emisiones de CO2.

4. El regreso de los piratas. Artículo de Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía en la Universidad de Zaragoza.

5. Por un conocimiento sin fronteras. Artículo de Víctor Pérez-Díaz, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. La gravedad de la crisis en España está relacionada con nuestra debilidad en los campos de la educación y la ciencia. De ahí la baja competitividad y cualificación de la economía y la escasa calidad del debate público.

6. Mágico. Columna de Rosa Montero.


lunes, 28 de septiembre de 2009

PRENSA DIGITAL. LECTURA. AVANCE EDITORIAL. "El hombre inquieto", de Henning Mankell


En "elpais.com", el avance editorial de la nueva novela de Henning Mankell, con el comisario Wallander como protagonista: un texto de Winston Manrique Sabogal: La nueva investigación de Mankell:

Cuando todo parecía tranquilo, un tropel de acontecimientos altera la vida de uno de los detectives más famosos de la literatura contemporánea: Kurt Wallander. En este esperado regreso, el inspector sueco se convierte en abuelo, secuestran al suegro de su hija Linda, que ya trabaja como policía en Ystad, da con unas pistas que lo conducen a la historia secreta de Suecia tras la Segunda Guerra Mundial y, a partir de ahí, todo se complica en una espiral de sucesos y hallazgos que trastocan el pasado y cualquier atisbo de buen futuro...
Así es la vuelta frenética del sueco Henning Mankell en El hombre inquieto (Tusquets), en la que reaparece la figura de Wallander dejada en Antes de que hiele. La novela, que llegará a las librerías españolas el 9 de octubre, es el adelanto editorial que ofrece hoy Babelia en el EL PAÍS.com, como hace cada lunes con los libros más destacados de los próximos días.
Estas son las primeras líneas de El hombre inquieto que puede leer en la edición digital: "La vida del inspector Kurt Wallander ha cambiado: no sólo se ha comprado una casa en el campo -un sueño que llevaba tiempo acariciando- y por fin tiene un perro, sino que su hija Linda, que ya trabaja como policía en Ystad, lo ha convertido hace poco en abuelo de una niña".


PRENSA. 28 septiembre 2009. "Por qué no decir basta", de Salvador Gutiérrez Solís


Reproducimos el artículo POR QUÉ NO DECIR BASTA, del escritor cordobés Salvador Gutiérrez Solís, aparecido hoy en "El Día de Córdoba":

Negar que en los últimos años se ha avanzado en la igualdad entre los géneros sería negar lo evidente. También es cierto que ha sido mayor el avance legislativo o normativo que el social, donde la desigualdad sigue siendo un asunto desdichadamente rutinario. Me temo que habrán de pasar algunas generaciones hasta que la igualdad real, en todos los aspectos y ámbitos de nuestras vidas, constituya el cotidiano, y la desigualdad una excepción. Aún queda mucho, mucho por recorrer, mucho por rectificar, mucho por naturalizar. En demasiadas ocasiones el machismo se gesta en el mundo de la empresa, no es necesario recordar la brutal diferencia de salarios, se gesta en las organizaciones, ya sean políticas, sindicales o culturales, y se gesta, sobre todo, en la familia. Inconsciente o conscientemente, desde la naturalidad de una tradición tan excluyente como perversa, a los hombres y a las mujeres se nos educa de manera muy diferente en multitud de ocasiones, adjudicándole a uno y otra roles completamente diferentes. Mi hijo Israel juega con príncipes y princesas, Aurora, Felipe, Cenicienta o Michael, que componen el imaginario de su infantil mundo de cuento. Cuando salimos a pasear, mi hijo gusta acompañarse de alguno de sus muñecos o muñecas. Si lleva entre sus manos un príncipe, no pasa nada, todo es normal, es lo natural; pero como sea una princesa la cosa cambia, radicalmente. Les puedo asegurar que en un simple trayecto de cien metros son varios los comentarios que escuchamos, las risas que contemplamos alrededor, y no sólo de gente mayor, de personas de mi generación y, lo que más me preocupa, de niños de su propia edad. Tengamos en cuenta que mi hijo tiene cuatro años.
Curiosamente, a un amplio número de amigos de mi hijo les encantan las muñecas, pasear un carrito de bebé o hacer comiditas, y me he topado con reacciones paternas de todo tipo. Hay quien consiente que juegue con muñecas, pero sólo en casa, les prohíben exhibirlas en el exterior. Hay quien se niega a que las tengan, a pesar del deseo manifiesto de sus hijos. Hay quien lo vive como una absoluta pesadilla y te muestran dudas sobre la sexualidad de sus retoños. A mí mismo, lo reconozco, criado en el machismo de un franquismo que devoraba todo y a todos, me ha costado entender que a mi hijo le gusten por igual los muñecos y las muñecas, que le encante cambiarles de vestido, que las peine, que organice bodas entre ellos, y hasta me he obstinado en ponerle una pelota entre las piernas o en aficionarlo a la bicicleta. Y todo, trágica y sencillamente, porque no soportaba las risitas, las miradas de soslayo y los comentarios de los que me rodeaban, hasta que comprendí que la felicidad de mi hijo, su desarrollo personal, su libertad, estaban muy por encima de estos arcaicos efectos colaterales de una sociedad en la que el machismo y la desigualdad siguen siendo santo y seña.
Seamos sinceros, no nos escondamos detrás de una máscara de idealismo que no existe; tal vez más de un lector esté sonriendo al leer este artículo, y hasta puede que se esté sorprendiendo, y fabrique esas coletillas que empleamos para explicarlo todo. Porque la desigualdad, la falta de respeto por la personalidad y libertad de cada cual, se construye sobre un discurso facilón, plano, tan sencillo como cruel. Porque en este país se nos ha educado a formar parte de la "moral oficial", a respetarla, acatarla y transmitirla aunque no la compartamos, aunque nos duela, aunque nos reduzca como personas y frene expresiones muy íntimas de nuestra propia naturaleza. Y todo, en una gran mayoría de las ocasiones, por el qué dirán, que ha sido la liturgia permanente que ha repicado en nuestros oídos. Basta, ha llegado el momento de decir basta.
Las muñecas de mi hijo son un mero ejemplo de un amplísimo catálogo donde caben, desgraciadamente, mil y un ejemplos más. Seguimos manteniendo un mundo donde los hombres y las mujeres, desde pequeños, han de adoptar papeles absolutamente diferentes. Seguimos manteniendo modelos sociales, familiares, morales, que no hacen otra cosa que mermar el natural crecimiento de nuestras personalidades. Podrán cambiar las leyes, las normas, los tantos por ciento, que son necesarios, indiscutiblemente, pero mientras no lo haga la sociedad, todos y cada uno de nosotros, siempre contemplaremos la deseada meta desde el comienzo de un camino que nos da miedo recorrer. Tendremos que comenzar a decir basta.

PRENSA. 28 septiembre 2009


En "El País":

1. ¿Positiva? Columna de Almudena Grandes, sobre la llamada "discriminación positiva".

2. "El sentido común se ha vuelto subversivo". Entrevista al escritor británico Martin Amis. Por Javier Rodríguez Marcos.

3. Coto a la dictadura del Photoshop. Reportaje de Rosario G. Gómez. Las técnicas de retoque de fotografía se aplican ya sin límites a famosos y políticos. Francia y Reino Unido debaten si hay que avisar cuando se manipula la imagen en carteles o reportajes.

4. Obama y sus opositores. Artículo del escritor mexicano Carlos Fuentes.

5. Pekín, ciudad prohibida. Artículo del escritor Jesús Ferrero. La capital china es un recuerdo del futuro que nos espera: ciudades que no acaban nunca, edificios cada vez más altos, calles que son autopistas, noches llenas de luces, días llenos de ruido y de niebla.

6. 'Bolonia" aprueba su primer curso. Por Elena hidalgo y marta F. Caparrós. Alumnos y profesores de la Carlos III se muestran moderadamente satisfechos tras un año como pioneros con el grado, pero las críticas siguen presentes.

domingo, 27 de septiembre de 2009

PRENSA DIGITAL.



En "elpais.com", esta información de Juan G. Bedoya, desde La Línea de la Concepción: "Donde se queman libros se acaba quemando personas".


Pensadores de las culturas mediterráneas judía, cristiana e islámica rechazan el fundamentalismo religioso.


"Donde se queman libros se termina quemando también personas". Con esta profecía del poeta Heinrich Heine ha abierto el rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, Salvador Ordóñez, el Encuentro internacional El diálogo de las culturas mediterráneas judía-cristiana-islámica en el marco de la Alianza de Civilizaciones. Desde la Biblioteca de Alejandría a la actualidad. Organizado por la Fundación UIMP-Campo de Gibraltar, ha reunido este este fin de semana en La Línea de la Concepción (Cádiz) a una veintena de pensadores de las dos orillas del Mediterráneo con el objetivo de analizar el papel de la Alianza de Civilizaciones como instrumento para "reconciliar y ayudar a calmar las tensiones culturales y religiosas".
El encuentro se ha cerrado con un manifiesto en el que se insiste en "la urgente necesidad de impedir que el fundamentalismo y el egocentrismo cultural excluyente ocupen el terreno que corresponde al diálogo, a la paz y a la libertad del espíritu". También subraya la importancia de promover, difundir e incentivar "la utilización de las bibliotecas convencionales y digitales, así como otros soportes tecnológicos, como instrumentos eficaces al servicio de la comprensión internacional y en coincidencia con la promoción de los derechos humanos y de la paz, entre otros valores".
En mayo de 1933, los alumnos de la Universidad Friedrich Wilhelm encabezaron una siniestra quema de libros en Berlín. El monumento que recuerda aquella jornada en esa ciudad muestra las estanterías vacías y ostenta como emblema la frase del poeta judío Heine, que fue también político, ensayista, escritor satírico y polemista. Al rector Ordóñez el recuerdo del Berlín de 1933 le evoca otra quema de libros: la terrible destrucción de la Biblioteca de Alejandría, en su época la más grande del mundo, con unos 700.000 volúmenes en sus estanterías.
Objeto de varias destrucciones parciales, incendios y prohibiciones a lo largo de los siglos, su liquidador definitivo fue el emperador romano Teodosio el Grande, nacido en la península ibérica. Castigaba, bien entrado el siglo cuarto de la era cristiana, a los herejes que no querían aceptar el dogma de la Trinidad. Pero la demolición piedra a piedra del gigantesco edificio por soldados y ciudadanos cristianos fue mucho más que una quema de libros herejes, como cuando las juventudes nazis incendiaron las obras de librepensadores como Freud, Thomas Mann o Carlos Marx.
El encuentro celebrado en el Campo de Gibraltar ha querido subrayar el "renacimiento" de la biblioteca de Alejandría, sobre la que habló el sábado su directora de relaciones internacionales, Hagar Islambouly. La nueva Biblioteca Alejandrina, con este nombre, está promovida por la UNESCO y fue inaugurada en 2003 en la ciudad fundada por Alejandro Magno. "Es una ventana del mundo a Egipto y de Egipto al mundo, pero sobre todo un mar de diálogo y entendimiento, entrando de lleno en el concepto de la Alianza de Civilizaciones", ha subrayado Ordóñez.
El director del encuentro y de la UIMP-Campo de Gibraltar, Antonio Monclús, ha indicado que la necedad humana que hay detrás de los actos de barbarie tiene otro nombre: fundamentalismo. Añadió: "Recorrer la vida de los pueblos del Mediterráneo desde el final de aquella biblioteca, es contemplar una imagen reiterada, casi con uniformidad, en todas las épocas. La imagen de la intolerancia y la intransigencia impregnando el Poder, que la favorecía para robustecerse, a costa de la periódica represión de la cultura, de la sabiduría, de la libre expresión, de la espiritualidad programada en las religiones judía, cristiana e islámica".
A la pregunta planteada más tarde por el profesor Monclús (¿es posible que la cultura musulmana, la cristiana y la judía, puedan entenderse, desde el respeto y aprecio a la dignidad de sus diferencia, y puedan encontrarse en un diálogo constructivo para la humanidad?), han contestado en largos debates expertos de esa religiones, como Jacobo Israel (presidente de las Comunidades Judías de España), Abdennur Prado (presidente de la Junta Islámica de Cataluña) y el pensador cristiano Juan José Tamayo, secretario general de la Asociación de Teólogos Juan XXIII.
Abrió el debate uno de los grandes especialistas actuales en lengua y literatura del cristianismo primitivo, el catedrático de filología griega en la Universidad Complutense de Madrid, Antonio Piñero. Los cuatro han coincidido en que el diálogo interreligioso no puede ser un fin en sí mismo, "sino que debe dirigirse a conquistar sociedades realmente plurales" (Abdennur Prado). Jacobo Israel ha citado una canción israelí para ilustrar esa idea: "Todos hablan de paz, nadie habla de justicia", dice con la "esperanza" de que los hombres "transformarán un día sus espadas en arados, y sus lanzas en hoces".



PRENSA. 27 septiembre 2009 (3)


En "magazinedigital", este reportaje ÁGORA. La mujer que fascinó a Amenábar, con texto de Juan Ignacio Francia y fotos de Rankin y Teresa Isai.

También, La otra cara de ser madre, de Carmen Amoraga, con ilustraciones de Mariona Cabassa. (Estar embarazada y tener un hijo es una bendición llena de malos tragos y momentos tristes. Quedan compensados con creces, pero existen, y en demasiadas ocasiones la parte dura queda oculta y mal explicada).

BIBLIOTECA. "Mis almuerzos con gente inquietante", de Vázquez Montalbán


Entre plato y plato, Vázquez Montalbán cocina estas entrevistas con gente inquietante. Al decir del autor, el almuerzo es un "ámbito especial" donde comer, beber y hablar relaja "los esfínteres del espíritu". De ahí que los personajes que desfilan por estas páginas -Martín Villa, el duque de Alba, Jesús Quintero, Miquel Roca, Bibi Andersen, Fraga Iribarne...- cuenten lo que se guisan y lo que se comen con sinceridad y sin complejos.
(Texto de la contracubierta)

Editado por Público/SabadellAtlántico, tiene 349 páginas y está en la BIBLIOTECA.

PRENSA. 27 septiembre 2009 (2)


En suplementos de "El País":

1. Palin, retrato íntimo. Artículo de Elvira Lindo sobre Sarah Palin y el periodismo de sociedad.

2. La autocrítica de ETA. Reportaje de Luis R. Aizpeolea. La gente de Txeroki ha hecho una enmienda a la totalidad del proceso de diálogo con el Gobierno intentado por Josu Ternera y Arnaldo Otegi. Un documento interno de la banda confirma la voluntad de los pistoleros para seguir con los atentados y, al tiempo, controlar estrechamente a la izquierda "abertzale".

3. Saber aceptar las críticas. Reportaje de psicología, por Ferrán Ramón-Cortés. Todos estamos expuestos a ellas. Aumentar la seguridad en nosotros mismos ayudará a poder evaluarlas sin percibirlas como una agresión y a admitirlas para aprender.

4. La dinastía se desvanece. Reportaje de Francisco González Basterra. Ricos, guapos y poderosos, Durante medio siglo han sido la familia real que nunca tuvo EE UU. Con la muerte de Ted, el último gran Kennedy, la familia busca sin éxito un nuevo icono que dar a la nación.

5. Felicidades, rock. Reportaje de Diego A. Manrique y Manuel Cuéllar. Hace 50 años se grabó el primer rock en Español. se llamó 'cowboy' y lo firmaba el Dúo Dinámico. Ellos y otros 40 artistas de tres generaciones se unen en estas páginas para celebrarlo a lo grande. Con el Especial: 50 años de rock español.

6. Las tripas del libro electrónico. Reportaje de Chema Lapuente. Un especie de cuaderno digital con una biblioteca en su interior. Hoy, todavía, más una promesa que una realidad. Un invento limitado por tamaño, tecnología y precio. Analizamos cómo funciona y qué modelos ofrece el mercado.

7. Cementerio de barcos y hombres. Reportaje de Ana Gabriela Rojas. Cuando los grandes buques realizan su último viaje, ponen rumbo a playas del sur de Asia. Allí, miles de hombres arriesgan su vida para desmantelar a los colosos con sus propias manos.

8. El talento de la inspectora Fernández. Artículo-relato de Almudena Grandes.

9. Pieles finísimas. Artículo de Javier Marías sobre los adolescentes.

PRENSA. 27 septiembre 2009 (1)


En "El País":

1. Irreprochable Concha de Oro al Spielberg chino. El crítico Carlos Boyero nos da su opinión sobre los premios del 57º Festival de Cine de San Sebastián.

2. "Me casé con un pene". Entrevista de Karmentxu Marín a la escritora Isabel Allende.

3. ¿Existe el PIB de la felicidad? Reportaje de David Fernández. El crecimiento económico no siempre va ligado a la sensación de bienestar. El Gobierno francés modificará las estadísticas para reflejar con más rigor el grado de satisfacción de los ciudadanos.

4. Los 'troyanos' dominan el fraude. Reportaje de Carmen Pérez-Lanzac. Los ciberladrones de datos causan ya la mitad de los desfalcos 'online'.

5. El regreso de Elías Canetti. Artículo del escritor argentino Tomás Eloy Martínez. El Premio Nobel conocía cuatro lenguas, pero escribió en alemán como afirmación de su ser judío. Nos seduce por su capacidad para entenderlo todo, como superviviente de un lugar en el que ya han sucedido todas las cosas.

6. Sorpresa: ¡Irán miente! Columna de Moisés Naím sobre el programa nuclear iraní. ´

sábado, 26 de septiembre de 2009

LECTURA. CLÁSICOS DE AVENTURAS. "Robinson Crusoe", de Daniel Defoe



Así comienza la novela de Daniel Defoe, publicada en 1719 -la traducción es de Julio Cortázar-:

ROBINSON CRUSOE

1. PRIMERAS AVENTURAS DE ROBINSON

Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de buena fa­milia aunque no del país, pues mi padre, oriundo de Bremen, se había dedicado al comercio en Hull, donde logró una buena posición. Desde entonces, y luego de abandonar su trabajo, se radicó en York, donde casó con mi madre; ésta pertenecía a los Robinson, una distinguida familia de la región, y de ahí que yo fuera llamado Robinson Kreutznaer, aunque por la habitual corrupción de voces en Inglaterra se nos llama Crusoe, nombre que nosotros mis­mos nos damos y escribimos y con el cual me han cono­cido siempre mis compañeros.
Siendo el tercero de los hijos, y no preparado para nin­guna carrera, mi cabeza empezó a llenarse temprano de de­sordenados pensamientos. Mi anciano padre me había dado la mejor educación que el hogar y una escuela común pueden proveer, y me destinaba a la abogacía; pero yo no ansiaba otra cosa que navegar y mi inclinación a los viajes me hizo resistir tan fuertemente la voluntad y las órdenes de mi padre, así como las persuasiones de mi madre y mis amigos, que se hubiera dicho que existía algo de fatal en esa tendencia que me arrastraba directamente hacia un destino miserable.
Mi padre, hombre prudente y serio, trató con sus exce­lentes consejos de hacerme abandonar el intento que había adivinado en mí. Una mañana me llamó a su habitación, donde lo retenía la gota, para hacerme cordiales advertencias sobre mis proyectos. Con su tono más afectuoso me rogó que no cometiera una chiquillada y me precipitara a desdichas que la naturaleza y mi posición en la vida pare­cían propicias a evitarme; no tenía yo necesidad de ga­narme el pan puesto que él me ayudaría con su impulso a obtener la situación acomodada que me había destinado; en fin, si no lograba una posición en el mundo sería sólo por culpa mía o del destino, sin que tuviera él que rendir cuentas de ello, ya que cumplía con su deber al prevenirme contra actitudes que sólo redundarían en mi desgracia; en una palabra, me aseguró que haría mucho por mí si me quedaba en casa, pero que no quería tener participación al­guna en mis desventuras alentándome a partir. Para termi­nar me señaló el ejemplo de mi hermano mayor, con el cual había empleado el mismo género de persuasiones a fin de evitar que fuera a las guerras de Flandes, no pudiendo sin embargo impedir que sus juveniles impulsos lo llevaran a la lucha donde encontró la muerte. Me aseguró que no dejaría de rogar por mí, pero que se aventuraba a decirme que si me dejaba arrastrar por mi impulso Dios no me acompaña­ría, quedándome sobrado tiempo para lamentar haber de­soído los consejos paternales, y ello cuando ya nadie pu­diera acompañarme en mi arrepentimiento.
Sus palabras me afectaron profundamente, como es na­tural, y resolví abandonar toda idea de viajes, estable­ciéndome en casa de acuerdo con la voluntad paterna. Mas, ¡ay!, muy pocos días disiparon los buenos propósitos, y unas semanas después me decidí a evitar lo que conside­raba importunidades de mi padre yéndome de su lado. Sin embargo, no permití que el calor de mi resolución me arrastrara. Y acudiendo a mi madre un día en que la creí de mejor humor que otras veces le confié que mis deseos de conocer el mundo eran tan irresistibles que jamás podría dedicarme a cosa alguna que me lo impidiera, y agregué que mi padre haría mejor en darme su consentimiento que obligarme a partir sin él. Ya tenía yo dieciocho años, edad demasiado avanzada para entrar de aprendiz en cualquier comercio o como pasante en un bufete, y si me forzaban a ello estaba seguro de escapar de mi amo a toda costa y lan­zarme al mar. Por fin le aseguré que, si convencía a mi pa­dre de que me dejara partir y a mi regreso encontraba yo que el viaje no me había gustado, le prometía no volver a intentarlo jamás y rescatar, con todo celo y diligencia, el tiempo perdido.
Todo esto sólo sirvió para encolerizar a mi madre. Me dijo que era vano hablar a mi padre del asunto, que lo sa­bía demasiado seguro de cuál era el camino provechoso para dar un consentimiento que sólo sería mi desgracia, y se maravilló de que pudiera insistir después de la conversa­ción que había tenido con él y las tiernas y bondadosas fra­ses que había empleado conmigo; en fin, si yo estaba dis­puesto a perderme, no había manera de impedirlo, pero ja­más mi intención lograría el consentimiento de ambos; por su parte no estaba dispuesta a colaborar en mi ruina y nunca podría decirse de ella que había obrado contra la vo­luntad de su esposo.
Aunque se cuidó de decir todo esto a mi padre, vine a sa­ber más tarde que le contó lo ocurrido y que el anciano, tras de mostrar gran preocupación, dijo suspirando:
—El muchacho sería dichoso si se quedara en casa, pero si se lanza a viajar será el hombre más infeliz que haya pi­sado la tierra. No puedo darle mi consentimiento.
Sólo un año después de todo esto dejé mi casa, aunque entretanto me mantuve sordo a toda proposición que se me hizo de dedicarme al comercio, y discutía frecuentemente con mis padres sobre lo que yo consideraba su empecina­miento contra mis más ardientes inclinaciones. Pero un día, hallándome casualmente en Hull y sin la menor intención de escaparme en esa oportunidad, encontré un amigo que se embarcaba para Londres en el barco de su padre y que me instó a que lo acompañara, valiéndose del cebo habitualmente empleado por los marinos, esto es, que el pasaje no me costaría nada. Sin consultar a mis padres ni comunicarles mi partida, dejándolos que se enteraran como pudie­sen; sin pedir la bendición de Dios ni la de mi padre y sin cuidado alguno de las circunstancias y las consecuencias de mi acción, en un día aciago como Dios sabe, el primero de septiembre de 1651 me embarqué en aquel navío rumbo a Londres. No creo que las desgracias de ningún mucha­cho aventurero hayan comenzado tan pronto y durado tanto. Apenas habíamos salido del Humber cuando se de­sató el viento y las olas empezaron a encresparse horrible­mente; yo, que jamás había estado en el mar, sufrí a la vez el padecimiento del cuerpo y el terror del alma. Me puse a pensar seriamente en lo que había hecho, y con qué justicia me castigaba el cielo por mi perversa conducta al abando­nar la casa de mi padre y mi deber.
Entretanto la tormenta crecía y el mar, aún desconocido para mí, parecía levantarse, aunque nunca en la forma en que lo vi más adelante; no, nunca como lo vi unos días des­pués. Pero entonces bastaba para impresionar a un joven marino que no tenía noción alguna al respecto. Me parecía que cada ola iba a tragarnos, y que cada vez que el barco se hundía, en lo que a mí me daba la impresión de ser el fondo del mar, jamás volvería a surgir a la superficie. En tal estado de terror hice solemnes promesas y adopté la re­solución de que, si Dios llevaba su bondad a perdonarme la vida y me permitía desembarcar a salvo, iría directamente a la casa de mis padres para no volver a pisar la cubierta de una nave en lo que me quedara de vida. Prometí también que seguiría el consejo paterno sin precipitarme nunca más en tan miserables andanzas; veía claramente ahora la justeza de sus palabras acerca de una cómoda medianía en la vida, cuán fácil y confortable había transcurrido para él la existencia, lejos de toda tempestad en el mar y conflicto en la tierra; y decidí volver, como el hijo pródigo, a casa de mis padres.
Mis prudentes y sosegados pensamientos duraron lo que la tormenta y hasta un poco más; pero al día siguiente el viento había amainado, el mar estaba menos revuelto y yo comencé a habituarme a ambos. No obstante me mantuve serio todo el día, a lo que hay que sumar un resto de ma­reo, pero hacia la tarde el tiempo aclaró completamente, el viento cesó en absoluto y tuvimos un hermoso crepúsculo. Con igual claridad que al ponerse se levantó el sol a la si­guiente mañana; soplaba apenas una brisa, el mar estaba terso y el sol, brillando sobre las aguas, componía el más hermoso de los espectáculos que me fuera dado ver.
Habiendo dormido profundamente me sentía ya libre del mareo, y lleno de ánimo miraba maravillado el mar tan te­rrible el día anterior y capaz de mostrarse tan sereno y agradable muy poco después. Entonces, como para impe­dir que continuaran mis buenas resoluciones, el camarada que me había impulsado a embarcarme se me acercó y me dijo, palmeándome el hombro:
—Y bien, Bob... ¿cómo lo has pasado? Apuesto a que te diste un buen susto anoche, y eso que no sopló más que una ráfaga.
— ¿Le llamas ráfaga? —exclamé—. ¡Pero si fue una terri­ble tormenta!
— ¡Tormenta! —dijo mi amigo—. ¿Le llamas tormenta a eso, gran tonto? ¡Pero si no fue nada! Con un buen barco y mar abierto no nos preocupamos por un viento como ése. Es que tú eres marino de agua dulce, Bob. Ven, apuremos un jarro de ponche y nos olvidaremos de todo. ¿No ves qué hermoso tiempo hace ahora?
Para abreviar esta lamentable parte de mi relato, diré que seguimos el camino de todos los marinos; el ponche fue servido, yo me embriagué con él y en el desorden de aque­lla noche abandoné todo arrepentimiento, mis reflexiones sobre el pasado y mis resoluciones acerca del futuro. En al­gunos momentos de meditación, empero, aquellos pensa­mientos parecían esforzarse por retornar a mí, pero me apresuraba a rechazarlos y me salía de ellos como de una enfermedad. Así, dedicándome a beber y a alternar con los camaradas, pronto dominé aquellos ataques —como yo los llamaba— y en cinco o seis días logré la más completa victoria sobre la conciencia que pudiera desear un muchacho resuelto a no escucharla. Pero otra prueba me esperaba, y la Providencia, tal como lo hace en casos así, resolvió de­jarme esta vez sin la menor excusa en mi futura conducta; porque si el primer episodio podía no parecerme una adver­tencia, el siguiente fue tal que el peor y más empedernido miserable entre nosotros hubiera admitido a la vez el peli­gro y la gracia.
Al sexto día de navegación entramos en la rada de Yarmouth; con viento contrario y tiempo sereno, habíamos avanzado muy poco desde la tormenta. Nos vimos obligados a anclar en la rada y quedarnos allí, mientras el viento soplaba continuamente del sudoeste, por espacio de siete u ocho días, durante los cuales muchos barcos provenientes de Newcastle entraron en la rada, puerto común donde los navíos podían aguardar viento favorable para remontar el río.
Sin embargo, no hubiéramos permanecido tanto tiempo allí sin remontar el río de no levantarse un viento que, entre el cuarto y quinto día, empezó a soplar con furia. Con todo, aquellas radas eran consideradas tan seguras como un puerto y estábamos muy bien y sólidamente anclados, por lo cual nuestros hombres no se preocupaban, en un todo ajenos al peligro, y pasaban el tiempo en diversiones y descanso como todo marino. Pero en la mañana del octavo día el viento arreció, y fue necesario que toda la tripulación se lanzara a calar los masteleros y aligerar lo bastante para que el buque se mantuviera fondeado lo mejor posible. A mediodía creció el mar, y el castillo de proa se hundía mientras las olas barrían la cubierta, al extremo de que lle­gamos a creer que el ancla se había cortado y el capitán mandó echar el ancla de esperanza, con lo cual el barco se mantuvo con dos anclas y los cables tendidos hasta las bi­tas.
Esta vez era verdaderamente un terrible temporal, y yo comencé a ver señales de espanto hasta en el rostro de los marinos. El capitán atendía las maniobras para preservar el barco, pero mientras entraba y salía de su cabina y pa­saba cerca de mí le oí decir varias veces:
— ¡Dios se apiade de nosotros, nos ahogaremos todos, estamos perdidos!
Durante los primeros momentos, yo permanecí en mi ca­marote de proa como petrificado, y no podría describir lo que pasaba por mí. Me dolía recordar mi primer arrepenti­miento, del que aparentemente me había sido tan fácil li­brarme y contra el cual me había endurecido; pensaba que no había peligro de muerte y que el temporal amainaría como el otro. Pero cuando el capitán pasó cerca de mí y le oí decir que estábamos todos perdidos me espanté horrible­mente y levantándome de mi cucheta me asomé fuera. Ja­más había visto un espectáculo tan espantoso; el mar se hinchaba como si fueran montañas y nos barría a cada instante; cuanto veían mis ojos en torno era desolación. En dos barcos anclados cerca de nosotros habían cortado los mástiles por exceso de arboladura, y nuestros marineros gritaban que un navío fondeado a una milla del nuestro acababa de naufragar. Otros dos barcos que habían perdi­do sus anclas eran arrebatados de la rada hacia el mar, li­brados a su suerte. Los barcos livianos resistían mejor el embate, pero dos o tres de ellos pasaron desmantelados frente a nosotros, huyendo con sólo la botavara al viento.
Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre pidieron al capitán que les dejara cortar el palo de trinquete. Aunque se negó al principio, las protestas del contramaestre que aseguraba que el buque se hundiría en caso contrario lo lle­varon a consentir; pero cuando cayó el mástil se vio que el palo mayor quedaba suelto y sacudía de tal manera el barco que fue necesario cortarlo a su vez y dejar la cu­bierta arrasada.
Cualquiera puede inferir en qué estado de ánimo estaría yo a todo esto, siendo un novato en el mar y habiendo pa­sado poco antes tanto miedo por una simple ráfaga. Pero —sí me es posible describir ahora los pensamientos que me asaltaban entonces— recuerdo que sentía diez veces más miedo por haber abominado de mis anteriores resoluciones y recaído en los malos designios que por la idea de la muerte. Eso, agregado al espanto de la tormenta, me oca­sionó un estado de ánimo que jamás podría narrar. Y sin embargo lo peor no había sobrevenido aún; el temporal continuaba con tal furia que los mismos marineros asegu­raban no haber visto jamás uno semejante. Teníamos un buen barco, pero excesivamente cargado y calaba tanto que los marineros esperaban verlo irse a pique a cada mo­mento. El único alivio que se me brindó entonces fue igno­rar el sentido de la expresión «irse a pique», hasta que lo supe más tarde. Pude entonces ver en medio de la furia de la tormenta algo que no es frecuente: al capitán, al contra­maestre y algunos otros más cuerdos que el resto, elevando sus ruegos mientras el navío parecía zozobrar a cada instante. A mitad de la noche, y para colmo de nuestras desventuras, uno de los marineros que descendiera de in­tento para observar la cala volvió gritando que el barco ha­cía agua; otro hombre aseguró que ya había cuatro pies en la bodega. De inmediato se llamó a todos a las bombas, y cuando oí esa palabra el corazón pareció dejar de latirme en el pecho y caí de espaldas sobre la cucheta donde había estado sentado. Pronto, sin embargo, los marineros vinie­ron a decirme que si hasta entonces no había sido capaz de ayudar en nada, bien podía hacerlo en una bomba como cualquier otro. Me levanté y obedecí poniendo todas mis fuerzas en el trabajo. Entretanto el capitán había divisado algunos barcos carboneros que, incapaces de resistir ancla­dos la tormenta, se veían obligados a salir de la rada y lan­zarse al mar; como habían de pasar cerca de nosotros, or­denó el capitán disparar un cañonazo en demanda de soco­rro. Yo no sabía lo que eso significaba y me sorprendí tanto que me pareció que el barco se había partido en dos o que acababa de ocurrir alguna otra cosa tremenda. Para decirlo en una palabra, me desmayé. En aquella hora cada uno tenía su propia vida que cuidar, y naturalmente nadie se preocupó por lo que pudiera haberme ocurrido; otro marinero que vino a la bomba me hizo a un costado con el pie, creyendo seguramente que había muerto, y pasó un largo rato antes de que recobrara el sentido.
Trabajábamos más y más, pero el agua crecía en la bo­dega y era evidente que terminaríamos por hundirnos; aun­que la tormenta había decrecido un poco no parecía proba­ble que pudiéramos sostenernos a flote hasta entrar en puerto, por lo cual el capitán siguió disparando cañonazos. Un barco pequeño que estaba anclado justamente delante de nosotros osó enviar un bote en nuestro auxilio. Fue harto afortunado que el bote pudiera acercarse, pero nos resultaba imposible transbordar a él así como al bote man­tenerse al costado, hasta que los remeros, con un supremo esfuerzo en el que exponían sus vidas para salvar las nuestras, consiguieron alcanzar el cable que por la popa les tiramos con una boya al extremo, y después de infinitas difi­cultades los remolcamos hasta nuestra popa y pudimos así transbordar. No era su propósito volver al navío de donde partieran, de modo que estuvimos de acuerdo en dejarnos llevar por el viento y solamente encaminar en lo posible el bote hacia tierra firme; nuestro capitán, por su parte, ase­guró que si la embarcación se averiaba al tocar la costa, él indemnizaría a su dueño y con eso, remando algunos y otros dirigiendo el rumbo, fuimos hacia el norte sesgando la costa casi a la altura de Winterton Ness.
Mientras los hombres se inclinaban sobre los remos tra­tando de acercar el bote a tierra, y en los momentos en que éste, al montar sobre una ola, nos permitía la visión de la costa, podíamos distinguir una gran cantidad de gentes co­rriendo por ella con intención de ayudarnos. Pero avan­zábamos con gran lentitud y no pudimos alcanzar la costa hasta más allá del faro de Winterton, donde hace una entrada hacia el oeste en dirección a Cromer y, por tanto, la misma tierra protege al mar contra la violencia del viento. Allí desembarcamos no sin bastantes dificultades, y fuimos a pie hacia Yarmouth donde nuestra desgracia fue aliviada por la generosidad de todos, desde los magistrados de la ciudad que nos dieron buen alojamiento hasta los co­merciantes y propietarios de barcos, que nos facilitaron su­ficiente dinero para ir a Londres o retornar a Hull, según nuestra voluntad.
Si hubiera tenido entonces bastante sensatez para volver a Hull y a mi hogar, habría encontrado allí la felicidad, y mi padre, como un emblema de la parábola de Nuestro Se­ñor, habría matado para mí el ternero cebado; en verdad, al enterarse de la desgracia ocurrida en la rada de Yarmouth al barco en el cual yo había huido, pasó largo tiempo inquieto hasta asegurarse de que no me había aho­gado.
Pero mi mala estrella seguía impulsándome con una fuerza que nada podía resistir, y aunque muchas veces me sentí agobiado por el pensamiento y la voluntad de volver a casa, no encontré fuerza suficiente para hacerlo. Ignoro qué nombre debo dar a esto, ni pretendo que se trate de una secreta predestinación que nos lleva a ser instrumentos de nuestra propia ruina, aun cuando la estemos viendo y corramos hacia ella con los ojos abiertos. Por cierto que sólo una desdicha inevitablemente destinada a mí, y de la cual me era imposible escapar, podía haberme arrastrado contra todo sensato razonamiento y las persuasiones de mi propia meditación, máxime teniendo en cuenta las dos evi­dentes advertencias que acababa de recibir en mi primera tentativa.
El camarada que me había empujado en mi decisión, y que era el hijo del capitán, parecía ahora mucho menos animoso que yo. La primera vez que me habló en Yarmouth, es decir, dos o tres días más tarde, porque nos alo­jábamos en lugares distintos, me dio la impresión de que estaba cambiado, y luego de preguntarme con aire melan­cólico y moviendo la cabeza cómo estaba mi salud, se vol­vió hacia su padre y le dijo quién era yo y cómo había in­tentado ese viaje a manera de prueba para más distantes expediciones. Su padre se volvió a mí con un aire a la vez grave y afectuoso, para decirme:
—Joven, no os embarquéis nunca más. Lo que ha ocu­rrido debe bastaros como indudable signo de que no estáis destinado a ser marino. Estad seguro de que, si no volvéis al hogar, en cualquier sitio adonde vayáis encontraréis de­sastres y decepciones, hasta que las palabras de vuestro pa­dre se hayan cumplido en vos.
Nos separamos al rato, sin que yo le hubiera contestado gran cosa, y no sé qué fue más tarde de él. Por lo que a mí respecta, dueño de algún dinero, me fui por tierra a Londres y allí, lo mismo que en el curso del viaje, sostuve duras luchas conmigo mismo para decidir cuál debería ser mi camino, si volvería a casa o al mar. De ir a casa me de­tenía la vergüenza, opuesta a mis mejores impulsos; se me ocurría que todos iban a reírse de mí, que no sólo me humi­llaría presentarme ante mis padres sino a los vecinos y ami­gos; y puedo decir que desde entonces he observado cuán absurdo e irracional es el carácter de los hombres, en espe­cial en los jóvenes, que los lleva a no avergonzarse de sus faltas y sí de su arrepentimiento, que no se reprochan los actos por los cuales merecen el nombre de insensatos mientras que los humilla el retorno a la verdad que les valdría en cambio la reputación de hombres prudentes.
Tuve suerte al hallarme a poco de mi llegada a Londres en muy buena compañía, cosa no muy frecuente en jóvenes tan libres y mal encaminados como lo era yo entonces, ya que el diablo no tarda en prepararles sus trampas. En pri­mer lugar conocí al capitán de un barco que venía de Gui­nea y que, habiendo tenido allá muy buena fortuna, estaba resuelto a volver. Mi conversación, que en aquel entonces no era del todo torpe, le agradó mucho y oyéndome decir que ansiaba conocer el mundo me propuso hacer el viaje con él sin que me costara nada; sería su compañero de mesa y su camarada, sin contar que, llevando alguna cosa conmigo para comerciar, tendría todas las ventajas del in­tercambio y tal vez eso acrecentara mi decisión.
Acepté la propuesta y habiéndome hecho muy amigo del capitán, que era hombre simple y honesto, emprendí viaje con él llevando conmigo una modesta pacotilla que, gra­cias a la desinteresada probidad de mi compañero aumentó considerablemente. Había comprado por valor de cuarenta libras las baratijas y chucherías que el capitán me aconse­jaba llevar, y ese dinero fue el producto de la ayuda de al­gunos parientes con los cuales me mantenía en contacto, de donde infiero que mi padre, o por lo menos mi madre, contribuyeron con ello a mi primera aventura.
Aquél fue el único viaje que puedo llamar excelente entre todas mis andanzas, y lo debo a la honesta integridad de mi amigo el capitán, junto al cual adquirí además un discreto conocimiento de las matemáticas y las reglas de navega­ción, aprendí a llevar un diario de ruta, calcular la longitud y latitud para determinar la posición del buque y, en resu­men, comprender aquellas cosas que deben ser conocidas r por un marino. Es verdad que así como él tenía placer en enseñarme yo lo tenía en aprender; y en realidad aquel viaje hizo de mí a la vez un comerciante y un marino. Traje de regreso cinco libras y nueve onzas de oro en polvo a cambio de mi pacotilla, y ello me reportó en Londres no menos de trescientas libras, terminando de llenarme de am­biciosos proyectos que desde entonces me han traído a la ruina.
Y con todo, aun en aquel viaje tuve inconvenientes, por ejemplo, una continua enfermedad, producto de la elevada temperatura del clima que me producía calenturas; comer­ciábamos en la costa, desde los 15° hasta el mismo ecua­dor.
Podía considerarme ya un comerciante de Guinea, y cuando para desdicha mía a poco de desembarcar falleció mi amigo, me resolví a emprender nuevamente el viaje y embarqué en el mismo barco capitaneado ahora por el que había sido piloto en la anterior travesía. Nadie hizo nunca un viaje menos afortunado, pues aunque sólo llevé conmigo cien libras de mi nueva fortuna, dejando las doscientas res­tantes en manos de la viuda de mi amigo, que las guardó celosamente, las desgracias llovieron sobre mí. La primera ocurrió cuando nuestro barco navegaba hacia las islas Ca­narias o, mejor, entre aquéllas y la costa africana, pues fui­mos sorprendidos una mañana por un corsario turco de Sallee que empezó a perseguirnos con todas las velas desplegadas. De inmediato soltamos cuanto trapo eran ca­paces de soportar los mástiles, pero nuestra esperanza de ganar distancia se vio pronto desmentida por el avance de los piratas, por lo cual nos dispusimos a la lucha contando con doce cañones contra los dieciocho que tenía el buque pirata. A las tres de la tarde se puso a tiro, pero en vez de soltarnos su andanada por la popa como parecía dispuesto vino sesgando para alcanzarnos más de lleno, permitiéndo­nos asestarle ocho cañones de ese lado y enviarle una an­danada que lo obligó a alejarse, no sin antes responder a nuestro fuego agregando a los cañones una nutrida fusile­ría de los doscientos hombres que tenía a bordo. Por suerte no habían herido a nadie y nuestros hombres se mantenían a cubierto. Vimos que se preparaba a atacar nuevamente, pero esta vez se aproximó por la otra borda lanzándose al abordaje contra el castillo de proa, donde unos sesenta pi­ratas que consiguieron saltar se precipitaron con hachas y cuchillos a cortar los mástiles y aparejos. Los recibimos con fusilería, atacándolos también con bayonetas y grana­das de mano, hasta conseguir despejar por dos veces la cu­bierta. Pero, resumiendo esta triste parte de mi relato, des­pués que nuestro barco quedó desmantelado, con tres mari­neros muertos y ocho heridos, no tuvimos otro remedio que rendirnos y los piratas nos condujeron prisioneros a Sallee, puerto que pertenecía a los moros.


PRENSA CULTURAL. "Babelia". 26 septiembre 2009 (3)


En Babelia, un EXTRA dedicado al tren (Subirse al tren), visto no sólo como un medio de transporte, sino como una "máquina llena de cultura". En él encontramos textos de Luis García Montero, Luciano G. Egido, José María Guelbenzu, Maruja Torres, etc.

De Benjamín Prado, se publica el relato EL VIAJE, que obtuvo el Primer Premio de Cuento de los Premios del Tren 2008, Antonio Machado de Poesía y Cuento, que concede la Fundación de los Ferrocarriles Españoles.

Lo reproducimos a continuación:

Sobre todo, era convincente. Eso es lo que pensó cuando volvió a leerlo, nada más echar a andar el tren y mientras las personas que estaban en los andenes, entre ellas su madre y su marido, se empequeñecían según iban quedando atrás, como si retrocedieran hasta su infancia disminuyendo de la talla cuarenta y ocho a la treinta y seis, la veinte, la ocho, la dos... "Solvencia, experiencia y buena apariencia", se dijo, a modo de resumen y como quien repite una divisa comercial, la mujer a la que, entre todos los pasajeros, he elegido este relato para contar su historia.
Permítanme que se la presente: se llama Pilar, tiene treinta y cinco años, es atractiva sin llegar a ser guapa y a la mayor parte de las personas que reparan en ella les gusta más cuanto más la miran, según van descubriendo la llamativa melena pelirroja, que ella sabe mover con coquetería y cierta arrogancia, los ojos entre verdes y castaños y, sobre todo, la boca voluptuosa, que a muchos hombres les parece un riesgo que merecerá la pena correr. Aquella mañana viajaba a otra ciudad para hacer una entrevista de trabajo y por ese motivo en el instante en que este texto la encontró acababa de leer una vez más su currículum vitae y se había infundido ánimos de la manera que acaban de ver. Luego cuadró las cuartillas en las que estaba su expediente académico y profesional golpeándolas contra la mesa de su asiento, alisó las solapas del traje de chaqueta que había elegido para la ocasión, se miró en el cristal de la ventana y sonrió. Era la viva imagen de una triunfadora.
La reunión que le esperaba era una mera formalidad, porque ya había tenido las suficientes conversaciones telefónicas con los jefes de la empresa que iba a contratarla como para saber que el puesto era suyo, y aunque la presunción no estaba entre sus defectos más sobresalientes, en ese caso, si era sincera, no podía decir que le extrañara, porque su historial era extraordinario y se adaptaba como anillo al dedo a las necesidades de la compañía que iba a emplearla. En su época de estudiante había sido una alumna ejemplar, había hecho toda su carrera universitaria con muy buenas notas y se había licenciado con uno de los primeros números de su promoción. Su experiencia laboral era corta, pero en ella también había acumulado sucesivos éxitos, aunque fuese a pequeña escala, en ocupaciones modestas y con sueldos que no eran nada del otro mundo. Ahora sentía que sus esfuerzos habían dado fruto y que al fin había llegado el tiempo de recoger la cosecha.
Volvió a leer el currículum. El primer párrafo hablaba, efectivamente, de sus estudios, y al verlo se acordó de aquellos años en los que era la niña perfecta: responsable, ordenada, seria. Tal vez demasiado seria, si lo pensaba detenidamente, hasta el punto de que muchas veces se sintió aislada, recluida en un plano superior que por una parte la hacía destacar y por otra la dejaba al margen de los demás, a los que ella consideraba demasiado infantiles, superficiales, inmaduros. Cerró los ojos. Igual que si fueran las personas que a las horas punta del día se agolpan en las estaciones del metro y empujan para entrar en los vagones, se le amontonaron en la cabeza imágenes de chicos que quisieron conquistarla, de compañeras que intentaron ser sus amigas... Nunca había perdido demasiado tiempo en noviazgos ni pandillas, y cuando lo hizo, por una mezcla de pura curiosidad y miedo, supo que ya empezaban a murmurar de ella, a llamarla monja, empollona y ese tipo de cosas, el resultado fue desastroso. Se acordó de un muchacho llamado Emilio, al que se atribuía cierta fama de donjuán y con el que tuvo sus primeras experiencias eróticas, si es que pueden llamarse de ese modo. El joven no le interesaba especialmente, pero empezó a salir alguna vez con él por evitar las habladurías. Era, en su opinión, el mismo adolescente que todos los demás, un simple guaperas que alardeaba de sus conquistas por los pasillos del colegio y a la hora de la verdad hacía poco más que besar a las chicas hasta que los labios se les hinchaban a los dos y manosearlas con notable incompetencia por encima de la ropa. Ella, por otro lado, tampoco le dejaba ir mucho más allá, y él debió de burlarse de su pudor, porque pronto supo que las malas lenguas seguían trabajando contra ella, que los rumores continuaban y los adjetivos desdeñosos se le iban pegando a su apellido igual que clavos oxidados a un imán: mojigata, cursi... Una noche en la que, como solían hacer siempre que quedaban, estaban dentro del coche de su padre, entregados a otra inagotable sesión de besos pesados y caricias ligeras, Pilar se levantó la camisa, se desabrochó el sujetador y mientras el tal Emilio le miraba los pechos como si no pudiese creer lo que veía, le abrió los pantalones y empezó a masturbarlo con energía y sin pasión, de forma más bien mecánica: no le duró mucho, pero el relato que él debió de hacer de su hazaña aguantó el curso entero, porque Pilar pasó a tener fama de zorra, que obviamente era mucho mejor que la de puritana. La dejaron en paz y pudo dedicarse a lo que le interesaba, que era aprobar el curso con unas calificaciones superlativas: lo hizo.
¿Por qué se habría puesto a pensar en eso, que nada tenía que ver con su viaje y que era un episodio tan lejano e insignificante de su vida? O quizá no, porque la verdad es que su relación con los hombres nunca fue gran cosa, y la mayor parte de ellos, que no habían sido más de media docena, había terminado por acusarla de fría. No se lo reprochó, porque todos estaban en lo cierto y ninguno le había interesado de verdad, más bien habían sido parte del decorado, personajes de una representación que alguna vez le había interesado poner en marcha por no desentonar, o para no tener que presentarse sola en algún sitio, o para dar una impresión de estabilidad personal. Cuando el público se iba, las luces del teatro se apagaban y llegaba el momento de ir a la cama, Pilar repetía, más o menos, la ceremonia del joven Emilio y el coche de su padre. Su falta de entusiasmo era tan obvia que todos sus amantes acababan por reprochársela con palabras que parecían calcadas unas de las otras: uno le dijo que acostarse con ella era como hacer el amor con un animal disecado; otro, al que casi había querido, la llamó maniquí, y un tercero, el más ingenioso, la describió como "sesenta y cinco kilos de carne deliciosa... recién sacada del congelador".
Pero hemos visto que cuando el tren salió de la estación había un marido despidiéndola en el andén, y como es lógico ustedes se preguntarán qué relación tenían, cuándo se casaron y por qué, si eran felices o desdichados, y si su matrimonio tenía algún futuro, entre otras cuestiones. Bueno, pues el asunto es fácil de resumir: Pilar le daba tan poco como a los demás, pero a él le importaba menos; y así sobrellevaban su pareja, encajando el desinterés de uno en la apatía del otro. Si lo piensan bien, no es raro: ¿Qué dos cosas van a combinar mejor en este mundo que la indiferencia y la desgana? Y, sin embargo, cuando esa idea se le vino encima notó como una nube en los ojos y, sin razón aparente, se puso a llorar. Y también hizo algo más: en un gesto impulsivo del que pronto iba a avergonzarse, cogió un bolígrafo rojo y tachó en el currículum la línea en la que decía que estaba casada. Mientras se secaba las lágrimas atribuyó ese trastorno improcedente a la tensión del momento: al fin y al cabo, esa mañana iba a empezar para ella el futuro, y todos sabemos que del futuro nunca se sabe nada, excepto que estará lleno de cambios, sorpresas e incertidumbre. Maldijo aquel sofoco absurdo y para recuperar la compostura sacó un espejo y se puso a restaurar su maquillaje. Menos mal que era una persona precavida y, por si había que hacer frente a cualquier imprevisto, llevaba en la cartera otra copia de su expediente. Lo sacó y lo comparó con el primero, el que tenía la tachadura. Sabía en cuál de los dos estaba escrita la verdad, pero ¿cuál era más cierto? Depende de si uno habla de contratos legales o de emociones, supongo, pero ésa es mi opinión, y no me arriesgo a decirles que también fuera la suya, porque sin duda su carácter y el mío son muy distintos y es posible que a la hora de juzgar una relación de pareja lo que a mí me parece minúsculo a ella le parezca más que suficiente. Para pesar los sentimientos no hay más báscula que uno mismo, todo lo demás no sirve.
Las azafatas le trajeron el desayuno y mientras lo tomaba se alegró de haber elegido el tren, en lugar del avión, porque, tal y como había previsto, eso le daba la posibilidad de pensar, de no entregar las horas a la burocracia del viaje y guardar el tiempo para repasar los argumentos e iniciativas que pensaba poner sobre la mesa durante la reunión. Se recreó en las alteraciones del paisaje, que canjeaba bosques por ríos, praderas con ganado por zonas urbanas. Después de un segundo café, cuando le retiraron la bandeja, fue al baño, se lavó con su meticulosidad característica los dientes y las manos, y al regresar a su asiento volvió a leer el currículum.
Se detuvo en un párrafo que hablaba del año que fue a vivir a Estados Unidos, a la ciudad de Austin, Tejas, para completar su formación, y sin poder contenerse también lo tachó con su bolígrafo rojo, esta vez con auténtica furia. Aquella época había sido terrible, no hubo en ella más que tedio y soledad, días y noches interminables, aulas gobernadas por profesores aburridos que daban sus lecciones con aire de funcionarios; aunque, naturalmente, ella vendía la experiencia como un gran paso adelante en su adiestramiento, que era el modo en que su madre solía llamarlo.
¿Y qué había detrás del siguiente punto y aparte? Pues, visto desde la angustia que en ese instante administraba sus pensamientos, había más mentiras, porque aquel avance meteórico en las oficinas en las que había estado ocultaba algún que otro cadáver en el subsuelo, entre otros el de su dignidad, porque, por un lado, ciertos ascensos los había logrado a base de traicionar a sus superiores o a sus colegas, lo que tampoco consideraba tan raro en este mundo en el que sólo se tienen ojos para los vencedores y oídos para la música de las cajas registradoras; pero, por otra parte, también había habido algún capítulo oscuro en su éxito profesional, ciertas concesiones a jefes que tenían las manos largas y se tomaban libertades ante las que ella, a pesar de la repugnancia que sentía, guardó silencio y prefirió mirar para otro lado. Y, sobre todo, había un suceso que la atormentaba con frecuencia, la aventura que tuvo con un directivo de la última firma para la que había trabajado. No es que hubiera sido nada sucio, ni más desagradable de lo normal. Y, de hecho, ese hombre le gustaba bastante, era guapo, fuerte, tenía una voz hermosa y, sin ningún género de dudas, era el que más la había excitado en su vida y el que, dentro de sus límites, más lejos había conseguido llevarla, porque era de esa clase de personas que no se conforman con su propio placer y que no regatean esfuerzos a la hora de conseguir el de sus parejas. Pero, a pesar de eso, a menudo se preguntaba si habría hecho las cosas que hizo con él de no haber sido el directivo que la iba a impulsar a la cumbre de la empresa. Ni qué decir tiene que estaba casado y que, pasado un tiempo, regresó a la paz de su familia. Pilar hizo un amago de resistirse a sus propias vacilaciones y se preguntó si tanta aprensión no era más que una forma del típico sentimiento de culpa femenino, porque seguro que un hombre no era tan escrupuloso al juzgar episodios de su vida que fueran similares al que ella estaba recordando; pero al final tachó también esa parte de su currículum.
Adiestramiento. Sí, así era como lo llamaba su madre, una mujer que había impulsado los estudios, la carrera y la profesión de su hija con mano enérgica, sometiéndola desde que tenía seis o siete años a una disciplina inflexible según la cual las obligaciones eran el centro de la existencia, y cualquier alarde de desenfado, alegría o pereza, un síntoma de hedonismo intolerable. Tenía razón, en cualquier caso: la había instruido más que educado; o, si lo llevamos al extremo en el que Pilar se encontraba en el preciso instante que describen ahora estas líneas, podríamos decir que no la crió como quien forma a un ser humano, sino como alguien que amaestrase a una mascota. Con ese sentimiento cegándola, tachó toda la parte del expediente que hablaba de su carrera, y prácticamente todo el documento quedó convertido en nada.
El tren ya se acercaba a su destino, y el nombre de la ciudad a la que iba se repetía por los altavoces. Se miró una vez más en el espejo de su polvera. Se encontró distinta, cansada. Después puso sobre la mesa plegable la versión tachada del currículum y la que estaba intacta, una al lado de la otra. ¿Quién soy yo?, se preguntó. ¿Quién hubiera podido ser? Y mientras entraban en la estación, en lugar de levantarse y coger la maleta que llevaba en el portaequipajes, se quedó allí sentada, viendo a los pasajeros que crecían hasta su propio tamaño según se acercaban. ¿Y si no fuera a esa reunión? ¿Y si de pronto diera un volantazo a su vida y a partir de ese momento se dedicara a vivir, fíjate, qué verbo más elástico, vivir, y qué lleno de significados falsos, todos esos que le hemos atribuido para suplantar el auténtico, para no darnos cuenta de cómo lo necesario ocupa el lugar de lo que importa, hasta convertirnos en los orgullosos propietarios de los muros tras los que estamos presos? Lo he escrito a mi modo, no con las palabras exactas que Pilar se dijo entonces, pero creo que lo he hecho de un modo que refleja de forma bastante precisa su estado de ánimo.
No sabemos qué pasaría al final, si bajó de aquel tren en el que encontró el tiempo que le hacía falta para abrir los ojos y verse y, apartando los malos presagios y los malos recuerdos de su cabeza, fue a aquella reunión, o si, por el contrario, se quedaría en la ciudad sin hacer nada, simplemente dando un paseo; si prefirió volver a su lugar de origen; si le ha plantado cara a sus frustraciones o sigue dejándose llevar por ellas como si fuese sobre unas vías inapelables, lo cual es perfecto para los trenes y terrible en el caso de las personas, para las que no hay demasiada diferencia entre ir a la deriva y moverse encima de unos carriles, porque en ambos casos significará que no tienen el control, que no supieron darle a su vida las dos cosas que, según dijo el poeta Luis Cernuda, conducen a la inteligencia y a la felicidad: dirección y sentido.
Pilar volvió a mirar las dos versiones de su currículum y luego rompió una de ellas y bajó del tren. Yo me estoy preguntando si debo seguirla igual que si fuera un detective contratado por ustedes, ir tras ella y saber qué ha decidido, para poder contarlo.


PRENSA CULTURAL. "Babelia". 26 septiembre 2009 (2)


(Cont.)

4. "Lo que hace importante una novela no son sus acontecimientos". Winston Manrique Sabogal entrevista a Sam Savage. Tras su exitoso debut a los 66 años con Firmin, el estadounidense edita El lamento del perezoso: un puzle sobre laberintos de la creación literaria.

5. La gran excusa Cerdá. Por Catalina Serra. La celebración de los 150 años del Plan del Ensanche de Barcelona ha provocado, además de múltiples actividades, el inicio de un debate sobre los nuevos retos del urbanismo. "Hay que limitar esta ciudad difusa que se expande sin control", señala el urbanista Fernando de Terán.

6. Pequeños libros gordos. La escritora Rosa Montero nos recomienda las novelas de Harry Potter y El nombre del viento, primera novela de Patrick Rothfuss.

PRENSA CULTURAL. "Babelia". 26 septiembre 2009 (1)


En el suplemento Babelia, de "El País":

1. El cielo de Darín. Entrevista de Elvira Lindo. Inteligencia y corazón. Así es Ricardo Darín, el gran actor argentino-español que ha estrenado en San Sebastián las últimas películas de Juan José Campanella (en concurso) y de Fernando Trueba. El palmarés del certamen se conoce hoy. También, la crónica de Sol Gallego-Díaz, La nueva mirada de Campanella: El secreto de sus ojos, un thriller relacionado con la época de plomo de los inicios de la dictadura argentina, es la película más oscura y trágica del director; y, a pesar de ello, el realizador invita a sus compatriotas a volver a vivir la vida.

2. Ver lo visible. Artículo de Muñoz Molina sobre la pintura de Vermeer, en particular de su cuadro La lechera.

3. CRÍTICA DE LIBROS: Jordi Gracia nos reseña Los mecanismos de la ficción. Cómo se construye una novela, de James Woods (La creación literaria como objeto de análisis y aprendizaje vuelve al primer plano. El crítico James Wood es raso y preciso en sus observaciones sobre los mecanismos de la ficción contemporánea donde el realismo sigue vigente. Asimismo, se recuperan el panfleto de Gracq sobre la vida literaria en Francia y las teorías de Bloom en torno a la poesía). Ángel Rupérez hace lo propio con La ansiedad de la influencia. Una teoría de la poesía, de un joven Harold Bloom.

PRENSA. NOTICIAS CULTURALES. Córdoba homenajeará a Pablo García Baena

(Pablo García Baena, ayer, acompañado por representantes de la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento. Fotografía de Álvaro Carmona).

En "El Día de Córdoba", este artículo de Alfredo Asensi:


CÓRDOBA RENDIRÁ HOMENAJE A GARCÍA BAENA CON UNA MUESTRA Y UN CONGRESO

El Ayuntamiento y la Junta organizan un programa de actos para recordar el 25º aniversario de la concesión al poeta del premio Príncipe de Asturias de las Letras y el título de Hijo Predilecto de la ciudad.

"Me esperan unos días terribles". Así, con su sonrisa tímida y su ironía elegante, resumió ayer Pablo García Baena sus sentimientos ante lo que se le avecina: un otoño en el que se va a convertir en el gran protagonista de la vida cultural de la ciudad con el homenaje que le han preparado el Ayuntamiento y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, que han aprovechado la efemérides del 25º aniversario de la concesión al poeta del premio Príncipe de Asturias de las Letras y el título de Hijo Predilecto de la ciudad para organizar un programa de actos en el que destacan una exposición en la Casa Góngora y un congreso internacional en el IES "Luis de Góngora".

Pero más allá de este doble aniversario, la consejera de Cultura, Rosa Torres, destacó ayer que el autor de Antiguo muchacho "merece todos los reconocimientos porque ha contribuido a engrandecer los dominios de la cultura andaluza" y por su "persistente búsqueda de la perfección". "Pablo -añadió Torres- ha conseguido crear una obra perfecta en términos absolutos; una obra de profundas raíces andaluzas y una irrenunciable vocación de universalidad. Ha sido y es un ejemplo de elegancia, nobleza, integridad ideológica y generosidad".

La exposición, comisariada por José María Báez y que será inaugurada el 21 de octubre, recorrerá el mundo privado del escritor a través de diversos objetos. Incluirá enseres domésticos, retratos de García Baena realizados por artistas amigos (algunos de los cuales nunca han sido exhibidos en público), fotografías familiares, cartas y documentación privada, grabados y libros de su biblioteca y premios acumulados a lo largo de su vida. La muestra será desplegada por tres espacios de la planta baja de la Casa Góngora y se completará con una selección de sus poemas materializados mediante cortes de vinilo que ocuparán las paredes en torno al segundo patio.

El congreso internacional, entre el 18 y el 20 de noviembre, contará con ponencias y comunicaciones de escritores, periodistas, profesores universitarios y críticos, que analizarán las aportaciones del cordobés a la poesía española del siglo XX. Entre otros, estarán presentes María Victoria Atencia, Fernando Ortiz, José Manuel Caballero Bonald, Luis García Montero, Juana Castro, Carlos Clementson, Francisco Ruiz Noguera, Eduardo García, Luis Antonio de Villena, Guillermo Carnero, José Infante, Juan Antonio González Iglesias y Antonio Colinas. Será coordinado por los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba Pedro Ruiz y Celia Fernández.

También están previstos recitales poéticos en la Biblioteca Municipal, la Casa Góngora y el IES "Maimónides", la edición de una antología del poeta coordinada por Bernardo Ríos y una velada flamenca en Bodegas Campos.

"Estoy abrumado por todos estos ropajes de halagos y cariño", señaló García Baena. "Me van a coger en hombros como a los toreros y me van a entrar por la puerta grande de la poesía", indicó el autor de Los Campos Elíseos, al que le gustaría contar también con la presencia en el homenaje de Ginés Liébana: "Somos los dos únicos supervivientes de Cántico. Quizá porque hemos sabido vivir mejor que los demás. Hemos visto pasar la vida como si fuera una película de ficción".

El homenaje se completará, según el teniente de alcalde delegado de Cultura del Ayuntamiento, Rafael Blanco, con la colocación de una placa conmemorativa en la casa natal de García Baena, en la calle de las Parras. "Con su vida y su obra, Pablo ha aportado mucho a lo que hoy somos", destacó Blanco.

PRENSA. 26 septiembre 2009


En "El País":

1. La discriminación es positiva si está bien motivada. Reportaje de Pere Ríos. Primar las subvenciones a cineastas mujeres puede amenazar el principio de igualdad. Todas las políticas para ayudar a minorías o colectivos desfavorecidos deben estar justificadas. En EE UU siempre se acompañan de estudios.

2. La lucha política de Irán no ha terminado. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos. Traducción de Mª Luisa Rodríguez Tapia.

3. El destino de los elefantes. Artículo de Manuel Alcántara Sáez, vicerrector de Relaciones Internacionales y Cooperación de la Universidad de Salamanca, sobre el destino de los políticos, una vez que dejan su actividad política.

4. Lo que trajo el ocaso de las ideologías. Por Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona. El problema sobreviene cuando la gente se emociona más ante los colores de su equipo de fútbol que ante el sufrimiento ajeno. Y es aquí donde, por desgracia, parece que ya estamos.

5. La crisis, y sigue... Por Samí Naïr. Traducción de M. Sampons.

6. De toda la vida. El poeta Luis García Montero escribe sobre esas canciones.

viernes, 25 de septiembre de 2009

LECTURA. "El príncipe feliz", cuento de Óscar Wilde


EL PRÍNCIPE FELIZ

La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz más que a cualquier otra cosa.
—Es tan bonito como una veleta —comentaba uno de los regidores de la ciudad, a quien le interesaba ganar reputación de hombre de gustos artísticos—; claro que en realidad no es tan práctico —agregaba, porque al mismo tiempo temía que lo consideraran demasiado idealista, lo que por supuesto no era.
—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz —le decía una madre afligida a su pequeño hijo, que lloraba porque quería tener la luna—. El Príncipe Feliz no llora por nada.
—Mucho me consuela el ver que alguien en el mundo sea completamente feliz —murmuraba un hombre infortunado al contemplar la bella estatua.
—De verdad parece que fuese un ángel —comentaban entre ellos los niños del orfelinato al salir de la catedral, vestidos con brillantes capas rojas y albos delantalcitos.
—¿Y cómo saben qué aspecto tiene un ángel? —les refutaba el profesor de matemáticas— ¿Cuándo han visto un ángel?
—Los hemos visto, señor. ¡Claro que los hemos visto, en sueños! —le respondían los niños, y el profesor de matemáticas fruncía el ceño y adoptaba su aire más severo. Le parecía muy reprobable que los niños soñaran.
Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado atrás, porque estaba enamorada de un junco, el más hermoso de todos los juncos de la orilla del río. Lo encontró a comienzos de la primavera, cuando revoloteaba sobre el río detrás de una gran mariposa amarilla, y el talle esbelto del junco la cautivó de tal manera, que se detuvo para meterle conversación.
—¿Puedo amarte? —le preguntó la golondrina, a quien no le gustaba andarse con rodeos.
El junco le hizo una amplia reverencia.
La golondrina entonces revoloteó alrededor, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata en la superficie. Era su manera de demostrar su amor. Y así pasó todo el verano.
—Es un ridículo enamoramiento —comentaban las demás golondrinas—; ese junco es desoladoramente hueco, no tiene un centavo y su familia es terriblemente numerosa—. Efectivamente toda la ribera del río estaba cubierta de juncos.
A la llegada del otoño, las demás golondrinas emprendieron el vuelo, y entonces la enamorada del junco se sintió muy sola y comenzó a cansarse de su amante.
—No dice nunca nada —se dijo—, y debe ser bastante infiel, porque siempre coquetea con la brisa.
Y realmente, cada vez que corría un poco de viento, el junco realizaba sus más graciosas reverencias.
—Además es demasiado sedentario —pensó también la golondrina—; y a mí me gusta viajar. Por eso el que me quiera debería también amar los viajes.
—¿Vas a venirte conmigo? —le preguntó al fin un día. Pero el junco se negó con la cabeza, le tenía mucho apego a su hogar.
—¡Eso quiere decir que sólo has estado jugando con mis sentimientos! —se quejó la golondrina—. Yo me voy a las pirámides de Egipto. ¡Adiós!
Y diciendo esto, se echó a volar.
Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad.
—¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad haya algún albergue donde pueda pernoctar.
En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su columna.
—Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado.
Y diciendo esto, se posó entre los pies del Príncipe Feliz.
—Tengo una alcoba de oro —se dijo suavemente la golondrina mirando alrededor.
En seguida se preparó para dormir. Pero, cuando aún no ponía la cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón.
—¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este clima del norte de Europa es espantoso. Al junco le encantaba la lluvia, pero era de puro egoísta.
En ese mismo momento cayó otra gota.
—¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea.
Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo.
Sin embargo, antes de que alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia arriba la golondrina vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado.
—Cuando yo vivía, tenía un corazón humano —contestó la estatua—, pero no sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá... ¡Era tan hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón es de plomo, lo único que hago es llorar.
—¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley?
Era un avecita muy bien educada y jamás hacia comentarios en voz alta sobre la gente.
—Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical—... allá abajo, en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa. Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas, están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina... ¡hazme un favor! Llévale a la mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo ves?... tengo los pies clavados en este pedestal.
—Los míos están esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar revoloteando sobre el Nilo, y estarán charlando con los grandes lotos nubios. Y pronto irán a dormir a la tumba del gran Rey, donde se encuentra el propio faraón, en su ataúd pintado, envuelto en vendas amarillas, y embalsamado con especias olorosas. Alrededor del cuello lleva una cadena de jade verde, y sus manos son como hojas secas.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿por qué no te quedas una noche conmigo y eres mi mensajera? ¡El niño tiene tanta sed, y su madre, la costurera, está tan triste!
—Es que no me gustan mucho los niños —contestó— la golondrina—. El verano pasado, cuando estábamos viviendo a orillas del río, había dos muchachos, hijos del molinero, y eran tan mal educados que no se cansaban de tirarme piedras. ¡Claro que no acertaban nunca! Las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo pertenezco a una familia célebre por su rapidez; pero, de todas maneras, era una impertinencia y una grosería.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la golondrina se enterneció.
—Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y seré tu mensajera.
—Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe.
La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y, teniéndolo en el pico, voló por sobre los tejados. Pasó junto a la torre de la catedral, que tenía ángeles de mármol blanco. Pasó junto al Palacio, donde se oía música de baile y una hermosa muchacha salió al balcón con su pretendiente.
—¡Qué lindas son las estrellas —dijo el novio— y qué maravilloso es el poder del amor! —Ojalá que mi traje esté listo para el baile de gala —contestó ella—. Mandé a bordar en la tela unas flores de la pasión. ¡Pero las costureras son tan flojas!
La golondrina voló sobre el río y vio las lámparas colgadas en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el barrio de los judíos, donde vio a los viejos mercaderes hacer sus negocios y pesar monedas de oro en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre casa, y se asomó por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con las alas.
—¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor.
Y se quedó dormido deslizándose en un sueño maravilloso.
Entonces la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
—¡Qué raro! —agregó—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad es que hace muchísimo frío.
—Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe.
La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida.
Al amanecer voló hacia el río para bañarse.
—¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno!
Y escribió sobre el asunto una larga carta al periódico de la ciudad. Todo el mundo habló del comentario, tal vez porque contenía muchas palabras que no se entendían.
—Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía sentirse muy contenta.
Luego visitó todos los monumentos públicos de la ciudad y descansó largo rato en el campanario de la iglesia. Los gorriones que la veían pasar comentaban entre ellos: "¡Qué extranjera tan distinguida!". Cosa que a la golondrina la hacía feliz.
Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe.
—¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir ahora.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche más?
—Los míos me están esperando en Egipto —contestó la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la segunda catarata del Nilo. Allí, entre las cañas, duerme el hipopótamo, y sobre una gran roca de granito se levanta el Dios Memnón. Durante todas las noches, él mira las estrellas toda la noche, y, cuando brilla el lucero de la mañana, lanza un grito de alegría. Después se queda en silencio. Al mediodía, los leones bajan a beber a la orilla del río. Tienen los ojos verdes, y sus rugidos son más fuertes que el ruido de la catarata.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, allá abajo, justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas violetas están marchitándose. Tiene el pelo largo, castaño y rizado, y sus labios son rojos como granos de granada, y tiene los ojos anchos y soñadores. Está empeñado en terminar de escribir una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo tiene extenuado.
—Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí?
—¡Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y podrá terminar de escribir su obra.
—Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer.
Y se puso a llorar.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor, haz lo que te pido.
Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y, cuando al fin levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas.
—¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré acabar mi obra!
Y se le notaba muy contento.
Al día siguiente, la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con maromas unas enormes cajas de la sentina del barco.
—¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso.
Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz.
—Vengo a decirte adiós—le dijo.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo otra noche?
—Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos días mis compañeras están construyendo sus nidos en el templo de Baalbeck, y las palomas rosadas y blancas las miran mientras se arrullan entre sí. Querido Príncipe, tengo que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo.
—Allá abajo en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niñita que vende fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero. Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará.
—Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el otro ojo. Te vas a quedar ciego.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que te pido, te lo suplico.
La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar. Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos.
—¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su casa.
Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe.
—Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre.
—No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto.
—Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose entre los pies de la estatua.
Al otro día ella se posó en el hombro del Príncipe para contarle las cosas que había visto en los extraños países que visitaba durante sus migraciones.
Le describió los ibis rojos, que se posan en largas filas a orillas del Nilo y pescan peces dorados con sus picos; le habló de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, y vive en el desierto, y lo sabe todo; le contó de los mercaderes que caminan lentamente al lado de sus camellos y llevan en sus manos rosarios de ámbar; le contó del Rey de las Montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran cristal; le refirió acerca de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y veinte sacerdotes la alimentan con pasteles de miel; y le contó también de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en anchas hojas lisas y que siempre están en guerra con las mariposas.
—Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo que veas.
Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles oscuras.
Bajo los arcos de un puente había dos muchachos acurrucados, uno en los brazos del otro para darse calor.
—¡Qué hambre tenemos! —decían.
—¡Fuera de ahí! les gritó un guardia, y los muchachos tuvieron que levantarse, y alejarse caminando bajo la lluvia.
Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había visto.
—Mi estatua está recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina por lámina, y llévaselo a los pobres. Los hombres siempre creen que el oro podrá darles la felicidad.
Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo jugaron por las calles de la ciudad.
—¡Ya, ahora tenemos pan! —gritaban.
Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos y patinaban sobre el río.
La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar.
Una tarde comprendió que iba a morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe.
—¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—. ¿Me dejas que te bese la mano?
—Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—. Has pasado aquí demasiado tiempo. Pero no me beses en la mano, bésame en los labios porque te quiero mucho.
—No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?
El avecita besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies. En ese mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón de plomo se había partido en dos. Ciertamente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para admirar la estatua.
—¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado!
—¡Completamente desharrapado! —reiteraron los regidores; y subieron todos a examinarlo.
—El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado —dijo el alcalde—. En una palabra: se ha transformado en un verdadero mendigo.
—¡Un verdadero mendigo! —repitieron los regidores.
—Y hay un pájaro muerto entre sus pies —siguió el alcalde—. Será necesario promulgar un decreto municipal que prohíba a los pájaros venirse a morir aquí.
El secretario municipal tomó nota dejando constancia de la idea.
Entonces mandaron derribar la estatua del Príncipe Feliz.
—Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua, y el Alcalde reunió al Municipio para decidir qué harían con el metal.
—Podemos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
—Claro, la mía —dijeron los regidores cada uno a su vez.
Y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos seguían discutiendo.
—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura.
Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina muerta.
—Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
—Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en mi Áurea Ciudad.